El traje nuevo del emperador
Publicado por Aristides el Justo el Saturday, December 26th, 2009 a las 10:45 pm
Hace muchos años hubo un Emperador con una afición tan
excesiva a los trajes nuevos que se gastaba todo su dinero en esa
manía. Nada le importaban sus soldados, ni el teatro, ni los paseos por
el bosque, salvo que sirvieran de pretexto, para lucir su vestimenta
recién estrenada. Tenía un traje para cada hora del día. Y en vez de
decirse de él, como se dice de cualquier otro rey o emperador: “Está en
la sala del Consejo”, la expresión popular era siempre: “El Emperador
está en el vestuario”.
En la gran capital donde él residía, la vida era en verdad muy
alegre. Diariamente llegaban a visitarle legiones de turistas, y entre
ellos cayeron en una ocasión dos timadores. Se hacían pasar por
fabricantes de tejidos y pretendían que sus productos eran los más
maravillosos que podían imaginarse en el mundo, y no sólo porque los
tintes y dibujos fuesen de una finura incomparable, sino porque las
ropas confeccionadas con aquel tipo de tela tenían una peculiarísima
cualidad: la de permanecer invisibles a toda persona que no estuviera
capacitada para su cargo, o que fuese imposiblemente estúpida.
“Esas ropas deben ser espléndidas -pensó el Emperador-.
Usándolas podré descubrir cuáles de entre los funcionarios de mi reino
son incapaces para sus puestos. Y también podré distinguir los
hombres inteligentes de los tontos. Sí, conviene ordenar que me
preparen un poco de tela”.
El Emperador hizo entrega a los dos pillos de una buena suma
como adelanto, para que pudieran empezar cuanto antes su trabajo.
Los presuntos tejedores instalaron dos telares y fingieron tejer,
pero sin tener absolutamente nada en las lanzaderas. Para empezar
adquirieron una partida de seda finísima y cierta cantidad del más puro
hilo de oro, todo lo cual guardaron en sus maletas. Todos los días
seguían tejiendo en los vacíos telares hasta ya muy entrada la noche.
“Me gustaría saber cómo andan con el trabajo esos tejedores”
-pensó el Emperador, pero no dejaba de sentirse algo incómodo al
reflexionar que todo aquel que fuera un zoquete o incapacitado para su
cargo quedaría sin ver la tela. Ciertamente, se dijo, no tenía nada que
temer de su parte, pero sería mejor enviar primero a otra persona a ver
cómo marchaba aquello.
Todo el mundo conocía en la ciudad la maravillosa propiedad de
la tela.
“Enviaré a mi viejo y fiel ministro -resolvió-.
Él estará mejor autorizado que nadie para apreciar la calidad de su
tejido, pues se trata de un muy inteligente y no hay nadie que
desempeñe su tarea mejor que él la suya”.
De modo, pues, que el excelente viejo ministro recibió la misión
de inspeccionar la sala donde estaban trabajando los dos pillastres ante
el telar vacío.
“¡Dios nos ampare! -pensó el ministro abriendo los ojos de par en
par-. ¡Vaya, si no veo nada!” -Pero tuvo buen cuidado de no decirlo.
Los estafadores le suplicaron que tuviera la bondad de
aproximarse un poco más, y le preguntaron si no juzgaba excelentes el
dibujo y el colorido. El pobre ministro se rompía los ojos sin lograr ver
cosa alguna, pues, por supuesto, nada había que ver.
“¡Cielos! -pensó-. ¿Es posible que yo sea un bobo? Nunca me lo
habría imaginado, y no tiene que saberlo nadie. ¿Y un inútil también
para el cargo? Jamás diré que no he logrado ver la tela”.
-Bien, señor, ¿decíais algo acerca de la tela? -preguntó el pillo que
estaba fingiendo tejer.
-¡Oh, es hermosa…, realmente encantadora! -dijo el ministro,
calándose los anteojos-. ¡Qué dibujo, qué tonos! Ciertamente informaré
al Emperador que me ha gustado mucho.
-Nos complace sobremanera oírlo -dijeron los dos trapecistas. Y a
continuación enumeraron todos los matices y describieron el peculiar
dibujo del tejido. El viejo ministro puso gran atención a lo que decían,
para poder repetirlo cuando regresara a informar al Emperador.
Poco después los dos bribones se presentaron a pedir más dinero,
más seda y más oro, para poder continuar con el tejido. Pero se lo
guardaron todo en sus bolsillos. Ni una hebra siquiera colocaron en el
telar, aunque siguieron tejiendo con afán.
El Emperador envió a otro de sus leales funcionarios a investigar
cómo seguía el tejido y cuándo estaría listo. Y al funcionario le ocurrió
lo mismo que al viejo ministro. Miró y miró, pero como sólo había un
telar vacío, no pudo ver nada.
-¿No es una hermosa pieza de tela? -preguntaron los dos
pillastres. Y desplegaron una verdadera exhibición del admirable tejido
y de los colores que no estaban allí ni podía ver persona alguna.
“Yo sé que no soy ningún obtuso -pensó el funcionario-, acaso,
pues, se trate de que tampoco soy el hombre adecuado para mi
excelente cargo. Es muy extraño. Sea como sea, no hay que
demostrarlo”.
Y se deshizo en elogios de la tela que no veía, Y aseguró que se
retiraba admirado de los matices y la originalidad del dibujo.
