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	<title>CUENTOS CRUELES</title>
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	<description>Cuentos para pensar. Cuentos de miedo. Relatos malvados. Historias malignas. Narrativa inteligente fuera de las normas morales.</description>
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		<title>La Oveja negra</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Mar 2010 06:49:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Augusto Monterrosso]]></category>
		<category><![CDATA[Crueldades]]></category>
		<category><![CDATA[Humor negro]]></category>
		<category><![CDATA[Malas intenciones]]></category>
		<category><![CDATA[Malas obras]]></category>
		<category><![CDATA[Putadas y jugarretas]]></category>

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		<description><![CDATA[
En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra.
Fue fusilada.
Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.
Así, en los sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a name="oveja"></a></p>
<p>En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra.</p>
<p>Fue fusilada.</p>
<p>Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.</p>
<p>Así, en los sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.</p>
<p>Augusto Monterrosso</p>
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		<title>EL BURRO Y LA FLAUTA</title>
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		<pubDate>Tue, 16 Feb 2010 06:50:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Augusto Monterrosso]]></category>
		<category><![CDATA[Crueldades]]></category>
		<category><![CDATA[Humor negro]]></category>

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		<description><![CDATA[
Tirada en el campo estaba desde hacía tiempo una Flauta que ya nadie tocaba, hasta que un día un Burro que paseaba por ahí resopló fuerte sobre ella haciéndola producir el sonido más dulce de su vida, es decir, de la vida del Burro y de la Flauta.
Incapaces de comprender lo que había pasado, pues [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h3><a name="burro"></a></h3>
<p>Tirada en el campo estaba desde hacía tiempo una Flauta que ya nadie tocaba, hasta que un día un Burro que paseaba por ahí resopló fuerte sobre ella haciéndola producir el sonido más dulce de su vida, es decir, de la vida del Burro y de la Flauta.</p>
<p>Incapaces de comprender lo que había pasado, pues la racionalidad no era su fuerte y ambos creían en la racionalidad, se separaron presurosos, avergonzados de lo mejor que el uno y el otro habían hecho durante su triste existencia.</p>
<p> </p>
<p>Augusto Monterrosso</p>
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		<title>Las almas de los tontos</title>
		<link>http://www.cuentoscrueles.com/javier-perez/las-almas-de-los-tontos/</link>
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		<pubDate>Thu, 11 Feb 2010 18:45:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crueldades]]></category>
		<category><![CDATA[Humor negro]]></category>
		<category><![CDATA[Javier Pérez]]></category>

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		<description><![CDATA[  
  Como un pastor despidiendo afablemente a los fieles a la puerta de su templo, Sir Benjamin Malory estrecha la mano de los miembros de la Society for Researching of Unexplaineden el jardín del sólido edificio que sirve de sede a la Sociedad, una de las más reputadas, ya que no de las más antiguas, del [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="center"><strong> </strong> </p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;"><span style="color: #cc0033;">  <img class="alignleft size-medium wp-image-116" style="margin: 12px; border: black 4px solid;" title="espectro" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/espectro-238x300.jpg" alt="espectro" width="238" height="300" /></span>Como un pastor despidiendo afablemente a los fieles a la puerta de su templo, Sir Benjamin Malory estrecha la mano de los miembros de la Society for Researching of Unexplaineden el jardín del sólido edificio que sirve de sede a la Sociedad, una de las más reputadas, ya que no de las más antiguas, del Edimburgo elegante. Absolutamente decidido a no ofrecer ninguna explicación sobre lo ocurrido, acaba de presentar su dimisión como presidente, e incluso ha solicitado la baja como miembro.</span></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><span style="color: #993300;"><strong>    Sólo una hora antes maldecía el infausto momento en que se ocurrió invitar a aquel condenado Dr. Shore, geólogo y psiquiatra, a la sociedad paracientífica que dos semanas atrás le brindara el honor de la presidencia. No había sido una imprudencia, ni siquiera una decisión poco meditada: los muchos y celebrados experimentos del doctor en el campo de la detección de presencias paranormales parecieron un inmejorable aval para elegirlo como primer conferenciante dentro del ciclo programado. De hecho, todos los miembros de la Sociedad que vivían a menos de cien millas acudieron puntualmente para ocupar su sitio en el salón. A la hora de inicio de la conferencia sólo quedaba media docena de sillas vacías, tantas como cartas de disculpa dirigidas a Si Benjamin felicitándole por su criterio y aclarando que la inasistencia se debía a otras razones, y nunca a desinterés por el acto programado.</strong><strong> </strong></span></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;"><span style="color: #993300;">    Cuando el doctor Shore se presentó en la sala fue recibido por una cerrada ovación que dio paso enseguida a un silencio casi ritual, somo si el eminente especialista en fenómenos paranormales se dispusiera a conjurar un espectro sobre la tarima en vez de a exponer sus conocimientos</span> sobre los procedimientos técnicos.</span></strong><strong> </strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Los primeros treinta minutos, destinados a explicar la metodología de sus experimentos, resultaron verdaderamente sustanciales, brillantes hasta el punto de obligar a la concurrencia —poco dada a reconocerse lega en tales materias— a tomar notas sobre la marcha del torrente de novedades que desde el estrado se exponía. Concluida la detallada descripción de los procedimientos, pasó acto seguido a enumerar los hallazgos a que estos habían dado lugar, deteniéndose muy especialmente en las magníficas fotografías de hectoplasmas que se habían ido acumulando en su laboratorio. Tres de ellas fueron arrancadas ansiosamente de mano en mano por los asistentes, que no pudieron evitar romper el casi sacro silencio mantenido hasta ese momento. </span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Si la conferencia hubiera concluido en ese punto, Sir Benjamin Malory hubiera podido seguir dedicando su tiempo a la gratificante desocupación de presidir la Sociedad, y con todos los parabienes además, pero el Dr. Shore pasó a continuación a precisar, aún más minuciosamente si cabe, las técnicas con que los mediums profesionales falsificaban tales pruebas. No menos de una docena de ellos estaban presentes, pero ninguno quiso ser el primero en darse por aludido mientras desfilaba ante el público una veintena de fraudes, trucos de magia, prestidigitación, manipulación de placas fotográficas y cuantas añagazas pasaron alguna vez por mente humana: los fuegos fatuos fueron acumulaciones de fósforo, la maldición de Tutankhamon envenenamiento por esporas de un hongo venenoso y hasta la resurrección de Jesucristo se convirtió allí en un simple acto de profanación de sepulcros. El irrefrenable doctor había conseguido en sólo quince minutos poner en su contra a los mediums, los investigadores de la magia egipcia y hasta a los cristianos en general, pero  el malestar se tornó ya en estupor cuando, tras recoger las fotografías que con tanto agrado acababa de contemplar su auditorio, pasó a describir los métodos que él mismo había empleado para conseguir aquellas falsificaciones. Y lo dijo así, textualmente.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    El altercado que contemplaron los adustos salones de la Royal Society diez años antes con motivo de la poco diplomática teoría de William Walham fue una tibia protesta comparado con el que allí se formó. Acaso los caballeros de la Royal conservaran cierta compostura en aquellos momentos por débito a su linaje y posición, también porque vivían casi todos de otra cosa (rentas, principalmente), pero la abigarrada colección de tahures, quiromantes, mediums, egiptólogos, hipnotistas, astrólogos, espiritistas, hechiceros, adivinos, telépatas, exorcistas, curanderos y levitantes, se tomó mucho peor que fuera tan directa e impúdicamente vituperada su medio de subsistencia. No se pararon tales personajes en apelativos cultos: fue mencionada allí la madre del doctor, la compleja identificación de su padre, sus gustos sexuales, el consentido adulterio de su esposa y su extraordinario parecido con  no pocas especies animales de poco recomendable aspecto y cualidades.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    El Presidente, Mr. Malory, más por sentirse en su deber que por desacuerdo con lo escuchado de labios de sus administrados, trató de poner orden, pero sólo lo consiguió cuando los insultaros comenzaros a ser repetitivos. Al fin, tras arduos esfuerzos, logró imponer su  voz sobre el griterío, y la severidad judicial de sus palabras decretó al fin una pizca de orden en aquel injurioso maremágnum.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    —Abandonar la conducta que dos mil años de civilización nos han enseñado como la más apropiada entre personas sensatas no va ayudar en absoluto a demostrar lo veraz de nuestras posturas. Guarden, por tanto, silencio, y escuchemos lo que el doctor tenga que decirnos.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    —Gracias— empezó el doctor, que se había mantenido absolutamente indiferente al escándalo de la platea—. Quería decir hace un momento que mis investigaciones no han hallado más que fraudes porque no es posible otra cosa en el campo que nos ocupa. No sabemos qué hacer con los muertos y como nuestra conciencia no nos permite abandonar a los seres queridos en el cementerio y dejar que allí se pudran tranquilamente, inventamos mil historias distintas con que resucitarlos a medias. Y los resucitamos, eso sí, con poderes extraordinarios, con conocimiento e inteligencia superlativas, de lo que resulta que la muerte da más de lo que quita, pues hasta el fantasma del más imbécil puede responder a las difíciles inquisiciones de un espiritista avezado. Pero no es así, señores; se impone la seriedad: los muertos pueden ir al cielo o al infierno, según los creyentes, o a ninguna parte, según los ateos, pero de ninguna manera es admisible pensar que se quedan por aquí, flotando en el vacío, apareciéndose estúpidamente sin mensaje alguno que comunicar. Reconozco, cierto es, que a lo largo de la historia son tantos los casos en que se informa de su presencia que sólo ese motivo es suficiente para dar crédito a su existencia, pero si por un momento se deciden a razonar, convendrán conmigo en que tan perenne es su presencia en la historia como las causas que a mi parecer originan la alucinación que les da vida: el miedo a la muerte y el ansia de justificar lo injustificable.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Nuevos murmullos, atajados sin piedad por la presidencia.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    —Cuando se es una persona importante, un rey digamos, resulta doloroso reconocer que el día en que nos abrace la tierra se acabará nuestra influencia, nuestro poder y nuestro dominio sobre las decisiones ajenas. Los que en tal coyuntura no se conforman con escribir testamentos, que es la forma en que habitualmente tratan los muertos de seguir imponiéndose a los vivos, suelen ser los más propensos a ver las almas de quienes les antecedieron, o a creer a quienes dicen haberlas visto; y si el rey lo cree mejor será a sus súbditos hacer otro tanto. Nace así un mito que de puro conocido llega a ser indiscutible: la literatura no hace más que darme la razón, y ustedes que lo niegan, mejor harían en leer a Shakespeare en vez de esos burdos folletones que tan ajados descansan ahora en la biblioteca de esta sociedad.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">        Regreso de los gritos, sofocados sin necesidad de intervención alguna al margen de quienes querían seguir escuchando, así fuera por curiosidad, el resto del razonamiento.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    —Si, por contra, una persona ni ha sido rey, siquiera en su casa, ni ha hecho nada en la vida, ni encuentra posibilidad alguna de hacerlo, parece lógico que el deseo de prolongar la existencia, y no en mundo superior alguno, sino al lado de parientes, conocidos y enemigos, le impulse a creer que es posible vagar por las casas, los campanarios o los cruces de caminos. De ese modo no es extraño que esas gentes, que de pura abundancia son legión, suelan creer lo que otras más imaginativas les cuenten acerca de lo visto u oído en tal o cual abandonado paraje. Porque convendrán conmigo en que los fantasmas jamás son vistos por muchedumbres.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Dos docenas de discursos brotaron entre el público, tratando de contradecir al orador, pero Sir Benjamin quería acabar con aquello cuanto antes y con un gesto ordenó silencio. Con menos partsimonia de la habitual, secó el sudor que coronaba su frente e indicó al doctor que podía continuar. </span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    —Pero hay otras muchas causas que producen las apariciones que hoy nos interesan. Una de los más interesantes partos de un fantasma es el del que sabe algo que no debe saber o quiere decir algo que no debe decir, y se libera de las crueles ataduras del sigilo o la prudencia atribuyendo sus palabras al oráculo de un muerto. ¡Bravo por su osadía!, pero si bien está creerlo en público para evitar otras investigaciones, siempre enfadosas, no han puesto aún los lingüistas nombre a la superlativa estupidez que constituye seguir creyéndolo en privado. Tal sería seguir defendiendo la existencia de Papá Nöel o los Reyes Magos después de que los niños se hayan acostado.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Los gritos que siguieron a esta aseveración tardaron en ser silenciados algo más que los anteriores. </span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    —Por último, porque observo que poco tiempo más podré dirigirme a ustedes, está el aburrimiento. La gente se aburre, terrible, espantosamente se aburre, y en tales sofocos de fastidio está dispuesta a buscar lo que sea, cualquier superchería capaz convencerles de que la vida que llevan es algo distinto de la porquería que en realidad es. Los fantasmas cumplen la doble misión de prometerles una prolongación más allá de la fosa y entretenerles mientras viven, ¿qué más se puede pedir?</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Y para que no digan que no dejo una puerta abierta a la posibilidad, porque posible lo es todo, quiero terminar diciendo que si alguien tuviera una existencia posterior a la muerte sería alguien con una gran obra inconclusa, y los hombres con grandes obras son gente de talento o de coraje, gente muy ocupada que ni se dejaría convocar por mediums ni fotografiar por espantajos como ustedes, de lo que resulta que el famoso Más Allá del que esta Sociedad se ocupa está habitado por las almas de los tontos muertos que se dedican a dejarse interrogar y retratar por los tontos vivos. Muchas gracias.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Como nadie recordaba otros distintos, los insultos del principio se repitieron de nuevo, aunque diez veces magnificados en volumen.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Viendo que allí no tenía nada más que hacer ni que decir, el doctor Shore se puso tranquilamente su abrigo, dio la mano a su anfitrión, se calzó los guantes y atravesando la pared, se fue.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="left"><strong><span style="color: #cc0033;">Premio Tierra de Monegros 2005</span></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="left"><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="left"><strong><span style="color: #cc0033;"><a href="http://www.javier-perez-es">www.javier-perez-es</a></span></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="left"><strong><span style="color: #cc0033;"><a href="http://www.columnasdeprensa.com">www.columnasdeprensa.com</a> </span></strong></p>
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		<title>El alumno</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Feb 2010 04:29:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Henry James]]></category>
		<category><![CDATA[Putadas y jugarretas]]></category>

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		<description><![CDATA[EL pobre joven dudaba, sin acabar de decidirse: le suponía un gran esfuerzo abordar el tema de las condiciones económicas, hablarle de dinero a una persona que sólo hablaba de sentimientos y, podíamos decirlo así, de la aristocracia. Sin embargo, no quería considerar cerrado el compromiso e irse sin que se echara en aque­lla dirección [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-28" title="james2" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/james2.jpg" alt="james2" width="339" height="434" />EL pobre joven dudaba, sin acabar de decidirse: le suponía un gran esfuerzo abordar el tema de las condiciones económicas, hablarle de dinero a una persona que sólo hablaba de sentimientos y, podíamos decirlo así, de la aristocracia. Sin embargo, no quería considerar cerrado el compromiso e irse sin que se echara en aque­lla dirección una mirada más convencional, pues apenas dejaba res­quicio para ello el modo en que abordaba el asunto la dama afable y corpulenta que se hallaba sentada ante él, jugando con unos so­bados <em>gants de Suéde</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn1"><em><strong>[1]</strong></em></a> que oprimía y deslizaba a través de su ma­no gordezuela y enjoyada, sin cansarse de repetir una y otra vez toda clase de cosas, excepto lo que al joven le hubiera gustado oír. Le hubiera gustado oír la cifra de su salario; pero en el mismo mo­mento en que el joven, con nerviosismo, se disponía a hacer sonar aquella nota, regresó el niño (a quien la señora Moreen había he­cho salir de la habitación diciéndole que fuera a por su abanico). El niño volvió sin el abanico, limitándose a decir, como si tal cosa, que no lo encontraba. Mientras dejaba caer aquella confesión cíni­ca, clavó con firmeza la mirada en el aspirante a alcanzar el honor de ocuparse de su educación. Este personaje pensó, con cierta seve­ridad, que la primera cosa que tendría que enseñarle a su pupilo sería cómo debía dirigirse a su madre (especialmente que no de­bían darse respuestas tan impropias como aquélla).</p>
<p>            Cuando la señora Moreen ideó aquel pretexto para deshacerse de la presencia del niño, Pemberton supuso que lo hacía precisa­mente para tocar el delicado asunto de su remuneración. Pero lo había hecho tan sólo para decir sobre su hijo algunas cosas que a un niño de once años no le convenía escuchar. Elogió a su hijo de manera desorbitada, exceptuando un momento en que, adoptando un aire de familiaridad, bajó la voz y, dándose unos golpecitos en la parte izquierda del tórax, dijo suspirando:</p>
<p>            -Y todo lo ensombrece esto ¿sabe? Todo queda a merced de una debilidad.</p>
<p>            Pemberton coligió que la debilidad se localizaba en la región del corazón. Sabía que el pobre niño no era robusto: tal era el motivo por el que le había invitado a tratar de aquello, por medio de una señora inglesa, una conocida de Oxford que a la sazón se hallaba en Niza y que casualmente estaba informada tanto de las necesida­des de Pemberton como de las de aquella amable familia nortea­mericana, que buscaba un tutor altamente cualificado y dispuesto a vivir con ellos.</p>
<p>            Su futuro alumno (que aguardaba en la habitación a la que hi­cieron pasar al visitante, como si quisiera ver por sí mismo cómo era Pemberton en cuanto éste entrara) no le causó al joven la im­presión inmediatamente favorable que había dado por supuesta. Por alguna razón, Morgan Moreen era enfermizo sin ser delicado, y su aspecto inteligente (cierto es que a Pemberton no le habría hecho gracia que fuera estúpido) sólo reforzaba la posibilidad de que se tratara de un niño desagradable, del mismo modo que su boca y sus orejas, demasiado grandes, impedían considerarlo agra­ciado. Pemberton era modesto, era incluso tímido; y la posibili­dad de que su pequeño pupilo pudiera ser más inteligente que él era, para su intranquilidad, uno más entre los peligros que entra­ñaba aquel experimento novedoso. Pensó, no obstante, que eran riesgos que había que correr al aceptar una posición -como decían- en el seno de una familia cuando los honores universita­rios, pecuniariamente hablando, aún no han rendido fruto algu­no. Sea como fuere, cuando la señora Moreen se puso de pie (como queriendo decir que, entendido que el joven empezaría aquella mis­ma semana, era libre de irse hasta el momento en que se hiciera cargo de sus obligaciones), Pemberton logró, pese a la presencia del niño, decir algo referente a sus honorarios. Si la alusión no re­sultó vulgar, no fue por la sonrisa consciente que parecía hacer re­ferencia a la situación acaudalada de la dama. La causa fue exactamente que ésta supo ser más airosa y responder:</p>
<p>            -¡Oh! Le puedo asegurar que eso se resolverá de modo entera­mente satisfactorio.</p>
<p>            Pemberton sólo se preguntó, mientras cogía el sombrero, a cuánto ascendería &#8220;eso&#8221;; la gente tiene ideas tan distintas al respecto. No obstante parecía que las palabras de la señora Moreen suponían un compromiso suficientemente claro por parte de la familia, pues die­ron lugar a que el niño hiciera un breve y extraño comentario, ex­clamando burlonamente en otra lengua:</p>
<p>            -¡Oh, lá-lá!</p>
<p>            Pemberton, un tanto confundido, lanzó una mirada hacia su fu­turo alumno, viéndole alejarse lentamente hacia la ventana, la es­palda vuelta, las manos en los bolsillos y, en tomo a sus hombros de adulto, el aire de ser un niño que no jugaba. El joven se pre­guntó si sería capaz de enseñarle a jugar, aunque la madre había dicho que jamás resultaría y que por eso le era imposible ir al cole­gio. La señora Moreen no dio muestras de desconcierto; se limitó a proseguir en tono afable:</p>
<p>            -El señor Moreen tendrá mucho gusto en satisfacer sus deseos. Como le dije, le han llamado a Londres, donde estará una semana. En cuanto vuelva aclarará esto con él.</p>
<p>            Aquello era tan franco y tan amistoso que el joven sólo pudo responder, riendo con su anfitriona:</p>
<p>            -¡Oh! No creo que vayamos a pelearnos.</p>
<p>            -Le darán lo que usted quiera -comentó el niño inopinada­mente, al tiempo que volvía de la ventana-. No nos preocupa lo que pueda costar nada. Vivimos magníficamente bien.</p>
<p>            -¡Querido, qué cosas tan raras dices! -exclamó su madre, aca­riciándolo con mano experimentada pero ineficaz. El niño se zafó, dirigiendo una mirada inteligente e inocente a Pemberton, que a esas alturas ya se había dado cuenta de que aquel rostro menudo y satírico parecía tener el don de cambiar de edad de un momento a otro. En aquel momento era un rostro infantil, y sin embargo, parecía hallarse bajo la influencia de curiosas intuiciones y conoci­mientos. A Pemberton más bien le desagradaba la precocidad y se sintió decepcionado al advertir vestigios de la misma en un discí­pulo que aún no había alcanzado la adolescencia. Sin embargo, adivinó sobre el terreno que Morgan no iba a resultar aburrido. Al contrario, iba a resultar de lo más emocionante. Aquella idea con­tuvo al joven, pese a que sentía una cierta repulsión.</p>
<p>            -¡Vaya una personita pomposa! ¡No somos derrochadores! -protestó alegremente la señora Moreen, intentando, de nuevo infructuosamente, retener al niño junto a sí-. Usted debe saber qué puede esperar -prosiguió, dirigiéndose a Pemberton.</p>
<p>            -¡Cuanto menos espere, mejor! -afirmó el niño-. Aunque nosotros romos gente a la moda.</p>
<p>            -¡Sólo en la medida que tú nos haces serlo! -dijo la señora Moreen, burlándose de su hijo con ternura-. Muy bien; así pues el viernes (no me diga que es usted supersticioso); y no vaya a fa­llarnos. Entonces nos verá a todos. Lamento que las chicas hayan salido. Creo que le gustarán las chicas. Y ya sabe que tengo otro hijo completamente distinto a éste.</p>
<p>            -Trata de imitarme -le dijo Morgan a Pemberton.</p>
<p>            -¿Qué trata de imitarte? ¡Pero si tiene veinte años! -exclamó la señora Moreen.</p>
<p>            -Eres muy ingenioso -le comentó Pemberton al niño, obser­vación que su madre subrayó con entusiasmo, aseverando que las salidas de Morgan eran la delicia de la casa.</p>
<p>            El chico no prestó atención a aquello; simplemente le preguntó con brusquedad al visitante (el cual se sorprendió más tarde de no haber encontrado la pregunta ofensivamente descarada):</p>
<p>            -¿Tiene usted mucha necesidad de venir a esta casa?          </p>
<p>            -¿Cómo puedes dudarlo después de lo que me han contado que voy a oír? -replicó Pemberton.</p>
<p>            Sin embargo, era algo que no tenía ninguna gana de hacer; lo hacía porque tenía que ir a algún sitio, debido a la extinción de su fortuna tras un año en el extranjero. Se la había gastado siguiendo el procedimiento de invertir la totalidad de su minúsculo patrimo­nio de golpe en una sola experiencia. Había vivido plenamente aque­lla experiencia, pero no podía pagar la cuenta del hotel. Además había visto destellar en la mirada del niño una súplica lejana. -Bien, haré lo que pueda por usted -dijo Morgan.</p>
<p>            A continuación el niño volvió a alejarse. Se acercó a una de las puertas acristaladas y salió al exterior; Pemberton le vio acercarse hasta el pretil de la terraza y acodarse. Aún seguía allí cuando el joven se despedía de la madre, quien intervino al darse cuenta de que Pemberton parecía esperar que el niño le dijera adiós:</p>
<p>            -¡Déjele, déjele; es tan raro! -Pemberton sospechó que tenía miedo de lo que su hijo pudiera decir-. Es un genio, usted lo ado­rará -agregó-. Es con mucho el miembro más interesante de la familia -y sin darle tiempo a ingeniar ninguna cortesía que opo­ner a aquel comentario, concluyó diciendo-: Pero todos somos bue­nos ¿sabe?</p>
<p>            «¡Es un genio, usted lo adorará!» Antes del viernes, Pemberton recordó aquellas palabras, que le hicieron pensar, entre otras co­sas, que los genios no son invariablemente adorables. Sin embar­go, todo iría mucho mejor si había un elemento que hiciera de la tutoría algo absorbente: tal vez no tuviera razón al dar por supues­to que resultaría tediosa. Cuando dejó la mansión después de la entrevista, alzó la vista hacia la terraza y vio al niño asomado. Le dio una voz:</p>
<p>            -¡Nos lo vamos a pasar en grande!</p>
<p>Morgan dudó un momento y después respondió, riéndose:            </p>
<p>            -¡Para cuando vuelva se me habrá ocurrido algo ingenioso! Esto hizo que Pemberton dijera para sí:</p>
<p>            -Después de todo el niño es bastante agradable.</p>
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<p align="center"><strong>II</strong></p>
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<p>            Los vio a todos el viernes, como prometiera la señora Moreen, pues su marido estaba de vuelta y las chicas, junto con el otro hijo, se encontraban en casa. El señor Moteen tenía bigote blanco, era propenso a hacer confidencias y lucía en el ojal el cordón de una orden extranjera concedida, según supo Pemberton con el tiem­po, por los servicios prestados. En qué consistieron aquellos servi­cios nunca lo supo a ciencia cierta: era aquél un punto -uno entre muchos- sobre el cual el señor Moreen no se sentía inclinado a hacer confidencias. Sí se sintió poderosamente inclinado a hacer la confidencia de que era un hombre de mundo. Era evidente que Ulick, el primogénito, se preparaba para ejercer aquella misma pro­fesión, con la desventaja, sin embargo, de que, hasta la fecha su ojal tenía un modesto carácter floral y su bigote carecía de grandes pretensiones. Las chicas, pese a sus peinados, su porte, sus moda­les y sus piececillos gordezuelos, jamás habían salido de casa solas. En cuanto a la señora Moreen, tras examinarla más de cerca, Pem­berton advirtió que su elegancia era intermitente y que no siempre se vestía con armonía. Su marido, tal como ella prometiera, satisfi­zo entusiásticamente las ideas de Pemberton en lo tocante al sala­rio. El joven se esforzó porque fueran modestas y el señor Moreen le dijo en confianza que a él le parecían francamente exiguas. Le aseguró además que aspiraba a la intimidad de sus hijos, que que­ría ser su mejor amigo y que siempre los estaba vigilando. Por eso se iba a Londres y a otros lugares: para vigilar; y era aquella vigi­lancia la teoría de la vida, así como la ocupación genuina de toda la familia. Todos se mantenían vigilantes, pues todos afirmaban muy sinceramente que era necesario hacerlo. Deseaban dejar bien sentado que eran gente seria, así como que su fortuna, si bien en­teramente apropiada para una gente seria, exigía una administra­ción en extremo cuidadosa. El señor Moreen, como padre de la ni­dada, era el encargado de procurar el sustento. Ulick encontraba el sustento principalmente en el club, donde Pemberton creía que solían servírselo en tapete verde. Las chicas se hacían ellas mismas sus peinados y sus vestidos, y a nuestro joven le daba la sensación de que, en lo tocante a la educación de Morgan, se le pedía que se alegrara de que, aunque naturalmente debía ser de la mejor ca­lidad, no costara demasiado. Al cabo de poco tiempo se alegró, ol­vidándose a veces de sus propias necesidades en aras del interés que le inspiraban el niño, su educación y el placer de llevarse bien con él.</p>
<p>            Durante las primeras semanas de su relación Morgan le pareció tan enigmático como una página escrita en un idioma desconoci­do; era completamente distinto a los transparentes niños anglosa­jones que le habían hecho a Pemberton formarse una idea falsa de la infancia. Ciertamente aquel niño era un libro misteriosamente encuadernado que exigía estar versado en la práctica de la traduc­ción. Hoy, transcurrido un considerable intervalo de tiempo, sub­siste en el recuerdo que guarda Pemberton de la rareza de los Mo­reen algo fantasmagórico, como los reflejos de un prisma o una no­vela por entregas. De no ser por unas cuantas pruebas tangibles (un mechón del cabello de Morgan que cortó con su propia mano y me­dia docena de cartas que recibió del niño cuando ya se habían se­parado) todo el episodio y las figuras que lo poblaron le parecerían demasiado incoherentes en otro contexto que no fuera el mundo de los sueños. Lo más raro de aquella gente era que tuvieran éxito (conforme a la impresión inicial de Pemberton), pues jamás había conocido a una familia tan brillantemente dotada para el fracaso. ¿No fue un éxito que consiguieran retenerlo por un espacio de tiem­po tan odiosamente prolongado? ¿No fue un éxito que le hicieran compartir con ellos el <em>déjeuner</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn2">[2]</a> el primer día, el viernes que em­pezó (aquello bastaba para volverle a uno supersticioso), de modo que quedó irremisiblemente comprometido? Y ello no fue producto de un cálculo ni de una <em>mot d&#8217;ordre</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn3">[3]</a>, sino de un feliz instinto que les hacía obrar siempre en grupo, como si fueran una tribu de gitanos. Los encontraba tan divertidos como si de verdad fueran una tribu de gitanos. Pemberton era joven y no había visto mucho mundo. Sus años ingleses habían sido intensamente cotidianos, por lo que la inversión de las convenciones imperantes entre los Mo­reen (pues tenían sus propios valores) le parecía el mundo al revés. En Oxford no había visto nada parecido a ellos; menos aún había llegado hasta sus oídos norteamericanos ninguna nota parecida du­rante los cuatro años que pasó en Yale, antes de su marcha a Ingla­terra. En aquella época creía haber reaccionado enérgicamente contra el puritanismo, pero en cualquier caso la reacción de los Moreen iba muchísimo más lejos. El primer día que estuvo entre ellos se consideró muy inteligente, tras haberlos calificado en su futuro in­terno como “cosmopolitas”. Más adelante le pareció un término en­deble y con bastante poco colorido, y hubo de reconocer el carácter impotentemente provisional del mismo. Sin embargo, cuando lo aplicó por vez primera lo hizo con cierto regocijo (pese a su condi­ción de instructor seguía siendo empírico) como si pensara que vi­vir con aquella familia equivaliera verdaderamente a contemplar el espectáculo de la vida. Se lo sugirió la afable singularidad de aque­lla gente: su cháchara despreocupada, su alegría y buen humor, su holgazanería infinita (se pasaban la vida levantándose de la cama pero nunca terminaban de hacerlo; un día Pemberton se en­contró al señor Moreen afeitándose en el salón), su francés, su ita­liano y, en medio de la desenvoltura sazonada con que hablaban aquellas lenguas, sus toques fríos y toscos de inglés norteamerica­no. Se alimentaban de macarrones y café (artículos que se hacían preparar con la máxima perfección) pero conocían las recetas de un centenar de platos distintos. Rebosaban música y canciones y se pa­saban la vida tarareando e interrumpiéndose unos a otros, y el co­nocimiento que tenían de las ciudades del continente europeo re­vestía una especie de carácter profesional. Hablaban de “sitios bue­nos” como si fueran cómicos de la legua. Tenían una casa de cam­po en Niza, un coche de caballos, un piano y un banjo, y asistían a las recepciones oficiales. Eran un calendario perfecto de los “días” (así es como llamaban a los cumpleaños) de sus amistades. Pem­berton sabía que cuando se sentían indispuestos se levantaban de la cama para asistir a tales eventos, así como que tenían la virtud de hacer que una semana pareciera más larga que toda una vida cuando la señora Moreen hablaba de los &#8220;días» con Paula y Amy. Su iniciación en el romanticismo les confirió al principio, a los ojos de la persona que se había ido a vivir con ellos, una apariencia de cultura casi deslumbrante. La señora Moreen había traducido algo en otros tiempos; un autor que hizo a Pemberton sentirse <em>borné</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn4">[4]</a>, pues jamás había oído su nombre. Eran capaces de imitar el vene­ciano y de cantar en napolitano, y cuando querían decir algo muy especial se comunicaban entre sí utilizando un ingenioso dialecto de su invención, una especie de clave verbal que al principio Pem­berton tomó por Volapük, pero que llegó a entender de un mo­do que no le habría sido posible si se hubiera tratado efectivamen­te de Volapük<a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn5">[5]</a>.</p>
<p>            -Es el lenguaje de la familia, el «ultramoreen» -le explicó Mor­gan, bastante divertido; pero el niño rara vez se dignaba usarlo, aunque intentaba el latín coloquial, como si fuera un pequeño pre­lado.</p>
<p>            Entre los «días» que gravaban la memoria de la señora Moreen, ella lograba hacer sitio al suyo, y sus amistades algunas veces lo ol­vidaban. Pero la casa tenía el aire de ser un lugar frecuentado; se lo conferían los nombres de una serie de personas distinguidas a las que allí se hacía mención libremente y la presencia de varios caballeros misteriosos, que tenían títulos extranjeros y ropas ingle­sas, a los que Morgan llamaba &#8220;los príncipes»; éstos se sentaban en los sofás junto a las chicas y hablaban francés en voz muy alta, como queriendo demostrar que no estaban diciendo nada impropio Pemberton se preguntaba cómo diablos era posible que los prínci­pes pudieran hacer la corte empleando aquel tono y de un modo tan notorio; cínicamente, dio por supuesto que eso era lo que se esperaba de ellos. Después reconoció que ni siquiera ante una opor­tunidad tan ventajosa permitiría nunca la señora Moreen que Pau­la y Amy recibieran visitas a solas. Aquellas señoritas no tenían nada de tímidas pero eran precisamente las salvaguardias lo que las hacía tan atractivas. Aquella era una casa de bohemios que tenían unos enormes deseos de ser mojigatos.</p>
