<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>CUENTOS CRUELES &#187; Humor negro</title>
	<atom:link href="http://www.cuentoscrueles.com/category/humor-negro/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>http://www.cuentoscrueles.com</link>
	<description>Cuentos para pensar. Cuentos de miedo. Relatos malvados. Historias malignas. Narrativa inteligente fuera de las normas morales.</description>
	<lastBuildDate>Wed, 28 Jul 2010 10:35:44 +0000</lastBuildDate>
	<generator>http://wordpress.org/?v=2.8.5</generator>
	<language>en</language>
	<sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
			<item>
		<title>La Rana que quería ser una rana auténtica</title>
		<link>http://www.cuentoscrueles.com/crueldades/la-rana-que-queria-ser-una-rana-autentica/</link>
		<comments>http://www.cuentoscrueles.com/crueldades/la-rana-que-queria-ser-una-rana-autentica/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 02 Jun 2010 06:54:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Augusto Monterrosso]]></category>
		<category><![CDATA[Crueldades]]></category>
		<category><![CDATA[Humor negro]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.cuentoscrueles.com/?p=66</guid>
		<description><![CDATA[
Había una vez una Rana que quería ser una Rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello.
Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad.
Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h3><a name="rana"></a></h3>
<p>Había una vez una Rana que quería ser una Rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello.</p>
<p>Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad.</p>
<p>Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.</p>
<p>Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una Rana auténtica.</p>
<p>Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían.</p>
<p>Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una Rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena Rana, que parecía Pollo.</p>
<a class="a2a_dd addtoany_share_save" href="http://www.addtoany.com/share_save?linkurl=http%3A%2F%2Fwww.cuentoscrueles.com%2Fcrueldades%2Fla-rana-que-queria-ser-una-rana-autentica%2F&amp;linkname=La%20Rana%20que%20quer%C3%ADa%20ser%20una%20rana%20aut%C3%A9ntica"><img src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/plugins/add-to-any/share_save_171_16.png" width="171" height="16" alt="Share/Bookmark"/></a>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.cuentoscrueles.com/crueldades/la-rana-que-queria-ser-una-rana-autentica/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>La Oveja negra</title>
		<link>http://www.cuentoscrueles.com/malas-obras/la-oveja-negra/</link>
		<comments>http://www.cuentoscrueles.com/malas-obras/la-oveja-negra/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 01 Mar 2010 06:49:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Augusto Monterrosso]]></category>
		<category><![CDATA[Crueldades]]></category>
		<category><![CDATA[Humor negro]]></category>
		<category><![CDATA[Malas intenciones]]></category>
		<category><![CDATA[Malas obras]]></category>
		<category><![CDATA[Putadas y jugarretas]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.cuentoscrueles.com/?p=59</guid>
		<description><![CDATA[
En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra.
Fue fusilada.
Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.
Así, en los sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a name="oveja"></a></p>
<p>En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra.</p>
<p>Fue fusilada.</p>
<p>Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.</p>
<p>Así, en los sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.</p>
<p>Augusto Monterrosso</p>
<a class="a2a_dd addtoany_share_save" href="http://www.addtoany.com/share_save?linkurl=http%3A%2F%2Fwww.cuentoscrueles.com%2Fmalas-obras%2Fla-oveja-negra%2F&amp;linkname=La%20Oveja%20negra"><img src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/plugins/add-to-any/share_save_171_16.png" width="171" height="16" alt="Share/Bookmark"/></a>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.cuentoscrueles.com/malas-obras/la-oveja-negra/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>EL BURRO Y LA FLAUTA</title>
		<link>http://www.cuentoscrueles.com/crueldades/el-burro-y-la-flauta/</link>
		<comments>http://www.cuentoscrueles.com/crueldades/el-burro-y-la-flauta/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 16 Feb 2010 06:50:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Augusto Monterrosso]]></category>
		<category><![CDATA[Crueldades]]></category>
		<category><![CDATA[Humor negro]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.cuentoscrueles.com/?p=62</guid>
		<description><![CDATA[
Tirada en el campo estaba desde hacía tiempo una Flauta que ya nadie tocaba, hasta que un día un Burro que paseaba por ahí resopló fuerte sobre ella haciéndola producir el sonido más dulce de su vida, es decir, de la vida del Burro y de la Flauta.
Incapaces de comprender lo que había pasado, pues [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h3><a name="burro"></a></h3>
<p>Tirada en el campo estaba desde hacía tiempo una Flauta que ya nadie tocaba, hasta que un día un Burro que paseaba por ahí resopló fuerte sobre ella haciéndola producir el sonido más dulce de su vida, es decir, de la vida del Burro y de la Flauta.</p>
<p>Incapaces de comprender lo que había pasado, pues la racionalidad no era su fuerte y ambos creían en la racionalidad, se separaron presurosos, avergonzados de lo mejor que el uno y el otro habían hecho durante su triste existencia.</p>
<p> </p>
<p>Augusto Monterrosso</p>
<a class="a2a_dd addtoany_share_save" href="http://www.addtoany.com/share_save?linkurl=http%3A%2F%2Fwww.cuentoscrueles.com%2Fcrueldades%2Fel-burro-y-la-flauta%2F&amp;linkname=EL%20BURRO%20Y%20LA%20FLAUTA"><img src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/plugins/add-to-any/share_save_171_16.png" width="171" height="16" alt="Share/Bookmark"/></a>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.cuentoscrueles.com/crueldades/el-burro-y-la-flauta/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Las almas de los tontos</title>
		<link>http://www.cuentoscrueles.com/javier-perez/las-almas-de-los-tontos/</link>
		<comments>http://www.cuentoscrueles.com/javier-perez/las-almas-de-los-tontos/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 11 Feb 2010 18:45:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crueldades]]></category>
		<category><![CDATA[Humor negro]]></category>
		<category><![CDATA[Javier Pérez]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.cuentoscrueles.com/?p=115</guid>
		<description><![CDATA[  