-Es prodigioso -informó luego al Emperador-. Todo el mundo
habla en la ciudad de esa espléndida tela.
Y el Emperador pensó que sería interesante ver aquel prodigio
mientras estaba aún en el telar. Acompañado por cierto número de
selectos cortesanos, entre ellos los dos que ya habían visto la
imaginaria tela, se dirigió a visitar a los dos impostores, que estaban
trabajando tan arduamente como nunca en sus vacías máquinas.
-¡Es magnífico! -dijeron los dos honrados dignatarios-. ¡Ved,
Majestad qué dibujos! ¡Qué matices!
Y ambos señalaban el telar, pensando cada uno que el otro podía
ver la tela.
“¿Qué? -pensaba el Emperador-. Yo no veo nada en absoluto. ¡Es
terrible! ¿Soy yo un zote entonces? ¿No sirvo para Emperador? Nada
peor que eso podría ocurrirme”.
Y dijo en voz alta:
-¡Qué hermosa! Tiene mi más calificada aprobación.
E inclinó repetidamente la cabeza en señal de agrado,
contemplando el telar vacío. Nada ni nadie habría podido inducirlo a
confesar que no veía nada.
Todo el séquito miró y remiró, sin ninguno de los dignatarios
viera más que los otros. Sin embargo, exclamaron todos, a coro con Su
Majestad:
-¡Es muy hermosa!
Y le aconsejaron que se mandara hacer un traje de tan maravillosa
tela para la ocasión de un gran desfile próximo.
“¡Magnífica! ¡Maravillosa! ¡Excelente!” -eran las palabras que
corrían de boca en boca. Todos estaban igualmente encantados con la
tela. El Emperador concedió a cada uno de los dos bellacos una condecoración
destinada a sus respectivas solapas, y el título de “Caballero
Tejedor”.
Los pillos trabajaron toda la noche previa al día del desfile,
gastando dieciséis bujías, para que el pueblo viera lo ansiosos que
estaban de tener listo a tiempo el traje del Emperador. Fingieron sacar
la tela del telar cortándola en el aire con un gran par de tijeras, y la
fueron cosiendo con sólo agujas, sin hilo alguno en ellas.
Por fin anunciaron:
-Ya está listo el traje del Emperador.
Y el Emperador fue personalmente a buscarlo en compañía de sus
más elevados cortesanos. Los dos estafadores levantaron un brazo en el
aire, como si estuvieran sosteniendo algo, y dijeron:
-Mirad, éstos son los pantalones. Esta es la chaqueta. Este es el
manto. -Y así sucesivamente-. Es tan liviano como una telaraña. Casi
podría decirse que uno no tiene nada en la mano, pero en eso reside
precisamente su belleza.
-Así es -aprobaron todos los cortesanos, aunque no podían ver
nada, pues no había cosa alguna que ver.
-¿Quisiera Su Imperial Majestad tener a bien quitarse la ropa?
-invitaron los impostores-. Luego podrá vestirse las nuevas, aquí
delante del gran espejo.
El Emperador se despojó enteramente de sus ropas y los
impostores fingieron irle entregando una pieza tras otra de su nuevo
atuendo. Hicieron también la pantomima de ajustarle algo en la cintura
y sujetar allí cierto invisible aditamento que debía suponerse era la cola
del traje imperial. El Emperador se volvía una y otra vez frente al
espejo.
-¡Qué bien luce Su Majestad el nuevo traje! ¡Qué
espléndidamente le queda! -exclamó toda la gente que lo rodeaba-.
¡Qué modelo! ¡Qué color! Nunca se ha visto nada así en materia de
ropa.
-El palio está esperando a Vuestra Majestad para colocarse sobre
su cabeza en el desfile -anunció el maestro de ceremonias.
-Bien, estoy dispuesto -dijo el Emperador-. ¿No es cierto que me
queda bien el traje?
Los chambelanes que debían llevar la cola se inclinaron y
fingieron levantarla del suelo con ambas manos, aunque naturalmente
iban todos con las manos vacías en el aire. Ninguno se atrevía a
confesar que no veía nada.
Y el Emperador partió encabezando el desfile bajo el lujoso palio,
y toda la muchedumbre en las calles y los balcones exclamaba:
-¡Qué apuesto está el Emperador con su traje nuevo! ¡Qué
espléndida cola!
Y nadie quería reconocer que no veía cosa alguna, porque eso
habría equivalido a reconocerse incapaz para su cargo, o bien un
zopenco.
Ninguno de los trajes anteriores del Emperador había tenido éxito
semejante.
Pero un niño exclamó de pronto:
-¡El Emperador está desnudo!
-¡Oh, escuchen lo que dice el inocente! -dijo su padre. Y uno de
los mirones susurró al oído de su vecino, lo que el niño había dicho. Y
la voz fue corriendo:
-Dice que el Emperador está desnudo… Un chico ha dicho que el
Emperador está desnudo.
-¡Pero es que está desnudo! -exclamó por fin todo el pueblo.
El Emperador se sintió molesto, porque comprendió que era
verdad. Pero pensó:
“El cortejo tiene que seguir ahora”.
Y se mantuvo más rígido que nunca, y los chambelanes siguieron
sosteniendo la invisible cola.
Hans Christian Andersen





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