<p>            Había, sin embargo, un aspecto en el que, sin duda alguna, no actuaban con rigor: se mostraban prodigiosamente cariñosos y em­belesados con Morgan. Se trataba de un cariño auténtico, de una admiración sin trabas, tan fuerte el uno como la otra. Incluso ala­baban su belleza, que era poca, y les inspiraba cierto temor, como si reconocieran que estaba hecho de una arcilla más fina. Le llama­ba ángel y pequeño prodigio, y se compadecían efusivamente de su falta de salud. Al principio Pemberton temió que aquel exceso de elogios le hiciera cobrar odio hacia el niño, pero antes de que sucediera eso él ya se prodigaba en elogios también. Más adelante, cuando le había cobrado odio a los demás, era un soborno a su pa­ciencia que tuvieran muestras de consideración hacia Morgan: ca­minaban de puntillas cuando creían que le estaban apareciendo los síntomas de su enfermedad, e incluso renunciaban al &#8220;día» de al­guien para darle gusto a él. Pero entremezclado con aquello, sus familiares tenían un afán extrañísimo por que fuera un niño inde­pendiente, como si pensaran que no estaban a la altura de él. Lo pusieron en manos de Pemberton como si quisieran que aquel jo­ven amable lo adoptara constructivamente y así ellos poder eludir enteramente su responsabilidad. Se sintieron encantados cuando se dieron cuenta de que a Morgan le gustaba su preceptor y no pu­dieron encontrar para Pemberton mejor elogio que aquél. Era raro ver cómo se esforzaban por reconciliar la apariencia -y ciertamen­te el hecho esencial- de que adoraban al pequeño con los ávidos deseos que sentían de lavarse las manos por lo que a él se refería.         ¿Querrían librarse del niño antes de que éste descubriera cómo eran?</p>
<p>            Pemberton lo fue descubriendo mes a mes. Fuera como fuere, los familiares del niño se quitaban de en medio haciendo gala de una delicadeza exagerada, como si temieran ser acusados de estar inter­firiendo en algo. Viendo a tiempo lo poco que el niño tenía en común con ellos (fueron ellos los que se lo hicieron notar la prime­ra vez, proclamándolo con total humildad), su preceptor se sintió movido a especular acerca de los misterios de la transmisión gené­tica, los remotos saltos de la herencia. De dónde procedía el despe­go que mostraba Morgan hacia la mayor parte de las cosas que representaban sus familiares es más de lo que le era dado decir a un observador&#8230; sin duda habría que remontarse dos o tres genera­ciones.</p>
<p>            En cuanto a la valoración que hizo el mismo Pemberton de su discípulo, pasó un buen tiempo antes de que abrazara el punto de vista expuesto, tan poco preparado estaba para encontrarse una cosa así; ello se debía a la imagen que hasta entonces tuvo de las tutorías, en las que conforme a la tradición, los discípulos son unos pequeños bárbaros pagados de sí mismos. Morgan tenía una per­sonalidad descompensada y sorprendente; poseía en grado deficiente muchas cualidades consideradas normales entre los miembros de su especie, mientras otras, que normalmente son patrimonio de in­teligencias superiormente dotadas, las poseía en abundancia. Un día Pemberton dio un gran paso: la cuestión se aclaró mucho cuando comprendió que efectivamente Morgan poseía una inteligencia su­perior y que, si bien aquella fórmula era pobre y provisional, era el único supuesto sobre el que cabía fundamentar la forma de tra­tarlo si se quería tener éxito. Tenía las características generales pro­pias del niño a quien no le han ofrecido en la escuela una imagen simplificada de lo que es la vida; una suerte de sensibilidad con­formada en el seno del hogar (que acaso pudiera resultar negativa para el mismo niño, pero que a los demás les resultaba encantado­ra) y toda una gama de registros en cuanto a refinamiento y per­cepción (tenues vibraciones musicales tan cautivadoras como una melodía que nos persigue), producto de sus vagabundeos por Europa a remolque de su tribu migratoria. Tal vez no fuera ésta una clase de educación recomendable de antemano, pero los resultados que arrojó en el caso de Morgan eran tan palpables como un tejido de textura delicada. Al mismo tiempo formaba parte de su composi­ción una fuerte especia: el estoicismo, fruto sin duda de haber te­nido que empezar a soportar el dolor muy pronto; aquel rasgo producía la impresión de que Morgan era valeroso y le restaba im­portancia al hecho de que seguramente en el colegio hubieran to­mado al niño por un pequeño monstruo políglota. Y la verdad es que Pemberton enseguida se alegró de que Morgan no pudiera ir a la escuela. Seguramente, de entre un millón de niños, la escuela sería buena para todos menos para uno, y ése era Morgan. Le ha­bría hecho establecer comparaciones y sentirse superior, tal vez ha­bía hecho de él un ser engreído. Pemberton intentaría ser él mismo la escuela (un seminario mayor que quinientos asnos pastando), de modo que, al no ganar premios, el niño seguiría siendo inconsciente, sin responsabilidades y divertido (divertido porque, aunque en su naturaleza infantil la vida ya alentaba intensamente, había allí una frescura que levantaba una fuerte brisa que propiciaba la aparición de chistes. Resultó que, incluso cuando no se movía el aire, por causa de las diversas taras físicas de Morgan, surgían con facilidad los chistes. Era un niño cosmopolita, pálido, flaco, agudo y poco desarrollado, al que le gustaba la gimnasia intelectual y que había detectado en el comportamiento de la humanidad más cosas de las que cabría suponer; a pesar de todo ello tenía, como era propio de su edad, su cuarto de jugar, donde guardaba sus supersticiones y destrozaba una docena de juguetes al día.</p>
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<p align="center"><strong>III</strong></p>
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<p>            Una vez, en Niza, a la caída de la tarde, hallándose pupilo y tutor sentados, descansando al aire después de un paseo, contemplando el mar bajo la luz rosácea del ocaso, Morgan le dijo a su acompañante de repente:</p>
<p>            -¿Le gusta&#8230; ya sabe, estar con todos nosotros de un modo tan íntimo?</p>
<p>            -Querido muchacho ¿y por qué habría de quedarme si no fue­ra así?</p>
<p>            -¿Cómo sé que se va a quedar? Estoy casi seguro de que no se quedará mucho tiempo.</p>
<p>            -Espero que no tengas la intención de despedirme -dijo Pemberton.</p>
<p>            Morgan reflexionó un momento mientras contemplaba la pues­ta de sol.</p>
<p>            -Creo que si obrara rectamente debería hacerlo.</p>
<p>            -Bueno, ya sé que mi obligación es instruirte en la virtud: pero en ese caso no obres rectamente.</p>
<p>            -Afortunadamente es usted muy joven -prosiguió Morgan, di­rigiendo de nuevo la mirada hacia él</p>
<p>            -Sí, claro, sobre todo en comparación contigo.</p>
<p>            -Por tanto no tendrá tanta importancia que pierda mucho tiempo.</p>
<p>            -Así es como hay que mirarlo -dijo Pemberton acomodaticia­mente.</p>
<p>            Guardaron silencio durante unos momentos, tras lo cual el niño preguntó:</p>
<p>            -¿Aprecia mucho a mi padre y a mi madre?</p>
<p>            -Pues claro que sí. Son encantadores.</p>
<p>            -Morgan recibió esto con un nuevo silencio; entonces, inopi­nadamente, con familiaridad pero al mismo tiempo con afecto, dijo:</p>
<p>            -¡Menudo farsante está usted hecho!</p>
<p>            Por alguna razón concreta aquellas palabras le hicieron mudar el color a Pemberton. El niño se apercibió al instante de que su interlocutor había enrojecido, por lo que enrojeció también él; maes­tro y discípulo intercambiaron una larga mirada en la que había conciencia de muchas más cosas de las que normalmente se tocan, siquiera tácitamente, en semejante relación. Aquella mirada puso a Pemberton en una situación embarazosa; planteaba de forma con­fusa una cuestión que ahora vislumbraba por vez primera y que estaba destinada (según se imaginaba, debido a sus peculiarísimas condiciones) a desempeñar un papel tan singular como sin prece­dentes en la relación con su discípulo. Más adelante, cuando se dio cuenta de que hablaba con aquel niño de un modo en el que pocas veces se ha hablado a niño alguno, recordó aquel momento de azo­ramiento que tuvo en Niza como la aurora de un entendimiento entre ellos dos que posteriormente se fue ampliando. Lo que le hizo sentirse entonces tan incómodo fue que, considerándolo su obli­gación, le dijo a Morgan que podía meterse con él cuanto quisiera pero que jamás debía meterse con sus padres. Aquello ponía a dis­posición de Morgan la fácil respuesta de que ni por asomo se le había ocurrido meterse con ellos, lo cual era evidentemente cierto, con lo que era Pemberton el que quedaba mal.</p>
<p>            -Entonces ¿por qué soy un farsante si digo que los considero encantadores? -preguntó el joven, consciente de que su actitud era un tanto irreflexiva.</p>
<p>            -Bueno&#8230; es que no son sus padres.</p>
<p>            -Tú eres lo que más quieren en el mundo, no lo olvides nunca -dijo Pemberton.</p>
<p>            -¿Por eso le gustan tanto a usted?</p>
<p>            -Son muy amables conmigo -repuso Pemberton evasi­vamente.</p>
<p>            -¿Lo ve como es usted un farsante? -dijo Morgan riéndose y cogiendo a su tutor del brazo. Se recostó contra él, mirando nue­vamente hacia el mar y balanceando sus piernas largas y delgadas.</p>
<p>            -No me des patadas en las espinillas -dijo Pemberton al tiempo que pensaba: &lt;¡Maldita sea, no puedo quejarme de ellos al niño!».  </p>
<p>            -Además hay otra razón -prosiguió Morgan, parando las piernas.</p>
<p>            -¿Otra razón para qué?</p>
<p>            -Aparte de que no son sus padres.    </p>
<p>            -No te entiendo -dijo Pemberton.</p>
<p>            -Bueno, ya me entenderá antes de que pase mucho tiempo. ¡Vaya si me entenderá!</p>
<p>            Pemberton entendió perfectamente antes de que pasara mucho tiempo; pero tuvo incluso que luchar consigo mismo antes de con­fesarlo. Le parecía que era la cosa más rara de todas las que podía ser causa de controversia en el niño. Se preguntó si no detestaría al niño por haberle obligado a entrar en una controversia así. Pero cuando ya se había embarcado en ella, le estaba vedado el recurso de detestar al niño. Morgan era un caso especial y conocerle era acep­tarlo en las extrañas circunstancias que lo rodeaban. A Pemberton se le agotaron sus reservas de odio hacia los casos especiales antes de tener conocimiento de lo que ocurría. Cuando por fin lo tuvo se dio cuenta de que se encontraba en una situación dificilísima. Contrariando todos sus intereses, había ligado su suerte a la de Mor­gan. Ahora tendrían que afrontar las cosas juntos. Aquella tarde, en Niza, antes de llegar a casa, el niño le dijo, cogiéndole del brazo:</p>
<p>            -Bueno, de todos modos, usted se quedará hasta el final.   </p>
<p>            -¿Hasta el final?</p>
<p>            -Hasta que casi hayan acabado con usted.</p>
<p>            -¡A ti lo que te hace falta es una buena tunda! -exclamó Pem­berton, atrayendo al niño hacia sí.</p>
<p> </p>
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<p align="center"><strong>IV</strong></p>
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<p>            Cuando Pemberton llevaba un año viviendo con ellos, los Mo­reen decidieron repentinamente dejar la casa de Niza. Pem­berton ya estaba acostumbrado a las decisiones repentinas, después de haber visto cómo las ponían en práctica a una escala considerable en el curso de dos viajes muy accidentados, uno por Suiza, el pri­mer verano, y el otro a finales de invierno, cuando todos partieron presurosamente con destino a Florencia y luego, al cabo de diez días, en vista de que les gustaba mucho menos de lo que se espera­ban, regresaron desordenadamente, presas de una misteriosa de­presión. Volvían a Niza .para siempre., según dijeron; pero eso no les impidió, una noche de lluvia y bochorno del mes de mayo, meterse en un vagón de segunda (nunca se sabía en qué clase via­jarían), donde Pemberton les ayudó a colocar una asombrosa co­lección de bolsas y bultos. La explicación de aquella maniobra fue que habían resuelto pasar el verano en algún lugar tonificante.; pero al llegar a París se instalaron en un pequeño piso amueblado (una cuarta planta, en una avenida de tercera categoría, con mal olor en la escalera y un <em>portier</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn6">[6]</a> odioso) y se pasaron los cuatro me­ses siguientes en la más absoluta indigencia.</p>
<p>            La mejor parte de aquella estancia frustrante les tocó al precep­tor y a su alumno, quienes, visitando los Inválidos, Nôtre Dame, La Conciergerie y todos los museos, se dieron un centenar de pa­seos de lo más gratificante. Llegaron a conocer el París que les inte­resaba, lo cual resultó útil, pues otro año regresaron para una estancia más prolongada, cuyo recuerdo hoy se entremezcla confusa y la­mentablemente en la memoria de Pemberton con el que guarda de la primera. Aún ve los raídos bombachos de Morgan, aquellos bombachos eternos que no hacían juego con la blusa y que, a me­dida que el niño iba ganando altura, iban perdiendo color. Tam­bién recuerda los agujeros que había en sus tres o cuatro pares de medias de color.</p>
<p>            La madre quería mucho a Morgan, pero éste no iba nunca mejor vestido de lo que era estrictamente necesario; en parte, sin duda, por culpa del niño, pues su aspecto le era tan indiferente como a un filósofo alemán.</p>
<p>            -Mi querido amigo, se te está cayendo la ropa a pedazos -le decía Pemberton, amonestándole con escepticismo, a lo que el ni­ño respondía, echándole una tranquila ojeada de pies a cabeza:</p>
<p>            -Mi querido amigo ¡a usted también! No quiero hacerle sombra. Pemberton nada podía replicar a aquello: era una aseveración que reflejaba fielmente la realidad. No obstante, aun cuando las deficiencias de su guardarropa constituían un capítulo aparte, no le gustaba que su pequeño pupilo aparentara ser demasiado po­bre. Más adelante solía decir:</p>
<p>            -Bueno, después de todo, si somos pobres ¿por qué no habría­mos de parecerlo?</p>
<p>            Y se consolaba pensando que en la pobreza indumentaria de Mor­gan había algo un tanto adulto y caballeresco; difería del aspecto desastrado propio de los golfillos que estropean sus cosas jugando.</p>
<p>Pemberton advertía con toda claridad el proceso gradual, según el cual la señora Moreen se iba absteniendo habilidosamente de re­novarle el vestuario a su hijo en la medida que las relaciones socia­les del mismo iban quedando limitadas a los confines de la relación con su tutor. Ella no hacía nada que los demás no pudieran ver: descuidaba a su hijo porque pasaba desapercibido y después, cuando éste se convertía en una ilustración de su inteligente táctica, desa­consejaba en casa que el niño apareciera en público. La postura de la señora Moreen era bastante lógica: los miembros de su familia que se dejaban ver habían de ser vistosos.</p>
<p>            Durante aquella época y en algunas otras Pemberton fue muy consciente de que él y su camarada podían llamar la atención: deam­bulando lánguidamente por el Jardin des Plantes como si no tuvie­ran dónde ir; sentados, los días de invierno, en las galerías del Louvre (tan irónicamente espléndidas para los que no tienen casa), como si quisieran aprovecharse del <em>calorifère</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn7">[7]</a>. A veces hacían chistes a costa de su situación: era el tipo de chistes que iban con el tempe­ramento del niño: Se imaginaban que formaban parte de la inmensa e informe multitud que vivía al día en aquella ciudad enorme, y fingían sentirse orgullosos de la posición que ocupaban; aquello les enseñaba mucho sobre la vida y les hacía tomar conciencia de la existencia de una especie de hermandad democrática. Si bien Pem­berton no podía sentirse solidario con la pobreza de su pequeño compañero (pues a fin de cuentas los afectuosos padres de Morgan no permitirían que su hijo lo pasara verdaderamente mal), el niño sí podría experimentar aquel sentimiento, así que venía a ser lo mis­mo. A veces Pemberton se preguntaba qué pensaría la gente de ellos, y se imaginaba que los miraban de reojo, como si pudieran sospechar que se trataba de un caso de rapto. Morgan no podía pa­sar por un joven patricio acompañado de su preceptor (no iba ves­tido con suficiente elegancia), aunque podría pasar por el enfermizo hermano menor de su acompañante. De vez en cuando Morgan tenía una moneda de cinco francos, y excepto en una ocasión en que compraron un par de corbatas muy bonitas, una de las cuales le obligó a aceptar a Pemberton, lo invertían con científico afán en libros viejos. Aquéllos eran días grandiosos y siempre los pasa­ban en los <em>quais</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn8">[8]</a>, revolviendo en las polvorientas casetas de los li­breros, adosadas a los muros. Tales ocasiones les ayudaban a vivir porque empezaron a quedarse casi sin libros en Inglaterra, pero se vio obligado a escribirle a un amigo y rogarle que tuviera la amabi­lidad de llevárselos a cierto individuo que le daría algo de dinero por ellos.</p>
<p>            Aún seguían aquel verano sin haber probado el sabor del clima tonificante cuando, en el momento en que se disponían a empren­der viaje, el joven tuvo una idea y efectuó un movimiento que arrojó la copa al suelo cuando los Moreen se la llevaban a los labios. Fue el primer estallido, según su expresión, que tenía con sus patro­nos; la primera vez que culminaba con éxito el intento (aunque ahí empezó y acabó todo su éxito) de hacer que los Moreen toma­ran en consideración la posición insostenible en que se hallaba. Sien­do la víspera de un viaje evidentemente costoso, le pareció que era el momento oportuno de hacer una señal de protesta, de plantear un ultimátum. Por ridículo que sonara todavía no había tenido oca­sión de mantener una entrevista en privado con los padres sin que les interrumpieran, ni con los dos juntos ni con ninguno de ellos por separado. Siempre se hallaban rodeados por los hijos mayores, y el pobre Pemberton solía tener junto a sí al pequeño de cuya tu­tela se encargaba. Era consciente de que en aquella casa la delica­deza personal solía quedar superficialmente manchada; no obstante, seguían manteniéndose intactos los escrúpulos que impedían a Pem­berton anunciarles públicamente a los señores Moreen que no po­día seguir más tiempo sin un poco de dinero. Seguía siendo lo bastante ingenuo como para suponer que Ulick, Paula y Amy po­drían ignorar que desde el día de su llegada sólo había recibido ciento cuarenta francos; y era lo bastante magnánimo como para no querer comprometer a los padres ante sus hijos. El señor Mo­reen le prestó oídos, pues como hombre de mundo que era siem­pre escuchaba todo cuanto tuvieran que decirle. Mientras escuchaba a Pemberton daba la impresión de estarle pidiendo (aunque, por supuesto, no de una manera burda) que intentara tener un poco más de entereza. Pemberton reconoció lo importante que era te­ner carácter al ver lo provechoso que le resultaba al señor Moreen. Ni siquiera se mostraba confundido, en tanto que el pobre Pem­berton lo estaba más de lo que lo justificaban sus motivos. Tampo­co se mostraba el señor Moreen sorprendido, al menos no más de lo necesario en un caballero que libremente se confesaba un tanto desconcertado, aunque no estrictamente por causa de Pemberton.</p>
<p>            -Tenemos que ocuparnos de esto, ¿no te parece, querida? -le dijo a su esposa. Le aseguró a su joven amigo que dedicaría al asunto toda su atención; y desapareció de la vista imperceptiblemente, como si no le quedara más remedio que atravesar la puerta, pese a que no lo deseaba.</p>
<p>            Cuando un instante después Pemberton se vio a solas con la señora Moreen le oyó decir a ésta .claro, claro», al tiempo que acari­ciaba la redondez de su barbilla, como si su única duda fuera elegir entre una docena de remedios fáciles. Aunque no se fueron de via­je, al menos el señor Moreen pudo desaparecer por espacio de va­rios días. Durante su ausencia su esposa volvió a abordar la cuestión de manera espontánea, pero su única aportación fue meramente decir que siempre había pensado que se llevaban a la mil maravi­llas con el tutor. La respuesta que dio Pemberton a aquella revela­ción fue afirmar que si no le entregaban inmediatamente una suma sustanciosa los dejaría para siempre. Sabía que ella se preguntaría cómo iba a arreglárselas para irse y por un momento supuso que le interrogaría al respecto. No lo hizo, por lo que Pemberton casi se sintió agradecido hacia ella, tan pocas eran las posibilidades que tenía de contestar.</p>
<p>            -No se irá, usted sabe que no se irá&#8230; está demasiado interesa­do -dijo ella-. Sí, está demasiado interesado, usted lo sabe. ¡No­sotros le apreciamos y es usted tan amable! -se rió con malicia casi condenatoria, como si le estuviera haciendo un reproche (aun­que no quiso insistir), mientras agitaba un pañuelo un tanto soba­do ante él.</p>
<p>            Pemberton estaba firmemente decidido a dejar la casa la sema­na siguiente. Eso le daría margen para recibir respuesta a la carta que había enviado a Inglaterra. Si no hizo nada semejante, es de­cir, si se quedó otro año y después se ausentó sólo por espacio de tres meses, no fue sólo porque antes de recibir respuesta a su carta (respuesta que resultó no ser nada satisfactoria), el señor Moreen le entregó generosamente (de nuevo con todas las precauciones pro­pias de un hombre de mundo) trescientos francos. Pemberton se exasperó al descubrir que la señora Moreen estaba en lo cierto, que no le resultaba posible dejar al niño. Esto se hizo más patente por la sencilla razón de que, la noche que hizo aquel llamamiento de­sesperado a sus patronos, vio con toda claridad en qué posición se encontraba. ¿No era una prueba más del éxito con que practica­ban aquellos patronos sus artes el hecho de que hubieran logrado retrasar durante tanto tiempo el destello iluminador? Se hizo la luz ante Pemberton (con una intensidad tal que un espectador segura­mente la hubiera juzgado cómicamente excesiva) cuando el joven ya había regresado a su pequeña estancia de criado, que daba a un patio cerrado y tenía enfrente una pared sucia y desnuda que reco­gía con agudo estrépito el reflejo de las iluminadas ventanas trase­ras. Sencillamente se había puesto en manos de una banda de aventureros. Aquella idea, la palabra por sí sola, le hacía sentir una especie de horror romántico, a él, cuya vida siempre se había desa­rrollado dentro de unas coordenadas tan estables. Más adelante la idea adquirió un aspecto más interesante, haciéndole sentir una es­pecie de alivio: aquello encerraba una moraleja y a Pemberton le gustaban las moralejas. Los Moreen eran unos aventureros no sólo porque no pagaran sus deudas o porque vivieran a costa de la so­ciedad, sino porque toda la visión que tenían de la vida (turbia, confusa e instintiva, como la de los animales inteligentes y ciegos a los colores) era especulativa, rapaz y mezquina. ¡Oh! Eran «res­petables, lo cual los hacía más <em>immondes</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn9">[9]</a>. El análisis que hizo el joven de ellos lo puso de manifiesto de modo muy simple: eran aventureros porque eran unos snobs abyectos. Aquello era la ma­nera más certera de describirlos, era la ley que regía sus vidas. In­cluso después de haber comprendido tan gran verdad, el ingenioso personaje que compartía con ellos la casa siguió sin tomar concien­cia de lo mucho que había preparado su mente para una cosa así aquel niño extraordinario que ahora se había convertido en una com­plicación para su vida. Ni muchísimo menos podía Pemberton prever entonces la información que aún habría de deberle a aquel niño extraordinario.</p>
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<p align="center"><strong>V</strong></p>
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<p>            Pero fue durante el tiempo que vino a continuación cuando em­pezó el verdadero problema, el problema de hasta qué pun­to es excusable discutir la infamia de sus padres con un niño de doce, de trece, de catorce años. Naturalmente, al principio le pareció algo absolutamente inexcusable y enteramente imposible; y es cierto que la cuestión no resultó apremiante durante un tiempo, después de que Pemberton recibiera sus trescientos francos. Estos dieron paso a una especie de calma, un alivio frente a las presiones más acu­ciantes. Pemberton enmendó frugalmente su vestuario e incluso te­nía unos francos en el bolsillo. Pensó que los Moreen le miraban como si vistiera con demasiada elegancia, como si pensaran que de­berían cuidar de no mimarle mucho. De no haber sido el señor Mo­reen tan hombre de mundo tal vez le hubiera dicho algo de sus corbatas. Pero el señor Moreen siempre estaba muy en su papel de hombre de mundo y dejaba estar las cosas; eso, ciertamente, lo ha­bía demostrado a las claras. Era curioso que Pemberton hubiera adi­vinado que Morgan, aun cuando éste no decía nada, sabía que había pasado algo. Pero trescientos francos, sobre todo cuando se debe dinero, no podían durar eternamente; y cuando se acabaron</p>
<p>(el chico supo cuándo se acabaron) Morgan sí que dijo algo. El grupo había regresado a Niza a principios de invierno pero no a la encan­tadora casa de campo. Fueron a un hotel en el que se quedaron tres meses y después fueron a otro hotel, explicando que se habían ido del primero porque llevaban muchísimo tiempo esperando y no les daban las habitaciones que querían. Tales aposentos, las ha­bitaciones que querían, eran por lo general de lo más espléndido; pero afortunadamente nunca se las daban. Afortunadamente para Pemberton, quiero decir, pues éste siempre se hacía la reflexión de que si se las llegaban a dar quedaría aún menos para gastos de educación. Lo que por fin dijo Morgan lo dijo repentinamente, sin venir a cuento, cuando llegó el momento, en medio de una clase y su contenido fueron estas palabras, aparentemente exentas de sen­timiento.</p>
<p>            -Debería usted filer<a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn10">[10]</a>, ¿sabe? De veras debería hacerlo.       Pemberton se le quedó mirando fijamente. Había aprendido de Morgan el suficiente argot francés como para saber que filer signi­ficaba irse.</p>
<p>            -¡Ah, querido muchacho, no me despidas!</p>
<p>            Morgan cogió un diccionario de griego (utilizaba un diccionario griego-alemán) para buscar una palabra, en vez de preguntársela a Pemberton.</p>
<p>            -Usted sabe que no puede seguir así.</p>
<p>            -¿Seguir cómo, muchacho?</p>
<p>            -Sin que le paguen -dijo Morgan, ruborizándose y pasando las hojas.</p>
<p>            -¿Que no me pagan?</p>
<p>            -Pemberton volvió a mirarle fijamente y fingió asombro-. ¿Quién diablos te ha metido eso en la cabeza?            </p>
<p>            -Lleva ahí mucho tiempo -replicó el chico, prosiguiendo su búsqueda.</p>
<p>            Pemberton se quedó un momento callado y a continuación dijo:   </p>
<p>            -Oye, ¿qué estás buscando? Me pagan magníficamente.     </p>
<p>            -Estoy buscando cómo se dice en griego «falsedad manifiesta».   </p>
<p>            -Más vale que busques «impertinencia grosera» y que alivies tu mente. ¿Para qué me hace falta el dinero?            </p>
<p>            -¡Ah, esa es otra cuestión!</p>
<p>            Pemberton dudó&#8230; sentía impulsos diversos. La manera severa y correcta de actuar habría consistido en decirle al niño que aquel asunto no era de su incumbencia y que siguiera traduciendo. Pero la relación que mantenían era demasiado estrecha como para hacer una cosa así; no era él modo en que estaba acostumbrado a tratar­le; no había habido razón para que así fuera. Por otra parte, lo que Morgan había dicho era totalmente cierto&#8230; en realidad no le hu­biera resultado posible seguir ocultándoselo durante mucho tiem­po; así pues ¿por qué no hacerle saber los motivos verdaderos que tenía para abandonarle? Al mismo tiempo no era decente hablarle mal a un alumno de la propia familia del alumno; antes que eso más valía desvirtuar las cosas. Así que, en respuesta a la última ex­clamación de Morgan, afirmó, a fin de zanjar la cuestión, que ha­bía recibido varias pagas.</p>
<p>            -¡Ya, ya! -exclamó el niño, riéndose.</p>
<p>            -Es suficiente -insistió Pemberton-. Dame tu traducción es­crita.</p>
<p>            Morgan le pasó el cuaderno desde el otro lado de la mesa y su acompañante inició la lectura de la página, pero algo le daba vuel­tas en la cabeza, impidiéndole encontrar sentido a lo que leía. Al cabo de un par de minutos alzó la vista y se encontró con los ojos del niño clavados en él y detectó en ellos algo extraño. Entonces Morgan dijo:</p>
<p>            -No me da miedo la realidad.</p>
<p>            -Todavía no he visto ninguna cosa que te dé miedo. ¡Te hago justicia al decir esto!</p>
<p>            Se lo dijo de sopetón (era perfectamente cierto) y a Morgan le causó un placer evidente.</p>
<p>            -He pensado mucho en ello -dijo Morgan enseguida.          </p>
<p>            -Pues no lo pienses más.</p>
<p>            El niño al parecer obedeció y se pasaron una hora cómoda e in­cluso divertida. Sostenían la teoría de que eran muy concienzudas y, sin embargo, siempre parecía que se encontraban en la parte di­vertida de las lecciones, en los intervalos que hay entre los túneles, donde siempre hay panoramas al borde del camino. No obstante, la mañana tuvo un final violento cuando Morgan, apoyando de re­pente los brazos en la mesa, hundió la cabeza entre los mismos y estalló en lágrimas. Pemberton se hubiera sobresaltado de todos modos; pero se sintió doblemente sobresaltado porque, y reparó en ello entonces, era la primera vez que veía llorar al niño. Fue espantoso.</p>
<p>            Al día siguiente, después de pensarlo mucho, adoptó una deci­sión y, creyendo que era justa, inmediatamente la llevó a cabo. Arrinconó de nuevo al señor y a la señora Moreen y les comunicó que si no le pagaban todo lo que le debían en aquel mismo mo­mento, no sólo se iría de su casa sino que también le diría a Mor­gan el motivo exacto que le llevaba a hacerlo.</p>
<p>            -Ah ¿es que no se lo ha dicho? -exclamó la señora Moreen</p>
<p>con una mano pacificadora descansando en su bien vestido regazo.          </p>
<p>            -¿Sin advertírselo a ustedes? ¿Por quién me toman?</p>
<p>            El señor y la señora Moteen se miraron y Pemberton se dio cuen­ta de que sentían alivio y de que en su alivio había cierta alarma.    </p>
<p>            -Mi querido amigo -preguntó el señor Moteen- ¿qué uso po­dría usted darle a tanto dinero, siendo tan tranquila la vida que llevamos?</p>
<p>            Pemberton no respondió a aquella pregunta, ocupado como es­taba en comprender que lo que pasaba por la cabeza de sus patro­nos era algo parecido a esto: «Oh, entonces si, por la manera en que nos mira, nosotros creíamos que el niño, angelito querido, nos había juzgado, y, siendo así que no nos ha delatado nadie, enton­ces tiene que haber llegado él solo a esa conclusión&#8230; y, en resumi­das cuentas&#8230; ¡es algo que se nota!» Idea esta que conmovió bastante a los señores Moteen, cosa que Pemberton deseaba. Al mismo tiem­po, si había supuesto que su amenaza iba a servir de algo en cuan­to a convencerles, se sintió decepcionado al descubrir que daban por hecho (¡en qué poco valoraban su delicadeza!) que ya los ha­bría descubierto a los ojos de su alumno. Anidaba una oscura in­quietud en su fuero interno de padres y eso explicaba sus suposiciones. No obstante, la amenaza del tutor los conmovió pues, si bien habían escapado, era tan sólo para enfrentarse a un nuevo peligro. El señor Moreen, como de costumbre, apeló a Pemberton en su calidad de hombre de mundo; pero su esposa recurrió por vez primera desde la llegada del joven, a una elegante <em>hauteur</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn11">[11]</a>, recordándole que una madre devota de su hijo tenía a su disposi­ción artes que la protegían de las groseras deformaciones de la rea­lidad.</p>
<p>            -¡Sería una grosera deformación de la realidad que yo la acusa­ra de ser de una honradez común! -contestó el joven; pero cuan­do cerraba bruscamente la puerta tras de sí, pensando que no se había hecho mucho bien a sí mismo, mientras el señor Moren gri­taba a sus espaldas, con ánimo más conmovedor:</p>
<p>            -¡Pues hágalo, hágalo, póngame un cuchillo en la garganta!            A la mañana siguiente, muy temprano, ella acudió a su habita­ción. Pemberton reconoció su forma de llamar pero no tenía nin­guna esperanza de que le trajera dinero, con respecto a lo cual se equivocaba, pues la señora Moreen llevaba cincuenta francos en la mano. Entró en bata y él la recibió vestido con otra prenda de la misma naturaleza, en el espacio que mediaba entre la bañera y la cama. A aquellas alturas ya estaba tolerablemente habituado a las «costumbres extranjeras» de sus anfitriones. La señora Moreen era una persona vehemente y cuando se dejaba llevar por la vehemen­cia de su carácter, no se fijaba en lo que hacía; de modo que en aquel momento, como las ropas de Pemberton ocupaban las sillas, se sentó en la cama de éste y, en medio de la preocupación que sentía, se olvidó, cuando echó una ojeada en tomo a sí, de sentirse avergonzada por haberle dado al tutor de su hijo aquella habita­ción tan deplorable. Lo que había despertado la vehemencia de la señora Moreen en aquella ocasión era el deseo de convencer al jo­ven en primer lugar de que era muy bondadosa por traerle cincuenta francos y, en segundo lugar, de que, si se fijaba, era totalmente absurdo esperar que le pagaran. ¿Es que no se sentía bien pagado (dejando a un lado el sempiterno dinero) disfrutando de aquella casa cómoda y lujosa con todos ellos, sin ninguna preocupación, sin ninguna inquietud, sin una sola necesidad? ¿No gozaba de una posición segura? ¿No era aquello todo para un joven como él, un joven completamente desconocido, que tenía singularmente poco que ofrecer y sí unas pretensiones que no resultaba fácil descubrir en qué se basaban? Y por encima de todo ¿no se sentía suficiente­mente bien pagado por la relación maravillosa que había entabla­do con Morgan (la relación ideal entre un maestro y su discípulo) y por el meto privilegio de conocer y vivir con un niño tan asom­brosamente dotado, compañía que (y lo decía firmemente conven­cida) no la había mejor en toda Europa? La señora Moreen se dirigía a él como hombre de mundo; le decía «<em>Voyons, mon cher</em>»<a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn12">[12]</a> y «Fí­jese en esto, distinguido señor», y le instaba a ser razonable, expo­niéndole que en realidad aquella era una oportunidad que se le brindaba. Hablaba como si, en la medida en que Pemberton fuera razonable, demostraría ser digno del honor de ser el tutor de su hijo, así como de la extraordinaria confianza que depositaban en él.</p>
<p>            Después de todo, pensó Pemberton, era una mera diferencia de teorías, y las teorías no contaban mucho. Hasta entonces habían probado la teoría del servicio remunerado y a partir de ahora pro­barían la del servicio gratuito; ¿pero por qué habían de malgastar tantas palabras en ello? Sin embargo, la señora Moreen persistía en su empeño de convencerle; sentada allí, con los cincuenta fran­cos en la mano, hablaba y se repetía como se repiten las mujeres, aburriéndole e irritándole, mientras él escuchaba apoyado en la pa­red, con las manos en los bolsillos de la bata, juntándola en torno a las piernas y mirando por encima de la cabeza de su visitante</p>
<p>los recuadros grises de la ventana. La señora Moreen concluyó diciendo:</p>
<p>            -En fin, vengo con una propuesta concreta.</p>
<p>            -¿Una propuesta concreta?</p>
<p>            -Regularizar nuestras relaciones, por decirlo así&#8230; asentarlas sobre una base cómoda.</p>
<p>            -Ya entiendo&#8230; es un sistema -dijo Pemberton-. Una espe­cie de chantaje.</p>
<p>            La señora Moreen se puso rígida que era lo que el joven quería.     </p>
<p>            -¿Qué quiere decir con eso?</p>
<p>            -Usted utiliza el miedo que uno siente&#8230; miedo de lo que le ocurriría al niño si uno se fuera.</p>
<p>            -Y, dígame, por favor, ¿qué le ocurriría al niño si se diera ese supuesto? -preguntó la señora Moreen con aire majestuoso.     -Pues que se quedaría solo con ustedes.</p>
<p>            -Y, dígame, por favor ¿con quién debería estar un niño si no es con las personas a las que más quiere?</p>
<p>            -Si eso es lo que piensa ¿por qué no me despide?    </p>
<p>            -¿Pretende dar a entender que le quiere a usted más que a no­sotros? -preguntó la señora Moreen.</p>
