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	<title>CUENTOS CRUELES &#187; Putadas y jugarretas</title>
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	<description>Cuentos para pensar. Cuentos de miedo. Relatos malvados. Historias malignas. Narrativa inteligente fuera de las normas morales.</description>
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		<title>LA LECCION DEL MAESTRO</title>
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		<pubDate>Sun, 02 May 2010 04:19:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Henry James]]></category>
		<category><![CDATA[Putadas y jugarretas]]></category>
		<category><![CDATA[Situaciones crueles]]></category>

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 Le habían dicho que las señoras estaban en la iglesia, pero supo que no era así por lo que vio desde lo alto de las escaleras ?descendían desde una gran altura en dos brazos, describiendo un círculo de un efecto encantador?, en el umbral de la puerta que, desde la larga y clara galería, dominaba [...]]]></description>
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<p><img class="alignleft size-full wp-image-24" style="margin: 5px; border: black 2px solid;" title="hjames" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/hjames.jpg" alt="hjames" width="374" height="522" /> Le habían dicho que las señoras estaban en la iglesia, pero supo que no era así por lo que vio desde lo alto de las escaleras ?descendían desde una gran altura en dos brazos, describiendo un círculo de un efecto encantador?, en el umbral de la puerta que, desde la larga y clara galería, dominaba el inmenso jardín. Tres caballeros, sobre la hierba, a cierta distancia, se hallaban sentados bajo los grandes árboles, mientras que la cuarta figura lucía un vestido rojo que destacaba como un «poco de color» entre el verde fresco e intenso. El sirviente había acompañado a Paul Overt hasta presentarle esta escena, después de preguntar si deseaba ir primero a su habitación. El joven declinó tal privilegio, consciente de no haber sufrido deterioro alguno con un viaje tan corto y fácil y siempre deseoso de adueñarse de inmediato, por su propia percepción, de un nuevo escenario. Permaneció allí un momento, con los ojos en el grupo y en el cuadro admirable: los amplios terrenos de una antigua casa de campo próxima a Londres ?eso sólo lo mejoraba?, un espléndido domingo de junio.</p>
<p> ?Pero, esa dama, ¿quién es? ?dijo al sirviente antes de que el hombre lo dejara.</p>
<p> ?Creo que es Mrs. St. George, señor.</p>
<p> ?Mrs. St. George, esposa del distinguido&#8230; ?entonces Paul Overt se detuvo, dudando si este servidor lo sabría.</p>
<p> ?Sí, señor&#8230; Probablemente, señor ?dijo su guía, que parecía querer indicar que un huésped de Summersoft sería, naturalmente, siquiera sólo por alianza, distinguido. Su tono, sin embargo, hizo que el pobre Overt apenas se sintiera así en ese momento.</p>
<p> ?¿Y los caballeros? ?prosiguió Overt.</p>
<p> ?Verá, señor, uno de ellos es el General Fancourt.</p>
<p> ?Ah, sí, lo sé; gracias ?el General Fancourt era distinguido, no había duda de ello, por algo que había hecho, o incluso quizá que no había hecho ?el joven no recordaba cuál de las dos cosas? unos años antes en la India. El sirviente se marchó, dejando las puertas de cristal abiertas hacia la galería, y Paul Overt se quedó de pie en el nacimiento de la amplia escalera doble, diciéndose que el lugar era bonito y prometía una estancia agradable, mientras se apoyaba en la vieja barandilla de hierro finamente trabajada, que, al igual que el resto de los detalles, era del mismo período que la casa. Todo estaba acorde y hablaba al unísono, con una voz única: una rica voz inglesa de comienzos del siglo XVIII. Podía haber sido la hora de ir a la iglesia de un día de verano en el reinado de la reina Ana; la quietud era demasiado perfecta para ser moderna, la cercanía contaba como distancia, y había algo muy fresco y seguro en la originalidad de la casa grande y uniforme, en la superficie de los preciosos ladrillos más rosados que rojos y que habían sido despejados de desaliñadas plantas trepadoras, según la ley por la que una mujer de cutis poco común desdeña un velo. Cuando Paul Overt se dio cuenta de que los que estaban bajo los árboles habían advertido su presencia, dio media vuelta y por las puertas abiertas penetró en la gran galería que era el orgullo del lugar. Cruzaba de lado a lado y, con sus colores intensos, las altas ventanas, las zarazas de flores desvaídas, los retratos y cuadros de fácil reconocimiento, la porcelana azul y blanca de las vitrinas y las guirnaldas y rosetones sutiles del techo, parecía una alegre avenida tapizada que llevara al otro siglo.</p>
<p> Nuestro amigo se sentía ligeramente nervioso; eso estaba acorde con su carácter de estudioso de la bella prosa, acorde con la disposición general del artista para vibrar; y había una particular emoción en la idea de que Henry St. George pudiera ser un miembro del grupo. Para el joven aspirante había seguido siendo una elevada figura literaria, a pesar del menor nivel de producción al que había descendido tras sus tres primeros grandes éxitos, de la relativa ausencia de calidad en su obra posterior. Había habido momentos en que Paul Overt casi había derramado lágrimas por ello; pero ahora que se encontraba cerca de él ?nunca lo había visto? sólo tenía conciencia de la hermosa fuente original y de su propia e inmensa deuda. Tras haber recorrido la galería una o dos veces, volvió a salir y descendió por la escalera. Se hallaba apenas provisto de cierta osadía social ?era una verdadera debilidad en él? de modo que, consciente de su falta de familiaridad con las cuatro personas distantes, dio paso a unos movimientos recomendados por el hecho de no haberse visto comprometido a un claro acercamiento. Había en eso una exquisita rigidez inglesa: él también la sintió mientras seguía un curso vago y oblicuo por el césped, tomando un rumbo independiente. Por fortuna había una claridad inglesa igualmente exquisita en la manera en que uno de los caballeros se levantó y se dispuso como a «acecharlo», si bien con aire conciliador y de afianzamiento. Paul Overt respondió de inmediato a tal gesto, aunque el caballero no fuera su anfitrión. Era alto, erguido y mayor y, como la gran casa misma, tenía una cara sonriente y rosada, y, además, un bigote blanco. Nuestro joven le salió al encuentro mientras el hombre decía sonriendo:</p>
<p> ?Eh&#8230; Lady Watermouth nos dijo que usted venía; me pidió que sólo lo cuidara ?Paul Overt le dio las gracias, con lo que le resultó grato al momento, y se volvió con él para dirigirse hacia los otros?. Todos se han ido a la iglesia&#8230; todos menos nosotros ?continuó el extraño mientras andaban?; estamos ahí sentados, es un lugar tan alegre. ?Overt declaró que era alegre en verdad: era un lugar encantador. Comentó que estaba sintiendo tan agradable impresión por primera vez.</p>
<p> ?Ah, ¿no había estado aquí nunca? ?dijo su acompañante?. Es un bonito rincón, no hay mucho que <em>hacer</em>, ¿sabe? ?Overt se preguntó qué era lo que quería «hacer»; a él, en particular, le parecía estar haciendo tanto. Cuando llegaron a donde se hallaban los demás, ya había reconocido a su iniciador como a un militar y ?así trabajaba la imaginación de Overt? lo había encontrado aún más simpático. Tendría una necesidad natural de acción, de hechos que desentonaran con la pacífica escena pastoril. Sin embargo, tenía evidentemente tan buen carácter, que aceptaba por lo que valía una ocasión tan desprovista de gloria. Paul Overt la compartió con él y sus acompañantes durante los veinte minutos siguientes; esas personas lo miraron y él las miró sin saber muy bien quiénes eran, mientras la convesación continuaba sin que ni siquiera supiera qué significaba. La verdad es que parecía no significar nada en particular; transcurría, con pausas intrascendentes sin sentido y cortos vuelos terrestres, entre nombres de personas y lugares, nombres que, para nuestro amigo, no tenían gran poder de evocación. Todo era sociable y lento, lo propio y natural de una cálida mañana de domingo.</p>
<p> Dedicó su primera atención a la pregunta, planteada para sí mismo, de si uno de los dos hombres más jóvenes sería Henry St. George. Conocía a muchos de sus distinguidos contemporáneos a través de sus fotos, pero nunca, como solía ocurrir, había visto un retrato del gran novelista descarriado. Era inimaginable de uno de los caballeros: demasiado joven; y el otro apenas parecía lo bastante inteligente, con unos ojos tan mansos y poco discernidores. Si esos ojos fueran los de St. George, el problema que plantearían los elementos inarmónicos de su genio sería aún más difícil de resolver. Además, el comportamiento de su dueño no era, respecto a la dama del vestido rojo, el que pudiera ser natural hacia la esposa de su corazón, incluso para un escritor acusado por varios críticos de sacrificar demasiado a la forma. Por último, Paul Overt tuvo la vaga sensación de que, si el caballero de ojos inexpresivos fuera el dueño del nombre que había hecho que su corazón latiera más de prisa (también tenía unas convencionales y contradictorias patillas; el joven admirador de la celebridad nunca se había forjado la visión mental de la cara <em>de él</em> en marco tan vulgar), le habría hecho una señal de reconocimiento o de cordialidad, habría oído hablar un poco de él, sabría algo de <em>Ginistrella</em>, se habría percatado de cómo esa nueva obra había llamado la atención de la verdadera crítica. Paul Overt tenía miedo de ser demasiado orgulloso, pero incluso una modestia mórbida podría considerar la autoría de <em>Ginistrella</em> como un grado de identidad. Su soldadesco amigo dio las explicaciones necesarias: él era «Fancourt», pero también era «el General», y en unos pocos instantes comunicó al nuevo visitante que acababa de regresar después de veinte años de servicio en el extranjero.</p>
<p> ?¿Y se queda ahora en Inglaterra? ?preguntó el joven.</p>
<p> ?Oh, sí; he comprado una pequeña casa en Londres.</p>
<p> ?Espero que le guste ?dijo Overt mirando a Mrs. St. George.</p>
<p> ?Una casita en Manchester Square&#8230; el entusiasmo que <em>eso</em> inspira tiene un límite.</p>
<p> ?Me refería a estar en Inglaterra otra vez, a estar de vuelta en Piccadilly.</p>
<p> ?A mi hija le gusta Piccadilly, eso es lo principal. Es muy aficionada al arte, la música y la literatura y a todo ese tipo de cosas. Lo echaba de menos en la India y lo encuentra en Londres, o espera encontrarlo. Mr. St. George ha prometido ayudarla, ha sido amabilísimo con ella. Ha ido a la iglesia, también es aficionada a eso, pero todos estarán de vuelta dentro de un cuarto de hora. Debe permitirme que se la presente, se alegrará tanto de conocerlo. Es posible que haya leído cada bendita palabra que ha escrito usted.</p>
<p> ?Estaré encantado, no he escrito tantas ?suplicó, sintiendo, sin resentimiento, que el General, al menos, era la vaguedad misma a ese respecto. Pero le extrañaba un poco que, expresando esa cordial disposición, no se le ocurriera al sin duda eminente soldado pronunciar la palabra que lo pusiera en relación con Mrs. St. George. Si era cuestión de presentaciones, Miss Fancourt ?al parecer aún soltera? se encontraba lejos, mientras que la esposa de su ilustre <em>confrère</em> se hallaba casi entre ellos. A Paul Overt esta dama le pareció bella en conjunto, con una sorprendente juventud y una suprema elegancia de aspecto, algo que ?difícilmente podría explicar por qué? provocaba desconcierto. Desde luego, Saint George tenía todo el derecho a poseer una esposa encantadora, pero él mismo no habría imaginado nunca a la importante mujercita del agresivo vestido parisino como a la compañera de por vida, el <em>alter ego</em>, de un hombre de letras. En general, esa compañera, lo sabía, ese segundo yo, distaba mucho de presentarse a sí misma como un tipo sencillo: la observación le había enseñado que no era inveterada ni necesariamente simple. Nunca la había visto dar más la impresión de que su prosperidad tenía cimientos más profundos que una mesa manchada de tinta y cubierta de pruebas de imprenta. Mrs. St. George podría haber sido la mujer de un señor que más que escribir libros los «llevara», que anduviera con grandes negocios en la City y cerrara tratos mejores de los que generalmente cierran con sus agentes los poetas. Con esto, ella daba a entender un éxito más personal, un éxito que de manera peculiar marcaba la era en que la sociedad, el mundo de la conversación, es un gran salón con la City por antesala. Al principio Overt le calculó unos treinta años, y terminó por creer que podría estar acercándose a los cincuenta. Pero en este caso la mujer hacía desaparecer de alguna manera el exceso y la diferencia, que podían vislumbrarse sólo rara vez, tal como el conejo en la manga del mago. Era extraordinariamente blanca, y cada uno de sus rasgos y detalles era bello; los ojos, las orejas, el cabello, la voz, las manos, los pies ?a los que su postura informal en la silla de mimbre brindaba lugar destacado? y las numerosas cintas y chucherías de que se hallaba engalanada. Daba la impresión de que se había puesto su mejor vestido para ir a la iglesia y después había decidido que era demasiado bueno para eso y se había quedado en casa. Contó una historia de cierta extensión sobre la ruín manera en que Lady Jane había tratado a la duquesa, y también una anécdota en relación con una compra que había hecho en París, a su regreso de Cannes; la había hecho para Lady Egbert, quien no llegó a devolver el dinero. Paul Overt sospechó de ella una tendencia a imaginarse gente importante más grande que la vida, hasta que advirtió la manera en que manejaba a Lady Egbert, con una rebeldía tan acentuada que lo tranquilizó. Creía que habría podido comprenderla mejor si hubiera logrado encontrar sus ojos; pero ella apenas llegó a mirarlo.</p>
<p> ?¡Ah, aquí vienen&#8230; los buenos! ?dijo por fin; y Paul Overt admiró desde su lugar el regreso de los fieles, varias personas, en grupos de dos y tres, que avanzaban entre un fluctuar de luz y sombra, al final de la gran avenida verde que formaban el césped cortado y un túnel de ramas.</p>
<p> ?Si con eso quiere dar a entender que <em>nosotros</em> somos malos, protesto ?dijo uno de los caballeros?, ¡después de haber estado uno haciéndose el simpático toda la mañana!</p>
<p> ?Ah, ¡si es que los demás lo han encontrado simpático..! ?exclamó alegremente Mrs. St. George?. Pero si nosotros somos buenos, los otros lo son más.</p>
<p> ?Entonces deben ser unos ángeles ?dijo el General, divertido.</p>
<p> ?Su marido fue un ángel, hay que ver cómo se marchó cuando usted se lo ordenó ?declaró a Mrs. St. George el caballero que había hablado primero.</p>
<p> ?¿Que se lo ordené?</p>
<p> ?¿No lo hizo ir a la iglesia?</p>
<p> ?En mi vida le he ordenado que haga nada excepto una vez, cuando lo hice quemar un mal libro. ¡Eso es todo!</p>
<p> Con su «eso es todo» nuestro joven amigo estalló en una risa incontenible; sólo duró un segundo, pero atrajo los ojos de ella. Él los sostuvo, mas no el tiempo suficiente para ayudarlo a entenderla mejor; a no ser que supusiera un paso adelante el comprender al momento que el libro quemado ?¡de qué manera aludió a él!? había sido una de las mejores cosas de su marido.</p>
<p> ?¿Un mal libro? ?repitió su interlocutor.</p>
<p> ?No me gustaba. Fue a la iglesia porque iba su hija ?dijo al General?. Considero mi deber llamar su atención hacia las extraordinarias atenciones que tiene para con su hija.</p>
<p> ?Si a usted no le importa, a mí tampoco ?rió el General.</p>
<p> ?<em>Il is&#8217;attache à ses pas</em>. Pero no me extraña, es encantadora.</p>
<p> ?¡Espero que ella no lo obligue a quemar ningún libro! ?se aventuró a exclamar Paul Overt.</p>
<p> ?Sería más oportuno que lo hiciera escribir alguno ?dijo Mrs. St. George?. ¡Ha estado tan vago últimamente&#8230;!</p>
<p> Nuestro joven le clavó la mirada: lo impresionaba la fraseología de la dama. Su «escribir alguno» le pareció casi tan bueno como su «eso es todo». ¿Es que no sabía, como mujer de un artista poco común, lo que costaba producir <em>una</em> obra de arte perfecta? En su interior estaba convencido de que, por muy admirablemente que escribiera Henry St. George, durante los últimos diez años, en especial los últimos cinco, había escrito demasiado, y hubo un instante en el que sintió la exigencia interior de hacer esto público. Pero antes de que hablara, el regreso de los que se habían ausentado produjo una desviación. Se acercaron de manera dispersa ?eran ocho o diez? y el círculo de debajo de los árboles se reorganizó cuando se instalaron en él. Lo hicieron mucho mayor, y Paul Overt sintió ?siempre estaba sintiendo ese tipo de cosas, como se decía a sí mismo? que si ya había resultado interesante observar a los demás, ahora el interés se intensificaría. Estrechó la mano de su anfitriona, quien le dio la bienvenida sin muchas palabras, al estilo de una mujer capaz de confiar en que él entendería, y consciente de que una ocasión tan agradable habla por sí misma en todos los sentidos. Ella no le ofreció ninguna facilidad especial para que se pusiera a su lado, y cuando todos se hubieron acomodado de nuevo, se encontró aún junto al General Fancourt, y con una dama desconocida al otro lado.</p>
<p> ?Esa es mi hija, ésa de enfrente ?dijo el General sin pérdida de tiempo. Overt vio a una chica alta, de magnífico pelo rojizo, con un vestido de un bello tono verde grisáceo y una sedosa caída, una prenda que claramente eludía todo efecto moderno. Por tanto, tenía en cierto modo el sello de la última novedad, y nuestro observador no tardó en considerar a la joven como a una persona contemporánea.</p>
<p> ?Es muy hermosa, muy hermosa ?repitió mientras la estudiaba. Había algo noble en su cabeza, y ofrecía un aspecto fresco y fuerte.</p>
<p> Su buen padre la observó con complacencia, comentando en seguida:</p>
<p> ?Da la impresión de estar acalorada&#8230; eso es el paseo. Pero pronto se recuperará. Entonces haré que se acerque y hable con usted.</p>
<p> ?Sentiría causarle esa molestia. Si usted me llevara <em>allí</em>. ?murmuró el joven.</p>
<p> ?Mi querido señor, ¿supone usted que eso me molestaría? No lo digo por usted, sino por Marian ?añadió el General.</p>
<p> ?<em>Yo</em> me tomaría la molestia por ella al instante ?replicó Overt; después de lo cual continuó?: ¿Será tan amable de decirme cuál de esos caballeros es Henry St. George?</p>
<p> ?El tipo que está hablando con mi hija. Caramba, está flirteando con ella. Se van a dar otro paseo.</p>
<p> ?Ah, ¿es ése, de verdad? ?nuestro amigo sintió cierta sorpresa, pues el personaje que había ante él parecía turbar una visión que había sido vaga sólo por no estar enfrentada con la realidad. En cuanto la realidad se hizo patente, la imagen mental, retirándose con un suspiro, se hizo lo bastante sustancial como para sufrir un leve agravio. Overt, que había pasado una parte considerable de su corta vida en el extranjero, hizo ahora, mas no por vez primera, la reflexión de que, mientras que en esos países casi siempre había reconocido al artista y al hombre de letras por su «tipo» personal, la forma de su cara, el carácter de su cabeza, la expresión de su figura, e incluso los indicios que presentaba su ropa, en Inglaterra esta identificación era lo menos lógica posible gracias a la mayor conformidad, al hábito de hundir la profesión en lugar de anunciarla, a la difusión general del aire del caballero, del caballero que no se declara a favor de un tipo especial de ideas. Más de una vez, al volver a su país, se había dicho con respecto a la gente que había conocido en sociedad: «Se los ve en este y ese lugar, e incluso se habla con ellos; pero para averiguar lo que <em>hacen</em> habría que ser detective.» Con respecto a varios individuos por cuyo trabajo sentía lo contrario de una «atracción» ?quizá se equivocaba? se encontró añadiendo: «No me extraña que lo oculten&#8230; cuando es tan malo.» Notó que con más frecuencia que en Francia y Alemania su artista parecía un caballero ?es decir, un caballero inglés? mientras que, por supuesto con algunas excepciones, su caballero no parecía un artista. St. George no era una de las excepciones; esa circunstancia la percibió con certeza antes de que el gran hombre se diera vuelta para alejarse con Miss Fancourt. Desde luego tenía mejor aspecto por detrás que cualquier hombre de letras extranjero, se mostraba bellamente correcto con su chistera negra y su levita de calidad superior. En cierto modo, no obstante, esas mismas prendas ?no le hubieran importado tanto en un día laborable? a Paul Overt le resultaban desconcertantes, y olvidó por el momento que el cabeza de la profesión no estaba vestido ni un poco mejor que él. Había vislumbrado una cara regular, un color fresco, un bigote castaño, y un par de ojos a los que seguramente nunca había visitado el frenesí, y se prometió a sí mismo que estudiaría estas señales en la primera ocasión. La impresión superficial que recibió fue que su propietario podría haber pasado por un caballero que se dirigiera con rumbo este cada mañana desde las salubres afueras, en un elegante <em>dog?car</em>. Ello confirmaba la impresión que ya había producido su esposa. La mirada de Paul, tras un momento, volvió a dirigirse a esta dama, y vio que la de ella había seguido a su marido mientras se alejaba con Miss Fancourt. Overt se permitió preguntarse un poco si sentía celos cuando otra mujer se lo llevaba. Entonces vio que Mrs. St. George no estaba observando a la indiferente doncella. Sus ojos descansaban sólo en su marido, y con una serenidad inequívoca. Así quería ella que fuera él, le gustaba su uniforme convencional. Overt deseó saber más cosas del libro que ella le había inducido a destruir.</p>
<p> </p>
<p><strong>                                                                                                       2</strong></p>
<p> </p>
<p> Cuando salían todos de comer, el General Fancourt lo agarró con un «Oiga, ¡quiero que conozca a mi chica!», como si acabara de ocurrírsele la idea y no hubiese hablado antes de eso. Con la otra mano se apoderó paternalmente de la joven.</p>
<p> ?Lo sabes todo de él. Te he visto con sus libros. Ella lo lee todo&#8230; ¡todo! ?continuó diciendo a Paul. La muchacha le sonrió y después se rió con su padre. El General se alejó y su hija habló:</p>
<p> ?¿No es delicioso, papá?</p>
<p> ?Lo es, sin duda, Miss Fancourt.</p>
<p> ?¡Como si lo leyera a usted, porque lo leo «todo»!</p>
<p> ?No lo decía por eso ?dijo Paul Overt?. Me gustó desde el momento en que empezó a ser amable conmigo. Luego me prometió este privilegio.</p>
<p> ?No lo quiere decir por usted, sino por mí. Si usted se imagina que alguna vez piensa en algo que no sea yo, está en un error. Me presenta a todo el mundo. Me cree insaciable.</p>
<p> ?Habla usted exactamente igual que él ?rió nuestro joven.</p>
<p> ?Ah, pero a veces es porque quiero ?y la muchacha se ruborizó?. No lo leo todo, leo muy poco. Pero lo <em>he leído</em> a usted.</p>
<p> ?¿Le parece que entremos en la galería? ?dijo Paul Overt.</p>
<p> Ella lo complacía enormemente, no tanto por su último comentario ?aunque por supuesto eso no era demasiado desconcertante?, como porque, sentada frente a él durante el almuerzo, le había ofrecido durante media hora la impresión de su bella cara. Con esto había llegado algo más, una sensación de generosidad, de un entusiasmo que, al contrario que muchos entusiasmos, no era todo ademán. Eso, para él, no se vio arruinado al comprobar que la comida la había puesto de nuevo en familiar contacto con Henry St. George. Sentado al lado de ella, el hombre célebre se encontraba también frente a nuestro joven, quien había podido advertir que multiplicaba las atenciones poco antes señaladas por su esposa al General. Paul Overt también había llegado a la conclusión de que la dama no estaba desconcertada en lo más mínimo por estos fervorosos excesos y de que daba muestras de poseer un espíritu despejado. Tenía a Lord Masham a un lado y al otro al experto Mr. Mulliner, director de un nuevo y enérgico periódico vespertino de clase alta, que se esperaba que cubriese la necesidad, sentida en los círculos cada vez más conscientes, de que el conservadurismo debía hacerse divertido, y no convencidos cuando los de otro color político aseguraban que ya lo era bastante. Al cabo de una hora transcurrida en su compañía, Paul Overt la consideró aún más hermosa que en la primera irradiación, y si sus profanas alusiones al trabajo de su marido no hubieran seguido resonando en sus oídos, ella le habría gustado&#8230; siempre y cuando eso pudiera suceder con una mujer con quien no había hablado todavía y con quien probablemente no hablaría nunca, si de ella dependiera. Las mujeres lindas constituían una clara necesidad para este genio y por el momento era Miss Fancourt quien la cubría. Si Overt se había prometido un examen más detallado, la ocasión era ahora óptima, y produjo consecuencias que el joven consideró importantes. Vio más cosas en la cara de St. George, que le gustaron más por no haber revelado la historia completa en los tres primeros minutos. Esa historia iba manifestándose a medida que uno leía, en cortas entregas ?el que las analogías de uno fueran en cierto modo profesionales era excusable? el texto era de un estilo considerablemente enrevesado, con un lenguaje difícil de interpretar sobre la marcha. Había en él matices de significado y una vaga perspectiva histórica, que retrocedía cuando uno avanzaba. Paul Overt había prestado atención a dos hechos en particular. El primero de ellos era que le gustaba mucho más la máscara mesurada en inescrutable reposo que en agitación social; su sonrisa casi convulsiva era lo que más le desagradaba (todo lo que podía desagradarle era cualquier impresión derivada de esa fuente), mientras que la cara tranquila tenía un encanto que aumentaba a medida que la quietud volvía a aposentarse. El cambio a la expresión de alegría, observó, provocaba en gran medida la íntima protesta de una persona que se encuentra en la penumbra cuando traen una lámpara demasiado pronto. Su segunda reflexión fue que, aunque en general sentía aversión hacia el uso flagrante de artes zalameras por parte de un hombre de edad al «cortejar» a una linda chica, en este caso no le resultaba demasiado doloroso: lo cual parecía demostrar o bien que St. George tenía mano o el aspecto de ser más joven de lo que era, o bien que en cierto modo la actitud de Miss Fancourt lo enmendaba todo.</p>
<p> Overt entró con ella en la galería y la recorrieron hasta el final, mirando los cuadros, las vitrinas, el panorama encantador que armonizaba con la perspectiva de una tarde de verano, asemejándose a ella por su larga claridad, con grandes divanes y sillas antiguas, que representaban horas de descanso. Un lugar así tenía, por añadidura, el mérito de ofrecer a los que en él entraban mucho de que hablar. Miss Fancourt se sentó con su nuevo conocido en un sofá floreado, cuyos almohadones, muy numerosos, eran antiguos cubos apretados de distintos tamaños, y dijo al poco tiempo:</p>
<p> ?Me alegro mucho de tener la ocasión de darle las gracias.</p>
<p> ?¿De darme las gracias? ?tuvo que preguntar.</p>
<p> ?Su libro me gustó mucho. Lo considero espléndido.</p>
<p> Estaba allí, sentada, sonriéndole, y él no llegó a preguntarle a qué libro se refería; porque después de todo había escrito tres o cuatro. Eso parecía un detalle vulgar, y ni siquiera se sintió gratificado con la idea del placer que ella le dijo ?su cara bella y luminosa se lo dijo? que le había proporcionado. El sentimiento que ella inspiraba, o en cualquier caso el que provocaba, era algo mayor, algo que poco tenía que ver con cualquier latido acelerado de la propia vanidad de él. Era una sensible admiración por la vida que ella encarnaba, cuya pureza juvenil y opulencia parecían querer decir que el éxito verdadero había de parecerse a eso, vivir, florecer, presentar la perfección de un tipo exquisito, no haber creado a martillazos fantasías punzantes, con la espalda encorvada sobre una mesa sucia de tinta. Mientras descansaban en él sus ojos verdes ?estaban bien separados y el arreglo de sus cabellos de tan hermoso color, tan espesos que se aventuraban a ser suaves, describía sobre ellos un arco grácil?, casi se sintió avergonzado de ese ejercicio de la pluma que ella se inclinaba a elogiar en ese momento. Era consciente de que le hubiera gustado más complacerla de alguna otra manera. Las arrugas de su cara eran las de una mujer adulta, pero la niña permanecía en el cutis y en la dulzura de la boca. Por encima de todo era natural, eso ahora resultaba indudable; más natural de lo que al principio había supuesto, quizás debido a su ropa bonita, que era convencionalmente poco convencional y sugería lo que él podría haber llamado una espontaneidad tortuosa. Había temido ese tipo de cosas en otras ocasiones, y sus temores habían sido justificados; ya que, aun siendo en esencia un artista, la moderna ninfa reaccionaria, con las zarzas del bosque prendidas de sus pliegues y el aspecto de que los sátiros habían estado jugando con su pelo, lo hacía encogerse, no como un hombre de almidón y charol, sino como un hombre que en potencia fuera un poeta, o incluso un fauno. La muchacha era realmente más franca que su vestido, y la mejor prueba de ello era que supusiese que a su carácter liberal le sentaba bien cualquier uniforme. Eso era una falacia, puesto que estaba seguro de que aunque estuviera vestida de pesimista le gustaba el sabor de la vida. Overt le agradeció su apreciación, consciente al mismo tiempo de que no parecía agradecérselo lo suficiente y de que ella podría considerarlo ingrato. Tenía miedo de que le pidiera que le explicara algo de lo que había escrito, y siempre se estremecía ante eso ?quizás con demasiada timidez?, porque en sus oídos la explicación de una obra de arte sonaba fatua. Pero ella le gustaba tanto que estaba seguro de que al final sería capaz de demostrarle que no era groseramente evasivo. Además, seguro que no se ofendía fácilmente, no era irritable; se podía confiar en que esperaría. De modo que cuando él le dijo, «Ah, no hable de lo que he hecho, no hable de eso <em>aquí</em>, ¡hay otro hombre en la casa que es la actualidad&#8230;!», cuando formuló esta corta y sincera protesta, lo hizo con la intención de que ella no viera en esas palabras ni humildad fingida ni la impaciencia de un hombre de éxito que se aburre con la lisonja.</p>
<p> ?Usted se refiere a Mr. St. George&#8230; ¿no es encantador?</p>
<p> Paul Overt encontró sus ojos, los cuales tenían una luz de mañana fresca, que le habrían medio roto el corazón si no hubiera sido tan joven.</p>
<p> ?Me temo que no lo conozco. Sólo lo admiro a distancia.</p>
<p> ?<em>Tiene</em> que conocerlo, desea tanto hablar con usted ?respondió Miss Fancourt, quien evidentemente tenía la costumbre de decir las cosas que, según sus rápidos cálculos, complacerían a la gente. Paul se dio cuenta de que sus cálculos siempre se basarían en el supuesto de que todo era sencillo entre los demás.</p>
<p> ?No me habría imaginado que supiera nada de mí ?declaró.</p>
<p> ?Pues lo sabe&#8230; todo. Y si no lo supiera podría decírselo yo.</p>
<p> ?¿Decirle todo? ?sonrió nuestro amigo.</p>
<p> ?¡Habla usted como la gente de sus libros! ?respondió ella.</p>
<p> ?Entonces deben hablar todos igual.</p>
<p> Se quedó pensando un momento, ni una pizca desconcertada.</p>
<p> ?Debe ser tan difícil. Mr. St. George me dice que lo <em>es</em>&#8230; terrible. Yo también lo intenté&#8230; y lo encuentro así. Intenté escribir una novela.</p>
<p> ?Mr. St. George no debiera desanimarla ?llegó a decir Paul.</p>
<p> ?Usted hace mucho más&#8230; adoptando esa expresión.</p>
<p> ?Pero, después de todo, ¿por qué intentar ser artista? ?prosiguió el joven?. Es tan pobre&#8230; ¡tan pobre!</p>
<p> ?No sé qué quiere decir ?dijo Miss Fancourt, que tenía aspecto grave.</p>
<p> ?En comparación con ser una persona de acción, con vivir las propias obras.</p>
<p> ?Pero, ¿qué es el arte sino una vida intensa&#8230;, si fuera real? ?preguntó ella?. Creo que es la única, ¡todo lo demás es tan tosco! ?su compañero se rió y ella expresó con su encantadora serenidad lo que se le ocurrió a continuación?. Es muy interesante conocer a tanta gente célebre.</p>
<p> ?Eso creería&#8230; pero seguro que eso no es nuevo para usted.</p>
<p> ?Pero si nunca he visto a nadie, a nadie: viviendo siempre en Asia.</p>
<p> La manera en que hablaba de Asia de algún modo lo hechizaba.</p>
<p> ?Pero, ¿no está ese continente plagado de grandes figuras? ¿No ha administrado usted provincias en la India y ha encadenado a su coche a rajás cautivos y a príncipes tributarios?</p>
<p> Era como si ni siquiera le importase a ella que él <em>quisiera</em> divertirse a su costa.</p>
<p> ?Fui allá con mi padre, al salir del colegio. Fue delicioso estar con él; él y yo estamos solos en el mundo&#8230;, pero no existía la sociedad que a mí más me gusta. Nunca se oía hablar de un cuadro, nunca de un libro, excepto de los malos.</p>
<p> ?¡Nunca de un cuadro! Pero, ¿no era toda la vida un cuadro?</p>
<p> Abarcó con la mirada el delicioso lugar donde estaban sentados.</p>
<p> ?Nada que pueda compararse con esto. ¡Adoro Inglaterra!</p>
<p> Ello hizo que vibrara en él la cuerda sagrada.</p>
<p> ?No niego, por supuesto, que tengamos que hacer algo con ella, la pobre, ya.</p>
<p> ?La verdad es que todavía no ha sido tocada ?dijo la muchacha.</p>
<p> ?¿Dijo eso Mr. St. George?</p>
<p> Había en su pregunta, como él sintió, una pequeña e inocente chispa de ironía; a la que, no obstante, contestó ella de manera muy sencilla, sin advertir la insinuación.</p>
<p> ?Sí, dice que Inglaterra no ha sido tocada&#8230; considerando todo lo que hay ?continuó con vehemencia?. Está tan interesado en nuestro país. El escucharlo hace que uno quiera hacer algo.</p>
<p> ?Haría que <em>yo</em> lo quisiera ?dijo Paul Overt, sintiendo con fuerza, en ese instante, la sugestión de lo que ella había dicho y la emotividad con que lo había dicho, y bien consciente del incentivo que, en labios de St. George, podrían ser tales palabras.</p>
<p> ?Usted&#8230; ¡como si no lo hubiese deseado! Me gustaría tanto oírlos hablar ?añadió ardientemente.</p>
<p> ?Eso es muy cordial de su parte; pero todo sería a su manera. Estoy postrado ante él.</p>
<p> Ella tenía un aire serio.</p>
<p> ?¿Cree entonces que es tan perfecto?</p>
<p> ?Nada más lejos de eso. Algunos de sus libros me parecen de una excentricidad&#8230;</p>
<p> ?Sí sí&#8230; él lo sabe.</p>
<p> Paul Overt la miró fijamente.</p>
<p> ?¿Que me parecen excéntricos&#8230;?</p>
<p> ?Pues sí, o en cualquier caso que no son lo que debieran ser. Me dijo que no los estimaba. Me ha dicho unas cosas maravillosas&#8230; es tan interesante.</p>
<p> Para Paul Overt supuso cierta conmoción enterarse de que el genio exquisito del que estaban hablando había sido reducido a una confesión tan explícita y que la había hecho, en su miseria, al primero en llegar; porque aunque Miss Fancourt era encantadora, ¿qué era, después de todo, sino una muchacha inmadura encontrada en una casa de campo? Sin embargo, éste era precisamente parte del sentimiento que él mismo acababa de expresar; disculparía al pobre gran hombre pecable no porque no comprendiera sus escritos, sino, en suma, porque lo hacía. Su consideración se componía a medias de ternura por superficialidades a las que estaba seguro que juzgaba en privado quien las perpetraba, las juzgaba más ferozmente que nadie, y que representaban algún trágico secreto intelectual. Tendría sus razones para su psicología <em>à fleur de peau</em>, y estas razones sólo podían ser crueles, del tipo que lo harían más querido de los que ya le tenían afecto.</p>
<p> ?Usted provoca mi envidia. Tengo mis reservas, discrimino&#8230; pero lo quiero ?dijo Paul en un momento?. Y verlo por primera vez de esta manera es para mí un gran acontecimiento.</p>
<p> ?¡Qué trascendental&#8230; qué magnífico! ?exclamó la muchacha?. ¡Qué delicioso reunirlos!</p>
<p> ?Que sea obra de <em>usted</em>&#8230; lo hace perfecto ?respondió nuestro amigo.</p>
<p> ?Él está tan impaciente como usted ?prosiguió ella?. Pero es tan extraño que no se hayan conocido&#8230;</p>
<p> ?En realidad no es tan extraño como le parece. He salido mucho de Inglaterra, he estado ausente repetidas veces estos últimos años.</p>
<p> Ella acogió esto con interés.</p>
<p> ?Y, sin embargo, escribe usted de ella como si estuviera siempre aquí.</p>
<p> ?Quizás sea precisamente por estar fuera. En cualquier caso, sospecho que los mejores pasajes son los que fueron escritos en lugares horribles del extranjero.</p>
<p> ?¿Y por qué eran horribles?</p>
<p> ?Porque eran lugares de reposo&#8230; donde mi pobre madre moría.</p>
<p> ?¿Su pobre madre? ?era toda un dulce interrogante.</p>
<p> ?Ibamos de sitio en sitio para que ella se mejorara. Pero no mejoró. A la espantosa Riviera (¡la odio!), a los altos Alpes, a Argel, y muy lejos ?un viaje horrible?, a Colorado.</p>
<p> ?¿Y no está mejor? ?continuó Miss Fancourt.</p>
<p> ?Murió hace un año.</p>
<p> ?¿De verdad? ¡Como la mía! Sólo que de eso hace años. Algún día debe hablarme de su madre ?añadió.</p>
<p> Ante esas palabras, en un primer momento, sólo pudo mirarla.</p>
<p> ?¡Qué cosas tan bien dichas! Si dice cosas así a St. George no me extraña que sea su esclavo.</p>
<p> Esto la detuvo un momento.</p>
<p> ?No sé a qué se refiere. Él no hace ni discursos ni declaraciones, no es ridículo.</p>
<p> ?Entonces me temo que usted considera que yo lo soy.</p>
<p> ?No; no es así ?lo dijo bastante secamente. Y a continuación añadió?: Él comprende&#8230; lo comprende todo.</p>
<p> El joven estaba a punto de decir jocosamente: «Y yo no, ¿no es eso?», pero estas palabras fueron cambiadas, a tiempo, por otras ligeramente menos triviales.</p>
<p> ?¿Supone usted que comprende a su esposa?</p>
<p> Miss Fancourt no dio una respuesta directa, sino que tras un momento de duda, dijo:</p>
<p> ?¿No es encantadora?</p>
<p> ?¡Qué va!</p>
<p> ?Aquí viene. Ahora tiene que conocerlo ?continuó?. Un pequeño grupo de huéspedes se había reunido en el otro extremo de la galería y habían sido allí sobrepasados por Henry St. George, quien entró desde una habitación contigua. Durante un momento se quedó cerca de ellos sin entrar en la conversación, y de una mesa tomó una antigua miniatura y la observó vagamente. Al cabo de un minuto advirtió la presencia de Miss Fancourt y su acompañante a cierta distancia, ante lo cual, depositando la miniatura, se aproximó a ellos con la misma actitud indecisa, las manos en los bolsillos y volviendo los ojos, de izquierda a derecha, hacia los cuadros. La galería era tan larga que ese recorrido llevó algún tiempo, especialmente porque hubo un momento en que se detuvo a admirar el excelente Gainsborough.</p>
<p> ?Dice que su éxito ha sido obra de Mrs. St. George ?continuó la muchacha en voz ligeramente más baja.</p>
<p> ?¡Ah, qué oscuro suele ser! ?rió Paul.</p>
<p> ?¿Oscuro? ?repitió ella como si lo oyera por vez primera. Sus ojos se posaron en su otro amigo, y a Paul no le pasó desapercibida la impresión que daban de enviar grandes haces de ternura?. ¡Va a hablar con nosotros! ?musitó emocionada. Había cierto embeleso en su voz y nuestro amigo se sobrecogió. «Cielo santo, ¿le importa él de <em>tal</em> modo?&#8230;, ¿está enamorada de él? se preguntó mentalmente.</p>
<p> ?¿No le dije que estaba impaciente? ?le había preguntado ella mientras tanto.</p>
<p> ?Es una impaciencia disimulada ?respondió el joven mientras el objeto de su observación permanecía ante el Gainsborough?. Se dirige hacia nosotros tímidamente. ¿Quiere él decir que su mujer lo salvó quemando ese libro?</p>
<p> ?¿Ese libro? ¿qué libro quemó? ?la muchacha volvió rápidamente la cara hacia él.</p>
<p> ?¿Es que no se lo ha dicho?</p>
<p> ?Ni una palabra.</p>
<p> ?¡Entonces no se lo dice todo! ?Paul había adivinado que ella suponía en gran medida que lo hacía. El gran hombre había reanudado su curso y se aproximaba; a pesar de lo cual su más capacitado admirador arriesgó una observación profana.</p>
<p> ?¡San Jorge y el Dragón es lo que sugiere la anécdota!</p>
<p> Sin embargo, su compañera no lo oyó: sonrió al adversario del dragón.</p>
<p> ?Está impaciente&#8230; ¡lo está! ?insistió.</p>
<p> ?Impaciente por usted&#8230; sí.</p>
<p> Pero mientras tanto ella había dicho en voz alta:</p>
<p> ?Estoy segura de que quiere conocer a Mr. Overt. Serán grandes amigos y para mí será siempre delicioso recordar que yo estaba aquí cuando ustedes se conocieron, y que tuve algo que ver con ello.</p>
<p> Había una frescura de intención en las palabras que las hacía surgir; sin embargo, nuestro joven sintió pena por Henry St. George, tal como sentía pena en cualquier momento por cualquier persona que fuera invitada públicamente a mostrarse interesada y encantadora. Lo habría conmovido tanto creer que un hombre a quien admiraba profundamente se preocupaba una pizca por él, que no hubiera jugado con tal presunción, de haber sido vana. En una sola mirada de los ojos del Maestro digno de perdón leyó ?con el tipo de perspicacia propia de su talento? que este personaje tenía siempre una reserva de paciencia amistosa, que era parte de su rico bagaje, pero que no estaba versado en página impresa alguna de un escritorzuelo prometedor. Hubo incluso alivio, simplificación de eso: si le gustaba ya tanto por lo que había hecho, ¿cómo podría haberle gustado más por una percepción que, como mucho, tenía que haber sido vaga? Paul Overt se levantó, intentando demostrar su compasión, pero en el mismo instante se encontró envuelto en el arte personal afortunado de St. George, un comportamiento cuya esencia consistía en conjurar situaciones falsas. Todo tuvo lugar en un momento. Paul era consciente de que ahora lo conocía, consciente de su apretón de manos y de la cualidad misma de su mano; de su cara, vista más de cerca y por tanto mejor vista, de una confianza general confraternizadora y en particular de la circunstancia de que él no le disgustaba a St. George (al menos todavía) por haber sido impuesto por una muchacha llena de encanto, pero demasiado arrolladora, lo suficientemente atractiva sin tales pretendientes. En cualquier caso no se reflejó irritación alguna en la voz con la que interrogó a Miss Fancourt sobre cierto plan de dar un paseo, un paseo de todo el grupo por el parque. En seguida había dicho algo a Paul de una conversación ?«Tenemos que mantener una conversación tremenda; hay tantas cosas, ¿verdad?»? pero nuestro amigo vio que en este caso la idea no tendría un efecto inmediato. De todos modos estaba contentísimo, incluso después de que quedara decidido lo del paseo; los tres pasaron poco después a la otra parte de la galería, donde se comentó el plan con varios miembros del grupo; incluso cuando, después de que todos se hubieran marchado, se encontró en compañía de Mrs. St. George durante media hora. Su marido se había adelantado con Miss Fancourt y la pareja se hallaba ya bien apartada de la vista. Era el más bello de los recorridos para una tarde de verano: un circuito cubierto de hierba, de una extensión inmensa, que orillaba el parque. El parque se hallaba completamente circuido por su viejo muro rojo, veteado, pero perfecto, el cual quedaba a la izquierda de los paseantes y constituía en sí mismo un objeto de interés. Mrs. St. George mencionó el sorprendente número de acres así abarcados, junto con otros numerosos datos que se relacionaban con la propiedad y la familia, y las otras propiedades de la familia: no sabía cómo instarlo lo suficiente para que viera sus otras casas. Repasó los nombres de éstas y citó los cambios que habían experimentado con la facilidad que da la práctica, haciendo que pareciera una lista casi interminable. Había recibido a Paul Overt muy amablemente cuando él se acercó para hablarle de su alegría por haber sido presentado a su marido, y le pareció una mujercita tan despierta y complaciente que se sintió bastante avergonzado del <em>mot</em> que sobre ella había tenido con Miss Fancourt; aunque pensó que otras cien personas, en otras tantas ocasiones, seguramente hubieran dicho lo mismo. Se llevó con Mrs. St. George, en suma, mejor de lo que esperaba; pero esto no impidió que ella advirtiera de repente que estaba mareada de cansancio y que debía llevarla de vuelta a la casa por el camino más corto. Confesó que tenía menos fuerza que un gatito y que era una pobre ruina; cualidad que Overt no había discernido en ella al estar demasiado absorto preguntándose en qué sentido podía considerarse a su marido obra suya. Había captado un destello de respuesta cuando ella anunció que debía dejarlo, aunque esta percepción era desde luego provisional. Precisamente cuando estaba poniéndose a su disposición para el regreso, la situación sufrió un cambio; Lord Masham había aparecido de pronto, de regreso junto a ellos, les había dado alcance tras surgir de entre los arbustos ?Overt no habría podido decir cómo apareció? y Mrs. St. George había dicho en tono de protesta que quería que se la dejara en paz y no interrumpir la reunión. Un momento después se alejaba con Lord Masham. Nuestro amigo retrocedió y se unió a Lady Watermouth, a quien comunicó que Mrs. St. George se había visto obligada a renunciar al intento de ir más lejos.</p>
<p> ?No debería haber salido, para empezar ?comentó su señoría de bastante mal humor.</p>
<p> ?¿Tan enferma está?</p>
<p> ?Mucho ?y su anfitriona añadió aún con mayor austeridad?: ¡La verdad es que no debería venir! ?se preguntó qué quería dar a entender con eso, y al poco tiempo dedujo que no era una reflexión sobre la conducta de la dama o sobre su naturaleza moral: sólo indicaba que sus fuerzas no estaban de acuerdo con sus aspiraciones.</p>
<p> </p>
<p><strong>                                                                                                       3</strong></p>
<p> </p>
<p> El salón de fumadores de Summersoft estaba a escala del resto del lugar; alto, claro, confortable y decorado con unas tallas y molduras de tal refinamiento, que más parecía un cenador para que las señoras se sentaran a trabajar con sus lanas desvaídas, que un parlamento de señores fumando fuertes puros. Los caballeros se reunieron ahí en número considerable el domingo por la noche, congregándose principalmente en un extremo, delante de una de las bellas y frescas chimeneas de mármol blanco, cuyo friso se hallaba adornado con un pequeño y exquisito «tema» italiano. Había otra en la pared de enfrente y, gracias a la suavidad de la noche de verano, ninguna de las dos estaba encendida; pero el núcleo de aglutinamiento lo proporcionaba una mesa en el rincón de la chimenea, cubierta de botellas, frascos y vasos. Paul Overt era un fumador infiel; fumaba cigarrillos por razones que nada tenían que ver con el tabaco. Esto era precisamente lo que sucedía en la ocasión de la que hablo; su motivo era la ilusión de una pequeña charla directa con Henry St. George. La «tremenda» comunión sobre la que el gran hombre le había hecho concebir esperanzas unas horas antes aún no había tenido lugar, y esto lo entristecía en forma considerable, puesto que al día siguiente el grupo tomaría direcciones distintas inmediatamente después del desayuno. Había sufrido la decepción, sin embargo, de descubrir que al parecer el autor de <em>Shadowmere</em> no estaba dispuesto a prolongar su vigilia. No se hallaba entre los caballeros reunidos cuando entró Paul, ni era ninguno de los que aparecieron, con vistosos atuendos, durante los diez minutos siguientes. El joven esperó un poco preguntándose si habría ido sólo a ponerse algo extraordinario; esto explicaría su retraso y al mismo tiempo contribuiría en mayor medida a la impresión que Overt tenía de su tendencia a cumplir con lo superficial y preestablecido. Pero no llegaba, debía de haber estado poniéndose algo más extraordinario de lo que era probable. Nuestro héroe se rindió, sintiéndose un poco lastimado, un poco herido, por la pérdida de veinte codiciadas palabras. No estaba enfadado, pero exhalaba el humo en suspiros, con la sensación de haberse visto quizá privado de algo poco común. Empezó a moverse lentamente por la habitación con su pesar, mirando los antiguos grabados de las paredes. Estando en tal actitud sintió al poco una mano en el hombro y una voz amistosa en el oído.</p>
<p> ?Ah, muy bien. Esperaba poder encontrarlo. He bajado a propósito ?St. George no se había cambiado de ropa y ofrecía una cara magnífica, la más solemne, a la que nuestro joven respondió todo halagado. Explicó que era sólo por el Maestro ?la idea de una pequeña charla? por lo que se había quedado, y que, al no encontrarlo, había estado a punto de irse a la cama.</p>
<p> ?Pues verá, yo no fumo, mi esposa no me deja ?dijo St. George buscando un sitio para sentarse?. Me hace muy bien, muy bien. Vayamos a ese sofá.</p>
<p> ?¿Quiere decir que fumar le hace bien?</p>
<p> ?No, no, que no me deje. Es una gran cosa tener un mujer que esté tan segura de toda aquello de lo que uno puede prescindir. Uno podría no descubrirlo nunca. No me permite que toque un cigarrillo ?tomaron posesión de un sofá que se hallaba a cierta distancia del grupo de fumadores y St. George prosiguió?: ¿Tiene usted?</p>
<p> ?¿Un cigarrillo?</p>
<p> ?No, por Dios, esposa.</p>
<p> ?No; y sin embargo renunciaría a mi cigarrillo por una.</p>
<p> ?Renunciaría a mucho más que eso ?respondió St. George?. Pero obtendría mucho a cambio. Hay bastante que decir en favor de las esposas ?añadió doblando los brazos y cruzando las extendidas piernas. Rechazó el tabaco por completo y esperó sin ofrecer fuego. Su acompañante dejó de fumar, impresionado por su cortesía; y después de todo se hallaban fuera del alcance del humo, su sofá estaba en una esquina apartada. Habría sido una equivocación, continuó St. George, una gran equivocación el haberse separado sin una pequeña conversación.</p>
