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	<title>CUENTOS CRUELES &#187; Situaciones crueles</title>
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	<description>Cuentos para pensar. Cuentos de miedo. Relatos malvados. Historias malignas. Narrativa inteligente fuera de las normas morales.</description>
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		<title>LA LECCION DEL MAESTRO</title>
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		<pubDate>Sun, 02 May 2010 04:19:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Henry James]]></category>
		<category><![CDATA[Putadas y jugarretas]]></category>
		<category><![CDATA[Situaciones crueles]]></category>

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 Le habían dicho que las señoras estaban en la iglesia, pero supo que no era así por lo que vio desde lo alto de las escaleras ?descendían desde una gran altura en dos brazos, describiendo un círculo de un efecto encantador?, en el umbral de la puerta que, desde la larga y clara galería, dominaba [...]]]></description>
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<p><img class="alignleft size-full wp-image-24" style="margin: 5px; border: black 2px solid;" title="hjames" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/hjames.jpg" alt="hjames" width="374" height="522" /> Le habían dicho que las señoras estaban en la iglesia, pero supo que no era así por lo que vio desde lo alto de las escaleras ?descendían desde una gran altura en dos brazos, describiendo un círculo de un efecto encantador?, en el umbral de la puerta que, desde la larga y clara galería, dominaba el inmenso jardín. Tres caballeros, sobre la hierba, a cierta distancia, se hallaban sentados bajo los grandes árboles, mientras que la cuarta figura lucía un vestido rojo que destacaba como un «poco de color» entre el verde fresco e intenso. El sirviente había acompañado a Paul Overt hasta presentarle esta escena, después de preguntar si deseaba ir primero a su habitación. El joven declinó tal privilegio, consciente de no haber sufrido deterioro alguno con un viaje tan corto y fácil y siempre deseoso de adueñarse de inmediato, por su propia percepción, de un nuevo escenario. Permaneció allí un momento, con los ojos en el grupo y en el cuadro admirable: los amplios terrenos de una antigua casa de campo próxima a Londres ?eso sólo lo mejoraba?, un espléndido domingo de junio.</p>
<p> ?Pero, esa dama, ¿quién es? ?dijo al sirviente antes de que el hombre lo dejara.</p>
<p> ?Creo que es Mrs. St. George, señor.</p>
<p> ?Mrs. St. George, esposa del distinguido&#8230; ?entonces Paul Overt se detuvo, dudando si este servidor lo sabría.</p>
<p> ?Sí, señor&#8230; Probablemente, señor ?dijo su guía, que parecía querer indicar que un huésped de Summersoft sería, naturalmente, siquiera sólo por alianza, distinguido. Su tono, sin embargo, hizo que el pobre Overt apenas se sintiera así en ese momento.</p>
<p> ?¿Y los caballeros? ?prosiguió Overt.</p>
<p> ?Verá, señor, uno de ellos es el General Fancourt.</p>
<p> ?Ah, sí, lo sé; gracias ?el General Fancourt era distinguido, no había duda de ello, por algo que había hecho, o incluso quizá que no había hecho ?el joven no recordaba cuál de las dos cosas? unos años antes en la India. El sirviente se marchó, dejando las puertas de cristal abiertas hacia la galería, y Paul Overt se quedó de pie en el nacimiento de la amplia escalera doble, diciéndose que el lugar era bonito y prometía una estancia agradable, mientras se apoyaba en la vieja barandilla de hierro finamente trabajada, que, al igual que el resto de los detalles, era del mismo período que la casa. Todo estaba acorde y hablaba al unísono, con una voz única: una rica voz inglesa de comienzos del siglo XVIII. Podía haber sido la hora de ir a la iglesia de un día de verano en el reinado de la reina Ana; la quietud era demasiado perfecta para ser moderna, la cercanía contaba como distancia, y había algo muy fresco y seguro en la originalidad de la casa grande y uniforme, en la superficie de los preciosos ladrillos más rosados que rojos y que habían sido despejados de desaliñadas plantas trepadoras, según la ley por la que una mujer de cutis poco común desdeña un velo. Cuando Paul Overt se dio cuenta de que los que estaban bajo los árboles habían advertido su presencia, dio media vuelta y por las puertas abiertas penetró en la gran galería que era el orgullo del lugar. Cruzaba de lado a lado y, con sus colores intensos, las altas ventanas, las zarazas de flores desvaídas, los retratos y cuadros de fácil reconocimiento, la porcelana azul y blanca de las vitrinas y las guirnaldas y rosetones sutiles del techo, parecía una alegre avenida tapizada que llevara al otro siglo.</p>
<p> Nuestro amigo se sentía ligeramente nervioso; eso estaba acorde con su carácter de estudioso de la bella prosa, acorde con la disposición general del artista para vibrar; y había una particular emoción en la idea de que Henry St. George pudiera ser un miembro del grupo. Para el joven aspirante había seguido siendo una elevada figura literaria, a pesar del menor nivel de producción al que había descendido tras sus tres primeros grandes éxitos, de la relativa ausencia de calidad en su obra posterior. Había habido momentos en que Paul Overt casi había derramado lágrimas por ello; pero ahora que se encontraba cerca de él ?nunca lo había visto? sólo tenía conciencia de la hermosa fuente original y de su propia e inmensa deuda. Tras haber recorrido la galería una o dos veces, volvió a salir y descendió por la escalera. Se hallaba apenas provisto de cierta osadía social ?era una verdadera debilidad en él? de modo que, consciente de su falta de familiaridad con las cuatro personas distantes, dio paso a unos movimientos recomendados por el hecho de no haberse visto comprometido a un claro acercamiento. Había en eso una exquisita rigidez inglesa: él también la sintió mientras seguía un curso vago y oblicuo por el césped, tomando un rumbo independiente. Por fortuna había una claridad inglesa igualmente exquisita en la manera en que uno de los caballeros se levantó y se dispuso como a «acecharlo», si bien con aire conciliador y de afianzamiento. Paul Overt respondió de inmediato a tal gesto, aunque el caballero no fuera su anfitrión. Era alto, erguido y mayor y, como la gran casa misma, tenía una cara sonriente y rosada, y, además, un bigote blanco. Nuestro joven le salió al encuentro mientras el hombre decía sonriendo:</p>
<p> ?Eh&#8230; Lady Watermouth nos dijo que usted venía; me pidió que sólo lo cuidara ?Paul Overt le dio las gracias, con lo que le resultó grato al momento, y se volvió con él para dirigirse hacia los otros?. Todos se han ido a la iglesia&#8230; todos menos nosotros ?continuó el extraño mientras andaban?; estamos ahí sentados, es un lugar tan alegre. ?Overt declaró que era alegre en verdad: era un lugar encantador. Comentó que estaba sintiendo tan agradable impresión por primera vez.</p>
<p> ?Ah, ¿no había estado aquí nunca? ?dijo su acompañante?. Es un bonito rincón, no hay mucho que <em>hacer</em>, ¿sabe? ?Overt se preguntó qué era lo que quería «hacer»; a él, en particular, le parecía estar haciendo tanto. Cuando llegaron a donde se hallaban los demás, ya había reconocido a su iniciador como a un militar y ?así trabajaba la imaginación de Overt? lo había encontrado aún más simpático. Tendría una necesidad natural de acción, de hechos que desentonaran con la pacífica escena pastoril. Sin embargo, tenía evidentemente tan buen carácter, que aceptaba por lo que valía una ocasión tan desprovista de gloria. Paul Overt la compartió con él y sus acompañantes durante los veinte minutos siguientes; esas personas lo miraron y él las miró sin saber muy bien quiénes eran, mientras la convesación continuaba sin que ni siquiera supiera qué significaba. La verdad es que parecía no significar nada en particular; transcurría, con pausas intrascendentes sin sentido y cortos vuelos terrestres, entre nombres de personas y lugares, nombres que, para nuestro amigo, no tenían gran poder de evocación. Todo era sociable y lento, lo propio y natural de una cálida mañana de domingo.</p>
<p> Dedicó su primera atención a la pregunta, planteada para sí mismo, de si uno de los dos hombres más jóvenes sería Henry St. George. Conocía a muchos de sus distinguidos contemporáneos a través de sus fotos, pero nunca, como solía ocurrir, había visto un retrato del gran novelista descarriado. Era inimaginable de uno de los caballeros: demasiado joven; y el otro apenas parecía lo bastante inteligente, con unos ojos tan mansos y poco discernidores. Si esos ojos fueran los de St. George, el problema que plantearían los elementos inarmónicos de su genio sería aún más difícil de resolver. Además, el comportamiento de su dueño no era, respecto a la dama del vestido rojo, el que pudiera ser natural hacia la esposa de su corazón, incluso para un escritor acusado por varios críticos de sacrificar demasiado a la forma. Por último, Paul Overt tuvo la vaga sensación de que, si el caballero de ojos inexpresivos fuera el dueño del nombre que había hecho que su corazón latiera más de prisa (también tenía unas convencionales y contradictorias patillas; el joven admirador de la celebridad nunca se había forjado la visión mental de la cara <em>de él</em> en marco tan vulgar), le habría hecho una señal de reconocimiento o de cordialidad, habría oído hablar un poco de él, sabría algo de <em>Ginistrella</em>, se habría percatado de cómo esa nueva obra había llamado la atención de la verdadera crítica. Paul Overt tenía miedo de ser demasiado orgulloso, pero incluso una modestia mórbida podría considerar la autoría de <em>Ginistrella</em> como un grado de identidad. Su soldadesco amigo dio las explicaciones necesarias: él era «Fancourt», pero también era «el General», y en unos pocos instantes comunicó al nuevo visitante que acababa de regresar después de veinte años de servicio en el extranjero.</p>
<p> ?¿Y se queda ahora en Inglaterra? ?preguntó el joven.</p>
<p> ?Oh, sí; he comprado una pequeña casa en Londres.</p>
<p> ?Espero que le guste ?dijo Overt mirando a Mrs. St. George.</p>
<p> ?Una casita en Manchester Square&#8230; el entusiasmo que <em>eso</em> inspira tiene un límite.</p>
<p> ?Me refería a estar en Inglaterra otra vez, a estar de vuelta en Piccadilly.</p>
<p> ?A mi hija le gusta Piccadilly, eso es lo principal. Es muy aficionada al arte, la música y la literatura y a todo ese tipo de cosas. Lo echaba de menos en la India y lo encuentra en Londres, o espera encontrarlo. Mr. St. George ha prometido ayudarla, ha sido amabilísimo con ella. Ha ido a la iglesia, también es aficionada a eso, pero todos estarán de vuelta dentro de un cuarto de hora. Debe permitirme que se la presente, se alegrará tanto de conocerlo. Es posible que haya leído cada bendita palabra que ha escrito usted.</p>
<p> ?Estaré encantado, no he escrito tantas ?suplicó, sintiendo, sin resentimiento, que el General, al menos, era la vaguedad misma a ese respecto. Pero le extrañaba un poco que, expresando esa cordial disposición, no se le ocurriera al sin duda eminente soldado pronunciar la palabra que lo pusiera en relación con Mrs. St. George. Si era cuestión de presentaciones, Miss Fancourt ?al parecer aún soltera? se encontraba lejos, mientras que la esposa de su ilustre <em>confrère</em> se hallaba casi entre ellos. A Paul Overt esta dama le pareció bella en conjunto, con una sorprendente juventud y una suprema elegancia de aspecto, algo que ?difícilmente podría explicar por qué? provocaba desconcierto. Desde luego, Saint George tenía todo el derecho a poseer una esposa encantadora, pero él mismo no habría imaginado nunca a la importante mujercita del agresivo vestido parisino como a la compañera de por vida, el <em>alter ego</em>, de un hombre de letras. En general, esa compañera, lo sabía, ese segundo yo, distaba mucho de presentarse a sí misma como un tipo sencillo: la observación le había enseñado que no era inveterada ni necesariamente simple. Nunca la había visto dar más la impresión de que su prosperidad tenía cimientos más profundos que una mesa manchada de tinta y cubierta de pruebas de imprenta. Mrs. St. George podría haber sido la mujer de un señor que más que escribir libros los «llevara», que anduviera con grandes negocios en la City y cerrara tratos mejores de los que generalmente cierran con sus agentes los poetas. Con esto, ella daba a entender un éxito más personal, un éxito que de manera peculiar marcaba la era en que la sociedad, el mundo de la conversación, es un gran salón con la City por antesala. Al principio Overt le calculó unos treinta años, y terminó por creer que podría estar acercándose a los cincuenta. Pero en este caso la mujer hacía desaparecer de alguna manera el exceso y la diferencia, que podían vislumbrarse sólo rara vez, tal como el conejo en la manga del mago. Era extraordinariamente blanca, y cada uno de sus rasgos y detalles era bello; los ojos, las orejas, el cabello, la voz, las manos, los pies ?a los que su postura informal en la silla de mimbre brindaba lugar destacado? y las numerosas cintas y chucherías de que se hallaba engalanada. Daba la impresión de que se había puesto su mejor vestido para ir a la iglesia y después había decidido que era demasiado bueno para eso y se había quedado en casa. Contó una historia de cierta extensión sobre la ruín manera en que Lady Jane había tratado a la duquesa, y también una anécdota en relación con una compra que había hecho en París, a su regreso de Cannes; la había hecho para Lady Egbert, quien no llegó a devolver el dinero. Paul Overt sospechó de ella una tendencia a imaginarse gente importante más grande que la vida, hasta que advirtió la manera en que manejaba a Lady Egbert, con una rebeldía tan acentuada que lo tranquilizó. Creía que habría podido comprenderla mejor si hubiera logrado encontrar sus ojos; pero ella apenas llegó a mirarlo.</p>
<p> ?¡Ah, aquí vienen&#8230; los buenos! ?dijo por fin; y Paul Overt admiró desde su lugar el regreso de los fieles, varias personas, en grupos de dos y tres, que avanzaban entre un fluctuar de luz y sombra, al final de la gran avenida verde que formaban el césped cortado y un túnel de ramas.</p>
<p> ?Si con eso quiere dar a entender que <em>nosotros</em> somos malos, protesto ?dijo uno de los caballeros?, ¡después de haber estado uno haciéndose el simpático toda la mañana!</p>
<p> ?Ah, ¡si es que los demás lo han encontrado simpático..! ?exclamó alegremente Mrs. St. George?. Pero si nosotros somos buenos, los otros lo son más.</p>
<p> ?Entonces deben ser unos ángeles ?dijo el General, divertido.</p>
<p> ?Su marido fue un ángel, hay que ver cómo se marchó cuando usted se lo ordenó ?declaró a Mrs. St. George el caballero que había hablado primero.</p>
<p> ?¿Que se lo ordené?</p>
<p> ?¿No lo hizo ir a la iglesia?</p>
<p> ?En mi vida le he ordenado que haga nada excepto una vez, cuando lo hice quemar un mal libro. ¡Eso es todo!</p>
<p> Con su «eso es todo» nuestro joven amigo estalló en una risa incontenible; sólo duró un segundo, pero atrajo los ojos de ella. Él los sostuvo, mas no el tiempo suficiente para ayudarlo a entenderla mejor; a no ser que supusiera un paso adelante el comprender al momento que el libro quemado ?¡de qué manera aludió a él!? había sido una de las mejores cosas de su marido.</p>
<p> ?¿Un mal libro? ?repitió su interlocutor.</p>
<p> ?No me gustaba. Fue a la iglesia porque iba su hija ?dijo al General?. Considero mi deber llamar su atención hacia las extraordinarias atenciones que tiene para con su hija.</p>
<p> ?Si a usted no le importa, a mí tampoco ?rió el General.</p>
<p> ?<em>Il is&#8217;attache à ses pas</em>. Pero no me extraña, es encantadora.</p>
<p> ?¡Espero que ella no lo obligue a quemar ningún libro! ?se aventuró a exclamar Paul Overt.</p>
<p> ?Sería más oportuno que lo hiciera escribir alguno ?dijo Mrs. St. George?. ¡Ha estado tan vago últimamente&#8230;!</p>
<p> Nuestro joven le clavó la mirada: lo impresionaba la fraseología de la dama. Su «escribir alguno» le pareció casi tan bueno como su «eso es todo». ¿Es que no sabía, como mujer de un artista poco común, lo que costaba producir <em>una</em> obra de arte perfecta? En su interior estaba convencido de que, por muy admirablemente que escribiera Henry St. George, durante los últimos diez años, en especial los últimos cinco, había escrito demasiado, y hubo un instante en el que sintió la exigencia interior de hacer esto público. Pero antes de que hablara, el regreso de los que se habían ausentado produjo una desviación. Se acercaron de manera dispersa ?eran ocho o diez? y el círculo de debajo de los árboles se reorganizó cuando se instalaron en él. Lo hicieron mucho mayor, y Paul Overt sintió ?siempre estaba sintiendo ese tipo de cosas, como se decía a sí mismo? que si ya había resultado interesante observar a los demás, ahora el interés se intensificaría. Estrechó la mano de su anfitriona, quien le dio la bienvenida sin muchas palabras, al estilo de una mujer capaz de confiar en que él entendería, y consciente de que una ocasión tan agradable habla por sí misma en todos los sentidos. Ella no le ofreció ninguna facilidad especial para que se pusiera a su lado, y cuando todos se hubieron acomodado de nuevo, se encontró aún junto al General Fancourt, y con una dama desconocida al otro lado.</p>
<p> ?Esa es mi hija, ésa de enfrente ?dijo el General sin pérdida de tiempo. Overt vio a una chica alta, de magnífico pelo rojizo, con un vestido de un bello tono verde grisáceo y una sedosa caída, una prenda que claramente eludía todo efecto moderno. Por tanto, tenía en cierto modo el sello de la última novedad, y nuestro observador no tardó en considerar a la joven como a una persona contemporánea.</p>
<p> ?Es muy hermosa, muy hermosa ?repitió mientras la estudiaba. Había algo noble en su cabeza, y ofrecía un aspecto fresco y fuerte.</p>
<p> Su buen padre la observó con complacencia, comentando en seguida:</p>
<p> ?Da la impresión de estar acalorada&#8230; eso es el paseo. Pero pronto se recuperará. Entonces haré que se acerque y hable con usted.</p>
<p> ?Sentiría causarle esa molestia. Si usted me llevara <em>allí</em>. ?murmuró el joven.</p>
<p> ?Mi querido señor, ¿supone usted que eso me molestaría? No lo digo por usted, sino por Marian ?añadió el General.</p>
<p> ?<em>Yo</em> me tomaría la molestia por ella al instante ?replicó Overt; después de lo cual continuó?: ¿Será tan amable de decirme cuál de esos caballeros es Henry St. George?</p>
<p> ?El tipo que está hablando con mi hija. Caramba, está flirteando con ella. Se van a dar otro paseo.</p>
<p> ?Ah, ¿es ése, de verdad? ?nuestro amigo sintió cierta sorpresa, pues el personaje que había ante él parecía turbar una visión que había sido vaga sólo por no estar enfrentada con la realidad. En cuanto la realidad se hizo patente, la imagen mental, retirándose con un suspiro, se hizo lo bastante sustancial como para sufrir un leve agravio. Overt, que había pasado una parte considerable de su corta vida en el extranjero, hizo ahora, mas no por vez primera, la reflexión de que, mientras que en esos países casi siempre había reconocido al artista y al hombre de letras por su «tipo» personal, la forma de su cara, el carácter de su cabeza, la expresión de su figura, e incluso los indicios que presentaba su ropa, en Inglaterra esta identificación era lo menos lógica posible gracias a la mayor conformidad, al hábito de hundir la profesión en lugar de anunciarla, a la difusión general del aire del caballero, del caballero que no se declara a favor de un tipo especial de ideas. Más de una vez, al volver a su país, se había dicho con respecto a la gente que había conocido en sociedad: «Se los ve en este y ese lugar, e incluso se habla con ellos; pero para averiguar lo que <em>hacen</em> habría que ser detective.» Con respecto a varios individuos por cuyo trabajo sentía lo contrario de una «atracción» ?quizá se equivocaba? se encontró añadiendo: «No me extraña que lo oculten&#8230; cuando es tan malo.» Notó que con más frecuencia que en Francia y Alemania su artista parecía un caballero ?es decir, un caballero inglés? mientras que, por supuesto con algunas excepciones, su caballero no parecía un artista. St. George no era una de las excepciones; esa circunstancia la percibió con certeza antes de que el gran hombre se diera vuelta para alejarse con Miss Fancourt. Desde luego tenía mejor aspecto por detrás que cualquier hombre de letras extranjero, se mostraba bellamente correcto con su chistera negra y su levita de calidad superior. En cierto modo, no obstante, esas mismas prendas ?no le hubieran importado tanto en un día laborable? a Paul Overt le resultaban desconcertantes, y olvidó por el momento que el cabeza de la profesión no estaba vestido ni un poco mejor que él. Había vislumbrado una cara regular, un color fresco, un bigote castaño, y un par de ojos a los que seguramente nunca había visitado el frenesí, y se prometió a sí mismo que estudiaría estas señales en la primera ocasión. La impresión superficial que recibió fue que su propietario podría haber pasado por un caballero que se dirigiera con rumbo este cada mañana desde las salubres afueras, en un elegante <em>dog?car</em>. Ello confirmaba la impresión que ya había producido su esposa. La mirada de Paul, tras un momento, volvió a dirigirse a esta dama, y vio que la de ella había seguido a su marido mientras se alejaba con Miss Fancourt. Overt se permitió preguntarse un poco si sentía celos cuando otra mujer se lo llevaba. Entonces vio que Mrs. St. George no estaba observando a la indiferente doncella. Sus ojos descansaban sólo en su marido, y con una serenidad inequívoca. Así quería ella que fuera él, le gustaba su uniforme convencional. Overt deseó saber más cosas del libro que ella le había inducido a destruir.</p>
<p> </p>
<p><strong>                                                                                                       2</strong></p>
<p> </p>
<p> Cuando salían todos de comer, el General Fancourt lo agarró con un «Oiga, ¡quiero que conozca a mi chica!», como si acabara de ocurrírsele la idea y no hubiese hablado antes de eso. Con la otra mano se apoderó paternalmente de la joven.</p>
<p> ?Lo sabes todo de él. Te he visto con sus libros. Ella lo lee todo&#8230; ¡todo! ?continuó diciendo a Paul. La muchacha le sonrió y después se rió con su padre. El General se alejó y su hija habló:</p>
<p> ?¿No es delicioso, papá?</p>
<p> ?Lo es, sin duda, Miss Fancourt.</p>
<p> ?¡Como si lo leyera a usted, porque lo leo «todo»!</p>
<p> ?No lo decía por eso ?dijo Paul Overt?. Me gustó desde el momento en que empezó a ser amable conmigo. Luego me prometió este privilegio.</p>
<p> ?No lo quiere decir por usted, sino por mí. Si usted se imagina que alguna vez piensa en algo que no sea yo, está en un error. Me presenta a todo el mundo. Me cree insaciable.</p>
<p> ?Habla usted exactamente igual que él ?rió nuestro joven.</p>
<p> ?Ah, pero a veces es porque quiero ?y la muchacha se ruborizó?. No lo leo todo, leo muy poco. Pero lo <em>he leído</em> a usted.</p>
<p> ?¿Le parece que entremos en la galería? ?dijo Paul Overt.</p>
<p> Ella lo complacía enormemente, no tanto por su último comentario ?aunque por supuesto eso no era demasiado desconcertante?, como porque, sentada frente a él durante el almuerzo, le había ofrecido durante media hora la impresión de su bella cara. Con esto había llegado algo más, una sensación de generosidad, de un entusiasmo que, al contrario que muchos entusiasmos, no era todo ademán. Eso, para él, no se vio arruinado al comprobar que la comida la había puesto de nuevo en familiar contacto con Henry St. George. Sentado al lado de ella, el hombre célebre se encontraba también frente a nuestro joven, quien había podido advertir que multiplicaba las atenciones poco antes señaladas por su esposa al General. Paul Overt también había llegado a la conclusión de que la dama no estaba desconcertada en lo más mínimo por estos fervorosos excesos y de que daba muestras de poseer un espíritu despejado. Tenía a Lord Masham a un lado y al otro al experto Mr. Mulliner, director de un nuevo y enérgico periódico vespertino de clase alta, que se esperaba que cubriese la necesidad, sentida en los círculos cada vez más conscientes, de que el conservadurismo debía hacerse divertido, y no convencidos cuando los de otro color político aseguraban que ya lo era bastante. Al cabo de una hora transcurrida en su compañía, Paul Overt la consideró aún más hermosa que en la primera irradiación, y si sus profanas alusiones al trabajo de su marido no hubieran seguido resonando en sus oídos, ella le habría gustado&#8230; siempre y cuando eso pudiera suceder con una mujer con quien no había hablado todavía y con quien probablemente no hablaría nunca, si de ella dependiera. Las mujeres lindas constituían una clara necesidad para este genio y por el momento era Miss Fancourt quien la cubría. Si Overt se había prometido un examen más detallado, la ocasión era ahora óptima, y produjo consecuencias que el joven consideró importantes. Vio más cosas en la cara de St. George, que le gustaron más por no haber revelado la historia completa en los tres primeros minutos. Esa historia iba manifestándose a medida que uno leía, en cortas entregas ?el que las analogías de uno fueran en cierto modo profesionales era excusable? el texto era de un estilo considerablemente enrevesado, con un lenguaje difícil de interpretar sobre la marcha. Había en él matices de significado y una vaga perspectiva histórica, que retrocedía cuando uno avanzaba. Paul Overt había prestado atención a dos hechos en particular. El primero de ellos era que le gustaba mucho más la máscara mesurada en inescrutable reposo que en agitación social; su sonrisa casi convulsiva era lo que más le desagradaba (todo lo que podía desagradarle era cualquier impresión derivada de esa fuente), mientras que la cara tranquila tenía un encanto que aumentaba a medida que la quietud volvía a aposentarse. El cambio a la expresión de alegría, observó, provocaba en gran medida la íntima protesta de una persona que se encuentra en la penumbra cuando traen una lámpara demasiado pronto. Su segunda reflexión fue que, aunque en general sentía aversión hacia el uso flagrante de artes zalameras por parte de un hombre de edad al «cortejar» a una linda chica, en este caso no le resultaba demasiado doloroso: lo cual parecía demostrar o bien que St. George tenía mano o el aspecto de ser más joven de lo que era, o bien que en cierto modo la actitud de Miss Fancourt lo enmendaba todo.</p>
<p> Overt entró con ella en la galería y la recorrieron hasta el final, mirando los cuadros, las vitrinas, el panorama encantador que armonizaba con la perspectiva de una tarde de verano, asemejándose a ella por su larga claridad, con grandes divanes y sillas antiguas, que representaban horas de descanso. Un lugar así tenía, por añadidura, el mérito de ofrecer a los que en él entraban mucho de que hablar. Miss Fancourt se sentó con su nuevo conocido en un sofá floreado, cuyos almohadones, muy numerosos, eran antiguos cubos apretados de distintos tamaños, y dijo al poco tiempo:</p>
<p> ?Me alegro mucho de tener la ocasión de darle las gracias.</p>
<p> ?¿De darme las gracias? ?tuvo que preguntar.</p>
<p> ?Su libro me gustó mucho. Lo considero espléndido.</p>
<p> Estaba allí, sentada, sonriéndole, y él no llegó a preguntarle a qué libro se refería; porque después de todo había escrito tres o cuatro. Eso parecía un detalle vulgar, y ni siquiera se sintió gratificado con la idea del placer que ella le dijo ?su cara bella y luminosa se lo dijo? que le había proporcionado. El sentimiento que ella inspiraba, o en cualquier caso el que provocaba, era algo mayor, algo que poco tenía que ver con cualquier latido acelerado de la propia vanidad de él. Era una sensible admiración por la vida que ella encarnaba, cuya pureza juvenil y opulencia parecían querer decir que el éxito verdadero había de parecerse a eso, vivir, florecer, presentar la perfección de un tipo exquisito, no haber creado a martillazos fantasías punzantes, con la espalda encorvada sobre una mesa sucia de tinta. Mientras descansaban en él sus ojos verdes ?estaban bien separados y el arreglo de sus cabellos de tan hermoso color, tan espesos que se aventuraban a ser suaves, describía sobre ellos un arco grácil?, casi se sintió avergonzado de ese ejercicio de la pluma que ella se inclinaba a elogiar en ese momento. Era consciente de que le hubiera gustado más complacerla de alguna otra manera. Las arrugas de su cara eran las de una mujer adulta, pero la niña permanecía en el cutis y en la dulzura de la boca. Por encima de todo era natural, eso ahora resultaba indudable; más natural de lo que al principio había supuesto, quizás debido a su ropa bonita, que era convencionalmente poco convencional y sugería lo que él podría haber llamado una espontaneidad tortuosa. Había temido ese tipo de cosas en otras ocasiones, y sus temores habían sido justificados; ya que, aun siendo en esencia un artista, la moderna ninfa reaccionaria, con las zarzas del bosque prendidas de sus pliegues y el aspecto de que los sátiros habían estado jugando con su pelo, lo hacía encogerse, no como un hombre de almidón y charol, sino como un hombre que en potencia fuera un poeta, o incluso un fauno. La muchacha era realmente más franca que su vestido, y la mejor prueba de ello era que supusiese que a su carácter liberal le sentaba bien cualquier uniforme. Eso era una falacia, puesto que estaba seguro de que aunque estuviera vestida de pesimista le gustaba el sabor de la vida. Overt le agradeció su apreciación, consciente al mismo tiempo de que no parecía agradecérselo lo suficiente y de que ella podría considerarlo ingrato. Tenía miedo de que le pidiera que le explicara algo de lo que había escrito, y siempre se estremecía ante eso ?quizás con demasiada timidez?, porque en sus oídos la explicación de una obra de arte sonaba fatua. Pero ella le gustaba tanto que estaba seguro de que al final sería capaz de demostrarle que no era groseramente evasivo. Además, seguro que no se ofendía fácilmente, no era irritable; se podía confiar en que esperaría. De modo que cuando él le dijo, «Ah, no hable de lo que he hecho, no hable de eso <em>aquí</em>, ¡hay otro hombre en la casa que es la actualidad&#8230;!», cuando formuló esta corta y sincera protesta, lo hizo con la intención de que ella no viera en esas palabras ni humildad fingida ni la impaciencia de un hombre de éxito que se aburre con la lisonja.</p>
<p> ?Usted se refiere a Mr. St. George&#8230; ¿no es encantador?</p>
<p> Paul Overt encontró sus ojos, los cuales tenían una luz de mañana fresca, que le habrían medio roto el corazón si no hubiera sido tan joven.</p>
<p> ?Me temo que no lo conozco. Sólo lo admiro a distancia.</p>
<p> ?<em>Tiene</em> que conocerlo, desea tanto hablar con usted ?respondió Miss Fancourt, quien evidentemente tenía la costumbre de decir las cosas que, según sus rápidos cálculos, complacerían a la gente. Paul se dio cuenta de que sus cálculos siempre se basarían en el supuesto de que todo era sencillo entre los demás.</p>
<p> ?No me habría imaginado que supiera nada de mí ?declaró.</p>
<p> ?Pues lo sabe&#8230; todo. Y si no lo supiera podría decírselo yo.</p>
<p> ?¿Decirle todo? ?sonrió nuestro amigo.</p>
<p> ?¡Habla usted como la gente de sus libros! ?respondió ella.</p>
<p> ?Entonces deben hablar todos igual.</p>
<p> Se quedó pensando un momento, ni una pizca desconcertada.</p>
<p> ?Debe ser tan difícil. Mr. St. George me dice que lo <em>es</em>&#8230; terrible. Yo también lo intenté&#8230; y lo encuentro así. Intenté escribir una novela.</p>
<p> ?Mr. St. George no debiera desanimarla ?llegó a decir Paul.</p>
<p> ?Usted hace mucho más&#8230; adoptando esa expresión.</p>
<p> ?Pero, después de todo, ¿por qué intentar ser artista? ?prosiguió el joven?. Es tan pobre&#8230; ¡tan pobre!</p>
<p> ?No sé qué quiere decir ?dijo Miss Fancourt, que tenía aspecto grave.</p>
<p> ?En comparación con ser una persona de acción, con vivir las propias obras.</p>
<p> ?Pero, ¿qué es el arte sino una vida intensa&#8230;, si fuera real? ?preguntó ella?. Creo que es la única, ¡todo lo demás es tan tosco! ?su compañero se rió y ella expresó con su encantadora serenidad lo que se le ocurrió a continuación?. Es muy interesante conocer a tanta gente célebre.</p>
<p> ?Eso creería&#8230; pero seguro que eso no es nuevo para usted.</p>
<p> ?Pero si nunca he visto a nadie, a nadie: viviendo siempre en Asia.</p>
<p> La manera en que hablaba de Asia de algún modo lo hechizaba.</p>
<p> ?Pero, ¿no está ese continente plagado de grandes figuras? ¿No ha administrado usted provincias en la India y ha encadenado a su coche a rajás cautivos y a príncipes tributarios?</p>
<p> Era como si ni siquiera le importase a ella que él <em>quisiera</em> divertirse a su costa.</p>
<p> ?Fui allá con mi padre, al salir del colegio. Fue delicioso estar con él; él y yo estamos solos en el mundo&#8230;, pero no existía la sociedad que a mí más me gusta. Nunca se oía hablar de un cuadro, nunca de un libro, excepto de los malos.</p>
<p> ?¡Nunca de un cuadro! Pero, ¿no era toda la vida un cuadro?</p>
<p> Abarcó con la mirada el delicioso lugar donde estaban sentados.</p>
<p> ?Nada que pueda compararse con esto. ¡Adoro Inglaterra!</p>
<p> Ello hizo que vibrara en él la cuerda sagrada.</p>
<p> ?No niego, por supuesto, que tengamos que hacer algo con ella, la pobre, ya.</p>
<p> ?La verdad es que todavía no ha sido tocada ?dijo la muchacha.</p>
<p> ?¿Dijo eso Mr. St. George?</p>
<p> Había en su pregunta, como él sintió, una pequeña e inocente chispa de ironía; a la que, no obstante, contestó ella de manera muy sencilla, sin advertir la insinuación.</p>
<p> ?Sí, dice que Inglaterra no ha sido tocada&#8230; considerando todo lo que hay ?continuó con vehemencia?. Está tan interesado en nuestro país. El escucharlo hace que uno quiera hacer algo.</p>
<p> ?Haría que <em>yo</em> lo quisiera ?dijo Paul Overt, sintiendo con fuerza, en ese instante, la sugestión de lo que ella había dicho y la emotividad con que lo había dicho, y bien consciente del incentivo que, en labios de St. George, podrían ser tales palabras.</p>
<p> ?Usted&#8230; ¡como si no lo hubiese deseado! Me gustaría tanto oírlos hablar ?añadió ardientemente.</p>
<p> ?Eso es muy cordial de su parte; pero todo sería a su manera. Estoy postrado ante él.</p>
<p> Ella tenía un aire serio.</p>
<p> ?¿Cree entonces que es tan perfecto?</p>
<p> ?Nada más lejos de eso. Algunos de sus libros me parecen de una excentricidad&#8230;</p>
<p> ?Sí sí&#8230; él lo sabe.</p>
<p> Paul Overt la miró fijamente.</p>
<p> ?¿Que me parecen excéntricos&#8230;?</p>
<p> ?Pues sí, o en cualquier caso que no son lo que debieran ser. Me dijo que no los estimaba. Me ha dicho unas cosas maravillosas&#8230; es tan interesante.</p>
<p> Para Paul Overt supuso cierta conmoción enterarse de que el genio exquisito del que estaban hablando había sido reducido a una confesión tan explícita y que la había hecho, en su miseria, al primero en llegar; porque aunque Miss Fancourt era encantadora, ¿qué era, después de todo, sino una muchacha inmadura encontrada en una casa de campo? Sin embargo, éste era precisamente parte del sentimiento que él mismo acababa de expresar; disculparía al pobre gran hombre pecable no porque no comprendiera sus escritos, sino, en suma, porque lo hacía. Su consideración se componía a medias de ternura por superficialidades a las que estaba seguro que juzgaba en privado quien las perpetraba, las juzgaba más ferozmente que nadie, y que representaban algún trágico secreto intelectual. Tendría sus razones para su psicología <em>à fleur de peau</em>, y estas razones sólo podían ser crueles, del tipo que lo harían más querido de los que ya le tenían afecto.</p>
<p> ?Usted provoca mi envidia. Tengo mis reservas, discrimino&#8230; pero lo quiero ?dijo Paul en un momento?. Y verlo por primera vez de esta manera es para mí un gran acontecimiento.</p>
<p> ?¡Qué trascendental&#8230; qué magnífico! ?exclamó la muchacha?. ¡Qué delicioso reunirlos!</p>
<p> ?Que sea obra de <em>usted</em>&#8230; lo hace perfecto ?respondió nuestro amigo.</p>
<p> ?Él está tan impaciente como usted ?prosiguió ella?. Pero es tan extraño que no se hayan conocido&#8230;</p>
<p> ?En realidad no es tan extraño como le parece. He salido mucho de Inglaterra, he estado ausente repetidas veces estos últimos años.</p>
<p> Ella acogió esto con interés.</p>
<p> ?Y, sin embargo, escribe usted de ella como si estuviera siempre aquí.</p>
<p> ?Quizás sea precisamente por estar fuera. En cualquier caso, sospecho que los mejores pasajes son los que fueron escritos en lugares horribles del extranjero.</p>
<p> ?¿Y por qué eran horribles?</p>
<p> ?Porque eran lugares de reposo&#8230; donde mi pobre madre moría.</p>
<p> ?¿Su pobre madre? ?era toda un dulce interrogante.</p>
<p> ?Ibamos de sitio en sitio para que ella se mejorara. Pero no mejoró. A la espantosa Riviera (¡la odio!), a los altos Alpes, a Argel, y muy lejos ?un viaje horrible?, a Colorado.</p>
<p> ?¿Y no está mejor? ?continuó Miss Fancourt.</p>
<p> ?Murió hace un año.</p>
<p> ?¿De verdad? ¡Como la mía! Sólo que de eso hace años. Algún día debe hablarme de su madre ?añadió.</p>
<p> Ante esas palabras, en un primer momento, sólo pudo mirarla.</p>
<p> ?¡Qué cosas tan bien dichas! Si dice cosas así a St. George no me extraña que sea su esclavo.</p>
<p> Esto la detuvo un momento.</p>
<p> ?No sé a qué se refiere. Él no hace ni discursos ni declaraciones, no es ridículo.</p>
<p> ?Entonces me temo que usted considera que yo lo soy.</p>
<p> ?No; no es así ?lo dijo bastante secamente. Y a continuación añadió?: Él comprende&#8230; lo comprende todo.</p>
<p> El joven estaba a punto de decir jocosamente: «Y yo no, ¿no es eso?», pero estas palabras fueron cambiadas, a tiempo, por otras ligeramente menos triviales.</p>
<p> ?¿Supone usted que comprende a su esposa?</p>
<p> Miss Fancourt no dio una respuesta directa, sino que tras un momento de duda, dijo:</p>
<p> ?¿No es encantadora?</p>
<p> ?¡Qué va!</p>
<p> ?Aquí viene. Ahora tiene que conocerlo ?continuó?. Un pequeño grupo de huéspedes se había reunido en el otro extremo de la galería y habían sido allí sobrepasados por Henry St. George, quien entró desde una habitación contigua. Durante un momento se quedó cerca de ellos sin entrar en la conversación, y de una mesa tomó una antigua miniatura y la observó vagamente. Al cabo de un minuto advirtió la presencia de Miss Fancourt y su acompañante a cierta distancia, ante lo cual, depositando la miniatura, se aproximó a ellos con la misma actitud indecisa, las manos en los bolsillos y volviendo los ojos, de izquierda a derecha, hacia los cuadros. La galería era tan larga que ese recorrido llevó algún tiempo, especialmente porque hubo un momento en que se detuvo a admirar el excelente Gainsborough.</p>
<p> ?Dice que su éxito ha sido obra de Mrs. St. George ?continuó la muchacha en voz ligeramente más baja.</p>
<p> ?¡Ah, qué oscuro suele ser! ?rió Paul.</p>
<p> ?¿Oscuro? ?repitió ella como si lo oyera por vez primera. Sus ojos se posaron en su otro amigo, y a Paul no le pasó desapercibida la impresión que daban de enviar grandes haces de ternura?. ¡Va a hablar con nosotros! ?musitó emocionada. Había cierto embeleso en su voz y nuestro amigo se sobrecogió. «Cielo santo, ¿le importa él de <em>tal</em> modo?&#8230;, ¿está enamorada de él? se preguntó mentalmente.</p>
<p> ?¿No le dije que estaba impaciente? ?le había preguntado ella mientras tanto.</p>
<p> ?Es una impaciencia disimulada ?respondió el joven mientras el objeto de su observación permanecía ante el Gainsborough?. Se dirige hacia nosotros tímidamente. ¿Quiere él decir que su mujer lo salvó quemando ese libro?</p>
<p> ?¿Ese libro? ¿qué libro quemó? ?la muchacha volvió rápidamente la cara hacia él.</p>
<p> ?¿Es que no se lo ha dicho?</p>
<p> ?Ni una palabra.</p>
<p> ?¡Entonces no se lo dice todo! ?Paul había adivinado que ella suponía en gran medida que lo hacía. El gran hombre había reanudado su curso y se aproximaba; a pesar de lo cual su más capacitado admirador arriesgó una observación profana.</p>
<p> ?¡San Jorge y el Dragón es lo que sugiere la anécdota!</p>
<p> Sin embargo, su compañera no lo oyó: sonrió al adversario del dragón.</p>
<p> ?Está impaciente&#8230; ¡lo está! ?insistió.</p>
<p> ?Impaciente por usted&#8230; sí.</p>
<p> Pero mientras tanto ella había dicho en voz alta:</p>
<p> ?Estoy segura de que quiere conocer a Mr. Overt. Serán grandes amigos y para mí será siempre delicioso recordar que yo estaba aquí cuando ustedes se conocieron, y que tuve algo que ver con ello.</p>
<p> Había una frescura de intención en las palabras que las hacía surgir; sin embargo, nuestro joven sintió pena por Henry St. George, tal como sentía pena en cualquier momento por cualquier persona que fuera invitada públicamente a mostrarse interesada y encantadora. Lo habría conmovido tanto creer que un hombre a quien admiraba profundamente se preocupaba una pizca por él, que no hubiera jugado con tal presunción, de haber sido vana. En una sola mirada de los ojos del Maestro digno de perdón leyó ?con el tipo de perspicacia propia de su talento? que este personaje tenía siempre una reserva de paciencia amistosa, que era parte de su rico bagaje, pero que no estaba versado en página impresa alguna de un escritorzuelo prometedor. Hubo incluso alivio, simplificación de eso: si le gustaba ya tanto por lo que había hecho, ¿cómo podría haberle gustado más por una percepción que, como mucho, tenía que haber sido vaga? Paul Overt se levantó, intentando demostrar su compasión, pero en el mismo instante se encontró envuelto en el arte personal afortunado de St. George, un comportamiento cuya esencia consistía en conjurar situaciones falsas. Todo tuvo lugar en un momento. Paul era consciente de que ahora lo conocía, consciente de su apretón de manos y de la cualidad misma de su mano; de su cara, vista más de cerca y por tanto mejor vista, de una confianza general confraternizadora y en particular de la circunstancia de que él no le disgustaba a St. George (al menos todavía) por haber sido impuesto por una muchacha llena de encanto, pero demasiado arrolladora, lo suficientemente atractiva sin tales pretendientes. En cualquier caso no se reflejó irritación alguna en la voz con la que interrogó a Miss Fancourt sobre cierto plan de dar un paseo, un paseo de todo el grupo por el parque. En seguida había dicho algo a Paul de una conversación ?«Tenemos que mantener una conversación tremenda; hay tantas cosas, ¿verdad?»? pero nuestro amigo vio que en este caso la idea no tendría un efecto inmediato. De todos modos estaba contentísimo, incluso después de que quedara decidido lo del paseo; los tres pasaron poco después a la otra parte de la galería, donde se comentó el plan con varios miembros del grupo; incluso cuando, después de que todos se hubieran marchado, se encontró en compañía de Mrs. St. George durante media hora. Su marido se había adelantado con Miss Fancourt y la pareja se hallaba ya bien apartada de la vista. Era el más bello de los recorridos para una tarde de verano: un circuito cubierto de hierba, de una extensión inmensa, que orillaba el parque. El parque se hallaba completamente circuido por su viejo muro rojo, veteado, pero perfecto, el cual quedaba a la izquierda de los paseantes y constituía en sí mismo un objeto de interés. Mrs. St. George mencionó el sorprendente número de acres así abarcados, junto con otros numerosos datos que se relacionaban con la propiedad y la familia, y las otras propiedades de la familia: no sabía cómo instarlo lo suficiente para que viera sus otras casas. Repasó los nombres de éstas y citó los cambios que habían experimentado con la facilidad que da la práctica, haciendo que pareciera una lista casi interminable. Había recibido a Paul Overt muy amablemente cuando él se acercó para hablarle de su alegría por haber sido presentado a su marido, y le pareció una mujercita tan despierta y complaciente que se sintió bastante avergonzado del <em>mot</em> que sobre ella había tenido con Miss Fancourt; aunque pensó que otras cien personas, en otras tantas ocasiones, seguramente hubieran dicho lo mismo. Se llevó con Mrs. St. George, en suma, mejor de lo que esperaba; pero esto no impidió que ella advirtiera de repente que estaba mareada de cansancio y que debía llevarla de vuelta a la casa por el camino más corto. Confesó que tenía menos fuerza que un gatito y que era una pobre ruina; cualidad que Overt no había discernido en ella al estar demasiado absorto preguntándose en qué sentido podía considerarse a su marido obra suya. Había captado un destello de respuesta cuando ella anunció que debía dejarlo, aunque esta percepción era desde luego provisional. Precisamente cuando estaba poniéndose a su disposición para el regreso, la situación sufrió un cambio; Lord Masham había aparecido de pronto, de regreso junto a ellos, les había dado alcance tras surgir de entre los arbustos ?Overt no habría podido decir cómo apareció? y Mrs. St. George había dicho en tono de protesta que quería que se la dejara en paz y no interrumpir la reunión. Un momento después se alejaba con Lord Masham. Nuestro amigo retrocedió y se unió a Lady Watermouth, a quien comunicó que Mrs. St. George se había visto obligada a renunciar al intento de ir más lejos.</p>
