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	<title>CUENTOS CRUELES &#187; Crueldades</title>
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	<description>Cuentos para pensar. Cuentos de miedo. Relatos malvados. Historias malignas. Narrativa inteligente fuera de las normas morales.</description>
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		<title>VIAJE UNDÉCIMO</title>
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		<pubDate>Tue, 08 Nov 2011 01:42:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crueldades]]></category>
		<category><![CDATA[Humor negro]]></category>
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		<category><![CDATA[El Plenipotenciario Secreto]]></category>
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El día empezó mal. El desorden reinante en casa desde que mandé a mi criado al taller de reparaciones, crecía de manera alarmante. No podía encontrar nada. En mi colección de meteoritos hicieron su nido unos ratones. Han roído el más bonito de mis condritos.
Cuando hacía el café, se salió la leche. Ese imbécil eléctrico [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h3><img class="alignleft size-medium wp-image-101" title="roibot" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/roibot-225x300.jpg" alt="roibot" width="225" height="300" /> </h3>
<p>El día empezó mal. El desorden reinante en casa desde que mandé a mi criado al taller de reparaciones, crecía de manera alarmante. No podía encontrar nada. En mi colección de meteoritos hicieron su nido unos ratones. Han roído el más bonito de mis condritos.</p>
<p>Cuando hacía el café, se salió la leche. Ese imbécil eléctrico había guardado los paños de cocina con los pañuelos. Debía haberlo hecho revisar hace tiempo, cuando empezó a embetunar mis zapatos por dentro. Tuve que usar, en vez de un paño, un paracaídas viejo. Fui arriba, quité el polvo a los meteoritos y puse una ratonera. Yo mismo había cazado todos los ejemplares de mi colección. No cuesta mucho: basta con ponerse detrás del meteorito y echarle una red encima.</p>
<p>De repente me acordé de las tostadas y bajé corriendo. Evidentemente, se habían carbonizado. Las eché al fregadero. Se obturó, claro está. Me encogí de hombros y fui a echar una mirada al buzón.</p>
<p>Estaba lleno del habitual correo de las mañanas: dos invitaciones a congresos en unos poblachos provincianos de la nebulosa del Cáncer, impresos publicitarios de una pasta para pulir cohetes, un número nuevo del <em>Viajero a Reacción.</em> De interesante, nada. En el fondo del buzón había un sobre grueso de color oscuro, con cinco sellos de lacre encima. Lo sopesé en la mano y lo abrí.</p>
<p><em>El Plenipotenciario Secreto para los asuntos de Rerecom tiene el honor de invitar al Sr. D. Ijon Tichy a una reunión que tendrá lugar el 16 del mes en curso a las 17.30 horas en la sala pequeña de Lambretanum. Se verificarán estrictamente las invitaciones. Entrada con radiografía previa.</em></p>
<p><em>Rogamos manténgase el secreto.</em></p>
<p><em>Firma ilegible, sello y otro sello encarnado, oblicuo:</em></p>
<p><em>ASUNTO DE IMPORTANCIA CÓSMICA. ¡¡SECRETO!!</em></p>
<p>Bueno, por fin algo, <em>pensé.</em> Rerecom, Rerecom&#8230; Conocía el nombre, pero no podía acordarme de qué. Busqué en la <em>Enciclopedia Cósmica.