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	<title>CUENTOS CRUELES &#187; M.R. James</title>
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	<description>Cuentos para pensar. Cuentos de miedo. Relatos malvados. Historias malignas. Narrativa inteligente fuera de las normas morales.</description>
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		<title>Una advertencia a los curiosos</title>
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		<pubDate>Tue, 28 Sep 2010 10:42:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[M.R. James]]></category>
		<category><![CDATA[East Anglia]]></category>
		<category><![CDATA[Henry Long]]></category>
		<category><![CDATA[Nathaniel Ager]]></category>
		<category><![CDATA[William Ager]]></category>

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		<description><![CDATA[ Trasladaré al lector, si me lo permite, a un sitio de la costa oriental llamado Seaburgh. Hoy no es muy diferente de lo que era, según recuerdo cuando yo era niño. Hacía el sur, ciénagas interrumpidas por malecones, que evocan los primeros capítulos de Grandes ilusionen de Charles Dickens; hacia el norte, una chata planicie [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-medium wp-image-143" style="margin: 8px;" title="12" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/12-300x184.gif" alt="12" width="300" height="184" /> Trasladaré al lector, si me lo permite, a un sitio de la costa oriental llamado Seaburgh. Hoy no es muy diferente de lo que era, según recuerdo cuando yo era niño. Hacía el sur, ciénagas interrumpidas por malecones, que evocan los primeros capítulos de <em>Grandes ilusionen </em>de Charles Dickens; hacia el norte, una chata planicie con hirsutos brezales; brezales, abetos, y ante todo, tierra adentro, aulagas. Una larga costa playera y una calle: detrás, una vasta iglesia de pedernal, con una ancha y sólida torre occidental y el repique de seis campanas. Con qué nitidez evoco su tañido en un tórrido domingo de agosto, mientras ascendíamos con lentitud el blanco y polvoriento camino que nos guiaba hacia ellas, pues la iglesia se yergue en la cima de una breve y escarpada cuesta. En esos días de calor las campanas emitían un sonido seco, que se ablandaba cuando se suavizaba la atmósfera. A poca distancia, corría el ferrocarril hacia su pequeña estación terminal. Antes de llegar a la estación, había un molino de viento, blanco y alegre, y otro cerca de la playa de guijarros en el extremo sur de la ciudad, y aun otros hacia el norte, en terreno más alto. Había chalets de ladrillo rojo con techos de pizarra&#8230; ¿pero por qué he de importunar al lector con semejantes detalles triviales? Sucede que éstos se congregan en la punta de la pluma apenas se comienza a escribir acerca de Seaburgh. Quisiera estar seguro de haber dejado que se deslizaran en el papel los más importantes. Aunque, de todos modos, aún no he concluido con mis descripciones.</p>
<p>Alejémonos del mar y de la ciudad, pasemos de largo la estación, y tomemos la ruta de la derecha. Es una ruta arenosa, paralela al ferrocarril, y si la seguimos, trepa a un terreno más alto. A nuestra izquierda (si vamos hacia el norte) hay brezales, a nuestra derecha (el lado que da al mar) hay una hilera de viejos abetos, azotados por el viento, espesos en la punta, con esa comba que caracteriza a los viejos árboles costeros; basta verlos en el horizonte, desde el tren, para advertir en el acto la proximidad, si uno la ignora, de una costa ventosa. Pues bien, en la cima de mi pequeña colina, una fila de estos abetos gira bruscamente hacia el mar, pues hay un risco que sigue esa dirección; y el risco culmina en un macizo promontorio que señorea los ásperos pastizales, coronado por una pequeña diadema de abetos. Y aquí podemos sentarnos, en un cálido día de primavera, y gozar del espectáculo del mar azul, de los blancos molinos, de los rojos chalets, de la verde hierba resplandeciente, de la torre de la iglesia, de la distante torre de piedra del sur.</p>
<p>Según he dicho, tuve un primer contacto con Seaburgh cuando niño; pero un lapso de múltiples años separa ese temprano conocimiento del más reciente. Aún perdura, no obstante, el lugar que supo ganar en mi afecto, y toda historia de allí que pueda recoger tiene para mí cierto interés. Ésta es una de ellas: la conocí en un sitio muy alejado de Seaburgh, y en forma totalmente accidental, a través de un hombre a quien tuve la posibilidad de favorecer, lo bastante, a su juicio, como para hacerme a tal punto su confidente.</p>
<p>Conozco más o menos toda esa comarca. (dijo). Yo solía ir a Seaburgh con mucha frecuencia para jugar al golf en primavera. Generalmente paraba en el <em>Bear, </em>con un amigo; se llamaba Henry Long, a lo mejor usted lo conoció (—Algo —repuse). Solíamos tomar una sala y allí lo pasábamos muy bien. Desde que él murió ya no me interesó ir más. Y no sé si debería interesarme, después de lo que nos pasó en nuestra última visita.</p>
<p>Fue en abril de 19. .; estábamos allí, y por alguna razón éramos los únicos huéspedes del hotel. Las salas comunes estaban, pues, desiertas, así que mucho nos asombró que, después de la cena, se abriera la puerta de nuestra sala y un joven introdujera la cabeza. Examinamos al joven. Era un sujeto anémico con aspecto de conejo —cabello claro y ojos claros— pero no desagradable. De modo que cuando dijo: &#8220;Disculpen. ¿Esta es una sala privada?&#8221;, no respondimos con un gruñido afirmativo, sino que Long (o yo, no tiene importancia) le contestó:</p>
<p>—Adelante por favor.</p>
<p>—¿De veras? —dijo él, y parecía aliviado.</p>
<p>Por supuesto, era obvio que necesitaba compañía; y como era una persona razonable —y no esa especie de individuo <em>capaz </em>de prodigarle a uno toda su crónica familiar— lo invitamos a sentirse como si estuviese en su casa.</p>
<p>—Apuesto a que las otras salas le parecen algo lóbregas —sugerí.</p>
<p>Así era; aunque realmente éramos tan gentiles, etcétera. Concluidos tales comentarios, simuló leer un libro. Long jugaba un solitario, yo escribía. En pocos minutos advertí que nuestro visitante estaba sumamente alterado, o nervioso, y lograba comunicármelo, de modo que dejé de escribir e intenté entablar conversación con él.</p>
<p>Después de ciertas observaciones que ya no recuerdo, se puso más bien confidencial.</p>
<p>—Ustedes lo juzgarán muy raro de mi parte —comenzó—, pero lo cierto es que tuve una conmoción.</p>
<p>En fin, recomendé una bebida estimulante, y la pedimos. La irrupción del camarero causó una interrupción (y juzgué que nuestro huésped se sobresaltaba en exceso al abrirse la puerta), pero el hombre no tardó en volver a sus confesiones. No conocía a nadie allí, y por casualidad sabía quiénes orarnos (resultó que teníamos un amigo común en la ciudad), y si no nos molestaba, necesitaba de veras un consejo. &#8220;En absoluto&#8221;, o &#8220;En modo alguno&#8221;, respondimos al unísono, mientras Long dejaba a un lado los naipes. Y prestamos atención al relato de sus dificultades.</p>
<p>—Todo comenzó —dijo— hace más de una semana, cuando yo iba en bicicleta hacia Froston, a sólo cinco o seis millas de aquí, para ver la iglesia; me interesa mucho la arquitectura, y ese templo tiene uno de esos hermosos pórticos con nichos y escudos. Tomé una fotografía, y entonces un viejo que limpiaba el camposanto se acercó y me preguntó si tenía interés en ver la iglesia. Le dije que sí y él sacó una llave y me dejó entrar. No había muchas cosas en su interior, pero le dije que era muy linda y que la mantenía muy limpia, &#8216;&#8221;aunque&#8221;, agregué, &#8220;el pórtico es lo mejor&#8221;. En ese preciso instante habíamos salido al pórtico, y él me dijo:</p>
<p>&#8220;—Ah, sí, es muy lindo; ¿y sabe usted, señor, qué significa ese escudo?</p>
<p>&#8220;Era uno de ésos con las tres coronas, y si bien no soy muy versado en heráldica, pude responder afirmativamente y señalarle que, a mi criterio, eran las armas del antiguo reino de East Anglia.</p>
<p>&#8220;—Correcto, señor —me dijo—. ¿Y sabe usted qué significan esas tres coronas?</p>
<p>&#8220;Dije no tener dudas de que debía ser algo conocido, pero que no podía recordar noticia alguna al respecto.</p>