<p> ?No debería haber salido, para empezar ?comentó su señoría de bastante mal humor.</p>
<p> ?¿Tan enferma está?</p>
<p> ?Mucho ?y su anfitriona añadió aún con mayor austeridad?: ¡La verdad es que no debería venir! ?se preguntó qué quería dar a entender con eso, y al poco tiempo dedujo que no era una reflexión sobre la conducta de la dama o sobre su naturaleza moral: sólo indicaba que sus fuerzas no estaban de acuerdo con sus aspiraciones.</p>
<p> </p>
<p><strong>                                                                                                       3</strong></p>
<p> </p>
<p> El salón de fumadores de Summersoft estaba a escala del resto del lugar; alto, claro, confortable y decorado con unas tallas y molduras de tal refinamiento, que más parecía un cenador para que las señoras se sentaran a trabajar con sus lanas desvaídas, que un parlamento de señores fumando fuertes puros. Los caballeros se reunieron ahí en número considerable el domingo por la noche, congregándose principalmente en un extremo, delante de una de las bellas y frescas chimeneas de mármol blanco, cuyo friso se hallaba adornado con un pequeño y exquisito «tema» italiano. Había otra en la pared de enfrente y, gracias a la suavidad de la noche de verano, ninguna de las dos estaba encendida; pero el núcleo de aglutinamiento lo proporcionaba una mesa en el rincón de la chimenea, cubierta de botellas, frascos y vasos. Paul Overt era un fumador infiel; fumaba cigarrillos por razones que nada tenían que ver con el tabaco. Esto era precisamente lo que sucedía en la ocasión de la que hablo; su motivo era la ilusión de una pequeña charla directa con Henry St. George. La «tremenda» comunión sobre la que el gran hombre le había hecho concebir esperanzas unas horas antes aún no había tenido lugar, y esto lo entristecía en forma considerable, puesto que al día siguiente el grupo tomaría direcciones distintas inmediatamente después del desayuno. Había sufrido la decepción, sin embargo, de descubrir que al parecer el autor de <em>Shadowmere</em> no estaba dispuesto a prolongar su vigilia. No se hallaba entre los caballeros reunidos cuando entró Paul, ni era ninguno de los que aparecieron, con vistosos atuendos, durante los diez minutos siguientes. El joven esperó un poco preguntándose si habría ido sólo a ponerse algo extraordinario; esto explicaría su retraso y al mismo tiempo contribuiría en mayor medida a la impresión que Overt tenía de su tendencia a cumplir con lo superficial y preestablecido. Pero no llegaba, debía de haber estado poniéndose algo más extraordinario de lo que era probable. Nuestro héroe se rindió, sintiéndose un poco lastimado, un poco herido, por la pérdida de veinte codiciadas palabras. No estaba enfadado, pero exhalaba el humo en suspiros, con la sensación de haberse visto quizá privado de algo poco común. Empezó a moverse lentamente por la habitación con su pesar, mirando los antiguos grabados de las paredes. Estando en tal actitud sintió al poco una mano en el hombro y una voz amistosa en el oído.</p>
<p> ?Ah, muy bien. Esperaba poder encontrarlo. He bajado a propósito ?St. George no se había cambiado de ropa y ofrecía una cara magnífica, la más solemne, a la que nuestro joven respondió todo halagado. Explicó que era sólo por el Maestro ?la idea de una pequeña charla? por lo que se había quedado, y que, al no encontrarlo, había estado a punto de irse a la cama.</p>
<p> ?Pues verá, yo no fumo, mi esposa no me deja ?dijo St. George buscando un sitio para sentarse?. Me hace muy bien, muy bien. Vayamos a ese sofá.</p>
<p> ?¿Quiere decir que fumar le hace bien?</p>
<p> ?No, no, que no me deje. Es una gran cosa tener un mujer que esté tan segura de toda aquello de lo que uno puede prescindir. Uno podría no descubrirlo nunca. No me permite que toque un cigarrillo ?tomaron posesión de un sofá que se hallaba a cierta distancia del grupo de fumadores y St. George prosiguió?: ¿Tiene usted?</p>
<p> ?¿Un cigarrillo?</p>
<p> ?No, por Dios, esposa.</p>
<p> ?No; y sin embargo renunciaría a mi cigarrillo por una.</p>
<p> ?Renunciaría a mucho más que eso ?respondió St. George?. Pero obtendría mucho a cambio. Hay bastante que decir en favor de las esposas ?añadió doblando los brazos y cruzando las extendidas piernas. Rechazó el tabaco por completo y esperó sin ofrecer fuego. Su acompañante dejó de fumar, impresionado por su cortesía; y después de todo se hallaban fuera del alcance del humo, su sofá estaba en una esquina apartada. Habría sido una equivocación, continuó St. George, una gran equivocación el haberse separado sin una pequeña conversación.</p>
<p> ?Porque lo sé todo de usted ?dijo?. Sé que es usted muy notable. Ha escrito un libro muy distinguido.</p>
<p> ?¿Y cómo lo sabe? ?preguntó Paul.</p>
<p> ?Pero querido amigo, está en el aire, está en los periódicos, está en todas partes ?St. George hablaba con la familiaridad perentoria de un colega, con un tono que a su vecino le pareció el susurro mismo de los lauros?. Usted está en boca de todos los hombres y, lo que es mejor, de todas las mujeres. He estado leyendo su libro en estos días.</p>
<p> ?¿En estos días? Esta tarde no lo había leído usted ?dijo Overt.</p>
<p> ?¿Cómo lo sabe?</p>
<p> ?Creo que tendría que saber cómo lo sé ?rió el joven.</p>
<p> ?Supongo que se lo habrá dicho Miss Fancourt.</p>
<p> ?La verdad es que no&#8230;, más bien me indujo a creer que lo había leído.</p>
<p> ?Sí, eso sí es lo que ella haría. ¿No cree que despide un fulgor rosado sobre la vida? Pero usted no le creyó, ¿no es eso? ?preguntó St. George.</p>
<p> ?No; no cuando usted se nos acercó allí.</p>
<p> ?¿Fingí? ¿Fingí mal? ?pero sin esperar la respuesta, St. George continuó?. Siempre debiera creer a una muchacha como ésa&#8230; siempre, siempre. A algunas mujeres se las debe tomar con concesiones y reservas; pero a <em>ella</em> hay que tomarla tal y como es.</p>
<p> ?Me gusta mucho ?dijo Paul Overt.</p>
<p> Su tono tenía algo que excitó en su compañero la sensación momentánea de lo absurdo; quizás fuese el aire de deliberación que flotaba en este juicio. St. George estalló en carcajadas para responder.</p>
<p> ?Eso es lo mejor que puede hacer con ella. ¡Es una joven poco común! No obstante, a decir verdad, confieso que esta tarde no lo había leído.</p>
<p> ?¿Ve usted cuánta razón tenía en ese caso particular para no creer a Miss Fancourt?</p>
<p> ?¡Razón! ¿Cómo puedo estar de acuerdo cuando por eso perdí crédito?</p>
<p> ?¿Desea pasar exactamente por ser tal como ella lo representa? Entonces no tiene nada que temer ?dijo Paul.</p>
<p> ?Ah, mi querido joven, no hable de pasar&#8230; ¡cuando se trata de alguien como yo! Yo me estoy pasando, ni más ni menos. ¡Ella puede emplear su joven imaginación (¿no cree que es magnífica?) para algo mejor que para «representar» de la manera que sea a un animal tan cansado y agotado! ?el Maestro habló con una repentina tristeza que produjo una protesta por parte de Paul; pero antes de que la protesta pudiera ser formulada prosiguió, volviendo a la apreciable novela de este último?: No tenía ni idea de que fuera tan bueno&#8230; se oyen tantas cosas. Pero usted es sorprendentemente bueno.</p>
<p> ?Voy a ser sorprendentemente mejor ?se atrevió a responder Overt.</p>
<p> ?Ya lo veo, y eso es lo que me atrae. No veo tantas otras cosas ?cuando se mira en derredor? que vayan a ser sorprendentemente mejores. Van a ser constantemente peores&#8230; la mayoría. Resulta tanto más fácil ser peor&#8230; el cielo sabe que yo me encontré con eso. No me produce gran satisfacción lo que se comenta por todas partes, ¿sabe? Pero usted <em>tiene</em> que ser mejor&#8230; tiene que continuar de verdad. Yo no lo hice, desde luego. Es muy difícil, es lo maldito de todo este asunto, continuar. Pero veo que usted será capaz de hacerlo. Será una gran desgracia si no es así.</p>
<p> ?Es muy interesante oírlo hablar de sí mismo, pero no sé qué quiere decir con sus alusiones de haber empeorado ?observó Paul Overt con una hipocresía perdonable. Su compañero le gustaba tanto que el hecho de cierta declinación de su talento o de su cuidado dejó de ser algo vívido para él, en ese momento.</p>
<p> ?No diga eso, no diga eso ?respondió St. George con gravedad apoyando la cabeza en el respaldo del sofá y posando los ojos en el techo?. Sabe perfectamente a lo que me refiero. No he leído ni veinte páginas de su libro sin ver que no puede evitarlo.</p>
<p> ?Me hace muy desgraciado ?suspiró Paul con éxtasis.</p>
<p> ?Me alegro por eso, porque puede servirle de una especie de aviso. Bastante ofensivo debe ser, especialmente para una mente joven y fresca, llena de fe, el espectáculo de un hombre destinado a mejores cosas, hundido en semejante deshonra a mi edad. ?St. George, en la misma actitud contemplativa, hablaba suave, pero deliberadamente, y sin emoción perceptible. En verdad su tono sugería una lucidez impersonal casi cruel, cruel consigo mismo, e indujo a su joven amigo a que posara una mano argumentadora en su brazo. Pero prosiguió mientras sus ojos parecían seguir las gracias del techo del siglo XVIII?: Míreme bien, tómese a pecho mi lección&#8230; porque <em>es</em> una lección. Que le reporte algo bueno, estremézcase al menos con la lamentable impresión que ha recibido, y que esto lo ayude a mantenerse derecho en el futuro. No se convierta en la vejez en lo que yo me he convertido en la mía, ¡la ilustración deplorable y deprimente de la adoración de dioses falsos!</p>
<p> ?¿A qué se refiere cuando habla de su vejez? ?preguntó el joven.</p>
<p> ?Esto me ha hecho viejo. Pero me gusta su juventud.</p>
<p> Paul no respondió nada. Permanecieron en silencio un minuto. Los otros seguían hablando de la mayoría gubernamental. Y a continuación:</p>
<p> ?¿A qué se refiere cuando habla de dioses falsos? ?preguntó.</p>
<p> Su compañero no encontró dificultad alguna en decir:</p>
<p> ?Los ídolos del mercado; el dinero y el lujo y «el mundo»; colocar a los hijos y vestir a la mujer; todo lo que lo lleva a uno por el camino corto y fácil. ¡Ah, las vilezas que le hacen cometer a uno!</p>
<p> ?Pero cualquiera tiene el derecho de querer colocar a los hijos.</p>
<p> ?A uno no le incumbe tener hijos ?declaró St. George plácidamente?. Quiero decir, desde luego, si se quiere hacer algo bueno.</p>
<p> ?Pero ¿no sirven de inspiración, de incentivo?</p>
<p> ?De incentivo para la perdición, artísticamente hablando.</p>
<p> ?Toca temas muy profundos, temas que me gustaría discutir con usted ?dijo Paul?. Me gustaría que me hablara interminablemente de sí mismo. ¡Esto es un festín para mí!</p>
<p> ?Naturalmente que lo es, joven cruel. Pero para demostrarle que aún no soy incapaz, degradado como estoy, de profesar un acto de fe, ataré mi vanidad a la estaca y la quemaré hasta convertirla en cenizas. Tiene que venir a verme, tiene que venir a vernos ?sustituyó rápidamente el Maestro?. Mrs. St. George es encantadora; no sé si ha tenido la oportunidad de hablar con ella. Estará contenta de verlo; le gustan las grandes celebridades, ya sean incipientes o consagradas. Tiene que venir a cenar; mi esposa le escribirá. ¿Dónde se lo puede localizar?</p>
<p> ?Esta es mi modesta dirección ?y Overt sacó una agenda y extrajo una tarjeta de visita. Pensándolo mejor, sin embargo, la retuvo, comentando que no daría a su amigo la molestia de ocuparse de eso, sino que iría a verlo en seguida en Londres, y la dejaría a la puerta si no lograba obtener acceso.</p>
<p> ?Probablemente no lo logrará; mi mujer siempre está fuera, y cuando no está fuera está agotada por haber salido. Tiene que venir a cenar, aunque eso tampoco le hará mucho bien, pues mi mujer se empeña en preparar grandes comidas ?St. George siguió considerándolo, pero a continuación dijo?: Tiene que venir a vernos al campo, eso es lo mejor; tenemos mucho sitio, y no está mal.</p>
<p> ?¿Tiene usted una casa en el campo? ?preguntó Paul con envidia.</p>
<p> ?¡No como ésta! Pero tenemos una especie de lugar al que vamos, a una hora de Euston. Ésa es una de las razones.</p>
<p> ?¿Una de las razones?</p>
<p> ?Por las que mis libros son tan malos.</p>
<p> ?¡Dígame todas las demás! ?rió Paul anhelante.</p>
<p> Su amigo no respondió directamente a esto, sino que dijo con brusquedad:</p>
<p> ?¿Por qué antes no lo había visto nunca a usted?</p>
<p> El tono de la pregunta fue particularmente halagador para nuestro héroe, a quien le pareció que implicaba que el gran hombre percibía ahora que, durante años, se había perdido algo.</p>
<p> ?En parte, supongo, porque no ha habido ninguna razón especial para que me viera. No he vivido en el mundo, en su mundo. He pasado muchos años fuera de Inglaterra, en diferentes lugares del extranjero.</p>
<p> ?Pues no lo vuelva a hacer, por favor. Debe hacer Inglaterra, tiene tanto&#8230;</p>
<p> ?¿Quiere decir que he de escribir sobre ella? ?y Paul hizo sonar la nota del candor interesado de un niño.</p>
<p> ?Claro que sí. Y estupendamente bien, si no le parece mal. Eso disminuye un poco mi estima por lo suyo&#8230; que sucede en el extranjero. ¡Al diablo con «el extranjero»! Quédese aquí y haga cosas aquí&#8230; haga temas que puedan medirse.</p>
<p> ?Haré lo que usted me diga ?replicó Overt, profundamente cortés?. Pero perdóneme si digo que no entiendo cómo ha estado leyendo el libro ?añadió?. Lo he tenido ante mí toda la tarde primero en ese largo paseo, luego con el té en el césped, hasta que fuimos a vestirnos para la cena, y toda la noche en la cena y en este lugar.</p>
<p> St. George volvió la cara con una sonrisa.</p>
<p> ?Le dediqué tan sólo un cuarto de hora.</p>
<p> ?Un cuarto de hora es inmenso, pero no comprendo dónde lo metió. En el salón, después de cenar, no estaba leyendo, estaba hablando con Miss Fancourt.</p>
<p> ?Es lo mismo, porque hablábamos de <em>Ginistrella</em>. Me la describió, me prestó su ejemplar.</p>
<p> ?¿Se lo prestó?</p>
<p> ?Viaja con él.</p>
<p> ?Es increíble ?Paul se ruborizó.</p>
<p> ?Para usted es glorioso, pero a mí también me vino muy bien. Cuando las señoras fueron a acostarse, tuvo la amabilidad de ofrecerse a hacerme llegar el libro. Su doncella me lo trajo al vestíbulo y me fui con él a mi habitación. No tenía intención de venir aquí, lo hago muy rara vez. Pero no me duermo temprano, siempre tengo que leer una o dos horas. Me senté con su novela ahí mismo, sin cambiarme, sin quitarme nada más que la chaqueta. Creo que eso es señal de que mi curiosidad había sido poderosamente despertada. Leí durante un cuarto de hora, como le digo, e incluso en un cuarto de hora quedé enormemente impresionado.</p>
<p> ?El principio no es muy bueno, ¡es el conjunto! ?dijo Overt que había escuchado esta exposición con interés extremo?. ¿Y dejó el libro y vino a verme? ?preguntó.</p>
<p> ?Así es como me ha impresionado. Me dije, «veo que es sólo obra suya, y él está aquí, por cierto, y el día ha llegado a su fin y no he cruzado veinte palabras con él». Se me ocurrió que quizá estuviera en el salón de fumadores y que no sería demasiado tarde para reparar mi omisión. Quería ser atento con usted, así que me puse la chaqueta y bajé. Volveré a leer su libro cuando suba.</p>
<p> Nuestro amigo echó una mirada a su alrededor desde su sitio; estaba conmovido como nunca lo había estado por semejante manifestación a su favor.</p>
<p> ?Realmente es usted el más amable de los hombres. <em>Cela s&#8217;est passé comme ça?</em> ¡y yo he estado aquí con usted todo este tiempo y no lo he sospechado ni se lo he agradecido!</p>
<p> ?Agradézcaselo a Miss Fancourt, fue ella quien hizo que me emocionara. Me ha hecho sentir que había leído su novela.</p>
<p> ?¡Es un ángel del cielo! ?declaró Paul.</p>
<p> ?Realmente lo es. Nunca he visto a nadie como ella. Su interés por la literatura es conmovedor, algo bastante propio de ella; todo se lo toma muy seriamente. Siente las artes y quiere sentirlas más. Para los que las practican es casi humillante su curiosidad, su comprensión, su buena fe. ¿Cómo puede ser cualquier cosa tan hermosa como ella la supone?</p>
<p> ?Es un organismo poco común ?suspiró el joven.</p>
<p> ?El más rico que he visto, una inteligencia artística realmente de primer orden. ¡Y presentada de tal forma! ?exclamó St. George.</p>
<p> ?A uno le gustaría describir a una muchacha así ?continuó Paul.</p>
<p> ?Ah, ahí está&#8230; no hay nada como la vida ?dijo su compañero?. Cuando uno se siente acabado, exprimido y agotado y cree que el costal está vacío, todavía se siente atracción, emociones y estremecimientos, la idea brota, del seno de lo real, y demuestra que siempre hay algo que hacer. Pero yo no lo haré, ¡ella no es para mí!</p>
<p> ?¡Qué es eso de que no es para usted!</p>
<p> ?Todo se ha terminado; es para usted, si quiere.</p>
<p> ?¡Mucho peor! ?dijo Paul?. Ella no es para un deslucido hombrecillo de letras; es para el mundo, el rico y prometedor mundo de sobornos y recompensas. Y el mundo se apoderará de ella y se la llevará consigo.</p>
<p> ?Lo intentará&#8230; pero es un caso en el que puede haber lucha. Valdría la pena luchar, para un hombre que lo tuviera dentro, con juventud y talento de su parte.</p>
<p> Estas palabras resonaron no poco en la conciencia de Paul Overt, lo mantuvieron brevemente en silencio.</p>
<p> ?Es una maravilla que ella haya seguido siendo como es dándose de tal manera&#8230; con tanto que dar.</p>
<p> ?¿Quiere decir que haya seguido siendo tan ingenua&#8230; tan natural? Ah, por eso no se preocupa, da porque rebosa. Tiene sus propios sentimientos, sus pautas; no se acuerda siempre de que debe ser orgullosa. Y además no lleva aquí el tiempo suficiente para haberse estropeado; adoptó una o dos modas, pero sólo las divertidas. Es una provinciana&#8230; una provinciana con genio ?continuó St. George?; incluso sus patinazos son encantadores, sus equivocaciones interesantes. Ha regresado de Asia con todo tipo de curiosidades suscitadas y apetitos sin saciar. Ella es en sí misma de primera categoría y se malgasta en la segunda. Es la vida misma y se toma un interés poco común por las imitaciones. Confunde todas las cosas, pero no hay ninguna respecto a la que no perciba algo. Ve las cosas en perspectiva, como desde la cima del Himalaya, y aumenta todo lo que toca. Sobre todo exagera&#8230; para consigo misma, me refiero. ¡Nos exagera a usted y a mí!</p>
<p> Nada había en esa descripción que pudiera aplacar la inquietud que en nuestro amigo había causado semejante esbozo de un hermoso tema. Le parecía que mostraba el arte de la admirada mano de St. George, y se perdió contemplando la visión ?que se cernía ante él? de la figura de una mujer que debiera ser parte del esplendor de una novela. Pero al cabo de un momento se había convertido en humo, y del humo ?la última bocanada de un gran puro? surgió la voz del General Fancourt, que había dejado a los otros y había venido y se había colocado delante de los caballeros del sofá.</p>
<p> ?Supongo que cuando ustedes, los colegas, se ponen a hablar se quedan levantados la mitad de la noche.</p>
<p> ?¿La mitad de la noche? <em>Jamais de la vie!</em> Yo sigo una higiene ?y St. George se puso en pie.</p>
<p> ?Comprendo, usted es planta de invernadero ?rió el General?. Así es como produce sus flores.</p>
<p> ?Yo produzco las mías entre las diez y la una de la mañana, ¡florezco con una regularidad! ?continuó St. George.</p>
<p> ?¡Y con un esplendor! ?añadió el cortés General, mientras Paul advertía qué poco le importaba al autor de <em>Shadowmere</em>, como se dijo a sí mismo, que se lo tratara como a un célebre narrador. El joven se propuso que <em>él</em> nunca se acostumbraría a eso; siempre lo haría sentirse incómodo ?por la sospecha de que la gente pensara que tenía que hacerlo? y querría evitarlo. Evidentemente, su gran colega se había curtido y endurecido, se había provisto de una capa externa. El grupo de hombres había terminado los puros y recogido sus palmatorias; pero antes de que salieran todos, Lord Watermouth invitó al par de huéspedes que habían estado tan absortos a que «tomaran» algo. Resultó que los dos rehusaron, ante lo cual dijo el General Fancourt:</p>
<p> ?¿En eso consiste su higiene? ¿No riegan las flores?</p>
<p> ?¡Debería ahogarlas! ?replicó St. George; pero, al abandonar la habitación aún junto a su amigo, dijo caprichosamente al oído del joven, en tono bajo?: Mi mujer no me deja.</p>
<p> ?¡Pues me alegro de no ser uno de ustedes! ?concluyó sonoramente el General.</p>
<p> La cercanía entre Summersoft y Londres tenía una consecuencia, decepcionante para una persona que hubiese saboreado de antemano la sociabilidad de un vagón de ferrocarril: la mayor parte del grupo, tras el desayuno, volvía a la ciudad en coche, usando sus propios vehículos que habían venido a recogerlos, mientras sus criados regresaban en tren con el equipaje. Tres o cuatro jóvenes, entre los que se encontraba Paul Overt, aprovecharon el servicio público; pero permanecieron en el pórtico de la casa viendo cómo emprendían la marcha los demás. Miss Fancourt subió con su padre a una victoria, después de haber dado la mano a nuestro héroe y de haber dicho, sonriendo de la manera más franca del mundo:</p>
<p> ?<em>Tengo</em> que verlo más. Mrs. St. George es tan amable: ha prometido invitarnos a cenar a los dos juntos.</p>
<p> Esta dama y su marido ocuparon su lugar en una berlina perfectamente equipada ?ella precisaba un coche cerrado? y mientras nuestra joven agitaba el sombrero en respuesta a sus saludos y gestos ceremoniosos pensó que, considerados juntos, constituían una imagen honorable del éxito, de las recompensas materiales y del crédito social de la literatura. Cosas así no daban la plena medida, pero no obstante se sintió un poco orgulloso de la literatura.</p>
<p> </p>
<p><strong>                                                                                                       4</strong></p>
<p> </p>
<p> Antes de que hubiese transcurrido una semana se encontró con Miss Fancourt en Bond Street, en la imaginación editada de las obras de un joven artista en «blanco y negro», que había sido tan amable de invitarlo al sofocante escenario. Los dibujos eran admirables, pero el agolpamiento, en la pequeña habitación, era tan denso que Overt se sentía como si estuviera metido hasta el cuello en una bolsa de lana. En el borde exterior, una hilera de gente, doblando la espalda hacia adelante y presentando, bajo ellos, una superficie aún más convexa de resistencia a la presión de la masa, se esforzaba por conservar un espacio entre sus narices y los marcos barnizados de los cuadros; mientras que el cuerpo central, en medio de la relativa oscuridad proyectada por la ancha pantalla horizontal, que pendía bajo la claraboya y dejaba tan sólo un margen para el día, permanecía derecho, denso y vago, perdido en la contemplación de sus propios ingredientes. Esta contemplación se asentaba especialmente en los ojos tristes de ciertas cabezas femeninas, coronadas de sombreros de extraños pliegues y plumaje, que se erguían por encima de los demás, sobre largos cuellos. Una de las cabezas, percibió Paul, era con mucho la más bella de la colección, y su siguiente descubrimiento fue que pertenecía a Miss Fancourt. Su belleza se vio realzada por la sonrisa feliz que le envió a través de las obstrucciones circundantes, sonrisa que lo atrajo a ella tan de prisa como pudo él moverse. Había visto por sí mismo en Summersoft que lo último que contenía su naturaleza era una afectación de indiferencia; pero aún con esta circunspección se sintió de nuevo satisfecho al ver que ella no fingía aguardar su llegada con compostura. Sonreía radiante, como si quisiera que él se apresurase y, en cuanto se aproximó lo suficiente, estalló con voz jubilosa:</p>
<p> ?¡Está aquí&#8230; está aquí&#8230; volverá dentro de un momento!</p>
<p> ?¿Su padre? ?respondió Paul mientras ella le ofrecía la mano.</p>
<p> ?No, por Dios, esto no está en la línea de mi pobre padre. Me refiero a Mr. St. George. Acaba de dejarme para hablar con alguien. Va a volver. Fue él quien me trajo, ¿no es algo encantador?</p>
<p> ?Ah, eso le da ventaja sobre mí. Yo no podría haberla «traído», ¿no?</p>
<p> ?Si hubiera sido tan amable de proponérmelo&#8230; ¿por qué no usted como él? ?replicó la muchacha con una cara que, sin expresar coquetería barata, afirmaba simplemente un hecho afortunado.</p>
<p> ?Pues porque él es un<em> père de famille</em>. Ellos tienen privilegios ?explicó Paul. Y rápidamente?. ¿Irá usted a ver sitios <em>conmigo</em>? ?preguntó.</p>
<p> ?¡Lo que quiera! ?sonrió?. Ya sé lo que quiere decir, que las chicas tienen que tener a un montón de gente&#8230; ?Y a continuación exclamó?: No sé; yo soy libre. Siempre he sido así. Puedo ir por ahí con cualquiera. Estoy tan contenta de verlo ?añadió con tanta y tan dulce claridad que hizo volverse a los que se hallaban cerca de ella.</p>
<p> ?Permítame al menos pagarle esas palabras sacándola de este barullo ?dijo su amigo?. ¡La gente no puede pasarlo bien aquí!</p>
<p> ?No, son unos <em>mornes</em> horribles, ¡no! Pero yo estoy estupendamente y prometí a Mr. St. George que me quedaría en este sitio hasta que volviera. Me va a sacar de aquí. Le mandan invitaciones para cosas de este tipo, más de las que quiere. Es muy amable al pensar en mí.</p>
<p> ?También a mí me mandan invitaciones de este tipo, más de las que yo quiero. Y si acordarse de <em>usted</em> es suficiente&#8230; ?prosiguió Paul.</p>
<p> ?¡Me encantan&#8230; todo lo que es vida&#8230; todo lo que es Londres!</p>
<p> ?Supongo que en Asia no hay inauguraciones privadas ?rió?. Pero qué pena que por este año, incluso en esta abarrotada ciudad, ya se haya pasado la temporada.</p>
<p> ?Bueno, el año que viene entonces, porque espero que crea que vamos a ser siempre amigos. ¡Aquí viene! ?continuó Miss Fancourt antes de que Paul tuviera tiempo de contestar.</p>
<p> Divisó a St. George entre los huecos de la muchedumbre, y esto quizá lo indujo a que se apresurara un poco a decir:</p>
<p> ?Espero que eso no signifique que he de aguardar hasta el año que viene para verla.</p>
<p> ?No, no, ¿no vamos a vernos en una cena el veinticinco? ?exclamó anhelante, con un entusiasmo tan dichoso como el de él.</p>
<p> ?Eso es casi el año que viene. ¿No hay manera de verla antes?</p>
<p> Ella lo miró con toda su luminosidad.</p>
<p> ?¿Quiere decir que <em>vendría</em>?</p>
<p> ?Como un rayo, si fuera tan buena de pedírmelo.</p>
<p> ?Entonces el domingo&#8230; ¿este domingo?</p>
<p> ?¿Qué he hecho para que lo dude? ?preguntó el joven con deleite.</p>
<p> Miss Fancourt se volvió al instante hacia St. George, que ahora se había unido a ellos, y anunció triunfalmente:</p>
<p> ?¡Viene el domingo, este domingo!</p>
<p> ?Ah, ¡mi día&#8230;! ¡también mi día! ?dijo el famoso novelista, riendo, a su compañero.</p>
<p> ?Sí, pero no sólo el suyo. Se verán en Manchester Square; hablarán&#8230;, ¡serán maravillosos!</p>
<p> No nos vemos lo suficiente ?concedió St. George estrechando la mano de su discípulo?. ¡Demasiadas cosas&#8230; demasiadas cosas! Pero lo compensaremos en el campo en septiembre. No habrá olvidado que me ha prometido eso, ¿no?</p>
<p> ?Pero si va a venir el veinticinco, lo verá entonces ?dijo la muchacha.</p>
<p> ?¿El veinticinco? ?preguntó St. George vagamente.</p>
<p> ?Cenamos con usted; espero que no lo haya olvidado. Él cena fuera ese día ?añadió alegremente a Paul.</p>
<p> ?Es verdad&#8230; qué estupendo ¿Y viene usted? No me lo había dicho mi mujer ?le dijo St. George?. Demasiadas cosas&#8230; demasiadas cosas ?repitió.</p>
<p> ?Demasiada gente&#8230; demasiada gente ?exclamó Paul, apartándose antes de que lo atravesara un codo.</p>
<p> ?No debiera decir eso. Todos lo leen.</p>
<p> ?¿A mí? ¡Me gustaría verlos! Sólo dos o tres, como mucho ?respondió el joven.</p>
<p> ?¿Ha oído alguna vez algo así? El muy arrogante sabe lo bueno que es ?declaró St. George a Miss Fancourt riéndose?. Me leen a <em>mí</em>, pero eso no hace que me gusten más. Alejémonos de ellos, ¡alejémonos! ?Y los sacó de la exposición.</p>
<p> ?Me va a llevar al parque ?comentó Miss Fancourt a Overt con júbilo mientras recorrían el pasillo que conducía a la calle.</p>
<p> ?Ah, ¡va él allí! ?preguntó Paul, tomando el hecho como una ilustración algo inesperada de las <em>moeurs</em> de St. George.</p>
<p> ?Es un día precioso, habrá gran cantidad de gente. Vamos a mirar a la gente, a mirar a los tipos ?continuó la muchacha?. Nos sentaremos bajo los árboles; caminaremos por la avenida.</p>
<p> ?Voy una vez al año&#8230; de negocios ?dijo St. George, que por casualidad había oído la pregunta de Paul.</p>
<p> ?O con una prima del pueblo, ¿no me lo dijo? ¡Yo soy la prima del pueblo! ?dijo a Paul por encima del hombro mientras su amigo la conducía hacia un simón al que había hecho una señal. El joven los observó mientras subían; se quedó parado, devolviendo con la mano el cordial saludo con el que, cómodamente instalado junto a ella en el vehículo, St. George se despidió de él. Se quedó hasta ver arrancar el vehículo y se perdió en la confusión de Bond Street. Lo siguió con los ojos; aquello le produjo ideas embarazosas. «¡Ella no es para <em>mí</em>!», había dicho con énfasis el gran novelista en Summersoft; pero su manera de comportarse con ella no parecía estar en armonía con tal convicción. ¿Cómo podría haber obrado de una manera diferente si hubiese sido para él? Una envidia indefinida creció en el corazón de Paul Overt, mientras se ponía solo en camino; un sentimiento se dirigió por igual extrañamente a cada uno de los ocupantes del simón. ¡Cómo le gustaría a él traquetear por Londres con una muchacha así! ¡Cómo le gustaría ir a mirar «tipos» con St. George!</p>
<p> El domingo siguiente a las cuatro llegó a Manchester Square, donde su deseo secreto se vio gratificado, al encontrar sola a Miss Fancourt. Se hallaba en una habitación grande, clara y alegre, toda pintada de rojo, decorada con las originales y baratas telas floreadas que se consideran originarias de países meridionales y orientales, donde se dice que sirven de colchas a los campesinos, y adornada con cerámicas de vivos tonos, distribuidas despreocupadamente en los estantes, y con muchas acuarelas de la mano (se enteró el visitante) de la joven misma, que conmemoraban con valiente amplitud las puestas de sol, las montañas, los templos y palacios de la India. Transcurrió una hora, más de una hora, dos horas, y en todo el tiempo no entró nadie. Su anfitriona tuvo la amabilidad de comentar, con su liberal humanidad, que era maravilloso que no fueran interrumpidos; sucedía tan rara vez en Londres, especialmente en esa temporada, que la gente sostuviera una buena conversación. Pero ahora, por suerte, un hermoso domingo, la mitad del mundo salía de la ciudad, y eso la hacía mejor para los que no se iban, cuando estos otros congeniaban. Era el defecto de Londres ?uno de los dos o tres, la reducida lista de los que ella reconocía en la plagada ciudad?mundo que adoraba?, que había muy pocas ocasiones buenas de hablar; nunca se tenía tiempo para llegar lejos con algo.</p>
<p> ?Demasiadas cosas&#8230; ¡demasiadas cosas! ?dijo Paul, citando la exclamación de St. George de unos días antes.</p>
<p> ?Sí, para él hay demasiadas, su vida es demasiado complicada.</p>
<p> ?¿La ha visto usted <em>de cerca</em>? Eso es lo que me gustaría hacer; podría explicar algunos misterios ?prosiguió su visitante. Ella preguntó a qué misterios se refería, y él dijo?: Pues, peculiaridades de su obra, desigualdades, superficialidades. Para quien lo mira desde el punto de vista artístico, contiene una ambigüedad sin fondo.</p>
<p> Ella se volvió, al momento, toda intensidad.</p>
<p> ?Describa eso más&#8230; es interesantísimo. No hay temas más sugerentes. Soy muy aficionada a ellos. El piensa que es un fracaso, ¡figúrese! ?se lamentó bellamente.</p>
<p> ?Eso depende de cuál pueda haber sido su ideal. Con sus condiciones debiera haber sido alto. Pero hasta que uno sepa qué es lo que realmente se propuso&#8230; ¿Por casualidad lo sabe <em>usted</em>? ?exclamó el joven.</p>
<p> ?Oh, no me habla de sí mismo. No puedo obligarlo, Sería demasiado atrevido. Paul estuvo a punto de preguntarle que de qué hablaba entonces, pero la discreción lo detuvo y dijo en cambio:</p>
<p> ?¿Cree usted que es desgraciado en su hogar?</p>
<p> Ella pareció sorprenderse.</p>
<p> ?¿En su hogar?</p>
<p> ?Quiero decir en las relaciones con su mujer. Tiene una desconcertante manera de aludir a ella.</p>
<p> ?No conmigo ?dijo Marian Fancourt con sus ojos claros?. Eso no estaría bien, ¿no? ?preguntó en tono grave.</p>
<p> ?No especialmente; pues me alegro de que no se la nombre a usted. Si la alabara a ella la aburriría a usted y no le corresponde hacer otra cosa. Sin embargo, la conoce a usted mejor que a mí.</p>
<p> ?Ah, ¡pero lo respeta <em>a usted</em>! ?exclamó la muchacha como con envidia.</p>
<p> Su visitante la contempló un momento y a continuación rompió a reír.</p>
<p> ?¿Es que no la respeta a usted?</p>
<p> ?Por supuesto, pero no de la misma manera. Respeta lo que usted ha hecho&#8230; así me lo dijo, el otro día.</p>
<p> Paul lo absorbió, pero conservó sus facultades.</p>
<p> ?¿Cuando fueron a mirar tipos?</p>
<p> ?Sí, encontramos tantos: ¡tiene una manera de observarlos! Habló mucho de su libro. Dice que es verdaderamente importante.</p>
<p> ?¡Importante! Ah, la gran criatura ?y el autor de la obra en cuestión rugió de gozo.</p>
<p> ?Estuvo divertidísimo, inefablemente gracioso, mientras andábamos. Lo ve todo; tiene tantas comparaciones e imágenes, y siempre son de lo más acertadas. <em>C&#8217;est d&#8217;un trouvé</em>, como dicen.</p>
<p> ?Sí, ¡con sus condiciones debiera haber hecho tales cosas! ?suspiró Paul.</p>
<p> ?¿Y no cree usted que las <em>ha hecho</em>?</p>
<p> Ah, ésa era la cuestión.</p>
<p> ?Parte de ellas y, desde luego, incluso esa parte es inmensa. Pero él podía haber sido uno de los más grandes. Incluso tal y como están ?concluyó nuestro amigo con seriedad?, sus escritos son una mina de oro.</p>
<p> Ella respondió con ardor a esta declaración, y durante media hora la pareja discutió las principales producciones del Maestro. Ella las conocía bien, las conocía aún mejor que su visitante, quien estaba impresionado por su inteligencia crítica y por algo grande y audaz en el movimiento de su mente. Dijo cosas que lo sorprendieron y que evidentemente habían venido a ella directamente; no eran frases aprendidas, las colocaba demasiado bien. St. George había tenido razón sobre lo de que era de primera categoría, sobre lo de que no temía pasarse, que no recordaba que había de ser orgullosa. Algo le volvió a la cabeza de repente, y dijo:</p>
<p> ?Recuerdo que me habló una vez de Mistress St. George. Dijo, a santo de una cosa u otra, que ella no se preocupaba por la perfección.</p>
<p> ?Ese es un gran crimen en la esposa de un artista ?replicó Paul.</p>
<p> ?Sí, pobre ?y la muchacha suspiró como sugiriendo numerosas reflexiones, algunas de ellas mitigadoras. Pero añadió poco después: ?Ah, perfección, perfección&#8230; ¡de qué manera debería dedicarse uno a ella! Ojalá pudiera yo.</p>
<p> ?Cada uno puede a su manera ?opinó su compañero.</p>
<p> ?A la manera de <em>un hombre</em>, sí, pero no a la de una mujer. Las mujeres tienen tantos obstáculos, ¡están tan condenadas! Y, sin embargo, es una especie de deshonor si no se intenta, cuando se quiere hacer algo, ¿no es así? ?prosiguió Miss Fancourt, dejando un tema en su prisa por abordar otro, accidente común en ella. De modo que estos dos jóvenes discutieron de temas elevados en su salón ecléctico, en su «temporada» de Londres: discutieron con extrema seriedad el elevado tema de la perfección. Debe decirse como atenuante de esta excentricidad que estaban interesados en el asunto. Su tono poseía verdad y su emoción, belleza; no estaban adoptando una postura para con el otro o para con alguna otra persona.</p>
<p> El tema era tan amplio que se encontraron reduciéndolo; la perfección a la que, por el momento, acordaron confinar sus especulaciones era la de la obra de arte válida y ejemplar. La imaginación de nuestra joven, al parecer, se había dejado arrastrar lejos en esa dirección, y su invitado sentía el poco común deleite de percibir un intercambio completo en su conversación. Este episodio habrá vivido durante años en su recuerdo e incluso en su asombro; tenía la cualidad que la fortuna destila sólo gota a gota, la cualidad que lubrica muchas fricciones subsiguientes. Todavía, siempre que quiere, Overt ve la habitación, la locuaz y sociable habitación clara y roja con las cortinas que, en un golpe de lograda audacia, ponían la nota de un azul vivo. Recuerda dónde estaban ciertas cosas, cierto libro abierto sobre la mesa y el aroma casi intenso de las flores colocadas, a la izquierda, en algún lugar tras él. Estos hechos constituían el margen, por así decirlo, de una especial agitación cuyo nacimiento tuvo lugar en esas dos horas y cuyo signo principal fue quizá impulsarlo interna y repetidamente a susurrar: «¡no tenía ni idea de que hubiera alguien así!» La libertad de ella lo asombraba y le encantaba&#8230; parecía simplificar de tal modo la cuestión práctica. Se encontraba en la posición de un personaje independiente, una muchacha sin madre que había salido de la adolescencia y contaba con una posición y con responsabilidades, que no se hallaba sujeta a las limitaciones de una niña bonita. Iba y venía sin arrastrar a una dama de compañía, recibía sola a la gente, y, aunque carecía totalmente de severidad, la cuestión de protección o patrocinio no tenía relevancia con respecto a ella. Ofrecía tal impresión de claridad y de nobleza combinadas con lo fácil y lo natural que, a pesar de su situación eminentemente moderna, no sugería hermandad de ningún tipo con la chica «fácil». Era en verdad moderna, y hacía que Paul Overt, que amaba el color viejo, la pátina dorada del tiempo, pensara con alarma en la paleta abigarrada del futuro. No podía acostumbrarse a su interés por las artes que a él le importaban; parecía demasiado bueno para ser cierto&#8230; era una aventura muy improbable tropezar con semejante pozo de afinidades. Uno podía extraviarse fácilmente en el desierto, lo decían las cartas y era ley de la vida; pero el tropezar con un manantial cristalino era un accidente rarísimo. Sin embargo, si en un momento las aspiraciones de ella parecían demasiado extravagantes para ser auténticas, al momento siguiente a Paul se le antojaban demasiado inteligentes para ser falsas. Eran a la vez elevadas y débiles y, si de caprichos se trataba, las prefería a cualquiera de las que había encontrado en una relación similar. Era probable que las dejara atrás, que las cambiara por la política o por la «agudeza» o por una mera y prolífica maternidad, como era costumbre en muchachas que recibían educación y mimos, entregadas a borronear papeles y pintarrajear telas en una época de lujo y en una sociedad ociosa. Advirtió que las acuarelas de las paredes de la habitación en la que estaban tenían la cualidad principal de ser ingenuas, y pensó que la ingenuidad en el arte es como el cero en un número: su importancia depende de la cifra a la que va unido. Mientras tanto, no obstante, se había enamorado de ella. Antes de irse, en cualquier caso, le dijo:</p>
<p> ?Pensé que St. George iba a venir a verla hoy, pero no aparece.</p>
<p> Durante un momento supuso que ella iba a exclamar «<em>Comment donc</em>? ¿Ha venido sólo a verlo a él?». Pero un momento después se dio cuenta de lo poco que tal frase habría concordado con la ausencia de cualquier nota de flirteo que hasta entonces había percibido en ella. Sólo respondió:</p>
<p> ?Ah, sí; pero no creo que venga. Me recomendó que no lo esperara.</p>
<p> Y a continuación añadió alegremente, mas con toda suavidad:</p>
<p> ?Dijo que no era justo para usted. Pero yo creo que podría arreglármelas con dos.</p>
<p> ?Yo también ?repuso Paul Overt, haciendo una pequeña concesión para coincidir con ella. En realidad la apreciación que hizo de la circunstancia suponía de manera tan total una apreciación de la mujer que se hallaba ante él, que otra figura en la escena, aun tan estimada como St. George, podría haberlo atraído en vano. Salió de la casa preguntándose qué había querido decir el gran hombre con lo de que no era justo para él; y, aún más, si se había mantenido lejos por la fuerza de esta idea. Mientras se ponía en camino por la soledad dominical de Manchester Square, balanceando el bastón y con una buena dosis de emoción fermentando en su alma, le pareció que vivía en un mundo extrañamente magnánimo. Miss Fancourt le había dicho que era posible que estuviese fuera, y que su padre lo estaría el domingo siguiente, pero que tenía esperanza de recibir una visita de él en el caso contrario. Le prometió hacerle saber si no se ausentaba y entonces él podría actuar en consecuencia. Después de entrar por una de las calles que se abrían desde la plaza, se detuvo, sin intenciones definidas, buscando escépticamente un coche. Al cabo de un momento vio un simón avanzando por el lugar, desde el otro lado y dirigiéndose hacia él. Estaba a punto de hacerle una señal al cochero, cuando advirtió a un «pasajero» en el interior; entonces esperó, viendo que el hombre se disponía a depositar a su pasajero al detenerse en una de las casas. La casa era, al parecer, la que él mismo acababa de abandonar; al menos sacó esa conclusión al reconocer a Henry St. George en la persona que bajó del simón. Paul se volvió tan rápido como si hubiese sido sorprendido en el acto de espiar. Abandonó la idea del coche, prefería ir andando; no iría a ningún lado. Se alegraba de que St. George no hubiese renunciado por completo a su visita&#8230; eso habría sido demasiado absurdo. Sí, el mundo era magnánimo, e incluso él mismo se sintió así cuando, al mirar su reloj, vio que eran sólo las seis, y mentalmente congratuló a su sucesor por tener una hora para sentarse en el salón de Miss Fancourt. Quizá él mismo emplease esa hora en hacer otra visita, pero para cuando llegó a Marble Arch, la idea de tal plan se había vuelto incongruente. Pasó por debajo de ese esfuerzo arquitectónico y entró en el parque y llegó hasta el extendido césped. Continuó andando; cruzó por el césped y salió junto al estanque. Observó con ojos amistosos la diversión de los londinenses, dirigió una mirada casi alentadora a las jóvenes que remaban para su novio y a los guardias que con sus gorros de piel cosquilleaban tiernamente las flores artificiales del sombrerito dominguero de su pareja. Prolongó su paseo de meditación; entró en Kensington Gardens, se sentó en las sillas de alquiler, miró los barquitos de vela lanzados sobre el estanque redondo y se alegró de no tener ningún compromiso para cenar. Acudió a tal fin, muy tarde, a su club, donde se sintió incapaz de elegir un menú y pidió al camarero que le trajera lo que hubiese. Ni siquiera observó lo que le habían servido, y pasó la velada en la biblioteca del establecimiento, haciendo que leía un artículo en una revista americana. No logró averiguar de qué trataba; parecía tratar confusamente de Marian Fancourt.</p>
<p> Casi al final de la semana ella le escribió diciendo que no iba a ir al campo, acababa de ser decidido. Su padre, añadió, nunca decidía nada, se lo dejaba todo a ella. Sentía que la responsabilidad era suya ?tenía que hacerlo? y puesto que se veía forzada, así es como se decidió. No mencionó razón alguna, lo cual ofreció a nuestro amigo un terreno más claro para la audaz conjetura. Este segundo domingo en Manchester Square estimó su fortuna menos buena, pues ella tenía tres o cuatro visitantes. Pero hubo tres o cuatro compensaciones; la mayor de las cuales fue quizá que, al enterarse de cómo su padre, a última hora, había salido de la ciudad solo después de todo, la audaz conjetura de la que acabo de hablar se hizo un tanto más audaz. Y además su presencia era su presencia, y la personal habitación roja estaba allí y estaba llena de ella, sin importar que pasaran y se desvanecieran fantasmas, emitiendo sonidos incomprensibles. Por último, tuvo el recurso de quedarse hasta que todos hubieron llegado y salido y de considerar esto obra de ella, aunque no dio ninguna señal en particular. Cuando se encontraron solos fue al grano.</p>
