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	<title>CUENTOS CRUELES &#187; Javier Pérez</title>
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	<description>Cuentos para pensar. Cuentos de miedo. Relatos malvados. Historias malignas. Narrativa inteligente fuera de las normas morales.</description>
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		<title>El espectro de la rosa</title>
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		<pubDate>Wed, 28 Jul 2010 10:33:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Javier Pérez]]></category>
		<category><![CDATA[Malas obras]]></category>
		<category><![CDATA[Madame Bovary]]></category>
		<category><![CDATA[San Fulgencio]]></category>

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		<description><![CDATA[Lo más fácil hubiese sido entregar las llaves a la empresa de mudanzas y esperar en Barcelona a que llegasen los muebles que había elegido para quedarme. Lo más fácil hubiese sido limitarse a trasladar lo poco que valía la pena y dejar que la empresa de limpiezas decidiera a qué basurero llevar el resto.Todo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div><span lang="ES"><img class="alignleft size-medium wp-image-134" style="margin: 9px;" title="000dy8ww" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/000dy8ww-300x225.jpg" alt="000dy8ww" width="300" height="225" />Lo más fácil hubiese sido entregar las llaves a la empresa de mudanzas y esperar en Barcelona a que llegasen los muebles que había elegido para quedarme. Lo más fácil hubiese sido limitarse a trasladar lo poco que valía la pena y dejar que la empresa de limpiezas decidiera a qué basurero llevar el resto.</span><span lang="ES">Todo es más fácil que la sensatez.</span></div>
<p>Al final, aunque sabía que no podía llevarme conmigo los recuerdos de la tía Laura, ni su ropa almidonada, ni sus libros, no quería desprenderme de ellos sin un vistazo siquiera. Los pisos de hoy en día tienen que ser pequeños, pero su estrechez no ha de trasladarse obligatoriamente a los recuerdos que pueden acumularse en la gente que los habita. Precisamente por pequeños, los pisos actuales inducen a tener buena memoria, porque no es posible ya atesorar aquellos cachivaches que antes se arrumbaban en desvanes y rincones, imposibles de interpretar para quien no conociera exactamente su procedencia, o la razón sentimental por la que en su día no fueron directamente a parar al vertedero.</p>
<p>No podía llevarme los papeles, ni las lámparas, ni siquiera más de una docena de aquellos tapetes de ganchillo a los que la tía Laura había dedicado los últimos años de su vida. Pero podía, sentía que era mi deber, intentar comprender a aquella mujer hosca y malcarada que me había resuelto la hipoteca.</p>
<p>En cierto modo me había sorprendido que me designara en su testamento como heredero universal. Era más fácil pensar de ella que dejaría sus cosas y su dinero a alguna asociación filantrópica o a algún convento de monjas. Pero no: &#8220;dejo todos mis vienes a mi sobrino Eduardo. Si algo queda por arreglar, que él lo arregle, si quiere&#8221;. Así, sin más. Sin menos. Una casa en el pueblo, un par de viñas, cinco quiñones sueltos y noventa y dos mil euros.</p>
<p>Ni una palabra amable de toda su vida, ni siquiera por escrito y en el testamento. Pero me arreglaba la vida. Me daba un empujón justo cuando más lo necesitaba. Así era la tía Laura.</p>
<p>Las dos o tres veces que traté de entablar conversación con ella recibí sólo frases cortantes y respuestas vagas. No lo intenté más y eso era culpa mía: nadie que se tenga una mínima estima entrega su vida al primero que pasa. La tía Laura no se había abierto nunca a nadie: ni los más allegados conocían su más detalles de su vida que los que conocía todo el barrio. Solterona empedernida, devota sin misticismo, poco visitadora y menos amiga aún de ser visitada, rápida en la susceptibilidad e implacable con las pequeñas travesuras de los niños. Sin embargo, a pesar de su conocida tacañería, o precisamente por ella, le debía ahora la resolución de unos cuantos problemas económicos. El testamento era escueto: &#8220;Ahí te queda todo. Haz lo que quieras con ello. No mando que me digas misas, ni espero que me pongas flores. Haz lo que te dé la gana.&#8221;</p>
<p>Una última voluntad redactada en esos términos inducía a un hombre como yo a preguntarse si no hubiese valido la pena sentarse alguna vez más frente a ella y buscar algún pretexto para entablar una conversación que fuese más allá del tiempo, la salud y las pequeñas reparaciones de la casa. La tía Laura no daba facilidades, cierto, pero hubiese sido mi deber intentarlo. Un psicólogo es también psicólogo para eso. Pero los psicólogos somos los peores en estos casos: estamos acostumbrados a hablar con gente ansiosa por contar sus angustias y no tenemos ni idea de cómo enfrentarnos a un silencio obstinado.</p>
<p>A causa de aquel pequeño remordimiento había ido a la vieja casa familiar en lugar de esperar tranquilamente en Barcelona. Le debía un último intento de comprenderla, una pequeña investigación de su vida que la redimiese ante mis ojos con algo más que una buen cantidad de dinero. Aquella tarde, en su casa, me sentía como el policía que busca a toda costa una prueba para incriminar a otro, porque el único detenido que tiene es un pobre padre de familia, enfermo y cargado de deudas, y preferiría pensar que hay otro culpable, desconocido aún.</p>
<p>La tía Laura no había sido nunca amable, ni simpática, ni cariñosa conmigo, pero aunque sólo fuese por gratitud sentía la necesidad de absolverla. Por esa comezón dediqué la tarde a hurgar entre los papeles y las cosas de la tía Laura tratando de saber algo más de ella, intentando adivinar qué pasaba por su mente cuando sus ojos grises miraban la aguja sin verla. Estaba convencido de que el carácter hosco de la tía provenía con toda seguridad de algún tipo de desengaño, de algún resentimiento oculto. Su rostro siempre contraído parecía más que otra cosa una cicatriz moral, porque así son las cicatrices, que cobran diversas formas: en quien las asume se llaman experiencia; en quien no, sólo rencor y misantropía.</p>