<p>            -Creo que debería ser así. Yo me sacrifico por él. Aunque he oído hablar de los sacrificios que hacen ustedes, yo no los he visto.     </p>
<p>            La señora Moreen le miró fijamente un momento; después, emo­cionadamente, cogió a Pemberton de la mano.</p>
<p>            -¿Querrá usted hacerlo&#8230; el sacrificio?         </p>
<p>            Pemberton estalló en una carcajada.</p>
<p>            -Ya veré&#8230; haré lo que pueda&#8230; me quedaré un poco más. Su cálculo es acertado: efectivamente, me resulta sumamente odiosa la idea de dejar al niño; le tengo cariño y me interesa mucho, a pesar de los inconvenientes por los que paso. Usted conoce perfec­tamente mi situación; no tengo ni un triste céntimo y, ocupado como estoy con Morgan, no puedo ganar dinero.</p>
<p>            La señora Moreen se dio unos golpecitos en su desvestido brazo con el billete de banco doblado.</p>
<p>            -¿No puede escribir artículos? ¿No puede traducir como hago yo?</p>
<p>            -En cuanto a las traducciones, no sé; las pagan miserablemente.    </p>
<p>            -Yo me alegro de ganar lo que puedo -dijo la señora Moreen con aire virtuoso y la cabeza alta.</p>
<p>            -Debería decirme para quién lo hace -Pemberton hizo una pausa momentánea y ella no dijo nada, por lo que aquél prosiguió-: He intentado que me publicaran algunas cosas, pero las revistas no las aceptan&#8230; me las devuelven dándome las gracias.</p>
<p>            -Ya ve entonces que no es usted ningún fénix como para tener</p>
<p>esas pretensiones -dijo su interlocutora con una sonrisa.</p>
<p>            -No tengo tiempo para hacer las cosas bien -prosiguió Pem­berton. Entonces, como si de repente se le ocurriera que dar aque­llas explicaciones era de una buena voluntad casi despreciable, añadió-: Si me quedo más tiempo ha de ser con una condición: que Morgan sepa claramente cuál es mi situación.</p>
<p>            La señora Moreen dudó.</p>
<p>            -¿No será que quiere usted darse aires delante del niño?    </p>
<p>            -¿Se refiere a que quiero airear cómo son ustedes?</p>
<p>            La señora Moreen dudó nuevamente, pero esta vez fue para ofrecer una flor aún más delicada:</p>
<p>            -¡Y es usted el que habla de chantaje!          </p>
<p>            -Puede evitarlo fácilmente -dijo Pemberton.</p>
<p>            -Y es usted el que habla de utilizar el miedo -prosiguió la señora Moteen.</p>
<p>            -Sí, no hay duda ninguna de que soy un grandísimo sinver­güenza.</p>
<p>            La mujer lo miró un momento; era evidente que se sentía profundamente molesta.</p>
<p>            -El señor Moteen quiere que le dé esto a cuenta.</p>
<p>            -Se lo agradezco mucho al señor Moreen; pero no tenemos nin­guna cuenta.</p>
<p>            -¿No quiere cogerlo?</p>
<p>            -Así soy más libre -dijo Pemberton.</p>
<p>            -¿Para envenenar la mente de mi hijo querido? -dijo la seño­ra Moreen con voz quejumbrosa.</p>
<p>            -¡Oh, la mente de su hijo querido! -dijo el joven riéndose.  </p>
<p>            Ella clavó en él la mirada un momento y Pemberton pensó que iba a tener un estallido tormentoso y suplicante: «Por el amor de Dios, ¡dígame qué hay en su mente!». Pero la señora Moteen re­frenó aquel impulso&#8230; sintió otro más poderoso. Se guardó el di­nero en el bolsillo -la crudeza de la alternativa resultaba cómica­ y salió apresuradamente de la habitación, haciendo una concesión desesperada:</p>
<p>            -¡Puede contarle todos los horrores que quiera!</p>
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<p align="center"><strong>VI</strong></p>
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<p>            UN par de días después de aquello, durante los cuales Pember­ton no se benefició del permiso que le concediera la señora Moreen para contarle a su hijo los horrores que quisiera, llevaban tutor y alumno un cuarto de hora paseando en silencio cuando el</p>
<p>niño volvió a mostrarse comunicativo, haciendo la siguiente obser­vación:</p>
<p>            -Le diré cómo es que lo sé; lo sé por Zénobie.         </p>
<p>            -¿Zénobie? ¿Y quién diablos es Zénobie?</p>
<p>            -Una niñera que tenía antes, hace muchísimos años. Una mu­jer encantadora. Me gustaba muchísimo, y yo a ella.</p>
<p>            -Sobre gustos no hay nada escrito. ¿Qué es lo que sabes por ella?</p>
<p>            -Pues cuál es la idea que tienen mis padres. Se fue porque no le pagaban. Me quería mucho y se quedó dos años. Me lo contó todo; ya nunca le pagaban su sueldo. En cuanto se dieron cuenta de que me había cogido mucho cariño dejaron de darle nada. Pen­saron que se quedaría a cambio de nada, por afecto. Y se quedó muchísimo tiempo&#8230; todo el tiempo que pudo. Era una mucha­cha pobre. Le mandaba dinero a su madre. Al final ya no pudo seguir en aquella situación y se marchó una noche, espantosamen­te enfadada; quiero decir, por supuesto, enfadada con ellos. Me cogió y se echó a llorar de un modo tremendo, me abrazaba tan fuerte que casi me aplasta. Me lo contó todo -repitió Morgan-. Me contó qué idea tenían mis padres. Por eso pienso, desde hace mucho tiempo, que habrán tenido la misma idea con usted.</p>
<p>            -Zénobie era muy perspicaz -dijo Pemberton-. Y te lo pegó a ti.</p>
<p>            -Oh, eso no fue cosa de Zénobie; fue la naturaleza. ¡Y la expe­riencia! -rió Morgan.</p>
<p>            -Bueno, Zénobie formo parte de tu experiencia.</p>
<p>            -¡Sin duda yo formé parte de la suya, pobrecilla! -exclamó el niño-. Y formó parte de la de usted.</p>
<p>            -Una parte muy importante. Pero no sé de dónde sacas que me tratan como a Zénobie.</p>
<p>            -¿Me toma por un idiota? -preguntó Morgan-. ¿Es que no soy consciente de lo que hemos pasado juntos?</p>
<p>            -¿Qué hemos pasado?           </p>
<p>            -Privaciones&#8230; días oscuros.</p>
<p>            -Oh, los días que hemos pasado juntos han sido bastante bri­llantes.</p>
<p>            Morgan guardó silencio un momento. Después dijo:           </p>
<p>            -Querido tutor ¡es usted un héroe!</p>
<p>            -¡Y tú otro! -replicó Pemberton.</p>
<p>            -No, no lo soy; pero no me chupo el dedo. No quiero seguir aguantando esto. Debe usted encontrar alguna ocupación remu­nerada. ¡Me siento avergonzado! -dijo el niño con una vocecilla temblorosa y apasionada que conmovió profundamente a Pem­berton.</p>
<p>            -Deberíamos escaparnos e irnos a vivir juntos a alguna parte -dijo el joven.</p>
<p>            -Si me llevara con usted iría a ciegas.</p>
<p>            -Yo conseguiría algún trabajo que nos mantuviera a flote -pro­siguió Pemberton.</p>
<p>            -Yo también. ¿Por qué no habría de trabajar yo? ¡No soy nin­gún <em>crétin</em>!<a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn13">[13]</a>.</p>
<p>            -La dificultad estriba en que tus padres no querrían ni oír ha­blar de ello -dijo Pemberton-. Jamás se separarían de ti; vene­ran el suelo que pisas. ¿No ves las pruebas que dan de ello? No les caigo mal; no me desean ningún mal; son una gente muy ama­ble; pero están perfectamente dispuestos a tratarme mal por tu bien.</p>
<p>            El silencio con que Morgan reaccionó ante aquel sofisma sutil le pareció a Pemberton, por alguna razón, muy expresivo. Un mo­mento después Morgan repitió:</p>
<p>            -¡Es usted un héroe! -y a continuación agregó-: Me ponen totalmente en sus manos. Depositan en usted toda la responsabili­dad. Me dejan con usted de la mañana a la noche. ¿Por qué, en­tonces, habrían de oponerse a que se encargara totalmente de mí? Yo le ayudaría.</p>
<p>            -No se sienten especialmente deseosos de que se me ayude y les encanta pensar que les perteneces. Están enormemente orgu­llosos de ti.</p>
<p>            -Yo no me siento orgulloso de ellos. Pero eso ya lo sabe usted -repuso Morgan.</p>
<p>            -Exceptuando el asunto que estamos tratando son una gente encantadora -dijo Pemberton, sin asumir la imputación de luci­dez que se le hacía, si bien se quedó muy pensativo por las mues­tras que de aquella cualidad daba el niño, especialmente por esta última muestra, que le hizo recordar algo que ya advirtió desde el principio: el rasgo más extraño que formaba parte de la grandiosa y pequeña personalidad del niño, un temperamento, una sensibi­lidad, incluso una especie de ideal que le hacía guardar un rencor soterrado hacia la forma de ser que tenía en general su familia. Mor­gan poseía un secreto, una pequeña dosis de altanería que engen­draba un elemento de reflexión, un desdén doméstico que no le pasaba desapercibido a su tutor (aunque jamás hablaban de ello) y que era absolutamente anómalo en una naturaleza juvenil, espe­cialmente cuando uno se daba cuenta de que aquello no había vuelto su naturaleza anticuada. -escogiendo un término adecuado para un niño. No había enrarecido su naturaleza ni la había agostado ni la había convertido en algo ofensivo. Era como si Morgan fuera un pequeño caballero y hubiera pagado un precio por descubrir que él era la única persona así en el seno de su familia. La compa­ración no le envaneció, pero podía volverle melancólico y ligera­mente austero. Cuando Pemberton adivinó aquellos puntos oscuros, propios de la edad, vio a Morgan como alguien serio y valeroso, sintiéndose al mismo tiempo atraído y paralizado, como si tuviera algún escrúpulo, por el encanto que suponía intentar sondear las frías honduras de su alma, que si bien tenía aún poca profundi­dad, iba ganándola rápidamente. Cuando intentó representarse el escrúpulo matutino de la niñez, a fin de tratarlo de un modo segu­ro, se dio cuenta de que era imposible fijarlo, de que tenía un ca­rácter eternamente cambiante; de que la ignorancia, en el instante en que uno la toca, ya se arrebola tenuemente de conocimiento; de que no había ninguna cosa de la que en un momento dado pu­diera decirse que un niño inteligente no la sabía. Le daba la im­presión de que sabía demasiado como para entender la sencillez de Morgan y al mismo tiempo demasiado poco como para desenre­dar la maraña de su personalidad.</p>
<p>            El niño hizo caso omiso del último comentario de Pemberton; simplemente siguió diciendo:</p>
<p>            -Hace mucho que debería haber hablado con ellos de tu idea, como yo la llamo, sólo que estoy seguro de lo que me habrían dicho.</p>
<p>            -¿Qué te habrían dicho?</p>
<p>            -Exactamente lo mismo que dijeron de lo que me había conta­do la pobre Zénobie; que era una historia odiosa y horrible, que le habían pagado hasta el último céntimo que le debían.</p>
<p>            -Bueno, a lo mejor era verdad -dijo Pemberton.      </p>
<p>            -¡A lo mejor es verdad que le han pagado a usted!  </p>
<p>            -Hagamos como que así es y <em>n&#8217; en parlons plus</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn14">[14]</a> .</p>
<p>            -La acusaron de ser una mentirosa y una estafadora -insistió          </p>
<p>            Morgan con perversidad-. Por eso no quiero hablarles de ello.       </p>
<p>            -¿Para que no me acusen a mí también?</p>
<p>            Morgan no respondió a esto y su acompañante, mirándole (el niño había apartado la vista, pues se le agolpaban las lágrimas), comprendió que su pupilo no habría sido capaz de decir nada sin perder el control.</p>
<p>            -Tienes razón. No los agobies -prosiguió Pemberton-. Ex­ceptuando eso, son gente encantadora.</p>
<p>            -Exceptuando que son ellos los mentirosos y los estafadores.</p>
<p>            -¡Ya, ya! -exclamó Pemberton, remedando una muletilla del niño que era a su vez un remedo.</p>
<p>            -Tenemos que ser francos hasta el fin; es completamente nece­sario que lleguemos a un entendimiento -dijo Morgan, dándose importancia, como hacen los niños que creen estar arreglando gran­des cuestiones, casi como si estuvieran jugando a los indios o a los naufragios-. Estoy al corriente de todo -añadió.</p>
<p>            -Tal vez tu padre tenga sus razones -comentó Pemberton con excesiva vaguedad, de la cual era consciente.</p>
<p>            -¿Para mentir y estafar?</p>
<p>            -Para hacer economías y llevar las cosas a su modo y darle a los medios que tiene el mejor destino posible. Necesita el dinero para muchas cosas. Sois una familia que sale muy cara.</p>
<p>            -Sí, yo salgo muy caro -respondió Morgan de un modo que hizo reír a su preceptor.</p>
<p>            -Economiza por ti -dijo Pemberton-. Te tienen en cuenta para todo lo que hacen.</p>
<p>            -Pues podía economizar un poco de&#8230; -el muchacho hizo una pausa. Pemberton aguardó para ver qué era lo que debía economi­zar el padre. Entonces Morgan dijo algo extraño:- un poco de re­putación.</p>
<p>            -Oh, de eso hay mucho. ¡No hay problema!</p>
<p>            -Para la gente que conocen hay bastante, no cabe duda. Cono­cen a una gente horrible.</p>
<p>            -¿Te refieres a los príncipes? No debemos hablar mal de los prín­cipes.</p>
<p>            -¿Por qué no? No se han casado con Paula; no se han casado con Amy. Todo cuanto hacen es desplumar a Ulick.</p>
<p>            -¡Pues sí que es verdad que lo sabes todo! -exclamó Pemberton.   </p>
<p>            -No; a fin de cuentas no lo sé. ¡No sé de qué vive mi familia ni cómo vive ni por qué vive! ¿Qué tienen y cómo lo consiguen? ¿Son ricos, son pobres o tienen una <em>modeste aisance</em>?<a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn15">[15]</a> ¿Por qué están siempre dando bandazos, viviendo un año como embajado­res y el siguiente como mendigos? ¿Quiénes son, en fin, y qué son? He pensado en todo eso. He pensado en muchas cosas. Son tan desmesuradamente mundanos. Eso es lo más odioso de todo&#8230; oh, ¡qué espectáculo! Lo único que les importa es aparentar y hacerse pasar por esto y por lo otro. ¿Qué quieren aparentar que son? ¿Qué, señor Pemberton?</p>
<p>            -Haz una pausa para que te conteste -dijo Pemberton, fin­giendo tomarse el interrogatorio a broma, aunque él también se</p>
<p>preguntaba aquellas cosas y se había quedado profundamente im­presionado por la aguda, si bien imperfecta, visión que el niño te­nía de todo aquello-. No tengo ni la menor idea.</p>
<p>            -¿Y de qué les sirve? ¿Es que no ha visto cómo los trata la gen­te? La gente «de valía., los que ellos quieren conocer. Aceptarían cualquier cosa de ellos&#8230; se tumbarían en el suelo y se dejarían pi­sotear. A la gente de valla eso le resulta odioso&#8230; mis padres los enferman. Usted es la única persona de verdadera valía que conocemos.       </p>
<p>            -¿Estás seguro? ¡Tus padres no se echan al suelo para que yo les pase por encima!</p>
<p>            -Bueno, tampoco quiero que se eche usted al suelo para que pasen por encima ellos. Usted tiene que marcharse&#8230; eso es lo que tiene que hacer -dijo Morgan.</p>
<p>            -¿Y qué va a ser de ti?</p>
<p>            -Oh, yo estoy creciendo. Me quitaré de en medio dentro de no mucho tiempo. Más adelante volveré a verle a usted.</p>
<p>            -Sería mejor que me dejaras acabarte -le instó Pemberton, pres­tándose a aceptar los términos del planteamiento extraordinaria­mente lúcido que había desarrollado el niño.</p>
<p>            Morgan dejó de caminar y alzó la vista hacia su tutor. Tenía que alzar la vista mucho menos que hacía dos años; enjuto y desgarba­do, el niño había crecido y estaba muy alto y delgado.     </p>
<p>            -¿Acabarme? -repitió.</p>
<p>            -Todavía nos quedan muchas cosas divertidas que podemos ha­cer juntos. Deseo culminar mi labor contigo&#8230; deseo ganar crédito contigo.</p>
<p>            -Desea que dé crédito a lo que dice&#8230; ¿es eso lo que quiere decir?</p>
<p>            -Querido muchacho, eres demasiado inteligente para seguir con vida.</p>
<p>            -Eso es precisamente lo que me temo que piensa usted. No, no; no está bien&#8230; no puedo soportarlo. Nos separaremos la sema­na que viene. Cuanto antes se acabe esto, antes podré descansar.</p>
<p>            -Si sé de algo&#8230; de alguna otra oportunidad, te prometo que me iré -dijo Pemberton.</p>
<p>            Morgan consintió en tomar aquello en consideración.         </p>
<p>            -Pero será honrado -exigió-; si sabe de algo no fingirá.       </p>
<p>            -Es mucho más probable que finja saber algo.</p>
<p>            -¿Pero de qué va a enterarse estando así, metido en un agujero con nosotros? Debería estar sobre el terreno, irse a Inglaterra&#8230; de­bería irse a los Estados Unidos.</p>
<p>            -¡Cualquiera diría que eres mi tutor! -dijo Pemberton.        </p>
<p>            Morgan siguió caminando y al cabo de un momento continuó hablando.</p>
<p>            -Bueno, ahora ya sabe que yo sé; afrontamos los hechos y no ocultamos nada ¿no resulta mucho más cómodo así?     </p>
<p>            -Querido muchacho, es tan divertido, tan interesante, que se­guramente me resultará completamente imposible renunciar a unas horas como las que hemos pasado juntos.</p>
<p>            Esto hizo que Morgan volviera a detenerse una vez más.    </p>
<p>            -Pero usted está ocultando algo. Oh, no es usted franco. ¡Yo sí!</p>
<p>            -¿Por qué no soy franco?</p>
<p>            -¡Oh, usted también tiene su propia idea!    </p>
<p>            -¿Mi propia idea?</p>
<p>            -Pues que probablemente no sobreviviré y que podrá aguantar hasta que yo falte.</p>
<p>            -¡Efectivamente eres demasiado inteligente para seguir con vi­da! -repitió Pemberton.</p>
<p>            -Esa es una idea ruin -prosiguió Morgan-. Pero se la haré pagar mientras aún me queden fuerzas.</p>
<p>            -¡Ándate con cuidado, no vaya a envenenarte! -dijo Pember­ton riéndose.</p>
<p>            -Cada año estoy mejor y más fuerte. ¿No ha reparado en que no ha habido ningún médico cerca de mí desde que llegó usted?        </p>
<p>            -Yo soy tu médico -dijo el joven, cogiéndole del brazo y acer­cándolo junto a sí de nuevo.</p>
<p>            Morgan siguió andando y unos pasos después exhaló un suspiro en el que se entremezclaban alivio y cansancio.</p>
<p>            -Ah, ahora que afrontamos los hechos, todo está bien.</p>
<p> </p>
<p align="center"><strong>VII</strong></p>
<p> </p>
<p> </p>
<p>            Después de aquello se pasaron mucho tiempo afrontando los hechos, y una de las primeras consecuencias de tal actitud fue que Pemberton siguió aguantando, por decirlo así, a tal efecto. Mor­gan hacía que los hechos resultaran tan vívidos y divertidos por un lado, y tan feos y faltos de relieve por otro, que era fascinante co­mentarlos con él, del mismo modo que hubiera sido inhumano de­jarlo a solas con ellos. Ahora que compartían tantas impresiones no tenía sentido que ninguno de los dos fingiera no juzgar a aque­lla gente; pero el mismo hecho de juzgarlos y el intercambio de impresiones creó otro vínculo. Morgan jamás había resultado tan interesante como ahora que él mismo se hacía más accesible mer­ced a la luz que sobre su personalidad arrojaban aquellas confiden­cias. Lo que se hizo más palpable fue el daño que le hacía su orgullo tan característico. A Pemberton le daba la sensación de que el daño era mucho, tanto que tal vez no fuera negativo el hecho de que hubiera sufrido algunos impactos a una edad muy temprana. A Mor­gan le hubiera gustado que su gente fuera más gallarda, y hubo de experimentar demasiado pronto la sensación de que su familia estaba perpetuamente reconociendo errores. Su madre tenía una inmensa capacidad para hacerlo y su padre aún más que su madre. Sospechaba que Ulick se había librado por los pelos de un «asun­to» en Niza; una noche hubo en casa mucho revuelo y un pánico considerable, después de lo cual todos se fueron a la cama y carga­ron con las consecuencias; no cabía otra suposición. Morgan tenía una imaginación romántica, que se nutría de poesía y de historia, y le hubiera gustado que quienes «llevaban su nombre» (como le decía a Pemberton, haciendo gala de aquel humor que hacía de su sensibilidad algo tan adulto) tuvieran más arrestos. Pero lo úni­co en que pensaban era en conocer a gente que no necesitaba de ellos y tomarse los desaires como si fueran honrosas cicatrices. Por qué la gente no tenía una mayor necesidad de ellos, Morgan no lo sabía: eso era asunto de la gente. Después de todo, en un trato superficial no resultaban repulsivos; eran cien veces más inteligen­tes que la mayor parte de aquellos personajes tediosos, aquella «po­bre gente bien» detrás de la que iban corriendo por toda Europa.</p>
<p>            -Después de todo resultan divertidos, ¡eso es indudable! -solía decir Morgan con sabiduría ancestral. A lo cual Pemberton siem­pre replicaba:</p>
<p>            -¿Divertida la gran <em>troupe</em> de los Moreen? ¡Pues claro! Son de lo más delicioso; y si no fuera porque tú y yo somos un estorbo (¡somos tan malos a la hora de actuar!) para el <em>ensemble</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn16">[16]</a>, irían con todas las cosas por delante.</p>
<p>            Lo que el muchacho no era capaz de superar era que aquella la­cra en particular le parecía totalmente inmerecida y arbitraria en el seno de una tradición caracterizada por la dignidad. Sin duda alguna la gente tiene derecho a elegir la línea de conducta que pre­fiera: pero ¿por qué razón había elegido su gente la línea del arri­bismo, la adulación, la mentira y- la estafa? Sus antepasados (todos ellos personas de bien. hasta donde Morgan alcanzaba a saber ¿qué le habían hecho a su familia? Qué les había hecho él? ¿Quién les había envenenado la sangre con aquel ideal de quinta categoría, la idea fija de conocer a gente distinguida e introducirse en el <em>monde chic</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn17"><em><strong>[17]</strong></em></a> sobre todo teniendo en cuenta que estaban de antemano condenados a fracasar y a quedar en evidencia? Dejaban ver tan a las claras lo que buscaban: ésa era la razón por la que la gente los rechazaba. Y nunca tenían un gesto de dignidad, nunca les agui­joneaba la vergüenza cuando se miraban a la cara, nunca se mos­traban ofendidos, asqueados, independientes de los demás. ¡Si por lo menos su padre o su hermano le hicieran morder el polvo a al­guien un par de veces al año! Con todo lo inteligentes que eran jamás se daban cuenta de la imagen que daban. Tenían buen fon­do, sí ;tan buen fondo como los judíos que están a la puerta de las tiendas de ropa! Pero ¿era aquél el modelo deseable para que lo imitara su propia familia? Morgan conservaba vagos recuerdos de su abuelo materno, en Nueva York; lo habían llevado al otro lado del océano para que lo conociera, cuando tenía cinco años. Era un caballero que usaba cuello de camisa alto y que pronuncia­ba las palabras con mucho énfasis; por las mañanas se vestía de frac, lo cual le hacía a uno preguntarse qué se pondría por la noche; te­nía, o se suponía que tenía, «propiedades» y alguna relación con la Sociedad Bíblica. Irremediablemente tenía que ser buena perso­na. El mismo Pemberton recordaba a la señora Clancy, hermana del señor Moreen, viuda, tan irritante como un cuento moralizan­te, que había hecho una visita de quince días a la familia en Niza poco después de que él se fuera a vivir con ellos. Era «pura y refina­da» -como dijo Amy, con el banjo en el regazo- y daba la im­presión de no saber en qué consistía el juego de la familia y de que ocultaba algo. Pemberton pensó que ocultaba su desaprobación ha­, la muchas de las cosas que hacía la familia; había que suponer por tanto que también ella era buena persona y que al señor y a la se­ñora Moreen, a Ulick, a Paula v a Amy les hubiera resultado fácil ser mejores, de haberlo querido.</p>
<p>            Pero cada día que pasaba se veía más claramente que no que­rían. Seguían «medrando», como decía Morgan, y cuando llegó el momento tomaron conciencia de que había una serie de razones por las que era conveniente ir a Venecia. Mencionaron muchas: siem­pre eran llamativamente francos y su conversación era de lo más ,mimada y entrañable. especialmente cuando desayunaban tarde. a la usanza extranjera, antes de que las damas se hubieran maqui­llado el rostro: entonces, apoyados los brazos en la mesa tomaban</p>
<p>a continuación de la <em>demi-tase</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn18">[18]</a> y en el calor de la discu­sión familiar acerca de lo que «en realidad debieran hacer», inde­tectiblemente recurrían a los idiomas en los que se podían <em>tutoyer</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn19">[19]</a>.   </p>
<p>            En aquellos momentos le eran gratos incluso a Pember­ton: hasta Ulick le resultaba soportable. cuando con su vocecilla &#8211;monótona hablaba de la «dulce ciudad marina». Aquello era lo que le hacía sentir por ellos una secreta simpatía que fueran tan ajenos al mundo cotidiano y lograran que él también lo fuese. Ya se ha­bía esfumado el verano cuando, entre exclamaciones de éxtasis, sa­lieron todos al balcón que daba al Gran Canal; las puestas de sol eran espléndidas&#8230; habían llegado los Dorrington. Los Dorrington fueron la única razón de la que no hablaron en los desayunos; pero las razones de las que no hablaban en los desayunos siempre aca­baban por salir a la luz. Los Dorrington, por el contrario, salían muy poco; y cuando no era así, cuando salían, se pasaban -como es natural- horas fuera. Durante aquellos periodos había ocasio­nes en que la señora Moreen y sus hijas se presentaban en su hotel (para ver si habían vuelto) hasta tres veces consecutivas. La góndo­la era para las damas, pues en Venecia también había «días»: la se­ñora Moreen se los había aprendido por orden una hora después de llegar. Ella celebró inmediatamente uno, al cual no se presenta­ron los Dorrington. No obstante, en cierta ocasión, estando Pem­berton y su alumno juntos en San Marcos (en Venecia dedicaron muchísimo tiempo a visitar cientos de iglesias y dieron los mejores paseos de su vida) vieron aparecer al anciano lord en compañía de Ulick y el señor Moteen, quienes le enseñaron la umbría basílica como si fuera de su propiedad. Pemberton reparó en que, en me­dio de las curiosidades del lugar, Lord Dorrington se conducía con un aire mucho menos mundano de lo propio en él; el joven tutor se preguntó si sus acompañantes le cobrarían algo al aristócrata por los servicios que le estaban prestando. En todo caso, el otoño se esfumó, los Dorrington se fueron y Lord Verschoyle, el hijo ma­yor, no le había propuesto matrimonio ni a Amy ni a Paula.</p>
<p>            Un día triste de noviembre, mientras el viento rugía en torno al viejo palacio y la lluvia azotaba la laguna, Pemberton, para ha­cer ejercicio y un poco también porque tenía frío (los Moreen eran horriblemente frugales cuando se trataba de encender fuegos, lo cual hacía sufrir al joven que compartía su vivienda), se paseaba de un extremo a otro de la gran sala desnuda, en compañía de su alumno. El suelo de escayola estaba frío, los altos y desvencija­dos marcos de las ventanas temblaban en medio de la tormenta y no había un solo mueble que paliara el deterioro majestuoso del lugar. Pemberton se encontraba decaído y le daba la impresión de que la fortuna de los Moreen se hallaba en aquellos momentos más decaída aún. Una ráfaga de desolación, una profecía que anuncia­ba la desgracia y el desastre parecía barrer aquella estancia despoja­da de comodidades. El señor Moteen y Ulick estaban en la Piazza a la espera de que ocurriera algo, paseando cansinamente bajo los soportales, vestidos con impermeable; aún así, pese a los imper­meables, se advertía sin lugar a dudas que eran hombres de mun­do. Paula y Amy estaban en la cama; hubiera cabido pensar que no se levantaban para mantener el calor. Pemberton miró de reojo al muchacho que tenía a su lado, para ver hasta qué punto era cons­ciente de aquellos portentos. Pero en aquellos momentos Morgan, afortunadamente para él, sobre todo era consciente de que cada vez estaba más alto y más fuerte, y de que ya había cumplido los quince años. Este dato era de una gran relevancia pata él, pues era el fundamento en que se basaba una teoría personal (que, no obs­tante, le había comunicado a su tutor) según la cual dentro de poco sería capaz de valerse por sí mismo. Pensaba que la situación iba a cambiar, en una palabra, que pronto habría acabado su for­mación, que ya sería adulto, podría presentarse al mundo y estaría en condiciones de demostrar su gran valía. Pese a la agudeza con que a veces era capaz de analizar las circunstancias que lo rodea­ban, había horas felices en las que era tan superficial como un ni­ño; prueba de ello era su firme creencia de que en breve iría a Oxford, al college de Pemberton donde, con la ayuda de éste, ha­ría cosas maravillosas. A Pemberton le apenaba ver lo poco que to­maba en consideración para semejante proyecto las disponibilidades y medios a su alcance, sobre todo teniendo en cuenta lo escéptico que era al respecto cuando se trataba de otros asuntos. Pemberton trataba de imaginarse a los Moreen en Oxford, afortunadamente sin conseguirlo; sin embargo, a menos que toda la familia se tras­ladara allí, Morgan no dispondría de un modus vivendi. ¿Cómo iba a vivir sin recursos y de dónde saldrían dichos recursos? Él, Pem­berton, podía vivir de Morgan, pero ¿cómo iba a vivir Morgan de él? En todo caso ¿qué iba a ser de él? Por alguna razón que no es­taba clara, el hecho de que ya fuera un muchacho crecido y con perspectivas de que su salud mejorara añadía dificultad al interro­gante de su futuro. En la medida que era delicado, la considera­ción que inspiraba parecía ser suficiente respuesta. Pero en el fondo de su corazón, Pemberton reconocía que el muchacho probable­mente sería lo bastante fuerte para seguir con vida, pero no para desarrollarse satisfactoriamente. De todos modos, en cuanto al pro­pio Morgan, estaba pasando por una etapa de lozanía natural y ju­venil, de modo que el batir de la tempestad le parecía sencillamente la voz de la vida y el desafío del desuno. Llevaba puesto un abrigo raído que le quedaba pequeño, con el cuello subido, pero estaba disfrutando del paseo.</p>
<p>            El paseo se vio finalmente interrumpido por la aparición de la madre del muchacho en un extremo de la sala. Le hizo a Morgan señas para que se acercara a ella. Pemberton observó con complacencia cómo su discípulo se perdía en la lejanía de la perspectiva que tenía ante sí, caminando sobre la humedad del falso mármol, en tanto se preguntaba qué sucedería. La señora Moreen le dijo algo al muchacho, haciéndole entrar en la habitación de la que aca­baba de salir ella. A continuación, cuando su hijo hubo cerrado la puerta tras de sí, dirigió sus pasos con presteza hacia Pember­ton. Efectivamente, algo sucedía, pero ni el más delirante vuelo de su fantasía hubiera podido imaginar lo que resultó ser. La seño­ra Moreen le indicó que había buscado un pretexto para que Mor­gan no estuviera presente y acto seguido le preguntó al joven -sin la menor vacilación- si podía prestarle sesenta francos. Antes de estallar en una carcajada se quedó mirándola con sorpresa, mien­tras ella le comunicaba que le hacía falta el dinero urgentísimamen­te; tenía una necesidad desesperada de conseguirlo&#8230; le iba la vida en ello.</p>
<p>            -Mi querida señora, <em>c&#8217;est trop fort!</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn20">[20]</a> -dijo Pemberton entre risas-. Pero por Dios, ¿de dónde supone usted que voy a sacar sesenta francos? <em>du train dont vous allez</em>?<a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn21">[21]</a></p>
<p>            -Creí que trabajaba usted, que escribía cosas; ¿es que no le pagan?</p>
<p>            -Ni un céntimo.</p>
<p>            -¿Es usted tan tonto como para trabajar por nada?  </p>
<p>            -Eso debería saberlo usted muy bien.</p>
<p>            La señora Moreen le miró fijamente un instante y luego enroje­ció levemente. Pemberton se dio cuenta de que su interlocutora se había olvidado por completo de cuál era el pago (es decir, que no hubiera ninguno) que finalmente él había aceptado recibir de ella; aquello pesaba tan poco sobre la memoria de la señora Mo­reen como sobre su conciencia.</p>
<p>            -Ah, sí, ya entiendo lo que quiere decir&#8230; ha sido usted muy amable en cuanto a eso; pero ¿por qué volver sobre ello con tanta frecuencia?</p>
<p>            Ella se había mostrado perfectamente correcta con Pemberton des­pués de la violenta escena aclaratoria que tuvo lugar en el dormito­rio del joven la mañana que ella aceptó «pagar» el precio que Pemberton ponía: inexcusablemente, él le haría saber a Morgan la situación en que se encontraba. La señora Moreen no abrigó nin­gún resentimiento, una vez que vio que no había peligro alguno de que Morgan le echara en cara el asunto. Efectivamente, atribu­yendo aquella inmunidad al buen gusto de la influencia que Pem­berton ejercía sobre el muchacho, le dijo en una ocasión al primero:           </p>
<p>            -Amigo mío, es un inmenso alivio que sea usted todo un caba­llero.</p>
<p>            Ahora, en sustancia, le vino a repetir lo mismo:       </p>
<p>            -Naturalmente, es usted todo un caballero&#8230; ¡cuántas moles­tias ahorra eso!</p>
<p>            Pemberton le recordó que él no «había vuelto» sobre nada; y ella, a su vez, renovó la súplica de que le buscara sesenta francos donde fuera y como fuera. El se tomó la libertad de afirmar que si pudie­ra encontrarlos no sería para prestárselos a ella. (En esto era cons­cientemente injusto consigo mismo, pues sabía que si los tuviera se los pondría en la mano sin dudarlo.) En el fondo, y algo de ver­dad había en ello, el joven se acusaba a sí mismo de sentir una sim­patía fantasiosa y desmoralizada hacia aquella mujer.. Si es cierto que la pobreza da lugar a extrañas uniones, también lo es que da lugar a sentimientos extraños. Además era aquella desmoralización y el mal efecto general que tenía vivir con una gente así lo que le hacía dar contestaciones desabridas, olvidando por completo la tra­dición de los buenos modos.</p>
<p>            -Morgan, Morgan, ¿hasta dónde he llegado por ti? -exclamó para sí, mientras la corpulenta señora Moreen se sumergía de nue­vo en las profundidades de la sala, yendo a liberar a su hijo; al avan­zar iba lamentándose con voz quejumbrosa de lo odiosísimo que era todo.</p>
<p>            Antes de que el muchacho fuera liberado se oyó un golpe en la puerta que daba a la escalera, seguido de la aparición de un joven empapado que asomó la cabeza. Pemberton reconoció en él al por­tador de un telegrama y reconoció que el telegrama iba dirigido a él. Mientras Morgan regresaba, él, después de haber echado un vistazo a la firma (la de un amigo de Londres), leía estas palabras: «Te he encontrado empleo magnífico he llegado acuerdo des clases muchacho opulento condiciones ídem. Preséntate inmediatamen­te.» El mensajero aguardaba respuesta, la cual, afortunadamente, estaba pagada. Morgan, que ya había llegado junto a ellos, tam­bién aguardaba, mirando fijamente a Pemberton; éste, al cabo de un momento, después de mirar a Morgan a los ojos, le entregó el telegrama. En realidad fue mediante un intercambio de miradas de inteligencia (tan bien se conocían), mientras el chico de telégra­fos, que llevaba una capa impermeable, formaba un gran charco en el suelo, como resolvieron el asunto. Pemberton escribió la res­puesta a lápiz, apoyándose en los frescos de la pared, y el mensaje­ro partió. Cuando se hubo ido, Pemberton le dijo a Morgan:</p>
<p>            -Pediré unos honorarios elevadísimos; ganaré mucho dinero en poco tiempo y viviremos de eso.</p>
<p>            -Bueno, espero que el muchacho opulento sea tonto&#8230; seguro que lo es&#8230; -dijo Morgan entre paréntesis- y que le retenga mu­cho tiempo.</p>
<p>            -Por supuesto, cuanto más tiempo me retenga tanto más ten­dremos para la vejez.</p>
<p>            -¡Pero imagínese que no le pagan! -sugirió Morgan maligna­mente.</p>
<p>            -¡Oh, es imposible que exista otra&#8230;! -Pemberton se interrum­pió cuando estaba a punto de emplear un término injurioso. En lugar de ello dijo-: &#8230;otra situación como ésta.</p>
<p>            Morgan se puso rojo y afluyeron lágrimas a sus ojos.</p>
<p>            -<em>Dites toujours</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn22">[22]</a>  otra partida de sinvergüenzas como ésta -a continuación, cambiando de tono, añadió-: ¡Qué suerte tiene ese muchacho opulento! ¡Feliz él!</p>
<p>            -Si es tonto, no.</p>
<p>            -Oh, los tontos son más felices todavía. Pero no se puede tener todo ¿verdad? -dijo Morgan sonriendo.</p>
<p>            Pemberton le puso las manos en los hombros.</p>