<p> ?Pero St. George vino por fin&#8230; el domingo pasado. Lo vi cuando miré hacia atrás.</p>
<p> ?Sí; pero fue la última vez.</p>
<p> ?¿La última vez?</p>
<p> ?Dijo que no volvería a venir.</p>
<p> Paul Overt la miró fijamente.</p>
<p> -¿Quiere decir que desea dejar de verla?</p>
<p> ?No sé lo que quiere decir ?sonrió con valentía la muchacha?. En cualquier caso no volverá a verme aquí.</p>
<p> ?¿Y puedo saber por qué?</p>
<p> ?No tengo la menor idea ?dijo Marian Fancourt, cuyo visitante la encontró más perversamente sublime que nunca al profesar ese desamparo diáfano.</p>
<p> </p>
<p><strong>                                                                                                       5</strong></p>
<p> </p>
<p> ?Oh, por favor, quiero que se quede un poco ?dijo Henry St. George a las once, la noche en que cenó con el cabeza de la profesión. El grupo ?desde luego ninguno de ellos <em>de</em> la profesión? había sido numeroso y estaba despidiéndose; nuestro joven, después de dar las buenas noches a su anfitriona, había extendido la mano en ademán de despedida al dueño de casa. Además de producir en el último la protesta que he citado, este movimiento provocó otra palabra sin precio sobre la ocasión de mantener una charla, de ir a la habitación de St. George y de tenerlo todo por decir, todavía. Paul Overt era todo deleite ante esta amabilidad; no obstante mencionó en tono débil y jocoso el simple hecho de que había prometido ir a otro lugar que se encontraba a considerable distancia.</p>
<p> ?Pues va a romper su promesa, eso es todo. ¡Vaya un embustero! ?añadió St. George en un tono que confirmó la cómoda sensación de nuestro joven.</p>
<p> ?Desde luego que la romperé&#8230; pero era una promesa auténtica.</p>
<p> ?¿Se refiere a Miss Fancourt? ¿La está siguiendo? ?preguntó su amigo.</p>
<p> Contestó con una pregunta.</p>
<p> ?¿Es que <em>ella</em> va?</p>
<p> ?¡Vil impostor! ?prosiguió su irónico anfitrión?. Lo he tratado generosamente en lo que a esa joven respecta: no haré más concesiones. Espere tres minutos&#8230;, en seguida estoy con usted. ?Se dedicó a despedir a sus invitados, acompañó a las damas con vestidos de cola a la puerta. Era una noche calurosa, las ventanas estaban abiertas, el sonido de los rápidos coches y la llamada de los serenos penetraba en la casa. El ambiente había resplandecido no poco; una sensación de cosas festivas flotaba en el aire cargado: no sólo la influencia de esa fiesta en particular, sino también la insinuación del apremio del placer extendido que en las noches veraniegas de Londres llena tantos alegres barrios de la complicada ciudad. El salón de Mrs. St. George se vació gradualmente; Paul se encontró a solas con su anfitriona, a quien explicó el motivo de su espera.</p>
<p> ?Ah, sí, una conversación intelectual, <em>profesional</em> ?dijo con malicia?, ¿no cree que se echa de menos en esta época del año? Pobre Henry, ¡me alegro tanto!</p>
<p> El joven miró un momento por la ventana, a los simones solicitados que llegaban dando tumbos, las suaves berlinas que se alejaban. Cuando se volvió, Mrs. St. George había desaparecido; la voz de su marido ascendió hacia él desde abajo; se reía y hablaba, en el pórtico, con alguna señora que aguardaba su coche. Paul tomó solitaria posesión, durante unos minutos, de las cálidas habitaciones abandonadas, donde la luz tamizada y colorida de las lámparas era suave, los asientos habían sido movidos en todas direcciones y perduraba el aroma de las flores. Eran salas grandes, eran hermosas, contenían objetos de valor; todo en ese cuadro hablaba de una «buena casa». Al cabo de cinco minutos, entró un criado con la petición del Maestro de que bajara a reunirse con él; de modo que descendió por la escalera, siguiendo a su guía por un largo pasillo hasta un apartamento retirado de la parte de atrás de la vivienda, para los requerimientos especiales, según se dijo, de un ocupado hombre de letras.</p>
<p> St. George estaba en mangas de camisa en medio de una habitación grande y alta, una habitación sin ventanas, pero con una amplia claraboya en la parte de arriba, como la de una sala de exposiciones. Estaba amueblada como una biblioteca, y las apretadas estanterías se levantaban hasta el techo, una superficie de un tono incomparable producido por «lomos» confusamente dorados, interrumpidos por grabados y dibujos antiguos colgados aquí y allá. En el extremo más alejado de la puerta de entrada había una mesa alta, de gran extensión, sobre la que la persona que la usara podría escribir sólo en la postura erguida de un empleado de oficina; y extendida desde la entrada hasta esa estructura, había una banda ancha y lisa de tela roja, tan recta como el sendero de un jardín y casi tan larga, donde Paul en seguida contempló mentalmente el ir y venir del Maestro durante horas fastidiosas, horas, es decir, de admirable composición. El criado le dio una prenda, una vieja chaqueta con esa caída que da la experiencia, que había sacado de un armario de la pared, y se retiró después con la prenda que se había quitado. Paul Overt recibió la chaqueta de buen grado; era una chaqueta para hablar, prometía confidencias ?ya que visiblemente había recibido tantas? y tenía trágicos codos literarios.</p>
<p> ?Somos prácticos&#8230; ¡somos prácticos! ?dijo St. George cuando vio que su visitante pasaba revista al lugar?. ¿No es una buena jaula para dar vueltas? La inventó mi esposa y me encierra aquí todas las mañanas.</p>
<p> Nuestro joven respiró ?a manera de tributo? con cierta opresión.</p>
<p> ?¿No echa de menos una ventana&#8230; un lugar por donde mirar?</p>
<p> ?Al principio muchísimo; pero ella lo calculó perfectamente. Ahorra tiempo, me ha ahorrado muchos meses en estos diez años. Aquí estoy, ante los ojos del día (desde luego en Londres, con frecuencia, son ojos borrosos), amurallado en mi profesión. No puedo escapar, por eso el cuarto ofrece una buena lección de concentración. He aprendido la lección de concentración. He aprendido la lección, creo; mire ese montón de pruebas y admítalo. ?Señaló un grueso rollo de papeles, sobre una de las mesas, que no había sido desatado.</p>
<p> ?¿Va a sacar otra&#8230;? ?preguntó Paul, en un tono cuyas afectuosas deficiencias no reconoció hasta que su compañero rompió a reír y entonces sólo a duras penas.</p>
<p> ?¡Embustero, embustero! ?St. George parecía disfrutar acariciándolo, por así decirlo, con ese oprobio?. ¿Cree que no sé lo que piensa de ellas? ?preguntó, de pie, con las manos en los bolsillos y con una nueva clase de sonrisa. Era como si fuera a permitir que su joven devoto lo viese ahora por completo.</p>
<p> ?¡Le doy mi palabra de que en este caso sabe más que yo! ?se aventuró a responder Overt, revelando parte del tormento de no ser capaz de estimarlo abiertamente ni de renunciar a él de manera clara.</p>
<p> ?Mi querido amigo ?dijo el cada vez más interesado Maestro?, no se imagine que hablo específicamente de mis libros; no son un tema decente, <em>il ne manquerait plus que ça</em>. ¡No soy tan malo como pueda usted sospechar! De mí, sí, un poco, si lo desea; aunque no era para eso para lo que lo he traído aquí. Quiero pedirle algo&#8230; muy especialmente; aprecio esta oportunidad. Así que siéntese. Somos prácticos, pero <em>hay</em> un sofá, ¿ve?, ella ha mimado mis pobres huesos hasta ahora. Como todos los buenos administradores y ordenancistas, sabe cuándo es prudente relajarse. ?Paul se hundió en la esquina de un hondo sofá de cuero, pero su amigo permaneció de pie en actitud explicativa?. Si no le importa, en esta habitación, ésta es mi costumbre. De la puerta a la mesa y de la mesa a la puerta. Eso me remueve suavemente la imaginación; y ¿no ve lo bien que está que no haya una ventana para que vuele? El eterno estar de pie cuando escribo (me paro en ese escritorio y lo apunto, cuando viene algo, y continuamos así) era bastante agotador al principio, pero lo adoptamos con vistas a lo duradero; se está mejor, si las piernas no desfallecen y se puede mantener durante más años. ¡Somos prácticos, somos prácticos! ?repitió St. George, yendo hacia la mesa y tomando mecánicamente el rollo de pruebas. Pero al arrancar la envoltura, cambió su foco de atención para volver a nuestro héroe. Durante un momento se perdió examinando las hojas de su nuevo libro, mientras los ojos del hombre más joven volvían a vagar por la habitación.</p>
<p> «Señor, ¡qué cosas tan buenas haría yo, si tuviera un lugar tan encantador para hacerlas!», reflexionó Paul. El mundo exterior, el mundo de accidente y fealdad, se hallaba de esta manera logradamente excluido, y dentro del rico cuadrado protector, bajo el cielo protector, las figuras oníricas, la compañía solicitada, podían sostener su particular deleite. Era una fervorosa previsión de Overt, más que una observación basada en hechos reales, para la que las ocasiones habían sido demasiado escasas, el que el Maestro, contemplado así más de cerca, tendría la cualidad, el don encantador de brillar, sorprendentemente, en el trato personal y en momentos de expectación interrumpida o incluso tal vez atenuada. Una feliz relación con él sería algo que discurriera a saltos, no en etapas fáciles de seguir.</p>
<p> ?¿Los lee&#8230; de verdad? ?preguntó dejando las pruebas cuando Paul le preguntó si la obra sería publicada pronto. Y cuando el joven contestó «Oh, sí, siempre», su regocijo fue causado de nuevo por algo que captó en su manera de decir eso?. Uno va a ver a su abuela el día de su cumpleaños, y muy bien está, especialmente porque no durará siempre. Ha perdido todas sus facultades y sus sentidos; ni ve, ni oye, ni habla; pero todas las devociones de costumbre y hábitos bondadosos son respetables. Sólo que usted es fuerte si <em>en realidad</em> los lee! Yo no podría, mi querido amigo. Usted <em>es</em> fuerte, lo sé; y eso es precisamente parte de lo que quiero decirle. Usted es muy fuerte, en verdad. He estado examinando sus otras cosas&#8230; me han interesado enormemente. Alguien debería haber hablado antes de ellas&#8230; alguien a quien pudiera creer. Pero, ¿a quién puede uno creer? Es maravilloso verlo en el buen camino&#8230; es un trabajo decentísimo. Pero veamos, ¿pretende usted seguir así?, eso es lo que quiero preguntarle.</p>
<p> ?¿Que si pretendo hacer más? ?preguntó Paul, mirando desde el sofá a su erguido inquisidor y sintiéndose, en parte, como un feliz colegial cuando el maestro está alegre y, en parte, como algún peregrino de antaño que pudiera haber consultado a un oráculo famoso en toda la tierra. El desempeño mismo de St. George había sido débil, pero como consejero sería infalible.</p>
<p> ?¿Más&#8230;? ¿más? El número no importa; una más sería suficiente si en realidad supusiera un paso más&#8230;, un latido del mismo esfuerzo. Lo que quiero decir es ¿va a buscar de corazón algún tipo de perfección decente?</p>
<p> ?¡Ah, decencia, ah, perfección&#8230;! ?suspiró sinceramente el joven?. El otro doningo hablé de ellas con Miss Fancourt.</p>
<p> Esto produjo una risa de peculiar acrimonia por parte del Maestro.</p>
<p> ?Sí, «hablarán» de ellas tanto como guste. Pero poco harán para ayudarlo a uno a conseguirlas. No hay obligación alguna, desde luego; es sólo que usted me parece capaz ?continuó?. Usted debe tenerlo todo pensado. No puedo creer que no tenga un plan. Esa es la sensación que me da, y es tan poco corriente que lo excita a uno de verdad&#8230; lo hace a usted notable. Si no tiene ningún plan, si no se propone seguir así, desde luego está en su derecho; a nadie le incumbe, nadie puede forzarlo, y no más de dos o tres personas notarán que usted no sigue el camino recto. Los demás, <em>todos</em> los demás, cada bendita alma en Inglaterra, pensarán que lo sigue&#8230; pensarán que está manteniéndolo: ¡palabra de honor! Yo seré uno de los dos o tres que lo sepan mejor. Pero la cuestión está en si puede usted hacerlo por dos o tres. ¿Es ésta la sustancia de la que está hecho?</p>
<p> La pregunta encerró a su invitado durante un minuto como entre brazos palpitantes.</p>
<p> ?Podría hacerlo por uno, si ese uno fuera usted.</p>
<p> ?No diga eso; no lo merezco; me abrasa ?protestó con unos ojos repentinamente graves y encendidos?. Ese «uno» es por supuesto uno mismo, la conciencia de uno, la idea de uno, la singularidad de la meta de uno. Yo pienso en ese espíritu puro al igual que un hombre piensa en la mujer que en alguna hora aborrecida de su juventud ha amado y abandonado. Ella lo persigue con ojos llenos de reproche, vive por siempre ante él. Como artista, ¿sabe usted? me he casado por dinero ?Paul lo miró de hito en hito e incluso se sonrojó un poco, confundido con esta confesión; ante lo que su huésped, observando el gesto de su cara, soltó una risita y prosiguió?: Usted no sigue mi metáfora. No estoy hablando de mi querida esposa, que tenía una pequeña fortuna, la cual, sin embargo, no fue mi soborno. Me enamoré de ella, como muchos otros han hecho. Me refiero a la musa mercenaria a quien llevé al altar de la literatura. Muchacho, no meta la nariz en <em>ese</em> yugo. ¡Ese horrible rocín le arruinará la vida!</p>
<p> Nuestro héroe lo observó, sorprendido y profundamente conmovido.</p>
<p> ?¿No ha sido usted feliz?</p>
<p> ?¿Feliz? Es una especie de infierno.</p>
<p> ?Hay cosas que me gustaría preguntarle ?dijo Paul tras una pausa.</p>
<p> ?Pregúnteme cualquier cosa en el mundo. Me abriré por completo para salvarlo.</p>
<p> ?¿Para «salvarme»? ?dijo con voz temblorosa.</p>
<p> ?Para que no ceje&#8230; para que persista. Como le dije la otra noche en Summersoft, que mi ejemplo le resulte vivo.</p>
<p> ?Pero si sus libros no son tan malos ?dijo Paul entre risas y sintiendo que si alguna vez algún hombre había respirado el aire del arte&#8230;</p>
<p> ?¿Tan malos como qué?</p>
<p> ?Su talento es tan grande que se halla en todo lo que hace, tanto en lo que es menos bueno como en lo que es mejor. Tiene usted unos cuarenta volúmenes que lo demuestran&#8230; cuarenta volúmenes de vida maravillosa, de observación poco común, de capacidad magnífica.</p>
<p> ?Soy muy listo, naturalmente que sé eso ?pero era algo, en suma, a lo que este autor no daba importancia?. Señor, ¡qué porquería serían si no lo hubiera sido! Soy un hábil charlatán ?prosiguió?. He sido capaz de hacer que se tragaran mi sistema. Pero ¿sabe lo que es? Es <em>carton?pierre.</em></p>
<p><em> ?¿Carton?pierre?</em> ?Paul quedó impresionado y boquiabierto.</p>
<p> ?¡Lincrusta?Walton! ¡Papel barato!</p>
<p> ?No diga cosas así&#8230; ¡me hace sangrar! ?protestó el joven?. Yo lo veo en un hogar bello y afortunado, viviendo con bienestar y honor.</p>
<p> ?¿Lo llama honor? ?su anfitrión increpó con una entonación que a menudo vuelve a él?. A eso es a lo que quiero que se dedique <em>usted</em>. Me refiero a lo auténtico. Esto es oropel.</p>
<p> ?¿Oropel? ?exclamó Paul mientras sus ojos vagaban, en una trayectoria natural del momento, por la lujosa habitación.</p>
<p> ?Ah, hoy en día lo hacen tan bien&#8230; ¡es maravillosamente engañoso!</p>
<p> Nuestro amigo se estremeció de interés y aún más, quizá, de pena. Sin embargo, no temía aparentar condescendencia cuando aún podía sentir envidia.</p>
<p> ?¿Es engañoso que lo encuentre viviendo con todas las señales de la felicidad doméstica, bendecido con una esposa perfecta y devota, con unos hijos a quienes no he tenido aún el placer de conocer, pero que <em>deben</em> ser unos jóvenes encantadores por lo que conozco de sus padres?</p>
<p> St. George sonrió por la franqueza de su pregunta.</p>
<p> ?Todo es excelente, mi querido amigo, que el cielo me impida negarlo. He hecho una gran cantidad de dinero; mi esposa ha sabido cómo cuidarlo, cómo emplearlo sin malgastar, apartar una buena cantidad, hacerlo fructificar. Tengo un pan en el armario; de hecho lo tengo todo menos lo grande.</p>
<p> ?¿Lo grande? ?Paul siguió haciendo de eco.</p>
<p> ?La sensación de haber hecho lo mejor&#8230; la sensación que es la verdadera vida del artista y cuya ausencia supone su muerte, de haber extraído de su instrumento intelectual la música más hermosa que la naturaleza había escondido en él, de haberla tocado como debe tocarse. O bien lo hace o bien no lo hace y, si no lo hace, no merece la pena que se hable de él. Por tanto, precisamente, los que realmente saben <em>no</em> hablan de él. Puede que él aún oiga una gran cháchara, pero lo que más oye es el incorruptible silencio de la Fama. Yo la he sobornado, se podría decir, en mi momento&#8230; pero ¿cuál es mi momento? No se imagine ni por un minuto ?prosiguió el Maestro? que soy tan sinvergüenza como para haberlo traído aquí abajo para abusar o para quejarme de mi esposa ante usted. Es una mujer de cualidades distinguidas, a quien estoy inmensamente obligado; de modo que, si me hace el favor, no diremos nada de ella. Mis chicos, mis hijos son todos varones, son rectos y fuertes, gracias a Dios y no hay pobreza de crecimiento a su alrededor, no hay penuria de necesidades. Recibo periódicamente el más satisfactorio testimonio de Harrow, de Oxford, de Sandhurst, ¡oh, hemos hecho lo mejor por ellos!, de su eminencia como organismos que viven, consumen y prosperan.</p>
<p> ?Debe ser maravilloso sentir que el hijo de las propias carnes está en Sandhurst ?comentó Paul con entusiasmo.</p>
<p> ?Lo es&#8230; es encantador. ¡Yo soy un patriota!</p>
<p> El joven, en ese momento, se vio en la obligación de pagar el más grande de los tributos de preguntas.</p>
<p> ?Entonces, ¿qué quiso decir usted la otra noche en Summersoft, al declarar que los hijos son una maldición?</p>
<p> ?Mi querido joven, ¿de qué base partimos? ?y St. George se dejó caer en el sofá a corta distancia de él. Sentado ligeramente de lado, apoyó la espalda en el brazo del sofá con las manos cruzadas detrás de la cabeza?. ¿De suponer que cierta perfección es posible e incluso deseable, no es así? Pues todo lo que digo es que los hijos de uno interfieren en la perfección. Interfiere la esposa. Interfiere el matrimonio.</p>
<p> ?¿Cree que el artista no debería casarse?</p>
<p> ?Lo hace corriendo un riesgo, lo hace a sus expensas.</p>
<p> ?¿Ni siquiera cuando su esposa comprende su trabajo?</p>
<p> ?Nunca comprenden&#8230; ¡no pueden! Las mujeres no conciben tales cosas.</p>
<p> ?Pero no hay duda de que en ocasiones son ellas mismas quienes trabajan ?objetó Paul.</p>
<p> ?Sí, y muy mal. Oh, claro, a menudo creen que entienden, creen que comprenden. Entonces es cuando son más peligrosas. Creen que uno va a hacer mucho y que obtendrá mucho dinero. Su gran nobleza y virtud, su conciencia ejemplar como hembras británicas está en mantenerlo a uno ahí. Mi esposa lleva todos los tratos con mis editores y lo ha hecho durante veinte años. Lo hace consumadamente bien, por eso vivo con tanto desahogo. ¿No es uno el padre de sus inocentes criaturas y va uno a privarlas de su sustento natural? La otra noche me preguntaba usted si no son un incentivo inmenso. Claro que lo son, ¡no hay duda de eso!</p>
<p> Paul lo consideró: para unos ojos que nunca habían estado tan abiertos, había tanto que observar&#8230;</p>
<p> ?En cuanto a mí, me da la impresión de que necesito incentivos.</p>
<p> ?Ah, entonces <em>n&#8217;en parlons plus! </em>?sonrió magnánimamente su compañero.</p>
<p> ?<em>Usted</em> es un incentivo, lo mantengo ?prosiguió el joven?. Usted no me afecta de la manera en que al parecer le gustaría afectarme. Lo que veo es su gran éxito&#8230; ¡la pompa de los Jardines de Ennismore!</p>
<p> ?¿Éxito? ?los ojos de St. George tenían una luz fina y fría?. ¿Llama usted éxito a que se hable de uno como hablaría usted de mí si estuviera aquí sentado con otro artista, un joven inteligente y sincero como usted? Llama éxito a hacer que se sonroje, ¡cómo se sonrojaría! si algún crítico extranjero (un tipo, claro está, que supiera de lo que está hablando y que le hubiera demostrado que lo sabía, como les gusta demostrarlo a los críticos extranjeros) le dijera: «Seguro que en su país a ése lo consideran el más perfecto.» ¿Es éxito servir de ocasión para que un joven inglés tenga que tartamudear como usted tendría que hacerlo en un momento así por la pobre Inglaterra? No, no; el éxito es haber hecho que la gente baile a otro son. ¡Inténtelo!</p>
<p> Paul continuaba resplandeciendo, todo gravedad.</p>
<p> ?Que intente ¿qué?</p>
<p> ?Intente hacer un trabajo realmente bueno.</p>
<p> ?¡El cielo sabe que quiero hacerlo!</p>
<p> ?Pero no se puede hacer sin sacrificios, no lo crea ni por un momento ?dijo el Maestro?. Yo no hice ninguno. Lo tuve todo. En otras palabras, lo he perdido todo.</p>
<p> ?Ha tenido la vida normal humana, masculina, intensa y completa, con todas las responsabilidades y deberes, cargas, penas y alegrías, todas las iniciaciones y complicaciones sociales y domésticas. Deben ser inmensamente sugestivas, inmensamente divertidas ?adujo Paul con ansia.</p>
<p> ?¿Divertidas?</p>
<p> ?Para un hombre fuerte&#8230; sí.</p>
<p> ?Me proporcionaron un sinfín de temas, si a eso se refiere; pero al mismo tiempo me quitaron el poder de usarlos. Traté un millar de cosas, pero ¿cuál de ellas se convirtió en oro? El artista sólo maneja eso&#8230; no sabe nada de un metal más bajo. He vivido una vida mundana, con mi mujer y mi progenie; la torpe, convencional, cara, materializada, vulgarizada, brutalizada vida de Londres. Tenemos todo lo bello, incluso un coche; somos perfectos filisteos y gente eminente, hospitalaria y próspera.</p>
<p> Pero, mi querido amigo, no intente hacerse el tonto y fingir que no sabe lo que <em>no</em> tenemos. Es más grande que todo lo demás. Entre artistas&#8230; ¡vamos! ?concluyó el Maestro?. ¡Usted sabe tan bien como que está ahí sentado que se metería una bala en el cerebro si hubiera escrito mis libros!</p>
<p> A su oyente le pareció que la formidable conversación prometida en Summersoft había tenido lugar, y con una prontitud, una plenitud, con la que su joven imaginación apenas había contado. Esa impresión lo agitó cunsiderablemente y palpitó con la emoción de sondeos tan profundos y confidencias tan extrañas. Palpitó en verdad con el conflicto de sus sentimientos&#8230; perplejidad, reconocimiento y alarma, goce, protesta y asentimiento, todo entremezclado con ternura (y una especie de vergüenza en la participación) hacia las llagas y cardenales expuestos por un ser tan exquisito, y con la percepción del secreto trágico que albergaba bajo sus ropas. La idea de que la <em>suya</em>, la de Paul Overt, se hubiera convertido en la ocasión de tal acto de humildad lo hizo sonrojarse y quedar sin aliento, al mismo tiempo que su conciencia se hallaba en cierto sentido demasiado viva para no tragar ?y no saborear intensamente? cada una de las dosis de revelación ofrecidas. Su singular fortuna había hecho que soplara sobre las profundas aguas y que éstas se agitaran y rompieran en olas de extraña elocuencia. Pero ¿cómo no iba a revelar la apasionada contradicción de la última extravagancia de su huésped, cómo no iba a enumerarle las partes de su obra que amaba, las cosas espléndidas que había encontrado en ella, fuera del alcance de cualquier otro escritor del momento? St. George escuchó durante un rato cortésmente; a continuación dijo, posando la mano sobre la de su visitante:</p>
<p> ?Todo eso está muy bien; y si no tiene la idea de hacer algo mejor, no hay razón para que no posea tantas cosas buenas como yo: el mismo número de apéndices humanos y materiales, el mismo número de hijos o hijas, una mujer con el mismo número de vestidos, una casa con el mismo número de criados, un establo con el mismo número de caballos, un corazón con el mismo número de dolores ?el Maestro se levantó cuando hubo hablado así, quedó en pie un momento, junto al sofá, mirando a su agitado pupilo?. ¿Está usted en posesión de alguna propiedad? ?se le ocurrió preguntar.</p>
<p> ?Nada de lo que merezca la pena hablar.</p>
<p> ?Ah, entonces no hay razón para que no obtenga unos ingresos considerables&#8230; si comienza con buen pie. Estúdieme a mí para ello, estúdieme bien. Es posible que de verdad tenga caballos.</p>
<p> Paul no habló durante unos minutos. Miró delante de sí, consideró muchas cosas. Su amigo se había alejado y había agarrado un paquete de cartas de la mesa donde yacía el rollo de pruebas.</p>
<p> ?¿Cuál era el libro que Mrs. St. George le hizo quemar, el que no le gustaba? ?sacó a relucir nuestro joven.</p>
<p> ?El libro que me hizo quemar&#8230; ¿cómo sabía usted eso? ?el Maestro levantó los ojos de las cartas sin la convulsión facial que el pupilo había temido.</p>
<p> ?La oí hablar de él en Summersoft.</p>
<p> ?Ah, sí&#8230; está orgullosa de ello. No sé&#8230; era bastante bueno.</p>
<p> ?¿De qué trataba?</p>
<p> ?Vamos a ver ?y pareció hacer un esfuerzo para recordar?. Ah, sí&#8230; era sobre mí mismo.</p>
<p> ?Paul emitió un gemido irreprimible por la pérdida de una producción así, y el hombre de más edad prosiguió?. Pero debería escribirlo <em>usted</em>&#8230;, <em>usted</em> debería hacerme ?y suspendió el movimiento inquieto que lo había invadido; su sonrisa delicada era un resplandor generoso?. Ahí tiene un tema, muchacho: ¡con materia interminable!</p>
<p> Paul estaba en silencio de nuevo, pero todo era un tormento.</p>
<p> ?¿Es que no hay mujeres que comprendan de verdad&#8230; que puedan participar en el sacrificio?</p>
<p> ?¿Cómo pueden participar? Ellas mismas constituyen el sacrificio. Son el ídolo, el altar y la llama.</p>
<p> ?¿Es que no hay ni <em>una</em> que vea más allá? ?continuó Paul.</p>
<p> Durante un momento St. George no dio respuesta alguna; tras lo cual, después de romper las cartas, volvió al tema, lleno de ironía.</p>
<p> ?Por supuesto que sé a quién se refiere. Pero ni siquiera Miss Fancourt.</p>
<p> ?Creí que la admiraba muchísimo.</p>
<p> ?Es imposible admirarla más. ¿Está enamorado de ella? ?preguntó St. George.</p>
<p> ?Sí ?dijo Paul Overt poco después.</p>
<p> ?Entonces renuncie.</p>
<p> Paul lo miró fijamente.</p>
<p> ?¿Que renuncie a mi «amor»?</p>
<p> ?No, por Dios. A su idea ?y como nuestro héroe no cesaba de mirarlo fijamente, añadió?: Ésa de la que habló con ella. La idea de una perfección decente.</p>
<p> ?Ella contribuiría&#8230; ella contribuiría ?gritó el joven.</p>
<p> ?Durante un año, más o menos, el primer año, sí. Después sería como una piedra atada al cuello.</p>
<p> Paul se sorprendió con franqueza.</p>
<p> ?Pero si tiene pasión por lo auténtico, por el buen trabajo&#8230; por todo lo que a usted y a mí más nos importa.</p>
<p> ?«A usted y a mí», ¡qué encantador, querido amigo! ?rió su interlocutor?. La tiene de verdad, pero tendría una pasión aún mayor por sus hijos&#8230; y muy justa también. Insistiría en que todo fuera cómodo, conveniente, propicio para ellos. Eso no es lo que le incumbe al artista.</p>
<p> ?El artista&#8230; ¡el artista! ¿Es que no es un hombre en cualquier caso?</p>
<p> St. George hizo una mueca sublime.</p>
<p> ?Me inclino a creer que no. Usted sabe tan bien como yo lo que tiene que hacer: la concentración, el perfeccionamiento, la independencia por los que debe afanarse desde el momento en que comienza a desear que su trabajo sea realmente decente. Ah, joven amigo, la relación del artista con las mujeres, y en especial con la que más íntimamente lo preocupa, se halla a merced del maldito hecho de que, mientras él puede lógicamente tener un solo valor ellas tienen unos cincuenta. Eso es lo que las hace tan superiores ?añadió St. George divertido?. Imagínese a un artista cambiando de valores como quien cambia de camisa o los platos de una cena. <em>Hacerlo</em>, hacerlo y hacerlo divino, es lo único en lo que ha de pensar. «¿Lo he conseguido o no?» es su única pregunta. Y no «¿Lo he conseguido en la medida en que lo permita la atención adecuada de mi querida familia?» No tiene nada que ver con lo relativo, sólo con lo absoluto; y una querida familia puede representar una docena de relatividades.</p>
<p> ?¿Entonces no le permite tener las pasiones y afectos comunes de los hombres? ?preguntó Paul.</p>
<p> ?¿Acaso no tiene una pasión, un afecto que abarca todos los demás? Además, que tenga todas las pasiones que desee&#8230; mientras conserve su independencia. Debe ser capaz de ser pobre.</p>
<p> Paul se levantó lentamente.</p>
<p> ?En ese caso, ¿por qué me aconsejó que le hiciera la corte?</p>
<p> St. George le puso la mano en el hombro.</p>
<p> ?¡Porque sería una excelente esposa! Y entonces aún no había leído su novela.</p>
<p> El joven esbozó una sonrisa forzada.</p>
<p> ?¡Ojalá me hubiera dejado en paz!</p>
<p> ?No sabía que eso no era bueno para usted ?respondió su anfitrión.</p>
<p> ?Qué posición tan falsa, qué condena la del artista, ser un mero monje privado de sus derechos que puede producir su efecto sólo renunciando a la felicidad personal. ¡Qué acusación al arte! ?continuó Paul con voz temblorosa.</p>
<p> ?¿No se imaginará usted por casualidad que estoy defendiendo el arte? «Acusación»&#8230; ¡exactamente! Afortunada la sociedad en que no ha hecho su aparición, pues desde el momento en que llega los consume el dolor, experimentan una corrupción incurable en el pecho. ¡Naturalmente que el artista está en una posición falsa! pero creí que eso lo dábamos por descontado. Perdóneme ?continuó St. George?. ¡<em>Ginistrella</em> es la causante!</p>
<p> Paul se quedó mirando al suelo. La torre de la iglesia vecina dio la una en medio de la quietud.</p>
<p> ?¿Cree usted que llegaría a mirarme? ?expuso a su amigo por fin.</p>
<p> ?¿Miss Fancourt&#8230; como pretendiente? ¿Por qué no había de creerlo? Por eso he intentado favorecerlo, he tenido una o dos pequeñas ocasiones de mejorar su oportunidad.</p>
<p> ?Perdone que le pregunte, ¿pero se refiere a haberse mantenido apartado? ?dijo Paul con sonrojo.</p>
<p> ?Soy un idiota, mi sitio no está ahí ?declaró St. George gravemente.</p>
<p> ?Yo no soy nada aún, no tengo fortuna; y debe haber tantos otros ?prosiguió su compañero.</p>
<p> El Maestro consideró esto seriamente, pero le dio poca importancia.</p>
<p> ?Usted es un caballero y un hombre de genio. Creo que podría conseguir algo.</p>
<p> ?Pero si debo renunciar a eso&#8230; al genio&#8230;</p>
<p> ?Mucha gente, ¿sabe? cree que yo he conservado el mío ?sonrió St. George maravillosamente.</p>
<p> ?¡Usted es un genio para desconcertar! ?declaró Paul, mas tomándole la mano agradecido, como para atenuar su juicio.</p>
<p> ?Pobre muchacho, ¡cómo lo preocupo! Pero inténtelo, inténtelo de todos modos, creo que sus posibilidades son buenas y que ganará un gran premio.</p>
<p> Paul retuvo firmemente la mano del otro un minuto; miró esa cara profunda y extraña.</p>
<p> ?No, <em>soy</em> un artista, ¡no puedo evitarlo!</p>
<p> ?¡Demuéstrelo entonces! ?exclamó suplicante St. George?. Permítame que vea antes de morir lo que más quiero, lo que más anhelo: una vida en la que la pasión, la nuestra, es realmente intensa. ¡Si puede usted ser especial no abandone! ¡Piense en lo que es, en lo que significa, en cómo perdura!</p>
<p> Se habían dirigido hacia la puerta y St. George había cerrado las dos manos sobre las de su compañero. Aquí se detuvieron de nuevo y nuestro héroe respiró hondamente.</p>
<p> ?¡Quiero vivir!</p>
<p> ?¿En qué sentido?</p>
<p> ?En el más grande.</p>
<p> ?Entonces persista, no ceje.</p>
<p> ?¿Con su comprensión&#8230; su ayuda?</p>
<p> ?Cuente con ello, usted será una gran figura para mí. Cuente con mi más elevado aprecio, con mi devoción. Me sentiré muy contento, si es que eso tiene algún valor para usted ?tras lo cual, como Paul aún parecía vacilar, su anfitrión añadió?: ¿Recuerda lo que me dijo en Summersoft?</p>
<p> ?¡Alguna chifladura, sin duda!</p>
<p> ?«Haré cualquier cosa que usted me diga.» Dijo eso.</p>
<p> ?¿Y me obliga a mantenerlo?</p>
<p> ?Ah, ¿qué soy yo? ?suspiró expresivamente el Maestro.</p>
<p> ?Señor, ¡qué cosas tendré que hacer! ?casi gimió Paul al partir.</p>
<p> </p>
<p><strong>                                                                                                       6</strong></p>
<p> </p>
<p> «Se desarrolla demasiado en el extranjero, ¡al diablo con el extranjero» Éstas u otras similares habían sido las palabras notables del Maestro con respecto a la acción de <em>Ginistrella</em>; y sin embargo, aunque habían hecho severa mella en el autor de esa obra, como casi todas las palabras surgidas de la misma fuente, una semana después de la conversación que he señalado, Overt abandonaba Inglaterra para una ausencia prolongada y lleno de valientes intenciones. No supondría una perversión de la verdad declarar ese encuentro como la causa directa de su marcha. Si las manifestaciones del eminente escritor tenían el privilegio de impresionarlo profundamente, fue especialmente al considerarlas sin prisa, horas y días después, cuando parecieron ofrecerle su significado pleno y exponerle su importancia extrema. Pasó el verano en Suiza y, habiendo comenzado en septiembre una nueva tarea, decidió no cruzar los Alpes hasta tener un buen comienzo. Regresó a este fin a un tranquilo rincón que conocía bien, a la orilla del Lago de Ginebra y con las torres de Chillon a la vista: una región y un paisaje por los que sentía un afecto brotado de antiguas asociaciones y que eran capaces de producir resurgimientos y estímulos misteriosos. Permaneció hasta bastante tarde en este lugar, hasta que hubo nieve en las colinas más próximas, llegando casi al límite hasta el que podía subir cuando, en las tardes cada vez más cortas, su tarea quedaba cumplida. El otoño era bello, el lago era azul, y su libro tomaba forma y dirección. Estas dichas realzaban por el momento su vida, a la que permitía que lo cubriera con su manto. Al cabo de seis semanas sintió que había aprendido de memoria la lección de St. George, que había puesto a prueba y verificado su doctrina. No obstante, hizo una cosa muy incoherente: antes de cruzar los Alpes escribió a Marian Fancourt. Era consciente de la perversidad de este acto, y lo justificó solamente como un lujo, una diversión, la recompensa de un otoño arduo. Ella no le había pedido tal favor cuando, poco antes de salir de Londres, tres días después de la cena en Ennismore Gardens, fue a despedirse. Era cierto que ella no había tenido razón alguna, él no había nombrado su intención de ausencia. Había guardado silencio por falta de la certeza debida: fue esa visita en particular la que, en segunda instancia, iba a resolver el asunto. Había hecho la visita para ver cuánto le importaba ella realmente, y la inmediata partida, sin que mediara ni un explícito adiós, fue la secuela de esta indagación, cuyo resultado había originado en él un profundo anhelo. Cuando le escribió desde Clarens señaló que le debía una explicación (¡más de tres meses después!) por no haberle dicho lo que iba a hacer.</p>
<p> Ella contestó con brevedad mas con prontitud, y le dio una impresionante noticia: la de la muerte, una semana antes, de Mrs. St. George. Esta ejemplar mujer había sucumbido, en el campo, a un violento ataque de inflamación de los pulmones, recordaría que había estado delicada durante bastante tiempo. Miss Fancourt añadió que creía que su marido se hallaba abrumado por el golpe; la echaría de menos terriblemente, lo había sido todo en la vida para él. Ante esto Paul Overt escribió de inmediato a St. George. Se habría alegrado, desde el día de su marcha, de permanecer en contacto con él, pero hasta la fecha había carecido de la excusa apropiada para molestar a un hombre tan ocupado. Su larga conversación nocturna volvió a él con cada uno de los detalles, pero esto no era óbice para expresar el debido pésame al cabeza de la profesión, pues, ¿acaso no había dejado claro esa misma conversación que la difunta dama era la influencia que regía su vida? ¿Qué catástrofe podía ser más cruel que la extinción de tal influencia? Éste había de ser exactamente el tono adoptado por St. George al contestar a su joven amigo al cabo de poco más de un mes. Por supuesto no aludió a su importante conversación. Hablaba de su esposa tan franca y generosamente como si hubiese olvidado por completo esa ocasión, y el sentimiento de profunda aflicción era visible en sus palabras. «Ella se lo ha llevado todo de mis manos&#8230; de mi cabeza. Condujo nuestra vida con el arte más grande, la devoción más inusual, y yo era libre, como pocos hombres pueden haberlo sido, para dirigir mi pluma, para encerrarme con mi profesión. Éste era un servicio poco común, el más elevado que pudo haberme prestado. ¡Cómo desearía haberlo reconocido de manera más adecuada!»</p>
<p> De estos comentarios se desprendía, para nuestro héroe, cierta perplejidad: le parecieron una contradicción, una retractación, extraña proviniendo de un hombre que no tenía la excusa de la estupidez. Claro estaba que no había esperado que su amigo se regocijara con la muerte de su esposa, y era perfectamente lógico que la ruptura de un vínculo de más de veinte años hubiera dejado en él una herida&#8230; Pero si ella había sido una bendición tan clara, ¿qué se había propuesto esa noche, en nombre de la coherencia, el dichoso hombre al ponerlo a <em>él</em> patas arriba, al administrarle hasta ese punto, a la hora más sensible de su vida, la doctrina del renunciamiento? Si Mrs. St. George era una pérdida irreparable, el inspirado consejo de su marido había sido una broma de mal gusto y el renunciamiento un error. Overt estuvo a punto de precipitar su regreso a Londres para demostrar que, por su parte, estaba perfectamente dispuesto a considerarlo así, y llegó hasta el punto de sacar el manuscrito de los primeros capítulos de su nuevo libro del cajón de su mesa y meterlo en un bolsillo de su baúl. Esto condujo a que vislumbrara ciertas páginas que no había mirado durante meses, y ese accidente, a su vez, hizo que quedara impresionado por la gran promesa que revelaban, resultado poco frecuente de tales retrospecciones, las cuales tenía por costumbre evitar en lo posible: por lo general lo hacían darse cuenta de que el ardor de la creación podía ser un sentimiento puramente subjetivo y equívoco. En esta ocasión, de manera caprichosa, se desprendió de las apretadas correcciones de su primer borrador cierta fe en sí mismo, y así pensó que después de todo sería mejor proseguir con su prueba hasta el final. Si podía escribir tan bien bajo el rigor de la miseria, podría ser una equivocación cambiar las condiciones sin que se hubiera agotado ese hechizo. Volvería a Londres, naturalmente, pero volvería sólo cuando hubiera finalizado su libro. ¿Éste fue el voto que hizo en privado, devolviendo el manuscrito al cajón de la mesa? Puede añadirse que tardó mucho tiempo en terminar su libro, pues el tema era tan difícil como bello, y sentía un embarazo literal ante la amplitud de sus notas. En su interior algo le advertía que había de hacerlo sumamente bueno, de lo contrario carecería, en cuanto a su comportamiento particular, de una buena excusa. Sentía horror ante esta deficiencia y se encontró usando la firmeza necesaria en la cuestión de batir el yunque. Por fin cruzó los Alpes y pasó el invierno, la primavera, el subsiguiente verano, en Italia, donde aún al cabo de un año, su tarea se veía inacabada. «Persista, no ceje»: este mandato general de St. George servía también para cada caso particular. Lo aplicó al máximo, con el resultado de que, cuando en su lento orden el verano hubo llegado de nuevo, sintió que había dado todo lo que había en él. Esta vez metió los papeles en el baúl, con la dirección de su editor, y se encaminó hacia el norte.</p>
<p> Había estado dos años ausente de Londres, dos años que, pareciendo más largos, habían supuesto un cambio tal en su propia vida ?mediante la producción de una novela mucho más fuerte, creía, que <em>Ginistrella</em>?, que se presentó en Piccadilly, la mañana posterior a su llegada, con una vaga esperanza de cambios, de encontrar que habían ocurrido grandes cosas. Pero había pocas transformaciones en Piccadilly ?sólo tres o cuatro grandes casas rojas donde se habían alzado unas bajas y negras? y la luminosidad del final de junio atisbaba por las rejas oxidadas de Green Park y relucía en el barniz de los coches que pasaban, tal y como lo había visto en otros junios, más superficiales. Fue un saludo que apreció; era amigable y directo, añadido al efecto vigorizador de haber concluido su libro, de tener a su propio país y a la enorme ciudad, agobiante y divertida, que lo sugería todo, que lo contenía todo, de nuevo a mano. «Quédese en Inglaterra y haga cosas aquí, haga temas que podamos medir», había dicho St. George; y ahora le pareció que no podía pedir nada mejor que quedarse para siempre en su país. A última hora de la tarde se encaminó a Manchester Square, buscando un número que no había olvidado. Sin embargo, Miss Fancourt no estaba en casa, y se apartó de la puerta con abatimiento. Su movimiento lo puso cara a cara con un caballero que se aproximaba a ella y con otra mirada reconoció al padre de Miss Fancourt. Paul saludó a este personaje, y el General devolvió el saludo con su acostumbrada buena educacion, una educación tan buena, no obstante, que nunca podía saberse si significaba que lo reconocía a uno. El decepcionado visitante sintió el impulso de dirigirse a él; a continuación, vacilando, se dio cuenta de que no tenía ningún comentario especial que hacer y se convenció de que, aunque el viejo soldado lo recordaba, lo recordaba mal. Por tanto, prosiguió su camino sin calcular el efecto irresistible que su evidente reconocimiento tendría en el General, quien nunca desaprovechaba una ocasión de charla. La cara de nuestro joven era expresiva, y rara vez la pasaba por alto la observación. No había dado diez pasos cuando oyó que era llamado con un amigable y semipronunciado «Esto&#8230; perdone». Se volvió y el General, sonriéndole desde el porche, dijo:</p>
<p> ?¿No entra? ¡No me quedaré sin acordarme de su nombre!</p>
<p> Paul declinó el ofrecimiento y a continuación lo sintió, pues Miss Fancourt, a esa hora de la tarde, podría regresar en cualquier momento. Pero su padre no le dio una segunda oportunidad; parecía desear principalmente no haberle parecido descortés. Una mirada más al visitante le había recordado algo, lo suficiente al menos para permitirle decir:</p>
<p> ?¿Ha regresado, ha regresado? ?Paul estuvo a punto de responder que había vuelto la noche anterior, pero suprimió, al instante siguiente, esta clara revelación sobre la rapidez de su visita y, simplemente asintiendo, aludió a la joven a quien lamentaba no haber encontrado. Había venido tarde con la esperanza de que estuviera en casa. ?Se lo diré, se lo diré ?dijo el anciano; y añadió a continuación, con galantería?. ¿Va a ofrecernos algo nuevo? hace mucho tiempo, ¿no? ?ahora lo recordaba bien.</p>
<p> ?Bastante. Soy muy lento ?explicó Paul?. Lo conocí a usted en Summersoft hace mucho tiempo.</p>
<p> ?Ah, sí&#8230; con Henry St. George. Lo recuerdo muy bien. Antes de que su pobre esposa&#8230; ?el General Fancourt hizo una pausa, sonriendo un poco menos?. Tal vez usted lo sepa.</p>
<p> ?¿La muerte de Mrs. St. George? Así es&#8230; me enteré en su momento.</p>
<p> ?Oh, no, quería decir&#8230; quería decir que va a casarse.</p>
<p> ?Ah, ¡eso no lo sabía! ?pero justo cuando Paul iba a añadir «¿con quién?» el General lo interrumpió.</p>
<p> ?¿Cuándo ha vuelto usted? Sé que ha estado fuera, por mi hija. Ella lo sintió mucho. Debería darle algo nuevo.</p>
<p> ?Volví anoche ?dijo nuestro joven, a quien se le había ocurrido algo que por el momento hizo que su voz se apagara un poco.</p>
<p> ?Es muy amable de su parte venir tan pronto. ¿No podría usted volver para cenar?</p>
<p> ?¡A cenar! ?repitió Paul mecánicamente, sin querer preguntar con quién iba a casarse St. George, pero sin pensar más que en eso.</p>
<p> ?Hay varias personas, creo. Por supuesto, St. George. O después, si lo prefiere. Creo que mi hija espera a&#8230; ?pareció advertir algo en la cara levantada del visitante (el General se hallaba en un escalón más alto) que lo hizo detenerse y la pausa le causó una sensación momentánea de incomodidad de la que buscó una rápida salida?. Entonces quizá no se haya enterado de que ella va a casarse.</p>
<p> Paul quedó boquiabierto de nuevo.</p>
<p> ?¿Que va a casarse?</p>
<p> ?Con Mr. St. George, acaba de decidirse. Un extraño matrimonio, ¿no cree? ?nuestro oyente no profirió opinión alguna: sólo continuó mirándolo fijamente?. Pero quizá salga bien, ¡ella es tremendamente literaria! ?dijo el General.</p>
<p> Paul se había puesto muy rojo:</p>
<p> ?¡Qué sorpresa&#8230; es muy interesante, encantador! Me parece que no puedo venir a cenar&#8230; ¡muchísimas gracias!</p>
<p> ?Bueno, ¡debe usted venir a la boda! ?exclamó el General?. Recuerdo ese día en Summersoft. Es un gran hombre, ¿sabe?</p>