<p>&#8220;—Pues bien —me dijo—, ya que usted es un estudioso, por esta vez le diré algo que no sabe. Esas son las tres coronas sagradas que se enterraron cerca de la costa para impedir que desembarcaran los germanos&#8230; ah, veo que usted no me cree. Pero le diré, si no fuera porque una de esas coronas todavía está allí, los alemanes nos hubiesen invadido una y otra vez, con sus barcos, y habrían matado a hombres, mujeres y niños mientras dormían. Vea, señor, lo que le digo es cierto; si no me cree a mí, pregúntele al párroco. Ahí viene: pregúntele a él, le digo.</p>
<p>&#8220;Vi que el párroco, un anciano de agradable aspecto, venía por un sendero; y antes de que pudiera persuadir a este hombre, ya un poco alterado, de que sí le creía, el párroco &#8220;nos abordó con estas palabras:</p>
<p>&#8220;—¿Qué pasa, John? Buen día, señor. ¿Estuvo usted mirando nuestra pequeña iglesia?</p>
<p>&#8220;Este principio de conversación indujo al anciano a calmarse, y entonces el párroco volvió a preguntarle qué pasaba.</p>
<p>&#8220;—Oh —dijo él—, no era nada. Sólo le contaba a este caballero que debía preguntarle a usted sobre las coronas sagradas.</p>
<p>&#8220;—Ah, sí, con toda seguridad —dijo el párroco—, es un asunto muy curioso, ¿verdad? Aunque ignoro si al caballero le interesan nuestras viejas historias.</p>
<p>&#8220;—Oh, se interesará enseguida —dijo el viejo—, confiará en cuanto usted le diga, señor. Caramba, si usted lo conoció en persona a William Ager, al padre y al hijo.</p>
<p>&#8220;Los interrumpí para declarar mi extremado interés, y poco después acompañaba por las calles del pueblo al párroco, que tenía que decir una o dos palabras a algunos de sus feligreses, y luego a la casa parroquial, donde me condujo a su estudio. Él había advertido, en ese trayecto, que yo podía interesarme seriamente en un relato folklórico, y que no era un mero curioso. Se mostró, pues, muy locuaz, y quizás es asombroso que la leyenda que me refirió permanezca inédita hasta ahora. La relató de este modo:</p>
<p>&#8220;—En esta comarca, siempre se creyó en las tres coronas sagradas. Los viejos dicen que fueron enterradas en sitios próximos a la costa, para alejar a los daneses, los francos o los germanos. Dicen que exhumaron una hace mucho tiempo, que otra desapareció ante los avances del mar, y que aún queda una que prosigue su labor y distrae a los invasores. Pues bien, si usted ha leído las guías e historias ordinarias de este condado, quizá recuerde que en 1687 una corona que, según decían, había pertenecido a Redwald, Rey de East Anglia, fue exhumada en Rendlesham y, ¡vea usted!, se disolvió antes de que la pudiesen describir o dibujar con exactitud. Bueno, Rendlesham no está en la costa, pero está cerca y se halla en una línea de acceso muy importante. Yo creo que esa es la corona a que alude la gente cuando dice que desenterraron una. No hace falta que le diga que hacia el sur había un palacio sajón que hoy yace bajo las aguas, ¿no? Bueno, ahí estaba la segunda corona, estoy seguro. A mucha distancia de las dos, dicen, está la tercera.</p>
<p>&#8220;—¿Y dicen dónde está? —le pregunté, naturalmente.</p>
<p>&#8220;—Sí, pero no lo cuentan a nadie —respondió, y su tono de voz me disuadió de formularle la pregunta obvia. En cambio, aguardé un instante y agregué:</p>
<p>&#8220;—¿A qué se refería el viejo cuando dijo que usted conocía a William Ager, como si eso tuviera algo que ver con las coronas?</p>
<p>&#8220;—Con toda seguridad —repuso— esa es otra historia curiosa. Los tales Ager (es un viejo nombre en la zona, aunque jamás descubrí que fueran nobles o terratenientes) dicen, o decían, que esa rama de su familia era la encargada de vigilar la última corona. El primero que conocí fue un tal Nathaniel Ager (yo nací y me crié cerca de aquí) que, tengo entendido, acampó en el lugar durante toda la guerra de 1870. William, su hijo, sé que hizo lo mismo durante la Guerra de Sudáfrica. Y el joven William, hijo de éste, muerto hace poco, se alojó en el chalet más cercano a ese punto, y sin duda aceleró su fin (era tísico) de tanto montar guardia a la intemperie durante la noche. Y él fue también el último de esa rama. Le resultaba muy triste pensar que era el último, pero nada podía hacer, pues los únicos parientes con que contaba estaban en las colonias. Él me pidió que les escribiera implorándoles que vinieran a causa de un asunto de suma importancia para la familia, pero no hubo respuesta. De modo que la última corona sagrada, si es que está allí, carece actualmente de guardián.</p>
<p>&#8220;Eso fue lo que contó el párroco, e imaginarán cuánto interés me despertó. Cuando lo dejé, no pensaba sino en cómo ubicar el sitio donde se suponía sepulta la corona. Ojalá lo hubiera dejado así.</p>
<p>&#8220;Pero todo parecía obra del destino, pues cuando pasé ante el muro del cementerio me llamó la atención una lápida muy nueva, y en ella estaba inscripto el nombre de William Ager. Por supuesto, me bajé de la bicicleta y la leí. Rezaba: «De esta parroquia, muerto en Seaburgh, 19. ., a los 28 años». Ahí estaba, según ven. Mediante ciertas preguntas sagaces donde correspondía, no tardaría en hallar al menos el chalet más cercano al lugar. Sólo que no sabía dónde correspondía comenzar con mis preguntas. Nuevamente intervino el destino: me condujo a la tienda de antigüedades que estaba en mi camino, donde adquirí algunos libros viejos y, verán ustedes, uno era un <em>Libro de oraciones </em>de 1740 y pico, con una encuadernación bastante bonita&#8230; iré a buscarlo, está en mi cuarto.&#8221;</p>
<p>Nos dejó algo sorprendidos, pero apenas habíamos cambiado un par de observaciones ya estuvo de vuelta, jadeante, y nos alcanzó el libro, abierto en la guarda, que, en una letra tosca, lucía esta inscripción:</p>
<p> </p>
<p>Nathaniel Ager es mi nombre e Inglaterra mi nación,</p>
<p>Seaburgh es mi morada y Jesús mi Salvación.</p>
<p>Cuando esté muerto en la tumba y estén mis huesos podridos</p>
<p>Que el Señor de mí se acuerde y me salve del olvido.</p>
<p> </p>
<p>Este poema estaba fechado en 1754, y había más firmas de los Ager, Nathaniel, Frederick, William, y así hasta William, 19. ..</p>
<p>—Ya ven —dijo—. Cualquiera habría bendecido su suerte. También yo, aunque no ahora. Por supuesto que le pregunté al comerciante por William Ager, y por supuesto que él casualmente recordó que éste había vivido en un chalet del North Field, donde había muerto. Así se me allanaba el camino. Sabía cuál debía ser el chalet: sólo hay uno en el lugar, de tamaño adecuado. Debía, a continuación, trabar conocimiento con la gente de la zona, hacia donde partí de inmediato. Un perro facilitó las cosas: me acosó con tal furia que debieron correrlo a golpes; luego, naturalmente, me pidieron disculpas y así empezamos a conversar. Me bastó traer a colación el nombre de Ager y simular que lo conocía, o que creía saber algo de él, para que la mujer comentara qué triste era que hubiese muerto tan joven, y que estaba segura de que todo se debía a las noches que pasaba a la intemperie con ese frío.</p>
<p>&#8220;—¿Salía a pasear junto al mar por las noches? —pregunté.</p>
<p>&#8220;—Oh, no —dijo ella—, iba hasta aquel promontorio con árboles.</p>
<p>&#8220;Y hacia allí me encaminé.</p>
<p>&#8220;Algo entiendo de cómo cavar en esos túmulos; cavé en buen número de ellos en los terrenos bajos. Pero eso lo hacía a plena luz, con permiso del propietario y con ayuda de otro hombre. Debía planearlo escrupulosamente antes de hincar la pala: no podía abrir una zanja a través del promontorio, y con esos viejos abetos sabía que habría raíces para entorpecer mi labor. El terreno, no obstante, era suave, arenoso y blando, y había una madriguera de conejo o algo así que podía ser convertida en una especie de túnel. Lo difícil sería salir y entrar al hotel a horas insólitas. En cuanto decidí cómo excavar informé a la gente que había recibido una invitación para esa noche, y la pasé allí. Hice mi túnel: no los aburriré con los detalles relativos a cómo lo apuntalé y cómo lo rellené al terminar, pero lo importante es que obtuve la corona&#8221;. Ambos, naturalmente, manifestamos nuestro asombro e interés. Yo, por ejemplo, no ignoraba el hallazgo de la corona en Rendlesham y siempre había lamentado su destino. Nadie ha visto jamás una corona anglosajona, al menos, nadie la <em>había </em>visto. Pero nuestro hombre nos miró con ojos contristados.</p>
<p>—Sí —dijo—, y lo peor es que no sé cómo devolverla.</p>