<p> ?Porque lo sé todo de usted ?dijo?. Sé que es usted muy notable. Ha escrito un libro muy distinguido.</p>
<p> ?¿Y cómo lo sabe? ?preguntó Paul.</p>
<p> ?Pero querido amigo, está en el aire, está en los periódicos, está en todas partes ?St. George hablaba con la familiaridad perentoria de un colega, con un tono que a su vecino le pareció el susurro mismo de los lauros?. Usted está en boca de todos los hombres y, lo que es mejor, de todas las mujeres. He estado leyendo su libro en estos días.</p>
<p> ?¿En estos días? Esta tarde no lo había leído usted ?dijo Overt.</p>
<p> ?¿Cómo lo sabe?</p>
<p> ?Creo que tendría que saber cómo lo sé ?rió el joven.</p>
<p> ?Supongo que se lo habrá dicho Miss Fancourt.</p>
<p> ?La verdad es que no&#8230;, más bien me indujo a creer que lo había leído.</p>
<p> ?Sí, eso sí es lo que ella haría. ¿No cree que despide un fulgor rosado sobre la vida? Pero usted no le creyó, ¿no es eso? ?preguntó St. George.</p>
<p> ?No; no cuando usted se nos acercó allí.</p>
<p> ?¿Fingí? ¿Fingí mal? ?pero sin esperar la respuesta, St. George continuó?. Siempre debiera creer a una muchacha como ésa&#8230; siempre, siempre. A algunas mujeres se las debe tomar con concesiones y reservas; pero a <em>ella</em> hay que tomarla tal y como es.</p>
<p> ?Me gusta mucho ?dijo Paul Overt.</p>
<p> Su tono tenía algo que excitó en su compañero la sensación momentánea de lo absurdo; quizás fuese el aire de deliberación que flotaba en este juicio. St. George estalló en carcajadas para responder.</p>
<p> ?Eso es lo mejor que puede hacer con ella. ¡Es una joven poco común! No obstante, a decir verdad, confieso que esta tarde no lo había leído.</p>
<p> ?¿Ve usted cuánta razón tenía en ese caso particular para no creer a Miss Fancourt?</p>
<p> ?¡Razón! ¿Cómo puedo estar de acuerdo cuando por eso perdí crédito?</p>
<p> ?¿Desea pasar exactamente por ser tal como ella lo representa? Entonces no tiene nada que temer ?dijo Paul.</p>
<p> ?Ah, mi querido joven, no hable de pasar&#8230; ¡cuando se trata de alguien como yo! Yo me estoy pasando, ni más ni menos. ¡Ella puede emplear su joven imaginación (¿no cree que es magnífica?) para algo mejor que para «representar» de la manera que sea a un animal tan cansado y agotado! ?el Maestro habló con una repentina tristeza que produjo una protesta por parte de Paul; pero antes de que la protesta pudiera ser formulada prosiguió, volviendo a la apreciable novela de este último?: No tenía ni idea de que fuera tan bueno&#8230; se oyen tantas cosas. Pero usted es sorprendentemente bueno.</p>
<p> ?Voy a ser sorprendentemente mejor ?se atrevió a responder Overt.</p>
<p> ?Ya lo veo, y eso es lo que me atrae. No veo tantas otras cosas ?cuando se mira en derredor? que vayan a ser sorprendentemente mejores. Van a ser constantemente peores&#8230; la mayoría. Resulta tanto más fácil ser peor&#8230; el cielo sabe que yo me encontré con eso. No me produce gran satisfacción lo que se comenta por todas partes, ¿sabe? Pero usted <em>tiene</em> que ser mejor&#8230; tiene que continuar de verdad. Yo no lo hice, desde luego. Es muy difícil, es lo maldito de todo este asunto, continuar. Pero veo que usted será capaz de hacerlo. Será una gran desgracia si no es así.</p>
<p> ?Es muy interesante oírlo hablar de sí mismo, pero no sé qué quiere decir con sus alusiones de haber empeorado ?observó Paul Overt con una hipocresía perdonable. Su compañero le gustaba tanto que el hecho de cierta declinación de su talento o de su cuidado dejó de ser algo vívido para él, en ese momento.</p>
<p> ?No diga eso, no diga eso ?respondió St. George con gravedad apoyando la cabeza en el respaldo del sofá y posando los ojos en el techo?. Sabe perfectamente a lo que me refiero. No he leído ni veinte páginas de su libro sin ver que no puede evitarlo.</p>
<p> ?Me hace muy desgraciado ?suspiró Paul con éxtasis.</p>
<p> ?Me alegro por eso, porque puede servirle de una especie de aviso. Bastante ofensivo debe ser, especialmente para una mente joven y fresca, llena de fe, el espectáculo de un hombre destinado a mejores cosas, hundido en semejante deshonra a mi edad. ?St. George, en la misma actitud contemplativa, hablaba suave, pero deliberadamente, y sin emoción perceptible. En verdad su tono sugería una lucidez impersonal casi cruel, cruel consigo mismo, e indujo a su joven amigo a que posara una mano argumentadora en su brazo. Pero prosiguió mientras sus ojos parecían seguir las gracias del techo del siglo XVIII?: Míreme bien, tómese a pecho mi lección&#8230; porque <em>es</em> una lección. Que le reporte algo bueno, estremézcase al menos con la lamentable impresión que ha recibido, y que esto lo ayude a mantenerse derecho en el futuro. No se convierta en la vejez en lo que yo me he convertido en la mía, ¡la ilustración deplorable y deprimente de la adoración de dioses falsos!</p>
<p> ?¿A qué se refiere cuando habla de su vejez? ?preguntó el joven.</p>
<p> ?Esto me ha hecho viejo. Pero me gusta su juventud.</p>
<p> Paul no respondió nada. Permanecieron en silencio un minuto. Los otros seguían hablando de la mayoría gubernamental. Y a continuación:</p>
<p> ?¿A qué se refiere cuando habla de dioses falsos? ?preguntó.</p>
<p> Su compañero no encontró dificultad alguna en decir:</p>
<p> ?Los ídolos del mercado; el dinero y el lujo y «el mundo»; colocar a los hijos y vestir a la mujer; todo lo que lo lleva a uno por el camino corto y fácil. ¡Ah, las vilezas que le hacen cometer a uno!</p>
<p> ?Pero cualquiera tiene el derecho de querer colocar a los hijos.</p>
<p> ?A uno no le incumbe tener hijos ?declaró St. George plácidamente?. Quiero decir, desde luego, si se quiere hacer algo bueno.</p>
<p> ?Pero ¿no sirven de inspiración, de incentivo?</p>
<p> ?De incentivo para la perdición, artísticamente hablando.</p>
<p> ?Toca temas muy profundos, temas que me gustaría discutir con usted ?dijo Paul?. Me gustaría que me hablara interminablemente de sí mismo. ¡Esto es un festín para mí!</p>
<p> ?Naturalmente que lo es, joven cruel. Pero para demostrarle que aún no soy incapaz, degradado como estoy, de profesar un acto de fe, ataré mi vanidad a la estaca y la quemaré hasta convertirla en cenizas. Tiene que venir a verme, tiene que venir a vernos ?sustituyó rápidamente el Maestro?. Mrs. St. George es encantadora; no sé si ha tenido la oportunidad de hablar con ella. Estará contenta de verlo; le gustan las grandes celebridades, ya sean incipientes o consagradas. Tiene que venir a cenar; mi esposa le escribirá. ¿Dónde se lo puede localizar?</p>
<p> ?Esta es mi modesta dirección ?y Overt sacó una agenda y extrajo una tarjeta de visita. Pensándolo mejor, sin embargo, la retuvo, comentando que no daría a su amigo la molestia de ocuparse de eso, sino que iría a verlo en seguida en Londres, y la dejaría a la puerta si no lograba obtener acceso.</p>
<p> ?Probablemente no lo logrará; mi mujer siempre está fuera, y cuando no está fuera está agotada por haber salido. Tiene que venir a cenar, aunque eso tampoco le hará mucho bien, pues mi mujer se empeña en preparar grandes comidas ?St. George siguió considerándolo, pero a continuación dijo?: Tiene que venir a vernos al campo, eso es lo mejor; tenemos mucho sitio, y no está mal.</p>
<p> ?¿Tiene usted una casa en el campo? ?preguntó Paul con envidia.</p>
<p> ?¡No como ésta! Pero tenemos una especie de lugar al que vamos, a una hora de Euston. Ésa es una de las razones.</p>
<p> ?¿Una de las razones?</p>
<p> ?Por las que mis libros son tan malos.</p>
<p> ?¡Dígame todas las demás! ?rió Paul anhelante.</p>
<p> Su amigo no respondió directamente a esto, sino que dijo con brusquedad:</p>
<p> ?¿Por qué antes no lo había visto nunca a usted?</p>
<p> El tono de la pregunta fue particularmente halagador para nuestro héroe, a quien le pareció que implicaba que el gran hombre percibía ahora que, durante años, se había perdido algo.</p>
<p> ?En parte, supongo, porque no ha habido ninguna razón especial para que me viera. No he vivido en el mundo, en su mundo. He pasado muchos años fuera de Inglaterra, en diferentes lugares del extranjero.</p>
<p> ?Pues no lo vuelva a hacer, por favor. Debe hacer Inglaterra, tiene tanto&#8230;</p>
<p> ?¿Quiere decir que he de escribir sobre ella? ?y Paul hizo sonar la nota del candor interesado de un niño.</p>
<p> ?Claro que sí. Y estupendamente bien, si no le parece mal. Eso disminuye un poco mi estima por lo suyo&#8230; que sucede en el extranjero. ¡Al diablo con «el extranjero»! Quédese aquí y haga cosas aquí&#8230; haga temas que puedan medirse.</p>
<p> ?Haré lo que usted me diga ?replicó Overt, profundamente cortés?. Pero perdóneme si digo que no entiendo cómo ha estado leyendo el libro ?añadió?. Lo he tenido ante mí toda la tarde primero en ese largo paseo, luego con el té en el césped, hasta que fuimos a vestirnos para la cena, y toda la noche en la cena y en este lugar.</p>
<p> St. George volvió la cara con una sonrisa.</p>
<p> ?Le dediqué tan sólo un cuarto de hora.</p>
<p> ?Un cuarto de hora es inmenso, pero no comprendo dónde lo metió. En el salón, después de cenar, no estaba leyendo, estaba hablando con Miss Fancourt.</p>
<p> ?Es lo mismo, porque hablábamos de <em>Ginistrella</em>. Me la describió, me prestó su ejemplar.</p>
<p> ?¿Se lo prestó?</p>
<p> ?Viaja con él.</p>
<p> ?Es increíble ?Paul se ruborizó.</p>
<p> ?Para usted es glorioso, pero a mí también me vino muy bien. Cuando las señoras fueron a acostarse, tuvo la amabilidad de ofrecerse a hacerme llegar el libro. Su doncella me lo trajo al vestíbulo y me fui con él a mi habitación. No tenía intención de venir aquí, lo hago muy rara vez. Pero no me duermo temprano, siempre tengo que leer una o dos horas. Me senté con su novela ahí mismo, sin cambiarme, sin quitarme nada más que la chaqueta. Creo que eso es señal de que mi curiosidad había sido poderosamente despertada. Leí durante un cuarto de hora, como le digo, e incluso en un cuarto de hora quedé enormemente impresionado.</p>
<p> ?El principio no es muy bueno, ¡es el conjunto! ?dijo Overt que había escuchado esta exposición con interés extremo?. ¿Y dejó el libro y vino a verme? ?preguntó.</p>
<p> ?Así es como me ha impresionado. Me dije, «veo que es sólo obra suya, y él está aquí, por cierto, y el día ha llegado a su fin y no he cruzado veinte palabras con él». Se me ocurrió que quizá estuviera en el salón de fumadores y que no sería demasiado tarde para reparar mi omisión. Quería ser atento con usted, así que me puse la chaqueta y bajé. Volveré a leer su libro cuando suba.</p>
<p> Nuestro amigo echó una mirada a su alrededor desde su sitio; estaba conmovido como nunca lo había estado por semejante manifestación a su favor.</p>
<p> ?Realmente es usted el más amable de los hombres. <em>Cela s&#8217;est passé comme ça?</em> ¡y yo he estado aquí con usted todo este tiempo y no lo he sospechado ni se lo he agradecido!</p>
<p> ?Agradézcaselo a Miss Fancourt, fue ella quien hizo que me emocionara. Me ha hecho sentir que había leído su novela.</p>
<p> ?¡Es un ángel del cielo! ?declaró Paul.</p>
<p> ?Realmente lo es. Nunca he visto a nadie como ella. Su interés por la literatura es conmovedor, algo bastante propio de ella; todo se lo toma muy seriamente. Siente las artes y quiere sentirlas más. Para los que las practican es casi humillante su curiosidad, su comprensión, su buena fe. ¿Cómo puede ser cualquier cosa tan hermosa como ella la supone?</p>
<p> ?Es un organismo poco común ?suspiró el joven.</p>
<p> ?El más rico que he visto, una inteligencia artística realmente de primer orden. ¡Y presentada de tal forma! ?exclamó St. George.</p>
<p> ?A uno le gustaría describir a una muchacha así ?continuó Paul.</p>
<p> ?Ah, ahí está&#8230; no hay nada como la vida ?dijo su compañero?. Cuando uno se siente acabado, exprimido y agotado y cree que el costal está vacío, todavía se siente atracción, emociones y estremecimientos, la idea brota, del seno de lo real, y demuestra que siempre hay algo que hacer. Pero yo no lo haré, ¡ella no es para mí!</p>
<p> ?¡Qué es eso de que no es para usted!</p>
<p> ?Todo se ha terminado; es para usted, si quiere.</p>
<p> ?¡Mucho peor! ?dijo Paul?. Ella no es para un deslucido hombrecillo de letras; es para el mundo, el rico y prometedor mundo de sobornos y recompensas. Y el mundo se apoderará de ella y se la llevará consigo.</p>
<p> ?Lo intentará&#8230; pero es un caso en el que puede haber lucha. Valdría la pena luchar, para un hombre que lo tuviera dentro, con juventud y talento de su parte.</p>
<p> Estas palabras resonaron no poco en la conciencia de Paul Overt, lo mantuvieron brevemente en silencio.</p>
<p> ?Es una maravilla que ella haya seguido siendo como es dándose de tal manera&#8230; con tanto que dar.</p>
<p> ?¿Quiere decir que haya seguido siendo tan ingenua&#8230; tan natural? Ah, por eso no se preocupa, da porque rebosa. Tiene sus propios sentimientos, sus pautas; no se acuerda siempre de que debe ser orgullosa. Y además no lleva aquí el tiempo suficiente para haberse estropeado; adoptó una o dos modas, pero sólo las divertidas. Es una provinciana&#8230; una provinciana con genio ?continuó St. George?; incluso sus patinazos son encantadores, sus equivocaciones interesantes. Ha regresado de Asia con todo tipo de curiosidades suscitadas y apetitos sin saciar. Ella es en sí misma de primera categoría y se malgasta en la segunda. Es la vida misma y se toma un interés poco común por las imitaciones. Confunde todas las cosas, pero no hay ninguna respecto a la que no perciba algo. Ve las cosas en perspectiva, como desde la cima del Himalaya, y aumenta todo lo que toca. Sobre todo exagera&#8230; para consigo misma, me refiero. ¡Nos exagera a usted y a mí!</p>
<p> Nada había en esa descripción que pudiera aplacar la inquietud que en nuestro amigo había causado semejante esbozo de un hermoso tema. Le parecía que mostraba el arte de la admirada mano de St. George, y se perdió contemplando la visión ?que se cernía ante él? de la figura de una mujer que debiera ser parte del esplendor de una novela. Pero al cabo de un momento se había convertido en humo, y del humo ?la última bocanada de un gran puro? surgió la voz del General Fancourt, que había dejado a los otros y había venido y se había colocado delante de los caballeros del sofá.</p>
<p> ?Supongo que cuando ustedes, los colegas, se ponen a hablar se quedan levantados la mitad de la noche.</p>
<p> ?¿La mitad de la noche? <em>Jamais de la vie!</em> Yo sigo una higiene ?y St. George se puso en pie.</p>
<p> ?Comprendo, usted es planta de invernadero ?rió el General?. Así es como produce sus flores.</p>
<p> ?Yo produzco las mías entre las diez y la una de la mañana, ¡florezco con una regularidad! ?continuó St. George.</p>
<p> ?¡Y con un esplendor! ?añadió el cortés General, mientras Paul advertía qué poco le importaba al autor de <em>Shadowmere</em>, como se dijo a sí mismo, que se lo tratara como a un célebre narrador. El joven se propuso que <em>él</em> nunca se acostumbraría a eso; siempre lo haría sentirse incómodo ?por la sospecha de que la gente pensara que tenía que hacerlo? y querría evitarlo. Evidentemente, su gran colega se había curtido y endurecido, se había provisto de una capa externa. El grupo de hombres había terminado los puros y recogido sus palmatorias; pero antes de que salieran todos, Lord Watermouth invitó al par de huéspedes que habían estado tan absortos a que «tomaran» algo. Resultó que los dos rehusaron, ante lo cual dijo el General Fancourt:</p>
<p> ?¿En eso consiste su higiene? ¿No riegan las flores?</p>
<p> ?¡Debería ahogarlas! ?replicó St. George; pero, al abandonar la habitación aún junto a su amigo, dijo caprichosamente al oído del joven, en tono bajo?: Mi mujer no me deja.</p>
<p> ?¡Pues me alegro de no ser uno de ustedes! ?concluyó sonoramente el General.</p>
<p> La cercanía entre Summersoft y Londres tenía una consecuencia, decepcionante para una persona que hubiese saboreado de antemano la sociabilidad de un vagón de ferrocarril: la mayor parte del grupo, tras el desayuno, volvía a la ciudad en coche, usando sus propios vehículos que habían venido a recogerlos, mientras sus criados regresaban en tren con el equipaje. Tres o cuatro jóvenes, entre los que se encontraba Paul Overt, aprovecharon el servicio público; pero permanecieron en el pórtico de la casa viendo cómo emprendían la marcha los demás. Miss Fancourt subió con su padre a una victoria, después de haber dado la mano a nuestro héroe y de haber dicho, sonriendo de la manera más franca del mundo:</p>
<p> ?<em>Tengo</em> que verlo más. Mrs. St. George es tan amable: ha prometido invitarnos a cenar a los dos juntos.</p>
<p> Esta dama y su marido ocuparon su lugar en una berlina perfectamente equipada ?ella precisaba un coche cerrado? y mientras nuestra joven agitaba el sombrero en respuesta a sus saludos y gestos ceremoniosos pensó que, considerados juntos, constituían una imagen honorable del éxito, de las recompensas materiales y del crédito social de la literatura. Cosas así no daban la plena medida, pero no obstante se sintió un poco orgulloso de la literatura.</p>
<p> </p>
<p><strong>                                                                                                       4</strong></p>
<p> </p>
<p> Antes de que hubiese transcurrido una semana se encontró con Miss Fancourt en Bond Street, en la imaginación editada de las obras de un joven artista en «blanco y negro», que había sido tan amable de invitarlo al sofocante escenario. Los dibujos eran admirables, pero el agolpamiento, en la pequeña habitación, era tan denso que Overt se sentía como si estuviera metido hasta el cuello en una bolsa de lana. En el borde exterior, una hilera de gente, doblando la espalda hacia adelante y presentando, bajo ellos, una superficie aún más convexa de resistencia a la presión de la masa, se esforzaba por conservar un espacio entre sus narices y los marcos barnizados de los cuadros; mientras que el cuerpo central, en medio de la relativa oscuridad proyectada por la ancha pantalla horizontal, que pendía bajo la claraboya y dejaba tan sólo un margen para el día, permanecía derecho, denso y vago, perdido en la contemplación de sus propios ingredientes. Esta contemplación se asentaba especialmente en los ojos tristes de ciertas cabezas femeninas, coronadas de sombreros de extraños pliegues y plumaje, que se erguían por encima de los demás, sobre largos cuellos. Una de las cabezas, percibió Paul, era con mucho la más bella de la colección, y su siguiente descubrimiento fue que pertenecía a Miss Fancourt. Su belleza se vio realzada por la sonrisa feliz que le envió a través de las obstrucciones circundantes, sonrisa que lo atrajo a ella tan de prisa como pudo él moverse. Había visto por sí mismo en Summersoft que lo último que contenía su naturaleza era una afectación de indiferencia; pero aún con esta circunspección se sintió de nuevo satisfecho al ver que ella no fingía aguardar su llegada con compostura. Sonreía radiante, como si quisiera que él se apresurase y, en cuanto se aproximó lo suficiente, estalló con voz jubilosa:</p>
<p> ?¡Está aquí&#8230; está aquí&#8230; volverá dentro de un momento!</p>
<p> ?¿Su padre? ?respondió Paul mientras ella le ofrecía la mano.</p>
<p> ?No, por Dios, esto no está en la línea de mi pobre padre. Me refiero a Mr. St. George. Acaba de dejarme para hablar con alguien. Va a volver. Fue él quien me trajo, ¿no es algo encantador?</p>
<p> ?Ah, eso le da ventaja sobre mí. Yo no podría haberla «traído», ¿no?</p>
<p> ?Si hubiera sido tan amable de proponérmelo&#8230; ¿por qué no usted como él? ?replicó la muchacha con una cara que, sin expresar coquetería barata, afirmaba simplemente un hecho afortunado.</p>
<p> ?Pues porque él es un<em> père de famille</em>. Ellos tienen privilegios ?explicó Paul. Y rápidamente?. ¿Irá usted a ver sitios <em>conmigo</em>? ?preguntó.</p>
<p> ?¡Lo que quiera! ?sonrió?. Ya sé lo que quiere decir, que las chicas tienen que tener a un montón de gente&#8230; ?Y a continuación exclamó?: No sé; yo soy libre. Siempre he sido así. Puedo ir por ahí con cualquiera. Estoy tan contenta de verlo ?añadió con tanta y tan dulce claridad que hizo volverse a los que se hallaban cerca de ella.</p>
<p> ?Permítame al menos pagarle esas palabras sacándola de este barullo ?dijo su amigo?. ¡La gente no puede pasarlo bien aquí!</p>
<p> ?No, son unos <em>mornes</em> horribles, ¡no! Pero yo estoy estupendamente y prometí a Mr. St. George que me quedaría en este sitio hasta que volviera. Me va a sacar de aquí. Le mandan invitaciones para cosas de este tipo, más de las que quiere. Es muy amable al pensar en mí.</p>
<p> ?También a mí me mandan invitaciones de este tipo, más de las que yo quiero. Y si acordarse de <em>usted</em> es suficiente&#8230; ?prosiguió Paul.</p>
<p> ?¡Me encantan&#8230; todo lo que es vida&#8230; todo lo que es Londres!</p>
<p> ?Supongo que en Asia no hay inauguraciones privadas ?rió?. Pero qué pena que por este año, incluso en esta abarrotada ciudad, ya se haya pasado la temporada.</p>
<p> ?Bueno, el año que viene entonces, porque espero que crea que vamos a ser siempre amigos. ¡Aquí viene! ?continuó Miss Fancourt antes de que Paul tuviera tiempo de contestar.</p>
<p> Divisó a St. George entre los huecos de la muchedumbre, y esto quizá lo indujo a que se apresurara un poco a decir:</p>
<p> ?Espero que eso no signifique que he de aguardar hasta el año que viene para verla.</p>
<p> ?No, no, ¿no vamos a vernos en una cena el veinticinco? ?exclamó anhelante, con un entusiasmo tan dichoso como el de él.</p>
<p> ?Eso es casi el año que viene. ¿No hay manera de verla antes?</p>
<p> Ella lo miró con toda su luminosidad.</p>
<p> ?¿Quiere decir que <em>vendría</em>?</p>
<p> ?Como un rayo, si fuera tan buena de pedírmelo.</p>
<p> ?Entonces el domingo&#8230; ¿este domingo?</p>
<p> ?¿Qué he hecho para que lo dude? ?preguntó el joven con deleite.</p>
<p> Miss Fancourt se volvió al instante hacia St. George, que ahora se había unido a ellos, y anunció triunfalmente:</p>
<p> ?¡Viene el domingo, este domingo!</p>
<p> ?Ah, ¡mi día&#8230;! ¡también mi día! ?dijo el famoso novelista, riendo, a su compañero.</p>
<p> ?Sí, pero no sólo el suyo. Se verán en Manchester Square; hablarán&#8230;, ¡serán maravillosos!</p>
<p> No nos vemos lo suficiente ?concedió St. George estrechando la mano de su discípulo?. ¡Demasiadas cosas&#8230; demasiadas cosas! Pero lo compensaremos en el campo en septiembre. No habrá olvidado que me ha prometido eso, ¿no?</p>
<p> ?Pero si va a venir el veinticinco, lo verá entonces ?dijo la muchacha.</p>
<p> ?¿El veinticinco? ?preguntó St. George vagamente.</p>
<p> ?Cenamos con usted; espero que no lo haya olvidado. Él cena fuera ese día ?añadió alegremente a Paul.</p>
<p> ?Es verdad&#8230; qué estupendo ¿Y viene usted? No me lo había dicho mi mujer ?le dijo St. George?. Demasiadas cosas&#8230; demasiadas cosas ?repitió.</p>
<p> ?Demasiada gente&#8230; demasiada gente ?exclamó Paul, apartándose antes de que lo atravesara un codo.</p>
<p> ?No debiera decir eso. Todos lo leen.</p>
<p> ?¿A mí? ¡Me gustaría verlos! Sólo dos o tres, como mucho ?respondió el joven.</p>
<p> ?¿Ha oído alguna vez algo así? El muy arrogante sabe lo bueno que es ?declaró St. George a Miss Fancourt riéndose?. Me leen a <em>mí</em>, pero eso no hace que me gusten más. Alejémonos de ellos, ¡alejémonos! ?Y los sacó de la exposición.</p>
<p> ?Me va a llevar al parque ?comentó Miss Fancourt a Overt con júbilo mientras recorrían el pasillo que conducía a la calle.</p>
<p> ?Ah, ¡va él allí! ?preguntó Paul, tomando el hecho como una ilustración algo inesperada de las <em>moeurs</em> de St. George.</p>
<p> ?Es un día precioso, habrá gran cantidad de gente. Vamos a mirar a la gente, a mirar a los tipos ?continuó la muchacha?. Nos sentaremos bajo los árboles; caminaremos por la avenida.</p>
<p> ?Voy una vez al año&#8230; de negocios ?dijo St. George, que por casualidad había oído la pregunta de Paul.</p>
<p> ?O con una prima del pueblo, ¿no me lo dijo? ¡Yo soy la prima del pueblo! ?dijo a Paul por encima del hombro mientras su amigo la conducía hacia un simón al que había hecho una señal. El joven los observó mientras subían; se quedó parado, devolviendo con la mano el cordial saludo con el que, cómodamente instalado junto a ella en el vehículo, St. George se despidió de él. Se quedó hasta ver arrancar el vehículo y se perdió en la confusión de Bond Street. Lo siguió con los ojos; aquello le produjo ideas embarazosas. «¡Ella no es para <em>mí</em>!», había dicho con énfasis el gran novelista en Summersoft; pero su manera de comportarse con ella no parecía estar en armonía con tal convicción. ¿Cómo podría haber obrado de una manera diferente si hubiese sido para él? Una envidia indefinida creció en el corazón de Paul Overt, mientras se ponía solo en camino; un sentimiento se dirigió por igual extrañamente a cada uno de los ocupantes del simón. ¡Cómo le gustaría a él traquetear por Londres con una muchacha así! ¡Cómo le gustaría ir a mirar «tipos» con St. George!</p>
<p> El domingo siguiente a las cuatro llegó a Manchester Square, donde su deseo secreto se vio gratificado, al encontrar sola a Miss Fancourt. Se hallaba en una habitación grande, clara y alegre, toda pintada de rojo, decorada con las originales y baratas telas floreadas que se consideran originarias de países meridionales y orientales, donde se dice que sirven de colchas a los campesinos, y adornada con cerámicas de vivos tonos, distribuidas despreocupadamente en los estantes, y con muchas acuarelas de la mano (se enteró el visitante) de la joven misma, que conmemoraban con valiente amplitud las puestas de sol, las montañas, los templos y palacios de la India. Transcurrió una hora, más de una hora, dos horas, y en todo el tiempo no entró nadie. Su anfitriona tuvo la amabilidad de comentar, con su liberal humanidad, que era maravilloso que no fueran interrumpidos; sucedía tan rara vez en Londres, especialmente en esa temporada, que la gente sostuviera una buena conversación. Pero ahora, por suerte, un hermoso domingo, la mitad del mundo salía de la ciudad, y eso la hacía mejor para los que no se iban, cuando estos otros congeniaban. Era el defecto de Londres ?uno de los dos o tres, la reducida lista de los que ella reconocía en la plagada ciudad?mundo que adoraba?, que había muy pocas ocasiones buenas de hablar; nunca se tenía tiempo para llegar lejos con algo.</p>
<p> ?Demasiadas cosas&#8230; ¡demasiadas cosas! ?dijo Paul, citando la exclamación de St. George de unos días antes.</p>
<p> ?Sí, para él hay demasiadas, su vida es demasiado complicada.</p>
<p> ?¿La ha visto usted <em>de cerca</em>? Eso es lo que me gustaría hacer; podría explicar algunos misterios ?prosiguió su visitante. Ella preguntó a qué misterios se refería, y él dijo?: Pues, peculiaridades de su obra, desigualdades, superficialidades. Para quien lo mira desde el punto de vista artístico, contiene una ambigüedad sin fondo.</p>
<p> Ella se volvió, al momento, toda intensidad.</p>
<p> ?Describa eso más&#8230; es interesantísimo. No hay temas más sugerentes. Soy muy aficionada a ellos. El piensa que es un fracaso, ¡figúrese! ?se lamentó bellamente.</p>
<p> ?Eso depende de cuál pueda haber sido su ideal. Con sus condiciones debiera haber sido alto. Pero hasta que uno sepa qué es lo que realmente se propuso&#8230; ¿Por casualidad lo sabe <em>usted</em>? ?exclamó el joven.</p>
<p> ?Oh, no me habla de sí mismo. No puedo obligarlo, Sería demasiado atrevido. Paul estuvo a punto de preguntarle que de qué hablaba entonces, pero la discreción lo detuvo y dijo en cambio:</p>
<p> ?¿Cree usted que es desgraciado en su hogar?</p>
<p> Ella pareció sorprenderse.</p>
<p> ?¿En su hogar?</p>
<p> ?Quiero decir en las relaciones con su mujer. Tiene una desconcertante manera de aludir a ella.</p>
<p> ?No conmigo ?dijo Marian Fancourt con sus ojos claros?. Eso no estaría bien, ¿no? ?preguntó en tono grave.</p>
<p> ?No especialmente; pues me alegro de que no se la nombre a usted. Si la alabara a ella la aburriría a usted y no le corresponde hacer otra cosa. Sin embargo, la conoce a usted mejor que a mí.</p>
<p> ?Ah, ¡pero lo respeta <em>a usted</em>! ?exclamó la muchacha como con envidia.</p>
<p> Su visitante la contempló un momento y a continuación rompió a reír.</p>
<p> ?¿Es que no la respeta a usted?</p>
<p> ?Por supuesto, pero no de la misma manera. Respeta lo que usted ha hecho&#8230; así me lo dijo, el otro día.</p>
<p> Paul lo absorbió, pero conservó sus facultades.</p>
<p> ?¿Cuando fueron a mirar tipos?</p>
<p> ?Sí, encontramos tantos: ¡tiene una manera de observarlos! Habló mucho de su libro. Dice que es verdaderamente importante.</p>
<p> ?¡Importante! Ah, la gran criatura ?y el autor de la obra en cuestión rugió de gozo.</p>
<p> ?Estuvo divertidísimo, inefablemente gracioso, mientras andábamos. Lo ve todo; tiene tantas comparaciones e imágenes, y siempre son de lo más acertadas. <em>C&#8217;est d&#8217;un trouvé</em>, como dicen.</p>
<p> ?Sí, ¡con sus condiciones debiera haber hecho tales cosas! ?suspiró Paul.</p>
<p> ?¿Y no cree usted que las <em>ha hecho</em>?</p>
<p> Ah, ésa era la cuestión.</p>
<p> ?Parte de ellas y, desde luego, incluso esa parte es inmensa. Pero él podía haber sido uno de los más grandes. Incluso tal y como están ?concluyó nuestro amigo con seriedad?, sus escritos son una mina de oro.</p>
<p> Ella respondió con ardor a esta declaración, y durante media hora la pareja discutió las principales producciones del Maestro. Ella las conocía bien, las conocía aún mejor que su visitante, quien estaba impresionado por su inteligencia crítica y por algo grande y audaz en el movimiento de su mente. Dijo cosas que lo sorprendieron y que evidentemente habían venido a ella directamente; no eran frases aprendidas, las colocaba demasiado bien. St. George había tenido razón sobre lo de que era de primera categoría, sobre lo de que no temía pasarse, que no recordaba que había de ser orgullosa. Algo le volvió a la cabeza de repente, y dijo:</p>
<p> ?Recuerdo que me habló una vez de Mistress St. George. Dijo, a santo de una cosa u otra, que ella no se preocupaba por la perfección.</p>
<p> ?Ese es un gran crimen en la esposa de un artista ?replicó Paul.</p>
<p> ?Sí, pobre ?y la muchacha suspiró como sugiriendo numerosas reflexiones, algunas de ellas mitigadoras. Pero añadió poco después: ?Ah, perfección, perfección&#8230; ¡de qué manera debería dedicarse uno a ella! Ojalá pudiera yo.</p>
<p> ?Cada uno puede a su manera ?opinó su compañero.</p>
<p> ?A la manera de <em>un hombre</em>, sí, pero no a la de una mujer. Las mujeres tienen tantos obstáculos, ¡están tan condenadas! Y, sin embargo, es una especie de deshonor si no se intenta, cuando se quiere hacer algo, ¿no es así? ?prosiguió Miss Fancourt, dejando un tema en su prisa por abordar otro, accidente común en ella. De modo que estos dos jóvenes discutieron de temas elevados en su salón ecléctico, en su «temporada» de Londres: discutieron con extrema seriedad el elevado tema de la perfección. Debe decirse como atenuante de esta excentricidad que estaban interesados en el asunto. Su tono poseía verdad y su emoción, belleza; no estaban adoptando una postura para con el otro o para con alguna otra persona.</p>
<p> El tema era tan amplio que se encontraron reduciéndolo; la perfección a la que, por el momento, acordaron confinar sus especulaciones era la de la obra de arte válida y ejemplar. La imaginación de nuestra joven, al parecer, se había dejado arrastrar lejos en esa dirección, y su invitado sentía el poco común deleite de percibir un intercambio completo en su conversación. Este episodio habrá vivido durante años en su recuerdo e incluso en su asombro; tenía la cualidad que la fortuna destila sólo gota a gota, la cualidad que lubrica muchas fricciones subsiguientes. Todavía, siempre que quiere, Overt ve la habitación, la locuaz y sociable habitación clara y roja con las cortinas que, en un golpe de lograda audacia, ponían la nota de un azul vivo. Recuerda dónde estaban ciertas cosas, cierto libro abierto sobre la mesa y el aroma casi intenso de las flores colocadas, a la izquierda, en algún lugar tras él. Estos hechos constituían el margen, por así decirlo, de una especial agitación cuyo nacimiento tuvo lugar en esas dos horas y cuyo signo principal fue quizá impulsarlo interna y repetidamente a susurrar: «¡no tenía ni idea de que hubiera alguien así!» La libertad de ella lo asombraba y le encantaba&#8230; parecía simplificar de tal modo la cuestión práctica. Se encontraba en la posición de un personaje independiente, una muchacha sin madre que había salido de la adolescencia y contaba con una posición y con responsabilidades, que no se hallaba sujeta a las limitaciones de una niña bonita. Iba y venía sin arrastrar a una dama de compañía, recibía sola a la gente, y, aunque carecía totalmente de severidad, la cuestión de protección o patrocinio no tenía relevancia con respecto a ella. Ofrecía tal impresión de claridad y de nobleza combinadas con lo fácil y lo natural que, a pesar de su situación eminentemente moderna, no sugería hermandad de ningún tipo con la chica «fácil». Era en verdad moderna, y hacía que Paul Overt, que amaba el color viejo, la pátina dorada del tiempo, pensara con alarma en la paleta abigarrada del futuro. No podía acostumbrarse a su interés por las artes que a él le importaban; parecía demasiado bueno para ser cierto&#8230; era una aventura muy improbable tropezar con semejante pozo de afinidades. Uno podía extraviarse fácilmente en el desierto, lo decían las cartas y era ley de la vida; pero el tropezar con un manantial cristalino era un accidente rarísimo. Sin embargo, si en un momento las aspiraciones de ella parecían demasiado extravagantes para ser auténticas, al momento siguiente a Paul se le antojaban demasiado inteligentes para ser falsas. Eran a la vez elevadas y débiles y, si de caprichos se trataba, las prefería a cualquiera de las que había encontrado en una relación similar. Era probable que las dejara atrás, que las cambiara por la política o por la «agudeza» o por una mera y prolífica maternidad, como era costumbre en muchachas que recibían educación y mimos, entregadas a borronear papeles y pintarrajear telas en una época de lujo y en una sociedad ociosa. Advirtió que las acuarelas de las paredes de la habitación en la que estaban tenían la cualidad principal de ser ingenuas, y pensó que la ingenuidad en el arte es como el cero en un número: su importancia depende de la cifra a la que va unido. Mientras tanto, no obstante, se había enamorado de ella. Antes de irse, en cualquier caso, le dijo:</p>
<p> ?Pensé que St. George iba a venir a verla hoy, pero no aparece.</p>
<p> Durante un momento supuso que ella iba a exclamar «<em>Comment donc</em>? ¿Ha venido sólo a verlo a él?». Pero un momento después se dio cuenta de lo poco que tal frase habría concordado con la ausencia de cualquier nota de flirteo que hasta entonces había percibido en ella. Sólo respondió:</p>
<p> ?Ah, sí; pero no creo que venga. Me recomendó que no lo esperara.</p>
<p> Y a continuación añadió alegremente, mas con toda suavidad:</p>
<p> ?Dijo que no era justo para usted. Pero yo creo que podría arreglármelas con dos.</p>
<p> ?Yo también ?repuso Paul Overt, haciendo una pequeña concesión para coincidir con ella. En realidad la apreciación que hizo de la circunstancia suponía de manera tan total una apreciación de la mujer que se hallaba ante él, que otra figura en la escena, aun tan estimada como St. George, podría haberlo atraído en vano. Salió de la casa preguntándose qué había querido decir el gran hombre con lo de que no era justo para él; y, aún más, si se había mantenido lejos por la fuerza de esta idea. Mientras se ponía en camino por la soledad dominical de Manchester Square, balanceando el bastón y con una buena dosis de emoción fermentando en su alma, le pareció que vivía en un mundo extrañamente magnánimo. Miss Fancourt le había dicho que era posible que estuviese fuera, y que su padre lo estaría el domingo siguiente, pero que tenía esperanza de recibir una visita de él en el caso contrario. Le prometió hacerle saber si no se ausentaba y entonces él podría actuar en consecuencia. Después de entrar por una de las calles que se abrían desde la plaza, se detuvo, sin intenciones definidas, buscando escépticamente un coche. Al cabo de un momento vio un simón avanzando por el lugar, desde el otro lado y dirigiéndose hacia él. Estaba a punto de hacerle una señal al cochero, cuando advirtió a un «pasajero» en el interior; entonces esperó, viendo que el hombre se disponía a depositar a su pasajero al detenerse en una de las casas. La casa era, al parecer, la que él mismo acababa de abandonar; al menos sacó esa conclusión al reconocer a Henry St. George en la persona que bajó del simón. Paul se volvió tan rápido como si hubiese sido sorprendido en el acto de espiar. Abandonó la idea del coche, prefería ir andando; no iría a ningún lado. Se alegraba de que St. George no hubiese renunciado por completo a su visita&#8230; eso habría sido demasiado absurdo. Sí, el mundo era magnánimo, e incluso él mismo se sintió así cuando, al mirar su reloj, vio que eran sólo las seis, y mentalmente congratuló a su sucesor por tener una hora para sentarse en el salón de Miss Fancourt. Quizá él mismo emplease esa hora en hacer otra visita, pero para cuando llegó a Marble Arch, la idea de tal plan se había vuelto incongruente. Pasó por debajo de ese esfuerzo arquitectónico y entró en el parque y llegó hasta el extendido césped. Continuó andando; cruzó por el césped y salió junto al estanque. Observó con ojos amistosos la diversión de los londinenses, dirigió una mirada casi alentadora a las jóvenes que remaban para su novio y a los guardias que con sus gorros de piel cosquilleaban tiernamente las flores artificiales del sombrerito dominguero de su pareja. Prolongó su paseo de meditación; entró en Kensington Gardens, se sentó en las sillas de alquiler, miró los barquitos de vela lanzados sobre el estanque redondo y se alegró de no tener ningún compromiso para cenar. Acudió a tal fin, muy tarde, a su club, donde se sintió incapaz de elegir un menú y pidió al camarero que le trajera lo que hubiese. Ni siquiera observó lo que le habían servido, y pasó la velada en la biblioteca del establecimiento, haciendo que leía un artículo en una revista americana. No logró averiguar de qué trataba; parecía tratar confusamente de Marian Fancourt.</p>
<p> Casi al final de la semana ella le escribió diciendo que no iba a ir al campo, acababa de ser decidido. Su padre, añadió, nunca decidía nada, se lo dejaba todo a ella. Sentía que la responsabilidad era suya ?tenía que hacerlo? y puesto que se veía forzada, así es como se decidió. No mencionó razón alguna, lo cual ofreció a nuestro amigo un terreno más claro para la audaz conjetura. Este segundo domingo en Manchester Square estimó su fortuna menos buena, pues ella tenía tres o cuatro visitantes. Pero hubo tres o cuatro compensaciones; la mayor de las cuales fue quizá que, al enterarse de cómo su padre, a última hora, había salido de la ciudad solo después de todo, la audaz conjetura de la que acabo de hablar se hizo un tanto más audaz. Y además su presencia era su presencia, y la personal habitación roja estaba allí y estaba llena de ella, sin importar que pasaran y se desvanecieran fantasmas, emitiendo sonidos incomprensibles. Por último, tuvo el recurso de quedarse hasta que todos hubieron llegado y salido y de considerar esto obra de ella, aunque no dio ninguna señal en particular. Cuando se encontraron solos fue al grano.</p>
<p> ?Pero St. George vino por fin&#8230; el domingo pasado. Lo vi cuando miré hacia atrás.</p>
<p> ?Sí; pero fue la última vez.</p>
<p> ?¿La última vez?</p>
<p> ?Dijo que no volvería a venir.</p>
<p> Paul Overt la miró fijamente.</p>
<p> -¿Quiere decir que desea dejar de verla?</p>
<p> ?No sé lo que quiere decir ?sonrió con valentía la muchacha?. En cualquier caso no volverá a verme aquí.</p>
<p> ?¿Y puedo saber por qué?</p>
<p> ?No tengo la menor idea ?dijo Marian Fancourt, cuyo visitante la encontró más perversamente sublime que nunca al profesar ese desamparo diáfano.</p>
<p> </p>
<p><strong>                                                                                                       5</strong></p>
<p> </p>
<p> ?Oh, por favor, quiero que se quede un poco ?dijo Henry St. George a las once, la noche en que cenó con el cabeza de la profesión. El grupo ?desde luego ninguno de ellos <em>de</em> la profesión? había sido numeroso y estaba despidiéndose; nuestro joven, después de dar las buenas noches a su anfitriona, había extendido la mano en ademán de despedida al dueño de casa. Además de producir en el último la protesta que he citado, este movimiento provocó otra palabra sin precio sobre la ocasión de mantener una charla, de ir a la habitación de St. George y de tenerlo todo por decir, todavía. Paul Overt era todo deleite ante esta amabilidad; no obstante mencionó en tono débil y jocoso el simple hecho de que había prometido ir a otro lugar que se encontraba a considerable distancia.</p>
<p> ?Pues va a romper su promesa, eso es todo. ¡Vaya un embustero! ?añadió St. George en un tono que confirmó la cómoda sensación de nuestro joven.</p>
<p> ?Desde luego que la romperé&#8230; pero era una promesa auténtica.</p>
<p> ?¿Se refiere a Miss Fancourt? ¿La está siguiendo? ?preguntó su amigo.</p>
<p> Contestó con una pregunta.</p>
<p> ?¿Es que <em>ella</em> va?</p>
<p> ?¡Vil impostor! ?prosiguió su irónico anfitrión?. Lo he tratado generosamente en lo que a esa joven respecta: no haré más concesiones. Espere tres minutos&#8230;, en seguida estoy con usted. ?Se dedicó a despedir a sus invitados, acompañó a las damas con vestidos de cola a la puerta. Era una noche calurosa, las ventanas estaban abiertas, el sonido de los rápidos coches y la llamada de los serenos penetraba en la casa. El ambiente había resplandecido no poco; una sensación de cosas festivas flotaba en el aire cargado: no sólo la influencia de esa fiesta en particular, sino también la insinuación del apremio del placer extendido que en las noches veraniegas de Londres llena tantos alegres barrios de la complicada ciudad. El salón de Mrs. St. George se vació gradualmente; Paul se encontró a solas con su anfitriona, a quien explicó el motivo de su espera.</p>
<p> ?Ah, sí, una conversación intelectual, <em>profesional</em> ?dijo con malicia?, ¿no cree que se echa de menos en esta época del año? Pobre Henry, ¡me alegro tanto!</p>
<p> El joven miró un momento por la ventana, a los simones solicitados que llegaban dando tumbos, las suaves berlinas que se alejaban. Cuando se volvió, Mrs. St. George había desaparecido; la voz de su marido ascendió hacia él desde abajo; se reía y hablaba, en el pórtico, con alguna señora que aguardaba su coche. Paul tomó solitaria posesión, durante unos minutos, de las cálidas habitaciones abandonadas, donde la luz tamizada y colorida de las lámparas era suave, los asientos habían sido movidos en todas direcciones y perduraba el aroma de las flores. Eran salas grandes, eran hermosas, contenían objetos de valor; todo en ese cuadro hablaba de una «buena casa». Al cabo de cinco minutos, entró un criado con la petición del Maestro de que bajara a reunirse con él; de modo que descendió por la escalera, siguiendo a su guía por un largo pasillo hasta un apartamento retirado de la parte de atrás de la vivienda, para los requerimientos especiales, según se dijo, de un ocupado hombre de letras.</p>
<p> St. George estaba en mangas de camisa en medio de una habitación grande y alta, una habitación sin ventanas, pero con una amplia claraboya en la parte de arriba, como la de una sala de exposiciones. Estaba amueblada como una biblioteca, y las apretadas estanterías se levantaban hasta el techo, una superficie de un tono incomparable producido por «lomos» confusamente dorados, interrumpidos por grabados y dibujos antiguos colgados aquí y allá. En el extremo más alejado de la puerta de entrada había una mesa alta, de gran extensión, sobre la que la persona que la usara podría escribir sólo en la postura erguida de un empleado de oficina; y extendida desde la entrada hasta esa estructura, había una banda ancha y lisa de tela roja, tan recta como el sendero de un jardín y casi tan larga, donde Paul en seguida contempló mentalmente el ir y venir del Maestro durante horas fastidiosas, horas, es decir, de admirable composición. El criado le dio una prenda, una vieja chaqueta con esa caída que da la experiencia, que había sacado de un armario de la pared, y se retiró después con la prenda que se había quitado. Paul Overt recibió la chaqueta de buen grado; era una chaqueta para hablar, prometía confidencias ?ya que visiblemente había recibido tantas? y tenía trágicos codos literarios.</p>
<p> ?Somos prácticos&#8230; ¡somos prácticos! ?dijo St. George cuando vio que su visitante pasaba revista al lugar?. ¿No es una buena jaula para dar vueltas? La inventó mi esposa y me encierra aquí todas las mañanas.</p>
<p> Nuestro joven respiró ?a manera de tributo? con cierta opresión.</p>
<p> ?¿No echa de menos una ventana&#8230; un lugar por donde mirar?</p>
<p> ?Al principio muchísimo; pero ella lo calculó perfectamente. Ahorra tiempo, me ha ahorrado muchos meses en estos diez años. Aquí estoy, ante los ojos del día (desde luego en Londres, con frecuencia, son ojos borrosos), amurallado en mi profesión. No puedo escapar, por eso el cuarto ofrece una buena lección de concentración. He aprendido la lección de concentración. He aprendido la lección, creo; mire ese montón de pruebas y admítalo. ?Señaló un grueso rollo de papeles, sobre una de las mesas, que no había sido desatado.</p>
<p> ?¿Va a sacar otra&#8230;? ?preguntó Paul, en un tono cuyas afectuosas deficiencias no reconoció hasta que su compañero rompió a reír y entonces sólo a duras penas.</p>
<p> ?¡Embustero, embustero! ?St. George parecía disfrutar acariciándolo, por así decirlo, con ese oprobio?. ¿Cree que no sé lo que piensa de ellas? ?preguntó, de pie, con las manos en los bolsillos y con una nueva clase de sonrisa. Era como si fuera a permitir que su joven devoto lo viese ahora por completo.</p>
<p> ?¡Le doy mi palabra de que en este caso sabe más que yo! ?se aventuró a responder Overt, revelando parte del tormento de no ser capaz de estimarlo abiertamente ni de renunciar a él de manera clara.</p>
<p> ?Mi querido amigo ?dijo el cada vez más interesado Maestro?, no se imagine que hablo específicamente de mis libros; no son un tema decente, <em>il ne manquerait plus que ça</em>. ¡No soy tan malo como pueda usted sospechar! De mí, sí, un poco, si lo desea; aunque no era para eso para lo que lo he traído aquí. Quiero pedirle algo&#8230; muy especialmente; aprecio esta oportunidad. Así que siéntese. Somos prácticos, pero <em>hay</em> un sofá, ¿ve?, ella ha mimado mis pobres huesos hasta ahora. Como todos los buenos administradores y ordenancistas, sabe cuándo es prudente relajarse. ?Paul se hundió en la esquina de un hondo sofá de cuero, pero su amigo permaneció de pie en actitud explicativa?. Si no le importa, en esta habitación, ésta es mi costumbre. De la puerta a la mesa y de la mesa a la puerta. Eso me remueve suavemente la imaginación; y ¿no ve lo bien que está que no haya una ventana para que vuele? El eterno estar de pie cuando escribo (me paro en ese escritorio y lo apunto, cuando viene algo, y continuamos así) era bastante agotador al principio, pero lo adoptamos con vistas a lo duradero; se está mejor, si las piernas no desfallecen y se puede mantener durante más años. ¡Somos prácticos, somos prácticos! ?repitió St. George, yendo hacia la mesa y tomando mecánicamente el rollo de pruebas. Pero al arrancar la envoltura, cambió su foco de atención para volver a nuestro héroe. Durante un momento se perdió examinando las hojas de su nuevo libro, mientras los ojos del hombre más joven volvían a vagar por la habitación.</p>
<p> «Señor, ¡qué cosas tan buenas haría yo, si tuviera un lugar tan encantador para hacerlas!», reflexionó Paul. El mundo exterior, el mundo de accidente y fealdad, se hallaba de esta manera logradamente excluido, y dentro del rico cuadrado protector, bajo el cielo protector, las figuras oníricas, la compañía solicitada, podían sostener su particular deleite. Era una fervorosa previsión de Overt, más que una observación basada en hechos reales, para la que las ocasiones habían sido demasiado escasas, el que el Maestro, contemplado así más de cerca, tendría la cualidad, el don encantador de brillar, sorprendentemente, en el trato personal y en momentos de expectación interrumpida o incluso tal vez atenuada. Una feliz relación con él sería algo que discurriera a saltos, no en etapas fáciles de seguir.</p>
<p> ?¿Los lee&#8230; de verdad? ?preguntó dejando las pruebas cuando Paul le preguntó si la obra sería publicada pronto. Y cuando el joven contestó «Oh, sí, siempre», su regocijo fue causado de nuevo por algo que captó en su manera de decir eso?. Uno va a ver a su abuela el día de su cumpleaños, y muy bien está, especialmente porque no durará siempre. Ha perdido todas sus facultades y sus sentidos; ni ve, ni oye, ni habla; pero todas las devociones de costumbre y hábitos bondadosos son respetables. Sólo que usted es fuerte si <em>en realidad</em> los lee! Yo no podría, mi querido amigo. Usted <em>es</em> fuerte, lo sé; y eso es precisamente parte de lo que quiero decirle. Usted es muy fuerte, en verdad. He estado examinando sus otras cosas&#8230; me han interesado enormemente. Alguien debería haber hablado antes de ellas&#8230; alguien a quien pudiera creer. Pero, ¿a quién puede uno creer? Es maravilloso verlo en el buen camino&#8230; es un trabajo decentísimo. Pero veamos, ¿pretende usted seguir así?, eso es lo que quiero preguntarle.</p>
