Apuntes: Otras plumas (9)

«Jardín de Venus. Cuentos burlescos de Don Félix María
Samaniego. Escribiolos en el Seminario de Vergara de Álava por los años de 1780
y tienen burlas de frayles y monjas y mucho chiste y regocijo.»

Apuntes: Otras plumas IX*

Dedicado al españolísimo Marqués Don Carletto, conspicua
pluma de nuestra humilde cofradía y entusiasta degustador de esta arbitraria
serie de apuntes.

EL PAÍS DE AFLOJA Y APRIETA

por Don Félix María Samaniego

En lo interior del África buscaba un joven viajero, cierto
pueblo en que a todos se hospedaba, sin que diesen dinero. Y con esta noticia
que tenía se dejó atrás un día su equipaje y criado.

Y yendo apresurado, sediento y caluroso, llegó a un bosque
frondoso de palmas, cuyas sendas mal holladas sus pasos condujeron al pie de
unas murallas elevadas donde sus ojos con placer leyeron, en diversos idiomas
esculpido, un rótulo que había de este sentido:

"Esta es la capital de Siempre-meta,

país de afloja y aprieta,

donde de balde goza y se mantiene

todo el que a sus costumbres se conviene."

-¡He aquí mi tierra!- dijo el viandante luego que estoy leyó,
y en el instante buscó y halló la puerta de par en par abierta.

Por ella se coló precipitado y vióse rodeado, no de salvajes
fieros, sino de muchos jóvenes en cueros, con los aquellos tiesos y fornidos,
armados de unos chuzos bien lucidos, los cuales le agarraron y a su gobernador
le presentaron.

Estaba el tal, con un semblante adusto, como ellos, en
pelota. Era robusto y en la erección continua que mostraba a todos los demás
sobrepujaba.

Luego que en su presencia estuvo el viajero, mandó le
desnudasen, lo primero, y que con diligencia le mirasen las partes genitales,
que hallaron de tamaño garrafales.

La verga estaba tiesa y consistente, pues como había visto
tanta gente con el vigor que da Naturaleza, también el pobre enarboló su pieza.

Como el gobernador en tal estado le halló, díjole:

-Joven extranjero, te encuentro bien armado y muy en breve
espero que aumentarás la población inquieta de nuestra capital de Siempre-meta.
Mas antes sabe que es del heroísmo de sus hijos valientes el vivir en un
perpetuo priapismo, gozando mil mujeres diferentes. Y si cumplir no puedes su
costumbre, vete, o te expones a una pesadumbre.

-¡Oh! Yo la dejaré desempeñada -el joven respondió-, si me
permite que en alguna belleza me ejercite. Ya veis que está exaltada mi
potencia, y yo quiero al instante jo…

-¡Basta! Lo primero -dijo el gobernador a sus ministros- se
apuntará su nombre en los registros de nuestra población. Después, llevadle
donde se bañe; luego, perfumadle. Y después, que cene cuanto se le antoje; y por
último enviadle quien le afloje.

Así dijo y obedecieron, y al joven como nuevo le pusieron,
lavado y perfumado, bien bebido y cenado, de modo que en la cama, al acostarse,
tan solo panza arriba pudo echarse.

Así se hallaba, cuando a darle ayuda una beldad desnuda
llegó, y subió a su lecho; la cual, para dejarle satisfecho, sin que necesitase
estimularlo, con diez desagües consiguió aflojarlo.

Habiendo así cumplido con las órdenes, se fue y dejó dormido
al joven, que a muy poco despertaron y el almuerzo a la cama le llevaron,
presentándole luego otra hermosura que le hiciese segunda aflojadura.

Ésta, que halló ya lánguida la parte, apuró los recursos de
su arte con rápidos meneos para que contentase sus deseos, y él, ya de media
anqueta, ya debajo, tres veces aflojó, ¡con qué trabajo!

No hallándole más jugo ella se fue quejosa, y otra entró de
refresco más hermosa, que aunque al joven le plugo por su perfección rara, no
tuvo nada ya que le aflojara. Sentida del desaire, ésta empezó a dar gritos, y
no al aire, porque el gobernador entró al momento y, al ver del joven el
aflojamiento, dijo en tono furioso:

-¡Ea! ¡Qué aprieten a ese perezoso!

Al punto tres negrazos de Guinea vinieron, de estatura
gigantea, y al joven sujetaron. Y uno en pos del otro a fuerza le apretaron por
el ojo fruncido, cuyo virgo dejaron destruido.

Así pues, desfondado, creyéndole bastante castigado de su
presunción vana, en la misma mañana, sacándole al camino, le dejaron llorar su
desatino, sin poderse mover.

Allí tirado le encontró su criado, el cual le preguntó si
hallado había el pueblo en que de balde se comía.

-¡Ah, sí, y hallarlo fue mi desventura! -el amo respondió.

-¿Pues qué aventura -el mozo replicó-, le ha sucedido, que
está tan afligido? En esa buena tierra no puede ser que así le maltrataran.

-Mil deleites -el amo dijo- encierra y, aunque estoy
desplegado, yo lo fundo en que si como aflojan no apretaran, mejor país no
habría en todo el mundo.

***

EL RECONOCIMIENTO

por Don Félix María Samaniego

Una abadesa, en Córdoba, ignoraba que en su convento
introducido estaba, bajo el velo sagrado, un mancebo, de monja disfrazado. Que
el tunante dormía, para estar más caliente, cada noche con monja diferente, y
que ellas lo callaban porque a todas sus fiestas agradaban, de modo que era el
gallo de aquel santo y purísimo serrallo.

Las cosas más ocultas mil veces las descubren las resultas y
esto acaeció con las cuitadas monjas, porque, perdiendo el uso sus esponjas, se
fueron opilando y de humor masculino el vientre hinchando.

Hizo reparo en ello por delante su confesor, gilito
penetrante, por su grande experiencia en el asunto. Y conociendo al punto que
estaban fecundadas las esposas a Cristo consagradas, mandó que a toda prisa
bajase al locutorio la abadesa.

Ésta acudió al mandato por otra vieja monja conducida, pues
la vista perdida tenía ya del flato, y al verla, el reverendo, con un tono
tremendo, la dijo:

-¿Cómo así tan descuidada, sor Telesfora, tiene abandonada su
tropa virginal? Pero mal dije, pues ya ninguna tiene intacto el dije. ¿No sabe
que, en su daño, hay obra de varón en su rebaño? Las novicias, las monjas, las
criadas… ¿lo diré?… sí: todas están preñadas.

-¡Miserere mei, Domine!- responde sor Telesfora-. ¿En dónde
estar podemos de parir seguras, si no bastan clausuras? Váyase, padre, luego,
que yo hallaré al autor de tan vil juego entre las monjas. Voy a convocarlas y
con mi propio dedo a registrarlas.

El confesor marchóse. Subió sor Telesfora y publicóse al
punto en el convento de las monjas el reconocimiento.

Ellas, en tanto, buscan presurosas al joven, y llorosas el
secreto le cuentan y el temor que por él experimentan.

-¡Vaya! No hay que encogerse, -él dice-. Todo puede
componerse, porque todas estáis de poco tiempo. Yo me ataré un cordel en la
pelleja que cubre mi caudal cuando está flojo. Veréis que me la cojo detrás,
junto las piernas, y la vieja cegata, estando atado a la cintura, no puede
tropezar con mi armadura.

Se adoptó tal expediente, se practicó, y las monjas le
llevaron al coro, donde hallaron a la abadesa impaciente, culpando la tardanza.
En fin, para esta danza en dos filas las puso; las gafas pone en uso y, una vela
tomando encendida, las iba remangando.

Una por una, el dedo les metía y después: -No hay engendro-
repetía.

El mancebo miraba lo que sor Telesfora destapaba, y se le iba
estirando el bulto, y el torzal casi estallando. De modo que tocándole la suerte
de ser reconocido, dio un estirón tan fuerte que el torzal consabido se rompió y
soltó al preso al tiempo que lo espeso del bosque la abadesa le alumbraba. Y
así, cuando para esto se bajaba, en la nariz llevó tal latigazo que al terrible
porrazo la vela, la abadesa y los anteojos en el suelo quedaron por despojos.

-¡San Abundio me valga!, -exclamó ella-. ¡Ninguna de aquí
salga, pues ya, bien a mi costa, reconozco que hay moros en la costa!

Mientras la levantaron al mancebo ocultaron y en su lugar
pusieron otra monja, la falda remangada, que siendo preguntada de con qué a la
abadesa el golpe dieron, le respondió:

-Habrá sido con mi abanico, que se me ha caído.

A lo que la vieja replicó furiosa:

-¡Mentira! ¡En otra cosa podrán papilla darme, pero no en el
olfato han de engañarme, que yo le olí muy bien cuando hizo el daño, y era un
"dánosle hoy" de buen tamaño!

***

EL CONJURO

por Don Félix María Samaniego

De un tremebundo lego acompañado, fue a exorcizar un padre
jubilado a una joven hermosa y desgraciada que del maligno estaba atormentada.

Empezó su conjuro y el Espíritu impuro, haciendo resistencia,
agitaba a la joven con violencia, obligándola a tales contorsiones, que la
infeliz mostraba en ocasiones las partes de su cuerpo más secretas… Ya
descubría las redondas tetas de brillante blancura… Ya, alzando la delgada
vestidura, manifestaba un bosque bien poblado de crespo vello en hebras mil
rizado, a cuyo centro daba colorido un breve ojal, de rosas guarnecido.

El lego, que miraba tal belleza, sentía novedad grande en su
pieza, y el fraile, que lo mismo recelaba, con los ojos cerrados conjuraba hasta
que al fin, cansado de haber a la doncella exorcizado dos horas vanamente, para
que sosegase la paciente y él volviese con fuerzas a su empleo, al campo salió
un rato de paseo, diciendo al lego le hiciera compañía a la doncella en tanto
que él volvía.

Fuese, pues, y el donado, de lujuria inflamado, apenas quedó
solo con la hermosa cuando, esgrimiendo su terrible cosa y sin temor de que
estaba el Diablo en aquel cuerpo que atacaba, la tendió y por tres veces la
introdujo de sus riñones el ardiente flujo.

Mientras que así se holgaba el lego diestro, a la casa
volviendo su maestro, vio que en la barandilla de la escalera, puesto en la
perilla, estaba encaramado el Diablo, confundido y asustado, y díjole riendo:

-¡Hola, parece que saliste huyendo del cuerpo en que te
hallabas mal seguro, por no sufrir dos veces mi conjuro! Yo me alegro infinito;
mas, ¿qué esperas aquí? ¡Dilo, maldito!

-Espero -dijo el Diablo sofocado-, que sepas que tú no me has
lanzado de esa infeliz mujer por conjurarme, sino tu lego que intentó amolarme
con su tercia de dura culebrina, buscándome el ojete en su vagina, y pensé:
¡Guarda, Pablo! Propio es de lego motilón ladino que no respete virgo femenino.
¡Pero que deje con el suyo al Diablo!

***

LA FUERZA DEL VIENTO

por Don Félix María Samaniego

En una humilde aldea el Jueves Santo, la pasión predicaban y
entretanto, los payos del lugar que la escuchaban, a lo vivo la acción
representaban, imitando los varios personajes en la figura, el gesto y los
ropajes.

Para el papel sagrado de nuestro Redentor crucificado
eligieron a un mozo bien fornido que, en la cruz extendido con una tuniquita en
la cintura, mostraba en lo restante su figura, a los tiernos oyentes, en pelota,
para excitar su compasión devota.

La parte de María Magdalena se le encargó a una moza
ojimorena, de cumplida estatura y rolliza blancura, a quien naturaleza en la
pechera puso una bien provista cartuchera.

Llegó el predicador a los momentos en que hacía mención de
los tormentos que Cristo padeció cuando expiraba y su muerte los orbes
trastornaba.

Refirió, entusiasmado, que con morir aniquiló el pecado
original, haciendo a la serpiente tragarse, a su despecho y aunque reviente, la
maldita manzana que hizo a todos purgar sin tener gana.

Esto dijo de aquello que se cuenta, y después su fervor aún
más aumenta contando los dolores de la Madre feliz de pecadores, del Discípulo
amado, y, en fin, del sentimiento desgarrado de la fiel Magdalena, la que
entretanto, por la iglesia, llena de inmenso pueblo, con mortal congoja los
brazos tiende y a la cruz se arroja.

Allí empezó sus galas a quitarse y en cogollo nomás vino a
quedarse, con túnica morada por el pecho tan escotada, que claramente descubría
la preciosa y nevada tetería.

Mientras esto pasaba, el buen predicador siempre miraba al
Cristo, y observó que por delante se le iba levantando a cada instante la
tuniquilla en pabellón viviente, haciendo un borujón muy indecente.

Queriendo remediarlo por si el pueblo llegaba a repararlo,
alzó la voz con brío y dijo:

-Hermanos, el vigor impío de los fieros hebreos se aumentaba
al paso que la tierra vacilaba haciendo sentimiento, y la fuerza del viento era
tal, que al Señor descomponía lo que sus partes púdicas cubría.

Apenas oyó Cristo este expediente cuando, resucitando de
repente, dijo al predicador muy enfadado:

-Padre, el juicio sin duda la ha faltado. ¿Qué viento corre
aquí? ¡Qué berenjena! ¿Las tetas no está viendo a Magdalena? Hágala que se tape,
si no quiere que el Cristo se destape y eche al aire el gobierno con que le
enriqueció su Padre Eterno.

***

EL CUERVO

por Don Félix María Samaniego

En un carro manchego caminaba una moza inocentona, de
gallarda persona, propia para inspirar lascivo fuego. El mayoral del carro era
Farruco, de Galicia fornido mameluco, al que, en cualquier atasco, daba asombro
verle sacar mulas y carro al hombro. Un colchón a la moza daba asiento, por que
el mal movimiento del carro algún chichón no la levante.

Lector, es importante, referir y tener en la memoria la menor
circunstancia, para que, por olvido o ignorancia, la verdad no se olvide de esta
historia.

Yendo así caminando, vieron un cuervo grande que, volando, a
veces en el aire se cernía y otras el vuelo al carro dirigía.

-¡Jesús, qué pajarraco tan feote! -dijo la moza-. ¿Y ese
animalote qué nombre es el que tiene?

-Ese es un cuervo -respondió el arriero-, embiste a las
mujeres y es tan fiero que las pica los ojos, se los saca, y después de su carne
bien se atraca.

Oyendo esto la moza y reparando en que el cuervo se acercaba
al carro donde estaba, tendióse en el colchón y remangando las faldas presurosa,
cara y cabeza se tapó medrosa, descubriendo con este desatino el bosque y el
arroyo femenino.

Al mirarlos Farruco, alborotóse; subió sobre el colchón,
desatacóse, y sacó… ¡poder de Dios, qué grande que era…! Y a la moza a
empujones enfiló de tal manera que al carro los fuertes enviones, en vez de
impedimento, daban a su timón más movimiento.

Y en tanto que él saciaba su apetito, ella decía:

-¡Sí, cuervo maldito; pica, pica a tu antojo, que por ahí no
me sacas ningún ojo!

***

EL ONANISMO

por Don Félix María Samaniego

Un zagalón del campo, de estos de "Acá me zampo", con un
fraile panzón se confesaba, que anteojos gastaba porque, según decía, de
cortedad de vista parecía. Llegó el zagal al sexto mandamiento, donde tropieza
todo entendimiento, y dijo:

-Padre, yo a mujer ninguna jamás puse a parir, pues mi
fortuna hace que me divierta solamente, cuando es un caso urgente, con lo que me
colgó Naturaleza, y lo sé manejar con gran destreza.

-¿Conque contigo mismo -dice el fraile, enojado-, en un lance
apretado te diviertes usando el onanismo?

-No, padre -el zagal clama-; no creo que sea así como se
llama mi diversión, sino la p…

-Calla, hombre -dice el fraile-. Yo sé muy bien el nombre que
dan a esa vil treta, infame consonante de retreta. ¿No sabes tú que fue vicio
tan feo invención detestable de un hebreo, y que tú, por tenerlo, estás maldito;
del Espíritu Santo estás proscrito; estás predestinado para ser condenado; estás
ardiendo ya en la fiera llama del Infierno, y…?

-¡No más! -el mozo exclama, queriendo disculparse-. Esta maña
no debe graduarse en mí de culpa, padre. Yo lo hacía porque veo muy poco, y me
decía el barbero, mi primo, se aclaraba la vista el que retreta se tocaba.

Aquí con mayor ira el fraile replica:

-¡Eso es mentira! Pues si fueran verdad juicios tan varios,
las pulgas viera yo en los campanarios.

***

LOS CALZONES DE SAN FRANCISCO

por Don Félix María Samaniego

A media noche, horrendos gritos daba una casada, y confesión
pedía, diciendo que a pedazos se moría de un cólico que atroz la atormentaba.

Llamóse a un reverendo franciscano, que era su confesor… y,
de antemano, estaba prevenido para ver de pegársela al marido y gozar con la
dama sus placeres; que en esto discurren frailes y mujeres.

Luego que con la ninfa se halló a solas, se quitó el
reverendo los calzones, y, con el taco libre de prisiones, le hizo, sin más ni
más, tres carambolas. Y así que la purgó de sus pecados, volvióse a su convento
y dejando los calzones olvidados. Pero el olvido recordó al momento, y el lance
claramente contó al portero y le dejó advertido de una industria prudente para
evitar las iras del marido.

Entró luego en el cuarto de su esposa el buen cornudo, y la
primera cosa que halló en el suelo fueron los calzones, adornados de sucios
lamparones.

Cogiólos, conoció la picardía, y rabioso se fue a la
portería, con intención formada de dar al reverendo una estocada.

Llega, pues, y el portero y el paciente formalizan el diálogo
siguiente:

-Diga, hermano, ¿qué cosa solicita?

-Que hablar se me permita a fray Pedro, el guardián.

-Ahora no puede.

-¿Por qué?

-¿Pues no sabéis lo que sucede a la comunidad?

-Todo lo ignoro.

-¡Hermano, que ha perdido su tesoro!

-¿Cuál era?

-Una reliquia peregrina, por la que hay en el coro
disciplina.

-¿Cómo ha sido?

-Esta noche la han llevado para una enferma, y la han
extraviado, no sé de qué manera.

-¿Y qué reliquia era la que causa tan grandes aflicciones?

-¡Si eran de San Francisco los calzones!

-¡Esa patraña cuéntela a su abuela el fraile motilón, que acá
no cuela! Yo traigo aquí guardados unos calzones puercos, muy usados, de un
fraile picarón que, con vileza, a mi honor ha jugado cierta pieza.

-¡Esos son! -el portero gritó ufano.

Y se los quitó al punto de la mano, diciéndole muy grave:

-¿Cómo en su mente cabe tan injuriosa idea? ¿Pues acaso no
sabe que murió San Francisco de diarrea?

***

LA PEREGRINACIÓN

por Don Félix María Samaniego

Iba a Jerusalén, acompañada de su esposo, una joven
remilgada, de carácter modoso, grave y serio, y aparentando un santo beaterio.

Siempre que su marido la embestía inmóvil en la acción se
mantenía. Y él, pensando que en ella duraba la vergüenza de doncella, su pudor
respetaba al obrar, cada vez que la atacaba.

Su peregrinación y tiernos votos iban ya a ver cumplidos los
devotos, cuando, antes de llegar al feliz puerto, diez árabes les salen del
desierto y en el ancho camino cogen al matrimonio peregrino.

Sin detención los dejan en pelota y, viendo la beldad de la
devota, resuelven, sin oír sus peticiones, en su esponja exprimir los
compañones.

Atan prestos al marido, de vergüenza y de rabia poseído, y
panza arriba a la mujer recuestan y alegres manifiestan diez erguidos y gordos
instrumentos, capaces de empreñar hembras a cientos: vergajos que en el mundo no
hay iguales sino bajo los sayos monacales.

Miró nuestra heroína sin turbarse el diezmo musulmán que iba
a cobrarse, y, al saciar del primero los deseos, con hábiles y rápidos meneos
agitó sus caderas de tal suerte que dejó hecho un guiñapo al varón fuerte.

Según su antigüedad y sus hazañas, sobre ella, los demás,
pruebas extrañas de su vigor hicieron y aún con más prontitud vencidos fueron.

Quedaba un musulmán de bigotazos que quitaba los virgos a
porrazos; engendrador a roso y a velloso, máximo atacador del sexo hermoso.

Aqueste, pues, embistió con la beata; ella en sus movimientos
se desata, él se procura asir con fuerte mano y la quiere cansar. Pero fue en
vano, que al choque impetuoso el árabe rijoso se sintió vacilante y, reculando,
pierde su dirección. Así luchando, barriga con barriga, puede más que el deleite
la fatiga, y la virilidad del moro bravo vino a quedar en moco de pavo.

Concluida de los árabes la empresa, márchanse a toda priesa;
la beata se levanta y se sacude, y a desatar a su marido acude que, testigo
infeliz de su trabajo, estaba pensativo y cabizbajo.

Viéndole así la esposa, le animó cariñosa, diciéndole se
aliente, pues es de Dios milagro muy patente haber con las vidas escapado. A lo
cual él responde:

-Ya he observado… el milagro. Lo han hecho tus meneos que
jamás han cedido a mis deseos, porque siempre me decías: "Ahí lo tienes: hazlo
solo, y tú solo te condenes".

Y ella entonces repuso enfurecida:

-¡Está buena la queja, por mi vida! Pues qué: ¿me he de mover
por un cristiano cuál por un vil y réprobo africano? No te hacía tan tonto. ¡A
perra gente, despacharla pronto!

* ocho joyas de la colección de poemas eróticos "Jardín de
Venus" del español Félix M. Samaniego (Laguardia, Álava, 1745-1801), aquí
adaptados al formato de relato pero conservando la musicalidad de su rima
original. "El País de Afloja y Aprieta" abre la serie y los demás aparece en ese
orden páginas más adelante. «Jardín de Venus. Cuentos burlescos de Don Félix
María Samaniego. Escribiolos en el Seminario de Vergara de Álava por los años de
1780 y tienen burlas de frayles y monjas y mucho chiste y regocijo.» reza la
portada de la obra, de 134 páginas.

Los interesados pueden encontrarse con una versión
electrónica completa en el sitio: www.librodot.com

Recomendado. Espero que les gusten. Escríbanme. R.

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Carla (1)

LA SÚCUBO 4 Carla.

Yo tengo dos motivos poderosos para que Carla no se vaya
de casa. Primero, ya saben ustedes como está de mal el servicio doméstico y,
segundo y más importante, lo mismo que pasa con Lina pasa con Carla, cuando
está en casa una de las dos, o las dos, la abominable súcubo permanece en
silencio, motivo más que suficiente para no despedir a la muchacha, pues que
me permite trabajar tranquilo y sin insultos. Y cosa extraña, con María, la
madre de Carla, el ectoplasma de los demonios me insultaba a mansalva, era
un tormento tan insoportable como un discurso de Llamazares; es raro
¿verdad?, ¡¡Qué cosas!!.

Carla, como es casi natural, es mucho más joven que su
madre y también mucho más guapa. Se parece bastante en todo a Jody Foster.
Es pequeñita, rubia, de ojos azules como la miosotis y está muy bien
confeccionada. Sí, sí, me lo pueden creer, es como el traje de un buen
sastre, enseguida se nota que está echo a medida, pues Carla también. Y de
limpia no digamos, se pasa todo el día subida a la escalera limpiando cuanto
rincón encuentra poco de su gusto. Lo que yo no sabía es que mi despacho
tuviera tantos rincones.

