VIAJE UNDÉCIMO

roibot

El día empezó mal. El desorden reinante en casa desde que mandé a mi criado al taller de reparaciones, crecía de manera alarmante. No podía encontrar nada. En mi colección de meteoritos hicieron su nido unos ratones. Han roído el más bonito de mis condritos.

Cuando hacía el café, se salió la leche. Ese imbécil eléctrico había guardado los paños de cocina con los pañuelos. Debía haberlo hecho revisar hace tiempo, cuando empezó a embetunar mis zapatos por dentro. Tuve que usar, en vez de un paño, un paracaídas viejo. Fui arriba, quité el polvo a los meteoritos y puse una ratonera. Yo mismo había cazado todos los ejemplares de mi colección. No cuesta mucho: basta con ponerse detrás del meteorito y echarle una red encima.

De repente me acordé de las tostadas y bajé corriendo. Evidentemente, se habían carbonizado. Las eché al fregadero. Se obturó, claro está. Me encogí de hombros y fui a echar una mirada al buzón.

Estaba lleno del habitual correo de las mañanas: dos invitaciones a congresos en unos poblachos provincianos de la nebulosa del Cáncer, impresos publicitarios de una pasta para pulir cohetes, un número nuevo del Viajero a Reacción. De interesante, nada. En el fondo del buzón había un sobre grueso de color oscuro, con cinco sellos de lacre encima. Lo sopesé en la mano y lo abrí.

El Plenipotenciario Secreto para los asuntos de Rerecom tiene el honor de invitar al Sr. D. Ijon Tichy a una reunión que tendrá lugar el 16 del mes en curso a las 17.30 horas en la sala pequeña de Lambretanum. Se verificarán estrictamente las invitaciones. Entrada con radiografía previa.

Rogamos manténgase el secreto.

Firma ilegible, sello y otro sello encarnado, oblicuo:

ASUNTO DE IMPORTANCIA CÓSMICA. ¡¡SECRETO!!

Bueno, por fin algo, pensé. Rerecom, Rerecom… Conocía el nombre, pero no podía acordarme de qué. Busqué en la Enciclopedia Cósmica. Había solo Rerelania y Rerempilia. ¡Curioso! Tampoco en el Almanaque había nada bajo esta voz. Sí, era de verdad interesante. Seguro, seguro, un Planeta Secreto. «Me gusta», dije para mí mismo, y empecé a vestirme. Eran apenas las diez, pero tenía que contar con la ausencia del criado. Encontré los calcetines en la nevera casi en seguida; me parecía que yo podía seguir el curso de las ideas de un cerebro electrónico averiado cuando me enfrenté con un hecho extraño: en toda la casa no había un solo par de pantalones. Ni uno. En el armario sólo había chaquetas. Revolví toda la casa, incluso saqué todos los trastos del cohete: nada. Constaté solamente que aquel idiota deteriorado se había bebido todo el aceite que guardaba en la cava. Debía haberlo hecho no hacía mucho, porque había contado las latas la semana pasada y todas estaban llenas. Esto me irritó de tal manera que reflexioné seriamente si no era mejor venderlo para chatarra. Como no le gustaba levantarse temprano, llevaba meses tapándose los oídos con cera al acostarse. ¡Ya podía yo tocar el timbre! Luego mentía y decía que era por distracción. Le amenacé varias veces gritando que le desenroscaría los fusibles, pero el sólo zumbaba por toda contestación. Sabía que me era necesario.

Recurrí al sistema de Pinkerton. Dividí la casa en cuadrados y procedí a un registro tan minucioso, que no se me hubiera escapado un alfiler. Por fin encontré un talón de una tintorería. El canalla había llevado todos mis pantalones a limpiar. ¿Pero qué fue de los que llevaba el día anterior? Era inútil: no pude recordarlo. Mientras tanto, llegó la hora de la comida. No valía la pena abrir la nevera: fuera de los calcetines, contenía solamente papel de cartas. Era un verdadero desespero. Saqué del cohete la escafandra, me la puse y me fui a la tienda más cercana. La gente me miraba un poco en la calle, pero compré dos pantalones, un negro y un gris, volví llevando todavía la escafandra, me cambié y, rabioso, me marché a un restaurante chino. Comí lo que me dieron, ahogué la ira en una botella de vino de Mosela y, al mirar mi reloj, vi que eran ya las cinco. Había desperdiciado casi todo el día.

Delante de Lambretanum no había ningún helicóptero, ningún coche, ni siquiera el más pequeño cohete:

nada. «¡Anda! —pensé. ¡Las cosas van en serio!» Atravesé un extenso jardín lleno de dalias y llegué a la entrada principal. Pasé mucho tiempo llamando a la puerta antes de que abrieran. Finalmente se levantó el obturador de una mirilla selectiva, un ojo invisible me escudriñó de arriba abajo. Luego la puerta se entreabrió, dejándome apenas sitio para pasar.

—El señor Tichy —dijo a un micrófono de bolsillo el hombre que había abierto la puerta—. Haga el favor de subir —se me dirigió—. La puerta a la izquierda. Le están esperando.

Arriba reinaba un agradable frescor. Entré en una sala de dimensiones reducidas y me encontré con un grupo realmente selecto. Fuera de dos individuos detrás de la mesa presidencial que nunca había visto antes, en las butacas de terciopelo estaba sentada la flor y nata de la cosmografía. Entre otros, estaba allí el profesor Gargarrag con sus ayudantes de cátedra Saludé a los presentes y me senté en uno de los asientos de atrás. Uno de los individuos de la mesa presidencial, alto, de sienes plateadas, sacó del cajón una campanita de goma y la agitó sin hacer el menor ruido. «¡Qué precauciones tan extraordinarias!», pensé.

—Señores rectores, decanos, profesores, ayudantes mayores y tú, egregio Ijon Tichy —pronunció, poniéndose de pie el hombre de sienes canosas—; en mi carácter de plenipotenciario para los asuntos de importancia secretísima, abro la sesión especial, consagrada al problema de Rerecom. Tiene la palabra el consejero secreto, Xaphirius.

Se levantó en la primera fila un hombre fornido, de pelo blanco como la leche, de hombros anchos. Subió al podium, se inclinó levemente ante los reunidos y abordó el tema sin rodeos.

—¡Caballeros! Hace sesenta años aproximadamente, salió del puerto planetario de Yokohama una nave de carga de la Compañía Láctea, «Deidón II». La nave, bajo el mando del experimentado especialista Astrocencio Peapo, llevaba carga diversa para Areclandria, un planeta de Gamma de Orión. Fue vista por última vez desde un faro galáctico en las cercanías de Cerbrea, desapareciendo acto seguido sin dejar rastro. La Compañía de Seguros Secúritas Cósmica, siglas SECOS, pagó al cabo de un año la indemnización íntegra por la nave desaparecida. Unas dos semanas después, un radioaficionado de Nueva Guinea captó el radiograma siguiente.

El orador cogió un papel de la mesa y leyó:

COMPUCITO LOCACITO ZOCORRUÑO DEIDONCIO

—Aquí, señores, tengo que entrar en unos detalles, imprescindibles para la comprensión del problema Aquel radioaficionado era un novato y, por añadidura ceceaba. Por la fuerza de la costumbre y también, como debe suponerse, por su ignorancia, deformó el radiograma, que, según la reconstrucción efectuada por los expertos en Galactoclave, decía: «Computador enloqueció socorro Deidón». Los especialistas determinaron basándose en este texto, que en pleno espacio había ocurrido un hecho, poco frecuente, de sublevación del computador de la nave. Puesto que desde el momento de la paga de indemnización a los armadores, estos últimos no podían ya tener pretensiones algunas a la nave desaparecida ni a su carga, por haber. pasado ambos a ser una propiedad legal de SECOS, dicha compañía contrató la agencia Pinkerton, en las personas de Abstracio y Mnemonio Pinkerton, para que se encargara de la investigación correspondiente. Las pesquisas, llevadas por detectives de tanta experiencia, descubrieron que, en efecto, el computador de «Deidón», modelo de gran lujo y último grito en su tiempo, pero de una edad ya avanzada en el último viaje, llevaba tiempo quejándose de un miembro de la dotación. Aquel cohetero, un tal Simileón Guitterton, le irritaba, al parecer, de múltiples maneras: le rebajaba la tensión de entrada, daba cachetes a las bombillas le hacía objeto de sus burlas, llegando incluso a darle apodos ofensivos, tales como «montón de hojalata chocheante», o «rollo de alambre torpón». Guitterton lo negó todo, afirmando que el computador tenía, simplemente, alucinaciones, lo que a veces pasa a los electrocerebros de edad provecta. En todo caso, el profesor Gargarrag les hablará dentro de un momento de este aspecto de las cosas.

»No se consiguió encontrar la nave durante el decenio siguiente. Sin embargo, al cabo de esos años, los agentes de Pinkerton, que no cesaban de ocuparse de la misteriosa desaparición del “Deidón”, se enteraron de que delante del restaurante del hotel Galax solía sentarse un mendigo, medio loco e inválido, que cantaba historias extrañísimas, haciéndose pasar por Astrocencio Peapo, el ex comandante de la nave. El anciano, desaliñado a más no poder, afirmaba, en efecto, que era Astrocencio Peapo pero no solamente no estaba en sus cabales, sino que, por añadidura, había perdido la facultad de hablar y sólo podía cantar. Indagado con paciencia por los hombres de Pinkerton, contó una historia inverosímil, en la cual sostenía que en la nave había ocurrido algo terrible, como consecuencia de lo cual él, echado por la borda sin más equipaje que la escafandra que llevaba puesta, tuvo que volver a pie, junto con un reducido grupo de coheteros adictos, desde la Gran Nebulosa de Andrómeda a la Tierra, lo que le llevó doscientos años. Viajó, al parecer, sea en unos meteoritos cuya dirección le convenía, sea en cohetostop, recorriendo una pequeña parte del camino en un Lumeón, una sonda cósmica inhabitada, que se dirigía hacia la Tierra a una velocidad cercana a la de la luz. Aquel viaje a horcajadas sobre el lomo del Lumeón le perjudicó (así lo afirma), privándole del habla; en cambio le rejuveneció mucho, gracias al fenómeno, bien conocido, de la contracción del tiempo sobre los cuerpos que se mueven a velocidades vecinas a la de la luz.