<p> ?¿Que si pretendo hacer más? ?preguntó Paul, mirando desde el sofá a su erguido inquisidor y sintiéndose, en parte, como un feliz colegial cuando el maestro está alegre y, en parte, como algún peregrino de antaño que pudiera haber consultado a un oráculo famoso en toda la tierra. El desempeño mismo de St. George había sido débil, pero como consejero sería infalible.</p>
<p> ?¿Más&#8230;? ¿más? El número no importa; una más sería suficiente si en realidad supusiera un paso más&#8230;, un latido del mismo esfuerzo. Lo que quiero decir es ¿va a buscar de corazón algún tipo de perfección decente?</p>
<p> ?¡Ah, decencia, ah, perfección&#8230;! ?suspiró sinceramente el joven?. El otro doningo hablé de ellas con Miss Fancourt.</p>
<p> Esto produjo una risa de peculiar acrimonia por parte del Maestro.</p>
<p> ?Sí, «hablarán» de ellas tanto como guste. Pero poco harán para ayudarlo a uno a conseguirlas. No hay obligación alguna, desde luego; es sólo que usted me parece capaz ?continuó?. Usted debe tenerlo todo pensado. No puedo creer que no tenga un plan. Esa es la sensación que me da, y es tan poco corriente que lo excita a uno de verdad&#8230; lo hace a usted notable. Si no tiene ningún plan, si no se propone seguir así, desde luego está en su derecho; a nadie le incumbe, nadie puede forzarlo, y no más de dos o tres personas notarán que usted no sigue el camino recto. Los demás, <em>todos</em> los demás, cada bendita alma en Inglaterra, pensarán que lo sigue&#8230; pensarán que está manteniéndolo: ¡palabra de honor! Yo seré uno de los dos o tres que lo sepan mejor. Pero la cuestión está en si puede usted hacerlo por dos o tres. ¿Es ésta la sustancia de la que está hecho?</p>
<p> La pregunta encerró a su invitado durante un minuto como entre brazos palpitantes.</p>
<p> ?Podría hacerlo por uno, si ese uno fuera usted.</p>
<p> ?No diga eso; no lo merezco; me abrasa ?protestó con unos ojos repentinamente graves y encendidos?. Ese «uno» es por supuesto uno mismo, la conciencia de uno, la idea de uno, la singularidad de la meta de uno. Yo pienso en ese espíritu puro al igual que un hombre piensa en la mujer que en alguna hora aborrecida de su juventud ha amado y abandonado. Ella lo persigue con ojos llenos de reproche, vive por siempre ante él. Como artista, ¿sabe usted? me he casado por dinero ?Paul lo miró de hito en hito e incluso se sonrojó un poco, confundido con esta confesión; ante lo que su huésped, observando el gesto de su cara, soltó una risita y prosiguió?: Usted no sigue mi metáfora. No estoy hablando de mi querida esposa, que tenía una pequeña fortuna, la cual, sin embargo, no fue mi soborno. Me enamoré de ella, como muchos otros han hecho. Me refiero a la musa mercenaria a quien llevé al altar de la literatura. Muchacho, no meta la nariz en <em>ese</em> yugo. ¡Ese horrible rocín le arruinará la vida!</p>
<p> Nuestro héroe lo observó, sorprendido y profundamente conmovido.</p>
<p> ?¿No ha sido usted feliz?</p>
<p> ?¿Feliz? Es una especie de infierno.</p>
<p> ?Hay cosas que me gustaría preguntarle ?dijo Paul tras una pausa.</p>
<p> ?Pregúnteme cualquier cosa en el mundo. Me abriré por completo para salvarlo.</p>
<p> ?¿Para «salvarme»? ?dijo con voz temblorosa.</p>
<p> ?Para que no ceje&#8230; para que persista. Como le dije la otra noche en Summersoft, que mi ejemplo le resulte vivo.</p>
<p> ?Pero si sus libros no son tan malos ?dijo Paul entre risas y sintiendo que si alguna vez algún hombre había respirado el aire del arte&#8230;</p>
<p> ?¿Tan malos como qué?</p>
<p> ?Su talento es tan grande que se halla en todo lo que hace, tanto en lo que es menos bueno como en lo que es mejor. Tiene usted unos cuarenta volúmenes que lo demuestran&#8230; cuarenta volúmenes de vida maravillosa, de observación poco común, de capacidad magnífica.</p>
<p> ?Soy muy listo, naturalmente que sé eso ?pero era algo, en suma, a lo que este autor no daba importancia?. Señor, ¡qué porquería serían si no lo hubiera sido! Soy un hábil charlatán ?prosiguió?. He sido capaz de hacer que se tragaran mi sistema. Pero ¿sabe lo que es? Es <em>carton?pierre.</em></p>
<p><em> ?¿Carton?pierre?</em> ?Paul quedó impresionado y boquiabierto.</p>
<p> ?¡Lincrusta?Walton! ¡Papel barato!</p>
<p> ?No diga cosas así&#8230; ¡me hace sangrar! ?protestó el joven?. Yo lo veo en un hogar bello y afortunado, viviendo con bienestar y honor.</p>
<p> ?¿Lo llama honor? ?su anfitrión increpó con una entonación que a menudo vuelve a él?. A eso es a lo que quiero que se dedique <em>usted</em>. Me refiero a lo auténtico. Esto es oropel.</p>
<p> ?¿Oropel? ?exclamó Paul mientras sus ojos vagaban, en una trayectoria natural del momento, por la lujosa habitación.</p>
<p> ?Ah, hoy en día lo hacen tan bien&#8230; ¡es maravillosamente engañoso!</p>
<p> Nuestro amigo se estremeció de interés y aún más, quizá, de pena. Sin embargo, no temía aparentar condescendencia cuando aún podía sentir envidia.</p>
<p> ?¿Es engañoso que lo encuentre viviendo con todas las señales de la felicidad doméstica, bendecido con una esposa perfecta y devota, con unos hijos a quienes no he tenido aún el placer de conocer, pero que <em>deben</em> ser unos jóvenes encantadores por lo que conozco de sus padres?</p>
<p> St. George sonrió por la franqueza de su pregunta.</p>
<p> ?Todo es excelente, mi querido amigo, que el cielo me impida negarlo. He hecho una gran cantidad de dinero; mi esposa ha sabido cómo cuidarlo, cómo emplearlo sin malgastar, apartar una buena cantidad, hacerlo fructificar. Tengo un pan en el armario; de hecho lo tengo todo menos lo grande.</p>
<p> ?¿Lo grande? ?Paul siguió haciendo de eco.</p>
<p> ?La sensación de haber hecho lo mejor&#8230; la sensación que es la verdadera vida del artista y cuya ausencia supone su muerte, de haber extraído de su instrumento intelectual la música más hermosa que la naturaleza había escondido en él, de haberla tocado como debe tocarse. O bien lo hace o bien no lo hace y, si no lo hace, no merece la pena que se hable de él. Por tanto, precisamente, los que realmente saben <em>no</em> hablan de él. Puede que él aún oiga una gran cháchara, pero lo que más oye es el incorruptible silencio de la Fama. Yo la he sobornado, se podría decir, en mi momento&#8230; pero ¿cuál es mi momento? No se imagine ni por un minuto ?prosiguió el Maestro? que soy tan sinvergüenza como para haberlo traído aquí abajo para abusar o para quejarme de mi esposa ante usted. Es una mujer de cualidades distinguidas, a quien estoy inmensamente obligado; de modo que, si me hace el favor, no diremos nada de ella. Mis chicos, mis hijos son todos varones, son rectos y fuertes, gracias a Dios y no hay pobreza de crecimiento a su alrededor, no hay penuria de necesidades. Recibo periódicamente el más satisfactorio testimonio de Harrow, de Oxford, de Sandhurst, ¡oh, hemos hecho lo mejor por ellos!, de su eminencia como organismos que viven, consumen y prosperan.</p>
<p> ?Debe ser maravilloso sentir que el hijo de las propias carnes está en Sandhurst ?comentó Paul con entusiasmo.</p>
<p> ?Lo es&#8230; es encantador. ¡Yo soy un patriota!</p>
<p> El joven, en ese momento, se vio en la obligación de pagar el más grande de los tributos de preguntas.</p>
<p> ?Entonces, ¿qué quiso decir usted la otra noche en Summersoft, al declarar que los hijos son una maldición?</p>
<p> ?Mi querido joven, ¿de qué base partimos? ?y St. George se dejó caer en el sofá a corta distancia de él. Sentado ligeramente de lado, apoyó la espalda en el brazo del sofá con las manos cruzadas detrás de la cabeza?. ¿De suponer que cierta perfección es posible e incluso deseable, no es así? Pues todo lo que digo es que los hijos de uno interfieren en la perfección. Interfiere la esposa. Interfiere el matrimonio.</p>
<p> ?¿Cree que el artista no debería casarse?</p>
<p> ?Lo hace corriendo un riesgo, lo hace a sus expensas.</p>
<p> ?¿Ni siquiera cuando su esposa comprende su trabajo?</p>
<p> ?Nunca comprenden&#8230; ¡no pueden! Las mujeres no conciben tales cosas.</p>
<p> ?Pero no hay duda de que en ocasiones son ellas mismas quienes trabajan ?objetó Paul.</p>
<p> ?Sí, y muy mal. Oh, claro, a menudo creen que entienden, creen que comprenden. Entonces es cuando son más peligrosas. Creen que uno va a hacer mucho y que obtendrá mucho dinero. Su gran nobleza y virtud, su conciencia ejemplar como hembras británicas está en mantenerlo a uno ahí. Mi esposa lleva todos los tratos con mis editores y lo ha hecho durante veinte años. Lo hace consumadamente bien, por eso vivo con tanto desahogo. ¿No es uno el padre de sus inocentes criaturas y va uno a privarlas de su sustento natural? La otra noche me preguntaba usted si no son un incentivo inmenso. Claro que lo son, ¡no hay duda de eso!</p>
<p> Paul lo consideró: para unos ojos que nunca habían estado tan abiertos, había tanto que observar&#8230;</p>
<p> ?En cuanto a mí, me da la impresión de que necesito incentivos.</p>
<p> ?Ah, entonces <em>n&#8217;en parlons plus! </em>?sonrió magnánimamente su compañero.</p>
<p> ?<em>Usted</em> es un incentivo, lo mantengo ?prosiguió el joven?. Usted no me afecta de la manera en que al parecer le gustaría afectarme. Lo que veo es su gran éxito&#8230; ¡la pompa de los Jardines de Ennismore!</p>
<p> ?¿Éxito? ?los ojos de St. George tenían una luz fina y fría?. ¿Llama usted éxito a que se hable de uno como hablaría usted de mí si estuviera aquí sentado con otro artista, un joven inteligente y sincero como usted? Llama éxito a hacer que se sonroje, ¡cómo se sonrojaría! si algún crítico extranjero (un tipo, claro está, que supiera de lo que está hablando y que le hubiera demostrado que lo sabía, como les gusta demostrarlo a los críticos extranjeros) le dijera: «Seguro que en su país a ése lo consideran el más perfecto.» ¿Es éxito servir de ocasión para que un joven inglés tenga que tartamudear como usted tendría que hacerlo en un momento así por la pobre Inglaterra? No, no; el éxito es haber hecho que la gente baile a otro son. ¡Inténtelo!</p>
<p> Paul continuaba resplandeciendo, todo gravedad.</p>
<p> ?Que intente ¿qué?</p>
<p> ?Intente hacer un trabajo realmente bueno.</p>
<p> ?¡El cielo sabe que quiero hacerlo!</p>
<p> ?Pero no se puede hacer sin sacrificios, no lo crea ni por un momento ?dijo el Maestro?. Yo no hice ninguno. Lo tuve todo. En otras palabras, lo he perdido todo.</p>
<p> ?Ha tenido la vida normal humana, masculina, intensa y completa, con todas las responsabilidades y deberes, cargas, penas y alegrías, todas las iniciaciones y complicaciones sociales y domésticas. Deben ser inmensamente sugestivas, inmensamente divertidas ?adujo Paul con ansia.</p>
<p> ?¿Divertidas?</p>
<p> ?Para un hombre fuerte&#8230; sí.</p>
<p> ?Me proporcionaron un sinfín de temas, si a eso se refiere; pero al mismo tiempo me quitaron el poder de usarlos. Traté un millar de cosas, pero ¿cuál de ellas se convirtió en oro? El artista sólo maneja eso&#8230; no sabe nada de un metal más bajo. He vivido una vida mundana, con mi mujer y mi progenie; la torpe, convencional, cara, materializada, vulgarizada, brutalizada vida de Londres. Tenemos todo lo bello, incluso un coche; somos perfectos filisteos y gente eminente, hospitalaria y próspera.</p>
<p> Pero, mi querido amigo, no intente hacerse el tonto y fingir que no sabe lo que <em>no</em> tenemos. Es más grande que todo lo demás. Entre artistas&#8230; ¡vamos! ?concluyó el Maestro?. ¡Usted sabe tan bien como que está ahí sentado que se metería una bala en el cerebro si hubiera escrito mis libros!</p>
<p> A su oyente le pareció que la formidable conversación prometida en Summersoft había tenido lugar, y con una prontitud, una plenitud, con la que su joven imaginación apenas había contado. Esa impresión lo agitó cunsiderablemente y palpitó con la emoción de sondeos tan profundos y confidencias tan extrañas. Palpitó en verdad con el conflicto de sus sentimientos&#8230; perplejidad, reconocimiento y alarma, goce, protesta y asentimiento, todo entremezclado con ternura (y una especie de vergüenza en la participación) hacia las llagas y cardenales expuestos por un ser tan exquisito, y con la percepción del secreto trágico que albergaba bajo sus ropas. La idea de que la <em>suya</em>, la de Paul Overt, se hubiera convertido en la ocasión de tal acto de humildad lo hizo sonrojarse y quedar sin aliento, al mismo tiempo que su conciencia se hallaba en cierto sentido demasiado viva para no tragar ?y no saborear intensamente? cada una de las dosis de revelación ofrecidas. Su singular fortuna había hecho que soplara sobre las profundas aguas y que éstas se agitaran y rompieran en olas de extraña elocuencia. Pero ¿cómo no iba a revelar la apasionada contradicción de la última extravagancia de su huésped, cómo no iba a enumerarle las partes de su obra que amaba, las cosas espléndidas que había encontrado en ella, fuera del alcance de cualquier otro escritor del momento? St. George escuchó durante un rato cortésmente; a continuación dijo, posando la mano sobre la de su visitante:</p>
<p> ?Todo eso está muy bien; y si no tiene la idea de hacer algo mejor, no hay razón para que no posea tantas cosas buenas como yo: el mismo número de apéndices humanos y materiales, el mismo número de hijos o hijas, una mujer con el mismo número de vestidos, una casa con el mismo número de criados, un establo con el mismo número de caballos, un corazón con el mismo número de dolores ?el Maestro se levantó cuando hubo hablado así, quedó en pie un momento, junto al sofá, mirando a su agitado pupilo?. ¿Está usted en posesión de alguna propiedad? ?se le ocurrió preguntar.</p>
<p> ?Nada de lo que merezca la pena hablar.</p>
<p> ?Ah, entonces no hay razón para que no obtenga unos ingresos considerables&#8230; si comienza con buen pie. Estúdieme a mí para ello, estúdieme bien. Es posible que de verdad tenga caballos.</p>
<p> Paul no habló durante unos minutos. Miró delante de sí, consideró muchas cosas. Su amigo se había alejado y había agarrado un paquete de cartas de la mesa donde yacía el rollo de pruebas.</p>
<p> ?¿Cuál era el libro que Mrs. St. George le hizo quemar, el que no le gustaba? ?sacó a relucir nuestro joven.</p>
<p> ?El libro que me hizo quemar&#8230; ¿cómo sabía usted eso? ?el Maestro levantó los ojos de las cartas sin la convulsión facial que el pupilo había temido.</p>
<p> ?La oí hablar de él en Summersoft.</p>
<p> ?Ah, sí&#8230; está orgullosa de ello. No sé&#8230; era bastante bueno.</p>
<p> ?¿De qué trataba?</p>
<p> ?Vamos a ver ?y pareció hacer un esfuerzo para recordar?. Ah, sí&#8230; era sobre mí mismo.</p>
<p> ?Paul emitió un gemido irreprimible por la pérdida de una producción así, y el hombre de más edad prosiguió?. Pero debería escribirlo <em>usted</em>&#8230;, <em>usted</em> debería hacerme ?y suspendió el movimiento inquieto que lo había invadido; su sonrisa delicada era un resplandor generoso?. Ahí tiene un tema, muchacho: ¡con materia interminable!</p>
<p> Paul estaba en silencio de nuevo, pero todo era un tormento.</p>
<p> ?¿Es que no hay mujeres que comprendan de verdad&#8230; que puedan participar en el sacrificio?</p>
<p> ?¿Cómo pueden participar? Ellas mismas constituyen el sacrificio. Son el ídolo, el altar y la llama.</p>
<p> ?¿Es que no hay ni <em>una</em> que vea más allá? ?continuó Paul.</p>
<p> Durante un momento St. George no dio respuesta alguna; tras lo cual, después de romper las cartas, volvió al tema, lleno de ironía.</p>
<p> ?Por supuesto que sé a quién se refiere. Pero ni siquiera Miss Fancourt.</p>
<p> ?Creí que la admiraba muchísimo.</p>
<p> ?Es imposible admirarla más. ¿Está enamorado de ella? ?preguntó St. George.</p>
<p> ?Sí ?dijo Paul Overt poco después.</p>
<p> ?Entonces renuncie.</p>
<p> Paul lo miró fijamente.</p>
<p> ?¿Que renuncie a mi «amor»?</p>
<p> ?No, por Dios. A su idea ?y como nuestro héroe no cesaba de mirarlo fijamente, añadió?: Ésa de la que habló con ella. La idea de una perfección decente.</p>
<p> ?Ella contribuiría&#8230; ella contribuiría ?gritó el joven.</p>
<p> ?Durante un año, más o menos, el primer año, sí. Después sería como una piedra atada al cuello.</p>
<p> Paul se sorprendió con franqueza.</p>
<p> ?Pero si tiene pasión por lo auténtico, por el buen trabajo&#8230; por todo lo que a usted y a mí más nos importa.</p>
<p> ?«A usted y a mí», ¡qué encantador, querido amigo! ?rió su interlocutor?. La tiene de verdad, pero tendría una pasión aún mayor por sus hijos&#8230; y muy justa también. Insistiría en que todo fuera cómodo, conveniente, propicio para ellos. Eso no es lo que le incumbe al artista.</p>
<p> ?El artista&#8230; ¡el artista! ¿Es que no es un hombre en cualquier caso?</p>
<p> St. George hizo una mueca sublime.</p>
<p> ?Me inclino a creer que no. Usted sabe tan bien como yo lo que tiene que hacer: la concentración, el perfeccionamiento, la independencia por los que debe afanarse desde el momento en que comienza a desear que su trabajo sea realmente decente. Ah, joven amigo, la relación del artista con las mujeres, y en especial con la que más íntimamente lo preocupa, se halla a merced del maldito hecho de que, mientras él puede lógicamente tener un solo valor ellas tienen unos cincuenta. Eso es lo que las hace tan superiores ?añadió St. George divertido?. Imagínese a un artista cambiando de valores como quien cambia de camisa o los platos de una cena. <em>Hacerlo</em>, hacerlo y hacerlo divino, es lo único en lo que ha de pensar. «¿Lo he conseguido o no?» es su única pregunta. Y no «¿Lo he conseguido en la medida en que lo permita la atención adecuada de mi querida familia?» No tiene nada que ver con lo relativo, sólo con lo absoluto; y una querida familia puede representar una docena de relatividades.</p>
<p> ?¿Entonces no le permite tener las pasiones y afectos comunes de los hombres? ?preguntó Paul.</p>
<p> ?¿Acaso no tiene una pasión, un afecto que abarca todos los demás? Además, que tenga todas las pasiones que desee&#8230; mientras conserve su independencia. Debe ser capaz de ser pobre.</p>
<p> Paul se levantó lentamente.</p>
<p> ?En ese caso, ¿por qué me aconsejó que le hiciera la corte?</p>
<p> St. George le puso la mano en el hombro.</p>
<p> ?¡Porque sería una excelente esposa! Y entonces aún no había leído su novela.</p>
<p> El joven esbozó una sonrisa forzada.</p>
<p> ?¡Ojalá me hubiera dejado en paz!</p>
<p> ?No sabía que eso no era bueno para usted ?respondió su anfitrión.</p>
<p> ?Qué posición tan falsa, qué condena la del artista, ser un mero monje privado de sus derechos que puede producir su efecto sólo renunciando a la felicidad personal. ¡Qué acusación al arte! ?continuó Paul con voz temblorosa.</p>
<p> ?¿No se imaginará usted por casualidad que estoy defendiendo el arte? «Acusación»&#8230; ¡exactamente! Afortunada la sociedad en que no ha hecho su aparición, pues desde el momento en que llega los consume el dolor, experimentan una corrupción incurable en el pecho. ¡Naturalmente que el artista está en una posición falsa! pero creí que eso lo dábamos por descontado. Perdóneme ?continuó St. George?. ¡<em>Ginistrella</em> es la causante!</p>
<p> Paul se quedó mirando al suelo. La torre de la iglesia vecina dio la una en medio de la quietud.</p>
<p> ?¿Cree usted que llegaría a mirarme? ?expuso a su amigo por fin.</p>
<p> ?¿Miss Fancourt&#8230; como pretendiente? ¿Por qué no había de creerlo? Por eso he intentado favorecerlo, he tenido una o dos pequeñas ocasiones de mejorar su oportunidad.</p>
<p> ?Perdone que le pregunte, ¿pero se refiere a haberse mantenido apartado? ?dijo Paul con sonrojo.</p>
<p> ?Soy un idiota, mi sitio no está ahí ?declaró St. George gravemente.</p>
<p> ?Yo no soy nada aún, no tengo fortuna; y debe haber tantos otros ?prosiguió su compañero.</p>
<p> El Maestro consideró esto seriamente, pero le dio poca importancia.</p>
<p> ?Usted es un caballero y un hombre de genio. Creo que podría conseguir algo.</p>
<p> ?Pero si debo renunciar a eso&#8230; al genio&#8230;</p>
<p> ?Mucha gente, ¿sabe? cree que yo he conservado el mío ?sonrió St. George maravillosamente.</p>
<p> ?¡Usted es un genio para desconcertar! ?declaró Paul, mas tomándole la mano agradecido, como para atenuar su juicio.</p>
<p> ?Pobre muchacho, ¡cómo lo preocupo! Pero inténtelo, inténtelo de todos modos, creo que sus posibilidades son buenas y que ganará un gran premio.</p>
<p> Paul retuvo firmemente la mano del otro un minuto; miró esa cara profunda y extraña.</p>
<p> ?No, <em>soy</em> un artista, ¡no puedo evitarlo!</p>
<p> ?¡Demuéstrelo entonces! ?exclamó suplicante St. George?. Permítame que vea antes de morir lo que más quiero, lo que más anhelo: una vida en la que la pasión, la nuestra, es realmente intensa. ¡Si puede usted ser especial no abandone! ¡Piense en lo que es, en lo que significa, en cómo perdura!</p>
<p> Se habían dirigido hacia la puerta y St. George había cerrado las dos manos sobre las de su compañero. Aquí se detuvieron de nuevo y nuestro héroe respiró hondamente.</p>
<p> ?¡Quiero vivir!</p>
<p> ?¿En qué sentido?</p>
<p> ?En el más grande.</p>
<p> ?Entonces persista, no ceje.</p>
<p> ?¿Con su comprensión&#8230; su ayuda?</p>
<p> ?Cuente con ello, usted será una gran figura para mí. Cuente con mi más elevado aprecio, con mi devoción. Me sentiré muy contento, si es que eso tiene algún valor para usted ?tras lo cual, como Paul aún parecía vacilar, su anfitrión añadió?: ¿Recuerda lo que me dijo en Summersoft?</p>
<p> ?¡Alguna chifladura, sin duda!</p>
<p> ?«Haré cualquier cosa que usted me diga.» Dijo eso.</p>
<p> ?¿Y me obliga a mantenerlo?</p>
<p> ?Ah, ¿qué soy yo? ?suspiró expresivamente el Maestro.</p>
<p> ?Señor, ¡qué cosas tendré que hacer! ?casi gimió Paul al partir.</p>
<p> </p>
<p><strong>                                                                                                       6</strong></p>
<p> </p>
<p> «Se desarrolla demasiado en el extranjero, ¡al diablo con el extranjero» Éstas u otras similares habían sido las palabras notables del Maestro con respecto a la acción de <em>Ginistrella</em>; y sin embargo, aunque habían hecho severa mella en el autor de esa obra, como casi todas las palabras surgidas de la misma fuente, una semana después de la conversación que he señalado, Overt abandonaba Inglaterra para una ausencia prolongada y lleno de valientes intenciones. No supondría una perversión de la verdad declarar ese encuentro como la causa directa de su marcha. Si las manifestaciones del eminente escritor tenían el privilegio de impresionarlo profundamente, fue especialmente al considerarlas sin prisa, horas y días después, cuando parecieron ofrecerle su significado pleno y exponerle su importancia extrema. Pasó el verano en Suiza y, habiendo comenzado en septiembre una nueva tarea, decidió no cruzar los Alpes hasta tener un buen comienzo. Regresó a este fin a un tranquilo rincón que conocía bien, a la orilla del Lago de Ginebra y con las torres de Chillon a la vista: una región y un paisaje por los que sentía un afecto brotado de antiguas asociaciones y que eran capaces de producir resurgimientos y estímulos misteriosos. Permaneció hasta bastante tarde en este lugar, hasta que hubo nieve en las colinas más próximas, llegando casi al límite hasta el que podía subir cuando, en las tardes cada vez más cortas, su tarea quedaba cumplida. El otoño era bello, el lago era azul, y su libro tomaba forma y dirección. Estas dichas realzaban por el momento su vida, a la que permitía que lo cubriera con su manto. Al cabo de seis semanas sintió que había aprendido de memoria la lección de St. George, que había puesto a prueba y verificado su doctrina. No obstante, hizo una cosa muy incoherente: antes de cruzar los Alpes escribió a Marian Fancourt. Era consciente de la perversidad de este acto, y lo justificó solamente como un lujo, una diversión, la recompensa de un otoño arduo. Ella no le había pedido tal favor cuando, poco antes de salir de Londres, tres días después de la cena en Ennismore Gardens, fue a despedirse. Era cierto que ella no había tenido razón alguna, él no había nombrado su intención de ausencia. Había guardado silencio por falta de la certeza debida: fue esa visita en particular la que, en segunda instancia, iba a resolver el asunto. Había hecho la visita para ver cuánto le importaba ella realmente, y la inmediata partida, sin que mediara ni un explícito adiós, fue la secuela de esta indagación, cuyo resultado había originado en él un profundo anhelo. Cuando le escribió desde Clarens señaló que le debía una explicación (¡más de tres meses después!) por no haberle dicho lo que iba a hacer.</p>
<p> Ella contestó con brevedad mas con prontitud, y le dio una impresionante noticia: la de la muerte, una semana antes, de Mrs. St. George. Esta ejemplar mujer había sucumbido, en el campo, a un violento ataque de inflamación de los pulmones, recordaría que había estado delicada durante bastante tiempo. Miss Fancourt añadió que creía que su marido se hallaba abrumado por el golpe; la echaría de menos terriblemente, lo había sido todo en la vida para él. Ante esto Paul Overt escribió de inmediato a St. George. Se habría alegrado, desde el día de su marcha, de permanecer en contacto con él, pero hasta la fecha había carecido de la excusa apropiada para molestar a un hombre tan ocupado. Su larga conversación nocturna volvió a él con cada uno de los detalles, pero esto no era óbice para expresar el debido pésame al cabeza de la profesión, pues, ¿acaso no había dejado claro esa misma conversación que la difunta dama era la influencia que regía su vida? ¿Qué catástrofe podía ser más cruel que la extinción de tal influencia? Éste había de ser exactamente el tono adoptado por St. George al contestar a su joven amigo al cabo de poco más de un mes. Por supuesto no aludió a su importante conversación. Hablaba de su esposa tan franca y generosamente como si hubiese olvidado por completo esa ocasión, y el sentimiento de profunda aflicción era visible en sus palabras. «Ella se lo ha llevado todo de mis manos&#8230; de mi cabeza. Condujo nuestra vida con el arte más grande, la devoción más inusual, y yo era libre, como pocos hombres pueden haberlo sido, para dirigir mi pluma, para encerrarme con mi profesión. Éste era un servicio poco común, el más elevado que pudo haberme prestado. ¡Cómo desearía haberlo reconocido de manera más adecuada!»</p>
<p> De estos comentarios se desprendía, para nuestro héroe, cierta perplejidad: le parecieron una contradicción, una retractación, extraña proviniendo de un hombre que no tenía la excusa de la estupidez. Claro estaba que no había esperado que su amigo se regocijara con la muerte de su esposa, y era perfectamente lógico que la ruptura de un vínculo de más de veinte años hubiera dejado en él una herida&#8230; Pero si ella había sido una bendición tan clara, ¿qué se había propuesto esa noche, en nombre de la coherencia, el dichoso hombre al ponerlo a <em>él</em> patas arriba, al administrarle hasta ese punto, a la hora más sensible de su vida, la doctrina del renunciamiento? Si Mrs. St. George era una pérdida irreparable, el inspirado consejo de su marido había sido una broma de mal gusto y el renunciamiento un error. Overt estuvo a punto de precipitar su regreso a Londres para demostrar que, por su parte, estaba perfectamente dispuesto a considerarlo así, y llegó hasta el punto de sacar el manuscrito de los primeros capítulos de su nuevo libro del cajón de su mesa y meterlo en un bolsillo de su baúl. Esto condujo a que vislumbrara ciertas páginas que no había mirado durante meses, y ese accidente, a su vez, hizo que quedara impresionado por la gran promesa que revelaban, resultado poco frecuente de tales retrospecciones, las cuales tenía por costumbre evitar en lo posible: por lo general lo hacían darse cuenta de que el ardor de la creación podía ser un sentimiento puramente subjetivo y equívoco. En esta ocasión, de manera caprichosa, se desprendió de las apretadas correcciones de su primer borrador cierta fe en sí mismo, y así pensó que después de todo sería mejor proseguir con su prueba hasta el final. Si podía escribir tan bien bajo el rigor de la miseria, podría ser una equivocación cambiar las condiciones sin que se hubiera agotado ese hechizo. Volvería a Londres, naturalmente, pero volvería sólo cuando hubiera finalizado su libro. ¿Éste fue el voto que hizo en privado, devolviendo el manuscrito al cajón de la mesa? Puede añadirse que tardó mucho tiempo en terminar su libro, pues el tema era tan difícil como bello, y sentía un embarazo literal ante la amplitud de sus notas. En su interior algo le advertía que había de hacerlo sumamente bueno, de lo contrario carecería, en cuanto a su comportamiento particular, de una buena excusa. Sentía horror ante esta deficiencia y se encontró usando la firmeza necesaria en la cuestión de batir el yunque. Por fin cruzó los Alpes y pasó el invierno, la primavera, el subsiguiente verano, en Italia, donde aún al cabo de un año, su tarea se veía inacabada. «Persista, no ceje»: este mandato general de St. George servía también para cada caso particular. Lo aplicó al máximo, con el resultado de que, cuando en su lento orden el verano hubo llegado de nuevo, sintió que había dado todo lo que había en él. Esta vez metió los papeles en el baúl, con la dirección de su editor, y se encaminó hacia el norte.</p>
<p> Había estado dos años ausente de Londres, dos años que, pareciendo más largos, habían supuesto un cambio tal en su propia vida ?mediante la producción de una novela mucho más fuerte, creía, que <em>Ginistrella</em>?, que se presentó en Piccadilly, la mañana posterior a su llegada, con una vaga esperanza de cambios, de encontrar que habían ocurrido grandes cosas. Pero había pocas transformaciones en Piccadilly ?sólo tres o cuatro grandes casas rojas donde se habían alzado unas bajas y negras? y la luminosidad del final de junio atisbaba por las rejas oxidadas de Green Park y relucía en el barniz de los coches que pasaban, tal y como lo había visto en otros junios, más superficiales. Fue un saludo que apreció; era amigable y directo, añadido al efecto vigorizador de haber concluido su libro, de tener a su propio país y a la enorme ciudad, agobiante y divertida, que lo sugería todo, que lo contenía todo, de nuevo a mano. «Quédese en Inglaterra y haga cosas aquí, haga temas que podamos medir», había dicho St. George; y ahora le pareció que no podía pedir nada mejor que quedarse para siempre en su país. A última hora de la tarde se encaminó a Manchester Square, buscando un número que no había olvidado. Sin embargo, Miss Fancourt no estaba en casa, y se apartó de la puerta con abatimiento. Su movimiento lo puso cara a cara con un caballero que se aproximaba a ella y con otra mirada reconoció al padre de Miss Fancourt. Paul saludó a este personaje, y el General devolvió el saludo con su acostumbrada buena educacion, una educación tan buena, no obstante, que nunca podía saberse si significaba que lo reconocía a uno. El decepcionado visitante sintió el impulso de dirigirse a él; a continuación, vacilando, se dio cuenta de que no tenía ningún comentario especial que hacer y se convenció de que, aunque el viejo soldado lo recordaba, lo recordaba mal. Por tanto, prosiguió su camino sin calcular el efecto irresistible que su evidente reconocimiento tendría en el General, quien nunca desaprovechaba una ocasión de charla. La cara de nuestro joven era expresiva, y rara vez la pasaba por alto la observación. No había dado diez pasos cuando oyó que era llamado con un amigable y semipronunciado «Esto&#8230; perdone». Se volvió y el General, sonriéndole desde el porche, dijo:</p>
<p> ?¿No entra? ¡No me quedaré sin acordarme de su nombre!</p>
<p> Paul declinó el ofrecimiento y a continuación lo sintió, pues Miss Fancourt, a esa hora de la tarde, podría regresar en cualquier momento. Pero su padre no le dio una segunda oportunidad; parecía desear principalmente no haberle parecido descortés. Una mirada más al visitante le había recordado algo, lo suficiente al menos para permitirle decir:</p>
<p> ?¿Ha regresado, ha regresado? ?Paul estuvo a punto de responder que había vuelto la noche anterior, pero suprimió, al instante siguiente, esta clara revelación sobre la rapidez de su visita y, simplemente asintiendo, aludió a la joven a quien lamentaba no haber encontrado. Había venido tarde con la esperanza de que estuviera en casa. ?Se lo diré, se lo diré ?dijo el anciano; y añadió a continuación, con galantería?. ¿Va a ofrecernos algo nuevo? hace mucho tiempo, ¿no? ?ahora lo recordaba bien.</p>
<p> ?Bastante. Soy muy lento ?explicó Paul?. Lo conocí a usted en Summersoft hace mucho tiempo.</p>
<p> ?Ah, sí&#8230; con Henry St. George. Lo recuerdo muy bien. Antes de que su pobre esposa&#8230; ?el General Fancourt hizo una pausa, sonriendo un poco menos?. Tal vez usted lo sepa.</p>
<p> ?¿La muerte de Mrs. St. George? Así es&#8230; me enteré en su momento.</p>
<p> ?Oh, no, quería decir&#8230; quería decir que va a casarse.</p>
<p> ?Ah, ¡eso no lo sabía! ?pero justo cuando Paul iba a añadir «¿con quién?» el General lo interrumpió.</p>
<p> ?¿Cuándo ha vuelto usted? Sé que ha estado fuera, por mi hija. Ella lo sintió mucho. Debería darle algo nuevo.</p>
<p> ?Volví anoche ?dijo nuestro joven, a quien se le había ocurrido algo que por el momento hizo que su voz se apagara un poco.</p>
<p> ?Es muy amable de su parte venir tan pronto. ¿No podría usted volver para cenar?</p>
<p> ?¡A cenar! ?repitió Paul mecánicamente, sin querer preguntar con quién iba a casarse St. George, pero sin pensar más que en eso.</p>
<p> ?Hay varias personas, creo. Por supuesto, St. George. O después, si lo prefiere. Creo que mi hija espera a&#8230; ?pareció advertir algo en la cara levantada del visitante (el General se hallaba en un escalón más alto) que lo hizo detenerse y la pausa le causó una sensación momentánea de incomodidad de la que buscó una rápida salida?. Entonces quizá no se haya enterado de que ella va a casarse.</p>
<p> Paul quedó boquiabierto de nuevo.</p>
<p> ?¿Que va a casarse?</p>
<p> ?Con Mr. St. George, acaba de decidirse. Un extraño matrimonio, ¿no cree? ?nuestro oyente no profirió opinión alguna: sólo continuó mirándolo fijamente?. Pero quizá salga bien, ¡ella es tremendamente literaria! ?dijo el General.</p>
<p> Paul se había puesto muy rojo:</p>
<p> ?¡Qué sorpresa&#8230; es muy interesante, encantador! Me parece que no puedo venir a cenar&#8230; ¡muchísimas gracias!</p>
<p> ?Bueno, ¡debe usted venir a la boda! ?exclamó el General?. Recuerdo ese día en Summersoft. Es un gran hombre, ¿sabe?</p>
<p> ?¡Encantador&#8230; encantador! ?tartamudeó Paul para emprender la retirada. Estrechó la mano del General y se fue. Tenía la cara roja y le daba la sensación de que cada vez lo estaba más. Toda la tarde en casa ?fue derecho a sus habitaciones y permaneció allí sin cenar? las mejillas le ardieron a intervalos, como si hubieran recibido una bofetada. No comprendía lo que le había sucedido, qué mala pasada le habían hecho, qué traición. «Ninguna, ninguna», se decía. «No tengo nada que ver con eso. Estoy al margen&#8230; no me incumbe.» Pero ese murmullo desconcertado era seguido una y otra vez de exclamaciones incongruentes: «¿Era un plan&#8230; era un plan?» A veces gritaba para sí, sin aliento, «¿He sido engañado, vendido, estafado?» Como poco, era una víctima absurda y vil. Era como si no la hubiera perdido hasta ahora. Había renunciado a ella, sí; pero eso era otro asunto, era una puerta cerrada, mas no con llave. Ahora le parecía ver la puerta cerrada en sus narices. ¿Es que había contado con que ella esperase? ¿Es que iba ella a darle ese tiempo porque sí: dos años de una vez? No sabía lo que había esperado&#8230; sólo lo que no había esperado. No era esto&#8230; no era esto. Aturdimiento, amargura e ira surgieron e hirvieron en él al pensar en la deferencia, la devoción, la credulidad con las que había escuchado a St. George. La tarde transcurría y duraba la luz; pero incluso cuando anocheció permaneció sin una lámpara. Se había hundido en el sofá, donde yació durante horas, con los ojos cerrados, o bien contemplando la penumbra, en la actitud de un hombre que está enseñándose a sí mismo a soportar algo, a soportar que se lo ponga en ridículo. Lo había hecho demasiado fácil, esa idea lo invadía como una ola caliente. De repente, cuando oyó dar las once, se levantó de un salto, recordando lo que había dicho el General Fancourt de que fuera después de la cena. Iría&#8230;, al menos la vería; quizás ella comprendiera lo que significaba. Se sentía como si le hubieran dado algunos de los elementos de una difícil suma y faltara el resto: no podía realizar esta suma hasta que tuviera todas las cifras.</p>
<p> Se vistió y condujo de prisa y para las once y media se encontraba en Manchester Square. Había un buen número de coches a la puerta; era una fiesta, circunstancia que después de todo le produjo un ligero alivio, pues ahora prefería verla en medio de una muchedumbre. Se cruzó con gente en la escalera; se iban, «seguían» el gregario movimiento de la sociedad nocturna de Londres. Pero quedaban grupos variados en el salón y pasaron unos minutos, puesto que ella no había oído que lo anunciaran, hasta que la descubrió y hablaron. En este corto intervalo había visto a St. George charlando con una señora delante de la chimenea; pero al instante había desviado la mirada, porque no se sentía preparado para un encuentro, y por consiguiente no podía estar seguro de que el autor de <em>Shadowmere</em> hubiese advertido su presencia. En cualquier caso, no vino hacia él; aunque Miss Fancourt lo hizo en cuanto lo vio, casi se acercó corriendo, sonriendo entre el susurro de su vestido, exultante y bella. Había olvidado lo que su cabeza, lo que su cara ofrecían a la vista; vestía de blanco, había figuras doradas en su vestido, y su cabello era un penacho de oro. En un solo momento vio que era feliz, feliz con un esplendor agresivo. Pero ella no le habló de eso, sólo habló de él.</p>
<p> ?Estoy encantada; mi padre me lo dijo. ¡Qué amable ha sido al venir! ?le pareció tan fresca y valiente, mientras con los ojos recorría toda su persona, que se dijo para sí mismo, irresistiblemente: «¿Por qué para <em>él</em>, por qué no para la juventud, la fuerza, la ambición, un futuro? ¿Por qué, con su joven e intensa fuerza, para el fracaso, la abdicación, el retiro?» En ese momento áspero blasfemó mentalmente incluso contra todo lo que le quedaba de fe en ese Maestro capaz de pecar?. Sentí mucho no haber estado ?continuó?. Me lo dijo mi padre. ¡Qué amable al venir tan pronto!</p>
<p> ?¿La sorprende eso? ?preguntó Paul Overt.</p>
<p> ?¿El primer día? De usted no&#8230; nada que sea agradable ?fue interrumpida por una señora que se despedía de ella, y él pareció leer que no le costaba nada hablarle en ese tono; era su antiguo estilo liberal y pródigo, con cierta amplitud que el tiempo había añadido; y si este estilo empezaba a tener lugar ahí mismo, en una coyuntura tal de su vida, pudiera ser que los otros días hubiera significado igual de poco o de mucho, un mero acto de caridad mecánico, con la diferencia de que ahora se hallaba satisfecha, dispuesta a dar, pero sin necesitar de nada. Sí, estaba satisfecha&#8230; y ¿por qué no había de estarlo? ¿Por qué no había de sorprenderse de que viniera el primer día, considerando lo poco que había sacado de él? Como la señora continuaba acaparando su atención, Paul se volvió con una ira extraña en su alma complicada de artista y una especie de decepción desinteresada. Ella eran tan feliz que la circunstancia resultaba casi estúpida, una refutación de la inteligencia extraordinaria que con anterioridad había encontrado en ella. ¿Es que no sabía lo malo que podía ser St. George, es que no había reconocido la horrible flaqueza&#8230;? Si no lo sabía, ella no era nada, y si lo sabía, ¿por qué tal insolencia de serenidad? Esta pregunta expiró cuando los ojos de nuestro joven se posaron por fin sobre el genio que lo había aconsejado en una gran crisis. St. George se encontraba aún ante la chimenea, pero ahora estaba solo ?fijo, esperando, como si tuviera la intención de quedarse hasta que todos se hubieran marchado? y se encontró con los ojos nublados del joven amigo, doliente hasta el punto de sentirse con derecho (el derecho del que su resentimiento hubiera disfrutado) a considerarse a sí mismo una víctima. En cierto modo los estragos de la pregunta fueron refrenados por el aire exultante del Maestro. Era tan imponente como el de Marian Fancourt, revelaba al ser humano feliz; pero al mismo tiempo significaba para Paul Overt que el autor de <em>Shadowmere</em> había dejado definitivamente de contar, había dejado de contar como escritor. Al sonreír una bienvenida desde el otro lado de la estancia, se mostró casi banal, casi pagado de sí mismo. A Paul se le antojó por un instante que vacilaba en hacer un movimiento, exactamente como si <em>tuviera</em> conciencia culpable; de inmediato, ya se habían encontrado en medio de la habitación y se habían dado la mano, expresivamente, cordialmente por parte de St. George. Con lo que volvieron juntos al sitio en que había estado el mayor de los dos mientras St. George decía:</p>
<p> ?Espero que no vuelva a marcharse nunca. He estado cenando aquí; me lo dijo el General ?estaba guapo, estaba joven, daba la impresión de tener aún una gran reserva de vida. Inclinó los ojos más amigables e inocentes sobre su discípulo de un par de años antes; se interesó por todo, su salud, sus planes, sus últimas ocupaciones, el nuevo libro?. ¿Cuándo saldrá? Pronto, pronto, espero. Espléndido, ¿no? Eso es; usted es un consuelo, ¡usted es un lujo! He vuelto a leer toda su obra en estos últimos seis meses ?Paul esperó a ver si le decía lo que el General le había dicho por la tarde y lo que Miss Fancourt, al menos verbalmente, desde luego no le había dicho. Mas como no salía, hizo por fin la pregunta.</p>
<p> ?¿Es verdad la gran noticia que he oído, que va a casarse?</p>
<p> ?Ah, ¿entonces se <em>ha</em> enterado?</p>
<p> ?¿No se lo dijo el General? ?preguntó Paul.</p>
<p> La cara del Maestro era maravillosa.</p>
<p> ?¿Decirme qué?</p>
<p> ?Que me lo mencionó esta tarde.</p>
<p> ?Mi querido amigo, no lo recuerdo. Hemos estado con tanta gente. Siento, en ese caso, haber perdido el placer, yo mismo, de anunciarle un hecho que me toca tan de cerca. Es un hecho, por extraño que pueda parecer. Acaba de convertirse en tal. ¿No cree que es ridículo? ?St. George hizo su discurso sin confusión, pero al mismo tiempo, según podía juzgar nuestro amigo, sin un descaro latente. A su interlocutor le pareció que, para hablar de una manera tan cómoda y fría, simplemente debía haber olvidado lo que sucediera entre ellos. Sus siguientes palabras, sin embargo, demostraron que no había sido así, y produjeron, como un llamamiento a la memoria misma de Paul, un efecto que hubiera resultado absurdo de no ser cruel. ¿Se acuerda de la conversación que mantuvimos en mi casa esa noche, en la que se mencionó el nombre de Miss Fancourt? Desde entonces he pensado en esa charla con frecuencia.</p>
<p> ?Sí; no me extraña que dijera lo que dijo ?Paul lo miró a los ojos con cautela.</p>
<p> ?¿En vista de esta circunstancia? Ah, pero entonces no existía. ¿Cómo podía haber previsto este momento?</p>
<p> ?¿No lo consideraba probable?</p>
<p> ?No, por mi honor ?dijo Henry St. George?. No hay duda de que le debo tal garantía. Piense en cómo ha cambiado mi situación.</p>
<p> ?Ya veo&#8230; ya veo ?murmuró nuestro joven.</p>
<p> Su compañero prosiguió como si, ahora que el tema había sido abordado, él, una persona de imaginación y tacto, estuviera dispuesto a proporcionar todas las satisfacciones precisas, ya que tanto por su genio como por su método era capaz de penetrar todo lo que otro pudiera sentir.</p>
<p> ?Pero no es sólo eso; porque, sinceramente, a mi edad nunca lo hubiera soñado, ¡un viudo con chicos mayores y con tan poco más! Ha salido de manera muy diferente a como pudiera haberlo soñado, y mi buena fortuna no tiene límites. Ella ha sido tan libre, y sin embargo consiente. Usted, quizá mejor que ningún otro, pues recuerdo cómo le gustaba a usted antes de que se marchara, y cómo le gustaba usted a ella, puede felicitarme con inteligencia.</p>
<p> «¡Ha sido tan libre!» Esas palabras causaron una gran impresión en Paul Overt, y casi se retorció ante la ironía que contenían, que poco importaba si era intencionada o fortuita. Claro que había sido libre, y de manera apreciable quizás gracias a la propia acción de Overt; porque, ¿no era también parte de la ironía la alusión que hizo el Maestro de que a ella le había gustado él?</p>
<p> ?Creí que, de acuerdo con su teoría, usted desaprobaba que un escritor se casara.</p>
<p> ?Sin duda, sin duda. Pero, ¿no me estará llamando escritor?</p>
<p> ?Debería estar avergonzado ?dijo Paul.</p>
<p> ?¿Avergonzado de casarme atra vez?</p>
<p> ?No diría eso, pero avergonzado de sus razones.</p>
<p> El hombre mayor le brindó una sonrisa maravillosa.</p>
<p> ?Debe permitirme que las juzgue yo, mi buen amigo.</p>
<p> ?Sí, ¿por qué no? Porque usted juzgó las mías estúpidamente.</p>
<p> De pronto, al parecer, el tono de estas palabras sugirió a St. George lo insospechado. Lo miró como si adivinara una amargura.</p>
<p> ?¿Cree que no he sido recto?</p>
<p> ?Podía habérmelo dicho en el momento, tal vez.</p>
<p> ?Querido amigo, ¡cuando le digo que no podía penetrar el futuro&#8230;!</p>
<p> ?Me refiero a después.</p>
<p> El Maestro se sorprendió.</p>
<p> ?¿Después de la muerte de mi esposa?</p>
<p> ?Cuando tuvo esta idea.</p>
<p> ?Ah, ¡nunca, nunca! Quería salvarlo, con lo poco común y lo precioso que es usted.</p>
<p> El pobre Overt lo miró con dureza.</p>
<p> ?¿Se casa con Miss Fancourt para salvarme?</p>
<p> ?En absoluto, pero eso aumenta el placer. Usted será obra mía ?sonrió St. George?. Quedé enormemente impresionado, después de nuestra conversación, por la devota manera en que abandonó el país, y aún más quizás por su fuerza de carácter al permanecer en el extranjero. Usted es muy fuerte&#8230;, es maravillosamente fuerte.</p>
<p> Paul intentó sondear sus ojos brillantes; lo extraño era que parecía sincero, no un diablo burlón. Se volvió y, al hacerlo, oyó que el Maestro decía algo acerca de haberles brindado ya una prueba, que sería la alegría de su vejez. Se volvió de nuevo hacia él, echándole otra mirada.</p>
<p> ?¿Quiere decir que ha dejado de escribir?</p>
<p> ?Naturalmente, mi querido amigo. Es demasiado tarde. ¿No se lo dije?</p>
<p> ?¡No puedo creerlo!</p>
<p> ?Claro que no puede&#8230; ¡con su talento! No, no; durante el resto de mi vida sólo lo leeré a <em>usted</em>.</p>
<p> ?¿Eso lo sabe ella&#8230; Miss Fancourt?</p>
<p> ?Lo sabrá&#8230; lo sabrá ?¿pretendía con esto, se preguntó nuestro joven, insinuar disimuladamente que la ayuda que le iba a proporcionar la fortuna de esa joven, moderada como era, supondría que en adelante podía dejar de explotar desagradecidamente un filón agotado? De alguna manera, cuando se lo veía en la plenitud de su hombría triunfante, no daba señal de que ninguno de sus filones estuviera agotado?. ¿No recuerda la moraleja que le ofrecí aquella noche? ?continuó St. George?. De todos modos considere la advertencia que constituyo en este momento.</p>
<p> Esto era demasiado, <em>era</em> el diablo burlón. Paul se separó de él con un simple movimiento de cabeza por despedida y la sensación, en su corazón dolorido, de que era posible que volviera a ese hombre y a su fácil talante, a su admirable manera de arreglar las cosas, alguna vez, pero ahora no podía confraternizar con él. A su dolor le resultaba necesario creer, por el momento, en la intensidad de su agravio, tanto más cruel porque no era legal. Sin duda se hallaba en la actitud de aferrarse a esta injusticia cuando descendió las escaleras, sin despedirse de Miss Fancourt, quien no estaba a la vista en el momento en que abandonó la habitación. Se alegró de salir a la noche oscura, sincera y sin sofisticaciones, de moverse de prisa, de irse a casa a pie. Anduvo durante un largo tiempo, extraviándose, sin poner atención. Pensaba en demasiadas cosas. No obstante, sus pasos recuperaron el rumbo, y al cabo de una hora se encontró ante su puerta en la callecita vacía y barata. Permaneció ahí, aún interrogándose a sí mismo antes de entrar, sin nada más a su alrededor que la oscuridad sin luna, un mal farol o dos y unas pocas estrellas lejanas y débiles. Levantó los ojos hacia estas últimas tenues criaturas; había estado diciéndose que habría sido «vendido», diabólicamente vendido, si ahora, sobre sus nuevos cimientos, al cabo de un año, St. George sacara algo de su mejor calidad, algo del tipo de <em>Shadowmere</em> y mejor que lo mejor. Admirando intensamente su talento como lo admiraba, Paul albergaba literalmente la esperanza de que tal incidente no ocurriera; le pareció en ese momento que no sería capaz de soportarlo. Las últimas palabras de su consejero sonaban aún en sus oídos: «Usted es muy fuerte&#8230; es maravillosamente fuerte.» ¿Lo era en realidad? Desde luego tendría que serlo, y podría servir un poco de venganza. ¿Lo <em>es</em>?, puede que a su vez pregunte el lector, si es que su interés ha seguido hasta aquí al perplejo joven. Quizá la mejor respuesta sea que está haciendo lo posible, pero que es demasiado pronto para hablar. Cuando el nuevo libro salió en el otoño Mr. y Mrs. St. George lo encontraron realmente magnífico. El primero sigue sin publicar nada, pero Paul no se siente aún seguro. He de decir en su favor, no obstante, que si tal acontecimiento ocurriera, él sería sin duda el primero en apreciarlo: lo que quizá demuestre que el Maestro, en esencia, tenía razón y que la Naturaleza lo había destinado a lo intelectual y no a la pasión personal.</p>
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		<title>La Oveja negra</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Mar 2010 06:49:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[
En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra.