<p>Como si me dispusiera a abrir un codicilo de su última voluntad, desaté las cintas que rodeaban la carpeta donde la tía Laura guardaba la correspondencia y fui echando un vistazo a la cartas de todas las épocas que allí se amontonaban.</p>
<p>Al caer la noche, aún no había terminado, pero había llegado ya al convencimiento de que aquellas cartas no eran más que pequeñas crónicas chismosas, intercambios de maledicencias, invitaciones y buenos deseos: escombros de fingimientos sociales, sobre todo.</p>
<p>En toda la carpeta no había nada personal. Ni una mínima coquetería, ni rastro de un beso traicionado en aquellas letras. Ni tampoco en las fotografías. Sólo parientes y alguna amiga. Nada más.</p>
<p>La tía Laura parecía no haber tenido más vida que la pública, más ocupación que sus clases de piano ni más entretenimiento que el café con pastas, la partida de cartas con otras solteronas como ella, y centenares de variaciones, permutaciones, combinaciones de todos los diseños posibles de tapetes de ganchillo.</p>
<p>Dispuesto ya a marcharme y apagar por última vez la luz de aquella casa, decidí elegir media docena de libros para que no todos pasaran a los estantes de la librerías de saldo.</p>
<p>Cogí una vieja edición de la Iliada, otra de los Viajes de Gulliver, Madame Bovary, Rojo y Negro y la Regenta. En este último libro, un tomo importante encuadernado en piel, noté que algo abultaba, y lo abrí.</p>
<p>Era una rosa, una rosa blanca absolutamente seca, prensada hacía décadas. Era la primera nota de ternura que encontraba en aquella casa rancia y polvorienta. Con manos torpes trate de cogerla y se me cayó al suelo, deshaciendose completamente.</p>
<p>En la página que le había servido de sepulcro había varias líneas subrayadas a lápiz, junto a las palabras &#8220;demasiado tarde&#8221;, escritas al margen con la inconfundible caligrafía redonda de la tía Laura.</p>
<p>Este era el párrafo subrayado:</p>
<p>&#8220;Sobre el platillo de la taza yacía medio puro apagado, cuya ceniza formaba repugnante amasijo impregnado del café frío derramado. Todo esto miraba la Regenta con pena, como si fuesen ruinas de un mundo. La insignificancia de aquellos objetos que contemplaba le partía el alma; se le figuraba que eran símbolo del universo, que era así, ceniza, frialdad, un cigarro abandonado a la mitad por el hastío del fumador. Además, pensaba en el marido incapaz de fumar un puro entero y de querer por entero a una mujer. Ella era también como aquel cigarro, una cosa que no había servido para uno y que ya no podía servir para otro&#8221;</p>
<p>Cuando acabé de leer aquello me agaché con un suspiro a recoger los fragmentos de la rosa para devolverlos al libro, y comprobé que sus pétalos estaban atravesados por largas marcas, como si alguien hubiera clavado las uñas a la rosa antes de dejarla en el libro.</p>
<p>Unas frases subrayadas en un clásico y aquellas cicatrices en un flor olvidada me hicieron comprender que al fin y al cabo era probable que sí hubiese una historia. No había ya manera de saber la causa por la que la tía Laura había clavado su uñas en aquella carne blanca, pero el espectro de la rosa había vuelto de otro tiempo a ofrecer un crispado testimonio de su dolor.</p>
<p>Tarde y cuando no servía ya de nada.</p>
<p>Como todos los fantasmas.</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;</p>
<p>&#8211;</p>
<p align="justify"> Segundo premio de narrativa San Fulgencio, Alicante.</p>
<p align="justify">Más sobre el autor en <a href="http://www.javier-perez.es">www.javier-perez.es</a></p>
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		<title>La amenaza de Darwin</title>
		<link>http://www.cuentoscrueles.com/javier-perez/la-amenaza-de-darwin/</link>
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		<pubDate>Mon, 22 Mar 2010 10:27:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Javier Pérez]]></category>

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		<description><![CDATA[ I?
En un maltrecho rincón de un yermo sin censo, tres docenas de casuchas se apretujaban entre sí tratando de vencer el miedo a la inmensidad de la estepa. En uno de esos chamizos, malvivía un hombre extenuado por el hambre, el trabajo, y la falta de esperanza.
Su mal era el mal aquella tierra toda: demasiados [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: center;"><span style="font-size: large;"><img class="alignleft size-medium wp-image-124" title="20091214_1014584772_diagramaschlegel" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/20091214_1014584772_diagramaschlegel-300x300.jpg" alt="20091214_1014584772_diagramaschlegel" width="300" height="300" /><span style="font-size: large;"> </span></span>I?</div>
<p align="justify">En un maltrecho rincón de un yermo sin censo, tres docenas de casuchas se apretujaban entre sí tratando de vencer el miedo a la inmensidad de la estepa. En uno de esos chamizos, malvivía un hombre extenuado por el hambre, el trabajo, y la falta de esperanza.</p>
<p align="justify">Su mal era el mal aquella tierra toda: demasiados años, demasiada soledad, demasiada desmemoria.</p>
<p align="justify">Sacudida por los elementos, la llanura había depuesto hasta el último de sus promontorios en la vana esperanza de que fuese aceptada su rendición, pero no existía el perdón en aquellas fieras regiones: innumerables hordas de vientos apátridas batían el cuarteado rostro de la estepa, dejando a su paso apenas piedras descarnadas y un horizonte sin lindes. En lo más crudo del invierno, la tierra se anegaba por efecto de la rasputitsa, ese extraño fenómeno de la inundación sin lluvia que se produce cuando se ha deshelado el curso del río, pero no su desembocadura, más al Norte; sólo en ese tiempo era posible creer que el río terminaba en alguna parte, que corría hacia algún mar, que no era un flujo circular de agua que vuelve una y otra vez, siempre la misma, con las mismas ramas secas flotando sobre sus ondas.</p>
<p align="justify">Así era la llanura: un tajo entre cielo y tierra. Sólo a veces algún árbol mellaba el filo del horizonte alzando sus sarmentosas ramas al cielo, como un extraño ídolo eternizado en la postura de clamar compasión, o venganza, mientras su tronco se enjoyaba con la perenne escarcha azulada del otoño.</p>