<p>            -¿Qué va a ser de ti? ¿Qué vas a hacer? -pensó en la señora Moreen, que necesitaba sesenta francos desesperadamente.    </p>
<p>            -Me haré un hombre -y al punto, como si hubiera captado todos los matices que encerraba la alusión de Pemberton, añadió:   </p>
<p>            -Me llevaré mejor con ellos cuando no esté usted aquí.       </p>
<p>            -Ah, no digas eso. ¡Suena como si yo te pusiera en contra de ellos!</p>
<p>            -Y así es&#8230; con sólo verle. Está bien; ya sabe qué quiero decir. Estaré de maravilla. Me haré cargo de sus asuntos; casaré a mis her­manas.</p>
<p>            -¡Tú sí que te vas a casar! -bromeó Pemberton, pues obvia­mente, en el momento de su separación lo más conveniente, o al menos lo más seguro, era simular en son de chanza un tono altane­ro, un tanto estirado.</p>
<p>            Sin embargo, la pregunta que a continuación, repentinamente, le formuló Morgan, no estaba estrictamente dentro de aquel espí­ritu:</p>
<p>            -Pero una cosa&#8230; ¿cómo va a llegar hasta su magnífico empleo? Tendrá que ponerle un telegrama al muchacho opulento para que le envíe el dinero que le permita acudir.</p>
<p>            Pemberton pensó en ello.</p>
<p>            -¿Eso no les haría gracia, verdad?    </p>
<p>            -Oh, ¡tenga cuidado con ellos!</p>
<p>            Entonces Pemberton expuso su remedio;</p>
<p>            -Iré a ver al cónsul de los Estados Unidos; le pediré que me preste algo de dinero&#8230; sólo para los pocos días que tarde en lle­gar, apoyándome en el telegrama.</p>
<p>            Morgan dijo, divertido:</p>
<p>            -Enséñele el telegrama&#8230; ¡y después guárdese el dinero y qué­dese aquí!</p>
<p>            Pemberton le siguió la broma respondiendo que por Morgan era muy capaz de hacer aquello; pero el muchacho se puso más serio y, para demostrar que hablaba en broma, no sólo le urgió a que acudiera al consulado (pues en el telegrama Pemberton le decía a su amigo que saldría aquella misma noche), sino que también in­sistió en acompañarle. Se abrieron camino chapoteando, tratando tortuosamente de sortear los charcos, cruzando los puentes gibo­sos. Atravesaron la Piazza, donde vieron al señor Moreen y a Ulick entrando en una joyería. El cónsul accedió (Pemberton dijo que no fue por el telegrama sino por el aire distinguido de Morgan); ya de vuelta, entraron en San Marcos y se pasaron diez minutos en silencio. Más adelante reanudaron la conversación y ya mantu­vieron el tono divertido hasta el último momento. A Pemberton le pareció un elemento más dentro de aquel tono de diversión el hecho de que la señora Moreen, que se enfadó mucho cuando el joven le anunció sus intenciones, formulara la acusación grotesca y vulgar (haciendo alusión al préstamo que en vano había intenta­do conseguir) de que el preceptor huía porque tenía miedo de que le «sacaran. algo. Por el contrario, hubo de recordar con justicia que cuando llegaron, el señor Moreen y Ulick recibieron la cruel noticia como unos perfectos hombres de mundo.</p>
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<p align="center"><strong>VIII</strong></p>
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<p>            Cuando Pemberton empezó a trabajar con el joven opulento el cual necesitaba que lo prepararan para ingresar en <em>Ba­lliol</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn23">[23]</a>, Pemberton se dio cuenta de que no podía a ciencia cierta, precisar si es que su alumno era idiota de verdad o si la culpa era suya y se lo parecía como consecuencia de su larga convivencia con una persona de corta edad que poseía una inteligencia desmesura­damente viva. Recibió noticias de Morgan media docena de veces: el muchacho le escribía unas cartas encantadoras y juveniles, un mosaico de idiomas que remataba con postcriptums indulgentes, redactados en el Volapük familiar; los pequeños cuadrados, círculos y grietas en blanco que el texto configuraba los llenaba de curiosí­simas ilustraciones. Aquellas cartas dividían el ánimo de Pember­ton: por un lado sentía el impulso de enseñárselas a su nuevo discípulo, a modo de incentivo que sabía de antemano desperdi­ciado; por otro experimentaba la sensación de que había en ellas algo que, si las mostraba, quedaría profanado. El joven opulento se presentó a examen a su debido tiempo y suspendió. Pero la su­posición de que no se esperaba del examinando que fuera brillante a la primera quedó aparentemente reforzada por el hecho de que sus padres (condonando el fallo, del cual, generosamente, habla­ban lo menos posible, como si lo hubiera cometido Pemberton), pensando en evitar un segundo fracaso, le rogaron al joven profe­sor que siguiera ocupándose de su alumno un año más.</p>
<p>            El joven profesor se hallaba ahora en condiciones de prestarle se­senta francos a la señora Moteen y le envió por giro postal aquella cantidad. A cambio de tal favor recibió una línea desesperada y pre­surosamente escrita: .Le suplico que vuelva sin la menor dilación. Morgan está muy enfermo». Los Moreen estaban en pleno choque emocional, una vez más en París (aunque Pemberton los había vis­to deprimidos muchas veces, nunca los había visto tan hundidos) y por consiguiente las comunicaciones se establecieron con rapidez. Le escribió al muchacho para verificar su estado de salud, pero su carta no obtuvo contestación. En consecuencia se despidió abrup­tamente del joven opulento y, tras cruzar el Canal de la Mancha, se presentó en el pequeño hotel cuya dirección le había dado la señora Moreen, y que estaba ubicado en el barrio de los Campos Elíseos. Pemberton experimentó un profundo, si bien tácito, re­sentimiento hacia dicha dama y los que la rodeaban: no podían resignarse a una honradez vulgar, pero sí podían vivir en hoteles, en <em>entresols</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn24">[24]</a>  adornados con terciopelo, en medio del aroma que desprendían al quemarse las pastillas ambientadoras, en la ciudad más cara de Europa. Cuando los dejó en Venecia, lo hizo con la sospecha irreprimible de que iba a pasar algo; pero lo único que sucedió fue que se las arreglaron para irse de aquella ciudad.</p>
<p>            -¿Cómo está? ¿Dónde está? -le preguntó a la señora Moreen.        </p>
<p>            Pero antes de que ella pudiera hablar, aquellas preguntas obtu­vieron respuesta. Unos brazos cuyas mangas eran cortas de talla le rodearon el cuello; eran brazos perfectamente capaces de dar un curioso apretón, efusivo y juvenil.</p>
<p>-¡Muy enfermo! ¡Pues no lo parece! -exclamó el joven. Y, di­rigiéndose a Morgan, le dijo-: ¿Se puede saber por qué no me has ahorrado esta preocupación? ¿Por qué no contestaste mi carta?</p>
<p>            La señora Moreen afirmó que cuando le escribió su hijo se en­contraba muy mal; al mismo tiempo Pemberton supo por el mu­chacho que éste había contestado todas las cartas que había recibido. Esto demostraba que la nota de Pemberton había sido intercepta­da. La señora Moreen estaba preparada para cuando aquel hecho saliera a la luz, así como también lo estaba para muchas otras co­sas, como Pemberton pudo comprobar. Sobre todo estaba prepa­rada para sostener que había actuado movida por el sentido del deber y que estaba encantada de haberle hecho venir, dijeran lo que di­jeran; de nada serviría que el preceptor fingiera no saber, en lo más íntimo de su ser, que en aquellos momentos su lugar estaba junto a Morgan. Él les había arrebatado al chico y ahora no tenía derecho a abandonarlo. Él se había creado gravísimas responsabilidades; cuando menos estaba en la obligación de cargar con las consecuen­cias de lo que había hecho.</p>
<p>            -¿Que se lo he arrebatado? -exclamó Pemberton indignado.          </p>
<p>            -¡Lléveme con usted, se lo suplico! Que me arrebate es justa­mente lo que quiero. No puedo soportar esto, estas escenas. ¡Son gente falsa!</p>
<p>            Estas palabras las dijo Morgan -interrumpido ya su abrazo ­en un tono que hizo a Pemberton dirigir rápidamente la mirada hacia él, viendo que el muchacho había tomado asiento de repen­te, que respiraba con evidente dificultad y que estaba muy pálido.</p>
<p>            -¿Y ahora qué? ¿Sigue diciendo que no está enfermo mi niño precioso? -gritó su madre, cayendo de rodillas ante Morgan, con las manos entrelazadas, mas sin atreverse a tocarlo, como si de un ídolo de oro se tratara-. Se le pasará&#8230; es cosa de un instante nada más; ¡pero no diga esas cosas horribles!</p>
<p>            -Estoy bien&#8230; estoy bien -le dijo Morgan a Pemberton, ja­deando y mirándole son una sonrisa extraña, las manos apoyadas a ambos lados del sofá.</p>
<p>            -¿Aún sigue pensando que soy una farsante, que le he menti­do? -la señora Moreen se levantó y miró a Pemberton echando chispas por los ojos.</p>
<p>            -¡No es él quien lo dice, soy yo! -replicó el muchacho, apa­rentemente más aliviado, aunque seguía hundido en el sofá, echa­do contra el respaldo; mientras, Pemberton, que se había sentado a su lado, le cogió de la mano y se inclinó sobre él.</p>
<p>            -Hijo mío querido, hacemos lo que podemos; hay que tener en cuenta tantas cosas -alegó la señora Moreen-. Su sitio está aquí y nada más que aquí. Ahora tú también piensas eso.</p>
<p>            -Sáqueme de aquí&#8230; sáqueme de aquí -prosiguió Morgan, son­riéndole a Pemberton con el rostro muy blanco.</p>
<p>            -¿Dónde te voy a llevar y cómo? Oh, ¿cómo, querido mucha­cho? -dijo el joven con voz entrecortada, pensando en la descor­tesía con que sus amigos de Londres sostenían que Pemberton los había abandonado por propia conveniencia y encima sin haberse comprometido a regresar inmediatamente; pensaba también en el justo resentimiento que a aquellas alturas ya les habría inducido a contratar un sucesor y en lo poco que le iba a ayudar a la hora de encontrar otro empleo el hecho incontrovertible de que no ha­bía logrado que su alumno aprobara.</p>
<p>            -Oh, ya lo arreglaremos. Antes usted solía hablar de eso -dijo Morgan-. Con tal de que nos podamos ir, lo demás son sólo detalles.</p>
<p>            -Hable de eso cuanto guste pero no sueñe ni con intentarlo.            El señor Moreen nunca lo aceptaría&#8230; sería una cosa tan poco segu­ra -le explicó a Pemberton su anfitriona. A continuación le expli­có a Morgan lo siguiente-: Nuestra paz quedaría destruida y nuestros corazones destrozados. Ahora que ha regresado tu tutor todo volverá a ser como antes. Tú dispondrás de tu vida, de tu tra­bajo y de tu libertad, y todos seremos tan felices como antes. Te pondrás fuerte y tendrás un desarrollo perfectamente normal, y no­sotros no volveremos a hacer más experimentos estúpidos, ¿no es así? Son demasiado absurdos. El señor Pemberton está en el lugar que le corresponde: cada uno está en el lugar que le corresponde. Tú en el tuyo, tu papá en el suyo y yo en el mío&#8230; <em>n&#8217;est-ce pas, chéri</em>?<a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn25">[25]</a> Todos nos olvidaremos de los tontos que hemos sido y nos los pasaremos maravillosamente bien.</p>
<p>            Continuó hablando, sin dejar de moverse confusamente por el salón, que era una estancia recargada, de dimensiones reducidas y abundantes colgaduras, mientras Pemberton seguía sentado jun­to al muchacho, que iba recuperando poco a poco el color. La se­ñora Moreen entremezclaba diversas razones, dejando caer que se iban a producir cambios, que tal vez se dispersaran sus otros hijos (&#8221;¿Quién sabe? Paula tiene sus propias ideas») y en ese caso ya po­dían imaginarse lo mucho que necesitarían los pobres padres del nido a su pajarillo. Morgan miró a su preceptor, que no le permi­tió moverse; Pemberton sabía con exactitud qué sentimientos se despertaron en el interior del chico cuando oyó que le llamaban pajarillo. Morgan admitió haber tenido un par de días malos pero renovó sus protestas contra la ingenuidad demostrada por su ma­dre al apoyarse en aquello para suplicarle al pobre Pemberton que volviera. El pobre Pemberton ahora tuvo motivos para reírse, apar­te de lo cómica que resultaba la señora Moreen, desplegando tanta filosofía pata defenderse (parecía que la obtenía de tanto agitar las faldas, con las que se tropezaba contra los asientos dorados), pues no le parecía que el muchacho enfermo estuviera muy en condicio­nes de rechazar ninguna ayuda.</p>
<p>            En todo caso él iba a prestársela. Debía volver a ocuparse de Mor­gan indefinidamente; aunque también se daba cuenta de que el chico tenía su propia teoría, que sacaría a relucir con el fin de ata­jar las intenciones de Pemberton. Este se lo agradecía de antema­no; pero la conducta que se proponía seguir no le ahorraba un cierto desfallecimiento de ánimo, como tampoco le impedía aceptar las perspectivas del futuro que se le presentaba, aunque creía que las aceptaría aún de mejor grado si le fuera posible cenar algo. La se­ñora Moteen dio más pistas acerca de los cambios que cabía espe­rar, pero su persona era una mezcla tal de sonrisas y estremecimientos (confesó estar muy nerviosa) que Pemberton no sabía bien si es que estaba de muy buen humor o le había dado un ataque de histeria. Si era cierto que la familia iba a disgregarse por fin ¿por qué no reconocía la necesidad de emplazar a Morgan en un bote salvavi­das? La presunción de que aquello era lo que iba a ocurrir se veía reforzada merced al hecho de que la familia se hallara instalada en unos aposentos de lujo, en la capital del placer; en ningún otro sitio se establecería la familia ante la perspectiva de una desinte­gración. Además ¿no había mencionado ella que el señor Moreen y los demás se encontraban disfrutando en la ópera con el señor Granger? ¿No era por lo demás aquél precisamente el lugar donde habría que buscarlos en vísperas de una crisis? Pemberton coligió que el señor Granger era un norteamericano rico que se encontra­ba disponible (una factura enorme con un pomposo membrete en la que aún no figuraba escrita ninguna compra); de modo que, pro­bablemente, una de las «idea» de Paula sería que aquella vez ha­bía logrado su objetivo, lo cual suponía en efecto un golpe sin pre­cedentes a la cohesión familiar. Y si había llegado el fin de la co­hesión ¿qué iba a ser del pobre Pemberton? Estaba lo bastante li­gado a ellos como para verse a sí mismo -con gran alarma- con­vertido en un madero a la deriva, en caso de naufragio.</p>
<p>            Fue Morgan quien le preguntó finalmente si no le habían encar­gado nada de cenar; eso fue más tarde, estando sentado con él, aba­jo, ante una cena tardía, en una habitación en penumbra donde abundaba la felpa de color verde recogida con cordones, en pre­sencia de un plato de bizcocho ornamental y una languidez nota­ble por parte del camarero. La señora Moteen le había explicado a Pemberton que se habían visto obligados a procurarle una habi­tación apartada de sus aposentos; y el consuelo que le ofreció Mor­gan (se lo ofreció mientras Pemberton pensaba en lo repugnantes que son las salsas tibias) resultó ser, en gran medida, que aquella circunstancia les facilitaría la huida. El muchacho hablaba de cuando se escaparan (después volvería con frecuencia sobre ello) como si estuvieran urdiendo juntos una fuga propia de un libro juvenil. Pero al mismo tiempo afirmaba tener la sensación de que estaba pasando algo, que los Moreen no podrían aguantar durante mu­cho tiempo. En realidad, como habría de comprobar Pemberton, consiguieron aguantar por espacio de cinco o seis meses. No obs­tante, durante todo aquel tiempo, Morgan se esforzó por alegrarle el ánimo a su preceptor. El señor Moreen y Ulick, a quienes vio al día siguiente de su llegada, aceptaron su regreso como perfectos hombres de mundo. Aunque Paula y Amy le dieron a aquel hecho un tratamiento menos formal todavía, es preciso ser indulgente con ellas, teniendo en cuenta que el señor Granger no se había presen­tado en la ópera después de todo. Se limitó a poner su palco a dis­posición de sus invitados, obsequiando a cada miembro del grupo con un ramo de flores; el señor Moreen y Ulick también tuvieron cada uno el suyo, lo cual hizo que resultara más amargo pensar en su liberalidad.</p>
<p>            -Son todos iguales -fue el comentario de Morgan-; en el úl­timo momento, cuando ya nos creemos que los tenemos atrapa­dos, nos dejan plantados.</p>
<p>            Aquellos días los comentarios de Morgan eran cada vez más li­bres; en algunos manifestaba estar muy agradecido por la ternura extraordinaria con que le habían tratado cuando Pemberton se en­contraba lejos. Oh, sí, nunca era bastante lo que hacían por ser agra­dables con él, por demostrarle que lo tenían presente en su ánimo y por tratar de compensarle de la pérdida que había sufrido. Aquello era precisamente lo que hacía de todo el asunto algo tan triste y lo que a Morgan le hacía alegrarse tanto, a fin de cuentas, de que Pemberton hubiera regresado; ahora tenía que estar menos pen­diente del afecto de sus familiares y era menor la sensación de estar en deuda con ellos. A Pemberton esta última razón le hizo reírse abiertamente, por lo que Morgan enrojeció y dijo:</p>
<p>            -Ya sabe a qué me refiero.</p>
<p>            Pemberton sabía perfectamente a qué se refería; pero había mu­chas cosas que seguían sin aclararse. El episodio de su segunda es­tancia en París se prolongaba tediosamente; se reanudaron las lec­turas, los paseos y los vagabundeos, las incursiones por los quais, las visitas a los museos, el ir de vez en cuando a pasar el tiempo al Palais Royal, cuando empezaban a asomar los primeros rigores del frío y era reconfortante sentir las emanaciones de la calefacción, disfrutando ante el magnífico ventanal del Presbiterio. Morgan que­ría saber muchas cosas del joven opulento; estaba muy interesado en él. Algunos de los detalles de su opulencia -Pemberton no po­día ahorrarle ninguno- evidentemente acentuaban el agradeci­miento que sentía el muchacho por todo a lo que había renuncia­do su amigo para volver junto a él; además de la mayor reciproci­dad que se establecía por causa de tanta renuncia, Morgan siempre le estaba dando vueltas a su teoría, que además estaba impregnada de una alegría frívola, y según la cual el largo periodo de prueba por el que estaban pasando se estaba acercando a su fin. La convic­ción de Morgan según la cual los Moreen no podían seguir así mu­cho más tiempo era pareja al ímpetu inagotable con que, mes tras mes y pese a todo, seguían adelante. Tres semanas después de que Pemberton hubiera vuelto con ellos se trasladaron a otro hotel, más sórdido que el primero; pero Morgan se alegró de que al menos su tutor no tuviera aún que verse privado de la ventaja de tener una habitación en otra parte. El muchacho seguía aferrándose a la novelesca utilidad que les reportaría tal circunstancia cuando lle­gara el día, o mejor dicho, la noche de su huida.</p>
<p>            Por vez primera en el proceso de aquella complicada relación, Pemberton se sentía molesto y exasperado. Era, como le había di­cho en Venecia a la señora Moreen, trop fort&#8230; todo era trop fort. En realidad no podía ni deshacerse de aquella carga frustrante ni hallar en ella el beneficio de una conciencia apaciguada o de un afecto recompensado. Se había gastado todo el dinero que había ganado en Inglaterra, y por otra parte sentía que se le estaba aca­bando la juventud y que no estaba recibiendo nada a cambio de ello. Estaba muy bien que Morgan al parecer considerase que le recompensaría por todos los inconvenientes padecidos uniendo para siempre su suerte a la de Pemberton, pero aquella perspectiva pre­sentaba un fallo irritante. Él se daba cuenta de lo que el muchacho planeaba; pensaba que como su amigo había tenido la generosi­dad de regresar junto a él, estaba en la obligación de demostrarle su agradecimiento, entregándole su vida. Pero su pobre amigo no quería aquella ofrenda. ¿Qué podría hacer él con la vida de Mor­gan? Por supuesto, a la vez que se sentía irritado, Pemberton co­nocía la causa de su irritación, la cual era muy honrosa para Mor­gan y consistía sencillamente en el hecho de que éste, a fin de cuentas no era más que un niño. Si se le trataba conforme a un supuesto diferente, las desgracias que le acontecieran a uno eran culpa de uno. Así pues, Pemberton esperaba, en medio de una extraña con­fusión de anhelo y alarma, que se produjera la catástrofe que su­puestamente se cernía sobre la casa de los Moreen y cuyos síntomas, sin duda alguna, sentía a veces que le rozaban la mejilla, ha­ciéndole preguntarse con insistencia qué forma adoptaría.</p>
<p>            Tal vez adoptara la forma de una desbandada, un aterrado <em>sau­ve qui peut</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn26">[26]</a>, una huida hacia posiciones egoístas. Ciertamente, los miembros de la familia mostraban menos elasticidad que anta­ño; era evidente que estaban buscando algo y que no lo encontra­ban. Los Dorrington no habían vuelto a hacer acto de presencia, los príncipes se habían esfumado: ¿no era aquello el principio del fin? La señora Moreen había abandonado su costumbre de llevar la cuenta de los famosos &#8220;días&#8221;; su calendario social era confuso: estaba vuelto de cara a la pared. Pemberton sospechaba que el des­concierto había empezado a revestir grandes y crueles proporciones merced al comportamiento extraordinario del señor Granger, que parecía no saber lo que quería o -lo que era mucho peor- lo que ellos querían. Seguía mandando flores, como para cubrir el cami­no por el que se retiraba, que no era jamás el camino de regreso. Las flores estaban muy bien, pero&#8230; (Pemberton sabría acabar esta frase). Ahora, después de mucho andar, una cosa quedaba perfec­tamente clara: los Moreen eran un fracaso. El joven casi se sentía agradecido porque no hubiera sido poco lo andado. En efecto, el señor Moteen aún era capaz de arreglárselas para irse de negocios y, lo que era más sorprendente, también se las arreglaba para vol­ver&#8230; Ulick ya no pertenecía a ningún club, pero eso habría sido imposible deducirlo por su aspecto, que seguía siendo en la misma medida que siempre el de una persona que contempla el espectá­culo de la vida desde los ventanales de una institución como la re­ferida; por consiguiente fue doble el asombro que experimentó Pem­berton cuando oyó la respuesta que dio Ulick a su madre, dicha en un tono desesperado propio de un hombre acostumbrado a las mayores privaciones. La pregunta de la madre, Pemberton no la captó bien; al parecer le consultaba si se le ocurría quién podría llevarse a Amy. .¡Que se la lleve el diablo!. le espetó Ulick. De modo que Pemberton se dio cuenta no sólo de que habían perdido la afabilidad, sino también de que habían dejado de creer en sí mismos. Igualmente se dio cuenta de que el hecho de que la seño­ra Moteen estuviera intentando que la gente se llevara a sus hijos podría interpretarse como que estaba cerrando las escotillas ante la proximidad de la tormenta. Pero Morgan sería el último de quien se separaría.</p>
<p>            Una tarde de invierno -era domingo- Pemberton y el mucha­cho se adentraron mucho en el Bois de Boulogne. Hacía una tarde tan espléndida, eran tan claras las frías tonalidades de color limón del ocaso, era tan entretenido observar la afluencia de vehículos y paseantes, tan grande la fascinación que ejercía París, que empren­dieron la vuelta más tarde de lo normal, dándose cuenta de que tendrían que darse prisa si querían llegar a tiempo para la cena. Así pues emprendieron el regreso apresuradamente, cogidos del bra­zo, de buen humor y con apetito, conviniendo que no había nada como París después de todo y que después de todo (una vez más) lo que habían ido y venido todavía no estaban hastiados de place­res inocentes. Cuando llegaron a tiempo al hotel descubrieron que aunque era escandalosamente tarde llegaban a tiempo para cuanta cena había probabilidades de que les sirvieran. En los aposentos de los Moreen (que esta vez eran bastante lamentables, siendo los mejores del hotel) reinaba el caos y el servicio de mesa había sufri­do una interrupción (los objetos estaban desplazados, casi como si hubiera habido una pelea, y había una gran mancha de vino junto a una botella volcada). Pemberton no pudo permanecer ciego ante la evidencia de que había tenido lugar una escena de rebelión pro­tagonizada por los propietarios. Había estallado la tormenta; to­dos buscaban refugio. Las escotillas estaban cerradas; no se veía a Paula ni a Amy por ninguna parte (jamás habían intentado, ni re­motamente, ejercer sus artes sobre Pemberton, pero éste compren­día que lo tuvieran lo suficientemente en cuenta como para no de­sear que las viera en el papel de señoritas a las que les habían con­fiscado sus vestidos); y en cuanto a Ulick, parecía que hubiera sal­tado por la borda. En una palabra, el hostelero y el personal a su servicio habían dejado de marchar al paso de sus huéspedes, y la atmósfera que rodeaba aquella suspensión embarazosa, merced a los baúles entreabiertos que se amontonaban en el pasillo, se fun­día con el ambiente de indignación que rodeaba la retirada.</p>
<p>            Cuando Morgan captó todo aquello (y lo captó con gran rapi­dez) enrojeció hasta la raíz del pelo. Llevaba caminando entre pe­ligros y dificultades desde la infancia pero jamás había visto la si­tuación públicamente expuesta. Al dirigirle una segunda mirada, Pemberton advirtió que tenía lágrimas en los ojos y que eran lágri­mas de amarga vergüenza. Por un instante se preguntó, pensando en el muchacho, si le resultaría posible fingir que no comprendía lo que pasaba. Imposible, comprendió cuando el señor y la señora Moreen (que se hallaban en su salón exiguo y deshonrado, junto a la chimenea apagada, sin haber cenado, aparentemente sumidos en hondas cavilaciones, tratando de ver qué capital activo figuraba a continuación en su lista) se pusieron en pie al verle. No se les veía abatidos, pero estaban muy pálidos y era evidente que la se­ñora Moreen había estado llorando. No obstante, Pemberton comprendió enseguida que la causa de su dolor no era la pérdida de la cena, aunque era cierto que ésta siempre le proporcionaba un gran placer, sino que obedecía a una necesidad mucho más trági­ca. Sin pérdida de tiempo expuso en qué consistía aquella necesi­dad, diciéndole a Pemberton que había sobrevenido el cambio; ha­bía caído un rayo y ahora todos tendrían que buscar soluciones. En consecuencia, por muy cruel que les resultara separarse de su que­rido hijo, la señora Moreen se veía obligada a recurrir al tutor, pi­diéndole que, durante un breve periodo de tiempo más, siguiera ejerciendo la influencia que afortunadamente había logrado tener sobre el chico&#8230; pidiéndole que convenciera a su joven pupilo de que le siguiera a algún modesto rincón. En una palabra, contaban con que acogiera temporalmente a su maravilloso hijo bajo su pro­tección; eso le dejaría al señor Moteen, y a ella misma, un margen mucho mayor para concederle al reajuste de sus asuntos la aten­ción necesaria (demasiado poca, ¡ay!, les habían concedido ellos).</p>
<p>            -Confiamos en usted&#8230; nuestros sentimientos nos dicen que po­demos hacerlo -dijo la señora Moreen, frotándose con lentitud sus manos blancas y gordezuelas, mientras miraba fija y compungida­mente a Morgan, cuya barbilla, no osando tomarse libertades, aca­riciaba su marido con un índice paternal y dubitativo.</p>
<p>            -Oh, sí; nuestros sentimientos nos dicen que podemos hacer­lo. Confiamos plenamente en el señor Pemberton, Morgan -con­cedió el señor Moreen.</p>
<p>            Pemberton se preguntó de nuevo si le resultaría posible fingir que no entendía; pero aquella idea se complicó dolorosamente, pues al punto se dio cuenta de que Morgan sí había entendido.</p>
<p>            -¿Quieres decir que puedo irme a vivir con él? ¿Para siempre jamás? -exclamó el muchacho-. ¿Lejos, lejos, donde él quiera?        </p>
<p>            -¿Para siempre jamás? <em>Comme vous-y-allez!</em> <a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn27">[27]</a> -rió indulgen­temente el señor Moreen-. Mientras el señor Pemberton tenga la bondad.</p>
<p>            -Hemos luchado, hemos sufrido -prosiguió su esposa-; pero usted se ha adueñado de él de tal modo que ya hemos pasado lo peor del sacrificio.</p>
<p>            Morgan había apartado la vista de su padre; estaba mirando a Pemberton con el rostro iluminado. Había desaparecido el sonro­jo, pero en su lugar surgió algo más vívido y luminoso. Tuvo un momento de alegría infantil, apenas mitigada por la consideración de que, al verse sus esperanzas consagradas de un modo tan ines­perado (demasiado repentino, demasiado violento; la cosa resulta­ba menos propia de un libro juvenil), la &#8220;huida» quedaba en ma­nos suyas y de Pemberton. La alegría infantil duró un instante, y Pemberton casi tuvo miedo ante aquella revelación de afecto y gra­titud que fulguraba en medio de la humillación del muchacho. Cuando Morgan balbució &#8220;¿Qué dice usted a eso?» Pemberton se dio cuenta de que debería mostrar entusiasmo. Pero el miedo que éste último sentía se acentuó por causa de otra cosa que sucedió inmediatamente después y que obligó al chico a sentarse rápida­mente en la silla que tenía más cerca.</p>
<p>            Morgan estaba muy pálido y se había llevado una mano al lado izquierdo del pecho. Los tres lo miraban pero fue la señora Moteen la primera en inclinarse hacia delante.</p>
<p>            -¡Ah, su corazoncito querido! -exclamó; y esta vez, arrodilla­da ante él, sin respetar al ídolo, lo cogió ardientemente entre sus brazos-. ¡Le ha hecho andar mucho, le ha obligado a ir muy de­prisa! -le espetó a Pemberton por encima del hombro. El mucha­cho no hizo ningún ademán de protesta y un instante después, su madre, que todavía lo tenía entre sus brazos, se levantó de un salto y, con la cara convulsionada, empezó a gritar de un modo horrible-: ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Se muere! ¡Se ha muerto!</p>
<p>            Pemberton comprendió con idéntico horror, por el rostro crispa­do del niño, que efectivamente estaba muerto. Lo cogió, intentan­do arrancárselo a su madre de las manos y durante un momento, mientras los dos lo sujetaban, se miraron a los ojos, presas del des­consuelo.</p>
<p>            -Con la enfermedad no ha podido soportarlo -dijo Pemberton-; ha sido el golpe, toda la escena, la emoción tan vio­lenta.</p>
<p>            -¡Pero yo pensaba que él quería irse con usted! -gimoteó la señora Moteen.</p>
<p>            -Ya te dije yo que no, querida -argumentó el señor Moreen. Todo su cuerpo temblaba y, a su manera, estaba tan profundamente afectado como su esposa. Pero, pasado el primer momento, aceptó su dolor como corresponde a un hombre de mundo.</p>
<p> </p>
<hr size="1" /><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref1">[1]</a> Guantes de ante.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref2">[2]</a> Almuerzo.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref3">[3]</a> Contraseña.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref4">[4]</a> Limitado.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref5">[5]</a> Volapük: es una lengua artificial creada en 1880 por un clérigo alemán, Johann Martin Schleyer, y concebida para ser usada como lengua universal. Hasta la aparición del esperanto tuvo éxito y una difusión notable.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref6">[6]</a> Portero.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref7">[7]</a> Calorífero ( especie de estufa).</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref8">[8]</a> Muelles( se refiere a los muelles o riberas del Sena, donde abundan los puestos de venta callejera de todas clases, incluidos los libreros de viejo).</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref9">[9]</a> Inmundos.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref10">[10]</a> Literalmente, filer es hilar pero, como aclara el texto, en slang tiene el valor figurado de largarse, esfumarse, irse.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref11">[11]</a> Arrogancia.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref12">[12]</a> Veamos, querido amigo.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref13">[13]</a> Cretino.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref14">[14]</a> No hablemos más.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref15">[15]</a> Un modesto pasar.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref16">[16]</a> Conjunto.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref17">[17]</a> Mundo elegante.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref18">[18]</a> Taza de café.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref19">[19]</a> Tutear.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref20">[20]</a> Eso es demasiado fuerte.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref21">[21]</a> ¿qué ritmo de trabajo lleva usted?</p>
<p> </p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref22">[22]</a> Diga siempre.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref23">[23]</a> Balliol College es uno de  los centros de la Universidad de Oxford.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref24">[24]</a> Pisos.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref25">[25]</a> ¿Verdad querido?</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref26">[26]</a> Sálvese quien pueda.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref27">[27]</a> ¡Cómo ustedes quieran!</p>
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		<title>EL ECLIPSE</title>
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		<pubDate>Sat, 23 Jan 2010 06:53:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Augusto Monterrosso]]></category>
		<category><![CDATA[Crueldades]]></category>
		<category><![CDATA[Humor negro]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuando Fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido acepto que ya nada podría salvarlos. La selva poderosa de Guatemala lo había opresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando Fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido acepto que ya nada podría salvarlos. La selva poderosa de Guatemala lo había opresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de Los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.</p>
<p>Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de si mismo.</p>
<p>Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intento algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.</p>
<p>Entonces floreció en el una idea que tuvo por digna de su talento y de si cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles.</p>
<p>Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo mas intimo, valerse de ese conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.</p>
<p>-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.</p>
<p>Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y espero confiado, no sin cierto desdén.</p>
<p>Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.</p>
<p>Augusto Monterrosso</p>
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		<title>El capote</title>
		<link>http://www.cuentoscrueles.com/crueldades/el-capote/</link>
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		<pubDate>Wed, 13 Jan 2010 06:02:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crueldades]]></category>
		<category><![CDATA[Nicolai Gogol]]></category>
		<category><![CDATA[Putadas y jugarretas]]></category>
		<category><![CDATA[Situaciones crueles]]></category>
		<category><![CDATA[Tortura psicológica]]></category>

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		<description><![CDATA[En el departamento ministerial de **F; pero creo que será preferible no nombrarlo, porque no hay gente más susceptible que los empleados de esta clase de departamentos, los oficiales, los cancilleres&#8230;, en una palabra: todos los funcionarios que componen la burocracia. Y ahora, dicho esto, muy bien pudiera suceder que cualquier ciudadano honorable se sintiera [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-47" style="margin: 12px;" title="san-petersburgo" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/san-petersburgo.jpg" alt="san-petersburgo" width="287" height="199" />En el departamento ministerial de **F; pero creo que será preferible no nombrarlo, porque no hay gente más susceptible que los empleados de esta clase de departamentos, los oficiales, los cancilleres&#8230;, en una palabra: todos los funcionarios que componen la burocracia. Y ahora, dicho esto, muy bien pudiera suceder que cualquier ciudadano honorable se sintiera ofendido al suponer que en su persona se hacía una afrenta a toda la sociedad de que forma parte. Se dice que hace poco un capitán de Policía-no recuerdo en qué ciudad-presentó un informe, en el que manifestaba claramente que se burlaban los decretos imperiales y que incluso el honorable título de capitán de Policía se llegaba a pronunciar con desprecio. Y en prueba de ello mandaba un informe voluminoso de cierta novela romántica, en la que, a cada diez páginas, aparecía un capitán de Policía, y a veces, y esto es lo grave, en completo estado de embriaguez. Y por eso, para evitar toda clase de disgustos, llamaremos sencillamente <em>un departamento</em> al departamento de que hablemos aquí.</p>