Fue fusilada.
Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.
Así, en los sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a name="oveja"></a></p>
<p>En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra.</p>
<p>Fue fusilada.</p>
<p>Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.</p>
<p>Así, en los sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.</p>
<p>Augusto Monterrosso</p>
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		<title>El alumno</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Feb 2010 04:29:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Henry James]]></category>
		<category><![CDATA[Putadas y jugarretas]]></category>

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		<description><![CDATA[EL pobre joven dudaba, sin acabar de decidirse: le suponía un gran esfuerzo abordar el tema de las condiciones económicas, hablarle de dinero a una persona que sólo hablaba de sentimientos y, podíamos decirlo así, de la aristocracia. Sin embargo, no quería considerar cerrado el compromiso e irse sin que se echara en aque­lla dirección [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-28" title="james2" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/james2.jpg" alt="james2" width="339" height="434" />EL pobre joven dudaba, sin acabar de decidirse: le suponía un gran esfuerzo abordar el tema de las condiciones económicas, hablarle de dinero a una persona que sólo hablaba de sentimientos y, podíamos decirlo así, de la aristocracia. Sin embargo, no quería considerar cerrado el compromiso e irse sin que se echara en aque­lla dirección una mirada más convencional, pues apenas dejaba res­quicio para ello el modo en que abordaba el asunto la dama afable y corpulenta que se hallaba sentada ante él, jugando con unos so­bados <em>gants de Suéde</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn1"><em><strong>[1]</strong></em></a> que oprimía y deslizaba a través de su ma­no gordezuela y enjoyada, sin cansarse de repetir una y otra vez toda clase de cosas, excepto lo que al joven le hubiera gustado oír. Le hubiera gustado oír la cifra de su salario; pero en el mismo mo­mento en que el joven, con nerviosismo, se disponía a hacer sonar aquella nota, regresó el niño (a quien la señora Moreen había he­cho salir de la habitación diciéndole que fuera a por su abanico). El niño volvió sin el abanico, limitándose a decir, como si tal cosa, que no lo encontraba. Mientras dejaba caer aquella confesión cíni­ca, clavó con firmeza la mirada en el aspirante a alcanzar el honor de ocuparse de su educación. Este personaje pensó, con cierta seve­ridad, que la primera cosa que tendría que enseñarle a su pupilo sería cómo debía dirigirse a su madre (especialmente que no de­bían darse respuestas tan impropias como aquélla).</p>
<p>            Cuando la señora Moreen ideó aquel pretexto para deshacerse de la presencia del niño, Pemberton supuso que lo hacía precisa­mente para tocar el delicado asunto de su remuneración. Pero lo había hecho tan sólo para decir sobre su hijo algunas cosas que a un niño de once años no le convenía escuchar. Elogió a su hijo de manera desorbitada, exceptuando un momento en que, adoptando un aire de familiaridad, bajó la voz y, dándose unos golpecitos en la parte izquierda del tórax, dijo suspirando:</p>
<p>            -Y todo lo ensombrece esto ¿sabe? Todo queda a merced de una debilidad.</p>
<p>            Pemberton coligió que la debilidad se localizaba en la región del corazón. Sabía que el pobre niño no era robusto: tal era el motivo por el que le había invitado a tratar de aquello, por medio de una señora inglesa, una conocida de Oxford que a la sazón se hallaba en Niza y que casualmente estaba informada tanto de las necesida­des de Pemberton como de las de aquella amable familia nortea­mericana, que buscaba un tutor altamente cualificado y dispuesto a vivir con ellos.</p>
<p>            Su futuro alumno (que aguardaba en la habitación a la que hi­cieron pasar al visitante, como si quisiera ver por sí mismo cómo era Pemberton en cuanto éste entrara) no le causó al joven la im­presión inmediatamente favorable que había dado por supuesta. Por alguna razón, Morgan Moreen era enfermizo sin ser delicado, y su aspecto inteligente (cierto es que a Pemberton no le habría hecho gracia que fuera estúpido) sólo reforzaba la posibilidad de que se tratara de un niño desagradable, del mismo modo que su boca y sus orejas, demasiado grandes, impedían considerarlo agra­ciado. Pemberton era modesto, era incluso tímido; y la posibili­dad de que su pequeño pupilo pudiera ser más inteligente que él era, para su intranquilidad, uno más entre los peligros que entra­ñaba aquel experimento novedoso. Pensó, no obstante, que eran riesgos que había que correr al aceptar una posición -como decían- en el seno de una familia cuando los honores universita­rios, pecuniariamente hablando, aún no han rendido fruto algu­no. Sea como fuere, cuando la señora Moreen se puso de pie (como queriendo decir que, entendido que el joven empezaría aquella mis­ma semana, era libre de irse hasta el momento en que se hiciera cargo de sus obligaciones), Pemberton logró, pese a la presencia del niño, decir algo referente a sus honorarios. Si la alusión no re­sultó vulgar, no fue por la sonrisa consciente que parecía hacer re­ferencia a la situación acaudalada de la dama. La causa fue exactamente que ésta supo ser más airosa y responder:</p>
<p>            -¡Oh! Le puedo asegurar que eso se resolverá de modo entera­mente satisfactorio.</p>
<p>            Pemberton sólo se preguntó, mientras cogía el sombrero, a cuánto ascendería &#8220;eso&#8221;; la gente tiene ideas tan distintas al respecto. No obstante parecía que las palabras de la señora Moreen suponían un compromiso suficientemente claro por parte de la familia, pues die­ron lugar a que el niño hiciera un breve y extraño comentario, ex­clamando burlonamente en otra lengua:</p>
<p>            -¡Oh, lá-lá!</p>
<p>            Pemberton, un tanto confundido, lanzó una mirada hacia su fu­turo alumno, viéndole alejarse lentamente hacia la ventana, la es­palda vuelta, las manos en los bolsillos y, en tomo a sus hombros de adulto, el aire de ser un niño que no jugaba. El joven se pre­guntó si sería capaz de enseñarle a jugar, aunque la madre había dicho que jamás resultaría y que por eso le era imposible ir al cole­gio. La señora Moreen no dio muestras de desconcierto; se limitó a proseguir en tono afable:</p>
<p>            -El señor Moreen tendrá mucho gusto en satisfacer sus deseos. Como le dije, le han llamado a Londres, donde estará una semana. En cuanto vuelva aclarará esto con él.</p>
<p>            Aquello era tan franco y tan amistoso que el joven sólo pudo responder, riendo con su anfitriona:</p>
<p>            -¡Oh! No creo que vayamos a pelearnos.</p>
<p>            -Le darán lo que usted quiera -comentó el niño inopinada­mente, al tiempo que volvía de la ventana-. No nos preocupa lo que pueda costar nada. Vivimos magníficamente bien.</p>
<p>            -¡Querido, qué cosas tan raras dices! -exclamó su madre, aca­riciándolo con mano experimentada pero ineficaz. El niño se zafó, dirigiendo una mirada inteligente e inocente a Pemberton, que a esas alturas ya se había dado cuenta de que aquel rostro menudo y satírico parecía tener el don de cambiar de edad de un momento a otro. En aquel momento era un rostro infantil, y sin embargo, parecía hallarse bajo la influencia de curiosas intuiciones y conoci­mientos. A Pemberton más bien le desagradaba la precocidad y se sintió decepcionado al advertir vestigios de la misma en un discí­pulo que aún no había alcanzado la adolescencia. Sin embargo, adivinó sobre el terreno que Morgan no iba a resultar aburrido. Al contrario, iba a resultar de lo más emocionante. Aquella idea con­tuvo al joven, pese a que sentía una cierta repulsión.</p>
<p>            -¡Vaya una personita pomposa! ¡No somos derrochadores! -protestó alegremente la señora Moreen, intentando, de nuevo infructuosamente, retener al niño junto a sí-. Usted debe saber qué puede esperar -prosiguió, dirigiéndose a Pemberton.</p>
<p>            -¡Cuanto menos espere, mejor! -afirmó el niño-. Aunque nosotros romos gente a la moda.</p>
<p>            -¡Sólo en la medida que tú nos haces serlo! -dijo la señora Moreen, burlándose de su hijo con ternura-. Muy bien; así pues el viernes (no me diga que es usted supersticioso); y no vaya a fa­llarnos. Entonces nos verá a todos. Lamento que las chicas hayan salido. Creo que le gustarán las chicas. Y ya sabe que tengo otro hijo completamente distinto a éste.</p>
<p>            -Trata de imitarme -le dijo Morgan a Pemberton.</p>
<p>            -¿Qué trata de imitarte? ¡Pero si tiene veinte años! -exclamó la señora Moreen.</p>
<p>            -Eres muy ingenioso -le comentó Pemberton al niño, obser­vación que su madre subrayó con entusiasmo, aseverando que las salidas de Morgan eran la delicia de la casa.</p>
<p>            El chico no prestó atención a aquello; simplemente le preguntó con brusquedad al visitante (el cual se sorprendió más tarde de no haber encontrado la pregunta ofensivamente descarada):</p>
<p>            -¿Tiene usted mucha necesidad de venir a esta casa?          </p>
<p>            -¿Cómo puedes dudarlo después de lo que me han contado que voy a oír? -replicó Pemberton.</p>
<p>            Sin embargo, era algo que no tenía ninguna gana de hacer; lo hacía porque tenía que ir a algún sitio, debido a la extinción de su fortuna tras un año en el extranjero. Se la había gastado siguiendo el procedimiento de invertir la totalidad de su minúsculo patrimo­nio de golpe en una sola experiencia. Había vivido plenamente aque­lla experiencia, pero no podía pagar la cuenta del hotel. Además había visto destellar en la mirada del niño una súplica lejana. -Bien, haré lo que pueda por usted -dijo Morgan.</p>
<p>            A continuación el niño volvió a alejarse. Se acercó a una de las puertas acristaladas y salió al exterior; Pemberton le vio acercarse hasta el pretil de la terraza y acodarse. Aún seguía allí cuando el joven se despedía de la madre, quien intervino al darse cuenta de que Pemberton parecía esperar que el niño le dijera adiós:</p>
<p>            -¡Déjele, déjele; es tan raro! -Pemberton sospechó que tenía miedo de lo que su hijo pudiera decir-. Es un genio, usted lo ado­rará -agregó-. Es con mucho el miembro más interesante de la familia -y sin darle tiempo a ingeniar ninguna cortesía que opo­ner a aquel comentario, concluyó diciendo-: Pero todos somos bue­nos ¿sabe?</p>
<p>            «¡Es un genio, usted lo adorará!» Antes del viernes, Pemberton recordó aquellas palabras, que le hicieron pensar, entre otras co­sas, que los genios no son invariablemente adorables. Sin embar­go, todo iría mucho mejor si había un elemento que hiciera de la tutoría algo absorbente: tal vez no tuviera razón al dar por supues­to que resultaría tediosa. Cuando dejó la mansión después de la entrevista, alzó la vista hacia la terraza y vio al niño asomado. Le dio una voz:</p>
<p>            -¡Nos lo vamos a pasar en grande!</p>
<p>Morgan dudó un momento y después respondió, riéndose:            </p>
<p>            -¡Para cuando vuelva se me habrá ocurrido algo ingenioso! Esto hizo que Pemberton dijera para sí:</p>
<p>            -Después de todo el niño es bastante agradable.</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p align="center"><strong>II</strong></p>
<p> </p>
<p> </p>
<p>            Los vio a todos el viernes, como prometiera la señora Moreen, pues su marido estaba de vuelta y las chicas, junto con el otro hijo, se encontraban en casa. El señor Moteen tenía bigote blanco, era propenso a hacer confidencias y lucía en el ojal el cordón de una orden extranjera concedida, según supo Pemberton con el tiem­po, por los servicios prestados. En qué consistieron aquellos servi­cios nunca lo supo a ciencia cierta: era aquél un punto -uno entre muchos- sobre el cual el señor Moreen no se sentía inclinado a hacer confidencias. Sí se sintió poderosamente inclinado a hacer la confidencia de que era un hombre de mundo. Era evidente que Ulick, el primogénito, se preparaba para ejercer aquella misma pro­fesión, con la desventaja, sin embargo, de que, hasta la fecha su ojal tenía un modesto carácter floral y su bigote carecía de grandes pretensiones. Las chicas, pese a sus peinados, su porte, sus moda­les y sus piececillos gordezuelos, jamás habían salido de casa solas. En cuanto a la señora Moreen, tras examinarla más de cerca, Pem­berton advirtió que su elegancia era intermitente y que no siempre se vestía con armonía. Su marido, tal como ella prometiera, satisfi­zo entusiásticamente las ideas de Pemberton en lo tocante al sala­rio. El joven se esforzó porque fueran modestas y el señor Moreen le dijo en confianza que a él le parecían francamente exiguas. Le aseguró además que aspiraba a la intimidad de sus hijos, que que­ría ser su mejor amigo y que siempre los estaba vigilando. Por eso se iba a Londres y a otros lugares: para vigilar; y era aquella vigi­lancia la teoría de la vida, así como la ocupación genuina de toda la familia. Todos se mantenían vigilantes, pues todos afirmaban muy sinceramente que era necesario hacerlo. Deseaban dejar bien sentado que eran gente seria, así como que su fortuna, si bien en­teramente apropiada para una gente seria, exigía una administra­ción en extremo cuidadosa. El señor Moreen, como padre de la ni­dada, era el encargado de procurar el sustento. Ulick encontraba el sustento principalmente en el club, donde Pemberton creía que solían servírselo en tapete verde. Las chicas se hacían ellas mismas sus peinados y sus vestidos, y a nuestro joven le daba la sensación de que, en lo tocante a la educación de Morgan, se le pedía que se alegrara de que, aunque naturalmente debía ser de la mejor ca­lidad, no costara demasiado. Al cabo de poco tiempo se alegró, ol­vidándose a veces de sus propias necesidades en aras del interés que le inspiraban el niño, su educación y el placer de llevarse bien con él.</p>
<p>            Durante las primeras semanas de su relación Morgan le pareció tan enigmático como una página escrita en un idioma desconoci­do; era completamente distinto a los transparentes niños anglosa­jones que le habían hecho a Pemberton formarse una idea falsa de la infancia. Ciertamente aquel niño era un libro misteriosamente encuadernado que exigía estar versado en la práctica de la traduc­ción. Hoy, transcurrido un considerable intervalo de tiempo, sub­siste en el recuerdo que guarda Pemberton de la rareza de los Mo­reen algo fantasmagórico, como los reflejos de un prisma o una no­vela por entregas. De no ser por unas cuantas pruebas tangibles (un mechón del cabello de Morgan que cortó con su propia mano y me­dia docena de cartas que recibió del niño cuando ya se habían se­parado) todo el episodio y las figuras que lo poblaron le parecerían demasiado incoherentes en otro contexto que no fuera el mundo de los sueños. Lo más raro de aquella gente era que tuvieran éxito (conforme a la impresión inicial de Pemberton), pues jamás había conocido a una familia tan brillantemente dotada para el fracaso. ¿No fue un éxito que consiguieran retenerlo por un espacio de tiem­po tan odiosamente prolongado? ¿No fue un éxito que le hicieran compartir con ellos el <em>déjeuner</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn2">[2]</a> el primer día, el viernes que em­pezó (aquello bastaba para volverle a uno supersticioso), de modo que quedó irremisiblemente comprometido? Y ello no fue producto de un cálculo ni de una <em>mot d&#8217;ordre</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn3">[3]</a>, sino de un feliz instinto que les hacía obrar siempre en grupo, como si fueran una tribu de gitanos. Los encontraba tan divertidos como si de verdad fueran una tribu de gitanos. Pemberton era joven y no había visto mucho mundo. Sus años ingleses habían sido intensamente cotidianos, por lo que la inversión de las convenciones imperantes entre los Mo­reen (pues tenían sus propios valores) le parecía el mundo al revés. En Oxford no había visto nada parecido a ellos; menos aún había llegado hasta sus oídos norteamericanos ninguna nota parecida du­rante los cuatro años que pasó en Yale, antes de su marcha a Ingla­terra. En aquella época creía haber reaccionado enérgicamente contra el puritanismo, pero en cualquier caso la reacción de los Moreen iba muchísimo más lejos. El primer día que estuvo entre ellos se consideró muy inteligente, tras haberlos calificado en su futuro in­terno como “cosmopolitas”. Más adelante le pareció un término en­deble y con bastante poco colorido, y hubo de reconocer el carácter impotentemente provisional del mismo. Sin embargo, cuando lo aplicó por vez primera lo hizo con cierto regocijo (pese a su condi­ción de instructor seguía siendo empírico) como si pensara que vi­vir con aquella familia equivaliera verdaderamente a contemplar el espectáculo de la vida. Se lo sugirió la afable singularidad de aque­lla gente: su cháchara despreocupada, su alegría y buen humor, su holgazanería infinita (se pasaban la vida levantándose de la cama pero nunca terminaban de hacerlo; un día Pemberton se en­contró al señor Moreen afeitándose en el salón), su francés, su ita­liano y, en medio de la desenvoltura sazonada con que hablaban aquellas lenguas, sus toques fríos y toscos de inglés norteamerica­no. Se alimentaban de macarrones y café (artículos que se hacían preparar con la máxima perfección) pero conocían las recetas de un centenar de platos distintos. Rebosaban música y canciones y se pa­saban la vida tarareando e interrumpiéndose unos a otros, y el co­nocimiento que tenían de las ciudades del continente europeo re­vestía una especie de carácter profesional. Hablaban de “sitios bue­nos” como si fueran cómicos de la legua. Tenían una casa de cam­po en Niza, un coche de caballos, un piano y un banjo, y asistían a las recepciones oficiales. Eran un calendario perfecto de los “días” (así es como llamaban a los cumpleaños) de sus amistades. Pem­berton sabía que cuando se sentían indispuestos se levantaban de la cama para asistir a tales eventos, así como que tenían la virtud de hacer que una semana pareciera más larga que toda una vida cuando la señora Moreen hablaba de los &#8220;días» con Paula y Amy. Su iniciación en el romanticismo les confirió al principio, a los ojos de la persona que se había ido a vivir con ellos, una apariencia de cultura casi deslumbrante. La señora Moreen había traducido algo en otros tiempos; un autor que hizo a Pemberton sentirse <em>borné</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn4">[4]</a>, pues jamás había oído su nombre. Eran capaces de imitar el vene­ciano y de cantar en napolitano, y cuando querían decir algo muy especial se comunicaban entre sí utilizando un ingenioso dialecto de su invención, una especie de clave verbal que al principio Pem­berton tomó por Volapük, pero que llegó a entender de un mo­do que no le habría sido posible si se hubiera tratado efectivamen­te de Volapük<a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn5">[5]</a>.</p>
<p>            -Es el lenguaje de la familia, el «ultramoreen» -le explicó Mor­gan, bastante divertido; pero el niño rara vez se dignaba usarlo, aunque intentaba el latín coloquial, como si fuera un pequeño pre­lado.</p>
<p>            Entre los «días» que gravaban la memoria de la señora Moreen, ella lograba hacer sitio al suyo, y sus amistades algunas veces lo ol­vidaban. Pero la casa tenía el aire de ser un lugar frecuentado; se lo conferían los nombres de una serie de personas distinguidas a las que allí se hacía mención libremente y la presencia de varios caballeros misteriosos, que tenían títulos extranjeros y ropas ingle­sas, a los que Morgan llamaba &#8220;los príncipes»; éstos se sentaban en los sofás junto a las chicas y hablaban francés en voz muy alta, como queriendo demostrar que no estaban diciendo nada impropio Pemberton se preguntaba cómo diablos era posible que los prínci­pes pudieran hacer la corte empleando aquel tono y de un modo tan notorio; cínicamente, dio por supuesto que eso era lo que se esperaba de ellos. Después reconoció que ni siquiera ante una opor­tunidad tan ventajosa permitiría nunca la señora Moreen que Pau­la y Amy recibieran visitas a solas. Aquellas señoritas no tenían nada de tímidas pero eran precisamente las salvaguardias lo que las hacía tan atractivas. Aquella era una casa de bohemios que tenían unos enormes deseos de ser mojigatos.</p>
<p>            Había, sin embargo, un aspecto en el que, sin duda alguna, no actuaban con rigor: se mostraban prodigiosamente cariñosos y em­belesados con Morgan. Se trataba de un cariño auténtico, de una admiración sin trabas, tan fuerte el uno como la otra. Incluso ala­baban su belleza, que era poca, y les inspiraba cierto temor, como si reconocieran que estaba hecho de una arcilla más fina. Le llama­ba ángel y pequeño prodigio, y se compadecían efusivamente de su falta de salud. Al principio Pemberton temió que aquel exceso de elogios le hiciera cobrar odio hacia el niño, pero antes de que sucediera eso él ya se prodigaba en elogios también. Más adelante, cuando le había cobrado odio a los demás, era un soborno a su pa­ciencia que tuvieran muestras de consideración hacia Morgan: ca­minaban de puntillas cuando creían que le estaban apareciendo los síntomas de su enfermedad, e incluso renunciaban al &#8220;día» de al­guien para darle gusto a él. Pero entremezclado con aquello, sus familiares tenían un afán extrañísimo por que fuera un niño inde­pendiente, como si pensaran que no estaban a la altura de él. Lo pusieron en manos de Pemberton como si quisieran que aquel jo­ven amable lo adoptara constructivamente y así ellos poder eludir enteramente su responsabilidad. Se sintieron encantados cuando se dieron cuenta de que a Morgan le gustaba su preceptor y no pu­dieron encontrar para Pemberton mejor elogio que aquél. Era raro ver cómo se esforzaban por reconciliar la apariencia -y ciertamen­te el hecho esencial- de que adoraban al pequeño con los ávidos deseos que sentían de lavarse las manos por lo que a él se refería.         ¿Querrían librarse del niño antes de que éste descubriera cómo eran?</p>
<p>            Pemberton lo fue descubriendo mes a mes. Fuera como fuere, los familiares del niño se quitaban de en medio haciendo gala de una delicadeza exagerada, como si temieran ser acusados de estar inter­firiendo en algo. Viendo a tiempo lo poco que el niño tenía en común con ellos (fueron ellos los que se lo hicieron notar la prime­ra vez, proclamándolo con total humildad), su preceptor se sintió movido a especular acerca de los misterios de la transmisión gené­tica, los remotos saltos de la herencia. De dónde procedía el despe­go que mostraba Morgan hacia la mayor parte de las cosas que representaban sus familiares es más de lo que le era dado decir a un observador&#8230; sin duda habría que remontarse dos o tres genera­ciones.</p>
<p>            En cuanto a la valoración que hizo el mismo Pemberton de su discípulo, pasó un buen tiempo antes de que abrazara el punto de vista expuesto, tan poco preparado estaba para encontrarse una cosa así; ello se debía a la imagen que hasta entonces tuvo de las tutorías, en las que conforme a la tradición, los discípulos son unos pequeños bárbaros pagados de sí mismos. Morgan tenía una per­sonalidad descompensada y sorprendente; poseía en grado deficiente muchas cualidades consideradas normales entre los miembros de su especie, mientras otras, que normalmente son patrimonio de in­teligencias superiormente dotadas, las poseía en abundancia. Un día Pemberton dio un gran paso: la cuestión se aclaró mucho cuando comprendió que efectivamente Morgan poseía una inteligencia su­perior y que, si bien aquella fórmula era pobre y provisional, era el único supuesto sobre el que cabía fundamentar la forma de tra­tarlo si se quería tener éxito. Tenía las características generales pro­pias del niño a quien no le han ofrecido en la escuela una imagen simplificada de lo que es la vida; una suerte de sensibilidad con­formada en el seno del hogar (que acaso pudiera resultar negativa para el mismo niño, pero que a los demás les resultaba encantado­ra) y toda una gama de registros en cuanto a refinamiento y per­cepción (tenues vibraciones musicales tan cautivadoras como una melodía que nos persigue), producto de sus vagabundeos por Europa a remolque de su tribu migratoria. Tal vez no fuera ésta una clase de educación recomendable de antemano, pero los resultados que arrojó en el caso de Morgan eran tan palpables como un tejido de textura delicada. Al mismo tiempo formaba parte de su composi­ción una fuerte especia: el estoicismo, fruto sin duda de haber te­nido que empezar a soportar el dolor muy pronto; aquel rasgo producía la impresión de que Morgan era valeroso y le restaba im­portancia al hecho de que seguramente en el colegio hubieran to­mado al niño por un pequeño monstruo políglota. Y la verdad es que Pemberton enseguida se alegró de que Morgan no pudiera ir a la escuela. Seguramente, de entre un millón de niños, la escuela sería buena para todos menos para uno, y ése era Morgan. Le ha­bría hecho establecer comparaciones y sentirse superior, tal vez ha­bía hecho de él un ser engreído. Pemberton intentaría ser él mismo la escuela (un seminario mayor que quinientos asnos pastando), de modo que, al no ganar premios, el niño seguiría siendo inconsciente, sin responsabilidades y divertido (divertido porque, aunque en su naturaleza infantil la vida ya alentaba intensamente, había allí una frescura que levantaba una fuerte brisa que propiciaba la aparición de chistes. Resultó que, incluso cuando no se movía el aire, por causa de las diversas taras físicas de Morgan, surgían con facilidad los chistes. Era un niño cosmopolita, pálido, flaco, agudo y poco desarrollado, al que le gustaba la gimnasia intelectual y que había detectado en el comportamiento de la humanidad más cosas de las que cabría suponer; a pesar de todo ello tenía, como era propio de su edad, su cuarto de jugar, donde guardaba sus supersticiones y destrozaba una docena de juguetes al día.</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p align="center"><strong>III</strong></p>
<p> </p>
<p> </p>
<p>            Una vez, en Niza, a la caída de la tarde, hallándose pupilo y tutor sentados, descansando al aire después de un paseo, contemplando el mar bajo la luz rosácea del ocaso, Morgan le dijo a su acompañante de repente:</p>
<p>            -¿Le gusta&#8230; ya sabe, estar con todos nosotros de un modo tan íntimo?</p>
<p>            -Querido muchacho ¿y por qué habría de quedarme si no fue­ra así?</p>
<p>            -¿Cómo sé que se va a quedar? Estoy casi seguro de que no se quedará mucho tiempo.</p>
<p>            -Espero que no tengas la intención de despedirme -dijo Pemberton.</p>
<p>            Morgan reflexionó un momento mientras contemplaba la pues­ta de sol.</p>
<p>            -Creo que si obrara rectamente debería hacerlo.</p>
<p>            -Bueno, ya sé que mi obligación es instruirte en la virtud: pero en ese caso no obres rectamente.</p>
<p>            -Afortunadamente es usted muy joven -prosiguió Morgan, di­rigiendo de nuevo la mirada hacia él</p>
<p>            -Sí, claro, sobre todo en comparación contigo.</p>
<p>            -Por tanto no tendrá tanta importancia que pierda mucho tiempo.</p>
<p>            -Así es como hay que mirarlo -dijo Pemberton acomodaticia­mente.</p>
<p>            Guardaron silencio durante unos momentos, tras lo cual el niño preguntó:</p>
<p>            -¿Aprecia mucho a mi padre y a mi madre?</p>
<p>            -Pues claro que sí. Son encantadores.</p>
<p>            -Morgan recibió esto con un nuevo silencio; entonces, inopi­nadamente, con familiaridad pero al mismo tiempo con afecto, dijo:</p>
<p>            -¡Menudo farsante está usted hecho!</p>
<p>            Por alguna razón concreta aquellas palabras le hicieron mudar el color a Pemberton. El niño se apercibió al instante de que su interlocutor había enrojecido, por lo que enrojeció también él; maes­tro y discípulo intercambiaron una larga mirada en la que había conciencia de muchas más cosas de las que normalmente se tocan, siquiera tácitamente, en semejante relación. Aquella mirada puso a Pemberton en una situación embarazosa; planteaba de forma con­fusa una cuestión que ahora vislumbraba por vez primera y que estaba destinada (según se imaginaba, debido a sus peculiarísimas condiciones) a desempeñar un papel tan singular como sin prece­dentes en la relación con su discípulo. Más adelante, cuando se dio cuenta de que hablaba con aquel niño de un modo en el que pocas veces se ha hablado a niño alguno, recordó aquel momento de azo­ramiento que tuvo en Niza como la aurora de un entendimiento entre ellos dos que posteriormente se fue ampliando. Lo que le hizo sentirse entonces tan incómodo fue que, considerándolo su obli­gación, le dijo a Morgan que podía meterse con él cuanto quisiera pero que jamás debía meterse con sus padres. Aquello ponía a dis­posición de Morgan la fácil respuesta de que ni por asomo se le había ocurrido meterse con ellos, lo cual era evidentemente cierto, con lo que era Pemberton el que quedaba mal.</p>
<p>            -Entonces ¿por qué soy un farsante si digo que los considero encantadores? -preguntó el joven, consciente de que su actitud era un tanto irreflexiva.</p>
<p>            -Bueno&#8230; es que no son sus padres.</p>
<p>            -Tú eres lo que más quieren en el mundo, no lo olvides nunca -dijo Pemberton.</p>
<p>            -¿Por eso le gustan tanto a usted?</p>
<p>            -Son muy amables conmigo -repuso Pemberton evasi­vamente.</p>
<p>            -¿Lo ve como es usted un farsante? -dijo Morgan riéndose y cogiendo a su tutor del brazo. Se recostó contra él, mirando nue­vamente hacia el mar y balanceando sus piernas largas y delgadas.</p>
<p>            -No me des patadas en las espinillas -dijo Pemberton al tiempo que pensaba: &lt;¡Maldita sea, no puedo quejarme de ellos al niño!».  </p>
<p>            -Además hay otra razón -prosiguió Morgan, parando las piernas.</p>
<p>            -¿Otra razón para qué?</p>
<p>            -Aparte de que no son sus padres.    </p>
<p>            -No te entiendo -dijo Pemberton.</p>
<p>            -Bueno, ya me entenderá antes de que pase mucho tiempo. ¡Vaya si me entenderá!</p>
<p>            Pemberton entendió perfectamente antes de que pasara mucho tiempo; pero tuvo incluso que luchar consigo mismo antes de con­fesarlo. Le parecía que era la cosa más rara de todas las que podía ser causa de controversia en el niño. Se preguntó si no detestaría al niño por haberle obligado a entrar en una controversia así. Pero cuando ya se había embarcado en ella, le estaba vedado el recurso de detestar al niño. Morgan era un caso especial y conocerle era acep­tarlo en las extrañas circunstancias que lo rodeaban. A Pemberton se le agotaron sus reservas de odio hacia los casos especiales antes de tener conocimiento de lo que ocurría. Cuando por fin lo tuvo se dio cuenta de que se encontraba en una situación dificilísima. Contrariando todos sus intereses, había ligado su suerte a la de Mor­gan. Ahora tendrían que afrontar las cosas juntos. Aquella tarde, en Niza, antes de llegar a casa, el niño le dijo, cogiéndole del brazo:</p>
<p>            -Bueno, de todos modos, usted se quedará hasta el final.   </p>
<p>            -¿Hasta el final?</p>
<p>            -Hasta que casi hayan acabado con usted.</p>
<p>            -¡A ti lo que te hace falta es una buena tunda! -exclamó Pem­berton, atrayendo al niño hacia sí.</p>
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<p align="center"><strong>IV</strong></p>
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<p>            Cuando Pemberton llevaba un año viviendo con ellos, los Mo­reen decidieron repentinamente dejar la casa de Niza. Pem­berton ya estaba acostumbrado a las decisiones repentinas, después de haber visto cómo las ponían en práctica a una escala considerable en el curso de dos viajes muy accidentados, uno por Suiza, el pri­mer verano, y el otro a finales de invierno, cuando todos partieron presurosamente con destino a Florencia y luego, al cabo de diez días, en vista de que les gustaba mucho menos de lo que se espera­ban, regresaron desordenadamente, presas de una misteriosa de­presión. Volvían a Niza .para siempre., según dijeron; pero eso no les impidió, una noche de lluvia y bochorno del mes de mayo, meterse en un vagón de segunda (nunca se sabía en qué clase via­jarían), donde Pemberton les ayudó a colocar una asombrosa co­lección de bolsas y bultos. La explicación de aquella maniobra fue que habían resuelto pasar el verano en algún lugar tonificante.; pero al llegar a París se instalaron en un pequeño piso amueblado (una cuarta planta, en una avenida de tercera categoría, con mal olor en la escalera y un <em>portier</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn6">[6]</a> odioso) y se pasaron los cuatro me­ses siguientes en la más absoluta indigencia.</p>
<p>            La mejor parte de aquella estancia frustrante les tocó al precep­tor y a su alumno, quienes, visitando los Inválidos, Nôtre Dame, La Conciergerie y todos los museos, se dieron un centenar de pa­seos de lo más gratificante. Llegaron a conocer el París que les inte­resaba, lo cual resultó útil, pues otro año regresaron para una estancia más prolongada, cuyo recuerdo hoy se entremezcla confusa y la­mentablemente en la memoria de Pemberton con el que guarda de la primera. Aún ve los raídos bombachos de Morgan, aquellos bombachos eternos que no hacían juego con la blusa y que, a me­dida que el niño iba ganando altura, iban perdiendo color. Tam­bién recuerda los agujeros que había en sus tres o cuatro pares de medias de color.</p>
<p>            La madre quería mucho a Morgan, pero éste no iba nunca mejor vestido de lo que era estrictamente necesario; en parte, sin duda, por culpa del niño, pues su aspecto le era tan indiferente como a un filósofo alemán.</p>
<p>            -Mi querido amigo, se te está cayendo la ropa a pedazos -le decía Pemberton, amonestándole con escepticismo, a lo que el ni­ño respondía, echándole una tranquila ojeada de pies a cabeza:</p>
<p>            -Mi querido amigo ¡a usted también! No quiero hacerle sombra. Pemberton nada podía replicar a aquello: era una aseveración que reflejaba fielmente la realidad. No obstante, aun cuando las deficiencias de su guardarropa constituían un capítulo aparte, no le gustaba que su pequeño pupilo aparentara ser demasiado po­bre. Más adelante solía decir:</p>
<p>            -Bueno, después de todo, si somos pobres ¿por qué no habría­mos de parecerlo?</p>
<p>            Y se consolaba pensando que en la pobreza indumentaria de Mor­gan había algo un tanto adulto y caballeresco; difería del aspecto desastrado propio de los golfillos que estropean sus cosas jugando.</p>
<p>Pemberton advertía con toda claridad el proceso gradual, según el cual la señora Moreen se iba absteniendo habilidosamente de re­novarle el vestuario a su hijo en la medida que las relaciones socia­les del mismo iban quedando limitadas a los confines de la relación con su tutor. Ella no hacía nada que los demás no pudieran ver: descuidaba a su hijo porque pasaba desapercibido y después, cuando éste se convertía en una ilustración de su inteligente táctica, desa­consejaba en casa que el niño apareciera en público. La postura de la señora Moreen era bastante lógica: los miembros de su familia que se dejaban ver habían de ser vistosos.</p>
<p>            Durante aquella época y en algunas otras Pemberton fue muy consciente de que él y su camarada podían llamar la atención: deam­bulando lánguidamente por el Jardin des Plantes como si no tuvie­ran dónde ir; sentados, los días de invierno, en las galerías del Louvre (tan irónicamente espléndidas para los que no tienen casa), como si quisieran aprovecharse del <em>calorifère</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn7">[7]</a>. A veces hacían chistes a costa de su situación: era el tipo de chistes que iban con el tempe­ramento del niño: Se imaginaban que formaban parte de la inmensa e informe multitud que vivía al día en aquella ciudad enorme, y fingían sentirse orgullosos de la posición que ocupaban; aquello les enseñaba mucho sobre la vida y les hacía tomar conciencia de la existencia de una especie de hermandad democrática. Si bien Pem­berton no podía sentirse solidario con la pobreza de su pequeño compañero (pues a fin de cuentas los afectuosos padres de Morgan no permitirían que su hijo lo pasara verdaderamente mal), el niño sí podría experimentar aquel sentimiento, así que venía a ser lo mis­mo. A veces Pemberton se preguntaba qué pensaría la gente de ellos, y se imaginaba que los miraban de reojo, como si pudieran sospechar que se trataba de un caso de rapto. Morgan no podía pa­sar por un joven patricio acompañado de su preceptor (no iba ves­tido con suficiente elegancia), aunque podría pasar por el enfermizo hermano menor de su acompañante. De vez en cuando Morgan tenía una moneda de cinco francos, y excepto en una ocasión en que compraron un par de corbatas muy bonitas, una de las cuales le obligó a aceptar a Pemberton, lo invertían con científico afán en libros viejos. Aquéllos eran días grandiosos y siempre los pasa­ban en los <em>quais</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn8">[8]</a>, revolviendo en las polvorientas casetas de los li­breros, adosadas a los muros. Tales ocasiones les ayudaban a vivir porque empezaron a quedarse casi sin libros en Inglaterra, pero se vio obligado a escribirle a un amigo y rogarle que tuviera la amabi­lidad de llevárselos a cierto individuo que le daría algo de dinero por ellos.</p>
<p>            Aún seguían aquel verano sin haber probado el sabor del clima tonificante cuando, en el momento en que se disponían a empren­der viaje, el joven tuvo una idea y efectuó un movimiento que arrojó la copa al suelo cuando los Moreen se la llevaban a los labios. Fue el primer estallido, según su expresión, que tenía con sus patro­nos; la primera vez que culminaba con éxito el intento (aunque ahí empezó y acabó todo su éxito) de hacer que los Moreen toma­ran en consideración la posición insostenible en que se hallaba. Sien­do la víspera de un viaje evidentemente costoso, le pareció que era el momento oportuno de hacer una señal de protesta, de plantear un ultimátum. Por ridículo que sonara todavía no había tenido oca­sión de mantener una entrevista en privado con los padres sin que les interrumpieran, ni con los dos juntos ni con ninguno de ellos por separado. Siempre se hallaban rodeados por los hijos mayores, y el pobre Pemberton solía tener junto a sí al pequeño de cuya tu­tela se encargaba. Era consciente de que en aquella casa la delica­deza personal solía quedar superficialmente manchada; no obstante, seguían manteniéndose intactos los escrúpulos que impedían a Pem­berton anunciarles públicamente a los señores Moreen que no po­día seguir más tiempo sin un poco de dinero. Seguía siendo lo bastante ingenuo como para suponer que Ulick, Paula y Amy po­drían ignorar que desde el día de su llegada sólo había recibido ciento cuarenta francos; y era lo bastante magnánimo como para no querer comprometer a los padres ante sus hijos. El señor Mo­reen le prestó oídos, pues como hombre de mundo que era siem­pre escuchaba todo cuanto tuvieran que decirle. Mientras escuchaba a Pemberton daba la impresión de estarle pidiendo (aunque, por supuesto, no de una manera burda) que intentara tener un poco más de entereza. Pemberton reconoció lo importante que era te­ner carácter al ver lo provechoso que le resultaba al señor Moreen. Ni siquiera se mostraba confundido, en tanto que el pobre Pem­berton lo estaba más de lo que lo justificaban sus motivos. Tampo­co se mostraba el señor Moreen sorprendido, al menos no más de lo necesario en un caballero que libremente se confesaba un tanto desconcertado, aunque no estrictamente por causa de Pemberton.</p>
<p>            -Tenemos que ocuparnos de esto, ¿no te parece, querida? -le dijo a su esposa. Le aseguró a su joven amigo que dedicaría al asunto toda su atención; y desapareció de la vista imperceptiblemente, como si no le quedara más remedio que atravesar la puerta, pese a que no lo deseaba.</p>
<p>            Cuando un instante después Pemberton se vio a solas con la señora Moreen le oyó decir a ésta .claro, claro», al tiempo que acari­ciaba la redondez de su barbilla, como si su única duda fuera elegir entre una docena de remedios fáciles. Aunque no se fueron de via­je, al menos el señor Moreen pudo desaparecer por espacio de va­rios días. Durante su ausencia su esposa volvió a abordar la cuestión de manera espontánea, pero su única aportación fue meramente decir que siempre había pensado que se llevaban a la mil maravi­llas con el tutor. La respuesta que dio Pemberton a aquella revela­ción fue afirmar que si no le entregaban inmediatamente una suma sustanciosa los dejaría para siempre. Sabía que ella se preguntaría cómo iba a arreglárselas para irse y por un momento supuso que le interrogaría al respecto. No lo hizo, por lo que Pemberton casi se sintió agradecido hacia ella, tan pocas eran las posibilidades que tenía de contestar.</p>
<p>            -No se irá, usted sabe que no se irá&#8230; está demasiado interesa­do -dijo ella-. Sí, está demasiado interesado, usted lo sabe. ¡No­sotros le apreciamos y es usted tan amable! -se rió con malicia casi condenatoria, como si le estuviera haciendo un reproche (aun­que no quiso insistir), mientras agitaba un pañuelo un tanto soba­do ante él.</p>
<p>            Pemberton estaba firmemente decidido a dejar la casa la sema­na siguiente. Eso le daría margen para recibir respuesta a la carta que había enviado a Inglaterra. Si no hizo nada semejante, es de­cir, si se quedó otro año y después se ausentó sólo por espacio de tres meses, no fue sólo porque antes de recibir respuesta a su carta (respuesta que resultó no ser nada satisfactoria), el señor Moreen le entregó generosamente (de nuevo con todas las precauciones pro­pias de un hombre de mundo) trescientos francos. Pemberton se exasperó al descubrir que la señora Moreen estaba en lo cierto, que no le resultaba posible dejar al niño. Esto se hizo más patente por la sencilla razón de que, la noche que hizo aquel llamamiento de­sesperado a sus patronos, vio con toda claridad en qué posición se encontraba. ¿No era una prueba más del éxito con que practica­ban aquellos patronos sus artes el hecho de que hubieran logrado retrasar durante tanto tiempo el destello iluminador? Se hizo la luz ante Pemberton (con una intensidad tal que un espectador segura­mente la hubiera juzgado cómicamente excesiva) cuando el joven ya había regresado a su pequeña estancia de criado, que daba a un patio cerrado y tenía enfrente una pared sucia y desnuda que reco­gía con agudo estrépito el reflejo de las iluminadas ventanas trase­ras. Sencillamente se había puesto en manos de una banda de aventureros. Aquella idea, la palabra por sí sola, le hacía sentir una especie de horror romántico, a él, cuya vida siempre se había desa­rrollado dentro de unas coordenadas tan estables. Más adelante la idea adquirió un aspecto más interesante, haciéndole sentir una es­pecie de alivio: aquello encerraba una moraleja y a Pemberton le gustaban las moralejas. Los Moreen eran unos aventureros no sólo porque no pagaran sus deudas o porque vivieran a costa de la so­ciedad, sino porque toda la visión que tenían de la vida (turbia, confusa e instintiva, como la de los animales inteligentes y ciegos a los colores) era especulativa, rapaz y mezquina. ¡Oh! Eran «res­petables, lo cual los hacía más <em>immondes</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn9">[9]</a>. El análisis que hizo el joven de ellos lo puso de manifiesto de modo muy simple: eran aventureros porque eran unos snobs abyectos. Aquello era la ma­nera más certera de describirlos, era la ley que regía sus vidas. In­cluso después de haber comprendido tan gran verdad, el ingenioso personaje que compartía con ellos la casa siguió sin tomar concien­cia de lo mucho que había preparado su mente para una cosa así aquel niño extraordinario que ahora se había convertido en una com­plicación para su vida. Ni muchísimo menos podía Pemberton prever entonces la información que aún habría de deberle a aquel niño extraordinario.</p>
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<p align="center"><strong>V</strong></p>
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<p>            Pero fue durante el tiempo que vino a continuación cuando em­pezó el verdadero problema, el problema de hasta qué pun­to es excusable discutir la infamia de sus padres con un niño de doce, de trece, de catorce años. Naturalmente, al principio le pareció algo absolutamente inexcusable y enteramente imposible; y es cierto que la cuestión no resultó apremiante durante un tiempo, después de que Pemberton recibiera sus trescientos francos. Estos dieron paso a una especie de calma, un alivio frente a las presiones más acu­ciantes. Pemberton enmendó frugalmente su vestuario e incluso te­nía unos francos en el bolsillo. Pensó que los Moreen le miraban como si vistiera con demasiada elegancia, como si pensaran que de­berían cuidar de no mimarle mucho. De no haber sido el señor Mo­reen tan hombre de mundo tal vez le hubiera dicho algo de sus corbatas. Pero el señor Moreen siempre estaba muy en su papel de hombre de mundo y dejaba estar las cosas; eso, ciertamente, lo ha­bía demostrado a las claras. Era curioso que Pemberton hubiera adi­vinado que Morgan, aun cuando éste no decía nada, sabía que había pasado algo. Pero trescientos francos, sobre todo cuando se debe dinero, no podían durar eternamente; y cuando se acabaron</p>