<p align="justify">En las casas, diminutas isbas de una sola dependencia, los más afortunados convivían con sus animales. El implacable frío exterior obligaba a unirse a los moradores en un desmembrado abrazo de odio mientras vigilaban el estertor de la turba o lo que buenamente hubieran podido conseguir para alimentar el fuego, un fuego casi siempre tan hambriento como ellos, igual de tembloroso, no menos aluzado que la convulsa piel que escondía sus huesos.</p>
<p align="justify">Pero el viejo vivía solo, en una soledad desmesurada, sin alivio siquiera en la memoria. Si alguna vez tuvo esposa, o hijos, o tan siquiera una cabra, ya no podía recordarlo; cuando al fin se atrevía a soplar el candil apestoso que animaba las sombras, el único calor que alentaba en la casa era el suyo.</p>
<p align="justify">Entonces, al sumergirse el anciano campesino en la inconsciencia del sueño, renacía la vivienda toda en un callado, incesante, furtivo crepitar de carcomas hambrientas, arañas voraces, cucarachas siniestramente obesas, flotantes mariposas y polillas espectrales. Como en una sepultura, el final de la vida marcaba el comienzo de innumerables existencias, infinitas historias fugaces que en nada modificarían el ebrio deambular del mundo: justo igual que las de los hombres.</p>
<p align="justify">Cada especie reclamaba su espacio y mediante una u otra destreza se imponía en su especialidad, pero de entre todos los merodeadores nocturnos, entre todos los animalillos que competían por aquel tristísimo hábitat, las chinches eran sin duda las reinas de la casa: poco después de la medianoche, en legiones incontables, abandonaban sus nidos en las grietas de las paredes y la reseca paja del techo para dirigirse a la cama del viejo, en busca de su flaca sangre. Y ante su impresionante desfile se posaban las polillas en los rescoldos del fuego, detenían su zapa las carcomas y hasta dejaban por un momento de tejer sus telas las arañas, orgullosas del imperio de los suyos.</p>
<p align="justify">Todo lo que hizo aquel hombre por exterminarlas resultó baldío. De nada sirvió que limpiara la casa hasta los cimientos, ni los sahumerios con distintas hierbas, cada cual más pestilente, que sus vecinos le recomendaron. Lo intentó con orines de burro, con vinagre caliente, con azufre molido, y en el colmo de la desesperación, hasta con agua bendita, pero ningún remedio parecía suficiente para acabar con aquella plaga infernal.</p>
<p align="justify">Cada vez que emprendía una de aquellas campañas contra las chinches conseguía que sus ataques disminuyeran algo durante un tiempo, pero aquellos malditos insectos se hacían enseguida resistentes a cada nuevo veneno y enseguida redoblaban sus asaltos, envalentonadas por el triunfo de su capacidad de adaptación sobre el orgulloso ingenio humano.</p>
<p align="justify">Tentado estaba el pobre viejo de pegar fuego a la casa cuando se le ocurrió una idea que a su juicio podría ser de utilidad: introducir las patas de su cama en cuatro barreños de agua: así, cuando las chinches trataran de alcanzar el lecho, caerían irremisiblemente en ellos y morirían ahogadas, víctimas de su propia avidez.</p>
<p align="justify">La primera noche que puso en práctica el método, el hombre también fue atacado mientras dormía. El sistema no era perfecto, pues la inmensa abundancia de aquellas alimañas hacía que las últimas pasaran sobre los cadáveres flotantes de las primeras y llegaran a su objetivo, pero al menos así tenía por las mañanas la satisfacción de contar los cadáveres de las chinches ahogadas. El viejo pensó que aquel remedio sería temporal, como todos los anteriores, pero como se entretenía contando las chinches muertas, siguió poniendo cada noche los cuatro barreños, y a la larga el sistema dio resultado: las chinches, en lugar de volver con renovada fuerza y efectivos engrosados, acabaron por esfumarse.</p>
<p align="justify">El viejo no tardó en contar a sus vecinos el éxito de su idea. A la vista de los buenos resultados, el método de los cuatro barreños se impuso inmediatamente en todo el pueblo, y al cabo de diez años no quedaba una sola de las chinches. Habían desaparecido por completo.</p>
<p align="justify">La única lastima fue que el viejo campesino no viviera lo suficiente para contemplar la consumación de su triunfo, pero su nombre fue recordado con gratitud por todos. Siempre se creyó, acaso por la influencia del párroco, que aprovechó el asunto para ilustrar otras cuestiones morales, que la codicia era el peor de los venenos, y que lo que no pudieron hacer los humos, el vinagre y los orines, lo había hecho la propia codicia de las chinches. Se decía que los venenos que vienen de fuera fortalecen, pero los que nacen del propio sera terminan por aniquilar al que los sufre, y que por eso es más fácil de curar un balzo que un tumor.</p>
<p align="justify">Sin embargo, con el paso de los años, tan edificante explicación dejó paso a otra que trajo el primer aldeano que había salido del pueblo para estudiar en la ciudad:</p>
<p align="justify">Cuando se usaban los venenos, el humo, o cualquiera de las malolientes hierbas que tan populares fueran en otros tiempos, las primeras chinches en morir eran las más débiles, las enfermas o las menos adaptadas, y así aparecían y subsistían siempre nuevas familias más resistentes que las anteriores, pues sólo se reproducían las que habían logrado resistir el veneno. Pero cuando se generalizó el uso del agua, la situación dio un vuelco tan importante como inapreciable a simple vista: las primeras en llegar, y por tanto en morir, eran las chinches mejor adaptadas, las más rápidas, las que mejor habían desarrollado la habilidad de buscar cuerpos calientes en medio de la oscuridad. Morían, en suma, en primer lugar, las que en condiciones normales hubieran estado destinadas a triunfar y reproducirse; Las últimas en llegar podían pasar sobre los cadáveres de sus congéneres. De este modo, sobrevivían las chinches incapaces de encontrar alimento con la rapidez necesaria, las enfermas, las lisiadas y las que tenían sus nidos en los lugares menos convenientes. Esas eran, pues, las que a la postre se reproducían.</p>
<p align="justify">Luego, cualquier veneno, cualquier enfermedad o cualquier depredador hizo el resto.</p>
<p align="justify"><span style="font-size: large;"> </span></p>