<p> ?¡Encantador&#8230; encantador! ?tartamudeó Paul para emprender la retirada. Estrechó la mano del General y se fue. Tenía la cara roja y le daba la sensación de que cada vez lo estaba más. Toda la tarde en casa ?fue derecho a sus habitaciones y permaneció allí sin cenar? las mejillas le ardieron a intervalos, como si hubieran recibido una bofetada. No comprendía lo que le había sucedido, qué mala pasada le habían hecho, qué traición. «Ninguna, ninguna», se decía. «No tengo nada que ver con eso. Estoy al margen&#8230; no me incumbe.» Pero ese murmullo desconcertado era seguido una y otra vez de exclamaciones incongruentes: «¿Era un plan&#8230; era un plan?» A veces gritaba para sí, sin aliento, «¿He sido engañado, vendido, estafado?» Como poco, era una víctima absurda y vil. Era como si no la hubiera perdido hasta ahora. Había renunciado a ella, sí; pero eso era otro asunto, era una puerta cerrada, mas no con llave. Ahora le parecía ver la puerta cerrada en sus narices. ¿Es que había contado con que ella esperase? ¿Es que iba ella a darle ese tiempo porque sí: dos años de una vez? No sabía lo que había esperado&#8230; sólo lo que no había esperado. No era esto&#8230; no era esto. Aturdimiento, amargura e ira surgieron e hirvieron en él al pensar en la deferencia, la devoción, la credulidad con las que había escuchado a St. George. La tarde transcurría y duraba la luz; pero incluso cuando anocheció permaneció sin una lámpara. Se había hundido en el sofá, donde yació durante horas, con los ojos cerrados, o bien contemplando la penumbra, en la actitud de un hombre que está enseñándose a sí mismo a soportar algo, a soportar que se lo ponga en ridículo. Lo había hecho demasiado fácil, esa idea lo invadía como una ola caliente. De repente, cuando oyó dar las once, se levantó de un salto, recordando lo que había dicho el General Fancourt de que fuera después de la cena. Iría&#8230;, al menos la vería; quizás ella comprendiera lo que significaba. Se sentía como si le hubieran dado algunos de los elementos de una difícil suma y faltara el resto: no podía realizar esta suma hasta que tuviera todas las cifras.</p>
<p> Se vistió y condujo de prisa y para las once y media se encontraba en Manchester Square. Había un buen número de coches a la puerta; era una fiesta, circunstancia que después de todo le produjo un ligero alivio, pues ahora prefería verla en medio de una muchedumbre. Se cruzó con gente en la escalera; se iban, «seguían» el gregario movimiento de la sociedad nocturna de Londres. Pero quedaban grupos variados en el salón y pasaron unos minutos, puesto que ella no había oído que lo anunciaran, hasta que la descubrió y hablaron. En este corto intervalo había visto a St. George charlando con una señora delante de la chimenea; pero al instante había desviado la mirada, porque no se sentía preparado para un encuentro, y por consiguiente no podía estar seguro de que el autor de <em>Shadowmere</em> hubiese advertido su presencia. En cualquier caso, no vino hacia él; aunque Miss Fancourt lo hizo en cuanto lo vio, casi se acercó corriendo, sonriendo entre el susurro de su vestido, exultante y bella. Había olvidado lo que su cabeza, lo que su cara ofrecían a la vista; vestía de blanco, había figuras doradas en su vestido, y su cabello era un penacho de oro. En un solo momento vio que era feliz, feliz con un esplendor agresivo. Pero ella no le habló de eso, sólo habló de él.</p>
<p> ?Estoy encantada; mi padre me lo dijo. ¡Qué amable ha sido al venir! ?le pareció tan fresca y valiente, mientras con los ojos recorría toda su persona, que se dijo para sí mismo, irresistiblemente: «¿Por qué para <em>él</em>, por qué no para la juventud, la fuerza, la ambición, un futuro? ¿Por qué, con su joven e intensa fuerza, para el fracaso, la abdicación, el retiro?» En ese momento áspero blasfemó mentalmente incluso contra todo lo que le quedaba de fe en ese Maestro capaz de pecar?. Sentí mucho no haber estado ?continuó?. Me lo dijo mi padre. ¡Qué amable al venir tan pronto!</p>
<p> ?¿La sorprende eso? ?preguntó Paul Overt.</p>
<p> ?¿El primer día? De usted no&#8230; nada que sea agradable ?fue interrumpida por una señora que se despedía de ella, y él pareció leer que no le costaba nada hablarle en ese tono; era su antiguo estilo liberal y pródigo, con cierta amplitud que el tiempo había añadido; y si este estilo empezaba a tener lugar ahí mismo, en una coyuntura tal de su vida, pudiera ser que los otros días hubiera significado igual de poco o de mucho, un mero acto de caridad mecánico, con la diferencia de que ahora se hallaba satisfecha, dispuesta a dar, pero sin necesitar de nada. Sí, estaba satisfecha&#8230; y ¿por qué no había de estarlo? ¿Por qué no había de sorprenderse de que viniera el primer día, considerando lo poco que había sacado de él? Como la señora continuaba acaparando su atención, Paul se volvió con una ira extraña en su alma complicada de artista y una especie de decepción desinteresada. Ella eran tan feliz que la circunstancia resultaba casi estúpida, una refutación de la inteligencia extraordinaria que con anterioridad había encontrado en ella. ¿Es que no sabía lo malo que podía ser St. George, es que no había reconocido la horrible flaqueza&#8230;? Si no lo sabía, ella no era nada, y si lo sabía, ¿por qué tal insolencia de serenidad? Esta pregunta expiró cuando los ojos de nuestro joven se posaron por fin sobre el genio que lo había aconsejado en una gran crisis. St. George se encontraba aún ante la chimenea, pero ahora estaba solo ?fijo, esperando, como si tuviera la intención de quedarse hasta que todos se hubieran marchado? y se encontró con los ojos nublados del joven amigo, doliente hasta el punto de sentirse con derecho (el derecho del que su resentimiento hubiera disfrutado) a considerarse a sí mismo una víctima. En cierto modo los estragos de la pregunta fueron refrenados por el aire exultante del Maestro. Era tan imponente como el de Marian Fancourt, revelaba al ser humano feliz; pero al mismo tiempo significaba para Paul Overt que el autor de <em>Shadowmere</em> había dejado definitivamente de contar, había dejado de contar como escritor. Al sonreír una bienvenida desde el otro lado de la estancia, se mostró casi banal, casi pagado de sí mismo. A Paul se le antojó por un instante que vacilaba en hacer un movimiento, exactamente como si <em>tuviera</em> conciencia culpable; de inmediato, ya se habían encontrado en medio de la habitación y se habían dado la mano, expresivamente, cordialmente por parte de St. George. Con lo que volvieron juntos al sitio en que había estado el mayor de los dos mientras St. George decía:</p>
<p> ?Espero que no vuelva a marcharse nunca. He estado cenando aquí; me lo dijo el General ?estaba guapo, estaba joven, daba la impresión de tener aún una gran reserva de vida. Inclinó los ojos más amigables e inocentes sobre su discípulo de un par de años antes; se interesó por todo, su salud, sus planes, sus últimas ocupaciones, el nuevo libro?. ¿Cuándo saldrá? Pronto, pronto, espero. Espléndido, ¿no? Eso es; usted es un consuelo, ¡usted es un lujo! He vuelto a leer toda su obra en estos últimos seis meses ?Paul esperó a ver si le decía lo que el General le había dicho por la tarde y lo que Miss Fancourt, al menos verbalmente, desde luego no le había dicho. Mas como no salía, hizo por fin la pregunta.</p>
<p> ?¿Es verdad la gran noticia que he oído, que va a casarse?</p>
<p> ?Ah, ¿entonces se <em>ha</em> enterado?</p>
<p> ?¿No se lo dijo el General? ?preguntó Paul.</p>
<p> La cara del Maestro era maravillosa.</p>
<p> ?¿Decirme qué?</p>
<p> ?Que me lo mencionó esta tarde.</p>
<p> ?Mi querido amigo, no lo recuerdo. Hemos estado con tanta gente. Siento, en ese caso, haber perdido el placer, yo mismo, de anunciarle un hecho que me toca tan de cerca. Es un hecho, por extraño que pueda parecer. Acaba de convertirse en tal. ¿No cree que es ridículo? ?St. George hizo su discurso sin confusión, pero al mismo tiempo, según podía juzgar nuestro amigo, sin un descaro latente. A su interlocutor le pareció que, para hablar de una manera tan cómoda y fría, simplemente debía haber olvidado lo que sucediera entre ellos. Sus siguientes palabras, sin embargo, demostraron que no había sido así, y produjeron, como un llamamiento a la memoria misma de Paul, un efecto que hubiera resultado absurdo de no ser cruel. ¿Se acuerda de la conversación que mantuvimos en mi casa esa noche, en la que se mencionó el nombre de Miss Fancourt? Desde entonces he pensado en esa charla con frecuencia.</p>
<p> ?Sí; no me extraña que dijera lo que dijo ?Paul lo miró a los ojos con cautela.</p>
<p> ?¿En vista de esta circunstancia? Ah, pero entonces no existía. ¿Cómo podía haber previsto este momento?</p>
<p> ?¿No lo consideraba probable?</p>
<p> ?No, por mi honor ?dijo Henry St. George?. No hay duda de que le debo tal garantía. Piense en cómo ha cambiado mi situación.</p>
<p> ?Ya veo&#8230; ya veo ?murmuró nuestro joven.</p>
<p> Su compañero prosiguió como si, ahora que el tema había sido abordado, él, una persona de imaginación y tacto, estuviera dispuesto a proporcionar todas las satisfacciones precisas, ya que tanto por su genio como por su método era capaz de penetrar todo lo que otro pudiera sentir.</p>
<p> ?Pero no es sólo eso; porque, sinceramente, a mi edad nunca lo hubiera soñado, ¡un viudo con chicos mayores y con tan poco más! Ha salido de manera muy diferente a como pudiera haberlo soñado, y mi buena fortuna no tiene límites. Ella ha sido tan libre, y sin embargo consiente. Usted, quizá mejor que ningún otro, pues recuerdo cómo le gustaba a usted antes de que se marchara, y cómo le gustaba usted a ella, puede felicitarme con inteligencia.</p>
<p> «¡Ha sido tan libre!» Esas palabras causaron una gran impresión en Paul Overt, y casi se retorció ante la ironía que contenían, que poco importaba si era intencionada o fortuita. Claro que había sido libre, y de manera apreciable quizás gracias a la propia acción de Overt; porque, ¿no era también parte de la ironía la alusión que hizo el Maestro de que a ella le había gustado él?</p>
<p> ?Creí que, de acuerdo con su teoría, usted desaprobaba que un escritor se casara.</p>
<p> ?Sin duda, sin duda. Pero, ¿no me estará llamando escritor?</p>
<p> ?Debería estar avergonzado ?dijo Paul.</p>
<p> ?¿Avergonzado de casarme atra vez?</p>
<p> ?No diría eso, pero avergonzado de sus razones.</p>
<p> El hombre mayor le brindó una sonrisa maravillosa.</p>
<p> ?Debe permitirme que las juzgue yo, mi buen amigo.</p>
<p> ?Sí, ¿por qué no? Porque usted juzgó las mías estúpidamente.</p>
<p> De pronto, al parecer, el tono de estas palabras sugirió a St. George lo insospechado. Lo miró como si adivinara una amargura.</p>
<p> ?¿Cree que no he sido recto?</p>
<p> ?Podía habérmelo dicho en el momento, tal vez.</p>
<p> ?Querido amigo, ¡cuando le digo que no podía penetrar el futuro&#8230;!</p>
<p> ?Me refiero a después.</p>
<p> El Maestro se sorprendió.</p>
<p> ?¿Después de la muerte de mi esposa?</p>
<p> ?Cuando tuvo esta idea.</p>
<p> ?Ah, ¡nunca, nunca! Quería salvarlo, con lo poco común y lo precioso que es usted.</p>
<p> El pobre Overt lo miró con dureza.</p>
<p> ?¿Se casa con Miss Fancourt para salvarme?</p>
<p> ?En absoluto, pero eso aumenta el placer. Usted será obra mía ?sonrió St. George?. Quedé enormemente impresionado, después de nuestra conversación, por la devota manera en que abandonó el país, y aún más quizás por su fuerza de carácter al permanecer en el extranjero. Usted es muy fuerte&#8230;, es maravillosamente fuerte.</p>
<p> Paul intentó sondear sus ojos brillantes; lo extraño era que parecía sincero, no un diablo burlón. Se volvió y, al hacerlo, oyó que el Maestro decía algo acerca de haberles brindado ya una prueba, que sería la alegría de su vejez. Se volvió de nuevo hacia él, echándole otra mirada.</p>
<p> ?¿Quiere decir que ha dejado de escribir?</p>
<p> ?Naturalmente, mi querido amigo. Es demasiado tarde. ¿No se lo dije?</p>
<p> ?¡No puedo creerlo!</p>
<p> ?Claro que no puede&#8230; ¡con su talento! No, no; durante el resto de mi vida sólo lo leeré a <em>usted</em>.</p>
<p> ?¿Eso lo sabe ella&#8230; Miss Fancourt?</p>
<p> ?Lo sabrá&#8230; lo sabrá ?¿pretendía con esto, se preguntó nuestro joven, insinuar disimuladamente que la ayuda que le iba a proporcionar la fortuna de esa joven, moderada como era, supondría que en adelante podía dejar de explotar desagradecidamente un filón agotado? De alguna manera, cuando se lo veía en la plenitud de su hombría triunfante, no daba señal de que ninguno de sus filones estuviera agotado?. ¿No recuerda la moraleja que le ofrecí aquella noche? ?continuó St. George?. De todos modos considere la advertencia que constituyo en este momento.</p>
<p> Esto era demasiado, <em>era</em> el diablo burlón. Paul se separó de él con un simple movimiento de cabeza por despedida y la sensación, en su corazón dolorido, de que era posible que volviera a ese hombre y a su fácil talante, a su admirable manera de arreglar las cosas, alguna vez, pero ahora no podía confraternizar con él. A su dolor le resultaba necesario creer, por el momento, en la intensidad de su agravio, tanto más cruel porque no era legal. Sin duda se hallaba en la actitud de aferrarse a esta injusticia cuando descendió las escaleras, sin despedirse de Miss Fancourt, quien no estaba a la vista en el momento en que abandonó la habitación. Se alegró de salir a la noche oscura, sincera y sin sofisticaciones, de moverse de prisa, de irse a casa a pie. Anduvo durante un largo tiempo, extraviándose, sin poner atención. Pensaba en demasiadas cosas. No obstante, sus pasos recuperaron el rumbo, y al cabo de una hora se encontró ante su puerta en la callecita vacía y barata. Permaneció ahí, aún interrogándose a sí mismo antes de entrar, sin nada más a su alrededor que la oscuridad sin luna, un mal farol o dos y unas pocas estrellas lejanas y débiles. Levantó los ojos hacia estas últimas tenues criaturas; había estado diciéndose que habría sido «vendido», diabólicamente vendido, si ahora, sobre sus nuevos cimientos, al cabo de un año, St. George sacara algo de su mejor calidad, algo del tipo de <em>Shadowmere</em> y mejor que lo mejor. Admirando intensamente su talento como lo admiraba, Paul albergaba literalmente la esperanza de que tal incidente no ocurriera; le pareció en ese momento que no sería capaz de soportarlo. Las últimas palabras de su consejero sonaban aún en sus oídos: «Usted es muy fuerte&#8230; es maravillosamente fuerte.» ¿Lo era en realidad? Desde luego tendría que serlo, y podría servir un poco de venganza. ¿Lo <em>es</em>?, puede que a su vez pregunte el lector, si es que su interés ha seguido hasta aquí al perplejo joven. Quizá la mejor respuesta sea que está haciendo lo posible, pero que es demasiado pronto para hablar. Cuando el nuevo libro salió en el otoño Mr. y Mrs. St. George lo encontraron realmente magnífico. El primero sigue sin publicar nada, pero Paul no se siente aún seguro. He de decir en su favor, no obstante, que si tal acontecimiento ocurriera, él sería sin duda el primero en apreciarlo: lo que quizá demuestre que el Maestro, en esencia, tenía razón y que la Naturaleza lo había destinado a lo intelectual y no a la pasión personal.</p>
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		<title>El capote</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Jan 2010 06:02:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Tortura psicológica]]></category>

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		<description><![CDATA[En el departamento ministerial de **F; pero creo que será preferible no nombrarlo, porque no hay gente más susceptible que los empleados de esta clase de departamentos, los oficiales, los cancilleres&#8230;, en una palabra: todos los funcionarios que componen la burocracia. Y ahora, dicho esto, muy bien pudiera suceder que cualquier ciudadano honorable se sintiera [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-47" style="margin: 12px;" title="san-petersburgo" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/san-petersburgo.jpg" alt="san-petersburgo" width="287" height="199" />En el departamento ministerial de **F; pero creo que será preferible no nombrarlo, porque no hay gente más susceptible que los empleados de esta clase de departamentos, los oficiales, los cancilleres&#8230;, en una palabra: todos los funcionarios que componen la burocracia. Y ahora, dicho esto, muy bien pudiera suceder que cualquier ciudadano honorable se sintiera ofendido al suponer que en su persona se hacía una afrenta a toda la sociedad de que forma parte. Se dice que hace poco un capitán de Policía-no recuerdo en qué ciudad-presentó un informe, en el que manifestaba claramente que se burlaban los decretos imperiales y que incluso el honorable título de capitán de Policía se llegaba a pronunciar con desprecio. Y en prueba de ello mandaba un informe voluminoso de cierta novela romántica, en la que, a cada diez páginas, aparecía un capitán de Policía, y a veces, y esto es lo grave, en completo estado de embriaguez. Y por eso, para evitar toda clase de disgustos, llamaremos sencillamente <em>un departamento</em> al departamento de que hablemos aquí.</p>
<p>Pues bien: en cierto departamento ministerial trabajaba un funcionario, de quien apenas si se puede decir que tenía algo de particular. Era bajo de estatura, algo picado de viruelas, un tanto pelirrojo y también algo corto de vista, con una pequeña calvicie en la frente, las mejillas llenas de arrugas y el rostro pálido, como el de las personas que padecen de almorranas&#8230; ¡Qué se le va a hacer! La culpa la tenía el clima petersburgués.<br />
En cuanto al grado-ya que entre nosotros es la primera cosa que sale a colación-, nuestro hombre era lo que llaman un eterno consejero titular, de los que, como es sabido, se han mofado y chanceado diversos escritores que tienen la laudable costumbre de atacar a los que no pueden defenderse. El apellido del funcionario en cuestión era Bachmachkin, y ya por el mismo se ve claramente que deriva de la palabra zapato; pero cómo, cuándo y de qué forma, nadie lo sabe. El padre, el abuelo y hasta el cuñado de nuestro funcionario y todos los Bachmachkin llevaron siempre botas, a las que mandaban poner suelas solo tres veces al año. Nuestro hombre se llamaba Akakiy Akakievich. Quizá al lector le parezca este nombre un tanto raro y rebuscado, pero puedo asegurarle que no lo buscaron adrede, sino que las circunstancias mismas hicieron imposible darle otro, pues el hecho ocurrió como sigue:<br />
Akakiy Akakievich nació, si mal no se recuerda, en la noche del veintidós al veintitrés de marzo. Su difunta madre, buena mujer y esposa también de otro funcionario, dispuso todo lo necesario, como era natural, para que el niño fuera bautizado. La madre guardaba aún cama, la cual estaba situada enfrente de la puerta, y a la derecha se hallaban el padrino, Iván Ivanovich Erochkin, hombre excelente, jefe de oficina en el Senado, y la madrina, Arina Semenovna Belobriuchkova, esposa de un oficial de la Policía y mujer de virtudes extraordinarias.<br />
Dieron a elegir a la parturienta entre tres nombres: Mokkia, Sossia y el del mártir Josdasat. «No -dijo para sí la enferma-. ¡Vaya unos nombres! ¡ No! » Para complacerla, pasaron la hoja del almanaque, en la que se leían otros tres nombres, Trifiliy, Dula y Varajasiy.<br />
-¡Pero todo esto parece un verdadero castigo! -exclamó la madre-. ¡Qué nombres! ¡Jamás he oído cosa semejante! Si por lo menos fuese Varadat o Varuj; pero ¡Trifiliy o Varajasiy!<br />
Volvieron otra hoja del almanaque y se encontraron los nombres de Pavsikajiy y Vajticiy.<br />
-Bueno; ya veo-dijo la anciana madre-que este ha de ser su destino. Pues bien: entonces, será mejora que se llame como su padre. Akakiy se llama el padre; que el hijo se llame también Akakiy.<br />
Y así se formó el nombre de Akakiy Akakievich. E1 niño fue bautizado. Durante el acto sacramental lloró e hizo tales muecas, cual si presintiera que había de ser consejero titular. Y así fue como sucedieron las cosas. Hemos citado estos hechos con objeto de que el lector se convenza de que todo tenía que suceder así y que habría sido imposible darle otro nombre.<br />
Cuándo y en qué época entró en el departamento ministerial y quién le colocó allí, nadie podría decirlo. Cuantos directores y jefes pasaron le habían visto siempre en el mismo sitio, en idéntica postura, con la misma categoría de copista; de modo que se podía creer que había nacido así en este mundo, completamente formado con uniforme y la serie de calvas sobre la frente.<br />
En el departamento nadie le demostraba el menor respeto. Los ordenanzas no sólo no se movían de su sitio cuando él pasaba, sino que ni siquiera le miraban, como si se tratara sólo de una mosca que pasara volando por la sala de espera. Sus superiores le trataban con cierta frialdad despótica. Los ayudantes del jefe de oficina le ponían los montones de papeles debajo de las narices, sin decirle siquiera: «Copie esto», o «Aquí tiene un asunto bonito e interesante», o algo por el estilo. como corresponde a empleados con buenos modales. Y él los cogía, mirando tan sólo a los papeles, sin fijarse en quién los ponía delante de él, ni si tenía derecho a ello. Los tomaba y se ponía en el acto a copiarlos.<br />
Los empleados jóvenes se mofaban y chanceaban de él con todo el ingenio de que es capaz un cancillerista-si es que al referirse a ellos se puede hablar de ingenio-, contando en su presencia toda clase de historias inventadas sobre él y su patrona, una anciana de setenta años. Decían que ésta le pegaba y preguntaban cuándo iba a casarse con ella y le tiraban sobre la cabeza papelitos, diciéndole que se trataba de copos de nieve. Pero a todo esto, Akakiy Akakievich no replicaba nada, como si se encontrara allí solo. Ni siquiera ejercía influencia en su ocupación, y a pesar de que le daban la lata de esta manera, no cometía ni un solo error en su escritura. Solo cuando la broma resultaba demasiado insoportable, cuando le daban algún golpe en el brazo, impidiéndole seguir trabajando, pronunciaba estas palabras:<br />
-¡ Dejadme! ¿Por qué me ofendéis?<br />
Había algo extraño en estas palabras y en el tono de voz con que las pronunciaba. En ellas aparecía algo que inclinaba a la compasión. Y así sucedió en cierta ocasión: un joven que acababa de conseguir empleo en la oficina y que, siguiendo el ejemplo de los demás, iba a burlarse de Akakiy, se quedó cortado, cual si le hubieran dado una puñalada en el corazón, y desde entonces pareció que todo había cambiado ante él y lo vio todo bajo otro aspecto. Una fuerza sobrenatural le impulsó a separarse de sus compañeros, a quienes había tomado por personas educadas y como es debido. Y aun mucho más tarde, en los momentos de mayor regocijo, se le aparecía la figura de aquel diminuto empleado con la calva sobre la frente, y oía sus palabras insinuantes<br />
« ¡Dejadme! ¿Por qué me ofendéis?» Y simultáneamente con estas palabras resonaban otras: «¡Soy tu hermano!» El pobre infeliz se tapaba la cara con las manos, y más de una vez, en el curso de su vida, se estremeció al ver cuánta inhumanidad hay en el hombre y cuánta dureza y grosería encubren los modales de una supuesta educación, selecta y esmerada. Y, ¡Dios mío!, hasta en las personas que pasaban por nobles y honradas&#8230;<br />
Difícilmente se encontraría un hombre que viviera cumpliendo tan celosamente con sus deberes&#8230; y, ¡es poco decir!, que trabajara con tanta afición y esmero. Allí, copiando documentos, se abría ante él un mundo más pintoresco y placentero. En su cara se reflejaba el gozo que experimentaba. Algunas letras eran sus favoritas, y cuando daba con ellas estaba como fuera de sí: sonreía, parpadeaba y se ayudaba con los labios, de manera que resultaba hasta posible leer en su rostro cada letra que trazaba su pluma.<br />
Si le hubieran dado una recompensa a su celo tal vez, con gran asombro por su parte, hubiera conseguido ser ya consejero de Estado. Pero, como decían sus compañeros bromistas, en vez de una condecoración de ojal, tenía hemorroides en los riñones. Por otra parte, no se puede afirmar que no se le hiciera ningún caso. En cierta ocasión, un director, hombre bondadoso, deseando recompensarle por sus largos servicios, ordenó que le diesen un trabajo de mayor importancia que el suyo, que consistía en copiar simples documentos. Se le encargó que redactara, a base de un expediente, un informe que había de ser elevado a otro departamento. Su trabajo consistía sólo en cambiar el título y sustituir el pronombre de primera persona por el de tercera. Esto le dio tanto trabajo, que, todo sudoroso, no hacía más que pasarse la mano por la frente, hasta que por fin acabó por exclamar:<br />
-No; será mejor que me dé a copiar algo, como hacía antes.<br />
Y desde entonces le dejaron para siempre de copista.<br />
Fuera de estas copias, parecía que en el mundo no existía nada para él. Nunca pensaba en su traje. Su uniforme no era verde, sino que había adquirido un color de harina que tiraba a rojizo. Llevaba un cuello estrecho y bajo, y, a pesar de que tenía el cuello corto, éste sobresalía mucho y parecía exageradamente largo, como el de los gatos de yeso que mueven la cabeza y que llevan colgando, por docenas, los artesanos.<br />
Y siempre se le quedaba algo pegado al traje, bien un poco de heno, o bien un hilo. Además. tenía la mala suerte, la desgracia, de que al pasar siempre por debajo de las ventanas lo hacía en el preciso momento en que arrojaban basuras a la calle. Y por eso, en todo momento, llevaba en el sombrero alguna cáscara de melón o de sandía o cosa parecida. Ni una sola vez en la vida prestó atención a lo que ocurría diariamente en las calles, cosa que no dejaba de advertir su colega, el joven funcionario, a quien, aguzando de modo especial su mirada, penetrante y atrevida, no se le escapaba nada de cuanto pasara por la acera de enfrente, ora fuese alguna persona que llevase los pantalones de trabillas, pero un poco gastados ora otra cosa cualquiera, todo lo cual hacía asomar siempre a su rostro una sonrisa maliciosa.<br />
Pero Akakiy Akakievich, adonde quiera que mirase, siempre veía los renglones regulares de su letra limpia y correcta. Y sólo cuando se le ponía sobre el hombro el hocico de algún caballo, y éste le soplaba en la mejilla con todo vigor, se daba cuenta de que no estaba en medio de una línea, sino en medio de la calle.<br />
Al llegar a su casa se sentaba en seguida a la mesa, tomaba rápidamente la sopa de schi (1), y después comía un pedazo de carne de vaca con cebollas, sin reparar en su sabor. Era capaz de comerlo con moscas y con todo aquello que Dios añadía por aquel entonces. Cuando notaba que el estómago empezaba a llenársele, se levantaba de la mesa, cogía un tintero pequeño y empezaba a copiar los papeles que había llevado a casa. Cuando no tenía trabajo, hacía alguna copia para él, por mero placer, sobre todo si se trataba de algún documento especial, no por la belleza del estilo, sino porque fuese dirigido a alguna persona nueva de relativa importancia.<br />
Cuando el cielo gris de Petersburgo oscurece e totalmente y toda la población de empleados se ha saciado cenando de acuerdo con sus sueldos y gustos particulares; cuando todo el mundo descansa, procurando olvidarse del rasgar de las plumas en las oficinas, de los vaivenes, de las ocupaciones propias y ajenas y de todas las molestias que se toman voluntariamente los hombres inquietos y a menudo sin necesidad; cuando los empleados gastan el resto del tiempo divirtiéndose unos, los más animados, asistiendo a algún teatro, otros saliendo a la calle, para observar ciertos sombreritos y las modas últimas, quiénes acudiendo a alguna reunión en donde se prodiguen cumplidos a lindas muchachas o a alguna en especial, que se considera como estrella en este limitado círculo de empleados, y quiénes, los más numerosos, yendo simplemente a casa de un compañero, que vive en un cuarto o tercer piso compuesto de dos pequeñas habitaciones y un vestíbulo o cocina, con objetos modernos, que denotan casi siempre afectación, una lámpara o cualquier otra cosa adquirida a costa de muchos sacrificios, renunciamientos y privaciones a cenas o recreos. En una palabra: a la hora en que todos los empleados se dispersan por las pequeñas viviendas de sus amigos para jugar al whist y tomar algún que otro vaso de té con pan tostado de lo más barato y fumar una larga pipa, tragando grandes bocanadas de humo y, mientras se distribuían las cartas, contar historias escandalosas del gran mundo a lo que un ruso no puede renunciar nunca, sea cual sea su condición, y cuando no había nada que referir, repetir la vieja anécdota acerca del comandante a quien vinieron a decir que habían cortado la cola del caballo de la estatua de Pedro el Grande, de Falconet&#8230;; en suma, a la hora en que todos procuraban divertirse de alguna forma, Akakiy Akakievich no se entregaba a diversión alguna.<br />
Nadie podía afirmar haberle visto siquiera una sola vez en alguna reunión. Después de haber copiado a gusto, se iba a dormir, sonriendo y pensando de antemano en el día siguiente. ¿Qué le iba a traer Dios para copiar mañana?<br />
Y así transcurría la vida de este hombre apacible, que, cobrando un sueldo de cuatrocientos rublos al año, sabía sentirse contento con su destino. Tal vez hubiera llegado a muy viejo, a no ser por las desgracias que sobrevienen en el curso de la vida, y esto no sólo a los consejeros de Estado, sino también a los privados e incluso a aquellos que no dan consejos a nadie ni de nadie los aceptan.<br />
Existe en Petersburgo un enemigo terrible de todos aquellos que no reciben más de cuatrocientos rublos anuales de sueldo. Este enemigo no es otro que nuestras heladas nórdicas, aunque, por lo demás, se dice que son muy sanas. Pasadas las ocho, la hora en que van a la oficina los diferentes empleados del Estado, el frío punzante e intenso ataca de tal forma los narices sin elección de ninguna especie, que los pobres empleados no saben cómo resguardarse. A estas horas, cuando a los más altos dignatarios les duele la cabeza de frío y las lágrimas les saltan de los ojos, los pobres empleados, los consejeros titulares, se encuentran a veces indefensos. Su única salvación consiste en cruzar lo más rápidamente posible las cinco o seis calles, envueltos en sus ligeros capotes, y luego detenerse en la conserjería, pateando enérgicamente, hasta que se deshielan todos los talentos y capacidades de oficinistas que se helaron en el camino.<br />
Desde hacía algún tiempo, Akakiy Akakievich sentía un dolor fuerte y punzante en la espalda y en el hombro, a pesar de que procuraba medir lo más rápidamente posible la distancia habitual de su casa al departamento. Se le ocurrió al fin pensar si no tendría la culpa de ello su capote. Lo examinó minuciosamente en casa y comprobó que precisamente en la espalda y en los hombros la tela clareaba, pues el paño estaba tan gastado, que podía verse a través de él. Y el forro se deshacía de tanto uso.<br />
Conviene saber que el capote de Akakiy Akakievich también era blanco de las burlas de los funcionarios. Hasta le habían quitado el nombre noble de capote y le llamaban bata. En efecto, este capote había ido tomando una forma muy curiosa; el cuello disminuía cada año más y más, porque servía para remendar el resto. Los remiendos no denotaban la mano hábil de un sastre, ni mucho menos, y ofrecían un aspecto tosco y antiestético. Viendo en qué estado se encontraba su capote, Akakiy Akakievich decidió llevarlo a Petrovich, un sastre que vivía en un cuarto piso interior, y que, a pesar de ser bizco y picado de viruelas, revelaba bastante habilidad en remendar pantalones y fraques de funcionarios y de otros caballeros, claro está, cuando se encontraba tranquilo y sereno y no tramaba en su cabeza alguna otra empresa.<br />
Es verdad que no haría falta hablar de este sastre; mas como es costumbre en cada narración esbozar fielmente el carácter de cada personaje, no queda otro remedio que presentar aquí a Petrovich,<br />
Al principio, cuando aún era siervo y hacía de criado, se llamaba Gregorio a secas. Tomó el nombre de Petrovich al conseguir la libertad, y al mismo tiempo empezó a emborracharse los días de fiesta, al principio solamente los grandes y luego continuó haciéndolo, indistintamente, en todas las fiestas de la Iglesia, dondequiera que encontrase alguna cruz en el calendario. Por ese lado permanecía fiel a las costumbres de sus abuelos, y riñendo con su mujer, la llamaba impía y alemana.<br />
Ya que hemos mencionado a su mujer, convendría decir algunas palabras acerca de ella. Desgraciadamente, no se sabía nada de la misma, a no ser que era esposa de Petrovich y que se cubría la cabeza con un gorrito y no con un pañuelo. Al parecer, no podía enorgullecerse de su belleza; a lo sumo, algún que otro soldado de la guardia es muy posible que si se cruzase con ella por la calle le echase alguna mirada debajo del gorro, acompañada de un extraño movimiento de la boca y de los bigotes con un curioso sonido inarticulado .<br />
Subiendo la escalera que conducía al piso del sastre, que, por cierto, estaba empapada de agua sucia y de desperdicios, desprendiendo un olor a aguardiente que hacía daño al olfato y que, como es sabido, es una característica de todos los pisos interiores de las casas petersburguesas; subiendo la escalera, pues, Akakiy Akakievich reflexionaba sobre el precio que iba a cobrarle Petrovich, y resolvió no darle más de dos rublos.<br />
La puerta estaba abierta, porque la mujer de Petrovich, que en aquel preciso momento freía pescado, había hecho tal humareda en la cocina, que ni siquiera se podían ver las cucarachas. Akakiy Akakievich atravesó la cocina sin ser visto por la mujer y llegó a la habitación, donde se encontraba Petrovich sentado en una ancha mesa de madera con las piernas cruzadas, como un bajá, y descalzo, según costumbre de los sastres cuando están trabajando. Lo primero que llamaba la atención era el dedo grande, bien conocido de Akakiy Akakievich por la uña destrozada, pero fuerte y firme, como la concha de una tortuga. Llevaba al cuello una madeja de seda y de hilo y tenía sobre las rodillas una prenda de vestir destrozada. Desde hacía tres minutos hacía lo imposible por enhebrar una aguja, sin conseguirlo. y por eso echaba pestes contra la oscuridad y luego contra el hilo, murmurando entre dientes:<br />
-¡Te vas a decidir a pasar, bribona! ¡Me estás haciendo perder la paciencia, granuja!<br />
Akakiy Akakievich estaba disgustado por haber llegado en aquel preciso momento en que Petrovich se hallaba encolerizado. Prefería darle un encargo cuando el sastre estuviese algo menos batallador, más tranquilo, pues, como decía su esposa, ese demonio tuerto se apaciguaba con el aguardiente ingerido. En semejante estado, Petrovich solía mostrarse muy complaciente y rebajaba de buena gana, más aún, daba las gracias y hasta se inclinaba respetuosamente ante el cliente. Es verdad que luego venía la mujer llorando y decía que su marido estaba borracho y por eso había aceptado el trabajo a bajo precio. Entonces se le añadían diez kopeks más, y el asunto quedaba resuelto. Pero aquel día Petrovich parecía no estar borracho y por eso se mostraba terco, poco hablador y dispuesto a pedir precios exorbitantes.<br />
Akakiy Akakievich se dio cuenta de todo esto y quiso, como quien dice, tomar las de Villadiego; pero ya no era posible. Petrovich clavó en él su ojo torcido y Akakiy Akakievich dijo sin querer:<br />
-¡Buenos días, Petrovich!<br />
-¡Muy buenos los tenga usted también!-respondió Petrovich, mirando de soslayo las manos de Akakiy Akakievich para ver qué clase de botín traía éste.<br />
-Vengo a verte, Petrovich, pues yo&#8230;<br />
Conviene saber que Akakiy Akakievich se expresaba siempre por medio de preposiciones, adverbios y partículas gramaticales que no tienen ningún significado. Si el asunto en cuestión era muy delicado, tenía la costumbre de no terminar la frase, de modo que a menudo empezaba por las palabras: «Es verdad, justamente eso&#8230;», y después no seguía nada y él mismo se olvidaba, pensando que lo había dicho todo.<br />
-¿Qué quiere, pues?-le preguntó Petrovich, inspeccionando en aquel instante con su único ojo todo el uniforme, el cuello, las mangas, la espalda, los faldones y los ojales, que conocía muy bien, ya que era su propio trabajo.<br />
Esta es la costumbre de todos los sastres y es lo primero que hizo Petrovich.<br />
-Verás, Petrovich&#8230;; yo quisiera que&#8230; este capote..; mira el paño&#8230;; ¿ves?, por todas partes está fuerte&#8230;, sólo que está un poco cubierto de polvo. parece gastado; pero en realidad está nuevo, sólo una parte está un tanto&#8230;, un poquito en la espalda y también algo gastado en el hombro y un poco en el otro hombro&#8230; Mira, eso es todo&#8230; No es mucho trabajo&#8230;<br />
Petrovich tomó el capote, lo extendió sobre la mesa y lo examinó detenidamente. Después meneó la cabeza y extendió la mano hacia la ventana para coger su tabaquera redonda con el retrato de un general, cuyo nombre no se podía precisar, puesto que la parte donde antes se viera la cara estaba perforada por el dedo y tapada ahora con un pedazo rectangular de papel. Después de tomar una pulgada de rapé, Petrovich puso el capote al trasluz y volvió a menear la cabeza. Luego lo puso al revés con el forro hacia afuera, y de nuevo meneó la cabeza; volvió a levantar la tapa de la tabaquera adornada con el retrato del general y arreglada con aquel pedazo de papel, e introduciendo el rapé en la nariz, cerró la tabaquera y se la guardó, diciendo por fin:<br />
-Aquí no se puede arreglar nada. Es una prenda gastada.<br />
Al oír estas palabras, el corazón se le oprimió al pobre Akakiy Akakievich.<br />
-¿Por qué no es posible, Petrovich?-preguntó con voz suplicante de niño-. Sólo esto de los hombros está estropeado y tú tendrás seguramente algún pedazo&#8230;<br />
-Sí, en cuanto a los pedazos se podrían encontrar-dijo Petrovich-; sólo que no se pueden poner, pues el paño está completamente podrido y se deshará en cuanto se toque con la aguja.<br />
-Pues que se deshaga, tú no tiene más que ponerle un remiendo.<br />
-No puedo poner el remiendo en ningún sitio, no hay dónde fijarlo, además, sería un remiendo demasiado grande. Esto ya no es paño; un golpe de viento basta para arrancarlo.<br />
-Bueno, pues refuérzalo&#8230;; como no&#8230;, efectivamente, eso es&#8230;<br />
-No-dijo Petrovich con firmeza-; no se puede hacer nada. Es un asunto muy malo. Será mejor que se haga con él unas onuchkas para cuando llegue el invierno y empiece a hacer frío, porque las medias no abrigan nada, no son más que un invento de los alemanes para hacer dinero -Petrovich aprovechaba gustoso la ocasión para meterse con los alemanes-<br />
. En cuanto al capote, tendrá que hacerse otro nuevo.<br />
Al oír la palabra nuevo, Akakiy Akakievich sintió que se le nublaba la vista y le pareció que todo lo que había en la habitación empezaba a dar vueltas. Lo único que pudo ver claramente era el semblante del general tapado con el papel en la tabaquera de Petrovich.<br />
-¡Cómo uno nuevo!-murmuró como en sueño-. Si no tengo dinero para ello.<br />
-Sí; uno nuevo-repitió Petrovich con brutal tranquilidad.<br />
-&#8230;Y de ser nuevo&#8230;, ¿cuánto sería&#8230;?<br />
-¿Que cuánto costaría?<br />
-Sí.<br />
-Pues unos ciento cincuenta rublos-contestó Petrovich, y al decir esto apretó los labios.<br />
Era muy amigo de los efectos fuertes y le gustaba dejar pasmado al cliente y luego mirar de soslayo para ver qué cara de susto ponía al oír tales palabras.<br />
-¡Ciento cincuenta rublos por el capote !-exclamó el pobre Akakiy Akakievich.<br />
Quizá por primera vez se le escapaba semejante grito, ya que siempre se distinguía por su voz muy suave.<br />
-Sí-dijo Petrovich-. Y además, ¡qué capote! Si se le pone un cuello de marta y se le forra el capuchón con seda, entonces vendrá a costar hasta doscientos rublos.<br />
-¡Por Dios, Petrovich!-le dijo Akakiy Akakievich con voz suplicante, sin escuchar, es decir, esforzándose en no prestar atención a todas sus palabras y efectos-. Arréglalo como sea para que sirva todavía algún tiempo.<br />
-¡No! Eso sería tirar el trabajo y el dinero&#8230; -repuso Petrovich.<br />
Y tras aquellas palabras, Akakiy Akakievich quedó completamente abatido y se marchó. Mientras tanto, Petrovich permaneció aun largo rato en pie, con los labios expresivamente apretados, sin comenzar su trabajo, satisfecho de haber sabido mantener su propia dignidad y de no haber faltado a su oficio.<br />
Cuando Akakiy Akakievich salió a la calle se hallaba como en un sueño.<br />
« ¡Qué cosa!-decía para sí-. Jamas hubiera pensado que iba a terminar así . . . ¡Vaya !-exclamó después de unos minutos de silencio-. ¡He aquí al extremo que hemos llegado! La verdad es que yo nunca podía suponer que llegara a esto&#8230; -y después de otro largo silencio, terminó diciendo-: ¡Pues así es! ¡Esto sí que es inesperado!&#8230;<br />
¡Qué situación ! &#8230;»<br />
Dicho esto, en vez de volver a su casa se fue, sin darse cuenta, en dirección contraria. En el camino tropezó con un deshollinador, que, rozándole el hombro, se lo manchó de negro; del techo de una casa en construcción le cayó una respetable cantidad de cal; pero él no se daba cuenta de nada. Sólo cuando se dio de cara con un guardia, que habiendo colocado la alabarda junto a él echaba rapé de la tabaquera en su palma callosa, se dio cuenta porqué el guardia le grito:<br />
-¿Por qué te metes debajo de mis narices? ¿Acaso no tienes la acera?<br />
Esto le hizo mirar en torno suyo y volver a casa. Solamente entonces empezó a reconcentrar sus pensamientos, y vio claramente la situación en que se hallaba y comenzó a monologar consigo mismo, no en forma incoherente, sino con lógica y franqueza, como si hablase con un amigo inteligente a quien se puede confiar lo más íntimo de su corazón<br />
-No-decía Akakiy Akakievich-; ahora no se puede hablar con Petrovich, pues está algo&#8230;; su mujer debe de haberle proporcionado una buena paliza. Será mejor que vaya a verle un domingo por la mañana; después de la noche del sábado estará medio dormido, bizqueando, y deseará beber para reanimarse algo, y como su mujer no le habrá dado dinero, yo le daré una moneda de diez kopeks y él se volverá más tratable y arreglará el capote&#8230;<br />
Y esta fue la resolución que tomó Akakiy Akakievich. Y procurando animarse, esperó hasta el domingo. Cuando vio salir a la mujer de Petrovich, fue directamente a su casa. En efecto, Petrovich, después de la borrachera de la víspera, estaba más bizco que nunca, tenía la cabeza inclinada y estaba medio dormido; pero con todo eso, en cuanto se enteró de lo que se trataba, exclamo como si le impulsara el propio demonio<br />
-¡No puede ser! ¡Haga el favor de mandarme hacer otro capote!<br />
Y entonces fue cuando Akakiy Akakievich le metió en la mano la moneda de diez kopeks.<br />
-Gracias señor; ahora podré reanimarme un poco bebiendo a su salud-dijo Petrovich-. En cuanto al capote, no debe pensar más en él, no sirve para nada. Yo le haré uno estupendo.., se lo garantizo.<br />
Akakiy Akakievich volvió a insistir sobre el arreglo; pero Petrovich no le quiso escuchar y<br />
-Le haré uno nuevo, magnífico&#8230; Puede contar conmigo; lo haré lo mejor que pueda. Incluso podrá abrochar el cuello con corchetes de plata, según la última moda.<br />
Sólo entonces vio Akakiy Akakievich que no podía pasarse sin un nuevo capote y perdió el ánimo por completo.<br />
Pero ¿cómo y con qué dinero iba a hacérselo? Claro, podía contar con un aguinaldo que le darían en las próximas fiestas. Pero este dinero lo había distribuido ya desde hace tiempo con un fin determinado. Era preciso encargar unos pantalones nuevos y pagar al zapatero una vieja deuda por las nuevas punteras en un par de botas viejas, y, además, necesitaba encargarse tres camisas y dos prendas de ropa de esas que se considera poco decoroso nombrarlas por su propio nombre. Todo el dinero estaba distribuido de antemano, y aunque el director se mostrara magnánimo y concediese un aguinaldo de cuarenta y cinco a cincuenta rublos, sería solo una pequeñez en comparación con el capital necesario para el capote, era una gota de agua en el océano. Aunque, claro, sabía que a Petrovich le daba a veces no sé qué locura y entonces pedía precios tan exorbitantes, que incluso su mujer no podía contenerse y exclamaba:<br />
-¡Te has vuelto loco, grandísimo tonto! Unas veces trabajas casi gratis y ahora tienes la desfachatez de pedir un precio que tú mismo no vales.<br />
Por otra parte, Akakiy Akakievich sabía que Petrovich consentiría en hacerle el capote por ochenta rublos. Pero, de todas maneras, ¿dónde hallar esos ochenta rublos ? La mitad quizá podría conseguirla, y tal vez un poco más. Pero ¿y la otra mitad?&#8230;<br />