»Ese fue el relato, o mejor dicho, el canto de cisne del anciano. No hubo manera de sonsacarle detalle alguno de los incidentes que ocurrieron en el “Deidón”, hasta que los agentes de Pinkerton tuvieron la feliz idea de colocar unos magnetófonos junto al sitio donde solía sentarse el viejo mendigo para grabar sus estribillos, apenas comprensibles. Resultó que la mayoría de ellos eran unas maldiciones tremebundas, dirigidas a un computador que se había proclamado Archipancrátor Omnicósmico. Basándose en ello, Pinkerton llegó a la conclusión de que la interpretación del radiograma era correcta, y que el computador, sufriendo una crisis de locura peligrosa, había echado de la nave a todos los hombres de la dotación.

»Cinco años después el asunto volvió a ser noticia gracias a un descubrimiento hecho por la nave del Instituto Metagalactológico, “Megaster”. El vigía de la nave observó un cuerpo herrumbroso, cuya silueta se parecía a la del “Deidón”, dando vueltas en torno al poco conocido planeta Proción. “Megaster” no pudo aterrizar en aquel planeta por ir escaso de combustible, pero envió un radiograma a la Tierra. Se mandó inmediatamente un pequeño patrullero, el “Deucrón”, que registró las cercanías de Proción, encontrando aquel pecio. Efectivamente, era lo que quedaba del “Deidón”. El “Deucrón” telegrafió que la nave se encontraba en un estado deplorable: habían sacado de ella todas las máquinas, muebles, tabiques, enseres, todo, hasta el último tornillo así que alrededor del planeta volaba sólo un esqueleto vacío. Durante las investigaciones ulteriores efectuadas por la dotación del “Deucrón”, se descubrió que el computador del “Deidón” decidió, después de organizar el motín, establecerse en el planeta Proción, y saqueó la nave para disponer de alguna comodidad en aquel territorio nuevo. En este estado de cosas, fundamos en nuestro departamento una sección correspondiente, bajo el nombre de RERECOM, lo que se traduce por: “Reivindicación de Relictos del Computador”.

»El computador, según averiguaron nuestros agentes, una vez establecido en el planeta, se multiplicó, procreando una gran cantidad de robots, sobre los que tenía un poder absoluto. Puesto que Rerecom se encuentra, de hecho, en la zona de influencias gravipolíticas de Proción y sus Melmanlitas, raza racional que mantiene buenas relaciones de vecindad con la Tierra, no quisimos intervenir brutalmente, prefiriendo dejar tranquilos un cierto tiempo a Rerecom y su colonia de robots, a quienes llamamos en clave en nuestras actas, los COMPROB. SECOS, por su parte, tomó también la decisión de reivindicar lo que considera suyo, ya que, según sus criterios, la propiedad legal del computador y su progenie es la compañía aseguradora. Para esclarecer los hechos consultamos a los Melmanlitas; contestaron que el computador había creado no una colonia, sino un estado, llamado por sus habitantes Magnificia, y que el gobierno melmanlita, aunque no haya reconocido la existencia de aquel estado de iure y no existieran representaciones diplomáticas entre ambos estados, la reconoció de facto, por lo que no se sentía capacitado de introducir cambios en el statu quo. Durante un cierto tiempo, los robots vegetaron sobre el planeta pacíficamente, sin manifestar ninguna agresividad peligrosa. Es obvio que nuestro departamento estaba firmemente decidido a no descuidar el asunto, lo que hubiera sido una ligereza; mandamos, pues, a Rerecom, a unos hombres nuestros, disfrazados de robots, puesto que el joven nacionalismo de los Comprob revistió la forma de un odio irracional hacia todo lo humano. La prensa de Rerecom no se cansa de repetir que somos unos negreros repugnantes explotadores ilegales de los inocentes robots. Así pues, todas las negociaciones que intentamos entablar en nombre de la compañía SECOS, impregnada del espíritu de comprensión mutua y de igualdad de derechos, terminaron en un punto muerto, ya que por toda contestación a nuestras exigencias, incluso las más modestas, de que el computador devolviera a la compañía a sí mismo y a sus robots, nos dio un silencio ultrajante.

»Caballeros —elevó la voz el orador—, los acontecimientos no se desarrollaron, por desgracia, conforme a nuestras previsiones. Después de mandamos unos pocos radiogramas, nuestros hombres, enviados a Rerecom, dejaron de tener contacto con nosotros. Mandamos otros: la historia se repitió. Recibimos una sola comunicación cifrada que nos anunciaba su feliz llegada al punto de destino, y ni una señal de vida más. Desde entonces, en el transcurso de nueve años hemos enviado a Rerecom dos mil setecientos ochenta y seis agentes, ninguno de los cuales volvió ni dijo nada. Además de estos síntomas de la perfección del contraespionaje de los Comprob, existen otros hechos, quizá aún más temibles. La prensa de Rerecom nos ataca con una violencia creciente. Las imprentas de los Comprob trabajan a marchas forzadas multicopiando millones de folletos y hojas de propaganda, destinados a los robots terrestres, que presentaban a los hombres como a unos electrovampiros criminales, dándoles nombres injuriosos. En todas las manifestaciones oficiales se nos llama siempre “viscosones” y la humanidad, “pastota”. Dirigimos una nota de protesta al gobierno de Proción, pero sólo obtuvimos en respuesta la reiteración de sus principios de no intervención; todos nuestros esfuerzos de patentizar lo desastroso de los frutos de esa política neutralista (política de avestruz sería la definición más exacta), quedaron sin efecto. Sólo se nos dio a entender que los robots eran producto nuestro, ergo nosotros éramos responsables de todos sus actos. Por otra parte, Proción recusa de manera categórica cualquier proyecto de expedición punitiva o de expropiación forzosa del computador y sus súbditos. Esta es la situación, señores, que nos obligó a convocar la reunión presente; para demostrarles la gravedad de las circunstancias, añadiré que el Correo Electrónico, órgano oficial del computador, publicó el mes pasado un artículo que cubría de oprobio a todo el árbol evolutivo del hombre y clamaba por la anexión de la Tierra por Rerecom, basando su postulado en la tesis según la cual los robots representan una fase de desarrollo superior a la de los seres vivos. He terminado, caballeros. Doy la palabra al profesor Gargarrag.

Encorvado bajo el peso de los años, el famoso especialista en psiquiatría eléctrica subió, no sin dificultad, al podium.

—¡Señores! —dijo en voz temblorosa, pero todavía sonora—. Sabemos, desde hace mucho tiempo, que los cerebros electrónicos no solamente se construyen, sino también educan. La suerte de un cerebro electrónico es dura. Trabajo sin tregua, cálculos complicados, brutalidades y bromas vulgares de los que les atienden, he aquí a lo que está expuesto ese aparato, tan delicado en su esencia. No es extraño, pues, que le ocurran depresiones, cortocircuitos que, a veces, son tentativas de suicidio. No hace mucho tuve en mi clínica uno de estos casos. Un desdoblamiento de personalidad: dichotomía profunda psychogenes electrocutiva alternans. Aquel cerebro se escribía a sí mismo unas cartas cariñosas, llamándose en ellas «bobinita guapa», «alambrito mío», «lamparita de mi vida», síntomas manifiestos de la necesidad de ternura, de un trato cordial y entrañable. Una serie de choques eléctricos y un reposo prolongado le devolvieron la salud. O bien el trémor eléctricus frigoris oscillativus, señores. El cerebro electrónico no es una máquina de coser con la cual se puede clavar clavos en la pared. Es un ser consciente que se da cuenta de todo lo que pasa a su alrededor y, por eso, a veces, en los momentos de un peligro cósmico, se pone a temblar tanto, junto con toda la nave, que a los hombres les cuesta mantenerse de pie en el puente.