  Como un pastor despidiendo afablemente a los fieles a la puerta de su templo, Sir Benjamin Malory estrecha la mano de los miembros de la Society for Researching of Unexplaineden el jardín del sólido edificio que sirve de sede a la Sociedad, una de las más reputadas, ya que no de las más antiguas, del [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="center"><strong> </strong> </p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;"><span style="color: #cc0033;">  <img class="alignleft size-medium wp-image-116" style="margin: 12px; border: black 4px solid;" title="espectro" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/espectro-238x300.jpg" alt="espectro" width="238" height="300" /></span>Como un pastor despidiendo afablemente a los fieles a la puerta de su templo, Sir Benjamin Malory estrecha la mano de los miembros de la Society for Researching of Unexplaineden el jardín del sólido edificio que sirve de sede a la Sociedad, una de las más reputadas, ya que no de las más antiguas, del Edimburgo elegante. Absolutamente decidido a no ofrecer ninguna explicación sobre lo ocurrido, acaba de presentar su dimisión como presidente, e incluso ha solicitado la baja como miembro.</span></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><span style="color: #993300;"><strong>    Sólo una hora antes maldecía el infausto momento en que se ocurrió invitar a aquel condenado Dr. Shore, geólogo y psiquiatra, a la sociedad paracientífica que dos semanas atrás le brindara el honor de la presidencia. No había sido una imprudencia, ni siquiera una decisión poco meditada: los muchos y celebrados experimentos del doctor en el campo de la detección de presencias paranormales parecieron un inmejorable aval para elegirlo como primer conferenciante dentro del ciclo programado. De hecho, todos los miembros de la Sociedad que vivían a menos de cien millas acudieron puntualmente para ocupar su sitio en el salón. A la hora de inicio de la conferencia sólo quedaba media docena de sillas vacías, tantas como cartas de disculpa dirigidas a Si Benjamin felicitándole por su criterio y aclarando que la inasistencia se debía a otras razones, y nunca a desinterés por el acto programado.</strong><strong> </strong></span></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;"><span style="color: #993300;">    Cuando el doctor Shore se presentó en la sala fue recibido por una cerrada ovación que dio paso enseguida a un silencio casi ritual, somo si el eminente especialista en fenómenos paranormales se dispusiera a conjurar un espectro sobre la tarima en vez de a exponer sus conocimientos</span> sobre los procedimientos técnicos.</span></strong><strong> </strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Los primeros treinta minutos, destinados a explicar la metodología de sus experimentos, resultaron verdaderamente sustanciales, brillantes hasta el punto de obligar a la concurrencia —poco dada a reconocerse lega en tales materias— a tomar notas sobre la marcha del torrente de novedades que desde el estrado se exponía. Concluida la detallada descripción de los procedimientos, pasó acto seguido a enumerar los hallazgos a que estos habían dado lugar, deteniéndose muy especialmente en las magníficas fotografías de hectoplasmas que se habían ido acumulando en su laboratorio. Tres de ellas fueron arrancadas ansiosamente de mano en mano por los asistentes, que no pudieron evitar romper el casi sacro silencio mantenido hasta ese momento. </span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Si la conferencia hubiera concluido en ese punto, Sir Benjamin Malory hubiera podido seguir dedicando su tiempo a la gratificante desocupación de presidir la Sociedad, y con todos los parabienes además, pero el Dr. Shore pasó a continuación a precisar, aún más minuciosamente si cabe, las técnicas con que los mediums profesionales falsificaban tales pruebas. No menos de una docena de ellos estaban presentes, pero ninguno quiso ser el primero en darse por aludido mientras desfilaba ante el público una veintena de fraudes, trucos de magia, prestidigitación, manipulación de placas fotográficas y cuantas añagazas pasaron alguna vez por mente humana: los fuegos fatuos fueron acumulaciones de fósforo, la maldición de Tutankhamon envenenamiento por esporas de un hongo venenoso y hasta la resurrección de Jesucristo se convirtió allí en un simple acto de profanación de sepulcros. El irrefrenable doctor había conseguido en sólo quince minutos poner en su contra a los mediums, los investigadores de la magia egipcia y hasta a los cristianos en general, pero  el malestar se tornó ya en estupor cuando, tras recoger las fotografías que con tanto agrado acababa de contemplar su auditorio, pasó a describir los métodos que él mismo había empleado para conseguir aquellas falsificaciones. Y lo dijo así, textualmente.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    El altercado que contemplaron los adustos salones de la Royal Society diez años antes con motivo de la poco diplomática teoría de William Walham fue una tibia protesta comparado con el que allí se formó. Acaso los caballeros de la Royal conservaran cierta compostura en aquellos momentos por débito a su linaje y posición, también porque vivían casi todos de otra cosa (rentas, principalmente), pero la abigarrada colección de tahures, quiromantes, mediums, egiptólogos, hipnotistas, astrólogos, espiritistas, hechiceros, adivinos, telépatas, exorcistas, curanderos y levitantes, se tomó mucho peor que fuera tan directa e impúdicamente vituperada su medio de subsistencia. No se pararon tales personajes en apelativos cultos: fue mencionada allí la madre del doctor, la compleja identificación de su padre, sus gustos sexuales, el consentido adulterio de su esposa y su extraordinario parecido con  no pocas especies animales de poco recomendable aspecto y cualidades.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    El Presidente, Mr. Malory, más por sentirse en su deber que por desacuerdo con lo escuchado de labios de sus administrados, trató de poner orden, pero sólo lo consiguió cuando los insultaros comenzaros a ser repetitivos. Al fin, tras arduos esfuerzos, logró imponer su  voz sobre el griterío, y la severidad judicial de sus palabras decretó al fin una pizca de orden en aquel injurioso maremágnum.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    —Abandonar la conducta que dos mil años de civilización nos han enseñado como la más apropiada entre personas sensatas no va ayudar en absoluto a demostrar lo veraz de nuestras posturas. Guarden, por tanto, silencio, y escuchemos lo que el doctor tenga que decirnos.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    —Gracias— empezó el doctor, que se había mantenido absolutamente indiferente al escándalo de la platea—. Quería decir hace un momento que mis investigaciones no han hallado más que fraudes porque no es posible otra cosa en el campo que nos ocupa. No sabemos qué hacer con los muertos y como nuestra conciencia no nos permite abandonar a los seres queridos en el cementerio y dejar que allí se pudran tranquilamente, inventamos mil historias distintas con que resucitarlos a medias. Y los resucitamos, eso sí, con poderes extraordinarios, con conocimiento e inteligencia superlativas, de lo que resulta que la muerte da más de lo que quita, pues hasta el fantasma del más imbécil puede responder a las difíciles inquisiciones de un espiritista avezado. Pero no es así, señores; se impone la seriedad: los muertos pueden ir al cielo o al infierno, según los creyentes, o a ninguna parte, según los ateos, pero de ninguna manera es admisible pensar que se quedan por aquí, flotando en el vacío, apareciéndose estúpidamente sin mensaje alguno que comunicar. Reconozco, cierto es, que a lo largo de la historia son tantos los casos en que se informa de su presencia que sólo ese motivo es suficiente para dar crédito a su existencia, pero si por un momento se deciden a razonar, convendrán conmigo en que tan perenne es su presencia en la historia como las causas que a mi parecer originan la alucinación que les da vida: el miedo a la muerte y el ansia de justificar lo injustificable.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Nuevos murmullos, atajados sin piedad por la presidencia.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    —Cuando se es una persona importante, un rey digamos, resulta doloroso reconocer que el día en que nos abrace la tierra se acabará nuestra influencia, nuestro poder y nuestro dominio sobre las decisiones ajenas. Los que en tal coyuntura no se conforman con escribir testamentos, que es la forma en que habitualmente tratan los muertos de seguir imponiéndose a los vivos, suelen ser los más propensos a ver las almas de quienes les antecedieron, o a creer a quienes dicen haberlas visto; y si el rey lo cree mejor será a sus súbditos hacer otro tanto. Nace así un mito que de puro conocido llega a ser indiscutible: la literatura no hace más que darme la razón, y ustedes que lo niegan, mejor harían en leer a Shakespeare en vez de esos burdos folletones que tan ajados descansan ahora en la biblioteca de esta sociedad.