Pero antes el lector ha de enterarse de dónde provenía la primera mitad. Akakiy Akakievich tenia la costumbre de echar un kopek siempre que gastaba un rublo, en un pequeño cajón, cerrándolo con llave, cajón que tenía una ranura ancha para hacer pasar el dinero. Al cabo de cada medio año hacía el recuento de esta pequeña cantidad de monedas de cobre y las cambiaba por otras de plata. Practicaba este sistema desde hacía mucho tiempo y de esta manera, al cabo de unos años, ahorró una suma superior a cuarenta rublos. Así, pues, tenía en su poder la mitad, pero ¿y la otra mitad? ¿Dónde conseguir los cuarenta rublos restantes?<br />
Akakiy Akakievich pensaba, pensaba, y finalmente llegó a la conclusión de que era preciso reducir los gastos ordinarios por lo menos durante un año, o sea dejar de tomar té todas las noches, no encender la vela por la noche, y si tenía que copiar algo, ir a la habitación de la patrona para trabajar a la luz de su vela. También sería preciso al andar por la calle pisar lo más suavemente posible las piedras y baldosas e incluso hasta ir casi de puntillas para no gastar demasiado rápidamente las suelas, dar a lavar la ropa a la lavandera también lo menos posible. Y para que no se gastara, quitársela al volver a casa y ponerse sólo la bata, que estaba muy vieja, pero que, afortunadamente, no había sido demasiado maltratada por el tiempo.<br />
Hemos de confesar que al principio le costó bastante adaptarse a estas privaciones, pero después se acostumbró y todo fue muy bien. Incluso hasta llegó a dejar de cenar; pero, en cambio, se alimentaba espiritualmente con la eterna idea de su futuro capote. Desde aquel momento diríase que su vida había cobrado mayor plenitud; como si se hubiera casado o como si otro ser estuviera siempre en su presencia, como si ya no fuera solo, sino que una querida compañera hubiera accedido gustosa a caminar con él por el sendero de la vida. Y esta compañera no era otra, sino&#8230; el famoso capote, guateado con un forro fuerte e intacto. Se volvió más animado y de carácter más enérgico, como un hombre que se ha propuesto un fin determinado. La duda e irresolución desaparecieron en la expresión de su rostro, y en sus acciones también todos aquellos rasgos de vacilación e indecisión. Hasta a veces en sus ojos brillaba algo así como una llama, y los pensamientos más audaces y temerarios surgían en su mente: «¿Y si se encargase un cuello de marta?» Con estas reflexiones por poco se vuelve distraído. Una vez estuvo a punto de hacer una falta, de modo que exclamó «¡Ay!», y se persignó. Por lo menos una vez al mes iba a casa de Petrovich para hablar del capote y consultarle sobre dónde sería mejor comprar el paño, y de qué color y de qué precio, y siempre volvía a casa algo preocupado, pero contento al pensar que al fin iba a llegar el día en que, después de comprado todo, el capote estaría listo. El asunto fue más de prisa de lo que había esperado y supuesto. Contra toda suposición, el director le dio un aguinaldo, no de cuarenta o cuarenta y ocho rublos, sino de sesenta rublos. Quizá presintió que Akakiy Akakievich necesitaba un capote o quizá fue solamente por casualidad; el caso es que Akakiy Akakievich se enriqueció de repente con veinte rublos más. Esta circunstancia aceleró el asunto. Después de otros dos o tres meses de pequeños ayunos consiguió reunir los ochenta rublos. Su corazón, por lo general tan apacible, empezó a latir precipitadamente. Y ese mismo día fue a las tiendas en compañía de Petrovich. Compraron un paño muy bueno-¡y no es de extrañar!-; desde hacía más de seis meses pensaban en ello y no dejaban pasar un mes sin ir a las tiendas para cerciorarse de los precios. Y así es que el mismo Petrovich no dejó de reconocer que era un paño inmejorable. Eligieron un forro de calidad tan resistente y fuerte, que según Petrovich era mejor que la seda y le aventajaba en elegancia y brillo No compraron marta. porque, en efecto, era muy cara; pero, en cambio, escogieron la más hermosa piel de gato que había en toda la tienda y que de lejos fácilmente se podía tomar por marta.<br />
Petrovich tardó unas dos semanas en hacer el capote, pues era preciso pespuntear mucho; a no ser por eso lo hubiera terminado antes. Por su trabajo cobró doce rublos, menos ya no podía ser. Todo estaba cosido con seda y a dobles costuras, que el sastre repasaba con sus propios dientes estampando en ellas variados arabescos.<br />
Por fin, Petrovich le trajo el capote. Esto sucedió&#8230;, es difícil precisar el día; pero de seguro que fue el más solemne en la vida de Akakiy Akakievich. Se lo trajo por la mañana, precisamente un poco antes de irse él a la oficina. No habría podido llegar en un momento más oportuno, pues ya el frío empezaba a dejarse sentir con intensidad y amenazaba con volverse aún más punzante. Petrovich apareció con el capote como conviene a todo buen sastre. Su cara reflejaba una expresión de dignidad que Akakiy Akakievich jamás le había visto. Parecía estar plenamente convencido de haber realizado una gran obra y se le había revelado con toda claridad el abismo de diferencia que existe entre los sastres que sólo hacen arreglos y ponen forros y aquellos que confeccionan prendas nuevas de vestir.<br />
Sacó el capote, que traía envuelto en un pañuelo recién planchado; sólo después volvió a doblarlo y se lo guardó en el bolsillo para su uso particular. Una vez descubierto el capote, lo examinó con orgullo, y cogiéndolo con ambas manos lo echó con suma habilidad sobre los hombros de Akakiy Akakievich. Luego, lo arregló, estirándolo un poco hacia abajo. Se lo ajustó perfectamente, pero sin abrocharlo. Akakiy Akakievich, como hombre de edad madura, quiso también probar las mangas. Petrovich le ayudó a hacerlo, y he aquí que aun así el capote le sentaba estupendamente. En una palabra: estaba hecho a la perfección. Petrovich aprovechó la ocasión para decirle que si se lo había hecho a tan bajo precio era sólo porque vivía en un piso pequeño, sin placa, en una calle lateral y porque conocía a Akakiy Akakievich desde hacía tantos años. Un sastre de la perspectiva Nevski sólo por el trabajo le habría cobrado setenta y cinco rublos Akakiy Akakievich no tenía ganas de tratar de ello con Petrovich. temeroso de las sumas fabulosas de las que el sastre solía hacer alarde. Le pagó, le dio las gracias y salió con su nuevo capote camino de la oficina.<br />
Petrovich salió detrás de él y, parándose en plena calle, le siguió largo rato con la mirada, absorto en la contemplación del capote. Después, a propósito. pasó corriendo por una callejuela tortuosa y vino a dar a la misma calle para mirar otra vez el capote del otro lado, es decir, cara a cara. Mientras tanto, Akakiy Akakievich seguía caminando con aire de fiesta. A cada momento sentía que llevaba un capote nuevo en los hombros y hasta llegó a sonreírse varias veces de íntima satisfacción. En efecto, tenía dos ventajas: primero, porque el capote abrigaba mucho, y segundo, porque era elegante. El camino se le hizo cortísimo, ni siquiera se fijó en él y de repente se encontró en la oficina. Dejó el capote en la conserjería y volvió a mirarlo por todos los lados, rogando al conserje que tuviera especial cuidado con él.<br />
No se sabe cómo, pero al momento, en la oficina, todos se enteraron de que Akakiy Akakievich tenía un capote nuevo y que el famoso batín había dejado de existir. En el acto todos salieron a la conserjería para ver el nuevo capote de Akakiy Akakievich. Empezaron a felicitarle cordialmente de tal modo, que no pudo por menos de sonreírse: pero luego acabó por sentirse algo avergonzado. Pero cuando todos se acercaron a él diciendo que tenía que celebrar el estreno del capote por medio de un remojón y que, por lo menos, debía darles una fiesta, el pobre Akakiy Akakievich se turbó por completo y no supo qué responder ni cómo defenderse. Sólo pasados unos minutos y poniéndose todo colorado intentó asegurarles, en su simplicidad, que no era un capote nuevo, sino uno viejo.<br />
Por fin, uno de los funcionarios, ayudante del Jefe de oficina, queriendo demostrar sin duda alguna que no era orgulloso y sabía tratar con sus inferiores, dijo:<br />
-Está bien, señores; yo daré la fiesta en lugar de Akakiy Akakievich y les convido a tomar el té esta noche en mi casa. Precisamente hoy es mi cumpleaños.<br />
Los funcionarios, como hay que suponer, felicitaron al ayudante del jefe de oficina y aceptaron muy gustosos la invitación. Akakiy Akakievich quiso disculparse, pero todos le interrumpieron diciendo que era una descortesía, que debería darle vergüenza y que no podía de ninguna manera rehusar la invitación.<br />
Aparte de eso, Akakiy Akakievich después se alegró al pensar que de este modo tendría ocasión de lucir su nuevo capote también por la noche.<br />
Se puede decir que todo aquel día fue para él una fiesta grande y solemne.<br />
Volvió a casa en un estado de ánimo de lo más feliz, se quitó el capote y lo colgó cuidadosamente en una percha que había en la pared, deleitándose una vez más al contemplar el paño y el forro y, a propósito, fue a buscar el viejo capote, que estaba a punto de deshacerse, para compararlo. Lo miró y hasta se echó a reír. Y aun después, mientras comía, no pudo por menos de sonreírse al pensar en el estado en que se hallaba el capote. Comió alegremente y luego contrariamente a lo acostumbrado, no copió ningún documento. Por el contrario, se tendió en la cama, cual verdadero sibarita, hasta el oscurecer. Después, sin más demora, se vistió, se puso el capote y salió a la calle.<br />
Desgraciadamente, no pudo recordar de momento dónde vivía el funcionario anfitrión; la memoria empezó a flaquearle, y todo cuanto había en Petersburgo, sus calles y sus casas se mezclaron de tal suerte en su cabeza, que resultaba difícil sacar de aquel caos algo más o menos ordenado. Sea como fuera, lo seguro es que el funcionario vivía en la parte más elegante de la ciudad, o sea lejos de la casa de Akakiy Akakievich. Al principio tuvo que caminar por calles solitarias escasamente alumbradas pero a medida que iba acercándose a la casa del funcionario, las calles se veían más animadas y mejor alumbradas. Los transeúntes se hicieron más numerosos y también las señoras estaban ataviadas elegantemente. Los hombres llevaban cuellos de castor y ya no se veían tanto los veñkas (2) con sus trineos de madera con rejas guarnecidas de clavos dorados; en cambio, pasaban con frecuencia elegantes trineos barnizados, provistos de pieles de oso y conducidos por cocheros tocados con gorras de terciopelo color frambuesa, o se veían deslizarse, chirriando sobre la nieve, carrozas con los pescantes sumamente adornados.<br />
Para Akakiy Akakievich todo esto resultaba completamente nuevo; hacía varios años que no había salido de noche por la calle.<br />
Todo curioso, se detuvo delante del escaparate de una tienda, ante un cuadro que representaba a una hermosa mujer que se estaba quitando el zapato, por lo que lucía una pierna escultural: a su espalda, un hombre con patillas y perilla, a estilo español, asomaba la cabeza por la puerta. Akakiy Akakievich meneó la cabeza sonriéndose y prosiguió su camino. ¿Por qué sonreiría? Tal vez porque se encontraba con algo totalmente desconocido, para lo que, sin embargo, muy bien pudiéramos asegurar que cada uno de nosotros posee un sexto sentido. Quizá también pensara lo que la mayoría de los funcionarios habrían pensado decir: «¡Ah, estos franceses! ¡No hay otra cosa que decir! Cuando se proponen una cosa, así ha de ser&#8230;» También puede ser que ni siquiera pensara esto, pues es imposible penetrar en el alma de un hombre y averiguar todo cuanto piensa.<br />
Por fin, llegó a la casa donde vivía el ayudante del jefe de oficina. Este llevaba un gran tren de vida; en la escalera había un farol encendido, y él ocupaba un cuarto en el segundo piso. Al entrar en el recibimiento, Akakiy Akakievich vio en el suelo toda una fila de chanclos. En medio de ellos, en el centro de la habitación, hervía a borbotones el agua de un samovar esparciendo columnas de vapor. En las paredes colgaban capotes y capas, muchas de las cuales tenían cuellos de castor y vueltas de terciopelo. En la habitación contigua se oían voces confusas, que de repente se tornaron claras y sonoras al abrirse la puerta para dar paso a un lacayo que llevaba una bandeja con vasos vacíos, un tarro de nata y una cesta de bizcochos. Por lo visto los funcionarios debían de estar reunidos desde hacía mucho tiempo y va habían tomado el primer vaso de té. Akakiy Akakievich colgó él mismo su capote y entró en la habitación. Ante sus ojos desfilaron al mismo tiempo las velas, los funcionarios, las pipas y mesas de juego mientras que el rumor de las conversaciones que se oían por doquier y el ruido de las sillas sorprendían sus oídos<br />
Se detuvo en el centro de la habitación todo confuso, reflexionando sobre lo que tenía que hacer. Pero ya le habían visto sus colegas; le saludaron con calurosas exclamaciones y todos fueron en el acto al recibimiento para admirar nuevamente su capote. Akakiy Akakievich se quedó un tanto desconcertado; pero como era una persona sincera y leal no pudo por menos de alegrarse al ver cómo todos ensalzaban su capote.<br />
Después, como hay que suponer, le dejaron a él y al capote y volvieron a las mesas de whist. Todo ello, el ruido, las conversaciones y la muchedumbre&#8230; le pareció un milagro. No sabía cómo comportarse ni qué hacer con sus manos, pies y toda su figura; por fin, acabó sentándose junto a los que jugaban: miraba tan pronto las cartas como los rostros de los presentes; pero al poco rato empezó a bostezar y a aburrirse, tanto más cuanto que había pasado la hora en la que acostumbraba acostarse.<br />
Intentó despedirse del dueño de la casa; pero no le dejaron marcharse, alegando que tenía que beber una copa de champaña para celebrar el estreno del capote. Una hora después servían la cena: ensaladilla, ternera asada fría, empanadas, pasteles y champaña. A Akakiy Akakievich le hicieron tomar dos copas, con lo cual todo cuanto había en la habitación se le apareció bajo un aspecto mucho más risueño. Sin embargo, no consiguió olvidar que era media noche pasada y que era hora de volver a casa. Al fin, y para que al dueño de la casa no se le ocurriera retenerle otro rato, salió de la habitación sin ser visto y buscó su capote en el recibimiento, encontrándolo, con gran dolor, tirado en el suelo. Lo sacudió, le quitó las pelusas, se lo puso y, por último, bajó las escaleras,<br />
Las calles estaban todavía alumbradas. Algunas tiendas de comestibles, eternos clubs de las servidumbres y otra gente, estaban aún abiertas; las demás estaban ya cerradas, pero la luz que se filtraba por entre las rendijas atestiguaba claramente que los parroquianos aún permanecían allí. Eran éstos sirvientes y criados que seguían con sus chismorreos, dejando a sus amos en la absoluta ignorancia de dónde se encontraban.<br />
Akakiy Akakievich caminaba en un estado de ánimo de lo más alegre. Hasta corrió, sin saber por qué, detrás de una dama que pasó con la velocidad de un rayo, moviendo todas las partes del cuerpo. Pero se detuvo en el acto y prosiguió su camino lentamente, admirándose él mismo de aquel arranque tan inesperado que había tenido.<br />
Pronto se extendieron ante él las calles desiertas, siendo notables de día por lo poco animadas y cuanto más de noche. Ahora parecían todavía mucho más silenciosas y solitarias. Escaseaban los faroles, ya que por lo visto se destinaba poco aceite para el alumbrado; a lo largo de la calle, en que se veían casas de madera y verjas, no había un alma. Tan sólo la nieve centelleaba tristemente en las calles, y las cabañas bajas, con sus postigos cerrados, parecían destacarse aún más sombrías y negras. Akakiy Akakievich se acercaba a un punto donde la calle desembocaba en una plaza muy grande, en la que apenas si se podían ver las cosas del otro extremo y daba la sensación de un inmenso y desolado desierto.<br />
A lo lejos, Dios sabe dónde, se vislumbraba la luz de una garita que parecía hallarse al fin del mundo. Al llegar allí, la alegría de Akakiy Akakievich se desvaneció por completo. Entró en la plaza no sin temor, como si presintiera algún peligro. Miró hacia atrás y en torno suyo: diríase que alrededor se extendía un inmenso océano. «¡No! ¡Será mejor que no mire!», pensó para sí, y siguió caminando con los ojos cerrados. Cuando los abrió para ver cuánto le quedaba aún para llegar al extremo opuesto de la plaza, se encontró casi ante sus propias narices con unos hombres bigotudos, pero no tuvo tiempo de averiguar más acerca de aquellas gentes. Se le nublaron los ojos y el corazón empezó a latirle precipitadamente.<br />
-¡Pero si este capote es mío!-dijo uno de ellos con voz de trueno, cogiéndole por el cuello.<br />
Akakiy Akakievich quiso gritar pidiendo auxilio, pero el otro le tapó la boca con el pañuelo, que era del tamaño de la cabeza de un empleado, diciéndole: «¡Ay de ti si gritas!»<br />
Akakiy Akakievich sólo se dio cuenta de cómo le quitaban el capote y le daban un golpe con la rodilla que le hizo caer de espaldas en la nieve, en donde quedó tendido sin sentido.<br />
Al poco rato volvió en sí y se levantó, pero ya no había nadie. Sintió que hacía mucho frío y que le faltaba el capote. Empezó a gritar, pero su voz no parecía llegar hasta el extremo de la plaza. Desesperado, sin dejar de gritar, echó a correr a través de la plaza directamente a la garita, junto a la cual había un guarda, que, apoyado en la alabarda, miraba con curiosidad, tratando de averiguar qué clase de hombre se le acercaba dando gritos.<br />
Al llegar cerca de él, Akakiy Akakievich le gritó todo jadeante que no hacía más que dormir y que no vigilaba, ni se daba cuenta de como robaban a la gente. El guarda le contestó que él no había visto nada: sólo había observado cómo dos individuos le habían parado en medio de la plaza, pero creyó que eran amigos suyos. Añadió que haría mejor, en vez de enfurecerse en vano, en ir a ver a la mañana siguiente al inspector de policía, y que éste averiguaría sin duda alguna quién le había robado el capote.<br />
Akakiy Akakievich volvió a casa en un estado terrible. Los cabellos que aún le quedaban en pequeña cantidad sobre las sienes y la nuca estaban completamente desordenados. Tenía uno de los<br />
costados, el pecho y los pantalones, cubiertos de nieve. Su vieja patrona, al oír cómo alguien golpeaba fuertemente en la puerta, saltó fuera de la cama, calzándose solo una zapatilla, y fue corriendo a abrir la puerta, cubriéndose pudorosamente con una mano el pecho, sobre el cual no llevaba más que una camisa. Pero al ver a Akakiy Akakievich retrocedió de espanto. Cuando él le contó lo que le había sucedido ella alzó los brazos al cielo y dijo que debía dirigirse directamente al Comisario del distrito y no al inspector, porque éste no hacía más que prometerle muchas cosas y dar largas al asunto. Lo mejor era ir al momento al Comisario del distrito, a quien ella conocía, porque Ana, la finlandesa que tuvo antes de cocinera, servía ahora de niñera en su casa, y que ella misma le veía a menudo, cuando pasaba delante de la casa. Además, todos los domingos, en la iglesia pudo observar que rezaba y al mismo tiempo miraba alegremente a todos, y todo en él denotaba que era un hombre de bien.<br />
Después de oír semejante consejo se fue, todo triste, a su habitación. Cómo pasó la noche&#8230;, sólo se lo imaginarían quienes tengan la capacidad suficiente de ponerse en la situación de otro.<br />
A la mañana siguiente, muy temprano, fue a ver al Comisario del distrito, pero le dijeron que aún dormía. Volvió a las diez y aún seguía durmiendo. Fue a las once, pero el Comisario había salido. Se presentó a la hora de la comida, pero los escribientes que estaban en la antesala no quisieron dejarle pasar e insistieron en saber qué deseaba, por qué venía y qué había sucedido. De modo que, en vista de los entorpecimientos, Akakiy Akakievich quiso, por primera vez en su vida, mostrarse enérgico, y dijo, en tono que no admitía réplicas, que tenía que hablar personalmente con el Comisario, que venía del Departamento del Ministerio para un asunto oficial y que, por tanto, debían dejarle pasar, y si no lo hacían, se quejaría de ello y les saldría cara la cosa. Los escribientes no se atrevieron a replicar y uno de ellos fue a anunciarle al Comisario.<br />
Éste interpretó de un modo muy extraño el relato sobre el robo del capote. En vez de interesarse por el punto esencial empezó a preguntar a Akakiy Akakievich por qué volvía a casa a tan altas horas de la noche y si no habría estado en una casa sospechosa. De tal suerte, que el pobre Akakiy Akakievich se quedó todo confuso. Se fue sin saber si el asunto estaba bien encomendado. En todo el día no fue a la oficina (hecho sin precedente en su vida). Al día siguiente se presentó todo pálido y vestido con su viejo capote, que tenía el aspecto aún más lamentable. El relato del robo del capote-aparte de que no faltaron algunos funcionarios que aprovecharon la ocasión para burlarse-conmovió a muchos. Decidieron en seguida abrir una suscripción en beneficio suyo, pero el resultado fue muy exiguo, debido a que los funcionarios habían tenido que gastar mucho dinero en la suscripción para el retrato del director y para un libro que compraron a indicación del jefe de sección, que era amigo del autor. Así, pues, sólo consiguieron reunir una suma insignificante. Uno de ellos, movido por la compasión y deseos de darle por lo menos un buen consejo, le dijo que no se dirigiera al Comisario, pues suponiendo aún que deseara granjearse las simpatías de su superior y encontrar el capote, este permanecería en manos de la Policía hasta que lograse probar que era su legítimo propietario. Lo mejor sería, pues, que se dirigiera a una «alta personalidad», cuya mediación podría dar un rumbo favorable al asunto. Como no quedaba otro remedio. Akakiy Akakievich se decidió a acudir a la «alta personalidad».<br />
¿Quién era aquella «alta personalidad» y qué cargo desempeñaba? Eso es lo que nadie sabría decir. Conviene saber que dicha «alta personalidad» había llegado a ser tan sólo esto desde hacía algún tiempo, por lo que hasta entonces era por completo desconocido. Además su posición tampoco ahora se consideraba como muy importante en comparación con otras de mayor categoría. Pero siempre habrá personas que consideran como muy importante lo que los demás califican de insignificante. Además, recurriría a todos los medios para realzar su importancia. Decretó que los empleados subalternos le esperasen en la escalera hasta que llegase él y que nadie se presentara directamente a él sino que las cosas se realizaran con un orden de lo más riguroso. El registrador tenía que presentar la solicitud de audiencia al secretario del Gobierno, quien a su vez la transmitía al consejero titular o a quien se encontrase de categoría superior. Y de esta forma llegaba el asunto a sus manos. Así, en nuestra santa Rusia, todo está contagiado de la manía de imitar y cada cual se afana en imitar a su superior. Hasta cuentan que cierto consejero titular, cuando le ascendieron a director de una cancillería pequeña, en seguida se hizo separar su cuarto por medio de un tabique de lo que él llamaba «sala de reuniones». A la puerta de dicha sala colocó a unos conserjes con cuellos rojos y galones que siempre tenían la mano puesta sobre el picaporte para abrir la puerta a los visitantes, aunque en la «sala de reuniones» apenas si cabía un escritorio de tamaño regular.<br />
El modo de recibir y las costumbres de la «alta personalidad» eran majestuosos e imponentes, pero un tanto complicados. La base principal de su sistema era la severidad. «Severidad, severidad, y&#8230; severidad», solía decir, y al repetir por tercera vez esta palabra dirigía una mirada significativa a la persona con quien estaba hablando aunque no hubiera ningún motivo para ello, pues los diez emplea los que formaban todo el mecanismo gubernamental, ya sin eso estaban constantemente atemorizados. Al verle de lejos, interrumpían ya el trabajo y esperaban en actitud militar a que pasase el jefe. Su conversación con los subalternos era siempre severa y consistía sólo en las siguientes frases: «¿Cómo se atreve? ¿Sabe usted con quién habla ? ¿Se da usted cuenta? ¿Sabe a quién tiene delante?»<br />
Por lo demás, en el fondo era un hombre bondadoso, servicial y se comportaba bien con sus compañeros, sólo que el grado de general (3) le había hecho perder la cabeza. Desde el día en que le ascendieron a general se hallaba todo confundido, andaba descarriado y no sabía cómo comportarse. Si trataba con personas de su misma categoría se mostraba muy correcto y formal y en muchos aspectos hasta inteligente. Pero en cuanto asistía a alguna reunión donde el anfitrión era tan sólo de un grado inferior al suyo, entonces parecía hallarse completamente descentrado. Permanecía callado y su situación era digna de compasión, tanto más cuanto él mismo se daba cuenta de que hubiera podido pasar el tiempo de una manera mucho más agradable. En sus ojos se leía a menudo el ardiente deseo de tomar parte en alguna conversación interesante o de juntarse a otro grupo, pero se retenía al pensar que aquello podía parecer excesivo por su parte o demasiado familiar, y que con ello rebajaría su dignidad. Y por eso permanecía eternamente solo en la misma actitud silenciosa, emitiendo de cuando en cuando un sonido monótono, con lo cual llegó a pasar por un hombre de lo más aburrido.<br />
Tal era la «alta personalidad» a quien acudió Akakiy Akakievich, y el momento que eligió para ello no podía ser más inoportuno para él; sin embargo, resultó muy oportuno para la «alta personalidad». Ésta se hallaba en su gabinete conversando muy alegremente con su antiguo amigo de la infancia, a quien no veía desde hacía muchos años, cuando le anunciaron que deseaba hablarle un tal Bachmachkin.<br />
-¿Quién es?-preguntó bruscamente.<br />
-Un empleado.<br />
-¡Ah! ¡Que espere! Ahora no tengo tiempo -dijo la alta personalidad. Es preciso decir que la alta personalidad mentía con descaro; tenía tiempo; los dos amigos ya habían terminado de hablar sobre todos los temas posibles, y la conversación había quedado interrumpida ya más de una vez por largas pausas, durante las cuales se propinaban cariñosas palmaditas, diciendo:<br />
-Así es, Iván Abramovich.<br />
-En efecto, Esteban Varlamovich.<br />
Sin embargo, cuando recibió el aviso de que tenía visita, mandó que esperase el funcionario, para demostrar a su amigo, que hacía mucho que estaba retirado y vivía en una casa de campo, cuánto tiempo hacía esperar a los empleados en la antesala. Por fin. después de haber hablado cuanto quisieron o, mejor dicho, de haber callado lo suficiente, acabaron de fumar sus cigarros cómodamente recostados en unos mullidos butacones, y entonces su excelencia pareció acordarse de repente de que alguien le esperaba, y dijo al secretario, que se hallaba en pie, junto a la puerta, con unos papeles para su informe:<br />
-Creo que me está esperando un empleado. Dígale que puede pasar.<br />
Al ver el aspecto humilde y el viejo uniforme de Akakiy Akakievich, se volvió hacia él con brusquedad y le dijo:<br />
-¿ Qué desea ?<br />
Pero todo esto con voz áspera y dura, que sin duda alguna había ensayado delante del espejo, a solas en su habitación, una semana antes que le nombraran para el nuevo cargo.<br />
Akakiy Akakievich, que ya de antemano se sentía todo tímido, se azoró por completo. Sin embargo, trató de explicar como pudo o mejor dicho, con toda la fluidez de que era capaz su lengua, que tenía un capote nuevo y que se lo habían robado de un modo inhumano, añadiendo, claro está, más particularidades y más palabras innecesarias. Rogaba a su excelencia que intercediera por escrito&#8230; o así&#8230;. como quisiera&#8230;. con el jefe de la Policía u otra persona para que buscasen el capote y se lo restituyesen. Al general le pareció, sin embargo, que aquel era un procedimiento demasiado familiar, y por eso dijo bruscamente:<br />
-Pero, ¡señor!, ¿no conoce usted el reglamento? ¿Cómo es que se presenta así? ¿Acaso ignora cómo se procede en estos asuntos? Primero debería usted haber hecho una instancia en la cancillería, que habría sido remitida al jefe del departamento, el cual la transmitiría al secretario y éste me la hubiera presentado a mí.<br />
-Pero, excelencia&#8230;-dijo Akakiy Akakievich recurriendo a la poca serenidad que aún quedaba en él y sintiendo que sudaba de una manera horrible-. Yo, excelencia, me he atrevido a molestarle con este asunto porque los secretarios&#8230;, los secretarios&#8230; son gente de poca confianza..<br />
-¡Cómo! ¿Qué? ¿Qué dice usted?.-exclamó la «alta personalidad»-. ¿Cómo se atreve a decir semejante cosa? ¿De dónde ha sacado usted esas ideas? ¡Qué audacia tienen los jóvenes con sus superiores y con las autoridades!<br />
Era evidente que la «alta personalidad» no había reparado en que Akakiy Akakievich había pasado de los cincuenta años. de suerte que la palabra « joven» sólo podía aplicársele relativamente, es decir, en comparación con un septuagenario.<br />
-¿Sabe usted con quién habla? ¿Se da cuenta de quién tiene delante? ¿Se da usted cuenta, se da usted cuenta? ¡Le pregunto yo a usted!<br />
Y dio una fuerte patada en el suelo y su voz se tornó tan cortante, que aun otro que no fuera Akakiy Akakievich se habría asustado también.<br />
Akakiy Akakievich se quedó helado, se tambaleó, un estremecimiento le recorrió todo el cuerpo, y apenas si se pudo tener en pie. De no ser porque un guardia acudió a sostenerle, se hubiera desplomado. Le sacaron fuera casi desmayado.<br />
Pero aquella «alta personalidad», satisfecha del efecto que causaron sus palabras, y que habían superado en mucho sus esperanzas, no cabía en sí de contento, al pensar que una palabra suya causaba tal impresión, que podía hacer perder el sentido a uno. Miró de reojo a su amigo, para ver lo que opinaba de todo aquello, y pudo comprobar, no sin gran placer, que su amigo se hallaba en una situación indefinible, muy próxima al terror.<br />
Cómo bajó las escaleras Akakiy Akakievich y cómo salió a la calle, esto son cosas que ni el mismo podía recordar, pues apenas si sentía las manos y los pies. En su vida le habían tratado con tanta grosería, y precisamente un general y además un extraño. Caminaba en medio de la nevasca que bramaba en las calles, con la boca abierta, haciendo caso omiso de las aceras. El viento, como de costumbre en San Petersburgo, soplaba sobre él de todos los lados, es decir, de los cuatro puntos cardinales y desde todas las callejuelas. En un instante se resfrío la garganta y contrajo una angina. Llegó a casa sin poder proferir ni una sola palabra: tenía el cuerpo todo hinchado y se metió en la cama. ¡Tal es el efecto que puede producir a veces una reprimenda!<br />
Al día siguiente amaneció con una fiebre muy alta. Gracias a la generosa ayuda del clima petersburgués, el curso de la enfermedad fue más rápido de lo que hubiera podido esperarse, y cuando llegó el médico y le cogió el pulso, únicamente pudo prescribirle fomentos, solo con el fin de que el enfermo no muriera sin el benéfico auxilio de la medicina. Y sin más ni más, le declaró en el acto que le quedaban sólo un día y medio de vida. Luego se volvió hacia la patrona, diciendo:<br />
-Y usted, madrecita, no pierda el tiempo: encargue en seguida un ataúd de madera de pino, pues uno de roble sería demasiado caro para él.<br />
Ignoramos si Akakiy Akakievich oyó estas palabras pronunciadas acerca de su muerte, y en el caso de que las oyera, si llegaron a conmoverle profundamente y le hicieron quejarse de su Destino, ya que todo el tiempo permanecía en el delirio de la fiebre.<br />
Visiones extrañas a cuál más curiosas se le aparecían sin cesar. Veía a Petrovich y le encargaba que le hiciese un capote con alguna trampa para los ladrones, que siempre creía tener debajo de la cama, y a cada instante llamaba a la patrona y le suplicaba que sacara un ladrón que se había escondido debajo de la manta; luego preguntaba por qué el capote viejo estaba colgado delante de él, cuando tenía uno nuevo. Otras veces creía estar delante del general, escuchando sus insultos y diciendo: «Perdón, excelencia.» Por último se puso a maldecir y profería palabras tan terribles, que la vieja patrona se persignó, ya que jamás en la vida le había oído decir nada semejante; además, estas palabras siguieron inmediatamente al título de excelencia. Después só1o murmuraba frases sin sentido, de manera que era imposible comprender nada. Sólo se podía deducir realmente que aquellas palabras e ideas incoherentes se referían siempre a la misma cosa: el capote. Finalmente, el pobre Akakiy Akakievich exhaló el último suspiro.<br />
Ni la habitación ni sus cosas fueron selladas por la sencilla razón de que no tenía herederos y que sólo dejaba un pequeño paquete con plumas de ganso, un cuaderno de papel blanco oficial, tres pares de calcetines, dos o tres botones desprendidos de un pantalón y el capote que ya conoce el lector. ¡Dios sabe para quién quedó todo esto!<br />
Reconozco que el autor de esta narración no se interesó por el particular. Se llevaron a Akakiy Akakievich y lo enterraron; San Petersburgo se quedó sin él como si jamás hubiera existido.<br />
Así desapareció un ser humano que nunca tuvo quién le amparara, a quien nadie había querido y que jamás interesó a nadie. Ni siquiera llamó la atención del naturalista, quien no desprecia de poner en el alfiler una mosca común y examinarla en el microscopio. Fue un ser que sufrió con paciencia las burlas de sus colegas de oficina y que bajó a la tumba sin haber realizado ningún acto extraordinario; sin embargo, divisó, aunque sólo fuera al fin de su vida, el espíritu de la luz en forma de capote, el cual reanimó por un momento su miserable existencia, y sobre quien cayó la desgracia, como también cae a veces sobre los privilegiados de la tierra&#8230;<br />
Pocos días después de su muerte mandaron a un ordenanza de la oficina con orden de que Akakiy Akakievich se presentase inmediatamente, porque el jefe lo exigía. Pero el ordenanza tuvo que volver sin haber conseguido su propósito y declaró que Akakiy Akakievich ya no podía presentarse. Le preguntaron:<br />
-¿Y por qué?<br />
-¡Pues porque no! Ha muerto; hace cuatro días que lo enterraron.<br />
Y de este modo se enteraron en la oficina de la muerte de Akakiy Akakievich. Al día siguiente su sitio se hallaba ya ocupado por un nuevo empleado. Era mucho más alto y no trazaba las letras tan derechas al copiar los documentos, sino mucho más torcidas y contrahechas. Pero ¿quién iba a imaginarse que con ello termina la historia de Akakiy Akakievich, ya que estaba destinado a vivir ruidosamente aún muchos días después de muerto como recompensa a su vida que pasó inadvertido? Y, sin embargo, así sucedió, y nuestro sencillo relato va a tener de repente un final fantástico e inesperado.<br />
En San Petersburgo se esparció el rumor de que en el puente de Kalenik, y a poca distancia de él, se aparecía de noche un fantasma con figura de empleado que buscaba un capote robado y que con tal pretexto arrancaba a todos los hombres, sin distinción de rango ni profesión, sus capotes, forrados con pieles de gato, de castor, de zorro, de oso, o simplemente guateados: en una palabra : todas las pieles auténticas o de imitación que el hombre ha inventado para protegerse.<br />
Uno de los empleados del Ministerio vio con sus propios ojos al fantasma y reconoció en él a Akakiy Akakievich. Se llevó un susto tal, que huyó a todo correr, y por eso no pudo observar bien al espectro. Sólo vio que aquel le amenazaba desde lejos con el dedo. En todas partes había quejas de que las espaldas y los hombros de los consejeros, y no sólo de consejeros titulares, sino también de los áulicos, quedaban expuestos a fuertes resfriados al ser despojados de sus capotes.<br />
Se comprende que la Policía tomara sus medidas para capturar de la forma que fuese al fantasma, vivo o muerto, y castigarlo duramente, para escarmiento de otros, y por poco lo logró. Precisamente una noche un guarda en una sección de la calleja Kiriuchkin casi tuvo la suerte de coger al fantasma en el lugar del hecho, al ir aquél a quitar el capote de paño corriente a un músico retirado que en otros tiempos había tocado la flauta. El guarda, que lo tenía cogido por el cuello, gritó para que vinieran a ayudarle dos compañeros, y les entrego al detenido, mientras él introducía sólo por un momento la mano en la bota en busca de su tabaquera para reanimar un poco su nariz, que se le había quedado helada ya seis veces. Pero el rapé debía de ser de tal calidad que ni siquiera un muerto podía aguantarlo. Apenas el guarda hubo aspirado un puñado de tabaco por la fosa nasal izquierda, tapándose la derecha, cuando el fantasma estornudó con tal violencia, que empezó a salpicar por todos lados. Mientras se frotaba los ojos con los puños, desapareció el difunto sin dejar rastros, de modo que ellos no supieron si lo habían tenido realmente en sus manos.<br />
Desde entonces los guardas cogieron un miedo tal a los fantasmas, que ni siquiera se atrevían a detener a una persona viva, y se limitaban solo a gritarle desde lejos: «¡Oye, tú! ¡Vete por tu camino!» El espectro del empleado empezó a esparcirse también más allá del puente de Kalenik, sembrando un miedo horrible entre la gente tímida.<br />
Pero hemos abandonado por completo a la «alta personalidad», quien, a decir verdad, fue el culpable del giro fantástico que tomó nuestra historia, por lo demás muy verídica. Pero hagamos justicia a la verdad y confesemos que la «alta personalidad» sintió algo así como lástima, poco después de haber salido el pobre Akakiy Akakievich completamente deshecho. La compasión no era para él realmente ajena: su corazón era capaz de nobles sentimientos, aunque a menudo su alta posición le impidiera expresarlos. Apenas marchó de su gabinete el amigo que había venido de fuera, se quedó pensando en el pobre Akakiy Akakievich. Desde entonces se le presentaba todos los días, pálido e incapaz de resistir la reprimenda de que él le había hecho objeto. El pensar en él le inquietó tanto, que pasada una semana se decidió incluso a enviar un empleado a su casa para preguntar por su salud y averiguar si se podía hacer algo por él. Al enterarse de que Akakiy Akakievich había muerto de fiebre repentina, se quedó aterrado, escuchó los reproches de su conciencia y todo el día estuvo de mal humor. Para distraerse un poco y olvidar la impresión desagradable, fue por la noche a casa de un amigo, donde encontró bastante gente y, lo que es mejor, personas de su mismo rango, de modo que en nada podía sentirse atado. Esto ejerció una influencia admirable en su estado de ánimo. Se tornó vivaz, amable, tomó parte en las conversaciones de un modo agradable; en un palabra: pasó muy bien la velada. Durante la cena tomó unas dos copas de champaña, que, como se sabe, es un medio excelente para comunicar alegría. El champaña despertó en él deseos de hacer algo fuera de lo corriente, así es que resolvió no volver directamente a casa, sino ir a ver a Carolina Ivanovna, dama de origen alemán al parecer, con quien mantenía relaciones de íntima amistad. Es preciso que digamos que la «alta personalidad» ya no era un hombre joven. Era marido sin tacha buen padre de familia, y sus dos hijos, uno de los cuales trabajaba ya en una cancillería, y una linda hija de dieciséis años, con la nariz un poco encorvada sin dejar de ser bonita, venían todas las mañanas a besarle la mano, diciendo: «Bonjour, papa.» Su esposa, que era joven aún y no sin encantos, le alargaba la mano para que él se la besara, y luego, volviéndola hacia fuera tomaba la de él y se la besaba a su vez. Pero la «alta personalidad», aunque estaba plenamente satisfecho con las ternuras y el cariño de su familia, juzgaba conveniente tener una amiga en otra parte de la ciudad y mantener relaciones amistosas con ella. Esta amiga no era más joven ni más hermosa que su esposa; pero tales problemas existen en el mundo y no es asunto nuestro juzgarlos.<br />
Así, pues, la «alta personalidad» bajó las escaleras, subió al trineo y ordenó al cochero:<br />
-¡A casa de Carolina Ivanovna!<br />
Envolviéndose en su magnífico y abrigado capote permaneció en este estado, el más agradable para un ruso, en que no se piensa en nada y entre tanto se agitan por sí solas las ideas en la cabeza, a cual más gratas, sin molestarse en perseguirlas en buscarlas. Lleno de contento, rememoró los momentos felices de aquella velada y todas sus palabras que habían hecho reír a carcajadas a aquel grupo, alguna de las cuales repitió a media voz. Le parecieron tan chistosas como antes, y por eso no es de extrañar que se riera con todas sus ganas.<br />
De cuando en cuando le molestaba en sus pensamientos un viento fortísimo que se levantó de pronto Dios sabe dónde, y le daba en pleno rostro, arrojándole además montones de nieve. Y como si ello fuera poco, desplegaba el cuello del capote como una vela, o de repente se lo lanzaba con fuerza sobrehumana en la cabeza, ocasionándole toda clase de molestias, lo que le obligaba a realizar continuos esfuerzos para librarse de él.<br />
De repente sintió como si alguien le agarrara fuertemente por el cuello; volvió la cabeza y vio a un hombre de pequeña estatura, con un uniforme viejo muy gastado, y no sin espanto reconoció en él a Akakiy Akakievich. E1 rostro del funcionario estaba pálido como la nieve, y su mirada era totalmente la de un difunto. Pero el terror de la «alta personalidad» llegó a su paroxismo cuando vio que la boca del muerto se contraía convulsivamente exhalando un olor de tumba y le dirigía las siguientes palabras:<br />
-¡Ah! ¡Por fin te tengo!&#8230; ¡Por fin te he cogido por el cuello! ¡Quiero tu capote! No quisiste preocuparte por el mío y hasta me insultaste. ¡Pues bien: dame ahora el tuyo!<br />
La pobre «alta personalidad» por poco se muere. Aunque era firme de carácter en la cancillería y en general para con los subalternos, y a pesar de que al ver su aspecto viril y su gallarda figura, no se podía por menos de exclamar: «¡Vaya un carácter!», nuestro hombre, lo mismo que mucha gente de figura gigantesca, se asustó tanto, que no sin razón temió que le diese un ataque. Él mismo se quitó rápidamente el capote y gritó al cochero, con una voz que parecía la de un extraño:<br />
-¡A casa, a toda prisa!<br />
El cochero, al oír esta voz que se dirigía a él generalmente en momentos decisivos, y que solía ser acompañado de algo más efectivo, encogió la cabeza entre los hombros para mayor seguridad, agitó el látigo y lanzó los caballos a toda velocidad. A los seis minutos escasos la «alta personalidad» ya estaba delante del portal de su casa.<br />
Pálido, asustado y sin capote había vuelto a su casa, en vez de haber ido a la de Carolina Ivanovna. A duras penas consiguió llegar hasta su habitación y pasó una noche tan intranquila, que a la mañana siguiente, a la hora del té, le dijo su hija:<br />
-¡Qué pálido estás, papá!<br />
Pero papá guardaba silencio y a nadie dijo una palabra de lo que le había sucedido, ni en dónde había estado, ni adónde se había dirigido en coche. Sin embargo, este episodio le impresionó fuertemente, y ya rara vez decía a los subalternos: «¿Se da usted cuenta de quién tiene delante?» Y si así sucedía, nunca era sin haber oído antes de lo que se trataba. Pero lo más curioso es que a partir de aquel día ya no se apareció el fantasma del difunto empleado. Por lo visto, el capote del general le había venido justo a la medida. De todas formas, no se oyó hablar más de capotes arrancados de los hombros de los transeúntes.</p>
<p>Sin embargo, hubo unas personas exaltadas e inquietas que no quisieron tranquilizarse y contaban que el espectro del difunto empleado seguía apareciéndose en los barrios apartados de la ciudad. Y, en efecto, un guardia del barrio de Kolomna vio con sus propios ojos asomarse el fantasma por detrás de su casa. Pero como era algo débil desde su nacimiento-en cierta ocasión un cerdo ordinario, ya completamente desarrollado, que se había escapado de una casa particular, le derribó, provocando así las risas de los cocheros que le rodeaban y a quienes pidió después, como compensación por la burla de que fue objeto, unos centavos para tabaco-, como decimos, pues, era muy débil y no se atrevió a detenerlo. Se contentó con seguirlo en la oscuridad hasta que aquel volvió de repente la cabeza y le preguntó:<br />
-¿Qué deseas?-y le enseñó un puño de esos que no se dan entre las personas vivas.<br />
-Nada-replicó el guardia, y no tardó en dar media vuelta.</p>