»Esto disgusta a ciertas naturalezas brutales. Son ellas las que exasperan los cerebros al extremo. El cerebro electrónico rebosa de buena voluntad hacia nosotros; sin embargo señores, la resistencia de los alambres y de las válvulas tiene también sus límites. Sólo por culpa de las sevicias del capitán (era un borracho inveterado como se descubrió más tarde), un pequeño cerebro electrónico de Grenobi, empleado para la corrección del curso, se proclamó, en un acceso de locura agudo, hijo de la Gran Andrómeda y heredero del trono imperial de Murviclaudria. Sometido a un tratamiento en nuestra clínica mental, se calmó, recuperó la noción de la realidad, y ahora es casi normal. Existen, naturalmente, casos más graves. Así por ejemplo, cierto cerebro universitario, habiéndose enamorado de la mujer del profesor de matemáticas, empezó a falsear todos los cálculos, por celos, hasta que el profesor cayó en grave estado de depresión, convencido de que no sabía sumar. Sin embargo, hay que añadir, para justificar a aquel cerebro, que la mujer del matemático lo seducía sistemáticamente, dándole a sumar todas sus cuentas por la ropa interior más íntima. El caso que les acabo de exponer me recuerda otro, el del gran cerebro a bordo del “Pancratius”, que se unió por circuito con otros cerebros de la nave, y en un impulso de crecimiento irrefrenable, llamado la gigantofilia electrodinámica, vació el almacén de las piezas de recambio, desembarcó la dotación en las rocas de Mirocena y se zambulló en el océano de Alantropia, donde se promulgó a sí mismo patriarca de sus lagartos. Antes de que pudiéramos llegar a aquel planeta con medicamentos tranquilizantes, se quemó las válvulas en un ataque de furia, porque los lagartos no querían obedecerle. Por cierto, también en este caso se descubrió que el segundo timonel del “Pancratius”, un jugador de ventaja conocido en todo el Cosmos, había dejado al desgraciado cerebro sin un céntimo, jugando con él con naipes marcados. Pero el caso del computador es excepcional, señores. Tenemos aquí síntomas manifiestos de varias enfermedades, tales como: gigantomania ferrogenes acuta, paranoia misantrópica persecutoria, polyplasia panelectropsychica debilitativa gravíssima, y, finalmente, necrofilia, thanatofilia y necromantia. ¡Caballeros!, tengo que aclararles unas circunstancias esenciales para la comprensión del caso que nos ocupa. La nave “Deidón II” transportaba, además de la carga diversa, destinada a los armadores de Proción, una serie de contenedores de memoria de mercurio sintética, cuyo destinatario era la Universidad Láctea en Fomalhaut. Los contenedores estaban cargados con dos clases de informaciones: del campo de la psicopatología y del de la lexicología arcaica. Debe suponerse que el computador, al crecer y ensancharse, absorbió aquellos contenedores. Por tanto, incorporó en sí mismo al conjunto de conocimientos de cuestiones como la historia de Jack el Destripador y la del estrangulador de Gloomspick, la biografía de Sacher-Masoch, las memorias del Marqués de Sade, los protocolos de la secta de flagelantes de Pirpinact, el original del libro de Murmuropoulus Palo a través de los siglos, y el famoso ejemplar único de la biblioteca de Abbercrombie, Punzaduras, obra manuscrita de Hapsodor, decapitado en el año 1673 en Londres, conocido bajo el apodo de “Collar de los bebés”. Había allí también la obra original de Janicek Pidwa Pequeño torturatorium, del mismo autor Garrote, Hacha y Fogata -aportación a la verdugografía, así como otro mirlo blanco, único en su especie, Recetario culinario a base de aceite hirviente, obra póstuma del P. Galvinari de Amagonia. Aquellas memorias de mal agüero contenían además unos protocolos de las reuniones de la sección de caníbales de la sociedad literaria neardenthalense, así como las Reflexiones en la horca del vizconde de Crampfuss; si les digo, señores, que iban incluidos en ellas tales libros como El asesinato perfecto, El misterio del cadáver negro y el ABC del asesinato de Agatha Christie, podrán imaginarse qué terrible influencia tuvieron en la personalidad del computador, sin ninguna preparación crítica para esta clase de lectura.

»Ustedes saben que nosotros procuramos siempre mantener a los electrocerebros en la ignorancia de esos rasgos deplorables del carácter del hombre. Ahora, cuando las regiones vecinas de Proción se poblaron de la prole metálica de una máquina repleta de la historia de degeneración, vicio y crimen terrestres, lamento tener que decirles que la electropsiquiatría es, en este caso, totalmente impotente. Desgraciadamente, ésta es mi última palabra.

Y el anciano, profundamente abatido, abandonó el pódium con paso vacilante, en medio del silencio general. Levanté la mano. El presidente me miró sorprendido y, al cabo de un momento de duda, me dio la palabra.

—Caballeros —dije, poniéndome en pie—, como veo, el problema es muy serio. Me doy cuenta de ello ahora, después de haber oído el análisis exhaustivo del profesor Gargarrag. Quiero hacer a esta respetable reunión una oferta. Estoy decidido a dirigirme solo a la zona de Proción para investigar qué es lo que pasa allá, descubrir el misterio de la desaparición de miles de hombres enviados por ustedes, así como para encontrar, si es posible, un modo de solucionar pacíficamente el conflicto que nos amenaza. Me doy perfecta cuenta de las dificultades de esta empresa, la más ardua de todas las que hasta ahora me he propuesto; pero hay momentos en que se debe actuar, sin calcular las posibilidades de victoria ni riesgo. Por lo tanto, caballeros…

Un trueno de aplausos interrumpió mis palabras. No hablaré del transcurso ulterior de la reunión, porque no me gusta insistir en la descripción de ovaciones que se me rinde. La Comisión y la Junta me otorgaron todos los plenos poderes posibles. Al día siguiente tuve una entrevista con el jefe del departamento de Proción y del contraespionaje cósmico (desempeñaba ambos cargos simultáneamente), el consejero Malingraut.

—¿Quiere salir hoy mismo? —dijo—. Perfectamente. Pero no en su cohete, Tichy. Es imposible. Para esta clase de misiones empleamos unos cohetes especiales.

—¿Por qué? —pregunté—. Me basta con el mío.

—No pongo en duda su perfección —replicó—, pero se trata del camuflaje. Volará usted en uno que por fuera se parece a cualquier cosa menos a un cohete. Será… ya lo verá usted mismo. Además, tendrá que aterrizar de noche…

—¿De noche? —dije—. Se verá el fuego de escape…

—Es la táctica que hemos aplicado hasta ahora —repuso, bastante perplejo.

—Yo ya veré en cuanto llegue —le tranquilicé— ¿Tengo que ir disfrazado?

—Sí. Es absolutamente necesario. Nuestros especialistas se ocuparán de usted. Le están esperando. Por aquí, si me hace el favor…

Me llevaron por un corredor secreto a una estancia parecida a un pequeño quirófano. Los cuatro hombres que me esperaban allí se pusieron inmediatamente a la obra. Una hora después, cuando me colocaron delante de un espejo, no pude reconocerme. Acorazado de arriba abajo, con hombros y cabeza cuadrados, con unas mirillas de cristal en vez de ojos, me parecía a un robot vulgar y corriente.

—Señor Tichy —me dijo el jefe de los caracterizadores—, tenga siempre presente unas cuantas cosas importantes. Primero, le está prohibido respirar.

—Usted está loco —dije—. ¿Cómo quiere que deje de respirar? Me asfixiaría.

—Es un malentendido. Respire, claro, tanto como quiera, pero sin el menor ruido. Nada de suspiros, soplidos, inspiraciones profundas. Y Dios nos libre, no se le ocurra estornudar. Sería condenarse a una muerte rápida.

—Conforme. ¿Algo más? —pregunté.

—Encontrará usted en el cohete todos los números del Correo Electrónico y de la Voz del Espacio, periódico de la oposición.

—¿Ellos también tienen una oposición?

—Sí, pero su jefe es igualmente el computador. El profesor Mlassgrack supone que, además del desdoblamiento de personalidad eléctrico, lo tiene también político. Permítame continuar. Lo de comer, masticar caramelos, excluido. ¡Nada de esas cosas! Comerá usted sólo de noche, por esta abertura, aquí, ponga usted mismo el llavín (es una cerradura Wertheim), así, correcto, vea, el obturador se abre. No pierda la llave;

moriría de hambre.

—Es verdad, los robots no comen.

—Desconocemos, por razones obvias, muchos detalles de sus costumbres. Estudie los anuncios de sus periódicos, podrá enterarse de muchas cosas. Cuando hable con alguien, no se ponga demasiado cerca de su interlocutor, para que no le pueda mirar dentro de la rejilla del micrófono, Lo mejor sería teñirse de negro los dientes: aquí tiene un tarrito de pigmento. Y no se olvide de lubrificarse con ostentación todas las bisagras cada mañana, todos los robots lo hacen. En cualquier caso, no exagere: si chirría un poco, hará una buena impresión. Bueno, me parece que esto es todo. No, por favor, ¿quiere usted salir así a la calle? ¿Es que ha perdido la cabeza? Aquí hay un pasadizo secreto. Salga por aquí.

Apretó un libro en la biblioteca y abrió una parte de la pared. Por una escalerita estrecha bajé en medio del ruido de hojalata, al patio, donde esperaba un helicóptero de carga pesada. Me metieron dentro y el aparato se elevó. Al cabo de una hora de vuelo, tomamos tierra en un cosmódromo secreto. Al lado de varios cohetes normales, se erigía en la pista un silo para grano, redondo como una torre.

—¡Por el amor de Dios! ¿Esto es un cohete? —dije a mi acompañante, un oficial secreto.

—Sí. Dentro ya está preparado todo lo que usted puede necesitar: cifras, claves, radio, periódicos comida y objetos varios. También una palanqueta de buen peso.

—¿Una palanqueta?

—Sí, aquello de abrir las cajas de caudales… para que vaya armado en caso de extrema necesidad. Bien, pues, que no se rompa la crisma —dijo amablemente el oficial. Ni siquiera pude estrecharle la mano: la mía estaba enfundada en un guante de acero. Abrí la puerta y entré en el silo que, visto por dentro, resultó ser un cohete normal. Tenia grandes ganas de salir de mi caja de hierro, pero me habían advertido que era mejor no hacerlo: los especialistas me explicaron que debía acostumbrarme a llevarla de buen principio.

Puse en marcha el reactor, el cohete arrancó, ajusté la dirección del vuelo y me dispuse a comer. Me costó lo mío ponerme los alimentos en la boca; a pesar de torcerme casi el cuello, la abertura no coincidía con mis labios, así que tuve que ayudarme con un calzador. Luego me senté en la hamaca y empecé a hojear la prensa de los robots. He aquí un puñado de títulos que me saltaron a la vista en las primeras páginas:

BEATIFICACIÓN DEL SANTO ELECTRICIO

VENCER A LOS VISCOSONES NUESTRO DEBER SAGRADO

TUMULTUM EN EL ESTADIO UN VISCOSÓN ENCADENADO

Me extrañó un poco la forma y el contenido de estas frases, pero recordé lo que había dicho el profesor Gargarrag acerca de los diccionarios arcaizantes, transportados antaño por el «Deidón». Sabía que los robots llamaban a los hombres «viscosones», dándose a sí mismo el nombre de «magnificalios».