<p>(el chico supo cuándo se acabaron) Morgan sí que dijo algo. El grupo había regresado a Niza a principios de invierno pero no a la encan­tadora casa de campo. Fueron a un hotel en el que se quedaron tres meses y después fueron a otro hotel, explicando que se habían ido del primero porque llevaban muchísimo tiempo esperando y no les daban las habitaciones que querían. Tales aposentos, las ha­bitaciones que querían, eran por lo general de lo más espléndido; pero afortunadamente nunca se las daban. Afortunadamente para Pemberton, quiero decir, pues éste siempre se hacía la reflexión de que si se las llegaban a dar quedaría aún menos para gastos de educación. Lo que por fin dijo Morgan lo dijo repentinamente, sin venir a cuento, cuando llegó el momento, en medio de una clase y su contenido fueron estas palabras, aparentemente exentas de sen­timiento.</p>
<p>            -Debería usted filer<a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn10">[10]</a>, ¿sabe? De veras debería hacerlo.       Pemberton se le quedó mirando fijamente. Había aprendido de Morgan el suficiente argot francés como para saber que filer signi­ficaba irse.</p>
<p>            -¡Ah, querido muchacho, no me despidas!</p>
<p>            Morgan cogió un diccionario de griego (utilizaba un diccionario griego-alemán) para buscar una palabra, en vez de preguntársela a Pemberton.</p>
<p>            -Usted sabe que no puede seguir así.</p>
<p>            -¿Seguir cómo, muchacho?</p>
<p>            -Sin que le paguen -dijo Morgan, ruborizándose y pasando las hojas.</p>
<p>            -¿Que no me pagan?</p>
<p>            -Pemberton volvió a mirarle fijamente y fingió asombro-. ¿Quién diablos te ha metido eso en la cabeza?            </p>
<p>            -Lleva ahí mucho tiempo -replicó el chico, prosiguiendo su búsqueda.</p>
<p>            Pemberton se quedó un momento callado y a continuación dijo:   </p>
<p>            -Oye, ¿qué estás buscando? Me pagan magníficamente.     </p>
<p>            -Estoy buscando cómo se dice en griego «falsedad manifiesta».   </p>
<p>            -Más vale que busques «impertinencia grosera» y que alivies tu mente. ¿Para qué me hace falta el dinero?            </p>
<p>            -¡Ah, esa es otra cuestión!</p>
<p>            Pemberton dudó&#8230; sentía impulsos diversos. La manera severa y correcta de actuar habría consistido en decirle al niño que aquel asunto no era de su incumbencia y que siguiera traduciendo. Pero la relación que mantenían era demasiado estrecha como para hacer una cosa así; no era él modo en que estaba acostumbrado a tratar­le; no había habido razón para que así fuera. Por otra parte, lo que Morgan había dicho era totalmente cierto&#8230; en realidad no le hu­biera resultado posible seguir ocultándoselo durante mucho tiem­po; así pues ¿por qué no hacerle saber los motivos verdaderos que tenía para abandonarle? Al mismo tiempo no era decente hablarle mal a un alumno de la propia familia del alumno; antes que eso más valía desvirtuar las cosas. Así que, en respuesta a la última ex­clamación de Morgan, afirmó, a fin de zanjar la cuestión, que ha­bía recibido varias pagas.</p>
<p>            -¡Ya, ya! -exclamó el niño, riéndose.</p>
<p>            -Es suficiente -insistió Pemberton-. Dame tu traducción es­crita.</p>
<p>            Morgan le pasó el cuaderno desde el otro lado de la mesa y su acompañante inició la lectura de la página, pero algo le daba vuel­tas en la cabeza, impidiéndole encontrar sentido a lo que leía. Al cabo de un par de minutos alzó la vista y se encontró con los ojos del niño clavados en él y detectó en ellos algo extraño. Entonces Morgan dijo:</p>
<p>            -No me da miedo la realidad.</p>
<p>            -Todavía no he visto ninguna cosa que te dé miedo. ¡Te hago justicia al decir esto!</p>
<p>            Se lo dijo de sopetón (era perfectamente cierto) y a Morgan le causó un placer evidente.</p>
<p>            -He pensado mucho en ello -dijo Morgan enseguida.          </p>
<p>            -Pues no lo pienses más.</p>
<p>            El niño al parecer obedeció y se pasaron una hora cómoda e in­cluso divertida. Sostenían la teoría de que eran muy concienzudas y, sin embargo, siempre parecía que se encontraban en la parte di­vertida de las lecciones, en los intervalos que hay entre los túneles, donde siempre hay panoramas al borde del camino. No obstante, la mañana tuvo un final violento cuando Morgan, apoyando de re­pente los brazos en la mesa, hundió la cabeza entre los mismos y estalló en lágrimas. Pemberton se hubiera sobresaltado de todos modos; pero se sintió doblemente sobresaltado porque, y reparó en ello entonces, era la primera vez que veía llorar al niño. Fue espantoso.</p>
<p>            Al día siguiente, después de pensarlo mucho, adoptó una deci­sión y, creyendo que era justa, inmediatamente la llevó a cabo. Arrinconó de nuevo al señor y a la señora Moreen y les comunicó que si no le pagaban todo lo que le debían en aquel mismo mo­mento, no sólo se iría de su casa sino que también le diría a Mor­gan el motivo exacto que le llevaba a hacerlo.</p>
<p>            -Ah ¿es que no se lo ha dicho? -exclamó la señora Moreen</p>
<p>con una mano pacificadora descansando en su bien vestido regazo.          </p>
<p>            -¿Sin advertírselo a ustedes? ¿Por quién me toman?</p>
<p>            El señor y la señora Moteen se miraron y Pemberton se dio cuen­ta de que sentían alivio y de que en su alivio había cierta alarma.    </p>
<p>            -Mi querido amigo -preguntó el señor Moteen- ¿qué uso po­dría usted darle a tanto dinero, siendo tan tranquila la vida que llevamos?</p>
<p>            Pemberton no respondió a aquella pregunta, ocupado como es­taba en comprender que lo que pasaba por la cabeza de sus patro­nos era algo parecido a esto: «Oh, entonces si, por la manera en que nos mira, nosotros creíamos que el niño, angelito querido, nos había juzgado, y, siendo así que no nos ha delatado nadie, enton­ces tiene que haber llegado él solo a esa conclusión&#8230; y, en resumi­das cuentas&#8230; ¡es algo que se nota!» Idea esta que conmovió bastante a los señores Moteen, cosa que Pemberton deseaba. Al mismo tiem­po, si había supuesto que su amenaza iba a servir de algo en cuan­to a convencerles, se sintió decepcionado al descubrir que daban por hecho (¡en qué poco valoraban su delicadeza!) que ya los ha­bría descubierto a los ojos de su alumno. Anidaba una oscura in­quietud en su fuero interno de padres y eso explicaba sus suposiciones. No obstante, la amenaza del tutor los conmovió pues, si bien habían escapado, era tan sólo para enfrentarse a un nuevo peligro. El señor Moreen, como de costumbre, apeló a Pemberton en su calidad de hombre de mundo; pero su esposa recurrió por vez primera desde la llegada del joven, a una elegante <em>hauteur</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn11">[11]</a>, recordándole que una madre devota de su hijo tenía a su disposi­ción artes que la protegían de las groseras deformaciones de la rea­lidad.</p>
<p>            -¡Sería una grosera deformación de la realidad que yo la acusa­ra de ser de una honradez común! -contestó el joven; pero cuan­do cerraba bruscamente la puerta tras de sí, pensando que no se había hecho mucho bien a sí mismo, mientras el señor Moren gri­taba a sus espaldas, con ánimo más conmovedor:</p>
<p>            -¡Pues hágalo, hágalo, póngame un cuchillo en la garganta!            A la mañana siguiente, muy temprano, ella acudió a su habita­ción. Pemberton reconoció su forma de llamar pero no tenía nin­guna esperanza de que le trajera dinero, con respecto a lo cual se equivocaba, pues la señora Moreen llevaba cincuenta francos en la mano. Entró en bata y él la recibió vestido con otra prenda de la misma naturaleza, en el espacio que mediaba entre la bañera y la cama. A aquellas alturas ya estaba tolerablemente habituado a las «costumbres extranjeras» de sus anfitriones. La señora Moreen era una persona vehemente y cuando se dejaba llevar por la vehemen­cia de su carácter, no se fijaba en lo que hacía; de modo que en aquel momento, como las ropas de Pemberton ocupaban las sillas, se sentó en la cama de éste y, en medio de la preocupación que sentía, se olvidó, cuando echó una ojeada en tomo a sí, de sentirse avergonzada por haberle dado al tutor de su hijo aquella habita­ción tan deplorable. Lo que había despertado la vehemencia de la señora Moreen en aquella ocasión era el deseo de convencer al jo­ven en primer lugar de que era muy bondadosa por traerle cincuenta francos y, en segundo lugar, de que, si se fijaba, era totalmente absurdo esperar que le pagaran. ¿Es que no se sentía bien pagado (dejando a un lado el sempiterno dinero) disfrutando de aquella casa cómoda y lujosa con todos ellos, sin ninguna preocupación, sin ninguna inquietud, sin una sola necesidad? ¿No gozaba de una posición segura? ¿No era aquello todo para un joven como él, un joven completamente desconocido, que tenía singularmente poco que ofrecer y sí unas pretensiones que no resultaba fácil descubrir en qué se basaban? Y por encima de todo ¿no se sentía suficiente­mente bien pagado por la relación maravillosa que había entabla­do con Morgan (la relación ideal entre un maestro y su discípulo) y por el meto privilegio de conocer y vivir con un niño tan asom­brosamente dotado, compañía que (y lo decía firmemente conven­cida) no la había mejor en toda Europa? La señora Moreen se dirigía a él como hombre de mundo; le decía «<em>Voyons, mon cher</em>»<a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn12">[12]</a> y «Fí­jese en esto, distinguido señor», y le instaba a ser razonable, expo­niéndole que en realidad aquella era una oportunidad que se le brindaba. Hablaba como si, en la medida en que Pemberton fuera razonable, demostraría ser digno del honor de ser el tutor de su hijo, así como de la extraordinaria confianza que depositaban en él.</p>
<p>            Después de todo, pensó Pemberton, era una mera diferencia de teorías, y las teorías no contaban mucho. Hasta entonces habían probado la teoría del servicio remunerado y a partir de ahora pro­barían la del servicio gratuito; ¿pero por qué habían de malgastar tantas palabras en ello? Sin embargo, la señora Moreen persistía en su empeño de convencerle; sentada allí, con los cincuenta fran­cos en la mano, hablaba y se repetía como se repiten las mujeres, aburriéndole e irritándole, mientras él escuchaba apoyado en la pa­red, con las manos en los bolsillos de la bata, juntándola en torno a las piernas y mirando por encima de la cabeza de su visitante</p>
<p>los recuadros grises de la ventana. La señora Moreen concluyó diciendo:</p>
<p>            -En fin, vengo con una propuesta concreta.</p>
<p>            -¿Una propuesta concreta?</p>
<p>            -Regularizar nuestras relaciones, por decirlo así&#8230; asentarlas sobre una base cómoda.</p>
<p>            -Ya entiendo&#8230; es un sistema -dijo Pemberton-. Una espe­cie de chantaje.</p>
<p>            La señora Moreen se puso rígida que era lo que el joven quería.     </p>
<p>            -¿Qué quiere decir con eso?</p>
<p>            -Usted utiliza el miedo que uno siente&#8230; miedo de lo que le ocurriría al niño si uno se fuera.</p>
<p>            -Y, dígame, por favor, ¿qué le ocurriría al niño si se diera ese supuesto? -preguntó la señora Moreen con aire majestuoso.     -Pues que se quedaría solo con ustedes.</p>
<p>            -Y, dígame, por favor ¿con quién debería estar un niño si no es con las personas a las que más quiere?</p>
<p>            -Si eso es lo que piensa ¿por qué no me despide?    </p>
<p>            -¿Pretende dar a entender que le quiere a usted más que a no­sotros? -preguntó la señora Moreen.</p>
<p>            -Creo que debería ser así. Yo me sacrifico por él. Aunque he oído hablar de los sacrificios que hacen ustedes, yo no los he visto.     </p>
<p>            La señora Moreen le miró fijamente un momento; después, emo­cionadamente, cogió a Pemberton de la mano.</p>
<p>            -¿Querrá usted hacerlo&#8230; el sacrificio?         </p>
<p>            Pemberton estalló en una carcajada.</p>
<p>            -Ya veré&#8230; haré lo que pueda&#8230; me quedaré un poco más. Su cálculo es acertado: efectivamente, me resulta sumamente odiosa la idea de dejar al niño; le tengo cariño y me interesa mucho, a pesar de los inconvenientes por los que paso. Usted conoce perfec­tamente mi situación; no tengo ni un triste céntimo y, ocupado como estoy con Morgan, no puedo ganar dinero.</p>
<p>            La señora Moreen se dio unos golpecitos en su desvestido brazo con el billete de banco doblado.</p>
<p>            -¿No puede escribir artículos? ¿No puede traducir como hago yo?</p>
<p>            -En cuanto a las traducciones, no sé; las pagan miserablemente.    </p>
<p>            -Yo me alegro de ganar lo que puedo -dijo la señora Moreen con aire virtuoso y la cabeza alta.</p>
<p>            -Debería decirme para quién lo hace -Pemberton hizo una pausa momentánea y ella no dijo nada, por lo que aquél prosiguió-: He intentado que me publicaran algunas cosas, pero las revistas no las aceptan&#8230; me las devuelven dándome las gracias.</p>
<p>            -Ya ve entonces que no es usted ningún fénix como para tener</p>
<p>esas pretensiones -dijo su interlocutora con una sonrisa.</p>
<p>            -No tengo tiempo para hacer las cosas bien -prosiguió Pem­berton. Entonces, como si de repente se le ocurriera que dar aque­llas explicaciones era de una buena voluntad casi despreciable, añadió-: Si me quedo más tiempo ha de ser con una condición: que Morgan sepa claramente cuál es mi situación.</p>
<p>            La señora Moreen dudó.</p>
<p>            -¿No será que quiere usted darse aires delante del niño?    </p>
<p>            -¿Se refiere a que quiero airear cómo son ustedes?</p>
<p>            La señora Moreen dudó nuevamente, pero esta vez fue para ofrecer una flor aún más delicada:</p>
<p>            -¡Y es usted el que habla de chantaje!          </p>
<p>            -Puede evitarlo fácilmente -dijo Pemberton.</p>
<p>            -Y es usted el que habla de utilizar el miedo -prosiguió la señora Moteen.</p>
<p>            -Sí, no hay duda ninguna de que soy un grandísimo sinver­güenza.</p>
<p>            La mujer lo miró un momento; era evidente que se sentía profundamente molesta.</p>
<p>            -El señor Moteen quiere que le dé esto a cuenta.</p>
<p>            -Se lo agradezco mucho al señor Moreen; pero no tenemos nin­guna cuenta.</p>
<p>            -¿No quiere cogerlo?</p>
<p>            -Así soy más libre -dijo Pemberton.</p>
<p>            -¿Para envenenar la mente de mi hijo querido? -dijo la seño­ra Moreen con voz quejumbrosa.</p>
<p>            -¡Oh, la mente de su hijo querido! -dijo el joven riéndose.  </p>
<p>            Ella clavó en él la mirada un momento y Pemberton pensó que iba a tener un estallido tormentoso y suplicante: «Por el amor de Dios, ¡dígame qué hay en su mente!». Pero la señora Moteen re­frenó aquel impulso&#8230; sintió otro más poderoso. Se guardó el di­nero en el bolsillo -la crudeza de la alternativa resultaba cómica­ y salió apresuradamente de la habitación, haciendo una concesión desesperada:</p>
<p>            -¡Puede contarle todos los horrores que quiera!</p>
<p> </p>
<p align="center"><strong>VI</strong></p>
<p> </p>
<p> </p>
<p>            UN par de días después de aquello, durante los cuales Pember­ton no se benefició del permiso que le concediera la señora Moreen para contarle a su hijo los horrores que quisiera, llevaban tutor y alumno un cuarto de hora paseando en silencio cuando el</p>
<p>niño volvió a mostrarse comunicativo, haciendo la siguiente obser­vación:</p>
<p>            -Le diré cómo es que lo sé; lo sé por Zénobie.         </p>
<p>            -¿Zénobie? ¿Y quién diablos es Zénobie?</p>
<p>            -Una niñera que tenía antes, hace muchísimos años. Una mu­jer encantadora. Me gustaba muchísimo, y yo a ella.</p>
<p>            -Sobre gustos no hay nada escrito. ¿Qué es lo que sabes por ella?</p>
<p>            -Pues cuál es la idea que tienen mis padres. Se fue porque no le pagaban. Me quería mucho y se quedó dos años. Me lo contó todo; ya nunca le pagaban su sueldo. En cuanto se dieron cuenta de que me había cogido mucho cariño dejaron de darle nada. Pen­saron que se quedaría a cambio de nada, por afecto. Y se quedó muchísimo tiempo&#8230; todo el tiempo que pudo. Era una mucha­cha pobre. Le mandaba dinero a su madre. Al final ya no pudo seguir en aquella situación y se marchó una noche, espantosamen­te enfadada; quiero decir, por supuesto, enfadada con ellos. Me cogió y se echó a llorar de un modo tremendo, me abrazaba tan fuerte que casi me aplasta. Me lo contó todo -repitió Morgan-. Me contó qué idea tenían mis padres. Por eso pienso, desde hace mucho tiempo, que habrán tenido la misma idea con usted.</p>
<p>            -Zénobie era muy perspicaz -dijo Pemberton-. Y te lo pegó a ti.</p>
<p>            -Oh, eso no fue cosa de Zénobie; fue la naturaleza. ¡Y la expe­riencia! -rió Morgan.</p>
<p>            -Bueno, Zénobie formo parte de tu experiencia.</p>
<p>            -¡Sin duda yo formé parte de la suya, pobrecilla! -exclamó el niño-. Y formó parte de la de usted.</p>
<p>            -Una parte muy importante. Pero no sé de dónde sacas que me tratan como a Zénobie.</p>
<p>            -¿Me toma por un idiota? -preguntó Morgan-. ¿Es que no soy consciente de lo que hemos pasado juntos?</p>
<p>            -¿Qué hemos pasado?           </p>
<p>            -Privaciones&#8230; días oscuros.</p>
<p>            -Oh, los días que hemos pasado juntos han sido bastante bri­llantes.</p>
<p>            Morgan guardó silencio un momento. Después dijo:           </p>
<p>            -Querido tutor ¡es usted un héroe!</p>
<p>            -¡Y tú otro! -replicó Pemberton.</p>
<p>            -No, no lo soy; pero no me chupo el dedo. No quiero seguir aguantando esto. Debe usted encontrar alguna ocupación remu­nerada. ¡Me siento avergonzado! -dijo el niño con una vocecilla temblorosa y apasionada que conmovió profundamente a Pem­berton.</p>
<p>            -Deberíamos escaparnos e irnos a vivir juntos a alguna parte -dijo el joven.</p>
<p>            -Si me llevara con usted iría a ciegas.</p>
<p>            -Yo conseguiría algún trabajo que nos mantuviera a flote -pro­siguió Pemberton.</p>
<p>            -Yo también. ¿Por qué no habría de trabajar yo? ¡No soy nin­gún <em>crétin</em>!<a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn13">[13]</a>.</p>
<p>            -La dificultad estriba en que tus padres no querrían ni oír ha­blar de ello -dijo Pemberton-. Jamás se separarían de ti; vene­ran el suelo que pisas. ¿No ves las pruebas que dan de ello? No les caigo mal; no me desean ningún mal; son una gente muy ama­ble; pero están perfectamente dispuestos a tratarme mal por tu bien.</p>
<p>            El silencio con que Morgan reaccionó ante aquel sofisma sutil le pareció a Pemberton, por alguna razón, muy expresivo. Un mo­mento después Morgan repitió:</p>
<p>            -¡Es usted un héroe! -y a continuación agregó-: Me ponen totalmente en sus manos. Depositan en usted toda la responsabili­dad. Me dejan con usted de la mañana a la noche. ¿Por qué, en­tonces, habrían de oponerse a que se encargara totalmente de mí? Yo le ayudaría.</p>
<p>            -No se sienten especialmente deseosos de que se me ayude y les encanta pensar que les perteneces. Están enormemente orgu­llosos de ti.</p>
<p>            -Yo no me siento orgulloso de ellos. Pero eso ya lo sabe usted -repuso Morgan.</p>
<p>            -Exceptuando el asunto que estamos tratando son una gente encantadora -dijo Pemberton, sin asumir la imputación de luci­dez que se le hacía, si bien se quedó muy pensativo por las mues­tras que de aquella cualidad daba el niño, especialmente por esta última muestra, que le hizo recordar algo que ya advirtió desde el principio: el rasgo más extraño que formaba parte de la grandiosa y pequeña personalidad del niño, un temperamento, una sensibi­lidad, incluso una especie de ideal que le hacía guardar un rencor soterrado hacia la forma de ser que tenía en general su familia. Mor­gan poseía un secreto, una pequeña dosis de altanería que engen­draba un elemento de reflexión, un desdén doméstico que no le pasaba desapercibido a su tutor (aunque jamás hablaban de ello) y que era absolutamente anómalo en una naturaleza juvenil, espe­cialmente cuando uno se daba cuenta de que aquello no había vuelto su naturaleza anticuada. -escogiendo un término adecuado para un niño. No había enrarecido su naturaleza ni la había agostado ni la había convertido en algo ofensivo. Era como si Morgan fuera un pequeño caballero y hubiera pagado un precio por descubrir que él era la única persona así en el seno de su familia. La compa­ración no le envaneció, pero podía volverle melancólico y ligera­mente austero. Cuando Pemberton adivinó aquellos puntos oscuros, propios de la edad, vio a Morgan como alguien serio y valeroso, sintiéndose al mismo tiempo atraído y paralizado, como si tuviera algún escrúpulo, por el encanto que suponía intentar sondear las frías honduras de su alma, que si bien tenía aún poca profundi­dad, iba ganándola rápidamente. Cuando intentó representarse el escrúpulo matutino de la niñez, a fin de tratarlo de un modo segu­ro, se dio cuenta de que era imposible fijarlo, de que tenía un ca­rácter eternamente cambiante; de que la ignorancia, en el instante en que uno la toca, ya se arrebola tenuemente de conocimiento; de que no había ninguna cosa de la que en un momento dado pu­diera decirse que un niño inteligente no la sabía. Le daba la im­presión de que sabía demasiado como para entender la sencillez de Morgan y al mismo tiempo demasiado poco como para desenre­dar la maraña de su personalidad.</p>
<p>            El niño hizo caso omiso del último comentario de Pemberton; simplemente siguió diciendo:</p>
<p>            -Hace mucho que debería haber hablado con ellos de tu idea, como yo la llamo, sólo que estoy seguro de lo que me habrían dicho.</p>
<p>            -¿Qué te habrían dicho?</p>
<p>            -Exactamente lo mismo que dijeron de lo que me había conta­do la pobre Zénobie; que era una historia odiosa y horrible, que le habían pagado hasta el último céntimo que le debían.</p>
<p>            -Bueno, a lo mejor era verdad -dijo Pemberton.      </p>
<p>            -¡A lo mejor es verdad que le han pagado a usted!  </p>
<p>            -Hagamos como que así es y <em>n&#8217; en parlons plus</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn14">[14]</a> .</p>
<p>            -La acusaron de ser una mentirosa y una estafadora -insistió          </p>
<p>            Morgan con perversidad-. Por eso no quiero hablarles de ello.       </p>
<p>            -¿Para que no me acusen a mí también?</p>
<p>            Morgan no respondió a esto y su acompañante, mirándole (el niño había apartado la vista, pues se le agolpaban las lágrimas), comprendió que su pupilo no habría sido capaz de decir nada sin perder el control.</p>
<p>            -Tienes razón. No los agobies -prosiguió Pemberton-. Ex­ceptuando eso, son gente encantadora.</p>
<p>            -Exceptuando que son ellos los mentirosos y los estafadores.</p>
<p>            -¡Ya, ya! -exclamó Pemberton, remedando una muletilla del niño que era a su vez un remedo.</p>
<p>            -Tenemos que ser francos hasta el fin; es completamente nece­sario que lleguemos a un entendimiento -dijo Morgan, dándose importancia, como hacen los niños que creen estar arreglando gran­des cuestiones, casi como si estuvieran jugando a los indios o a los naufragios-. Estoy al corriente de todo -añadió.</p>
<p>            -Tal vez tu padre tenga sus razones -comentó Pemberton con excesiva vaguedad, de la cual era consciente.</p>
<p>            -¿Para mentir y estafar?</p>
<p>            -Para hacer economías y llevar las cosas a su modo y darle a los medios que tiene el mejor destino posible. Necesita el dinero para muchas cosas. Sois una familia que sale muy cara.</p>
<p>            -Sí, yo salgo muy caro -respondió Morgan de un modo que hizo reír a su preceptor.</p>
<p>            -Economiza por ti -dijo Pemberton-. Te tienen en cuenta para todo lo que hacen.</p>
<p>            -Pues podía economizar un poco de&#8230; -el muchacho hizo una pausa. Pemberton aguardó para ver qué era lo que debía economi­zar el padre. Entonces Morgan dijo algo extraño:- un poco de re­putación.</p>
<p>            -Oh, de eso hay mucho. ¡No hay problema!</p>
<p>            -Para la gente que conocen hay bastante, no cabe duda. Cono­cen a una gente horrible.</p>
<p>            -¿Te refieres a los príncipes? No debemos hablar mal de los prín­cipes.</p>
<p>            -¿Por qué no? No se han casado con Paula; no se han casado con Amy. Todo cuanto hacen es desplumar a Ulick.</p>
<p>            -¡Pues sí que es verdad que lo sabes todo! -exclamó Pemberton.   </p>
<p>            -No; a fin de cuentas no lo sé. ¡No sé de qué vive mi familia ni cómo vive ni por qué vive! ¿Qué tienen y cómo lo consiguen? ¿Son ricos, son pobres o tienen una <em>modeste aisance</em>?<a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn15">[15]</a> ¿Por qué están siempre dando bandazos, viviendo un año como embajado­res y el siguiente como mendigos? ¿Quiénes son, en fin, y qué son? He pensado en todo eso. He pensado en muchas cosas. Son tan desmesuradamente mundanos. Eso es lo más odioso de todo&#8230; oh, ¡qué espectáculo! Lo único que les importa es aparentar y hacerse pasar por esto y por lo otro. ¿Qué quieren aparentar que son? ¿Qué, señor Pemberton?</p>
<p>            -Haz una pausa para que te conteste -dijo Pemberton, fin­giendo tomarse el interrogatorio a broma, aunque él también se</p>
<p>preguntaba aquellas cosas y se había quedado profundamente im­presionado por la aguda, si bien imperfecta, visión que el niño te­nía de todo aquello-. No tengo ni la menor idea.</p>
<p>            -¿Y de qué les sirve? ¿Es que no ha visto cómo los trata la gen­te? La gente «de valía., los que ellos quieren conocer. Aceptarían cualquier cosa de ellos&#8230; se tumbarían en el suelo y se dejarían pi­sotear. A la gente de valla eso le resulta odioso&#8230; mis padres los enferman. Usted es la única persona de verdadera valía que conocemos.       </p>
<p>            -¿Estás seguro? ¡Tus padres no se echan al suelo para que yo les pase por encima!</p>
<p>            -Bueno, tampoco quiero que se eche usted al suelo para que pasen por encima ellos. Usted tiene que marcharse&#8230; eso es lo que tiene que hacer -dijo Morgan.</p>
<p>            -¿Y qué va a ser de ti?</p>
<p>            -Oh, yo estoy creciendo. Me quitaré de en medio dentro de no mucho tiempo. Más adelante volveré a verle a usted.</p>
<p>            -Sería mejor que me dejaras acabarte -le instó Pemberton, pres­tándose a aceptar los términos del planteamiento extraordinaria­mente lúcido que había desarrollado el niño.</p>
<p>            Morgan dejó de caminar y alzó la vista hacia su tutor. Tenía que alzar la vista mucho menos que hacía dos años; enjuto y desgarba­do, el niño había crecido y estaba muy alto y delgado.     </p>
<p>            -¿Acabarme? -repitió.</p>
<p>            -Todavía nos quedan muchas cosas divertidas que podemos ha­cer juntos. Deseo culminar mi labor contigo&#8230; deseo ganar crédito contigo.</p>
<p>            -Desea que dé crédito a lo que dice&#8230; ¿es eso lo que quiere decir?</p>
<p>            -Querido muchacho, eres demasiado inteligente para seguir con vida.</p>
<p>            -Eso es precisamente lo que me temo que piensa usted. No, no; no está bien&#8230; no puedo soportarlo. Nos separaremos la sema­na que viene. Cuanto antes se acabe esto, antes podré descansar.</p>
<p>            -Si sé de algo&#8230; de alguna otra oportunidad, te prometo que me iré -dijo Pemberton.</p>
<p>            Morgan consintió en tomar aquello en consideración.         </p>
<p>            -Pero será honrado -exigió-; si sabe de algo no fingirá.       </p>
<p>            -Es mucho más probable que finja saber algo.</p>
<p>            -¿Pero de qué va a enterarse estando así, metido en un agujero con nosotros? Debería estar sobre el terreno, irse a Inglaterra&#8230; de­bería irse a los Estados Unidos.</p>
<p>            -¡Cualquiera diría que eres mi tutor! -dijo Pemberton.        </p>
<p>            Morgan siguió caminando y al cabo de un momento continuó hablando.</p>
<p>            -Bueno, ahora ya sabe que yo sé; afrontamos los hechos y no ocultamos nada ¿no resulta mucho más cómodo así?     </p>
<p>            -Querido muchacho, es tan divertido, tan interesante, que se­guramente me resultará completamente imposible renunciar a unas horas como las que hemos pasado juntos.</p>
<p>            Esto hizo que Morgan volviera a detenerse una vez más.    </p>
<p>            -Pero usted está ocultando algo. Oh, no es usted franco. ¡Yo sí!</p>
<p>            -¿Por qué no soy franco?</p>
<p>            -¡Oh, usted también tiene su propia idea!    </p>
<p>            -¿Mi propia idea?</p>
<p>            -Pues que probablemente no sobreviviré y que podrá aguantar hasta que yo falte.</p>
<p>            -¡Efectivamente eres demasiado inteligente para seguir con vi­da! -repitió Pemberton.</p>
<p>            -Esa es una idea ruin -prosiguió Morgan-. Pero se la haré pagar mientras aún me queden fuerzas.</p>
<p>            -¡Ándate con cuidado, no vaya a envenenarte! -dijo Pember­ton riéndose.</p>
<p>            -Cada año estoy mejor y más fuerte. ¿No ha reparado en que no ha habido ningún médico cerca de mí desde que llegó usted?        </p>
<p>            -Yo soy tu médico -dijo el joven, cogiéndole del brazo y acer­cándolo junto a sí de nuevo.</p>
<p>            Morgan siguió andando y unos pasos después exhaló un suspiro en el que se entremezclaban alivio y cansancio.</p>
<p>            -Ah, ahora que afrontamos los hechos, todo está bien.</p>
<p> </p>
<p align="center"><strong>VII</strong></p>
<p> </p>
<p> </p>
<p>            Después de aquello se pasaron mucho tiempo afrontando los hechos, y una de las primeras consecuencias de tal actitud fue que Pemberton siguió aguantando, por decirlo así, a tal efecto. Mor­gan hacía que los hechos resultaran tan vívidos y divertidos por un lado, y tan feos y faltos de relieve por otro, que era fascinante co­mentarlos con él, del mismo modo que hubiera sido inhumano de­jarlo a solas con ellos. Ahora que compartían tantas impresiones no tenía sentido que ninguno de los dos fingiera no juzgar a aque­lla gente; pero el mismo hecho de juzgarlos y el intercambio de impresiones creó otro vínculo. Morgan jamás había resultado tan interesante como ahora que él mismo se hacía más accesible mer­ced a la luz que sobre su personalidad arrojaban aquellas confiden­cias. Lo que se hizo más palpable fue el daño que le hacía su orgullo tan característico. A Pemberton le daba la sensación de que el daño era mucho, tanto que tal vez no fuera negativo el hecho de que hubiera sufrido algunos impactos a una edad muy temprana. A Mor­gan le hubiera gustado que su gente fuera más gallarda, y hubo de experimentar demasiado pronto la sensación de que su familia estaba perpetuamente reconociendo errores. Su madre tenía una inmensa capacidad para hacerlo y su padre aún más que su madre. Sospechaba que Ulick se había librado por los pelos de un «asun­to» en Niza; una noche hubo en casa mucho revuelo y un pánico considerable, después de lo cual todos se fueron a la cama y carga­ron con las consecuencias; no cabía otra suposición. Morgan tenía una imaginación romántica, que se nutría de poesía y de historia, y le hubiera gustado que quienes «llevaban su nombre» (como le decía a Pemberton, haciendo gala de aquel humor que hacía de su sensibilidad algo tan adulto) tuvieran más arrestos. Pero lo úni­co en que pensaban era en conocer a gente que no necesitaba de ellos y tomarse los desaires como si fueran honrosas cicatrices. Por qué la gente no tenía una mayor necesidad de ellos, Morgan no lo sabía: eso era asunto de la gente. Después de todo, en un trato superficial no resultaban repulsivos; eran cien veces más inteligen­tes que la mayor parte de aquellos personajes tediosos, aquella «po­bre gente bien» detrás de la que iban corriendo por toda Europa.</p>
<p>            -Después de todo resultan divertidos, ¡eso es indudable! -solía decir Morgan con sabiduría ancestral. A lo cual Pemberton siem­pre replicaba:</p>
<p>            -¿Divertida la gran <em>troupe</em> de los Moreen? ¡Pues claro! Son de lo más delicioso; y si no fuera porque tú y yo somos un estorbo (¡somos tan malos a la hora de actuar!) para el <em>ensemble</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn16">[16]</a>, irían con todas las cosas por delante.</p>
<p>            Lo que el muchacho no era capaz de superar era que aquella la­cra en particular le parecía totalmente inmerecida y arbitraria en el seno de una tradición caracterizada por la dignidad. Sin duda alguna la gente tiene derecho a elegir la línea de conducta que pre­fiera: pero ¿por qué razón había elegido su gente la línea del arri­bismo, la adulación, la mentira y- la estafa? Sus antepasados (todos ellos personas de bien. hasta donde Morgan alcanzaba a saber ¿qué le habían hecho a su familia? Qué les había hecho él? ¿Quién les había envenenado la sangre con aquel ideal de quinta categoría, la idea fija de conocer a gente distinguida e introducirse en el <em>monde chic</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn17"><em><strong>[17]</strong></em></a> sobre todo teniendo en cuenta que estaban de antemano condenados a fracasar y a quedar en evidencia? Dejaban ver tan a las claras lo que buscaban: ésa era la razón por la que la gente los rechazaba. Y nunca tenían un gesto de dignidad, nunca les agui­joneaba la vergüenza cuando se miraban a la cara, nunca se mos­traban ofendidos, asqueados, independientes de los demás. ¡Si por lo menos su padre o su hermano le hicieran morder el polvo a al­guien un par de veces al año! Con todo lo inteligentes que eran jamás se daban cuenta de la imagen que daban. Tenían buen fon­do, sí ;tan buen fondo como los judíos que están a la puerta de las tiendas de ropa! Pero ¿era aquél el modelo deseable para que lo imitara su propia familia? Morgan conservaba vagos recuerdos de su abuelo materno, en Nueva York; lo habían llevado al otro lado del océano para que lo conociera, cuando tenía cinco años. Era un caballero que usaba cuello de camisa alto y que pronuncia­ba las palabras con mucho énfasis; por las mañanas se vestía de frac, lo cual le hacía a uno preguntarse qué se pondría por la noche; te­nía, o se suponía que tenía, «propiedades» y alguna relación con la Sociedad Bíblica. Irremediablemente tenía que ser buena perso­na. El mismo Pemberton recordaba a la señora Clancy, hermana del señor Moreen, viuda, tan irritante como un cuento moralizan­te, que había hecho una visita de quince días a la familia en Niza poco después de que él se fuera a vivir con ellos. Era «pura y refina­da» -como dijo Amy, con el banjo en el regazo- y daba la im­presión de no saber en qué consistía el juego de la familia y de que ocultaba algo. Pemberton pensó que ocultaba su desaprobación ha­, la muchas de las cosas que hacía la familia; había que suponer por tanto que también ella era buena persona y que al señor y a la se­ñora Moreen, a Ulick, a Paula v a Amy les hubiera resultado fácil ser mejores, de haberlo querido.</p>
<p>            Pero cada día que pasaba se veía más claramente que no que­rían. Seguían «medrando», como decía Morgan, y cuando llegó el momento tomaron conciencia de que había una serie de razones por las que era conveniente ir a Venecia. Mencionaron muchas: siem­pre eran llamativamente francos y su conversación era de lo más ,mimada y entrañable. especialmente cuando desayunaban tarde. a la usanza extranjera, antes de que las damas se hubieran maqui­llado el rostro: entonces, apoyados los brazos en la mesa tomaban</p>
<p>a continuación de la <em>demi-tase</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn18">[18]</a> y en el calor de la discu­sión familiar acerca de lo que «en realidad debieran hacer», inde­tectiblemente recurrían a los idiomas en los que se podían <em>tutoyer</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn19">[19]</a>.   </p>
<p>            En aquellos momentos le eran gratos incluso a Pember­ton: hasta Ulick le resultaba soportable. cuando con su vocecilla &#8211;monótona hablaba de la «dulce ciudad marina». Aquello era lo que le hacía sentir por ellos una secreta simpatía que fueran tan ajenos al mundo cotidiano y lograran que él también lo fuese. Ya se ha­bía esfumado el verano cuando, entre exclamaciones de éxtasis, sa­lieron todos al balcón que daba al Gran Canal; las puestas de sol eran espléndidas&#8230; habían llegado los Dorrington. Los Dorrington fueron la única razón de la que no hablaron en los desayunos; pero las razones de las que no hablaban en los desayunos siempre aca­baban por salir a la luz. Los Dorrington, por el contrario, salían muy poco; y cuando no era así, cuando salían, se pasaban -como es natural- horas fuera. Durante aquellos periodos había ocasio­nes en que la señora Moreen y sus hijas se presentaban en su hotel (para ver si habían vuelto) hasta tres veces consecutivas. La góndo­la era para las damas, pues en Venecia también había «días»: la se­ñora Moreen se los había aprendido por orden una hora después de llegar. Ella celebró inmediatamente uno, al cual no se presenta­ron los Dorrington. No obstante, en cierta ocasión, estando Pem­berton y su alumno juntos en San Marcos (en Venecia dedicaron muchísimo tiempo a visitar cientos de iglesias y dieron los mejores paseos de su vida) vieron aparecer al anciano lord en compañía de Ulick y el señor Moteen, quienes le enseñaron la umbría basílica como si fuera de su propiedad. Pemberton reparó en que, en me­dio de las curiosidades del lugar, Lord Dorrington se conducía con un aire mucho menos mundano de lo propio en él; el joven tutor se preguntó si sus acompañantes le cobrarían algo al aristócrata por los servicios que le estaban prestando. En todo caso, el otoño se esfumó, los Dorrington se fueron y Lord Verschoyle, el hijo ma­yor, no le había propuesto matrimonio ni a Amy ni a Paula.</p>
<p>            Un día triste de noviembre, mientras el viento rugía en torno al viejo palacio y la lluvia azotaba la laguna, Pemberton, para ha­cer ejercicio y un poco también porque tenía frío (los Moreen eran horriblemente frugales cuando se trataba de encender fuegos, lo cual hacía sufrir al joven que compartía su vivienda), se paseaba de un extremo a otro de la gran sala desnuda, en compañía de su alumno. El suelo de escayola estaba frío, los altos y desvencija­dos marcos de las ventanas temblaban en medio de la tormenta y no había un solo mueble que paliara el deterioro majestuoso del lugar. Pemberton se encontraba decaído y le daba la impresión de que la fortuna de los Moreen se hallaba en aquellos momentos más decaída aún. Una ráfaga de desolación, una profecía que anuncia­ba la desgracia y el desastre parecía barrer aquella estancia despoja­da de comodidades. El señor Moteen y Ulick estaban en la Piazza a la espera de que ocurriera algo, paseando cansinamente bajo los soportales, vestidos con impermeable; aún así, pese a los imper­meables, se advertía sin lugar a dudas que eran hombres de mun­do. Paula y Amy estaban en la cama; hubiera cabido pensar que no se levantaban para mantener el calor. Pemberton miró de reojo al muchacho que tenía a su lado, para ver hasta qué punto era cons­ciente de aquellos portentos. Pero en aquellos momentos Morgan, afortunadamente para él, sobre todo era consciente de que cada vez estaba más alto y más fuerte, y de que ya había cumplido los quince años. Este dato era de una gran relevancia pata él, pues era el fundamento en que se basaba una teoría personal (que, no obs­tante, le había comunicado a su tutor) según la cual dentro de poco sería capaz de valerse por sí mismo. Pensaba que la situación iba a cambiar, en una palabra, que pronto habría acabado su for­mación, que ya sería adulto, podría presentarse al mundo y estaría en condiciones de demostrar su gran valía. Pese a la agudeza con que a veces era capaz de analizar las circunstancias que lo rodea­ban, había horas felices en las que era tan superficial como un ni­ño; prueba de ello era su firme creencia de que en breve iría a Oxford, al college de Pemberton donde, con la ayuda de éste, ha­ría cosas maravillosas. A Pemberton le apenaba ver lo poco que to­maba en consideración para semejante proyecto las disponibilidades y medios a su alcance, sobre todo teniendo en cuenta lo escéptico que era al respecto cuando se trataba de otros asuntos. Pemberton trataba de imaginarse a los Moreen en Oxford, afortunadamente sin conseguirlo; sin embargo, a menos que toda la familia se tras­ladara allí, Morgan no dispondría de un modus vivendi. ¿Cómo iba a vivir sin recursos y de dónde saldrían dichos recursos? Él, Pem­berton, podía vivir de Morgan, pero ¿cómo iba a vivir Morgan de él? En todo caso ¿qué iba a ser de él? Por alguna razón que no es­taba clara, el hecho de que ya fuera un muchacho crecido y con perspectivas de que su salud mejorara añadía dificultad al interro­gante de su futuro. En la medida que era delicado, la considera­ción que inspiraba parecía ser suficiente respuesta. Pero en el fondo de su corazón, Pemberton reconocía que el muchacho probable­mente sería lo bastante fuerte para seguir con vida, pero no para desarrollarse satisfactoriamente. De todos modos, en cuanto al pro­pio Morgan, estaba pasando por una etapa de lozanía natural y ju­venil, de modo que el batir de la tempestad le parecía sencillamente la voz de la vida y el desafío del desuno. Llevaba puesto un abrigo raído que le quedaba pequeño, con el cuello subido, pero estaba disfrutando del paseo.</p>
<p>            El paseo se vio finalmente interrumpido por la aparición de la madre del muchacho en un extremo de la sala. Le hizo a Morgan señas para que se acercara a ella. Pemberton observó con complacencia cómo su discípulo se perdía en la lejanía de la perspectiva que tenía ante sí, caminando sobre la humedad del falso mármol, en tanto se preguntaba qué sucedería. La señora Moreen le dijo algo al muchacho, haciéndole entrar en la habitación de la que aca­baba de salir ella. A continuación, cuando su hijo hubo cerrado la puerta tras de sí, dirigió sus pasos con presteza hacia Pember­ton. Efectivamente, algo sucedía, pero ni el más delirante vuelo de su fantasía hubiera podido imaginar lo que resultó ser. La seño­ra Moreen le indicó que había buscado un pretexto para que Mor­gan no estuviera presente y acto seguido le preguntó al joven -sin la menor vacilación- si podía prestarle sesenta francos. Antes de estallar en una carcajada se quedó mirándola con sorpresa, mien­tras ella le comunicaba que le hacía falta el dinero urgentísimamen­te; tenía una necesidad desesperada de conseguirlo&#8230; le iba la vida en ello.</p>
<p>            -Mi querida señora, <em>c&#8217;est trop fort!</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn20">[20]</a> -dijo Pemberton entre risas-. Pero por Dios, ¿de dónde supone usted que voy a sacar sesenta francos? <em>du train dont vous allez</em>?<a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn21">[21]</a></p>
<p>            -Creí que trabajaba usted, que escribía cosas; ¿es que no le pagan?</p>
<p>            -Ni un céntimo.</p>
<p>            -¿Es usted tan tonto como para trabajar por nada?  </p>
<p>            -Eso debería saberlo usted muy bien.</p>
<p>            La señora Moreen le miró fijamente un instante y luego enroje­ció levemente. Pemberton se dio cuenta de que su interlocutora se había olvidado por completo de cuál era el pago (es decir, que no hubiera ninguno) que finalmente él había aceptado recibir de ella; aquello pesaba tan poco sobre la memoria de la señora Mo­reen como sobre su conciencia.</p>
<p>            -Ah, sí, ya entiendo lo que quiere decir&#8230; ha sido usted muy amable en cuanto a eso; pero ¿por qué volver sobre ello con tanta frecuencia?</p>
<p>            Ella se había mostrado perfectamente correcta con Pemberton des­pués de la violenta escena aclaratoria que tuvo lugar en el dormito­rio del joven la mañana que ella aceptó «pagar» el precio que Pemberton ponía: inexcusablemente, él le haría saber a Morgan la situación en que se encontraba. La señora Moreen no abrigó nin­gún resentimiento, una vez que vio que no había peligro alguno de que Morgan le echara en cara el asunto. Efectivamente, atribu­yendo aquella inmunidad al buen gusto de la influencia que Pem­berton ejercía sobre el muchacho, le dijo en una ocasión al primero:           </p>
<p>            -Amigo mío, es un inmenso alivio que sea usted todo un caba­llero.</p>
<p>            Ahora, en sustancia, le vino a repetir lo mismo:       </p>
<p>            -Naturalmente, es usted todo un caballero&#8230; ¡cuántas moles­tias ahorra eso!</p>
<p>            Pemberton le recordó que él no «había vuelto» sobre nada; y ella, a su vez, renovó la súplica de que le buscara sesenta francos donde fuera y como fuera. El se tomó la libertad de afirmar que si pudie­ra encontrarlos no sería para prestárselos a ella. (En esto era cons­cientemente injusto consigo mismo, pues sabía que si los tuviera se los pondría en la mano sin dudarlo.) En el fondo, y algo de ver­dad había en ello, el joven se acusaba a sí mismo de sentir una sim­patía fantasiosa y desmoralizada hacia aquella mujer.. Si es cierto que la pobreza da lugar a extrañas uniones, también lo es que da lugar a sentimientos extraños. Además era aquella desmoralización y el mal efecto general que tenía vivir con una gente así lo que le hacía dar contestaciones desabridas, olvidando por completo la tra­dición de los buenos modos.</p>
<p>            -Morgan, Morgan, ¿hasta dónde he llegado por ti? -exclamó para sí, mientras la corpulenta señora Moreen se sumergía de nue­vo en las profundidades de la sala, yendo a liberar a su hijo; al avan­zar iba lamentándose con voz quejumbrosa de lo odiosísimo que era todo.</p>