<p>El fantasma era, no obstante, mucho más alto tenía bigotes inmensos. A grandes pasos se dirigió al puente Obuko, desapareciendo en las tinieblas de la noche.</p>
<p> </p>
<p>Nicolai Gogol</p>
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		<title>El traje nuevo del emperador</title>
		<link>http://www.cuentoscrueles.com/situaciones-crueles/el-traje-nuevo-del-emperador/</link>
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		<pubDate>Sat, 26 Dec 2009 21:45:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Hans Christian Andersen]]></category>
		<category><![CDATA[Situaciones crueles]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace muchos años hubo un Emperador con una afición tan
excesiva a los trajes nuevos que se gastaba todo su dinero en esa
manía. Nada le importaban sus soldados, ni el teatro, ni los paseos por
el bosque, salvo que sirvieran de pretexto, para lucir su vestimenta
recién estrenada. Tenía un traje para cada hora del día. Y en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-112" style="margin: 9px; border: black 1px solid;" title="untitled" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/untitled.bmp" alt="untitled" width="199" height="196" />Hace muchos años hubo un Emperador con una afición tan<br />
excesiva a los trajes nuevos que se gastaba todo su dinero en esa<br />
manía. Nada le importaban sus soldados, ni el teatro, ni los paseos por<br />
el bosque, salvo que sirvieran de pretexto, para lucir su vestimenta<br />
recién estrenada. Tenía un traje para cada hora del día. Y en vez de<br />
decirse de él, como se dice de cualquier otro rey o emperador: “Está en<br />
la sala del Consejo”, la expresión popular era siempre: “El Emperador<br />
está en el vestuario”.<br />
En la gran capital donde él residía, la vida era en verdad muy<br />
alegre. Diariamente llegaban a visitarle legiones de turistas, y entre<br />
ellos cayeron en una ocasión dos timadores. Se hacían pasar por<br />
fabricantes de tejidos y pretendían que sus productos eran los más<br />
maravillosos que podían imaginarse en el mundo, y no sólo porque los<br />
tintes y dibujos fuesen de una finura incomparable, sino porque las<br />
ropas confeccionadas con aquel tipo de tela tenían una peculiarísima<br />
cualidad: la de permanecer invisibles a toda persona que no estuviera<br />
capacitada para su cargo, o que fuese imposiblemente estúpida.<br />
“Esas ropas deben ser espléndidas -pensó el Emperador-.<br />
Usándolas podré descubrir cuáles de entre los funcionarios de mi reino<br />
son incapaces para sus puestos. Y también podré distinguir los<br />
hombres inteligentes de los tontos. Sí, conviene ordenar que me<br />
preparen un poco de tela”.<br />
El Emperador hizo entrega a los dos pillos de una buena suma<br />
como adelanto, para que pudieran empezar cuanto antes su trabajo.<br />
Los presuntos tejedores instalaron dos telares y fingieron tejer,<br />
pero sin tener absolutamente nada en las lanzaderas. Para empezar<br />
adquirieron una partida de seda finísima y cierta cantidad del más puro<br />
hilo de oro, todo lo cual guardaron en sus maletas. Todos los días<br />
seguían tejiendo en los vacíos telares hasta ya muy entrada la noche.<br />
“Me gustaría saber cómo andan con el trabajo esos tejedores”<br />
-pensó el Emperador, pero no dejaba de sentirse algo incómodo al<br />
reflexionar que todo aquel que fuera un zoquete o incapacitado para su<br />
cargo quedaría sin ver la tela. Ciertamente, se dijo, no tenía nada que<br />
temer de su parte, pero sería mejor enviar primero a otra persona a ver<br />
cómo marchaba aquello.<br />
Todo el mundo conocía en la ciudad la maravillosa propiedad de<br />
la tela.<br />
“Enviaré a mi viejo y fiel ministro -resolvió-.<br />
Él estará mejor autorizado que nadie para apreciar la calidad de su<br />
tejido, pues se trata de un muy inteligente y no hay nadie que<br />
desempeñe su tarea mejor que él la suya”.<br />
De modo, pues, que el excelente viejo ministro recibió la misión<br />
de inspeccionar la sala donde estaban trabajando los dos pillastres ante<br />
el telar vacío.<br />
“¡Dios nos ampare! -pensó el ministro abriendo los ojos de par en<br />
par-. ¡Vaya, si no veo nada!” -Pero tuvo buen cuidado de no decirlo.<br />
Los estafadores le suplicaron que tuviera la bondad de<br />
aproximarse un poco más, y le preguntaron si no juzgaba excelentes el<br />
dibujo y el colorido. El pobre ministro se rompía los ojos sin lograr ver<br />
cosa alguna, pues, por supuesto, nada había que ver.<br />
“¡Cielos! -pensó-. ¿Es posible que yo sea un bobo? Nunca me lo<br />
habría imaginado, y no tiene que saberlo nadie. ¿Y un inútil también<br />
para el cargo? Jamás diré que no he logrado ver la tela”.<br />
-Bien, señor, ¿decíais algo acerca de la tela? -preguntó el pillo que<br />
estaba fingiendo tejer.<br />
-¡Oh, es hermosa&#8230;, realmente encantadora! -dijo el ministro,<br />
calándose los anteojos-. ¡Qué dibujo, qué tonos! Ciertamente informaré<br />
al Emperador que me ha gustado mucho.<br />
-Nos complace sobremanera oírlo -dijeron los dos trapecistas. Y a<br />
continuación enumeraron todos los matices y describieron el peculiar<br />
dibujo del tejido. El viejo ministro puso gran atención a lo que decían,<br />
para poder repetirlo cuando regresara a informar al Emperador.<br />
Poco después los dos bribones se presentaron a pedir más dinero,<br />
más seda y más oro, para poder continuar con el tejido. Pero se lo<br />
guardaron todo en sus bolsillos. Ni una hebra siquiera colocaron en el<br />
telar, aunque siguieron tejiendo con afán.<br />
El Emperador envió a otro de sus leales funcionarios a investigar<br />
cómo seguía el tejido y cuándo estaría listo. Y al funcionario le ocurrió<br />
lo mismo que al viejo ministro. Miró y miró, pero como sólo había un<br />
telar vacío, no pudo ver nada.<br />
-¿No es una hermosa pieza de tela? -preguntaron los dos<br />
pillastres. Y desplegaron una verdadera exhibición del admirable tejido<br />
y de los colores que no estaban allí ni podía ver persona alguna.<br />
“Yo sé que no soy ningún obtuso -pensó el funcionario-, acaso,<br />
pues, se trate de que tampoco soy el hombre adecuado para mi<br />
excelente cargo. Es muy extraño. Sea como sea, no hay que<br />
demostrarlo”.<br />
Y se deshizo en elogios de la tela que no veía, Y aseguró que se<br />
retiraba admirado de los matices y la originalidad del dibujo.<br />
-Es prodigioso -informó luego al Emperador-. Todo el mundo<br />
habla en la ciudad de esa espléndida tela.<br />
Y el Emperador pensó que sería interesante ver aquel prodigio<br />
mientras estaba aún en el telar. Acompañado por cierto número de<br />
selectos cortesanos, entre ellos los dos que ya habían visto la<br />
imaginaria tela, se dirigió a visitar a los dos impostores, que estaban<br />
trabajando tan arduamente como nunca en sus vacías máquinas.<br />
-¡Es magnífico! -dijeron los dos honrados dignatarios-. ¡Ved,<br />
Majestad qué dibujos! ¡Qué matices!<br />
Y ambos señalaban el telar, pensando cada uno que el otro podía<br />
ver la tela.<br />
“¿Qué? -pensaba el Emperador-. Yo no veo nada en absoluto. ¡Es<br />
terrible! ¿Soy yo un zote entonces? ¿No sirvo para Emperador? Nada<br />
peor que eso podría ocurrirme”.<br />
Y dijo en voz alta:<br />
-¡Qué hermosa! Tiene mi más calificada aprobación.<br />
E inclinó repetidamente la cabeza en señal de agrado,<br />
contemplando el telar vacío. Nada ni nadie habría podido inducirlo a<br />
confesar que no veía nada.<br />
Todo el séquito miró y remiró, sin ninguno de los dignatarios<br />
viera más que los otros. Sin embargo, exclamaron todos, a coro con Su<br />
Majestad:<br />
-¡Es muy hermosa!<br />
Y le aconsejaron que se mandara hacer un traje de tan maravillosa<br />
tela para la ocasión de un gran desfile próximo.<br />
“¡Magnífica! ¡Maravillosa! ¡Excelente!” -eran las palabras que<br />
corrían de boca en boca. Todos estaban igualmente encantados con la<br />
tela. El Emperador concedió a cada uno de los dos bellacos una condecoración<br />
destinada a sus respectivas solapas, y el título de “Caballero<br />
Tejedor”.<br />
Los pillos trabajaron toda la noche previa al día del desfile,<br />
gastando dieciséis bujías, para que el pueblo viera lo ansiosos que<br />
estaban de tener listo a tiempo el traje del Emperador. Fingieron sacar<br />
la tela del telar cortándola en el aire con un gran par de tijeras, y la<br />
fueron cosiendo con sólo agujas, sin hilo alguno en ellas.<br />
Por fin anunciaron:<br />
-Ya está listo el traje del Emperador.<br />
Y el Emperador fue personalmente a buscarlo en compañía de sus<br />
más elevados cortesanos. Los dos estafadores levantaron un brazo en el<br />
aire, como si estuvieran sosteniendo algo, y dijeron:<br />
-Mirad, éstos son los pantalones. Esta es la chaqueta. Este es el<br />
manto. -Y así sucesivamente-. Es tan liviano como una telaraña. Casi<br />
podría decirse que uno no tiene nada en la mano, pero en eso reside<br />
precisamente su belleza.<br />
-Así es -aprobaron todos los cortesanos, aunque no podían ver<br />
nada, pues no había cosa alguna que ver.<br />
-¿Quisiera Su Imperial Majestad tener a bien quitarse la ropa?<br />
-invitaron los impostores-. Luego podrá vestirse las nuevas, aquí<br />
delante del gran espejo.<br />
El Emperador se despojó enteramente de sus ropas y los<br />
impostores fingieron irle entregando una pieza tras otra de su nuevo<br />
atuendo. Hicieron también la pantomima de ajustarle algo en la cintura<br />
y sujetar allí cierto invisible aditamento que debía suponerse era la cola<br />
del traje imperial. El Emperador se volvía una y otra vez frente al<br />
espejo.<br />
-¡Qué bien luce Su Majestad el nuevo traje! ¡Qué<br />
espléndidamente le queda! -exclamó toda la gente que lo rodeaba-.<br />
¡Qué modelo! ¡Qué color! Nunca se ha visto nada así en materia de<br />
ropa.<br />
-El palio está esperando a Vuestra Majestad para colocarse sobre<br />
su cabeza en el desfile -anunció el maestro de ceremonias.<br />
-Bien, estoy dispuesto -dijo el Emperador-. ¿No es cierto que me<br />
queda bien el traje?<br />
Los chambelanes que debían llevar la cola se inclinaron y<br />
fingieron levantarla del suelo con ambas manos, aunque naturalmente<br />
iban todos con las manos vacías en el aire. Ninguno se atrevía a<br />
confesar que no veía nada.<br />
Y el Emperador partió encabezando el desfile bajo el lujoso palio,<br />
y toda la muchedumbre en las calles y los balcones exclamaba:<br />
-¡Qué apuesto está el Emperador con su traje nuevo! ¡Qué<br />
espléndida cola!<br />
Y nadie quería reconocer que no veía cosa alguna, porque eso<br />
habría equivalido a reconocerse incapaz para su cargo, o bien un<br />
zopenco.<br />
Ninguno de los trajes anteriores del Emperador había tenido éxito<br />
semejante.<br />
Pero un niño exclamó de pronto:<br />
-¡El Emperador está desnudo!<br />
-¡Oh, escuchen lo que dice el inocente! -dijo su padre. Y uno de<br />
los mirones susurró al oído de su vecino, lo que el niño había dicho. Y<br />
la voz fue corriendo:<br />
-Dice que el Emperador está desnudo&#8230; Un chico ha dicho que el<br />
Emperador está desnudo.<br />
-¡Pero es que está desnudo! -exclamó por fin todo el pueblo.<br />
El Emperador se sintió molesto, porque comprendió que era<br />
verdad. Pero pensó:<br />
“El cortejo tiene que seguir ahora”.<br />
Y se mantuvo más rígido que nunca, y los chambelanes siguieron<br />
sosteniendo la invisible cola.</p>
<p> </p>
<p>Hans Christian Andersen</p>
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		<title>¡Adiós, “Cordera”!</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Dec 2009 06:07:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Leopoldo Alas]]></category>
		<category><![CDATA[Situaciones crueles]]></category>

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		<description><![CDATA[   ¡Eran tres, siempre los tres!: Rosa, Pinín y la Cordera.
   El prao Somonte era un recorte triangular de terciopelo verde tendido, como una colgadura, cuesta abajo por la loma. Uno de sus ángulos, el inferior, lo despuntaba el camino de hierro de Oviedo a Gijón. Un palo del telégrafo, plantado allí como pendón de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;"><img class="alignleft size-full wp-image-51" style="margin: 15px 12px; border: black 11px solid;" title="vaca" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/vaca.jpg" alt="vaca" width="279" height="171" />   ¡Eran tres, siempre los tres!: Rosa, Pinín y la Cordera.</p>
<p>   El prao Somonte era un recorte triangular de terciopelo verde tendido, como una colgadura, cuesta abajo por la loma. Uno de sus ángulos, el inferior, lo despuntaba el camino de hierro de Oviedo a Gijón. Un palo del telégrafo, plantado allí como pendón de conquista, con sus jícaras blancas y sus alambres paralelos, a derecha e izquierda, representaba para Rosa y Pinín el ancho mundo desconocido, misterioso, temible eternamente ignorado. Pinín, después de pensarlo mucho, cuando a fuerza de ver días y días el poste tranquilo, inofensivo, campechano, con ganas, sin duda, de aclimatarse en la aldea y parecerse todo lo posible a un árbol seco, fue atreviéndose con él, llevó la confianza al extremo de abrazarse al leño y trepar hasta cerca de los alambres. Pero nunca llegaba a tocar la porcelana de arriba, que le recordaba las jícaras que había visto en la rectoral de Puao. Al verse tan cerca del misterio sagrado le acometía un pánico de respeto, y se dejaba resbalar deprisa hasta tropezar con los pies en el césped.</p>
<p>   Rosa, menos audaz, pero más enamorada de lo desconocido, se contentaba con arrimar el oído al palo del telégrafo, y minutos, y hasta cuartos de hora, pasaba escuchando los formidables rumores metálicos que el viento arrancaba a las fibras del pino seco en contacto con el alambre. Aquellas vibraciones, a veces intensas como las del diapasón, que aplicado al oído parece que quema con su vertiginoso latir, eran para Rosa los papeles que pasaban, las cartas que se escribían por los hilos, el lenguaje incomprensible que lo ignorado hablaba con lo ignorado; ella no tenía curiosidad por entender los que los de allá, tan lejos, decían a los del otro extremo del mundo. ¿Qué le importaba?. Su interés estaba en el ruido por el ruido mismo, por su timbre y su misterio.</p>
<p>   La Cordera, mucho más formal que sus compañeros, verdad es que, relativamente, de edad también mucho más madura, se abstenía de toda comunicación con el mundo civilizado, y miraba de lejos el palo del telégrafo como lo que era para ella efectivamente, como cosa muerta, inútil, que no le servía siquiera para rascarse. Era una vaca que había vivido mucho. Sentada horas y horas, pues, experta en pastos, sabía aprovechar el tiempo, meditaba más que comía, gozaba del placer de vivir en paz, bajo el cielo gris y tranquilo de su tierra, como quien alimenta el alma, que también tienen los brutos; y si no fuera profanación, podría decirse que los pensamientos de la vaca matrona, llena de experiencia, debían de parecerse todo lo posible a las más sosegadas y doctrinales odas de Horacio.</p>
<p>   Asistía a los juegos de los pastorcitos encargados de llindarla, como una abuela. Si pudiera, se sonreiría al pensar que Rosa y Pinín tenían por misión en el prado cuidar de que ella, la Cordera, no se extralimitase, no se metiera en la vía del ferrocarril ni saltara a la heredad vecina. ¡Qué había de saltar! ¡Qué se había de meter!</p>
<p>   Pastar de cuando en cuando, no mucho, cada día menos, pero con atención, sin perder el tiempo en levantar la cabeza por curiosidad necia, escogiendo sin vacilar los mejores bocados, y después sentarse sobre el cuarto trasero con delicia, a rumiar la vida, a gozar el deleite del no padecer, y todo lo demás aventuras peligrosas. Ya no recordaba cuando le había picado la mosca.</p>
<p>   “El xatu (el toro), los saltos locos por las praderas adelante&#8230;, ¡todo eso estaba tan lejos!”</p>
<p>   Aquella paz sólo se había turbado en los días de prueba de la inauguración del ferrocarril.</p>
<p>La primera vez que la Cordera vio pasar el tren se volvió loca. Saltó la sebe de lo más alto del Somonte, corrió por prados ajenos, y el terror duró muchos días, renovándose, más o menos violento, cada vez que la máquina asomaba por la trinchera vecina.. Poco a poco se fue acostumbrando al estrépito inofensivo. Cuando llegó a convencerse de que era un peligro que pasaba, una catástrofe que amenazaba sin dar, redujo sus precauciones a ponerse de pie y a mirar de frente, con la cabeza erguida, al formidable monstruo; más adelante no hacía más que mirarle, sin levantarse, con antipatía y desconfianza; acabó por no mirar al tren siquiera. En Pinín y Rosa la novedad del tren produjo impresiones más agradables y persistentes. Si al principio era una alegría loca, algo mezclada de miedo supersticioso, una excitación nerviosa, que les hacía prorrumpir en gritos, gestos, pantomimas descabelladas, después de un recreo pacífico, suave, renovado varias veces al día. Tardó mucho en gastarse aquella emoción de contembra de hierro, que llevaba dentro de sí tanto ruido y tantas castas de gentes desconocidas, extrañas.</p>
<p>   Pero telégrafo, ferrocarril, todo eso era lo de menos: un accidente pasajero que se ahogaba en el mar de soledad que rodeaba el prao Somonte. Desde allí no se veía vivienda humana; allí no llegaban ruidos del mundo más que al pasar el tren. Mañanas sin fin, bajo los rayos del sol, a veces entre el zumbar de los insectos, la vaca y los niños esperaban la proximidad del mediodía para volver a casa. Y luego, tardes eternas, de dulce tristeza silenciosa, en el mismo prado, hasta venir la noche, con el lucero vespertino por testigo mudo en la altura. Rodaban las nubes allá arriba, caían las sombras de los árboles y de las peñas en la loma y en la cañada, se acostaban los pájaros. empezaban a brillar algunas estrellas en lo más oscuro del cielo azul, y Pinín y Rosa, los niños gemelos, los hijos de Antón de Chinta, teñida el alma de la dulce serenidad soñadora de la solemne y seria naturaleza, callaban horas y horas, después de sus juegos, nunca muy estrepitosos, sentados cerca de la Cordera, que acompañaba el augusto silencio de tarde en tarde con un blanco son de perezosa esquila.</p>
<p>   En este silencio, en esta calma inactiva, había amores. Se amaban los dos hermanos como dos mitades de un fruto verde, unidos por la misma vida, con escasa conciencia de lo que en ellos era distinto, de cuanto los separaba; amaban Pinín y Rosa a la Cordera, la vaca abuela, grande, amarillenta, cuyo testuz parecía una cuna. La Cordera recordaría a un poeta la Zavala de Ramayana, la vaca santa; tenía en la amplitud de sus formas, en la solemne serenidad de sus pausados y nobles movimientos, aire y contorno de ídolo destronado, caído, contento con su suerte, más satisfecha con ser vaca verdadera que dios falso. La Cordera, hasta donde es posible adivinar estas cosas, puede decirse que también quería a los gemelos encargados de apacentarla.</p>
<p>   Era poco expresiva; pero la paciencia con que los toleraba cuando en sus juegos ella les servía de almohada, de escondite, de montura, y para otras cosas que ideaba la fantasía de los pastores, demostraba tácitamente el afecto del animal pacífico y pensativo.</p>
<p>   En tiempos difíciles Pinín y Rosa habían hecho por la Cordera los imposibles de solicitud y cuidado. No siempre Antón de Chinta había tenido el prado Somonte. Este regalo era cosa relativamente nueva. Años atrás la Cordera tenía que salir a la gramática, esto es, a apacentarse como podía, a la buenaventura de los caminos y callejas de las rapadas y escasas praderías del común, que tanto tenían de vía pública como de pastos. Pinín y Rosa, en tales días de penuria, la guiaban a los mejores altozanos, a los parajes más tranquilos y menos esquimalados, y la libraban de las mil injurias a que están expuestas las pobres reses que tienen que buscar su alimento en los azares de un camino.</p>
<p>   En los días de hambre, en el establo, cuando el heno escaseaba y el nervaso para estrar el lecho caliente de la vaca faltaba también, a Rosa y a Pinín debía la Cordera mil industrias que le hacían más suave la miseria. ¡Y qué decir de los tiempos heroicos del parto y la cría, cuando se entablaba la lucha necesaria entre el alimento y regalo de la nación y el interés de los Chintos, que consistía en robar a las ubres de la pobre madre toda la leche que no fuera absolutamente indispensable para que el ternero subsistiese! Rosa y Pinín, en tal conflicto, siempre estaban de parte de la Cordera, y en cuanto había ocasión, a escondidas, soltaban el recental que, ciego y como loco, a testaradas contra todo, corría a buscar el amparo de la madre, que le albergaba bajo su vientre, volviendo la cabeza agradecida y solícita, diciendo, a su manera:</p>
<p>-Dejad a los niños  y a los recentales que vengan a mí.</p>
<p>Estos recuerdos, estos lazos son los que no se olvidan.</p>
<p>Añádase a todo que la Cordera tenía la mejor pasta de vaca sufrida del mundo. Cuando se</p>
<p>veía emparejada bajo el yugo con cualquier compañera, fiel a la gamella, sabía meter su voluntad a la ajena, y horas y horas se la veía con la cerviz inclinada, la cabeza torcida, en incómoda postura, velando en pie mientras la pareja dormía en tierra.</p>
<p> </p>
<p>   Antón de Chinta comprendió que había nacido para pobre cuando palpó la imposibilidad de cumplir aquel sueño dorado suyo de tener un corral propio con dos yuntas por lo menos. Llegó, gracias a mil ahorros, que eran mares de sudor y purgatorios de privaciones, llegó a la primera vaca, la Cordera, y no pasó de ahí; antes de poder comprar la segunda  se vio obligado, para pagar atrasos al amo, el dueño de la casería que llevaba en renta, a llevar al mercado a aquel pedazo de sus entrañas, la Cordera, el amor de sus hijos. Chinta había muerto a los dos años de tener  la Cordera en casa. El establo y la cama del matrimonio estaban pared por medio, llamando pared a un tejido de ramas de castaño y de cañas de maíz. Ya Chinta, musa de la economía en aquel hogar miserable, había muerto mirando a la vaca por un boquete del destrozado tabique de ramaje, senalándola como salvación de la familia.</p>
<p>   “Cuidadla; es vuestro sustento”, parecían decir los ojos de la pobre moribunda, que murió de hambre y de trabajo.</p>
<p>   El amor de los gemelos se había concentrado en la Cordera; el regazo, que tiene su cariño especial, que el padre no puede reemplazar, estaba al calor de la vaca, en el establo, y allá en el Somonte.</p>
<p>   Todo esto lo comprendía Antón a su manera, confusamente. De la venta necesaria no había que decir palabra a los neños. Un sábado de julio, al ser de día, de mal humor, Antón echó a andar hacia Gijón, llevando la Cordera por delante, sin más atavío que el collar de esquila. Pinín y Rosa dormían. Otros días había que despertarlos a azotes. El padre los dejó tranquilos. Al levantarse se encontraron sin la Cordera. “Sin duda, mío pá la había llevado al xatú.” No cabía otra conjetura. Pinín y Rosa opinaban que la vaca iba de mala gana; creían ellos que no deseaba más hijos, pues todos acababa por perderlos pronto, sin saber cómo ni cuándo.</p>
<p>   Al oscurecer, Antón y la Cordera entraban por la corrada, mahinos, cansados y cubiertos de polvo. El padre no dio explicaciones, pero los hijos adivinaron el peligro.</p>
<p>   No había vendido porque nadie había querido llegar al precio que a él se le había puesto en la cabeza. Era excesivo: un sofisma del cariño. Pedía mucho por la vaca para que nadie se atreviese a llevársela. Los que se habían acercado a intentar fortuna se habían alejado pronto echando pestes de aquel hombre que miraba con ojos de rencor y desafío al que osaba insistir en acercarse al precio fijo en que él se abroquelaba. Hasta último momento del mercado estuvo Antón de Chinta en el Humedal, dando plazo a la fatalidad. “No se dirá –pensaba- que yo no quiero vender: son ellos que no me pagan la Cordera en lo que vale.” Y, por fin, suspirando, si no satisfecho, con cierto consuelo, volvió a emprender el camino por la carretera de Candás, adelante, entre la confusión y el ruido de cerdos y novillos, bueyes y vacas, que los aldeanos de muchas parroquias del contorno conducían con mayor o menor trabajo, según eran de antiguo las relaciones entre dueños y bestias.</p>
<p>   En el Natahoyo, en el cruce de dos caminos, todavía estuvo expuesto el de Chinta a quedarse sin la Cordera: un vecino de Carrió que le había rondado todo el día ofreciéndole pocos duros menos de los que pedía, le dio un último ataque, algo borracho.</p>
<p>El de Carrío subía, subía, luchando entre la codicia y el capricho de llevar la vaca. Antón, como una roca. Llegaron a tener las manos enlazadas, parados en el medio de la carretera, interrumpiendo el paso&#8230; por fin la codicia pudo más; el pico de los cincuenta los separó como un abismo; se soltaron las manos, cada cual tiró por su lado; Antón, por una calleja que, entre madreselvas que aún no florecían y zarzamoras en flor, le condujo hasta su casa.</p>
<p>   Desde aquel día en que adivinaron el peligro, Pinín y Rosa no sosegaron. A media semana se personó el mayordomo en el corral de Antón. Era otro aldeano de la misma parroquia, de malas pulgas, cruel con los caseros atrasados. Antón, que no admitía reprimendas, se puso lívido ante las amenazas de desahucio.</p>
<p>   El amo no esperaba más. Bueno, vendería a la vaca a vil precio, por una merienda. Había que pagar o quedarse en la calle.</p>
<p>   El sábado inmediato acompañó al Humedal Pinín a su padre. El niño miraba con horror a los contratistas de carne, que eran los tiranos del mercado. La Cordera fue comprada en su justo precio por un rematante de Castilla. Se la hizo una señal en la piel y volvió a su establo de Puao, ya vendida, ajena, tañendo tristemente la esquila. Detrás caminaban Antón de Chinta, taciturno, y Pinín, con ojos como puños. Rosa, al saber la venta, se abrazó al testuz de la Cordera, que inclinaba la cabeza a las caricias como al yugo.</p>
<p>   “¡Se iba la vieja!”, pensaba con el alma destrozada Antón el huraño.</p>
<p>   “¡Ella será una bestia, pero sus hijos no tenían otra madre ni otra abuela!”</p>
<p>   Aquellos días, en el pasto, en la verdura del Somonte, el silencio era fúnebre. La Coredera, que ignoraba su suerte, descansaba y parecía como siempre, sub specie aeternitatis, como descansaría y comería un minuto antes de que aquel brutal porrazo la derribase muerta. Pero Rosa y Pinín yacían desolados, tendidos sobre la hierba, inútil en adelante. Miraban con rencor los trenes que pasaban, los alambres del telégrafo. Era aquel mundo desconocido, tan lejos de ellos por un lado y por otro, el que les llevaba su Cordera.</p>
<p>   El viernes, al oscurecer, fue la despedida. Vino un encargado del rematante de Castilla por la res. Pagó; bebieron un trago Antón y el comisionado, y se saco a la quintana  a la Cordera. Antón había apurado la botella; estaba exaltado; el peso del dinero en el bolsillo le animaba también. Quería aturdirse. Hablaba mucho, alababa las excelencias de la vaca. EL otro sonreía, porque las alabanzas de Antón eran impertinentes. ¿Que daba la res tantos y tantos xarros de leche? ¿Qué era noble en el yugo, fuerte con la carga? ¿Y qué, si dentro de pocos días había de estar reducida a chuletas y otros bocados suculentos? Antón no quería imagina esto; se la figuraba viva, trabajando, sirviendo a otro labrador, olvidada de él y de sus hijos, pero viva, feliz&#8230; Pinín y Rosa, sentados sobre el montón de cucho, recuerdo para ellos sentimental de la Cordera y de los propios afanes, unidos por las manos, miraban al enemigo con ojos de espanto. En el supremo instante se arrojaron sobre su amiga; besos, abrazos: hubo de todo. No podían separarse de ella. Antón, agotada de pronto la excitación del vino, cayó como un marasmo; cruzó los brazos, y entró en el corral oscuro.</p>
<p>   Los hijos siguieron un buen trecho por la calleja, de altos setos, el triste grupo del indiferente comisionado y la Cordera, que iba de mala gana con un desconocido y a tales horas. Por fin, hubo que separarse. Antón, malhumorado, clamaba desde casa:<br />
   -Bah, bah, neños, acá os digo; basta de pamemes! – así gritaba de lejos el padre, con voz de lágrimas.</p>
<p>   Caía la noche; por la calleja oscura, que hacían casi negra los altos setos, formando casi bóveda, se perdió el bulto de la Cordera, que parecía negra de lejos. Después no quedó de ella más que el tintan pausado de la esquila, desvanecido con la distancia, entre los chirridos melancólicos de cigarras infinitas.</p>
<p>-          ¡Adiós, Cordera!- gritaba Rosa deshecha en llanto -¡Adiós Cordera de mío alma!</p>
<p>-          ¡Adiós, Cordera!- repetía Pinín, no más sereno.</p>
<p>-          Adiós- contestó por último, a su modo, la esquila, perdiéndose su lamento triste, resignado, entre los demás sonidos de la noche de julio en la aldea&#8230;</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p>   Al día siguiente, muy temprano, a la hora de siempre, Pinín y Rosa fueron al prao Somonte. Aquella soledad no lo había sido nunca para ellos triste; aquel día, el Somonte sin la Coredera parecía el desierto.</p>
<p>   De repente silbó la máquina, apareció el humo, luego el tren. En un furgón cerrado, en unas estrechas ventanas altas o respiraderos, vislumbraron los hermanos gemelos cabezas de vacas que, pasmadas, miraban por aquellos tragaluces.</p>
<p>-          ¡Adiós, Cordera! – gritó Rosa, adivinando allí a su amiga, a la vaca abuela.</p>
<p>-          ¡Adiós, Cordera! &#8211; vociferó Pinín con la misma fe, enseñando los puños al tren, que volaba camino a Castilla.</p>
<p>   Y, llorando, repetía el rapaz, más enterado que su hermana de las picardías de mundo:</p>
<p>-          La llevan al matadero&#8230; Carne de vaca, para comer los señores, los indianos.</p>
<p>-          ¡Adiós, Cordera!</p>
<p>-          ¡Adiós, Cordera!</p>
<p>   Y Rosa y Pinín miraban con rencor la vía, el telégrafo, los símbolos de aquel mundo enemigo que les arrebataba, que les devoraba a su compañera de tantas soledades, de tantas ternuras silenciosas, para sus apetitos, para convertirla en manjares de ricos glotones&#8230;</p>
<p>   ¡Adiós, Cordera!&#8230;</p>
<p>   ¡Adiós, Cordera!&#8230;</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p>   Pasaron muchos años. Pinín se hizo mozo y se lo llevó el rey. Ardía la guerra carlista. Antón de Chinta era casero de un cacique de los vencidos; no hubo influencia para declarar inútil a Pinín que, por ser, era como un roble.</p>
<p>Y una tarde triste de octubre, Rosa en el prao Somonte, sola, esperaba el paso del tren correo de Gijón, que le llevaba a sus únicos amores, su hermano. Silbó a lo lejos la máquina, apareció el tren en la trinchera, pasó como un relámpago. Rosa, casi metida por las ruedas, pudo ver un instante en un coche de tercera, multitud de cabezas de pobres quintos que gritaban, gesticulaban, saludando a los árboles, al suelo, a los campos, a toda la patria familiar, a la pequeña, que dejaban para ir a morir en las luchas fratricidas de la patria grande, al servicio de un rey y de unas ideas que no conocían.</p>
<p>   Pinín, con medio cuerpo afuera de una ventanilla, tendió los brazos a su hermana; casi se tocaron. Y Rosa pudo oír en el estrépito de las ruedas y la gritería de los reclutas la voz distinta de su hermano, que sollozaba exclamando, como inspirado por un recuerdo de dolor lejano:</p>
<p>-          ¡Adiós, Rosa!&#8230; ¡Adiós, Cordera!</p>
<p>-          ¡Adiós, Pinín! ¡Pinín de mío alma!&#8230;</p>
<p>   “Allá iba, como la otra, como la vaca abuela, se lo llevaba el mundo. Carne de vaca para los glotones, para los indianos; carne de su alma, carne de cañón para las locuras del mundo, para las ambiciones ajenas.”</p>
<p>   Entre confusiones de dolor y de ideas, pensaba así la pobre hermana viendo el tren perderse a lo lejos, silbando triste, con silbidos que repercutían los castaños, las vegas y los peñascos&#8230;</p>
<p>   ¡Qué sola se quedaba! Ahora sí, ahora sí que era un desierto el prao Somonte.</p>
<p>   -¡Adiós, Pinín! ¡Adiós Cordera!</p>
<p>   Con que odio miraba Rosa la vía manchada de carbones apagados; con que ira los alambres del telégrafo. ¡Oh!, bien hacía la Cordera en no acercarse. Aquello era el mundo, lo desconocido, que se lo llevaba todo. Y sin pensarlo, Rosa apoyó la cabeza sobre el palo clavado como un pendón en la punta del Somonte. El viento cantaba en las entrañas del pino seco su canción metálica. Ahora ya lo comprendía Rosa. Era canción de lágrimas, de abandono, de soledad, de muerte.</p>
<p>   En las vibraciones rápidas, como quejidos, creía oír, muy lejana, la voz que sollozaba por la vía adelante:</p>
<p>-          ¡Adiós, Pinín! ¡Adiós, Cordera!</p>
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		<title>EL POZO</title>
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		<pubDate>Sat, 05 Dec 2009 04:04:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Augusto Céspedes]]></category>
		<category><![CDATA[Situaciones crueles]]></category>

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		<description><![CDATA[ Soy el suboficial boliviano Miguel Navajo y me encuentro en el hospital de Tarairí, recluido desde hace 50 días con avitaminosis beribérica, motivo insuficiente según los médicos para ser evacuado hasta La Paz, mi ciudad natal y mi gran ideal. Tengo ya dos años y medio de campaña y ni el balazo con que me [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-19" title="chaco" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/chaco.jpg" alt="chaco" width="389" height="258" /> Soy el suboficial boliviano Miguel Navajo y me encuentro en el hospital de Tarairí, recluido desde hace 50 días con avitaminosis beribérica, motivo insuficiente según los médicos para ser evacuado hasta La Paz, mi ciudad natal y mi gran ideal. Tengo ya dos años y medio de campaña y ni el balazo con que me hirieron en las costillas el año pasado, ni esta excelente avitaminosis me procuran la liberación.<br />
     Entretanto me aburro, vagando entre los numerosos fantasmas en calzoncillos que son los enfermos de este hospital, y como nada tengo para leer durante las cálidas horas de este infierno, me leo a mí mismo, releo mi Diario. Pues bien, enhebrando páginas distintas, he exprimido de ese Diario la historia de un pozo que está ahora en poder de los paraguayos.<br />
     Para mí ese pozo es siempre nuestro, acaso por lo mucho que nos hizo agonizar. En su contorno y en su fondo se escenificó un drama terrible en dos actos: el primero en la perforación y el segundo en la sima. Ved lo que dicen esas páginas:<br />
     Verano sin agua. En esta zona de Chaco, al norte de Platanillos casi no llueve, y lo poco que llovió se ha evaporado. Al norte, al sur, a la derecha o a la izquierda, por donde se mire o se ande en la transparencia casi inmaterial del bosque de leños plomizos, esqueletos sin sepultura condenados a permanecer de pie en la arena exangue, no hay una gota de agua, lo que impide que vivan aquí los hombres de guerra. Vivimos, raquíticos, miserables, prematuramente envejecidos los  árboles, con más ramas que hojas, y los hombres, con más sed que odio.<br />
     Tengo a mis órdenes unos 20 soldados, con los rostros entintados de pecas, en los pómulos costras como discos de cuero y los ojos siempre ardientes. Muchos de ellos han concurrido a las defensas de Aguarrica y del Siete (Kilómetro Siete, camino Saavedra?Alihuata, donde se libró la batalla del 10 de Noviembre), de donde sus heridas o enfermedades los llevaron al hospital de Muñoz y luego al de Ballivián. Una vez curados, los han traído por el lado de Platanillos, al II Cuerpo de Ejército. Incorporados al regimiento de zapadores a donde fui también destinado, permanecemos desde hace un semana aquí, en las proximidades del fortín Loa, ocupados en abrir una picada. El monte es muy espinoso, laberíntico y pálido. No hay agua.<br />
17 de enero.<br />
     Al atardecer, entre nubes de polvo que perforan los elásticos caminos aéreos que confluyen hasta la pulpa del sol naranja, sobredorando el contorno del ramaje anémico, llega el camión aguatero.<br />
     Un viejo camión, de guardafangos abollados, sin cristales y con un farol vendado, que parece librado de un terremoto, cargado de toneles negros, llega. Lo conduce un chofer cuya cabeza rapada me recuerda a una tutuma. Siempre brillando de sudor, con el pecho húmedo, descubierto por la camisa abierta hasta el vientre.<br />
     ?La cañada se va secando ?anunció hoy?. La ración de agua es menos ahora para el regimiento.<br />
     ? A mí no más, agua los soldados me van a volver ?ha añadido el ecónomo que le acompaña.<br />
     Sucio como el chofer, si éste se distingue por la camisa, en aquél son los pantalones aceitosos que le dan personalidad. Por lo demás, es avaro y me regatea la ración de coca para mis zapadores. Pero alguna vez me hace entrega de una cajetilla de cigarrillos.<br />
     El chofer me ha hecho saber que en Platanillos se piensa llevar nuestra División más adelante.<br />
     Esto ha motivado comentarios entre los soldados. Hay un potosino Chacón, chico, duro y obscuro como un martillo, que ha lanzado la pregunta fatídica:<br />
     ?¿Y habrá agua?<br />
     ?Menos que aquí ?le han respondido.<br />
     ?¿Menos que aquí? ¿Vamos a vivir del aire como las carahuatas?<br />
     Traducen los soldados la inconsciencia de su angustia, provocada por el calor que aumenta, relacionando ese hecho con el alivio que nos niega el liquido obsesionante. Destornillando la tapa de un tonel se llena de agua dos latas de gasolina, una para cocinar y otra para beberla y se va el camión. Siempre se derrama un poco de agua al suelo, humedeciéndolo, y las bandadas de mariposas blancas acuden sedientas a esa humedad.<br />
     A veces yo me decido a derrochar un puñado de agua, echándomelo sobre la nuca, y unas abejitas, que no sé con qué viven, vienen a enredarse entre mis cabellos.<br />
21 de enero.<br />
     Llovió anoche. Durante el día el calor nos cerró como un traje de goma caliente. La refracción del sol en la arena nos perseguía con sus llamaradas blancas. Pero a las 6 llovió. Nos desnudamos y nos bañamos, sintiendo en las plantas de los pies el lodo tibio que se metía entre los dedos.<br />
25 de enero.<br />
     Otra vez el calor. Otra vez este flamear invisible, seco, que se pega a los cuerpos. Me parece que debería abrirse una ventana en alguna parte para que entrase el aire. El cielo es una enorme piedra debajo de la que está encerrado el sol.<br />
     Así vivimos, hacha y pala al brazo. Los fusiles quedan semienterrados bajo el polvo de las carpas y somos simplemente unos camineros que tajamos el monte en línea recta, abriendo una ruta, no sabemos para qué, entre la maleza inextricable que también se encoge de calor. Todo lo quema el sol. Un pajonal que ayer por la mañana estaba amarillo, ha encanecido hoy y está seco, aplastado, porque el sol ha andado encima de él.<br />
     Desde las 11 de la mañana hasta las 3 de la tarde es imposible el trabajo en la fragua del monte. Durante esas horas, después de buscar inútilmente una masa compacta de sombra, me echo debajo de cualquiera de los  árboles, al ilusorio amparo de unas ramas que simulan una seca anatomía de nervios atormentados.<br />
     El suelo, sin la cohesión de la humedad, asciende como la muerte blanca envolviendo los troncos con su abrazo de polvo, empañando la red de sombra deshilachada por el ancho torrente del sol. La refracción solar hace vibrar en ondas el aire sobre el perfil del pajonal próximo, tieso y p álido como un cad áver.<br />
     Postrados, distensos, permanecemos invadidos por el sopor de la fiebre cotidiana, sumidos en el tibio desmayo que aserrucha el chirrido de las cigarras, interminable como el tiempo. El calor, fantasma transparente volcado de bruces sobre el monte, ronca en el clamor de las cigarras. Estos insectos pueblan todo el bosque donde extienden su taller invisible y misterioso con millones de ruedecillas, martinetes y sirenas cuyo funcionamiento aturde la atmósfera en leguas y leguas.<br />
     Nosotros, siempre al centro de esa polifonía irritante, vivimos una escasa vida de palabras sin pensamientos, horas tras horas, mirando en el cielo incoloro mecerse el vuelo de los buitres, que dan a mis ojos la impresión de figuras de pájaros decorativos sobre un empapelado infinito.<br />
     Lejanas, se escuchan, de cuando en cuando, detonaciones aisladas.<br />
1 de febrero.<br />
     El calor se ha adueñado de nuestros cuerpos, identificándolos como de polvo, sin nexo de continuidad articulada, blandos, calenturientos, conscientes para nosotros sólo por el tormento que nos causan al transmitir desde la piel la presencia sudosa de su beso de horno. Logramos recobrarnos al anochecer. Abandónase el día a la gran llamarada con que se dilata el sol en un último lampo carmesí, y la noche viene obstinada en dormir, pero la acosan las picaduras de múltiples gritos de animales: silbidos, chirridos, graznidos, gama de voces exóticas para nosotros, para nuestros oídos pamperos y montañeses.<br />
     Noche y día. Callamos en el día, pero las palabras de mis soldados se despiertan en las noches. Hay algunos muy antiguos, como Nicolás Pedraza, vallegrandino que está en el Chaco desde 1930, que abrió el camino a Loa, Bolívar y Camacho. Es palúdico, amarillo y seco como una caña hueca.<br />
     ?Los pilas haigan venido por la picada de Camacho, dicen ?manifestó el potosino Chacón.<br />
     ?Ahí sí que no hay agua ?informó Pedraza, con autoridad.<br />
     ?Pero los pilas siempre encuentran. Conocen el monte más que nadies ?objetó José Irusta, un paceño  áspero, de pómulos afilados y ojillos oblicuos que estuvo en los combates de Yujra y Cabo Castillo.<br />
     Entonces un cochabambino a quien apodan el Cosñi, replicó:<br />
     ?Dicen no más, dicen no más&#8230; ¿Y a ese pila que le encontramos en el Siete muerto de sed cuando la cañada estaba ahicito, mi Sof?&#8230;<br />
     ?Cierto ?he afirmado?. También a otro, delante del Campo lo hallamos envenenado por comer tunas del monte.<br />
     ?De hambre no se muere. De sed sí que se muere. Yo he visto en el pajonal del Siete a los nuestros chupando el barro la tarde del 10 de noviembre.<br />
     Hechos y palabras se amontonan sin huella. Pasan como una brisa sobre el pajonal sin siquiera estremecerlo.<br />
     Yo tengo otras cosas que anotar.<br />
6 de febrero.<br />
     Ha llovido. Los  árboles parecen nuevos. Hemos tenido agua en las charcas, pero nos ha faltado pan y azúcar porque el camión de provisiones se ha enfangado.<br />
20 de febrero.<br />
    <br />
Nos trasladan 20 kilómetros más adelante. La picada que trabajamos ya no será utilizada, pero abriremos otra.<br />
18 de febrero.<br />
El chofer descamisado ha traído la mala noticia:<br />
     ?La cañada se acabó. Ahora traeremos agua desde &#8220;La China&#8221;.<br />
26 de febrero.<br />
     Ayer no hubo agua. Se dificulta el transporte por la distancia que tiene que recorrer el camión. Ayer, después de haber hacheado todo el día en el monte, esperamos en la picada la llegada del camión y el último lampo del sol ?esta vez rosáceo? pintó los rostros terrosos de mis soldados sin que viniese por el polvo de la picada el rumor acostumbrado.<br />
     Llegó el aguatero esta mañana y alrededor del turril se formó un tumulto de manos, jarros y cantimploras, que chocaban violentos y airados. Hubo una pelea que reclamó mi intervención.<br />
1 de marzo.<br />
     Ha llegado a este puesto un teniente rubio y pequeñito, con barba crecida. Le he dado el parte sobre el número de hombres a mis órdenes.<br />
     ?En la línea no hay tres soldados. Debemos buscar pozos.<br />
     ?En &#8220;La China&#8221; dicen que han abierto pozos.<br />
     ?Y han sacado agua.<br />
     ?Han sacado.<br />
     ?Es cuestión de suerte.<br />
     ?Por aquí también, cerca de &#8220;Loa&#8221; ensayaron abrir unos pozos.<br />
     Entonces Pedraza que nos oía ha informado que efectivamente, a unos cinco kilómetros de aquí, hay un &#8220;buraco&#8221;, abierto desde época inmemorial, de pocos metros de profundidad y abandonado porque seguramente los que intentaron hallar agua desistieron de la empresa. Pedraza juzga que se podría cavar &#8220;un poco más&#8221;.<br />
2 de marzo.<br />
     Hemos explorado la zona a que se refiere Pedraza. Realmente hay un hoyo, casi cubierto por los matorrales, cerca de un gran palobobo.<br />
     El teniente rubio ha manifestado que informará a la Comandancia, y esta tarde hemos recibido orden de continuar la excavación del buraco, hasta encontrar agua. He destinado 8 zapadores para el trabajo. Pedraza, Irusta, Chacón, el Cosñi, y cuatro indios más.<br />