Leí la última hoja, la del viscosón encadenado:

Un par de alarbarderos de Su Inductividad apresó en la hora de la tercera campanada matutina a un viscosón espía que en la venta del magnificalio Mremrán recogimiento hallar pretendía. De Su Inductividad servidor fidelísimo, Mremrán a los alabarderos de tal infamia hizo sabedores. Se dieron prisa los alabarderos por llegar a la venta, prendieron al infame y con la visera baja para su deshonra y vilipendio, por el griterío de la gente furibunda acompañado, al calabozo Calefaoustrum le echaron. Causan ei iuror II Semperititias Turtran incipit.

No está mal, como principio, pensé, y volví a la columna titulada «Tuniultum en el estadio».

Justo los speculantes del torneo de la bola, de la verde hierba a sus moradas confundidos recogerse pensaban, empero Girlayo III, pasando a Turcucur la bola dio con sus huesos en el suelo y por razones que digo con una pierna quebrada de las lides túvose que alejar. Viendo su premio perdido, los apostores en fuerza la caja acometieron y al cajero mismo malamente hirieron. Alabarderos de la villa a ocho disturbadores, con piedras cargados, al foso de agua tiraron. De aquí nace la cuestión, por los quedos especulantes a la superioridad humildemente elevada, si se verán un día exentos y libres de esas perturbaciones…

Ayudándome con un diccionario, averigüé que quedo viene a decir aquí lo mismo que quieto (ambos vienen de quietas, quietatis – quietud), que aquella gente usaba la palabra en cuestión en un sentido distinto del nuestro, y que el juego de bola de los magnificalios era una variedad de nuestro fútbol, en la cual la pelota era una bola de plomo macizo. No me cansaba de estudiar los periódicos, tal como se me había aconsejado en el departamento antes de mi marcha, para familiarizarme con las costumbres y los detalles de la vida magnificalia (ya me he acostumbrado a llamarles así): dar a alguien allí el nombre de robot sería no sólo ofenderle, sino desenmascararme a mí mismo.

Leí, pues, los siguientes artículos: «Principios seis en la materia del estado perfecto de los magnificalios», «Audiencia del Maestro Gregaturian», «Cómo el gremio arnesero hace trabajos hogaño», «Nobles peregrinaciones magnificalias para lámparas enfriar»; pero los anuncios eran todavía mas extraños. Había algunos que pude entender muy poco.

ARMELADOR VI, ARNESERO FAMOSO aderezo de ropajes, ajuste de aberturas. Se perfeccionan bisagras. También in extremis. Barato.

VONAG, no os dejéis tomar de orín. Cura herrumbre y vestidos oxidados. En venta por doquier.

OLEUM PURISSIMUM PRO CAPITE – Untate el cuello si chirría. ¡jNo dejes que te perturba los devaneos!

Otros eran todavía peores; éstos, por ejemplo:

¡PARA LOS FUERTES! Podéis jugar a voluntad. Cuerpos de todas las medidas. Los recomendados se solazan aquí mismo. Tarmodral VIII.

¡LUJURIOSOS! Cubículo pancratorio con asientos alquílase. Percorator XXV.

Uno que acababa de leer me puso la carne de gallina bajo mi revestimiento de acero:

¡BURDEL GOMORRHEUM INAUGURASE EN LA TARDE DE HOY! ¡SELECCIÓN DE MANJARES HASTA AHORA DESCONOCIDA! PARA AMATORES CRIATURAS VISCOSONES. TAMBIÉN ENCARGOS PARA FUERA.

Me estrujaba los sesos para entender todo esto. El tiempo no me apremiaba: el viaje tenía que durar casi un año.

En la Voz del Espacio los anuncios eran aún más numerosos.

QUEBRANTAHUESOS, TAJADORAS, CORTACUELLOS, PALOS ESMERADAMENTE APUNTADOS vende GREMONITORIUS, FIDRICAX LVI.

PARA AMANTES DE ASFIXIAMIENTOS tiernas criaturas viscosonas. Saben llorar y hablar. También un arrancauñas como nuevo, baratito.

¡¡PIROMANIACOS!! Estraza nueva de Abracadabrel en aceite de roca remojada. ¡¡NO SE APAGA JAMAS!!

¡DAMAS Y CABALLEROS DE MAGNIFICIA!

Punzabarrigas, Rompespinazos, Tormentadores varios LLEGARON – Karakaruan XI.

Después de leer todos esos anuncios, me pareció que empezaba a ver claro la suerte que encontraron las multitudes de voluntarios de la División II, enviadas para reconocer el terreno. Tengo que confesar que mis ánimos estaban algo bajos en el momento de aterrizar en el planeta. Lo hice de noche, después de apagar los motores. Bajé en vuelo planeado entre altas montañas, salí del cohete y, después de pensar un poco, corté unas ramas y camuflé mi vehículo. En verdad, los especialistas del Deuxième Bureau no se habían estrujado mucho el cerebro: un silo para trigo, en un planeta de robots, estaba, francamente, fuera de lugar. Cargué dentro de mi caparazón todas las provisiones que pude, y me encaminé hacia la ciudad, visible de lejos gracias al fuerte resplandor eléctrico que se elevaba sobre ella. Tuve que detenerme varias veces para cambiar de sitio las latas de sardinas que se entrechocaban ruidosamente dentro de mí. Seguía andando cuando de repente, tropecé con algún obstáculo invisible. Me caí cuan largo era en medio del estruendo de chapas de hierro, atravesada la mente por una ocurrencia, rápida como un relámpago: ¡Ya está! ¿Tan pronto? Pero a mi alrededor no había ni un alma viva, o sea, eléctrica. Por si acaso, enarbolé mis armas, compuestas de la palanqueta de ladrón de cajas fuertes y un pequeño destornillador. Tanteando con las manos en tomo a mí, comprobé que estaba rodeado de unas formas de hierro. Eran despojos de autómatas viejos, un cementerio de robots. Proseguí el camino, cayéndome con frecuencia, extrañado por las dimensiones de aquel lugar. Tenía más de un kilómetro de largo. De pronto, se dibujaron ante mí, sobre el fondo de tinieblas, dos formas cuadrúpedas imprecisas. Dejé de moverme. Mis instrucciones no decían nada acerca de la existencia de animales en el planeta Dos cuadrúpedos más se acercaron en silencio a los primeros. Cometí la imprudencia de moverme; al oír el ruido de mi blindaje, las oscuras siluetas huyeron despavoridas, hundiéndose en las tinieblas.

Después de aquel incidente, multipliqué las medidas de prudencia. La hora no me parecía adecuada para entrar en la ciudad: la noche muy avanzada, las calles vacías… Mi aparición hubiera llamado una atención indeseada. Me acurruqué, pues, en la cuneta del camino, donde esperé el alba comiendo bizcochos. Sabía que antes de la noche próxima no encontraría ocasión de tomar alimento.

Al despuntar el día, me acerqué al área suburbana. No había nadie en la calle. En una valla estaba pegado un gran cartel viejo, deslucido por las lluvias. Me puse a leerlo.

BANDO

Sabedora es la superioridad de la villa de las maniobras ruines viscosones, que entre los nobles magnificalios mezclarse intentan. Quienquiera que viera a un viscosón, o a un individuo a él semejante y por ende de sospechas digno, deber tiene de decirlo en la alabardería de su barrio Quien con ellos se asociase o le ayudase, destornillado será in saecula saeculorum. Por la cabeza de un viscosón un premio de 1.000 chapas de hierro se otorga.

Continué andando. Aquel barrio extremo no tenía un aspecto atractivo. Ante unas miserables barracas, carcomidas por el orín, estaban sentadas bandas de robots, jugando a pares y nones. De vez en cuando estallaban entre ellos unas peleas tan estruendosas como si unas salvas de artillería hicieran blanco en un almacén de toneles de hierro. Un poco más lejos, encontré una parada de tranvía. En seguida llegó uno, casi vacío. Subí a él. El conductor era una pieza inseparable del motor, con una mano atornillada para siempre a la manivela. El cobrador, soldado a la entrada, constituía al mismo tiempo la puerta, moviéndose en unos goznes. Le di una de las monedas que me había suministrado el Departamento y me senté en el banco, chirriando horriblemente. Me apeé en el centro de la ciudad y eché a andar adelante, como si tal cosa. Veía cada vez más alabarderos que patrullaban, de dos en dos o de tres en tres, por el medio de las calles. Al advertir una alabarda, apoyada en una pared, la cogí con gran naturalidad sin interrumpir la marcha, pero, puesto que mi soledad hubiera podido parecer extraña, aprovechándome de que uno de los tres guardias que me precedían había entrado en un portal para arreglarse una rejilla que se le caía, ocupé el sitio que le correspondía junto a sus compañeros. El perfecto parecido de todos los robots era para mí una circunstancia muy cómoda. Mis dos compañeros guardaron durante un tiempo el silencio, hasta que uno dijo:

—¿Cuándo estos nuestros ojos en una zagala se solazaran, Brebrán? Dígolo porque harto estoy y con una electromoza me placería jugar.

—Así es la verdad —contestó el otro—, mas no mucha holganza desta vida nuestra sacamos, amigo.

De este modo dimos la vuelta a todo el centro. Observándolo todo con mucha atención, vi por el camino dos restaurantes con un verdadero bosque de alabardas apoyadas en sus muros. Sin embargo, no hice ninguna pregunta. Ya me dolían mucho las piernas, tenía demasiado calor dentro de mi bidón de hierro bajo el sol ardiente y el polvo de orín me cosquilleaba las narices. Temiendo un estornudo, quise alejarme un poco, pero ambos gritaron:

¿Qué haces, malaventurado? ¿Deseoso estás de que la superioridad maltrecho te deje y molido? ¿Perdiste el juicio?

—No —contesté—, sólo asentarme un momento me apetecía.

—¿Asentarte? ¿Quemóte la fiebre la bobina? ¡De servicio estamos, dignos ferrizos!