A veces le tengo que llamar la atención porque se sube
tan alto que me da vértigo y siempre la vigilo por si trastabilla o resbala
en la escalera de aluminio al engancharse el tacón del zapato con la
minifalda. Tendré que acogerla en brazos para que no se haga morados en los
muslos o se le esmague una cúpula de Bizancio, horrible y doloroso accidente
que no quiero ni imaginar. De momento no se ha dado el caso, pero tengo que
estar muy cerca porque la juventud es muy atrevida.

Tampoco me había dado cuenta nunca de la facilidad con la
que rompo la punta de los lápices por las mañanas. Misteriosamente se me ha
estropeado el sacapuntas eléctrico lo cual me obliga a ir a la cocina cada
dos por tres porque allí están los cuchillos más afilados. Supongo que
también influye el olorcito tan alimenticio que sale de los pucheros en los
que cocina Carlita y mientras afilo los lápices para que no piense que soy
mudo de nacimiento hablamos de esto y de lo otro.

–¿Sabes algo de tu abuela? – le pregunté muy amable.

— Está muy pachucha la pobre y mamá muy asustada.

— ¿Y qué dicen los médicos?.

— Dicen que tiene muchos años y que la infección de
salmonella a su edad es muy peligrosa.

— Los médicos siempre exageran ¿sabes? Así se dan más
importancia, ya verás como se recuperará pronto.

— No lo creo, porque ahora, para mayor desgracia, se le
ha complicado con una neumonía.

— ¡¡Vaya por Dios!! Si que es mala suerte, ¿y tú novio
que dice?

— No tengo novio.

— ¡¡No es posible!! Una chica tan guapa como tú.

— Pues no tengo, tuve uno pero era un imbécil como todos
los jóvenes y nos separamos.

— Mujer, no todos los jóvenes serán imbéciles, digo yo.

— Pues lo parecen, y además no me gustan los jóvenes, a
mí me gustan los hombres mayores, tienen más educación.

— Cierto. La educación es imprescindible en estos casos
– aseveré seriamente — los hombres mayores tenemos una educación tremenda.

— Usted no es tan mayor, aunque si es muy educado y
simpático – y tras unos segundos – y además muy guapo.

— Gracias, ¿te parece?

— ¿Si me parece qué?

— Que soy guapo.

— ¿Quiere que le regale el oído otra vez?

— No, no, nada de eso, pero la juventud…

— ¡¡Bah, la juventud, menuda panda de borregos con
litrona!!

Les aconsejo que mientras afilan un lápiz no miren para
otra parte porque pueden tener un accidente, eso fue lo que me pasó a mí, me
hice un corté en un dedo y dije:

— ¡¡Ay, Dios mío!! — ella se giró y también dijo al ver
la sangre:

— ¡¡Ay Dios mío!!.

Se acercó a mi silla, se puso en cuclillas y me chupó el
dedo. Tuve que mirar dos veces porque a la primera no me di cuenta de que
las braguitas eran negras. Ya sé que es de mala educación pero tengo la
disculpa de que fue un reflejo condicionado por una duda razonable lo cual,
en un juicio, siempre sería un eximente; algo así como la locura temporal
provocada por un deseo irreprimible.

En cuclillas y con el dedo en la boca me miró con sus
preciosos ojos azules y les juro por mi vida que no supe qué hacer. De
momento opté por dejar el dedo en donde estaba. Como no sabía dónde poner la
otra mano le acaricié la mejilla. Se sacó el dedo de la boca.

— ¿Me encuentra bonita?

— Te encuentro preciosa, nena.

— ¿De verdad?

— Te lo juro, me pareces guapísima

— ¿A usted le gustan los niños?

— Sí, ya sé que eres muy joven, pero…

— No tanto, hace dos años que soy mayor de edad, ya se
lo dije, no me refería a eso.

— ¿Entonces a qué?

— A los bebés.

— No te entiendo.

— Vamos, no se haga el tonto que no tiene un pelo.

— ¿Es que quieres tener un niño?.

— Si fuera suyo no me importaría – dejé de acariciarle
la mejilla porque aquella muchachita me estaba liando y bastante me lío yo
solo. Un bebé era lo que me faltaba, biberones, pañales, llantos, meadas,
cagadas pero por si me quedaba alguna duda me suelta

– No tema, no se lo diré a Lina, además, me tomo la
pastilla.

— Ya, pero yo no.

Sonrió. Al final comentó:

— Hay que vendarlo ¿en donde está el botiquín?

— En el baño.

Arrastrándome por el dedo me llevó hasta el baño, lo puso
debajo del grifo y para cuando tuvo preparado venda y esparadrapo el dedo ya
no sangraba pero quieras que no tuve que dejar que me lo vendara

¿Le duele?

— No – respondí valientemente – casi nada.

— Tiene que ir con cuidado con ese cuchillo, corta como
una barbera.

— Lo sé, nenita.

— Ya te dije – el tuteo le salió redondo — que hace dos
años que soy mayor de edad.

— Eso si que es grave.

— ¿Te burlas de mí?

— Antes me cortaría el dedo en redondo.

–¡¡Venga ya, colega!! Me dijo mi madre que eras muy
guasón.

— En este caso no, trae el cuchillo y verás.

Sonó la carcajada espontánea y cristalina, guardó los
trebejos de curar y se quedó pensativa.

— ¿En qué piensas? – pregunté con la esperanza de que se
le ocurriera ducharse… No se le ocurrió. Por lo tanto me fui a mi despacho
muy ufano poniendo el despertador para que sonara quince minutos antes de
las dos y así largarme a tomar una cerveza con Mouriño.

Leí dos o tres noticias en Internet y anoté unos pocos
comentarios pero con tan mala fortuna que volvió a romperse la punta del
lápiz. Cuando pensaba regresar a la cocina para cortarme otra vez, entra
Carla para decirme que tenía que lavar las cortinas de mi despacho que
estaban muy sucias. Como yo era tan fuerte y alto — según dijo — podría
auparla mientras las descolgaba. Lo encontré muy natural, es lo que se suele
hacer para descolgar cortinas. Me puse a su espalda, la sujete por los
muslos con los dos brazos y le aupé hasta que tuve sus curvadas nalgas
pegadas a mis ojos.

— Me aprietas mucho, ponme a caballito sobre los
hombros.

— Si, si, nena, lo que sea, el caso es limpiarlo todo
bien limpio — Les aseguro que para lo maciza que estaba pesaba muy poco, si
bien es cierto que en estos casos desarrollo más caballos de fuerza que una
locomotora de vapor, pero sin vapor, aunque ya hervía la caldera, sólo
faltaba el pitido de la máquina.

¡¡Madre mía, lo que hay que hacer para limpiar la casa!!
Ni se pueden imaginar el calorcito tan agradable que tuve en el cogote con
la muchacha esparrancada sobre mis hombros. Me hacia suaves cosquillas con
sus rizos que siempre son agradables y si no se lo creen pruébenlo y verán
como tengo razón. Acostumbro a rasurarme bien cuando me afeito y pese a todo
sus muslos eran mucho más satinados que mis mejillas, mucho más tibios,
mucho más bonitos y mucho más… bueno, dejémoslo ahí.

Intentado sujetarla bien, subí las manos despacio casi
hasta sus ingles pero ella dijo que la sujetara por la cintura porque temía
caerse hacia atrás. Con gran pesar elevé los brazos, pesar que desapareció
inmediatamente al tocar la carne tibia y meter el dedo medio en un pequeño
ombligo y con las dos manos le abarqué la cintura casi por completo. Pues sí
que tengo largos los dedos — me dije — a ver si me acuerdo de medirlos.

— Da un paso a la derecha.

— Sí, nena, no te des prisa.

— Otro pasito.

— Si, preciosa, tranquila, es temprano aún…

Cuando la cortina cayó al suelo me enfadé por no haberla
puesto veinte metros más larga.

— Ya puedes bajarme.

— Vamos a darnos un trotecito – comenté dando saltitos
alrededor del despacho — ¿No te gustan los caballitos?

Empezó a reírse sujetándose con las manos en mí cabeza.

— Tacatá, tacatá, tacatá – relinchaba yo dando saltitos
mientras ella reía – ¿Qué te parece?

— Me parece que si nos viera Lina nos mataba a los dos.

— Yo no pienso decírselo.

— Uy, ni yo tampoco, pero bájame, por favor.

La dejé en el sofá, pero ella me echó los brazos al
cuello susurrando:

— Hazme el amor, quiero que me la metas y me hagas
gozar.

— No puede ser Carla, puedo ser tu padre y aunque no
fuera así, eres muy niña.

— Déjate de chorradas, me has dicho que te gusto, tú
también me gustas a mí y mucho.

— Si, pero no tiene nada que ver, yo soy muy decente
y…

— ¡¡Anda ya, decente!! – exclamó desabrochándome el
cinturón. Me dejó en cueros en un minuto — acaba de una vez, que lo estás
deseando, menuda tranca de caballo, quiero sentirla dentro.

— Te he dicho que no puede ser, y delante de Lina ni se
te ocurra tutearme.

— No lo haré si me haces gozar con esta verga tan
hermosa, sino le diré que has intentado violarme.

Me quedé atónito. Estaba atrapado. Ya ven ustedes que me
resistí como Santa María Goretti, pero no hubo manera. Se me puso encima, y,
mordiéndome los labios la cogió con la mano y la llevó a su vagina. Sentí el
húmedo calor de su estuche recorriendo la verga cuando ella se dejó caer
despacio hasta que la tuvo enterrada por completo. Eso me pasaba por haberle
dado tantas confianzas y decirle cosas bonitas. Las chicas de hoy día casi
todas son muy expeditivas.

¿A ver, que hubieran hecho ustedes? Pues eso fue lo que
hice. A la fuerza ahorcan ¿no?. Y yo decía que Lina se desnudaba rápida,
pues Carla era un rayo. De modo que, sin darme cuenta, otra vez perdí todos
los botones de la camisa y no me quedó más remedio que llevarla en brazos
sujetándola por las duras nalgas hasta el dormitorio mientras pensaba en lo
bien que pintó Goya la Maja Desnuda. Si hubiera sido aquella preciosidad que
tenía en los brazos, el cuadro aún sería más famoso todavía.

Carla, cuando tiene a mi hermanito dentro, posee una
facilidad pasmosa para soltar uys y ays como si la estuvieran matando. Al
principio me sorprendí pero pronto me di cuenta que es su particular manera
de expresar lo bien que se siente y lo mucho que disfruta. Que si no había
nada en el mundo tan bueno como aquello, que si yo lo encontraba tan bueno
como ella…

— ¿Verdad que es buenísimo?

— Mujer, el suplicio de Tántalo no es, desde luego.

— Pues entonces quédate quieto, quiero que dure, ayyy
que bueno y que bien lo mueves, ¡¡Oh, nene, que delicia y que bien provisto
estás.

— Sí, me lo han traído de París, es muy elegante.

— ¿Verdad que es delicioso?

— A mí que me vas a decir, nena…

En cuanto sintió los algodonosos golpes del semen
batiendo en el fondo de su vagina contra su útero creí que se volvía loca.

— Que bueno, dios, dámela toda, toda, inúndame hasta el
ombligo, o cristo que bueno está, me corrooo, me corroooo, toma, tómalo
todo, cachondo mío, mi amor.

Y se quedó desmadejada entre mis brazos.

Incluso me dijo que podíamos hacerlo todos los días
mañana y tarde. Y yo pensando, esta ha creído que soy Sansón entre los
filisteos. Con dos en casa no necesito que me corten el pelo, quedaré para
el arrastre en un mes. No veas tu, mañana, tarde y noche, voy a tener que
enyesármela y tendré que tomar viagra en dosis masivas, vitaminas a
carretadas y ponches de huevo a litros.

A veces suelta uuuuuuyyyys que parece una loba aullando a
la Luna. Pero es tan cariñosa, tan melosa, tan espléndida en su entrega que
me dejó fascinado, pese a que suelta cada discurso hasta que se desborda que
ni Fidel Castro. En fin, que me había salido un fonógrafo parlante pero esta
vez dulce y apetitosa como el membrillo. Al final se quedó tan desmayada
como una muñeca de trapo. Que se le va a hacer, ustedes ya ven que yo hice
todo lo que pude por defender mi honestidad.

Ahora estoy convencido que Carla tiene atemorizada a la
súcubo, en esta ocasión ni siquiera se atrevió la bruja a realizar un
estropicio, quizá porque era de día y estaba dormida, aunque más bien creo
que el miedo la tiene paralizada. Ya veremos más adelante. Hemos decidido
ser muy prudentes, me lo juro por su abuela. Para empezar, me fui a tomar la
cerveza con Mouriño y allí me encontró Lina al regresar del banco. Hay que
estar en todo porque las mujeres son muy lagartas.

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Una frustrante tarde

UNA TARDE FRUSTRANTE.

Que tal amigos, hace un tiempo que no he podido compartirles
mis experiencias, pero de nuevo estoy aquí.

Pensaba un día en que me encontraba cepillándome los dientes
en un baño público y un par de jóvenes comentaban sus fracasos amorosos y
sexuales, y me dije: "Allan, todos presumimos nuestros triunfos, pero nunca los
fracasos", así que me di a la tarea de comentarles algunas de las frustraciones
que podemos pasar en el sexo:

Sucede que no hace mucho, algo así como en Agosto de este
año, mi chica a quien quiero mucho, tuvo la brillante idea de que nos
embarráramos de chantilly, leche condensada (de esa que casi es pura y vil
azúcar)y pasaramos una cachonda tarde.

He de aclararles que todos los gastos corrieron por mi
cuenta, y lo peor es que ese dinero estaba destinado para algo IMPORTANTE, no
para esto, pero fue tanta la insistencia de ella que bueno, dicen que jala más
un pelo de mujer que una yunta de buey…

Pues ese día cuando llegué por ella, estaba de un humor de
los mil diablos, no me quedó de otra que pedir permiso en su casa (que fastidio,
cuando no te tragan ahí), nos subimos al carro, y nos dirigimos a la tienda
comercial más cercana, compramos un bote de chantilly, una lechera (leche
condensada), algo de comer, y bueno, yo había comprado unos condones de sabor, y
llevaba los suficientes como para coger hasta que se me inflamara el glande…

Llegamos al motel en donde pagué cerca de 400 pesos
mexicanos, sin contar los 150 del centro comercial, y los 100 de los condones.
Total que subimos al cuarto, en donde comencé a cachondear a mi chaparra, y lo
que hacía era decirme: "esperate, con calma", y yo con la pinga a reventar
después de meses sin sexo. Puso el canal porno, y estuve como idiota esperando a
que ella se dignara a dejarse tocar, pues la trama de la cinta(porque si tenía
historia) estaba buena…Después de media hora de aburrición comenzó lo dizque
bueno, nos besamos apasionadamente, la despojé de sus botines y comencé a besar
sus lindos deditos, luego subí hasta su cuello, le quité la blusa y mientras la
besaba por encima del bra, le retiraba el pantalón, quité sus medias, la dejé en
ropa interior, todo esto sucedía y ella ni siquiera me tocaba, ni me
desabrochaba, bueno dije yo: "Ahorita me hará lo mismo"…le quite el bra, y la
pantaleta…la besaba de arriba abajo, y de pronto me dijo:

"Quítate la ropa para que me pongas chantilly, no te vayas a
ensuciar"…En ese momento sentí ganas de mandarla derechito a rechingar a su
madre, pero me aguanté las ganas….Me desvestí, y ella ni un cariñito, bueno,
total que la embarre toda de leche condensada y chantilly, me empalagué, ella
tuvo su placer, y luego cuando le dije : "Te toca", me dijo: "Yo no
quiero"….HIJA DE LA….con ganas de aventarla por la ventana.

Después de eso, nos fuimos a bañar (más bien ella), yo
fastidiado, y ella con cara de contenta…regresamos a la cama y yo me dispuse a
dormir para ver si se me calmaban los ánimos…y que empieza de caliente. "¿No
me vas a hacer el amor?", y nomás me cachondeó, porque a la mera hora, salió con
la brillante idea de frotar mi glande contra su clítoris!!!!, y no me dejó
hacerle nada más!!! "!PINCHE VIEJA DESCOMPUESTA!", dije yo, nomás estoy aquí de
pendejo.

Como vio mi cara de fastidio, como todas las viejas sádicas,
se puso de dramática diciéndome que: "Es que si quiero, pero a la vez no, no sé
que me pasa, de verdad que si tengo ganas, no te enojes"

Yo estaba que me llevaba pifas de los meritos huevos, así que
le dije: "no te preocupes, las cosas no son a fuerza, si no te sientes bien, no
importa chiquita, no hay problema" y mientras por dentro desfilaban todas las
escenas eróticas sexuales que había tenido antes, Esas si eran folladas, no
pendejadas!!

Finalmente le dije: "Me voy a volver a bañar"…me encerré en
el baño y me di una chaquetiza como nunca lo había hecho, me acordé de todas las
megafolladas, uf!!, el pito me descansó.

Regresé y la idiota nomás me cachondeo, hizo que me pusiera
el condón, y a las dos metidas salió con que le daba comezón por el latex, así
que le dije: "Está bien, déjame eyacular sobre tus pies", En ese punto casi le
ruego que me cachondeara para poder venirme, hasta que lo hice.

En toda la maldita tarde ella, ni me fumó…

Salimos de ahí y todavía la hija de la pistola tuvo el
descaro de pedirme unos tacos porque tenía mucha hambre…

Yo supongo que tuve cifras de glucosa en sangre muy por
arriba de lo normal por la leche condensada y la chantilly, mientras esta idiota
se fue contenta.

Yo estuve frustrado muchos días, me sentí usado y burlado.
Hasta que tuve por ahí mi recompensa, la cual les comentaré después.

En fin, si a alguno de ustedes les ha pasado algo similar,
pues envíenme un correo para no sentirme tan mal.


POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO

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Apuntes: Otras plumas (9)

«Jardín de Venus. Cuentos burlescos de Don Félix María
Samaniego. Escribiolos en el Seminario de Vergara de Álava por los años de 1780
y tienen burlas de frayles y monjas y mucho chiste y regocijo.»

Apuntes: Otras plumas IX*

Dedicado al españolísimo Marqués Don Carletto, conspicua
pluma de nuestra humilde cofradía y entusiasta degustador de esta arbitraria
serie de apuntes.

EL PAÍS DE AFLOJA Y APRIETA

por Don Félix María Samaniego

En lo interior del África buscaba un joven viajero, cierto
pueblo en que a todos se hospedaba, sin que diesen dinero. Y con esta noticia
que tenía se dejó atrás un día su equipaje y criado.

Y yendo apresurado, sediento y caluroso, llegó a un bosque
frondoso de palmas, cuyas sendas mal holladas sus pasos condujeron al pie de
unas murallas elevadas donde sus ojos con placer leyeron, en diversos idiomas
esculpido, un rótulo que había de este sentido:

"Esta es la capital de Siempre-meta,

país de afloja y aprieta,

donde de balde goza y se mantiene

todo el que a sus costumbres se conviene."

-¡He aquí mi tierra!- dijo el viandante luego que estoy leyó,
y en el instante buscó y halló la puerta de par en par abierta.

Por ella se coló precipitado y vióse rodeado, no de salvajes
fieros, sino de muchos jóvenes en cueros, con los aquellos tiesos y fornidos,
armados de unos chuzos bien lucidos, los cuales le agarraron y a su gobernador
le presentaron.

Estaba el tal, con un semblante adusto, como ellos, en
pelota. Era robusto y en la erección continua que mostraba a todos los demás
sobrepujaba.

Luego que en su presencia estuvo el viajero, mandó le
desnudasen, lo primero, y que con diligencia le mirasen las partes genitales,
que hallaron de tamaño garrafales.

La verga estaba tiesa y consistente, pues como había visto
tanta gente con el vigor que da Naturaleza, también el pobre enarboló su pieza.

Como el gobernador en tal estado le halló, díjole:

-Joven extranjero, te encuentro bien armado y muy en breve
espero que aumentarás la población inquieta de nuestra capital de Siempre-meta.
Mas antes sabe que es del heroísmo de sus hijos valientes el vivir en un
perpetuo priapismo, gozando mil mujeres diferentes. Y si cumplir no puedes su
costumbre, vete, o te expones a una pesadumbre.

-¡Oh! Yo la dejaré desempeñada -el joven respondió-, si me
permite que en alguna belleza me ejercite. Ya veis que está exaltada mi
potencia, y yo quiero al instante jo…

-¡Basta! Lo primero -dijo el gobernador a sus ministros- se
apuntará su nombre en los registros de nuestra población. Después, llevadle
donde se bañe; luego, perfumadle. Y después, que cene cuanto se le antoje; y por
último enviadle quien le afloje.

Así dijo y obedecieron, y al joven como nuevo le pusieron,
lavado y perfumado, bien bebido y cenado, de modo que en la cama, al acostarse,
tan solo panza arriba pudo echarse.

Así se hallaba, cuando a darle ayuda una beldad desnuda
llegó, y subió a su lecho; la cual, para dejarle satisfecho, sin que necesitase
estimularlo, con diez desagües consiguió aflojarlo.

Habiendo así cumplido con las órdenes, se fue y dejó dormido
al joven, que a muy poco despertaron y el almuerzo a la cama le llevaron,
presentándole luego otra hermosura que le hiciese segunda aflojadura.

Ésta, que halló ya lánguida la parte, apuró los recursos de
su arte con rápidos meneos para que contentase sus deseos, y él, ya de media
anqueta, ya debajo, tres veces aflojó, ¡con qué trabajo!

No hallándole más jugo ella se fue quejosa, y otra entró de
refresco más hermosa, que aunque al joven le plugo por su perfección rara, no
tuvo nada ya que le aflojara. Sentida del desaire, ésta empezó a dar gritos, y
no al aire, porque el gobernador entró al momento y, al ver del joven el
aflojamiento, dijo en tono furioso:

-¡Ea! ¡Qué aprieten a ese perezoso!

Al punto tres negrazos de Guinea vinieron, de estatura
gigantea, y al joven sujetaron. Y uno en pos del otro a fuerza le apretaron por
el ojo fruncido, cuyo virgo dejaron destruido.

Así pues, desfondado, creyéndole bastante castigado de su
presunción vana, en la misma mañana, sacándole al camino, le dejaron llorar su
desatino, sin poderse mover.

Allí tirado le encontró su criado, el cual le preguntó si
hallado había el pueblo en que de balde se comía.

-¡Ah, sí, y hallarlo fue mi desventura! -el amo respondió.

-¿Pues qué aventura -el mozo replicó-, le ha sucedido, que
está tan afligido? En esa buena tierra no puede ser que así le maltrataran.

-Mil deleites -el amo dijo- encierra y, aunque estoy
desplegado, yo lo fundo en que si como aflojan no apretaran, mejor país no
habría en todo el mundo.

***

EL RECONOCIMIENTO

por Don Félix María Samaniego

Una abadesa, en Córdoba, ignoraba que en su convento
introducido estaba, bajo el velo sagrado, un mancebo, de monja disfrazado. Que
el tunante dormía, para estar más caliente, cada noche con monja diferente, y
que ellas lo callaban porque a todas sus fiestas agradaban, de modo que era el
gallo de aquel santo y purísimo serrallo.

Las cosas más ocultas mil veces las descubren las resultas y
esto acaeció con las cuitadas monjas, porque, perdiendo el uso sus esponjas, se
fueron opilando y de humor masculino el vientre hinchando.