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">        Regreso de los gritos, sofocados sin necesidad de intervención alguna al margen de quienes querían seguir escuchando, así fuera por curiosidad, el resto del razonamiento.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    —Si, por contra, una persona ni ha sido rey, siquiera en su casa, ni ha hecho nada en la vida, ni encuentra posibilidad alguna de hacerlo, parece lógico que el deseo de prolongar la existencia, y no en mundo superior alguno, sino al lado de parientes, conocidos y enemigos, le impulse a creer que es posible vagar por las casas, los campanarios o los cruces de caminos. De ese modo no es extraño que esas gentes, que de pura abundancia son legión, suelan creer lo que otras más imaginativas les cuenten acerca de lo visto u oído en tal o cual abandonado paraje. Porque convendrán conmigo en que los fantasmas jamás son vistos por muchedumbres.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Dos docenas de discursos brotaron entre el público, tratando de contradecir al orador, pero Sir Benjamin quería acabar con aquello cuanto antes y con un gesto ordenó silencio. Con menos partsimonia de la habitual, secó el sudor que coronaba su frente e indicó al doctor que podía continuar. </span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    —Pero hay otras muchas causas que producen las apariciones que hoy nos interesan. Una de los más interesantes partos de un fantasma es el del que sabe algo que no debe saber o quiere decir algo que no debe decir, y se libera de las crueles ataduras del sigilo o la prudencia atribuyendo sus palabras al oráculo de un muerto. ¡Bravo por su osadía!, pero si bien está creerlo en público para evitar otras investigaciones, siempre enfadosas, no han puesto aún los lingüistas nombre a la superlativa estupidez que constituye seguir creyéndolo en privado. Tal sería seguir defendiendo la existencia de Papá Nöel o los Reyes Magos después de que los niños se hayan acostado.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Los gritos que siguieron a esta aseveración tardaron en ser silenciados algo más que los anteriores. </span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    —Por último, porque observo que poco tiempo más podré dirigirme a ustedes, está el aburrimiento. La gente se aburre, terrible, espantosamente se aburre, y en tales sofocos de fastidio está dispuesta a buscar lo que sea, cualquier superchería capaz convencerles de que la vida que llevan es algo distinto de la porquería que en realidad es. Los fantasmas cumplen la doble misión de prometerles una prolongación más allá de la fosa y entretenerles mientras viven, ¿qué más se puede pedir?</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Y para que no digan que no dejo una puerta abierta a la posibilidad, porque posible lo es todo, quiero terminar diciendo que si alguien tuviera una existencia posterior a la muerte sería alguien con una gran obra inconclusa, y los hombres con grandes obras son gente de talento o de coraje, gente muy ocupada que ni se dejaría convocar por mediums ni fotografiar por espantajos como ustedes, de lo que resulta que el famoso Más Allá del que esta Sociedad se ocupa está habitado por las almas de los tontos muertos que se dedican a dejarse interrogar y retratar por los tontos vivos. Muchas gracias.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Como nadie recordaba otros distintos, los insultos del principio se repitieron de nuevo, aunque diez veces magnificados en volumen.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Viendo que allí no tenía nada más que hacer ni que decir, el doctor Shore se puso tranquilamente su abrigo, dio la mano a su anfitrión, se calzó los guantes y atravesando la pared, se fue.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="left"><strong><span style="color: #cc0033;">Premio Tierra de Monegros 2005</span></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="left"><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="left"><strong><span style="color: #cc0033;"><a href="http://www.javier-perez-es">www.javier-perez-es</a></span></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="left"><strong><span style="color: #cc0033;"><a href="http://www.columnasdeprensa.com">www.columnasdeprensa.com</a> </span></strong></p>
<a class="a2a_dd addtoany_share_save" href="http://www.addtoany.com/share_save?linkurl=http%3A%2F%2Fwww.cuentoscrueles.com%2Fjavier-perez%2Flas-almas-de-los-tontos%2F&amp;linkname=Las%20almas%20de%20los%20tontos"><img src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/plugins/add-to-any/share_save_171_16.png" width="171" height="16" alt="Share/Bookmark"/></a>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.cuentoscrueles.com/javier-perez/las-almas-de-los-tontos/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>EL ECLIPSE</title>
		<link>http://www.cuentoscrueles.com/crueldades/el-eclipse/</link>
		<comments>http://www.cuentoscrueles.com/crueldades/el-eclipse/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 23 Jan 2010 06:53:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Augusto Monterrosso]]></category>
		<category><![CDATA[Crueldades]]></category>
		<category><![CDATA[Humor negro]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.cuentoscrueles.com/?p=64</guid>
		<description><![CDATA[Cuando Fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido acepto que ya nada podría salvarlos. La selva poderosa de Guatemala lo había opresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando Fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido acepto que ya nada podría salvarlos. La selva poderosa de Guatemala lo había opresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de Los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.</p>
<p>Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de si mismo.</p>
<p>Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intento algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.</p>
<p>Entonces floreció en el una idea que tuvo por digna de su talento y de si cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles.</p>
<p>Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo mas intimo, valerse de ese conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.</p>
<p>-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.</p>
<p>Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y espero confiado, no sin cierto desdén.</p>
<p>Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.</p>
<p>Augusto Monterrosso</p>
<a class="a2a_dd addtoany_share_save" href="http://www.addtoany.com/share_save?linkurl=http%3A%2F%2Fwww.cuentoscrueles.com%2Fcrueldades%2Fel-eclipse%2F&amp;linkname=EL%20ECLIPSE"><img src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/plugins/add-to-any/share_save_171_16.png" width="171" height="16" alt="Share/Bookmark"/></a>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.cuentoscrueles.com/crueldades/el-eclipse/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Cordero asado.</title>
		<link>http://www.cuentoscrueles.com/malas-obras/cordero-asado/</link>
		<comments>http://www.cuentoscrueles.com/malas-obras/cordero-asado/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 22 Dec 2009 21:39:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Humor negro]]></category>
		<category><![CDATA[Malas obras]]></category>
		<category><![CDATA[Putadas y jugarretas]]></category>
		<category><![CDATA[Roald Dahl]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.cuentoscrueles.com/?p=107</guid>
		<description><![CDATA[La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.
Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.
De vez en cuando echaba [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-medium wp-image-108" style="margin: 8px; border: black 1px solid;" title="corderomurcia" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/corderomurcia-300x240.jpg" alt="corderomurcia" width="300" height="240" />La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.</p>
<p>Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.</p>
<p>De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel —estaba en el sexto mes del embarazo— había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes.</p>
<p>Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradura.</p>
<p>Dejó a un lado la costura, se levantó y fue a su encuentro para darle un beso en cuanto entrara.</p>
<p>—¡Hola, querido! —dijo ella.</p>
<p>—¡Hola! —contestó él.</p>
<p>Ella le colgó el abrigo en el armario. Luego volvió y preparó las bebidas, una fuerte para él y otra más floja para ella; después se sentó de nuevo con la costura y su marido enfrente con el alto vaso de whisky entre las manos, moviéndolo de tal forma que los cubitos de hielo golpeaban contra las paredes del vaso. Para ella ésta era una hora maravillosa del día. Sabía que su esposo no quería hablar mucho antes de terminar la primera bebida, y a ella, por su parte, le gustaba sentarse silenciosamente, disfrutando de su compañía después de tantas horas de soledad. Le gustaba vivir con este hombre y sentir —como siente un bañista al calor del sol— la influencia que él irradiaba sobre ella cuando estaban juntos y solos. Le gustaba su manera de sentarse descuidadamente en una silla, su manera de abrir la puerta o de andar por la habitación a grandes zancadas. Le gustaba esa intensa mirada de sus ojos al fijarse en ella y la forma graciosa de su boca, especialmente cuando el cansancio no le dejaba hablar, hasta que el primer vaso de whisky le reanimaba un poco.</p>
<p>—¿Cansado, querido?</p>
<p>—Sí —respondió él—, estoy cansado.</p>
<p>Mientras hablaba, hizo una cosa extraña. Levantó el vaso y bebió su contenido de una sola vez aunque el vaso estaba a medio llenar.</p>
<p>Ella no lo vio, pero lo intuyó al oír el ruido que hacían los cubitos de hielo al volver a dejar él su vaso sobre la mesa. Luego se levantó lentamente para servirse otro vaso.</p>
<p>—Yo te lo serviré —dijo ella, levantándose.</p>
<p>—Siéntate —dijo él secamente.</p>
<p>Al volver observó que el vaso estaba medio lleno de un líquido ambarino.</p>
<p>—Querido, ¿quieres que te traiga las zapatillas? Le observó mientras él bebía el whisky.</p>
<p>—Creo que es una vergüenza para un policía que se va haciendo mayor, como tú, que le hagan andar todo el día —dijo ella.</p>
<p>El no contestó; Mary Maloney inclinó la cabeza de nuevo y continuó con su costura. Cada vez que él se llevaba el vaso a los labios se oía golpear los cubitos contra el cristal.</p>
<p>—Querido, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No he hecho cena porque es jueves.</p>
<p>—No —dijo él.</p>
<p>—Si estás demasiado cansado para comer fuera —continuó ella—, no es tarde para que lo digas. Hay carne y otras cosas en la nevera y te lo puedo servir aquí para que no tengas que moverte de la silla.</p>
<p>Sus ojos se volvieron hacia ella; Mary esperó una respuesta, una sonrisa, un signo de asentimiento al menos, pero él no hizo nada de esto.</p>
<p>—Bueno —agregó ella—, te sacaré queso y unas galletas.</p>
<p>—No quiero —dijo él.</p>
<p>Ella se movió impaciente en la silla, mirándole con sus grandes ojos.</p>
<p>—Debes cenar. Yo lo puedo preparar aquí, no me molesta hacerlo. Tengo chuletas de cerdo y cordero, lo que quieras, todo está en la nevera.</p>
<p>—No me apetece —dijo él.</p>
<p>—¡Pero querido! ¡Tienes que comer! Te lo sacaré y te lo comes, si te apetece.</p>
<p>Se levantó y puso la costura en la mesa, junto a la lámpara.</p>
<p>—Siéntate —dijo él—, siéntate sólo un momento. Desde aquel instante, ella empezó a sentirse atemorizada.</p>
<p>—Vamos —dijo él—, siéntate.</p>
<p>Se sentó de nuevo en su silla, mirándole todo el tiempo con sus grandes y asombrados ojos. El había acabado su segundo vaso y tenía los ojos bajos.</p>
<p>—Tengo algo que decirte.</p>
<p>—¿Qué es ello, querido? ¿Qué pasa?</p>
<p>El se había quedado completamente quieto y mantenía la cabeza agachada de tal forma que la luz de la lámpara le daba en la parte alta de la cara, dejándole la barbilla y la boca en la oscuridad.</p>
<p>—Lo que voy a decirte te va a trastornar un poco, me temo —dijo—, pero lo he pensado bien y he decidido que lo mejor que puedo hacer es decírtelo en seguida. Espero que no me lo reproches demasiado.</p>
<p>Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra.</p>
<p>—Eso es todo —añadió—, ya sé que es un mal momento para decírtelo, pero no hay otro modo de hacerlo. Naturalmente, te daré dinero y procuraré que estés bien cuidada. Pero no hay necesidad de armar un escándalo. No sería bueno para mi carrera.</p>
<p>Su primer impulso fue no creer una palabra de lo que él había dicho. Se le ocurrió que quizá él no había hablado, que era ella quien se lo había imaginado todo. Quizá si continuara su trabajo como si no hubiera oído nada, luego, cuando hubiera pasado algún tiempo, se encontraría con que nada había ocurrido.</p>
<p>—Prepararé la cena —dijo con voz ahogada.</p>
<p>Esta vez él no contestó.</p>
<p>Mary se levantó y cruzó la habitación. No sentía nada, excepto un poco de náuseas y mareo. Actuaba como un autómata. Bajó hasta la bodega, encendió la luz y metió la mano en el congelador, sacando el primer objeto que encontró. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que lo desenvolvió y lo miró de nuevo.</p>
<p>Era una pierna de cordero.</p>