</em> Había solo Rerelania y Rerempilia. ¡Curioso! Tampoco en el <em>Almanaque </em>había nada bajo esta voz. Sí, era de verdad interesante. Seguro, seguro, un Planeta Secreto. «Me gusta», dije para mí mismo, y empecé a vestirme. Eran apenas las diez, pero tenía que contar con la ausencia del criado. Encontré los calcetines en la nevera casi en seguida; me parecía que yo podía seguir el curso de las ideas de un cerebro electrónico averiado cuando me enfrenté con un hecho extraño: en toda la casa no había un solo par de pantalones. Ni uno. En el armario sólo había chaquetas. Revolví toda la casa, incluso saqué todos los trastos del cohete: nada. Constaté solamente que aquel idiota deteriorado se había bebido todo el aceite que guardaba en la cava. Debía haberlo hecho no hacía mucho, porque había contado las latas la semana pasada y todas estaban llenas. Esto me irritó de tal manera que reflexioné seriamente si no era mejor venderlo para chatarra. Como no le gustaba levantarse temprano, llevaba meses tapándose los oídos con cera al acostarse. ¡Ya podía yo tocar el timbre! Luego mentía y decía que era por distracción. Le amenacé varias veces gritando que le desenroscaría los fusibles, pero el sólo zumbaba por toda contestación. Sabía que me era necesario.</p>
<p>Recurrí al sistema de Pinkerton. Dividí la casa en cuadrados y procedí a un registro tan minucioso, que no se me hubiera escapado un alfiler. Por fin encontré un talón de una tintorería. El canalla había llevado todos mis pantalones a limpiar. <em>¿Pero</em> qué fue de los que llevaba el día anterior? Era inútil: no pude recordarlo. Mientras tanto, llegó la hora de la comida. No valía la pena abrir la nevera: fuera de los calcetines, contenía solamente papel de cartas. Era un verdadero desespero. Saqué del cohete la escafandra, me la puse y me fui a la tienda más cercana. La gente me miraba un poco en la calle, pero compré dos pantalones, un negro y un gris, volví llevando todavía la escafandra, me cambié y, rabioso, me <em>marché</em> a un restaurante chino. Comí lo que me dieron, ahogué la ira en una botella de vino de Mosela y, al mirar mi reloj, vi que eran ya las cinco. Había desperdiciado casi todo el día.</p>
<p>Delante de Lambretanum no había ningún helicóptero, ningún coche, ni siquiera el más pequeño cohete:</p>
<p>nada. «¡Anda! —pensé. ¡Las cosas van en serio!» Atravesé un extenso jardín lleno de dalias y llegué a la entrada principal. Pasé mucho tiempo llamando a la puerta antes de que abrieran. Finalmente se levantó el obturador de una mirilla selectiva, un ojo invisible me escudriñó de arriba abajo. Luego la puerta se entreabrió, dejándome apenas sitio para pasar.</p>
<p>—El señor Tichy —dijo a un micrófono de bolsillo el hombre que había abierto la puerta—. Haga el favor de subir —se me dirigió—. La puerta a la izquierda. Le están esperando.</p>
<p>Arriba reinaba un agradable frescor. Entré en una sala de dimensiones reducidas y me encontré con un grupo realmente selecto. Fuera de dos individuos detrás de la mesa presidencial que nunca había visto antes, en las butacas de terciopelo estaba sentada la flor y nata de la cosmografía. Entre otros, estaba allí el profesor Gargarrag con sus ayudantes de cátedra Saludé a los presentes y me senté en uno de los asientos de atrás. Uno de los individuos de la mesa presidencial, alto, de sienes plateadas, sacó del cajón una campanita de goma y la agitó sin hacer el menor ruido. «¡Qué precauciones tan extraordinarias!», pensé.</p>
<p>—Señores rectores, decanos, profesores, ayudantes mayores y tú, egregio Ijon Tichy —pronunció, poniéndose de pie el hombre de sienes canosas—; en mi carácter de plenipotenciario para los asuntos de importancia secretísima, abro la sesión especial, consagrada al problema de Rerecom. Tiene la palabra el consejero secreto, Xaphirius.</p>
<p>Se levantó en la primera fila un hombre fornido, de pelo blanco como la leche, de hombros anchos. Subió al podium, se inclinó levemente ante los reunidos y abordó el tema sin rodeos.</p>