<p>            Antes de que el muchacho fuera liberado se oyó un golpe en la puerta que daba a la escalera, seguido de la aparición de un joven empapado que asomó la cabeza. Pemberton reconoció en él al por­tador de un telegrama y reconoció que el telegrama iba dirigido a él. Mientras Morgan regresaba, él, después de haber echado un vistazo a la firma (la de un amigo de Londres), leía estas palabras: «Te he encontrado empleo magnífico he llegado acuerdo des clases muchacho opulento condiciones ídem. Preséntate inmediatamen­te.» El mensajero aguardaba respuesta, la cual, afortunadamente, estaba pagada. Morgan, que ya había llegado junto a ellos, tam­bién aguardaba, mirando fijamente a Pemberton; éste, al cabo de un momento, después de mirar a Morgan a los ojos, le entregó el telegrama. En realidad fue mediante un intercambio de miradas de inteligencia (tan bien se conocían), mientras el chico de telégra­fos, que llevaba una capa impermeable, formaba un gran charco en el suelo, como resolvieron el asunto. Pemberton escribió la res­puesta a lápiz, apoyándose en los frescos de la pared, y el mensaje­ro partió. Cuando se hubo ido, Pemberton le dijo a Morgan:</p>
<p>            -Pediré unos honorarios elevadísimos; ganaré mucho dinero en poco tiempo y viviremos de eso.</p>
<p>            -Bueno, espero que el muchacho opulento sea tonto&#8230; seguro que lo es&#8230; -dijo Morgan entre paréntesis- y que le retenga mu­cho tiempo.</p>
<p>            -Por supuesto, cuanto más tiempo me retenga tanto más ten­dremos para la vejez.</p>
<p>            -¡Pero imagínese que no le pagan! -sugirió Morgan maligna­mente.</p>
<p>            -¡Oh, es imposible que exista otra&#8230;! -Pemberton se interrum­pió cuando estaba a punto de emplear un término injurioso. En lugar de ello dijo-: &#8230;otra situación como ésta.</p>
<p>            Morgan se puso rojo y afluyeron lágrimas a sus ojos.</p>
<p>            -<em>Dites toujours</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn22">[22]</a>  otra partida de sinvergüenzas como ésta -a continuación, cambiando de tono, añadió-: ¡Qué suerte tiene ese muchacho opulento! ¡Feliz él!</p>
<p>            -Si es tonto, no.</p>
<p>            -Oh, los tontos son más felices todavía. Pero no se puede tener todo ¿verdad? -dijo Morgan sonriendo.</p>
<p>            Pemberton le puso las manos en los hombros.</p>
<p>            -¿Qué va a ser de ti? ¿Qué vas a hacer? -pensó en la señora Moreen, que necesitaba sesenta francos desesperadamente.    </p>
<p>            -Me haré un hombre -y al punto, como si hubiera captado todos los matices que encerraba la alusión de Pemberton, añadió:   </p>
<p>            -Me llevaré mejor con ellos cuando no esté usted aquí.       </p>
<p>            -Ah, no digas eso. ¡Suena como si yo te pusiera en contra de ellos!</p>
<p>            -Y así es&#8230; con sólo verle. Está bien; ya sabe qué quiero decir. Estaré de maravilla. Me haré cargo de sus asuntos; casaré a mis her­manas.</p>
<p>            -¡Tú sí que te vas a casar! -bromeó Pemberton, pues obvia­mente, en el momento de su separación lo más conveniente, o al menos lo más seguro, era simular en son de chanza un tono altane­ro, un tanto estirado.</p>
<p>            Sin embargo, la pregunta que a continuación, repentinamente, le formuló Morgan, no estaba estrictamente dentro de aquel espí­ritu:</p>
<p>            -Pero una cosa&#8230; ¿cómo va a llegar hasta su magnífico empleo? Tendrá que ponerle un telegrama al muchacho opulento para que le envíe el dinero que le permita acudir.</p>
<p>            Pemberton pensó en ello.</p>
<p>            -¿Eso no les haría gracia, verdad?    </p>
<p>            -Oh, ¡tenga cuidado con ellos!</p>
<p>            Entonces Pemberton expuso su remedio;</p>
<p>            -Iré a ver al cónsul de los Estados Unidos; le pediré que me preste algo de dinero&#8230; sólo para los pocos días que tarde en lle­gar, apoyándome en el telegrama.</p>
<p>            Morgan dijo, divertido:</p>
<p>            -Enséñele el telegrama&#8230; ¡y después guárdese el dinero y qué­dese aquí!</p>
<p>            Pemberton le siguió la broma respondiendo que por Morgan era muy capaz de hacer aquello; pero el muchacho se puso más serio y, para demostrar que hablaba en broma, no sólo le urgió a que acudiera al consulado (pues en el telegrama Pemberton le decía a su amigo que saldría aquella misma noche), sino que también in­sistió en acompañarle. Se abrieron camino chapoteando, tratando tortuosamente de sortear los charcos, cruzando los puentes gibo­sos. Atravesaron la Piazza, donde vieron al señor Moreen y a Ulick entrando en una joyería. El cónsul accedió (Pemberton dijo que no fue por el telegrama sino por el aire distinguido de Morgan); ya de vuelta, entraron en San Marcos y se pasaron diez minutos en silencio. Más adelante reanudaron la conversación y ya mantu­vieron el tono divertido hasta el último momento. A Pemberton le pareció un elemento más dentro de aquel tono de diversión el hecho de que la señora Moreen, que se enfadó mucho cuando el joven le anunció sus intenciones, formulara la acusación grotesca y vulgar (haciendo alusión al préstamo que en vano había intenta­do conseguir) de que el preceptor huía porque tenía miedo de que le «sacaran. algo. Por el contrario, hubo de recordar con justicia que cuando llegaron, el señor Moreen y Ulick recibieron la cruel noticia como unos perfectos hombres de mundo.</p>
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<p align="center"><strong>VIII</strong></p>
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<p>            Cuando Pemberton empezó a trabajar con el joven opulento el cual necesitaba que lo prepararan para ingresar en <em>Ba­lliol</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn23">[23]</a>, Pemberton se dio cuenta de que no podía a ciencia cierta, precisar si es que su alumno era idiota de verdad o si la culpa era suya y se lo parecía como consecuencia de su larga convivencia con una persona de corta edad que poseía una inteligencia desmesura­damente viva. Recibió noticias de Morgan media docena de veces: el muchacho le escribía unas cartas encantadoras y juveniles, un mosaico de idiomas que remataba con postcriptums indulgentes, redactados en el Volapük familiar; los pequeños cuadrados, círculos y grietas en blanco que el texto configuraba los llenaba de curiosí­simas ilustraciones. Aquellas cartas dividían el ánimo de Pember­ton: por un lado sentía el impulso de enseñárselas a su nuevo discípulo, a modo de incentivo que sabía de antemano desperdi­ciado; por otro experimentaba la sensación de que había en ellas algo que, si las mostraba, quedaría profanado. El joven opulento se presentó a examen a su debido tiempo y suspendió. Pero la su­posición de que no se esperaba del examinando que fuera brillante a la primera quedó aparentemente reforzada por el hecho de que sus padres (condonando el fallo, del cual, generosamente, habla­ban lo menos posible, como si lo hubiera cometido Pemberton), pensando en evitar un segundo fracaso, le rogaron al joven profe­sor que siguiera ocupándose de su alumno un año más.</p>
<p>            El joven profesor se hallaba ahora en condiciones de prestarle se­senta francos a la señora Moteen y le envió por giro postal aquella cantidad. A cambio de tal favor recibió una línea desesperada y pre­surosamente escrita: .Le suplico que vuelva sin la menor dilación. Morgan está muy enfermo». Los Moreen estaban en pleno choque emocional, una vez más en París (aunque Pemberton los había vis­to deprimidos muchas veces, nunca los había visto tan hundidos) y por consiguiente las comunicaciones se establecieron con rapidez. Le escribió al muchacho para verificar su estado de salud, pero su carta no obtuvo contestación. En consecuencia se despidió abrup­tamente del joven opulento y, tras cruzar el Canal de la Mancha, se presentó en el pequeño hotel cuya dirección le había dado la señora Moreen, y que estaba ubicado en el barrio de los Campos Elíseos. Pemberton experimentó un profundo, si bien tácito, re­sentimiento hacia dicha dama y los que la rodeaban: no podían resignarse a una honradez vulgar, pero sí podían vivir en hoteles, en <em>entresols</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn24">[24]</a>  adornados con terciopelo, en medio del aroma que desprendían al quemarse las pastillas ambientadoras, en la ciudad más cara de Europa. Cuando los dejó en Venecia, lo hizo con la sospecha irreprimible de que iba a pasar algo; pero lo único que sucedió fue que se las arreglaron para irse de aquella ciudad.</p>
<p>            -¿Cómo está? ¿Dónde está? -le preguntó a la señora Moreen.        </p>
<p>            Pero antes de que ella pudiera hablar, aquellas preguntas obtu­vieron respuesta. Unos brazos cuyas mangas eran cortas de talla le rodearon el cuello; eran brazos perfectamente capaces de dar un curioso apretón, efusivo y juvenil.</p>
<p>-¡Muy enfermo! ¡Pues no lo parece! -exclamó el joven. Y, di­rigiéndose a Morgan, le dijo-: ¿Se puede saber por qué no me has ahorrado esta preocupación? ¿Por qué no contestaste mi carta?</p>
<p>            La señora Moreen afirmó que cuando le escribió su hijo se en­contraba muy mal; al mismo tiempo Pemberton supo por el mu­chacho que éste había contestado todas las cartas que había recibido. Esto demostraba que la nota de Pemberton había sido intercepta­da. La señora Moreen estaba preparada para cuando aquel hecho saliera a la luz, así como también lo estaba para muchas otras co­sas, como Pemberton pudo comprobar. Sobre todo estaba prepa­rada para sostener que había actuado movida por el sentido del deber y que estaba encantada de haberle hecho venir, dijeran lo que di­jeran; de nada serviría que el preceptor fingiera no saber, en lo más íntimo de su ser, que en aquellos momentos su lugar estaba junto a Morgan. Él les había arrebatado al chico y ahora no tenía derecho a abandonarlo. Él se había creado gravísimas responsabilidades; cuando menos estaba en la obligación de cargar con las consecuen­cias de lo que había hecho.</p>
<p>            -¿Que se lo he arrebatado? -exclamó Pemberton indignado.          </p>
<p>            -¡Lléveme con usted, se lo suplico! Que me arrebate es justa­mente lo que quiero. No puedo soportar esto, estas escenas. ¡Son gente falsa!</p>
<p>            Estas palabras las dijo Morgan -interrumpido ya su abrazo ­en un tono que hizo a Pemberton dirigir rápidamente la mirada hacia él, viendo que el muchacho había tomado asiento de repen­te, que respiraba con evidente dificultad y que estaba muy pálido.</p>
<p>            -¿Y ahora qué? ¿Sigue diciendo que no está enfermo mi niño precioso? -gritó su madre, cayendo de rodillas ante Morgan, con las manos entrelazadas, mas sin atreverse a tocarlo, como si de un ídolo de oro se tratara-. Se le pasará&#8230; es cosa de un instante nada más; ¡pero no diga esas cosas horribles!</p>
<p>            -Estoy bien&#8230; estoy bien -le dijo Morgan a Pemberton, ja­deando y mirándole son una sonrisa extraña, las manos apoyadas a ambos lados del sofá.</p>
<p>            -¿Aún sigue pensando que soy una farsante, que le he menti­do? -la señora Moreen se levantó y miró a Pemberton echando chispas por los ojos.</p>
<p>            -¡No es él quien lo dice, soy yo! -replicó el muchacho, apa­rentemente más aliviado, aunque seguía hundido en el sofá, echa­do contra el respaldo; mientras, Pemberton, que se había sentado a su lado, le cogió de la mano y se inclinó sobre él.</p>
<p>            -Hijo mío querido, hacemos lo que podemos; hay que tener en cuenta tantas cosas -alegó la señora Moreen-. Su sitio está aquí y nada más que aquí. Ahora tú también piensas eso.</p>
<p>            -Sáqueme de aquí&#8230; sáqueme de aquí -prosiguió Morgan, son­riéndole a Pemberton con el rostro muy blanco.</p>
<p>            -¿Dónde te voy a llevar y cómo? Oh, ¿cómo, querido mucha­cho? -dijo el joven con voz entrecortada, pensando en la descor­tesía con que sus amigos de Londres sostenían que Pemberton los había abandonado por propia conveniencia y encima sin haberse comprometido a regresar inmediatamente; pensaba también en el justo resentimiento que a aquellas alturas ya les habría inducido a contratar un sucesor y en lo poco que le iba a ayudar a la hora de encontrar otro empleo el hecho incontrovertible de que no ha­bía logrado que su alumno aprobara.</p>
<p>            -Oh, ya lo arreglaremos. Antes usted solía hablar de eso -dijo Morgan-. Con tal de que nos podamos ir, lo demás son sólo detalles.</p>
<p>            -Hable de eso cuanto guste pero no sueñe ni con intentarlo.            El señor Moreen nunca lo aceptaría&#8230; sería una cosa tan poco segu­ra -le explicó a Pemberton su anfitriona. A continuación le expli­có a Morgan lo siguiente-: Nuestra paz quedaría destruida y nuestros corazones destrozados. Ahora que ha regresado tu tutor todo volverá a ser como antes. Tú dispondrás de tu vida, de tu tra­bajo y de tu libertad, y todos seremos tan felices como antes. Te pondrás fuerte y tendrás un desarrollo perfectamente normal, y no­sotros no volveremos a hacer más experimentos estúpidos, ¿no es así? Son demasiado absurdos. El señor Pemberton está en el lugar que le corresponde: cada uno está en el lugar que le corresponde. Tú en el tuyo, tu papá en el suyo y yo en el mío&#8230; <em>n&#8217;est-ce pas, chéri</em>?<a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn25">[25]</a> Todos nos olvidaremos de los tontos que hemos sido y nos los pasaremos maravillosamente bien.</p>
<p>            Continuó hablando, sin dejar de moverse confusamente por el salón, que era una estancia recargada, de dimensiones reducidas y abundantes colgaduras, mientras Pemberton seguía sentado jun­to al muchacho, que iba recuperando poco a poco el color. La se­ñora Moreen entremezclaba diversas razones, dejando caer que se iban a producir cambios, que tal vez se dispersaran sus otros hijos (&#8221;¿Quién sabe? Paula tiene sus propias ideas») y en ese caso ya po­dían imaginarse lo mucho que necesitarían los pobres padres del nido a su pajarillo. Morgan miró a su preceptor, que no le permi­tió moverse; Pemberton sabía con exactitud qué sentimientos se despertaron en el interior del chico cuando oyó que le llamaban pajarillo. Morgan admitió haber tenido un par de días malos pero renovó sus protestas contra la ingenuidad demostrada por su ma­dre al apoyarse en aquello para suplicarle al pobre Pemberton que volviera. El pobre Pemberton ahora tuvo motivos para reírse, apar­te de lo cómica que resultaba la señora Moreen, desplegando tanta filosofía pata defenderse (parecía que la obtenía de tanto agitar las faldas, con las que se tropezaba contra los asientos dorados), pues no le parecía que el muchacho enfermo estuviera muy en condicio­nes de rechazar ninguna ayuda.</p>
<p>            En todo caso él iba a prestársela. Debía volver a ocuparse de Mor­gan indefinidamente; aunque también se daba cuenta de que el chico tenía su propia teoría, que sacaría a relucir con el fin de ata­jar las intenciones de Pemberton. Este se lo agradecía de antema­no; pero la conducta que se proponía seguir no le ahorraba un cierto desfallecimiento de ánimo, como tampoco le impedía aceptar las perspectivas del futuro que se le presentaba, aunque creía que las aceptaría aún de mejor grado si le fuera posible cenar algo. La se­ñora Moteen dio más pistas acerca de los cambios que cabía espe­rar, pero su persona era una mezcla tal de sonrisas y estremecimientos (confesó estar muy nerviosa) que Pemberton no sabía bien si es que estaba de muy buen humor o le había dado un ataque de histeria. Si era cierto que la familia iba a disgregarse por fin ¿por qué no reconocía la necesidad de emplazar a Morgan en un bote salvavi­das? La presunción de que aquello era lo que iba a ocurrir se veía reforzada merced al hecho de que la familia se hallara instalada en unos aposentos de lujo, en la capital del placer; en ningún otro sitio se establecería la familia ante la perspectiva de una desinte­gración. Además ¿no había mencionado ella que el señor Moreen y los demás se encontraban disfrutando en la ópera con el señor Granger? ¿No era por lo demás aquél precisamente el lugar donde habría que buscarlos en vísperas de una crisis? Pemberton coligió que el señor Granger era un norteamericano rico que se encontra­ba disponible (una factura enorme con un pomposo membrete en la que aún no figuraba escrita ninguna compra); de modo que, pro­bablemente, una de las «idea» de Paula sería que aquella vez ha­bía logrado su objetivo, lo cual suponía en efecto un golpe sin pre­cedentes a la cohesión familiar. Y si había llegado el fin de la co­hesión ¿qué iba a ser del pobre Pemberton? Estaba lo bastante li­gado a ellos como para verse a sí mismo -con gran alarma- con­vertido en un madero a la deriva, en caso de naufragio.</p>
<p>            Fue Morgan quien le preguntó finalmente si no le habían encar­gado nada de cenar; eso fue más tarde, estando sentado con él, aba­jo, ante una cena tardía, en una habitación en penumbra donde abundaba la felpa de color verde recogida con cordones, en pre­sencia de un plato de bizcocho ornamental y una languidez nota­ble por parte del camarero. La señora Moteen le había explicado a Pemberton que se habían visto obligados a procurarle una habi­tación apartada de sus aposentos; y el consuelo que le ofreció Mor­gan (se lo ofreció mientras Pemberton pensaba en lo repugnantes que son las salsas tibias) resultó ser, en gran medida, que aquella circunstancia les facilitaría la huida. El muchacho hablaba de cuando se escaparan (después volvería con frecuencia sobre ello) como si estuvieran urdiendo juntos una fuga propia de un libro juvenil. Pero al mismo tiempo afirmaba tener la sensación de que estaba pasando algo, que los Moreen no podrían aguantar durante mu­cho tiempo. En realidad, como habría de comprobar Pemberton, consiguieron aguantar por espacio de cinco o seis meses. No obs­tante, durante todo aquel tiempo, Morgan se esforzó por alegrarle el ánimo a su preceptor. El señor Moreen y Ulick, a quienes vio al día siguiente de su llegada, aceptaron su regreso como perfectos hombres de mundo. Aunque Paula y Amy le dieron a aquel hecho un tratamiento menos formal todavía, es preciso ser indulgente con ellas, teniendo en cuenta que el señor Granger no se había presen­tado en la ópera después de todo. Se limitó a poner su palco a dis­posición de sus invitados, obsequiando a cada miembro del grupo con un ramo de flores; el señor Moreen y Ulick también tuvieron cada uno el suyo, lo cual hizo que resultara más amargo pensar en su liberalidad.</p>
<p>            -Son todos iguales -fue el comentario de Morgan-; en el úl­timo momento, cuando ya nos creemos que los tenemos atrapa­dos, nos dejan plantados.</p>
<p>            Aquellos días los comentarios de Morgan eran cada vez más li­bres; en algunos manifestaba estar muy agradecido por la ternura extraordinaria con que le habían tratado cuando Pemberton se en­contraba lejos. Oh, sí, nunca era bastante lo que hacían por ser agra­dables con él, por demostrarle que lo tenían presente en su ánimo y por tratar de compensarle de la pérdida que había sufrido. Aquello era precisamente lo que hacía de todo el asunto algo tan triste y lo que a Morgan le hacía alegrarse tanto, a fin de cuentas, de que Pemberton hubiera regresado; ahora tenía que estar menos pen­diente del afecto de sus familiares y era menor la sensación de estar en deuda con ellos. A Pemberton esta última razón le hizo reírse abiertamente, por lo que Morgan enrojeció y dijo:</p>
<p>            -Ya sabe a qué me refiero.</p>
<p>            Pemberton sabía perfectamente a qué se refería; pero había mu­chas cosas que seguían sin aclararse. El episodio de su segunda es­tancia en París se prolongaba tediosamente; se reanudaron las lec­turas, los paseos y los vagabundeos, las incursiones por los quais, las visitas a los museos, el ir de vez en cuando a pasar el tiempo al Palais Royal, cuando empezaban a asomar los primeros rigores del frío y era reconfortante sentir las emanaciones de la calefacción, disfrutando ante el magnífico ventanal del Presbiterio. Morgan que­ría saber muchas cosas del joven opulento; estaba muy interesado en él. Algunos de los detalles de su opulencia -Pemberton no po­día ahorrarle ninguno- evidentemente acentuaban el agradeci­miento que sentía el muchacho por todo a lo que había renuncia­do su amigo para volver junto a él; además de la mayor reciproci­dad que se establecía por causa de tanta renuncia, Morgan siempre le estaba dando vueltas a su teoría, que además estaba impregnada de una alegría frívola, y según la cual el largo periodo de prueba por el que estaban pasando se estaba acercando a su fin. La convic­ción de Morgan según la cual los Moreen no podían seguir así mu­cho más tiempo era pareja al ímpetu inagotable con que, mes tras mes y pese a todo, seguían adelante. Tres semanas después de que Pemberton hubiera vuelto con ellos se trasladaron a otro hotel, más sórdido que el primero; pero Morgan se alegró de que al menos su tutor no tuviera aún que verse privado de la ventaja de tener una habitación en otra parte. El muchacho seguía aferrándose a la novelesca utilidad que les reportaría tal circunstancia cuando lle­gara el día, o mejor dicho, la noche de su huida.</p>
<p>            Por vez primera en el proceso de aquella complicada relación, Pemberton se sentía molesto y exasperado. Era, como le había di­cho en Venecia a la señora Moreen, trop fort&#8230; todo era trop fort. En realidad no podía ni deshacerse de aquella carga frustrante ni hallar en ella el beneficio de una conciencia apaciguada o de un afecto recompensado. Se había gastado todo el dinero que había ganado en Inglaterra, y por otra parte sentía que se le estaba aca­bando la juventud y que no estaba recibiendo nada a cambio de ello. Estaba muy bien que Morgan al parecer considerase que le recompensaría por todos los inconvenientes padecidos uniendo para siempre su suerte a la de Pemberton, pero aquella perspectiva pre­sentaba un fallo irritante. Él se daba cuenta de lo que el muchacho planeaba; pensaba que como su amigo había tenido la generosi­dad de regresar junto a él, estaba en la obligación de demostrarle su agradecimiento, entregándole su vida. Pero su pobre amigo no quería aquella ofrenda. ¿Qué podría hacer él con la vida de Mor­gan? Por supuesto, a la vez que se sentía irritado, Pemberton co­nocía la causa de su irritación, la cual era muy honrosa para Mor­gan y consistía sencillamente en el hecho de que éste, a fin de cuentas no era más que un niño. Si se le trataba conforme a un supuesto diferente, las desgracias que le acontecieran a uno eran culpa de uno. Así pues, Pemberton esperaba, en medio de una extraña con­fusión de anhelo y alarma, que se produjera la catástrofe que su­puestamente se cernía sobre la casa de los Moreen y cuyos síntomas, sin duda alguna, sentía a veces que le rozaban la mejilla, ha­ciéndole preguntarse con insistencia qué forma adoptaría.</p>
<p>            Tal vez adoptara la forma de una desbandada, un aterrado <em>sau­ve qui peut</em><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn26">[26]</a>, una huida hacia posiciones egoístas. Ciertamente, los miembros de la familia mostraban menos elasticidad que anta­ño; era evidente que estaban buscando algo y que no lo encontra­ban. Los Dorrington no habían vuelto a hacer acto de presencia, los príncipes se habían esfumado: ¿no era aquello el principio del fin? La señora Moreen había abandonado su costumbre de llevar la cuenta de los famosos &#8220;días&#8221;; su calendario social era confuso: estaba vuelto de cara a la pared. Pemberton sospechaba que el des­concierto había empezado a revestir grandes y crueles proporciones merced al comportamiento extraordinario del señor Granger, que parecía no saber lo que quería o -lo que era mucho peor- lo que ellos querían. Seguía mandando flores, como para cubrir el cami­no por el que se retiraba, que no era jamás el camino de regreso. Las flores estaban muy bien, pero&#8230; (Pemberton sabría acabar esta frase). Ahora, después de mucho andar, una cosa quedaba perfec­tamente clara: los Moreen eran un fracaso. El joven casi se sentía agradecido porque no hubiera sido poco lo andado. En efecto, el señor Moteen aún era capaz de arreglárselas para irse de negocios y, lo que era más sorprendente, también se las arreglaba para vol­ver&#8230; Ulick ya no pertenecía a ningún club, pero eso habría sido imposible deducirlo por su aspecto, que seguía siendo en la misma medida que siempre el de una persona que contempla el espectá­culo de la vida desde los ventanales de una institución como la re­ferida; por consiguiente fue doble el asombro que experimentó Pem­berton cuando oyó la respuesta que dio Ulick a su madre, dicha en un tono desesperado propio de un hombre acostumbrado a las mayores privaciones. La pregunta de la madre, Pemberton no la captó bien; al parecer le consultaba si se le ocurría quién podría llevarse a Amy. .¡Que se la lleve el diablo!. le espetó Ulick. De modo que Pemberton se dio cuenta no sólo de que habían perdido la afabilidad, sino también de que habían dejado de creer en sí mismos. Igualmente se dio cuenta de que el hecho de que la seño­ra Moteen estuviera intentando que la gente se llevara a sus hijos podría interpretarse como que estaba cerrando las escotillas ante la proximidad de la tormenta. Pero Morgan sería el último de quien se separaría.</p>
<p>            Una tarde de invierno -era domingo- Pemberton y el mucha­cho se adentraron mucho en el Bois de Boulogne. Hacía una tarde tan espléndida, eran tan claras las frías tonalidades de color limón del ocaso, era tan entretenido observar la afluencia de vehículos y paseantes, tan grande la fascinación que ejercía París, que empren­dieron la vuelta más tarde de lo normal, dándose cuenta de que tendrían que darse prisa si querían llegar a tiempo para la cena. Así pues emprendieron el regreso apresuradamente, cogidos del bra­zo, de buen humor y con apetito, conviniendo que no había nada como París después de todo y que después de todo (una vez más) lo que habían ido y venido todavía no estaban hastiados de place­res inocentes. Cuando llegaron a tiempo al hotel descubrieron que aunque era escandalosamente tarde llegaban a tiempo para cuanta cena había probabilidades de que les sirvieran. En los aposentos de los Moreen (que esta vez eran bastante lamentables, siendo los mejores del hotel) reinaba el caos y el servicio de mesa había sufri­do una interrupción (los objetos estaban desplazados, casi como si hubiera habido una pelea, y había una gran mancha de vino junto a una botella volcada). Pemberton no pudo permanecer ciego ante la evidencia de que había tenido lugar una escena de rebelión pro­tagonizada por los propietarios. Había estallado la tormenta; to­dos buscaban refugio. Las escotillas estaban cerradas; no se veía a Paula ni a Amy por ninguna parte (jamás habían intentado, ni re­motamente, ejercer sus artes sobre Pemberton, pero éste compren­día que lo tuvieran lo suficientemente en cuenta como para no de­sear que las viera en el papel de señoritas a las que les habían con­fiscado sus vestidos); y en cuanto a Ulick, parecía que hubiera sal­tado por la borda. En una palabra, el hostelero y el personal a su servicio habían dejado de marchar al paso de sus huéspedes, y la atmósfera que rodeaba aquella suspensión embarazosa, merced a los baúles entreabiertos que se amontonaban en el pasillo, se fun­día con el ambiente de indignación que rodeaba la retirada.</p>
<p>            Cuando Morgan captó todo aquello (y lo captó con gran rapi­dez) enrojeció hasta la raíz del pelo. Llevaba caminando entre pe­ligros y dificultades desde la infancia pero jamás había visto la si­tuación públicamente expuesta. Al dirigirle una segunda mirada, Pemberton advirtió que tenía lágrimas en los ojos y que eran lágri­mas de amarga vergüenza. Por un instante se preguntó, pensando en el muchacho, si le resultaría posible fingir que no comprendía lo que pasaba. Imposible, comprendió cuando el señor y la señora Moreen (que se hallaban en su salón exiguo y deshonrado, junto a la chimenea apagada, sin haber cenado, aparentemente sumidos en hondas cavilaciones, tratando de ver qué capital activo figuraba a continuación en su lista) se pusieron en pie al verle. No se les veía abatidos, pero estaban muy pálidos y era evidente que la se­ñora Moreen había estado llorando. No obstante, Pemberton comprendió enseguida que la causa de su dolor no era la pérdida de la cena, aunque era cierto que ésta siempre le proporcionaba un gran placer, sino que obedecía a una necesidad mucho más trági­ca. Sin pérdida de tiempo expuso en qué consistía aquella necesi­dad, diciéndole a Pemberton que había sobrevenido el cambio; ha­bía caído un rayo y ahora todos tendrían que buscar soluciones. En consecuencia, por muy cruel que les resultara separarse de su que­rido hijo, la señora Moreen se veía obligada a recurrir al tutor, pi­diéndole que, durante un breve periodo de tiempo más, siguiera ejerciendo la influencia que afortunadamente había logrado tener sobre el chico&#8230; pidiéndole que convenciera a su joven pupilo de que le siguiera a algún modesto rincón. En una palabra, contaban con que acogiera temporalmente a su maravilloso hijo bajo su pro­tección; eso le dejaría al señor Moteen, y a ella misma, un margen mucho mayor para concederle al reajuste de sus asuntos la aten­ción necesaria (demasiado poca, ¡ay!, les habían concedido ellos).</p>
<p>            -Confiamos en usted&#8230; nuestros sentimientos nos dicen que po­demos hacerlo -dijo la señora Moreen, frotándose con lentitud sus manos blancas y gordezuelas, mientras miraba fija y compungida­mente a Morgan, cuya barbilla, no osando tomarse libertades, aca­riciaba su marido con un índice paternal y dubitativo.</p>
<p>            -Oh, sí; nuestros sentimientos nos dicen que podemos hacer­lo. Confiamos plenamente en el señor Pemberton, Morgan -con­cedió el señor Moreen.</p>
<p>            Pemberton se preguntó de nuevo si le resultaría posible fingir que no entendía; pero aquella idea se complicó dolorosamente, pues al punto se dio cuenta de que Morgan sí había entendido.</p>
<p>            -¿Quieres decir que puedo irme a vivir con él? ¿Para siempre jamás? -exclamó el muchacho-. ¿Lejos, lejos, donde él quiera?        </p>
<p>            -¿Para siempre jamás? <em>Comme vous-y-allez!</em> <a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn27">[27]</a> -rió indulgen­temente el señor Moreen-. Mientras el señor Pemberton tenga la bondad.</p>
<p>            -Hemos luchado, hemos sufrido -prosiguió su esposa-; pero usted se ha adueñado de él de tal modo que ya hemos pasado lo peor del sacrificio.</p>
<p>            Morgan había apartado la vista de su padre; estaba mirando a Pemberton con el rostro iluminado. Había desaparecido el sonro­jo, pero en su lugar surgió algo más vívido y luminoso. Tuvo un momento de alegría infantil, apenas mitigada por la consideración de que, al verse sus esperanzas consagradas de un modo tan ines­perado (demasiado repentino, demasiado violento; la cosa resulta­ba menos propia de un libro juvenil), la &#8220;huida» quedaba en ma­nos suyas y de Pemberton. La alegría infantil duró un instante, y Pemberton casi tuvo miedo ante aquella revelación de afecto y gra­titud que fulguraba en medio de la humillación del muchacho. Cuando Morgan balbució &#8220;¿Qué dice usted a eso?» Pemberton se dio cuenta de que debería mostrar entusiasmo. Pero el miedo que éste último sentía se acentuó por causa de otra cosa que sucedió inmediatamente después y que obligó al chico a sentarse rápida­mente en la silla que tenía más cerca.</p>
<p>            Morgan estaba muy pálido y se había llevado una mano al lado izquierdo del pecho. Los tres lo miraban pero fue la señora Moteen la primera en inclinarse hacia delante.</p>
<p>            -¡Ah, su corazoncito querido! -exclamó; y esta vez, arrodilla­da ante él, sin respetar al ídolo, lo cogió ardientemente entre sus brazos-. ¡Le ha hecho andar mucho, le ha obligado a ir muy de­prisa! -le espetó a Pemberton por encima del hombro. El mucha­cho no hizo ningún ademán de protesta y un instante después, su madre, que todavía lo tenía entre sus brazos, se levantó de un salto y, con la cara convulsionada, empezó a gritar de un modo horrible-: ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Se muere! ¡Se ha muerto!</p>
<p>            Pemberton comprendió con idéntico horror, por el rostro crispa­do del niño, que efectivamente estaba muerto. Lo cogió, intentan­do arrancárselo a su madre de las manos y durante un momento, mientras los dos lo sujetaban, se miraron a los ojos, presas del des­consuelo.</p>
<p>            -Con la enfermedad no ha podido soportarlo -dijo Pemberton-; ha sido el golpe, toda la escena, la emoción tan vio­lenta.</p>
<p>            -¡Pero yo pensaba que él quería irse con usted! -gimoteó la señora Moteen.</p>
<p>            -Ya te dije yo que no, querida -argumentó el señor Moreen. Todo su cuerpo temblaba y, a su manera, estaba tan profundamente afectado como su esposa. Pero, pasado el primer momento, aceptó su dolor como corresponde a un hombre de mundo.</p>
<p> </p>
<hr size="1" /><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref1">[1]</a> Guantes de ante.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref2">[2]</a> Almuerzo.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref3">[3]</a> Contraseña.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref4">[4]</a> Limitado.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref5">[5]</a> Volapük: es una lengua artificial creada en 1880 por un clérigo alemán, Johann Martin Schleyer, y concebida para ser usada como lengua universal. Hasta la aparición del esperanto tuvo éxito y una difusión notable.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref6">[6]</a> Portero.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref7">[7]</a> Calorífero ( especie de estufa).</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref8">[8]</a> Muelles( se refiere a los muelles o riberas del Sena, donde abundan los puestos de venta callejera de todas clases, incluidos los libreros de viejo).</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref9">[9]</a> Inmundos.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref10">[10]</a> Literalmente, filer es hilar pero, como aclara el texto, en slang tiene el valor figurado de largarse, esfumarse, irse.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref11">[11]</a> Arrogancia.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref12">[12]</a> Veamos, querido amigo.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref13">[13]</a> Cretino.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref14">[14]</a> No hablemos más.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref15">[15]</a> Un modesto pasar.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref16">[16]</a> Conjunto.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref17">[17]</a> Mundo elegante.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref18">[18]</a> Taza de café.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref19">[19]</a> Tutear.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref20">[20]</a> Eso es demasiado fuerte.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref21">[21]</a> ¿qué ritmo de trabajo lleva usted?</p>
<p> </p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref22">[22]</a> Diga siempre.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref23">[23]</a> Balliol College es uno de  los centros de la Universidad de Oxford.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref24">[24]</a> Pisos.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref25">[25]</a> ¿Verdad querido?</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref26">[26]</a> Sálvese quien pueda.</p>
<p><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref27">[27]</a> ¡Cómo ustedes quieran!</p>
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		<title>El capote</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Jan 2010 06:02:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crueldades]]></category>
		<category><![CDATA[Nicolai Gogol]]></category>
		<category><![CDATA[Putadas y jugarretas]]></category>
		<category><![CDATA[Situaciones crueles]]></category>
		<category><![CDATA[Tortura psicológica]]></category>

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		<description><![CDATA[En el departamento ministerial de **F; pero creo que será preferible no nombrarlo, porque no hay gente más susceptible que los empleados de esta clase de departamentos, los oficiales, los cancilleres&#8230;, en una palabra: todos los funcionarios que componen la burocracia. Y ahora, dicho esto, muy bien pudiera suceder que cualquier ciudadano honorable se sintiera [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-47" style="margin: 12px;" title="san-petersburgo" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/san-petersburgo.jpg" alt="san-petersburgo" width="287" height="199" />En el departamento ministerial de **F; pero creo que será preferible no nombrarlo, porque no hay gente más susceptible que los empleados de esta clase de departamentos, los oficiales, los cancilleres&#8230;, en una palabra: todos los funcionarios que componen la burocracia. Y ahora, dicho esto, muy bien pudiera suceder que cualquier ciudadano honorable se sintiera ofendido al suponer que en su persona se hacía una afrenta a toda la sociedad de que forma parte. Se dice que hace poco un capitán de Policía-no recuerdo en qué ciudad-presentó un informe, en el que manifestaba claramente que se burlaban los decretos imperiales y que incluso el honorable título de capitán de Policía se llegaba a pronunciar con desprecio. Y en prueba de ello mandaba un informe voluminoso de cierta novela romántica, en la que, a cada diez páginas, aparecía un capitán de Policía, y a veces, y esto es lo grave, en completo estado de embriaguez. Y por eso, para evitar toda clase de disgustos, llamaremos sencillamente <em>un departamento</em> al departamento de que hablemos aquí.</p>
<p>Pues bien: en cierto departamento ministerial trabajaba un funcionario, de quien apenas si se puede decir que tenía algo de particular. Era bajo de estatura, algo picado de viruelas, un tanto pelirrojo y también algo corto de vista, con una pequeña calvicie en la frente, las mejillas llenas de arrugas y el rostro pálido, como el de las personas que padecen de almorranas&#8230; ¡Qué se le va a hacer! La culpa la tenía el clima petersburgués.<br />
En cuanto al grado-ya que entre nosotros es la primera cosa que sale a colación-, nuestro hombre era lo que llaman un eterno consejero titular, de los que, como es sabido, se han mofado y chanceado diversos escritores que tienen la laudable costumbre de atacar a los que no pueden defenderse. El apellido del funcionario en cuestión era Bachmachkin, y ya por el mismo se ve claramente que deriva de la palabra zapato; pero cómo, cuándo y de qué forma, nadie lo sabe. El padre, el abuelo y hasta el cuñado de nuestro funcionario y todos los Bachmachkin llevaron siempre botas, a las que mandaban poner suelas solo tres veces al año. Nuestro hombre se llamaba Akakiy Akakievich. Quizá al lector le parezca este nombre un tanto raro y rebuscado, pero puedo asegurarle que no lo buscaron adrede, sino que las circunstancias mismas hicieron imposible darle otro, pues el hecho ocurrió como sigue:<br />
Akakiy Akakievich nació, si mal no se recuerda, en la noche del veintidós al veintitrés de marzo. Su difunta madre, buena mujer y esposa también de otro funcionario, dispuso todo lo necesario, como era natural, para que el niño fuera bautizado. La madre guardaba aún cama, la cual estaba situada enfrente de la puerta, y a la derecha se hallaban el padrino, Iván Ivanovich Erochkin, hombre excelente, jefe de oficina en el Senado, y la madrina, Arina Semenovna Belobriuchkova, esposa de un oficial de la Policía y mujer de virtudes extraordinarias.<br />
Dieron a elegir a la parturienta entre tres nombres: Mokkia, Sossia y el del mártir Josdasat. «No -dijo para sí la enferma-. ¡Vaya unos nombres! ¡ No! » Para complacerla, pasaron la hoja del almanaque, en la que se leían otros tres nombres, Trifiliy, Dula y Varajasiy.<br />
-¡Pero todo esto parece un verdadero castigo! -exclamó la madre-. ¡Qué nombres! ¡Jamás he oído cosa semejante! Si por lo menos fuese Varadat o Varuj; pero ¡Trifiliy o Varajasiy!<br />
Volvieron otra hoja del almanaque y se encontraron los nombres de Pavsikajiy y Vajticiy.<br />
-Bueno; ya veo-dijo la anciana madre-que este ha de ser su destino. Pues bien: entonces, será mejora que se llame como su padre. Akakiy se llama el padre; que el hijo se llame también Akakiy.<br />
Y así se formó el nombre de Akakiy Akakievich. E1 niño fue bautizado. Durante el acto sacramental lloró e hizo tales muecas, cual si presintiera que había de ser consejero titular. Y así fue como sucedieron las cosas. Hemos citado estos hechos con objeto de que el lector se convenza de que todo tenía que suceder así y que habría sido imposible darle otro nombre.<br />
Cuándo y en qué época entró en el departamento ministerial y quién le colocó allí, nadie podría decirlo. Cuantos directores y jefes pasaron le habían visto siempre en el mismo sitio, en idéntica postura, con la misma categoría de copista; de modo que se podía creer que había nacido así en este mundo, completamente formado con uniforme y la serie de calvas sobre la frente.<br />
En el departamento nadie le demostraba el menor respeto. Los ordenanzas no sólo no se movían de su sitio cuando él pasaba, sino que ni siquiera le miraban, como si se tratara sólo de una mosca que pasara volando por la sala de espera. Sus superiores le trataban con cierta frialdad despótica. Los ayudantes del jefe de oficina le ponían los montones de papeles debajo de las narices, sin decirle siquiera: «Copie esto», o «Aquí tiene un asunto bonito e interesante», o algo por el estilo. como corresponde a empleados con buenos modales. Y él los cogía, mirando tan sólo a los papeles, sin fijarse en quién los ponía delante de él, ni si tenía derecho a ello. Los tomaba y se ponía en el acto a copiarlos.<br />
Los empleados jóvenes se mofaban y chanceaban de él con todo el ingenio de que es capaz un cancillerista-si es que al referirse a ellos se puede hablar de ingenio-, contando en su presencia toda clase de historias inventadas sobre él y su patrona, una anciana de setenta años. Decían que ésta le pegaba y preguntaban cuándo iba a casarse con ella y le tiraban sobre la cabeza papelitos, diciéndole que se trataba de copos de nieve. Pero a todo esto, Akakiy Akakievich no replicaba nada, como si se encontrara allí solo. Ni siquiera ejercía influencia en su ocupación, y a pesar de que le daban la lata de esta manera, no cometía ni un solo error en su escritura. Solo cuando la broma resultaba demasiado insoportable, cuando le daban algún golpe en el brazo, impidiéndole seguir trabajando, pronunciaba estas palabras:<br />
-¡ Dejadme! ¿Por qué me ofendéis?<br />
Había algo extraño en estas palabras y en el tono de voz con que las pronunciaba. En ellas aparecía algo que inclinaba a la compasión. Y así sucedió en cierta ocasión: un joven que acababa de conseguir empleo en la oficina y que, siguiendo el ejemplo de los demás, iba a burlarse de Akakiy, se quedó cortado, cual si le hubieran dado una puñalada en el corazón, y desde entonces pareció que todo había cambiado ante él y lo vio todo bajo otro aspecto. Una fuerza sobrenatural le impulsó a separarse de sus compañeros, a quienes había tomado por personas educadas y como es debido. Y aun mucho más tarde, en los momentos de mayor regocijo, se le aparecía la figura de aquel diminuto empleado con la calva sobre la frente, y oía sus palabras insinuantes<br />
« ¡Dejadme! ¿Por qué me ofendéis?» Y simultáneamente con estas palabras resonaban otras: «¡Soy tu hermano!» El pobre infeliz se tapaba la cara con las manos, y más de una vez, en el curso de su vida, se estremeció al ver cuánta inhumanidad hay en el hombre y cuánta dureza y grosería encubren los modales de una supuesta educación, selecta y esmerada. Y, ¡Dios mío!, hasta en las personas que pasaban por nobles y honradas&#8230;<br />
Difícilmente se encontraría un hombre que viviera cumpliendo tan celosamente con sus deberes&#8230; y, ¡es poco decir!, que trabajara con tanta afición y esmero. Allí, copiando documentos, se abría ante él un mundo más pintoresco y placentero. En su cara se reflejaba el gozo que experimentaba. Algunas letras eran sus favoritas, y cuando daba con ellas estaba como fuera de sí: sonreía, parpadeaba y se ayudaba con los labios, de manera que resultaba hasta posible leer en su rostro cada letra que trazaba su pluma.<br />
Si le hubieran dado una recompensa a su celo tal vez, con gran asombro por su parte, hubiera conseguido ser ya consejero de Estado. Pero, como decían sus compañeros bromistas, en vez de una condecoración de ojal, tenía hemorroides en los riñones. Por otra parte, no se puede afirmar que no se le hiciera ningún caso. En cierta ocasión, un director, hombre bondadoso, deseando recompensarle por sus largos servicios, ordenó que le diesen un trabajo de mayor importancia que el suyo, que consistía en copiar simples documentos. Se le encargó que redactara, a base de un expediente, un informe que había de ser elevado a otro departamento. Su trabajo consistía sólo en cambiar el título y sustituir el pronombre de primera persona por el de tercera. Esto le dio tanto trabajo, que, todo sudoroso, no hacía más que pasarse la mano por la frente, hasta que por fin acabó por exclamar:<br />
-No; será mejor que me dé a copiar algo, como hacía antes.<br />
Y desde entonces le dejaron para siempre de copista.<br />