<p>Pues bien: en cierto departamento ministerial trabajaba un funcionario, de quien apenas si se puede decir que tenía algo de particular. Era bajo de estatura, algo picado de viruelas, un tanto pelirrojo y también algo corto de vista, con una pequeña calvicie en la frente, las mejillas llenas de arrugas y el rostro pálido, como el de las personas que padecen de almorranas&#8230; ¡Qué se le va a hacer! La culpa la tenía el clima petersburgués.<br />
En cuanto al grado-ya que entre nosotros es la primera cosa que sale a colación-, nuestro hombre era lo que llaman un eterno consejero titular, de los que, como es sabido, se han mofado y chanceado diversos escritores que tienen la laudable costumbre de atacar a los que no pueden defenderse. El apellido del funcionario en cuestión era Bachmachkin, y ya por el mismo se ve claramente que deriva de la palabra zapato; pero cómo, cuándo y de qué forma, nadie lo sabe. El padre, el abuelo y hasta el cuñado de nuestro funcionario y todos los Bachmachkin llevaron siempre botas, a las que mandaban poner suelas solo tres veces al año. Nuestro hombre se llamaba Akakiy Akakievich. Quizá al lector le parezca este nombre un tanto raro y rebuscado, pero puedo asegurarle que no lo buscaron adrede, sino que las circunstancias mismas hicieron imposible darle otro, pues el hecho ocurrió como sigue:<br />
Akakiy Akakievich nació, si mal no se recuerda, en la noche del veintidós al veintitrés de marzo. Su difunta madre, buena mujer y esposa también de otro funcionario, dispuso todo lo necesario, como era natural, para que el niño fuera bautizado. La madre guardaba aún cama, la cual estaba situada enfrente de la puerta, y a la derecha se hallaban el padrino, Iván Ivanovich Erochkin, hombre excelente, jefe de oficina en el Senado, y la madrina, Arina Semenovna Belobriuchkova, esposa de un oficial de la Policía y mujer de virtudes extraordinarias.<br />
Dieron a elegir a la parturienta entre tres nombres: Mokkia, Sossia y el del mártir Josdasat. «No -dijo para sí la enferma-. ¡Vaya unos nombres! ¡ No! » Para complacerla, pasaron la hoja del almanaque, en la que se leían otros tres nombres, Trifiliy, Dula y Varajasiy.<br />
-¡Pero todo esto parece un verdadero castigo! -exclamó la madre-. ¡Qué nombres! ¡Jamás he oído cosa semejante! Si por lo menos fuese Varadat o Varuj; pero ¡Trifiliy o Varajasiy!<br />
Volvieron otra hoja del almanaque y se encontraron los nombres de Pavsikajiy y Vajticiy.<br />
-Bueno; ya veo-dijo la anciana madre-que este ha de ser su destino. Pues bien: entonces, será mejora que se llame como su padre. Akakiy se llama el padre; que el hijo se llame también Akakiy.<br />
Y así se formó el nombre de Akakiy Akakievich. E1 niño fue bautizado. Durante el acto sacramental lloró e hizo tales muecas, cual si presintiera que había de ser consejero titular. Y así fue como sucedieron las cosas. Hemos citado estos hechos con objeto de que el lector se convenza de que todo tenía que suceder así y que habría sido imposible darle otro nombre.<br />
Cuándo y en qué época entró en el departamento ministerial y quién le colocó allí, nadie podría decirlo. Cuantos directores y jefes pasaron le habían visto siempre en el mismo sitio, en idéntica postura, con la misma categoría de copista; de modo que se podía creer que había nacido así en este mundo, completamente formado con uniforme y la serie de calvas sobre la frente.<br />
En el departamento nadie le demostraba el menor respeto. Los ordenanzas no sólo no se movían de su sitio cuando él pasaba, sino que ni siquiera le miraban, como si se tratara sólo de una mosca que pasara volando por la sala de espera. Sus superiores le trataban con cierta frialdad despótica. Los ayudantes del jefe de oficina le ponían los montones de papeles debajo de las narices, sin decirle siquiera: «Copie esto», o «Aquí tiene un asunto bonito e interesante», o algo por el estilo. como corresponde a empleados con buenos modales. Y él los cogía, mirando tan sólo a los papeles, sin fijarse en quién los ponía delante de él, ni si tenía derecho a ello. Los tomaba y se ponía en el acto a copiarlos.<br />
Los empleados jóvenes se mofaban y chanceaban de él con todo el ingenio de que es capaz un cancillerista-si es que al referirse a ellos se puede hablar de ingenio-, contando en su presencia toda clase de historias inventadas sobre él y su patrona, una anciana de setenta años. Decían que ésta le pegaba y preguntaban cuándo iba a casarse con ella y le tiraban sobre la cabeza papelitos, diciéndole que se trataba de copos de nieve. Pero a todo esto, Akakiy Akakievich no replicaba nada, como si se encontrara allí solo. Ni siquiera ejercía influencia en su ocupación, y a pesar de que le daban la lata de esta manera, no cometía ni un solo error en su escritura. Solo cuando la broma resultaba demasiado insoportable, cuando le daban algún golpe en el brazo, impidiéndole seguir trabajando, pronunciaba estas palabras:<br />
-¡ Dejadme! ¿Por qué me ofendéis?<br />
Había algo extraño en estas palabras y en el tono de voz con que las pronunciaba. En ellas aparecía algo que inclinaba a la compasión. Y así sucedió en cierta ocasión: un joven que acababa de conseguir empleo en la oficina y que, siguiendo el ejemplo de los demás, iba a burlarse de Akakiy, se quedó cortado, cual si le hubieran dado una puñalada en el corazón, y desde entonces pareció que todo había cambiado ante él y lo vio todo bajo otro aspecto. Una fuerza sobrenatural le impulsó a separarse de sus compañeros, a quienes había tomado por personas educadas y como es debido. Y aun mucho más tarde, en los momentos de mayor regocijo, se le aparecía la figura de aquel diminuto empleado con la calva sobre la frente, y oía sus palabras insinuantes<br />
« ¡Dejadme! ¿Por qué me ofendéis?» Y simultáneamente con estas palabras resonaban otras: «¡Soy tu hermano!» El pobre infeliz se tapaba la cara con las manos, y más de una vez, en el curso de su vida, se estremeció al ver cuánta inhumanidad hay en el hombre y cuánta dureza y grosería encubren los modales de una supuesta educación, selecta y esmerada. Y, ¡Dios mío!, hasta en las personas que pasaban por nobles y honradas&#8230;<br />
Difícilmente se encontraría un hombre que viviera cumpliendo tan celosamente con sus deberes&#8230; y, ¡es poco decir!, que trabajara con tanta afición y esmero. Allí, copiando documentos, se abría ante él un mundo más pintoresco y placentero. En su cara se reflejaba el gozo que experimentaba. Algunas letras eran sus favoritas, y cuando daba con ellas estaba como fuera de sí: sonreía, parpadeaba y se ayudaba con los labios, de manera que resultaba hasta posible leer en su rostro cada letra que trazaba su pluma.<br />
Si le hubieran dado una recompensa a su celo tal vez, con gran asombro por su parte, hubiera conseguido ser ya consejero de Estado. Pero, como decían sus compañeros bromistas, en vez de una condecoración de ojal, tenía hemorroides en los riñones. Por otra parte, no se puede afirmar que no se le hiciera ningún caso. En cierta ocasión, un director, hombre bondadoso, deseando recompensarle por sus largos servicios, ordenó que le diesen un trabajo de mayor importancia que el suyo, que consistía en copiar simples documentos. Se le encargó que redactara, a base de un expediente, un informe que había de ser elevado a otro departamento. Su trabajo consistía sólo en cambiar el título y sustituir el pronombre de primera persona por el de tercera. Esto le dio tanto trabajo, que, todo sudoroso, no hacía más que pasarse la mano por la frente, hasta que por fin acabó por exclamar:<br />
-No; será mejor que me dé a copiar algo, como hacía antes.<br />
Y desde entonces le dejaron para siempre de copista.<br />
Fuera de estas copias, parecía que en el mundo no existía nada para él. Nunca pensaba en su traje. Su uniforme no era verde, sino que había adquirido un color de harina que tiraba a rojizo. Llevaba un cuello estrecho y bajo, y, a pesar de que tenía el cuello corto, éste sobresalía mucho y parecía exageradamente largo, como el de los gatos de yeso que mueven la cabeza y que llevan colgando, por docenas, los artesanos.<br />
Y siempre se le quedaba algo pegado al traje, bien un poco de heno, o bien un hilo. Además. tenía la mala suerte, la desgracia, de que al pasar siempre por debajo de las ventanas lo hacía en el preciso momento en que arrojaban basuras a la calle. Y por eso, en todo momento, llevaba en el sombrero alguna cáscara de melón o de sandía o cosa parecida. Ni una sola vez en la vida prestó atención a lo que ocurría diariamente en las calles, cosa que no dejaba de advertir su colega, el joven funcionario, a quien, aguzando de modo especial su mirada, penetrante y atrevida, no se le escapaba nada de cuanto pasara por la acera de enfrente, ora fuese alguna persona que llevase los pantalones de trabillas, pero un poco gastados ora otra cosa cualquiera, todo lo cual hacía asomar siempre a su rostro una sonrisa maliciosa.<br />
Pero Akakiy Akakievich, adonde quiera que mirase, siempre veía los renglones regulares de su letra limpia y correcta. Y sólo cuando se le ponía sobre el hombro el hocico de algún caballo, y éste le soplaba en la mejilla con todo vigor, se daba cuenta de que no estaba en medio de una línea, sino en medio de la calle.<br />
Al llegar a su casa se sentaba en seguida a la mesa, tomaba rápidamente la sopa de schi (1), y después comía un pedazo de carne de vaca con cebollas, sin reparar en su sabor. Era capaz de comerlo con moscas y con todo aquello que Dios añadía por aquel entonces. Cuando notaba que el estómago empezaba a llenársele, se levantaba de la mesa, cogía un tintero pequeño y empezaba a copiar los papeles que había llevado a casa. Cuando no tenía trabajo, hacía alguna copia para él, por mero placer, sobre todo si se trataba de algún documento especial, no por la belleza del estilo, sino porque fuese dirigido a alguna persona nueva de relativa importancia.<br />
Cuando el cielo gris de Petersburgo oscurece e totalmente y toda la población de empleados se ha saciado cenando de acuerdo con sus sueldos y gustos particulares; cuando todo el mundo descansa, procurando olvidarse del rasgar de las plumas en las oficinas, de los vaivenes, de las ocupaciones propias y ajenas y de todas las molestias que se toman voluntariamente los hombres inquietos y a menudo sin necesidad; cuando los empleados gastan el resto del tiempo divirtiéndose unos, los más animados, asistiendo a algún teatro, otros saliendo a la calle, para observar ciertos sombreritos y las modas últimas, quiénes acudiendo a alguna reunión en donde se prodiguen cumplidos a lindas muchachas o a alguna en especial, que se considera como estrella en este limitado círculo de empleados, y quiénes, los más numerosos, yendo simplemente a casa de un compañero, que vive en un cuarto o tercer piso compuesto de dos pequeñas habitaciones y un vestíbulo o cocina, con objetos modernos, que denotan casi siempre afectación, una lámpara o cualquier otra cosa adquirida a costa de muchos sacrificios, renunciamientos y privaciones a cenas o recreos. En una palabra: a la hora en que todos los empleados se dispersan por las pequeñas viviendas de sus amigos para jugar al whist y tomar algún que otro vaso de té con pan tostado de lo más barato y fumar una larga pipa, tragando grandes bocanadas de humo y, mientras se distribuían las cartas, contar historias escandalosas del gran mundo a lo que un ruso no puede renunciar nunca, sea cual sea su condición, y cuando no había nada que referir, repetir la vieja anécdota acerca del comandante a quien vinieron a decir que habían cortado la cola del caballo de la estatua de Pedro el Grande, de Falconet&#8230;; en suma, a la hora en que todos procuraban divertirse de alguna forma, Akakiy Akakievich no se entregaba a diversión alguna.<br />
Nadie podía afirmar haberle visto siquiera una sola vez en alguna reunión. Después de haber copiado a gusto, se iba a dormir, sonriendo y pensando de antemano en el día siguiente. ¿Qué le iba a traer Dios para copiar mañana?<br />
Y así transcurría la vida de este hombre apacible, que, cobrando un sueldo de cuatrocientos rublos al año, sabía sentirse contento con su destino. Tal vez hubiera llegado a muy viejo, a no ser por las desgracias que sobrevienen en el curso de la vida, y esto no sólo a los consejeros de Estado, sino también a los privados e incluso a aquellos que no dan consejos a nadie ni de nadie los aceptan.<br />
Existe en Petersburgo un enemigo terrible de todos aquellos que no reciben más de cuatrocientos rublos anuales de sueldo. Este enemigo no es otro que nuestras heladas nórdicas, aunque, por lo demás, se dice que son muy sanas. Pasadas las ocho, la hora en que van a la oficina los diferentes empleados del Estado, el frío punzante e intenso ataca de tal forma los narices sin elección de ninguna especie, que los pobres empleados no saben cómo resguardarse. A estas horas, cuando a los más altos dignatarios les duele la cabeza de frío y las lágrimas les saltan de los ojos, los pobres empleados, los consejeros titulares, se encuentran a veces indefensos. Su única salvación consiste en cruzar lo más rápidamente posible las cinco o seis calles, envueltos en sus ligeros capotes, y luego detenerse en la conserjería, pateando enérgicamente, hasta que se deshielan todos los talentos y capacidades de oficinistas que se helaron en el camino.<br />
Desde hacía algún tiempo, Akakiy Akakievich sentía un dolor fuerte y punzante en la espalda y en el hombro, a pesar de que procuraba medir lo más rápidamente posible la distancia habitual de su casa al departamento. Se le ocurrió al fin pensar si no tendría la culpa de ello su capote. Lo examinó minuciosamente en casa y comprobó que precisamente en la espalda y en los hombros la tela clareaba, pues el paño estaba tan gastado, que podía verse a través de él. Y el forro se deshacía de tanto uso.<br />
Conviene saber que el capote de Akakiy Akakievich también era blanco de las burlas de los funcionarios. Hasta le habían quitado el nombre noble de capote y le llamaban bata. En efecto, este capote había ido tomando una forma muy curiosa; el cuello disminuía cada año más y más, porque servía para remendar el resto. Los remiendos no denotaban la mano hábil de un sastre, ni mucho menos, y ofrecían un aspecto tosco y antiestético. Viendo en qué estado se encontraba su capote, Akakiy Akakievich decidió llevarlo a Petrovich, un sastre que vivía en un cuarto piso interior, y que, a pesar de ser bizco y picado de viruelas, revelaba bastante habilidad en remendar pantalones y fraques de funcionarios y de otros caballeros, claro está, cuando se encontraba tranquilo y sereno y no tramaba en su cabeza alguna otra empresa.<br />
Es verdad que no haría falta hablar de este sastre; mas como es costumbre en cada narración esbozar fielmente el carácter de cada personaje, no queda otro remedio que presentar aquí a Petrovich,<br />
Al principio, cuando aún era siervo y hacía de criado, se llamaba Gregorio a secas. Tomó el nombre de Petrovich al conseguir la libertad, y al mismo tiempo empezó a emborracharse los días de fiesta, al principio solamente los grandes y luego continuó haciéndolo, indistintamente, en todas las fiestas de la Iglesia, dondequiera que encontrase alguna cruz en el calendario. Por ese lado permanecía fiel a las costumbres de sus abuelos, y riñendo con su mujer, la llamaba impía y alemana.<br />
Ya que hemos mencionado a su mujer, convendría decir algunas palabras acerca de ella. Desgraciadamente, no se sabía nada de la misma, a no ser que era esposa de Petrovich y que se cubría la cabeza con un gorrito y no con un pañuelo. Al parecer, no podía enorgullecerse de su belleza; a lo sumo, algún que otro soldado de la guardia es muy posible que si se cruzase con ella por la calle le echase alguna mirada debajo del gorro, acompañada de un extraño movimiento de la boca y de los bigotes con un curioso sonido inarticulado .<br />
Subiendo la escalera que conducía al piso del sastre, que, por cierto, estaba empapada de agua sucia y de desperdicios, desprendiendo un olor a aguardiente que hacía daño al olfato y que, como es sabido, es una característica de todos los pisos interiores de las casas petersburguesas; subiendo la escalera, pues, Akakiy Akakievich reflexionaba sobre el precio que iba a cobrarle Petrovich, y resolvió no darle más de dos rublos.<br />
La puerta estaba abierta, porque la mujer de Petrovich, que en aquel preciso momento freía pescado, había hecho tal humareda en la cocina, que ni siquiera se podían ver las cucarachas. Akakiy Akakievich atravesó la cocina sin ser visto por la mujer y llegó a la habitación, donde se encontraba Petrovich sentado en una ancha mesa de madera con las piernas cruzadas, como un bajá, y descalzo, según costumbre de los sastres cuando están trabajando. Lo primero que llamaba la atención era el dedo grande, bien conocido de Akakiy Akakievich por la uña destrozada, pero fuerte y firme, como la concha de una tortuga. Llevaba al cuello una madeja de seda y de hilo y tenía sobre las rodillas una prenda de vestir destrozada. Desde hacía tres minutos hacía lo imposible por enhebrar una aguja, sin conseguirlo. y por eso echaba pestes contra la oscuridad y luego contra el hilo, murmurando entre dientes:<br />
-¡Te vas a decidir a pasar, bribona! ¡Me estás haciendo perder la paciencia, granuja!<br />
Akakiy Akakievich estaba disgustado por haber llegado en aquel preciso momento en que Petrovich se hallaba encolerizado. Prefería darle un encargo cuando el sastre estuviese algo menos batallador, más tranquilo, pues, como decía su esposa, ese demonio tuerto se apaciguaba con el aguardiente ingerido. En semejante estado, Petrovich solía mostrarse muy complaciente y rebajaba de buena gana, más aún, daba las gracias y hasta se inclinaba respetuosamente ante el cliente. Es verdad que luego venía la mujer llorando y decía que su marido estaba borracho y por eso había aceptado el trabajo a bajo precio. Entonces se le añadían diez kopeks más, y el asunto quedaba resuelto. Pero aquel día Petrovich parecía no estar borracho y por eso se mostraba terco, poco hablador y dispuesto a pedir precios exorbitantes.<br />
Akakiy Akakievich se dio cuenta de todo esto y quiso, como quien dice, tomar las de Villadiego; pero ya no era posible. Petrovich clavó en él su ojo torcido y Akakiy Akakievich dijo sin querer:<br />
-¡Buenos días, Petrovich!<br />
-¡Muy buenos los tenga usted también!-respondió Petrovich, mirando de soslayo las manos de Akakiy Akakievich para ver qué clase de botín traía éste.<br />
-Vengo a verte, Petrovich, pues yo&#8230;<br />
Conviene saber que Akakiy Akakievich se expresaba siempre por medio de preposiciones, adverbios y partículas gramaticales que no tienen ningún significado. Si el asunto en cuestión era muy delicado, tenía la costumbre de no terminar la frase, de modo que a menudo empezaba por las palabras: «Es verdad, justamente eso&#8230;», y después no seguía nada y él mismo se olvidaba, pensando que lo había dicho todo.<br />
-¿Qué quiere, pues?-le preguntó Petrovich, inspeccionando en aquel instante con su único ojo todo el uniforme, el cuello, las mangas, la espalda, los faldones y los ojales, que conocía muy bien, ya que era su propio trabajo.<br />
Esta es la costumbre de todos los sastres y es lo primero que hizo Petrovich.<br />
-Verás, Petrovich&#8230;; yo quisiera que&#8230; este capote..; mira el paño&#8230;; ¿ves?, por todas partes está fuerte&#8230;, sólo que está un poco cubierto de polvo. parece gastado; pero en realidad está nuevo, sólo una parte está un tanto&#8230;, un poquito en la espalda y también algo gastado en el hombro y un poco en el otro hombro&#8230; Mira, eso es todo&#8230; No es mucho trabajo&#8230;<br />
Petrovich tomó el capote, lo extendió sobre la mesa y lo examinó detenidamente. Después meneó la cabeza y extendió la mano hacia la ventana para coger su tabaquera redonda con el retrato de un general, cuyo nombre no se podía precisar, puesto que la parte donde antes se viera la cara estaba perforada por el dedo y tapada ahora con un pedazo rectangular de papel. Después de tomar una pulgada de rapé, Petrovich puso el capote al trasluz y volvió a menear la cabeza. Luego lo puso al revés con el forro hacia afuera, y de nuevo meneó la cabeza; volvió a levantar la tapa de la tabaquera adornada con el retrato del general y arreglada con aquel pedazo de papel, e introduciendo el rapé en la nariz, cerró la tabaquera y se la guardó, diciendo por fin:<br />
-Aquí no se puede arreglar nada. Es una prenda gastada.<br />
Al oír estas palabras, el corazón se le oprimió al pobre Akakiy Akakievich.<br />
-¿Por qué no es posible, Petrovich?-preguntó con voz suplicante de niño-. Sólo esto de los hombros está estropeado y tú tendrás seguramente algún pedazo&#8230;<br />
-Sí, en cuanto a los pedazos se podrían encontrar-dijo Petrovich-; sólo que no se pueden poner, pues el paño está completamente podrido y se deshará en cuanto se toque con la aguja.<br />
-Pues que se deshaga, tú no tiene más que ponerle un remiendo.<br />
-No puedo poner el remiendo en ningún sitio, no hay dónde fijarlo, además, sería un remiendo demasiado grande. Esto ya no es paño; un golpe de viento basta para arrancarlo.<br />
-Bueno, pues refuérzalo&#8230;; como no&#8230;, efectivamente, eso es&#8230;<br />
-No-dijo Petrovich con firmeza-; no se puede hacer nada. Es un asunto muy malo. Será mejor que se haga con él unas onuchkas para cuando llegue el invierno y empiece a hacer frío, porque las medias no abrigan nada, no son más que un invento de los alemanes para hacer dinero -Petrovich aprovechaba gustoso la ocasión para meterse con los alemanes-<br />
. En cuanto al capote, tendrá que hacerse otro nuevo.<br />
Al oír la palabra nuevo, Akakiy Akakievich sintió que se le nublaba la vista y le pareció que todo lo que había en la habitación empezaba a dar vueltas. Lo único que pudo ver claramente era el semblante del general tapado con el papel en la tabaquera de Petrovich.<br />
-¡Cómo uno nuevo!-murmuró como en sueño-. Si no tengo dinero para ello.<br />
-Sí; uno nuevo-repitió Petrovich con brutal tranquilidad.<br />
-&#8230;Y de ser nuevo&#8230;, ¿cuánto sería&#8230;?<br />
-¿Que cuánto costaría?<br />
-Sí.<br />
-Pues unos ciento cincuenta rublos-contestó Petrovich, y al decir esto apretó los labios.<br />
Era muy amigo de los efectos fuertes y le gustaba dejar pasmado al cliente y luego mirar de soslayo para ver qué cara de susto ponía al oír tales palabras.<br />
-¡Ciento cincuenta rublos por el capote !-exclamó el pobre Akakiy Akakievich.<br />
Quizá por primera vez se le escapaba semejante grito, ya que siempre se distinguía por su voz muy suave.<br />
-Sí-dijo Petrovich-. Y además, ¡qué capote! Si se le pone un cuello de marta y se le forra el capuchón con seda, entonces vendrá a costar hasta doscientos rublos.<br />
-¡Por Dios, Petrovich!-le dijo Akakiy Akakievich con voz suplicante, sin escuchar, es decir, esforzándose en no prestar atención a todas sus palabras y efectos-. Arréglalo como sea para que sirva todavía algún tiempo.<br />
-¡No! Eso sería tirar el trabajo y el dinero&#8230; -repuso Petrovich.<br />
Y tras aquellas palabras, Akakiy Akakievich quedó completamente abatido y se marchó. Mientras tanto, Petrovich permaneció aun largo rato en pie, con los labios expresivamente apretados, sin comenzar su trabajo, satisfecho de haber sabido mantener su propia dignidad y de no haber faltado a su oficio.<br />
Cuando Akakiy Akakievich salió a la calle se hallaba como en un sueño.<br />
« ¡Qué cosa!-decía para sí-. Jamas hubiera pensado que iba a terminar así . . . ¡Vaya !-exclamó después de unos minutos de silencio-. ¡He aquí al extremo que hemos llegado! La verdad es que yo nunca podía suponer que llegara a esto&#8230; -y después de otro largo silencio, terminó diciendo-: ¡Pues así es! ¡Esto sí que es inesperado!&#8230;<br />
¡Qué situación ! &#8230;»<br />
Dicho esto, en vez de volver a su casa se fue, sin darse cuenta, en dirección contraria. En el camino tropezó con un deshollinador, que, rozándole el hombro, se lo manchó de negro; del techo de una casa en construcción le cayó una respetable cantidad de cal; pero él no se daba cuenta de nada. Sólo cuando se dio de cara con un guardia, que habiendo colocado la alabarda junto a él echaba rapé de la tabaquera en su palma callosa, se dio cuenta porqué el guardia le grito:<br />
-¿Por qué te metes debajo de mis narices? ¿Acaso no tienes la acera?<br />
Esto le hizo mirar en torno suyo y volver a casa. Solamente entonces empezó a reconcentrar sus pensamientos, y vio claramente la situación en que se hallaba y comenzó a monologar consigo mismo, no en forma incoherente, sino con lógica y franqueza, como si hablase con un amigo inteligente a quien se puede confiar lo más íntimo de su corazón<br />
-No-decía Akakiy Akakievich-; ahora no se puede hablar con Petrovich, pues está algo&#8230;; su mujer debe de haberle proporcionado una buena paliza. Será mejor que vaya a verle un domingo por la mañana; después de la noche del sábado estará medio dormido, bizqueando, y deseará beber para reanimarse algo, y como su mujer no le habrá dado dinero, yo le daré una moneda de diez kopeks y él se volverá más tratable y arreglará el capote&#8230;<br />
Y esta fue la resolución que tomó Akakiy Akakievich. Y procurando animarse, esperó hasta el domingo. Cuando vio salir a la mujer de Petrovich, fue directamente a su casa. En efecto, Petrovich, después de la borrachera de la víspera, estaba más bizco que nunca, tenía la cabeza inclinada y estaba medio dormido; pero con todo eso, en cuanto se enteró de lo que se trataba, exclamo como si le impulsara el propio demonio<br />
-¡No puede ser! ¡Haga el favor de mandarme hacer otro capote!<br />
Y entonces fue cuando Akakiy Akakievich le metió en la mano la moneda de diez kopeks.<br />
-Gracias señor; ahora podré reanimarme un poco bebiendo a su salud-dijo Petrovich-. En cuanto al capote, no debe pensar más en él, no sirve para nada. Yo le haré uno estupendo.., se lo garantizo.<br />
Akakiy Akakievich volvió a insistir sobre el arreglo; pero Petrovich no le quiso escuchar y<br />
-Le haré uno nuevo, magnífico&#8230; Puede contar conmigo; lo haré lo mejor que pueda. Incluso podrá abrochar el cuello con corchetes de plata, según la última moda.<br />
Sólo entonces vio Akakiy Akakievich que no podía pasarse sin un nuevo capote y perdió el ánimo por completo.<br />
Pero ¿cómo y con qué dinero iba a hacérselo? Claro, podía contar con un aguinaldo que le darían en las próximas fiestas. Pero este dinero lo había distribuido ya desde hace tiempo con un fin determinado. Era preciso encargar unos pantalones nuevos y pagar al zapatero una vieja deuda por las nuevas punteras en un par de botas viejas, y, además, necesitaba encargarse tres camisas y dos prendas de ropa de esas que se considera poco decoroso nombrarlas por su propio nombre. Todo el dinero estaba distribuido de antemano, y aunque el director se mostrara magnánimo y concediese un aguinaldo de cuarenta y cinco a cincuenta rublos, sería solo una pequeñez en comparación con el capital necesario para el capote, era una gota de agua en el océano. Aunque, claro, sabía que a Petrovich le daba a veces no sé qué locura y entonces pedía precios tan exorbitantes, que incluso su mujer no podía contenerse y exclamaba:<br />
-¡Te has vuelto loco, grandísimo tonto! Unas veces trabajas casi gratis y ahora tienes la desfachatez de pedir un precio que tú mismo no vales.<br />
Por otra parte, Akakiy Akakievich sabía que Petrovich consentiría en hacerle el capote por ochenta rublos. Pero, de todas maneras, ¿dónde hallar esos ochenta rublos ? La mitad quizá podría conseguirla, y tal vez un poco más. Pero ¿y la otra mitad?&#8230;<br />
Pero antes el lector ha de enterarse de dónde provenía la primera mitad. Akakiy Akakievich tenia la costumbre de echar un kopek siempre que gastaba un rublo, en un pequeño cajón, cerrándolo con llave, cajón que tenía una ranura ancha para hacer pasar el dinero. Al cabo de cada medio año hacía el recuento de esta pequeña cantidad de monedas de cobre y las cambiaba por otras de plata. Practicaba este sistema desde hacía mucho tiempo y de esta manera, al cabo de unos años, ahorró una suma superior a cuarenta rublos. Así, pues, tenía en su poder la mitad, pero ¿y la otra mitad? ¿Dónde conseguir los cuarenta rublos restantes?<br />
Akakiy Akakievich pensaba, pensaba, y finalmente llegó a la conclusión de que era preciso reducir los gastos ordinarios por lo menos durante un año, o sea dejar de tomar té todas las noches, no encender la vela por la noche, y si tenía que copiar algo, ir a la habitación de la patrona para trabajar a la luz de su vela. También sería preciso al andar por la calle pisar lo más suavemente posible las piedras y baldosas e incluso hasta ir casi de puntillas para no gastar demasiado rápidamente las suelas, dar a lavar la ropa a la lavandera también lo menos posible. Y para que no se gastara, quitársela al volver a casa y ponerse sólo la bata, que estaba muy vieja, pero que, afortunadamente, no había sido demasiado maltratada por el tiempo.<br />
Hemos de confesar que al principio le costó bastante adaptarse a estas privaciones, pero después se acostumbró y todo fue muy bien. Incluso hasta llegó a dejar de cenar; pero, en cambio, se alimentaba espiritualmente con la eterna idea de su futuro capote. Desde aquel momento diríase que su vida había cobrado mayor plenitud; como si se hubiera casado o como si otro ser estuviera siempre en su presencia, como si ya no fuera solo, sino que una querida compañera hubiera accedido gustosa a caminar con él por el sendero de la vida. Y esta compañera no era otra, sino&#8230; el famoso capote, guateado con un forro fuerte e intacto. Se volvió más animado y de carácter más enérgico, como un hombre que se ha propuesto un fin determinado. La duda e irresolución desaparecieron en la expresión de su rostro, y en sus acciones también todos aquellos rasgos de vacilación e indecisión. Hasta a veces en sus ojos brillaba algo así como una llama, y los pensamientos más audaces y temerarios surgían en su mente: «¿Y si se encargase un cuello de marta?» Con estas reflexiones por poco se vuelve distraído. Una vez estuvo a punto de hacer una falta, de modo que exclamó «¡Ay!», y se persignó. Por lo menos una vez al mes iba a casa de Petrovich para hablar del capote y consultarle sobre dónde sería mejor comprar el paño, y de qué color y de qué precio, y siempre volvía a casa algo preocupado, pero contento al pensar que al fin iba a llegar el día en que, después de comprado todo, el capote estaría listo. El asunto fue más de prisa de lo que había esperado y supuesto. Contra toda suposición, el director le dio un aguinaldo, no de cuarenta o cuarenta y ocho rublos, sino de sesenta rublos. Quizá presintió que Akakiy Akakievich necesitaba un capote o quizá fue solamente por casualidad; el caso es que Akakiy Akakievich se enriqueció de repente con veinte rublos más. Esta circunstancia aceleró el asunto. Después de otros dos o tres meses de pequeños ayunos consiguió reunir los ochenta rublos. Su corazón, por lo general tan apacible, empezó a latir precipitadamente. Y ese mismo día fue a las tiendas en compañía de Petrovich. Compraron un paño muy bueno-¡y no es de extrañar!-; desde hacía más de seis meses pensaban en ello y no dejaban pasar un mes sin ir a las tiendas para cerciorarse de los precios. Y así es que el mismo Petrovich no dejó de reconocer que era un paño inmejorable. Eligieron un forro de calidad tan resistente y fuerte, que según Petrovich era mejor que la seda y le aventajaba en elegancia y brillo No compraron marta. porque, en efecto, era muy cara; pero, en cambio, escogieron la más hermosa piel de gato que había en toda la tienda y que de lejos fácilmente se podía tomar por marta.<br />
Petrovich tardó unas dos semanas en hacer el capote, pues era preciso pespuntear mucho; a no ser por eso lo hubiera terminado antes. Por su trabajo cobró doce rublos, menos ya no podía ser. Todo estaba cosido con seda y a dobles costuras, que el sastre repasaba con sus propios dientes estampando en ellas variados arabescos.<br />
Por fin, Petrovich le trajo el capote. Esto sucedió&#8230;, es difícil precisar el día; pero de seguro que fue el más solemne en la vida de Akakiy Akakievich. Se lo trajo por la mañana, precisamente un poco antes de irse él a la oficina. No habría podido llegar en un momento más oportuno, pues ya el frío empezaba a dejarse sentir con intensidad y amenazaba con volverse aún más punzante. Petrovich apareció con el capote como conviene a todo buen sastre. Su cara reflejaba una expresión de dignidad que Akakiy Akakievich jamás le había visto. Parecía estar plenamente convencido de haber realizado una gran obra y se le había revelado con toda claridad el abismo de diferencia que existe entre los sastres que sólo hacen arreglos y ponen forros y aquellos que confeccionan prendas nuevas de vestir.<br />
Sacó el capote, que traía envuelto en un pañuelo recién planchado; sólo después volvió a doblarlo y se lo guardó en el bolsillo para su uso particular. Una vez descubierto el capote, lo examinó con orgullo, y cogiéndolo con ambas manos lo echó con suma habilidad sobre los hombros de Akakiy Akakievich. Luego, lo arregló, estirándolo un poco hacia abajo. Se lo ajustó perfectamente, pero sin abrocharlo. Akakiy Akakievich, como hombre de edad madura, quiso también probar las mangas. Petrovich le ayudó a hacerlo, y he aquí que aun así el capote le sentaba estupendamente. En una palabra: estaba hecho a la perfección. Petrovich aprovechó la ocasión para decirle que si se lo había hecho a tan bajo precio era sólo porque vivía en un piso pequeño, sin placa, en una calle lateral y porque conocía a Akakiy Akakievich desde hacía tantos años. Un sastre de la perspectiva Nevski sólo por el trabajo le habría cobrado setenta y cinco rublos Akakiy Akakievich no tenía ganas de tratar de ello con Petrovich. temeroso de las sumas fabulosas de las que el sastre solía hacer alarde. Le pagó, le dio las gracias y salió con su nuevo capote camino de la oficina.<br />
Petrovich salió detrás de él y, parándose en plena calle, le siguió largo rato con la mirada, absorto en la contemplación del capote. Después, a propósito. pasó corriendo por una callejuela tortuosa y vino a dar a la misma calle para mirar otra vez el capote del otro lado, es decir, cara a cara. Mientras tanto, Akakiy Akakievich seguía caminando con aire de fiesta. A cada momento sentía que llevaba un capote nuevo en los hombros y hasta llegó a sonreírse varias veces de íntima satisfacción. En efecto, tenía dos ventajas: primero, porque el capote abrigaba mucho, y segundo, porque era elegante. El camino se le hizo cortísimo, ni siquiera se fijó en él y de repente se encontró en la oficina. Dejó el capote en la conserjería y volvió a mirarlo por todos los lados, rogando al conserje que tuviera especial cuidado con él.<br />
No se sabe cómo, pero al momento, en la oficina, todos se enteraron de que Akakiy Akakievich tenía un capote nuevo y que el famoso batín había dejado de existir. En el acto todos salieron a la conserjería para ver el nuevo capote de Akakiy Akakievich. Empezaron a felicitarle cordialmente de tal modo, que no pudo por menos de sonreírse: pero luego acabó por sentirse algo avergonzado. Pero cuando todos se acercaron a él diciendo que tenía que celebrar el estreno del capote por medio de un remojón y que, por lo menos, debía darles una fiesta, el pobre Akakiy Akakievich se turbó por completo y no supo qué responder ni cómo defenderse. Sólo pasados unos minutos y poniéndose todo colorado intentó asegurarles, en su simplicidad, que no era un capote nuevo, sino uno viejo.<br />
Por fin, uno de los funcionarios, ayudante del Jefe de oficina, queriendo demostrar sin duda alguna que no era orgulloso y sabía tratar con sus inferiores, dijo:<br />
-Está bien, señores; yo daré la fiesta en lugar de Akakiy Akakievich y les convido a tomar el té esta noche en mi casa. Precisamente hoy es mi cumpleaños.<br />
Los funcionarios, como hay que suponer, felicitaron al ayudante del jefe de oficina y aceptaron muy gustosos la invitación. Akakiy Akakievich quiso disculparse, pero todos le interrumpieron diciendo que era una descortesía, que debería darle vergüenza y que no podía de ninguna manera rehusar la invitación.<br />
Aparte de eso, Akakiy Akakievich después se alegró al pensar que de este modo tendría ocasión de lucir su nuevo capote también por la noche.<br />