<p>—¡Caballeros! Hace sesenta años aproximadamente, salió del puerto planetario de Yokohama una nave de carga de la Compañía Láctea, «Deidón II». La nave, bajo el mando del experimentado especialista Astrocencio Peapo, llevaba carga diversa para Areclandria, un planeta de Gamma de Orión. Fue vista por última vez desde un faro galáctico en las cercanías de Cerbrea, desapareciendo acto seguido sin dejar rastro. La Compañía de Seguros Secúritas Cósmica, siglas SECOS, pagó al cabo de un año la indemnización íntegra por la nave desaparecida. Unas dos semanas después, un radioaficionado de Nueva Guinea captó el radiograma siguiente.</p>
<p>El orador cogió un papel de la mesa y leyó:</p>
<p>COMPUCITO LOCACITO ZOCORRUÑO DEIDONCIO</p>
<p>—Aquí, señores, tengo que entrar en unos detalles, imprescindibles para la comprensión del problema Aquel radioaficionado era un novato y, por añadidura ceceaba. Por la fuerza de la costumbre y también, como debe suponerse, por su ignorancia, deformó el radiograma, que, según la reconstrucción efectuada por los expertos en Galactoclave, decía: «Computador enloqueció socorro Deidón». Los especialistas determinaron basándose en este texto, que en pleno espacio había ocurrido un hecho, poco frecuente, de sublevación del computador de la nave. Puesto que desde el momento de la paga de indemnización a los armadores, estos últimos no podían ya tener pretensiones algunas a la nave desaparecida ni a su carga, por haber. pasado ambos a ser una propiedad legal de SECOS, dicha compañía contrató la agencia Pinkerton, en las personas de Abstracio y Mnemonio Pinkerton, para que se encargara de la investigación correspondiente. Las pesquisas, llevadas por detectives de tanta experiencia, descubrieron que, en efecto, el computador de «Deidón», modelo de gran lujo y último grito en su tiempo, pero de una edad ya avanzada en el último viaje, llevaba tiempo quejándose de un miembro de la dotación. Aquel cohetero, un tal Simileón Guitterton, le irritaba, al parecer, de múltiples maneras: le rebajaba la tensión de entrada, daba cachetes a las bombillas le hacía objeto de sus burlas, llegando incluso a darle apodos ofensivos, tales como «montón de hojalata chocheante», o «rollo de alambre torpón». Guitterton lo negó todo, afirmando que el computador tenía, simplemente, alucinaciones, lo que a veces pasa a los electrocerebros de edad provecta. En todo caso, el profesor Gargarrag les hablará dentro de un momento de este aspecto de las cosas.</p>
<p>»No se consiguió encontrar la nave durante el decenio siguiente. Sin embargo, al cabo de esos años, los agentes de Pinkerton, que no cesaban de ocuparse de la misteriosa desaparición del &#8220;Deidón&#8221;, se enteraron de que delante del restaurante del hotel Galax solía sentarse un mendigo, medio loco e inválido, que cantaba historias extrañísimas, haciéndose pasar por Astrocencio Peapo, el ex comandante de la nave. El anciano, desaliñado a más no poder, afirmaba, en efecto, que era Astrocencio Peapo pero no solamente no estaba en sus cabales, sino que, por añadidura, había perdido la facultad de hablar y sólo podía cantar. Indagado con paciencia por los hombres de Pinkerton, contó una historia inverosímil, en la cual sostenía que en la nave había ocurrido algo terrible, como consecuencia de lo cual <em>él,</em> echado por la borda sin más equipaje que la escafandra que llevaba puesta, tuvo que volver a pie, junto con un reducido grupo de coheteros adictos, desde la Gran Nebulosa de Andrómeda a la Tierra, lo que le llevó doscientos años. Viajó, al parecer, sea en unos meteoritos cuya dirección le convenía, sea en cohetostop, recorriendo una pequeña parte del camino en un Lumeón, una sonda cósmica inhabitada, que se dirigía hacia la Tierra a una velocidad cercana a la de la luz. Aquel viaje a horcajadas sobre el lomo del Lumeón le perjudicó (así lo afirma), privándole del habla; en cambio le rejuveneció mucho, gracias al fenómeno, bien conocido, de la contracción del tiempo sobre los cuerpos que se mueven a velocidades vecinas a la de la luz.</p>
