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	<title>CUENTOS CRUELES &#187; Malas obras</title>
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	<description>Cuentos para pensar. Cuentos de miedo. Relatos malvados. Historias malignas. Narrativa inteligente fuera de las normas morales.</description>
	<lastBuildDate>Wed, 28 Jul 2010 10:35:44 +0000</lastBuildDate>
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		<title>El espectro de la rosa</title>
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		<pubDate>Wed, 28 Jul 2010 10:33:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Javier Pérez]]></category>
		<category><![CDATA[Malas obras]]></category>

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		<description><![CDATA[Lo más fácil hubiese sido entregar las llaves a la empresa de mudanzas y esperar en Barcelona a que llegasen los muebles que había elegido para quedarme. Lo más fácil hubiese sido limitarse a trasladar lo poco que valía la pena y dejar que la empresa de limpiezas decidiera a qué basurero llevar el resto.Todo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div><span lang="ES"><img class="alignleft size-medium wp-image-134" style="margin: 9px;" title="000dy8ww" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/000dy8ww-300x225.jpg" alt="000dy8ww" width="300" height="225" />Lo más fácil hubiese sido entregar las llaves a la empresa de mudanzas y esperar en Barcelona a que llegasen los muebles que había elegido para quedarme. Lo más fácil hubiese sido limitarse a trasladar lo poco que valía la pena y dejar que la empresa de limpiezas decidiera a qué basurero llevar el resto.</span><span lang="ES">Todo es más fácil que la sensatez.</span></div>
<p>Al final, aunque sabía que no podía llevarme conmigo los recuerdos de la tía Laura, ni su ropa almidonada, ni sus libros, no quería desprenderme de ellos sin un vistazo siquiera. Los pisos de hoy en día tienen que ser pequeños, pero su estrechez no ha de trasladarse obligatoriamente a los recuerdos que pueden acumularse en la gente que los habita. Precisamente por pequeños, los pisos actuales inducen a tener buena memoria, porque no es posible ya atesorar aquellos cachivaches que antes se arrumbaban en desvanes y rincones, imposibles de interpretar para quien no conociera exactamente su procedencia, o la razón sentimental por la que en su día no fueron directamente a parar al vertedero.</p>
<p>No podía llevarme los papeles, ni las lámparas, ni siquiera más de una docena de aquellos tapetes de ganchillo a los que la tía Laura había dedicado los últimos años de su vida. Pero podía, sentía que era mi deber, intentar comprender a aquella mujer hosca y malcarada que me había resuelto la hipoteca.</p>
<p>En cierto modo me había sorprendido que me designara en su testamento como heredero universal. Era más fácil pensar de ella que dejaría sus cosas y su dinero a alguna asociación filantrópica o a algún convento de monjas. Pero no: &#8220;dejo todos mis vienes a mi sobrino Eduardo. Si algo queda por arreglar, que él lo arregle, si quiere&#8221;. Así, sin más. Sin menos. Una casa en el pueblo, un par de viñas, cinco quiñones sueltos y noventa y dos mil euros.</p>
<p>Ni una palabra amable de toda su vida, ni siquiera por escrito y en el testamento. Pero me arreglaba la vida. Me daba un empujón justo cuando más lo necesitaba. Así era la tía Laura.</p>
<p>Las dos o tres veces que traté de entablar conversación con ella recibí sólo frases cortantes y respuestas vagas. No lo intenté más y eso era culpa mía: nadie que se tenga una mínima estima entrega su vida al primero que pasa. La tía Laura no se había abierto nunca a nadie: ni los más allegados conocían su más detalles de su vida que los que conocía todo el barrio. Solterona empedernida, devota sin misticismo, poco visitadora y menos amiga aún de ser visitada, rápida en la susceptibilidad e implacable con las pequeñas travesuras de los niños. Sin embargo, a pesar de su conocida tacañería, o precisamente por ella, le debía ahora la resolución de unos cuantos problemas económicos. El testamento era escueto: &#8220;Ahí te queda todo. Haz lo que quieras con ello. No mando que me digas misas, ni espero que me pongas flores. Haz lo que te dé la gana.&#8221;</p>
<p>Una última voluntad redactada en esos términos inducía a un hombre como yo a preguntarse si no hubiese valido la pena sentarse alguna vez más frente a ella y buscar algún pretexto para entablar una conversación que fuese más allá del tiempo, la salud y las pequeñas reparaciones de la casa. La tía Laura no daba facilidades, cierto, pero hubiese sido mi deber intentarlo. Un psicólogo es también psicólogo para eso. Pero los psicólogos somos los peores en estos casos: estamos acostumbrados a hablar con gente ansiosa por contar sus angustias y no tenemos ni idea de cómo enfrentarnos a un silencio obstinado.</p>
<p>A causa de aquel pequeño remordimiento había ido a la vieja casa familiar en lugar de esperar tranquilamente en Barcelona. Le debía un último intento de comprenderla, una pequeña investigación de su vida que la redimiese ante mis ojos con algo más que una buen cantidad de dinero. Aquella tarde, en su casa, me sentía como el policía que busca a toda costa una prueba para incriminar a otro, porque el único detenido que tiene es un pobre padre de familia, enfermo y cargado de deudas, y preferiría pensar que hay otro culpable, desconocido aún.</p>
<p>La tía Laura no había sido nunca amable, ni simpática, ni cariñosa conmigo, pero aunque sólo fuese por gratitud sentía la necesidad de absolverla. Por esa comezón dediqué la tarde a hurgar entre los papeles y las cosas de la tía Laura tratando de saber algo más de ella, intentando adivinar qué pasaba por su mente cuando sus ojos grises miraban la aguja sin verla. Estaba convencido de que el carácter hosco de la tía provenía con toda seguridad de algún tipo de desengaño, de algún resentimiento oculto. Su rostro siempre contraído parecía más que otra cosa una cicatriz moral, porque así son las cicatrices, que cobran diversas formas: en quien las asume se llaman experiencia; en quien no, sólo rencor y misantropía.</p>
<p>Como si me dispusiera a abrir un codicilo de su última voluntad, desaté las cintas que rodeaban la carpeta donde la tía Laura guardaba la correspondencia y fui echando un vistazo a la cartas de todas las épocas que allí se amontonaban.</p>
<p>Al caer la noche, aún no había terminado, pero había llegado ya al convencimiento de que aquellas cartas no eran más que pequeñas crónicas chismosas, intercambios de maledicencias, invitaciones y buenos deseos: escombros de fingimientos sociales, sobre todo.</p>
<p>En toda la carpeta no había nada personal. Ni una mínima coquetería, ni rastro de un beso traicionado en aquellas letras. Ni tampoco en las fotografías. Sólo parientes y alguna amiga. Nada más.</p>
<p>La tía Laura parecía no haber tenido más vida que la pública, más ocupación que sus clases de piano ni más entretenimiento que el café con pastas, la partida de cartas con otras solteronas como ella, y centenares de variaciones, permutaciones, combinaciones de todos los diseños posibles de tapetes de ganchillo.</p>
<p>Dispuesto ya a marcharme y apagar por última vez la luz de aquella casa, decidí elegir media docena de libros para que no todos pasaran a los estantes de la librerías de saldo.</p>
<p>Cogí una vieja edición de la Iliada, otra de los Viajes de Gulliver, Madame Bovary, Rojo y Negro y la Regenta. En este último libro, un tomo importante encuadernado en piel, noté que algo abultaba, y lo abrí.</p>
<p>Era una rosa, una rosa blanca absolutamente seca, prensada hacía décadas. Era la primera nota de ternura que encontraba en aquella casa rancia y polvorienta. Con manos torpes trate de cogerla y se me cayó al suelo, deshaciendose completamente.</p>
<p>En la página que le había servido de sepulcro había varias líneas subrayadas a lápiz, junto a las palabras &#8220;demasiado tarde&#8221;, escritas al margen con la inconfundible caligrafía redonda de la tía Laura.</p>
<p>Este era el párrafo subrayado:</p>
<p>&#8220;Sobre el platillo de la taza yacía medio puro apagado, cuya ceniza formaba repugnante amasijo impregnado del café frío derramado. Todo esto miraba la Regenta con pena, como si fuesen ruinas de un mundo. La insignificancia de aquellos objetos que contemplaba le partía el alma; se le figuraba que eran símbolo del universo, que era así, ceniza, frialdad, un cigarro abandonado a la mitad por el hastío del fumador. Además, pensaba en el marido incapaz de fumar un puro entero y de querer por entero a una mujer. Ella era también como aquel cigarro, una cosa que no había servido para uno y que ya no podía servir para otro&#8221;</p>
<p>Cuando acabé de leer aquello me agaché con un suspiro a recoger los fragmentos de la rosa para devolverlos al libro, y comprobé que sus pétalos estaban atravesados por largas marcas, como si alguien hubiera clavado las uñas a la rosa antes de dejarla en el libro.</p>
<p>Unas frases subrayadas en un clásico y aquellas cicatrices en un flor olvidada me hicieron comprender que al fin y al cabo era probable que sí hubiese una historia. No había ya manera de saber la causa por la que la tía Laura había clavado su uñas en aquella carne blanca, pero el espectro de la rosa había vuelto de otro tiempo a ofrecer un crispado testimonio de su dolor.</p>
<p>Tarde y cuando no servía ya de nada.</p>
<p>Como todos los fantasmas.</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;</p>
<p>&#8211;</p>
<p align="justify"> Segundo premio de narrativa San Fulgencio, Alicante.</p>
<p align="justify">Más sobre el autor en <a href="http://www.javier-perez.es">www.javier-perez.es</a></p>
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		<title>La Oveja negra</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Mar 2010 06:49:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Augusto Monterrosso]]></category>
		<category><![CDATA[Crueldades]]></category>
		<category><![CDATA[Humor negro]]></category>
		<category><![CDATA[Malas intenciones]]></category>
		<category><![CDATA[Malas obras]]></category>
		<category><![CDATA[Putadas y jugarretas]]></category>

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		<description><![CDATA[
En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra.