<p>—¿Devolverla? —exclamamos—. Pero, querido señor, ha hecho usted uno de los descubrimientos más notables de que se haya oído en esta región. Por supuesto que debería ir a la Cámara de las Joyas de la Torre de Londres. ¿Cuál es su dificultad? Si piensa usted en el propietario, en el hallazgo del tesoro, y toda esa cuestión, por cierto que hemos de ayudarlo. En un caso como éste, nadie se va a demorar en minucias técnicas.</p>
<p>Acaso le dijimos aún más, pero él, por toda respuesta, ocultó el rostro entre las manos y murmuró:</p>
<p>—No sé cómo devolverla.</p>
<p>—Espero que usted me disculpe —dijo al fin Long— por parecer impertinente, ¿pero está usted <em>totalmente </em>seguro de tenerla?</p>
<p>También era mi deseo formular esa pregunta, pues la historia, si uno reflexionaba en ella, parecía en realidad el sueño de un demente. Pero yo no me había atrevido a decir nada que pudiera herir los sentimientos del joven. Él, sin embargo, la recibió con absoluta calma, valdría decir, en verdad, con la calma de la desesperación. Dijo, incorporándose:</p>
<p>—Oh, sí, no hay duda alguna: la tengo en mi cuarto, encerrada en mi valija. Pueden venir a mirarla si quieren: no me ofreceré a traerla aquí.</p>
<p>No íbamos a desperdiciar la oportunidad. Lo acompañamos; su cuarto estaba a poca distancia. El camarero recogía los zapatos en el pasillo; al menos eso pensamos: después no estuvimos tan seguros. Nuestro interlocutor —se llamaba Paxton— estaba mucho más crispado que al llegar; se precipitó hacia su cuarto, nos hizo señas de que lo siguiéramos, encendió la luz y cerró la puerta con sumo cuidado. Abrió la valija y extrajo un bulto envuelto en pañuelos limpios, lo depositó sobre la cama y lo puso al descubierto. Ahora puedo decir que <em>he </em>visto una auténtica corona anglosajona. Era de plata —tal como decían que era la de Rendlesham—, con incrustaciones de gemas, tallas de suma antigüedad y camafeos, y era una obra de sencilla, casi rústica, artesanía. Era, en realidad, como las que se ven en monedas y manuscritos. No hallé razón alguna para juzgarla posterior al siglo ix. Yo tenía, por cierto, un gran interés, y anhelaba hacerla girar en mis manos, pero Paxton me contuvo.</p>
<p>—No la toque —me dijo—. Yo lo haré. Y con un suspiro francamente estremecedor, la alzó y la hizo girar para que apreciáramos todos sus detalles.</p>
<p>—¿Suficiente? —dijo al fin, y ambos asentimos. La envolvió, la guardó en su valija, y nos miró con un rostro aturdido.</p>
<p>—Vuelva a nuestra habitación —propuso Long—, y cuéntenos cuál es su problema. Nos lo agradeció y dijo:</p>
<p>—¿Por qué no salen primero para ver&#8230; si no hay moros en la costa?</p>
<p>Su alusión no era muy clara, pues nuestro proceder, después de todo, no tenía por qué despertar sospechas, y el hotel, según he dicho, estaba prácticamente vacío. No obstante, ya presentíamos&#8230; no sabíamos qué, y de todos modos los nervios son contagiosos. Salimos pues, asomándonos al abrir la puerta, e imaginándonos (descubrí que ambos lo imaginábamos) que una sombra, o algo más que una sombra —aunque no hacía ruido alguno—, se corría a un lado en cuanto irrumpimos en el pasillo.</p>
<p>—Adelante —le susurramos a Paxton (pues el susurro parecía el tono adecuado) y regresamos, con él entre nosotros, a nuestra habitación. Yo había resuelto, al llegar, manifestar mi embeleso por esa pieza única que acabábamos de contemplar, pero al verlo a Paxton advertí que era absolutamente inadecuado, y lo dejé hablar a él.</p>
<p>—¿Qué es lo que hay que hacer? —comenzó. Long creyó oportuno (según me lo explicó más tarde) ser obtuso, y sugirió:</p>
<p>—¿Por qué no localizar al propietario del lugar, e informar&#8230; ?</p>
<p>—¡Oh, no, no! —interrumpió Paxton con impaciencia—. Les ruego que me dispensen: han sido sumamente gentiles, pero parecen no advertir que hay que devolverla, y que yo no me atrevo a volver allí por la noche, y de día es imposible. Quizá no se dan cuenta: pues bien, lo cierto es que jamás he estado solo desde que la toqué.</p>
<p>Yo estaba a punto de intercalar algún comentario estúpido, pero Long me clavó los ojos y me contuve.</p>
<p>—Creo darme cuenta —dijo Long—, ¿pero quizá no le serviría de&#8230; alivio aclararnos un poco la situación?</p>
<p>Paxton, entonces, lo expuso todo: miró por encima del hombro y nos hizo señas de que nos acercáramos, y comenzó a hablar en voz muy baja; lo escuchamos, por cierto, con suma atención, y más tarde comparamos nuestras observaciones. Consigné nuestra versión, así que estoy seguro de reproducir cuanto nos contó, casi palabra por palabra. Este fue su relato:</p>
<p>—Comenzó cuando estaba haciendo mis planes, y me demoró una y otra vez. Siempre había alguien, un hombre, de pie junto a un abeto. Esto, durante el día. Jamás estaba frente a mí. Yo siempre lo veía con el rabillo del ojo, a la izquierda o a la derecha, pero él nunca estaba cuando lo miraba de frente. Yo solía echarme durante largo rato y hacer minuciosas observaciones, y asegurarme de que no había nadie, pero en cuanto me incorporaba para planear la excavación, ahí estaba otra vez. Además, comenzó a hacerme sugerencias, pues dondequiera que dejara ese <em>Libro de oraciones </em>(ya a punto de cerrarlo con sus broches, que fue al fin lo que hice), siempre que volvía a mi cuarto lo veía sobre la mesa, abierto en la guarda donde están los nombres, con una de mis navajas sobre él para mantenerlo abierto. Estoy seguro de que no puede abrir mi valija, sino algo más hubiera ocurrido. Ya ven, es débil y pequeño, pero no me atrevo a enfrentarlo. Pues bien, cuando comencé el túnel, por supuesto todo empeoró, y de no haber sido tan obstinado habría emprendido la fuga. Era como si alguien me rozara constantemente la espalda: al principio creí que era la tierra que me caía encima, pero a medida que me acercaba a la&#8230; corona, se hizo inequívoco. Y en cuanto la descubrí y la apresé con los dedos, hubo una suerte de alarido a mis espaldas&#8230; ¡oh, es imposible describir su desolación! Además era aterrador. Arruinó todo el placer de mi hallazgo&#8230; lo exterminó en ese instante. De no ser el imperdonable idiota que soy, habría dejado la cosa ahí y me habría marchado. Pero no lo hice. Lo que siguió fue atroz. Aún me faltaban varias horas para poder volver al hotel razonablemente. Primero rellené el túnel y cubrí mis huellas, y siempre estaba allí, tratando de confundirme. A veces uno lo ve y a veces no, según como él prefiera: está allí, pero ejerce cierto poder sobre nuestra visión. En fin, no dejé el lugar sino casi al alba, y debía ir a la estación y tomar el tren de regreso a Seaburgh. Y aunque ya casi era de día, no sé si mejoraba las cosas. Siempre había arbustos o matorrales o alambradas (algún escondrijo, quiero decir) y yo no estaba tranquilo por un segundo. Luego, cuando me crucé con gente que salía a trabajar, todos me miraban extrañados: acaso los sorprendía ver a alguien tan temprano; pero no me pareció que fuera sólo eso, ni me parece ahora: no me miraban exactamente a <em>mí. </em>Lo mismo sucedió con el mozo de cordel de la estación. Y el guarda mantuvo la portezuela abierta cuando subí, como si viniera alguien detrás de mí. Oh, les aseguro, que no es mi fantasía, no —dijo con una suerte de risa sofocada, y prosiguió—: Y aun si la devuelvo, no me perdonará: no me caben dudas. ¡Y pensar que hace quince días era tan feliz!</p>
<p>Se desplomó sobre una silla, y creo que empezó a llorar.</p>
<p>No sabíamos qué decir, pero de algún modo sentimos que debíamos acudir al rescate, de manera —parecía en verdad lo único que podía hacerse— que nos ofrecimos a ayudarlo en la devolución de la corona. Diré que además parecía lo mejor que podía hacerse. Si consecuencias tan espantosas se habían abatido sobre este pobre hombre, quizá fuera cierto que la corona poseía algún extraño poder para salvaguardar la costa. Al menos eso creía yo, y pienso que también Long. En todo caso, Paxton aceptó nuestra oferta. ¿Cuándo lo haríamos? Eran cerca de las diez y media. ¿Podíamos intentar salir del hotel a horas tardías, esa misma noche, sin desconcertar a los empleados? Miramos por la ventana: resplandecía la luna llena, la luna de Pascua. Long se encargó de enfrentar al camarero y disponerlo a nuestro favor, diciéndole que no nos demoraríamos en exceso, y que si nos resultaba grato el paseo y nos demorábamos, ya trataríamos de que su espera no redundara para él en una pérdida de tiempo. Bueno, éramos clientes regulares, jamás causábamos problemas, y la servidumbre tenía buena experiencia con nuestras propinas, de modo que el camarero <em>fue </em>dispuesto a nuestro favor: nos dejó salir y aguardó, según supimos más tarde, nuestra llegada. Paxton llevaba un enorme abrigo en el brazo, y debajo de él ocultaba la corona envuelta.</p>