<p>Muy bien, cenarían pierna de cordero. Subió con el cordero entre las manos y al entrar en el cuarto de estar encontró a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella.</p>
<p>Se detuvo.</p>
<p>—Por el amor de Dios —dijo él al oírla, sin volverse—, no hagas cena para mí. Voy a salir.</p>
<p>En aquel momento, Mary Maloney se acercó a él por detrás y sin pensarlo dos veces levantó la pierna de cordero congelada y le golpeó en la parte trasera de la cabeza tan fuerte como pudo. Fue como si le hubiera pegado con una barra de acero. Retrocedió un paso, esperando a ver qué pasaba, y lo gracioso fue que él quedó tambaleándose unos segundos antes de caer pesadamente en la alfombra.</p>
<p>La violencia del golpe, el ruido de la mesita al caer por haber sido empujada, la ayudaron a salir de su ensimismamiento.</p>
<p>Salió retrocediendo lentamente, sintiéndose fría y confusa, y se quedó por unos momentos mirando el cuerpo inmóvil de su marido, apretando entre sus dedos el ridículo pedazo de carne que había empleado para matarle.</p>
<p>«Bien —se dijo a sí misma—, ya lo has matado.»</p>
<p>Era extraordinario. Ahora lo veía claro. Empezó a pensar con rapidez. Como esposa de un detective, sabía cuál sería el castigo; de acuerdo. A ella le era indiferente. En realidad sería un descanso. Pero por otra parte. ¿Y el niño? ¿Qué decía la ley acerca de las asesinas que iban a tener un hijo? ¿Los mataban a los dos, madre e hijo? ¿Esperaban hasta el noveno mes? ¿Qué hacían?</p>
<p>Mary Maloney lo ignoraba y no estaba dispuesta a arriesgarse.</p>
<p>Llevó la carne a la cocina, la puso en el horno, encendió éste y la metió dentro. Luego se lavó las manos y subió a su habitación. Se sentó delante del espejo, arregló su cara, puso un poco de rojo en los labios y polvo en las mejillas. Intentó sonreír, pero le salió una mueca. Lo volvió a intentar.</p>
<p>—Hola, Sam —dijo en voz alta. La voz sonaba rara también.</p>
<p>—Quiero patatas, Sam, y también una lata de guisantes.</p>
<p>Eso estaba mejor. La sonrisa y la voz iban mejorando. Lo ensayó varias veces. Luego bajó, cogió el abrigo y salió a la calle por la puerta trasera del jardín.</p>
<p>Todavía no eran las seis y diez y había luz en las tiendas de comestibles.</p>
<p>—Hola, Sam —dijo sonriendo ampliamente al hombre que estaba detrás del mostrador.</p>
<p>—¡Oh, buenas noches, señora Maloney! ¿Cómo está?</p>
<p>—Muy bien, gracias. Quiero patatas, Sam, y una lata de guisantes.</p>
<p>El hombre se volvió de espaldas para alcanzar la lata de guisantes.</p>
<p>—Patrick dijo que estaba cansado y no quería cenar fuera esta noche —le dijo—. Siempre solemos salir los jueves y no tengo verduras en casa.</p>
<p>—¿Quiere carne, señora Maloney?</p>
<p>—No, tengo carne, gracias. Hay en la nevera una pierna de cordero.</p>
<p>—¡Oh!</p>
<p>—No me gusta asarlo cuando está congelado, pero voy a probar esta vez. ¿Usted cree que saldrá bien?</p>
<p>—Personalmente —dijo el tendero—, no creo que haya ninguna diferencia. ¿Quiere estas patatas de Idaho?</p>
<p>—¡Oh, sí, muy bien! Dos de ésas.</p>
<p>—¿Nada más? —El tendero inclinó la cabeza, mirándola con simpatía—. ¿Y para después? ¿Qué le va a dar luego?</p>
<p>—Bueno. ¿Qué me sugiere, Sam?</p>
<p>El hombre echó una mirada a la tienda.</p>
<p>—¿Qué le parece una buena porción de pastel de queso? Sé que le gusta a Patrick.</p>
<p>—Magnífico —dijo ella—, le encanta.</p>
<p>Cuando todo estuvo empaquetado y pagado, sonrió agradablemente y dijo:</p>
<p>—Gracias, Sam. Buenas noches.</p>
<p>Ahora, se decía a sí misma al regresar, iba a reunirse con su marido, que la estaría esperando para cenar; y debía cocinar bien y hacer comida sabrosa porque su marido estaría cansado; y si cuando entrara en la casa encontraba algo raro, trágico o terrible, sería un golpe para ella y se volvería histérica de dolor y de miedo. ¿Es que no lo entienden? Ella no <em>esperaba </em>encontrar nada. Simplemente era la señora Maloney que volvía a casa con las verduras un jueves por la tarde para preparar la cena a su marido.</p>
<p>«Eso es —se dijo a sí misma—, hazlo todo bien y con naturalidad. Si se hacen las cosas de esta manera, no habrá necesidad de fingir.»</p>
<p>Por lo tanto, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba canturreando una cancioncilla y sonriendo.</p>
<p>—¡Patrick! —llamó—, ¿dónde estás, querido? Puso el paquete sobre la mesa y entró en el cuarto de estar. Cuando le vio en el suelo, con las piernas dobladas y uno de los brazos debajo del cuerpo, fue un verdadero golpe para ella.</p>
<p>Todo su amor y su deseo por él se despertaron en aquel momento. Corrió hacia su cuerpo, se arrodilló a su lado y empezó a llorar amargamente. Fue fácil, no tuvo que fingir.</p>
<p>Unos minutos más tarde, se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la jefatura de Policía, y cuando le contestaron al otro lado del hilo, ella gritó:</p>
<p>—¡Pronto! ¡Vengan en seguida! ¡Patrick ha muerto!</p>
<p>—¿Quién habla?</p>
<p>—La señora Maloney, la señora de Patrick Maloney.</p>
<p>—¿Quiere decir que Patrick Maloney ha muerto?</p>
<p>—Creo que sí —gimió ella—. Está tendido en el suelo y me parece que está muerto.</p>
<p>—Iremos en seguida —dijo el hombre.</p>
<p>El coche vino rápidamente. Mary abrió la puerta a los dos policías. Los reconoció a los dos en seguida —en realidad conocía a casi todos los del distrito— y se echó en los brazos de Jack Nooan, llorando histéricamente. El la llevó con cuidado a una silla y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O&#8217;Malley, el cual estaba arrodillado al lado del cuerpo inmóvil.</p>
<p>—¿Está muerto? —preguntó ella.</p>
<p>—Me temo que sí&#8230; ¿qué ha ocurrido?</p>