<p style="text-align: center;"><span style="font-size: large;">II</span> En aquellos mismos años, sin dar tiempo al estudiante a concluir sus estudios, comenzó una gran guerra. Se trataba de la mayor guerra que hubieran conocido los siglos hasta ese momento, y las unidades de alistamiento recorrieron el país en busca de soldados con que nutrir los descomunales ejércitos que serían necesarios para hacer frente al enemigo.</p>
<p> </p>
<p align="justify">Al principio, además de reclutar a todos los hombres jóvenes, sanos y fuertes, los oficiales de reclutamiento se los llevaban a todos, preocupados por el empuje del enemigo; pero con el tiempo las autoridades cayeron en la cuenta de que no era rentable el esfuerzo material necesario para instruir a los más débiles, viejos o afectados de ciertas dolencias, y los devolvieron a casa. Sólo los mejores servían para las armas.</p>
<p align="justify">El estudiante que explicó la solución contra las chinches habló de ello con sus compañeros y fue fusilado por sedición.</p>
<p align="justify">Murieron muchos hombres en aquella guerra.</p>
<p align="justify">Y luego hubo otra.</p>
<p align="justify">Y después otra…</p>
<p align="justify"> </p>
<p align="justify"><a href="http://www.javier-perez.es">www.javier-perez.es</a></p>
<p align="justify"> &#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;</p>
<p align="justify">Este cuento es propiedad del <strong>Ayuntamiento de Mula</strong>, que lo distinguió con su premio de relato breve 2009.</p>
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		<title>Las almas de los tontos</title>
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		<pubDate>Thu, 11 Feb 2010 18:45:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crueldades]]></category>
		<category><![CDATA[Humor negro]]></category>
		<category><![CDATA[Javier Pérez]]></category>
		<category><![CDATA[El Presidente]]></category>
		<category><![CDATA[Premio Tierra]]></category>
		<category><![CDATA[Reyes Magos]]></category>
		<category><![CDATA[Si Benjamin]]></category>
		<category><![CDATA[Sir Benjamin]]></category>
		<category><![CDATA[Sir Benjamin Malory]]></category>

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		<description><![CDATA[  
  Como un pastor despidiendo afablemente a los fieles a la puerta de su templo, Sir Benjamin Malory estrecha la mano de los miembros de la Society for Researching of Unexplaineden el jardín del sólido edificio que sirve de sede a la Sociedad, una de las más reputadas, ya que no de las más antiguas, del [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="center"><strong> </strong> </p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;"><span style="color: #cc0033;">  <img class="alignleft size-medium wp-image-116" style="margin: 12px; border: black 4px solid;" title="espectro" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/espectro-238x300.jpg" alt="espectro" width="238" height="300" /></span>Como un pastor despidiendo afablemente a los fieles a la puerta de su templo, Sir Benjamin Malory estrecha la mano de los miembros de la Society for Researching of Unexplaineden el jardín del sólido edificio que sirve de sede a la Sociedad, una de las más reputadas, ya que no de las más antiguas, del Edimburgo elegante. Absolutamente decidido a no ofrecer ninguna explicación sobre lo ocurrido, acaba de presentar su dimisión como presidente, e incluso ha solicitado la baja como miembro.</span></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><span style="color: #993300;"><strong>    Sólo una hora antes maldecía el infausto momento en que se ocurrió invitar a aquel condenado Dr. Shore, geólogo y psiquiatra, a la sociedad paracientífica que dos semanas atrás le brindara el honor de la presidencia. No había sido una imprudencia, ni siquiera una decisión poco meditada: los muchos y celebrados experimentos del doctor en el campo de la detección de presencias paranormales parecieron un inmejorable aval para elegirlo como primer conferenciante dentro del ciclo programado. De hecho, todos los miembros de la Sociedad que vivían a menos de cien millas acudieron puntualmente para ocupar su sitio en el salón. A la hora de inicio de la conferencia sólo quedaba media docena de sillas vacías, tantas como cartas de disculpa dirigidas a Si Benjamin felicitándole por su criterio y aclarando que la inasistencia se debía a otras razones, y nunca a desinterés por el acto programado.</strong><strong> </strong></span></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;"><span style="color: #993300;">    Cuando el doctor Shore se presentó en la sala fue recibido por una cerrada ovación que dio paso enseguida a un silencio casi ritual, somo si el eminente especialista en fenómenos paranormales se dispusiera a conjurar un espectro sobre la tarima en vez de a exponer sus conocimientos</span> sobre los procedimientos técnicos.</span></strong><strong> </strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Los primeros treinta minutos, destinados a explicar la metodología de sus experimentos, resultaron verdaderamente sustanciales, brillantes hasta el punto de obligar a la concurrencia —poco dada a reconocerse lega en tales materias— a tomar notas sobre la marcha del torrente de novedades que desde el estrado se exponía. Concluida la detallada descripción de los procedimientos, pasó acto seguido a enumerar los hallazgos a que estos habían dado lugar, deteniéndose muy especialmente en las magníficas fotografías de hectoplasmas que se habían ido acumulando en su laboratorio. Tres de ellas fueron arrancadas ansiosamente de mano en mano por los asistentes, que no pudieron evitar romper el casi sacro silencio mantenido hasta ese momento. </span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Si la conferencia hubiera concluido en ese punto, Sir Benjamin Malory hubiera podido seguir dedicando su tiempo a la gratificante desocupación de presidir la Sociedad, y con todos los parabienes además, pero el Dr. Shore pasó a continuación a precisar, aún más minuciosamente si cabe, las técnicas con que los mediums profesionales falsificaban tales pruebas. No menos de una docena de ellos estaban presentes, pero ninguno quiso ser el primero en darse por aludido mientras desfilaba ante el público una veintena de fraudes, trucos de magia, prestidigitación, manipulación de placas fotográficas y cuantas añagazas pasaron alguna vez por mente humana: los fuegos fatuos fueron acumulaciones de fósforo, la maldición de Tutankhamon envenenamiento por esporas de un hongo venenoso y hasta la resurrección de Jesucristo se convirtió allí en un simple acto de profanación de sepulcros. El irrefrenable doctor había conseguido en sólo quince minutos poner en su contra a los mediums, los investigadores de la magia egipcia y hasta a los cristianos en general, pero  el malestar se tornó ya en estupor cuando, tras recoger las fotografías que con tanto agrado acababa de contemplar su auditorio, pasó a describir los métodos que él mismo había empleado para conseguir aquellas falsificaciones. Y lo dijo así, textualmente.