Se puede decir que todo aquel día fue para él una fiesta grande y solemne.<br />
Volvió a casa en un estado de ánimo de lo más feliz, se quitó el capote y lo colgó cuidadosamente en una percha que había en la pared, deleitándose una vez más al contemplar el paño y el forro y, a propósito, fue a buscar el viejo capote, que estaba a punto de deshacerse, para compararlo. Lo miró y hasta se echó a reír. Y aun después, mientras comía, no pudo por menos de sonreírse al pensar en el estado en que se hallaba el capote. Comió alegremente y luego contrariamente a lo acostumbrado, no copió ningún documento. Por el contrario, se tendió en la cama, cual verdadero sibarita, hasta el oscurecer. Después, sin más demora, se vistió, se puso el capote y salió a la calle.<br />
Desgraciadamente, no pudo recordar de momento dónde vivía el funcionario anfitrión; la memoria empezó a flaquearle, y todo cuanto había en Petersburgo, sus calles y sus casas se mezclaron de tal suerte en su cabeza, que resultaba difícil sacar de aquel caos algo más o menos ordenado. Sea como fuera, lo seguro es que el funcionario vivía en la parte más elegante de la ciudad, o sea lejos de la casa de Akakiy Akakievich. Al principio tuvo que caminar por calles solitarias escasamente alumbradas pero a medida que iba acercándose a la casa del funcionario, las calles se veían más animadas y mejor alumbradas. Los transeúntes se hicieron más numerosos y también las señoras estaban ataviadas elegantemente. Los hombres llevaban cuellos de castor y ya no se veían tanto los veñkas (2) con sus trineos de madera con rejas guarnecidas de clavos dorados; en cambio, pasaban con frecuencia elegantes trineos barnizados, provistos de pieles de oso y conducidos por cocheros tocados con gorras de terciopelo color frambuesa, o se veían deslizarse, chirriando sobre la nieve, carrozas con los pescantes sumamente adornados.<br />
Para Akakiy Akakievich todo esto resultaba completamente nuevo; hacía varios años que no había salido de noche por la calle.<br />
Todo curioso, se detuvo delante del escaparate de una tienda, ante un cuadro que representaba a una hermosa mujer que se estaba quitando el zapato, por lo que lucía una pierna escultural: a su espalda, un hombre con patillas y perilla, a estilo español, asomaba la cabeza por la puerta. Akakiy Akakievich meneó la cabeza sonriéndose y prosiguió su camino. ¿Por qué sonreiría? Tal vez porque se encontraba con algo totalmente desconocido, para lo que, sin embargo, muy bien pudiéramos asegurar que cada uno de nosotros posee un sexto sentido. Quizá también pensara lo que la mayoría de los funcionarios habrían pensado decir: «¡Ah, estos franceses! ¡No hay otra cosa que decir! Cuando se proponen una cosa, así ha de ser&#8230;» También puede ser que ni siquiera pensara esto, pues es imposible penetrar en el alma de un hombre y averiguar todo cuanto piensa.<br />
Por fin, llegó a la casa donde vivía el ayudante del jefe de oficina. Este llevaba un gran tren de vida; en la escalera había un farol encendido, y él ocupaba un cuarto en el segundo piso. Al entrar en el recibimiento, Akakiy Akakievich vio en el suelo toda una fila de chanclos. En medio de ellos, en el centro de la habitación, hervía a borbotones el agua de un samovar esparciendo columnas de vapor. En las paredes colgaban capotes y capas, muchas de las cuales tenían cuellos de castor y vueltas de terciopelo. En la habitación contigua se oían voces confusas, que de repente se tornaron claras y sonoras al abrirse la puerta para dar paso a un lacayo que llevaba una bandeja con vasos vacíos, un tarro de nata y una cesta de bizcochos. Por lo visto los funcionarios debían de estar reunidos desde hacía mucho tiempo y va habían tomado el primer vaso de té. Akakiy Akakievich colgó él mismo su capote y entró en la habitación. Ante sus ojos desfilaron al mismo tiempo las velas, los funcionarios, las pipas y mesas de juego mientras que el rumor de las conversaciones que se oían por doquier y el ruido de las sillas sorprendían sus oídos<br />
Se detuvo en el centro de la habitación todo confuso, reflexionando sobre lo que tenía que hacer. Pero ya le habían visto sus colegas; le saludaron con calurosas exclamaciones y todos fueron en el acto al recibimiento para admirar nuevamente su capote. Akakiy Akakievich se quedó un tanto desconcertado; pero como era una persona sincera y leal no pudo por menos de alegrarse al ver cómo todos ensalzaban su capote.<br />
Después, como hay que suponer, le dejaron a él y al capote y volvieron a las mesas de whist. Todo ello, el ruido, las conversaciones y la muchedumbre&#8230; le pareció un milagro. No sabía cómo comportarse ni qué hacer con sus manos, pies y toda su figura; por fin, acabó sentándose junto a los que jugaban: miraba tan pronto las cartas como los rostros de los presentes; pero al poco rato empezó a bostezar y a aburrirse, tanto más cuanto que había pasado la hora en la que acostumbraba acostarse.<br />
Intentó despedirse del dueño de la casa; pero no le dejaron marcharse, alegando que tenía que beber una copa de champaña para celebrar el estreno del capote. Una hora después servían la cena: ensaladilla, ternera asada fría, empanadas, pasteles y champaña. A Akakiy Akakievich le hicieron tomar dos copas, con lo cual todo cuanto había en la habitación se le apareció bajo un aspecto mucho más risueño. Sin embargo, no consiguió olvidar que era media noche pasada y que era hora de volver a casa. Al fin, y para que al dueño de la casa no se le ocurriera retenerle otro rato, salió de la habitación sin ser visto y buscó su capote en el recibimiento, encontrándolo, con gran dolor, tirado en el suelo. Lo sacudió, le quitó las pelusas, se lo puso y, por último, bajó las escaleras,<br />
Las calles estaban todavía alumbradas. Algunas tiendas de comestibles, eternos clubs de las servidumbres y otra gente, estaban aún abiertas; las demás estaban ya cerradas, pero la luz que se filtraba por entre las rendijas atestiguaba claramente que los parroquianos aún permanecían allí. Eran éstos sirvientes y criados que seguían con sus chismorreos, dejando a sus amos en la absoluta ignorancia de dónde se encontraban.<br />
Akakiy Akakievich caminaba en un estado de ánimo de lo más alegre. Hasta corrió, sin saber por qué, detrás de una dama que pasó con la velocidad de un rayo, moviendo todas las partes del cuerpo. Pero se detuvo en el acto y prosiguió su camino lentamente, admirándose él mismo de aquel arranque tan inesperado que había tenido.<br />
Pronto se extendieron ante él las calles desiertas, siendo notables de día por lo poco animadas y cuanto más de noche. Ahora parecían todavía mucho más silenciosas y solitarias. Escaseaban los faroles, ya que por lo visto se destinaba poco aceite para el alumbrado; a lo largo de la calle, en que se veían casas de madera y verjas, no había un alma. Tan sólo la nieve centelleaba tristemente en las calles, y las cabañas bajas, con sus postigos cerrados, parecían destacarse aún más sombrías y negras. Akakiy Akakievich se acercaba a un punto donde la calle desembocaba en una plaza muy grande, en la que apenas si se podían ver las cosas del otro extremo y daba la sensación de un inmenso y desolado desierto.<br />
A lo lejos, Dios sabe dónde, se vislumbraba la luz de una garita que parecía hallarse al fin del mundo. Al llegar allí, la alegría de Akakiy Akakievich se desvaneció por completo. Entró en la plaza no sin temor, como si presintiera algún peligro. Miró hacia atrás y en torno suyo: diríase que alrededor se extendía un inmenso océano. «¡No! ¡Será mejor que no mire!», pensó para sí, y siguió caminando con los ojos cerrados. Cuando los abrió para ver cuánto le quedaba aún para llegar al extremo opuesto de la plaza, se encontró casi ante sus propias narices con unos hombres bigotudos, pero no tuvo tiempo de averiguar más acerca de aquellas gentes. Se le nublaron los ojos y el corazón empezó a latirle precipitadamente.<br />
-¡Pero si este capote es mío!-dijo uno de ellos con voz de trueno, cogiéndole por el cuello.<br />
Akakiy Akakievich quiso gritar pidiendo auxilio, pero el otro le tapó la boca con el pañuelo, que era del tamaño de la cabeza de un empleado, diciéndole: «¡Ay de ti si gritas!»<br />
Akakiy Akakievich sólo se dio cuenta de cómo le quitaban el capote y le daban un golpe con la rodilla que le hizo caer de espaldas en la nieve, en donde quedó tendido sin sentido.<br />
Al poco rato volvió en sí y se levantó, pero ya no había nadie. Sintió que hacía mucho frío y que le faltaba el capote. Empezó a gritar, pero su voz no parecía llegar hasta el extremo de la plaza. Desesperado, sin dejar de gritar, echó a correr a través de la plaza directamente a la garita, junto a la cual había un guarda, que, apoyado en la alabarda, miraba con curiosidad, tratando de averiguar qué clase de hombre se le acercaba dando gritos.<br />
Al llegar cerca de él, Akakiy Akakievich le gritó todo jadeante que no hacía más que dormir y que no vigilaba, ni se daba cuenta de como robaban a la gente. El guarda le contestó que él no había visto nada: sólo había observado cómo dos individuos le habían parado en medio de la plaza, pero creyó que eran amigos suyos. Añadió que haría mejor, en vez de enfurecerse en vano, en ir a ver a la mañana siguiente al inspector de policía, y que éste averiguaría sin duda alguna quién le había robado el capote.<br />
Akakiy Akakievich volvió a casa en un estado terrible. Los cabellos que aún le quedaban en pequeña cantidad sobre las sienes y la nuca estaban completamente desordenados. Tenía uno de los<br />
costados, el pecho y los pantalones, cubiertos de nieve. Su vieja patrona, al oír cómo alguien golpeaba fuertemente en la puerta, saltó fuera de la cama, calzándose solo una zapatilla, y fue corriendo a abrir la puerta, cubriéndose pudorosamente con una mano el pecho, sobre el cual no llevaba más que una camisa. Pero al ver a Akakiy Akakievich retrocedió de espanto. Cuando él le contó lo que le había sucedido ella alzó los brazos al cielo y dijo que debía dirigirse directamente al Comisario del distrito y no al inspector, porque éste no hacía más que prometerle muchas cosas y dar largas al asunto. Lo mejor era ir al momento al Comisario del distrito, a quien ella conocía, porque Ana, la finlandesa que tuvo antes de cocinera, servía ahora de niñera en su casa, y que ella misma le veía a menudo, cuando pasaba delante de la casa. Además, todos los domingos, en la iglesia pudo observar que rezaba y al mismo tiempo miraba alegremente a todos, y todo en él denotaba que era un hombre de bien.<br />
Después de oír semejante consejo se fue, todo triste, a su habitación. Cómo pasó la noche&#8230;, sólo se lo imaginarían quienes tengan la capacidad suficiente de ponerse en la situación de otro.<br />
A la mañana siguiente, muy temprano, fue a ver al Comisario del distrito, pero le dijeron que aún dormía. Volvió a las diez y aún seguía durmiendo. Fue a las once, pero el Comisario había salido. Se presentó a la hora de la comida, pero los escribientes que estaban en la antesala no quisieron dejarle pasar e insistieron en saber qué deseaba, por qué venía y qué había sucedido. De modo que, en vista de los entorpecimientos, Akakiy Akakievich quiso, por primera vez en su vida, mostrarse enérgico, y dijo, en tono que no admitía réplicas, que tenía que hablar personalmente con el Comisario, que venía del Departamento del Ministerio para un asunto oficial y que, por tanto, debían dejarle pasar, y si no lo hacían, se quejaría de ello y les saldría cara la cosa. Los escribientes no se atrevieron a replicar y uno de ellos fue a anunciarle al Comisario.<br />
Éste interpretó de un modo muy extraño el relato sobre el robo del capote. En vez de interesarse por el punto esencial empezó a preguntar a Akakiy Akakievich por qué volvía a casa a tan altas horas de la noche y si no habría estado en una casa sospechosa. De tal suerte, que el pobre Akakiy Akakievich se quedó todo confuso. Se fue sin saber si el asunto estaba bien encomendado. En todo el día no fue a la oficina (hecho sin precedente en su vida). Al día siguiente se presentó todo pálido y vestido con su viejo capote, que tenía el aspecto aún más lamentable. El relato del robo del capote-aparte de que no faltaron algunos funcionarios que aprovecharon la ocasión para burlarse-conmovió a muchos. Decidieron en seguida abrir una suscripción en beneficio suyo, pero el resultado fue muy exiguo, debido a que los funcionarios habían tenido que gastar mucho dinero en la suscripción para el retrato del director y para un libro que compraron a indicación del jefe de sección, que era amigo del autor. Así, pues, sólo consiguieron reunir una suma insignificante. Uno de ellos, movido por la compasión y deseos de darle por lo menos un buen consejo, le dijo que no se dirigiera al Comisario, pues suponiendo aún que deseara granjearse las simpatías de su superior y encontrar el capote, este permanecería en manos de la Policía hasta que lograse probar que era su legítimo propietario. Lo mejor sería, pues, que se dirigiera a una «alta personalidad», cuya mediación podría dar un rumbo favorable al asunto. Como no quedaba otro remedio. Akakiy Akakievich se decidió a acudir a la «alta personalidad».<br />
¿Quién era aquella «alta personalidad» y qué cargo desempeñaba? Eso es lo que nadie sabría decir. Conviene saber que dicha «alta personalidad» había llegado a ser tan sólo esto desde hacía algún tiempo, por lo que hasta entonces era por completo desconocido. Además su posición tampoco ahora se consideraba como muy importante en comparación con otras de mayor categoría. Pero siempre habrá personas que consideran como muy importante lo que los demás califican de insignificante. Además, recurriría a todos los medios para realzar su importancia. Decretó que los empleados subalternos le esperasen en la escalera hasta que llegase él y que nadie se presentara directamente a él sino que las cosas se realizaran con un orden de lo más riguroso. El registrador tenía que presentar la solicitud de audiencia al secretario del Gobierno, quien a su vez la transmitía al consejero titular o a quien se encontrase de categoría superior. Y de esta forma llegaba el asunto a sus manos. Así, en nuestra santa Rusia, todo está contagiado de la manía de imitar y cada cual se afana en imitar a su superior. Hasta cuentan que cierto consejero titular, cuando le ascendieron a director de una cancillería pequeña, en seguida se hizo separar su cuarto por medio de un tabique de lo que él llamaba «sala de reuniones». A la puerta de dicha sala colocó a unos conserjes con cuellos rojos y galones que siempre tenían la mano puesta sobre el picaporte para abrir la puerta a los visitantes, aunque en la «sala de reuniones» apenas si cabía un escritorio de tamaño regular.<br />
El modo de recibir y las costumbres de la «alta personalidad» eran majestuosos e imponentes, pero un tanto complicados. La base principal de su sistema era la severidad. «Severidad, severidad, y&#8230; severidad», solía decir, y al repetir por tercera vez esta palabra dirigía una mirada significativa a la persona con quien estaba hablando aunque no hubiera ningún motivo para ello, pues los diez emplea los que formaban todo el mecanismo gubernamental, ya sin eso estaban constantemente atemorizados. Al verle de lejos, interrumpían ya el trabajo y esperaban en actitud militar a que pasase el jefe. Su conversación con los subalternos era siempre severa y consistía sólo en las siguientes frases: «¿Cómo se atreve? ¿Sabe usted con quién habla ? ¿Se da usted cuenta? ¿Sabe a quién tiene delante?»<br />
Por lo demás, en el fondo era un hombre bondadoso, servicial y se comportaba bien con sus compañeros, sólo que el grado de general (3) le había hecho perder la cabeza. Desde el día en que le ascendieron a general se hallaba todo confundido, andaba descarriado y no sabía cómo comportarse. Si trataba con personas de su misma categoría se mostraba muy correcto y formal y en muchos aspectos hasta inteligente. Pero en cuanto asistía a alguna reunión donde el anfitrión era tan sólo de un grado inferior al suyo, entonces parecía hallarse completamente descentrado. Permanecía callado y su situación era digna de compasión, tanto más cuanto él mismo se daba cuenta de que hubiera podido pasar el tiempo de una manera mucho más agradable. En sus ojos se leía a menudo el ardiente deseo de tomar parte en alguna conversación interesante o de juntarse a otro grupo, pero se retenía al pensar que aquello podía parecer excesivo por su parte o demasiado familiar, y que con ello rebajaría su dignidad. Y por eso permanecía eternamente solo en la misma actitud silenciosa, emitiendo de cuando en cuando un sonido monótono, con lo cual llegó a pasar por un hombre de lo más aburrido.<br />
Tal era la «alta personalidad» a quien acudió Akakiy Akakievich, y el momento que eligió para ello no podía ser más inoportuno para él; sin embargo, resultó muy oportuno para la «alta personalidad». Ésta se hallaba en su gabinete conversando muy alegremente con su antiguo amigo de la infancia, a quien no veía desde hacía muchos años, cuando le anunciaron que deseaba hablarle un tal Bachmachkin.<br />
-¿Quién es?-preguntó bruscamente.<br />
-Un empleado.<br />
-¡Ah! ¡Que espere! Ahora no tengo tiempo -dijo la alta personalidad. Es preciso decir que la alta personalidad mentía con descaro; tenía tiempo; los dos amigos ya habían terminado de hablar sobre todos los temas posibles, y la conversación había quedado interrumpida ya más de una vez por largas pausas, durante las cuales se propinaban cariñosas palmaditas, diciendo:<br />
-Así es, Iván Abramovich.<br />
-En efecto, Esteban Varlamovich.<br />
Sin embargo, cuando recibió el aviso de que tenía visita, mandó que esperase el funcionario, para demostrar a su amigo, que hacía mucho que estaba retirado y vivía en una casa de campo, cuánto tiempo hacía esperar a los empleados en la antesala. Por fin. después de haber hablado cuanto quisieron o, mejor dicho, de haber callado lo suficiente, acabaron de fumar sus cigarros cómodamente recostados en unos mullidos butacones, y entonces su excelencia pareció acordarse de repente de que alguien le esperaba, y dijo al secretario, que se hallaba en pie, junto a la puerta, con unos papeles para su informe:<br />
-Creo que me está esperando un empleado. Dígale que puede pasar.<br />
Al ver el aspecto humilde y el viejo uniforme de Akakiy Akakievich, se volvió hacia él con brusquedad y le dijo:<br />
-¿ Qué desea ?<br />
Pero todo esto con voz áspera y dura, que sin duda alguna había ensayado delante del espejo, a solas en su habitación, una semana antes que le nombraran para el nuevo cargo.<br />
Akakiy Akakievich, que ya de antemano se sentía todo tímido, se azoró por completo. Sin embargo, trató de explicar como pudo o mejor dicho, con toda la fluidez de que era capaz su lengua, que tenía un capote nuevo y que se lo habían robado de un modo inhumano, añadiendo, claro está, más particularidades y más palabras innecesarias. Rogaba a su excelencia que intercediera por escrito&#8230; o así&#8230;. como quisiera&#8230;. con el jefe de la Policía u otra persona para que buscasen el capote y se lo restituyesen. Al general le pareció, sin embargo, que aquel era un procedimiento demasiado familiar, y por eso dijo bruscamente:<br />
-Pero, ¡señor!, ¿no conoce usted el reglamento? ¿Cómo es que se presenta así? ¿Acaso ignora cómo se procede en estos asuntos? Primero debería usted haber hecho una instancia en la cancillería, que habría sido remitida al jefe del departamento, el cual la transmitiría al secretario y éste me la hubiera presentado a mí.<br />
-Pero, excelencia&#8230;-dijo Akakiy Akakievich recurriendo a la poca serenidad que aún quedaba en él y sintiendo que sudaba de una manera horrible-. Yo, excelencia, me he atrevido a molestarle con este asunto porque los secretarios&#8230;, los secretarios&#8230; son gente de poca confianza..<br />
-¡Cómo! ¿Qué? ¿Qué dice usted?.-exclamó la «alta personalidad»-. ¿Cómo se atreve a decir semejante cosa? ¿De dónde ha sacado usted esas ideas? ¡Qué audacia tienen los jóvenes con sus superiores y con las autoridades!<br />
Era evidente que la «alta personalidad» no había reparado en que Akakiy Akakievich había pasado de los cincuenta años. de suerte que la palabra « joven» sólo podía aplicársele relativamente, es decir, en comparación con un septuagenario.<br />
-¿Sabe usted con quién habla? ¿Se da cuenta de quién tiene delante? ¿Se da usted cuenta, se da usted cuenta? ¡Le pregunto yo a usted!<br />
Y dio una fuerte patada en el suelo y su voz se tornó tan cortante, que aun otro que no fuera Akakiy Akakievich se habría asustado también.<br />
Akakiy Akakievich se quedó helado, se tambaleó, un estremecimiento le recorrió todo el cuerpo, y apenas si se pudo tener en pie. De no ser porque un guardia acudió a sostenerle, se hubiera desplomado. Le sacaron fuera casi desmayado.<br />
Pero aquella «alta personalidad», satisfecha del efecto que causaron sus palabras, y que habían superado en mucho sus esperanzas, no cabía en sí de contento, al pensar que una palabra suya causaba tal impresión, que podía hacer perder el sentido a uno. Miró de reojo a su amigo, para ver lo que opinaba de todo aquello, y pudo comprobar, no sin gran placer, que su amigo se hallaba en una situación indefinible, muy próxima al terror.<br />
Cómo bajó las escaleras Akakiy Akakievich y cómo salió a la calle, esto son cosas que ni el mismo podía recordar, pues apenas si sentía las manos y los pies. En su vida le habían tratado con tanta grosería, y precisamente un general y además un extraño. Caminaba en medio de la nevasca que bramaba en las calles, con la boca abierta, haciendo caso omiso de las aceras. El viento, como de costumbre en San Petersburgo, soplaba sobre él de todos los lados, es decir, de los cuatro puntos cardinales y desde todas las callejuelas. En un instante se resfrío la garganta y contrajo una angina. Llegó a casa sin poder proferir ni una sola palabra: tenía el cuerpo todo hinchado y se metió en la cama. ¡Tal es el efecto que puede producir a veces una reprimenda!<br />
Al día siguiente amaneció con una fiebre muy alta. Gracias a la generosa ayuda del clima petersburgués, el curso de la enfermedad fue más rápido de lo que hubiera podido esperarse, y cuando llegó el médico y le cogió el pulso, únicamente pudo prescribirle fomentos, solo con el fin de que el enfermo no muriera sin el benéfico auxilio de la medicina. Y sin más ni más, le declaró en el acto que le quedaban sólo un día y medio de vida. Luego se volvió hacia la patrona, diciendo:<br />
-Y usted, madrecita, no pierda el tiempo: encargue en seguida un ataúd de madera de pino, pues uno de roble sería demasiado caro para él.<br />
Ignoramos si Akakiy Akakievich oyó estas palabras pronunciadas acerca de su muerte, y en el caso de que las oyera, si llegaron a conmoverle profundamente y le hicieron quejarse de su Destino, ya que todo el tiempo permanecía en el delirio de la fiebre.<br />
Visiones extrañas a cuál más curiosas se le aparecían sin cesar. Veía a Petrovich y le encargaba que le hiciese un capote con alguna trampa para los ladrones, que siempre creía tener debajo de la cama, y a cada instante llamaba a la patrona y le suplicaba que sacara un ladrón que se había escondido debajo de la manta; luego preguntaba por qué el capote viejo estaba colgado delante de él, cuando tenía uno nuevo. Otras veces creía estar delante del general, escuchando sus insultos y diciendo: «Perdón, excelencia.» Por último se puso a maldecir y profería palabras tan terribles, que la vieja patrona se persignó, ya que jamás en la vida le había oído decir nada semejante; además, estas palabras siguieron inmediatamente al título de excelencia. Después só1o murmuraba frases sin sentido, de manera que era imposible comprender nada. Sólo se podía deducir realmente que aquellas palabras e ideas incoherentes se referían siempre a la misma cosa: el capote. Finalmente, el pobre Akakiy Akakievich exhaló el último suspiro.<br />
Ni la habitación ni sus cosas fueron selladas por la sencilla razón de que no tenía herederos y que sólo dejaba un pequeño paquete con plumas de ganso, un cuaderno de papel blanco oficial, tres pares de calcetines, dos o tres botones desprendidos de un pantalón y el capote que ya conoce el lector. ¡Dios sabe para quién quedó todo esto!<br />
Reconozco que el autor de esta narración no se interesó por el particular. Se llevaron a Akakiy Akakievich y lo enterraron; San Petersburgo se quedó sin él como si jamás hubiera existido.<br />
Así desapareció un ser humano que nunca tuvo quién le amparara, a quien nadie había querido y que jamás interesó a nadie. Ni siquiera llamó la atención del naturalista, quien no desprecia de poner en el alfiler una mosca común y examinarla en el microscopio. Fue un ser que sufrió con paciencia las burlas de sus colegas de oficina y que bajó a la tumba sin haber realizado ningún acto extraordinario; sin embargo, divisó, aunque sólo fuera al fin de su vida, el espíritu de la luz en forma de capote, el cual reanimó por un momento su miserable existencia, y sobre quien cayó la desgracia, como también cae a veces sobre los privilegiados de la tierra&#8230;<br />
Pocos días después de su muerte mandaron a un ordenanza de la oficina con orden de que Akakiy Akakievich se presentase inmediatamente, porque el jefe lo exigía. Pero el ordenanza tuvo que volver sin haber conseguido su propósito y declaró que Akakiy Akakievich ya no podía presentarse. Le preguntaron:<br />
-¿Y por qué?<br />
-¡Pues porque no! Ha muerto; hace cuatro días que lo enterraron.<br />
Y de este modo se enteraron en la oficina de la muerte de Akakiy Akakievich. Al día siguiente su sitio se hallaba ya ocupado por un nuevo empleado. Era mucho más alto y no trazaba las letras tan derechas al copiar los documentos, sino mucho más torcidas y contrahechas. Pero ¿quién iba a imaginarse que con ello termina la historia de Akakiy Akakievich, ya que estaba destinado a vivir ruidosamente aún muchos días después de muerto como recompensa a su vida que pasó inadvertido? Y, sin embargo, así sucedió, y nuestro sencillo relato va a tener de repente un final fantástico e inesperado.<br />
En San Petersburgo se esparció el rumor de que en el puente de Kalenik, y a poca distancia de él, se aparecía de noche un fantasma con figura de empleado que buscaba un capote robado y que con tal pretexto arrancaba a todos los hombres, sin distinción de rango ni profesión, sus capotes, forrados con pieles de gato, de castor, de zorro, de oso, o simplemente guateados: en una palabra : todas las pieles auténticas o de imitación que el hombre ha inventado para protegerse.<br />
Uno de los empleados del Ministerio vio con sus propios ojos al fantasma y reconoció en él a Akakiy Akakievich. Se llevó un susto tal, que huyó a todo correr, y por eso no pudo observar bien al espectro. Sólo vio que aquel le amenazaba desde lejos con el dedo. En todas partes había quejas de que las espaldas y los hombros de los consejeros, y no sólo de consejeros titulares, sino también de los áulicos, quedaban expuestos a fuertes resfriados al ser despojados de sus capotes.<br />
Se comprende que la Policía tomara sus medidas para capturar de la forma que fuese al fantasma, vivo o muerto, y castigarlo duramente, para escarmiento de otros, y por poco lo logró. Precisamente una noche un guarda en una sección de la calleja Kiriuchkin casi tuvo la suerte de coger al fantasma en el lugar del hecho, al ir aquél a quitar el capote de paño corriente a un músico retirado que en otros tiempos había tocado la flauta. El guarda, que lo tenía cogido por el cuello, gritó para que vinieran a ayudarle dos compañeros, y les entrego al detenido, mientras él introducía sólo por un momento la mano en la bota en busca de su tabaquera para reanimar un poco su nariz, que se le había quedado helada ya seis veces. Pero el rapé debía de ser de tal calidad que ni siquiera un muerto podía aguantarlo. Apenas el guarda hubo aspirado un puñado de tabaco por la fosa nasal izquierda, tapándose la derecha, cuando el fantasma estornudó con tal violencia, que empezó a salpicar por todos lados. Mientras se frotaba los ojos con los puños, desapareció el difunto sin dejar rastros, de modo que ellos no supieron si lo habían tenido realmente en sus manos.<br />
Desde entonces los guardas cogieron un miedo tal a los fantasmas, que ni siquiera se atrevían a detener a una persona viva, y se limitaban solo a gritarle desde lejos: «¡Oye, tú! ¡Vete por tu camino!» El espectro del empleado empezó a esparcirse también más allá del puente de Kalenik, sembrando un miedo horrible entre la gente tímida.<br />
Pero hemos abandonado por completo a la «alta personalidad», quien, a decir verdad, fue el culpable del giro fantástico que tomó nuestra historia, por lo demás muy verídica. Pero hagamos justicia a la verdad y confesemos que la «alta personalidad» sintió algo así como lástima, poco después de haber salido el pobre Akakiy Akakievich completamente deshecho. La compasión no era para él realmente ajena: su corazón era capaz de nobles sentimientos, aunque a menudo su alta posición le impidiera expresarlos. Apenas marchó de su gabinete el amigo que había venido de fuera, se quedó pensando en el pobre Akakiy Akakievich. Desde entonces se le presentaba todos los días, pálido e incapaz de resistir la reprimenda de que él le había hecho objeto. El pensar en él le inquietó tanto, que pasada una semana se decidió incluso a enviar un empleado a su casa para preguntar por su salud y averiguar si se podía hacer algo por él. Al enterarse de que Akakiy Akakievich había muerto de fiebre repentina, se quedó aterrado, escuchó los reproches de su conciencia y todo el día estuvo de mal humor. Para distraerse un poco y olvidar la impresión desagradable, fue por la noche a casa de un amigo, donde encontró bastante gente y, lo que es mejor, personas de su mismo rango, de modo que en nada podía sentirse atado. Esto ejerció una influencia admirable en su estado de ánimo. Se tornó vivaz, amable, tomó parte en las conversaciones de un modo agradable; en un palabra: pasó muy bien la velada. Durante la cena tomó unas dos copas de champaña, que, como se sabe, es un medio excelente para comunicar alegría. El champaña despertó en él deseos de hacer algo fuera de lo corriente, así es que resolvió no volver directamente a casa, sino ir a ver a Carolina Ivanovna, dama de origen alemán al parecer, con quien mantenía relaciones de íntima amistad. Es preciso que digamos que la «alta personalidad» ya no era un hombre joven. Era marido sin tacha buen padre de familia, y sus dos hijos, uno de los cuales trabajaba ya en una cancillería, y una linda hija de dieciséis años, con la nariz un poco encorvada sin dejar de ser bonita, venían todas las mañanas a besarle la mano, diciendo: «Bonjour, papa.» Su esposa, que era joven aún y no sin encantos, le alargaba la mano para que él se la besara, y luego, volviéndola hacia fuera tomaba la de él y se la besaba a su vez. Pero la «alta personalidad», aunque estaba plenamente satisfecho con las ternuras y el cariño de su familia, juzgaba conveniente tener una amiga en otra parte de la ciudad y mantener relaciones amistosas con ella. Esta amiga no era más joven ni más hermosa que su esposa; pero tales problemas existen en el mundo y no es asunto nuestro juzgarlos.<br />
Así, pues, la «alta personalidad» bajó las escaleras, subió al trineo y ordenó al cochero:<br />
-¡A casa de Carolina Ivanovna!<br />
Envolviéndose en su magnífico y abrigado capote permaneció en este estado, el más agradable para un ruso, en que no se piensa en nada y entre tanto se agitan por sí solas las ideas en la cabeza, a cual más gratas, sin molestarse en perseguirlas en buscarlas. Lleno de contento, rememoró los momentos felices de aquella velada y todas sus palabras que habían hecho reír a carcajadas a aquel grupo, alguna de las cuales repitió a media voz. Le parecieron tan chistosas como antes, y por eso no es de extrañar que se riera con todas sus ganas.<br />
De cuando en cuando le molestaba en sus pensamientos un viento fortísimo que se levantó de pronto Dios sabe dónde, y le daba en pleno rostro, arrojándole además montones de nieve. Y como si ello fuera poco, desplegaba el cuello del capote como una vela, o de repente se lo lanzaba con fuerza sobrehumana en la cabeza, ocasionándole toda clase de molestias, lo que le obligaba a realizar continuos esfuerzos para librarse de él.<br />
De repente sintió como si alguien le agarrara fuertemente por el cuello; volvió la cabeza y vio a un hombre de pequeña estatura, con un uniforme viejo muy gastado, y no sin espanto reconoció en él a Akakiy Akakievich. E1 rostro del funcionario estaba pálido como la nieve, y su mirada era totalmente la de un difunto. Pero el terror de la «alta personalidad» llegó a su paroxismo cuando vio que la boca del muerto se contraía convulsivamente exhalando un olor de tumba y le dirigía las siguientes palabras:<br />
-¡Ah! ¡Por fin te tengo!&#8230; ¡Por fin te he cogido por el cuello! ¡Quiero tu capote! No quisiste preocuparte por el mío y hasta me insultaste. ¡Pues bien: dame ahora el tuyo!<br />
La pobre «alta personalidad» por poco se muere. Aunque era firme de carácter en la cancillería y en general para con los subalternos, y a pesar de que al ver su aspecto viril y su gallarda figura, no se podía por menos de exclamar: «¡Vaya un carácter!», nuestro hombre, lo mismo que mucha gente de figura gigantesca, se asustó tanto, que no sin razón temió que le diese un ataque. Él mismo se quitó rápidamente el capote y gritó al cochero, con una voz que parecía la de un extraño:<br />
-¡A casa, a toda prisa!<br />
El cochero, al oír esta voz que se dirigía a él generalmente en momentos decisivos, y que solía ser acompañado de algo más efectivo, encogió la cabeza entre los hombros para mayor seguridad, agitó el látigo y lanzó los caballos a toda velocidad. A los seis minutos escasos la «alta personalidad» ya estaba delante del portal de su casa.<br />
Pálido, asustado y sin capote había vuelto a su casa, en vez de haber ido a la de Carolina Ivanovna. A duras penas consiguió llegar hasta su habitación y pasó una noche tan intranquila, que a la mañana siguiente, a la hora del té, le dijo su hija:<br />
-¡Qué pálido estás, papá!<br />
Pero papá guardaba silencio y a nadie dijo una palabra de lo que le había sucedido, ni en dónde había estado, ni adónde se había dirigido en coche. Sin embargo, este episodio le impresionó fuertemente, y ya rara vez decía a los subalternos: «¿Se da usted cuenta de quién tiene delante?» Y si así sucedía, nunca era sin haber oído antes de lo que se trataba. Pero lo más curioso es que a partir de aquel día ya no se apareció el fantasma del difunto empleado. Por lo visto, el capote del general le había venido justo a la medida. De todas formas, no se oyó hablar más de capotes arrancados de los hombros de los transeúntes.</p>
<p>Sin embargo, hubo unas personas exaltadas e inquietas que no quisieron tranquilizarse y contaban que el espectro del difunto empleado seguía apareciéndose en los barrios apartados de la ciudad. Y, en efecto, un guardia del barrio de Kolomna vio con sus propios ojos asomarse el fantasma por detrás de su casa. Pero como era algo débil desde su nacimiento-en cierta ocasión un cerdo ordinario, ya completamente desarrollado, que se había escapado de una casa particular, le derribó, provocando así las risas de los cocheros que le rodeaban y a quienes pidió después, como compensación por la burla de que fue objeto, unos centavos para tabaco-, como decimos, pues, era muy débil y no se atrevió a detenerlo. Se contentó con seguirlo en la oscuridad hasta que aquel volvió de repente la cabeza y le preguntó:<br />
-¿Qué deseas?-y le enseñó un puño de esos que no se dan entre las personas vivas.<br />
-Nada-replicó el guardia, y no tardó en dar media vuelta.</p>
<p>El fantasma era, no obstante, mucho más alto tenía bigotes inmensos. A grandes pasos se dirigió al puente Obuko, desapareciendo en las tinieblas de la noche.</p>
<p> </p>
<p>Nicolai Gogol</p>
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		<title>CORAZONES PERDIDOS</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Jan 2010 05:21:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[M.R. James]]></category>