II<br />
2 de marzo.<br />
     El buraco tiene unos 5 metros de diámetro y unos 5 de profundidad. Duro como el cemento es el suelo. Hemos abierto una senda hasta el hoyo mismo y se ha formado el campamento en las proximidades. Se trabajará todo el día, porque el calor ha descendido.<br />
     Los soldados, desnudos de medio cuerpo arriba, relucen como peces. Víboras de sudor con cabecitas de tierra les corren por los torsos. Arrojan el pico que se hunde en la arena aflojada y después se descuelgan mediante una correa de cuero. La tierra extraída es obscura, tierna. Su color optimista aparenta una fresca novedad en los bordes del buraco.<br />
10 de marzo.<br />
     12 metros. Parece que encontramos agua. La tierra extraída es cada vez más húmeda. Se han colocado tramos de madera en un sector del pozo y he mandado construir una escalera y un caballete de palomataco para extraer la tierra mediante polea. Los soldados se turnan continuamente y Pedraza asegura que en una semana más tendrá el gusto de invitar al General X &#8220;a soparse las argentinas en aguita del buraco&#8221;<br />
22 de marzo.<br />
     He bajado al pozo. Al ingresar, un contacto casi sólido va ascendiendo por el cuerpo. Concluida la cuerda del sol se palpa la sensación de un aire distinto, el aire de la tierra. Al sumergirse en la sombra y tocar con los pies desnudos la tierra suave, me baña una gran frescura. Estoy más o menos a los 18 metros de profundidad. Levanto la cabeza y la perspectiva del tubo negro se eleva sobre mí hasta concluir en la boca por donde chorrea el rebalse de luz de la superficie. Sobre el piso del fondo hay barro y la pared se deshace fácilmente entre las manos. He salido embarrado y han acudido sobre mí los mosquitos, hinchándome los pies.<br />
30 de marzo.<br />
     Es extraño lo que pasa. Hasta hace 10 días se extraía barro casi líquido del pozo y ahora nuevamente tierra seca. He descendido nuevamente al pozo. El aliento de la tierra aprieta los pulmones allá adentro. Palpando la pared se siente la humedad, pero al llegar al fondo compruebo que hemos atravesado una capa de arcilla húmeda. Ordeno que se detenga la perforación para ver si en algunos días se deposita el agua por filtración.<br />
12 de abril.<br />
     Después de una semana el fondo del pozo seguía seco. Entonces se ha continuado la excavación y hoy he bajado hasta los 24 metros. Todo es obscuro allá y sólo se presiente con el tacto nictálope las formas del vientre subterráneo. Tierra, tierra, espesa tierra que aprieta sus puños con la muda cohesión de la asfixia. La tierra extraída ha dejado en el hueco el fantasma de su peso y al golpear el muro con el pico me responde con un toctoc sin eco que m ás bien me golpea el pecho.<br />
     Sumido en la obscuridad he resucitado una pretérita sensación de soledad que me poseía de niño, anegándome de miedosa fantasía cuando atravesaba el túnel que perforaba un cerro próximo a las lomas de Capinota donde vivía mi madre. Entraba cautelosamente, asombrado ante la presencia casi sexual del secreto terrestre, mirando a contraluz moverse sobre las grietas de la tierra los élitros de los insectos cristalinos. Me atemorizaba llegar a la mitad del túnel en que la gama de sombra era más densa pero cuando lo pasaba y me hallaba en rumbo acelerado hacia la claridad abierta en el otro extremo, me invadía una gran alegría. Esa alegría nunca llegaba a mis manos, cuya epidermis padecía siempre la repugnancia de tocar las paredes del túnel.<br />
     Ahora, la claridad ya no la veo al frente, sino arriba, elevada e imposible como una estrella. ¡Oh!&#8230;<br />
La carne de mis manos se ha habituado a todo, es casi solidaria con la materia terráquea y no conoce la repugnancia&#8230;<br />
28 de abril.<br />
     Pienso que hemos fracasado en la búsqueda del agua. Ayer llegamos a los 30 metros sin hallar otra cosa que polvo. Debemos detener este trabajo inútil y con este objeto he elevado una &#8220;representación&#8221; ante el comandante de batallón quien me ha citado para mañana.<br />
29 de abril.<br />
     ?Mi capitán ?le he dicho al comandante- hemos llegado a los 30 metros y es imposible que salga el agua.<br />
     ?Pero necesitamos agua de todos modos- me ha respondido.<br />
     ?Que ensayen en otro sitio ya también ps, mi Capitán.<br />
     ?No, no. Sigan no más abriendo el mismo. Dos pozos de 30 metros no darán agua. Uno de 40 puede darla.<br />
     ?Sí, mi Capitán.<br />
     ?Además, tal vez ya estén cerca.<br />
     ?Sí, mi Capit án.<br />
     ?Entonces, un esfuerzo m ás. Nuestra gente se muere de sed.<br />
     No muere, pero agoniza diariamente. Es un suplicio sin merma, sostenido cotidianamente con un jarro por soldado. Mis soldados padecen, dentro del pozo, de mayor sed que afuera, con el polvo y el trabajo, pero debe continuar la excavación.<br />
     Así les notifiqué y expresaron su impotente protesta, que he procurado calmar ofreciéndoles a nombre del comandante mayor ración de coca y agua.<br />
9 de mayo.<br />
     Sigue el trabajo. El pozo va adquiriendo entre nosotros una personalidad pavorosa, substancial y devoradora, constituyéndose en el amo, en el desconocido señor de los zapadores. Conforme pasa el tiempo, cada vez más les penetra la tierra mientras más la penetran, incorporándose como por el peso de la gravedad al pasivo elemento, denso e inacabable. Avanzan por aquel camino nocturno, por esa caverna vertical, obedeciendo a una lóbrega atracción, a un mandato inexorable que les condena a desligarse de la luz, invirtiendo el sentido de sus existencias de seres humanos. Cada vez que los veo me dan la sensación de no estar formados por células de polvo, con tierra en las orejas, en los párpados, en las cejas, en las aletas de la nariz, con los cabellos blancos, con tierra en los ojos, con el alma llena de tierra del Chaco.<br />
24 de mayo.<br />
     Se ha avanzado algunos metros más. El trabajo es lentísimo: un soldado cava adentro, otro desde afuera maneja la polea, y la tierra sube en un balde improvisado en un turril de gasolina. Los soldados se quejan de asfixia. Cuando trabajan, la atmósfera les aprensa el cuerpo. Bajo sus plantas y alrededor suyo y encima de sí la tierra crece como la noche. Adusta, sombría, tenebrosa, impregnada de un silencio pesado, inmóvil y asfixiante, se apitona sobre el trabajador una masa semejante al vapor de plomo, enterrándole de tinieblas como a gusano escondido en una edad geológica, distante muchos siglos de la superficie terrestre.</p>
<p>Bebe el liquido tibio y denso de la caramañola que se consume muy pronto, porque la ración, a pesar de ser doble &#8220;para los del pozo&#8221; se evapora en sus fauces, dentro de aquella sed negra. Busca con los pies desnudos en el polvo muerto la vieja frescura de los surcos que él cavaba también en la tierra regada de sus lejanos valles agrícolas, cuya memoria se le presenta en la epidermis.</p>
<p> </p>
<p>     Luego golpea, golpea con el pico, mientras la tierra se desploma, cubriéndole los pies sin que aparezca jamás el agua. El agua, que todos ansiamos en una concentración mental de enajenados que se vierte por ese agujero sordo y mudo.</p>
<p> </p>
<p>5 de junio.</p>
<p> </p>
<p>     Estamos cerca de los 40 metros. Para estimular a mis soldados he entrado al pozo a trabajar yo también. Me he sentido descendiendo en un sueño de caída infinita. Allá adentro estoy separado para siempre del resto de los hombres, lejos de la guerra, transportado por la soledad a un destino de aniquilación que me estrangula con las manos impalpables de la nada. No se ve la luz, y la densidad atmosférica presiona todos los planos del cuerpo. La columna de obscuridad cae verticalmente sobre mí y me entierra, lejos de los oídos de los hombres.</p>
<p> </p>
<p>     He procurado trabajar, dando furiosos golpes con el pico, en la esperanza de acelerar con la actividad veloz el transcurso del tiempo. Pero el tiempo es fijo e invariable en ese recinto. A1 no revelarse el cambio de las horas con la luz, el tiempo se estanca en el subsuelo con la negra uniformidad de una cámara obscura. Esta es la muerte de la luz, la raíz de ese  árbol enorme que crece en las noches y apaga el cielo enlutando la tierra.</p>
<p> </p>
<p>16 de junio.</p>
<p> </p>
<p>     Suceden cosas raras. Esa cámara obscura aprisionada en el fondo del pozo va revelando imágenes del agua con el reactivo de los sueños. La obsesión del agua está creando un mundo particular y fantástico que se ha originado a los 41 metros, manifestándose en un curioso suceso en ese nivel.</p>
<p> </p>
<p>     El Cosñi Herbozo me lo ha contado. Ayer se había quedado adormecido en el fondo de la cisterna, cuando vio encender una serpiente de plata. La cogió y se deshizo en sus manos, pero aparecieron otras que comenzaron a bullir en el fondo del pozo hasta formar un manantial de borbollones blancos y sonoros que crecían, animando el cilindro tenebroso como a una serpiente encantada que perdió su rigidez para adquirir la flexibilidad de una columna de agua sobre la que el Cosñi se sintió elevado hasta salir al haz alucinante de la tierra.</p>
<p> </p>
<p>     Allá, oh sorpresa! vio todo el campo transformado por la invasión del agua. Cada  árbol se convertía en un surtidor. El pajonal desaparecía y era en cambio una verde laguna donde los soldados se bañaban a la sombra de los sauces. No le causó asombro que desde la orilla opuesta ametrallasen los enemigos y que nuestros soldados se zambullesen a sacar las balas entre gritos y carcajadas. El solamente deseaba beber. Bebía en los surtidores, bebía en la laguna, sumergiéndose en incontables planos líquidos que chocaban contra su cuerpo, mientras la lluvia de los surtidores le mojaba la cabeza. Bebió, bebió, pero su sed no se calmaba con esa agua, liviana y abundantemente como un sueño.</p>
<p> </p>
<p>     Anoche el Cosñi tenía fiebre. He dispuesto que lo trasladen al puesto de sanidad del Regimiento.</p>
<p> </p>
<p>24 de junio.</p>
<p> </p>
<p>     El Comandante de la División ha hecho detener su auto al pasar por aquí. Me ha hablado, resistiéndose a creer que hayamos alcanzado cerca de los 45 metros, sacando la tierra balde por balde con una correa.</p>
<p> </p>
<p>     ?Hay que gritar, mi Coronel, para que el soldado salga cuando ha pasado su turno ?le he dicho.</p>
<p> </p>
<p>     Más tarde, con algunos paquetes de coca y cigarrillos, el Coronel ha enviado un clarín.</p>
<p> </p>
<p>     Estamos, pues, atados al pozo. Seguimos adelante. Más bien, retrocedemos al fondo del planeta, a una época geológica donde anida la sombra. Es una persecución del agua a través de la masa impasible. Más solitarios cada vez, más sombríos, obscuros como sus pensamientos y su destino, cavan mis hombres, cavan, cavan atmósfera, tierra y vida con lento y átono cavar de gnomos.</p>
<p> </p>
<p>4 de julio.</p>
<p> </p>
<p>     ¿Es que en realidad hay agua?&#8230; ¡Desde el sueño del Cosñi todos la encuentran! Pedraza ha contado que se ahogaba en una erupción súbita del agua que creció más alta que su cabeza. Irusta dice que ha chocado su pica contra unos témpanos de hielo y Chacón, ayer, salió hablando de una gruta que se iluminaba con el frágil reflejo de las ondas de un lago subterráneo.</p>
<p> </p>
<p>     ¿Tanto dolor, tanta búsqueda, tanto deseo, tanta alma sedienta acumulados en el profundo hueco originan esta floración de manantiales?&#8230;</p>
<p> </p>
<p>16 de julio.</p>
<p> </p>
<p>     Los hombres se enferman. Se niegan a bajar al pozo. Tengo que obligarlos. Me han pedido incorporarse al Regimiento de primera línea. He descendido una vez más y he vuelto, aturdido y lleno de miedo. Estamos cerca de los 50 metros. La atmósfera cada vez más prieta cierra el cuerpo en un malestar angustioso que se adapta a todos sus planos, casi quebrando el hilo imperceptible como un recuerdo que ata el ser empequeñecido con la superficie terrestre, en la honda obscuridad descolgada con peso de plomo. La tétrica pesantez de ninguna torre de piedra se asemeja a</p>
<p>la sombría gravitación de aquel cilindro de aire cálido y descompuesto que se viene lentamente hacia abajo. Los hombres son cimientos. El abrazo del subsuelo ahoga a los soldados que no pueden permanecer más de una hora en el abismo. Es una pesadilla. Esta tierra del Chaco tiene algo de raro, de maldito.</p>
<p> </p>
<p>25 de julio.</p>
<p> </p>
<p>     Se tocaba el clarín ?obsequiado por la División en la boca de la cisterna para llamar al trabajador cada hora. Cuchillada de luz debió ser la clarinada allá en el fondo. Pero esta tarde, a pesar del clarín, no subió nadie.</p>
<p> </p>
<p>     ?¿Quién est á adentro? ?pregunté.</p>
<p>    </p>
<p>     Estaba Pedraza.</p>
<p> </p>
<p>     Le llamaron a gritos y clarinadas:</p>
<p> </p>
<p>     ?íTararííí!!&#8230;íPedrazaaaa!!!</p>
<p>     ?Se habrá dormido&#8230;</p>
<p>     ?O muerto ?añadí yo, y ordené que bajasen a verlo.</p>
<p> </p>
<p>     Bajó un soldado y después de largo rato, en medio del círculo que hacíamos alrededor de la boca del pozo, amarrado de la correa, elevado por el cabrestante y empujado por el soldado, ascendió el cuerpo de Pedraza, semiasfixiado.</p>
<p> </p>
<p>29 de julio.</p>
<p> </p>
<p>     Hoy se ha desmayado Chacón y ha salido, izado en una lúgubre ascensión de ahorcado.</p>
<p> </p>
<p>4 de septiembre.</p>
<p> </p>
<p>     ¿Acabará esto algún día?&#8230; Ya no se cava para encontrar agua, sino por cumplir un designio fatal, un propósito inescrutable. Los días de mis soldados se insumen en la vorágine de la concavidad luctuosa que les lleva ciegos, por delante de su esotérico crecimiento sordo, atornillándoles a la tierra.</p>
<p> </p>
<p>     Aquí arriba el pozo ha tomado la fisonomía de algo inevitable, eterno y poderoso como la guerra. La tierra extraída se ha endurecido en grandes morros sobre los que acuden lagartos y cardenales. A1 aparecer el zapador en el brocal, transminado de sudor y de tierra, con los párpados y los cabellos blancos, llega desde un remoto país plutoniano, semeja un monstruo prehistórico, surgido de un aluvión. Alguna vez, por decirle algo, le interrogo:</p>
<p> </p>
<p>     ?Siempre nada, mi Sof.</p>
<p>     Siempre nada, igual que la guerra&#8230; Esta nada no se acabará jamás!</p>
<p> </p>
<p>1 de octubre.</p>
<p> </p>
<p>     Hay orden de suspender la excavación. En siete meses de trabajo no se ha encontrado agua.</p>
<p> </p>
<p>     Entretanto el puesto ha cambiado mucho. Se han levantado pahuichis y un puesto de Comando de batallón. Ahora abriremos un camino hacia el Este, pero nuestro campamento seguirá ubicado aquí.</p>
<p> </p>
<p>     El pozo queda también aquí, abandonado, con su boca muda y terrible y su profundidad sin consuelo. Ese agujero siniestro es en medio de nosotros siempre un intruso, un enemigo estupendo y respetable, invulnerable a nuestro odio como una cicatriz. No sirve para nada.</p>
<p> </p>
<p>III</p>
<p> </p>
<p>7 de diciembre (Hospital Platanillos).</p>
<p> </p>
<p>¡Sirvió para algo, el pozo maldito!&#8230;</p>
<p> </p>
<p>     Mis impresiones son frescas porque el ataque se produjo el día 4 y el 5 me trajeron aquí con un acceso de paludismo.</p>
<p> </p>
<p>     Seguramente algún prisionero capturado en la línea, donde la existencia del pozo era legendaria, informó a los pilas que detrás de las posiciones bolivianas había un pozo. Acosados por la sed, los guaraníes decidieron un asalto.</p>
<p> </p>
<p>     A las 6 de la mañana se rasgó el monte, mordido por las ametralladoras. Nos dimos cuenta de que las trincheras avanzadas habían sido tomadas, solamente cuando percibimos a 200 metros de nosotros el tiroteo de los pilas. Dos granadas de stoke cayeron detrás de nuestras carpas.</p>
<p> </p>
<p>     Armé con los sucios fusiles a mis zapadores y los desplegué en línea de tiradores. En ese momento llegó a la carrera un oficial nuestro con una sección de soldados y una ametralladora y los posesionó en línea a la izquierda del pozo, mientras nosotros nos extendíamos a la derecha. Algunos se protegían en los montones de tierra extraída. Con un sonido igual al de los machetazos las balas cortaban las ramas. Dos ráfagas de ametralladoras abrieron grietas de hachazos en el palobobo. Creció el tiroteo de los pilas y se oía en medio de las detonaciones su alarido salvaje, concentrándose la furia del ataque sobre el pozo. Pero nosotros no cedíamos un metro, defendiéndolo ¡COMO SI REALMENTE TUVIESE AGUA!</p>
<p> </p>
<p>     Los cañonazos partieron la tierra, las ráfagas de metralla hendieron cráneos y pechos, pero no abandonamos el pozo, en cinco horas de combate.</p>
<p> </p>
<p>     A las 12 se hizo un silencio vibrante. Los pilas se habían ido. Entonces recogimos los muertos. Los pilas habían dejado cinco y entre los ocho nuestros estaban el Cosñi, Pedraza, Irusta y Chacón, con los pechos desnudos, mostrando los dientes siempre cubiertos de tierra.</p>
<p> </p>
<p>     El calor, fantasma transparente echado de bruces sobre el monte, calcinaba troncos y meninges y hacía crepitar el suelo. Para evitar el trabajo de abrir sepulturas pensé en el pozo.</p>
<p> </p>
<p>     Arrastrados los trece cadáveres hasta el borde fueron pausadamente empujados al hueco, donde vencidos por la gravedad daban un lento volteo y desaparecían, engullidos por la sombra.</p>
<p> </p>
<p>     ?¿Ya no hay más?&#8230;</p>
<p> </p>
<p>     Entonces echamos tierra, mucha tierra adentro.</p>
<p> </p>
<p>     Pero, aun así, ese pozo seco es siempre el más hondo de todo el Chaco.</p>
<p><strong>Augusto Céspedes</strong></p>
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		<title>El naufragio</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Nov 2009 07:00:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Humor negro]]></category>
		<category><![CDATA[Situaciones crueles]]></category>

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		<description><![CDATA[Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio.</p>
<p> </p>
<p>(Ana María Shua)</p>
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		<title>El dúo de la tos</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Nov 2009 06:13:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Leopoldo Alas]]></category>
		<category><![CDATA[Situaciones crueles]]></category>

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		<description><![CDATA[El gran hotel del Águila tiende su enorme sombra sobre las aguas dormidas de la dársena. Es un inmenso caserón cuadrado, sin gracia, de cinco pisos, falansterio del azar, hospicio de viajeros, cooperación anónima de la indiferencia, negocio por acciones, dirección por contrata que cambia a menudo, veinte criados que cada ocho días ya no [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><span style="color: #000000;"><img class="alignleft size-full wp-image-55" title="pasillo" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/pasillo.jpg" alt="pasillo" width="333" height="232" />El gran hotel del Águila tiende su enorme sombra sobre las aguas dormidas de la dársena. Es un inmenso caserón cuadrado, sin gracia, de cinco pisos, falansterio del azar, hospicio de viajeros, cooperación anónima de la indiferencia, negocio por acciones, dirección por contrata que cambia a menudo, veinte criados que cada ocho días ya no son los mismos, docenas y docenas de huéspedes que no se conocen, que se miran sin verse, que siempre son otros y que cada cual toma por los de la víspera. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">«Se está aquí más solo que en la calle, tan solo como en el desierto», piensa un bulto, un hombre envuelto en un amplio abrigo de verano, que chupa un cigarro apoyándose con ambos codos en el hierro frío de un balcón, en el tercer piso. En la obscuridad de la noche nublada, el fuego del tabaco brilla en aquella altura como un gusano de luz. A veces aquella chispa triste se mueve, se amortigua, desaparece, vuelve a brillar. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">«Algún viajero que fuma», piensa otro bulto, dos balcones más a la derecha, en el mismo piso. Y un pecho débil, de mujer, respira como suspirando, con un vago consuelo por el indeciso placer de aquella inesperada compañía en la soledad y la tristeza. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">«Si me sintiera muy mal, de repente; si diera una voz para no morirme sola, ese que fuma ahí me oiría», sigue pensando la mujer, que aprieta contra un busto delicado, quebradizo, un chal de invierno, tupido, bien oliente. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">«Hay un balcón por medio; luego es en el cuarto número 36. A la puerta, en el pasillo, esta madrugada, cuando tuve que levantarme a llamar a la camarera, que no oía el timbre, estaban unas botas de hombre elegante». </span></p>
<p><span style="color: #000000;">De repente desapareció una claridad lejana, produciendo el efecto de un relámpago que se nota después que pasó. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">«Se ha apagado el foco del Puntal», piensa con cierta pena el bulto del 36, que se siente así más solo en la noche. «Uno menos para velar; uno que se duerme.» </span></p>
<p><span style="color: #000000;">Los vapores de la dársena, las panzudas gabarras sujetas al muelle, al pie del hotel, parecen ahora sombras en la sombra. En la obscuridad el agua toma la palabra y brilla un poco, cual una aprensión óptica, como un dejo de la luz desaparecida, en la retina, fosforescencia que padece ilusión de los nervios. En aquellas tinieblas, más dolorosas por no ser completas, parece que la idea de luz, la imaginación recomponiendo las vagas formas, necesitan ayudar para que se vislumbre lo poco y muy confuso que se ve allá abajo. Las gabarras se mueven poco más que el minutero de un gran reloj; pero de tarde en tarde chocan, con tenue, triste, monótono rumor, acompañado del ruido de la mar que a lo lejos suena, como para imponer silencio, con voz de lechuza. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">El pueblo, de comerciantes y bañistas, duerme; la casa duerme. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">El bulto del 36 siente una angustia en la soledad del silencio y las sombras. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">De pronto, como si fuera un formidable estallido, le hace temblar una tos seca, repetida tres veces como canto dulce de codorniz madrugadora, que suena a la derecha, dos balcones más allá. Mira el del 36, y percibe un bulto más negro que la obscuridad ambiente, del matiz de las gabarras de abajo. «Tos de enfermo, tos de mujer.» Y el del 36 se estremece, se acuerda de sí mismo; había olvidado que estaba haciendo una gran calaverada, una locura. ¡Aquel cigarro! Aquella triste contemplación de la noche al aire libre. ¡Fúnebre orgía! Estaba prohibido el cigarro, estaba prohibido abrir el balcón a tal hora, a pesar de que corría agosto y no corría ni un soplo de brisa. «¡Adentro, adentro!» ¡A la sepultura, a la cárcel horrible, al 36, a la cama, al nicho!» </span></p>
<p><span style="color: #000000;">Y el 36, sin pensar más en el 32, desapareció, cerró el balcón con triste rechino metálico, que hizo en el bulto de la derecha un efecto melancólico análogo al que produjera antes el bulto que fumaba la desaparición del foco eléctrico del Puntal. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">«Sola del todo», pensó la mujer, que, aún tosiendo, seguía allí, mientras hubiera aquella compañía&#8230; compañía semejante a la que se hacen dos estrellas que nosotros vemos, desde aquí, juntas, gemelas, y que allá en lo infinito, ni se ven ni se entienden. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">Después de algunos minutos, perdida la esperanza de que el 36 volviera al balcón, la mujer que tosía se retiró también; como un muerto que en forma de fuego fatuo respira la fragancia de la noche y se vuelve a la tierra. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">Pasaron una, dos horas. De tarde en tarde hacia dentro, en las escaleras, en los pasillos, resonaban los pasos de un huésped trasnochador; por las rendijas de la puerta entraban en las lujosas celdas, horribles con su lujo uniforme y vulgar, rayos de luz que giraban y desaparecían. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">Dos o tres relojes de la ciudad cantaron la hora; solemnes campanadas precedidas de la tropa ligera de los cuartos, menos lúgubres y significativos. También en la fonda hubo reloj que repitió el alerta. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">Pasó media hora más. También lo dijeron los relojes. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">«Enterado, enterado», pensó el 36, ya entre sábanas; y se figuraba que la hora, sonando con aquella solemnidad, era como la firma de los pagarés que iba presentando a la vida su acreedor, la muerte. Ya no entraban huéspedes. A poco, todo debía morir. Ya no había testigos; ya podía salir la fiera; ya estaría a solas con su presa. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">En efecto; en el 36 empezó a resonar, como bajo la bóveda de una cripta, una tos rápida, enérgica, que llevaba en sí misma el quejido ronco de la protesta. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">«Era el reloj de la muerte», pensaba la víctima, el número 36, un hombre de treinta años, familiarizado con la desesperación, solo en el mundo, sin más compañía que los recuerdos del hogar paterno, perdidos allá en lontananzas de desgracias y errores, y una sentencia de muerte pegada al pecho, como una factura de viaje a un bulto en un ferrocarril. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">Iba por el mundo, de pueblo en pueblo, como bulto perdido, buscando aire sano para un pecho enfermo; de posada en posada, peregrino del sepulcro, cada albergue que el azar le ofrecía le presentaba aspecto de hospital. Su vida era tristísima y nadie le tenía lástima. Ni en los folletines de los periódicos encontraba compasión. Ya había pasado el romanticismo que había tenido alguna consideración con los tísicos. El mundo ya no se pagaba de sensiblerías, o iban éstas por otra parte. Contra quien sentía envidia y cierto rencor sordo el número 36 era contra el proletariado, que se llevaba toda la lástima del público. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">-El pobre jornalero, ¡el pobre jornalero! -repetía, y nadie se acuerda del pobre tísico, del pobre condenado a muerte del que no han de hablar los periódicos. La muerte del prójimo, en no siendo digna de la Agencia Fabra, ¡qué poco le importa al mundo! </span></p>
<p><span style="color: #000000;">Y tosía, tosía, en el silencio lúgubre de la fonda dormida, indiferente como el desierto. De pronto creyó oír como un eco lejano y tenue de su tos&#8230; Un eco&#8230; en tono menor. Era la del 32. En el 34 no había huésped aquella noche. Era un nicho vacío. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">La del 32 tosía, en efecto; pero su tos era&#8230; ¿cómo se diría? Más poética, más dulce, más resignada. La tos del 36 protestaba; a veces rugía. La del 32 casi parecía un estribillo de una oración, un miserere, era una queja tímida, discreta, una tos que no quería despertar a nadie. El 36, en rigor, todavía no había aprendido a toser, como la mayor parte de los hombres sufren y mueren sin aprender a sufrir y a morir. El 32 tosía con arte; con ese arte del dolor antiguo, sufrido, sabio, que suele refugiarse en la mujer. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">Llegó a notar el 36 que la tos del 32 le acompañaba como una hermana que vela; parecía toser para acompañarle. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">Poco a poco, entre dormido y despierto, con un sueño un poco teñido de fiebre, el 36 fue transformando la tos del 32 en voz, en música, y le parecía entender lo que decía, como se entiende vagamente lo que la música dice. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">La mujer del 32 tenía veinticinco años, era extranjera; había venido a España por hambre, en calidad de institutriz en una casa de la nobleza. La enfermedad la había hecho salir de aquel asilo; le habían dado bastante dinero para poder andar algún tiempo sola por el mundo, de fonda en fonda; pero la habían alejado de sus discípulas. Naturalmente. Se temía el contagio. No se quejaba. Pensó primero en volver a su patria. ¿Para qué? No la esperaba nadie; además, el clima de España era más benigno. Benigno, sin querer. A ella le parecía esto muy frío, el cielo azul muy triste, un desierto. Había subido hacia el Norte, que se parecía un poco más a su patria. No hacía más que eso, cambiar de pueblo y toser. Esperaba locamente encontrar alguna ciudad o aldea en que la gente amase a los desconocidos enfermos. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">La tos del 36 le dio lástima y le inspiró simpatía. Conoció pronto que era trágica también. «Estamos cantando un dúo», pensó; y hasta sintió cierta alarma del pudor, como si aquello fuera indiscreto, una cita en la noche. Tosió porque no pudo menos; pero bien se esforzó por contener el primer golpe de tos. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">La del 32 también se quedó medio dormida, y con algo de fiebre; casi deliraba también; también trasportó la tos del 36 al país de los ensueños, en que todos los ruidos tienen palabras. Su propia tos se le antojó menos dolorosa apoyándose en aquella varonil que la protegía contra las tinieblas, la soledad y el silencio. «Así se acompañarán las almas del purgatorio.» Por una asociación de ideas, natural en una institutriz, del purgatorio pasó al infierno, al del Dante, y vio a Paolo y Francesca abrazados en el aire, arrastrados por la bufera infernal. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">La idea de la pareja, del amor, del dúo, surgió antes en el número 32 que en el 36. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">La fiebre sugería en la institutriz cierto misticismo erótico; ¡erótico!, no es ésta la palabra. ¡Eros! El amor sano, pagano ¿qué tiene aquí que ver? Pero en fin, ello era amor, amor de matrimonio antiguo, pacífico, compañía en el dolor, en la soledad del mundo. De modo que lo que en efecto le quería decir la tos del 32 al 36 no estaba muy lejos de ser lo mismo que el 36, delirando, venía como a adivinar. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">«¿Eres joven? Yo también. ¿Estás solo en el mundo? Yo también. ¿Te horroriza la muerte en la soledad? También a mí. ¡Si nos conociéramos! ¡Si nos amáramos! Yo podría ser tu amparo, tu consuelo. ¿No conoces en mi modo de toser que soy buena, delicada, discreta, casera, que haría de la vida precaria un nido de pluma blanda y suave para acercarnos juntos a la muerte, pensando en otra cosa, en el cariño? ¡Qué solo estás! ¡Qué sola estoy! ¡Cómo te cuidaría yo! ¡Cómo tú me protegerías! Somos dos piedras que caen al abismo, que chocan una vez al bajar y nada se dicen, ni se ven, ni se compadecen&#8230; ¿Por qué ha de ser así? ¿Por qué no hemos de levantarnos ahora, unir nuestro dolor, llorar juntos? Tal vez de la unión de dos llantos naciera una sonrisa. Mi alma lo pide; la tuya también. Y con todo, ya verás cómo ni te mueves ni me muevo.» </span></p>
<p><span style="color: #000000;">Y la enferma del 32 oía en la tos del 36 algo muy semejante a lo que el 36 deseaba y pensaba: </span></p>
<p><span style="color: #000000;">Sí, allá voy; a mí me toca; es natural. Soy un enfermo, pero soy un galán, un caballero; sé mi deber; allá voy. Verás qué delicioso es, entre lágrimas, con perspectiva de muerte, ese amor que tú sólo conoces por libros y conjeturas. Allá voy, allá voy&#8230; si me deja la tos&#8230; ¡esta tos!&#8230; ¡Ayúdame, ampárame, consuélame! Tu mano sobre mi pecho, tu voz en mi oído, tu mirada en mis ojos&#8230;» </span></p>
<p><span style="color: #000000;">Amaneció. En estos tiempos, ni siquiera los tísicos son consecuentes románticos. El número 36 despertó, olvidado del sueño, del dúo de la tos. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">El número 32 acaso no lo olvidara; pero ¿qué iba a hacer? Era sentimental la pobre enferma, pero no era loca, no era necia. No pensó ni un momento en buscar realidad que correspondiera a la ilusión de una noche, al vago consuelo de aquella compañía de la tos nocturna. Ella, eso sí, se había ofrecido de buena fe; y aun despierta, a la luz del día, ratificaba su intención; hubiera consagrado el resto, miserable resto de su vida, a cuidar aquella tos de hombre&#8230; ¿Quién sería? ¿Cómo sería? ¡Bah! Como tantos otros príncipes rusos del país de los ensueños. Procurar verle&#8230; ¿para qué? </span></p>
<p><span style="color: #000000;">Volvió la noche. La del 32 no oyó toser. Por varias tristes señales pudo convencerse de que en el 36 ya no dormía nadie. Estaba vacío como el 34. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">En efecto; el enfermo del 36, sin recordar que el cambiar de postura sólo es cambiar de dolor, había huido de aquella fonda, en la cual había padecido tanto&#8230; como en las demás. A los pocos días dejaba también el pueblo. No paró hasta Panticosa, donde tuvo la última posada. No se sabe que jamás hubiera vuelto a acordarse de la tos del dúo. </span></p>
<p><span style="color: #000000;">La mujer vivió más: dos o tres años. Murió en un hospital, que prefirió a la fonda; murió entre Hermanas de la Caridad, que algo la consolaron en la hora terrible. La buena psicología nos hace conjeturar que alguna noche, en sus tristes insomnios, echó de menos el dúo de la tos; pero no sería en los últimos momentos, que son tan solemnes. O acaso sí.</span></p>
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		<title>1981</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Nov 2009 06:09:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gunther Grass]]></category>
		<category><![CDATA[Humor negro]]></category>
		<category><![CDATA[Situaciones crueles]]></category>

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		<description><![CDATA[Créeme, Rosi, lo penosa que me ha resultado esa excursión. Nunca había visto tantas cruces de caballero, sólo una, en fotografía, la que mi tío Konrad llevaba al cuello. Ahora en cambio había un montón de cruces bamboleándose, incluso con hojas de roble, como me explicó mi abuela, que estuvo a mi lado en el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Créeme, Rosi, lo penosa que me ha resultado esa excursión. Nunca había visto tantas cruces de caballero, sólo una, en fotografía, la que mi tío Konrad llevaba al cuello. Ahora en cambio había un montón de cruces bamboleándose, incluso con hojas de roble, como me explicó mi abuela, que estuvo a mi lado en el cementerio, gritando bastante porque es un poco sorda.</p>
<p>Yo había recibido de ella un telegrama: “Coge enseguida tren hasta Hamburgo. Luego suburbano hasta estación Aumühle. Darán último adiós a nuestro Almirante&#8230;”.</p>
<p>Claro que tuve que ir. No conoces a mi abuela. Cuando dice “enseguida” quiere decir enseguida.</p>
<p>Aunque en general no dejo que me mangoneen y en Kreuzberg, como sabes, soy okupa y tenemos que contar con que ese Lummer nos mande en cualquier momento a sus polis, al comando de desalojo de la Hermsdorfer Strasse. En cualquier caso, me resultó penoso enseñar el telegrama en el piso que compartimos. Y qué cosas dijeron sobre qué cojones de almirante. En cualquier caso, de pronto me encontré allí junto a mi abuela y rodeado de todos los abuelitos que habían dejado sus Mercedes ante el cementerio y ahora, casi uno de cada dos con la cruz de caballero bajo la barbilla, pero de paisano, “cubrían la carrera”, como decía mi abuela, desde la capilla hasta la tumba. Yo estaba pelado de frío.</p>
<p>Sin embargo, casi todos los abuelitos iban sin abrigo, aunque había nieve y, a pesar del sol, frío a porrillo. Sin embargo, todos llevaban gorras de marino a porrillo.</p>
<p>Eran todos submarinistas, lo mismo que los hombrecitos que pasaron despacio ante nosotros, llevando el féretro con el almirante dentro y el negro, rojo y oro encima, y lo mismo que fueron submarinistas los dos hermanos mayores de mi padre, que, sin embargo, al final, sólo estuvo en la Volkssturm. Uno cascó en el Océano Glacial Ártico y el otro en alguna parte del Atlántico o, como dice mi abuela siempre, “encontraron la fría tumba del marino”. Uno de ellos era “teniente de navío”, que es algo así como capitán, y el otro, mi tío Karl, sólo brigada.</p>
<p>No te lo vas a creer, Rosi.</p>
<p>Resulta que, en total, se fueron a pique unos tres mil de ellos en unos quinientos submarinos. Todos por orden de ese Capitán General de la Armada, que en realidad fue un criminal de guerra. En cualquier caso, eso es lo que dice mi padre. Y que en su mayoría, dice, también sus hermanos, se habían metido voluntariamente en aquellos “sarcófagos flotantes”. A él le resulta tan penoso como a mí cuando nuestra abuela, siempre en torno a Navidad, se dedica al culto de sus “heroicos hijos caídos”, por lo que mi padre se pelea continuamente.</p>
<p>Sólo yo sigo visitándola a veces aún en Eckernförde, en donde tiene su casita y siempre, también después de la guerra, ha venerado a ese almirante. Pero por lo demás mi abuela es estupenda. Y, en realidad, me entiendo con ella mejor que con mi padre, a quien eso de que yo sea okupa, como es lógico, no le gusta. Por eso mi abuela me mandó el telegrama sólo a mí y no a mi padre, sí, al número 4 de la Hermsdorfer, en donde, desde hace ya meses, nos hemos instalado muy cómodamente con ayuda de simpatizantes: médicos, maestros de izquierdas, abogados y demás. Herbi y Robi, que, como te escribí hace poco, son mis mejores amigos, no estaban nada contentos cuando les enseñé el telegrama. “Tú estás mal del coco”, me dijo Herbi mientras preparaba la ropa que tenía que llevarme. “¡Un viejo nazi menos!”</p>
<p>Pero yo le dije: “No conocéis a</p>
<p>mi abuela. Cuando dice _”ven enseguida_”, no hay excusa que valga”.</p>
<p>Y en el fondo –créeme, Rosi–, estoy muy contento de haber visto todo aquel circo en el cementerio.</p>
<p>Allí estaban casi todos los que quedan de la guerra submarina. Es verdad, resultó cómico y un poco escalofriante, pero también bastante penoso, cuando todos cantaron junto a la tumba y la mayoría parecía seguir en campaña y buscar en el horizonte cualquier cosa que se pareciera a una estela de humo. Mi abuela cantó también, muy fuerte, como es natural. Primero ‘Deutschland, Deutschland über alles’ y luego ‘Yo tenía un camarada’. Fue realmente espeluznante.</p>
<p>Por añadidura, desfilaron algunos de esos tamborileros de extrema derecha, con medias por la rodilla a pesar del frío. Y junto a la tumba se habló de todo lo imaginable, especialmente de lealtad. El féretro en sí era, en el fondo, decepcionante. Tenía un aspecto muy corriente. Me pregunté si no hubieran podido construir una especie de submarino en miniatura, de madera, claro, pero pintado como un buque de guerra. ¿Y no hubieran podido enterrar allí confortablemente al almirante?</p>
<p>Cuando nos fuimos y los hombres de las cruces de caballero se habían largado todos con sus Mercedes, le dije a mi abuela, que me había invitado a una pizza en la estación central de Hamburgo y me había dado en la mano algo más que el dinero del viaje: “Abuela, ¿crees de verdad que toda esa historia de la tumba de marino del tío Konrad y el tío Karl valió la pena?”. Luego me resultó penoso habérselo preguntado tan francamente. Durante un minuto al menos no dijo nada, y luego: “Bueno, muchacho, algún sentido debía de tener&#8230;”.</p>
<p>Como entretanto ya sabes, los polis de Lummer, nada más volver yo, nos desalojaron. Con porras a porrillo. Ahora hemos okuparreparado otras casas de Kreuzberg. Mi abuela piensa también que eso de que haya tantas viviendas vacías es una auténtica cochinada. Pero si quieres, Rosi, cuando me desalojen otra vez, podemos vivir con mi abuela en su casita. Me ha dicho que se alegraría muchísimo.</p>
<p>Gunther Grass. Mi Siglo.</p>
<p>Este libro se compone de 100 cuentos, uno pro año del siglo XX, y ofrecemos este como ejemplo de lo que es el libro. Vale la pena.</p>
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		<title>La resucitada</title>
		<link>http://www.cuentoscrueles.com/situaciones-crueles/la-resucitada/</link>
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		<pubDate>Thu, 05 Nov 2009 05:27:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Emilia Pardo Bazán]]></category>
		<category><![CDATA[Situaciones crueles]]></category>

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		<description><![CDATA[  Ardían los cuatro blandones soltando gotazas de cera. Un murciélago, descolgándose de la bóveda, empezaba a describir torpes curvas en el aire. Una forma negruzca, breve, se deslizó al ras de las losas y trepó con sombría cautela por un pliegue del paño mortuorio. En el mismo instante abrió los ojos Dorotea de Guevara, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laresucitada.com" target="_blank"><img class="alignleft size-full wp-image-40" style="margin: 8px; border: black 11px solid;" title="Valbuena de la Encomienda" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/Valbuena.-Casa-Chica12I.jpg" alt="Valbuena de la Encomienda" width="299" height="486" /></a>  Ardían los cuatro blandones soltando gotazas de cera. Un murciélago, descolgándose de la bóveda, empezaba a describir torpes curvas en el aire. Una forma negruzca, breve, se deslizó al ras de las losas y trepó con sombría cautela por un pliegue del paño mortuorio. En el mismo instante abrió los ojos Dorotea de Guevara, yacente en el túmulo.</p>
<p>  Bien sabía que no estaba muerta; pero un velo de plomo, un candado de bronce la impedían ver y hablar. Oía, eso sí, y percibía -como se percibe entre sueños- lo que con ella hicieron al lavarla y amortajarla. Escuchó los gemidos de su esposo, y sintió lágrimas de sus hijos en sus mejillas blancas y yertas. Y ahora, en la soledad de la iglesia cerrada, recobraba el sentido, y le sobrecogía mayor espanto. No era pesadilla, sino realidad. Allí el féretro, allí los cirios&#8230;, y ella misma envuelta en el blanco sudario, al pecho el escapulario de la Merced.</p>
<p>  Incorporada ya, la alegría de existir se sobrepuso a todo. Vivía ¡Qué bueno es vivir, revivir, no caer en el pozo oscuro! En vez de ser bajada al amanecer, en hombros de criados a la cripta, volvería a su dulce hogar, y oiría el clamoreo regocijado de los que la amaban y ahora la lloraban sin consuelo. La idea deliciosa de la dicha que iba a llevar a la casa hizo latir su corazón, todavía debilitado por el síncope. Sacó las piernas del ataúd, brincó al suelo, y con la rapidez suprema de los momentos críticos combinó su plan. Llamar, pedir auxilio a tales horas sería inútil. Y de esperar el amanecer en la iglesia solitaria, no era capaz; en la penumbra de la nave creía que asomaban caras fisgonas de espectros y sonaban dolientes quejumbres de ánimas en pena&#8230; Tenía otro recurso: salir por la capilla del Cristo.</p>
<p>  Era suya: pertenecía a su familia en patronato. Dorotea alumbraba perpetuamente, con rica lámpara de plata, a la santa imagen de Nuestro Señor de la Penitencia. Bajo la capilla se cobijaba la cripta, enterramiento de los Guevara Benavides. La alta reja se columbraba a la izquierda, afiligranada, tocada a trechos de oro rojizo, rancio. Dorotea elevó desde su alma una deprecación fervorosa al Cristo. ¡Señor! ¡Que encontrase puestas las llaves! Y las palpó: allí colgaban las tres, el manojo; la de la propia verja, la de la cripta, a la cual se descendía por un caracol dentro del muro, y la tercera llave, que abría la portezuela oculta entre las tallas del retablo y daba a estrecha calleja, donde erguía su fachada infanzona el caserón de Guevara, flanqueado de torreones. Por la puerta excusada entraban los Guevara a oír misa en su capilla, sin cruzar la nave. Dorotea abrió, empujó&#8230; Estaba fuera de la iglesia, estaba libre.</p>
<p>  Diez pasos hasta su morada&#8230; El palacio se alzaba silencioso, grave, como un enigma. Dorotea cogió el aldabón trémula, cual si fuese una mendiga que pide hospitalidad en una hora de desamparo. &#8220;¿Esta casa es mi casa, en efecto?&#8221;, pensó, al secundar al aldabonazo firme&#8230; Al tercero, se oyó ruido dentro de la vivienda muda y solemne, envuelta en su recogimiento como en larga faldamenta de luto. Y resonó la voz de Pedralvar, el escudero, que refunfuñaba:</p>
<p>  -¿Quién? ¿Quién llama a estas horas, que comido le vea yo de perros?</p>
<p>  -Abre, Pedralvar, por tu vida&#8230; ¡Soy tu señora, soy doña Dorotea de Guevara!&#8230; ¡Abre presto!&#8230;</p>
<p>  -Váyase enhoramala el borracho&#8230; ¡Si salgo, a fe que lo ensarto!&#8230;</p>