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    El altercado que contemplaron los adustos salones de la Royal Society diez años antes con motivo de la poco diplomática teoría de William Walham fue una tibia protesta comparado con el que allí se formó. Acaso los caballeros de la Royal conservaran cierta compostura en aquellos momentos por débito a su linaje y posición, también porque vivían casi todos de otra cosa (rentas, principalmente), pero la abigarrada colección de tahures, quiromantes, mediums, egiptólogos, hipnotistas, astrólogos, espiritistas, hechiceros, adivinos, telépatas, exorcistas, curanderos y levitantes, se tomó mucho peor que fuera tan directa e impúdicamente vituperada su medio de subsistencia. No se pararon tales personajes en apelativos cultos: fue mencionada allí la madre del doctor, la compleja identificación de su padre, sus gustos sexuales, el consentido adulterio de su esposa y su extraordinario parecido con  no pocas especies animales de poco recomendable aspecto y cualidades.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    El Presidente, Mr. Malory, más por sentirse en su deber que por desacuerdo con lo escuchado de labios de sus administrados, trató de poner orden, pero sólo lo consiguió cuando los insultaros comenzaros a ser repetitivos. Al fin, tras arduos esfuerzos, logró imponer su  voz sobre el griterío, y la severidad judicial de sus palabras decretó al fin una pizca de orden en aquel injurioso maremágnum.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    —Abandonar la conducta que dos mil años de civilización nos han enseñado como la más apropiada entre personas sensatas no va ayudar en absoluto a demostrar lo veraz de nuestras posturas. Guarden, por tanto, silencio, y escuchemos lo que el doctor tenga que decirnos.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    —Gracias— empezó el doctor, que se había mantenido absolutamente indiferente al escándalo de la platea—. Quería decir hace un momento que mis investigaciones no han hallado más que fraudes porque no es posible otra cosa en el campo que nos ocupa. No sabemos qué hacer con los muertos y como nuestra conciencia no nos permite abandonar a los seres queridos en el cementerio y dejar que allí se pudran tranquilamente, inventamos mil historias distintas con que resucitarlos a medias. Y los resucitamos, eso sí, con poderes extraordinarios, con conocimiento e inteligencia superlativas, de lo que resulta que la muerte da más de lo que quita, pues hasta el fantasma del más imbécil puede responder a las difíciles inquisiciones de un espiritista avezado. Pero no es así, señores; se impone la seriedad: los muertos pueden ir al cielo o al infierno, según los creyentes, o a ninguna parte, según los ateos, pero de ninguna manera es admisible pensar que se quedan por aquí, flotando en el vacío, apareciéndose estúpidamente sin mensaje alguno que comunicar. Reconozco, cierto es, que a lo largo de la historia son tantos los casos en que se informa de su presencia que sólo ese motivo es suficiente para dar crédito a su existencia, pero si por un momento se deciden a razonar, convendrán conmigo en que tan perenne es su presencia en la historia como las causas que a mi parecer originan la alucinación que les da vida: el miedo a la muerte y el ansia de justificar lo injustificable.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Nuevos murmullos, atajados sin piedad por la presidencia.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    —Cuando se es una persona importante, un rey digamos, resulta doloroso reconocer que el día en que nos abrace la tierra se acabará nuestra influencia, nuestro poder y nuestro dominio sobre las decisiones ajenas. Los que en tal coyuntura no se conforman con escribir testamentos, que es la forma en que habitualmente tratan los muertos de seguir imponiéndose a los vivos, suelen ser los más propensos a ver las almas de quienes les antecedieron, o a creer a quienes dicen haberlas visto; y si el rey lo cree mejor será a sus súbditos hacer otro tanto. Nace así un mito que de puro conocido llega a ser indiscutible: la literatura no hace más que darme la razón, y ustedes que lo niegan, mejor harían en leer a Shakespeare en vez de esos burdos folletones que tan ajados descansan ahora en la biblioteca de esta sociedad.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">        Regreso de los gritos, sofocados sin necesidad de intervención alguna al margen de quienes querían seguir escuchando, así fuera por curiosidad, el resto del razonamiento.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    —Si, por contra, una persona ni ha sido rey, siquiera en su casa, ni ha hecho nada en la vida, ni encuentra posibilidad alguna de hacerlo, parece lógico que el deseo de prolongar la existencia, y no en mundo superior alguno, sino al lado de parientes, conocidos y enemigos, le impulse a creer que es posible vagar por las casas, los campanarios o los cruces de caminos. De ese modo no es extraño que esas gentes, que de pura abundancia son legión, suelan creer lo que otras más imaginativas les cuenten acerca de lo visto u oído en tal o cual abandonado paraje. Porque convendrán conmigo en que los fantasmas jamás son vistos por muchedumbres.