		<category><![CDATA[Malas obras]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;"><img class="alignleft size-medium wp-image-36" style="margin: 10px;" title="fullmoon" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/fullmoon-300x169.jpg" alt="fullmoon" width="300" height="169" />Hasta donde recuerdo, fue en septiembre de 1811 cuando un carruaje se detuvo ante la puerta de Aswarby Hall en el corazón del condado de Lincolnshire. El niño, único pasajero, descendió de un salto si bien llegó y miró a su alrededor con un profundo interés, durante el corto intervalo que transcurrió entre el momento en que hizo sonar la campanilla y el instante en que se abrió la puerta. Lo que alcanzó a ver fue una casa de ladrillos alta y cuadrada construida en la época de la reina Ana, a la cual se había agregado un pórtico de pilares de piedra del estilo clásico puro de 1790; las ventanas de la casa eran numerosas, altas y angostas, con pequeños paneles y carpintería blanca y sólida. Completaba el frente una ventana circular. También logró ver un ala derecha y un ala izquierda que se conectaban con la construcción central por medio de extrañas galerías vidriadas. Allí se encontraban los establos y las oficinas de la casa. Cada ala estaba coronada por una cúpula decorativa con veletas doradas.</p>
<p style="text-align: left;">La luz crepuscular se reflejaba sobre el edificio de modo que los paneles de las ventanas brillaban como pequeñas fogatas. Frente a la mansión y algo retirado de ella se extendía un parque llano bordeado de robles y pinos, cuya silueta se recortaba contra el cielo. El reloj del campanario de la iglesia escondida entre los árboles al borde del parque, con la veleta iluminada por la luz, daba las seis y su dulce sonido lograba vencer al viento. La impresión que recibió el niño que se hallaba de pie en el pórtico esperando que le abriesen la puerta fue placentera, si bien a ésta se mezclaba ese tipo de melancolía propia de un atardecer de comienzos de otoño.</p>
<p style="text-align: left;">El carruaje lo había traído desde Warwickshire, donde vivía cuando quedara huérfano alrededor de seis meses atrás. Ahora venía a instalarse en Aswarby gracias al generoso ofrecimiento de su primo mayor, el señor Abney, que le había formulado dicha invitación para sorpresa de quienes lo conocían, pues todos sabían que era un ermitaño de costumbres algo austeras y que la llegada de un niño pequeño agregaría un elemento nuevo y aparentemente incongruente a la rutina metódica que caracterizaba sus días. En realidad, lo que sus vecinos sabían acerca de las ocupaciones o del temperamento del señor Abney era poco o nada. En cierta ocasión el profesor de griego de la Universidad de Cambridge había expresado que no existía alguien que supiera más sobre las creencias religiosas de los paganos que el dueño de Aswarby. Sin duda su biblioteca contenía todos los libros existentes sobre los Misterios, los poemas de Orfeo, el culto a Mitra y los neoplatónicos. En la antesala recubierta de mármol de su casona se erguía una escultura sumamente delicada de Mitras dando muerte a un toro, que el señor Abney había importado del Levante a un precio muy elevado y de la cual había enviado una descripción al <em>Gentleman&#8217;s Magazine, </em>además de escribir una serie de artículos notables para el <em>Cronical Museum </em>sobre las supersticiones de los romanos del Bajo Imperio. En suma, se lo consideraba un hombre que vivía para sus libros, y por lo tanto la sorpresa de quienes lo conocían se debía más al hecho de que se hubiese enterado de la existencia de su primo huérfano que a su decisión de invitarlo a vivir con él en Aswarby Hall.</p>
<p style="text-align: left;">Fuese como fuere la impresión que sus vecinos tenían de él, lo cierto era que el señor Abney –el alto, el delgado, el austero– parecía dispuesto a dar una cálida acogida a su joven primo. En el mismo momento en que se abrió la puerta de entrada, salió con prisa de su estudio frotándose las manos con un deleite anticipado.</p>
<p style="text-align: left;">–¿Cómo estás, hijo mío? ¿Cómo estás? ¿Cuántos años tienes? –le preguntó–. Es decir, eh&#8230;, espero que no estés demasiado cansado por el viaje como para no poder comer.</p>
<p style="text-align: left;">–No, señor, gracias –respondió el niño Elliott–, estoy perfectamente.</p>
<p style="text-align: left;">–Así me gusta –afirmó el señor Abney–. ¿Y cuántos años tienes, muchacho?</p>
<p style="text-align: left;">Resultaba un tanto extraño que hubiese formulado la pregunta dos veces en los primeros dos minutos de su encuentro.</p>
<p style="text-align: left;">–Cumpliré doce, señor –respondió Stephen.</p>
<p style="text-align: left;">–¿Y cuándo es tu cumpleaños, mi querido muchachito? El 11 de septiembre, ¿eh? Muy bien&#8230; Muy, pero, muy bien. Falta casi un año, ¿no es así? Me gusta –¡ja, ja!–. Me gusta registrar este tipo de datos en mi libro. Estás seguro de que cumplirás doce ¿no? Absolutamente seguro.</p>
<p style="text-align: left;">–Sí, por completo, señor.</p>
<p style="text-align: left;">–¡Bien, bien! Parkes, llévelo con la señora Bunch y que le sirva la merienda&#8230; o la cena, lo que sea.</p>
<p style="text-align: left;">–Sí, señor –respondió el formal señor Parkes; y condujo a Stephen al sector de servicio.</p>
<p style="text-align: left;">La señora Bunch era la persona más cálida y humana que Stephen había encontrado hasta ese momento en Aswarby. Lo hizo sentir perfectamente cómodo y al cabo de un cuarto de hora ambos se consideraban íntimos amigos, lo cual fueron durante el resto de sus vidas. La señora Bunch había nacido en el vecindario 55 años antes de la llegada del niño, y hacía 20 años que vivía con el señor Abney. Por lo tanto, si había alguien que sabía cómo era la vida en Aswarby y en los alrededores esa persona era la señora Bunch. Y por cierto disfrutaba mucho cuando tenía la oportunidad de dar cualquier información.</p>
<p style="text-align: left;">Por supuesto, había infinidad de detalles sobre la casa y el parque que, debido a su naturaleza aventurera y curiosa, Stephen deseaba saber. ¿Quién había construido el templo que se hallaba al final del camino de laureles? ¿Quién era ese señor que retrataba el cuadro colgado en las escaleras, sentado a una mesa con una calavera bajo la mano? Estas y otras preguntas recibían su correspondiente aclaración gracias al poderoso intelecto de la señora Bunch. Sin embargo, había otras cuestiones cuya respuesta resultaba muy poco satisfactoria.</p>
<p style="text-align: left;">Un atardecer del mes de noviembre Stephen se hallaba sentado junto al fuego en los aposentos de la señora Bunch, y reflexionaba acerca de la casa y sus alrededores.</p>
<p style="text-align: left;">–¿El señor Abney es un hombre bueno? ¿Irá al cielo? –preguntó de repente con la confianza absoluta que depositan los niños en la capacidad de los mayores para responder a este tipo de preguntas, en las cuales la decisión final recae en realidad en tribunales superiores.</p>
<p style="text-align: left;">–¿Bueno? ¡Por Dios, hijo! –repuso la señora Bunch–. ¡El señor es una de las personas más amables que he conocido jamás! ¿Nunca le he contado nada acerca del niño que recogió, que le dicen, de la calle, hace siete años? ¿Y de la niñita, dos años después de mi llegada?</p>
<p style="text-align: left;">–No. ¡Cuénteme sobre ellos, señora Bunch, ahora mismo!</p>
<p style="text-align: left;">–Bueno, en realidad de la niña no me acuerdo mucho. Lo que sé es que el señor la trajo a casa una vez después de una de sus caminatas y dio órdenes a la señora Ellis, el ama de llaves de entonces, como que tenían que cuidar mucho de ella. La pobrecita no tenía a nadie que la cuidara. Ella misma en persona me lo contó, y vivió aquí con nosotros algo así como tres semanas. Entonces, no sé si será porque tenía sangre gitana en las venas o qué,<em> </em>pero una mañana desapareció de su cama antes de que cualquiera de nosotros se despertase, y no he vuelto a saber nada de ella, nada, ni un rastro, desde entonces. El señor estaba sumamente molesto y ordenó que la buscaran en todos los lagos del parque; pero en mi opinión ella se fue con los gitanos, pues creí oír sus cantos durante alrededor de una hora la noche en que desapareció; y Parkes, él afirmó que les oyó llamando desde el bosque esa misma tarde. ¡Ay, Dios!&#8230; era una niña un poco rara, tan silenciosa y quietecita, pero a mí me conquistó, se acostumbró en seguida. Todo fue muy&#8230; sorprendente.</p>
<p style="text-align: left;">–¿Y qué pasó con el niño? –preguntó Stephen.</p>
<p style="text-align: left;">–¡Ay, el pobrecito! –suspiró la señora Bunch–. Era extranjero, se hacía llamar Jevanny y apareció un día de invierno tocando el organillo por el camino principal y resulta que el señor, en cuanto le vio, le ordenó entrar y le preguntó de dónde venía, y cuántos años tenía y cómo se ganaba la vida y dónde estaban sus familiares y estuvo muy amable con él. Pero a él le pasó lo mismo. Son todos así los extranjeros, todos indómitos, al menos eso creo, y partió una mañana igual que la niña Durante un año nos preguntamos por qué se había ido y qué le había pasado; pues no se llevó su organillo, que todavía está ahí sobre el estante.</p>
<p style="text-align: left;">El resto de la velada Stephen se dedicó a interrogar a la señora Bunch sobre temas sueltos y a tratar de arrancarle alguna que otra nota al organillo.</p>
<p style="text-align: left;">Esa noche tuvo un sueño extraño. Al final del corredor del piso superior, el de su habitación, había un viejo cuarto de baño en desuso que permanecía bajo llave. Sin embargo, la parte superior de la puerta tenía vidrio esmerilado y, como las cortinas de muselina habían desaparecido, se podía mirar a través de ella y ver la bañera con bordes de plomo fijada a la pared del lado derecho, con la cabecera hacia la ventana.</p>
<p style="text-align: left;">Esa noche el niño se encontró a sí mismo, según creyó, mirando a través del vidrio esmerilado. La Luna brillaba a través de la ventana, y él mantenía la mirada fija sobre una figura que yacía dentro de la bañera.</p>
<p style="text-align: left;">La descripción de Stephen Elliott acerca de lo que había visto allí dentro me hizo evocar mi visita a las famosas bóvedas de la iglesia de San Michan en Dublín, las cuales poseen la espantosa cualidad de preservar cadáveres de la destrucción durante siglos. Se trataba de una figura indescriptiblemente delgada y patética de un color plomizo terroso, envuelta en lo que parecía ser una mortaja, con los finos labios retorcidos en una tenue sonrisa horrorosa y las manos firmemente apretadas sobre el corazón.</p>
<p style="text-align: left;">Cuando la figura lo vio, sus labios dejaron escapar un quejido casi imperceptible y distante y sus brazos comenzaron a moverse. El terror que produjo en el niño semejante visión lo impulsó a retroceder, y fue entonces cuando se dio cuenta de que se hallaba de pie sobre el frío piso de madera del corredor bajo la brillante luz de la Luna. Lo que hizo a continuación indica que poseía un valor poco común entre los niños de su edad, pues se dirigió hacia la puerta del cuarto de baño para confirmar si la figura que había visto en sueños en verdad se hallaba allí. No la encontró y regresó a la cama.</p>
<p style="text-align: left;">A la mañana siguiente la señora Bunch quedó muy impresionada por el relato, y hasta se apresuró a reponer la cortina de muselina en la puerta esmerilada del cuarto de baño. Además, el señor Abney, que escuchó la historia del niño durante el desayuno, demostró un gran interés en ella y tomó notas acerca del tema en lo que llamó «su libro».</p>
<p style="text-align: left;">El equinoccio de la primavera estaba próximo. A menudo el señor Abney recordaba a su joven primo que las personas de la antigüedad consideraban que esa época del año constituía un momento crítico para los jóvenes, por lo cual Stephen debía cuidarse y cerrar la ventana de su dormitorio por la noche. También agregó que Censorinus había escrito algunos comentarios valiosos al respecto. Y, a decir verdad, en ese tiempo se produjeron dos incidentes que impresionaron enormemente a Stephen.</p>
<p style="text-align: left;">El primero ocurrió después de una noche difícil y agobiante para el niño, a pesar de que no lograba recordar ninguna pesadilla en particular.</p>
<p style="text-align: left;">Durante la tarde siguiente la señora Bunch ocupaba su tiempo en zurcir el camisón de Stephen.</p>
<p style="text-align: left;">–¡Válgame Dios, niño Stephen! –estalló irritada–. ¿Cómo se las ha arreglado para rasgar su camisón de este modo, en jirones? ¡Mire qué trabajo nos da a nosotros, pobres sirvientes que tenemos que zurcir y remendar para usted!</p>
<p style="text-align: left;">Por cierto, en la prenda había una serie de cortes o tajos aparentemente injustificables que sin duda requerirían la labor de una costurera habilidosa para su arreglo. Se hallaban en el lado izquierdo del pecho: largos tajos paralelos de unos 15 centímetros, algunos de los cuales no habían llegado a agujerear la textura del lino. Stephen no se hallaba en condiciones de explicar su origen, y solamente estaba seguro de que no se encontraban allí la noche anterior.</p>
<p style="text-align: left;">–Señora Bunch –observó– son iguales a los rasguños que hay en la parte de afuera de la puerta de mi dormitorio; y estoy absolutamente seguro de que no tuve nada que ver con ellos.</p>
<p style="text-align: left;">La señora Bunch le echó una mirada atónita, luego cogió una vela y se retiré a toda prisa de la habitación. Se la oyó subir la escalera y a los pocos minutos se la vio regresar.</p>
<p style="text-align: left;">–Bueno, niño Stephen –murmuré–, no me explico cómo es posible que esos rasguños y marcas hayan llegado a esa puerta&#8230; son demasiado altos para ser obra de un gato o un perro, y ni qué decir de una rata: juraría que son como las uñas de un chino (como nos decía mi tío que estaba en el negocio del té a nosotras cuando estábamos todas juntas). Si yo fuera usted, no le diría nada al señor, niño Stephen, querido; y recuerde cerrar la puerta con llave cuando se vaya a la cama.</p>
<p style="text-align: left;">–Siempre lo hago, señora Bunch, en cuanto termino de decir mis oraciones.</p>
<p style="text-align: left;">–Oh, qué buen niño: jamás deje de rezar sus oraciones y entonces nadie le podrá hacer daño.</p>
<p style="text-align: left;">Acto seguido la señora Bunch se dedicó a remendar el camisón rasgado, con breves intervalos de meditación, hasta que llegó la hora de irse a la cama. Esto sucedió una noche de viernes en marzo de 1812.</p>
<p style="text-align: left;">La noche siguiente, el dúo que formaban Stephen y la señora Bunch se vio aumentado por la aparición repentina del señor Parkes, el mayordomo, quien normalmente se guardaba las cosas para sí mismo. Este no vio que Stephen estaba allí: más aún, se encontraba alterado y más lento para hablar que de costumbre.</p>
<p style="text-align: left;">–El señor puede ir por su propio vino, si quiere buscarlo por la noche –fue su primer comentario–. Si debo hacerlo yo voy de día o no voy, señora Bunch. No sé qué podrá ser lo que hay allí: lo más seguro es que se trate de ratas o que sea el viento que entra en la bodega, pero ya no estoy tan joven como antes y no puedo ocuparme de eso como solía hacerlo.</p>
<p style="text-align: left;">–Pero señor Parkes, usted sabe bien que no es usual que haya ratas en la casa.</p>
<p style="text-align: left;">–No lo niego, señora Bunch, pero muchas veces escuché el cuento que narran los hombres que trabajan en los muelles, acerca de una rata que habla. Nunca le presté atención, pero esta noche, si me hubiese agachado y acercado el oído a la puerta de la última bodega, estoy seguro de que habría podido oír lo que ellas decían.</p>
<p style="text-align: left;">–¡Vamos, señor Parkes, no tengo tiempo para esas bobadas.! Ratas que hablan en una bodega&#8230;</p>
<p style="text-align: left;">–Bueno, señora Bunch, no me apetece discutir con usted: lo único que digo es que si se anima a ir a la última bodega y apoya el oído sobre la puerta, verá que lo que afirmo es la pura verdad.</p>
<p style="text-align: left;">–¡Qué tonterías dice, señor Parkes, y no son cosas que los niños deban oír! Asustará al niño Stephen.</p>
<p style="text-align: left;">–¡Qué! ¿El niño Stephen? –exclamó Parkes al darse cuenta de la presencia del muchacho–. El niño Stephen sabe bien cuándo estoy bromeando con usted, señora Bunch.</p>
<p style="text-align: left;">En realidad el niño Stephen entendía las cosas demasiado bien como para creer lo que decía el señor Parkes. Le interesaba, pero no le agradaba la situación; y todas sus preguntas para conseguir que el mayordomo le hiciera un relato más detallado sobre sus experiencias en la bodega de los vinos, resultaron infructuosas.</p>
<p style="text-align: left;">Hemos arribado al 24 de marzo de 1812, que fue un día de curiosísimas experiencias para Stephen. Soplaba un viento ruidoso que envolvía a la mansión y al parque en un manto de inquietud, cuando el niño se detuvo ante el cerco que bordeaba la finca. Entonces miró hacia el parque y creyó ver algo semejante a una procesión interminable de personas invisibles que pasaban delante de él llevadas por la fuerza del viento, acosadas, sin ofrecer resistencia alguna y sin rumbo fijo, luchando en vano por detenerse, por asirse a algún objeto concreto y así interrumpir la marcha para ponerse nuevamente en contacto con el mundo de los seres vivos del cual habían formado parte. Ese día, después del almuerzo el señor Abney le propuso:</p>
<p style="text-align: left;">–Stephen, mi niño, ¿crees que podrías venir hoy a mi estudio alrededor de las once de la noche? Estaré ocupado hasta entonces, y deseo enseñarte algo que está relacionado con tu futuro y que es de suma importancia para ti. No debes mencionar el asunto ante la señora Bunch ni ante cualquier otra persona de la casa Y sería conveniente que te retiraras a tu habitación a la hora de costumbre.</p>
<p style="text-align: left;">Por fin sucedía algo excitante en la vida de Stephen: se le presentaba la oportunidad de permanecer despierto hasta las once de la noche. Cuando llegó el momento de ir a su dormitorio en el piso superior, el niño pasó por el estudio y echó una mirada fugaz hacia dentro. Vio allí un brasero que en otras ocasiones había observado en un ángulo de la estancia pero que ahora se hallaba frente al fuego, y también divisó un copón de plata antiguo lleno de vino tinto depositado sobre la mesa, cerca del cual había unas hojas de papel escritas. Stephen observó asimismo que el señor Abney esparcía sobre el brasero incienso que tomaba de una cajita plateada y redonda, al parecer sin reparar en la presencia del niño.</p>
<p style="text-align: left;">El viento había cesado, la noche era tranquila y la Luna llena brillaba en todo su esplendor. Cerca de las diez de la noche Stephen se encontraba de pie ante la ventana abierta de su dormitorio y contemplaba el campo. A pesar de que la noche era tranquila, los misteriosos habitantes del bosque distante iluminado por la Luna aún no se habían calmado. De tanto en tanto llegaban a sus oídos, desde la laguna, los extraños gemidos de los desesperados caminantes. Tal vez se tratase del chillido de alguna lechuza o de las aves acuáticas, pero en realidad no se parecía demasiado a ellas. ¿Acaso se estaban acercando? Ahora el sonido provenía del extremo más próximo de la laguna, y en los minutos siguientes le pareció que se hallaba muy cerca de allí, entre los arbustos. De pronto los ruidos cesaron, pero en el momento en que Stephen se disponía a cerrar la ventana y dedicarse a la lectura de <em>Robinson Crusoe, </em>divisó dos figuras de pie en la terraza de piedra ubicada a lo largo del jardín: parecían las figuras de un niño y una niña, uno al lado de la otra, que miraban hacia arriba en dirección a las ventanas. Había algo en la niña que le hizo recordar su sueño sobre la figura que yacía en la bañera. El niño le inspiré un terror aún más profundo.</p>
<p style="text-align: left;">Mientras la niña permanecía inmóvil, esbozando una sonrisa y con las manos entrelazadas a la altura del corazón, el niño, de aspecto delgado, cabello negro y ropaje rasgado, alzaba las manos en una actitud amenazante que revelaba algo semejante a una sed insaciable. La Luna iluminaba sus dedos casi traslúcidos, y Stephen observó que sus uñas eran de una longitud alarmante y que la luz brillaba a través de ellas. Con las manos levantadas de ese modo, la figura constituía la imagen misma del terror. Sobre el extremo izquierdo de su pecho había una herida abierta y negruzca. Fue entonces cuando esos gritos desolados y desgarradores que había oído durante toda esa tarde en los bosques de Aswarby perforaron el cerebro de Stephen, más que su oído. Luego, la espantosa pareja se trasladó suavemente y sin emitir sonido alguno por la terraza de piedra, y Stephen los perdió de vista.</p>
<p style="text-align: left;">A pesar de que sentía un temor inenarrable, resolvió coger la candela y bajar hasta el estudio del señor Aswarby, puesto que se aproximaba la hora de su cita. El estudio o biblioteca se encontraba en un extremo del corredor del frente y Stephen, urgido por el miedo, no tardó demasiado tiempo en llegar allí. Pero lo que no le resulté tan fácil fue entrar. Estaba seguro de que la puerta no se hallaba bajo llave, pues la misma estaba colocada del lado de afuera, como siempre. El niño golpeó la puerta en repetidas ocasiones sin obtener respuesta: el señor Abney estaba ocupado y hablaba. ¡Qué! ¿Por qué trataba de gritar? ¿Y por qué el grito se le ahogaba en la garganta? ¿Habría visto también él a esos misteriosos niños? Ahora todo era silencio&#8230; y la puerta cedió ante los empujones frenéticos y aterrados de Stephen.</p>
<p style="text-align: left;">Sobre la mesa del estudio del señor Abney se encontraron ciertos papeles que aclararon la situación a Stephen cuando tuvo edad para comprenderlos. Los conceptos más destacados eran los siguientes:</p>
<p style="text-align: left;">«Era una creencia fuertemente arraigada entre los antiguos, en cuya experiencia en estos asuntos confío plenamente pues la pude comprobar por mí mismo, que si se llevan a cabo ciertos procedimientos que a nosotros los modernos nos resultan algo brutales, se alcanza un fascinante conocimiento de las propias facultades espirituales. Por ejemplo, si un individuo absorbe la esencia personal de cierto número de sus congéneres, puede lograr un completo poder sobre las órdenes de seres espirituales que controlan las fuerzas elementales del universo.</p>
<p style="text-align: left;">»Está registrado que Simon Magus podía volar por los aires, tornarse invisible o tomar la forma que desease con la &#8220;ayuda&#8221; del alma de un joven al cual, según la expresión difamatoria del autor de las <em>Clementine Recognitions, </em>había &#8220;asesinado&#8221;. Más aún, gracias a los escritos sumamente detallados de Hermes Trismegistus he descubierto que se puede llegar a resultados igualmente felices por medio de la absorción de los corazones de tres seres humanos menores de 21 años. He dedicado los últimos 20 años de mi vida, en su mayoría, a comprobar la veracidad de dicha fórmula, eligiendo como <em>corpora vilia </em>de mi experimento a personas cuya ausencia no ocasionara una pérdida sensible a la sociedad. Di el primer paso al eliminar a Phoebe Stanley, una niña de extracción gitana, el 24 de marzo de 1792. El segundo fue un jovenzuelo italiano errante llamado Giovanni Paoli, la noche del 23 de marzo de 1805. La última &#8220;víctima&#8221;, para emplear un término que me resulta sumamente repugnante, ha de ser mi primo Stephen Elliott. Le he asignado la fecha del 24 de marzo de 1812.</p>
<p style="text-align: left;">»El método más adecuado para lograr la absorción es arrancarle el corazón en vida, reducirlo a cenizas y mezclarlo con medio litro de vino tinto, preferentemente Oporto. Es conveniente ocultar los cadáveres de los dos primeros individuos: un cuarto de baño en desuso o una bodega de vinos será lo más apropiado para tal fin. Es posible que la parte psíquica de fantasma, cause ciertas molestias. Pero un hombre de temperamento filosófico –el único tipo de hombre apto para estos experimentos– será poco proclive a dar importancia a los débiles esfuerzos de estos seres en su intento de vengarse de él. Me causa una enorme satisfacción poder vislumbrar ya la existencia tan prolongada y libre que me proporcionará el experimento, si es exitoso; no sólo me colocará lejos del alcance de la (supuesta) justicia humana, sino que también eliminará casi por completo la posibilidad de que me alcance la muerte misma.»</p>
<p style="text-align: left;">El señor Abney yacía sobre su silla, con la cabeza echada hacia atrás y el rostro transfigurado por la furia, el temor y el dolor mortal. El lado izquierdo de su cuerpo había sufrido una herida lacerante, a corazón abierto. No había sangre en sus manos, y sobre la mesa se veía un cuchillo largo totalmente limpio. Tal vez había sido una fiera salvaje la causante de sus heridas. La ventana del estudio se encontraba abierta y el médico forense opinó que el señor Abney había encontrado la muerte bajo las garras de una criatura salvaje. Pero cuando Stephen Elliott examinó los papeles que ya hemos mencionado llegó a una conclusión muy diferente.</p>
<p style="text-align: left;"> </p>
<p style="text-align: left;">M.R. James</p>
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		<title>El traje nuevo del emperador</title>
		<link>http://www.cuentoscrueles.com/situaciones-crueles/el-traje-nuevo-del-emperador/</link>
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		<pubDate>Sat, 26 Dec 2009 21:45:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Hans Christian Andersen]]></category>
		<category><![CDATA[Situaciones crueles]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace muchos años hubo un Emperador con una afición tan
excesiva a los trajes nuevos que se gastaba todo su dinero en esa
manía. Nada le importaban sus soldados, ni el teatro, ni los paseos por
el bosque, salvo que sirvieran de pretexto, para lucir su vestimenta
recién estrenada. Tenía un traje para cada hora del día. Y en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-112" style="margin: 9px; border: black 1px solid;" title="untitled" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/untitled.bmp" alt="untitled" width="199" height="196" />Hace muchos años hubo un Emperador con una afición tan<br />
excesiva a los trajes nuevos que se gastaba todo su dinero en esa<br />
manía. Nada le importaban sus soldados, ni el teatro, ni los paseos por<br />
el bosque, salvo que sirvieran de pretexto, para lucir su vestimenta<br />
recién estrenada. Tenía un traje para cada hora del día. Y en vez de<br />
decirse de él, como se dice de cualquier otro rey o emperador: “Está en<br />
la sala del Consejo”, la expresión popular era siempre: “El Emperador<br />
está en el vestuario”.<br />
En la gran capital donde él residía, la vida era en verdad muy<br />
alegre. Diariamente llegaban a visitarle legiones de turistas, y entre<br />
ellos cayeron en una ocasión dos timadores. Se hacían pasar por<br />
fabricantes de tejidos y pretendían que sus productos eran los más<br />
maravillosos que podían imaginarse en el mundo, y no sólo porque los<br />
tintes y dibujos fuesen de una finura incomparable, sino porque las<br />
ropas confeccionadas con aquel tipo de tela tenían una peculiarísima<br />
cualidad: la de permanecer invisibles a toda persona que no estuviera<br />
capacitada para su cargo, o que fuese imposiblemente estúpida.<br />
“Esas ropas deben ser espléndidas -pensó el Emperador-.<br />
Usándolas podré descubrir cuáles de entre los funcionarios de mi reino<br />
son incapaces para sus puestos. Y también podré distinguir los<br />
hombres inteligentes de los tontos. Sí, conviene ordenar que me<br />
preparen un poco de tela”.<br />
El Emperador hizo entrega a los dos pillos de una buena suma<br />
como adelanto, para que pudieran empezar cuanto antes su trabajo.<br />
Los presuntos tejedores instalaron dos telares y fingieron tejer,<br />
pero sin tener absolutamente nada en las lanzaderas. Para empezar<br />
adquirieron una partida de seda finísima y cierta cantidad del más puro<br />
hilo de oro, todo lo cual guardaron en sus maletas. Todos los días<br />
seguían tejiendo en los vacíos telares hasta ya muy entrada la noche.<br />
“Me gustaría saber cómo andan con el trabajo esos tejedores”<br />
-pensó el Emperador, pero no dejaba de sentirse algo incómodo al<br />
reflexionar que todo aquel que fuera un zoquete o incapacitado para su<br />
cargo quedaría sin ver la tela. Ciertamente, se dijo, no tenía nada que<br />
temer de su parte, pero sería mejor enviar primero a otra persona a ver<br />
cómo marchaba aquello.<br />
Todo el mundo conocía en la ciudad la maravillosa propiedad de<br />
la tela.<br />
“Enviaré a mi viejo y fiel ministro -resolvió-.<br />
Él estará mejor autorizado que nadie para apreciar la calidad de su<br />
tejido, pues se trata de un muy inteligente y no hay nadie que<br />
desempeñe su tarea mejor que él la suya”.<br />
De modo, pues, que el excelente viejo ministro recibió la misión<br />
de inspeccionar la sala donde estaban trabajando los dos pillastres ante<br />
el telar vacío.<br />
“¡Dios nos ampare! -pensó el ministro abriendo los ojos de par en<br />
par-. ¡Vaya, si no veo nada!” -Pero tuvo buen cuidado de no decirlo.<br />
Los estafadores le suplicaron que tuviera la bondad de<br />
aproximarse un poco más, y le preguntaron si no juzgaba excelentes el<br />
dibujo y el colorido. El pobre ministro se rompía los ojos sin lograr ver<br />
cosa alguna, pues, por supuesto, nada había que ver.<br />
“¡Cielos! -pensó-. ¿Es posible que yo sea un bobo? Nunca me lo<br />
habría imaginado, y no tiene que saberlo nadie. ¿Y un inútil también<br />
para el cargo? Jamás diré que no he logrado ver la tela”.<br />
-Bien, señor, ¿decíais algo acerca de la tela? -preguntó el pillo que<br />
estaba fingiendo tejer.<br />
-¡Oh, es hermosa&#8230;, realmente encantadora! -dijo el ministro,<br />
calándose los anteojos-. ¡Qué dibujo, qué tonos! Ciertamente informaré<br />
al Emperador que me ha gustado mucho.<br />
-Nos complace sobremanera oírlo -dijeron los dos trapecistas. Y a<br />
continuación enumeraron todos los matices y describieron el peculiar<br />
dibujo del tejido. El viejo ministro puso gran atención a lo que decían,<br />
para poder repetirlo cuando regresara a informar al Emperador.<br />
Poco después los dos bribones se presentaron a pedir más dinero,<br />
más seda y más oro, para poder continuar con el tejido. Pero se lo<br />
guardaron todo en sus bolsillos. Ni una hebra siquiera colocaron en el<br />
telar, aunque siguieron tejiendo con afán.<br />
El Emperador envió a otro de sus leales funcionarios a investigar<br />
cómo seguía el tejido y cuándo estaría listo. Y al funcionario le ocurrió<br />
lo mismo que al viejo ministro. Miró y miró, pero como sólo había un<br />
telar vacío, no pudo ver nada.<br />
-¿No es una hermosa pieza de tela? -preguntaron los dos<br />
pillastres. Y desplegaron una verdadera exhibición del admirable tejido<br />
y de los colores que no estaban allí ni podía ver persona alguna.<br />
“Yo sé que no soy ningún obtuso -pensó el funcionario-, acaso,<br />
pues, se trate de que tampoco soy el hombre adecuado para mi<br />
excelente cargo. Es muy extraño. Sea como sea, no hay que<br />
demostrarlo”.<br />
Y se deshizo en elogios de la tela que no veía, Y aseguró que se<br />
retiraba admirado de los matices y la originalidad del dibujo.<br />
-Es prodigioso -informó luego al Emperador-. Todo el mundo<br />
habla en la ciudad de esa espléndida tela.<br />
Y el Emperador pensó que sería interesante ver aquel prodigio<br />
mientras estaba aún en el telar. Acompañado por cierto número de<br />
selectos cortesanos, entre ellos los dos que ya habían visto la<br />
imaginaria tela, se dirigió a visitar a los dos impostores, que estaban<br />
trabajando tan arduamente como nunca en sus vacías máquinas.<br />
-¡Es magnífico! -dijeron los dos honrados dignatarios-. ¡Ved,<br />
Majestad qué dibujos! ¡Qué matices!<br />
Y ambos señalaban el telar, pensando cada uno que el otro podía<br />
ver la tela.<br />
“¿Qué? -pensaba el Emperador-. Yo no veo nada en absoluto. ¡Es<br />
terrible! ¿Soy yo un zote entonces? ¿No sirvo para Emperador? Nada<br />
peor que eso podría ocurrirme”.<br />
Y dijo en voz alta:<br />
-¡Qué hermosa! Tiene mi más calificada aprobación.<br />
E inclinó repetidamente la cabeza en señal de agrado,<br />
contemplando el telar vacío. Nada ni nadie habría podido inducirlo a<br />
confesar que no veía nada.<br />
Todo el séquito miró y remiró, sin ninguno de los dignatarios<br />
viera más que los otros. Sin embargo, exclamaron todos, a coro con Su<br />
Majestad:<br />
-¡Es muy hermosa!<br />
Y le aconsejaron que se mandara hacer un traje de tan maravillosa<br />
tela para la ocasión de un gran desfile próximo.<br />
“¡Magnífica! ¡Maravillosa! ¡Excelente!” -eran las palabras que<br />
corrían de boca en boca. Todos estaban igualmente encantados con la<br />
tela. El Emperador concedió a cada uno de los dos bellacos una condecoración<br />
destinada a sus respectivas solapas, y el título de “Caballero<br />
Tejedor”.<br />
Los pillos trabajaron toda la noche previa al día del desfile,<br />
gastando dieciséis bujías, para que el pueblo viera lo ansiosos que<br />
estaban de tener listo a tiempo el traje del Emperador. Fingieron sacar<br />
la tela del telar cortándola en el aire con un gran par de tijeras, y la<br />
fueron cosiendo con sólo agujas, sin hilo alguno en ellas.<br />
Por fin anunciaron:<br />
-Ya está listo el traje del Emperador.<br />
Y el Emperador fue personalmente a buscarlo en compañía de sus<br />
más elevados cortesanos. Los dos estafadores levantaron un brazo en el<br />
aire, como si estuvieran sosteniendo algo, y dijeron:<br />
-Mirad, éstos son los pantalones. Esta es la chaqueta. Este es el<br />
manto. -Y así sucesivamente-. Es tan liviano como una telaraña. Casi<br />
podría decirse que uno no tiene nada en la mano, pero en eso reside<br />
precisamente su belleza.<br />
-Así es -aprobaron todos los cortesanos, aunque no podían ver<br />
nada, pues no había cosa alguna que ver.<br />
-¿Quisiera Su Imperial Majestad tener a bien quitarse la ropa?<br />
-invitaron los impostores-. Luego podrá vestirse las nuevas, aquí<br />
delante del gran espejo.<br />
El Emperador se despojó enteramente de sus ropas y los<br />
impostores fingieron irle entregando una pieza tras otra de su nuevo<br />
atuendo. Hicieron también la pantomima de ajustarle algo en la cintura<br />
y sujetar allí cierto invisible aditamento que debía suponerse era la cola<br />
del traje imperial. El Emperador se volvía una y otra vez frente al<br />
espejo.<br />
-¡Qué bien luce Su Majestad el nuevo traje! ¡Qué<br />
espléndidamente le queda! -exclamó toda la gente que lo rodeaba-.<br />
¡Qué modelo! ¡Qué color! Nunca se ha visto nada así en materia de<br />
ropa.<br />
-El palio está esperando a Vuestra Majestad para colocarse sobre<br />
su cabeza en el desfile -anunció el maestro de ceremonias.<br />
-Bien, estoy dispuesto -dijo el Emperador-. ¿No es cierto que me<br />
queda bien el traje?<br />
Los chambelanes que debían llevar la cola se inclinaron y<br />
fingieron levantarla del suelo con ambas manos, aunque naturalmente<br />
iban todos con las manos vacías en el aire. Ninguno se atrevía a<br />
confesar que no veía nada.<br />
Y el Emperador partió encabezando el desfile bajo el lujoso palio,<br />
y toda la muchedumbre en las calles y los balcones exclamaba:<br />
-¡Qué apuesto está el Emperador con su traje nuevo! ¡Qué<br />
espléndida cola!<br />
Y nadie quería reconocer que no veía cosa alguna, porque eso<br />
habría equivalido a reconocerse incapaz para su cargo, o bien un<br />
zopenco.<br />
Ninguno de los trajes anteriores del Emperador había tenido éxito<br />
semejante.<br />
Pero un niño exclamó de pronto:<br />
-¡El Emperador está desnudo!<br />
-¡Oh, escuchen lo que dice el inocente! -dijo su padre. Y uno de<br />
los mirones susurró al oído de su vecino, lo que el niño había dicho. Y<br />
la voz fue corriendo:<br />
-Dice que el Emperador está desnudo&#8230; Un chico ha dicho que el<br />
Emperador está desnudo.<br />
-¡Pero es que está desnudo! -exclamó por fin todo el pueblo.<br />
El Emperador se sintió molesto, porque comprendió que era<br />
verdad. Pero pensó:<br />
“El cortejo tiene que seguir ahora”.<br />
Y se mantuvo más rígido que nunca, y los chambelanes siguieron<br />
sosteniendo la invisible cola.</p>
<p> </p>
<p>Hans Christian Andersen</p>
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		<item>
		<title>Cordero asado.</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Dec 2009 21:39:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Humor negro]]></category>
		<category><![CDATA[Malas obras]]></category>
		<category><![CDATA[Putadas y jugarretas]]></category>
		<category><![CDATA[Roald Dahl]]></category>

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		<description><![CDATA[La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.
Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.