<p>De tal forma, emprendimos nuestra extraña misión sin detenernos a considerar su extrema peculiaridad. Referí lo anterior con brevedad, para representar de algún modo la premura con que adoptamos un plan y lo pusimos en práctica.</p>
<p>—El camino más corto es subiendo la colina y atravesando el cementerio —dijo Paxton, cuando nos detuvimos un instante ante el hotel para echar un vistazo. No había nadie; ni un alma; fuera de temporada, Seaburgh es una zona pacífica, donde todos se retiran temprano.</p>
<p>—No podemos bordear el malecón vecino al chalet, a causa del perro —declaró Paxton cuando señalé que yo conocía un camino más corto, a lo largo de la playa y a través de dos predios. Su argumento era inobjetable. Fuimos por la carretera hasta la iglesia, y doblamos por la puerta del cementerio. Confieso que pensé que quizás alguno de los que yacían allí estuviera al tanto de nuestra empresa: pero si era así, también sabría que uno de los que estaban de su lado, por así decirlo, nos mantenía vigilados, de modo que no nos perturbaron. Pero sentíamos que nos estaban acechando, como jamás lo he sentido. Especialmente cuando atravesamos el cementerio y nos adentramos en un estrecho sendero entre altos setos, donde nos apresuramos tanto como Christian a través de ese Valle <a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftn1">*</a>; y así salimos a campo abierto. Luego cruzamos a lo largo de unos setos —aunque yo hubiera preferido estar al descubierto, donde podía ver si alguien nos seguía—, saltamos un par de portones, doblamos a la izquierda, y escalamos el risco que culminaba en ese túmulo.</p>
<p>Al acercarnos, Henry Long presentía, y también yo, que nos aguardaban lo que sólo sé llamar oscuras presencias, así como una mucho más concreta. Imposible describir la alteración entretanto padecida por Paxton: jadeaba como una fiera acosada, y ninguno de nosotros se atrevía a mirarlo al rostro. Cómo se las arreglaría en cuanto llegáramos al sitio en cuestión, ni siquiera lo habíamos pensado: él había dado a entender que no habría dificultades. No las hubo. Jamás vi a nadie lanzarse con tal ímpetu a un lugar como él a ese túmulo, donde cavó hasta que en pocos minutos su cuerpo se perdió de vista. Nos quedamos con el abrigo y el bulto de pañuelos, sin dejar de mirar —con mucho temor, he de confesarlo— alrededor de nosotros. Nada había a la vista; a nuestras espaldas, una hilera de abetos cerraba el horizonte; a media milla sobre la derecha más árboles y la torre de la iglesia; sobre la izquierda, chalets y un molino de viento; un mar calmo al frente; entre él y nosotros, apagados ladridos de un perro en un chalet próximo a un malecón resplandeciente. La luna llena abría en el mar ese sendero que todos conocemos; se oía, encima de nosotros, el eterno susurro de los abetos escoceses, y a lo lejos el del mar. Subyacía a semejante calma, no obstante, la acre y aguda conciencia de una contenida hostilidad, semejante a un perro sujeto con una correa que en cualquier momento pudiera quedar en libertad.</p>
<p>Paxton se asomó de la fosa y extendió una mano.</p>
<p>—Dénmela —susurró— sin la envoltura.</p>
<p>Quitamos los pañuelos y él tomó la corona. Un rayo de luna la hirió mientras él la aferraba. Jamás tocamos ese trozo de metal, y desde entonces he creído que fue lo mejor. Paxton no tardó en salir de la fosa y en rellenarla con manos casi sangrantes. Aun así, no aceptó nuestra ayuda, pues bastante ocupación era cuidar de que nadie se acercara. De todos modos (ignoro cómo) lo hizo muy bien. Al fin quedó satisfecho, v todos regresamos.</p>
<p>Estábamos a unas doscientas yardas de la colina cuando Long súbitamente le dijo:</p>
<p>—Caramba, usted olvidó su abrigo. No es conveniente. ¿Lo ve?</p>
<p>Y por cierto que lo veía: el largo abrigo oscuro tendido donde había estado el túnel. Paxton, sin embargo, no se detuvo: se limitó a menear la cabeza y a alzar el abrigo que tenía en el brazo. Y cuando lo alcanzamos dijo, sin énfasis alguno, como si ya nada le importara:</p>
<p>—Ese no era mi abrigo.</p>
<p>Y en realidad, cuando volvimos a mirar, ya no se veía ese objeto oscuro.</p>
<p>En fin, salimos a la carretera y regresamos rápidamente por allí. Llegamos bastante antes de las doce, tratando de demostrar cierta alegría y comentando, Long y yo, qué hermosa estaba la noche para pasear. El camarero nos esperaba, y con estas y otras edificantes observaciones entramos al hotel. Observó la playa antes de cerrar la puerta del frente, y preguntó:</p>
<p>—¿No se encontraron con mucha gente, verdad, señor?</p>
<p>—No, ni un alma, en realidad —respondí, y recuerdo la mirada que entonces me dirigió Paxton.</p>
<p>—Porque me pareció que alguien los seguía por la carretera —dijo el camarero—. De todos modos, ustedes tres iban juntos y no creo que tuviese malas intenciones.</p>
<p>No supe qué decir; Long se limitó a despedirse y todos nos fuimos arriba, no sin prometer que apagaríamos todas las luces y nos acostaríamos enseguida.</p>
<p>Ya en la habitación, hicimos lo posible por animar a Paxton.</p>
<p>—La corona ya ha sido devuelta —dijimos—; es muy probable que lo mejor hubiera sido que usted no la tocara —ante lo cual asintió enfáticamente—, pero no hubo ningún perjuicio real, y jamás revelaremos esto a nadie que pueda cometer la locura de acercársele. Además, ¿no se siente usted más tranquilo? No me importa confesar —declaré— que mientras íbamos me sentí muy inclinado a compartir su punto de vista con respecto a&#8230; a eso de ser seguidos; pero al volver, ya no era lo mismo, ¿no?</p>
<p>No, era inútil:</p>
<p>—<em>Ustedes </em>no tienen por qué inquietarse —dijo—, pero a mí no me han perdonado. Aún debo pagar por ese detestable sacrilegio. Ya sé lo que me dirán. La Iglesia puede ayudarme. Sí, pero es el cuerpo el que debe padecer. Es cierto que en este momento no siento que él me esté esperando allí afuera. Pero&#8230;</p>
<p>Se interrumpió. Se volvió a nosotros para agradecernos, y lo despedimos en cuanto fue posible. Naturalmente, lo invitamos a usar nuestra sala al otro día, y dijimos que estaríamos encantados de salir con él. ¿O<strong> </strong>quizá jugaba al golf? Sí, pero no pensaba que mañana le importara demasiado. Bueno, le recomendamos que se levantara tarde y que se quedara en nuestra habitación durante la mañana, mientras nosotros jugábamos, y luego podríamos salir a caminar. Manifestó calma y sumisión; estaba dispuesto a hacer lo que creyéramos más conveniente, pero, para sus adentros, estaba seguro de que no había forma de eludir o mitigar lo que sobrevendría. Me preguntará usted por qué no insistimos en acompañarlo hasta su casa o dejarlo a salvo a cargo de algún hermano o cosa por el estilo. El hecho es que no tenía a nadie. Disponía de un piso en la ciudad, pero últimamente se había decidido a trasladarse a Suecia, y había desmantelado su alojamiento y embarcado todas sus pertenencias, y quería dejar pasar dos o tres semanas antes de partir. De todos modos, nada mejor podíamos hacer que irnos a dormir —o a no dormir demasiado, como ocurrió en mi caso— y ver cómo nos sentíamos a la mañana próxima.</p>
<p>Nos sentíamos muy diferentes, Long y yo, en esa hermosa mañana de abril; y también Paxton tenía diferente aspecto cuando lo vimos en el desayuno.</p>
<p>—Al fin he pasado una noche más o menos decente —fue lo que dijo. Pero iba a proceder tal como habíamos convenido: se quedaría adentro toda la mañana y saldría con nosotros más tarde. Fuimos a los links; conocimos a otros caballeros, con quienes jugamos durante la mañana, y almorzamos allí más bien temprano, para no demorarnos. Pese a todo, las acechanzas de la muerte lo atraparon.</p>
<p>No sé si hubiera podido evitarse. Creo que de un modo u otro lo habría alcanzado, hiciéramos lo que hiciésemos. En todo caso, esto es lo que sucedió.</p>
<p>Fuimos directamente a nuestra habitación. Paxton estaba allí, leyendo plácidamente.</p>
<p>—¿Listo para salir? —preguntó Long—. Digamos en media hora.</p>
<p>—De acuerdo —respondió.</p>
