Lo que hay que saber (un relato cruel)

corazonYa lo decía Quohelet: donde hay mucho conocimiento hay mucho dolor.

Y donde no, también. Eso olvidó añadir.

¿Es mejor saber o no saber?

Es mejor saber lo que hay que saber.

Saber, por ejemplo, que nuestro hijo tiene dos años, que está cada día más guapo y que ya dice algunas palabras. Saber que de pronto empieza a comer peor que de costumbre y que parece que se ha puesto enfermo. Eso es saber algo importante.

Saber que después de recorrer centros y hospitales, de hacer análisis y más análisis, de ponerle todas las vacunas contra los virus infantiles de guardería, y de probar todos los remedios modernos y caseros de que nos han hablado, sigue enfermo.

Saber que hay que alegrarse cuando el pediatra decide al fin examinarlo a fondo, porque parece que no es una de esas enfermedades sin importancia que contraen los niños.

Saber llorar cuando te dice el médico que el niño tiene una cardiopatía congénita. Sabes que es grave. Sabes que puede ser incluso muy grave y palideces como si la piel fuese alérgica a la sangre.

Saber llorar y saber tener esperanza. Porque hay esperanza y hay que saber creer en ella, aunque sea escasa. Aprender a creer en algo: eso sí que es tarea difícil. Pero lo necesitas a toda costa y aprendes. Y crees con la furia de los conversos, con el fervor de los alcanzados por el rayo.

Saber que no responde al tratamiento. Que la enfermedad es grave, que el médico tuerce el gesto cuando revisa la analítica y la radióloga mira a otro lado cuando buscas su mirada, que el niño se seguirá apagando hasta encontrarlo frío un día en la cuna. Hay que saber eso.

Saberlo de veras es asumirlo. Saber es interiorizar, poner dentro lo que está fuera. Pero poner dentro algo así es como tragarse una granada de mano después de quitarle la anilla. Y sonriendo, además, porque no quieres que el niño te note nada. Te tragas la granada y dices “mira qué rica la golosina que se ha comido papá”.

Y finalmente lo sabes. Te ha costado, pero al fin lo sabes. Juegas con él sabiendo que cada día puede ser el último, y lo abrazas más de la cuenta, como si lo quisieras más porque se vaya a morir que si estuviera sano. Es una tontería, pero, ¿desde cuando los abrazos saben lógica?

Y te dicen que existe aún una esperanza.

Y entonces cambias el saber por el esperar. Si saber ya era difícil, esperar es tarea de héroes.

Porque se trata de esperar. Esperar que muera algún niño de su edad. De otro mal cualquiera. En un accidente de tráfico. En un accidente doméstico. De uno de esos tumores infantiles que se disgregan y subdividen a dos veces la velocidad de la luz. Lo que sea. Da igual.

Y te conviertes en un buitre esperando que se muera el hijo de otro y te quiera ceder un corazón. Y sabes que lo deseas. Te lo niegas. Pero sabes que es así.

Lo deseas.

Entonces es cuando sabes demasiado y quisieras ser un ignorante.

Pero pasa el tiempo y el corazón no llega. Maldices en voz baja porque no te atreves a quejarte de que no se muera otro niño.

Y entonces un día te enteras de que quizá no sea preciso esperar. Alguien te informa de un par de cosas que no deberías saber y te pones al corriente. Quisieras no saberlo, pero preguntas, y haces unas cuantas llamadas. No quieres saberlo pero crece la avidez de conocimiento.

Y sabes al fin que en algún lugar de Centroamérica te venden un corazón. Te horroriza pensar que se puedan vender esas cosas. Te parece espantoso mientras preguntas el precio aunque no lo quieres saber. Te dicen cuanto costaría con absoluta frialdad. Y lo puedes pagar.

Y sabes que los corazones de niños de dos años no crecen en los árboles como las manzanas. Ni son bulbos como las cebollas. Ni tubérculos como las patatas. Los corazones de niños de dos años crecen en niños de dos años, por supuesto, pero esa es una evidencia a la que no eres capaz de llegar. Lo intentas pero no puedes. No consigues saberlo.

Prefieres ser ignorante. Y creer que lo sacarán de la tierra con una azada. Llegas a creerlo. Lo crees de veras, con toda el alma. A veces incluso lo imaginas: un corazón palpitante saliendo de la tierra y un campesino moreno que te lo ofrece con una sonrisa reluciente.

Y compras el billete de avión convencido de que así es: saldrá de la tierra y lo sacarán con una azada. No puede ser de otro modo. Es impensable que sea de otro modo. No sería lógico.

Y pagas.

Y le hacen el trasplante a tu hijo en una clínica privada, aparentemente imposible en un sitio así. No puede existir tal cosa en semejante sitio, pero sí que es posible. Y sabes por qué es posible. Y prefieres no saberlo, pero pagas, y lo sabes.

Y estás un mes allí, casi dos. Y no miras a la gente. Y te dices que el menor de doce hermanos ha salvado del hambre a los otros once, pocos segundos antes de que se lo llevase el tifus. Un minuto antes de que lo atropellara un autobús. Justo cuando iba a destrozarlo un meteorito. Cualquier cosa te vale. Te vale lo que sea.

Y tu hijo te sonríe cuando vuelves a casa. Y con el ronroneo de los motores del avión se queda dormido. No puedes apartar los ojos de él mientras duerme.

Y sabes que has hecho lo que tenías que hacer.

Tu hijo está contigo y te sonríe: sabes lo que tienes que saber. Y te gustaría no saber más.

Sólo falta encontrar a quien te venda la ignorancia.

Sólo eso.

www.javier-perez.es

www.columnasdeprensa.com

Este cuento fue ganador del Premio Anxel Fole de relatos 2006, y es propiedad del Excmo. Ayuntamiento de Lugo. Gracias al autor y al ayuntamiento de Lugo por poner bajo dominio público esta obra.

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