Fue fusilada.
Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.
Así, en los sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a name="oveja"></a></p>
<p>En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra.</p>
<p>Fue fusilada.</p>
<p>Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.</p>
<p>Así, en los sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.</p>
<p>Augusto Monterrosso</p>
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		<title>CORAZONES PERDIDOS</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Jan 2010 05:21:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[M.R. James]]></category>
		<category><![CDATA[Malas obras]]></category>

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		<description><![CDATA[Hasta donde recuerdo, fue en septiembre de 1811 cuando un carruaje se detuvo ante la puerta de Aswarby Hall en el corazón del condado de Lincolnshire. El niño, único pasajero, descendió de un salto si bien llegó y miró a su alrededor con un profundo interés, durante el corto intervalo que transcurrió entre el momento [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;"><img class="alignleft size-medium wp-image-36" style="margin: 10px;" title="fullmoon" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/fullmoon-300x169.jpg" alt="fullmoon" width="300" height="169" />Hasta donde recuerdo, fue en septiembre de 1811 cuando un carruaje se detuvo ante la puerta de Aswarby Hall en el corazón del condado de Lincolnshire. El niño, único pasajero, descendió de un salto si bien llegó y miró a su alrededor con un profundo interés, durante el corto intervalo que transcurrió entre el momento en que hizo sonar la campanilla y el instante en que se abrió la puerta. Lo que alcanzó a ver fue una casa de ladrillos alta y cuadrada construida en la época de la reina Ana, a la cual se había agregado un pórtico de pilares de piedra del estilo clásico puro de 1790; las ventanas de la casa eran numerosas, altas y angostas, con pequeños paneles y carpintería blanca y sólida. Completaba el frente una ventana circular. También logró ver un ala derecha y un ala izquierda que se conectaban con la construcción central por medio de extrañas galerías vidriadas. Allí se encontraban los establos y las oficinas de la casa. Cada ala estaba coronada por una cúpula decorativa con veletas doradas.</p>
<p style="text-align: left;">La luz crepuscular se reflejaba sobre el edificio de modo que los paneles de las ventanas brillaban como pequeñas fogatas. Frente a la mansión y algo retirado de ella se extendía un parque llano bordeado de robles y pinos, cuya silueta se recortaba contra el cielo. El reloj del campanario de la iglesia escondida entre los árboles al borde del parque, con la veleta iluminada por la luz, daba las seis y su dulce sonido lograba vencer al viento. La impresión que recibió el niño que se hallaba de pie en el pórtico esperando que le abriesen la puerta fue placentera, si bien a ésta se mezclaba ese tipo de melancolía propia de un atardecer de comienzos de otoño.</p>
<p style="text-align: left;">El carruaje lo había traído desde Warwickshire, donde vivía cuando quedara huérfano alrededor de seis meses atrás. Ahora venía a instalarse en Aswarby gracias al generoso ofrecimiento de su primo mayor, el señor Abney, que le había formulado dicha invitación para sorpresa de quienes lo conocían, pues todos sabían que era un ermitaño de costumbres algo austeras y que la llegada de un niño pequeño agregaría un elemento nuevo y aparentemente incongruente a la rutina metódica que caracterizaba sus días. En realidad, lo que sus vecinos sabían acerca de las ocupaciones o del temperamento del señor Abney era poco o nada. En cierta ocasión el profesor de griego de la Universidad de Cambridge había expresado que no existía alguien que supiera más sobre las creencias religiosas de los paganos que el dueño de Aswarby. Sin duda su biblioteca contenía todos los libros existentes sobre los Misterios, los poemas de Orfeo, el culto a Mitra y los neoplatónicos. En la antesala recubierta de mármol de su casona se erguía una escultura sumamente delicada de Mitras dando muerte a un toro, que el señor Abney había importado del Levante a un precio muy elevado y de la cual había enviado una descripción al <em>Gentleman&#8217;s Magazine, </em>además de escribir una serie de artículos notables para el <em>Cronical Museum </em>sobre las supersticiones de los romanos del Bajo Imperio. En suma, se lo consideraba un hombre que vivía para sus libros, y por lo tanto la sorpresa de quienes lo conocían se debía más al hecho de que se hubiese enterado de la existencia de su primo huérfano que a su decisión de invitarlo a vivir con él en Aswarby Hall.</p>
<p style="text-align: left;">Fuese como fuere la impresión que sus vecinos tenían de él, lo cierto era que el señor Abney –el alto, el delgado, el austero– parecía dispuesto a dar una cálida acogida a su joven primo. En el mismo momento en que se abrió la puerta de entrada, salió con prisa de su estudio frotándose las manos con un deleite anticipado.</p>
<p style="text-align: left;">–¿Cómo estás, hijo mío? ¿Cómo estás? ¿Cuántos años tienes? –le preguntó–. Es decir, eh&#8230;, espero que no estés demasiado cansado por el viaje como para no poder comer.</p>
<p style="text-align: left;">–No, señor, gracias –respondió el niño Elliott–, estoy perfectamente.</p>
<p style="text-align: left;">–Así me gusta –afirmó el señor Abney–. ¿Y cuántos años tienes, muchacho?</p>
<p style="text-align: left;">Resultaba un tanto extraño que hubiese formulado la pregunta dos veces en los primeros dos minutos de su encuentro.</p>
<p style="text-align: left;">–Cumpliré doce, señor –respondió Stephen.</p>
<p style="text-align: left;">–¿Y cuándo es tu cumpleaños, mi querido muchachito? El 11 de septiembre, ¿eh? Muy bien&#8230; Muy, pero, muy bien. Falta casi un año, ¿no es así? Me gusta –¡ja, ja!–. Me gusta registrar este tipo de datos en mi libro. Estás seguro de que cumplirás doce ¿no? Absolutamente seguro.</p>
<p style="text-align: left;">–Sí, por completo, señor.</p>
<p style="text-align: left;">–¡Bien, bien! Parkes, llévelo con la señora Bunch y que le sirva la merienda&#8230; o la cena, lo que sea.</p>
<p style="text-align: left;">–Sí, señor –respondió el formal señor Parkes; y condujo a Stephen al sector de servicio.</p>
<p style="text-align: left;">La señora Bunch era la persona más cálida y humana que Stephen había encontrado hasta ese momento en Aswarby. Lo hizo sentir perfectamente cómodo y al cabo de un cuarto de hora ambos se consideraban íntimos amigos, lo cual fueron durante el resto de sus vidas. La señora Bunch había nacido en el vecindario 55 años antes de la llegada del niño, y hacía 20 años que vivía con el señor Abney. Por lo tanto, si había alguien que sabía cómo era la vida en Aswarby y en los alrededores esa persona era la señora Bunch. Y por cierto disfrutaba mucho cuando tenía la oportunidad de dar cualquier información.</p>
<p style="text-align: left;">Por supuesto, había infinidad de detalles sobre la casa y el parque que, debido a su naturaleza aventurera y curiosa, Stephen deseaba saber. ¿Quién había construido el templo que se hallaba al final del camino de laureles? ¿Quién era ese señor que retrataba el cuadro colgado en las escaleras, sentado a una mesa con una calavera bajo la mano? Estas y otras preguntas recibían su correspondiente aclaración gracias al poderoso intelecto de la señora Bunch. Sin embargo, había otras cuestiones cuya respuesta resultaba muy poco satisfactoria.</p>
<p style="text-align: left;">Un atardecer del mes de noviembre Stephen se hallaba sentado junto al fuego en los aposentos de la señora Bunch, y reflexionaba acerca de la casa y sus alrededores.</p>
<p style="text-align: left;">–¿El señor Abney es un hombre bueno? ¿Irá al cielo? –preguntó de repente con la confianza absoluta que depositan los niños en la capacidad de los mayores para responder a este tipo de preguntas, en las cuales la decisión final recae en realidad en tribunales superiores.</p>
<p style="text-align: left;">–¿Bueno? ¡Por Dios, hijo! –repuso la señora Bunch–. ¡El señor es una de las personas más amables que he conocido jamás! ¿Nunca le he contado nada acerca del niño que recogió, que le dicen, de la calle, hace siete años? ¿Y de la niñita, dos años después de mi llegada?</p>
<p style="text-align: left;">–No. ¡Cuénteme sobre ellos, señora Bunch, ahora mismo!</p>
<p style="text-align: left;">–Bueno, en realidad de la niña no me acuerdo mucho. Lo que sé es que el señor la trajo a casa una vez después de una de sus caminatas y dio órdenes a la señora Ellis, el ama de llaves de entonces, como que tenían que cuidar mucho de ella. La pobrecita no tenía a nadie que la cuidara. Ella misma en persona me lo contó, y vivió aquí con nosotros algo así como tres semanas. Entonces, no sé si será porque tenía sangre gitana en las venas o qué,<em> </em>pero una mañana desapareció de su cama antes de que cualquiera de nosotros se despertase, y no he vuelto a saber nada de ella, nada, ni un rastro, desde entonces. El señor estaba sumamente molesto y ordenó que la buscaran en todos los lagos del parque; pero en mi opinión ella se fue con los gitanos, pues creí oír sus cantos durante alrededor de una hora la noche en que desapareció; y Parkes, él afirmó que les oyó llamando desde el bosque esa misma tarde. ¡Ay, Dios!&#8230; era una niña un poco rara, tan silenciosa y quietecita, pero a mí me conquistó, se acostumbró en seguida. Todo fue muy&#8230; sorprendente.</p>