<p>Dije que primero nos cambiaríamos, quizá nos daríamos un baño, y que pasaríamos a buscarlo en media hora. Me bañé y luego me tendí en la cama, donde dormí unos diez minutos. Dejamos nuestros cuartos simultáneamente, y nos dirigimos a nuestra sala. Paxton no estaba allí&#8230; sólo su libro. Tampoco estaba en su cuarto, ni en las salas de abajo. Lo llamamos a gritos. Salió una camarera y nos dijo:</p>
<p>—Caramba, pensé que ustedes ya habían salido, como el otro caballero. Oyó que ustedes lo llamaban desde aquel camino, y salió apresuradamente, pero yo miré por el ventanal y no los vi a ustedes. Sin embargo, bajó hacia la playa por aquel lado.</p>
<p>Y hacia aquel lado nos precipitamos sin decir palabra: era la dirección opuesta a la seguida en nuestra expedición nocturna. Aún no eran las cuatro, y había claridad, aunque no tanta como antes, de modo que no había razón alguna, digamos, para preocuparse: con gente alrededor, ningún hombre podía sufrir mucho daño.</p>
<p>Pero nuestra expresión ha de haber asombrado a la camarera, pues descendió por los escalones, señaló y dijo:</p>
<p>—Eso es, fue por ahí.</p>
<p>Corrimos hasta llegar a la orilla cubierta de ripio, y allí nos detuvimos. Estábamos ante una encrucijada: o bien íbamos por el lado de las casas, por la parte superior, o bien por la parte baja de la playa, por la arena que, como había bajado la marea, era bastante ancha. Por supuesto, también podíamos seguir por la franja de guijarros que las dividía y observar ambas partes, sólo que era harto más fatigosa. Elegimos la arena, que era el sitio más solitario, y donde alguien <em>podía </em>sufrir algún daño sin que lo vieran desde el sendero.</p>
<p>Long dijo que lo vio a Paxton a cierta distancia, mientras corría y agitaba el bastón, como si deseara hacerle señas a alguien que lo precedía. No pude estar seguro: una rápida niebla marina crecía desde el sur. Había alguien, no podía discernir otra cosa. Y en la arena había huellas de uno que corría con zapatos; las precedían otras —pues a veces los zapatos las pisoteaban y se mezclaban con ellas— de uno que iba descalzo. Por supuesto, sólo cuenta usted con mi palabra: Long ha muerto, no tuvimos tiempo de hacer ningún boceto o tomar moldes, y la siguiente marea lo borró todo. Lo único que pudimos hacer fue examinar las huellas apresuradamente, sin detenernos. Pero allí estaban, una y otra vez, y no nos quedó duda alguna de que veíamos rastros de pies descalzos, y por cierto bastante descarnados.</p>
<p>Era atroz que Paxton corriera detrás de algo semejante, confundiéndolo con los amigos que buscaba. Adivinará usted en qué pensábamos: esa criatura que él perseguía quizá se volviera bruscamente y quién sabe qué rostro le ofrecería, al principio apenas entrevisto en la niebla, que entretanto se espesaba cada vez más. Mientras corría, preguntándome cómo el desdichado podía haber dado en tomar a esa cosa por nosotros recordé lo que nos había dicho: &#8220;Ejerce cierto poder sobre nuestra visión&#8221;. Y entonces pensé cuál sería el fin, pues ya no abrigaba esperanzas de poder evitarlo y&#8230; bueno, no es imprescindible enumerar todos los pensamientos horribles y espantosos que me asediaron mientras corríamos a través de la neblina. Era siniestro, por lo demás, que el sol aún resplandeciera en el cielo y que no pudiésemos ver nada. Sólo sabíamos que habíamos pasado las casas y habíamos desembocado en la extensión que las separa de la vieja torre de piedra. Una vez que uno pasa la torre, sabe usted, no encuentra sino guijarros&#8230; ni una casa, ni un ser humano, sólo esa franja de tierra, o de piedras, mejor dicho, con el río a la derecha y el mar a la izquierda.</p>
<p>Pero justo antes, a un lado de la torre, usted recordará que hay una vieja fortaleza, pegada al mar. Creo que hoy no quedan sino unos bloques de concreto, pues el mar devoró el resto, pero en ese entonces, aunque el lugar ya era una ruina, estaba en mejores condiciones. Pues bien, llegamos allí, nos encaramamos a la cima con suma rapidez, para recobrar el aliento y contemplar la playa de guijarros, por si la niebla nos dejaba ver algo. Pero debíamos descansar un momento: habíamos corrido no menos de una milla. Nada veíamos, sin embargo, y ya nos disponíamos a proseguir una carrera sin esperanzas, cuando oímos lo que denominaré una carcajada; y si usted puede comprender a qué me refiero cuando digo una carcajada hueca y exánime, entenderá qué es lo que oímos, pero no creo que pueda. Venía de abajo, y se perdía en la niebla. Bastaba con ello. Nos inclinamos sobre el muro. Paxton estaba en el fondo.</p>
<p>Innecesario aclarar que estaba muerto. Sus huellas revelaban que había corrido al costado de la fortaleza, había doblado bruscamente en una de sus esquinas y, sin duda alguna, debía haberse precipitado en los brazos abiertos de alguien que lo aguardaba allí. Tenía la boca llena de piedras y arena, y los dientes y las mandíbulas destrozados. Sólo una vez le miré el rostro.</p>
<p>En ese mismo momento, mientras descendíamos de la fortaleza para ir a buscar el cadáver, oímos un grito, y vimos que un hombre bajaba de la torre. Era el cuidador destacado en ese lugar y sus viejos y penetrantes ojos habían logrado discernir a través de la niebla que algo no andaba bien. Había visto la caída .de Paxton, y segundos después, nuestro ascenso, lo cual fue una suerte, pues de otro modo difícilmente habríamos podido evitar que las sospechas recayeran sobre nosotros. ¿Había visto, le preguntamos, que alguien atacara a nuestro amigo? No estaba seguro.</p>
<p>Lo enviamos en busca de ayuda, y aguardamos junto al cadáver hasta que regresó con una camilla. Entonces examinamos cómo había llegado hasta allí, observando la estrecha franja de arena al pie del muro. El resto era canto rodado, y era absolutamente imposible decidir hacia dónde había huido el otro.</p>
<p>¿Qué declararíamos en la investigación? Sentíamos que era un deber no revelar, allí y entonces, el secreto de la corona para que lo publicaran todos los diarios. No sé cuánto hubiera dicho usted, pero el acuerdo al que llegamos nosotros fue el siguiente: decir que sólo habíamos conocido a Paxton el día anterior, y que él nos había confesado temer que un tal William Ager pusiera en peligro su vida. También, que habíamos visto otras huellas, además de la de Paxton, mientras lo seguíamos por la playa. Por supuesto, en ese momento el agua habría borrado todos los rastros.</p>
<p>Nadie, afortunadamente conocía a ningún William Ager que viviera en el distrito. El testimonio del hombre de la torre nos exoneró de toda sospecha. El único veredicto al que se pudo llegar fue el de asesinato premeditado, obra de &#8220;persona o personas desconocidas&#8221;.</p>
<p>A tal punto carecía Paxton de relaciones que toda investigación posterior culminó en un callejón sin salida. Yo, por mi parte, jamás volví a Seaburgh, o a sus cercanías, a partir de entonces.</p>
<p> </p>
<hr size="1" /><a href="http://www.cuentoscrueles.com/wp-admin/#_ftnref1">*</a> Christian (&#8221;Cristiano&#8221;) <em>es </em>el protagonista del <em>Pilgrim’s Progress, </em>la narración alegórica de John Bunyan (1628-1688).  La frase alude al pasaje en que Christian atraviesa el atribulado Valle de la Sombra de la Muerte. <em>(N.del.T.)</em></p>
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		<title>CORAZONES PERDIDOS</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Jan 2010 05:21:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[M.R. James]]></category>
		<category><![CDATA[Malas obras]]></category>
		<category><![CDATA[Aswarby Hall]]></category>
		<category><![CDATA[Clementine Recognitions]]></category>
		<category><![CDATA[La Luna]]></category>