<p>Brevemente, le contó que había salido a la tienda de comestibles y al volver lo encontró tirado en el suelo. Mientras ella hablaba y lloraba, Nooan descubrió una pequeña herida de sangre cuajada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O&#8217;Malley y éste, levantándose, fue derecho al teléfono.</p>
<p>Pronto llegaron otros policías. Primero un médico, después dos detectives, a uno de los cuales conocía de nombre. Más tarde, un fotógrafo de la Policía que tomó algunos planos y otro hombre encargado de las huellas dactilares. Se oían cuchicheos por la habitación donde yacía el muerto y los detectives le hicieron muchas preguntas. No obstante, siempre la trataron con amabilidad.</p>
<p>Volvió a contar la historia otra vez, ahora desde el principio. Cuando Patrick llegó ella estaba cosiendo, y él se sintió tan fatigado que no quiso salir a cenar. Dijo que había puesto la carne en el horno —allí estaba, asándose— y se había marchado a la tienda de comestibles a comprar verduras. De vuelta lo había encontrado tendido en el suelo.</p>
<p>—¿A qué tienda ha ido usted? —preguntó uno de los detectives.</p>
<p>Se lo dijo, y entonces el detective se volvió y musitó algo en voz baja al otro detective, que salió inmediatamente a la calle.</p>
<p>«&#8230;, parecía normal&#8230;, muy contenta&#8230;, quería prepararle una buena cena&#8230;, guisantes&#8230;, pastel de queso&#8230;, imposible que ella&#8230;»</p>
<p>Transcurrido algún tiempo el fotógrafo y el médico se marcharon y los otros dos hombres entraron y se llevaron el cuerpo en una camilla. Después se fue el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives y los policías se quedaron. Fueron muy amables con ella; Jack Nooan le preguntó si no se iba a marchar a otro sitio, a casa de su hermana, quizá, o con su mujer, que cuidaría de ella y la acostaría.</p>
<p>—No —dijo ella.</p>
<p>No creía en la posibilidad de que pudiera moverse ni un solo metro en aquel momento. ¿Les importaría mucho que se quedara allí hasta que se encontrase mejor? Todavía estaba bajo los efectos de la impresión sufrida.</p>
<p>—Pero <em>¿no </em>sería mejor que se acostara un poco? —preguntó Jack Nooan.</p>
<p>—No —dijo ella.</p>
<p>Quería estar donde estaba, en esa silla. Un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se levantaría.</p>
<p>La dejaron mientras deambulaban por la casa, cumpliendo su misión. De vez en cuando uno de los detectives le hacía una pregunta. También Jack Nooan le hablaba cuando pasaba por su lado. Su marido, le dijo, había muerto de un golpe en la cabeza con un instrumento pesado, casi seguro una barra de hierro. Ahora buscaban el arma. El asesino podía habérsela llevado consigo, pero también cabía la posibilidad de que la hubiera tirado o escondido en alguna parte.</p>
<p>—Es la vieja historia —dijo él—, encontraremos el arma y tendremos al criminal.</p>
<p>Más tarde, uno de los detectives entró y se sentó a su lado.</p>
<p>—¿Hay algo en la casa que pueda haber servido como arma homicida? —le preguntó—. ¿Le importaría echar una mirada a ver si falta algo, un atizador, por ejemplo, o un jarrón de metal?</p>
<p>—No tenemos jarrones de metal —dijo ella.</p>
<p>—¿Y un atizador?</p>
<p>—No tenemos atizador, pero puede haber algo parecido en el garaje.</p>
<p>La búsqueda continuó.</p>
<p>Ella sabía que había otros policías rodeando la casa. Fuera, oía sus pisadas en la grava y a veces veía la luz de una linterna infiltrarse por las cortinas de la ventana. Empezaba a hacerse tarde, eran cerca de las nueve en el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que buscaban por las habitaciones empezaron a sentirse fatigados.</p>
<p>—Jack —dijo ella cuando el sargento Nooan pasó a su lado—, ¿me quiere servir una bebida?</p>
<p>—Sí, claro. ¿Quiere whisky?</p>
<p>—Sí, por favor, pero poco. Me hará sentir mejor. Le tendió el vaso.</p>
<p>—¿Por qué no se sirve usted otro? —dijo ella—; debe de estar muy cansado; por favor, hágalo, se ha portado muy bien conmigo.</p>
<p>—Bueno —contestó él—, no nos está permitido, pero puedo tomar un trago para seguir trabajando.</p>
<p>Uno a uno, fueron llegando los otros y bebieron whisky. Estaban un poco incómodos por la presencia de ella y trataban de consolarla con inútiles palabras.</p>
<p>El sargento Nooan, que rondaba por la cocina, salió y dijo:</p>
<p>—Oiga, señora Maloney. ¿Sabe que tiene el horno encendido y la carne dentro?</p>
<p>—¡Dios mío! —gritó ella—. ¡Es verdad!</p>
<p>—¿Quiere que vaya a apagarlo?</p>
<p>—¿Sería tan amable, Jack? Muchas gracias.</p>
<p>Cuando el sargento regresó por segunda vez lo miró con sus grandes y profundos ojos.</p>
<p>—Jack Nooan —dijo.</p>
<p>—¿Sí?</p>
<p>—¿Me harán un pequeño favor, usted y los otros?</p>
<p>—Si está en nuestras manos, señora Maloney&#8230;</p>
<p>—Bien —dijo ella—. Aquí están ustedes, todos buenos amigos de Patrick, tratando de encontrar al hombre que lo mató. Deben de estar hambrientos porque hace rato que ha pasado la hora de la cena, y sé que Patrick, que en gloria esté, nunca me perdonaría que estuviesen en su casa y no les ofreciera hospitalidad. ¿Por qué no se comen el cordero que está en el horno? Ya estará completamente asado.</p>
<p>—Ni pensarlo —dijo el sargento Nooan.</p>
<p>—Por favor —pidió ella—, por favor, cómanlo. Yo no voy a tocar nada de lo que había en la casa cuando él estaba aquí, pero ustedes sí pueden hacerlo. Me harían un favor si se lo comieran. Luego, pueden continuar su trabajo.</p>
<p>Los policías dudaron un poco, pero tenían hambre y al final decidieron ir a la cocina y cenar. La mujer se quedó donde estaba, oyéndolos a través de la puerta entreabierta. Hablaban entre sí a pesar de tener la boca llena de comida.</p>
<p>—¿Quieres más, Charlie?</p>
<p>—No, será mejor que no lo acabemos.</p>