<p style="text-align: left;">–¿Y qué pasó con el niño? –preguntó Stephen.</p>
<p style="text-align: left;">–¡Ay, el pobrecito! –suspiró la señora Bunch–. Era extranjero, se hacía llamar Jevanny y apareció un día de invierno tocando el organillo por el camino principal y resulta que el señor, en cuanto le vio, le ordenó entrar y le preguntó de dónde venía, y cuántos años tenía y cómo se ganaba la vida y dónde estaban sus familiares y estuvo muy amable con él. Pero a él le pasó lo mismo. Son todos así los extranjeros, todos indómitos, al menos eso creo, y partió una mañana igual que la niña Durante un año nos preguntamos por qué se había ido y qué le había pasado; pues no se llevó su organillo, que todavía está ahí sobre el estante.</p>
<p style="text-align: left;">El resto de la velada Stephen se dedicó a interrogar a la señora Bunch sobre temas sueltos y a tratar de arrancarle alguna que otra nota al organillo.</p>
<p style="text-align: left;">Esa noche tuvo un sueño extraño. Al final del corredor del piso superior, el de su habitación, había un viejo cuarto de baño en desuso que permanecía bajo llave. Sin embargo, la parte superior de la puerta tenía vidrio esmerilado y, como las cortinas de muselina habían desaparecido, se podía mirar a través de ella y ver la bañera con bordes de plomo fijada a la pared del lado derecho, con la cabecera hacia la ventana.</p>
<p style="text-align: left;">Esa noche el niño se encontró a sí mismo, según creyó, mirando a través del vidrio esmerilado. La Luna brillaba a través de la ventana, y él mantenía la mirada fija sobre una figura que yacía dentro de la bañera.</p>
<p style="text-align: left;">La descripción de Stephen Elliott acerca de lo que había visto allí dentro me hizo evocar mi visita a las famosas bóvedas de la iglesia de San Michan en Dublín, las cuales poseen la espantosa cualidad de preservar cadáveres de la destrucción durante siglos. Se trataba de una figura indescriptiblemente delgada y patética de un color plomizo terroso, envuelta en lo que parecía ser una mortaja, con los finos labios retorcidos en una tenue sonrisa horrorosa y las manos firmemente apretadas sobre el corazón.</p>
<p style="text-align: left;">Cuando la figura lo vio, sus labios dejaron escapar un quejido casi imperceptible y distante y sus brazos comenzaron a moverse. El terror que produjo en el niño semejante visión lo impulsó a retroceder, y fue entonces cuando se dio cuenta de que se hallaba de pie sobre el frío piso de madera del corredor bajo la brillante luz de la Luna. Lo que hizo a continuación indica que poseía un valor poco común entre los niños de su edad, pues se dirigió hacia la puerta del cuarto de baño para confirmar si la figura que había visto en sueños en verdad se hallaba allí. No la encontró y regresó a la cama.</p>
<p style="text-align: left;">A la mañana siguiente la señora Bunch quedó muy impresionada por el relato, y hasta se apresuró a reponer la cortina de muselina en la puerta esmerilada del cuarto de baño. Además, el señor Abney, que escuchó la historia del niño durante el desayuno, demostró un gran interés en ella y tomó notas acerca del tema en lo que llamó «su libro».</p>
<p style="text-align: left;">El equinoccio de la primavera estaba próximo. A menudo el señor Abney recordaba a su joven primo que las personas de la antigüedad consideraban que esa época del año constituía un momento crítico para los jóvenes, por lo cual Stephen debía cuidarse y cerrar la ventana de su dormitorio por la noche. También agregó que Censorinus había escrito algunos comentarios valiosos al respecto. Y, a decir verdad, en ese tiempo se produjeron dos incidentes que impresionaron enormemente a Stephen.</p>
<p style="text-align: left;">El primero ocurrió después de una noche difícil y agobiante para el niño, a pesar de que no lograba recordar ninguna pesadilla en particular.</p>
<p style="text-align: left;">Durante la tarde siguiente la señora Bunch ocupaba su tiempo en zurcir el camisón de Stephen.</p>
<p style="text-align: left;">–¡Válgame Dios, niño Stephen! –estalló irritada–. ¿Cómo se las ha arreglado para rasgar su camisón de este modo, en jirones? ¡Mire qué trabajo nos da a nosotros, pobres sirvientes que tenemos que zurcir y remendar para usted!</p>
<p style="text-align: left;">Por cierto, en la prenda había una serie de cortes o tajos aparentemente injustificables que sin duda requerirían la labor de una costurera habilidosa para su arreglo. Se hallaban en el lado izquierdo del pecho: largos tajos paralelos de unos 15 centímetros, algunos de los cuales no habían llegado a agujerear la textura del lino. Stephen no se hallaba en condiciones de explicar su origen, y solamente estaba seguro de que no se encontraban allí la noche anterior.</p>
<p style="text-align: left;">–Señora Bunch –observó– son iguales a los rasguños que hay en la parte de afuera de la puerta de mi dormitorio; y estoy absolutamente seguro de que no tuve nada que ver con ellos.</p>
<p style="text-align: left;">La señora Bunch le echó una mirada atónita, luego cogió una vela y se retiré a toda prisa de la habitación. Se la oyó subir la escalera y a los pocos minutos se la vio regresar.</p>
<p style="text-align: left;">–Bueno, niño Stephen –murmuré–, no me explico cómo es posible que esos rasguños y marcas hayan llegado a esa puerta&#8230; son demasiado altos para ser obra de un gato o un perro, y ni qué decir de una rata: juraría que son como las uñas de un chino (como nos decía mi tío que estaba en el negocio del té a nosotras cuando estábamos todas juntas). Si yo fuera usted, no le diría nada al señor, niño Stephen, querido; y recuerde cerrar la puerta con llave cuando se vaya a la cama.</p>
<p style="text-align: left;">–Siempre lo hago, señora Bunch, en cuanto termino de decir mis oraciones.</p>
<p style="text-align: left;">–Oh, qué buen niño: jamás deje de rezar sus oraciones y entonces nadie le podrá hacer daño.</p>
<p style="text-align: left;">Acto seguido la señora Bunch se dedicó a remendar el camisón rasgado, con breves intervalos de meditación, hasta que llegó la hora de irse a la cama. Esto sucedió una noche de viernes en marzo de 1812.</p>
<p style="text-align: left;">La noche siguiente, el dúo que formaban Stephen y la señora Bunch se vio aumentado por la aparición repentina del señor Parkes, el mayordomo, quien normalmente se guardaba las cosas para sí mismo. Este no vio que Stephen estaba allí: más aún, se encontraba alterado y más lento para hablar que de costumbre.</p>
<p style="text-align: left;">–El señor puede ir por su propio vino, si quiere buscarlo por la noche –fue su primer comentario–. Si debo hacerlo yo voy de día o no voy, señora Bunch. No sé qué podrá ser lo que hay allí: lo más seguro es que se trate de ratas o que sea el viento que entra en la bodega, pero ya no estoy tan joven como antes y no puedo ocuparme de eso como solía hacerlo.</p>
<p style="text-align: left;">–Pero señor Parkes, usted sabe bien que no es usual que haya ratas en la casa.</p>
<p style="text-align: left;">–No lo niego, señora Bunch, pero muchas veces escuché el cuento que narran los hombres que trabajan en los muelles, acerca de una rata que habla. Nunca le presté atención, pero esta noche, si me hubiese agachado y acercado el oído a la puerta de la última bodega, estoy seguro de que habría podido oír lo que ellas decían.</p>
<p style="text-align: left;">–¡Vamos, señor Parkes, no tengo tiempo para esas bobadas.! Ratas que hablan en una bodega&#8230;</p>
<p style="text-align: left;">–Bueno, señora Bunch, no me apetece discutir con usted: lo único que digo es que si se anima a ir a la última bodega y apoya el oído sobre la puerta, verá que lo que afirmo es la pura verdad.</p>
<p style="text-align: left;">–¡Qué tonterías dice, señor Parkes, y no son cosas que los niños deban oír! Asustará al niño Stephen.</p>
<p style="text-align: left;">–¡Qué! ¿El niño Stephen? –exclamó Parkes al darse cuenta de la presencia del muchacho–. El niño Stephen sabe bien cuándo estoy bromeando con usted, señora Bunch.</p>
<p style="text-align: left;">En realidad el niño Stephen entendía las cosas demasiado bien como para creer lo que decía el señor Parkes. Le interesaba, pero no le agradaba la situación; y todas sus preguntas para conseguir que el mayordomo le hiciera un relato más detallado sobre sus experiencias en la bodega de los vinos, resultaron infructuosas.</p>