De vez en cuando echaba [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-medium wp-image-108" style="margin: 8px; border: black 1px solid;" title="corderomurcia" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/corderomurcia-300x240.jpg" alt="corderomurcia" width="300" height="240" />La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.</p>
<p>Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.</p>
<p>De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel —estaba en el sexto mes del embarazo— había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes.</p>
<p>Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradura.</p>
<p>Dejó a un lado la costura, se levantó y fue a su encuentro para darle un beso en cuanto entrara.</p>
<p>—¡Hola, querido! —dijo ella.</p>
<p>—¡Hola! —contestó él.</p>
<p>Ella le colgó el abrigo en el armario. Luego volvió y preparó las bebidas, una fuerte para él y otra más floja para ella; después se sentó de nuevo con la costura y su marido enfrente con el alto vaso de whisky entre las manos, moviéndolo de tal forma que los cubitos de hielo golpeaban contra las paredes del vaso. Para ella ésta era una hora maravillosa del día. Sabía que su esposo no quería hablar mucho antes de terminar la primera bebida, y a ella, por su parte, le gustaba sentarse silenciosamente, disfrutando de su compañía después de tantas horas de soledad. Le gustaba vivir con este hombre y sentir —como siente un bañista al calor del sol— la influencia que él irradiaba sobre ella cuando estaban juntos y solos. Le gustaba su manera de sentarse descuidadamente en una silla, su manera de abrir la puerta o de andar por la habitación a grandes zancadas. Le gustaba esa intensa mirada de sus ojos al fijarse en ella y la forma graciosa de su boca, especialmente cuando el cansancio no le dejaba hablar, hasta que el primer vaso de whisky le reanimaba un poco.</p>
<p>—¿Cansado, querido?</p>
<p>—Sí —respondió él—, estoy cansado.</p>
<p>Mientras hablaba, hizo una cosa extraña. Levantó el vaso y bebió su contenido de una sola vez aunque el vaso estaba a medio llenar.</p>
<p>Ella no lo vio, pero lo intuyó al oír el ruido que hacían los cubitos de hielo al volver a dejar él su vaso sobre la mesa. Luego se levantó lentamente para servirse otro vaso.</p>
<p>—Yo te lo serviré —dijo ella, levantándose.</p>
<p>—Siéntate —dijo él secamente.</p>
<p>Al volver observó que el vaso estaba medio lleno de un líquido ambarino.</p>
<p>—Querido, ¿quieres que te traiga las zapatillas? Le observó mientras él bebía el whisky.</p>
<p>—Creo que es una vergüenza para un policía que se va haciendo mayor, como tú, que le hagan andar todo el día —dijo ella.</p>
<p>El no contestó; Mary Maloney inclinó la cabeza de nuevo y continuó con su costura. Cada vez que él se llevaba el vaso a los labios se oía golpear los cubitos contra el cristal.</p>
<p>—Querido, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No he hecho cena porque es jueves.</p>
<p>—No —dijo él.</p>
<p>—Si estás demasiado cansado para comer fuera —continuó ella—, no es tarde para que lo digas. Hay carne y otras cosas en la nevera y te lo puedo servir aquí para que no tengas que moverte de la silla.</p>
<p>Sus ojos se volvieron hacia ella; Mary esperó una respuesta, una sonrisa, un signo de asentimiento al menos, pero él no hizo nada de esto.</p>
<p>—Bueno —agregó ella—, te sacaré queso y unas galletas.</p>
<p>—No quiero —dijo él.</p>
<p>Ella se movió impaciente en la silla, mirándole con sus grandes ojos.</p>
<p>—Debes cenar. Yo lo puedo preparar aquí, no me molesta hacerlo. Tengo chuletas de cerdo y cordero, lo que quieras, todo está en la nevera.</p>
<p>—No me apetece —dijo él.</p>
<p>—¡Pero querido! ¡Tienes que comer! Te lo sacaré y te lo comes, si te apetece.</p>
<p>Se levantó y puso la costura en la mesa, junto a la lámpara.</p>
<p>—Siéntate —dijo él—, siéntate sólo un momento. Desde aquel instante, ella empezó a sentirse atemorizada.</p>
<p>—Vamos —dijo él—, siéntate.</p>
<p>Se sentó de nuevo en su silla, mirándole todo el tiempo con sus grandes y asombrados ojos. El había acabado su segundo vaso y tenía los ojos bajos.</p>
<p>—Tengo algo que decirte.</p>
<p>—¿Qué es ello, querido? ¿Qué pasa?</p>
<p>El se había quedado completamente quieto y mantenía la cabeza agachada de tal forma que la luz de la lámpara le daba en la parte alta de la cara, dejándole la barbilla y la boca en la oscuridad.</p>
<p>—Lo que voy a decirte te va a trastornar un poco, me temo —dijo—, pero lo he pensado bien y he decidido que lo mejor que puedo hacer es decírtelo en seguida. Espero que no me lo reproches demasiado.</p>
<p>Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra.</p>
<p>—Eso es todo —añadió—, ya sé que es un mal momento para decírtelo, pero no hay otro modo de hacerlo. Naturalmente, te daré dinero y procuraré que estés bien cuidada. Pero no hay necesidad de armar un escándalo. No sería bueno para mi carrera.</p>
<p>Su primer impulso fue no creer una palabra de lo que él había dicho. Se le ocurrió que quizá él no había hablado, que era ella quien se lo había imaginado todo. Quizá si continuara su trabajo como si no hubiera oído nada, luego, cuando hubiera pasado algún tiempo, se encontraría con que nada había ocurrido.</p>
<p>—Prepararé la cena —dijo con voz ahogada.</p>
<p>Esta vez él no contestó.</p>
<p>Mary se levantó y cruzó la habitación. No sentía nada, excepto un poco de náuseas y mareo. Actuaba como un autómata. Bajó hasta la bodega, encendió la luz y metió la mano en el congelador, sacando el primer objeto que encontró. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que lo desenvolvió y lo miró de nuevo.</p>
<p>Era una pierna de cordero.</p>
<p>Muy bien, cenarían pierna de cordero. Subió con el cordero entre las manos y al entrar en el cuarto de estar encontró a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella.</p>
<p>Se detuvo.</p>
<p>—Por el amor de Dios —dijo él al oírla, sin volverse—, no hagas cena para mí. Voy a salir.</p>
<p>En aquel momento, Mary Maloney se acercó a él por detrás y sin pensarlo dos veces levantó la pierna de cordero congelada y le golpeó en la parte trasera de la cabeza tan fuerte como pudo. Fue como si le hubiera pegado con una barra de acero. Retrocedió un paso, esperando a ver qué pasaba, y lo gracioso fue que él quedó tambaleándose unos segundos antes de caer pesadamente en la alfombra.</p>
<p>La violencia del golpe, el ruido de la mesita al caer por haber sido empujada, la ayudaron a salir de su ensimismamiento.</p>
<p>Salió retrocediendo lentamente, sintiéndose fría y confusa, y se quedó por unos momentos mirando el cuerpo inmóvil de su marido, apretando entre sus dedos el ridículo pedazo de carne que había empleado para matarle.</p>
<p>«Bien —se dijo a sí misma—, ya lo has matado.»</p>
<p>Era extraordinario. Ahora lo veía claro. Empezó a pensar con rapidez. Como esposa de un detective, sabía cuál sería el castigo; de acuerdo. A ella le era indiferente. En realidad sería un descanso. Pero por otra parte. ¿Y el niño? ¿Qué decía la ley acerca de las asesinas que iban a tener un hijo? ¿Los mataban a los dos, madre e hijo? ¿Esperaban hasta el noveno mes? ¿Qué hacían?</p>
<p>Mary Maloney lo ignoraba y no estaba dispuesta a arriesgarse.</p>
<p>Llevó la carne a la cocina, la puso en el horno, encendió éste y la metió dentro. Luego se lavó las manos y subió a su habitación. Se sentó delante del espejo, arregló su cara, puso un poco de rojo en los labios y polvo en las mejillas. Intentó sonreír, pero le salió una mueca. Lo volvió a intentar.</p>
<p>—Hola, Sam —dijo en voz alta. La voz sonaba rara también.</p>
<p>—Quiero patatas, Sam, y también una lata de guisantes.</p>
<p>Eso estaba mejor. La sonrisa y la voz iban mejorando. Lo ensayó varias veces. Luego bajó, cogió el abrigo y salió a la calle por la puerta trasera del jardín.</p>
<p>Todavía no eran las seis y diez y había luz en las tiendas de comestibles.</p>
<p>—Hola, Sam —dijo sonriendo ampliamente al hombre que estaba detrás del mostrador.</p>
<p>—¡Oh, buenas noches, señora Maloney! ¿Cómo está?</p>
<p>—Muy bien, gracias. Quiero patatas, Sam, y una lata de guisantes.</p>
<p>El hombre se volvió de espaldas para alcanzar la lata de guisantes.</p>
<p>—Patrick dijo que estaba cansado y no quería cenar fuera esta noche —le dijo—. Siempre solemos salir los jueves y no tengo verduras en casa.</p>
<p>—¿Quiere carne, señora Maloney?</p>
<p>—No, tengo carne, gracias. Hay en la nevera una pierna de cordero.</p>
<p>—¡Oh!</p>
<p>—No me gusta asarlo cuando está congelado, pero voy a probar esta vez. ¿Usted cree que saldrá bien?</p>
<p>—Personalmente —dijo el tendero—, no creo que haya ninguna diferencia. ¿Quiere estas patatas de Idaho?</p>
<p>—¡Oh, sí, muy bien! Dos de ésas.</p>
<p>—¿Nada más? —El tendero inclinó la cabeza, mirándola con simpatía—. ¿Y para después? ¿Qué le va a dar luego?</p>
<p>—Bueno. ¿Qué me sugiere, Sam?</p>
<p>El hombre echó una mirada a la tienda.</p>
<p>—¿Qué le parece una buena porción de pastel de queso? Sé que le gusta a Patrick.</p>
<p>—Magnífico —dijo ella—, le encanta.</p>
<p>Cuando todo estuvo empaquetado y pagado, sonrió agradablemente y dijo:</p>
<p>—Gracias, Sam. Buenas noches.</p>
<p>Ahora, se decía a sí misma al regresar, iba a reunirse con su marido, que la estaría esperando para cenar; y debía cocinar bien y hacer comida sabrosa porque su marido estaría cansado; y si cuando entrara en la casa encontraba algo raro, trágico o terrible, sería un golpe para ella y se volvería histérica de dolor y de miedo. ¿Es que no lo entienden? Ella no <em>esperaba </em>encontrar nada. Simplemente era la señora Maloney que volvía a casa con las verduras un jueves por la tarde para preparar la cena a su marido.</p>
<p>«Eso es —se dijo a sí misma—, hazlo todo bien y con naturalidad. Si se hacen las cosas de esta manera, no habrá necesidad de fingir.»</p>
<p>Por lo tanto, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba canturreando una cancioncilla y sonriendo.</p>
<p>—¡Patrick! —llamó—, ¿dónde estás, querido? Puso el paquete sobre la mesa y entró en el cuarto de estar. Cuando le vio en el suelo, con las piernas dobladas y uno de los brazos debajo del cuerpo, fue un verdadero golpe para ella.</p>
<p>Todo su amor y su deseo por él se despertaron en aquel momento. Corrió hacia su cuerpo, se arrodilló a su lado y empezó a llorar amargamente. Fue fácil, no tuvo que fingir.</p>
<p>Unos minutos más tarde, se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la jefatura de Policía, y cuando le contestaron al otro lado del hilo, ella gritó:</p>
<p>—¡Pronto! ¡Vengan en seguida! ¡Patrick ha muerto!</p>
<p>—¿Quién habla?</p>
<p>—La señora Maloney, la señora de Patrick Maloney.</p>
<p>—¿Quiere decir que Patrick Maloney ha muerto?</p>
<p>—Creo que sí —gimió ella—. Está tendido en el suelo y me parece que está muerto.</p>
<p>—Iremos en seguida —dijo el hombre.</p>
<p>El coche vino rápidamente. Mary abrió la puerta a los dos policías. Los reconoció a los dos en seguida —en realidad conocía a casi todos los del distrito— y se echó en los brazos de Jack Nooan, llorando histéricamente. El la llevó con cuidado a una silla y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O&#8217;Malley, el cual estaba arrodillado al lado del cuerpo inmóvil.</p>
<p>—¿Está muerto? —preguntó ella.</p>
<p>—Me temo que sí&#8230; ¿qué ha ocurrido?</p>
<p>Brevemente, le contó que había salido a la tienda de comestibles y al volver lo encontró tirado en el suelo. Mientras ella hablaba y lloraba, Nooan descubrió una pequeña herida de sangre cuajada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O&#8217;Malley y éste, levantándose, fue derecho al teléfono.</p>
<p>Pronto llegaron otros policías. Primero un médico, después dos detectives, a uno de los cuales conocía de nombre. Más tarde, un fotógrafo de la Policía que tomó algunos planos y otro hombre encargado de las huellas dactilares. Se oían cuchicheos por la habitación donde yacía el muerto y los detectives le hicieron muchas preguntas. No obstante, siempre la trataron con amabilidad.</p>
<p>Volvió a contar la historia otra vez, ahora desde el principio. Cuando Patrick llegó ella estaba cosiendo, y él se sintió tan fatigado que no quiso salir a cenar. Dijo que había puesto la carne en el horno —allí estaba, asándose— y se había marchado a la tienda de comestibles a comprar verduras. De vuelta lo había encontrado tendido en el suelo.</p>
<p>—¿A qué tienda ha ido usted? —preguntó uno de los detectives.</p>
<p>Se lo dijo, y entonces el detective se volvió y musitó algo en voz baja al otro detective, que salió inmediatamente a la calle.</p>
<p>«&#8230;, parecía normal&#8230;, muy contenta&#8230;, quería prepararle una buena cena&#8230;, guisantes&#8230;, pastel de queso&#8230;, imposible que ella&#8230;»</p>
<p>Transcurrido algún tiempo el fotógrafo y el médico se marcharon y los otros dos hombres entraron y se llevaron el cuerpo en una camilla. Después se fue el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives y los policías se quedaron. Fueron muy amables con ella; Jack Nooan le preguntó si no se iba a marchar a otro sitio, a casa de su hermana, quizá, o con su mujer, que cuidaría de ella y la acostaría.</p>
<p>—No —dijo ella.</p>
<p>No creía en la posibilidad de que pudiera moverse ni un solo metro en aquel momento. ¿Les importaría mucho que se quedara allí hasta que se encontrase mejor? Todavía estaba bajo los efectos de la impresión sufrida.</p>
<p>—Pero <em>¿no </em>sería mejor que se acostara un poco? —preguntó Jack Nooan.</p>
<p>—No —dijo ella.</p>
<p>Quería estar donde estaba, en esa silla. Un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se levantaría.</p>
<p>La dejaron mientras deambulaban por la casa, cumpliendo su misión. De vez en cuando uno de los detectives le hacía una pregunta. También Jack Nooan le hablaba cuando pasaba por su lado. Su marido, le dijo, había muerto de un golpe en la cabeza con un instrumento pesado, casi seguro una barra de hierro. Ahora buscaban el arma. El asesino podía habérsela llevado consigo, pero también cabía la posibilidad de que la hubiera tirado o escondido en alguna parte.</p>
<p>—Es la vieja historia —dijo él—, encontraremos el arma y tendremos al criminal.</p>
<p>Más tarde, uno de los detectives entró y se sentó a su lado.</p>
<p>—¿Hay algo en la casa que pueda haber servido como arma homicida? —le preguntó—. ¿Le importaría echar una mirada a ver si falta algo, un atizador, por ejemplo, o un jarrón de metal?</p>
<p>—No tenemos jarrones de metal —dijo ella.</p>
<p>—¿Y un atizador?</p>
<p>—No tenemos atizador, pero puede haber algo parecido en el garaje.</p>
<p>La búsqueda continuó.</p>
<p>Ella sabía que había otros policías rodeando la casa. Fuera, oía sus pisadas en la grava y a veces veía la luz de una linterna infiltrarse por las cortinas de la ventana. Empezaba a hacerse tarde, eran cerca de las nueve en el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que buscaban por las habitaciones empezaron a sentirse fatigados.</p>
<p>—Jack —dijo ella cuando el sargento Nooan pasó a su lado—, ¿me quiere servir una bebida?</p>
<p>—Sí, claro. ¿Quiere whisky?</p>
<p>—Sí, por favor, pero poco. Me hará sentir mejor. Le tendió el vaso.</p>
<p>—¿Por qué no se sirve usted otro? —dijo ella—; debe de estar muy cansado; por favor, hágalo, se ha portado muy bien conmigo.</p>
<p>—Bueno —contestó él—, no nos está permitido, pero puedo tomar un trago para seguir trabajando.</p>
<p>Uno a uno, fueron llegando los otros y bebieron whisky. Estaban un poco incómodos por la presencia de ella y trataban de consolarla con inútiles palabras.</p>
<p>El sargento Nooan, que rondaba por la cocina, salió y dijo:</p>
<p>—Oiga, señora Maloney. ¿Sabe que tiene el horno encendido y la carne dentro?</p>
<p>—¡Dios mío! —gritó ella—. ¡Es verdad!</p>
<p>—¿Quiere que vaya a apagarlo?</p>
<p>—¿Sería tan amable, Jack? Muchas gracias.</p>
<p>Cuando el sargento regresó por segunda vez lo miró con sus grandes y profundos ojos.</p>
<p>—Jack Nooan —dijo.</p>
<p>—¿Sí?</p>
<p>—¿Me harán un pequeño favor, usted y los otros?</p>
<p>—Si está en nuestras manos, señora Maloney&#8230;</p>
<p>—Bien —dijo ella—. Aquí están ustedes, todos buenos amigos de Patrick, tratando de encontrar al hombre que lo mató. Deben de estar hambrientos porque hace rato que ha pasado la hora de la cena, y sé que Patrick, que en gloria esté, nunca me perdonaría que estuviesen en su casa y no les ofreciera hospitalidad. ¿Por qué no se comen el cordero que está en el horno? Ya estará completamente asado.</p>
<p>—Ni pensarlo —dijo el sargento Nooan.</p>
<p>—Por favor —pidió ella—, por favor, cómanlo. Yo no voy a tocar nada de lo que había en la casa cuando él estaba aquí, pero ustedes sí pueden hacerlo. Me harían un favor si se lo comieran. Luego, pueden continuar su trabajo.</p>
<p>Los policías dudaron un poco, pero tenían hambre y al final decidieron ir a la cocina y cenar. La mujer se quedó donde estaba, oyéndolos a través de la puerta entreabierta. Hablaban entre sí a pesar de tener la boca llena de comida.</p>
<p>—¿Quieres más, Charlie?</p>
<p>—No, será mejor que no lo acabemos.</p>
<p>—Pero ella quiere que lo acabemos, eso fue lo que dijo. Le hacemos un favor.</p>
<p>—Bueno, dame un poco más.</p>
<p>—Debe de haber sido un instrumento terrible el que han usado para matar al pobre Patrick —decía uno de ellos—, el doctor dijo que tenía el cráneo hecho trizas.</p>
<p>—Por eso debería ser fácil de encontrar.</p>
<p>—Eso es lo que a mí me parece.</p>
<p>—Quienquiera que lo hiciera no iba a llevar una cosa así, tan pesada, más tiempo del necesario. Uno de ellos eructó:</p>
<p>—Mi opinión es que tiene que estar aquí, en la casa.</p>
<p>—Probablemente bajo nuestras propias narices. ¿Qué piensas tú, Jack?</p>
<p>En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.</p>
<p> </p>
<p>Roald Dahl</p>
<p style="text-align: left;">cuento publicado en “Relatos de lo inesperado”</p>
<p style="text-align: left;"><strong>(<em>Tales of the Unexpected</em>, 1979)</strong></p>
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		<title>¡Adiós, “Cordera”!</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Dec 2009 06:07:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Leopoldo Alas]]></category>
		<category><![CDATA[Situaciones crueles]]></category>

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		<description><![CDATA[   ¡Eran tres, siempre los tres!: Rosa, Pinín y la Cordera.
   El prao Somonte era un recorte triangular de terciopelo verde tendido, como una colgadura, cuesta abajo por la loma. Uno de sus ángulos, el inferior, lo despuntaba el camino de hierro de Oviedo a Gijón. Un palo del telégrafo, plantado allí como pendón de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;"><img class="alignleft size-full wp-image-51" style="margin: 15px 12px; border: black 11px solid;" title="vaca" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/vaca.jpg" alt="vaca" width="279" height="171" />   ¡Eran tres, siempre los tres!: Rosa, Pinín y la Cordera.</p>
<p>   El prao Somonte era un recorte triangular de terciopelo verde tendido, como una colgadura, cuesta abajo por la loma. Uno de sus ángulos, el inferior, lo despuntaba el camino de hierro de Oviedo a Gijón. Un palo del telégrafo, plantado allí como pendón de conquista, con sus jícaras blancas y sus alambres paralelos, a derecha e izquierda, representaba para Rosa y Pinín el ancho mundo desconocido, misterioso, temible eternamente ignorado. Pinín, después de pensarlo mucho, cuando a fuerza de ver días y días el poste tranquilo, inofensivo, campechano, con ganas, sin duda, de aclimatarse en la aldea y parecerse todo lo posible a un árbol seco, fue atreviéndose con él, llevó la confianza al extremo de abrazarse al leño y trepar hasta cerca de los alambres. Pero nunca llegaba a tocar la porcelana de arriba, que le recordaba las jícaras que había visto en la rectoral de Puao. Al verse tan cerca del misterio sagrado le acometía un pánico de respeto, y se dejaba resbalar deprisa hasta tropezar con los pies en el césped.</p>
<p>   Rosa, menos audaz, pero más enamorada de lo desconocido, se contentaba con arrimar el oído al palo del telégrafo, y minutos, y hasta cuartos de hora, pasaba escuchando los formidables rumores metálicos que el viento arrancaba a las fibras del pino seco en contacto con el alambre. Aquellas vibraciones, a veces intensas como las del diapasón, que aplicado al oído parece que quema con su vertiginoso latir, eran para Rosa los papeles que pasaban, las cartas que se escribían por los hilos, el lenguaje incomprensible que lo ignorado hablaba con lo ignorado; ella no tenía curiosidad por entender los que los de allá, tan lejos, decían a los del otro extremo del mundo. ¿Qué le importaba?. Su interés estaba en el ruido por el ruido mismo, por su timbre y su misterio.</p>
<p>   La Cordera, mucho más formal que sus compañeros, verdad es que, relativamente, de edad también mucho más madura, se abstenía de toda comunicación con el mundo civilizado, y miraba de lejos el palo del telégrafo como lo que era para ella efectivamente, como cosa muerta, inútil, que no le servía siquiera para rascarse. Era una vaca que había vivido mucho. Sentada horas y horas, pues, experta en pastos, sabía aprovechar el tiempo, meditaba más que comía, gozaba del placer de vivir en paz, bajo el cielo gris y tranquilo de su tierra, como quien alimenta el alma, que también tienen los brutos; y si no fuera profanación, podría decirse que los pensamientos de la vaca matrona, llena de experiencia, debían de parecerse todo lo posible a las más sosegadas y doctrinales odas de Horacio.</p>
<p>   Asistía a los juegos de los pastorcitos encargados de llindarla, como una abuela. Si pudiera, se sonreiría al pensar que Rosa y Pinín tenían por misión en el prado cuidar de que ella, la Cordera, no se extralimitase, no se metiera en la vía del ferrocarril ni saltara a la heredad vecina. ¡Qué había de saltar! ¡Qué se había de meter!</p>
<p>   Pastar de cuando en cuando, no mucho, cada día menos, pero con atención, sin perder el tiempo en levantar la cabeza por curiosidad necia, escogiendo sin vacilar los mejores bocados, y después sentarse sobre el cuarto trasero con delicia, a rumiar la vida, a gozar el deleite del no padecer, y todo lo demás aventuras peligrosas. Ya no recordaba cuando le había picado la mosca.</p>
<p>   “El xatu (el toro), los saltos locos por las praderas adelante&#8230;, ¡todo eso estaba tan lejos!”</p>
<p>   Aquella paz sólo se había turbado en los días de prueba de la inauguración del ferrocarril.</p>
<p>La primera vez que la Cordera vio pasar el tren se volvió loca. Saltó la sebe de lo más alto del Somonte, corrió por prados ajenos, y el terror duró muchos días, renovándose, más o menos violento, cada vez que la máquina asomaba por la trinchera vecina.. Poco a poco se fue acostumbrando al estrépito inofensivo. Cuando llegó a convencerse de que era un peligro que pasaba, una catástrofe que amenazaba sin dar, redujo sus precauciones a ponerse de pie y a mirar de frente, con la cabeza erguida, al formidable monstruo; más adelante no hacía más que mirarle, sin levantarse, con antipatía y desconfianza; acabó por no mirar al tren siquiera. En Pinín y Rosa la novedad del tren produjo impresiones más agradables y persistentes. Si al principio era una alegría loca, algo mezclada de miedo supersticioso, una excitación nerviosa, que les hacía prorrumpir en gritos, gestos, pantomimas descabelladas, después de un recreo pacífico, suave, renovado varias veces al día. Tardó mucho en gastarse aquella emoción de contembra de hierro, que llevaba dentro de sí tanto ruido y tantas castas de gentes desconocidas, extrañas.</p>
<p>   Pero telégrafo, ferrocarril, todo eso era lo de menos: un accidente pasajero que se ahogaba en el mar de soledad que rodeaba el prao Somonte. Desde allí no se veía vivienda humana; allí no llegaban ruidos del mundo más que al pasar el tren. Mañanas sin fin, bajo los rayos del sol, a veces entre el zumbar de los insectos, la vaca y los niños esperaban la proximidad del mediodía para volver a casa. Y luego, tardes eternas, de dulce tristeza silenciosa, en el mismo prado, hasta venir la noche, con el lucero vespertino por testigo mudo en la altura. Rodaban las nubes allá arriba, caían las sombras de los árboles y de las peñas en la loma y en la cañada, se acostaban los pájaros. empezaban a brillar algunas estrellas en lo más oscuro del cielo azul, y Pinín y Rosa, los niños gemelos, los hijos de Antón de Chinta, teñida el alma de la dulce serenidad soñadora de la solemne y seria naturaleza, callaban horas y horas, después de sus juegos, nunca muy estrepitosos, sentados cerca de la Cordera, que acompañaba el augusto silencio de tarde en tarde con un blanco son de perezosa esquila.</p>
<p>   En este silencio, en esta calma inactiva, había amores. Se amaban los dos hermanos como dos mitades de un fruto verde, unidos por la misma vida, con escasa conciencia de lo que en ellos era distinto, de cuanto los separaba; amaban Pinín y Rosa a la Cordera, la vaca abuela, grande, amarillenta, cuyo testuz parecía una cuna. La Cordera recordaría a un poeta la Zavala de Ramayana, la vaca santa; tenía en la amplitud de sus formas, en la solemne serenidad de sus pausados y nobles movimientos, aire y contorno de ídolo destronado, caído, contento con su suerte, más satisfecha con ser vaca verdadera que dios falso. La Cordera, hasta donde es posible adivinar estas cosas, puede decirse que también quería a los gemelos encargados de apacentarla.</p>
<p>   Era poco expresiva; pero la paciencia con que los toleraba cuando en sus juegos ella les servía de almohada, de escondite, de montura, y para otras cosas que ideaba la fantasía de los pastores, demostraba tácitamente el afecto del animal pacífico y pensativo.</p>
<p>   En tiempos difíciles Pinín y Rosa habían hecho por la Cordera los imposibles de solicitud y cuidado. No siempre Antón de Chinta había tenido el prado Somonte. Este regalo era cosa relativamente nueva. Años atrás la Cordera tenía que salir a la gramática, esto es, a apacentarse como podía, a la buenaventura de los caminos y callejas de las rapadas y escasas praderías del común, que tanto tenían de vía pública como de pastos. Pinín y Rosa, en tales días de penuria, la guiaban a los mejores altozanos, a los parajes más tranquilos y menos esquimalados, y la libraban de las mil injurias a que están expuestas las pobres reses que tienen que buscar su alimento en los azares de un camino.</p>
<p>   En los días de hambre, en el establo, cuando el heno escaseaba y el nervaso para estrar el lecho caliente de la vaca faltaba también, a Rosa y a Pinín debía la Cordera mil industrias que le hacían más suave la miseria. ¡Y qué decir de los tiempos heroicos del parto y la cría, cuando se entablaba la lucha necesaria entre el alimento y regalo de la nación y el interés de los Chintos, que consistía en robar a las ubres de la pobre madre toda la leche que no fuera absolutamente indispensable para que el ternero subsistiese! Rosa y Pinín, en tal conflicto, siempre estaban de parte de la Cordera, y en cuanto había ocasión, a escondidas, soltaban el recental que, ciego y como loco, a testaradas contra todo, corría a buscar el amparo de la madre, que le albergaba bajo su vientre, volviendo la cabeza agradecida y solícita, diciendo, a su manera:</p>
<p>-Dejad a los niños  y a los recentales que vengan a mí.</p>
<p>Estos recuerdos, estos lazos son los que no se olvidan.</p>
<p>Añádase a todo que la Cordera tenía la mejor pasta de vaca sufrida del mundo. Cuando se</p>
<p>veía emparejada bajo el yugo con cualquier compañera, fiel a la gamella, sabía meter su voluntad a la ajena, y horas y horas se la veía con la cerviz inclinada, la cabeza torcida, en incómoda postura, velando en pie mientras la pareja dormía en tierra.</p>
<p> </p>
<p>   Antón de Chinta comprendió que había nacido para pobre cuando palpó la imposibilidad de cumplir aquel sueño dorado suyo de tener un corral propio con dos yuntas por lo menos. Llegó, gracias a mil ahorros, que eran mares de sudor y purgatorios de privaciones, llegó a la primera vaca, la Cordera, y no pasó de ahí; antes de poder comprar la segunda  se vio obligado, para pagar atrasos al amo, el dueño de la casería que llevaba en renta, a llevar al mercado a aquel pedazo de sus entrañas, la Cordera, el amor de sus hijos. Chinta había muerto a los dos años de tener  la Cordera en casa. El establo y la cama del matrimonio estaban pared por medio, llamando pared a un tejido de ramas de castaño y de cañas de maíz. Ya Chinta, musa de la economía en aquel hogar miserable, había muerto mirando a la vaca por un boquete del destrozado tabique de ramaje, senalándola como salvación de la familia.</p>
<p>   “Cuidadla; es vuestro sustento”, parecían decir los ojos de la pobre moribunda, que murió de hambre y de trabajo.</p>
<p>   El amor de los gemelos se había concentrado en la Cordera; el regazo, que tiene su cariño especial, que el padre no puede reemplazar, estaba al calor de la vaca, en el establo, y allá en el Somonte.</p>
<p>   Todo esto lo comprendía Antón a su manera, confusamente. De la venta necesaria no había que decir palabra a los neños. Un sábado de julio, al ser de día, de mal humor, Antón echó a andar hacia Gijón, llevando la Cordera por delante, sin más atavío que el collar de esquila. Pinín y Rosa dormían. Otros días había que despertarlos a azotes. El padre los dejó tranquilos. Al levantarse se encontraron sin la Cordera. “Sin duda, mío pá la había llevado al xatú.” No cabía otra conjetura. Pinín y Rosa opinaban que la vaca iba de mala gana; creían ellos que no deseaba más hijos, pues todos acababa por perderlos pronto, sin saber cómo ni cuándo.</p>
<p>   Al oscurecer, Antón y la Cordera entraban por la corrada, mahinos, cansados y cubiertos de polvo. El padre no dio explicaciones, pero los hijos adivinaron el peligro.</p>
<p>   No había vendido porque nadie había querido llegar al precio que a él se le había puesto en la cabeza. Era excesivo: un sofisma del cariño. Pedía mucho por la vaca para que nadie se atreviese a llevársela. Los que se habían acercado a intentar fortuna se habían alejado pronto echando pestes de aquel hombre que miraba con ojos de rencor y desafío al que osaba insistir en acercarse al precio fijo en que él se abroquelaba. Hasta último momento del mercado estuvo Antón de Chinta en el Humedal, dando plazo a la fatalidad. “No se dirá –pensaba- que yo no quiero vender: son ellos que no me pagan la Cordera en lo que vale.” Y, por fin, suspirando, si no satisfecho, con cierto consuelo, volvió a emprender el camino por la carretera de Candás, adelante, entre la confusión y el ruido de cerdos y novillos, bueyes y vacas, que los aldeanos de muchas parroquias del contorno conducían con mayor o menor trabajo, según eran de antiguo las relaciones entre dueños y bestias.</p>
<p>   En el Natahoyo, en el cruce de dos caminos, todavía estuvo expuesto el de Chinta a quedarse sin la Cordera: un vecino de Carrió que le había rondado todo el día ofreciéndole pocos duros menos de los que pedía, le dio un último ataque, algo borracho.</p>
<p>El de Carrío subía, subía, luchando entre la codicia y el capricho de llevar la vaca. Antón, como una roca. Llegaron a tener las manos enlazadas, parados en el medio de la carretera, interrumpiendo el paso&#8230; por fin la codicia pudo más; el pico de los cincuenta los separó como un abismo; se soltaron las manos, cada cual tiró por su lado; Antón, por una calleja que, entre madreselvas que aún no florecían y zarzamoras en flor, le condujo hasta su casa.</p>
<p>   Desde aquel día en que adivinaron el peligro, Pinín y Rosa no sosegaron. A media semana se personó el mayordomo en el corral de Antón. Era otro aldeano de la misma parroquia, de malas pulgas, cruel con los caseros atrasados. Antón, que no admitía reprimendas, se puso lívido ante las amenazas de desahucio.</p>
<p>   El amo no esperaba más. Bueno, vendería a la vaca a vil precio, por una merienda. Había que pagar o quedarse en la calle.</p>
<p>   El sábado inmediato acompañó al Humedal Pinín a su padre. El niño miraba con horror a los contratistas de carne, que eran los tiranos del mercado. La Cordera fue comprada en su justo precio por un rematante de Castilla. Se la hizo una señal en la piel y volvió a su establo de Puao, ya vendida, ajena, tañendo tristemente la esquila. Detrás caminaban Antón de Chinta, taciturno, y Pinín, con ojos como puños. Rosa, al saber la venta, se abrazó al testuz de la Cordera, que inclinaba la cabeza a las caricias como al yugo.</p>
<p>   “¡Se iba la vieja!”, pensaba con el alma destrozada Antón el huraño.</p>
<p>   “¡Ella será una bestia, pero sus hijos no tenían otra madre ni otra abuela!”</p>
<p>   Aquellos días, en el pasto, en la verdura del Somonte, el silencio era fúnebre. La Coredera, que ignoraba su suerte, descansaba y parecía como siempre, sub specie aeternitatis, como descansaría y comería un minuto antes de que aquel brutal porrazo la derribase muerta. Pero Rosa y Pinín yacían desolados, tendidos sobre la hierba, inútil en adelante. Miraban con rencor los trenes que pasaban, los alambres del telégrafo. Era aquel mundo desconocido, tan lejos de ellos por un lado y por otro, el que les llevaba su Cordera.</p>
<p>   El viernes, al oscurecer, fue la despedida. Vino un encargado del rematante de Castilla por la res. Pagó; bebieron un trago Antón y el comisionado, y se saco a la quintana  a la Cordera. Antón había apurado la botella; estaba exaltado; el peso del dinero en el bolsillo le animaba también. Quería aturdirse. Hablaba mucho, alababa las excelencias de la vaca. EL otro sonreía, porque las alabanzas de Antón eran impertinentes. ¿Que daba la res tantos y tantos xarros de leche? ¿Qué era noble en el yugo, fuerte con la carga? ¿Y qué, si dentro de pocos días había de estar reducida a chuletas y otros bocados suculentos? Antón no quería imagina esto; se la figuraba viva, trabajando, sirviendo a otro labrador, olvidada de él y de sus hijos, pero viva, feliz&#8230; Pinín y Rosa, sentados sobre el montón de cucho, recuerdo para ellos sentimental de la Cordera y de los propios afanes, unidos por las manos, miraban al enemigo con ojos de espanto. En el supremo instante se arrojaron sobre su amiga; besos, abrazos: hubo de todo. No podían separarse de ella. Antón, agotada de pronto la excitación del vino, cayó como un marasmo; cruzó los brazos, y entró en el corral oscuro.</p>
<p>   Los hijos siguieron un buen trecho por la calleja, de altos setos, el triste grupo del indiferente comisionado y la Cordera, que iba de mala gana con un desconocido y a tales horas. Por fin, hubo que separarse. Antón, malhumorado, clamaba desde casa:<br />
   -Bah, bah, neños, acá os digo; basta de pamemes! – así gritaba de lejos el padre, con voz de lágrimas.</p>
<p>   Caía la noche; por la calleja oscura, que hacían casi negra los altos setos, formando casi bóveda, se perdió el bulto de la Cordera, que parecía negra de lejos. Después no quedó de ella más que el tintan pausado de la esquila, desvanecido con la distancia, entre los chirridos melancólicos de cigarras infinitas.</p>
<p>-          ¡Adiós, Cordera!- gritaba Rosa deshecha en llanto -¡Adiós Cordera de mío alma!</p>
<p>-          ¡Adiós, Cordera!- repetía Pinín, no más sereno.</p>
<p>-          Adiós- contestó por último, a su modo, la esquila, perdiéndose su lamento triste, resignado, entre los demás sonidos de la noche de julio en la aldea&#8230;</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p>   Al día siguiente, muy temprano, a la hora de siempre, Pinín y Rosa fueron al prao Somonte. Aquella soledad no lo había sido nunca para ellos triste; aquel día, el Somonte sin la Coredera parecía el desierto.</p>
<p>   De repente silbó la máquina, apareció el humo, luego el tren. En un furgón cerrado, en unas estrechas ventanas altas o respiraderos, vislumbraron los hermanos gemelos cabezas de vacas que, pasmadas, miraban por aquellos tragaluces.</p>
<p>-          ¡Adiós, Cordera! – gritó Rosa, adivinando allí a su amiga, a la vaca abuela.</p>
<p>-          ¡Adiós, Cordera! &#8211; vociferó Pinín con la misma fe, enseñando los puños al tren, que volaba camino a Castilla.</p>
<p>   Y, llorando, repetía el rapaz, más enterado que su hermana de las picardías de mundo:</p>
<p>-          La llevan al matadero&#8230; Carne de vaca, para comer los señores, los indianos.</p>
<p>-          ¡Adiós, Cordera!</p>
<p>-          ¡Adiós, Cordera!</p>
<p>   Y Rosa y Pinín miraban con rencor la vía, el telégrafo, los símbolos de aquel mundo enemigo que les arrebataba, que les devoraba a su compañera de tantas soledades, de tantas ternuras silenciosas, para sus apetitos, para convertirla en manjares de ricos glotones&#8230;</p>
<p>   ¡Adiós, Cordera!&#8230;</p>
<p>   ¡Adiós, Cordera!&#8230;</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p>   Pasaron muchos años. Pinín se hizo mozo y se lo llevó el rey. Ardía la guerra carlista. Antón de Chinta era casero de un cacique de los vencidos; no hubo influencia para declarar inútil a Pinín que, por ser, era como un roble.</p>
<p>Y una tarde triste de octubre, Rosa en el prao Somonte, sola, esperaba el paso del tren correo de Gijón, que le llevaba a sus únicos amores, su hermano. Silbó a lo lejos la máquina, apareció el tren en la trinchera, pasó como un relámpago. Rosa, casi metida por las ruedas, pudo ver un instante en un coche de tercera, multitud de cabezas de pobres quintos que gritaban, gesticulaban, saludando a los árboles, al suelo, a los campos, a toda la patria familiar, a la pequeña, que dejaban para ir a morir en las luchas fratricidas de la patria grande, al servicio de un rey y de unas ideas que no conocían.</p>
<p>   Pinín, con medio cuerpo afuera de una ventanilla, tendió los brazos a su hermana; casi se tocaron. Y Rosa pudo oír en el estrépito de las ruedas y la gritería de los reclutas la voz distinta de su hermano, que sollozaba exclamando, como inspirado por un recuerdo de dolor lejano:</p>
<p>-          ¡Adiós, Rosa!&#8230; ¡Adiós, Cordera!</p>
<p>-          ¡Adiós, Pinín! ¡Pinín de mío alma!&#8230;</p>
<p>   “Allá iba, como la otra, como la vaca abuela, se lo llevaba el mundo. Carne de vaca para los glotones, para los indianos; carne de su alma, carne de cañón para las locuras del mundo, para las ambiciones ajenas.”</p>
<p>   Entre confusiones de dolor y de ideas, pensaba así la pobre hermana viendo el tren perderse a lo lejos, silbando triste, con silbidos que repercutían los castaños, las vegas y los peñascos&#8230;</p>
<p>   ¡Qué sola se quedaba! Ahora sí, ahora sí que era un desierto el prao Somonte.</p>
<p>   -¡Adiós, Pinín! ¡Adiós Cordera!</p>
<p>   Con que odio miraba Rosa la vía manchada de carbones apagados; con que ira los alambres del telégrafo. ¡Oh!, bien hacía la Cordera en no acercarse. Aquello era el mundo, lo desconocido, que se lo llevaba todo. Y sin pensarlo, Rosa apoyó la cabeza sobre el palo clavado como un pendón en la punta del Somonte. El viento cantaba en las entrañas del pino seco su canción metálica. Ahora ya lo comprendía Rosa. Era canción de lágrimas, de abandono, de soledad, de muerte.</p>
<p>   En las vibraciones rápidas, como quejidos, creía oír, muy lejana, la voz que sollozaba por la vía adelante:</p>
<p>-          ¡Adiós, Pinín! ¡Adiós, Cordera!</p>
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