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		<description><![CDATA[Hasta donde recuerdo, fue en septiembre de 1811 cuando un carruaje se detuvo ante la puerta de Aswarby Hall en el corazón del condado de Lincolnshire. El niño, único pasajero, descendió de un salto si bien llegó y miró a su alrededor con un profundo interés, durante el corto intervalo que transcurrió entre el momento [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;"><img class="alignleft size-medium wp-image-36" style="margin: 10px;" title="fullmoon" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/fullmoon-300x169.jpg" alt="fullmoon" width="300" height="169" />Hasta donde recuerdo, fue en septiembre de 1811 cuando un carruaje se detuvo ante la puerta de Aswarby Hall en el corazón del condado de Lincolnshire. El niño, único pasajero, descendió de un salto si bien llegó y miró a su alrededor con un profundo interés, durante el corto intervalo que transcurrió entre el momento en que hizo sonar la campanilla y el instante en que se abrió la puerta. Lo que alcanzó a ver fue una casa de ladrillos alta y cuadrada construida en la época de la reina Ana, a la cual se había agregado un pórtico de pilares de piedra del estilo clásico puro de 1790; las ventanas de la casa eran numerosas, altas y angostas, con pequeños paneles y carpintería blanca y sólida. Completaba el frente una ventana circular. También logró ver un ala derecha y un ala izquierda que se conectaban con la construcción central por medio de extrañas galerías vidriadas. Allí se encontraban los establos y las oficinas de la casa. Cada ala estaba coronada por una cúpula decorativa con veletas doradas.</p>
<p style="text-align: left;">La luz crepuscular se reflejaba sobre el edificio de modo que los paneles de las ventanas brillaban como pequeñas fogatas. Frente a la mansión y algo retirado de ella se extendía un parque llano bordeado de robles y pinos, cuya silueta se recortaba contra el cielo. El reloj del campanario de la iglesia escondida entre los árboles al borde del parque, con la veleta iluminada por la luz, daba las seis y su dulce sonido lograba vencer al viento. La impresión que recibió el niño que se hallaba de pie en el pórtico esperando que le abriesen la puerta fue placentera, si bien a ésta se mezclaba ese tipo de melancolía propia de un atardecer de comienzos de otoño.</p>
<p style="text-align: left;">El carruaje lo había traído desde Warwickshire, donde vivía cuando quedara huérfano alrededor de seis meses atrás. Ahora venía a instalarse en Aswarby gracias al generoso ofrecimiento de su primo mayor, el señor Abney, que le había formulado dicha invitación para sorpresa de quienes lo conocían, pues todos sabían que era un ermitaño de costumbres algo austeras y que la llegada de un niño pequeño agregaría un elemento nuevo y aparentemente incongruente a la rutina metódica que caracterizaba sus días. En realidad, lo que sus vecinos sabían acerca de las ocupaciones o del temperamento del señor Abney era poco o nada. En cierta ocasión el profesor de griego de la Universidad de Cambridge había expresado que no existía alguien que supiera más sobre las creencias religiosas de los paganos que el dueño de Aswarby. Sin duda su biblioteca contenía todos los libros existentes sobre los Misterios, los poemas de Orfeo, el culto a Mitra y los neoplatónicos. En la antesala recubierta de mármol de su casona se erguía una escultura sumamente delicada de Mitras dando muerte a un toro, que el señor Abney había importado del Levante a un precio muy elevado y de la cual había enviado una descripción al <em>Gentleman&#8217;s Magazine, </em>además de escribir una serie de artículos notables para el <em>Cronical Museum </em>sobre las supersticiones de los romanos del Bajo Imperio. En suma, se lo consideraba un hombre que vivía para sus libros, y por lo tanto la sorpresa de quienes lo conocían se debía más al hecho de que se hubiese enterado de la existencia de su primo huérfano que a su decisión de invitarlo a vivir con él en Aswarby Hall.</p>
<p style="text-align: left;">Fuese como fuere la impresión que sus vecinos tenían de él, lo cierto era que el señor Abney –el alto, el delgado, el austero– parecía dispuesto a dar una cálida acogida a su joven primo. En el mismo momento en que se abrió la puerta de entrada, salió con prisa de su estudio frotándose las manos con un deleite anticipado.</p>
<p style="text-align: left;">–¿Cómo estás, hijo mío? ¿Cómo estás? ¿Cuántos años tienes? –le preguntó–. Es decir, eh&#8230;, espero que no estés demasiado cansado por el viaje como para no poder comer.</p>
<p style="text-align: left;">–No, señor, gracias –respondió el niño Elliott–, estoy perfectamente.</p>
<p style="text-align: left;">–Así me gusta –afirmó el señor Abney–. ¿Y cuántos años tienes, muchacho?</p>
<p style="text-align: left;">Resultaba un tanto extraño que hubiese formulado la pregunta dos veces en los primeros dos minutos de su encuentro.</p>
<p style="text-align: left;">–Cumpliré doce, señor –respondió Stephen.</p>
<p style="text-align: left;">–¿Y cuándo es tu cumpleaños, mi querido muchachito? El 11 de septiembre, ¿eh? Muy bien&#8230; Muy, pero, muy bien. Falta casi un año, ¿no es así? Me gusta –¡ja, ja!–. Me gusta registrar este tipo de datos en mi libro. Estás seguro de que cumplirás doce ¿no? Absolutamente seguro.</p>
<p style="text-align: left;">–Sí, por completo, señor.</p>
<p style="text-align: left;">–¡Bien, bien! Parkes, llévelo con la señora Bunch y que le sirva la merienda&#8230; o la cena, lo que sea.</p>
<p style="text-align: left;">–Sí, señor –respondió el formal señor Parkes; y condujo a Stephen al sector de servicio.</p>
<p style="text-align: left;">La señora Bunch era la persona más cálida y humana que Stephen había encontrado hasta ese momento en Aswarby. Lo hizo sentir perfectamente cómodo y al cabo de un cuarto de hora ambos se consideraban íntimos amigos, lo cual fueron durante el resto de sus vidas. La señora Bunch había nacido en el vecindario 55 años antes de la llegada del niño, y hacía 20 años que vivía con el señor Abney. Por lo tanto, si había alguien que sabía cómo era la vida en Aswarby y en los alrededores esa persona era la señora Bunch. Y por cierto disfrutaba mucho cuando tenía la oportunidad de dar cualquier información.</p>
<p style="text-align: left;">Por supuesto, había infinidad de detalles sobre la casa y el parque que, debido a su naturaleza aventurera y curiosa, Stephen deseaba saber. ¿Quién había construido el templo que se hallaba al final del camino de laureles? ¿Quién era ese señor que retrataba el cuadro colgado en las escaleras, sentado a una mesa con una calavera bajo la mano? Estas y otras preguntas recibían su correspondiente aclaración gracias al poderoso intelecto de la señora Bunch. Sin embargo, había otras cuestiones cuya respuesta resultaba muy poco satisfactoria.</p>
<p style="text-align: left;">Un atardecer del mes de noviembre Stephen se hallaba sentado junto al fuego en los aposentos de la señora Bunch, y reflexionaba acerca de la casa y sus alrededores.</p>
<p style="text-align: left;">–¿El señor Abney es un hombre bueno? ¿Irá al cielo? –preguntó de repente con la confianza absoluta que depositan los niños en la capacidad de los mayores para responder a este tipo de preguntas, en las cuales la decisión final recae en realidad en tribunales superiores.</p>
<p style="text-align: left;">–¿Bueno? ¡Por Dios, hijo! –repuso la señora Bunch–. ¡El señor es una de las personas más amables que he conocido jamás! ¿Nunca le he contado nada acerca del niño que recogió, que le dicen, de la calle, hace siete años? ¿Y de la niñita, dos años después de mi llegada?</p>
<p style="text-align: left;">–No. ¡Cuénteme sobre ellos, señora Bunch, ahora mismo!</p>
<p style="text-align: left;">–Bueno, en realidad de la niña no me acuerdo mucho. Lo que sé es que el señor la trajo a casa una vez después de una de sus caminatas y dio órdenes a la señora Ellis, el ama de llaves de entonces, como que tenían que cuidar mucho de ella. La pobrecita no tenía a nadie que la cuidara. Ella misma en persona me lo contó, y vivió aquí con nosotros algo así como tres semanas. Entonces, no sé si será porque tenía sangre gitana en las venas o qué,<em> </em>pero una mañana desapareció de su cama antes de que cualquiera de nosotros se despertase, y no he vuelto a saber nada de ella, nada, ni un rastro, desde entonces. El señor estaba sumamente molesto y ordenó que la buscaran en todos los lagos del parque; pero en mi opinión ella se fue con los gitanos, pues creí oír sus cantos durante alrededor de una hora la noche en que desapareció; y Parkes, él afirmó que les oyó llamando desde el bosque esa misma tarde. ¡Ay, Dios!&#8230; era una niña un poco rara, tan silenciosa y quietecita, pero a mí me conquistó, se acostumbró en seguida. Todo fue muy&#8230; sorprendente.</p>
<p style="text-align: left;">–¿Y qué pasó con el niño? –preguntó Stephen.</p>