<p style="text-align: left;">Hemos arribado al 24 de marzo de 1812, que fue un día de curiosísimas experiencias para Stephen. Soplaba un viento ruidoso que envolvía a la mansión y al parque en un manto de inquietud, cuando el niño se detuvo ante el cerco que bordeaba la finca. Entonces miró hacia el parque y creyó ver algo semejante a una procesión interminable de personas invisibles que pasaban delante de él llevadas por la fuerza del viento, acosadas, sin ofrecer resistencia alguna y sin rumbo fijo, luchando en vano por detenerse, por asirse a algún objeto concreto y así interrumpir la marcha para ponerse nuevamente en contacto con el mundo de los seres vivos del cual habían formado parte. Ese día, después del almuerzo el señor Abney le propuso:</p>
<p style="text-align: left;">–Stephen, mi niño, ¿crees que podrías venir hoy a mi estudio alrededor de las once de la noche? Estaré ocupado hasta entonces, y deseo enseñarte algo que está relacionado con tu futuro y que es de suma importancia para ti. No debes mencionar el asunto ante la señora Bunch ni ante cualquier otra persona de la casa Y sería conveniente que te retiraras a tu habitación a la hora de costumbre.</p>
<p style="text-align: left;">Por fin sucedía algo excitante en la vida de Stephen: se le presentaba la oportunidad de permanecer despierto hasta las once de la noche. Cuando llegó el momento de ir a su dormitorio en el piso superior, el niño pasó por el estudio y echó una mirada fugaz hacia dentro. Vio allí un brasero que en otras ocasiones había observado en un ángulo de la estancia pero que ahora se hallaba frente al fuego, y también divisó un copón de plata antiguo lleno de vino tinto depositado sobre la mesa, cerca del cual había unas hojas de papel escritas. Stephen observó asimismo que el señor Abney esparcía sobre el brasero incienso que tomaba de una cajita plateada y redonda, al parecer sin reparar en la presencia del niño.</p>
<p style="text-align: left;">El viento había cesado, la noche era tranquila y la Luna llena brillaba en todo su esplendor. Cerca de las diez de la noche Stephen se encontraba de pie ante la ventana abierta de su dormitorio y contemplaba el campo. A pesar de que la noche era tranquila, los misteriosos habitantes del bosque distante iluminado por la Luna aún no se habían calmado. De tanto en tanto llegaban a sus oídos, desde la laguna, los extraños gemidos de los desesperados caminantes. Tal vez se tratase del chillido de alguna lechuza o de las aves acuáticas, pero en realidad no se parecía demasiado a ellas. ¿Acaso se estaban acercando? Ahora el sonido provenía del extremo más próximo de la laguna, y en los minutos siguientes le pareció que se hallaba muy cerca de allí, entre los arbustos. De pronto los ruidos cesaron, pero en el momento en que Stephen se disponía a cerrar la ventana y dedicarse a la lectura de <em>Robinson Crusoe, </em>divisó dos figuras de pie en la terraza de piedra ubicada a lo largo del jardín: parecían las figuras de un niño y una niña, uno al lado de la otra, que miraban hacia arriba en dirección a las ventanas. Había algo en la niña que le hizo recordar su sueño sobre la figura que yacía en la bañera. El niño le inspiré un terror aún más profundo.</p>
<p style="text-align: left;">Mientras la niña permanecía inmóvil, esbozando una sonrisa y con las manos entrelazadas a la altura del corazón, el niño, de aspecto delgado, cabello negro y ropaje rasgado, alzaba las manos en una actitud amenazante que revelaba algo semejante a una sed insaciable. La Luna iluminaba sus dedos casi traslúcidos, y Stephen observó que sus uñas eran de una longitud alarmante y que la luz brillaba a través de ellas. Con las manos levantadas de ese modo, la figura constituía la imagen misma del terror. Sobre el extremo izquierdo de su pecho había una herida abierta y negruzca. Fue entonces cuando esos gritos desolados y desgarradores que había oído durante toda esa tarde en los bosques de Aswarby perforaron el cerebro de Stephen, más que su oído. Luego, la espantosa pareja se trasladó suavemente y sin emitir sonido alguno por la terraza de piedra, y Stephen los perdió de vista.</p>
<p style="text-align: left;">A pesar de que sentía un temor inenarrable, resolvió coger la candela y bajar hasta el estudio del señor Aswarby, puesto que se aproximaba la hora de su cita. El estudio o biblioteca se encontraba en un extremo del corredor del frente y Stephen, urgido por el miedo, no tardó demasiado tiempo en llegar allí. Pero lo que no le resulté tan fácil fue entrar. Estaba seguro de que la puerta no se hallaba bajo llave, pues la misma estaba colocada del lado de afuera, como siempre. El niño golpeó la puerta en repetidas ocasiones sin obtener respuesta: el señor Abney estaba ocupado y hablaba. ¡Qué! ¿Por qué trataba de gritar? ¿Y por qué el grito se le ahogaba en la garganta? ¿Habría visto también él a esos misteriosos niños? Ahora todo era silencio&#8230; y la puerta cedió ante los empujones frenéticos y aterrados de Stephen.</p>
<p style="text-align: left;">Sobre la mesa del estudio del señor Abney se encontraron ciertos papeles que aclararon la situación a Stephen cuando tuvo edad para comprenderlos. Los conceptos más destacados eran los siguientes:</p>
<p style="text-align: left;">«Era una creencia fuertemente arraigada entre los antiguos, en cuya experiencia en estos asuntos confío plenamente pues la pude comprobar por mí mismo, que si se llevan a cabo ciertos procedimientos que a nosotros los modernos nos resultan algo brutales, se alcanza un fascinante conocimiento de las propias facultades espirituales. Por ejemplo, si un individuo absorbe la esencia personal de cierto número de sus congéneres, puede lograr un completo poder sobre las órdenes de seres espirituales que controlan las fuerzas elementales del universo.</p>
<p style="text-align: left;">»Está registrado que Simon Magus podía volar por los aires, tornarse invisible o tomar la forma que desease con la &#8220;ayuda&#8221; del alma de un joven al cual, según la expresión difamatoria del autor de las <em>Clementine Recognitions, </em>había &#8220;asesinado&#8221;. Más aún, gracias a los escritos sumamente detallados de Hermes Trismegistus he descubierto que se puede llegar a resultados igualmente felices por medio de la absorción de los corazones de tres seres humanos menores de 21 años. He dedicado los últimos 20 años de mi vida, en su mayoría, a comprobar la veracidad de dicha fórmula, eligiendo como <em>corpora vilia </em>de mi experimento a personas cuya ausencia no ocasionara una pérdida sensible a la sociedad. Di el primer paso al eliminar a Phoebe Stanley, una niña de extracción gitana, el 24 de marzo de 1792. El segundo fue un jovenzuelo italiano errante llamado Giovanni Paoli, la noche del 23 de marzo de 1805. La última &#8220;víctima&#8221;, para emplear un término que me resulta sumamente repugnante, ha de ser mi primo Stephen Elliott. Le he asignado la fecha del 24 de marzo de 1812.</p>
<p style="text-align: left;">»El método más adecuado para lograr la absorción es arrancarle el corazón en vida, reducirlo a cenizas y mezclarlo con medio litro de vino tinto, preferentemente Oporto. Es conveniente ocultar los cadáveres de los dos primeros individuos: un cuarto de baño en desuso o una bodega de vinos será lo más apropiado para tal fin. Es posible que la parte psíquica de fantasma, cause ciertas molestias. Pero un hombre de temperamento filosófico –el único tipo de hombre apto para estos experimentos– será poco proclive a dar importancia a los débiles esfuerzos de estos seres en su intento de vengarse de él. Me causa una enorme satisfacción poder vislumbrar ya la existencia tan prolongada y libre que me proporcionará el experimento, si es exitoso; no sólo me colocará lejos del alcance de la (supuesta) justicia humana, sino que también eliminará casi por completo la posibilidad de que me alcance la muerte misma.»</p>
<p style="text-align: left;">El señor Abney yacía sobre su silla, con la cabeza echada hacia atrás y el rostro transfigurado por la furia, el temor y el dolor mortal. El lado izquierdo de su cuerpo había sufrido una herida lacerante, a corazón abierto. No había sangre en sus manos, y sobre la mesa se veía un cuchillo largo totalmente limpio. Tal vez había sido una fiera salvaje la causante de sus heridas. La ventana del estudio se encontraba abierta y el médico forense opinó que el señor Abney había encontrado la muerte bajo las garras de una criatura salvaje. Pero cuando Stephen Elliott examinó los papeles que ya hemos mencionado llegó a una conclusión muy diferente.</p>
<p style="text-align: left;"> </p>
<p style="text-align: left;">M.R. James</p>
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		<title>Cordero asado.</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Dec 2009 21:39:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Humor negro]]></category>
		<category><![CDATA[Malas obras]]></category>
		<category><![CDATA[Putadas y jugarretas]]></category>
		<category><![CDATA[Roald Dahl]]></category>

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		<description><![CDATA[La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.
Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.
De vez en cuando echaba [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-medium wp-image-108" style="margin: 8px; border: black 1px solid;" title="corderomurcia" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/corderomurcia-300x240.jpg" alt="corderomurcia" width="300" height="240" />La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.</p>
<p>Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.</p>
<p>De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel —estaba en el sexto mes del embarazo— había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes.</p>
<p>Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradura.</p>
<p>Dejó a un lado la costura, se levantó y fue a su encuentro para darle un beso en cuanto entrara.</p>
<p>—¡Hola, querido! —dijo ella.</p>
<p>—¡Hola! —contestó él.</p>
<p>Ella le colgó el abrigo en el armario. Luego volvió y preparó las bebidas, una fuerte para él y otra más floja para ella; después se sentó de nuevo con la costura y su marido enfrente con el alto vaso de whisky entre las manos, moviéndolo de tal forma que los cubitos de hielo golpeaban contra las paredes del vaso. Para ella ésta era una hora maravillosa del día. Sabía que su esposo no quería hablar mucho antes de terminar la primera bebida, y a ella, por su parte, le gustaba sentarse silenciosamente, disfrutando de su compañía después de tantas horas de soledad. Le gustaba vivir con este hombre y sentir —como siente un bañista al calor del sol— la influencia que él irradiaba sobre ella cuando estaban juntos y solos. Le gustaba su manera de sentarse descuidadamente en una silla, su manera de abrir la puerta o de andar por la habitación a grandes zancadas. Le gustaba esa intensa mirada de sus ojos al fijarse en ella y la forma graciosa de su boca, especialmente cuando el cansancio no le dejaba hablar, hasta que el primer vaso de whisky le reanimaba un poco.</p>
<p>—¿Cansado, querido?</p>
<p>—Sí —respondió él—, estoy cansado.</p>
<p>Mientras hablaba, hizo una cosa extraña. Levantó el vaso y bebió su contenido de una sola vez aunque el vaso estaba a medio llenar.</p>
<p>Ella no lo vio, pero lo intuyó al oír el ruido que hacían los cubitos de hielo al volver a dejar él su vaso sobre la mesa. Luego se levantó lentamente para servirse otro vaso.</p>
<p>—Yo te lo serviré —dijo ella, levantándose.</p>
<p>—Siéntate —dijo él secamente.</p>
<p>Al volver observó que el vaso estaba medio lleno de un líquido ambarino.</p>
<p>—Querido, ¿quieres que te traiga las zapatillas? Le observó mientras él bebía el whisky.</p>
<p>—Creo que es una vergüenza para un policía que se va haciendo mayor, como tú, que le hagan andar todo el día —dijo ella.</p>
<p>El no contestó; Mary Maloney inclinó la cabeza de nuevo y continuó con su costura. Cada vez que él se llevaba el vaso a los labios se oía golpear los cubitos contra el cristal.</p>
<p>—Querido, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No he hecho cena porque es jueves.</p>
<p>—No —dijo él.</p>
<p>—Si estás demasiado cansado para comer fuera —continuó ella—, no es tarde para que lo digas. Hay carne y otras cosas en la nevera y te lo puedo servir aquí para que no tengas que moverte de la silla.</p>
<p>Sus ojos se volvieron hacia ella; Mary esperó una respuesta, una sonrisa, un signo de asentimiento al menos, pero él no hizo nada de esto.</p>
<p>—Bueno —agregó ella—, te sacaré queso y unas galletas.</p>
<p>—No quiero —dijo él.</p>
<p>Ella se movió impaciente en la silla, mirándole con sus grandes ojos.</p>
<p>—Debes cenar. Yo lo puedo preparar aquí, no me molesta hacerlo. Tengo chuletas de cerdo y cordero, lo que quieras, todo está en la nevera.</p>
<p>—No me apetece —dijo él.</p>
<p>—¡Pero querido! ¡Tienes que comer! Te lo sacaré y te lo comes, si te apetece.</p>
<p>Se levantó y puso la costura en la mesa, junto a la lámpara.</p>
<p>—Siéntate —dijo él—, siéntate sólo un momento. Desde aquel instante, ella empezó a sentirse atemorizada.</p>
<p>—Vamos —dijo él—, siéntate.</p>
<p>Se sentó de nuevo en su silla, mirándole todo el tiempo con sus grandes y asombrados ojos. El había acabado su segundo vaso y tenía los ojos bajos.</p>
<p>—Tengo algo que decirte.</p>
<p>—¿Qué es ello, querido? ¿Qué pasa?</p>
<p>El se había quedado completamente quieto y mantenía la cabeza agachada de tal forma que la luz de la lámpara le daba en la parte alta de la cara, dejándole la barbilla y la boca en la oscuridad.</p>
<p>—Lo que voy a decirte te va a trastornar un poco, me temo —dijo—, pero lo he pensado bien y he decidido que lo mejor que puedo hacer es decírtelo en seguida. Espero que no me lo reproches demasiado.</p>
<p>Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra.</p>
<p>—Eso es todo —añadió—, ya sé que es un mal momento para decírtelo, pero no hay otro modo de hacerlo. Naturalmente, te daré dinero y procuraré que estés bien cuidada. Pero no hay necesidad de armar un escándalo. No sería bueno para mi carrera.</p>
<p>Su primer impulso fue no creer una palabra de lo que él había dicho. Se le ocurrió que quizá él no había hablado, que era ella quien se lo había imaginado todo. Quizá si continuara su trabajo como si no hubiera oído nada, luego, cuando hubiera pasado algún tiempo, se encontraría con que nada había ocurrido.</p>
<p>—Prepararé la cena —dijo con voz ahogada.</p>
<p>Esta vez él no contestó.</p>
<p>Mary se levantó y cruzó la habitación. No sentía nada, excepto un poco de náuseas y mareo. Actuaba como un autómata. Bajó hasta la bodega, encendió la luz y metió la mano en el congelador, sacando el primer objeto que encontró. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que lo desenvolvió y lo miró de nuevo.</p>
<p>Era una pierna de cordero.</p>
<p>Muy bien, cenarían pierna de cordero. Subió con el cordero entre las manos y al entrar en el cuarto de estar encontró a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella.</p>
<p>Se detuvo.</p>
<p>—Por el amor de Dios —dijo él al oírla, sin volverse—, no hagas cena para mí. Voy a salir.</p>
<p>En aquel momento, Mary Maloney se acercó a él por detrás y sin pensarlo dos veces levantó la pierna de cordero congelada y le golpeó en la parte trasera de la cabeza tan fuerte como pudo. Fue como si le hubiera pegado con una barra de acero. Retrocedió un paso, esperando a ver qué pasaba, y lo gracioso fue que él quedó tambaleándose unos segundos antes de caer pesadamente en la alfombra.</p>
<p>La violencia del golpe, el ruido de la mesita al caer por haber sido empujada, la ayudaron a salir de su ensimismamiento.</p>
<p>Salió retrocediendo lentamente, sintiéndose fría y confusa, y se quedó por unos momentos mirando el cuerpo inmóvil de su marido, apretando entre sus dedos el ridículo pedazo de carne que había empleado para matarle.</p>
<p>«Bien —se dijo a sí misma—, ya lo has matado.»</p>
<p>Era extraordinario. Ahora lo veía claro. Empezó a pensar con rapidez. Como esposa de un detective, sabía cuál sería el castigo; de acuerdo. A ella le era indiferente. En realidad sería un descanso. Pero por otra parte. ¿Y el niño? ¿Qué decía la ley acerca de las asesinas que iban a tener un hijo? ¿Los mataban a los dos, madre e hijo? ¿Esperaban hasta el noveno mes? ¿Qué hacían?</p>
<p>Mary Maloney lo ignoraba y no estaba dispuesta a arriesgarse.</p>
<p>Llevó la carne a la cocina, la puso en el horno, encendió éste y la metió dentro. Luego se lavó las manos y subió a su habitación. Se sentó delante del espejo, arregló su cara, puso un poco de rojo en los labios y polvo en las mejillas. Intentó sonreír, pero le salió una mueca. Lo volvió a intentar.</p>
<p>—Hola, Sam —dijo en voz alta. La voz sonaba rara también.</p>
<p>—Quiero patatas, Sam, y también una lata de guisantes.</p>
<p>Eso estaba mejor. La sonrisa y la voz iban mejorando. Lo ensayó varias veces. Luego bajó, cogió el abrigo y salió a la calle por la puerta trasera del jardín.</p>
<p>Todavía no eran las seis y diez y había luz en las tiendas de comestibles.</p>
<p>—Hola, Sam —dijo sonriendo ampliamente al hombre que estaba detrás del mostrador.</p>
<p>—¡Oh, buenas noches, señora Maloney! ¿Cómo está?</p>
<p>—Muy bien, gracias. Quiero patatas, Sam, y una lata de guisantes.</p>
<p>El hombre se volvió de espaldas para alcanzar la lata de guisantes.</p>
<p>—Patrick dijo que estaba cansado y no quería cenar fuera esta noche —le dijo—. Siempre solemos salir los jueves y no tengo verduras en casa.</p>
<p>—¿Quiere carne, señora Maloney?</p>
<p>—No, tengo carne, gracias. Hay en la nevera una pierna de cordero.</p>
<p>—¡Oh!</p>
<p>—No me gusta asarlo cuando está congelado, pero voy a probar esta vez. ¿Usted cree que saldrá bien?</p>
<p>—Personalmente —dijo el tendero—, no creo que haya ninguna diferencia. ¿Quiere estas patatas de Idaho?</p>
<p>—¡Oh, sí, muy bien! Dos de ésas.</p>
<p>—¿Nada más? —El tendero inclinó la cabeza, mirándola con simpatía—. ¿Y para después? ¿Qué le va a dar luego?</p>
<p>—Bueno. ¿Qué me sugiere, Sam?</p>
<p>El hombre echó una mirada a la tienda.</p>
<p>—¿Qué le parece una buena porción de pastel de queso? Sé que le gusta a Patrick.</p>
<p>—Magnífico —dijo ella—, le encanta.</p>