Hizo reparo en ello por delante su confesor, gilito
penetrante, por su grande experiencia en el asunto. Y conociendo al punto que
estaban fecundadas las esposas a Cristo consagradas, mandó que a toda prisa
bajase al locutorio la abadesa.

Ésta acudió al mandato por otra vieja monja conducida, pues
la vista perdida tenía ya del flato, y al verla, el reverendo, con un tono
tremendo, la dijo:

-¿Cómo así tan descuidada, sor Telesfora, tiene abandonada su
tropa virginal? Pero mal dije, pues ya ninguna tiene intacto el dije. ¿No sabe
que, en su daño, hay obra de varón en su rebaño? Las novicias, las monjas, las
criadas… ¿lo diré?… sí: todas están preñadas.

-¡Miserere mei, Domine!- responde sor Telesfora-. ¿En dónde
estar podemos de parir seguras, si no bastan clausuras? Váyase, padre, luego,
que yo hallaré al autor de tan vil juego entre las monjas. Voy a convocarlas y
con mi propio dedo a registrarlas.

El confesor marchóse. Subió sor Telesfora y publicóse al
punto en el convento de las monjas el reconocimiento.

Ellas, en tanto, buscan presurosas al joven, y llorosas el
secreto le cuentan y el temor que por él experimentan.

-¡Vaya! No hay que encogerse, -él dice-. Todo puede
componerse, porque todas estáis de poco tiempo. Yo me ataré un cordel en la
pelleja que cubre mi caudal cuando está flojo. Veréis que me la cojo detrás,
junto las piernas, y la vieja cegata, estando atado a la cintura, no puede
tropezar con mi armadura.

Se adoptó tal expediente, se practicó, y las monjas le
llevaron al coro, donde hallaron a la abadesa impaciente, culpando la tardanza.
En fin, para esta danza en dos filas las puso; las gafas pone en uso y, una vela
tomando encendida, las iba remangando.

Una por una, el dedo les metía y después: -No hay engendro-
repetía.

El mancebo miraba lo que sor Telesfora destapaba, y se le iba
estirando el bulto, y el torzal casi estallando. De modo que tocándole la suerte
de ser reconocido, dio un estirón tan fuerte que el torzal consabido se rompió y
soltó al preso al tiempo que lo espeso del bosque la abadesa le alumbraba. Y
así, cuando para esto se bajaba, en la nariz llevó tal latigazo que al terrible
porrazo la vela, la abadesa y los anteojos en el suelo quedaron por despojos.

-¡San Abundio me valga!, -exclamó ella-. ¡Ninguna de aquí
salga, pues ya, bien a mi costa, reconozco que hay moros en la costa!

Mientras la levantaron al mancebo ocultaron y en su lugar
pusieron otra monja, la falda remangada, que siendo preguntada de con qué a la
abadesa el golpe dieron, le respondió:

-Habrá sido con mi abanico, que se me ha caído.

A lo que la vieja replicó furiosa:

-¡Mentira! ¡En otra cosa podrán papilla darme, pero no en el
olfato han de engañarme, que yo le olí muy bien cuando hizo el daño, y era un
"dánosle hoy" de buen tamaño!

***

EL CONJURO

por Don Félix María Samaniego

De un tremebundo lego acompañado, fue a exorcizar un padre
jubilado a una joven hermosa y desgraciada que del maligno estaba atormentada.

Empezó su conjuro y el Espíritu impuro, haciendo resistencia,
agitaba a la joven con violencia, obligándola a tales contorsiones, que la
infeliz mostraba en ocasiones las partes de su cuerpo más secretas… Ya
descubría las redondas tetas de brillante blancura… Ya, alzando la delgada
vestidura, manifestaba un bosque bien poblado de crespo vello en hebras mil
rizado, a cuyo centro daba colorido un breve ojal, de rosas guarnecido.

El lego, que miraba tal belleza, sentía novedad grande en su
pieza, y el fraile, que lo mismo recelaba, con los ojos cerrados conjuraba hasta
que al fin, cansado de haber a la doncella exorcizado dos horas vanamente, para
que sosegase la paciente y él volviese con fuerzas a su empleo, al campo salió
un rato de paseo, diciendo al lego le hiciera compañía a la doncella en tanto
que él volvía.

Fuese, pues, y el donado, de lujuria inflamado, apenas quedó
solo con la hermosa cuando, esgrimiendo su terrible cosa y sin temor de que
estaba el Diablo en aquel cuerpo que atacaba, la tendió y por tres veces la
introdujo de sus riñones el ardiente flujo.

Mientras que así se holgaba el lego diestro, a la casa
volviendo su maestro, vio que en la barandilla de la escalera, puesto en la
perilla, estaba encaramado el Diablo, confundido y asustado, y díjole riendo:

-¡Hola, parece que saliste huyendo del cuerpo en que te
hallabas mal seguro, por no sufrir dos veces mi conjuro! Yo me alegro infinito;
mas, ¿qué esperas aquí? ¡Dilo, maldito!

-Espero -dijo el Diablo sofocado-, que sepas que tú no me has
lanzado de esa infeliz mujer por conjurarme, sino tu lego que intentó amolarme
con su tercia de dura culebrina, buscándome el ojete en su vagina, y pensé:
¡Guarda, Pablo! Propio es de lego motilón ladino que no respete virgo femenino.
¡Pero que deje con el suyo al Diablo!

***

LA FUERZA DEL VIENTO

por Don Félix María Samaniego

En una humilde aldea el Jueves Santo, la pasión predicaban y
entretanto, los payos del lugar que la escuchaban, a lo vivo la acción
representaban, imitando los varios personajes en la figura, el gesto y los
ropajes.

Para el papel sagrado de nuestro Redentor crucificado
eligieron a un mozo bien fornido que, en la cruz extendido con una tuniquita en
la cintura, mostraba en lo restante su figura, a los tiernos oyentes, en pelota,
para excitar su compasión devota.

La parte de María Magdalena se le encargó a una moza
ojimorena, de cumplida estatura y rolliza blancura, a quien naturaleza en la
pechera puso una bien provista cartuchera.

Llegó el predicador a los momentos en que hacía mención de
los tormentos que Cristo padeció cuando expiraba y su muerte los orbes
trastornaba.

Refirió, entusiasmado, que con morir aniquiló el pecado
original, haciendo a la serpiente tragarse, a su despecho y aunque reviente, la
maldita manzana que hizo a todos purgar sin tener gana.

Esto dijo de aquello que se cuenta, y después su fervor aún
más aumenta contando los dolores de la Madre feliz de pecadores, del Discípulo
amado, y, en fin, del sentimiento desgarrado de la fiel Magdalena, la que
entretanto, por la iglesia, llena de inmenso pueblo, con mortal congoja los
brazos tiende y a la cruz se arroja.

Allí empezó sus galas a quitarse y en cogollo nomás vino a
quedarse, con túnica morada por el pecho tan escotada, que claramente descubría
la preciosa y nevada tetería.

Mientras esto pasaba, el buen predicador siempre miraba al
Cristo, y observó que por delante se le iba levantando a cada instante la
tuniquilla en pabellón viviente, haciendo un borujón muy indecente.

Queriendo remediarlo por si el pueblo llegaba a repararlo,
alzó la voz con brío y dijo:

-Hermanos, el vigor impío de los fieros hebreos se aumentaba
al paso que la tierra vacilaba haciendo sentimiento, y la fuerza del viento era
tal, que al Señor descomponía lo que sus partes púdicas cubría.

Apenas oyó Cristo este expediente cuando, resucitando de
repente, dijo al predicador muy enfadado:

-Padre, el juicio sin duda la ha faltado. ¿Qué viento corre
aquí? ¡Qué berenjena! ¿Las tetas no está viendo a Magdalena? Hágala que se tape,
si no quiere que el Cristo se destape y eche al aire el gobierno con que le
enriqueció su Padre Eterno.

***

EL CUERVO

por Don Félix María Samaniego

En un carro manchego caminaba una moza inocentona, de
gallarda persona, propia para inspirar lascivo fuego. El mayoral del carro era
Farruco, de Galicia fornido mameluco, al que, en cualquier atasco, daba asombro
verle sacar mulas y carro al hombro. Un colchón a la moza daba asiento, por que
el mal movimiento del carro algún chichón no la levante.

Lector, es importante, referir y tener en la memoria la menor
circunstancia, para que, por olvido o ignorancia, la verdad no se olvide de esta
historia.

Yendo así caminando, vieron un cuervo grande que, volando, a
veces en el aire se cernía y otras el vuelo al carro dirigía.

-¡Jesús, qué pajarraco tan feote! -dijo la moza-. ¿Y ese
animalote qué nombre es el que tiene?

-Ese es un cuervo -respondió el arriero-, embiste a las
mujeres y es tan fiero que las pica los ojos, se los saca, y después de su carne
bien se atraca.

Oyendo esto la moza y reparando en que el cuervo se acercaba
al carro donde estaba, tendióse en el colchón y remangando las faldas presurosa,
cara y cabeza se tapó medrosa, descubriendo con este desatino el bosque y el
arroyo femenino.

Al mirarlos Farruco, alborotóse; subió sobre el colchón,
desatacóse, y sacó… ¡poder de Dios, qué grande que era…! Y a la moza a
empujones enfiló de tal manera que al carro los fuertes enviones, en vez de
impedimento, daban a su timón más movimiento.

Y en tanto que él saciaba su apetito, ella decía:

-¡Sí, cuervo maldito; pica, pica a tu antojo, que por ahí no
me sacas ningún ojo!

***

EL ONANISMO

por Don Félix María Samaniego

Un zagalón del campo, de estos de "Acá me zampo", con un
fraile panzón se confesaba, que anteojos gastaba porque, según decía, de
cortedad de vista parecía. Llegó el zagal al sexto mandamiento, donde tropieza
todo entendimiento, y dijo:

-Padre, yo a mujer ninguna jamás puse a parir, pues mi
fortuna hace que me divierta solamente, cuando es un caso urgente, con lo que me
colgó Naturaleza, y lo sé manejar con gran destreza.

-¿Conque contigo mismo -dice el fraile, enojado-, en un lance
apretado te diviertes usando el onanismo?

-No, padre -el zagal clama-; no creo que sea así como se
llama mi diversión, sino la p…

-Calla, hombre -dice el fraile-. Yo sé muy bien el nombre que
dan a esa vil treta, infame consonante de retreta. ¿No sabes tú que fue vicio
tan feo invención detestable de un hebreo, y que tú, por tenerlo, estás maldito;
del Espíritu Santo estás proscrito; estás predestinado para ser condenado; estás
ardiendo ya en la fiera llama del Infierno, y…?

-¡No más! -el mozo exclama, queriendo disculparse-. Esta maña
no debe graduarse en mí de culpa, padre. Yo lo hacía porque veo muy poco, y me
decía el barbero, mi primo, se aclaraba la vista el que retreta se tocaba.

Aquí con mayor ira el fraile replica:

-¡Eso es mentira! Pues si fueran verdad juicios tan varios,
las pulgas viera yo en los campanarios.

***

LOS CALZONES DE SAN FRANCISCO

por Don Félix María Samaniego

A media noche, horrendos gritos daba una casada, y confesión
pedía, diciendo que a pedazos se moría de un cólico que atroz la atormentaba.

Llamóse a un reverendo franciscano, que era su confesor… y,
de antemano, estaba prevenido para ver de pegársela al marido y gozar con la
dama sus placeres; que en esto discurren frailes y mujeres.

Luego que con la ninfa se halló a solas, se quitó el
reverendo los calzones, y, con el taco libre de prisiones, le hizo, sin más ni
más, tres carambolas. Y así que la purgó de sus pecados, volvióse a su convento
y dejando los calzones olvidados. Pero el olvido recordó al momento, y el lance
claramente contó al portero y le dejó advertido de una industria prudente para
evitar las iras del marido.

Entró luego en el cuarto de su esposa el buen cornudo, y la
primera cosa que halló en el suelo fueron los calzones, adornados de sucios
lamparones.

Cogiólos, conoció la picardía, y rabioso se fue a la
portería, con intención formada de dar al reverendo una estocada.

Llega, pues, y el portero y el paciente formalizan el diálogo
siguiente:

-Diga, hermano, ¿qué cosa solicita?

-Que hablar se me permita a fray Pedro, el guardián.

-Ahora no puede.

-¿Por qué?

-¿Pues no sabéis lo que sucede a la comunidad?

-Todo lo ignoro.

-¡Hermano, que ha perdido su tesoro!

-¿Cuál era?

-Una reliquia peregrina, por la que hay en el coro
disciplina.

-¿Cómo ha sido?

-Esta noche la han llevado para una enferma, y la han
extraviado, no sé de qué manera.

-¿Y qué reliquia era la que causa tan grandes aflicciones?

-¡Si eran de San Francisco los calzones!

-¡Esa patraña cuéntela a su abuela el fraile motilón, que acá
no cuela! Yo traigo aquí guardados unos calzones puercos, muy usados, de un
fraile picarón que, con vileza, a mi honor ha jugado cierta pieza.

-¡Esos son! -el portero gritó ufano.

Y se los quitó al punto de la mano, diciéndole muy grave:

-¿Cómo en su mente cabe tan injuriosa idea? ¿Pues acaso no
sabe que murió San Francisco de diarrea?

***

LA PEREGRINACIÓN

por Don Félix María Samaniego

Iba a Jerusalén, acompañada de su esposo, una joven
remilgada, de carácter modoso, grave y serio, y aparentando un santo beaterio.

Siempre que su marido la embestía inmóvil en la acción se
mantenía. Y él, pensando que en ella duraba la vergüenza de doncella, su pudor
respetaba al obrar, cada vez que la atacaba.

Su peregrinación y tiernos votos iban ya a ver cumplidos los
devotos, cuando, antes de llegar al feliz puerto, diez árabes les salen del
desierto y en el ancho camino cogen al matrimonio peregrino.

Sin detención los dejan en pelota y, viendo la beldad de la
devota, resuelven, sin oír sus peticiones, en su esponja exprimir los
compañones.

Atan prestos al marido, de vergüenza y de rabia poseído, y
panza arriba a la mujer recuestan y alegres manifiestan diez erguidos y gordos
instrumentos, capaces de empreñar hembras a cientos: vergajos que en el mundo no
hay iguales sino bajo los sayos monacales.

Miró nuestra heroína sin turbarse el diezmo musulmán que iba
a cobrarse, y, al saciar del primero los deseos, con hábiles y rápidos meneos
agitó sus caderas de tal suerte que dejó hecho un guiñapo al varón fuerte.

Según su antigüedad y sus hazañas, sobre ella, los demás,
pruebas extrañas de su vigor hicieron y aún con más prontitud vencidos fueron.

Quedaba un musulmán de bigotazos que quitaba los virgos a
porrazos; engendrador a roso y a velloso, máximo atacador del sexo hermoso.

Aqueste, pues, embistió con la beata; ella en sus movimientos
se desata, él se procura asir con fuerte mano y la quiere cansar. Pero fue en
vano, que al choque impetuoso el árabe rijoso se sintió vacilante y, reculando,
pierde su dirección. Así luchando, barriga con barriga, puede más que el deleite
la fatiga, y la virilidad del moro bravo vino a quedar en moco de pavo.

Concluida de los árabes la empresa, márchanse a toda priesa;
la beata se levanta y se sacude, y a desatar a su marido acude que, testigo
infeliz de su trabajo, estaba pensativo y cabizbajo.

Viéndole así la esposa, le animó cariñosa, diciéndole se
aliente, pues es de Dios milagro muy patente haber con las vidas escapado. A lo
cual él responde:

-Ya he observado… el milagro. Lo han hecho tus meneos que
jamás han cedido a mis deseos, porque siempre me decías: "Ahí lo tienes: hazlo
solo, y tú solo te condenes".

Y ella entonces repuso enfurecida:

-¡Está buena la queja, por mi vida! Pues qué: ¿me he de mover
por un cristiano cuál por un vil y réprobo africano? No te hacía tan tonto. ¡A
perra gente, despacharla pronto!

* ocho joyas de la colección de poemas eróticos "Jardín de
Venus" del español Félix M. Samaniego (Laguardia, Álava, 1745-1801), aquí
adaptados al formato de relato pero conservando la musicalidad de su rima
original. "El País de Afloja y Aprieta" abre la serie y los demás aparece en ese
orden páginas más adelante. «Jardín de Venus. Cuentos burlescos de Don Félix
María Samaniego. Escribiolos en el Seminario de Vergara de Álava por los años de
1780 y tienen burlas de frayles y monjas y mucho chiste y regocijo.» reza la
portada de la obra, de 134 páginas.

Los interesados pueden encontrarse con una versión
electrónica completa en el sitio: www.librodot.com

Recomendado. Espero que les gusten. Escríbanme. R.

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Apuntes: Otras plumas (9)

«Jardín de Venus. Cuentos burlescos de Don Félix María
Samaniego. Escribiolos en el Seminario de Vergara de Álava por los años de 1780
y tienen burlas de frayles y monjas y mucho chiste y regocijo.»

Apuntes: Otras plumas IX*

Dedicado al españolísimo Marqués Don Carletto, conspicua
pluma de nuestra humilde cofradía y entusiasta degustador de esta arbitraria
serie de apuntes.

EL PAÍS DE AFLOJA Y APRIETA

por Don Félix María Samaniego

En lo interior del África buscaba un joven viajero, cierto
pueblo en que a todos se hospedaba, sin que diesen dinero. Y con esta noticia
que tenía se dejó atrás un día su equipaje y criado.

Y yendo apresurado, sediento y caluroso, llegó a un bosque
frondoso de palmas, cuyas sendas mal holladas sus pasos condujeron al pie de
unas murallas elevadas donde sus ojos con placer leyeron, en diversos idiomas
esculpido, un rótulo que había de este sentido:

"Esta es la capital de Siempre-meta,

país de afloja y aprieta,

donde de balde goza y se mantiene

todo el que a sus costumbres se conviene."

-¡He aquí mi tierra!- dijo el viandante luego que estoy leyó,
y en el instante buscó y halló la puerta de par en par abierta.

Por ella se coló precipitado y vióse rodeado, no de salvajes
fieros, sino de muchos jóvenes en cueros, con los aquellos tiesos y fornidos,
armados de unos chuzos bien lucidos, los cuales le agarraron y a su gobernador
le presentaron.

Estaba el tal, con un semblante adusto, como ellos, en
pelota. Era robusto y en la erección continua que mostraba a todos los demás
sobrepujaba.

Luego que en su presencia estuvo el viajero, mandó le
desnudasen, lo primero, y que con diligencia le mirasen las partes genitales,
que hallaron de tamaño garrafales.

La verga estaba tiesa y consistente, pues como había visto
tanta gente con el vigor que da Naturaleza, también el pobre enarboló su pieza.

Como el gobernador en tal estado le halló, díjole:

-Joven extranjero, te encuentro bien armado y muy en breve
espero que aumentarás la población inquieta de nuestra capital de Siempre-meta.
Mas antes sabe que es del heroísmo de sus hijos valientes el vivir en un
perpetuo priapismo, gozando mil mujeres diferentes. Y si cumplir no puedes su
costumbre, vete, o te expones a una pesadumbre.

-¡Oh! Yo la dejaré desempeñada -el joven respondió-, si me
permite que en alguna belleza me ejercite. Ya veis que está exaltada mi
potencia, y yo quiero al instante jo…

-¡Basta! Lo primero -dijo el gobernador a sus ministros- se
apuntará su nombre en los registros de nuestra población. Después, llevadle
donde se bañe; luego, perfumadle. Y después, que cene cuanto se le antoje; y por
último enviadle quien le afloje.

Así dijo y obedecieron, y al joven como nuevo le pusieron,
lavado y perfumado, bien bebido y cenado, de modo que en la cama, al acostarse,
tan solo panza arriba pudo echarse.

Así se hallaba, cuando a darle ayuda una beldad desnuda
llegó, y subió a su lecho; la cual, para dejarle satisfecho, sin que necesitase
estimularlo, con diez desagües consiguió aflojarlo.

Habiendo así cumplido con las órdenes, se fue y dejó dormido
al joven, que a muy poco despertaron y el almuerzo a la cama le llevaron,
presentándole luego otra hermosura que le hiciese segunda aflojadura.

Ésta, que halló ya lánguida la parte, apuró los recursos de
su arte con rápidos meneos para que contentase sus deseos, y él, ya de media
anqueta, ya debajo, tres veces aflojó, ¡con qué trabajo!

No hallándole más jugo ella se fue quejosa, y otra entró de
refresco más hermosa, que aunque al joven le plugo por su perfección rara, no
tuvo nada ya que le aflojara. Sentida del desaire, ésta empezó a dar gritos, y
no al aire, porque el gobernador entró al momento y, al ver del joven el
aflojamiento, dijo en tono furioso:

-¡Ea! ¡Qué aprieten a ese perezoso!

Al punto tres negrazos de Guinea vinieron, de estatura
gigantea, y al joven sujetaron. Y uno en pos del otro a fuerza le apretaron por
el ojo fruncido, cuyo virgo dejaron destruido.

Así pues, desfondado, creyéndole bastante castigado de su
presunción vana, en la misma mañana, sacándole al camino, le dejaron llorar su
desatino, sin poderse mover.

Allí tirado le encontró su criado, el cual le preguntó si
hallado había el pueblo en que de balde se comía.

-¡Ah, sí, y hallarlo fue mi desventura! -el amo respondió.

-¿Pues qué aventura -el mozo replicó-, le ha sucedido, que
está tan afligido? En esa buena tierra no puede ser que así le maltrataran.

-Mil deleites -el amo dijo- encierra y, aunque estoy
desplegado, yo lo fundo en que si como aflojan no apretaran, mejor país no
habría en todo el mundo.

***

EL RECONOCIMIENTO

por Don Félix María Samaniego

Una abadesa, en Córdoba, ignoraba que en su convento
introducido estaba, bajo el velo sagrado, un mancebo, de monja disfrazado. Que
el tunante dormía, para estar más caliente, cada noche con monja diferente, y
que ellas lo callaban porque a todas sus fiestas agradaban, de modo que era el
gallo de aquel santo y purísimo serrallo.

Las cosas más ocultas mil veces las descubren las resultas y
esto acaeció con las cuitadas monjas, porque, perdiendo el uso sus esponjas, se
fueron opilando y de humor masculino el vientre hinchando.

Hizo reparo en ello por delante su confesor, gilito
penetrante, por su grande experiencia en el asunto. Y conociendo al punto que
estaban fecundadas las esposas a Cristo consagradas, mandó que a toda prisa
bajase al locutorio la abadesa.

Ésta acudió al mandato por otra vieja monja conducida, pues
la vista perdida tenía ya del flato, y al verla, el reverendo, con un tono
tremendo, la dijo:

-¿Cómo así tan descuidada, sor Telesfora, tiene abandonada su
tropa virginal? Pero mal dije, pues ya ninguna tiene intacto el dije. ¿No sabe
que, en su daño, hay obra de varón en su rebaño? Las novicias, las monjas, las
criadas… ¿lo diré?… sí: todas están preñadas.

-¡Miserere mei, Domine!- responde sor Telesfora-. ¿En dónde
estar podemos de parir seguras, si no bastan clausuras? Váyase, padre, luego,
que yo hallaré al autor de tan vil juego entre las monjas. Voy a convocarlas y
con mi propio dedo a registrarlas.

