Así sucedió

Publicado por Aristides el Justo el Tuesday, November 10th, 2009 a las 9:43 pm

terrateniente Ni tirando de sus recuerdos más recientes encontró ningun indicio o aviso de que Pedro Matallana, el amo del pueblo, se fuera a suicidar. Pero lo supo sin más indagaciones, con el relámpago de la certeza, nada más personarse para levantar el cadáver.

 A despecho de su fama de juez meticuloso, apenas se fijó en el muerto y comenzó a trepar por las piedras arriscadas que lo habían destrozado. En pocos minutos coronó el alcor y pudo respirar hondo el aire sonrosado del atardecer.

Desdeñando los sonidos que le llegaban de las inmediaciones del cadáver, se sentó en la roca que Pedro Matallana había casi ahormado a sus glúteos, de tanto usarla. Era un trono sobre la llanura, cuyos verdes y amarillos se rendían a la magnificencia fría de su atalaya. Respiró hondo otra vez el aire quieto, al tiempo que barría con el pie las cenizas del último puro que Pedro Matallana consumió, señor humeante de sus dominios.

Supuso que los casi ochenta años del muerto tenían algo que ver con el despeñamiento. En vida había sido un ser implacable, dispuesto a taladrar el mundo con el único ojo que le dejaron los indios mapuches. Pero ya se habían apagado sus ansias de posesión. Un hijo drogadicto, una hija malcasada con un lechuguino de ciudad que la sometía a todas las vejaciones imaginables, otro hijo incapaz de llevar las tierras con aprovechamiento. Nietos deformes, socios felones, engaño y decepción por todas partes. Tanta lucha para qué.

La llanura domeñada, los trigales, las mantas de girasoles, el sudor de los peones, y todo para qué. La silla de roca en lo alto del alcor no le confió el secreto de que Pedro Matallana era impotente. Del cáncer de próstata, ocultado a los desvelos del médico del pueblo, no le importaba tanto el dolor como aquella sensación nauseabunda de invalidez. Pero la silla de piedra, reina de las viñas y de la avena, no le contó al juez que Pedro Matallana se agarraba los testículos atróficos y apenas podía contener su navaja albaceteña y rabiosa. Para qué.

 Hay un muerto al pie del risco, hay un crepúsculo cerniéndose sobre los cultivos, hay un aire liviano como un suspiro. Y una piedra en forma de silla aplacando los afanes de los muertos y los vivos, ajena a las tragedias que nunca la conmueven. Y un juez respirando, taciturno, la futilidad.

 

JMLV

(Auqne tenemos alguna idea al respecto, no podemos estar seguros de la identidad que corresponde a estas siglas, con lo que nos limitamos a repetirlas. Si el autor desea que aparezca su nombre completo no tiene más que dirigirse a nosotros)

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