<p style="text-align: left;">–¡Ay, el pobrecito! –suspiró la señora Bunch–. Era extranjero, se hacía llamar Jevanny y apareció un día de invierno tocando el organillo por el camino principal y resulta que el señor, en cuanto le vio, le ordenó entrar y le preguntó de dónde venía, y cuántos años tenía y cómo se ganaba la vida y dónde estaban sus familiares y estuvo muy amable con él. Pero a él le pasó lo mismo. Son todos así los extranjeros, todos indómitos, al menos eso creo, y partió una mañana igual que la niña Durante un año nos preguntamos por qué se había ido y qué le había pasado; pues no se llevó su organillo, que todavía está ahí sobre el estante.</p>
<p style="text-align: left;">El resto de la velada Stephen se dedicó a interrogar a la señora Bunch sobre temas sueltos y a tratar de arrancarle alguna que otra nota al organillo.</p>
<p style="text-align: left;">Esa noche tuvo un sueño extraño. Al final del corredor del piso superior, el de su habitación, había un viejo cuarto de baño en desuso que permanecía bajo llave. Sin embargo, la parte superior de la puerta tenía vidrio esmerilado y, como las cortinas de muselina habían desaparecido, se podía mirar a través de ella y ver la bañera con bordes de plomo fijada a la pared del lado derecho, con la cabecera hacia la ventana.</p>
<p style="text-align: left;">Esa noche el niño se encontró a sí mismo, según creyó, mirando a través del vidrio esmerilado. La Luna brillaba a través de la ventana, y él mantenía la mirada fija sobre una figura que yacía dentro de la bañera.</p>
<p style="text-align: left;">La descripción de Stephen Elliott acerca de lo que había visto allí dentro me hizo evocar mi visita a las famosas bóvedas de la iglesia de San Michan en Dublín, las cuales poseen la espantosa cualidad de preservar cadáveres de la destrucción durante siglos. Se trataba de una figura indescriptiblemente delgada y patética de un color plomizo terroso, envuelta en lo que parecía ser una mortaja, con los finos labios retorcidos en una tenue sonrisa horrorosa y las manos firmemente apretadas sobre el corazón.</p>
<p style="text-align: left;">Cuando la figura lo vio, sus labios dejaron escapar un quejido casi imperceptible y distante y sus brazos comenzaron a moverse. El terror que produjo en el niño semejante visión lo impulsó a retroceder, y fue entonces cuando se dio cuenta de que se hallaba de pie sobre el frío piso de madera del corredor bajo la brillante luz de la Luna. Lo que hizo a continuación indica que poseía un valor poco común entre los niños de su edad, pues se dirigió hacia la puerta del cuarto de baño para confirmar si la figura que había visto en sueños en verdad se hallaba allí. No la encontró y regresó a la cama.</p>
<p style="text-align: left;">A la mañana siguiente la señora Bunch quedó muy impresionada por el relato, y hasta se apresuró a reponer la cortina de muselina en la puerta esmerilada del cuarto de baño. Además, el señor Abney, que escuchó la historia del niño durante el desayuno, demostró un gran interés en ella y tomó notas acerca del tema en lo que llamó «su libro».</p>
<p style="text-align: left;">El equinoccio de la primavera estaba próximo. A menudo el señor Abney recordaba a su joven primo que las personas de la antigüedad consideraban que esa época del año constituía un momento crítico para los jóvenes, por lo cual Stephen debía cuidarse y cerrar la ventana de su dormitorio por la noche. También agregó que Censorinus había escrito algunos comentarios valiosos al respecto. Y, a decir verdad, en ese tiempo se produjeron dos incidentes que impresionaron enormemente a Stephen.</p>
<p style="text-align: left;">El primero ocurrió después de una noche difícil y agobiante para el niño, a pesar de que no lograba recordar ninguna pesadilla en particular.</p>
<p style="text-align: left;">Durante la tarde siguiente la señora Bunch ocupaba su tiempo en zurcir el camisón de Stephen.</p>
<p style="text-align: left;">–¡Válgame Dios, niño Stephen! –estalló irritada–. ¿Cómo se las ha arreglado para rasgar su camisón de este modo, en jirones? ¡Mire qué trabajo nos da a nosotros, pobres sirvientes que tenemos que zurcir y remendar para usted!</p>
<p style="text-align: left;">Por cierto, en la prenda había una serie de cortes o tajos aparentemente injustificables que sin duda requerirían la labor de una costurera habilidosa para su arreglo. Se hallaban en el lado izquierdo del pecho: largos tajos paralelos de unos 15 centímetros, algunos de los cuales no habían llegado a agujerear la textura del lino. Stephen no se hallaba en condiciones de explicar su origen, y solamente estaba seguro de que no se encontraban allí la noche anterior.</p>
<p style="text-align: left;">–Señora Bunch –observó– son iguales a los rasguños que hay en la parte de afuera de la puerta de mi dormitorio; y estoy absolutamente seguro de que no tuve nada que ver con ellos.</p>
<p style="text-align: left;">La señora Bunch le echó una mirada atónita, luego cogió una vela y se retiré a toda prisa de la habitación. Se la oyó subir la escalera y a los pocos minutos se la vio regresar.</p>
<p style="text-align: left;">–Bueno, niño Stephen –murmuré–, no me explico cómo es posible que esos rasguños y marcas hayan llegado a esa puerta&#8230; son demasiado altos para ser obra de un gato o un perro, y ni qué decir de una rata: juraría que son como las uñas de un chino (como nos decía mi tío que estaba en el negocio del té a nosotras cuando estábamos todas juntas). Si yo fuera usted, no le diría nada al señor, niño Stephen, querido; y recuerde cerrar la puerta con llave cuando se vaya a la cama.</p>
<p style="text-align: left;">–Siempre lo hago, señora Bunch, en cuanto termino de decir mis oraciones.</p>
<p style="text-align: left;">–Oh, qué buen niño: jamás deje de rezar sus oraciones y entonces nadie le podrá hacer daño.</p>
<p style="text-align: left;">Acto seguido la señora Bunch se dedicó a remendar el camisón rasgado, con breves intervalos de meditación, hasta que llegó la hora de irse a la cama. Esto sucedió una noche de viernes en marzo de 1812.</p>
<p style="text-align: left;">La noche siguiente, el dúo que formaban Stephen y la señora Bunch se vio aumentado por la aparición repentina del señor Parkes, el mayordomo, quien normalmente se guardaba las cosas para sí mismo. Este no vio que Stephen estaba allí: más aún, se encontraba alterado y más lento para hablar que de costumbre.</p>
<p style="text-align: left;">–El señor puede ir por su propio vino, si quiere buscarlo por la noche –fue su primer comentario–. Si debo hacerlo yo voy de día o no voy, señora Bunch. No sé qué podrá ser lo que hay allí: lo más seguro es que se trate de ratas o que sea el viento que entra en la bodega, pero ya no estoy tan joven como antes y no puedo ocuparme de eso como solía hacerlo.</p>
<p style="text-align: left;">–Pero señor Parkes, usted sabe bien que no es usual que haya ratas en la casa.</p>
<p style="text-align: left;">–No lo niego, señora Bunch, pero muchas veces escuché el cuento que narran los hombres que trabajan en los muelles, acerca de una rata que habla. Nunca le presté atención, pero esta noche, si me hubiese agachado y acercado el oído a la puerta de la última bodega, estoy seguro de que habría podido oír lo que ellas decían.</p>
<p style="text-align: left;">–¡Vamos, señor Parkes, no tengo tiempo para esas bobadas.! Ratas que hablan en una bodega&#8230;</p>
<p style="text-align: left;">–Bueno, señora Bunch, no me apetece discutir con usted: lo único que digo es que si se anima a ir a la última bodega y apoya el oído sobre la puerta, verá que lo que afirmo es la pura verdad.</p>
<p style="text-align: left;">–¡Qué tonterías dice, señor Parkes, y no son cosas que los niños deban oír! Asustará al niño Stephen.</p>
<p style="text-align: left;">–¡Qué! ¿El niño Stephen? –exclamó Parkes al darse cuenta de la presencia del muchacho–. El niño Stephen sabe bien cuándo estoy bromeando con usted, señora Bunch.</p>
<p style="text-align: left;">En realidad el niño Stephen entendía las cosas demasiado bien como para creer lo que decía el señor Parkes. Le interesaba, pero no le agradaba la situación; y todas sus preguntas para conseguir que el mayordomo le hiciera un relato más detallado sobre sus experiencias en la bodega de los vinos, resultaron infructuosas.</p>