El confesor marchóse. Subió sor Telesfora y publicóse al
punto en el convento de las monjas el reconocimiento.

Ellas, en tanto, buscan presurosas al joven, y llorosas el
secreto le cuentan y el temor que por él experimentan.

-¡Vaya! No hay que encogerse, -él dice-. Todo puede
componerse, porque todas estáis de poco tiempo. Yo me ataré un cordel en la
pelleja que cubre mi caudal cuando está flojo. Veréis que me la cojo detrás,
junto las piernas, y la vieja cegata, estando atado a la cintura, no puede
tropezar con mi armadura.

Se adoptó tal expediente, se practicó, y las monjas le
llevaron al coro, donde hallaron a la abadesa impaciente, culpando la tardanza.
En fin, para esta danza en dos filas las puso; las gafas pone en uso y, una vela
tomando encendida, las iba remangando.

Una por una, el dedo les metía y después: -No hay engendro-
repetía.

El mancebo miraba lo que sor Telesfora destapaba, y se le iba
estirando el bulto, y el torzal casi estallando. De modo que tocándole la suerte
de ser reconocido, dio un estirón tan fuerte que el torzal consabido se rompió y
soltó al preso al tiempo que lo espeso del bosque la abadesa le alumbraba. Y
así, cuando para esto se bajaba, en la nariz llevó tal latigazo que al terrible
porrazo la vela, la abadesa y los anteojos en el suelo quedaron por despojos.

-¡San Abundio me valga!, -exclamó ella-. ¡Ninguna de aquí
salga, pues ya, bien a mi costa, reconozco que hay moros en la costa!

Mientras la levantaron al mancebo ocultaron y en su lugar
pusieron otra monja, la falda remangada, que siendo preguntada de con qué a la
abadesa el golpe dieron, le respondió:

-Habrá sido con mi abanico, que se me ha caído.

A lo que la vieja replicó furiosa:

-¡Mentira! ¡En otra cosa podrán papilla darme, pero no en el
olfato han de engañarme, que yo le olí muy bien cuando hizo el daño, y era un
"dánosle hoy" de buen tamaño!

***

EL CONJURO

por Don Félix María Samaniego

De un tremebundo lego acompañado, fue a exorcizar un padre
jubilado a una joven hermosa y desgraciada que del maligno estaba atormentada.

Empezó su conjuro y el Espíritu impuro, haciendo resistencia,
agitaba a la joven con violencia, obligándola a tales contorsiones, que la
infeliz mostraba en ocasiones las partes de su cuerpo más secretas… Ya
descubría las redondas tetas de brillante blancura… Ya, alzando la delgada
vestidura, manifestaba un bosque bien poblado de crespo vello en hebras mil
rizado, a cuyo centro daba colorido un breve ojal, de rosas guarnecido.

El lego, que miraba tal belleza, sentía novedad grande en su
pieza, y el fraile, que lo mismo recelaba, con los ojos cerrados conjuraba hasta
que al fin, cansado de haber a la doncella exorcizado dos horas vanamente, para
que sosegase la paciente y él volviese con fuerzas a su empleo, al campo salió
un rato de paseo, diciendo al lego le hiciera compañía a la doncella en tanto
que él volvía.

Fuese, pues, y el donado, de lujuria inflamado, apenas quedó
solo con la hermosa cuando, esgrimiendo su terrible cosa y sin temor de que
estaba el Diablo en aquel cuerpo que atacaba, la tendió y por tres veces la
introdujo de sus riñones el ardiente flujo.

Mientras que así se holgaba el lego diestro, a la casa
volviendo su maestro, vio que en la barandilla de la escalera, puesto en la
perilla, estaba encaramado el Diablo, confundido y asustado, y díjole riendo:

-¡Hola, parece que saliste huyendo del cuerpo en que te
hallabas mal seguro, por no sufrir dos veces mi conjuro! Yo me alegro infinito;
mas, ¿qué esperas aquí? ¡Dilo, maldito!

-Espero -dijo el Diablo sofocado-, que sepas que tú no me has
lanzado de esa infeliz mujer por conjurarme, sino tu lego que intentó amolarme
con su tercia de dura culebrina, buscándome el ojete en su vagina, y pensé:
¡Guarda, Pablo! Propio es de lego motilón ladino que no respete virgo femenino.
¡Pero que deje con el suyo al Diablo!

***

LA FUERZA DEL VIENTO

por Don Félix María Samaniego

En una humilde aldea el Jueves Santo, la pasión predicaban y
entretanto, los payos del lugar que la escuchaban, a lo vivo la acción
representaban, imitando los varios personajes en la figura, el gesto y los
ropajes.

Para el papel sagrado de nuestro Redentor crucificado
eligieron a un mozo bien fornido que, en la cruz extendido con una tuniquita en
la cintura, mostraba en lo restante su figura, a los tiernos oyentes, en pelota,
para excitar su compasión devota.

La parte de María Magdalena se le encargó a una moza
ojimorena, de cumplida estatura y rolliza blancura, a quien naturaleza en la
pechera puso una bien provista cartuchera.

Llegó el predicador a los momentos en que hacía mención de
los tormentos que Cristo padeció cuando expiraba y su muerte los orbes
trastornaba.

Refirió, entusiasmado, que con morir aniquiló el pecado
original, haciendo a la serpiente tragarse, a su despecho y aunque reviente, la
maldita manzana que hizo a todos purgar sin tener gana.

Esto dijo de aquello que se cuenta, y después su fervor aún
más aumenta contando los dolores de la Madre feliz de pecadores, del Discípulo
amado, y, en fin, del sentimiento desgarrado de la fiel Magdalena, la que
entretanto, por la iglesia, llena de inmenso pueblo, con mortal congoja los
brazos tiende y a la cruz se arroja.

Allí empezó sus galas a quitarse y en cogollo nomás vino a
quedarse, con túnica morada por el pecho tan escotada, que claramente descubría
la preciosa y nevada tetería.

Mientras esto pasaba, el buen predicador siempre miraba al
Cristo, y observó que por delante se le iba levantando a cada instante la
tuniquilla en pabellón viviente, haciendo un borujón muy indecente.

Queriendo remediarlo por si el pueblo llegaba a repararlo,
alzó la voz con brío y dijo:

-Hermanos, el vigor impío de los fieros hebreos se aumentaba
al paso que la tierra vacilaba haciendo sentimiento, y la fuerza del viento era
tal, que al Señor descomponía lo que sus partes púdicas cubría.

Apenas oyó Cristo este expediente cuando, resucitando de
repente, dijo al predicador muy enfadado:

-Padre, el juicio sin duda la ha faltado. ¿Qué viento corre
aquí? ¡Qué berenjena! ¿Las tetas no está viendo a Magdalena? Hágala que se tape,
si no quiere que el Cristo se destape y eche al aire el gobierno con que le
enriqueció su Padre Eterno.

***

EL CUERVO

por Don Félix María Samaniego

En un carro manchego caminaba una moza inocentona, de
gallarda persona, propia para inspirar lascivo fuego. El mayoral del carro era
Farruco, de Galicia fornido mameluco, al que, en cualquier atasco, daba asombro
verle sacar mulas y carro al hombro. Un colchón a la moza daba asiento, por que
el mal movimiento del carro algún chichón no la levante.

Lector, es importante, referir y tener en la memoria la menor
circunstancia, para que, por olvido o ignorancia, la verdad no se olvide de esta
historia.

Yendo así caminando, vieron un cuervo grande que, volando, a
veces en el aire se cernía y otras el vuelo al carro dirigía.

-¡Jesús, qué pajarraco tan feote! -dijo la moza-. ¿Y ese
animalote qué nombre es el que tiene?

-Ese es un cuervo -respondió el arriero-, embiste a las
mujeres y es tan fiero que las pica los ojos, se los saca, y después de su carne
bien se atraca.

Oyendo esto la moza y reparando en que el cuervo se acercaba
al carro donde estaba, tendióse en el colchón y remangando las faldas presurosa,
cara y cabeza se tapó medrosa, descubriendo con este desatino el bosque y el
arroyo femenino.

Al mirarlos Farruco, alborotóse; subió sobre el colchón,
desatacóse, y sacó… ¡poder de Dios, qué grande que era…! Y a la moza a
empujones enfiló de tal manera que al carro los fuertes enviones, en vez de
impedimento, daban a su timón más movimiento.

Y en tanto que él saciaba su apetito, ella decía:

-¡Sí, cuervo maldito; pica, pica a tu antojo, que por ahí no
me sacas ningún ojo!

***

EL ONANISMO

por Don Félix María Samaniego

Un zagalón del campo, de estos de "Acá me zampo", con un
fraile panzón se confesaba, que anteojos gastaba porque, según decía, de
cortedad de vista parecía. Llegó el zagal al sexto mandamiento, donde tropieza
todo entendimiento, y dijo:

-Padre, yo a mujer ninguna jamás puse a parir, pues mi
fortuna hace que me divierta solamente, cuando es un caso urgente, con lo que me
colgó Naturaleza, y lo sé manejar con gran destreza.

-¿Conque contigo mismo -dice el fraile, enojado-, en un lance
apretado te diviertes usando el onanismo?

-No, padre -el zagal clama-; no creo que sea así como se
llama mi diversión, sino la p…

-Calla, hombre -dice el fraile-. Yo sé muy bien el nombre que
dan a esa vil treta, infame consonante de retreta. ¿No sabes tú que fue vicio
tan feo invención detestable de un hebreo, y que tú, por tenerlo, estás maldito;
del Espíritu Santo estás proscrito; estás predestinado para ser condenado; estás
ardiendo ya en la fiera llama del Infierno, y…?

-¡No más! -el mozo exclama, queriendo disculparse-. Esta maña
no debe graduarse en mí de culpa, padre. Yo lo hacía porque veo muy poco, y me
decía el barbero, mi primo, se aclaraba la vista el que retreta se tocaba.

Aquí con mayor ira el fraile replica:

-¡Eso es mentira! Pues si fueran verdad juicios tan varios,
las pulgas viera yo en los campanarios.

***

LOS CALZONES DE SAN FRANCISCO

por Don Félix María Samaniego

A media noche, horrendos gritos daba una casada, y confesión
pedía, diciendo que a pedazos se moría de un cólico que atroz la atormentaba.

Llamóse a un reverendo franciscano, que era su confesor… y,
de antemano, estaba prevenido para ver de pegársela al marido y gozar con la
dama sus placeres; que en esto discurren frailes y mujeres.

Luego que con la ninfa se halló a solas, se quitó el
reverendo los calzones, y, con el taco libre de prisiones, le hizo, sin más ni
más, tres carambolas. Y así que la purgó de sus pecados, volvióse a su convento
y dejando los calzones olvidados. Pero el olvido recordó al momento, y el lance
claramente contó al portero y le dejó advertido de una industria prudente para
evitar las iras del marido.

Entró luego en el cuarto de su esposa el buen cornudo, y la
primera cosa que halló en el suelo fueron los calzones, adornados de sucios
lamparones.

Cogiólos, conoció la picardía, y rabioso se fue a la
portería, con intención formada de dar al reverendo una estocada.

Llega, pues, y el portero y el paciente formalizan el diálogo
siguiente:

-Diga, hermano, ¿qué cosa solicita?

-Que hablar se me permita a fray Pedro, el guardián.

-Ahora no puede.

-¿Por qué?

-¿Pues no sabéis lo que sucede a la comunidad?

-Todo lo ignoro.

-¡Hermano, que ha perdido su tesoro!

-¿Cuál era?

-Una reliquia peregrina, por la que hay en el coro
disciplina.

-¿Cómo ha sido?

-Esta noche la han llevado para una enferma, y la han
extraviado, no sé de qué manera.

-¿Y qué reliquia era la que causa tan grandes aflicciones?

-¡Si eran de San Francisco los calzones!

-¡Esa patraña cuéntela a su abuela el fraile motilón, que acá
no cuela! Yo traigo aquí guardados unos calzones puercos, muy usados, de un
fraile picarón que, con vileza, a mi honor ha jugado cierta pieza.

-¡Esos son! -el portero gritó ufano.

Y se los quitó al punto de la mano, diciéndole muy grave:

-¿Cómo en su mente cabe tan injuriosa idea? ¿Pues acaso no
sabe que murió San Francisco de diarrea?

***

LA PEREGRINACIÓN

por Don Félix María Samaniego

Iba a Jerusalén, acompañada de su esposo, una joven
remilgada, de carácter modoso, grave y serio, y aparentando un santo beaterio.

Siempre que su marido la embestía inmóvil en la acción se
mantenía. Y él, pensando que en ella duraba la vergüenza de doncella, su pudor
respetaba al obrar, cada vez que la atacaba.

Su peregrinación y tiernos votos iban ya a ver cumplidos los
devotos, cuando, antes de llegar al feliz puerto, diez árabes les salen del
desierto y en el ancho camino cogen al matrimonio peregrino.

Sin detención los dejan en pelota y, viendo la beldad de la
devota, resuelven, sin oír sus peticiones, en su esponja exprimir los
compañones.

Atan prestos al marido, de vergüenza y de rabia poseído, y
panza arriba a la mujer recuestan y alegres manifiestan diez erguidos y gordos
instrumentos, capaces de empreñar hembras a cientos: vergajos que en el mundo no
hay iguales sino bajo los sayos monacales.

Miró nuestra heroína sin turbarse el diezmo musulmán que iba
a cobrarse, y, al saciar del primero los deseos, con hábiles y rápidos meneos
agitó sus caderas de tal suerte que dejó hecho un guiñapo al varón fuerte.

Según su antigüedad y sus hazañas, sobre ella, los demás,
pruebas extrañas de su vigor hicieron y aún con más prontitud vencidos fueron.

Quedaba un musulmán de bigotazos que quitaba los virgos a
porrazos; engendrador a roso y a velloso, máximo atacador del sexo hermoso.

Aqueste, pues, embistió con la beata; ella en sus movimientos
se desata, él se procura asir con fuerte mano y la quiere cansar. Pero fue en
vano, que al choque impetuoso el árabe rijoso se sintió vacilante y, reculando,
pierde su dirección. Así luchando, barriga con barriga, puede más que el deleite
la fatiga, y la virilidad del moro bravo vino a quedar en moco de pavo.

Concluida de los árabes la empresa, márchanse a toda priesa;
la beata se levanta y se sacude, y a desatar a su marido acude que, testigo
infeliz de su trabajo, estaba pensativo y cabizbajo.

Viéndole así la esposa, le animó cariñosa, diciéndole se
aliente, pues es de Dios milagro muy patente haber con las vidas escapado. A lo
cual él responde:

-Ya he observado… el milagro. Lo han hecho tus meneos que
jamás han cedido a mis deseos, porque siempre me decías: "Ahí lo tienes: hazlo
solo, y tú solo te condenes".

Y ella entonces repuso enfurecida:

-¡Está buena la queja, por mi vida! Pues qué: ¿me he de mover
por un cristiano cuál por un vil y réprobo africano? No te hacía tan tonto. ¡A
perra gente, despacharla pronto!

* ocho joyas de la colección de poemas eróticos "Jardín de
Venus" del español Félix M. Samaniego (Laguardia, Álava, 1745-1801), aquí
adaptados al formato de relato pero conservando la musicalidad de su rima
original. "El País de Afloja y Aprieta" abre la serie y los demás aparece en ese
orden páginas más adelante. «Jardín de Venus. Cuentos burlescos de Don Félix
María Samaniego. Escribiolos en el Seminario de Vergara de Álava por los años de
1780 y tienen burlas de frayles y monjas y mucho chiste y regocijo.» reza la
portada de la obra, de 134 páginas.

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electrónica completa en el sitio: www.librodot.com

Recomendado. Espero que les gusten. Escríbanme. R.

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Se confecciona trajes para Superheroes

SE CONFECCIONA TRAJES PARA SUPERHEROES.

Hay muchos misterios en la vida, pero una de las cosas que más me quitan el
sueño es: ¿Quién carajo le confecciona los trajes a los superhéroes? No creo que
se pueda llegar a una sastrería de buenas a primeras y decir:

-He! Disculpe, me interesaría un trajecito

-¿Cómo lo desea, cruzado, de tres botones, con solapas?

-Nop! Más bien busco uno de… como decirlo, algo colorido.

Luego de esto el sastre te debe quedar viendo como a un maricotas, es
necesario dar explicaciones.

-Si, sabe usted que hace unos pocos días, me pasó algo peculiar, resulta que
mientras estaba de paso por la universidad una puta araña me picó y creo que
estaba un poquito radioactiva y adquirí súper poderes. Así que busco algo que
oculte mi rostro y… usted sabe, algo llamativo.

-Ha! Entiendo usted quiere un traje de superhéroe, OK, pase adelante.

El primer paso que, creo, deben seguir es buscar los colores apropiados.

-Sr. Parker me dijo verdad? Que colores desearía usted

-Mmmm… déjeme ver, si ha visto al tipo de capa que vuela? Unos colores así
estarían bien, pero déme haciendo una mascarita, tiendo ha enfermar de gripe y
sería mejor tener cubierta la garganta, UD. Sabe luego mi tía se preocupa.

-OK, venga el próximo fin de semana para a la prueba.

Hay otros casos como el de superman, a este pendejo le hizo el traje su
madre, ¿acaso la vieja tenía puta idea de las medidas que tendría superman
cuando viejo? Según la historia del hombre de acero (creo que es así) el
uniforme se lo hicieron con la tela en que estaba envuelto al partir de Krypton.
¿Quién carajo guarda tela tanto tiempo? Mi madre apenas ve un pequeño orifico en
mis camisetas las usa para limpiar los polvos, pero no, la vieja de Clark Kent
dijo: -Y si mi hijo quiere ser superhéroe? Mejor me guardo esto y le hago un
lindo traje. Mi madre ni siquiera me ha tejido una bufanda.

¡Claro! Pero como superman es el hombre de acero no se caga de calor con el
traje de superman por debajo del terno, va a la oficina con dos ropas sobre el,
¿acaso no se le mojan los sobacos? ¿Y que es eso de ponerse lentes y pasar por
desapercibido ante el mundo? ¿Es que acaso el Sr. Kent no tuvo una mejor idea
que usar lentes? Eso es burlarse de la inteligencia de nosotros, claro más
pendejos nosotros que nos hacemos los que no nos damos cuenta que El y superman
son una persona.

Ahora bien, un caso más, BATMAN, ¿a ese quien le hizo la armadura? ¿Alfred?

Por Dios, este tiene un traje de hule, esto es aun más difícil de conseguir
que el de superman. Y ES DE HULE!!! Dentro de ese traje debe hacer un calor del
carajo!. Y claro, batman sale de carrera con eso, sube edificios y se enfrasca
en peleas cuerpo a cuerpo con sus enemigo, esto hace que el cuerpo humano sude,
el sudor huele, y mucho más si esta envuelto en hule o caucho, como lo quieran
llamar. El Sr. Bruce Wayne debe apestar a chancla de misionero, debe oler como
joroba de camello (a culo de árabe). Supongamos que BATMAN, esta un poco mal del
estomago y se maneja una flatulencias con desechos orgánicos incluidas (el
famoso pedo con caldo), ¿cómo se las arregla para esas ocasiones? ¿Y si ya se
orina? Pensemos en esto: BATMAN usa caucho para cubrir su cuerpo y suda, eso
debe provocarle unas escaldaduras de miedo, a tal punto que debe tener los
huevos pelados. ¿Acaso lleva DESITIN en el baticinturón?

Y pensar que cuando yo era pequeño, me bastaba con ponerme una toalla
alrededor del cuello y ya tenía capa, suficiente para salvar al mundo, un traje
liviano, fácil de oculta y si de pronto sudas en la pelea con tus archienemigos
te puedes secar el sudor con la misma. De ser necesaria una mascara te la hacías
de una funda de papel y listo, mejor dejo de pensar huevadas y me voy a comprar
una chaqueta.

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El emigrante

 

 -¿Olvida usted algo? -¡Ojalá!

 

 

Luis Felipe G. Lomelí

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La subida al cielo

03La señora Foster había sufrido toda su vida un miedo casi patológico a perder trenes, aviones, barcos, y hasta telones, en los teatros. Aunque en otros aspectos no era una mujer particularmente nerviosa, la sola idea de llegar con retraso en ocasiones como las enumeradas la ponía en un estado de excitación tal que le daban espasmos. No era cosa de mucha importancia: un pequeño músculo que se le agarrotaba en la esquina del ojo izquierdo, como un guiño secreto. Lo enojoso, sin embargo, era que la contracción se negaba a desaparecer hasta cosa de una hora después de alcanzado sin novedad el tren, o el avión, o lo que hubiera de tomar.

Es realmente extraordinario el que un temor suscitado por algo tan simple como perder un tren pueda, en ciertas personas, convertirse en una seria obsesión. Media hora antes, como mínimo, de que se hiciese necesario partir hacia la estación, la señora Foster salía del ascensor lista para marchar, con el sombrero y el abrigo puestos, y a continuación, de todo punto incapaz de sentarse, comenzaba a trajinar y agitarse de habitación en habitación, hasta que su marido, que no podía ignorar el estado en que se encontraba, emergía por fin de sus aposentos y en tono seco, desapasionado, señalaba que tal vez fuera hora de ponerse en marcha, ¿no?

Es posible que el señor Foster estuviese en su derecho de irritarse ante esa simpleza de su esposa; lo que resultaba inexcusable era que acrecentase su desazón haciéndola esperar sin necesidad. Cosa que, ¡cuidado!, ni siquiera se hubiera podido demostrar, aunque medía tan bien su tiempo cuando quiera que habían de ir a alguna parte —ya me entienden: sólo uno o dos minutos de retraso—, y su actitud era tan suave, que se hacía difícil creer que no buscara infligir una pequeña pero abominable tortura personal a la pobre señora. Y si algo le constaba, es que ella no se habría atrevido por nada del mundo a levantar la voz y pedirle que se apresurase: la tenía demasiado bien disciplinada para eso. Otra cosa que sin duda había de saber era que, llevando la demora incluso más allá del límite de lo prudencial, podía ponerla al borde de la histeria. Una o dos veces, en los últimos años de su vida de casados, casi había parecido que deseara perder el tren, con el único fin de intensificar el sufrimiento de la infeliz.

Supuesta la culpabilidad del marido (que tampoco puede darse por cierta), lo que hacía doblemente irrazonable su actitud era el hecho de que, exceptuada esa pequeña flaqueza incorregible, la señora Foster era y había sido en todo momento una esposa bondadosa y amante que por espacio de más de treinta años le había servido con competencia y lealtad. A ese respecto no había duda alguna: incluso ella, con ser una mujer muy modesta, así lo veía. Y, por mucho que llevase años rechazando la idea de que el señor Foster quisiera atormentarla deliberadamente, a veces, en los últimos tiempos, habíase sorprendido a sí misma en el umbral de la sospecha.

El señor Eugene Foster, que frisaba los setenta años, vivía con su esposa en Nueva York, en la Calle Sesenta y Dos Este, en una casona de seis plantas atendida por cuatro sirvientes. El lugar era sombrío y recibían pocas visitas. Ello no obstante, la casa había cobrado vida aquella particular mañana de enero y el trajín era mucho. Mientras una de las doncellas repartía por las habitaciones montones de sábanas con que proteger los muebles contra el polvo, otra las colocaba. El mayordomo transportaba a la planta baja maletas que dejaba en el zaguán. El cocinero subía una y otra vez de sus dependencias, para consultar con el mayordomo. Y la señora Foster, por su parte, vestida con un anticuado abrigo de pieles y tocada con un sombrero negro, volaba de una a otra habitación fingiendo vigilar todas aquellas operaciones, cuando lo único que en realidad ocupaba su pensamiento era la idea de que, como su esposo no saliese pronto de su estudio y se aprestara, iba a perder el avión.