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Dos docenas de discursos brotaron entre el público, tratando de contradecir al orador, pero Sir Benjamin quería acabar con aquello cuanto antes y con un gesto ordenó silencio. Con menos partsimonia de la habitual, secó el sudor que coronaba su frente e indicó al doctor que podía continuar. </span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    —Pero hay otras muchas causas que producen las apariciones que hoy nos interesan. Una de los más interesantes partos de un fantasma es el del que sabe algo que no debe saber o quiere decir algo que no debe decir, y se libera de las crueles ataduras del sigilo o la prudencia atribuyendo sus palabras al oráculo de un muerto. ¡Bravo por su osadía!, pero si bien está creerlo en público para evitar otras investigaciones, siempre enfadosas, no han puesto aún los lingüistas nombre a la superlativa estupidez que constituye seguir creyéndolo en privado. Tal sería seguir defendiendo la existencia de Papá Nöel o los Reyes Magos después de que los niños se hayan acostado.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Los gritos que siguieron a esta aseveración tardaron en ser silenciados algo más que los anteriores. </span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    —Por último, porque observo que poco tiempo más podré dirigirme a ustedes, está el aburrimiento. La gente se aburre, terrible, espantosamente se aburre, y en tales sofocos de fastidio está dispuesta a buscar lo que sea, cualquier superchería capaz convencerles de que la vida que llevan es algo distinto de la porquería que en realidad es. Los fantasmas cumplen la doble misión de prometerles una prolongación más allá de la fosa y entretenerles mientras viven, ¿qué más se puede pedir?</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Y para que no digan que no dejo una puerta abierta a la posibilidad, porque posible lo es todo, quiero terminar diciendo que si alguien tuviera una existencia posterior a la muerte sería alguien con una gran obra inconclusa, y los hombres con grandes obras son gente de talento o de coraje, gente muy ocupada que ni se dejaría convocar por mediums ni fotografiar por espantajos como ustedes, de lo que resulta que el famoso Más Allá del que esta Sociedad se ocupa está habitado por las almas de los tontos muertos que se dedican a dejarse interrogar y retratar por los tontos vivos. Muchas gracias.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Como nadie recordaba otros distintos, los insultos del principio se repitieron de nuevo, aunque diez veces magnificados en volumen.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Viendo que allí no tenía nada más que hacer ni que decir, el doctor Shore se puso tranquilamente su abrigo, dio la mano a su anfitrión, se calzó los guantes y atravesando la pared, se fue.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="left"><strong><span style="color: #cc0033;">Premio Tierra de Monegros 2005</span></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="left"><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="left"><strong><span style="color: #cc0033;"><a href="http://www.javier-perez-es">www.javier-perez-es</a></span></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="left"><strong><span style="color: #cc0033;"><a href="http://www.columnasdeprensa.com">www.columnasdeprensa.com</a> </span></strong></p>
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		<title>Caridad</title>
		<link>http://www.cuentoscrueles.com/javier-perez/caridad/</link>
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		<pubDate>Sat, 07 Nov 2009 20:36:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Javier Pérez]]></category>
		<category><![CDATA[Malas intenciones]]></category>
		<category><![CDATA[Malas obras]]></category>
		<category><![CDATA[Putadas y jugarretas]]></category>
		<category><![CDATA[Con Felipe]]></category>
		<category><![CDATA[Juicio Final]]></category>
		<category><![CDATA[Lasarte Oria]]></category>

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		<description><![CDATA[     Cuando se ha vivido casi treinta años en la misma casa, poco hay más desolador que una mudanza, y no sólo por las paredes que quedan desnudas, como acusaciones de abandono de un espacio que reclamamos un día y reclama ahora a su vez nuestra protección, o por las pequeñas huellas de nuestra vida, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><img class="alignleft size-medium wp-image-90" style="margin: 10px;" title="002_1-ens-ng22310-1" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/002_1-ens-ng22310-1-300x194.jpg" alt="002_1-ens-ng22310-1" width="300" height="194" />     Cuando se ha vivido casi treinta años en la misma casa, poco hay más desolador que una mudanza, y no sólo por las paredes que quedan desnudas, como acusaciones de abandono de un espacio que reclamamos un día y reclama ahora a su vez nuestra protección, o por las pequeñas huellas de nuestra vida, y hasta los viejos olores, tan familiares, vencidos poco a poco, infatigablemente, por el eco y la humedad.</p>
<p style="text-align: justify;">            Lo peor de todo es desprenderse de todos esos pequeños objetos que hemos querido olvidar por falta de valor para arrojarlos a la basura: los billetes de avión de nuestros mejores viajes, un mechón de cabello de una antigua novia, nuestras primeras botas de fútbol o una desportillada amalgama de tebeos estropajosos que nosotros nunca volveremos a mirar y nuestros hijos esquivan con repugnancia. Decía Chesterton que tres mudanzas equivalen a un incendio, pero yo creo que las mudanzas son mucho peores, porque el incendio se lleva lo que quiere, mientras que cuando te vas de una casa eres tú el que debe acopiar firmeza para desprenderte voluntariamente de todas esas cosas.</p>
<p style="text-align: justify;">            En ese indeseable Juicio Final de los recuerdos que constituye toda mudanza, a veces florece también alguna satisfacción en forma de agenda con el teléfono de alguien con quien habíamos perdido contacto, o un fajo de fotos de los tiempos en que no regalaban álbumes con los revelados ni se guardaban cinco mil imágenes en un círculo de plástico.</p>
<p style="text-align: justify;">            En mi caso ni ese consuelo tuve, porque las viejas agendas estaban llenas de nombres emigrados, de amigos muertos en accidentes estúpidos o de malentendidos incomprensibles, arrumbados para siempre en el limbo de las extrañezas. Las fotos eran sólo una versión más viva y dolorosa de lo mismo. Sólo una de ellas me hizo sonreír, pero tan poca cosa bastó para redimir aquella tarde aciaga de patético emperador romano decidiendo con el pulgar sobre la vida o muerte de los objetos que habían lidiado en el circo de mi vida.</p>