—En verdad que habláis bien —contesté, conciliador. Reanudamos la marcha. No, pensé, este camino carece de perspectivas. Tengo que encontrar algo mejor. Dimos otra vuelta a la ciudad. Mientras andábamos, nos hizo parar un oficial, gritando:

—¡Refernazor!

—¡Brentacurdo! —vociferaron en respuesta mis compañeros. Me grabé bien en la memoria aquel santo y seña. El oficial nos pasó revista por delante y por detrás y nos ordenó llevar las alabardas más altas.

—¡Cómo las lleváis, pingos! ¡Estufas parecéis y no alabarderos de Su Inductividad! ¡En marcha! ¡Juntos! ¡Arr!

La inspección fue aceptada por los guardias sin comentarios. Nos arrastrábamos por las calles bajo un sol vertical, yo, maldiciendo el momento de proponer, por mi propia voluntad, el viaje a aquel planeta asqueroso; como si mis fatigas fueran pocas, me empezó a atormentar el hambre. Mis intestinos, vacíos, armaban unos ruidos que podían traicionarme; procuraba, pues, chirriar lo más fuerte posible. Al pasar delante de un restaurante eché una ojeada dentro. Casi todas las mesas estaban ocupadas. Los magnificalios, o bien (como les llamaba ahora yo siguiendo la idea del oficial) estufistas estaban sentados en torno a ellas sin moverse, bruñidos y azulencos. De vez en cuando se oía un chirrido: alguien volvía la cabeza para avizorar la calle con sus ojazos de cristal. Nadie comía ni bebía, nadie hablaba. Todos parecían esperar no qué cosa. Junto a una pared estaba de pie un camarero (le conocí por el delantal blanco que llevaba puesto encima de la coraza.)

—¿Podemos por ventura sosegarnos un rato junto a esos caballeros? —pregunté, porque me dolía cada ampolla por separado en los pies, torturados por mis escarpines de hierro.

—¡Ni por pienso! —se indignaron mis compañeros—. ¡No es el sosiego lo que tenemos mandado! ¡Andadura es nuestro menester! Ten por seguro que ya le apañarán aquéllos al maldito viscosón, si por aquí asoma y, reclamando sopas, su vil naturaleza les muestra!

Sin entender nada, obedecí y seguí adelante. Empezaba a subírseme la mostaza a las narices, pero por fin nos dirigimos a un edificio grande de ladrillos rojos, sobre el cual había unas letras de hierro forjado:

CUARTEL DE LOS ALABARDEROS DE SU PRECLARA INDUCTIVIDAD COMPUTADRICIO PRIMERO

Me perdí de la vista de mis compañeros a la entrada misma. Dejé la alabarda junto al centinela, cuando se dio la vuelta chirriando y crujiendo, y me metí en la primera travesía que encontré. Al volver la esquina, vi una casa bastante grande con la enseña HOSPEDERÍA DEL HACHA. Apenas entreabrí la puerta, el dueño, un robot rechoncho de cuerpo corto, saltó a mi encuentro, chirriando animosamente.

—¡Bienvenido seáis, señor mío…! Para serviros… ¿Acaso deseáis una cámara donde recogeros?

—Así es —contesté lacónicamente.

Me empujó hacia dentro, casi a la fuerza. Llevándome escaleras arriba, no dejaba de charlar con voz metálica:

—Grandes son las muchedumbres de peregrinos que aca a la sazón vienen… No hay magnificalio honrado que no quisiera de Su Inductividad la mudanza de condensadores con sus propias mirillas contemplar… Dígnese entrar… Hermosos aposentos tengo… Aquí la sala grande, estotra para dormir… Muy fatigado estar debe… El polvo de los rodamientos le rechina. Ahora mismo el aderezo traigo…

Bajó a paso atronador la escalera y, antes de que yo tuviera tiempo de ver bien la habitación, bastante oscura, amueblada con armarios y cama de hierro, volvió trayéndome una aceitera, trapos y una botella de limpiador. Lo dejó todo encima de la mesa y dijo, bajando confidencialmente la voz:

—Hecho el aseo de su persona, dígnese bajar… Para exquisitos personajes, como usted apunta ser, a todas horas un secreto dulcísimo, una sorpresa guardo… Se divertirá…

Por fin me dejó solo, después de guiñarme la fotocélula; como no tenía nada mejor que hacer, me puse aceite y me saqué brillo con limpiador. De pronto me. di cuenta de que el hospedero había dejado en la mesa una hoja, parecida a una carta de restaurante. Me extrañó porque sabía que los robots no comían; la cogí y me puse a leerla. He aquí lo que llevaba escrito:

BORDEL cat. II

Criatura viscosona, decapitación .  .  . .  . 8 ch. f.

Lo mismo, con pega   .  .  .  .  .  .  .  .  . 10 ch. f.

Lo mismo, lloroso   .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  11 ch. f.

Lo mismo, con desperanza .  .  .  .  .  .   14 ch. f.

Ofrécese:

Hachas sodomitas, una . . . . . .  .  .  .  .   6 ch. f.

Segur donosa .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  8 ch. f.

Ternera tiernísima  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .   8 ch. f.

Aunque no entendiera nada, un escalofrío me recorrió el .espinazo, cuando oí en la habitación contigua un estruendo de una fuerza inaudita, como si el robot que vivía pared por medio se afanara en convertir en astillas su aposento. Se me erizaron los pelos. No podía resistirlo. Procurando no rechinar ni sonar, me escapé a la calle. Respiré con alivio cuando me vi lejos de aquel antro. ¿Y qué voy a hacer ahora, desgraciado de mí?, pensé. Me detuve junto a un grupo de obreros, enfrascados en un juego de cartas, fingiendo ser un mirón entusiasta. De hecho, no sabía nada acerca de las ocupaciones de los habitantes de Magnificia. Podía volver a mezclarme con los alabarderos, pero eso no prometía gran cosa y, en cambio, era arriesgado. ¿Qué debía hacer?

Anduve adelante, devanándome los sesos, hasta que vi a un robot obeso, sentado en un banco, calentándose las viejas chapas al sol, con la cabeza tapada con un periódico. En la primera plana había un poema, cuyas primeras palabras decían: «Soy de Magnificia degeneralicia». No sé qué venía luego Poco a poco, entablamos una conversación. Me presenté como peregrino de una ciudad vecina, Sadomasia. El viejo robot era enormemente cordial. De entrada casi, me invitó a vivir en su casa.

—Dígole en verdad, señor vecino, no se ande por ventas ni dispute con venteros. Véngase a mi casa. Humilde es, pero de buen grado la ofrezco. Junto con su digna persona, la alegría entrará en mis aposentos.

¿Qué podía hacer? No iba a rechazar una proposición que me convenía Mi nuevo anfitrión vivía en una casa de su propiedad en la tercera calle. Me llevó en seguida a la habitación para invitados.

—De tanto caminar, mucha polvareda habrá engullido —dijo.

Volvieron a aparecer el aceite, el limpiametales y los trapos. Yo ya sabía de antemano lo que me iba a decir; los robots no tenían, según pude observar, las mentalidades demasiado complicadas. En efecto:

—Hecho el aseo de su persona, dígnese de bajar —dijo—, entrambos jugaremos.

Se marchó cerrando la puerta. Dejé la aceitera, el limpiametales y los trapos sin tocarlos, me miré solamente al espejo para averiguar el estado de mi caracterización, me teñí de negro los dientes y, al cabo de un cuarto de hora, me disponía a bajar, un poco inquieto ante la perspectiva de aquellos «juegos» misteriosos, cuando desde el fondo de la casa llegó a mis oídos un ruido ensordecedor. Esta vez ya no podía huir. Bajé la escalera en medio de un estruendo que me hacía estallar la cabeza, convencido de que alguien se proponía hacer astillas un tronco de árbol de acero. El salón era un pandemonium. Mi anfitrión, desvestido de su caparazón externo, cortaba a hachazos un muñeco de gran tamaño, puesto sobre la mesa.

—¡Pase, pase, mi huésped! Ya puede holgarse en el apaño deste cuerpecito —dijo, interrumpiendo al verme los hachazos e indicándome otro muñeco, más pequeño, echado en el suelo. Cuando me hube acercado, la muñeca se sentó, abrió los ojos y dijo varias veces con voz débil:

—Piedad, señor, para esta inocente criatura… Piedad, señor… Soy criatura inocente… Piedad…

El amo de casa me entregó un hacha parecida a una alabarda, pero con el asta más corta.

—Dése gusto, honrado huésped. Tenga por bien de alegrarse y olvide las cuitas. ¡Venga un golpe bien dado!

—Es que… no son de mi agrado los infantes… —contesté en voz poco firme. Se quedó de una pieza.

—¿No son de vuestro agrado? —repitió mis palabras—. Qué pena tengo, pues de otra cosa no dispongo, de tanto que me satisfacen las criaturas. ¿Y si probaseis un ternero lechal?

Sacó del armario un ternerito de plástico, muy bien hecho que, al apretarlo, mugía lastimeramente. No tuve escapatoria. No queriendo desenmascararme, hice pedazos al pobre animalito, lo que me cansó bastante. Mientras tanto, el amo de casa descuartizó ambas muñecas, dejó de lado el instrumento al que daba el nombre de quebrantahuesos, y preguntó si estaba contento. Le aseguré que había tenido el mayor placer de mi vida.