—¿Qué hora es, Walker? —preguntó al mayordomo al cruzarse con él.

—Las nueve y diez, señora.

—¿Ha llegado ya el coche?

—Sí, señora, está esperando. Ahora mismo me disponía a cargar el equipaje.

—Se tarda una hora en llegar a Idlewild —dijo ella—. Mi avión despega a las once. Y debo estar allí con media hora de antelación, para los trámites. Llegaré tarde. Sé que llegaré tarde.

—Creo que tiene tiempo de sobras, señora —dijo con amabilidad el mayordomo—. Ya he señalado al señor Foster que habían de marchar a las nueve y cuarto. Aún quedan cinco minutos.

—Sí, Walker, ya lo sé, ya lo sé. Pero cargue rápido el equipaje, ¿quiere?

Se puso a dar vueltas por el zaguán, y, cuantas veces se cruzaba con el mayordomo, le preguntaba la hora. Aquél, se decía una y otra vez, era el único avión que no podía perder. Le había costado meses persuadir a su marido de que la dejase marchar. Y, si ahora perdía el avión, no era difícil que él resolviese que debía dejarlo todo en suspenso. Y lo peor era su insistencia en u a despedirla al aeropuerto.

—Dios mío —exclamó en voz alta—, voy a perderlo. Lo sé, lo sé; sé que voy a perderlo.

El pequeño músculo situado junto al ojo izquierdo le daba ya unos tirones locos, y los ojos en sí los tenía al borde de las lágrimas.

—¿Qué hora es, Walker?

—Las nueve y dieciocho, señora.

—¡Ya es seguro que lo pierdo! —lamentóse—. Oh, ¿por qué no aparecerá de una vez?

Era aquél un viaje importante para la señora Foster. Iba a París, sola, a visitar a su hija, su única hija, casada con un francés. A la señora Foster no le importaba gran cosa el francés, pero a su hija le tenía mucho cariño, y, sobre todo, la consumía el anhelo de ver a sus tres nietos, a quienes sólo conocía por las muchas fotos que de ellos había recibido y que no dejaba de exponer por toda la casa. Eran preciosas aquellas criaturas. Loca por ellas, en cuanto llegaba una nueva fotografía se la llevaba donde pudiera examinarla largo rato buscando con cariño en sus caritas indicios satisfactorios de aquel aire de familia que tanto significaba para ella. Por último, en fechas recientes, cada vez la asaltaba con mayor frecuencia el sentimiento de que no deseaba terminar sus días donde no pudiese estar cerca de sus niños, recibir sus visitas, llevarlos de paseo, comprarles regalos y verlos crecer. Sabía, a buen seguro, que en cierto modo no estaba bien, e incluso que era una deslealtad alentar pensamientos semejantes estando todavía vivo su esposo. Tampoco ignoraba que, por más que ya no desarrollase actividades en ninguna de sus múltiples empresas, él jamás consentiría en dejar Nueva York para instalarse en París. Ya era un milagro que se hubiese avenido a permitirle hacer sola el vuelo y pasar allí seis semanas de visita. Pero, aun así, ¡ah, cómo le hubiera gustado poder vivir siempre cerca de sus nietos!

—Walker, ¿qué hora es?

—Y veintidós, señora.

Mientras eso decía, abrióse una puerta y en el zaguán apareció el señor Foster, que se detuvo a mirar con intensidad a su esposa. También ella fijó los ojos en aquel anciano diminuto, pero todavía apuesto y gallardo, que con su inmensa cara barbuda tan asombroso parecido guardaba con las viejas fotografías de Andrew Carnegie.

—Bueno —dijo—, creo que no estará de más, si quieres alcanzar ese avión, que nos vayamos poniendo en marcha.

—Sí, cariño, sí. Todo está a punto. Y el coche, esperando.

—Perfecto —dijo él ladeando la cabeza y observándola con atención.

Tenía una curiosa manera de ladear la cabeza, la cual se veía además sometida a una serie de sacudidas, breves y rápidas. A causa de ello, y también porque se estrujaba las manos sostenidas en alto, casi a nivel del pecho, plantado allí tenía cierto aspecto de ardilla…, una viva, ágil y vieja ardilla escapada del Central Park.

—Ahí tienes a Walker con tu abrigo, cariño. Póntelo.

—En seguida estaré contigo —replicó él—. Es sólo lavarme las manos.

Ella se quedó aguardando flanqueada por el alto mayordomo, portador del sombrero y abrigo.

—¿Lo perderé, Walker?

—No, señora —respondió el mayordomo—. Creo que llegará perfectamente.

Luego reapareció el señor Foster y el mayordomo le ayudó a ponerse el abrigo. La señora Foster salió presurosa de la casa y montó en el Cadillac alquilado. Su esposo la siguió, pero bajando con lentitud la escalinata que llevaba a la calle y deteniéndose, todavía en los peldaños, para estudiar el cielo y olisquear el frío aire de la mañana.

—Parece un poco brumoso —observó conforme se acomodaba en el coche junto a ella—. Y allí, por el lado del aeropuerto, siempre empeora. No me sorprendería que ya hubiesen suspendido el vuelo.

—No digas eso, cariño, por favor.

No volvieron a hablar hasta que el coche hubo cruzado el río, camino de Long Island.

—Ya me he puesto de acuerdo con el servicio —dijo el señor Foster—. Marcharán todos hoy. Les he liquidado seis semanas a razón de media paga, y a Walker le he dicho que cuando volvamos a necesitarlos le enviaré un telegrama.

—Sí —replicó ella—. Ya me lo ha contado.

—Yo me trasladaré al club esta noche. Alojarse allí será una novedad agradable.

—Sí, cariño. Y yo te escribiré.

—Pasaré por casa de vez en cuando, para recoger el correo y cerciorarme de que todo está en orden.

—¿De veras no crees preferible que Walker se quede allí, al cuidado de todo, mientras estemos fuera? —preguntó ella sumisa.

—Qué tontería. Es del todo innecesario. Y, además, le tendría que pagar el sueldo completo.

—Oh, sí —dijo ella—. Claro está.

—Y, por otra parte, nunca se sabe lo que se le puede ocurrir a la gente cuando se la deja sola en una casa —proclamó el señor Foster, que sacó ahí un cigarro cuya punta hendió con un cortapuros de plata antes de encenderlo con un mechero de oro.

Ella guardó silencio, las manos unidas y crispadas bajo la manta de viaje.

—¿Me escribirás? —indagó.

—Ya veremos. Aunque lo dudo. Ya sabes que no soy de escribir cartas, como no tenga algo concreto que decir.

—Sí, ya lo sé, cariño. Entonces, no te molestes en hacerlo.

Seguían avanzando, ahora por el Queen’s Boulevard, hasta que, al alcanzar las llanas marismas en que se asienta el aeropuerto de Idlewild, la niebla empezó a espesarse y el coche hubo de reducir la marcha.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó la señora Foster—. Ahora sí que lo pierdo. ¡Estoy segura! ¿Qué hora es?

—Basta ya de alboroto —protestó el anciano—. Además, es en vano: ya tienen que haberlo suspendido. Jamás vuelan con un tiempo semejante. No sé ni por qué te has tomado la molestia de ponerte en camino.

Aunque no estaba segura de ello, le pareció que su voz cobraba repentinamente un tono nuevo, y volvió la cabeza, para mirarle. Era difícil, con aquel pelambre, apreciar en su rostro cambios de expresión. La boca era la clave de todo, y, como tantas otras veces, habría dado cualquier cosa por distinguirla claramente, pues a no ser que estuviera enfurecido, los ojos rara vez traslucían nada.

—De todas formas —prosiguió el señor Foster—, te doy la razón: si por casualidad se efectuase el vuelo, ya lo tienes perdido. ¿Por qué no te -rindes a la evidencia?

Apartó de él la mirada y la volvió hacia la ventanilla. La niebla parecía espesarse conforme adelantaban, y ahora sólo el borde de la carretera y la orilla de la pradera que empezaba más allá le resultaban visibles. Sabía que su esposo continuaba mirándola. A una nueva ojeada advirtió, con una especie de horror, que ahora tenía fija la vista en el rabillo de su ojo izquierdo, en aquella pequeña zona donde sentía los tirones del músculo.

—¿O no es así? —insistió él.

—¿Qué?

—Que ya tienes perdido el vuelo, si es que lo hay. Con esta basura en el aire, no podemos correr.

Dicho eso, no volvió a dirigirle la palabra. El coche continuó su dificultoso avance, auxiliado el conductor por el foco amarillo que tenía orientado hacia el arcén. Otros focos, algunos blancos, algunos amarillos, surgían continuamente de la niebla, en dirección opuesta, y uno, sobremanera brillante, no dejaba de seguirlos a corta distancia.

De repente, el chofer paró el coche.

—¡Ya está! —exclamó el señor Foster—. Atascados. Ya lo sabía.

—No, señor —dijo el chofer al tiempo que volvía la cabeza—. Lo hemos conseguido. Estamos en el aeropuerto.

La señora Foster se apeó sin decir palabra y entró presurosa en el edificio por su puerta principal. El interior estaba repleto de gente, en su mayoría pasajeros que asediaban, desolados, los despachos de billetes. La señora Foster se abrió paso como pudo y se dirigió al empleado.

—Sí, señora —dijo éste—. Su vuelo está aplazado, por el momento. Pero no se marche, por favor. Contamos con que el tiempo aclare en cualquier instante.

La señora Foster salió al encuentro de su marido, que continuaba en el coche, y le transmitió la información.

—Pero no te quedes, cariño —añadió—. No tiene sentido.

—No pienso hacerlo —replicó él—, siempre y cuando el chofer pueda devolverme a la ciudad. ¿Podrá usted, chofer?

—Eso creo —dijo el hombre.

—¿Ya ha bajado el equipaje?

—Si, señor.

—Adiós, cariño —se despidió la señora Foster, e inclinó él cuerpo hacia el interior del coche y besó brevemente a su esposo en el áspero pelambre gris de la mejilla.

—Adiós —contestó él—. Que tengas buen viaje.

El coche arrancó y la señora Foster se quedó sola.

El resto del día fue una especie de pesadilla para ella. Sentada hora tras hora en el banco que más cerca quedaba del mostrador de la línea aérea, a cada treinta minutos, o cosa así, se levantaba para preguntar al empleado si había cambiado la situación. La respuesta era siempre la misma: debía continuar la espera, pues la niebla podía disiparse en cualquier momento. Hasta que, por fin, a las seis de la tarde, los altavoces anunciaron que el vuelo quedaba aplazado hasta las once de la mañana siguiente.

La señora Foster no supo qué hacer al recibir la noticia. Continuó en su asiento, por lo menos durante otra media hora, preguntándose, cansada y como confusa, dónde podría pasar la noche. Dejar el aeropuerto le disgustaba en grado sumo. No quería ver a su esposo. Le aterraba que consiguiese, con algún subterfugio, impedirle el viaje a Francia. Ella se hubiera quedado allí, en aquel mismo banco, toda la noche. Le parecía lo más seguro. Pero estaba agotada, y tampoco le costó comprender que, en una señora de su edad, aquel proceder sería ridículo. En vista de ello, terminó por buscar un teléfono y llamar a su casa.

Respondió su esposo en persona, a punto ya de salir hacia el club. Después de comunicarle las noticias, le preguntó si continuaba allí la servidumbre.

—Han marchado todos —contestó él.

—Siendo así, buscaré en cualquier sitio una habitación donde pasar la noche. Pero no te inquietes por eso, cariño.

—Sería una bobada —replicó él—. Tienes toda una casa a tu disposición. Úsala.

—Pero es que está vacía, mi vida.

—Entonces, me quedaré a acompañarte.

—Pero no hay comida ahí. No hay nada.

—Pues cena antes de volver. No seas tan necia, mujer. De todo tienes que hacer un alboroto.

—Sí —respondió ella—. Lo siento. Tomaré un emparedado aquí y me pondré en camino.

Fuera, la niebla había aclarado un poco; pero, aun así, el regreso en el taxi fue largo y lento, y ya era bastante tarde cuando llegó a la casa de la Calle Sesenta y Dos.

Su marido emergió de su estudio al oírla entrar.

—Y bien —dijo plantado junto a la puerta—, ¿qué tal ha resultado París?

—Salimos a las once de la mañana. Está confirmado.

—Será si se disipa la niebla, ¿no?

—Ya empieza. Se ha levantado viento.

—Se te ve cansada. Tienes que haber tenido un día tenso.

—No fue demasiado agradable. Creo que me voy directamente a la cama.

—He encargado un coche. Para las nueve de la mañana.

—Oh,’muchas gracias, cariño. Y espero que no volverás a tomarte la molestia de hacer todo ese viaje, para despedirme.

—No, no creo que lo haga —dijo él despacio—. Pero nada te impide dejarme, de paso, en el club.

Le miró y en aquel momento se le antojó muy lejano, como al otro lado de una frontera, súbitamente tan pequeño y distante, que no podía determinar qué estaba haciendo, ni qué pensaba, ni tan siquiera quién era.

—El club está en el centro —observó ella—: no queda camino del aeropuerto.

—Pero tienes tiempo de sobras, esposa mía. ¿O es que no quieres dejarme en el club?

—Oh, sí, claro que sí.

—Magnífico. Entonces, hasta mañana, a las nueve.

La señora Foster se encaminó a su alcoba, situada en el segundo piso, y’ tan exhausta estaba tras aquella jornada, que se durmió apenas acostarse.

A la mañana siguiente, habiendo madrugado, antes de las ocho y media estaba ya en el zaguán, lista para marchar. Su marido apareció minutos después de las nueve.

—¿Has hecho café? —preguntó a su esposa.

—No, cariño. Pensé que tomarías un buen desayuno en el club. El coche ya ha llegado y lleva un rato esperando. Yo estoy lista para marchar.

La conversación la celebraban en el zaguán —últimamente parecía como si todos sus encuentros ocurriesen allí—, ella con el abrigo y el sombrero puestos, y el bolso en el brazo, y él con una levita de curioso corte y altas solapas.

—¿Y el equipaje?

—Lo tengo en el aeropuerto.

—Ah, sí. Claro está. Bien, si piensas dejarme primero en el club, mejor será que nos pongamos cuanto antes en camino, ¿no?

—¡Sí! —exclamó ella—. ¡Oh, sí, por favor!

—Sólo el tiempo de coger unos cigarros. En seguida estoy contigo. Monta en el coche.

Ella dio media vuelta y salió al encuentro del chofer, que le abrió la puerta del coche al verla acercarse.

—¿Qué hora es? —le preguntó la señora Foster.

—Alrededor de las nueve y cuarto.

El señor Foster salió de la casa cinco minutos más tarde. Viéndole descender despacio la escalinata, advirtió ella que, enfundadas en aquellos estrechos pantalones, sus piernas parecían patas de chivo. Como hiciera la víspera, se detuvo a medio camino, para olisquear el aire y estudiar el cielo. Aunque no había despejado por completo, un amago de sol perforaba la bruma.

—A lo mejor tienes suerte esta vez —comentó él conforme se instalaba a su lado en el coche.

—Dése prisa, por favor —dijo ella al chofer—. Y no se preocupe por la manta de viaje. Yo la extenderé. Arranque, se lo ruego. Voy con retraso.

El conductor se acomodó frente al volante y puso en marcha el motor.

—¡Un momento! —exclamó de pronto el señor Foster—.

Aguarde un instante, chofer, tenga la bondad.

—¿Qué ocurre, cariño? —indagó ella según le observaba registrarse los bolsillos del abrigo.

—Tenía un pequeño regalo que darte, para Ellen. Vaya, ¿dónde diablos estará? Estoy seguro de que lo llevaba en la mano al bajar.

—No he visto que llevases nada. ¿Qué regalo era?

—Una cajita, envuelta en papel blanco. Ayer olvidé dártela y no quiero que hoy ocurra lo mismo.

—¡Una cajita! —exclamó la señora Foster—. ¡Yo no he visto ninguna cajita!

Y se puso a rebuscar con desespero en la parte trasera del coche.

Su marido, que estaba examinándose los bolsillos del abrigo, desabrochó éste y comenzó a palparse la levita.

—Maldita sea —dijo—, debo de haberla olvidado en el dormitorio. No tardo ni un minuto.

—¡Oh, déjalo, por favor! —clamó ella—. ¡No tenemos tiempo! Puedes enviárselo por correo. Después de todo, no será más que una de esas dichosas peinetas, que es lo que siempre le regalas.

—¿Y qué tienen de malo las peinetas, si puede saberse? —inquirió él, furioso de que, por una vez, su esposa hubiera perdido los estribos.

—Nada, cariño. ¿Qué van a tener de malo? Sólo que…

—¡Quédate aquí! —le ordenó—. Voy a buscarla.

—De prisa, te lo ruego. ¡Oh, date prisa, por favor! Se quedó quieta en el asiento, espera que esperarás.

—¿Qué hora es, dígame? —preguntó al conductor. El hombre consultó su reloj de pulsera.

—Casi las nueve y media, diría yo.

—¿Podremos llegar al aeropuerto en una hora?

—Más o menos.

Ahí, de pronto, la señora Foster descubrió, trabado entre asiento y respaldo, en el lugar que había ocupado su esposo, el borde de un objeto blanco. Alargó la mano y tiró de él. Era una cajita envuelta en papel e insertada allí, observó a su pesar, honda y firmemente, como por intervención de una mano.

—¡Aquí está! —exclamó—. ¡La he encontrado! ¡Oh, Dios mío, y ahora se eternizará allí arriba buscándola! Chofer, por favor, corra usted a avisarle, ¿quiere?

Aunque todo aquello le tenía bastante sin cuidado, el hombre,- dueño de una boca irlandesa, pequeña y rebelde, saltó del coche y subió los peldaños que daban acceso a la puerta principal. Pero en seguida se volvió y deshizo el camino.

—Está cerrada —declaró—. ¿Tiene llave?

—Sí… aguarde un instante.

La señora Foster se puso a registrar el bolso como loca. Un visaje de angustia contraía su pequeña cara, donde los labios, prietos, sobresalían como un pico de cafetera.

—¡Ya la tengo! Tome. No, déjelo: iré yo misma. Será más rápido. Yo sé dónde encontrarle.

Salió presurosa del coche y presurosa subió la escalinata, la llave en una mano. Introdujo aquélla en la cerradura y, a punto de darle vuelta, se detuvo. Irguió la cabeza y así se quedó, totalmente inmóvil, toda ella suspendida justo en mitad de aquel precipitado acto de abrir y entrar, y esperó. Esperó cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez segundos. Viéndola plantada allí, la cabeza muy derecha, el cuerpo tan tenso, se hubiera dicho que acechaba la repetición de algún ruido percibido antes y procedente de un lejano lugar de la casa.

Sí: era indudable que estaba a la escucha. Toda su actitud era de escuchar. Parecía, incluso, que acercase más y más a la puerta la oreja. Pegada ésta ya a la madera, durante unos segundos siguió en aquella postura: la cabeza alta, el oído atento, la mano en la llave, a punto de abrir, pero sin hacerlo, intentado en cambio, o eso parecía, captar y analizar los sonidos que le llegaban, vagos, de aquel lejano lugar de la casa.

Luego, de golpe, como movida por un resorte, volvió a cobrar vida. Retirada la llave de la cerradura, descendió los peldaños a la carrera.

—¡Es demasiado tarde! —gritó al chofer—. No puedo esperarle. Imposible. Perdería el avión. ¡De prisa, de prisa, chofer!

¡Al aeropuerto!

Es posible que, de haberla observado con atención, el chofer hubiese advertido que, la cara totalmente blanca, toda su expresión había cambiado de repente. Exentos ahora de aquel aire un tanto blando y bobo, sus rasgos habían cobrado una singular dureza. Su pequeña boca, de ordinario tan floja, se veía prieta y afilada; los ojos le fulgían; y la voz cuando habló, tenía un nuevo tono, de autoridad-.

—¡Dése prisa, dése usted prisa!

—¿No marcha su marido con usted? —preguntó el hombre, atónito.

—¡Desde luego que no! Sólo iba a dejarlo en el club. Pero no importa. El lo comprenderá. Tomará un taxi. Pero no se me quede ahí, hablando, hombre de Dios. ¡En marcha! ¡Tengo que alcanzar el avión a París!

Acuciado por la señora Foster desde el asiento trasero, el hombre condujo de prisa todo el camino y ella consiguió tomar el avión con algunos minutos de margen. Al poco, sobrevolaba muy alto el Atlántico, cómodamente retrepada en su asiento, atenta al zumbido de los motores, y camino, por fin, de París. Imbuida aún de su nuevo talante, sentíase curiosamente fuerte y, en cierta extraña manera, maravillosamente. Todo aquello la tenía un poco jadeante; pero eso era debido, más que nada, al pasmo que le inspiraba lo que había hecho; y, conforme el avión fue alejándose más y más de Nueva York y su Calle Sesenta y Dos Este, una gran serenidad comenzó a invadirla. Para su llegada a París, se sentía tan sosegada y entera como pudiese desear.

Conoció a sus nietos, que en persona eran aún más adorables que en las fotografías. De puro hermosos, se dijo, parecían ángeles. Diariamente los llevó a pasear, les ofreció pasteles, les compró regalos y relató cuentos maravillosos.

Una vez por semana, los jueves, escribía a su marido una carta simpática, parlanchina, repleta de noticias y chismes, que invariablemente terminaba con el recordatorio de: «Y no olvides comer a tus horas, cariño, aunque me temo que, no estando yo presente, es fácil que dejes de hacerlo.»

Expiradas las seis semanas, todos veían con tristeza que hubiese de volver a América, y a su esposo. Todos, es decir, excepto ella misma, que no parecía, por sorprendente que ello fuera, tan contrariada como hubiera cabido esperar. Y, según se despedía de unos y otros con besos, tanto en su actitud como en sus palabras, parecía apuntar la posibilidad de un regreso no distante.

Con todo, y haciendo honor a su condición de esposa fiel, no se excedió en su ausencia. A las seis semanas justas de su llegada, y tras haber cablegrafiado a su esposo, tomó el avión a Nueva York.

A su llegada a Idlewild, la señora Foster advirtió con interés que no había ningún coche esperándola. Es posible que eso incluso la divirtiera un poco. Pero, sosegada en extremo, no se excedió en la propina al mozo que le había conseguido un taxi tras llevarle el equipaje.

En Nueva York hacía más frío que en París y las bocas de las alcantarillas mostraban pegotes de nieve sucia. Cuando el taxi se detuvo ante la casa de la Calle Sesenta y Dos, la señora Foster consiguió del chofer que le subiese los dos maletones a lo alto de la escalinata. Después de pagarle, llamó al timbre. Esperó, pero no hubo respuesta. Sólo por cerciorarse, volvió a llamar. Oyó el agudo tintineo que sonaba en la despensa, en la trasera de la casa. Nadie, sin embargo, acudió a la puerta.

En vista de ello, la señora Foster sacó su llave y abrió.

Lo primero que vio al entrar fue el correo amontonado en el suelo, donde había caído al ser echado al buzón. La casa estaba fría y oscura. El reloj de pared aparecía envuelto aún en la funda que lo protegía del polvo. El ambiente, pese al frío, tenía una peculiar pesadez, y en el aire flotaba un extraño olor dulzón como nunca antes lo había percibido.