<p style="text-align: justify;">            Se trataba de una foto en blanco y negro, de cuando yo tenía doce o trece años y jugaba en el equipo del fútbol del colegio.  Acababa de marcar un gol y me abrazaba Felipe, el capitán del equipo. Eso es lo que tienen las fotos cuando se separan de las personas a las que representan: que se prestan a mentir mejor que mil palabras. Por eso siempre me digo que esas instantáneas antiguas en las que aparecen familias enteras endomingadas mirando a la cámara con los ojos muy abiertos pueden haberse sacado diez minutos antes de una separación definitiva, o puede ser que uno de los niños que aparecen en ella sea en realidad el hijo del fotógrafo que sustituye para el libro de familia a un niño enfermo, o incluso a uno inexistente.</p>
<p style="text-align: justify;">            Las fotos no cuentan historias: somos nosotros los que las contamos, y cuando ya no estamos para hacerlo es mejor que las fotografías ardan o desaparezcan, no sea que surja el desaprensivo que invente sobre nosotros lo que nunca imaginamos. O peor aún, lo que no imaginaron los demás y nunca quisimos que se supiera.</p>
<p style="text-align: justify;">            En esta que encontré, como decía, aparecía vestido de futbolista y abrazado con Felipe. Si alguien la hubiese encontrado después de morir yo, de viejo o en el naufragio de un submarino, por ejemplo, hubiese pensado que había marcado un gol y que Felipe y yo éramos amigos.</p>
<p style="text-align: justify;">            Pues no. Y como no me he muerto, lo cuento.</p>
<p style="text-align: justify;">            Felipe era un perfecto hijo de puta que se burlaba de todos con bromas crueles y aprovechaba su corpulencia para repartir patadas y manotazos a cualquiera que discutiese su autoridad. Normalmente me consideraba una de sus víctimas favoritas, pero en aquel momento estaba contento porque yo acababa de meter un gol y me abrazaba.</p>
<p style="text-align: justify;">            Más adelante, pocos meses después, tuve un encuentro serio con él por una broma que se pasó de la raya y de aquello resultó la nariz torcida que he lucido toda mi vida. Con Felipe no quedaba más remedio que aguantar las humillaciones o aguantar los golpes: la elección era sencilla. Recuerdo que cuando acabé el instituto para ir a la universidad, lo primero que pensé fue que no tendría que volver a verle, y me alegré más por eso que por la reválida recién aprobada.</p>
<p style="text-align: justify;">            Por suerte, así fue. Yo me marché a estudiar fuera y él empezó a trabajar mientras preparaba unas oposiciones que no exigían más titulación que el bachillerato. Ceo que quería ser policía, guardia civil o algo así, y todos los que lo conocíamos nos aterrorizábamos pensando lo que podía ser encontrárselo un día vestido de uniforme y con un arma al cinto. Un compañero común me dijo tiempo después que se había enfadado mucho porque le habían suspendido en la prueba psicotécnica y a mí me hizo gracia el asunto: era normal que a un energúmeno como aquel le encontrasen alguna pieza desquiciada si lo miraban un poco de cerca.</p>
<p style="text-align: justify;">            En diez o doce años no volví a saber nada más de él. La memoria tiene la virtud de borrar las heridas, los dolores y los miserables.</p>
<p style="text-align: justify;">            Luego supe que se metió en líos, no sé bien si de drogas, proxenetismo o de otro tipo, pero el caso es que hirió de gravedad a un hombre y pasó una temporada en la cárcel. No fue mucho tiempo, seis o siete meses, creo, pero cuando salió de prisión ya no era el mismo. Allí seguramente había aprendido que no era único, y que su viejo procedimiento para hacer vida social podía costar muy caro según con quien se tratara. Lo aprendió tarde, pero estoy seguro de que lo aprendió.</p>
<p style="text-align: justify;">            Después de salir de prisión tuvo dos o tres trabajos, todos en la construcción, pero como bebía más de la cuenta no tardaban en despedirlo. De ahí a quedarse en la calle mediaron solo unos cuantos años, los justos para que sus malos negocios y un par de traiciones de antiguos compinches le demostraran que estaba ya demasiado viejo para aquella clase de trapicheos.</p>
<p style="text-align: justify;">             Hace tres o cuatro años lo vi aquí en Madrid, en el metro de Tirso de Molina, tratando de protegerse de la lluvia y encendiendo una colilla. Lo llamé por su nombre y le estreché la mano, pero creo que no me reconoció.</p>
<p style="text-align: justify;">            Ahora, cada vez que paso por su lado le doy diez euros. ¿Por compasión?, ¿porque me apiado de él? Debería decir que sí, pero el caso es que se los doy para que no se le pase por la cabeza salir de su abandono y tratar de empezar una nueva vida en otro lado. Se los doy para clavarlo a su esquina, para que esté allí hasta que reviente.</p>
<p style="text-align: justify;">            A veces creo que los demás que le dan una monedas también lo conocen y piensan lo mismo que yo.</p>
<p style="text-align: justify;">            En cuanto a la foto, pensé romperla, pero al final preferí tirarla por la ventana para que la calle acabase con ella a su manera.</p>
<p style="text-align: justify;">            Simbolismos o vudús de cada cual.</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://www.javier-perez.es">www.javier-perez.es</a></p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://www.columnasdeprensa.com">www.columnasdeprensa.com</a></p>
<p style="text-align: justify;">Este cuento es propiedad del Ayuntamiento de Lasarte Oria.</p>
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		<title>Lo que hay que saber</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Nov 2009 20:52:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Javier Pérez]]></category>
		<category><![CDATA[Malas obras]]></category>
		<category><![CDATA[Premio Anxel Fole]]></category>

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		<description><![CDATA[Ya lo decía Quohelet: donde hay mucho conocimiento hay mucho dolor.
Y donde no, también. Eso olvidó añadir.
¿Es mejor saber o no saber?
Es mejor saber lo que hay que saber.