<p>Cuando todo estuvo empaquetado y pagado, sonrió agradablemente y dijo:</p>
<p>—Gracias, Sam. Buenas noches.</p>
<p>Ahora, se decía a sí misma al regresar, iba a reunirse con su marido, que la estaría esperando para cenar; y debía cocinar bien y hacer comida sabrosa porque su marido estaría cansado; y si cuando entrara en la casa encontraba algo raro, trágico o terrible, sería un golpe para ella y se volvería histérica de dolor y de miedo. ¿Es que no lo entienden? Ella no <em>esperaba </em>encontrar nada. Simplemente era la señora Maloney que volvía a casa con las verduras un jueves por la tarde para preparar la cena a su marido.</p>
<p>«Eso es —se dijo a sí misma—, hazlo todo bien y con naturalidad. Si se hacen las cosas de esta manera, no habrá necesidad de fingir.»</p>
<p>Por lo tanto, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba canturreando una cancioncilla y sonriendo.</p>
<p>—¡Patrick! —llamó—, ¿dónde estás, querido? Puso el paquete sobre la mesa y entró en el cuarto de estar. Cuando le vio en el suelo, con las piernas dobladas y uno de los brazos debajo del cuerpo, fue un verdadero golpe para ella.</p>
<p>Todo su amor y su deseo por él se despertaron en aquel momento. Corrió hacia su cuerpo, se arrodilló a su lado y empezó a llorar amargamente. Fue fácil, no tuvo que fingir.</p>
<p>Unos minutos más tarde, se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la jefatura de Policía, y cuando le contestaron al otro lado del hilo, ella gritó:</p>
<p>—¡Pronto! ¡Vengan en seguida! ¡Patrick ha muerto!</p>
<p>—¿Quién habla?</p>
<p>—La señora Maloney, la señora de Patrick Maloney.</p>
<p>—¿Quiere decir que Patrick Maloney ha muerto?</p>
<p>—Creo que sí —gimió ella—. Está tendido en el suelo y me parece que está muerto.</p>
<p>—Iremos en seguida —dijo el hombre.</p>
<p>El coche vino rápidamente. Mary abrió la puerta a los dos policías. Los reconoció a los dos en seguida —en realidad conocía a casi todos los del distrito— y se echó en los brazos de Jack Nooan, llorando histéricamente. El la llevó con cuidado a una silla y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O&#8217;Malley, el cual estaba arrodillado al lado del cuerpo inmóvil.</p>
<p>—¿Está muerto? —preguntó ella.</p>
<p>—Me temo que sí&#8230; ¿qué ha ocurrido?</p>
<p>Brevemente, le contó que había salido a la tienda de comestibles y al volver lo encontró tirado en el suelo. Mientras ella hablaba y lloraba, Nooan descubrió una pequeña herida de sangre cuajada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O&#8217;Malley y éste, levantándose, fue derecho al teléfono.</p>
<p>Pronto llegaron otros policías. Primero un médico, después dos detectives, a uno de los cuales conocía de nombre. Más tarde, un fotógrafo de la Policía que tomó algunos planos y otro hombre encargado de las huellas dactilares. Se oían cuchicheos por la habitación donde yacía el muerto y los detectives le hicieron muchas preguntas. No obstante, siempre la trataron con amabilidad.</p>
<p>Volvió a contar la historia otra vez, ahora desde el principio. Cuando Patrick llegó ella estaba cosiendo, y él se sintió tan fatigado que no quiso salir a cenar. Dijo que había puesto la carne en el horno —allí estaba, asándose— y se había marchado a la tienda de comestibles a comprar verduras. De vuelta lo había encontrado tendido en el suelo.</p>
<p>—¿A qué tienda ha ido usted? —preguntó uno de los detectives.</p>
<p>Se lo dijo, y entonces el detective se volvió y musitó algo en voz baja al otro detective, que salió inmediatamente a la calle.</p>
<p>«&#8230;, parecía normal&#8230;, muy contenta&#8230;, quería prepararle una buena cena&#8230;, guisantes&#8230;, pastel de queso&#8230;, imposible que ella&#8230;»</p>
<p>Transcurrido algún tiempo el fotógrafo y el médico se marcharon y los otros dos hombres entraron y se llevaron el cuerpo en una camilla. Después se fue el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives y los policías se quedaron. Fueron muy amables con ella; Jack Nooan le preguntó si no se iba a marchar a otro sitio, a casa de su hermana, quizá, o con su mujer, que cuidaría de ella y la acostaría.</p>
<p>—No —dijo ella.</p>
<p>No creía en la posibilidad de que pudiera moverse ni un solo metro en aquel momento. ¿Les importaría mucho que se quedara allí hasta que se encontrase mejor? Todavía estaba bajo los efectos de la impresión sufrida.</p>
<p>—Pero <em>¿no </em>sería mejor que se acostara un poco? —preguntó Jack Nooan.</p>
<p>—No —dijo ella.</p>
<p>Quería estar donde estaba, en esa silla. Un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se levantaría.</p>
<p>La dejaron mientras deambulaban por la casa, cumpliendo su misión. De vez en cuando uno de los detectives le hacía una pregunta. También Jack Nooan le hablaba cuando pasaba por su lado. Su marido, le dijo, había muerto de un golpe en la cabeza con un instrumento pesado, casi seguro una barra de hierro. Ahora buscaban el arma. El asesino podía habérsela llevado consigo, pero también cabía la posibilidad de que la hubiera tirado o escondido en alguna parte.</p>
<p>—Es la vieja historia —dijo él—, encontraremos el arma y tendremos al criminal.</p>
<p>Más tarde, uno de los detectives entró y se sentó a su lado.</p>
<p>—¿Hay algo en la casa que pueda haber servido como arma homicida? —le preguntó—. ¿Le importaría echar una mirada a ver si falta algo, un atizador, por ejemplo, o un jarrón de metal?</p>
<p>—No tenemos jarrones de metal —dijo ella.</p>
<p>—¿Y un atizador?</p>
<p>—No tenemos atizador, pero puede haber algo parecido en el garaje.</p>
<p>La búsqueda continuó.</p>
<p>Ella sabía que había otros policías rodeando la casa. Fuera, oía sus pisadas en la grava y a veces veía la luz de una linterna infiltrarse por las cortinas de la ventana. Empezaba a hacerse tarde, eran cerca de las nueve en el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que buscaban por las habitaciones empezaron a sentirse fatigados.</p>
<p>—Jack —dijo ella cuando el sargento Nooan pasó a su lado—, ¿me quiere servir una bebida?</p>
<p>—Sí, claro. ¿Quiere whisky?</p>
<p>—Sí, por favor, pero poco. Me hará sentir mejor. Le tendió el vaso.</p>
<p>—¿Por qué no se sirve usted otro? —dijo ella—; debe de estar muy cansado; por favor, hágalo, se ha portado muy bien conmigo.</p>
<p>—Bueno —contestó él—, no nos está permitido, pero puedo tomar un trago para seguir trabajando.</p>
<p>Uno a uno, fueron llegando los otros y bebieron whisky. Estaban un poco incómodos por la presencia de ella y trataban de consolarla con inútiles palabras.</p>
<p>El sargento Nooan, que rondaba por la cocina, salió y dijo:</p>
<p>—Oiga, señora Maloney. ¿Sabe que tiene el horno encendido y la carne dentro?</p>
<p>—¡Dios mío! —gritó ella—. ¡Es verdad!</p>
<p>—¿Quiere que vaya a apagarlo?</p>
<p>—¿Sería tan amable, Jack? Muchas gracias.</p>
<p>Cuando el sargento regresó por segunda vez lo miró con sus grandes y profundos ojos.</p>
<p>—Jack Nooan —dijo.</p>
<p>—¿Sí?</p>
<p>—¿Me harán un pequeño favor, usted y los otros?</p>
<p>—Si está en nuestras manos, señora Maloney&#8230;</p>
<p>—Bien —dijo ella—. Aquí están ustedes, todos buenos amigos de Patrick, tratando de encontrar al hombre que lo mató. Deben de estar hambrientos porque hace rato que ha pasado la hora de la cena, y sé que Patrick, que en gloria esté, nunca me perdonaría que estuviesen en su casa y no les ofreciera hospitalidad. ¿Por qué no se comen el cordero que está en el horno? Ya estará completamente asado.</p>
<p>—Ni pensarlo —dijo el sargento Nooan.</p>
<p>—Por favor —pidió ella—, por favor, cómanlo. Yo no voy a tocar nada de lo que había en la casa cuando él estaba aquí, pero ustedes sí pueden hacerlo. Me harían un favor si se lo comieran. Luego, pueden continuar su trabajo.</p>
<p>Los policías dudaron un poco, pero tenían hambre y al final decidieron ir a la cocina y cenar. La mujer se quedó donde estaba, oyéndolos a través de la puerta entreabierta. Hablaban entre sí a pesar de tener la boca llena de comida.</p>
<p>—¿Quieres más, Charlie?</p>
<p>—No, será mejor que no lo acabemos.</p>
<p>—Pero ella quiere que lo acabemos, eso fue lo que dijo. Le hacemos un favor.</p>
<p>—Bueno, dame un poco más.</p>
<p>—Debe de haber sido un instrumento terrible el que han usado para matar al pobre Patrick —decía uno de ellos—, el doctor dijo que tenía el cráneo hecho trizas.</p>
<p>—Por eso debería ser fácil de encontrar.</p>
<p>—Eso es lo que a mí me parece.</p>
<p>—Quienquiera que lo hiciera no iba a llevar una cosa así, tan pesada, más tiempo del necesario. Uno de ellos eructó:</p>
<p>—Mi opinión es que tiene que estar aquí, en la casa.</p>
<p>—Probablemente bajo nuestras propias narices. ¿Qué piensas tú, Jack?</p>
<p>En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.</p>
<p> </p>
<p>Roald Dahl</p>
<p style="text-align: left;">cuento publicado en “Relatos de lo inesperado”</p>
<p style="text-align: left;"><strong>(<em>Tales of the Unexpected</em>, 1979)</strong></p>
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		<title>Caridad</title>
		<link>http://www.cuentoscrueles.com/javier-perez/caridad/</link>