Cruzó a paso vivo el zaguán y desapareció nuevamente por la esquina del fondo, a la izquierda. Había en esa acción algo a un tiempo deliberado y resuelto; tenía la señora Foster el aire de quien se dispone a investigar un rumor o confirmar una sospecha. Y cuando regresó, pasados unos segundos, su rostro lucía un pequeño viso de satisfacción.

Se detuvo en mitad del zaguán, como reflexionando qué hacer a continuación, y luego, súbitamente, dio media vuelta y se dirigió al estudio de su marido. Encima del escritorio encontró su libro de direcciones, y, tras un rato de rebuscar en él, levantó el auricular y marcó un número.

—¿Oiga? —dijo—. Les llamo desde el número nueve de la Calle Sesenta y Dos Este… Sí, eso es. ¿Podrían enviarme un operario cuanto antes? Sí, parece haberse parado entre el segundo y el tercer piso. Al menos, eso señala el indicador… ¿En seguida? Oh, es usted muy amable. Es que, verá, no tengo las piernas como para subir tantas escaleras. Muchísimas gracias. Que usted lo pase bien.

Y, después de colgar, se sentó ante el escritorio de su marido, a esperar paciente la llegada del hombre que en breve acudiría a reparar el ascensor.

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Una advertencia a los curiosos

12 Trasladaré al lector, si me lo permite, a un sitio de la costa oriental llamado Seaburgh. Hoy no es muy diferente de lo que era, según recuerdo cuando yo era niño. Hacía el sur, ciénagas interrumpidas por malecones, que evocan los primeros capítulos de Grandes ilusionen de Charles Dickens; hacia el norte, una chata planicie con hirsutos brezales; brezales, abetos, y ante todo, tierra adentro, aulagas. Una larga costa playera y una calle: detrás, una vasta iglesia de pedernal, con una ancha y sólida torre occidental y el repique de seis campanas. Con qué nitidez evoco su tañido en un tórrido domingo de agosto, mientras ascendíamos con lentitud el blanco y polvoriento camino que nos guiaba hacia ellas, pues la iglesia se yergue en la cima de una breve y escarpada cuesta. En esos días de calor las campanas emitían un sonido seco, que se ablandaba cuando se suavizaba la atmósfera. A poca distancia, corría el ferrocarril hacia su pequeña estación terminal. Antes de llegar a la estación, había un molino de viento, blanco y alegre, y otro cerca de la playa de guijarros en el extremo sur de la ciudad, y aun otros hacia el norte, en terreno más alto. Había chalets de ladrillo rojo con techos de pizarra… ¿pero por qué he de importunar al lector con semejantes detalles triviales? Sucede que éstos se congregan en la punta de la pluma apenas se comienza a escribir acerca de Seaburgh. Quisiera estar seguro de haber dejado que se deslizaran en el papel los más importantes. Aunque, de todos modos, aún no he concluido con mis descripciones.

Alejémonos del mar y de la ciudad, pasemos de largo la estación, y tomemos la ruta de la derecha. Es una ruta arenosa, paralela al ferrocarril, y si la seguimos, trepa a un terreno más alto. A nuestra izquierda (si vamos hacia el norte) hay brezales, a nuestra derecha (el lado que da al mar) hay una hilera de viejos abetos, azotados por el viento, espesos en la punta, con esa comba que caracteriza a los viejos árboles costeros; basta verlos en el horizonte, desde el tren, para advertir en el acto la proximidad, si uno la ignora, de una costa ventosa. Pues bien, en la cima de mi pequeña colina, una fila de estos abetos gira bruscamente hacia el mar, pues hay un risco que sigue esa dirección; y el risco culmina en un macizo promontorio que señorea los ásperos pastizales, coronado por una pequeña diadema de abetos. Y aquí podemos sentarnos, en un cálido día de primavera, y gozar del espectáculo del mar azul, de los blancos molinos, de los rojos chalets, de la verde hierba resplandeciente, de la torre de la iglesia, de la distante torre de piedra del sur.

Según he dicho, tuve un primer contacto con Seaburgh cuando niño; pero un lapso de múltiples años separa ese temprano conocimiento del más reciente. Aún perdura, no obstante, el lugar que supo ganar en mi afecto, y toda historia de allí que pueda recoger tiene para mí cierto interés. Ésta es una de ellas: la conocí en un sitio muy alejado de Seaburgh, y en forma totalmente accidental, a través de un hombre a quien tuve la posibilidad de favorecer, lo bastante, a su juicio, como para hacerme a tal punto su confidente.

Conozco más o menos toda esa comarca. (dijo). Yo solía ir a Seaburgh con mucha frecuencia para jugar al golf en primavera. Generalmente paraba en el Bear, con un amigo; se llamaba Henry Long, a lo mejor usted lo conoció (—Algo —repuse). Solíamos tomar una sala y allí lo pasábamos muy bien. Desde que él murió ya no me interesó ir más. Y no sé si debería interesarme, después de lo que nos pasó en nuestra última visita.

Fue en abril de 19. .; estábamos allí, y por alguna razón éramos los únicos huéspedes del hotel. Las salas comunes estaban, pues, desiertas, así que mucho nos asombró que, después de la cena, se abriera la puerta de nuestra sala y un joven introdujera la cabeza. Examinamos al joven. Era un sujeto anémico con aspecto de conejo —cabello claro y ojos claros— pero no desagradable. De modo que cuando dijo: “Disculpen. ¿Esta es una sala privada?”, no respondimos con un gruñido afirmativo, sino que Long (o yo, no tiene importancia) le contestó:

—Adelante por favor.

—¿De veras? —dijo él, y parecía aliviado.

Por supuesto, era obvio que necesitaba compañía; y como era una persona razonable —y no esa especie de individuo capaz de prodigarle a uno toda su crónica familiar— lo invitamos a sentirse como si estuviese en su casa.

—Apuesto a que las otras salas le parecen algo lóbregas —sugerí.

Así era; aunque realmente éramos tan gentiles, etcétera. Concluidos tales comentarios, simuló leer un libro. Long jugaba un solitario, yo escribía. En pocos minutos advertí que nuestro visitante estaba sumamente alterado, o nervioso, y lograba comunicármelo, de modo que dejé de escribir e intenté entablar conversación con él.

Después de ciertas observaciones que ya no recuerdo, se puso más bien confidencial.

—Ustedes lo juzgarán muy raro de mi parte —comenzó—, pero lo cierto es que tuve una conmoción.

En fin, recomendé una bebida estimulante, y la pedimos. La irrupción del camarero causó una interrupción (y juzgué que nuestro huésped se sobresaltaba en exceso al abrirse la puerta), pero el hombre no tardó en volver a sus confesiones. No conocía a nadie allí, y por casualidad sabía quiénes orarnos (resultó que teníamos un amigo común en la ciudad), y si no nos molestaba, necesitaba de veras un consejo. “En absoluto”, o “En modo alguno”, respondimos al unísono, mientras Long dejaba a un lado los naipes. Y prestamos atención al relato de sus dificultades.

—Todo comenzó —dijo— hace más de una semana, cuando yo iba en bicicleta hacia Froston, a sólo cinco o seis millas de aquí, para ver la iglesia; me interesa mucho la arquitectura, y ese templo tiene uno de esos hermosos pórticos con nichos y escudos. Tomé una fotografía, y entonces un viejo que limpiaba el camposanto se acercó y me preguntó si tenía interés en ver la iglesia. Le dije que sí y él sacó una llave y me dejó entrar. No había muchas cosas en su interior, pero le dije que era muy linda y que la mantenía muy limpia, ‘”aunque”, agregué, “el pórtico es lo mejor”. En ese preciso instante habíamos salido al pórtico, y él me dijo:

“—Ah, sí, es muy lindo; ¿y sabe usted, señor, qué significa ese escudo?

“Era uno de ésos con las tres coronas, y si bien no soy muy versado en heráldica, pude responder afirmativamente y señalarle que, a mi criterio, eran las armas del antiguo reino de East Anglia.

“—Correcto, señor —me dijo—. ¿Y sabe usted qué significan esas tres coronas?

“Dije no tener dudas de que debía ser algo conocido, pero que no podía recordar noticia alguna al respecto.

“—Pues bien —me dijo—, ya que usted es un estudioso, por esta vez le diré algo que no sabe. Esas son las tres coronas sagradas que se enterraron cerca de la costa para impedir que desembarcaran los germanos… ah, veo que usted no me cree. Pero le diré, si no fuera porque una de esas coronas todavía está allí, los alemanes nos hubiesen invadido una y otra vez, con sus barcos, y habrían matado a hombres, mujeres y niños mientras dormían. Vea, señor, lo que le digo es cierto; si no me cree a mí, pregúntele al párroco. Ahí viene: pregúntele a él, le digo.

“Vi que el párroco, un anciano de agradable aspecto, venía por un sendero; y antes de que pudiera persuadir a este hombre, ya un poco alterado, de que sí le creía, el párroco “nos abordó con estas palabras:

“—¿Qué pasa, John? Buen día, señor. ¿Estuvo usted mirando nuestra pequeña iglesia?

“Este principio de conversación indujo al anciano a calmarse, y entonces el párroco volvió a preguntarle qué pasaba.

“—Oh —dijo él—, no era nada. Sólo le contaba a este caballero que debía preguntarle a usted sobre las coronas sagradas.

“—Ah, sí, con toda seguridad —dijo el párroco—, es un asunto muy curioso, ¿verdad? Aunque ignoro si al caballero le interesan nuestras viejas historias.

“—Oh, se interesará enseguida —dijo el viejo—, confiará en cuanto usted le diga, señor. Caramba, si usted lo conoció en persona a William Ager, al padre y al hijo.

“Los interrumpí para declarar mi extremado interés, y poco después acompañaba por las calles del pueblo al párroco, que tenía que decir una o dos palabras a algunos de sus feligreses, y luego a la casa parroquial, donde me condujo a su estudio. Él había advertido, en ese trayecto, que yo podía interesarme seriamente en un relato folklórico, y que no era un mero curioso. Se mostró, pues, muy locuaz, y quizás es asombroso que la leyenda que me refirió permanezca inédita hasta ahora. La relató de este modo:

“—En esta comarca, siempre se creyó en las tres coronas sagradas. Los viejos dicen que fueron enterradas en sitios próximos a la costa, para alejar a los daneses, los francos o los germanos. Dicen que exhumaron una hace mucho tiempo, que otra desapareció ante los avances del mar, y que aún queda una que prosigue su labor y distrae a los invasores. Pues bien, si usted ha leído las guías e historias ordinarias de este condado, quizá recuerde que en 1687 una corona que, según decían, había pertenecido a Redwald, Rey de East Anglia, fue exhumada en Rendlesham y, ¡vea usted!, se disolvió antes de que la pudiesen describir o dibujar con exactitud. Bueno, Rendlesham no está en la costa, pero está cerca y se halla en una línea de acceso muy importante. Yo creo que esa es la corona a que alude la gente cuando dice que desenterraron una. No hace falta que le diga que hacia el sur había un palacio sajón que hoy yace bajo las aguas, ¿no? Bueno, ahí estaba la segunda corona, estoy seguro. A mucha distancia de las dos, dicen, está la tercera.

“—¿Y dicen dónde está? —le pregunté, naturalmente.

“—Sí, pero no lo cuentan a nadie —respondió, y su tono de voz me disuadió de formularle la pregunta obvia. En cambio, aguardé un instante y agregué:

“—¿A qué se refería el viejo cuando dijo que usted conocía a William Ager, como si eso tuviera algo que ver con las coronas?

“—Con toda seguridad —repuso— esa es otra historia curiosa. Los tales Ager (es un viejo nombre en la zona, aunque jamás descubrí que fueran nobles o terratenientes) dicen, o decían, que esa rama de su familia era la encargada de vigilar la última corona. El primero que conocí fue un tal Nathaniel Ager (yo nací y me crié cerca de aquí) que, tengo entendido, acampó en el lugar durante toda la guerra de 1870. William, su hijo, sé que hizo lo mismo durante la Guerra de Sudáfrica. Y el joven William, hijo de éste, muerto hace poco, se alojó en el chalet más cercano a ese punto, y sin duda aceleró su fin (era tísico) de tanto montar guardia a la intemperie durante la noche. Y él fue también el último de esa rama. Le resultaba muy triste pensar que era el último, pero nada podía hacer, pues los únicos parientes con que contaba estaban en las colonias. Él me pidió que les escribiera implorándoles que vinieran a causa de un asunto de suma importancia para la familia, pero no hubo respuesta. De modo que la última corona sagrada, si es que está allí, carece actualmente de guardián.

“Eso fue lo que contó el párroco, e imaginarán cuánto interés me despertó. Cuando lo dejé, no pensaba sino en cómo ubicar el sitio donde se suponía sepulta la corona. Ojalá lo hubiera dejado así.

“Pero todo parecía obra del destino, pues cuando pasé ante el muro del cementerio me llamó la atención una lápida muy nueva, y en ella estaba inscripto el nombre de William Ager. Por supuesto, me bajé de la bicicleta y la leí. Rezaba: «De esta parroquia, muerto en Seaburgh, 19. ., a los 28 años». Ahí estaba, según ven. Mediante ciertas preguntas sagaces donde correspondía, no tardaría en hallar al menos el chalet más cercano al lugar. Sólo que no sabía dónde correspondía comenzar con mis preguntas. Nuevamente intervino el destino: me condujo a la tienda de antigüedades que estaba en mi camino, donde adquirí algunos libros viejos y, verán ustedes, uno era un Libro de oraciones de 1740 y pico, con una encuadernación bastante bonita… iré a buscarlo, está en mi cuarto.”

Nos dejó algo sorprendidos, pero apenas habíamos cambiado un par de observaciones ya estuvo de vuelta, jadeante, y nos alcanzó el libro, abierto en la guarda, que, en una letra tosca, lucía esta inscripción:

 

Nathaniel Ager es mi nombre e Inglaterra mi nación,

Seaburgh es mi morada y Jesús mi Salvación.

Cuando esté muerto en la tumba y estén mis huesos podridos

Que el Señor de mí se acuerde y me salve del olvido.

 

Este poema estaba fechado en 1754, y había más firmas de los Ager, Nathaniel, Frederick, William, y así hasta William, 19. ..

—Ya ven —dijo—. Cualquiera habría bendecido su suerte. También yo, aunque no ahora. Por supuesto que le pregunté al comerciante por William Ager, y por supuesto que él casualmente recordó que éste había vivido en un chalet del North Field, donde había muerto. Así se me allanaba el camino. Sabía cuál debía ser el chalet: sólo hay uno en el lugar, de tamaño adecuado. Debía, a continuación, trabar conocimiento con la gente de la zona, hacia donde partí de inmediato. Un perro facilitó las cosas: me acosó con tal furia que debieron correrlo a golpes; luego, naturalmente, me pidieron disculpas y así empezamos a conversar. Me bastó traer a colación el nombre de Ager y simular que lo conocía, o que creía saber algo de él, para que la mujer comentara qué triste era que hubiese muerto tan joven, y que estaba segura de que todo se debía a las noches que pasaba a la intemperie con ese frío.

“—¿Salía a pasear junto al mar por las noches? —pregunté.

“—Oh, no —dijo ella—, iba hasta aquel promontorio con árboles.

“Y hacia allí me encaminé.

“Algo entiendo de cómo cavar en esos túmulos; cavé en buen número de ellos en los terrenos bajos. Pero eso lo hacía a plena luz, con permiso del propietario y con ayuda de otro hombre. Debía planearlo escrupulosamente antes de hincar la pala: no podía abrir una zanja a través del promontorio, y con esos viejos abetos sabía que habría raíces para entorpecer mi labor. El terreno, no obstante, era suave, arenoso y blando, y había una madriguera de conejo o algo así que podía ser convertida en una especie de túnel. Lo difícil sería salir y entrar al hotel a horas insólitas. En cuanto decidí cómo excavar informé a la gente que había recibido una invitación para esa noche, y la pasé allí. Hice mi túnel: no los aburriré con los detalles relativos a cómo lo apuntalé y cómo lo rellené al terminar, pero lo importante es que obtuve la corona”. Ambos, naturalmente, manifestamos nuestro asombro e interés. Yo, por ejemplo, no ignoraba el hallazgo de la corona en Rendlesham y siempre había lamentado su destino. Nadie ha visto jamás una corona anglosajona, al menos, nadie la había visto. Pero nuestro hombre nos miró con ojos contristados.

—Sí —dijo—, y lo peor es que no sé cómo devolverla.

—¿Devolverla? —exclamamos—. Pero, querido señor, ha hecho usted uno de los descubrimientos más notables de que se haya oído en esta región. Por supuesto que debería ir a la Cámara de las Joyas de la Torre de Londres. ¿Cuál es su dificultad? Si piensa usted en el propietario, en el hallazgo del tesoro, y toda esa cuestión, por cierto que hemos de ayudarlo. En un caso como éste, nadie se va a demorar en minucias técnicas.

Acaso le dijimos aún más, pero él, por toda respuesta, ocultó el rostro entre las manos y murmuró:

—No sé cómo devolverla.

—Espero que usted me disculpe —dijo al fin Long— por parecer impertinente, ¿pero está usted totalmente seguro de tenerla?

También era mi deseo formular esa pregunta, pues la historia, si uno reflexionaba en ella, parecía en realidad el sueño de un demente. Pero yo no me había atrevido a decir nada que pudiera herir los sentimientos del joven. Él, sin embargo, la recibió con absoluta calma, valdría decir, en verdad, con la calma de la desesperación. Dijo, incorporándose:

—Oh, sí, no hay duda alguna: la tengo en mi cuarto, encerrada en mi valija. Pueden venir a mirarla si quieren: no me ofreceré a traerla aquí.

No íbamos a desperdiciar la oportunidad. Lo acompañamos; su cuarto estaba a poca distancia. El camarero recogía los zapatos en el pasillo; al menos eso pensamos: después no estuvimos tan seguros. Nuestro interlocutor —se llamaba Paxton— estaba mucho más crispado que al llegar; se precipitó hacia su cuarto, nos hizo señas de que lo siguiéramos, encendió la luz y cerró la puerta con sumo cuidado. Abrió la valija y extrajo un bulto envuelto en pañuelos limpios, lo depositó sobre la cama y lo puso al descubierto. Ahora puedo decir que he visto una auténtica corona anglosajona. Era de plata —tal como decían que era la de Rendlesham—, con incrustaciones de gemas, tallas de suma antigüedad y camafeos, y era una obra de sencilla, casi rústica, artesanía. Era, en realidad, como las que se ven en monedas y manuscritos. No hallé razón alguna para juzgarla posterior al siglo ix. Yo tenía, por cierto, un gran interés, y anhelaba hacerla girar en mis manos, pero Paxton me contuvo.

—No la toque —me dijo—. Yo lo haré. Y con un suspiro francamente estremecedor, la alzó y la hizo girar para que apreciáramos todos sus detalles.

—¿Suficiente? —dijo al fin, y ambos asentimos. La envolvió, la guardó en su valija, y nos miró con un rostro aturdido.

—Vuelva a nuestra habitación —propuso Long—, y cuéntenos cuál es su problema. Nos lo agradeció y dijo:

—¿Por qué no salen primero para ver… si no hay moros en la costa?

Su alusión no era muy clara, pues nuestro proceder, después de todo, no tenía por qué despertar sospechas, y el hotel, según he dicho, estaba prácticamente vacío. No obstante, ya presentíamos… no sabíamos qué, y de todos modos los nervios son contagiosos. Salimos pues, asomándonos al abrir la puerta, e imaginándonos (descubrí que ambos lo imaginábamos) que una sombra, o algo más que una sombra —aunque no hacía ruido alguno—, se corría a un lado en cuanto irrumpimos en el pasillo.

—Adelante —le susurramos a Paxton (pues el susurro parecía el tono adecuado) y regresamos, con él entre nosotros, a nuestra habitación. Yo había resuelto, al llegar, manifestar mi embeleso por esa pieza única que acabábamos de contemplar, pero al verlo a Paxton advertí que era absolutamente inadecuado, y lo dejé hablar a él.

—¿Qué es lo que hay que hacer? —comenzó. Long creyó oportuno (según me lo explicó más tarde) ser obtuso, y sugirió:

—¿Por qué no localizar al propietario del lugar, e informar… ?

—¡Oh, no, no! —interrumpió Paxton con impaciencia—. Les ruego que me dispensen: han sido sumamente gentiles, pero parecen no advertir que hay que devolverla, y que yo no me atrevo a volver allí por la noche, y de día es imposible. Quizá no se dan cuenta: pues bien, lo cierto es que jamás he estado solo desde que la toqué.

Yo estaba a punto de intercalar algún comentario estúpido, pero Long me clavó los ojos y me contuve.

—Creo darme cuenta —dijo Long—, ¿pero quizá no le serviría de… alivio aclararnos un poco la situación?

Paxton, entonces, lo expuso todo: miró por encima del hombro y nos hizo señas de que nos acercáramos, y comenzó a hablar en voz muy baja; lo escuchamos, por cierto, con suma atención, y más tarde comparamos nuestras observaciones. Consigné nuestra versión, así que estoy seguro de reproducir cuanto nos contó, casi palabra por palabra. Este fue su relato:

—Comenzó cuando estaba haciendo mis planes, y me demoró una y otra vez. Siempre había alguien, un hombre, de pie junto a un abeto. Esto, durante el día. Jamás estaba frente a mí. Yo siempre lo veía con el rabillo del ojo, a la izquierda o a la derecha, pero él nunca estaba cuando lo miraba de frente. Yo solía echarme durante largo rato y hacer minuciosas observaciones, y asegurarme de que no había nadie, pero en cuanto me incorporaba para planear la excavación, ahí estaba otra vez. Además, comenzó a hacerme sugerencias, pues dondequiera que dejara ese Libro de oraciones (ya a punto de cerrarlo con sus broches, que fue al fin lo que hice), siempre que volvía a mi cuarto lo veía sobre la mesa, abierto en la guarda donde están los nombres, con una de mis navajas sobre él para mantenerlo abierto. Estoy seguro de que no puede abrir mi valija, sino algo más hubiera ocurrido. Ya ven, es débil y pequeño, pero no me atrevo a enfrentarlo. Pues bien, cuando comencé el túnel, por supuesto todo empeoró, y de no haber sido tan obstinado habría emprendido la fuga. Era como si alguien me rozara constantemente la espalda: al principio creí que era la tierra que me caía encima, pero a medida que me acercaba a la… corona, se hizo inequívoco. Y en cuanto la descubrí y la apresé con los dedos, hubo una suerte de alarido a mis espaldas… ¡oh, es imposible describir su desolación! Además era aterrador. Arruinó todo el placer de mi hallazgo… lo exterminó en ese instante. De no ser el imperdonable idiota que soy, habría dejado la cosa ahí y me habría marchado. Pero no lo hice. Lo que siguió fue atroz. Aún me faltaban varias horas para poder volver al hotel razonablemente. Primero rellené el túnel y cubrí mis huellas, y siempre estaba allí, tratando de confundirme. A veces uno lo ve y a veces no, según como él prefiera: está allí, pero ejerce cierto poder sobre nuestra visión. En fin, no dejé el lugar sino casi al alba, y debía ir a la estación y tomar el tren de regreso a Seaburgh. Y aunque ya casi era de día, no sé si mejoraba las cosas. Siempre había arbustos o matorrales o alambradas (algún escondrijo, quiero decir) y yo no estaba tranquilo por un segundo. Luego, cuando me crucé con gente que salía a trabajar, todos me miraban extrañados: acaso los sorprendía ver a alguien tan temprano; pero no me pareció que fuera sólo eso, ni me parece ahora: no me miraban exactamente a mí. Lo mismo sucedió con el mozo de cordel de la estación. Y el guarda mantuvo la portezuela abierta cuando subí, como si viniera alguien detrás de mí. Oh, les aseguro, que no es mi fantasía, no —dijo con una suerte de risa sofocada, y prosiguió—: Y aun si la devuelvo, no me perdonará: no me caben dudas. ¡Y pensar que hace quince días era tan feliz!