Fuera de estas copias, parecía que en el mundo no existía nada para él. Nunca pensaba en su traje. Su uniforme no era verde, sino que había adquirido un color de harina que tiraba a rojizo. Llevaba un cuello estrecho y bajo, y, a pesar de que tenía el cuello corto, éste sobresalía mucho y parecía exageradamente largo, como el de los gatos de yeso que mueven la cabeza y que llevan colgando, por docenas, los artesanos.<br />
Y siempre se le quedaba algo pegado al traje, bien un poco de heno, o bien un hilo. Además. tenía la mala suerte, la desgracia, de que al pasar siempre por debajo de las ventanas lo hacía en el preciso momento en que arrojaban basuras a la calle. Y por eso, en todo momento, llevaba en el sombrero alguna cáscara de melón o de sandía o cosa parecida. Ni una sola vez en la vida prestó atención a lo que ocurría diariamente en las calles, cosa que no dejaba de advertir su colega, el joven funcionario, a quien, aguzando de modo especial su mirada, penetrante y atrevida, no se le escapaba nada de cuanto pasara por la acera de enfrente, ora fuese alguna persona que llevase los pantalones de trabillas, pero un poco gastados ora otra cosa cualquiera, todo lo cual hacía asomar siempre a su rostro una sonrisa maliciosa.<br />
Pero Akakiy Akakievich, adonde quiera que mirase, siempre veía los renglones regulares de su letra limpia y correcta. Y sólo cuando se le ponía sobre el hombro el hocico de algún caballo, y éste le soplaba en la mejilla con todo vigor, se daba cuenta de que no estaba en medio de una línea, sino en medio de la calle.<br />
Al llegar a su casa se sentaba en seguida a la mesa, tomaba rápidamente la sopa de schi (1), y después comía un pedazo de carne de vaca con cebollas, sin reparar en su sabor. Era capaz de comerlo con moscas y con todo aquello que Dios añadía por aquel entonces. Cuando notaba que el estómago empezaba a llenársele, se levantaba de la mesa, cogía un tintero pequeño y empezaba a copiar los papeles que había llevado a casa. Cuando no tenía trabajo, hacía alguna copia para él, por mero placer, sobre todo si se trataba de algún documento especial, no por la belleza del estilo, sino porque fuese dirigido a alguna persona nueva de relativa importancia.<br />
Cuando el cielo gris de Petersburgo oscurece e totalmente y toda la población de empleados se ha saciado cenando de acuerdo con sus sueldos y gustos particulares; cuando todo el mundo descansa, procurando olvidarse del rasgar de las plumas en las oficinas, de los vaivenes, de las ocupaciones propias y ajenas y de todas las molestias que se toman voluntariamente los hombres inquietos y a menudo sin necesidad; cuando los empleados gastan el resto del tiempo divirtiéndose unos, los más animados, asistiendo a algún teatro, otros saliendo a la calle, para observar ciertos sombreritos y las modas últimas, quiénes acudiendo a alguna reunión en donde se prodiguen cumplidos a lindas muchachas o a alguna en especial, que se considera como estrella en este limitado círculo de empleados, y quiénes, los más numerosos, yendo simplemente a casa de un compañero, que vive en un cuarto o tercer piso compuesto de dos pequeñas habitaciones y un vestíbulo o cocina, con objetos modernos, que denotan casi siempre afectación, una lámpara o cualquier otra cosa adquirida a costa de muchos sacrificios, renunciamientos y privaciones a cenas o recreos. En una palabra: a la hora en que todos los empleados se dispersan por las pequeñas viviendas de sus amigos para jugar al whist y tomar algún que otro vaso de té con pan tostado de lo más barato y fumar una larga pipa, tragando grandes bocanadas de humo y, mientras se distribuían las cartas, contar historias escandalosas del gran mundo a lo que un ruso no puede renunciar nunca, sea cual sea su condición, y cuando no había nada que referir, repetir la vieja anécdota acerca del comandante a quien vinieron a decir que habían cortado la cola del caballo de la estatua de Pedro el Grande, de Falconet&#8230;; en suma, a la hora en que todos procuraban divertirse de alguna forma, Akakiy Akakievich no se entregaba a diversión alguna.<br />
Nadie podía afirmar haberle visto siquiera una sola vez en alguna reunión. Después de haber copiado a gusto, se iba a dormir, sonriendo y pensando de antemano en el día siguiente. ¿Qué le iba a traer Dios para copiar mañana?<br />
Y así transcurría la vida de este hombre apacible, que, cobrando un sueldo de cuatrocientos rublos al año, sabía sentirse contento con su destino. Tal vez hubiera llegado a muy viejo, a no ser por las desgracias que sobrevienen en el curso de la vida, y esto no sólo a los consejeros de Estado, sino también a los privados e incluso a aquellos que no dan consejos a nadie ni de nadie los aceptan.<br />
Existe en Petersburgo un enemigo terrible de todos aquellos que no reciben más de cuatrocientos rublos anuales de sueldo. Este enemigo no es otro que nuestras heladas nórdicas, aunque, por lo demás, se dice que son muy sanas. Pasadas las ocho, la hora en que van a la oficina los diferentes empleados del Estado, el frío punzante e intenso ataca de tal forma los narices sin elección de ninguna especie, que los pobres empleados no saben cómo resguardarse. A estas horas, cuando a los más altos dignatarios les duele la cabeza de frío y las lágrimas les saltan de los ojos, los pobres empleados, los consejeros titulares, se encuentran a veces indefensos. Su única salvación consiste en cruzar lo más rápidamente posible las cinco o seis calles, envueltos en sus ligeros capotes, y luego detenerse en la conserjería, pateando enérgicamente, hasta que se deshielan todos los talentos y capacidades de oficinistas que se helaron en el camino.<br />
Desde hacía algún tiempo, Akakiy Akakievich sentía un dolor fuerte y punzante en la espalda y en el hombro, a pesar de que procuraba medir lo más rápidamente posible la distancia habitual de su casa al departamento. Se le ocurrió al fin pensar si no tendría la culpa de ello su capote. Lo examinó minuciosamente en casa y comprobó que precisamente en la espalda y en los hombros la tela clareaba, pues el paño estaba tan gastado, que podía verse a través de él. Y el forro se deshacía de tanto uso.<br />
Conviene saber que el capote de Akakiy Akakievich también era blanco de las burlas de los funcionarios. Hasta le habían quitado el nombre noble de capote y le llamaban bata. En efecto, este capote había ido tomando una forma muy curiosa; el cuello disminuía cada año más y más, porque servía para remendar el resto. Los remiendos no denotaban la mano hábil de un sastre, ni mucho menos, y ofrecían un aspecto tosco y antiestético. Viendo en qué estado se encontraba su capote, Akakiy Akakievich decidió llevarlo a Petrovich, un sastre que vivía en un cuarto piso interior, y que, a pesar de ser bizco y picado de viruelas, revelaba bastante habilidad en remendar pantalones y fraques de funcionarios y de otros caballeros, claro está, cuando se encontraba tranquilo y sereno y no tramaba en su cabeza alguna otra empresa.<br />
Es verdad que no haría falta hablar de este sastre; mas como es costumbre en cada narración esbozar fielmente el carácter de cada personaje, no queda otro remedio que presentar aquí a Petrovich,<br />
Al principio, cuando aún era siervo y hacía de criado, se llamaba Gregorio a secas. Tomó el nombre de Petrovich al conseguir la libertad, y al mismo tiempo empezó a emborracharse los días de fiesta, al principio solamente los grandes y luego continuó haciéndolo, indistintamente, en todas las fiestas de la Iglesia, dondequiera que encontrase alguna cruz en el calendario. Por ese lado permanecía fiel a las costumbres de sus abuelos, y riñendo con su mujer, la llamaba impía y alemana.<br />
Ya que hemos mencionado a su mujer, convendría decir algunas palabras acerca de ella. Desgraciadamente, no se sabía nada de la misma, a no ser que era esposa de Petrovich y que se cubría la cabeza con un gorrito y no con un pañuelo. Al parecer, no podía enorgullecerse de su belleza; a lo sumo, algún que otro soldado de la guardia es muy posible que si se cruzase con ella por la calle le echase alguna mirada debajo del gorro, acompañada de un extraño movimiento de la boca y de los bigotes con un curioso sonido inarticulado .<br />
Subiendo la escalera que conducía al piso del sastre, que, por cierto, estaba empapada de agua sucia y de desperdicios, desprendiendo un olor a aguardiente que hacía daño al olfato y que, como es sabido, es una característica de todos los pisos interiores de las casas petersburguesas; subiendo la escalera, pues, Akakiy Akakievich reflexionaba sobre el precio que iba a cobrarle Petrovich, y resolvió no darle más de dos rublos.<br />
La puerta estaba abierta, porque la mujer de Petrovich, que en aquel preciso momento freía pescado, había hecho tal humareda en la cocina, que ni siquiera se podían ver las cucarachas. Akakiy Akakievich atravesó la cocina sin ser visto por la mujer y llegó a la habitación, donde se encontraba Petrovich sentado en una ancha mesa de madera con las piernas cruzadas, como un bajá, y descalzo, según costumbre de los sastres cuando están trabajando. Lo primero que llamaba la atención era el dedo grande, bien conocido de Akakiy Akakievich por la uña destrozada, pero fuerte y firme, como la concha de una tortuga. Llevaba al cuello una madeja de seda y de hilo y tenía sobre las rodillas una prenda de vestir destrozada. Desde hacía tres minutos hacía lo imposible por enhebrar una aguja, sin conseguirlo. y por eso echaba pestes contra la oscuridad y luego contra el hilo, murmurando entre dientes:<br />
-¡Te vas a decidir a pasar, bribona! ¡Me estás haciendo perder la paciencia, granuja!<br />
Akakiy Akakievich estaba disgustado por haber llegado en aquel preciso momento en que Petrovich se hallaba encolerizado. Prefería darle un encargo cuando el sastre estuviese algo menos batallador, más tranquilo, pues, como decía su esposa, ese demonio tuerto se apaciguaba con el aguardiente ingerido. En semejante estado, Petrovich solía mostrarse muy complaciente y rebajaba de buena gana, más aún, daba las gracias y hasta se inclinaba respetuosamente ante el cliente. Es verdad que luego venía la mujer llorando y decía que su marido estaba borracho y por eso había aceptado el trabajo a bajo precio. Entonces se le añadían diez kopeks más, y el asunto quedaba resuelto. Pero aquel día Petrovich parecía no estar borracho y por eso se mostraba terco, poco hablador y dispuesto a pedir precios exorbitantes.<br />
Akakiy Akakievich se dio cuenta de todo esto y quiso, como quien dice, tomar las de Villadiego; pero ya no era posible. Petrovich clavó en él su ojo torcido y Akakiy Akakievich dijo sin querer:<br />
-¡Buenos días, Petrovich!<br />
-¡Muy buenos los tenga usted también!-respondió Petrovich, mirando de soslayo las manos de Akakiy Akakievich para ver qué clase de botín traía éste.<br />
-Vengo a verte, Petrovich, pues yo&#8230;<br />
Conviene saber que Akakiy Akakievich se expresaba siempre por medio de preposiciones, adverbios y partículas gramaticales que no tienen ningún significado. Si el asunto en cuestión era muy delicado, tenía la costumbre de no terminar la frase, de modo que a menudo empezaba por las palabras: «Es verdad, justamente eso&#8230;», y después no seguía nada y él mismo se olvidaba, pensando que lo había dicho todo.<br />
-¿Qué quiere, pues?-le preguntó Petrovich, inspeccionando en aquel instante con su único ojo todo el uniforme, el cuello, las mangas, la espalda, los faldones y los ojales, que conocía muy bien, ya que era su propio trabajo.<br />
Esta es la costumbre de todos los sastres y es lo primero que hizo Petrovich.<br />
-Verás, Petrovich&#8230;; yo quisiera que&#8230; este capote..; mira el paño&#8230;; ¿ves?, por todas partes está fuerte&#8230;, sólo que está un poco cubierto de polvo. parece gastado; pero en realidad está nuevo, sólo una parte está un tanto&#8230;, un poquito en la espalda y también algo gastado en el hombro y un poco en el otro hombro&#8230; Mira, eso es todo&#8230; No es mucho trabajo&#8230;<br />
Petrovich tomó el capote, lo extendió sobre la mesa y lo examinó detenidamente. Después meneó la cabeza y extendió la mano hacia la ventana para coger su tabaquera redonda con el retrato de un general, cuyo nombre no se podía precisar, puesto que la parte donde antes se viera la cara estaba perforada por el dedo y tapada ahora con un pedazo rectangular de papel. Después de tomar una pulgada de rapé, Petrovich puso el capote al trasluz y volvió a menear la cabeza. Luego lo puso al revés con el forro hacia afuera, y de nuevo meneó la cabeza; volvió a levantar la tapa de la tabaquera adornada con el retrato del general y arreglada con aquel pedazo de papel, e introduciendo el rapé en la nariz, cerró la tabaquera y se la guardó, diciendo por fin:<br />
-Aquí no se puede arreglar nada. Es una prenda gastada.<br />
Al oír estas palabras, el corazón se le oprimió al pobre Akakiy Akakievich.<br />
-¿Por qué no es posible, Petrovich?-preguntó con voz suplicante de niño-. Sólo esto de los hombros está estropeado y tú tendrás seguramente algún pedazo&#8230;<br />
-Sí, en cuanto a los pedazos se podrían encontrar-dijo Petrovich-; sólo que no se pueden poner, pues el paño está completamente podrido y se deshará en cuanto se toque con la aguja.<br />
-Pues que se deshaga, tú no tiene más que ponerle un remiendo.<br />
-No puedo poner el remiendo en ningún sitio, no hay dónde fijarlo, además, sería un remiendo demasiado grande. Esto ya no es paño; un golpe de viento basta para arrancarlo.<br />
-Bueno, pues refuérzalo&#8230;; como no&#8230;, efectivamente, eso es&#8230;<br />
-No-dijo Petrovich con firmeza-; no se puede hacer nada. Es un asunto muy malo. Será mejor que se haga con él unas onuchkas para cuando llegue el invierno y empiece a hacer frío, porque las medias no abrigan nada, no son más que un invento de los alemanes para hacer dinero -Petrovich aprovechaba gustoso la ocasión para meterse con los alemanes-<br />
. En cuanto al capote, tendrá que hacerse otro nuevo.<br />
Al oír la palabra nuevo, Akakiy Akakievich sintió que se le nublaba la vista y le pareció que todo lo que había en la habitación empezaba a dar vueltas. Lo único que pudo ver claramente era el semblante del general tapado con el papel en la tabaquera de Petrovich.<br />
-¡Cómo uno nuevo!-murmuró como en sueño-. Si no tengo dinero para ello.<br />
-Sí; uno nuevo-repitió Petrovich con brutal tranquilidad.<br />
-&#8230;Y de ser nuevo&#8230;, ¿cuánto sería&#8230;?<br />
-¿Que cuánto costaría?<br />
-Sí.<br />
-Pues unos ciento cincuenta rublos-contestó Petrovich, y al decir esto apretó los labios.<br />
Era muy amigo de los efectos fuertes y le gustaba dejar pasmado al cliente y luego mirar de soslayo para ver qué cara de susto ponía al oír tales palabras.<br />
-¡Ciento cincuenta rublos por el capote !-exclamó el pobre Akakiy Akakievich.<br />
Quizá por primera vez se le escapaba semejante grito, ya que siempre se distinguía por su voz muy suave.<br />
-Sí-dijo Petrovich-. Y además, ¡qué capote! Si se le pone un cuello de marta y se le forra el capuchón con seda, entonces vendrá a costar hasta doscientos rublos.<br />
-¡Por Dios, Petrovich!-le dijo Akakiy Akakievich con voz suplicante, sin escuchar, es decir, esforzándose en no prestar atención a todas sus palabras y efectos-. Arréglalo como sea para que sirva todavía algún tiempo.<br />
-¡No! Eso sería tirar el trabajo y el dinero&#8230; -repuso Petrovich.<br />
Y tras aquellas palabras, Akakiy Akakievich quedó completamente abatido y se marchó. Mientras tanto, Petrovich permaneció aun largo rato en pie, con los labios expresivamente apretados, sin comenzar su trabajo, satisfecho de haber sabido mantener su propia dignidad y de no haber faltado a su oficio.<br />
Cuando Akakiy Akakievich salió a la calle se hallaba como en un sueño.<br />
« ¡Qué cosa!-decía para sí-. Jamas hubiera pensado que iba a terminar así . . . ¡Vaya !-exclamó después de unos minutos de silencio-. ¡He aquí al extremo que hemos llegado! La verdad es que yo nunca podía suponer que llegara a esto&#8230; -y después de otro largo silencio, terminó diciendo-: ¡Pues así es! ¡Esto sí que es inesperado!&#8230;<br />
¡Qué situación ! &#8230;»<br />
Dicho esto, en vez de volver a su casa se fue, sin darse cuenta, en dirección contraria. En el camino tropezó con un deshollinador, que, rozándole el hombro, se lo manchó de negro; del techo de una casa en construcción le cayó una respetable cantidad de cal; pero él no se daba cuenta de nada. Sólo cuando se dio de cara con un guardia, que habiendo colocado la alabarda junto a él echaba rapé de la tabaquera en su palma callosa, se dio cuenta porqué el guardia le grito:<br />
-¿Por qué te metes debajo de mis narices? ¿Acaso no tienes la acera?<br />
Esto le hizo mirar en torno suyo y volver a casa. Solamente entonces empezó a reconcentrar sus pensamientos, y vio claramente la situación en que se hallaba y comenzó a monologar consigo mismo, no en forma incoherente, sino con lógica y franqueza, como si hablase con un amigo inteligente a quien se puede confiar lo más íntimo de su corazón<br />
-No-decía Akakiy Akakievich-; ahora no se puede hablar con Petrovich, pues está algo&#8230;; su mujer debe de haberle proporcionado una buena paliza. Será mejor que vaya a verle un domingo por la mañana; después de la noche del sábado estará medio dormido, bizqueando, y deseará beber para reanimarse algo, y como su mujer no le habrá dado dinero, yo le daré una moneda de diez kopeks y él se volverá más tratable y arreglará el capote&#8230;<br />
Y esta fue la resolución que tomó Akakiy Akakievich. Y procurando animarse, esperó hasta el domingo. Cuando vio salir a la mujer de Petrovich, fue directamente a su casa. En efecto, Petrovich, después de la borrachera de la víspera, estaba más bizco que nunca, tenía la cabeza inclinada y estaba medio dormido; pero con todo eso, en cuanto se enteró de lo que se trataba, exclamo como si le impulsara el propio demonio<br />
-¡No puede ser! ¡Haga el favor de mandarme hacer otro capote!<br />
Y entonces fue cuando Akakiy Akakievich le metió en la mano la moneda de diez kopeks.<br />
-Gracias señor; ahora podré reanimarme un poco bebiendo a su salud-dijo Petrovich-. En cuanto al capote, no debe pensar más en él, no sirve para nada. Yo le haré uno estupendo.., se lo garantizo.<br />
Akakiy Akakievich volvió a insistir sobre el arreglo; pero Petrovich no le quiso escuchar y<br />
-Le haré uno nuevo, magnífico&#8230; Puede contar conmigo; lo haré lo mejor que pueda. Incluso podrá abrochar el cuello con corchetes de plata, según la última moda.<br />
Sólo entonces vio Akakiy Akakievich que no podía pasarse sin un nuevo capote y perdió el ánimo por completo.<br />
Pero ¿cómo y con qué dinero iba a hacérselo? Claro, podía contar con un aguinaldo que le darían en las próximas fiestas. Pero este dinero lo había distribuido ya desde hace tiempo con un fin determinado. Era preciso encargar unos pantalones nuevos y pagar al zapatero una vieja deuda por las nuevas punteras en un par de botas viejas, y, además, necesitaba encargarse tres camisas y dos prendas de ropa de esas que se considera poco decoroso nombrarlas por su propio nombre. Todo el dinero estaba distribuido de antemano, y aunque el director se mostrara magnánimo y concediese un aguinaldo de cuarenta y cinco a cincuenta rublos, sería solo una pequeñez en comparación con el capital necesario para el capote, era una gota de agua en el océano. Aunque, claro, sabía que a Petrovich le daba a veces no sé qué locura y entonces pedía precios tan exorbitantes, que incluso su mujer no podía contenerse y exclamaba:<br />
-¡Te has vuelto loco, grandísimo tonto! Unas veces trabajas casi gratis y ahora tienes la desfachatez de pedir un precio que tú mismo no vales.<br />
Por otra parte, Akakiy Akakievich sabía que Petrovich consentiría en hacerle el capote por ochenta rublos. Pero, de todas maneras, ¿dónde hallar esos ochenta rublos ? La mitad quizá podría conseguirla, y tal vez un poco más. Pero ¿y la otra mitad?&#8230;<br />
Pero antes el lector ha de enterarse de dónde provenía la primera mitad. Akakiy Akakievich tenia la costumbre de echar un kopek siempre que gastaba un rublo, en un pequeño cajón, cerrándolo con llave, cajón que tenía una ranura ancha para hacer pasar el dinero. Al cabo de cada medio año hacía el recuento de esta pequeña cantidad de monedas de cobre y las cambiaba por otras de plata. Practicaba este sistema desde hacía mucho tiempo y de esta manera, al cabo de unos años, ahorró una suma superior a cuarenta rublos. Así, pues, tenía en su poder la mitad, pero ¿y la otra mitad? ¿Dónde conseguir los cuarenta rublos restantes?<br />
Akakiy Akakievich pensaba, pensaba, y finalmente llegó a la conclusión de que era preciso reducir los gastos ordinarios por lo menos durante un año, o sea dejar de tomar té todas las noches, no encender la vela por la noche, y si tenía que copiar algo, ir a la habitación de la patrona para trabajar a la luz de su vela. También sería preciso al andar por la calle pisar lo más suavemente posible las piedras y baldosas e incluso hasta ir casi de puntillas para no gastar demasiado rápidamente las suelas, dar a lavar la ropa a la lavandera también lo menos posible. Y para que no se gastara, quitársela al volver a casa y ponerse sólo la bata, que estaba muy vieja, pero que, afortunadamente, no había sido demasiado maltratada por el tiempo.<br />
Hemos de confesar que al principio le costó bastante adaptarse a estas privaciones, pero después se acostumbró y todo fue muy bien. Incluso hasta llegó a dejar de cenar; pero, en cambio, se alimentaba espiritualmente con la eterna idea de su futuro capote. Desde aquel momento diríase que su vida había cobrado mayor plenitud; como si se hubiera casado o como si otro ser estuviera siempre en su presencia, como si ya no fuera solo, sino que una querida compañera hubiera accedido gustosa a caminar con él por el sendero de la vida. Y esta compañera no era otra, sino&#8230; el famoso capote, guateado con un forro fuerte e intacto. Se volvió más animado y de carácter más enérgico, como un hombre que se ha propuesto un fin determinado. La duda e irresolución desaparecieron en la expresión de su rostro, y en sus acciones también todos aquellos rasgos de vacilación e indecisión. Hasta a veces en sus ojos brillaba algo así como una llama, y los pensamientos más audaces y temerarios surgían en su mente: «¿Y si se encargase un cuello de marta?» Con estas reflexiones por poco se vuelve distraído. Una vez estuvo a punto de hacer una falta, de modo que exclamó «¡Ay!», y se persignó. Por lo menos una vez al mes iba a casa de Petrovich para hablar del capote y consultarle sobre dónde sería mejor comprar el paño, y de qué color y de qué precio, y siempre volvía a casa algo preocupado, pero contento al pensar que al fin iba a llegar el día en que, después de comprado todo, el capote estaría listo. El asunto fue más de prisa de lo que había esperado y supuesto. Contra toda suposición, el director le dio un aguinaldo, no de cuarenta o cuarenta y ocho rublos, sino de sesenta rublos. Quizá presintió que Akakiy Akakievich necesitaba un capote o quizá fue solamente por casualidad; el caso es que Akakiy Akakievich se enriqueció de repente con veinte rublos más. Esta circunstancia aceleró el asunto. Después de otros dos o tres meses de pequeños ayunos consiguió reunir los ochenta rublos. Su corazón, por lo general tan apacible, empezó a latir precipitadamente. Y ese mismo día fue a las tiendas en compañía de Petrovich. Compraron un paño muy bueno-¡y no es de extrañar!-; desde hacía más de seis meses pensaban en ello y no dejaban pasar un mes sin ir a las tiendas para cerciorarse de los precios. Y así es que el mismo Petrovich no dejó de reconocer que era un paño inmejorable. Eligieron un forro de calidad tan resistente y fuerte, que según Petrovich era mejor que la seda y le aventajaba en elegancia y brillo No compraron marta. porque, en efecto, era muy cara; pero, en cambio, escogieron la más hermosa piel de gato que había en toda la tienda y que de lejos fácilmente se podía tomar por marta.<br />
Petrovich tardó unas dos semanas en hacer el capote, pues era preciso pespuntear mucho; a no ser por eso lo hubiera terminado antes. Por su trabajo cobró doce rublos, menos ya no podía ser. Todo estaba cosido con seda y a dobles costuras, que el sastre repasaba con sus propios dientes estampando en ellas variados arabescos.<br />
Por fin, Petrovich le trajo el capote. Esto sucedió&#8230;, es difícil precisar el día; pero de seguro que fue el más solemne en la vida de Akakiy Akakievich. Se lo trajo por la mañana, precisamente un poco antes de irse él a la oficina. No habría podido llegar en un momento más oportuno, pues ya el frío empezaba a dejarse sentir con intensidad y amenazaba con volverse aún más punzante. Petrovich apareció con el capote como conviene a todo buen sastre. Su cara reflejaba una expresión de dignidad que Akakiy Akakievich jamás le había visto. Parecía estar plenamente convencido de haber realizado una gran obra y se le había revelado con toda claridad el abismo de diferencia que existe entre los sastres que sólo hacen arreglos y ponen forros y aquellos que confeccionan prendas nuevas de vestir.<br />
Sacó el capote, que traía envuelto en un pañuelo recién planchado; sólo después volvió a doblarlo y se lo guardó en el bolsillo para su uso particular. Una vez descubierto el capote, lo examinó con orgullo, y cogiéndolo con ambas manos lo echó con suma habilidad sobre los hombros de Akakiy Akakievich. Luego, lo arregló, estirándolo un poco hacia abajo. Se lo ajustó perfectamente, pero sin abrocharlo. Akakiy Akakievich, como hombre de edad madura, quiso también probar las mangas. Petrovich le ayudó a hacerlo, y he aquí que aun así el capote le sentaba estupendamente. En una palabra: estaba hecho a la perfección. Petrovich aprovechó la ocasión para decirle que si se lo había hecho a tan bajo precio era sólo porque vivía en un piso pequeño, sin placa, en una calle lateral y porque conocía a Akakiy Akakievich desde hacía tantos años. Un sastre de la perspectiva Nevski sólo por el trabajo le habría cobrado setenta y cinco rublos Akakiy Akakievich no tenía ganas de tratar de ello con Petrovich. temeroso de las sumas fabulosas de las que el sastre solía hacer alarde. Le pagó, le dio las gracias y salió con su nuevo capote camino de la oficina.<br />
Petrovich salió detrás de él y, parándose en plena calle, le siguió largo rato con la mirada, absorto en la contemplación del capote. Después, a propósito. pasó corriendo por una callejuela tortuosa y vino a dar a la misma calle para mirar otra vez el capote del otro lado, es decir, cara a cara. Mientras tanto, Akakiy Akakievich seguía caminando con aire de fiesta. A cada momento sentía que llevaba un capote nuevo en los hombros y hasta llegó a sonreírse varias veces de íntima satisfacción. En efecto, tenía dos ventajas: primero, porque el capote abrigaba mucho, y segundo, porque era elegante. El camino se le hizo cortísimo, ni siquiera se fijó en él y de repente se encontró en la oficina. Dejó el capote en la conserjería y volvió a mirarlo por todos los lados, rogando al conserje que tuviera especial cuidado con él.<br />
No se sabe cómo, pero al momento, en la oficina, todos se enteraron de que Akakiy Akakievich tenía un capote nuevo y que el famoso batín había dejado de existir. En el acto todos salieron a la conserjería para ver el nuevo capote de Akakiy Akakievich. Empezaron a felicitarle cordialmente de tal modo, que no pudo por menos de sonreírse: pero luego acabó por sentirse algo avergonzado. Pero cuando todos se acercaron a él diciendo que tenía que celebrar el estreno del capote por medio de un remojón y que, por lo menos, debía darles una fiesta, el pobre Akakiy Akakievich se turbó por completo y no supo qué responder ni cómo defenderse. Sólo pasados unos minutos y poniéndose todo colorado intentó asegurarles, en su simplicidad, que no era un capote nuevo, sino uno viejo.<br />
Por fin, uno de los funcionarios, ayudante del Jefe de oficina, queriendo demostrar sin duda alguna que no era orgulloso y sabía tratar con sus inferiores, dijo:<br />
-Está bien, señores; yo daré la fiesta en lugar de Akakiy Akakievich y les convido a tomar el té esta noche en mi casa. Precisamente hoy es mi cumpleaños.<br />
Los funcionarios, como hay que suponer, felicitaron al ayudante del jefe de oficina y aceptaron muy gustosos la invitación. Akakiy Akakievich quiso disculparse, pero todos le interrumpieron diciendo que era una descortesía, que debería darle vergüenza y que no podía de ninguna manera rehusar la invitación.<br />
Aparte de eso, Akakiy Akakievich después se alegró al pensar que de este modo tendría ocasión de lucir su nuevo capote también por la noche.<br />
Se puede decir que todo aquel día fue para él una fiesta grande y solemne.<br />
Volvió a casa en un estado de ánimo de lo más feliz, se quitó el capote y lo colgó cuidadosamente en una percha que había en la pared, deleitándose una vez más al contemplar el paño y el forro y, a propósito, fue a buscar el viejo capote, que estaba a punto de deshacerse, para compararlo. Lo miró y hasta se echó a reír. Y aun después, mientras comía, no pudo por menos de sonreírse al pensar en el estado en que se hallaba el capote. Comió alegremente y luego contrariamente a lo acostumbrado, no copió ningún documento. Por el contrario, se tendió en la cama, cual verdadero sibarita, hasta el oscurecer. Después, sin más demora, se vistió, se puso el capote y salió a la calle.<br />
Desgraciadamente, no pudo recordar de momento dónde vivía el funcionario anfitrión; la memoria empezó a flaquearle, y todo cuanto había en Petersburgo, sus calles y sus casas se mezclaron de tal suerte en su cabeza, que resultaba difícil sacar de aquel caos algo más o menos ordenado. Sea como fuera, lo seguro es que el funcionario vivía en la parte más elegante de la ciudad, o sea lejos de la casa de Akakiy Akakievich. Al principio tuvo que caminar por calles solitarias escasamente alumbradas pero a medida que iba acercándose a la casa del funcionario, las calles se veían más animadas y mejor alumbradas. Los transeúntes se hicieron más numerosos y también las señoras estaban ataviadas elegantemente. Los hombres llevaban cuellos de castor y ya no se veían tanto los veñkas (2) con sus trineos de madera con rejas guarnecidas de clavos dorados; en cambio, pasaban con frecuencia elegantes trineos barnizados, provistos de pieles de oso y conducidos por cocheros tocados con gorras de terciopelo color frambuesa, o se veían deslizarse, chirriando sobre la nieve, carrozas con los pescantes sumamente adornados.<br />
Para Akakiy Akakievich todo esto resultaba completamente nuevo; hacía varios años que no había salido de noche por la calle.<br />
Todo curioso, se detuvo delante del escaparate de una tienda, ante un cuadro que representaba a una hermosa mujer que se estaba quitando el zapato, por lo que lucía una pierna escultural: a su espalda, un hombre con patillas y perilla, a estilo español, asomaba la cabeza por la puerta. Akakiy Akakievich meneó la cabeza sonriéndose y prosiguió su camino. ¿Por qué sonreiría? Tal vez porque se encontraba con algo totalmente desconocido, para lo que, sin embargo, muy bien pudiéramos asegurar que cada uno de nosotros posee un sexto sentido. Quizá también pensara lo que la mayoría de los funcionarios habrían pensado decir: «¡Ah, estos franceses! ¡No hay otra cosa que decir! Cuando se proponen una cosa, así ha de ser&#8230;» También puede ser que ni siquiera pensara esto, pues es imposible penetrar en el alma de un hombre y averiguar todo cuanto piensa.<br />
Por fin, llegó a la casa donde vivía el ayudante del jefe de oficina. Este llevaba un gran tren de vida; en la escalera había un farol encendido, y él ocupaba un cuarto en el segundo piso. Al entrar en el recibimiento, Akakiy Akakievich vio en el suelo toda una fila de chanclos. En medio de ellos, en el centro de la habitación, hervía a borbotones el agua de un samovar esparciendo columnas de vapor. En las paredes colgaban capotes y capas, muchas de las cuales tenían cuellos de castor y vueltas de terciopelo. En la habitación contigua se oían voces confusas, que de repente se tornaron claras y sonoras al abrirse la puerta para dar paso a un lacayo que llevaba una bandeja con vasos vacíos, un tarro de nata y una cesta de bizcochos. Por lo visto los funcionarios debían de estar reunidos desde hacía mucho tiempo y va habían tomado el primer vaso de té. Akakiy Akakievich colgó él mismo su capote y entró en la habitación. Ante sus ojos desfilaron al mismo tiempo las velas, los funcionarios, las pipas y mesas de juego mientras que el rumor de las conversaciones que se oían por doquier y el ruido de las sillas sorprendían sus oídos<br />
Se detuvo en el centro de la habitación todo confuso, reflexionando sobre lo que tenía que hacer. Pero ya le habían visto sus colegas; le saludaron con calurosas exclamaciones y todos fueron en el acto al recibimiento para admirar nuevamente su capote. Akakiy Akakievich se quedó un tanto desconcertado; pero como era una persona sincera y leal no pudo por menos de alegrarse al ver cómo todos ensalzaban su capote.<br />
Después, como hay que suponer, le dejaron a él y al capote y volvieron a las mesas de whist. Todo ello, el ruido, las conversaciones y la muchedumbre&#8230; le pareció un milagro. No sabía cómo comportarse ni qué hacer con sus manos, pies y toda su figura; por fin, acabó sentándose junto a los que jugaban: miraba tan pronto las cartas como los rostros de los presentes; pero al poco rato empezó a bostezar y a aburrirse, tanto más cuanto que había pasado la hora en la que acostumbraba acostarse.<br />
Intentó despedirse del dueño de la casa; pero no le dejaron marcharse, alegando que tenía que beber una copa de champaña para celebrar el estreno del capote. Una hora después servían la cena: ensaladilla, ternera asada fría, empanadas, pasteles y champaña. A Akakiy Akakievich le hicieron tomar dos copas, con lo cual todo cuanto había en la habitación se le apareció bajo un aspecto mucho más risueño. Sin embargo, no consiguió olvidar que era media noche pasada y que era hora de volver a casa. Al fin, y para que al dueño de la casa no se le ocurriera retenerle otro rato, salió de la habitación sin ser visto y buscó su capote en el recibimiento, encontrándolo, con gran dolor, tirado en el suelo. Lo sacudió, le quitó las pelusas, se lo puso y, por último, bajó las escaleras,<br />
Las calles estaban todavía alumbradas. Algunas tiendas de comestibles, eternos clubs de las servidumbres y otra gente, estaban aún abiertas; las demás estaban ya cerradas, pero la luz que se filtraba por entre las rendijas atestiguaba claramente que los parroquianos aún permanecían allí. Eran éstos sirvientes y criados que seguían con sus chismorreos, dejando a sus amos en la absoluta ignorancia de dónde se encontraban.<br />
Akakiy Akakievich caminaba en un estado de ánimo de lo más alegre. Hasta corrió, sin saber por qué, detrás de una dama que pasó con la velocidad de un rayo, moviendo todas las partes del cuerpo. Pero se detuvo en el acto y prosiguió su camino lentamente, admirándose él mismo de aquel arranque tan inesperado que había tenido.<br />
Pronto se extendieron ante él las calles desiertas, siendo notables de día por lo poco animadas y cuanto más de noche. Ahora parecían todavía mucho más silenciosas y solitarias. Escaseaban los faroles, ya que por lo visto se destinaba poco aceite para el alumbrado; a lo largo de la calle, en que se veían casas de madera y verjas, no había un alma. Tan sólo la nieve centelleaba tristemente en las calles, y las cabañas bajas, con sus postigos cerrados, parecían destacarse aún más sombrías y negras. Akakiy Akakievich se acercaba a un punto donde la calle desembocaba en una plaza muy grande, en la que apenas si se podían ver las cosas del otro extremo y daba la sensación de un inmenso y desolado desierto.<br />
A lo lejos, Dios sabe dónde, se vislumbraba la luz de una garita que parecía hallarse al fin del mundo. Al llegar allí, la alegría de Akakiy Akakievich se desvaneció por completo. Entró en la plaza no sin temor, como si presintiera algún peligro. Miró hacia atrás y en torno suyo: diríase que alrededor se extendía un inmenso océano. «¡No! ¡Será mejor que no mire!», pensó para sí, y siguió caminando con los ojos cerrados. Cuando los abrió para ver cuánto le quedaba aún para llegar al extremo opuesto de la plaza, se encontró casi ante sus propias narices con unos hombres bigotudos, pero no tuvo tiempo de averiguar más acerca de aquellas gentes. Se le nublaron los ojos y el corazón empezó a latirle precipitadamente.<br />
-¡Pero si este capote es mío!-dijo uno de ellos con voz de trueno, cogiéndole por el cuello.<br />
Akakiy Akakievich quiso gritar pidiendo auxilio, pero el otro le tapó la boca con el pañuelo, que era del tamaño de la cabeza de un empleado, diciéndole: «¡Ay de ti si gritas!»<br />
Akakiy Akakievich sólo se dio cuenta de cómo le quitaban el capote y le daban un golpe con la rodilla que le hizo caer de espaldas en la nieve, en donde quedó tendido sin sentido.<br />
Al poco rato volvió en sí y se levantó, pero ya no había nadie. Sintió que hacía mucho frío y que le faltaba el capote. Empezó a gritar, pero su voz no parecía llegar hasta el extremo de la plaza. Desesperado, sin dejar de gritar, echó a correr a través de la plaza directamente a la garita, junto a la cual había un guarda, que, apoyado en la alabarda, miraba con curiosidad, tratando de averiguar qué clase de hombre se le acercaba dando gritos.<br />
Al llegar cerca de él, Akakiy Akakievich le gritó todo jadeante que no hacía más que dormir y que no vigilaba, ni se daba cuenta de como robaban a la gente. El guarda le contestó que él no había visto nada: sólo había observado cómo dos individuos le habían parado en medio de la plaza, pero creyó que eran amigos suyos. Añadió que haría mejor, en vez de enfurecerse en vano, en ir a ver a la mañana siguiente al inspector de policía, y que éste averiguaría sin duda alguna quién le había robado el capote.<br />
Akakiy Akakievich volvió a casa en un estado terrible. Los cabellos que aún le quedaban en pequeña cantidad sobre las sienes y la nuca estaban completamente desordenados. Tenía uno de los<br />
costados, el pecho y los pantalones, cubiertos de nieve. Su vieja patrona, al oír cómo alguien golpeaba fuertemente en la puerta, saltó fuera de la cama, calzándose solo una zapatilla, y fue corriendo a abrir la puerta, cubriéndose pudorosamente con una mano el pecho, sobre el cual no llevaba más que una camisa. Pero al ver a Akakiy Akakievich retrocedió de espanto. Cuando él le contó lo que le había sucedido ella alzó los brazos al cielo y dijo que debía dirigirse directamente al Comisario del distrito y no al inspector, porque éste no hacía más que prometerle muchas cosas y dar largas al asunto. Lo mejor era ir al momento al Comisario del distrito, a quien ella conocía, porque Ana, la finlandesa que tuvo antes de cocinera, servía ahora de niñera en su casa, y que ella misma le veía a menudo, cuando pasaba delante de la casa. Además, todos los domingos, en la iglesia pudo observar que rezaba y al mismo tiempo miraba alegremente a todos, y todo en él denotaba que era un hombre de bien.<br />
Después de oír semejante consejo se fue, todo triste, a su habitación. Cómo pasó la noche&#8230;, sólo se lo imaginarían quienes tengan la capacidad suficiente de ponerse en la situación de otro.<br />
A la mañana siguiente, muy temprano, fue a ver al Comisario del distrito, pero le dijeron que aún dormía. Volvió a las diez y aún seguía durmiendo. Fue a las once, pero el Comisario había salido. Se presentó a la hora de la comida, pero los escribientes que estaban en la antesala no quisieron dejarle pasar e insistieron en saber qué deseaba, por qué venía y qué había sucedido. De modo que, en vista de los entorpecimientos, Akakiy Akakievich quiso, por primera vez en su vida, mostrarse enérgico, y dijo, en tono que no admitía réplicas, que tenía que hablar personalmente con el Comisario, que venía del Departamento del Ministerio para un asunto oficial y que, por tanto, debían dejarle pasar, y si no lo hacían, se quejaría de ello y les saldría cara la cosa. Los escribientes no se atrevieron a replicar y uno de ellos fue a anunciarle al Comisario.<br />
Éste interpretó de un modo muy extraño el relato sobre el robo del capote. En vez de interesarse por el punto esencial empezó a preguntar a Akakiy Akakievich por qué volvía a casa a tan altas horas de la noche y si no habría estado en una casa sospechosa. De tal suerte, que el pobre Akakiy Akakievich se quedó todo confuso. Se fue sin saber si el asunto estaba bien encomendado. En todo el día no fue a la oficina (hecho sin precedente en su vida). Al día siguiente se presentó todo pálido y vestido con su viejo capote, que tenía el aspecto aún más lamentable. El relato del robo del capote-aparte de que no faltaron algunos funcionarios que aprovecharon la ocasión para burlarse-conmovió a muchos. Decidieron en seguida abrir una suscripción en beneficio suyo, pero el resultado fue muy exiguo, debido a que los funcionarios habían tenido que gastar mucho dinero en la suscripción para el retrato del director y para un libro que compraron a indicación del jefe de sección, que era amigo del autor. Así, pues, sólo consiguieron reunir una suma insignificante. Uno de ellos, movido por la compasión y deseos de darle por lo menos un buen consejo, le dijo que no se dirigiera al Comisario, pues suponiendo aún que deseara granjearse las simpatías de su superior y encontrar el capote, este permanecería en manos de la Policía hasta que lograse probar que era su legítimo propietario. Lo mejor sería, pues, que se dirigiera a una «alta personalidad», cuya mediación podría dar un rumbo favorable al asunto. Como no quedaba otro remedio. Akakiy Akakievich se decidió a acudir a la «alta personalidad».<br />
¿Quién era aquella «alta personalidad» y qué cargo desempeñaba? Eso es lo que nadie sabría decir. Conviene saber que dicha «alta personalidad» había llegado a ser tan sólo esto desde hacía algún tiempo, por lo que hasta entonces era por completo desconocido. Además su posición tampoco ahora se consideraba como muy importante en comparación con otras de mayor categoría. Pero siempre habrá personas que consideran como muy importante lo que los demás califican de insignificante. Además, recurriría a todos los medios para realzar su importancia. Decretó que los empleados subalternos le esperasen en la escalera hasta que llegase él y que nadie se presentara directamente a él sino que las cosas se realizaran con un orden de lo más riguroso. El registrador tenía que presentar la solicitud de audiencia al secretario del Gobierno, quien a su vez la transmitía al consejero titular o a quien se encontrase de categoría superior. Y de esta forma llegaba el asunto a sus manos. Así, en nuestra santa Rusia, todo está contagiado de la manía de imitar y cada cual se afana en imitar a su superior. Hasta cuentan que cierto consejero titular, cuando le ascendieron a director de una cancillería pequeña, en seguida se hizo separar su cuarto por medio de un tabique de lo que él llamaba «sala de reuniones». A la puerta de dicha sala colocó a unos conserjes con cuellos rojos y galones que siempre tenían la mano puesta sobre el picaporte para abrir la puerta a los visitantes, aunque en la «sala de reuniones» apenas si cabía un escritorio de tamaño regular.<br />
El modo de recibir y las costumbres de la «alta personalidad» eran majestuosos e imponentes, pero un tanto complicados. La base principal de su sistema era la severidad. «Severidad, severidad, y&#8230; severidad», solía decir, y al repetir por tercera vez esta palabra dirigía una mirada significativa a la persona con quien estaba hablando aunque no hubiera ningún motivo para ello, pues los diez emplea los que formaban todo el mecanismo gubernamental, ya sin eso estaban constantemente atemorizados. Al verle de lejos, interrumpían ya el trabajo y esperaban en actitud militar a que pasase el jefe. Su conversación con los subalternos era siempre severa y consistía sólo en las siguientes frases: «¿Cómo se atreve? ¿Sabe usted con quién habla ? ¿Se da usted cuenta? ¿Sabe a quién tiene delante?»<br />
Por lo demás, en el fondo era un hombre bondadoso, servicial y se comportaba bien con sus compañeros, sólo que el grado de general (3) le había hecho perder la cabeza. Desde el día en que le ascendieron a general se hallaba todo confundido, andaba descarriado y no sabía cómo comportarse. Si trataba con personas de su misma categoría se mostraba muy correcto y formal y en muchos aspectos hasta inteligente. Pero en cuanto asistía a alguna reunión donde el anfitrión era tan sólo de un grado inferior al suyo, entonces parecía hallarse completamente descentrado. Permanecía callado y su situación era digna de compasión, tanto más cuanto él mismo se daba cuenta de que hubiera podido pasar el tiempo de una manera mucho más agradable. En sus ojos se leía a menudo el ardiente deseo de tomar parte en alguna conversación interesante o de juntarse a otro grupo, pero se retenía al pensar que aquello podía parecer excesivo por su parte o demasiado familiar, y que con ello rebajaría su dignidad. Y por eso permanecía eternamente solo en la misma actitud silenciosa, emitiendo de cuando en cuando un sonido monótono, con lo cual llegó a pasar por un hombre de lo más aburrido.<br />
Tal era la «alta personalidad» a quien acudió Akakiy Akakievich, y el momento que eligió para ello no podía ser más inoportuno para él; sin embargo, resultó muy oportuno para la «alta personalidad». Ésta se hallaba en su gabinete conversando muy alegremente con su antiguo amigo de la infancia, a quien no veía desde hacía muchos años, cuando le anunciaron que deseaba hablarle un tal Bachmachkin.<br />
-¿Quién es?-preguntó bruscamente.<br />
-Un empleado.<br />