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		<pubDate>Sat, 07 Nov 2009 20:36:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Javier Pérez]]></category>
		<category><![CDATA[Malas intenciones]]></category>
		<category><![CDATA[Malas obras]]></category>
		<category><![CDATA[Putadas y jugarretas]]></category>

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		<description><![CDATA[     Cuando se ha vivido casi treinta años en la misma casa, poco hay más desolador que una mudanza, y no sólo por las paredes que quedan desnudas, como acusaciones de abandono de un espacio que reclamamos un día y reclama ahora a su vez nuestra protección, o por las pequeñas huellas de nuestra vida, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><img class="alignleft size-medium wp-image-90" style="margin: 10px;" title="002_1-ens-ng22310-1" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/002_1-ens-ng22310-1-300x194.jpg" alt="002_1-ens-ng22310-1" width="300" height="194" />     Cuando se ha vivido casi treinta años en la misma casa, poco hay más desolador que una mudanza, y no sólo por las paredes que quedan desnudas, como acusaciones de abandono de un espacio que reclamamos un día y reclama ahora a su vez nuestra protección, o por las pequeñas huellas de nuestra vida, y hasta los viejos olores, tan familiares, vencidos poco a poco, infatigablemente, por el eco y la humedad.</p>
<p style="text-align: justify;">            Lo peor de todo es desprenderse de todos esos pequeños objetos que hemos querido olvidar por falta de valor para arrojarlos a la basura: los billetes de avión de nuestros mejores viajes, un mechón de cabello de una antigua novia, nuestras primeras botas de fútbol o una desportillada amalgama de tebeos estropajosos que nosotros nunca volveremos a mirar y nuestros hijos esquivan con repugnancia. Decía Chesterton que tres mudanzas equivalen a un incendio, pero yo creo que las mudanzas son mucho peores, porque el incendio se lleva lo que quiere, mientras que cuando te vas de una casa eres tú el que debe acopiar firmeza para desprenderte voluntariamente de todas esas cosas.</p>
<p style="text-align: justify;">            En ese indeseable Juicio Final de los recuerdos que constituye toda mudanza, a veces florece también alguna satisfacción en forma de agenda con el teléfono de alguien con quien habíamos perdido contacto, o un fajo de fotos de los tiempos en que no regalaban álbumes con los revelados ni se guardaban cinco mil imágenes en un círculo de plástico.</p>
<p style="text-align: justify;">            En mi caso ni ese consuelo tuve, porque las viejas agendas estaban llenas de nombres emigrados, de amigos muertos en accidentes estúpidos o de malentendidos incomprensibles, arrumbados para siempre en el limbo de las extrañezas. Las fotos eran sólo una versión más viva y dolorosa de lo mismo. Sólo una de ellas me hizo sonreír, pero tan poca cosa bastó para redimir aquella tarde aciaga de patético emperador romano decidiendo con el pulgar sobre la vida o muerte de los objetos que habían lidiado en el circo de mi vida.</p>
<p style="text-align: justify;">            Se trataba de una foto en blanco y negro, de cuando yo tenía doce o trece años y jugaba en el equipo del fútbol del colegio.  Acababa de marcar un gol y me abrazaba Felipe, el capitán del equipo. Eso es lo que tienen las fotos cuando se separan de las personas a las que representan: que se prestan a mentir mejor que mil palabras. Por eso siempre me digo que esas instantáneas antiguas en las que aparecen familias enteras endomingadas mirando a la cámara con los ojos muy abiertos pueden haberse sacado diez minutos antes de una separación definitiva, o puede ser que uno de los niños que aparecen en ella sea en realidad el hijo del fotógrafo que sustituye para el libro de familia a un niño enfermo, o incluso a uno inexistente.</p>
<p style="text-align: justify;">            Las fotos no cuentan historias: somos nosotros los que las contamos, y cuando ya no estamos para hacerlo es mejor que las fotografías ardan o desaparezcan, no sea que surja el desaprensivo que invente sobre nosotros lo que nunca imaginamos. O peor aún, lo que no imaginaron los demás y nunca quisimos que se supiera.</p>
<p style="text-align: justify;">            En esta que encontré, como decía, aparecía vestido de futbolista y abrazado con Felipe. Si alguien la hubiese encontrado después de morir yo, de viejo o en el naufragio de un submarino, por ejemplo, hubiese pensado que había marcado un gol y que Felipe y yo éramos amigos.</p>
<p style="text-align: justify;">            Pues no. Y como no me he muerto, lo cuento.</p>
<p style="text-align: justify;">            Felipe era un perfecto hijo de puta que se burlaba de todos con bromas crueles y aprovechaba su corpulencia para repartir patadas y manotazos a cualquiera que discutiese su autoridad. Normalmente me consideraba una de sus víctimas favoritas, pero en aquel momento estaba contento porque yo acababa de meter un gol y me abrazaba.</p>
<p style="text-align: justify;">            Más adelante, pocos meses después, tuve un encuentro serio con él por una broma que se pasó de la raya y de aquello resultó la nariz torcida que he lucido toda mi vida. Con Felipe no quedaba más remedio que aguantar las humillaciones o aguantar los golpes: la elección era sencilla. Recuerdo que cuando acabé el instituto para ir a la universidad, lo primero que pensé fue que no tendría que volver a verle, y me alegré más por eso que por la reválida recién aprobada.</p>
<p style="text-align: justify;">            Por suerte, así fue. Yo me marché a estudiar fuera y él empezó a trabajar mientras preparaba unas oposiciones que no exigían más titulación que el bachillerato. Ceo que quería ser policía, guardia civil o algo así, y todos los que lo conocíamos nos aterrorizábamos pensando lo que podía ser encontrárselo un día vestido de uniforme y con un arma al cinto. Un compañero común me dijo tiempo después que se había enfadado mucho porque le habían suspendido en la prueba psicotécnica y a mí me hizo gracia el asunto: era normal que a un energúmeno como aquel le encontrasen alguna pieza desquiciada si lo miraban un poco de cerca.</p>
<p style="text-align: justify;">            En diez o doce años no volví a saber nada más de él. La memoria tiene la virtud de borrar las heridas, los dolores y los miserables.</p>
<p style="text-align: justify;">            Luego supe que se metió en líos, no sé bien si de drogas, proxenetismo o de otro tipo, pero el caso es que hirió de gravedad a un hombre y pasó una temporada en la cárcel. No fue mucho tiempo, seis o siete meses, creo, pero cuando salió de prisión ya no era el mismo. Allí seguramente había aprendido que no era único, y que su viejo procedimiento para hacer vida social podía costar muy caro según con quien se tratara. Lo aprendió tarde, pero estoy seguro de que lo aprendió.</p>
<p style="text-align: justify;">            Después de salir de prisión tuvo dos o tres trabajos, todos en la construcción, pero como bebía más de la cuenta no tardaban en despedirlo. De ahí a quedarse en la calle mediaron solo unos cuantos años, los justos para que sus malos negocios y un par de traiciones de antiguos compinches le demostraran que estaba ya demasiado viejo para aquella clase de trapicheos.</p>
<p style="text-align: justify;">             Hace tres o cuatro años lo vi aquí en Madrid, en el metro de Tirso de Molina, tratando de protegerse de la lluvia y encendiendo una colilla. Lo llamé por su nombre y le estreché la mano, pero creo que no me reconoció.</p>
<p style="text-align: justify;">            Ahora, cada vez que paso por su lado le doy diez euros. ¿Por compasión?, ¿porque me apiado de él? Debería decir que sí, pero el caso es que se los doy para que no se le pase por la cabeza salir de su abandono y tratar de empezar una nueva vida en otro lado. Se los doy para clavarlo a su esquina, para que esté allí hasta que reviente.</p>
<p style="text-align: justify;">            A veces creo que los demás que le dan una monedas también lo conocen y piensan lo mismo que yo.</p>
<p style="text-align: justify;">            En cuanto a la foto, pensé romperla, pero al final preferí tirarla por la ventana para que la calle acabase con ella a su manera.</p>
<p style="text-align: justify;">            Simbolismos o vudús de cada cual.</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://www.javier-perez.es">www.javier-perez.es</a></p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://www.columnasdeprensa.com">www.columnasdeprensa.com</a></p>
<p style="text-align: justify;">Este cuento es propiedad del Ayuntamiento de Lasarte Oria.</p>
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		<title>Lo que hay que saber</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Nov 2009 20:52:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Javier Pérez]]></category>
		<category><![CDATA[Malas obras]]></category>

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		<description><![CDATA[Ya lo decía Quohelet: donde hay mucho conocimiento hay mucho dolor.