Se desplomó sobre una silla, y creo que empezó a llorar.

No sabíamos qué decir, pero de algún modo sentimos que debíamos acudir al rescate, de manera —parecía en verdad lo único que podía hacerse— que nos ofrecimos a ayudarlo en la devolución de la corona. Diré que además parecía lo mejor que podía hacerse. Si consecuencias tan espantosas se habían abatido sobre este pobre hombre, quizá fuera cierto que la corona poseía algún extraño poder para salvaguardar la costa. Al menos eso creía yo, y pienso que también Long. En todo caso, Paxton aceptó nuestra oferta. ¿Cuándo lo haríamos? Eran cerca de las diez y media. ¿Podíamos intentar salir del hotel a horas tardías, esa misma noche, sin desconcertar a los empleados? Miramos por la ventana: resplandecía la luna llena, la luna de Pascua. Long se encargó de enfrentar al camarero y disponerlo a nuestro favor, diciéndole que no nos demoraríamos en exceso, y que si nos resultaba grato el paseo y nos demorábamos, ya trataríamos de que su espera no redundara para él en una pérdida de tiempo. Bueno, éramos clientes regulares, jamás causábamos problemas, y la servidumbre tenía buena experiencia con nuestras propinas, de modo que el camarero fue dispuesto a nuestro favor: nos dejó salir y aguardó, según supimos más tarde, nuestra llegada. Paxton llevaba un enorme abrigo en el brazo, y debajo de él ocultaba la corona envuelta.

De tal forma, emprendimos nuestra extraña misión sin detenernos a considerar su extrema peculiaridad. Referí lo anterior con brevedad, para representar de algún modo la premura con que adoptamos un plan y lo pusimos en práctica.

—El camino más corto es subiendo la colina y atravesando el cementerio —dijo Paxton, cuando nos detuvimos un instante ante el hotel para echar un vistazo. No había nadie; ni un alma; fuera de temporada, Seaburgh es una zona pacífica, donde todos se retiran temprano.

—No podemos bordear el malecón vecino al chalet, a causa del perro —declaró Paxton cuando señalé que yo conocía un camino más corto, a lo largo de la playa y a través de dos predios. Su argumento era inobjetable. Fuimos por la carretera hasta la iglesia, y doblamos por la puerta del cementerio. Confieso que pensé que quizás alguno de los que yacían allí estuviera al tanto de nuestra empresa: pero si era así, también sabría que uno de los que estaban de su lado, por así decirlo, nos mantenía vigilados, de modo que no nos perturbaron. Pero sentíamos que nos estaban acechando, como jamás lo he sentido. Especialmente cuando atravesamos el cementerio y nos adentramos en un estrecho sendero entre altos setos, donde nos apresuramos tanto como Christian a través de ese Valle *; y así salimos a campo abierto. Luego cruzamos a lo largo de unos setos —aunque yo hubiera preferido estar al descubierto, donde podía ver si alguien nos seguía—, saltamos un par de portones, doblamos a la izquierda, y escalamos el risco que culminaba en ese túmulo.

Al acercarnos, Henry Long presentía, y también yo, que nos aguardaban lo que sólo sé llamar oscuras presencias, así como una mucho más concreta. Imposible describir la alteración entretanto padecida por Paxton: jadeaba como una fiera acosada, y ninguno de nosotros se atrevía a mirarlo al rostro. Cómo se las arreglaría en cuanto llegáramos al sitio en cuestión, ni siquiera lo habíamos pensado: él había dado a entender que no habría dificultades. No las hubo. Jamás vi a nadie lanzarse con tal ímpetu a un lugar como él a ese túmulo, donde cavó hasta que en pocos minutos su cuerpo se perdió de vista. Nos quedamos con el abrigo y el bulto de pañuelos, sin dejar de mirar —con mucho temor, he de confesarlo— alrededor de nosotros. Nada había a la vista; a nuestras espaldas, una hilera de abetos cerraba el horizonte; a media milla sobre la derecha más árboles y la torre de la iglesia; sobre la izquierda, chalets y un molino de viento; un mar calmo al frente; entre él y nosotros, apagados ladridos de un perro en un chalet próximo a un malecón resplandeciente. La luna llena abría en el mar ese sendero que todos conocemos; se oía, encima de nosotros, el eterno susurro de los abetos escoceses, y a lo lejos el del mar. Subyacía a semejante calma, no obstante, la acre y aguda conciencia de una contenida hostilidad, semejante a un perro sujeto con una correa que en cualquier momento pudiera quedar en libertad.

Paxton se asomó de la fosa y extendió una mano.

—Dénmela —susurró— sin la envoltura.

Quitamos los pañuelos y él tomó la corona. Un rayo de luna la hirió mientras él la aferraba. Jamás tocamos ese trozo de metal, y desde entonces he creído que fue lo mejor. Paxton no tardó en salir de la fosa y en rellenarla con manos casi sangrantes. Aun así, no aceptó nuestra ayuda, pues bastante ocupación era cuidar de que nadie se acercara. De todos modos (ignoro cómo) lo hizo muy bien. Al fin quedó satisfecho, v todos regresamos.

Estábamos a unas doscientas yardas de la colina cuando Long súbitamente le dijo:

—Caramba, usted olvidó su abrigo. No es conveniente. ¿Lo ve?

Y por cierto que lo veía: el largo abrigo oscuro tendido donde había estado el túnel. Paxton, sin embargo, no se detuvo: se limitó a menear la cabeza y a alzar el abrigo que tenía en el brazo. Y cuando lo alcanzamos dijo, sin énfasis alguno, como si ya nada le importara:

—Ese no era mi abrigo.

Y en realidad, cuando volvimos a mirar, ya no se veía ese objeto oscuro.

En fin, salimos a la carretera y regresamos rápidamente por allí. Llegamos bastante antes de las doce, tratando de demostrar cierta alegría y comentando, Long y yo, qué hermosa estaba la noche para pasear. El camarero nos esperaba, y con estas y otras edificantes observaciones entramos al hotel. Observó la playa antes de cerrar la puerta del frente, y preguntó:

—¿No se encontraron con mucha gente, verdad, señor?

—No, ni un alma, en realidad —respondí, y recuerdo la mirada que entonces me dirigió Paxton.

—Porque me pareció que alguien los seguía por la carretera —dijo el camarero—. De todos modos, ustedes tres iban juntos y no creo que tuviese malas intenciones.

No supe qué decir; Long se limitó a despedirse y todos nos fuimos arriba, no sin prometer que apagaríamos todas las luces y nos acostaríamos enseguida.

Ya en la habitación, hicimos lo posible por animar a Paxton.

—La corona ya ha sido devuelta —dijimos—; es muy probable que lo mejor hubiera sido que usted no la tocara —ante lo cual asintió enfáticamente—, pero no hubo ningún perjuicio real, y jamás revelaremos esto a nadie que pueda cometer la locura de acercársele. Además, ¿no se siente usted más tranquilo? No me importa confesar —declaré— que mientras íbamos me sentí muy inclinado a compartir su punto de vista con respecto a… a eso de ser seguidos; pero al volver, ya no era lo mismo, ¿no?

No, era inútil:

Ustedes no tienen por qué inquietarse —dijo—, pero a mí no me han perdonado. Aún debo pagar por ese detestable sacrilegio. Ya sé lo que me dirán. La Iglesia puede ayudarme. Sí, pero es el cuerpo el que debe padecer. Es cierto que en este momento no siento que él me esté esperando allí afuera. Pero…

Se interrumpió. Se volvió a nosotros para agradecernos, y lo despedimos en cuanto fue posible. Naturalmente, lo invitamos a usar nuestra sala al otro día, y dijimos que estaríamos encantados de salir con él. ¿O quizá jugaba al golf? Sí, pero no pensaba que mañana le importara demasiado. Bueno, le recomendamos que se levantara tarde y que se quedara en nuestra habitación durante la mañana, mientras nosotros jugábamos, y luego podríamos salir a caminar. Manifestó calma y sumisión; estaba dispuesto a hacer lo que creyéramos más conveniente, pero, para sus adentros, estaba seguro de que no había forma de eludir o mitigar lo que sobrevendría. Me preguntará usted por qué no insistimos en acompañarlo hasta su casa o dejarlo a salvo a cargo de algún hermano o cosa por el estilo. El hecho es que no tenía a nadie. Disponía de un piso en la ciudad, pero últimamente se había decidido a trasladarse a Suecia, y había desmantelado su alojamiento y embarcado todas sus pertenencias, y quería dejar pasar dos o tres semanas antes de partir. De todos modos, nada mejor podíamos hacer que irnos a dormir —o a no dormir demasiado, como ocurrió en mi caso— y ver cómo nos sentíamos a la mañana próxima.

Nos sentíamos muy diferentes, Long y yo, en esa hermosa mañana de abril; y también Paxton tenía diferente aspecto cuando lo vimos en el desayuno.

—Al fin he pasado una noche más o menos decente —fue lo que dijo. Pero iba a proceder tal como habíamos convenido: se quedaría adentro toda la mañana y saldría con nosotros más tarde. Fuimos a los links; conocimos a otros caballeros, con quienes jugamos durante la mañana, y almorzamos allí más bien temprano, para no demorarnos. Pese a todo, las acechanzas de la muerte lo atraparon.

No sé si hubiera podido evitarse. Creo que de un modo u otro lo habría alcanzado, hiciéramos lo que hiciésemos. En todo caso, esto es lo que sucedió.

Fuimos directamente a nuestra habitación. Paxton estaba allí, leyendo plácidamente.

—¿Listo para salir? —preguntó Long—. Digamos en media hora.

—De acuerdo —respondió.

Dije que primero nos cambiaríamos, quizá nos daríamos un baño, y que pasaríamos a buscarlo en media hora. Me bañé y luego me tendí en la cama, donde dormí unos diez minutos. Dejamos nuestros cuartos simultáneamente, y nos dirigimos a nuestra sala. Paxton no estaba allí… sólo su libro. Tampoco estaba en su cuarto, ni en las salas de abajo. Lo llamamos a gritos. Salió una camarera y nos dijo:

—Caramba, pensé que ustedes ya habían salido, como el otro caballero. Oyó que ustedes lo llamaban desde aquel camino, y salió apresuradamente, pero yo miré por el ventanal y no los vi a ustedes. Sin embargo, bajó hacia la playa por aquel lado.

Y hacia aquel lado nos precipitamos sin decir palabra: era la dirección opuesta a la seguida en nuestra expedición nocturna. Aún no eran las cuatro, y había claridad, aunque no tanta como antes, de modo que no había razón alguna, digamos, para preocuparse: con gente alrededor, ningún hombre podía sufrir mucho daño.

Pero nuestra expresión ha de haber asombrado a la camarera, pues descendió por los escalones, señaló y dijo:

—Eso es, fue por ahí.

Corrimos hasta llegar a la orilla cubierta de ripio, y allí nos detuvimos. Estábamos ante una encrucijada: o bien íbamos por el lado de las casas, por la parte superior, o bien por la parte baja de la playa, por la arena que, como había bajado la marea, era bastante ancha. Por supuesto, también podíamos seguir por la franja de guijarros que las dividía y observar ambas partes, sólo que era harto más fatigosa. Elegimos la arena, que era el sitio más solitario, y donde alguien podía sufrir algún daño sin que lo vieran desde el sendero.

Long dijo que lo vio a Paxton a cierta distancia, mientras corría y agitaba el bastón, como si deseara hacerle señas a alguien que lo precedía. No pude estar seguro: una rápida niebla marina crecía desde el sur. Había alguien, no podía discernir otra cosa. Y en la arena había huellas de uno que corría con zapatos; las precedían otras —pues a veces los zapatos las pisoteaban y se mezclaban con ellas— de uno que iba descalzo. Por supuesto, sólo cuenta usted con mi palabra: Long ha muerto, no tuvimos tiempo de hacer ningún boceto o tomar moldes, y la siguiente marea lo borró todo. Lo único que pudimos hacer fue examinar las huellas apresuradamente, sin detenernos. Pero allí estaban, una y otra vez, y no nos quedó duda alguna de que veíamos rastros de pies descalzos, y por cierto bastante descarnados.

Era atroz que Paxton corriera detrás de algo semejante, confundiéndolo con los amigos que buscaba. Adivinará usted en qué pensábamos: esa criatura que él perseguía quizá se volviera bruscamente y quién sabe qué rostro le ofrecería, al principio apenas entrevisto en la niebla, que entretanto se espesaba cada vez más. Mientras corría, preguntándome cómo el desdichado podía haber dado en tomar a esa cosa por nosotros recordé lo que nos había dicho: “Ejerce cierto poder sobre nuestra visión”. Y entonces pensé cuál sería el fin, pues ya no abrigaba esperanzas de poder evitarlo y… bueno, no es imprescindible enumerar todos los pensamientos horribles y espantosos que me asediaron mientras corríamos a través de la neblina. Era siniestro, por lo demás, que el sol aún resplandeciera en el cielo y que no pudiésemos ver nada. Sólo sabíamos que habíamos pasado las casas y habíamos desembocado en la extensión que las separa de la vieja torre de piedra. Una vez que uno pasa la torre, sabe usted, no encuentra sino guijarros… ni una casa, ni un ser humano, sólo esa franja de tierra, o de piedras, mejor dicho, con el río a la derecha y el mar a la izquierda.

Pero justo antes, a un lado de la torre, usted recordará que hay una vieja fortaleza, pegada al mar. Creo que hoy no quedan sino unos bloques de concreto, pues el mar devoró el resto, pero en ese entonces, aunque el lugar ya era una ruina, estaba en mejores condiciones. Pues bien, llegamos allí, nos encaramamos a la cima con suma rapidez, para recobrar el aliento y contemplar la playa de guijarros, por si la niebla nos dejaba ver algo. Pero debíamos descansar un momento: habíamos corrido no menos de una milla. Nada veíamos, sin embargo, y ya nos disponíamos a proseguir una carrera sin esperanzas, cuando oímos lo que denominaré una carcajada; y si usted puede comprender a qué me refiero cuando digo una carcajada hueca y exánime, entenderá qué es lo que oímos, pero no creo que pueda. Venía de abajo, y se perdía en la niebla. Bastaba con ello. Nos inclinamos sobre el muro. Paxton estaba en el fondo.

Innecesario aclarar que estaba muerto. Sus huellas revelaban que había corrido al costado de la fortaleza, había doblado bruscamente en una de sus esquinas y, sin duda alguna, debía haberse precipitado en los brazos abiertos de alguien que lo aguardaba allí. Tenía la boca llena de piedras y arena, y los dientes y las mandíbulas destrozados. Sólo una vez le miré el rostro.

En ese mismo momento, mientras descendíamos de la fortaleza para ir a buscar el cadáver, oímos un grito, y vimos que un hombre bajaba de la torre. Era el cuidador destacado en ese lugar y sus viejos y penetrantes ojos habían logrado discernir a través de la niebla que algo no andaba bien. Había visto la caída .de Paxton, y segundos después, nuestro ascenso, lo cual fue una suerte, pues de otro modo difícilmente habríamos podido evitar que las sospechas recayeran sobre nosotros. ¿Había visto, le preguntamos, que alguien atacara a nuestro amigo? No estaba seguro.

Lo enviamos en busca de ayuda, y aguardamos junto al cadáver hasta que regresó con una camilla. Entonces examinamos cómo había llegado hasta allí, observando la estrecha franja de arena al pie del muro. El resto era canto rodado, y era absolutamente imposible decidir hacia dónde había huido el otro.

¿Qué declararíamos en la investigación? Sentíamos que era un deber no revelar, allí y entonces, el secreto de la corona para que lo publicaran todos los diarios. No sé cuánto hubiera dicho usted, pero el acuerdo al que llegamos nosotros fue el siguiente: decir que sólo habíamos conocido a Paxton el día anterior, y que él nos había confesado temer que un tal William Ager pusiera en peligro su vida. También, que habíamos visto otras huellas, además de la de Paxton, mientras lo seguíamos por la playa. Por supuesto, en ese momento el agua habría borrado todos los rastros.

Nadie, afortunadamente conocía a ningún William Ager que viviera en el distrito. El testimonio del hombre de la torre nos exoneró de toda sospecha. El único veredicto al que se pudo llegar fue el de asesinato premeditado, obra de “persona o personas desconocidas”.

A tal punto carecía Paxton de relaciones que toda investigación posterior culminó en un callejón sin salida. Yo, por mi parte, jamás volví a Seaburgh, o a sus cercanías, a partir de entonces.

 


* Christian (“Cristiano”) es el protagonista del Pilgrim’s Progress, la narración alegórica de John Bunyan (1628-1688).  La frase alude al pasaje en que Christian atraviesa el atribulado Valle de la Sombra de la Muerte. (N.del.T.)

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El astronauta muerto

335px-Piers_Sellers_spacewalk Cabo Kennedy y sus enormes instalaciones erigidas sobre las dunas ya no eran ahora más que un mausoleo. La arena había sepultado el Banana River y todos sus riachuelos, convirtiendo el antiguo complejo espacial en un desierto pantanoso lleno de islas de hormigón cuarteado. Durante el verano los cazadores se emboscaban entre los restos de los desmantelados vehículos de servicio, pero cuando nosotros llegamos, Judith y yo, era principios de noviembre y no había ni un alma. Tras Cocoa Beach, donde aparqué el coche, los moteles en ruinas desaparecían a medias bajo la vegetación salvaje. Las rampas de lanzamiento apuntaban hacia el atardecer, como los oxidados grafismos de una extraña álgebra celeste.

– La verja de entrada está a ochocientos metros ahí delante – dije -. Esperaremos aquí hasta que se haga de noche. ¿Te sientes mejor?

Judith contemplaba en silencio la enorme nube de color rojo cereza en forma de embudo que parecía estar arrastrando consigo al muriente día hacia el otro lado del horizonte. El día anterior, en Tampa, había sufrido un momentáneo desvanecimiento sin ninguna causa aparente.

– ¿Y el dinero? – dijo de pronto -. Quizá nos pidan más, ahora que estamos aquí.

– ¿Más de cinco mil dólares? No, es suficiente. Los cazadores de reliquias son una especie en vías de extinción. Cabo Kennedy ya no interesa a nadie. ¿Qué te ocurre? – estaba tironeando nerviosamente con sus afilados dedos las solapas de su chaquetón de ante.

– Bueno, es que, pienso… quizás hubiera tenido que vestirme de negro.

– ¿Por qué? Esto no es un entierro, Judith. Vamos, hace veinte años que Robert está muerto. Sé lo que representaba para nosotros, pero…

Ella miraba fijamente los destrozados neumáticos y los restos de los coches abandonados. Sus ojos claros parecían tranquilos en su tenso rostro.

– ¿Pero es que no lo comprendes, Philip? – murmuró -. Vuelve. Es preciso que alguien esté ahí esperándolo. Los servicios efectuados en su memoria ante el aparato de radio no fueron más que una farsa atroz. ¿Imaginas el shock que hubiera recibido el pastor si Robert le hubiera respondido? Ahora, aquí, tendría que haber todo un comité de recepción esperándole, en lugar de solo nosotros dos en medio de toda esta ruina.

– Judith – dije, con voz más firme -, podría haber un comité de recepción… si le dijéramos a la NASA lo que sabemos. Sus restos serían inhumados en la cripta de la NASA en el cementerio militar de Arlington, habría toda una ceremonia, quizás incluso asistiera el propio presidente. Aún estamos a tiempo.

Esperé, pero ella no dijo nada. Miraba con ojos fijos cómo la verja de entrada se diluía en el cielo nocturno. Quince años antes, cuando el astronauta muerto, girando en órbita en torno a la Tierra en el interior de su calcinada cápsula, fue cayendo lentamente en el olvido, Judith se había erigido en un firme comité de recuerdo. Quizá dentro de algunos días, cuando tuviera por fin entre sus manos los restos de lo que había sido Robert Hamilton, se viera libre por fin de su obsesión.

– ¡Philip! – dijo de pronto -. Allá arriba. ¿Acaso es…?

Al oeste, arriba en el cielo, entre Cefeo y Casiopea, un punto luminoso avanzaba hacia nosotros como una estrella errante en busca de su zodíaco. Unos minutos después paso por encima de nuestras cabezas, una débil baliza parpadeante entre los cirros que coronaban el mar.

– Lo es, Judith. – Le mostré los horarios de trayectorias que había anotado en mi bloc -. Los cazadores de reliquias calculan mejor las órbitas que cruzan el cielo que cualquier ordenador. Debe hacer años que observan sus pasos.

– ¿Quién va en ella?

– Una cosmonauta rusa, Valentina Prokrovna. Fue lanzada hace veinticinco años desde una base de los Urales para instalar un repetidor de televisión.

– ¿De televisión? Espero que los espectadores hayan disfrutado con los programas.

La crueldad de aquella observación, dicha mientras Judith descendía del coche, me hizo pensar de nuevo en las verdaderas razones que habían empujado a Judith a realizar el viaje hasta Cabo Kennedy. Seguí con la mirada la cápsula de la muerta hasta que se desvaneció sobre el Atlántico en sombras, emocionado una vez más ante el trágico pero sereno espectáculo de aquellos viajeros fantasmas regresando al cabo de tantos años, rechazados por las mareas del espacio. Lo único que conocía de aquella rusa, además de su nombre, era su clave: Gaviota. Sin embargo, sin saber exactamente la razón, me sentía contento de estar allí en el momento de su regreso. Judith, por el contrario, no experimentaba nada de aquello. A lo largo de todos aquellos años había permanecido sentada en el jardín, en el frescor del anochecer, demasiado cansada para subir a la habitación y acostarse, sin preocuparse más que de uno solo de los doce astronautas muertos que orbitaban en el cielo.

Aguardó, de espaldas al mar, mientras yo metía el coche en un garaje abandonado, a cincuenta metros de la carretera. Tomé las dos maletas del capó. Una de ellas, la más ligera, contenía nuestras cosas. La otra, forrada interiormente con una chapa metálica, provista de doble asa y con correas de refuerzo, estaba vacía.

Avanzamos en dirección a la verja metálica, como dos viajeros retrasados llegando a una ciudad abandonada desde hace mucho.

 

Hace veinte años que los últimos cohetes abandonaron los silos de lanzamiento de Cabo Kennedy. Por aquel entonces la NASA nos había transferido – yo era programador de vuelos – al gran complejo espacial planetario de Nuevo Méjico. Poco después de nuestra llegada conocimos a uno de los astronautas que se entrenaban allí, Robert Hamilton. Han pasado dos decenios desde entonces, y lo único que recuerdo de aquel muchacho exquisitamente educado es su penetrante mirada y su tez albina. Tenía los mismos ojos claros y los mismos cabellos opalinos que Judith, y la misma frialdad de comportamiento, casi ártica. Intimamos durante apenas seis semanas. Judith se había sentido atraída por él, un capricho pasajero nacido de esas confusas pulsiones sexuales que las mujeres jóvenes y convenientemente educadas expresan de la misma ingenua y típica manera; viéndoles juntos en la piscina o jugando al tenis, no era irritación lo que sentía, sino más bien aprensión ante la idea de que, para ella, todo aquello no era más que una efímera ilusión.