-¡Ah! ¡Que espere! Ahora no tengo tiempo -dijo la alta personalidad. Es preciso decir que la alta personalidad mentía con descaro; tenía tiempo; los dos amigos ya habían terminado de hablar sobre todos los temas posibles, y la conversación había quedado interrumpida ya más de una vez por largas pausas, durante las cuales se propinaban cariñosas palmaditas, diciendo:<br />
-Así es, Iván Abramovich.<br />
-En efecto, Esteban Varlamovich.<br />
Sin embargo, cuando recibió el aviso de que tenía visita, mandó que esperase el funcionario, para demostrar a su amigo, que hacía mucho que estaba retirado y vivía en una casa de campo, cuánto tiempo hacía esperar a los empleados en la antesala. Por fin. después de haber hablado cuanto quisieron o, mejor dicho, de haber callado lo suficiente, acabaron de fumar sus cigarros cómodamente recostados en unos mullidos butacones, y entonces su excelencia pareció acordarse de repente de que alguien le esperaba, y dijo al secretario, que se hallaba en pie, junto a la puerta, con unos papeles para su informe:<br />
-Creo que me está esperando un empleado. Dígale que puede pasar.<br />
Al ver el aspecto humilde y el viejo uniforme de Akakiy Akakievich, se volvió hacia él con brusquedad y le dijo:<br />
-¿ Qué desea ?<br />
Pero todo esto con voz áspera y dura, que sin duda alguna había ensayado delante del espejo, a solas en su habitación, una semana antes que le nombraran para el nuevo cargo.<br />
Akakiy Akakievich, que ya de antemano se sentía todo tímido, se azoró por completo. Sin embargo, trató de explicar como pudo o mejor dicho, con toda la fluidez de que era capaz su lengua, que tenía un capote nuevo y que se lo habían robado de un modo inhumano, añadiendo, claro está, más particularidades y más palabras innecesarias. Rogaba a su excelencia que intercediera por escrito&#8230; o así&#8230;. como quisiera&#8230;. con el jefe de la Policía u otra persona para que buscasen el capote y se lo restituyesen. Al general le pareció, sin embargo, que aquel era un procedimiento demasiado familiar, y por eso dijo bruscamente:<br />
-Pero, ¡señor!, ¿no conoce usted el reglamento? ¿Cómo es que se presenta así? ¿Acaso ignora cómo se procede en estos asuntos? Primero debería usted haber hecho una instancia en la cancillería, que habría sido remitida al jefe del departamento, el cual la transmitiría al secretario y éste me la hubiera presentado a mí.<br />
-Pero, excelencia&#8230;-dijo Akakiy Akakievich recurriendo a la poca serenidad que aún quedaba en él y sintiendo que sudaba de una manera horrible-. Yo, excelencia, me he atrevido a molestarle con este asunto porque los secretarios&#8230;, los secretarios&#8230; son gente de poca confianza..<br />
-¡Cómo! ¿Qué? ¿Qué dice usted?.-exclamó la «alta personalidad»-. ¿Cómo se atreve a decir semejante cosa? ¿De dónde ha sacado usted esas ideas? ¡Qué audacia tienen los jóvenes con sus superiores y con las autoridades!<br />
Era evidente que la «alta personalidad» no había reparado en que Akakiy Akakievich había pasado de los cincuenta años. de suerte que la palabra « joven» sólo podía aplicársele relativamente, es decir, en comparación con un septuagenario.<br />
-¿Sabe usted con quién habla? ¿Se da cuenta de quién tiene delante? ¿Se da usted cuenta, se da usted cuenta? ¡Le pregunto yo a usted!<br />
Y dio una fuerte patada en el suelo y su voz se tornó tan cortante, que aun otro que no fuera Akakiy Akakievich se habría asustado también.<br />
Akakiy Akakievich se quedó helado, se tambaleó, un estremecimiento le recorrió todo el cuerpo, y apenas si se pudo tener en pie. De no ser porque un guardia acudió a sostenerle, se hubiera desplomado. Le sacaron fuera casi desmayado.<br />
Pero aquella «alta personalidad», satisfecha del efecto que causaron sus palabras, y que habían superado en mucho sus esperanzas, no cabía en sí de contento, al pensar que una palabra suya causaba tal impresión, que podía hacer perder el sentido a uno. Miró de reojo a su amigo, para ver lo que opinaba de todo aquello, y pudo comprobar, no sin gran placer, que su amigo se hallaba en una situación indefinible, muy próxima al terror.<br />
Cómo bajó las escaleras Akakiy Akakievich y cómo salió a la calle, esto son cosas que ni el mismo podía recordar, pues apenas si sentía las manos y los pies. En su vida le habían tratado con tanta grosería, y precisamente un general y además un extraño. Caminaba en medio de la nevasca que bramaba en las calles, con la boca abierta, haciendo caso omiso de las aceras. El viento, como de costumbre en San Petersburgo, soplaba sobre él de todos los lados, es decir, de los cuatro puntos cardinales y desde todas las callejuelas. En un instante se resfrío la garganta y contrajo una angina. Llegó a casa sin poder proferir ni una sola palabra: tenía el cuerpo todo hinchado y se metió en la cama. ¡Tal es el efecto que puede producir a veces una reprimenda!<br />
Al día siguiente amaneció con una fiebre muy alta. Gracias a la generosa ayuda del clima petersburgués, el curso de la enfermedad fue más rápido de lo que hubiera podido esperarse, y cuando llegó el médico y le cogió el pulso, únicamente pudo prescribirle fomentos, solo con el fin de que el enfermo no muriera sin el benéfico auxilio de la medicina. Y sin más ni más, le declaró en el acto que le quedaban sólo un día y medio de vida. Luego se volvió hacia la patrona, diciendo:<br />
-Y usted, madrecita, no pierda el tiempo: encargue en seguida un ataúd de madera de pino, pues uno de roble sería demasiado caro para él.<br />
Ignoramos si Akakiy Akakievich oyó estas palabras pronunciadas acerca de su muerte, y en el caso de que las oyera, si llegaron a conmoverle profundamente y le hicieron quejarse de su Destino, ya que todo el tiempo permanecía en el delirio de la fiebre.<br />
Visiones extrañas a cuál más curiosas se le aparecían sin cesar. Veía a Petrovich y le encargaba que le hiciese un capote con alguna trampa para los ladrones, que siempre creía tener debajo de la cama, y a cada instante llamaba a la patrona y le suplicaba que sacara un ladrón que se había escondido debajo de la manta; luego preguntaba por qué el capote viejo estaba colgado delante de él, cuando tenía uno nuevo. Otras veces creía estar delante del general, escuchando sus insultos y diciendo: «Perdón, excelencia.» Por último se puso a maldecir y profería palabras tan terribles, que la vieja patrona se persignó, ya que jamás en la vida le había oído decir nada semejante; además, estas palabras siguieron inmediatamente al título de excelencia. Después só1o murmuraba frases sin sentido, de manera que era imposible comprender nada. Sólo se podía deducir realmente que aquellas palabras e ideas incoherentes se referían siempre a la misma cosa: el capote. Finalmente, el pobre Akakiy Akakievich exhaló el último suspiro.<br />
Ni la habitación ni sus cosas fueron selladas por la sencilla razón de que no tenía herederos y que sólo dejaba un pequeño paquete con plumas de ganso, un cuaderno de papel blanco oficial, tres pares de calcetines, dos o tres botones desprendidos de un pantalón y el capote que ya conoce el lector. ¡Dios sabe para quién quedó todo esto!<br />
Reconozco que el autor de esta narración no se interesó por el particular. Se llevaron a Akakiy Akakievich y lo enterraron; San Petersburgo se quedó sin él como si jamás hubiera existido.<br />
Así desapareció un ser humano que nunca tuvo quién le amparara, a quien nadie había querido y que jamás interesó a nadie. Ni siquiera llamó la atención del naturalista, quien no desprecia de poner en el alfiler una mosca común y examinarla en el microscopio. Fue un ser que sufrió con paciencia las burlas de sus colegas de oficina y que bajó a la tumba sin haber realizado ningún acto extraordinario; sin embargo, divisó, aunque sólo fuera al fin de su vida, el espíritu de la luz en forma de capote, el cual reanimó por un momento su miserable existencia, y sobre quien cayó la desgracia, como también cae a veces sobre los privilegiados de la tierra&#8230;<br />
Pocos días después de su muerte mandaron a un ordenanza de la oficina con orden de que Akakiy Akakievich se presentase inmediatamente, porque el jefe lo exigía. Pero el ordenanza tuvo que volver sin haber conseguido su propósito y declaró que Akakiy Akakievich ya no podía presentarse. Le preguntaron:<br />
-¿Y por qué?<br />
-¡Pues porque no! Ha muerto; hace cuatro días que lo enterraron.<br />
Y de este modo se enteraron en la oficina de la muerte de Akakiy Akakievich. Al día siguiente su sitio se hallaba ya ocupado por un nuevo empleado. Era mucho más alto y no trazaba las letras tan derechas al copiar los documentos, sino mucho más torcidas y contrahechas. Pero ¿quién iba a imaginarse que con ello termina la historia de Akakiy Akakievich, ya que estaba destinado a vivir ruidosamente aún muchos días después de muerto como recompensa a su vida que pasó inadvertido? Y, sin embargo, así sucedió, y nuestro sencillo relato va a tener de repente un final fantástico e inesperado.<br />
En San Petersburgo se esparció el rumor de que en el puente de Kalenik, y a poca distancia de él, se aparecía de noche un fantasma con figura de empleado que buscaba un capote robado y que con tal pretexto arrancaba a todos los hombres, sin distinción de rango ni profesión, sus capotes, forrados con pieles de gato, de castor, de zorro, de oso, o simplemente guateados: en una palabra : todas las pieles auténticas o de imitación que el hombre ha inventado para protegerse.<br />
Uno de los empleados del Ministerio vio con sus propios ojos al fantasma y reconoció en él a Akakiy Akakievich. Se llevó un susto tal, que huyó a todo correr, y por eso no pudo observar bien al espectro. Sólo vio que aquel le amenazaba desde lejos con el dedo. En todas partes había quejas de que las espaldas y los hombros de los consejeros, y no sólo de consejeros titulares, sino también de los áulicos, quedaban expuestos a fuertes resfriados al ser despojados de sus capotes.<br />
Se comprende que la Policía tomara sus medidas para capturar de la forma que fuese al fantasma, vivo o muerto, y castigarlo duramente, para escarmiento de otros, y por poco lo logró. Precisamente una noche un guarda en una sección de la calleja Kiriuchkin casi tuvo la suerte de coger al fantasma en el lugar del hecho, al ir aquél a quitar el capote de paño corriente a un músico retirado que en otros tiempos había tocado la flauta. El guarda, que lo tenía cogido por el cuello, gritó para que vinieran a ayudarle dos compañeros, y les entrego al detenido, mientras él introducía sólo por un momento la mano en la bota en busca de su tabaquera para reanimar un poco su nariz, que se le había quedado helada ya seis veces. Pero el rapé debía de ser de tal calidad que ni siquiera un muerto podía aguantarlo. Apenas el guarda hubo aspirado un puñado de tabaco por la fosa nasal izquierda, tapándose la derecha, cuando el fantasma estornudó con tal violencia, que empezó a salpicar por todos lados. Mientras se frotaba los ojos con los puños, desapareció el difunto sin dejar rastros, de modo que ellos no supieron si lo habían tenido realmente en sus manos.<br />
Desde entonces los guardas cogieron un miedo tal a los fantasmas, que ni siquiera se atrevían a detener a una persona viva, y se limitaban solo a gritarle desde lejos: «¡Oye, tú! ¡Vete por tu camino!» El espectro del empleado empezó a esparcirse también más allá del puente de Kalenik, sembrando un miedo horrible entre la gente tímida.<br />
Pero hemos abandonado por completo a la «alta personalidad», quien, a decir verdad, fue el culpable del giro fantástico que tomó nuestra historia, por lo demás muy verídica. Pero hagamos justicia a la verdad y confesemos que la «alta personalidad» sintió algo así como lástima, poco después de haber salido el pobre Akakiy Akakievich completamente deshecho. La compasión no era para él realmente ajena: su corazón era capaz de nobles sentimientos, aunque a menudo su alta posición le impidiera expresarlos. Apenas marchó de su gabinete el amigo que había venido de fuera, se quedó pensando en el pobre Akakiy Akakievich. Desde entonces se le presentaba todos los días, pálido e incapaz de resistir la reprimenda de que él le había hecho objeto. El pensar en él le inquietó tanto, que pasada una semana se decidió incluso a enviar un empleado a su casa para preguntar por su salud y averiguar si se podía hacer algo por él. Al enterarse de que Akakiy Akakievich había muerto de fiebre repentina, se quedó aterrado, escuchó los reproches de su conciencia y todo el día estuvo de mal humor. Para distraerse un poco y olvidar la impresión desagradable, fue por la noche a casa de un amigo, donde encontró bastante gente y, lo que es mejor, personas de su mismo rango, de modo que en nada podía sentirse atado. Esto ejerció una influencia admirable en su estado de ánimo. Se tornó vivaz, amable, tomó parte en las conversaciones de un modo agradable; en un palabra: pasó muy bien la velada. Durante la cena tomó unas dos copas de champaña, que, como se sabe, es un medio excelente para comunicar alegría. El champaña despertó en él deseos de hacer algo fuera de lo corriente, así es que resolvió no volver directamente a casa, sino ir a ver a Carolina Ivanovna, dama de origen alemán al parecer, con quien mantenía relaciones de íntima amistad. Es preciso que digamos que la «alta personalidad» ya no era un hombre joven. Era marido sin tacha buen padre de familia, y sus dos hijos, uno de los cuales trabajaba ya en una cancillería, y una linda hija de dieciséis años, con la nariz un poco encorvada sin dejar de ser bonita, venían todas las mañanas a besarle la mano, diciendo: «Bonjour, papa.» Su esposa, que era joven aún y no sin encantos, le alargaba la mano para que él se la besara, y luego, volviéndola hacia fuera tomaba la de él y se la besaba a su vez. Pero la «alta personalidad», aunque estaba plenamente satisfecho con las ternuras y el cariño de su familia, juzgaba conveniente tener una amiga en otra parte de la ciudad y mantener relaciones amistosas con ella. Esta amiga no era más joven ni más hermosa que su esposa; pero tales problemas existen en el mundo y no es asunto nuestro juzgarlos.<br />
Así, pues, la «alta personalidad» bajó las escaleras, subió al trineo y ordenó al cochero:<br />
-¡A casa de Carolina Ivanovna!<br />
Envolviéndose en su magnífico y abrigado capote permaneció en este estado, el más agradable para un ruso, en que no se piensa en nada y entre tanto se agitan por sí solas las ideas en la cabeza, a cual más gratas, sin molestarse en perseguirlas en buscarlas. Lleno de contento, rememoró los momentos felices de aquella velada y todas sus palabras que habían hecho reír a carcajadas a aquel grupo, alguna de las cuales repitió a media voz. Le parecieron tan chistosas como antes, y por eso no es de extrañar que se riera con todas sus ganas.<br />
De cuando en cuando le molestaba en sus pensamientos un viento fortísimo que se levantó de pronto Dios sabe dónde, y le daba en pleno rostro, arrojándole además montones de nieve. Y como si ello fuera poco, desplegaba el cuello del capote como una vela, o de repente se lo lanzaba con fuerza sobrehumana en la cabeza, ocasionándole toda clase de molestias, lo que le obligaba a realizar continuos esfuerzos para librarse de él.<br />
De repente sintió como si alguien le agarrara fuertemente por el cuello; volvió la cabeza y vio a un hombre de pequeña estatura, con un uniforme viejo muy gastado, y no sin espanto reconoció en él a Akakiy Akakievich. E1 rostro del funcionario estaba pálido como la nieve, y su mirada era totalmente la de un difunto. Pero el terror de la «alta personalidad» llegó a su paroxismo cuando vio que la boca del muerto se contraía convulsivamente exhalando un olor de tumba y le dirigía las siguientes palabras:<br />
-¡Ah! ¡Por fin te tengo!&#8230; ¡Por fin te he cogido por el cuello! ¡Quiero tu capote! No quisiste preocuparte por el mío y hasta me insultaste. ¡Pues bien: dame ahora el tuyo!<br />
La pobre «alta personalidad» por poco se muere. Aunque era firme de carácter en la cancillería y en general para con los subalternos, y a pesar de que al ver su aspecto viril y su gallarda figura, no se podía por menos de exclamar: «¡Vaya un carácter!», nuestro hombre, lo mismo que mucha gente de figura gigantesca, se asustó tanto, que no sin razón temió que le diese un ataque. Él mismo se quitó rápidamente el capote y gritó al cochero, con una voz que parecía la de un extraño:<br />
-¡A casa, a toda prisa!<br />
El cochero, al oír esta voz que se dirigía a él generalmente en momentos decisivos, y que solía ser acompañado de algo más efectivo, encogió la cabeza entre los hombros para mayor seguridad, agitó el látigo y lanzó los caballos a toda velocidad. A los seis minutos escasos la «alta personalidad» ya estaba delante del portal de su casa.<br />
Pálido, asustado y sin capote había vuelto a su casa, en vez de haber ido a la de Carolina Ivanovna. A duras penas consiguió llegar hasta su habitación y pasó una noche tan intranquila, que a la mañana siguiente, a la hora del té, le dijo su hija:<br />
-¡Qué pálido estás, papá!<br />
Pero papá guardaba silencio y a nadie dijo una palabra de lo que le había sucedido, ni en dónde había estado, ni adónde se había dirigido en coche. Sin embargo, este episodio le impresionó fuertemente, y ya rara vez decía a los subalternos: «¿Se da usted cuenta de quién tiene delante?» Y si así sucedía, nunca era sin haber oído antes de lo que se trataba. Pero lo más curioso es que a partir de aquel día ya no se apareció el fantasma del difunto empleado. Por lo visto, el capote del general le había venido justo a la medida. De todas formas, no se oyó hablar más de capotes arrancados de los hombros de los transeúntes.</p>
<p>Sin embargo, hubo unas personas exaltadas e inquietas que no quisieron tranquilizarse y contaban que el espectro del difunto empleado seguía apareciéndose en los barrios apartados de la ciudad. Y, en efecto, un guardia del barrio de Kolomna vio con sus propios ojos asomarse el fantasma por detrás de su casa. Pero como era algo débil desde su nacimiento-en cierta ocasión un cerdo ordinario, ya completamente desarrollado, que se había escapado de una casa particular, le derribó, provocando así las risas de los cocheros que le rodeaban y a quienes pidió después, como compensación por la burla de que fue objeto, unos centavos para tabaco-, como decimos, pues, era muy débil y no se atrevió a detenerlo. Se contentó con seguirlo en la oscuridad hasta que aquel volvió de repente la cabeza y le preguntó:<br />
-¿Qué deseas?-y le enseñó un puño de esos que no se dan entre las personas vivas.<br />
-Nada-replicó el guardia, y no tardó en dar media vuelta.</p>
<p>El fantasma era, no obstante, mucho más alto tenía bigotes inmensos. A grandes pasos se dirigió al puente Obuko, desapareciendo en las tinieblas de la noche.</p>
<p> </p>
<p>Nicolai Gogol</p>
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		<title>Cordero asado.</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Dec 2009 21:39:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Humor negro]]></category>
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		<category><![CDATA[Roald Dahl]]></category>

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Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-medium wp-image-108" style="margin: 8px; border: black 1px solid;" title="corderomurcia" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/corderomurcia-300x240.jpg" alt="corderomurcia" width="300" height="240" />La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.</p>
<p>Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.</p>
<p>De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel —estaba en el sexto mes del embarazo— había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes.</p>
<p>Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradura.</p>
<p>Dejó a un lado la costura, se levantó y fue a su encuentro para darle un beso en cuanto entrara.</p>
<p>—¡Hola, querido! —dijo ella.</p>
<p>—¡Hola! —contestó él.</p>
<p>Ella le colgó el abrigo en el armario. Luego volvió y preparó las bebidas, una fuerte para él y otra más floja para ella; después se sentó de nuevo con la costura y su marido enfrente con el alto vaso de whisky entre las manos, moviéndolo de tal forma que los cubitos de hielo golpeaban contra las paredes del vaso. Para ella ésta era una hora maravillosa del día. Sabía que su esposo no quería hablar mucho antes de terminar la primera bebida, y a ella, por su parte, le gustaba sentarse silenciosamente, disfrutando de su compañía después de tantas horas de soledad. Le gustaba vivir con este hombre y sentir —como siente un bañista al calor del sol— la influencia que él irradiaba sobre ella cuando estaban juntos y solos. Le gustaba su manera de sentarse descuidadamente en una silla, su manera de abrir la puerta o de andar por la habitación a grandes zancadas. Le gustaba esa intensa mirada de sus ojos al fijarse en ella y la forma graciosa de su boca, especialmente cuando el cansancio no le dejaba hablar, hasta que el primer vaso de whisky le reanimaba un poco.</p>
<p>—¿Cansado, querido?</p>
<p>—Sí —respondió él—, estoy cansado.</p>
<p>Mientras hablaba, hizo una cosa extraña. Levantó el vaso y bebió su contenido de una sola vez aunque el vaso estaba a medio llenar.</p>
<p>Ella no lo vio, pero lo intuyó al oír el ruido que hacían los cubitos de hielo al volver a dejar él su vaso sobre la mesa. Luego se levantó lentamente para servirse otro vaso.</p>
<p>—Yo te lo serviré —dijo ella, levantándose.</p>
<p>—Siéntate —dijo él secamente.</p>
<p>Al volver observó que el vaso estaba medio lleno de un líquido ambarino.</p>
<p>—Querido, ¿quieres que te traiga las zapatillas? Le observó mientras él bebía el whisky.</p>
<p>—Creo que es una vergüenza para un policía que se va haciendo mayor, como tú, que le hagan andar todo el día —dijo ella.</p>
<p>El no contestó; Mary Maloney inclinó la cabeza de nuevo y continuó con su costura. Cada vez que él se llevaba el vaso a los labios se oía golpear los cubitos contra el cristal.</p>
<p>—Querido, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No he hecho cena porque es jueves.</p>
<p>—No —dijo él.</p>
<p>—Si estás demasiado cansado para comer fuera —continuó ella—, no es tarde para que lo digas. Hay carne y otras cosas en la nevera y te lo puedo servir aquí para que no tengas que moverte de la silla.</p>
<p>Sus ojos se volvieron hacia ella; Mary esperó una respuesta, una sonrisa, un signo de asentimiento al menos, pero él no hizo nada de esto.</p>
<p>—Bueno —agregó ella—, te sacaré queso y unas galletas.</p>
<p>—No quiero —dijo él.</p>
<p>Ella se movió impaciente en la silla, mirándole con sus grandes ojos.</p>
<p>—Debes cenar. Yo lo puedo preparar aquí, no me molesta hacerlo. Tengo chuletas de cerdo y cordero, lo que quieras, todo está en la nevera.</p>
<p>—No me apetece —dijo él.</p>
<p>—¡Pero querido! ¡Tienes que comer! Te lo sacaré y te lo comes, si te apetece.</p>
<p>Se levantó y puso la costura en la mesa, junto a la lámpara.</p>
<p>—Siéntate —dijo él—, siéntate sólo un momento. Desde aquel instante, ella empezó a sentirse atemorizada.</p>
<p>—Vamos —dijo él—, siéntate.</p>
<p>Se sentó de nuevo en su silla, mirándole todo el tiempo con sus grandes y asombrados ojos. El había acabado su segundo vaso y tenía los ojos bajos.</p>
<p>—Tengo algo que decirte.</p>
<p>—¿Qué es ello, querido? ¿Qué pasa?</p>
<p>El se había quedado completamente quieto y mantenía la cabeza agachada de tal forma que la luz de la lámpara le daba en la parte alta de la cara, dejándole la barbilla y la boca en la oscuridad.</p>
<p>—Lo que voy a decirte te va a trastornar un poco, me temo —dijo—, pero lo he pensado bien y he decidido que lo mejor que puedo hacer es decírtelo en seguida. Espero que no me lo reproches demasiado.</p>
<p>Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra.</p>
<p>—Eso es todo —añadió—, ya sé que es un mal momento para decírtelo, pero no hay otro modo de hacerlo. Naturalmente, te daré dinero y procuraré que estés bien cuidada. Pero no hay necesidad de armar un escándalo. No sería bueno para mi carrera.</p>
<p>Su primer impulso fue no creer una palabra de lo que él había dicho. Se le ocurrió que quizá él no había hablado, que era ella quien se lo había imaginado todo. Quizá si continuara su trabajo como si no hubiera oído nada, luego, cuando hubiera pasado algún tiempo, se encontraría con que nada había ocurrido.</p>
<p>—Prepararé la cena —dijo con voz ahogada.</p>
<p>Esta vez él no contestó.</p>
<p>Mary se levantó y cruzó la habitación. No sentía nada, excepto un poco de náuseas y mareo. Actuaba como un autómata. Bajó hasta la bodega, encendió la luz y metió la mano en el congelador, sacando el primer objeto que encontró. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que lo desenvolvió y lo miró de nuevo.</p>
<p>Era una pierna de cordero.</p>
<p>Muy bien, cenarían pierna de cordero. Subió con el cordero entre las manos y al entrar en el cuarto de estar encontró a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella.</p>
<p>Se detuvo.</p>
<p>—Por el amor de Dios —dijo él al oírla, sin volverse—, no hagas cena para mí. Voy a salir.</p>
<p>En aquel momento, Mary Maloney se acercó a él por detrás y sin pensarlo dos veces levantó la pierna de cordero congelada y le golpeó en la parte trasera de la cabeza tan fuerte como pudo. Fue como si le hubiera pegado con una barra de acero. Retrocedió un paso, esperando a ver qué pasaba, y lo gracioso fue que él quedó tambaleándose unos segundos antes de caer pesadamente en la alfombra.</p>
<p>La violencia del golpe, el ruido de la mesita al caer por haber sido empujada, la ayudaron a salir de su ensimismamiento.</p>
<p>Salió retrocediendo lentamente, sintiéndose fría y confusa, y se quedó por unos momentos mirando el cuerpo inmóvil de su marido, apretando entre sus dedos el ridículo pedazo de carne que había empleado para matarle.</p>
<p>«Bien —se dijo a sí misma—, ya lo has matado.»</p>
<p>Era extraordinario. Ahora lo veía claro. Empezó a pensar con rapidez. Como esposa de un detective, sabía cuál sería el castigo; de acuerdo. A ella le era indiferente. En realidad sería un descanso. Pero por otra parte. ¿Y el niño? ¿Qué decía la ley acerca de las asesinas que iban a tener un hijo? ¿Los mataban a los dos, madre e hijo? ¿Esperaban hasta el noveno mes? ¿Qué hacían?</p>
<p>Mary Maloney lo ignoraba y no estaba dispuesta a arriesgarse.</p>
<p>Llevó la carne a la cocina, la puso en el horno, encendió éste y la metió dentro. Luego se lavó las manos y subió a su habitación. Se sentó delante del espejo, arregló su cara, puso un poco de rojo en los labios y polvo en las mejillas. Intentó sonreír, pero le salió una mueca. Lo volvió a intentar.</p>
<p>—Hola, Sam —dijo en voz alta. La voz sonaba rara también.</p>
<p>—Quiero patatas, Sam, y también una lata de guisantes.</p>
<p>Eso estaba mejor. La sonrisa y la voz iban mejorando. Lo ensayó varias veces. Luego bajó, cogió el abrigo y salió a la calle por la puerta trasera del jardín.</p>
<p>Todavía no eran las seis y diez y había luz en las tiendas de comestibles.</p>
<p>—Hola, Sam —dijo sonriendo ampliamente al hombre que estaba detrás del mostrador.</p>
<p>—¡Oh, buenas noches, señora Maloney! ¿Cómo está?</p>
<p>—Muy bien, gracias. Quiero patatas, Sam, y una lata de guisantes.</p>
<p>El hombre se volvió de espaldas para alcanzar la lata de guisantes.</p>
<p>—Patrick dijo que estaba cansado y no quería cenar fuera esta noche —le dijo—. Siempre solemos salir los jueves y no tengo verduras en casa.</p>
<p>—¿Quiere carne, señora Maloney?</p>
<p>—No, tengo carne, gracias. Hay en la nevera una pierna de cordero.</p>
<p>—¡Oh!</p>
<p>—No me gusta asarlo cuando está congelado, pero voy a probar esta vez. ¿Usted cree que saldrá bien?</p>
<p>—Personalmente —dijo el tendero—, no creo que haya ninguna diferencia. ¿Quiere estas patatas de Idaho?</p>
<p>—¡Oh, sí, muy bien! Dos de ésas.</p>
<p>—¿Nada más? —El tendero inclinó la cabeza, mirándola con simpatía—. ¿Y para después? ¿Qué le va a dar luego?</p>
<p>—Bueno. ¿Qué me sugiere, Sam?</p>
<p>El hombre echó una mirada a la tienda.</p>
<p>—¿Qué le parece una buena porción de pastel de queso? Sé que le gusta a Patrick.</p>
<p>—Magnífico —dijo ella—, le encanta.</p>
<p>Cuando todo estuvo empaquetado y pagado, sonrió agradablemente y dijo:</p>
<p>—Gracias, Sam. Buenas noches.</p>
<p>Ahora, se decía a sí misma al regresar, iba a reunirse con su marido, que la estaría esperando para cenar; y debía cocinar bien y hacer comida sabrosa porque su marido estaría cansado; y si cuando entrara en la casa encontraba algo raro, trágico o terrible, sería un golpe para ella y se volvería histérica de dolor y de miedo. ¿Es que no lo entienden? Ella no <em>esperaba </em>encontrar nada. Simplemente era la señora Maloney que volvía a casa con las verduras un jueves por la tarde para preparar la cena a su marido.</p>
<p>«Eso es —se dijo a sí misma—, hazlo todo bien y con naturalidad. Si se hacen las cosas de esta manera, no habrá necesidad de fingir.»</p>
<p>Por lo tanto, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba canturreando una cancioncilla y sonriendo.</p>
<p>—¡Patrick! —llamó—, ¿dónde estás, querido? Puso el paquete sobre la mesa y entró en el cuarto de estar. Cuando le vio en el suelo, con las piernas dobladas y uno de los brazos debajo del cuerpo, fue un verdadero golpe para ella.</p>
<p>Todo su amor y su deseo por él se despertaron en aquel momento. Corrió hacia su cuerpo, se arrodilló a su lado y empezó a llorar amargamente. Fue fácil, no tuvo que fingir.</p>
<p>Unos minutos más tarde, se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la jefatura de Policía, y cuando le contestaron al otro lado del hilo, ella gritó:</p>
<p>—¡Pronto! ¡Vengan en seguida! ¡Patrick ha muerto!</p>
<p>—¿Quién habla?</p>
<p>—La señora Maloney, la señora de Patrick Maloney.</p>
<p>—¿Quiere decir que Patrick Maloney ha muerto?</p>
<p>—Creo que sí —gimió ella—. Está tendido en el suelo y me parece que está muerto.</p>
<p>—Iremos en seguida —dijo el hombre.</p>
<p>El coche vino rápidamente. Mary abrió la puerta a los dos policías. Los reconoció a los dos en seguida —en realidad conocía a casi todos los del distrito— y se echó en los brazos de Jack Nooan, llorando histéricamente. El la llevó con cuidado a una silla y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O&#8217;Malley, el cual estaba arrodillado al lado del cuerpo inmóvil.</p>
<p>—¿Está muerto? —preguntó ella.</p>
<p>—Me temo que sí&#8230; ¿qué ha ocurrido?</p>
<p>Brevemente, le contó que había salido a la tienda de comestibles y al volver lo encontró tirado en el suelo. Mientras ella hablaba y lloraba, Nooan descubrió una pequeña herida de sangre cuajada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O&#8217;Malley y éste, levantándose, fue derecho al teléfono.</p>
<p>Pronto llegaron otros policías. Primero un médico, después dos detectives, a uno de los cuales conocía de nombre. Más tarde, un fotógrafo de la Policía que tomó algunos planos y otro hombre encargado de las huellas dactilares. Se oían cuchicheos por la habitación donde yacía el muerto y los detectives le hicieron muchas preguntas. No obstante, siempre la trataron con amabilidad.</p>
<p>Volvió a contar la historia otra vez, ahora desde el principio. Cuando Patrick llegó ella estaba cosiendo, y él se sintió tan fatigado que no quiso salir a cenar. Dijo que había puesto la carne en el horno —allí estaba, asándose— y se había marchado a la tienda de comestibles a comprar verduras. De vuelta lo había encontrado tendido en el suelo.</p>
<p>—¿A qué tienda ha ido usted? —preguntó uno de los detectives.</p>
<p>Se lo dijo, y entonces el detective se volvió y musitó algo en voz baja al otro detective, que salió inmediatamente a la calle.</p>
<p>«&#8230;, parecía normal&#8230;, muy contenta&#8230;, quería prepararle una buena cena&#8230;, guisantes&#8230;, pastel de queso&#8230;, imposible que ella&#8230;»</p>
<p>Transcurrido algún tiempo el fotógrafo y el médico se marcharon y los otros dos hombres entraron y se llevaron el cuerpo en una camilla. Después se fue el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives y los policías se quedaron. Fueron muy amables con ella; Jack Nooan le preguntó si no se iba a marchar a otro sitio, a casa de su hermana, quizá, o con su mujer, que cuidaría de ella y la acostaría.</p>
<p>—No —dijo ella.</p>
<p>No creía en la posibilidad de que pudiera moverse ni un solo metro en aquel momento. ¿Les importaría mucho que se quedara allí hasta que se encontrase mejor? Todavía estaba bajo los efectos de la impresión sufrida.</p>
<p>—Pero <em>¿no </em>sería mejor que se acostara un poco? —preguntó Jack Nooan.</p>
<p>—No —dijo ella.</p>
<p>Quería estar donde estaba, en esa silla. Un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se levantaría.</p>
<p>La dejaron mientras deambulaban por la casa, cumpliendo su misión. De vez en cuando uno de los detectives le hacía una pregunta. También Jack Nooan le hablaba cuando pasaba por su lado. Su marido, le dijo, había muerto de un golpe en la cabeza con un instrumento pesado, casi seguro una barra de hierro. Ahora buscaban el arma. El asesino podía habérsela llevado consigo, pero también cabía la posibilidad de que la hubiera tirado o escondido en alguna parte.</p>
<p>—Es la vieja historia —dijo él—, encontraremos el arma y tendremos al criminal.</p>
<p>Más tarde, uno de los detectives entró y se sentó a su lado.</p>
<p>—¿Hay algo en la casa que pueda haber servido como arma homicida? —le preguntó—. ¿Le importaría echar una mirada a ver si falta algo, un atizador, por ejemplo, o un jarrón de metal?</p>
<p>—No tenemos jarrones de metal —dijo ella.</p>
<p>—¿Y un atizador?</p>
<p>—No tenemos atizador, pero puede haber algo parecido en el garaje.</p>
<p>La búsqueda continuó.</p>
<p>Ella sabía que había otros policías rodeando la casa. Fuera, oía sus pisadas en la grava y a veces veía la luz de una linterna infiltrarse por las cortinas de la ventana. Empezaba a hacerse tarde, eran cerca de las nueve en el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que buscaban por las habitaciones empezaron a sentirse fatigados.</p>
<p>—Jack —dijo ella cuando el sargento Nooan pasó a su lado—, ¿me quiere servir una bebida?</p>
<p>—Sí, claro. ¿Quiere whisky?</p>
<p>—Sí, por favor, pero poco. Me hará sentir mejor. Le tendió el vaso.</p>
<p>—¿Por qué no se sirve usted otro? —dijo ella—; debe de estar muy cansado; por favor, hágalo, se ha portado muy bien conmigo.</p>
<p>—Bueno —contestó él—, no nos está permitido, pero puedo tomar un trago para seguir trabajando.</p>
<p>Uno a uno, fueron llegando los otros y bebieron whisky. Estaban un poco incómodos por la presencia de ella y trataban de consolarla con inútiles palabras.</p>
<p>El sargento Nooan, que rondaba por la cocina, salió y dijo:</p>
<p>—Oiga, señora Maloney. ¿Sabe que tiene el horno encendido y la carne dentro?</p>
<p>—¡Dios mío! —gritó ella—. ¡Es verdad!</p>
<p>—¿Quiere que vaya a apagarlo?</p>
<p>—¿Sería tan amable, Jack? Muchas gracias.</p>
<p>Cuando el sargento regresó por segunda vez lo miró con sus grandes y profundos ojos.</p>
<p>—Jack Nooan —dijo.</p>
<p>—¿Sí?</p>
<p>—¿Me harán un pequeño favor, usted y los otros?</p>
<p>—Si está en nuestras manos, señora Maloney&#8230;</p>
<p>—Bien —dijo ella—. Aquí están ustedes, todos buenos amigos de Patrick, tratando de encontrar al hombre que lo mató. Deben de estar hambrientos porque hace rato que ha pasado la hora de la cena, y sé que Patrick, que en gloria esté, nunca me perdonaría que estuviesen en su casa y no les ofreciera hospitalidad. ¿Por qué no se comen el cordero que está en el horno? Ya estará completamente asado.</p>
<p>—Ni pensarlo —dijo el sargento Nooan.</p>
<p>—Por favor —pidió ella—, por favor, cómanlo. Yo no voy a tocar nada de lo que había en la casa cuando él estaba aquí, pero ustedes sí pueden hacerlo. Me harían un favor si se lo comieran. Luego, pueden continuar su trabajo.</p>
<p>Los policías dudaron un poco, pero tenían hambre y al final decidieron ir a la cocina y cenar. La mujer se quedó donde estaba, oyéndolos a través de la puerta entreabierta. Hablaban entre sí a pesar de tener la boca llena de comida.</p>
<p>—¿Quieres más, Charlie?</p>
<p>—No, será mejor que no lo acabemos.</p>
<p>—Pero ella quiere que lo acabemos, eso fue lo que dijo. Le hacemos un favor.</p>
<p>—Bueno, dame un poco más.</p>
<p>—Debe de haber sido un instrumento terrible el que han usado para matar al pobre Patrick —decía uno de ellos—, el doctor dijo que tenía el cráneo hecho trizas.</p>
<p>—Por eso debería ser fácil de encontrar.</p>
<p>—Eso es lo que a mí me parece.</p>
<p>—Quienquiera que lo hiciera no iba a llevar una cosa así, tan pesada, más tiempo del necesario. Uno de ellos eructó:</p>
<p>—Mi opinión es que tiene que estar aquí, en la casa.</p>
<p>—Probablemente bajo nuestras propias narices. ¿Qué piensas tú, Jack?</p>
<p>En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.</p>
<p> </p>
<p>Roald Dahl</p>
<p style="text-align: left;">cuento publicado en “Relatos de lo inesperado”</p>
<p style="text-align: left;"><strong>(<em>Tales of the Unexpected</em>, 1979)</strong></p>
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		<title>Caridad</title>
		<link>http://www.cuentoscrueles.com/javier-perez/caridad/</link>
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		<pubDate>Sat, 07 Nov 2009 20:36:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Javier Pérez]]></category>
		<category><![CDATA[Malas intenciones]]></category>
		<category><![CDATA[Malas obras]]></category>
		<category><![CDATA[Putadas y jugarretas]]></category>

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		<description><![CDATA[     Cuando se ha vivido casi treinta años en la misma casa, poco hay más desolador que una mudanza, y no sólo por las paredes que quedan desnudas, como acusaciones de abandono de un espacio que reclamamos un día y reclama ahora a su vez nuestra protección, o por las pequeñas huellas de nuestra vida, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><img class="alignleft size-medium wp-image-90" style="margin: 10px;" title="002_1-ens-ng22310-1" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/002_1-ens-ng22310-1-300x194.jpg" alt="002_1-ens-ng22310-1" width="300" height="194" />     Cuando se ha vivido casi treinta años en la misma casa, poco hay más desolador que una mudanza, y no sólo por las paredes que quedan desnudas, como acusaciones de abandono de un espacio que reclamamos un día y reclama ahora a su vez nuestra protección, o por las pequeñas huellas de nuestra vida, y hasta los viejos olores, tan familiares, vencidos poco a poco, infatigablemente, por el eco y la humedad.</p>
<p style="text-align: justify;">            Lo peor de todo es desprenderse de todos esos pequeños objetos que hemos querido olvidar por falta de valor para arrojarlos a la basura: los billetes de avión de nuestros mejores viajes, un mechón de cabello de una antigua novia, nuestras primeras botas de fútbol o una desportillada amalgama de tebeos estropajosos que nosotros nunca volveremos a mirar y nuestros hijos esquivan con repugnancia. Decía Chesterton que tres mudanzas equivalen a un incendio, pero yo creo que las mudanzas son mucho peores, porque el incendio se lleva lo que quiere, mientras que cuando te vas de una casa eres tú el que debe acopiar firmeza para desprenderte voluntariamente de todas esas cosas.</p>
<p style="text-align: justify;">            En ese indeseable Juicio Final de los recuerdos que constituye toda mudanza, a veces florece también alguna satisfacción en forma de agenda con el teléfono de alguien con quien habíamos perdido contacto, o un fajo de fotos de los tiempos en que no regalaban álbumes con los revelados ni se guardaban cinco mil imágenes en un círculo de plástico.</p>
<p style="text-align: justify;">            En mi caso ni ese consuelo tuve, porque las viejas agendas estaban llenas de nombres emigrados, de amigos muertos en accidentes estúpidos o de malentendidos incomprensibles, arrumbados para siempre en el limbo de las extrañezas. Las fotos eran sólo una versión más viva y dolorosa de lo mismo. Sólo una de ellas me hizo sonreír, pero tan poca cosa bastó para redimir aquella tarde aciaga de patético emperador romano decidiendo con el pulgar sobre la vida o muerte de los objetos que habían lidiado en el circo de mi vida.</p>
<p style="text-align: justify;">            Se trataba de una foto en blanco y negro, de cuando yo tenía doce o trece años y jugaba en el equipo del fútbol del colegio.  Acababa de marcar un gol y me abrazaba Felipe, el capitán del equipo. Eso es lo que tienen las fotos cuando se separan de las personas a las que representan: que se prestan a mentir mejor que mil palabras. Por eso siempre me digo que esas instantáneas antiguas en las que aparecen familias enteras endomingadas mirando a la cámara con los ojos muy abiertos pueden haberse sacado diez minutos antes de una separación definitiva, o puede ser que uno de los niños que aparecen en ella sea en realidad el hijo del fotógrafo que sustituye para el libro de familia a un niño enfermo, o incluso a uno inexistente.</p>
<p style="text-align: justify;">            Las fotos no cuentan historias: somos nosotros los que las contamos, y cuando ya no estamos para hacerlo es mejor que las fotografías ardan o desaparezcan, no sea que surja el desaprensivo que invente sobre nosotros lo que nunca imaginamos. O peor aún, lo que no imaginaron los demás y nunca quisimos que se supiera.</p>
<p style="text-align: justify;">            En esta que encontré, como decía, aparecía vestido de futbolista y abrazado con Felipe. Si alguien la hubiese encontrado después de morir yo, de viejo o en el naufragio de un submarino, por ejemplo, hubiese pensado que había marcado un gol y que Felipe y yo éramos amigos.</p>
<p style="text-align: justify;">            Pues no. Y como no me he muerto, lo cuento.</p>
<p style="text-align: justify;">            Felipe era un perfecto hijo de puta que se burlaba de todos con bromas crueles y aprovechaba su corpulencia para repartir patadas y manotazos a cualquiera que discutiese su autoridad. Normalmente me consideraba una de sus víctimas favoritas, pero en aquel momento estaba contento porque yo acababa de meter un gol y me abrazaba.</p>
<p style="text-align: justify;">            Más adelante, pocos meses después, tuve un encuentro serio con él por una broma que se pasó de la raya y de aquello resultó la nariz torcida que he lucido toda mi vida. Con Felipe no quedaba más remedio que aguantar las humillaciones o aguantar los golpes: la elección era sencilla. Recuerdo que cuando acabé el instituto para ir a la universidad, lo primero que pensé fue que no tendría que volver a verle, y me alegré más por eso que por la reválida recién aprobada.</p>
<p style="text-align: justify;">            Por suerte, así fue. Yo me marché a estudiar fuera y él empezó a trabajar mientras preparaba unas oposiciones que no exigían más titulación que el bachillerato. Ceo que quería ser policía, guardia civil o algo así, y todos los que lo conocíamos nos aterrorizábamos pensando lo que podía ser encontrárselo un día vestido de uniforme y con un arma al cinto. Un compañero común me dijo tiempo después que se había enfadado mucho porque le habían suspendido en la prueba psicotécnica y a mí me hizo gracia el asunto: era normal que a un energúmeno como aquel le encontrasen alguna pieza desquiciada si lo miraban un poco de cerca.</p>
<p style="text-align: justify;">            En diez o doce años no volví a saber nada más de él. La memoria tiene la virtud de borrar las heridas, los dolores y los miserables.</p>
<p style="text-align: justify;">            Luego supe que se metió en líos, no sé bien si de drogas, proxenetismo o de otro tipo, pero el caso es que hirió de gravedad a un hombre y pasó una temporada en la cárcel. No fue mucho tiempo, seis o siete meses, creo, pero cuando salió de prisión ya no era el mismo. Allí seguramente había aprendido que no era único, y que su viejo procedimiento para hacer vida social podía costar muy caro según con quien se tratara. Lo aprendió tarde, pero estoy seguro de que lo aprendió.</p>
<p style="text-align: justify;">            Después de salir de prisión tuvo dos o tres trabajos, todos en la construcción, pero como bebía más de la cuenta no tardaban en despedirlo. De ahí a quedarse en la calle mediaron solo unos cuantos años, los justos para que sus malos negocios y un par de traiciones de antiguos compinches le demostraran que estaba ya demasiado viejo para aquella clase de trapicheos.</p>
<p style="text-align: justify;">             Hace tres o cuatro años lo vi aquí en Madrid, en el metro de Tirso de Molina, tratando de protegerse de la lluvia y encendiendo una colilla. Lo llamé por su nombre y le estreché la mano, pero creo que no me reconoció.</p>
<p style="text-align: justify;">            Ahora, cada vez que paso por su lado le doy diez euros. ¿Por compasión?, ¿porque me apiado de él? Debería decir que sí, pero el caso es que se los doy para que no se le pase por la cabeza salir de su abandono y tratar de empezar una nueva vida en otro lado. Se los doy para clavarlo a su esquina, para que esté allí hasta que reviente.</p>
<p style="text-align: justify;">            A veces creo que los demás que le dan una monedas también lo conocen y piensan lo mismo que yo.</p>
<p style="text-align: justify;">            En cuanto a la foto, pensé romperla, pero al final preferí tirarla por la ventana para que la calle acabase con ella a su manera.</p>
<p style="text-align: justify;">            Simbolismos o vudús de cada cual.</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://www.javier-perez.es">www.javier-perez.es</a></p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://www.columnasdeprensa.com">www.columnasdeprensa.com</a></p>
<p style="text-align: justify;">Este cuento es propiedad del Ayuntamiento de Lasarte Oria.</p>
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