<p>  -Soy doña Dorotea&#8230; Abre&#8230; ¿No me conoces en el habla?</p>
<p>  Un reniego, enronquecido por el miedo, contestó nuevamente. En vez de abrir, Pedralvar subía la escalera otra vez. La resucitada pegó dos aldabonazos más. La austera casa pareció reanimarse; el terror del escudero corrió al través de ella como un escalofrío por un espinazo. Insistía el aldabón, y en el portal se escucharon taconazos, corridas y cuchicheos. Rechinó, al fin, el claveteado portón entreabriendo sus dos hojas, y un chillido agudo salió de la boca sonrosada de la doncella Lucigüela, que elevaba un candelabro de plata con vela encendida, y lo dejó caer de golpe; se había encarado con su señora, la difunta, arrastrando la mortaja y mirándola de hito en hito&#8230;</p>
<p>  Pasado algún tiempo, recordaba Dorotea -ya vestida de acuchillado terciopelo genovés, trenzada la crencha con perlas y sentada en un sillón de almohadones, al pie del ventanal-, que también Enrique de Guevara, su esposo, chilló al reconocerla; chilló y retrocedió. No era de gozo el chillido, sino de espanto&#8230; De espanto, sí; la resucitada no lo podía dudar. Pues acaso sus hijos, doña Clara, de once años; don Félix de nueve, ¿no habían llorado de puro susto cuando vieron a su madre que retornaba de la sepultura? Y con llanto más afligido, más congojoso que el derramado al punto en que se la llevaban&#8230; ¡Ella que creía ser recibida entre exclamaciones de intensa felicidad! Cierto que días después se celebró una función solemnísima en acción de gracias; cierto que se dio un fastuoso convite a los parientes y allegados; cierto, en suma, que los Guevaras hicieron cuanto cabe hacer para demostrar satisfacción por el singular e impensado suceso que les devolvía a la esposa y a la</p>
<p>madre&#8230; Pero doña Dorotea, apoyado el codo en la repisa del ventanal y la mejilla en la mano, pensaba en otras cosas.</p>
<p>  Desde su vuelta al palacio, disimuladamente, todos la huían. Dijérase que el soplo frío de la huesa, el hálito glacial de la cripta, flotaba alrededor de su cuerpo. Mientras comía, notaba que la mirada de los servidores, la de sus hijos, se desviaba oblicuamente de sus manos pálidas, y que cuando acercaba a sus labios secos la copa del vino, los muchachos se estremecían. ¿Acaso no les parecía natural que comiese y bebiese la gente del otro mundo? Y doña Dorotea venía de ese país misterioso que los niños sospechan aunque no lo conozcan&#8230; Si las pálidas manos maternales intentaban jugar con los bucles rubios de don Félix, el chiquillo se desviaba, descolorido él a su vez, con el gesto del que evita un contacto que le cuaja la sangre. Y a la hora medrosa del anochecer, cuando parecen oscilar las largas figuras de las tapicerías, si Dorotea se cruzaba con doña Clara en el comedor del patio, la criatura, despavorida, huía al modo con que se huye de una maldita aparición&#8230;</p>
<p>  Por su parte, el esposo -guardando a Dorotea tanto respeto y reverencia que ponía maravilla-, no había vuelto a rodearle el fuerte brazo a la cintura&#8230; En vano la resucitada tocaba de arrebol sus mejillas, mezclaba a sus trenzas cintas y aljófares y vertía sobre su corpiño pomitos de esencias de Oriente. Al trasluz del colorete se transparentaba la amarillez cérea; alrededor del rostro persistía la forma de la toca funeral, y entre los perfumes sobresalía el vaho húmedo de los panteones. Hubo un momento en que la resucitada hizo a su esposo lícita caricia; quería saber si sería rechazada. Don Enrique se dejó abrazar pasivamente; pero en sus ojos, negros y dilatados por el horror que a pesar suyo se asomaba a las ventanas del espíritu; en aquellos ojos un tiempo galanes atrevidos y lujuriosos, leyó Dorotea una frase que zumbaba dentro de su cerebro, ya invadido por rachas de demencia.</p>
<p>  -De donde tú has vuelto no se vuelve&#8230;</p>
<p>  Y tomó bien sus precauciones. El propósito debía realizarse por tal manera, que nunca se supiese nada; secreto eterno. Se procuró el manojo de llaves de la capilla y mandó fabricar otras iguales a un mozo herrero que partía con el tercio a Flandes al día siguiente. Ya en poder de Dorotea las llaves de su sepulcro, salió una tarde sin ser vista, cubierta con un manto; se entró en la iglesia por la portezuela, se escondió en la capilla de Cristo, y al retirarse el sacristán cerrando el templo, Dorotea bajó lentamente a la cripta, alumbrándose con un cirio prendido en la lámpara; abrió la mohosa puerta, cerró por dentro, y se tendió, apagando antes el cirio con el pie&#8230;</p>
<p> </p>
<p>Emilia Pardo Bazán</p>
<p><a href="http://www.laresucitada.com">http://www.laresucitada.com</a></p>
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		<title>El pozo y el pendulo</title>
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		<pubDate>Wed, 04 Nov 2009 07:38:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Edgard Allan Poe]]></category>
		<category><![CDATA[Situaciones crueles]]></category>

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		<description><![CDATA[ Estaba agotado, agotado hasta no poder más, por aquella larga agonía. Cuando, por último, me desataron y pude sentarme, noté que perdía el conocimiento. La sentencia, la espantosa sentencia de muerte, fue la última frase claramente acentuada que llegó a mis oídos. Luego, el sonido de las voces de los inquisidores me pareció que se [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><a href="http://www.ladamadelalba.com"><img class="alignleft size-full wp-image-15" style="margin: 8px; border: black 1px solid;" title="poe" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/poe.jpg" alt="poe" width="313" height="437" /></a> Estaba agotado, agotado hasta no poder más, por aquella larga agonía. Cuando, por último, me desataron y pude sentarme, noté que perdía el conocimiento. La sentencia, la espantosa sentencia de muerte, fue la última frase claramente acentuada que llegó a mis oídos. Luego, el sonido de las voces de los inquisidores me pareció que se apagaba en el indefinido zumbido de un sueño. El ruido aquel provocaba en mi espíritu una idea de rotación, quizá a causa de que lo asociaba en mis pensamientos con una rueda de molino. Pero aquello duró poco tiempo, porque, de pronto, no oí nada más. No obstante, durante algún rato pude ver, pero ¡con qué terrible exageración! Veía los labios de los jueces vestidos de negro: eran blancos, más blancos que la hoja de papel sobre la que estoy escribiendo estas palabras; y delgados hasta lo grotesco, adelgazados por la intensidad de su dura expresión, de su resolución inexorable, del riguroso desprecio al dolor humano. Veía que los decretos de lo que para mí representaba el Destino salían aún de aquellos labios. Los vi retorcerse en una frase mortal; les vi pronunciar las sílabas de mi nombre, y me estremecí al ver que el sonido no seguía al movimiento.</p>
<p style="text-align: justify;">Durante varios momentos de espanto frenético vi también la blanda y casi imperceptible ondulación de las negras colgaduras que cubrían las paredes de la sala, y mi vista cayó entonces sobre los siete grandes hachones que se habían colocado sobre la mesa. Tomaron para mí, al principio, el aspecto de la caridad, y los imaginé ángeles blancos y esbeltos que debían salvarme. Pero entonces, y de pronto, una náusea mortal invadió mi alma, y sentí que cada fibra de mi ser se estremecía como si hubiera estado en contacto con el hilo de una batería galvánico. Y las formas angélicas convertíanse en insignificantes espectros con cabeza de llama, y claramente comprendí que no debía esperar de ellos auxilio alguno. Entonces, como una magnífica nota musical, se insinuó en mi imaginación la idea del inefable reposo que nos espera en la tumba. Llegó suave, furtivamente; creo que necesité un gran rato para apreciarla por completo. Pero en el preciso instante en que mi espíritu comenzaba &#8216;a sentir claramente esa idea, y a acariciarla, las figuras de los jueces se desvanecieron como por arte de magia; los grandes hachones se redujeron a la nada; sus llamas se apagaron por completo, y sobrevino la negrura de las tinieblas; todas las sensaciones parecieron desaparecer como en una zambullida loca y precipitada del alma en el Hades. Y el Universo fue sólo noche, silencio, inmovilidad.</p>
<p style="text-align: justify;">Estaba desvanecido. Pero, no obstante, no puedo decir que hubiese perdido la conciencia del todo. La que me quedaba, no intentaré definirla, ni describirla siquiera. Pero, en fin, todo no estaba perdido. En medio del más profundo sueño&#8230;. ¡no! En medio del delirio&#8230;. ¡no! En medio del desvanecimiento&#8230;. ¡no! En medio de la muerte&#8230;, ¡no! Si fuera de otro modo, no habría salvación para el hombre. Cuando nos despertamos del más profundo sueño, rompemos la telaraña de algún sueño. Y, no obstante, un segundo más tarde es tan delicado este tejido, que no recordamos haber soñado.</p>
<p style="text-align: justify;">Dos grados hay, al volver del desmayo a la vida: el sentimiento de la existencia moral o espiritual y el de la existencia física. Parece probable que si, al llegar al segundo grado, hubiéramos de evocar las impresiones del primero, volveríamos a encontrar todos los recuerdos elocuentes del abismo trasmundano. Y ¿cuál es ese abismo? ¿Cómo, al menos, podremos distinguir sus sombras de las de la tumba? Pero si las impresiones de lo que he llamado primer grado no acuden de nuevo al llamamiento de la voluntad, no obstante, después de un largo intervalo, ¿no aparecen sin ser solicitadas, mientras, maravillados, nos preguntarnos de dónde proceden? Quien no se haya desmayado nunca no descubrirá extraños palacios y casas singularmente familiares entre las ardientes llamas; no será el que contemple, flotando en el aire, las visiones melancólicas que el vulgo no puede vislumbrar; no será el que medite sobre el perfume de alguna flor desconocida, ni el que se perderá en el misterio de alguna melodía que nunca hubiese llamado su atención hasta entonces.</p>
<p style="text-align: justify;">En medio de mis repetidos e insensatos esfuerzos, en medio de mi enérgica tenacidad en recoger algún vestigio de ese estado de vacío, hubo instantes en que soñé triunfar. Tuve momentos breves, brevísimos, en que he llegado a condensar recuerdos que en épocas posteriores mi razón lúcida me ha afirmado no poder referirse sino a ese estado en que parece aniquilada la conciencia. Muy confusamente me presentan esas sombras de recuerdos grandes figuras que me levantaban, transportándome silenciosamente hacia abajo, aún más hacia abajo, cada vez más abajo, hasta que me invadió un vértigo espantoso a la simple idea del infinito en descenso.</p>
<p style="text-align: justify;">También me recuerdan no sé qué vago espanto que experimentaba el corazón, precisamente a causa de la calma sobrenatural de ese corazón. Luego, el sentimiento de una repentina inmovilidad en todo lo que me rodeaba, como si quienes me llevaban, un cortejo de espectros, hubieran pasado, al descender, los límites de lo ilimitado, y se hubiesen detenido, vencidos por el hastío infinito de su tarea. Recuerda mi alma más tarde una sensación de insipidez y de humedad; después, todo no es más que locura, la locura de una memoria que se agita en lo abominable.</p>
<p style="text-align: justify;">De pronto vuelven a mi alma un movimiento y un sonido: el movimiento tumultuoso del corazón y el rumor de sus latidos. Luego, un intervalo en el que todo desaparece. Luego, el sonido de nuevo, el movimiento y el tacto, como una sensación vibrante penetradora de mi ser. Después la simple conciencia de mi existencia sin pensamiento, sensación que duró mucho. Luego, bruscamente, el pensamiento de nuevo, un temor que me producía escalofríos y un esfuerzo ardiente por comprender mi verdadero estado. Después, un vivo afán de caer en la insensibilidad. Luego, un brusco renacer del alma y una afortunada tentativa de movimiento. Entonces, el recuerdo completo del proceso, de los negros tapices, de la sentencia, de mi debilidad, de mi desmayo. Y el olvido más completo en torno a lo que ocurrió más tarde. únicamente después, y gracias a la constancia más enérgica, he logrado recordarlo vagamente.</p>
<p style="text-align: justify;">No había abierto los ojos hasta ese momento. Pero sentía que estaba tendido de espaldas y sin ataduras. Extendí la mano y pesadamente cayó sobre algo húmedo y duro. Durante algunos minutos la dejé descansar así, haciendo esfuerzos por adivinar dónde podía encontrarme y lo que había sido de mí. Sentía una gran impaciencia por hacer uso de mis ojos, pero no me atreví. Tenía miedo de la primera mirada sobre las cosas que me rodeaban. No es que me aterrorizara contemplar cosas horribles, sino que me aterraba la idea de no ver nada.</p>
<p style="text-align: justify;">A la larga, con una loca angustia en el corazón, abrí rápidamente los ojos. Mi espantoso pensamiento hallábase, pues, confirmado. Me rodeaba la negrura de la noche eterna. Me parecía que la intensidad de las tinieblas me oprimía y me sofocaba. La atmósfera era intolerablemente pesada. Continué acostado tranquilamente e hice un esfuerzo por emplear mi razón. Recordé los procedimientos inquisitoriales, y, partiendo de esto, procuré deducir mi posición verdadera. Había sido pronunciada la sentencia, y me parecía que desde entonces había transcurrido un largo intervalo de tiempo. No obstante, ni un solo momento imaginé que estuviera realmente muerto.</p>
<p style="text-align: justify;">A pesar de todas las ficciones literarias, semejante idea es absolutamente incompatible con la existencia real. Pero ¿dónde me encontraba y cuál era mi estado? Sabía que los condenados a muerte morían con frecuencia en los autos de fe. La misma tarde del día de mi juicio habíase celebrado una solemnidad de especie. ¿Me habían llevado, acaso, de nuevo a mi calabozo para aguardar en él el próximo sacrificio que había de celebrarse meses más tarde? Desde el principio comprendí que esto no podía ser. Inmediatamente había sido puesto en requerimiento el contingente de víctimas, Por otra parte, mi primer calabozo, como todas las celdas de los condenados, en Toledo, estaba empedrado y había en él alguna luz.</p>
<p style="text-align: justify;">Repentinamente, una horrible idea aceleró mi sangre en torrentes hacia mi corazón, y durante unos instantes caí de nuevo en mi insensibilidad. Al volver en mí, de un solo movimiento me levanté sobre mis pies, temblando convulsivamente en cada fibra. Desatinadamente, extendí mis brazos por encima de mi cabeza y a mi alrededor, en todas direcciones. No sentí nada. No obstante, temblaba a la idea de dar un paso, pero me daba miedo tropezar contra los muros de mi tumba. Brotaba el sudor por todos mis poros, y en gruesas gotas frías se detenía sobre mi frente. A la larga, se me hizo intolerable la agonía de la incertidumbre y avancé con precaución, extendiendo los brazos y con los ojos fuera de sus órbitas, con la esperanza de hallar un débil rayo de luz. Di algunos pasos, pero todo estaba \,acto y negro. Respiré con mayor libertad. Por fin, me pareció evidente que el destino que me habían reservado no era el más espantoso de todos.</p>
<p style="text-align: justify;">Y entonces, mientras precavidamente continuaba avanzando, se confundían en masa en mi memoria mil vagos rumores que sobre los horrores de Toledo corrían. Sobre esos calabozos contábanse cosas extrañas. Yo siempre había creído que eran fábulas; pero, sin embargo, eran tan extraños, que sólo podían repetirse en voz baja. ¿Debía morir yo de hambre, en aquel subterráneo mundo de tinieblas, y qué muerte más terrible quizá me esperaba? Puesto que conocía demasiado bien el carácter de mis jueces, no podía dudar de que el resultado era la Muerte, y una muerte de una amargura escogida. Lo que sería, y la hora de su ejecución, era lo único que me preocupaba y me aturdía.</p>
<p style="text-align: justify;">Mis extendidas manos encontraron, por último, un sólido obstáculo, Era una pared que parecía construida de piedra, muy lisa, húmeda y fría. La fui siguiendo de cerca, caminando con la precavida desconfianza que me habían inspirado ciertas narraciones antiguas. Sin embargo, esta operación no me proporcionaba medio alguno para examinar la dimensión de mi calabozo, pues podía dar la vuelta y volver al punto de donde había partido sin darme cuenta de lo perfectamente igual que parecía la pared. En vista de ello busqué el cuchillo que guardaba en uno de mis bolsillos cuando fui conducido al tribunal. Pero había desaparecido, porque mis ropas habían sido cambiadas por un traje de grosera estameña.</p>
<p style="text-align: justify;">Con objeto de comprobar perfectamente mi punto de partida, habla pensado clavar la hoja en alguna pequeña grieta de la pared. Sin embargo, la dificultad era bien fácil de ser solucionada, y, no obstante, al principio, debido al desorden de mi pensamiento, me pareció insuperable. Rasgué una tira de la orla de mi vestido y la coloqué en el suelo en toda su longitud, formando un ángulo recto con el muro. Recorriendo a tientas mi camino en torno a mi calabozo, al terminar el circuito tendría que encontrar el trozo de tela. Por lo menos, esto era lo que yo creía; pero no había tenido en cuenta ni las dimensiones de la celda ni mi debilidad. El terreno era húmedo y resbaladizo. Tambaleándome, anduve durante algún rato. Después tropecé y caí. Mi gran cansancio me decidió a continuar tumbado, y no tardó el sueño en apoderarse de mí en aquella posición.</p>
<p style="text-align: justify;">Al despertarme y alargar el brazo hallé a mi lado un pan y un cántaro con agua. Estaba demasiado agotado para reflexionar en tales circunstancias, y bebí y comí ávidamente. Tiempo más tarde reemprendí mi viaje en torno a mi calabozo, y trabajosamente logré llegar al trozo de estameña. En el momento de caer había contado ya cincuenta y dos pasos, y desde que reanudé el camino hasta encontrar la tela, cuarenta y ocho. De modo que medía un total de cien pasos, y suponiendo que dos de ellos constituyeran una yarda, calculé en unas cincuenta yardas la circunferencia de mi calabozo. Sin embargo, había tropezado con numerosos ángulos en la pared &#8216; y esto impedía el conjeturar la forma de la cueva, pues no había duda alguna de que aquello era una cueva.</p>
<p style="text-align: justify;">No ponía gran interés en aquellas investigaciones, y con toda seguridad estaba desalentado. Pero una vaga curiosidad me impulsó a continuarlas. Dejando la pared, decidí atravesar la superficie de mi prisión. Al principio procedí con extrema precaución, pues el suelo, aunque parecía ser de una materia dura, era traidor por el limo que en él había. No obstante, al cabo de un rato logré animarme y comencé a andar con seguridad, procurando cruzarlo en línea recta.</p>
<p style="text-align: justify;">De esta forma avancé diez o doce pasos, cuando el trozo rasgado que quedaba de orla se me enredó entre las piernas, haciéndome caer de bruces violentamente.</p>
<p style="text-align: justify;">En la confusión de mi caída no noté al principio una circunstancia no muy sorprendente y que, no obstante, segundos después, hallándome todavía en el suelo, llamó mi atención. Mi barbilla apoyábase sobre el suelo del calabozo, pero mis labios y la parte superior de la cabeza, aunque parecían colocados a menos altura que la barbilla, no descansaban en ninguna parte. Me pareció, al mismo tiempo, que mi frente se empapaba en un vapor viscoso y que un extraño olor a setas podridas llegaba hasta mi nariz. Alargué el brazo y me estremecí descubriendo que había caído al borde mismo de un pozo circular cuya extensión no podía medir en aquel momento. Tocando las paredes precisamente debajo del brocal, logré arrancar un trozo de piedra y la dejé caer en el abismo. Durante algunos segundos presté atención a sus rebotes. Chocaba en su caída contra las paredes del pozo. Lúgubremente, se hundió por último en el agua, despertando ecos estridentes. En el mismo instante dejóse oír un ruido sobre mi cabeza, como de una puerta abierta y cerrada casi al mismo tiempo, mientras un débil rayo de luz atravesaba repentinamente la oscuridad y se apagaba en seguida.</p>
<p style="text-align: justify;">Con toda claridad vi la suerte que se me preparaba, y me felicité por el oportuno accidente que me había salvado. Un paso más, y el mundo no me hubiera vuelto a ver. Aquella muerte, evitada a tiempo, tenía ese mismo carácter que había yo considerado como fabuloso y absurdo en las historias que sobre la Inquisición había oído contar. Las víctimas de su tiranía no tenían otra alternativa que la muerte, con sus crueles agonías físicas o con sus abominables torturas morales. Esta última fue la que me había sido reservada. Mis nervios estaban abatidos por un largo sufrimiento, hasta el punto que me hacía temblar el sonido de mi propia voz, y me consideraba por todos motivos una víctima excelente para la clase de tortura que me aguardaba.</p>
<p style="text-align: justify;">Temblando, retrocedí a tientas hasta la pared, decidido a dejarme morir antes que afrontar el horror de los pozos que en las tinieblas de la celda multiplicaba mi imaginación. En otra situación de ánimo hubiese tenido el suficiente valor para concluir con mis miserias de una sola vez, lanzándome a uno de aquellos abismos; pero en aquellos momentos era yo el más perfecto de los cobardes. Por otra parte, me era imposible olvidar lo que había leído con respecto a aquellos pozos, de los que se decía que la extinción repentina de la vida era una esperanza cuidadosamente excluida por el genio infernal de quien los había concebido.</p>
<p style="text-align: justify;">Durante algunas horas me tuvo despierto la agitación de mi ánimo. Pero, por último, me adormecí de nuevo. Al despertarme, como la primera vez, hallé a mi lado un pan y &#8216;un cántaro de agua. Me consumía una sed abrasadora, y de un trago vacié el cántaro. Algo debía de tener aquella agua, pues apenas bebí sentí unos irresistibles deseos de dormir. Caí en un sueño profundo parecido al de la muerte No he podido saber nunca cuánto tiempo duró; pero, al abrir los ojos, pude distinguir los objetos que me rodeaban. Gracias a una extraña claridad sulfúrea, cuyo origen no pude descubrir al principio, podía ver la magnitud y aspecto de mi cárcel.</p>
<p style="text-align: justify;">Me había equivocado mucho con respecto a sus dimensiones. Las paredes no podían tener más de veinticinco yardas de circunferencia. Durante unos minutos, ese descubrimiento me turbó grandemente, turbación en verdad pueril, ya que, dadas las terribles circunstancias que me rodeaban, ¿qué cosa menos importante podía encontrar que las dimensiones de mi calabozo? Pero mi alma ponía un interés extraño en las cosas nimias, y tenazmente me dediqué a darme cuenta del error que había cometido al tomar las medidas de aquel recinto. Por último se me apareció como un relámpago la luz de la verdad. En mi primera exploración había contado cincuenta y dos pasos hasta el momento de caer. En ese instante debía encontrarme a uno o dos pasos del trozo de tela. Realmente, había efectuado casi el circuito de la cueva. Entonces me dormí, y al despertarme, necesariamente debí de volver sobre mis pasos, creando así un circuito casi doble del real. La confusión de mi cerebro me impidió darme cuenta de que había empezado la vuelta con la pared a mi izquierda y que la terminaba teniéndola a la derecha.</p>
<p style="text-align: justify;">También me había equivocado por lo que respecta a la forma del recinto. Tanteando el camino, había encontrado varios ángulos, deduciendo de ello la idea de una gran irregularidad; tan poderoso es el efecto de la oscuridad absoluta sobre el que sale de un letargo o de un sueño. Los ángulos eran, sencillamente, producto de leves depresiones o huecos que se encontraban a intervalos desiguales. La forma general del recinto era cuadrada. Lo que creía mampostería parecía ser ahora hierro u otro metal dispuesto en enormes planchas, cuyas suturas y junturas producían las depresiones.</p>
<p style="text-align: justify;">Toda la superficie de aquella construcción metálica estaba embadurnada groseramente con toda clase de emblemas horrorosos y repulsivos, nacidos de la superstición sepulcral de los frailes. Figuras de demonios con amenazadores gestos, con formas de esqueleto y otras imágenes de horror más realista, llenaban en toda su extensión las paredes. Me di cuenta de que los contornos de aquellas monstruosidades estaban suficientemente claros, pero que los colores parecían manchados y estropeados por efecto de la humedad del ambiente. Vi entonces que el suelo era de piedra. En su centro había un pozo circular, de cuya boca había yo escapado, pero no vi que hubiese alguno más en el calabozo.</p>
<p style="text-align: justify;">Todo esto lo vi confusamente y no sin esfuerzo, pues mi situación física había cambiado mucho durante mi sueño. Ahora, de espaldas, estaba acostado cuan largo era sobre una especie de armadura de madera muy baja. Estaba atado con una larga tira que parecía de cuero. Enrollábase en distintas vueltas en torno a mis miembros y a mi cuerpo, dejando únicamente libres mi cabeza y mi brazo izquierdo. Sin embargo, tenía que hacer un violento esfuerzo para alcanzar el alimento que contenía un plato de barro que habían dejado a mi lado sobre el suelo. Con verdadero terror me di cuenta de que el cántaro había desaparecido, y digo con terror porque me devoraba una sed intolerable. Creí entonces que el plan de mis verdugos consistía en exasperar esta sed, puesto que el alimento que contenía el plato era una carne cruelmente salada.</p>
<p style="text-align: justify;">Levanté los ojos y examiné el techo de mi prisión. Hallábase a una altura de treinta o cuarenta pies y pareciese mucho, por su construcción, a las paredes laterales. En una de sus caras llamó mi atención una figura de las más singulares. Era una representación pintada del Tiempo, tal como se acostumbra representarle, pero en lugar de la guadaña tenía un objeto que a primera vista creí se trataba de un enorme péndulo como los de los relojes antiguos. No obstante, algo había en el aspecto de aquella máquina que me hizo mirarla con más detención.</p>
<p style="text-align: justify;">Mientras la observaba directamente, mirando hacia arriba, pues hallábase colocada exactamente sobre mi cabeza, me pareció ver que se movía. Un momento después se confirmaba mi idea. Su balanceo era corto y, por tanto, muy lento. No sin cierta desconfianza, y, sobre todo, con extrañeza, la observé durante unos minutos. Cansado, al cabo, de vigilar su fastidioso movimiento, volví mis ojos a los demás objetos de la celda.</p>
<p style="text-align: justify;">Un ruido leve atrajo mi atención. Miré al suelo y vi algunas enormes ratas que lo cruzaban. Habían salido del pozo que yo podía distinguir a mi derecha. En ese instante, mientras las miraba, subieron en tropel, a toda prisa, con voraces ojos y atraídas por el olor de la carne. Me costó gran esfuerzo y atención apartarlas.</p>
<p style="text-align: justify;">Transcurrió media hora, tal vez una hora -pues apenas imperfectamente podía medir el tiempo-, cuando, de nuevo, levanté los ojos sobre mí. Lo que entonces vi me dejó atónito y sorprendido. El camino del péndulo había aumentado casi una yarda, y, como consecuencia natural, su velocidad era también mucho mayor. Pero, principalmente, lo que más me impresionó fue la idea de que había descendido visiblemente. Puede imaginarse con qué espanto observé entonces que su extremo inferior estaba formado por media luna de brillante acero, que, aproximadamente, tendría un pie de largo de un cuerno a otro. Los cuernos estaban dirigidos hacia arriba, y el filo inferior, evidentemente afilado como una navaja barbera. También parecía una navaja barbera, pesado y macizo, y ensanchábase desde el filo en una forma ancha y sólida. Se ajustaba a una gruesa varilla de cobre, y todo ello silbaba moviéndose en el espacio.</p>
<p style="text-align: justify;">Ya no había duda alguna con respecto a la suerte que me había preparado la horrible ingeniosidad monacal. Los agentes de la Inquisición habían previsto mi descubrimiento del pozo; del pozo, cuyos horrores habían sido reservados para un hereje tan temerario como yo; del pozo, imagen del infierno, considerado por la opinión como la última Tule de todos los castigos. El más fortuito de los accidentes me había salvado de caer en él, y yo sabía que el arte de convertir el suplicio en un lazo y una sorpresa constituía una rama importante de aquel sistema fantástico de ejecuciones misteriosas. Por lo visto, habiendo fracasado mi caída en el pozo, no figuraba en el demoníaco plan arrojarme a él. Por tanto, estaba destinado, y en este caso sin ninguna alternativa, a una muerte distinta y más dulce. ¡Más dulce! En mi agonía, pensando en el uso singular que yo hacía de esta palabra, casi sonreí.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Para qué contar las largas, las interminables horas de horror, más que mortales, durante las que conté las vibrantes oscilaciones del acero? Pulgada a pulgada, línea a línea, descendía gradualmente, efectuando un descenso sólo apreciable a intervalos, que eran para mí más largos que siglos. Y cada vez más, cada vez más, seguía bajando, bajando.</p>
<p style="text-align: justify;">Pasaron días, tal vez muchos días, antes de que llegase a balancearse lo suficientemente cerca de mí para abanicarme con su aire acre. Hería mi olfato el olor del acero afilado. Rogué al Cielo, cansándolo con mis súplicas, que hiciera descender más rápidamente el acero. Enloquecí, me volví frenético, hice esfuerzos para incorporarme e ir al encuentro de aquella espantosa y movible cimitarra. Y luego, de pronto, se apoderó de mí una gran calma y permanecí tendido, sonriendo a aquella muerte brillante, como podría sonreír un niño a un juguete precioso.</p>
<p style="text-align: justify;">Transcurrió luego un instante de perfecta insensibilidad. Fue un intervalo muy corto. Al volver a la vida no me pareció que el péndulo hubiera descendido una altura apreciable. No obstante, es posible que aquel tiempo hubiese sido larguísimo. Yo sabía que existían seres infernales que tomaban nota de mi desvanecimiento y que a su capricho podían detener la vibración.</p>
<p style="text-align: justify;">Al volver en mí, sentí un malestar y una debilidad indecibles, como resultado de una enorme inanición. Aun entre aquellas angustias, la naturaleza humana suplicaba el sustento. Con un esfuerzo penoso, extendí mi brazo izquierdo tan lejos como mis ligaduras me lo permitían, y me apoderé de un pequeño sobrante que las ratas se habían dignado dejarme. Al llevarme un pedazo a los labios, un informe pensamiento de extraña alegría, de esperanza, se alojó en mi espíritu. No obstante, ¿qué había de común entre la esperanza y yo? Repito que se trataba de un pensamiento. informe. Con frecuencia tiene el hombre pensamientos así, que nunca se completan. Me di cuenta de que se trataba de un pensamiento de alegría, de esperanza, pero comprendí también que había muerto al nacer. Me esforcé inútilmente en completarlo, en recobrarlo. Mis largos sufrimientos habían aniquilado casi por completo las ordinarias facultades de mi espíritu. Yo era un imbécil, un idiota.</p>
<p style="text-align: justify;">La oscilación del péndulo se efectuaba en un plano que formaba ángulo recto con mi cuerpo. Vi que la cuchilla había sido dispuesta de modo que atravesara la región del corazón. Rasgaría la tela de mi traje, volvería luego y repetiría la operación una y otra vez. A pesar de la gran dimensión de la curva recorrida -unos treinta pies, más o menos- y la silbante energía de su descenso, que incluso hubiera podido cortar aquellas murallas de hierro, todo cuanto podía hacer, en resumen, y durante algunos minutos, era rasgar mi traje.</p>
<p style="text-align: justify;">Y en este pensamiento me detuve. No me atrevía a ir más allá de él. Insistí sobre él con una sostenida atención, como si con esta insistencia hubiera podido parar allí el descenso de la cuchilla. Empecé a pensar en el sonido que produciría ésta al pagar sobre mi traje, y en la extraña y penetrante sensación que produce el roce de la tela sobre los nervios. Pensé en todas esas cosas, hasta que los dientes me rechinaron.</p>
<p style="text-align: justify;">Más bajo, más bajo aún. Deslizábase cada vez más bajo. Yo hallaba un placer frenético en comparar su velocidad de arriba abajo con su velocidad lateral. Ahora, hacia la derecha; ahora, hacia la izquierda. Después se iba lejos, lejos, y volvía luego, con el chillido de un alma condenada, hasta mi corazón con el andar furtivo del tigre. Yo aunaba y reía alternativamente, según me dominase una u otra idea.</p>
<p style="text-align: justify;">Más bajo, invariablemente, inexorablemente más bajo. Movíase a tres pulgadas de mi pecho. Furiosamente, intenté libertar con violencia mi brazo izquierdo. Estaba libre solamente desde el codo hasta la mano. únicamente podía mover la mano desde el plato que habían colocado a mi lado hasta mi boca; sólo esto, y con un gran esfuerzo. Si hubiera podido romper las ligaduras por encima del codo, hubiese cogido el péndulo e intentado detenerlo, lo que hubiera sido como intentar detener una avalancha.</p>
<p style="text-align: justify;">Siempre más bajo, incesantemente, inevitablemente más bajo. Respiraba con verdadera angustia, y me agitaba a cada vibración. Mis ojos seguían el vuelo ascendente de la cuchilla y su caída, con el ardor de la desesperación más enloquecida; espasmódicamente, cerrábanse en el momento del descenso sobre mí. Aun cuando la muerte hubiera sido un alivio, ¡oh, qué alivio más indecible! Y, sin embargo, temblaba con todos mis nervios al pensar que bastaría que la máquina descendiera un grado para que se precipitara sobre mi pecho el hacha afilada y reluciente. Y mis nervios temblaban, y hacían encoger todo mi ser a causa de la esperanza. Era la esperanza, la esperanza triunfante aún sobre el potro, que dejábase oír al oído de los condenados a muerte, incluso en los calabozos de la Inquisición.</p>
<p style="text-align: justify;">Comprobé que diez o doce vibraciones, aproximadamente, pondrían el acero en inmediato contacto con mi traje. Y con esta observación entróse en mi ánimo la calma condensada y aguda de la desesperación. Desde hacía muchas horas, desde hacía muchos días, tal vez, pensé por vez primera. Se me ocurrió que la tira o correa que me ataba era de un solo trozo. Estaba atado con una ligadura continuada. La primera mordedura de la cuchilla de la media luna, efectuada en cualquier lugar de la correa, tenía que desatarla lo suficiente para permitir que mi mano la desenrollara de mí cuerpo. ¡Pero qué terrible era, en este caso, su proximidad! El resultado de la más ligera sacudida había de ser mortal. Por otra parte ¿habrían previsto o impedido esta posibilidad los secuaces del verdugo? ¿Era probable que en el recorrido del péndulo atravesasen mi pecho las ligaduras? Temblando al imaginar frustrada mi débil esperanza, la última, realmente, levanté mi cabeza lo bastante para ver bien mi pecho. La correa cruzaba mis miembros estrechamente, juntamente con todo mi cuerpo, en todos sentidos, menos en la trayectoria de la cuchilla homicida.</p>
<p style="text-align: justify;">Aún no había dejado caer de nuevo mi cabeza en su primera posición, cuando sentí brillar en mi espíritu algo que sólo sabría definir, aproximadamente, diciendo que era la mitad no formada de la idea de libertad que ya he expuesto, y de la que vagamente había flotado en mi espíritu una sola mitad cuando llevé a mis labios ardientes el alimento. Ahora, la idea entera estaba allí presente, débil, apenas viable, casi indefinida, pero, en fin, completa. Inmediatamente, con la energía de la desesperación, intenté llevarla a la práctica.</p>
<p style="text-align: justify;">Hacía varias horas que cerca del caballete sobre el que me hallaba acostado se encontraba un número incalculable de ratas. Eran tumultuosas, atrevidas, voraces. Fijaban en mí sus ojos rojos, como si no esperasen más que mi inmovilidad para hacer presa. «¿A qué clase de alimento -pensé- se habrán acostumbrado en este pozo?»</p>
<p style="text-align: justify;">Menos una pequeña parte, y a pesar de todos mis esfuerzos para impedirlo, habían devorado el contenido del plato. Mi mano se acostumbró a un movimiento de vaivén hacia el plato; pero a la larga, la uniformidad maquinal de ese movimiento le había restado eficacia. Aquella plaga, en su voracidad, dejaba señales de sus agudos dientes en mis dedos. Con los restos de la carne aceitosa y picante que aún quedaba, froté vigorosamente mis ataduras hasta donde me fue posible hacerlo, y hecho esto retiré mi mano del suelo y me quedé inmóvil y sin respirar.</p>
<p style="text-align: justify;">Al principio, lo repentino del cambio y el cese del movimiento hicieron que los voraces animales se asustaran. Se apartaron alarmados y algunos volvieron al pozo. Pero esta actitud no duró más de un instante. No había yo contado en vano con su glotonería. Viéndome sin movimiento, una o dos de las más atrevidas se encaramaron por el caballete y olisquearon la correa. Todo esto me pareció el preludio de una invasión general. Un nuevo tropel surgió del pozo. Agarráronse a la madera, la escalaron y a centenares saltaron sobre mi cuerpo. Nada las asustaba el movimiento regular del péndulo. Lo esquivaban y trabajaban activamente sobre la engrasada tira. Se apretaban moviéndose y se amontonaban incesantemente sobre mí. Sentía que se retorcían sobre mí garganta, que sus fríos hocicos buscaban mis labios.</p>
<p style="text-align: justify;">Me encontraba medio sofocado por aquel peso que se multiplicaba constantemente. Un asco espantoso, que ningún hombre ha sentido en el mundo, henchía mi pecho y helaba mi corazón como un pesado vómito. Un minuto más, y me daba cuenta de que la operación habría terminado. Sobre mí sentía perfectamente la distensión de las ataduras. Me daba cuenta de que en más de un sitio habían de estar cortadas. Con una resolución sobrehumana, continué inmóvil.</p>
<p style="text-align: justify;">No me había equivocado en mis cálculos. Mis sufrimientos no habían sido vanos. Sentí luego que estaba libre. En pedazos, colgaba la correa en torno de mi cuerpo. Pero el movimiento del péndulo efectuábase ya sobre mi pecho. La estameña de mi traje había sido atravesada y cortada la camisa. Efectuó dos oscilaciones más, y un agudo dolor atravesó mis nervios. Pero había llegado el instante de salvación. A un ademán de mis manos, huyeron tumultuosamente mis libertadoras. Con un movimiento tranquilo y decidido, prudente y oblicuo, lento y aplastándome contra el banquillo, me deslicé fuera del abrazo de la tira y del alcance de la cimitarra. Cuando menos, por el momento estaba libre.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Libre! ¡Y en las garras de la Inquisición! Apenas había escapado de mi lecho de horror, apenas hube dado unos pasos por el suelo de mi calabozo, cesó el movimiento de la máquina infernal y la oí subir atraída hacia el techo por una fuerza invisible. Aquella fue una lección que llenó de desesperación mi alma. Indudablemente, todos mis movimientos eran espiados. ¡Libre! Había escapado de la muerte bajo una determinada agonía, sólo para ser entregado a algo peor que la muerte misma, y bajo otra nueva forma. Pensando en ello, fijé convulsivamente mis ojos en las paredes de hierro que me rodeaban. Algo extraño, un cambio que en un principio no pude apreciar claramente, se había producido con toda evidencia en la habitación. Durante varios minutos en los que estuve distraído, lleno de ensueños y de escalofríos, me perdí en conjeturas vanas e incoherentes.</p>
<p style="text-align: justify;">Por primera vez me di cuenta del origen de la luz sulfuroso que iluminaba la celda. Provenía de una grieta de media pulgada de anchura, que extendiese en torno del calabozo en la base de las paredes, que, de ese modo, parecían, y en efecto lo estaban, completamente separadas del suelo. Intenté mirar por aquella abertura, aunque como puede imaginarse, inútilmente. Al levantarme desanimado, se descubrió a mi inteligencia, de pronto, el misterio de la alteración que la celda había sufrido.</p>
<p style="text-align: justify;">Había tenido ocasión de comprobar que, aun cuando los contornos de las figuras pintadas en las paredes fuesen suficientemente claros, los colores parecían alterados y borrosos. Ahora acababan de tomar, y tomaban a cada momento, un sorprendente e intensísimo brillo, que daba a aquellas imágenes fantásticas y diabólicas un aspecto que hubiera hecho temblar a nervios más firmes que los míos. Pupilas demoníacas, de una viveza siniestra y feroz, se clavaban sobre mí desde mil sitios distintos, donde yo anteriormente no había sospechado que se encontrara ninguna, y brillaban cual fulgor lúgubre de un fuego que, aunque vanamente, quería considerar completamente imaginario.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Imaginario! Me bastaba respirar para traer hasta mi nariz un vapor de hierro enrojecido. Extendíase por el calabozo un olor sofocante. A cada momento reflejábase un ardor más profundo en los ojos clavados en mi agonía. Un rojo más oscuro se extendía sobre aquellas horribles pinturas sangrientas. Estaba jadeante; respiraba con grandes esfuerzos. No había duda con respecto al deseo de mis verdugos, los más despiadados, los más demoníacos de todos los hombres.</p>
<p style="text-align: justify;">Me aparté lejos del metal ardiente, dirigiéndome al centro del calabozo. Frente a aquella destrucción por el fuego, la idea de la frescura del pozo llegó a mi alma como un bálsamo. Me lancé hacia sus mortales bordes. Dirigí mis miradas hacia el fondo.</p>
<p style="text-align: justify;">El resplandor de la inflamada bóveda iluminaba sus cavidades más ocultas. No obstante durante un minuto de desvarío, mi espíritu negóse a comprender la significación de lo que veía. Al fin, aquello penetró en mi alma, a la fuerza, triunfalmente. Se grabó a fuego en mi razón estremecida. ¡Una voz, una voz para hablar! ¡Oh horror! ¡Todos los horrores, menos ése! Con un grito, me aparté del brocal, y, escondido mi rostro entre las manos, lloré con amargura.</p>
<p style="text-align: justify;">El calor aumentaba rápidamente, y levanté una vez más los ojos, temblando en un acceso febril. En la celda habíase operado un segundo cambio, y ése efectuábase, evidentemente, en la forma. Como la primera vez, intenté inútilmente apreciar o comprender lo que sucedía. Pero no me dejaron mucho tiempo en la duda. La venganza de la Inquisición era rápida, y dos veces la había frustrado. No podía luchar por más tiempo con el rey del espanto. La celda había sido cuadrada. Ahora notaba que dos de sus ángulos de hierro eran agudos, y, por tanto, obtusos los otros dos. Con un gruñido, con un sordo gemido, aumentaba rápidamente el terrible contraste.</p>
<p style="text-align: justify;">En un momento, la estancia había convertido su forma en la de un rombo. Pero la transformación no se detuvo aquí. No deseaba ni esperaba que se parase. Hubiera llegado a los muros al rojo para aplicarlos contra mi pecho, como si fueran una vestidura de eterna paz. «¡La muerte! -me dije-. ¡Cualquier muerte, menos la del pozo!» ¡Insensato! ¿Cómo no pude comprender que el pozo era necesario, que aquel pozo único era la razón del hierro candente que me sitiaba? ¿Resistiría yo su calor? Y aun suponiendo que pudiera resistirlo, ¿podría sostenerme contra su presión?</p>
<p style="text-align: justify;">Y el rombo se aplastaba, se aplastaba, con una rapidez que no me dejaba tiempo para pensar. Su centro, colocado sobre la línea de mayor anchura, coincidía precisamente con el abismo abierto. Intenté retroceder, pero los muros, al unirse, me empujaban con una fuerza irresistible.</p>
<p style="text-align: justify;">Llegó, por último, un momento en que mi cuerpo, quemado y retorcido, apenas halló sitio para él, apenas ,hubo lugar para mis pies en el suelo de la prisión. No luché más, pero la agonía de mi alma se exteriorizó en un fuerte y prolongado grito de desesperación. Me di cuenta de que vacilaba sobre el brocal, y volví los ojos&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Pero he aquí un ruido de voces humanas. Una explosión, un huracán de trompetas, un poderoso rugido semejante al de mil truenos. Los muros de fuego echáronse hacia atrás precipitadamente. Un brazo alargado me cogió el mío, cuando, ya desfalleciente, me precipitaba en el abismo. Era el brazo del general Lasalle. Las tropas francesas habían entrado en Toledo. La Inquisición hallábase en poder de sus enemigos.</p>
<p style="text-align: justify;">Edgard Allan Poe</p>
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