Y un año más tarde, Robert Hamilton estaba muerto. Había vuelto a Cabo Kennedy para efectuar uno de los últimos lanzamientos militares antes de que el lugar fuera cerrado. Tres horas después del lanzamiento, su cápsula había entrado en colisión con un meteorito que había averiado irrecuperablemente el sistema de distribución de oxígeno. Vivió todavía cinco horas gracias a su traje. Aunque tranquilos al principio, sus mensajes por radio fueron haciéndose más y más frenéticos hasta convertirse al final en un galimatías incoherente. Ni Judith ni yo fuimos autorizados a escucharlos.

Una docena de astronautas habían muerto accidentalmente en órbita, y sus cápsulas seguían girando en torno a la Tierra como las estrellas de una nueva constelación. Al principio, Judith no se mostró tan traumatizada, pero más tarde, tras su aborto, la imagen del astronauta muerto girando en el cielo por encima de nuestras cabezas empezó a obsesionarla. Durante horas permanecía con los ojos fijos en el reloj de la habitación, como si estuviera aguardando algo.

Cinco años más tarde, cuando presenté mi dimisión de la NASA, acudimos por primera vez a Cabo Kennedy. Algunas unidades militares custodiaban todavía las desmanteladas instalaciones, pero la antigua base de lanzamiento había sido convertida ya en cementerio de satélites. A medida que iban perdiendo su velocidad orbital, las cápsulas muertas eran llamadas de nuevo por las radiobalizas. Además de los americanos, los satélites rusos y franceses lanzados en el marco de los proyectos espaciales conjuntos euro-americanos regresaban a Cabo Kennedy, y las cápsulas carbonizadas se estrellaban contra el resquebrajado cemento.

Y entonces surgían los cazadores de reliquias, hurgando entre la requemada maleza en busca de los tableros de control, los trajes espaciales y, lo más valioso de todo, los cadáveres momificados de los astronautas.

Esos renegridos fragmentos de tibias y de clavículas, de rótulas y de costillas, reliquias únicas de la era del espacio, eran tan preciosos como los huesos de los santos en la Edad Media. Tras los primeros accidentes mortales en el espacio, la opinión pública había desatado una campaña para que aquellos ataúdes orbitales fueran atraídos de nuevo a la Tierra. Desgraciadamente, cuando un cohete lunar se estrelló en el desierto de Kalahari, los indígenas penetraron en él, tomaron a los astronautas por dioses, cortaron cuatro pares de manos y desaparecieron entre los matorrales. Fueron necesarios dos años para hallarlos. Después de lo cual se deja que las cápsulas orbiten y se consuman hasta el momento en que efectúan la reentrada por sus medios naturales.

Los vestigios que sobreviven al brutal aterrizaje en el cementerio de satélites son recuperados por los cazadores de reliquias de Cabo Kennedy. Esos nómadas viven allí desde hace años, acampando en los cementerios de coches y en los moteles abandonados, arrebatando sus iconos en las propias narices de los guardianes que patrullan por las pistas de cemento. A principios de octubre, cuando un antiguo compañero de la NASA me comunicó que el satélite de Robert Hamilton había entrado en su fase de inestabilidad, me dirigí a Tampa y empecé a informarme del precio que iba a costarme la compra de sus despojos. Cinco mil dólares para lograr que su fantasma fuera depositado por fin bajo tierra y dejara de atormentar el espíritu de Judith no era caro.

 

Franqueamos la verja a ochocientos metros de la carretera. Las dunas habían aplastado en algunos lugares aquella cerca de seis metros de altura, y la maleza crecía por entre el enrejado. No lejos de nosotros se divisaba la entrada que, más allá de un semiderruido puesto de guardia, se dividía en dos caminos pavimentados que partían en direcciones opuestas. Cuando llegamos al lugar de la cita, los faros de los semitractores de los guardianes iluminaron el lado de la playa.

Cinco minutos más tarde un hombre bajo de piel curtida surgió de un coche medio sepultado en la arena, a cincuenta metros de nosotros, y avanzó con la cabeza baja.

– ¿Señor y señora Groves? – preguntó. Hizo una pausa para estudiarnos atentamente, antes de presentarse a sí mismo en forma lacónica -: Quinton. Sam Quinton.

Nos estrechamos las manos. Sus dedos parecidos a garras, palparon mis muñecas y mis antebrazos. Su afilada nariz dibujaba círculos en el aire. Tenía los ojos huidizos de un pájaro, unos ojos que escrutaban incesantemente las dunas y la vegetación. Un cinturón militar mantenía en su sitio su remendado pantalón de terciopelo. Agitaba las manos como si dirigiera una orquesta de cámara oculta tras las arenosas colinas, y observé las profundas cicatrices que surcaban sus palmas, como pálidas estrellas en la noche.

Por un momento, pareció inquieto y como casi sin deseos de continuar. Luego, con un gesto brusco, se giró y avanzó a buen paso entre las dunas, mientras nosotros trastabillábamos tras él, sin que pareciera preocuparle lo más mínimo. Al cabo de una media hora llegamos a una especie de depresión cercana a una instalación transformadora de amoníaco. Tanto Judith como yo estábamos agotados de transportar las maletas por en medio de todos aquellos montones de neumáticos de desecho y piezas metálicas oxidadas.

Algunos bungalows, edificados originalmente junto a la playa, habían sido transportados al interior de una hoya. Su equilibrio era más bien precario debido a la pendiente, y sus paredes exteriores estaban adornadas con cortinas y papeles estampados.

La hoya estaba llena de material espacial recuperado: elementos de cápsulas, protectores térmicos, antenas, fundas de paracaídas. Dos hombres de rostro pálido, vestidos con monos, estaban sentados en un asiento trasero de coche, junto a la abollada carcasa de un satélite meteorológico. El de más edad de los dos llevaba un rajado casco de aviador hundido hasta los ojos, y sus manos llenas de cicatrices pulían el visor de un casco espacial. El más joven, cuya boca permanecía oculta por una pequeña pero espesa barba, miró como nos acercábamos con la misma fría e indiferente mirada de un empresario de pompas fúnebres.

Entramos en la mayor de las cabañas, dos habitaciones construidas a partir de uno de los bungalows de la playa. Quinton encendió una lámpara de petróleo y, haciendo un gesto vago hacia el deteriorado interior, murmuró sin excesiva convicción:

– Estarán bien aquí. – Al ver la expresión visiblemente disgustada de Judith, añadió -: Bueno, no tenemos demasiados visitantes, ¿saben?

Dejé nuestro equipaje sobre la cama metálica. Judith se dirigió a la cocina, y Quinton señaló la maleta vacía.

– ¿Están ahí?

Saqué del bolsillo dos fajos de billetes de a cien dólares y se los tendí.

– La maleta es… para los restos. ¿Es lo bastante grande?

Me miró, a la rojiza claridad de la lámpara de petróleo, como si nuestra presencia allí le desconcertara.

– Hubiera podido ahorrarse toda esta molestia, señor Groves. Hace un montón de tiempo que están ahí arriba, ¿sabe? Después del impacto… – una misteriosa razón le hizo dirigir una mirada fugaz a Judith -… una caja de las usadas para guardar las piezas de un juego de ajedrez hubiera bastado.

Cuando se fue, me reuní con Judith en la cocina. De pie ante el hornillo, con las manos apoyadas sobre una caja de latas de conserva, estaba mirando a través de la ventana todos aquellos detritus del cielo donde Robert Hamilton seguía girando todavía. Tuve la fugitiva sensación de que toda la tierra estaba recubierto de detritus, y que era precisamente allí, en Cabo Kennedy, donde habíamos hallado por fin la fuente.

Apoyé mis manos en sus hombros.

– ¿Por qué todo esto, Judith? ¿Por qué no regresamos a Tampa? Lo único que tendríamos que hacer sería volver otra vez dentro de diez días, cuando ya todo hubiera terminado…

Se giró y frotó su chaqueta de ante, como si quisiera borrar la huella dejada por mis manos.

– Quiero estar aquí, Philip. Por penoso que sea. ¿Acaso no puedes comprenderlo?

A medianoche, cuando terminé de preparar nuestra parca cena, ella estaba de pie en lo alto de la pared de hormigón del silo de fermentación. Los tres cazadores de restos, sentados sobre el asiento trasero de coche, la contemplaban sin moverse, con sus manos llenas de cicatrices parecidas a llamas en medio de la noche.

A las tres de la madrugada, mientras permanecíamos tendidos en la estrecha cama, inmóviles, sin dormir, Valentina Prokrovna regresó del cielo. Realizó su última vuelta en un esplendoroso catafalco de aluminio incandescente de casi trescientos metros de longitud. Cuando salí, los cazadores de reliquias ya no estaban allí. Los vi correr entre las dunas, saltando como liebres por encima de los neumáticos viejos y de la chatarra.

Volví a entrar en la habitación.

– Está llegando, Judith. ¿Quieres verla?

Con sus rubios cabellos sujetos con un pañuelo blanco, tendida boca arriba sobre la cama, contemplaba fijamente el resquebrajado yeso del techo. Poco después de las cuatro, mientras yo permanecía sentado a su lado, un resplandor fosforescente inundó la hoya. A lo lejos resonaron una serie de explosiones que atronaron a lo largo de la muralla de dunas. Se encendieron algunos proyectores, seguidos por el estruendo de motores y sirenas.

Los cazadores de reliquias regresaron al amanecer, con sus destrozadas manos envueltas en vendajes hechos a toda prisa, arrastrando su botín.

 

Tras aquel melancólico ensayo general, Judith pareció ser presa de una febril actividad tan inesperada como repentina. Como si preparara la casa para alguna visita, colgó las cortinas y barrió las dos habitaciones con un meticuloso cuidado. Incluso le pidió a Quinton un producto para abrillantar el suelo. Durante horas, sentada frente al tocador, cepillaba sus cabellos, probando uno tras otro nuevos peinados. La observé varias veces palpando sus hundidas mejillas, como buscando en ellas los contornos de un rostro que había desaparecido hacía veinte años. Cuando hablaba de Robert Hamilton, parecía tener miedo de parecerle demasiado vieja. En otras ocasiones lo evocaba como si él fuese un niño, el hijo que no habíamos podido tener tras su aborto. Aquellos papeles contrapuestos se iban encadenando como las peripecias de un psicodrama íntimo. Sin embargo, y sin saberlo, ambos utilizábamos a Robert Hamilton desde hacía años, cada uno por distintas razones personales. Esperando su regreso con la certeza de que, después, Judith ya no tendría a nadie más hacia quien volverse excepto a mí, yo esperaba y callaba.

Durante todo aquel tiempo, los cazadores de reliquias trabajaban sobre los restos de la cápsula de Valentina Prokrovna: la deformada porcelana térmica, el chasis de la unidad telemétrica, varias cajas de película en las que había quedado registrada la colisión y la muerte de la cosmonauta (si la película estaba intacta, recibirían elevados precios por ellas: los cines clandestinos de Los Angeles, Londres y Moscú se disputarían aquellas imágenes de violencia y horror que crisparían a sus públicos). Al pasar ante la cabina adyacente a la nuestra, vi un plateado traje espacial desgarrado cuidadosamente extendido sobre dos asientos de coche. Quinton y sus compañeros, con los brazos metidos en las mangas y las perneras de la escafandra, me miraron con una expresión extática en sus ojos.

 

Una hora antes del amanecer fui despertado por el ruido de motores procedentes de la playa. Los tres cazadores de reliquias estaban escondidos tras el silo, con sus crispados rostros iluminados por sus lámparas frontales. Un largo convoy de camiones y de semitractores evolucionaba por el área de lanzamiento. Algunos soldados saltaron de sus vehículos y empezaron a descargar tiendas y material.

– ¿Qué están haciendo? – le pregunté a Quinton -. ¿Acaso nos están buscando?

El hombre colocó una costurada mano formando visera sobre sus ojos.

– Es el ejército – dijo con voz insegura -. Quizás estén de maniobras. Es la primera vez que veo al ejército aquí.

– ¿Y Hamilton? – murmuré, aferrando su descarnado brazo -. ¿Está seguro de que…?

Me apartó con un gesto irritado que revelaba su inquietud.

– Seremos los primeros, no se preocupe. Va a llegar antes de lo que ellos creen.

 

Como profetizara Quinton, Robert Hamilton emprendió su último descenso dos noches más tarde. Lo vimos surgir de entre las estrellas y efectuar su última pasada. Reflejado miles de veces en los cristales de los coches apilados, su cápsula llameó entre la vegetación que nos rodeaba. Una difusa estela plateada dejó un fantasmagórico rastro a su paso.

Se produjo una repentina y febril actividad en el campamento militar. Los haces luminosos de los faros se entrecruzaron sobre las pistas de hormigón. En contra de la opinión de Quinton, yo había comprendido que no se trataba de maniobras, sino que los soldados estaban allí preparándose para el aterrizaje de la cápsula de Robert Hamilton. Una docena de semitractores patrullaban entre las dunas, incendiando los bungalows abandonados y aplastando las viejas carcazas de los automóviles. Equipos especializados reparaban la verja y reemplazaban los elementos de señalización desmantelados por los cazadores de reliquias.

Robert Hamilton apareció por última vez un poco después de medianoche, a una elevación de 42 grados noroeste, entre la Lira y Hércules. Judith se levantó de un salto y lanzó un grito. Al mismo instante, un gigantesco dardo de claridad desgarró el cielo. El deslumbrante halo que no dejaba de aumentar de tamaño se precipitaba sobre nosotros como un gigantesco cohete luminoso, mostrando el paisaje hasta sus más mínimos detalles.

– ¡Señora Groves! – Quinton se lanzó sobre Judith, que echaba a correr hacia el satélite en caída libre, y la tiró de bruces al suelo. A trescientos metros, en la cúspide de una duna, se erguía la aislada silueta de un semitractor; el llamear del meteoro ahogaba sus luces de posición.

La cápsula incandescente, el ataúd del astronauta muerto, pasó sobre nuestras cabezas con un sordo y metálico suspiro, haciendo llover gotas de metal derretido. Al cabo de unos segundos, mientras yo me protegía los ojos, una columna de arena surgió tras de mí, y un chorro de polvo se elevó hacia el cielo en medio de la noche, como un inmenso espectro hecho de huesos pulverizados. El sonido del impacto repercutió de duna en duna. Cerca de las rampas se elevaron llamaradas allá donde caían fragmentos de la cápsula. Un sudario de gases fosforescentes flotaba centelleando en el aire.

Judith corría a toda velocidad, pisándoles los talones a los cazadores de reliquias, cuyas luces zigzagueaban. Cuando los alcancé, los últimos braseros provocados por la explosión morían entre las instalaciones. La cápsula había aterrizado al lado de las antiguas rampas del cohete Atlas, excavando un pozo poco profundo de unos cincuenta metros de diámetro, cuyas paredes estaban sembradas de puntos de luz que brillaban como ojos que se fueran cerrando lentamente. Judith corría en todos sentidos, escarbando entre los restos de metal aún incandescentes.

Alguien me empujó. Quinton y sus hombres, con sus requemadas manos cubiertas de cenizas calientes, me rebasaron. Corrían como locos, con una luz salvaje brillando en sus ojos. Mientras nos alejábamos a toda velocidad de los proyectores que taladraban las tinieblas, me giré hacia la playa. Una pálida luminosidad plateada envolvía las instalaciones. Aquella nube resplandeciente fue arrastrada hacia lo lejos, como un fantasma moribundo, en dirección al mar.

 

Al amanecer, mientras los motores gruñían y resoplaban entre las dunas, recogimos los restos de Robert Hamilton.

Quinton entró en nuestra casa y me tendió una caja de zapatos. Judith, en la cocina, se secó las manos con un pañuelo.

Tomé la caja.

– ¿Es todo lo que han encontrado?

– Es todo lo que había. Si quiere puede ir a mirar usted mismo.

– Está bien. Nos iremos dentro de media hora.

Agitó la cabeza.

– Imposible. Están por todas partes. Si se mueven nos descubrirán.

Esperó a que yo alzara la tapa de la caja, hizo una mueca, y salió al exterior.

 

Nos quedamos allí otros cuatro días. El ejército rastreaba las dunas. Día y noche, los semitractores cruzaban entre los bungalows y los coches abandonados. En una ocasión, mientras espiaba la danza de vehículos desde detrás de una torre de aguas, un semitractor y dos jeeps llegaron a menos de cuatrocientos metros de nuestra hoya. Sólo el olor de los silos de sedimentación y el mal estado de las calzadas de hormigón les impidieron acercarse más.

Durante todo aquel tiempo, Judith permaneció sentada en la habitación, con la caja de cartón posada sobre su regazo. No decía nada. Como si ni yo ni el basurero de Cabo Kennedy le interesáramos ya. Se peinaba con gestos mecánicos, se maquillaba y volvía a maquillarse una y otra vez, incansablemente.

Al segundo día, me reuní con ella tras ayudar a Quinton a enterrar sus cabañas en la arena hasta las ventanas. Estaba de pie junto a la mesa.

La caja estaba abierta. En medio de la mesa estaban apilados una serie de bastoncillos carbonizados, como si hubiera estado intentando encender un fuego. Comprendí bruscamente que así había sido. Mientras removía las cenizas con sus dedos, vi asomar un fragmento de caja torácica, una mano y una clavícula.

Ella me miró con aire aturdido.

– Están negros – dijo.

La tomé en brazos y la obligué a tenderse en la cama. Me tendí a su lado. Fragmentos de órdenes amplificadas por los altavoces y cuyo eco era retransmitido por las dunas golpeaban contra los cristales.

– Ahora podemos irnos – dijo Judith cuando la columna de soldados se hubo alejado.

– Un poco más tarde, cuando ya no haya nadie – dije yo -. ¿Qué hacemos con esto?

– Enterrarlo. En cualquier lugar, ya no tiene importancia.

Parecía haber recuperado finalmente la tranquilidad. Me dedicó una breve sonrisa, como admitiendo que aquella macabra comedia por fin había terminado.

Sin embargo, una vez hube colocado de nuevo los huesos en la caja de zapatos y recuperado las cenizas de Robert Hamilton con ayuda de una cucharilla de postre, tomó de nuevo la caja de cartón y se la llevó a la cocina cuando fue a preparar la cena.

 

La enfermedad apareció al tercer día.

Tras una larga y agitada noche, encontré a Judith peinándose ante el espejo. Tenía la boca abierta, como si sus labios estuvieran impregnados de ácido. Cuando se sacudió la falda para eliminar los cabellos que habían caído en ella me sorprendí ante la leprosa blancura de su rostro.

Me levanté a duras penas, me dirigí pesadamente a la cocina, y me quedé contemplando el pote lleno de café frío. Sentía un cansancio indefinible, parecía como si mis huesos se hubieran reblandecido, estaba extenuado. Mi cuello y hombros estaban llenos de cabellos.

Judith se acercó a mí con paso vacilante.

– Philip… ¿Te encuentras mal?… ¿Qué es esto?

– El agua – murmuré. Vacié el café en la fregadera y me apreté la garganta -. Debe estar contaminada.

– ¿Podemos irnos ya? – Se llevó una mano a la frente y, con sus uñas quebradizas, se arrancó un mechón de cabellos color ceniza -. ¡Philip! ¡Por el amor del cielo! ¡Se me está cayendo todo el cabello!

Ambos nos sentíamos incapaces de comer nada. Tras forzarme a tragar un poco de carne fría, tuve que salir a vomitar fuera de la cabaña.

Quinton y sus hombres estaban agachados junto al silo. Me acerqué a ellos y tuve que apoyarme contra la carcasa del satélite meteorológico para mantener el equilibrio. Quinton se acercó a mí. Cuando le dije que era probable que los depósitos de agua estuvieran contaminados, sus acerados e inquietos ojos de pájaro se me quedaron mirando fijamente.

Una hora más tarde se habían ido todos.

 

A la mañana siguiente, nuestro último día en aquel lugar, nuestro estado empeoró. Judith, temblando bajo su chaqueta de ante, permaneció tendida en la cama, con la caja de zapatos sujeta entre sus brazos. Yo pasé horas enteras buscando agua potable en los bungalows. Mi agotamiento era tal que tuve que trabajar lo indecible para alcanzar el borde opuesto de la hoya. Las patrullas militares no habían estado nunca tan cerca. Podía oír el sonido de los semitractores cuando cambiaban de marcha. Los ladridos de los altavoces martilleaban mi cráneo como puños de acero.

Mientras miraba a Judith a través de la puerta abierta, algunas palabras llegaron hasta mi conciencia:

– …zona contaminada… evacúen… radiactividad…

Fui junto a Judith y le arranqué la caja de las manos.

– Philip… – me miró con expresión abatida -. Devuélvemela…

Su rostro era una máscara abotagada. Manchas lívidas marcaban sus muñecas. Su mano izquierda se tendió hacia mí como la garra de un cadáver.

Agité rabiosamente la caja. En su interior, los huesos entrechocaron.

– ¡Maldita sea, es esto! ¿No comprendes… no comprendes por qué estamos enfermos?

– ¿Dónde están los demás, Philip? El viejo, los otros… Ve a buscarlos… Diles que nos ayuden.

– Se han ido. Ayer. Ya te lo dije.

Dejé caer la caja de cartón sobre la mesa. La tapa se abrió, dejando escapar un fragmento de caja torácica. Las costillas parecían un manojo de ramas secas.

– Quinton sabía qué era lo que pasaba. El porqué el ejército estaba aquí. Intentó prevenirnos.

– ¿Qué quieres decir? – Se irguió. Parecía como si tuviera que esforzarse para mantener su visión clara -. No hay que dejarles que se lleven a Robert. Entiérralo en cualquier parte. Ya vendremos a buscarlo en otra ocasión.

– ¡Judith! – me incliné sobre la cama -. ¿Acaso no te das cuenta? ¡Había una bomba a bordo! ¡Robert Hamilton llevaba consigo en su cápsula un proyectil atómico! – Me acerqué a la ventana y aparté las cortinas -. Ha sido una buena broma. Veinte años aguantando porque no podía tener la certeza…

– Philip…

– No te preocupes. Yo también lo utilicé. Creía que sólo él podía permitirnos continuar. ¡Y, durante todo este tiempo, él ha estado esperando ahí arriba la hora de arreglar cuentas con nosotros!

Un tubo de escape petardeó en el exterior. Un semitractor, en cuyas puertas y capota había pintada una enorme cruz roja, apareció en el borde de la hoya. Dos hombres vestidos con trajes protectores saltaron al suelo. Esgrimían contadores geiger.

– Judith, antes de que se nos lleven, dime… Nunca te lo he preguntado…

Sentada en la cama, Judith acariciaba distraídamente los cabellos esparcidos sobre la almohada. La mitad de su cráneo estaba casi desnudo. Miraba como sin ver sus manos de epidermis cada vez más pálida y desprovistas casi de fuerza. Nunca había visto en su rostro aquella expresión: la rabia sorda que engendra la traición.

Cuando sus ojos se posaron en mí y en los huesos esparcidos sobre la mesa, supe finalmente la respuesta a mi pregunta.

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