<p>—Pero ella quiere que lo acabemos, eso fue lo que dijo. Le hacemos un favor.</p>
<p>—Bueno, dame un poco más.</p>
<p>—Debe de haber sido un instrumento terrible el que han usado para matar al pobre Patrick —decía uno de ellos—, el doctor dijo que tenía el cráneo hecho trizas.</p>
<p>—Por eso debería ser fácil de encontrar.</p>
<p>—Eso es lo que a mí me parece.</p>
<p>—Quienquiera que lo hiciera no iba a llevar una cosa así, tan pesada, más tiempo del necesario. Uno de ellos eructó:</p>
<p>—Mi opinión es que tiene que estar aquí, en la casa.</p>
<p>—Probablemente bajo nuestras propias narices. ¿Qué piensas tú, Jack?</p>
<p>En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.</p>
<p> </p>
<p>Roald Dahl</p>
<p style="text-align: left;">cuento publicado en “Relatos de lo inesperado”</p>
<p style="text-align: left;"><strong>(<em>Tales of the Unexpected</em>, 1979)</strong></p>
<a class="a2a_dd addtoany_share_save" href="http://www.addtoany.com/share_save?linkurl=http%3A%2F%2Fwww.cuentoscrueles.com%2Fmalas-obras%2Fcordero-asado%2F&amp;linkname=Cordero%20asado."><img src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/plugins/add-to-any/share_save_171_16.png" width="171" height="16" alt="Share/Bookmark"/></a>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.cuentoscrueles.com/malas-obras/cordero-asado/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Los filisteos</title>
		<link>http://www.cuentoscrueles.com/crueldades/los-filisteos/</link>
		<comments>http://www.cuentoscrueles.com/crueldades/los-filisteos/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 25 Nov 2009 06:47:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Augusto Monterrosso]]></category>
		<category><![CDATA[Crueldades]]></category>
		<category><![CDATA[Humor negro]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.cuentoscrueles.com/?p=57</guid>
		<description><![CDATA[&#8220;Hubo una vez un animal que quiso discutir con Sansón a las patadas. No se imaginan cómo le fue. Pero ya ven cómo le fue después a Sansón con Dalila aliada a los filisteos.
Si quieres triunfar contra Sansón, únete a los filisteos.
Si quieres triunfar sobre Dalila, únete a los filisteos.
Únete siempre a los filisteos&#8221;.
AUGUSTO MONTERROSSO
]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><span>&#8220;Hubo una vez un animal que quiso discutir con Sansón a las patadas. No se imaginan cómo le fue. Pero ya ven cómo le fue después a Sansón con Dalila aliada a los filisteos.<br />
Si quieres triunfar contra Sansón, únete a los filisteos.<br />
Si quieres triunfar sobre Dalila, únete a los filisteos.<br />
Únete siempre a los filisteos&#8221;.<br />
AUGUSTO MONTERROSSO</span></p>
<a class="a2a_dd addtoany_share_save" href="http://www.addtoany.com/share_save?linkurl=http%3A%2F%2Fwww.cuentoscrueles.com%2Fcrueldades%2Flos-filisteos%2F&amp;linkname=Los%20filisteos"><img src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/plugins/add-to-any/share_save_171_16.png" width="171" height="16" alt="Share/Bookmark"/></a>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.cuentoscrueles.com/crueldades/los-filisteos/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>El naufragio</title>
		<link>http://www.cuentoscrueles.com/situaciones-crueles/el-naufragio/</link>
		<comments>http://www.cuentoscrueles.com/situaciones-crueles/el-naufragio/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 20 Nov 2009 07:00:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Humor negro]]></category>
		<category><![CDATA[Situaciones crueles]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.cuentoscrueles.com/?p=68</guid>
		<description><![CDATA[Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio.</p>
<p> </p>
<p>(Ana María Shua)</p>
<a class="a2a_dd addtoany_share_save" href="http://www.addtoany.com/share_save?linkurl=http%3A%2F%2Fwww.cuentoscrueles.com%2Fsituaciones-crueles%2Fel-naufragio%2F&amp;linkname=El%20naufragio"><img src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/plugins/add-to-any/share_save_171_16.png" width="171" height="16" alt="Share/Bookmark"/></a>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.cuentoscrueles.com/situaciones-crueles/el-naufragio/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>1</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>1981</title>
		<link>http://www.cuentoscrueles.com/situaciones-crueles/1981/</link>
		<comments>http://www.cuentoscrueles.com/situaciones-crueles/1981/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 14 Nov 2009 06:09:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gunther Grass]]></category>
		<category><![CDATA[Humor negro]]></category>
		<category><![CDATA[Situaciones crueles]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.cuentoscrueles.com/?p=104</guid>
		<description><![CDATA[Créeme, Rosi, lo penosa que me ha resultado esa excursión. Nunca había visto tantas cruces de caballero, sólo una, en fotografía, la que mi tío Konrad llevaba al cuello. Ahora en cambio había un montón de cruces bamboleándose, incluso con hojas de roble, como me explicó mi abuela, que estuvo a mi lado en el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Créeme, Rosi, lo penosa que me ha resultado esa excursión. Nunca había visto tantas cruces de caballero, sólo una, en fotografía, la que mi tío Konrad llevaba al cuello. Ahora en cambio había un montón de cruces bamboleándose, incluso con hojas de roble, como me explicó mi abuela, que estuvo a mi lado en el cementerio, gritando bastante porque es un poco sorda.</p>
<p>Yo había recibido de ella un telegrama: “Coge enseguida tren hasta Hamburgo. Luego suburbano hasta estación Aumühle. Darán último adiós a nuestro Almirante&#8230;”.</p>