Saber, por ejemplo, que nuestro hijo tiene dos años, que está cada día más guapo y que ya dice algunas palabras. Saber que de pronto empieza a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a title="La dama del alba" href="http://www.ladamadelalba.com" target="_blank"><img class="alignleft size-full wp-image-10" style="margin: 15px; border: black 7px solid;" title="corazon" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/corazon1.jpg" alt="corazon" width="239" height="194" /></a>Ya lo decía Quohelet: donde hay mucho conocimiento hay mucho dolor.</p>
<p align="justify">Y donde no, también. Eso olvidó añadir.</p>
<p align="justify">¿Es mejor saber o no saber?</p>
<p align="justify">Es mejor saber lo que hay que saber.</p>
<p align="justify">Saber, por ejemplo, que nuestro hijo tiene dos años, que está cada día más guapo y que ya dice algunas palabras. Saber que de pronto empieza a comer peor que de costumbre y que parece que se ha puesto enfermo. Eso es saber algo importante.</p>
<p align="justify">Saber que después de recorrer centros y hospitales, de hacer análisis y más análisis, de ponerle todas las vacunas contra los virus infantiles de guardería, y de probar todos los remedios modernos y caseros de que nos han hablado, sigue enfermo.</p>
<p align="justify">Saber que hay que alegrarse cuando el pediatra decide al fin examinarlo a fondo, porque parece que no es una de esas enfermedades sin importancia que contraen los niños.</p>
<p align="justify">Saber llorar cuando te dice el médico que el niño tiene una cardiopatía congénita. Sabes que es grave. Sabes que puede ser incluso muy grave y palideces como si la piel fuese alérgica a la sangre.</p>
<p align="justify">Saber llorar y saber tener esperanza. Porque hay esperanza y hay que saber creer en ella, aunque sea escasa. Aprender a creer en algo: eso sí que es tarea difícil. Pero lo necesitas a toda costa y aprendes. Y crees con la furia de los conversos, con el fervor de los alcanzados por el rayo.</p>
<p align="justify">Saber que no responde al tratamiento. Que la enfermedad es grave, que el médico tuerce el gesto cuando revisa la analítica y la radióloga mira a otro lado cuando buscas su mirada, que el niño se seguirá apagando hasta encontrarlo frío un día en la cuna. Hay que saber eso.</p>
<p align="justify">Saberlo de veras es asumirlo. Saber es interiorizar, poner dentro lo que está fuera. Pero poner dentro algo así es como tragarse una granada de mano después de quitarle la anilla. Y sonriendo, además, porque no quieres que el niño te note nada. Te tragas la granada y dices<em> &#8220;mira qué rica la golosina que se ha comido papá&#8221;</em>.</p>
<p align="justify">Y finalmente lo sabes. Te ha costado, pero al fin lo sabes. Juegas con él sabiendo que cada día puede ser el último, y lo abrazas más de la cuenta, como si lo quisieras más porque se vaya a morir que si estuviera sano. Es una tontería, pero, ¿desde cuando los abrazos saben lógica?</p>
<p align="justify">Y te dicen que existe aún una esperanza.</p>
<p align="justify">Y entonces cambias el saber por el esperar. Si saber ya era difícil, esperar es tarea de héroes.</p>
<p align="justify">Porque se trata de esperar. Esperar que muera algún niño de su edad. De otro mal cualquiera. En un accidente de tráfico. En un accidente doméstico. De uno de esos tumores infantiles que se disgregan y subdividen a dos veces la velocidad de la luz. Lo que sea. Da igual.</p>
<p align="justify">Y te conviertes en un buitre esperando que se muera el hijo de otro y te quiera ceder un corazón. Y sabes que lo deseas. Te lo niegas. Pero sabes que es así.</p>
<p align="justify">Lo deseas.</p>
<p align="justify">Entonces es cuando sabes demasiado y quisieras ser un ignorante.</p>
<p align="justify">Pero pasa el tiempo y el corazón no llega. Maldices en voz baja porque no te atreves a quejarte de que no se muera otro niño.</p>
<p align="justify">Y entonces un día te enteras de que quizá no sea preciso esperar. Alguien te informa de un par de cosas que no deberías saber y te pones al corriente. Quisieras no saberlo, pero preguntas, y haces unas cuantas llamadas. No quieres saberlo pero crece la avidez de conocimiento.</p>
<p align="justify">Y sabes al fin que en algún lugar de Centroamérica te venden un corazón. Te horroriza pensar que se puedan vender esas cosas. Te parece espantoso mientras preguntas el precio aunque no lo quieres saber. Te dicen cuanto costaría con absoluta frialdad. Y lo puedes pagar.</p>
<p align="justify">Y sabes que los corazones de niños de dos años no crecen en los árboles como las manzanas. Ni son bulbos como las cebollas. Ni tubérculos como las patatas. Los corazones de niños de dos años crecen en niños de dos años, por supuesto, pero esa es una evidencia a la que no eres capaz de llegar. Lo intentas pero no puedes. No consigues saberlo.</p>
<p align="justify">Prefieres ser ignorante. Y creer que lo sacarán de la tierra con una azada. Llegas a creerlo. Lo crees de veras, con toda el alma. A veces incluso lo imaginas: un corazón palpitante saliendo de la tierra y un campesino moreno que te lo ofrece con una sonrisa reluciente.</p>
<p align="justify">Y compras el billete de avión convencido de que así es: saldrá de la tierra y lo sacarán con una azada. No puede ser de otro modo. Es impensable que sea de otro modo. No sería lógico.</p>
<p align="justify">Y pagas.</p>
<p align="justify">Y le hacen el trasplante a tu hijo en una clínica privada, aparentemente imposible en un sitio así. No puede existir tal cosa en semejante sitio, pero sí que es posible. Y sabes por qué es posible. Y prefieres no saberlo, pero pagas, y lo sabes.</p>
<p align="justify">Y estás un mes allí, casi dos. Y no miras a la gente. Y te dices que el menor de doce hermanos ha salvado del hambre a los otros once, pocos segundos antes de que se lo llevase el tifus. Un minuto antes de que lo atropellara un autobús. Justo cuando iba a destrozarlo un meteorito. Cualquier cosa te vale. Te vale lo que sea.</p>
<p align="justify">Y tu hijo te sonríe cuando vuelves a casa. Y con el ronroneo de los motores del avión se queda dormido. No puedes apartar los ojos de él mientras duerme.</p>
<p align="justify">Y sabes que has hecho lo que tenías que hacer.</p>
<p align="justify">Tu hijo está contigo y te sonríe: sabes lo que tienes que saber. Y te gustaría no saber más.</p>
<p align="justify">Sólo falta encontrar a quien te venda la ignorancia.</p>
<p align="justify">Sólo eso.</p>
<p align="justify"> </p>
<p align="justify"><a href="http://www.javier-perez.es">www.javier-perez.es</a></p>
<p align="justify"><a href="http://www.columnasdeprensa.com">www.columnasdeprensa.com</a></p>
<p align="justify"> </p>
<p align="justify">Este cuento fue ganador del Premio Anxel Fole de relatos 2006, y es propiedad del Excmo. Ayuntamiento de Lugo</p>
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