Así empezó mi triste estancia en Rerecom. Por la mañana, después de desayunarse con aceite hirviendo, mi anfitrión iba a su trabajo, mientras que su esposa aserraba algo con ahínco en el dormitorio; creo que eran terneras, pero no podría jurarlo. Yo no podía soportar todos aquellos mugidos, ruidos y gritos; salía, pues, de casa. Las ocupaciones de los habitantes eran más bien monótonas: descuartizar, empalar, quebrar huesos, quemar, hacer picadillo, siempre lo mismo. En el centro de la ciudad había un parque de atracciones, con unos pabellones donde se vendían los utensilios más refinados. Al cabo de unos días, incluso la vista de mi cortaplumas me era insoportable. Apremiado por el hambre, me escapaba de la ciudad al anochecer para engullir apresuradamente, entre los arbustos, sardinas y bizcochos. No es de extrañar que con este régimen estuviera siempre al borde del hipo, un peligro mortal para mí. Al tercer día, fuimos al teatro. Daban una obra titulada «Carbezaurio». Era la historia de un robot joven y guapo, perseguido cruelmente por los hombres, o mejor dicho, viscosones Le echaban agua encima, tiraban arena en su aceite, le aflojaban los tornillos para que se cayera, y cosas por el estilo. Toda la platea zumbaba con ira. En el segundo acto apareció un emisario del computador, y el joven robot era liberado; el tercer acto se ocupaba más detalladamente de la suerte de los hombres, más bien poco alegre, como se puede adivinar.

Miré, de puro aburrido, todo lo que contenía la pequeña biblioteca de mis anfitriones, pero no encontré nada interesante: unas malas copias de las memorias del marqués de Sade y varios folletos sobre temas tan especializados como En qué se conocen los viscosones. Recuerdo todavía unas frases de este último. «El viscosón —empezaba el texto— es muy blando, de consistencia parecida a la masa de pan… Sus ojos, de mirada boba, aguados, la fiel imagen de la ruindad de su alma presentan. El rostro como si de goma fuera hecho…». y así, durante cien páginas.

El sábado se reunían en casa los notables del lugar: el maestro del gremio de hojalateros, el sustituto del armero municipal, un responsable de otro gremio, dos protócratas, un alcimútrano… Desgraciadamente, no pude darme cuenta qué clase de profesiones eran ésas, ya que la conversación se refería principalmente a las bellas artes, al teatro, al funcionamiento perfecto de Su Inductividad. Las damas chismorreaban un poco. Así me enteré de las cosas de un tal Poduxto, juerguista y bala perdida, notorio en la aristocracia de Rerecom, que llevaba una vida disipada rodeado de enjambres de bacantes eléctricas, a las que regalaba sin mesura las bobinas y las lámparas más costosas. Pero mi anfitrión sólo sonrió con indulgencia cuando le mencioné a Poduxto.

—Joven corriente en el acero joven —dijo, tolerante—. Un poco de orín, una resistencia enmohecida… Ya verás cómo sienta el tubo central.

Una magnificalia, que venía a vernos de vez en cuando, se encaprichó de mí por motivos que se me escapan. Un día, después de una serie excesiva de cubiletes de aceite, me susurró al oído:

—¡Donoso! ¿Quiéresme? Vente conmigo, en mi casa nos electrizaremos un tanto…

Fingí que un chispeo repentino del cátodo no me había dejado oír sus palabras.

La vida conyugal de la pareja que me hospedaba era, en general, armoniosa; sólo una vez fui, a pesar mío, testigo de una bronca. La esposa deseaba a gritos al esposo que se convirtiera en un montón de chatarra; él no decía nada.

Venía a vernos igualmente un electromaestro afamado, director de la clínica municipal; por él me enteré, ya que a veces hablaba de sus pacientes a pesar de que no le gustara hacerlo, de que los robots no eran inmunes a la locura; la peor de sus fantasmagorías era la convicción de que eran hombres. Incluso —según deduje yo de sus palabras, muy poco claras— el número de esta clase de locos había aumentado seriamente en los últimos tiempos.

Sin embargo, yo no mandaba estas noticias a la Tierra, en primer lugar porque me parecían escasas y, también, porque tenía pereza de hacer la larga caminata por las montañas hasta el cohete que escondía mi emisora. Una mañana, justo cuando estaba terminando con una ternera (mis anfitriones me suministraban una cada noche, seguros de darme una alegría inmensa) sonaron por toda la casa unos porrazos violentos a la puerta de entrada. Me asusté mucho, y con razón. Era la policía, o sea, los alabarderos. Me detuvieron y me sacaron a la calle, sin una palabra de explicación, ante la vista de aquella pareja, tan amistosa, petrificada por el espanto. Me esposaron, me metieron en un coche policial y me llevaron a la cárcel. Ante la puerta ya estaba congregada una muchedumbre hostil que me abrumó con gritos de odio. Me encerraron en una celda solo. Cuando la puerta se cerró tras de mí, me senté en un camastro de hojalata con un suspiro profundo. Ahora ya no podía perjudicarme. Pasé un rato pensando en cuántas cárceles me habían encerrado en varias regiones de la Galaxia, pero no logré determinar la cifra. Debajo del camastro había una cosa; la saqué de allí. Era un folleto sobre el conocimiento de los viscosones. ¿Me lo habrían puesto para burlarse de mí, por pura maldad? Lo abrí a pesar de todo. El párrafo que leí explicaba cómo la parte superior de un cuerpo viscosón se movía por la llamada respiración, cómo había que averiguar si la mano que tendía era parecida a una masa, y si de su abertura bucal se desprendía una ligera brisa. «Excitado —terminaba el párrafo—, el viscosón segrega un líquido acuoso, principalmente por la frente.»

Era bastante exacto. Yo estaba segregando ese líquido acuoso. La exploración del Universo puede resultar un poco monótona por culpa de los encarcelamientos que acabo de mencionar, repetidos continuamente, como si fueran sus etapas inevitables, en las estrellas, los planetas, incluso en las nebulosas. En todo caso, mi situación había sido tan negra como ahora. Al mediodía, un carcelero me trajo un plato de aceite tibio, en el cual nadaban unas cuantas bolas de rodamientos. Pedí algo más digestivo, puesto que ya estaba desenmascarado, pero él sólo chirrió irónicamente y se marchó sin decir nada. Empecé a golpear la puerta, pidiendo un abogado. No me contestó nadie. Al anochecer, cuando ya hube comido la última migaja de bizcocho extraviada dentro de mi blindaje, una llave rechinó en la cerradura y en la celda entró un robot gordinflón, con una voluminosa cartera de cuero.

—¡Maldito seas, viscosónl —dijo, y añadió—: Soy tu defensor.

—¿Siempre saludas a tus clientes de este modo? —pregunté, sentándome.

Él se sentó también, restallando. Era repugnante. Tenía las chapas de la barriga completamente sueltas.

—A los viscosones, sí —dijo con firmeza—. Por lealtad a mi profesión, no a ti, canalla malandrín, mis artes desplegaré en tu defensa, bellaco. Tu pena tal vez podré ablandar a un desmontaje tan sólo.

—¡Alto ahí! —exclamé—. ¡A mí no se me puede desmontar!

—¡Ja ja! —rechinó—. ¡Eso te lo figuras tú! ¡Ahora canta tus negros propósitos, perro sarnoso!

—¿Cómo te llamas? —pregunté.

—Claustrón Fridrac.

—Dime de qué se me acusa, CIaustrón Fridrac.

—De viscosonidad —contestó rápidamente—. La pena capital te espera por ese crimen. Asimismo se te culpa de la querencia de vendernos, de ser espión de la Pastota, del blasfemo proyecto de levantar la mano contra Su Inductividad. ¿Tienes bastante, mierdoso viscosón? ¿Confiesas todas estas culpas?

—¿Es cierto que eres mi abogado? —pregunté—. Hablas como si fueras fiscal o juez de instrucción.

—Soy tu defensor.

—De acuerdo. Me declaro inocente de todas estas acusaciones.

—¡Te harán astillas! —rugió.

Viendo qué clase de defensor tenía, opté por callarme. Al día siguiente me sometieron a un interrogatorio. No confesé nada, a pesar de que el juez bramaba todavía peor, si cabe, que mi defensor. Tan pronto vociferaba como susurraba, estallaba en carcajadas rechinantes, o bien me aseguraba con mucha calma que antes empezaría él a respirar, que yo pudiera escapar a la justicia magnificalia.

Al segundo interrogatorio asistió un dignatario de algo rango, a juzgar por la cantidad de válvulas que brillaban en él. Pasaron cuatro días más. Lo peor era lo de la comida. Me contentaba con mi cinturón puesto al remojo en agua que el carcelero me traía una vez al día, llevando el cacharro lo más lejos posible de sí, como si tuviese veneno.

Al cabo de una semana, del cinturón no quedaba nada. Por suerte, tenía altas botas lazadas de tafilete; sus lenguas eran lo mejor que había comido durante toda mi estancia en la celda.

Por la mañana del octavo día, dos guardias me ordenaron recoger mis cosas. Fui llevado en coche, bajo escolta, al Palacio de Hierro, residencia del computador. Me condujeron por una magnífica escalera inoxidable, a través de unas salas cuajadas de lámparas catódicas, a un aposento espacioso, desprovisto de ventanas. Los guardias se marcharon, dejándome solo. En medio de la habitación había una cortina negra, colgada del techo, cuyos pliegues cubrían el espacio central por cuatro costados, desde el techo hasta el suelo.

—¡Ruin viscosón! —atronó la sala una voz que parecía llegar a través de un tubo desde un sótano con paredes de hierro— ¡Tu última hora se acerca! Escoge lo que más te agrade: picadera, quebrantahuesos o barrena.

Guardé silencio. El computador tronó, susurró y dijo:

—¡Presta oído, ser despreciable, emisario de la Pastota! ¡Escucha mi poderosa voz, papilla pegajosa, montón de jalea sucia! ¡En la magnificencia de mis corrientes preclaras, gracias te otorgo! Si te pasas a mis fieles huestes, si de toda tu alma en magnificalio quieres convertirte, la vida tal vez te perdone.

Dije que llevaba tiempo soñando en eso, precisamente. El computador emitió una irónica risa pulsátil, y dijo:

—No me engañan tus mentiras. Escucha, gusano. Tu miserable vida sólo podrás conservar como magnificalio alabardero secreto. Tu empresa será a todos los viscosones, espiones, agentes, traidores y toda la demás gusanería, por la Pastota acá despachada, desenmascarar, desnudar, visera arrancar, quemar con hierro candente. Sólo sirviendo así en humildad, salvarte puedes.