<p style="text-align: left;">Hemos arribado al 24 de marzo de 1812, que fue un día de curiosísimas experiencias para Stephen. Soplaba un viento ruidoso que envolvía a la mansión y al parque en un manto de inquietud, cuando el niño se detuvo ante el cerco que bordeaba la finca. Entonces miró hacia el parque y creyó ver algo semejante a una procesión interminable de personas invisibles que pasaban delante de él llevadas por la fuerza del viento, acosadas, sin ofrecer resistencia alguna y sin rumbo fijo, luchando en vano por detenerse, por asirse a algún objeto concreto y así interrumpir la marcha para ponerse nuevamente en contacto con el mundo de los seres vivos del cual habían formado parte. Ese día, después del almuerzo el señor Abney le propuso:</p>
<p style="text-align: left;">–Stephen, mi niño, ¿crees que podrías venir hoy a mi estudio alrededor de las once de la noche? Estaré ocupado hasta entonces, y deseo enseñarte algo que está relacionado con tu futuro y que es de suma importancia para ti. No debes mencionar el asunto ante la señora Bunch ni ante cualquier otra persona de la casa Y sería conveniente que te retiraras a tu habitación a la hora de costumbre.</p>
<p style="text-align: left;">Por fin sucedía algo excitante en la vida de Stephen: se le presentaba la oportunidad de permanecer despierto hasta las once de la noche. Cuando llegó el momento de ir a su dormitorio en el piso superior, el niño pasó por el estudio y echó una mirada fugaz hacia dentro. Vio allí un brasero que en otras ocasiones había observado en un ángulo de la estancia pero que ahora se hallaba frente al fuego, y también divisó un copón de plata antiguo lleno de vino tinto depositado sobre la mesa, cerca del cual había unas hojas de papel escritas. Stephen observó asimismo que el señor Abney esparcía sobre el brasero incienso que tomaba de una cajita plateada y redonda, al parecer sin reparar en la presencia del niño.</p>
<p style="text-align: left;">El viento había cesado, la noche era tranquila y la Luna llena brillaba en todo su esplendor. Cerca de las diez de la noche Stephen se encontraba de pie ante la ventana abierta de su dormitorio y contemplaba el campo. A pesar de que la noche era tranquila, los misteriosos habitantes del bosque distante iluminado por la Luna aún no se habían calmado. De tanto en tanto llegaban a sus oídos, desde la laguna, los extraños gemidos de los desesperados caminantes. Tal vez se tratase del chillido de alguna lechuza o de las aves acuáticas, pero en realidad no se parecía demasiado a ellas. ¿Acaso se estaban acercando? Ahora el sonido provenía del extremo más próximo de la laguna, y en los minutos siguientes le pareció que se hallaba muy cerca de allí, entre los arbustos. De pronto los ruidos cesaron, pero en el momento en que Stephen se disponía a cerrar la ventana y dedicarse a la lectura de <em>Robinson Crusoe, </em>divisó dos figuras de pie en la terraza de piedra ubicada a lo largo del jardín: parecían las figuras de un niño y una niña, uno al lado de la otra, que miraban hacia arriba en dirección a las ventanas. Había algo en la niña que le hizo recordar su sueño sobre la figura que yacía en la bañera. El niño le inspiré un terror aún más profundo.</p>
<p style="text-align: left;">Mientras la niña permanecía inmóvil, esbozando una sonrisa y con las manos entrelazadas a la altura del corazón, el niño, de aspecto delgado, cabello negro y ropaje rasgado, alzaba las manos en una actitud amenazante que revelaba algo semejante a una sed insaciable. La Luna iluminaba sus dedos casi traslúcidos, y Stephen observó que sus uñas eran de una longitud alarmante y que la luz brillaba a través de ellas. Con las manos levantadas de ese modo, la figura constituía la imagen misma del terror. Sobre el extremo izquierdo de su pecho había una herida abierta y negruzca. Fue entonces cuando esos gritos desolados y desgarradores que había oído durante toda esa tarde en los bosques de Aswarby perforaron el cerebro de Stephen, más que su oído. Luego, la espantosa pareja se trasladó suavemente y sin emitir sonido alguno por la terraza de piedra, y Stephen los perdió de vista.</p>
<p style="text-align: left;">A pesar de que sentía un temor inenarrable, resolvió coger la candela y bajar hasta el estudio del señor Aswarby, puesto que se aproximaba la hora de su cita. El estudio o biblioteca se encontraba en un extremo del corredor del frente y Stephen, urgido por el miedo, no tardó demasiado tiempo en llegar allí. Pero lo que no le resulté tan fácil fue entrar. Estaba seguro de que la puerta no se hallaba bajo llave, pues la misma estaba colocada del lado de afuera, como siempre. El niño golpeó la puerta en repetidas ocasiones sin obtener respuesta: el señor Abney estaba ocupado y hablaba. ¡Qué! ¿Por qué trataba de gritar? ¿Y por qué el grito se le ahogaba en la garganta? ¿Habría visto también él a esos misteriosos niños? Ahora todo era silencio&#8230; y la puerta cedió ante los empujones frenéticos y aterrados de Stephen.</p>
<p style="text-align: left;">Sobre la mesa del estudio del señor Abney se encontraron ciertos papeles que aclararon la situación a Stephen cuando tuvo edad para comprenderlos. Los conceptos más destacados eran los siguientes:</p>
<p style="text-align: left;">«Era una creencia fuertemente arraigada entre los antiguos, en cuya experiencia en estos asuntos confío plenamente pues la pude comprobar por mí mismo, que si se llevan a cabo ciertos procedimientos que a nosotros los modernos nos resultan algo brutales, se alcanza un fascinante conocimiento de las propias facultades espirituales. Por ejemplo, si un individuo absorbe la esencia personal de cierto número de sus congéneres, puede lograr un completo poder sobre las órdenes de seres espirituales que controlan las fuerzas elementales del universo.</p>
<p style="text-align: left;">»Está registrado que Simon Magus podía volar por los aires, tornarse invisible o tomar la forma que desease con la &#8220;ayuda&#8221; del alma de un joven al cual, según la expresión difamatoria del autor de las <em>Clementine Recognitions, </em>había &#8220;asesinado&#8221;. Más aún, gracias a los escritos sumamente detallados de Hermes Trismegistus he descubierto que se puede llegar a resultados igualmente felices por medio de la absorción de los corazones de tres seres humanos menores de 21 años. He dedicado los últimos 20 años de mi vida, en su mayoría, a comprobar la veracidad de dicha fórmula, eligiendo como <em>corpora vilia </em>de mi experimento a personas cuya ausencia no ocasionara una pérdida sensible a la sociedad. Di el primer paso al eliminar a Phoebe Stanley, una niña de extracción gitana, el 24 de marzo de 1792. El segundo fue un jovenzuelo italiano errante llamado Giovanni Paoli, la noche del 23 de marzo de 1805. La última &#8220;víctima&#8221;, para emplear un término que me resulta sumamente repugnante, ha de ser mi primo Stephen Elliott. Le he asignado la fecha del 24 de marzo de 1812.</p>
<p style="text-align: left;">»El método más adecuado para lograr la absorción es arrancarle el corazón en vida, reducirlo a cenizas y mezclarlo con medio litro de vino tinto, preferentemente Oporto. Es conveniente ocultar los cadáveres de los dos primeros individuos: un cuarto de baño en desuso o una bodega de vinos será lo más apropiado para tal fin. Es posible que la parte psíquica de fantasma, cause ciertas molestias. Pero un hombre de temperamento filosófico –el único tipo de hombre apto para estos experimentos– será poco proclive a dar importancia a los débiles esfuerzos de estos seres en su intento de vengarse de él. Me causa una enorme satisfacción poder vislumbrar ya la existencia tan prolongada y libre que me proporcionará el experimento, si es exitoso; no sólo me colocará lejos del alcance de la (supuesta) justicia humana, sino que también eliminará casi por completo la posibilidad de que me alcance la muerte misma.»</p>
<p style="text-align: left;">El señor Abney yacía sobre su silla, con la cabeza echada hacia atrás y el rostro transfigurado por la furia, el temor y el dolor mortal. El lado izquierdo de su cuerpo había sufrido una herida lacerante, a corazón abierto. No había sangre en sus manos, y sobre la mesa se veía un cuchillo largo totalmente limpio. Tal vez había sido una fiera salvaje la causante de sus heridas. La ventana del estudio se encontraba abierta y el médico forense opinó que el señor Abney había encontrado la muerte bajo las garras de una criatura salvaje. Pero cuando Stephen Elliott examinó los papeles que ya hemos mencionado llegó a una conclusión muy diferente.</p>
<p style="text-align: left;"> </p>
<p style="text-align: left;">M.R. James</p>
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