<p>Claro que tuve que ir. No conoces a mi abuela. Cuando dice “enseguida” quiere decir enseguida.</p>
<p>Aunque en general no dejo que me mangoneen y en Kreuzberg, como sabes, soy okupa y tenemos que contar con que ese Lummer nos mande en cualquier momento a sus polis, al comando de desalojo de la Hermsdorfer Strasse. En cualquier caso, me resultó penoso enseñar el telegrama en el piso que compartimos. Y qué cosas dijeron sobre qué cojones de almirante. En cualquier caso, de pronto me encontré allí junto a mi abuela y rodeado de todos los abuelitos que habían dejado sus Mercedes ante el cementerio y ahora, casi uno de cada dos con la cruz de caballero bajo la barbilla, pero de paisano, “cubrían la carrera”, como decía mi abuela, desde la capilla hasta la tumba. Yo estaba pelado de frío.</p>
<p>Sin embargo, casi todos los abuelitos iban sin abrigo, aunque había nieve y, a pesar del sol, frío a porrillo. Sin embargo, todos llevaban gorras de marino a porrillo.</p>
<p>Eran todos submarinistas, lo mismo que los hombrecitos que pasaron despacio ante nosotros, llevando el féretro con el almirante dentro y el negro, rojo y oro encima, y lo mismo que fueron submarinistas los dos hermanos mayores de mi padre, que, sin embargo, al final, sólo estuvo en la Volkssturm. Uno cascó en el Océano Glacial Ártico y el otro en alguna parte del Atlántico o, como dice mi abuela siempre, “encontraron la fría tumba del marino”. Uno de ellos era “teniente de navío”, que es algo así como capitán, y el otro, mi tío Karl, sólo brigada.</p>
<p>No te lo vas a creer, Rosi.</p>
<p>Resulta que, en total, se fueron a pique unos tres mil de ellos en unos quinientos submarinos. Todos por orden de ese Capitán General de la Armada, que en realidad fue un criminal de guerra. En cualquier caso, eso es lo que dice mi padre. Y que en su mayoría, dice, también sus hermanos, se habían metido voluntariamente en aquellos “sarcófagos flotantes”. A él le resulta tan penoso como a mí cuando nuestra abuela, siempre en torno a Navidad, se dedica al culto de sus “heroicos hijos caídos”, por lo que mi padre se pelea continuamente.</p>
<p>Sólo yo sigo visitándola a veces aún en Eckernförde, en donde tiene su casita y siempre, también después de la guerra, ha venerado a ese almirante. Pero por lo demás mi abuela es estupenda. Y, en realidad, me entiendo con ella mejor que con mi padre, a quien eso de que yo sea okupa, como es lógico, no le gusta. Por eso mi abuela me mandó el telegrama sólo a mí y no a mi padre, sí, al número 4 de la Hermsdorfer, en donde, desde hace ya meses, nos hemos instalado muy cómodamente con ayuda de simpatizantes: médicos, maestros de izquierdas, abogados y demás. Herbi y Robi, que, como te escribí hace poco, son mis mejores amigos, no estaban nada contentos cuando les enseñé el telegrama. “Tú estás mal del coco”, me dijo Herbi mientras preparaba la ropa que tenía que llevarme. “¡Un viejo nazi menos!”</p>
<p>Pero yo le dije: “No conocéis a</p>
<p>mi abuela. Cuando dice _”ven enseguida_”, no hay excusa que valga”.</p>
<p>Y en el fondo –créeme, Rosi–, estoy muy contento de haber visto todo aquel circo en el cementerio.</p>
<p>Allí estaban casi todos los que quedan de la guerra submarina. Es verdad, resultó cómico y un poco escalofriante, pero también bastante penoso, cuando todos cantaron junto a la tumba y la mayoría parecía seguir en campaña y buscar en el horizonte cualquier cosa que se pareciera a una estela de humo. Mi abuela cantó también, muy fuerte, como es natural. Primero ‘Deutschland, Deutschland über alles’ y luego ‘Yo tenía un camarada’. Fue realmente espeluznante.</p>
<p>Por añadidura, desfilaron algunos de esos tamborileros de extrema derecha, con medias por la rodilla a pesar del frío. Y junto a la tumba se habló de todo lo imaginable, especialmente de lealtad. El féretro en sí era, en el fondo, decepcionante. Tenía un aspecto muy corriente. Me pregunté si no hubieran podido construir una especie de submarino en miniatura, de madera, claro, pero pintado como un buque de guerra. ¿Y no hubieran podido enterrar allí confortablemente al almirante?</p>
<p>Cuando nos fuimos y los hombres de las cruces de caballero se habían largado todos con sus Mercedes, le dije a mi abuela, que me había invitado a una pizza en la estación central de Hamburgo y me había dado en la mano algo más que el dinero del viaje: “Abuela, ¿crees de verdad que toda esa historia de la tumba de marino del tío Konrad y el tío Karl valió la pena?”. Luego me resultó penoso habérselo preguntado tan francamente. Durante un minuto al menos no dijo nada, y luego: “Bueno, muchacho, algún sentido debía de tener&#8230;”.</p>
<p>Como entretanto ya sabes, los polis de Lummer, nada más volver yo, nos desalojaron. Con porras a porrillo. Ahora hemos okuparreparado otras casas de Kreuzberg. Mi abuela piensa también que eso de que haya tantas viviendas vacías es una auténtica cochinada. Pero si quieres, Rosi, cuando me desalojen otra vez, podemos vivir con mi abuela en su casita. Me ha dicho que se alegraría muchísimo.</p>
<p>Gunther Grass. Mi Siglo.</p>
<p>Este libro se compone de 100 cuentos, uno pro año del siglo XX, y ofrecemos este como ejemplo de lo que es el libro. Vale la pena.</p>
<a class="a2a_dd addtoany_share_save" href="http://www.addtoany.com/share_save?linkurl=http%3A%2F%2Fwww.cuentoscrueles.com%2Fsituaciones-crueles%2F1981%2F&amp;linkname=1981"><img src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/plugins/add-to-any/share_save_171_16.png" width="171" height="16" alt="Share/Bookmark"/></a>]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.cuentoscrueles.com/situaciones-crueles/1981/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>1</slash:comments>
		</item>
	</channel>
</rss>