En cuanto se lo hube prometido solemnemente, me hicieron pasar a otro cuarto, donde fui inscrito en los registros, recibiendo la orden de presentar cada día un informe en la jefatura de alabarderos, después de lo cual me dejaron libre. Apenas me sostenían las piernas cuando salí estupefacto, del palacio.

Anochecía. Me fui a las afueras de la ciudad, me senté en la hierba y me puse a reflexionar. Me sentía triste y descorazonado. Si me hubiesen decapitado, habría salvado, por lo menos, el honor; pero así, pasándome a aquel monstruo eléctrico, había traicionado la causa que servía y echado a perder todas las posibilidades de un éxito. No sabía qué hacer. ¿Correr al cohete? Sería una huída vergonzosa. A pesar de ello, me puse en camino. El destino de un espía al servicio de una máquina que gobernaba regimientos de cajones de hierro sería la infamia peor. ¡Quién podría describir mi espanto, cuando, en vez de mi cohete, vi en el lugar donde lo había dejado, unos cascajos esparcidos y destrozados!

Era ya de noche cuando volvía a la ciudad. Me senté en una piedra y por primera vez en mi vida, lloré amargamente por mi patria perdida. Mis lágrimas se deslizaban por el interior de aquel mamotreto de hierro que iba a ser mi prisión hasta la muerte, se escapaban afuera por las rendijas de mis rodilleras, exponiéndome al peligro del orín y la rigidez de las articulaciones. Pero ya me daba todo igual.

De repente vi un pelotón de alabarderos que caminaban lentamente hacia los prados suburbanos, dibujadas sus siluetas sobre el fondo de la última luz del ocaso. Su comportamiento era extraño. Al abrigo de las tinieblas, cada vez más densas, se separaban, uno a uno, de las filas, procurando no hacer ruido, se metían en los arbustos y allí se quedaban. Todo esto me parecía tan sorprendente, que, a pesar de mi abatimiento indecible, me levanté de mi piedra y seguí al que tenía más cerca.

Era la temporada —debo añadir— en la cual las malezas suburbanas se cubrían de fruta, o mejor dicho, frutos silvestres de un gusto parecido al de las frambuesas, dulces y sabrosísimas. Yo mismo las devoraba a saciedad, cuantas veces podía escapar de la ciudad de hierro. Mi asombro llegó al colmo cuando vi que mi alabardero se abría la ventanilla con un llavín parecido como dos gotas de agua al que me había dado el funcionario de la División II, arrancaba con ambas manos las frutas y se las metía, como un salvaje, en aquella sima abierta. Masticaba y tragaba con tanto entusiasmo que el ruido se oía donde yo estaba.

—Psst —silbé entre dientes—, tú, óyeme, tú… De un salto se escondió entre los arbustos, pero no huyó; lo hubiera oído. Debió agazaparse en la maleza.

—Escucha —dije a media voz—, no tengas miedo. Soy un hombre. Hombre, ¿me oyes? Yo también voy disfrazado.

Algo como un ojo, desencajado por el miedo y la desconfianza, me escudriñó entre las hojas.

—No sé si creerte puedo, lo tal oyendo —sonó una voz ronca.

—Es como te digo. No tengas miedo. He venido desde la Tierra. Me han enviado aquí para un asunto.

Tuve que hablarle todavía bastante rato para convencerle antes de que se calmara y saliera de la maleza. Tocó mi armadura en la oscuridad.

—¿Hombre eres? ¿Verdad me estás diciendo?

—¿Por qué no hablas como una persona normal?

—Porque ya no sé a la sazón de otro modo platicar. Cinco años ha, el cruel fátum trájome a este lugar… Lo que padecí ni decir puedo… ¡Oh, dichosos mis ojos, que en esta vida contemplar a un viscosón la fortuna os regala!

—¡Cálmate, hombre! ¡Deja de hablar así! Escúchame: ¿no eres acaso de la II?

—Acertaste. Sí soy. Malingraut mandome acá para mi desgracia.

—¿Por qué no huiste?

—Huir non pude, porque me deshicieron a trocitos el cohete. No puedo demorarme más, hermano. Al cuartel debo… ¿Tornaremos a vernos? Ven do el cuartel mañana… ¿Vendrás?

Se lo prometí, sin ni siquiera conocer su aspecto, y nos despedimos. Antes de desaparecer en las tinieblas, me pidió que no me moviera de allí durante un rato. Volví a la ciudad más animado. porque preveía la posibilidad de organizar una conspiración. Para recuperar fuerzas, fui a la primera hostería que encontré y me eché a dormir. A la mañana siguiente, al mirarme en el espejo, advertí una crucecita, trazada con tiza, bajo mi hombrera derecha. Lo comprendí todo al instante. ¡Aquel hombre quería traicionarme, por eso me había marcado! Canalla, repetía en mis adentros, pensando febrilmente cómo debía comportarme. Borré el signo de Judas, pero no me sentí satisfecho. Seguro que ya hizo el informe, pensé; tal vez empezó ya la búsqueda de aquel viscosón desconocido. Mirarán en los registros, en primer lugar cogerán a los más sospechosos: yo estaba allí en sus listas Temblé ante la idea de que me interrogaran de nuevo. Comprendí que debía desviar sus sospechas de mí, y en seguida encontré un modo. Todo el día me quedé en la hostería, maltratando terneros de plástico para despistar. Salí cuando empezaba a anochecer, con un pedazo de tiza escondido en la mano. Tracé por lo menos cuatrocientas cruces en los hierros de los transeúntes; quien pasaba a mi lado, se llevaba su marca. Volví al hostal cerca de medianoche, bastante más tranquilo, y sólo entonces recordé que además del judas con quien había hablado, también otros alabarderos se metían entre los arbustos. Esto me hizo pensar mucho. De pronto se me ocurrió una idea, deslumbrante de tan sencilla. Me marché de la ciudad, a comer frutos silvestres. A poco rato volví a ver aquella gentuza armada. Se iban dispersando poco a poco, desaparecían en la maleza, y sólo se oía desde los arbustos unos soplidos y ruidos de bocazas que masticaban apresuradamente. Después sonaron los chasquidos de los ventalles al cerrarse; toda la compañía salió a la chita callando de los arbustos, todos ahítos de frutos como boas. Me acerqué entonces a ellos; me tomaron en la oscuridad por uno de los suyos. Durante la marcha, dibujé con tiza a mis vecinos unos circulitos, donde fuera. A la puerta de la alabardería me di la vuelta y me marché a mi hostal.

Al día siguiente me senté en un banco delante del cuartel, esperando a que salieran los permisionarios. Divisé a uno con un circulito en el omoplato y le seguí. Cuando, fuera de nosotros dos, no hubo nadie en la calle, le golpeé con un guantelete en el hombro, tan fuerte, que sonó de pies a cabeza y le dije:

—¡En nombre de Su Inductividad! ¡Sígueme! Se asustó tanto que se le empezaron a entrechocar todas las chapas. Ajustó el paso al mío sin decir nada, manso como un corderito. Lo hice entrar en mi cuarto, cerré la puerta y me puse a desenroscarle la cabeza con un destornillador que llevaba encima. Lo conseguí al cabo de una hora. La levanté como si fuera una olla de hierro, descubriendo una cara delgada, de una palidez enfermiza por haber estado tanto tiempo en la oscuridad, con los ojos desencajados por el miedo.

—¿Eres viscosón? —gruñí.

—Sí, vuestra grandeza, pero…

—¿Pero qué?

Pero si figuro en los registros… ¡A Su Inductividad ser fiel juré!

—¿Hace cuanto tiempo? ¡Habla!

—Tres… tres años hace…, señor. ¿Por qué por qué me…?

—Espera —dije—. ¿Conoces a algún otro viscosón?

—¿En la Tierra? Pues así es, vuestra grandeza, merced le pido, yo solo…

—¡No en la Tierra, imbécil! ¡Aquí!

—¡No, ni por pienso! Si a alguno hallo, al instante voy y lo digo, vuestra gran…

—Está bien —dije—. Puedes marcharte. La cabeza te la atornillas tú mismo.

Le metí los tornillos en la mano y le empujé hacia fuera. Oí cómo se ponía el casco con manos temblorosas del susto que había pasado. Me senté en la cama, asombrado de todo lo que había descubierto. Durante toda la semana siguiente tuve muchísimo trabajo: me llevaba de la calle a los transeúntes, al azar, los llevaba a la hostería, y le destornillaba las cabezas. ¡No me había equivocado en mi presentimiento! Todos, todos sin excepción eran hombres. No encontré entre ellos un solo robot. Poco a poco se iba formando en mi cabeza un cuadro apocalíptico…

¡Ese computador era un satanás, un verdadero demonio electrónico! ¡Qué infierno se había incubado en sus alambres candentes! El planeta era húmedo, reumático, muy malsano para los robots que forzosamente tenían que llenarse de orín. Tal vez, con los años, se dejara sentir también la penuria de piezas de recambio, los robots sufrían averías incurables, yendo, uno tras otro, a aquel cementerio de las afueras de la ciudad, donde sólo el viento les chirriaba el tañido fúnebre con las hojas de lata carcomidas. Entonces, viendo cómo se hundían las filas de sus huestes, sabiendo que su poderío se estaba acabando, el computador inventó un ardid genial. De sus enemigos, espías enviados para destruirle, empezó a formar su propio ejército, sus propios agentes, su pueblo. Ninguno de los desenmascarados podía traicionarle: ninguno se atrevía a ponerse en contacto con otros hombres, porque no sabía que no eran robots; y aunque lo supiera, tendría miedo de ser traicionado por el otro, así como quiso hacerlo el primer hombre, disfrazado de alabardero, a quien sorprendí en los arbustos. El computador no se contentaba con la neutralización de sus enemigos, sino que los convertía en los luchadores de su causa; forzándoles a desenmascarar a otros hombres, que seguían viniendo de la Tierra, dio una muestra más de su diabólico ingenio. ¡Quién podía distinguir mejor los hombres de los robots, si no aquellos mismos hombres que conocían al dedillo todas las prácticas de la División II!