Y donde no, también. Eso olvidó añadir.
¿Es mejor saber o no saber?
Es mejor saber lo que hay que saber.
Saber, por ejemplo, que nuestro hijo tiene dos años, que está cada día más guapo y que ya dice algunas palabras. Saber que de pronto empieza a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a title="La dama del alba" href="http://www.ladamadelalba.com" target="_blank"><img class="alignleft size-full wp-image-10" style="margin: 15px; border: black 7px solid;" title="corazon" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/corazon1.jpg" alt="corazon" width="239" height="194" /></a>Ya lo decía Quohelet: donde hay mucho conocimiento hay mucho dolor.</p>
<p align="justify">Y donde no, también. Eso olvidó añadir.</p>
<p align="justify">¿Es mejor saber o no saber?</p>
<p align="justify">Es mejor saber lo que hay que saber.</p>
<p align="justify">Saber, por ejemplo, que nuestro hijo tiene dos años, que está cada día más guapo y que ya dice algunas palabras. Saber que de pronto empieza a comer peor que de costumbre y que parece que se ha puesto enfermo. Eso es saber algo importante.</p>
<p align="justify">Saber que después de recorrer centros y hospitales, de hacer análisis y más análisis, de ponerle todas las vacunas contra los virus infantiles de guardería, y de probar todos los remedios modernos y caseros de que nos han hablado, sigue enfermo.</p>
<p align="justify">Saber que hay que alegrarse cuando el pediatra decide al fin examinarlo a fondo, porque parece que no es una de esas enfermedades sin importancia que contraen los niños.</p>
<p align="justify">Saber llorar cuando te dice el médico que el niño tiene una cardiopatía congénita. Sabes que es grave. Sabes que puede ser incluso muy grave y palideces como si la piel fuese alérgica a la sangre.</p>
<p align="justify">Saber llorar y saber tener esperanza. Porque hay esperanza y hay que saber creer en ella, aunque sea escasa. Aprender a creer en algo: eso sí que es tarea difícil. Pero lo necesitas a toda costa y aprendes. Y crees con la furia de los conversos, con el fervor de los alcanzados por el rayo.</p>
<p align="justify">Saber que no responde al tratamiento. Que la enfermedad es grave, que el médico tuerce el gesto cuando revisa la analítica y la radióloga mira a otro lado cuando buscas su mirada, que el niño se seguirá apagando hasta encontrarlo frío un día en la cuna. Hay que saber eso.</p>
<p align="justify">Saberlo de veras es asumirlo. Saber es interiorizar, poner dentro lo que está fuera. Pero poner dentro algo así es como tragarse una granada de mano después de quitarle la anilla. Y sonriendo, además, porque no quieres que el niño te note nada. Te tragas la granada y dices<em> &#8220;mira qué rica la golosina que se ha comido papá&#8221;</em>.</p>
<p align="justify">Y finalmente lo sabes. Te ha costado, pero al fin lo sabes. Juegas con él sabiendo que cada día puede ser el último, y lo abrazas más de la cuenta, como si lo quisieras más porque se vaya a morir que si estuviera sano. Es una tontería, pero, ¿desde cuando los abrazos saben lógica?</p>
<p align="justify">Y te dicen que existe aún una esperanza.</p>
<p align="justify">Y entonces cambias el saber por el esperar. Si saber ya era difícil, esperar es tarea de héroes.</p>
<p align="justify">Porque se trata de esperar. Esperar que muera algún niño de su edad. De otro mal cualquiera. En un accidente de tráfico. En un accidente doméstico. De uno de esos tumores infantiles que se disgregan y subdividen a dos veces la velocidad de la luz. Lo que sea. Da igual.</p>
<p align="justify">Y te conviertes en un buitre esperando que se muera el hijo de otro y te quiera ceder un corazón. Y sabes que lo deseas. Te lo niegas. Pero sabes que es así.</p>
<p align="justify">Lo deseas.</p>
<p align="justify">Entonces es cuando sabes demasiado y quisieras ser un ignorante.</p>
<p align="justify">Pero pasa el tiempo y el corazón no llega. Maldices en voz baja porque no te atreves a quejarte de que no se muera otro niño.</p>
<p align="justify">Y entonces un día te enteras de que quizá no sea preciso esperar. Alguien te informa de un par de cosas que no deberías saber y te pones al corriente. Quisieras no saberlo, pero preguntas, y haces unas cuantas llamadas. No quieres saberlo pero crece la avidez de conocimiento.</p>
<p align="justify">Y sabes al fin que en algún lugar de Centroamérica te venden un corazón. Te horroriza pensar que se puedan vender esas cosas. Te parece espantoso mientras preguntas el precio aunque no lo quieres saber. Te dicen cuanto costaría con absoluta frialdad. Y lo puedes pagar.</p>
<p align="justify">Y sabes que los corazones de niños de dos años no crecen en los árboles como las manzanas. Ni son bulbos como las cebollas. Ni tubérculos como las patatas. Los corazones de niños de dos años crecen en niños de dos años, por supuesto, pero esa es una evidencia a la que no eres capaz de llegar. Lo intentas pero no puedes. No consigues saberlo.</p>
<p align="justify">Prefieres ser ignorante. Y creer que lo sacarán de la tierra con una azada. Llegas a creerlo. Lo crees de veras, con toda el alma. A veces incluso lo imaginas: un corazón palpitante saliendo de la tierra y un campesino moreno que te lo ofrece con una sonrisa reluciente.</p>
<p align="justify">Y compras el billete de avión convencido de que así es: saldrá de la tierra y lo sacarán con una azada. No puede ser de otro modo. Es impensable que sea de otro modo. No sería lógico.</p>
<p align="justify">Y pagas.</p>
<p align="justify">Y le hacen el trasplante a tu hijo en una clínica privada, aparentemente imposible en un sitio así. No puede existir tal cosa en semejante sitio, pero sí que es posible. Y sabes por qué es posible. Y prefieres no saberlo, pero pagas, y lo sabes.</p>
<p align="justify">Y estás un mes allí, casi dos. Y no miras a la gente. Y te dices que el menor de doce hermanos ha salvado del hambre a los otros once, pocos segundos antes de que se lo llevase el tifus. Un minuto antes de que lo atropellara un autobús. Justo cuando iba a destrozarlo un meteorito. Cualquier cosa te vale. Te vale lo que sea.</p>
<p align="justify">Y tu hijo te sonríe cuando vuelves a casa. Y con el ronroneo de los motores del avión se queda dormido. No puedes apartar los ojos de él mientras duerme.</p>
<p align="justify">Y sabes que has hecho lo que tenías que hacer.</p>
<p align="justify">Tu hijo está contigo y te sonríe: sabes lo que tienes que saber. Y te gustaría no saber más.</p>
<p align="justify">Sólo falta encontrar a quien te venda la ignorancia.</p>
<p align="justify">Sólo eso.</p>
<p align="justify"> </p>
<p align="justify"><a href="http://www.javier-perez.es">www.javier-perez.es</a></p>
<p align="justify"><a href="http://www.columnasdeprensa.com">www.columnasdeprensa.com</a></p>
<p align="justify"> </p>
<p align="justify">Este cuento fue ganador del Premio Anxel Fole de relatos 2006, y es propiedad del Excmo. Ayuntamiento de Lugo</p>
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