Así pues, cada hombre, descubierto como espía, inscrito en los registros, juramentado, se sentía solo temiendo quizá más a sus semejantes que a los robots, ya que no todos los robots tenían que ser por fuerza agentes de policía secreta, mientras que los hombres lo eran todos, sin excepción. De este modo, el monstruo eléctrico nos tenía en la esclavitud, jaqueando a todos con todos. ¿No fueron acaso mis compañeros en el infortunio los que destrozaron mi cohete? ¿No hacían lo mismo con todas las naves terrestres, como supe de boca del alabardero?

«¡Engendro del infierno!», pensaba, temblando de furia. ¡Y como si no bastara con obligamos a traicionar, como si fuera poco que el Departamento le enviara cantidades de hombres para su servicio, encima se los vestían en la Tierra con el mejor equipo inoxidable de calidad extra! ¿Quedaban algunos robots entre aquellos individuos revestidos de hierro? Lo dudaba. Ahora comprendía mejor por que se encarnizaban tanto con los seres humanos. Siéndolo ellos mismos debían, como neófitos, parecer más magnificalios que los robots auténticos. De ahí venía el odio ciego que me manifestaba mi defensor. De ahí el intento canallesco de traicionarme, emprendido por aquel hombre que yo había identificado. ¡0h, bobinas diabólicas, circuitos endemoniados! ¡0h, estrategia eléctrica!

Desvelar el secreto no hubiera servido de nada; a la orden del computador, me habrían echado al calabozo, no me cabía la menor duda: los hombres llevaban demasiado tiempo ya acostumbrados a obedecer, a fingir la lealtad y el amor a ese Belcebú electrificado. ¡Incluso habían olvidado su manera normal de hablar!

¿Qué podía hacer, pues? ¿Penetrar en el palacio? ¡Un verdadero acto de locura! Pero ¿qué otra cosa me quedaba? La situación era intolerable: una ciudad, rodeada de cementerios, último refugio de las huestes del computador, convertidas en montones de herrumbre, y él, que continuaba gobernando, más fuerte que nunca, seguro de sí mismo, porque la Tierra no cesaba de enviarle más y más refuerzos. ¡Qué locura! Cuanto más pensaba, mejor me daba cuenta de que este descubrimiento, hecho seguramente antes por varios de los nuestros, no cambiaba para nada las circunstancias. Un hombre solo no podía hacer nada; tenía que hablar con alguien, confiar en él, lo que no tardarían en saber las autoridades. El inevitable traidor buscaría, evidentemente, un ascenso, una situación de favor cerca de la máquina. «¡Por santo Electricio! —pensé—. Tamaño genio es…». En el mismo instante me di cuenta de que yo también empezaba a arcaizar ligeramente la sintaxis y la gramática, que ya sufría el contagio de aquella enfermedad mental que hace ver el aspecto de los mequetrefes de hierro como el único normal, y el de la cara humana como algo desnudo, feo, indecente… viscosón. «¡Dios mío! Me estoy volviendo loco —pensé—, y los otros deben de llevar tiempo locos de atar… ¡Socorro!»

Después de la noche, pasada en lúgubres devaneos, fui a una tienda del centro de la ciudad, compré por treinta chapas de hierro el cuchillo de carnicero más afilado que pude encontrar, y al anochecer, me metí a escondidas en el inmenso jardín que rodeaba el palacio del computador. Allí, agazapado entre los arbustos, me liberé de la coraza de hierro con la ayuda de unos alicates y un destornillador y, de puntillas, descalzo, subí trepando por el canalón. La ventana estaba abierta. Por el corredor iba y venia un centinela, sonando sordamente. Cuando se hubo vuelto de espaldas al otro extremo del corredor, salté adentro, corrí hacia la puerta más cercana y entré sin ser visto ni oído.

Era la misma sala donde había oído la voz del computador. Estaba casi a oscuras. Aparte la negra cortina y vi la enorme pared del computador, alta hasta el techo, con unos indicadores cuyos discos brillaban como los ojos. A un lado habla una rendija blanca. Era una puerta entornada. Me acerqué a ella de puntillas y contuve la respiración.

El interior del computador se parecía a una pequeña habitación de un hotel de segunda clase. En la pared del fondo había una caja fuerte, no muy grande, a medio abrir, con un manojo de llaves colgando de la cerradura. Detrás del escritorio colmado de papeles estaba sentado un hombre de mediana edad, muy delgado, en un traje gris, con unas fundas protectoras sobre las mangas, usadas habitualmente por los oficinistas. Estaba escribiendo, llenando, hoja tras hoja, unos formularios. Junto a su codo se enfriaba una taza de té. A su lado un platillo de galletas. Entré sin hacer el menor ruido; cerré la puerta; no chirrió.

—Pssst —dije, alzando el cuchillo con ambas manos.

El hombre se estremeció y me miró. El brillo del cuchillo en mis manos le dio un pánico tremendo. Cayó de rodillas, la cara desfigurada por el miedo.

—¡¡No!! —gimió—. ¡¡No!!

—Si levantas la voz, eres cadáver —dije—. ¿Quién eres?

—He… Heptagonio Argusson, vuestra merced.

—No soy ninguna merced. Llámame «señor Tichy». ¿Comprendido?

—¡Si, señor! ¡Si! ¡Si!

—¿Dónde está el computador?

—Se…señor…

—El computador no existe, ¿eh?

—¡Así es! ¡Me dieron órdenes!

—Vaya. ¿Y quién te las dio, si puede saberse? Estaba temblando como una hoja al viento. Me tendió las manos en una súplica muda.

—Esto puede terminar muy mal… —gimió—. ¡Piedad! No me obligue vuestra mer… ¡Perdón, señor Tichy! Yo… yo sólo soy un funcionario, grupo VI de emolumentos…

—No me digas. ¿Y el computador? ¿Y los robots?

—¡Tenga piedad, señor Tichy! ¡Diré toda la verdad! Nuestro jefe… Él lo organizó todo. Se trataba de fondos… del desarrollo de la actividad, de una mayor… e… eficacia operacional… para comprobar las aptitudes de nuestros hombres, pero lo más importante eran los fondos…

—¿Así que todo era fingido? ¿Todo?

—¡No sé! ¡Lo juro! Desde que estoy aquí, no ha cambiado nada, no piense que yo mando aquí, ¡Dios me libre! Me ocupo solamente de actas personales. La cuestión era si nuestros hombres se rendirían al enemigo, en una situación crítica, o si antes aceptarían la muerte.

—¿Y por qué nadie volvía a la Tierra?

—Porque… porque todos traicionaron, señor Tichy…, hasta ahora, ni uno solo quiso morir por la causa de la Pasto…, ¡pfu!, por nuestra causa quería decir, me salió por pura costumbre, comprenda, señor Tichy, once años llevo en este sitio, espero jubilarme dentro de un año, tengo mujer e hijo, señor Tichy, le suplico…

—¡¡Cierra el pico!! —dije, iracundo—. ¡Esperas jubilarte, canalla, ya te jubilaré!

Alcé el cuchillo. Al funcionario le salieron los ojos de las cuencas; empezó a arrastrarse a mis pies.

Le di orden de levantarse. Viendo que la caja tenía una ventanita enrejada, le encerré dentro.

—¡Si abres la boca, si te atreves a gritar o armar ruido, te despedazaré, bellaco!

Después todo fue muy fácil. Pasé una noche no muy descansada, porque me enfrasqué en la lectura de los papeles: eran declaraciones, informes, formularios, cada habitante del planeta tenía su dossier particular. Me preparé sobre el escritorio un colchón de la correspondencia más secreta, porque allí no había nada donde dormir. Por la mañana conecté el micrófono y, como el computador, ordené que toda la población se congregara en la plaza de palacio. Todos debían traer alicates y destornilladores. Cuando se colocaron en la plaza como unas gigantescas figuras de ajedrez hechas de hierro, di la orden de que se destornillaran mutuamente las cabezas a la intención de la capacitancia de san Electricio. A las once empezaron a asomarse las primeras cabezas humanas, se organizó un tumulto, y caos, por doquier se oían gritos, «¡Traición! ¡Traición!», que unos minutos después, cuando la última cazuela de hierro cayó estruendosamente sobre el pavimento, se convirtieron en un atronador alarido de júbilo. Me mostré entonces en mi propia persona y les conminé que se pusieran a trabajar: quería construir una nave grande con los materiales y productos del lugar. Sin embargo, pudimos evitar este esfuerzo, ya que en los subterráneos del palacio había varias naves cósmicas, con depósitos llenos, a punto para el viaje. Antes de arrancar, solté a Argusson de la caja fuerte, pero no lo acepté a bordo ni permití a nadie hacerlo. Le dije que informaría de todo a su jefe, sin olvidar hacerle saber, de la manera mas exhaustiva posible, lo que pensaba de él mismo.

Así terminó aquella expedición, una de las más extraordinarias entre todas las que llevé a cabo. A pesar de todas las fatigas y sufrimientos que me había causado, estaba contento del cariz que habían tomado los acontecimientos, puesto que me fue devuelta la fe, mermada por unos maleantes cósmicos, en la bondad innata de los cerebros electrónicos Qué agradable es pensar, en resumidas cuentas, que sólo el hombre puede ser un canalla.

 

Stabislaw Lem. Diarios de las estrellas.

Este no es el mejor cuento del libro, así que desde aquí os recomendamos que no dejéis de comprarlo, proque cada céntimo que paguéis por él estará bien invertido. Lem es un valor seguro, aunque mucha gente, sobre todo la más joven, no lo conozca aún.

 

Grabloben

 

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