<p>»Ese fue el relato, o mejor dicho, el canto de cisne del anciano. No hubo manera de sonsacarle detalle alguno de los incidentes que ocurrieron en el &#8220;Deidón&#8221;, hasta que los agentes de Pinkerton tuvieron la feliz idea de colocar unos magnetófonos junto al sitio donde solía sentarse el viejo mendigo para grabar sus estribillos, apenas comprensibles. Resultó que la mayoría de ellos eran unas maldiciones tremebundas, dirigidas a un computador que se había proclamado Archipancrátor Omnicósmico. Basándose en ello, Pinkerton llegó a la conclusión de que la interpretación del radiograma era correcta, y que el computador, sufriendo una crisis de locura peligrosa, había echado de la nave a todos los hombres de la dotación.</p>
<p>»Cinco años después el asunto volvió a ser noticia gracias a un descubrimiento hecho por la nave del Instituto Metagalactológico, &#8220;Megaster&#8221;. El vigía de la nave observó un cuerpo herrumbroso, cuya silueta se parecía a la del &#8220;Deidón&#8221;, dando vueltas en torno al poco conocido planeta Proción. &#8220;Megaster&#8221; no pudo aterrizar en aquel planeta por ir escaso de combustible, pero envió un radiograma a la Tierra. Se mandó inmediatamente un pequeño patrullero, el &#8220;Deucrón&#8221;, que registró las cercanías de Proción, encontrando aquel pecio. Efectivamente, era lo que quedaba del &#8220;Deidón&#8221;. El &#8220;Deucrón&#8221; telegrafió que la nave se encontraba en un estado deplorable: habían sacado de ella todas las máquinas, muebles, tabiques, enseres, todo, hasta el último tornillo así que alrededor del planeta volaba sólo un esqueleto vacío. Durante las investigaciones ulteriores efectuadas por la dotación del &#8220;Deucrón&#8221;, se descubrió que el computador del &#8220;Deidón&#8221; decidió, después de organizar el motín, establecerse en el planeta Proción, y saqueó la nave para disponer de alguna comodidad en aquel territorio nuevo. En este estado de cosas, fundamos en nuestro departamento una sección correspondiente, bajo el nombre de RERECOM, lo que se traduce por: &#8220;Reivindicación de Relictos del Computador&#8221;.</p>
<p>»El computador, según averiguaron nuestros agentes, una vez establecido en el planeta, se multiplicó, procreando una gran cantidad de robots, sobre los que tenía un poder absoluto. Puesto que Rerecom se encuentra, de hecho, en la zona de influencias gravipolíticas de Proción y sus Melmanlitas, raza racional que mantiene buenas relaciones de vecindad con la Tierra, no quisimos intervenir brutalmente, prefiriendo dejar tranquilos un cierto tiempo a Rerecom y su colonia de robots, a quienes llamamos en clave en nuestras actas, los COMPROB. SECOS, por su parte, tomó también la decisión de reivindicar lo que considera suyo, ya que, según sus criterios, la propiedad legal del computador y su progenie es la compañía aseguradora. Para esclarecer los hechos consultamos a los Melmanlitas; contestaron que el computador había creado no una colonia, sino un estado, llamado por sus habitantes Magnificia, y que el gobierno melmanlita, aunque no haya reconocido la existencia de aquel estado <em>de iure </em>y no existieran representaciones diplomáticas entre ambos estados, la reconoció <em>de facto,</em> por lo que no se sentía capacitado de introducir cambios en el <em>statu quo.</em> Durante un cierto tiempo, los robots vegetaron sobre el planeta pacíficamente, sin manifestar ninguna agresividad peligrosa. Es obvio que nuestro departamento estaba firmemente decidido a no descuidar el asunto, lo que hubiera sido una ligereza; mandamos, pues, a Rerecom, a unos hombres nuestros, disfrazados de robots, puesto que el joven nacionalismo de los Comprob revistió la forma de un odio irracional hacia todo lo humano. La prensa de Rerecom no se cansa de repetir que somos unos negreros repugnantes explotadores ilegales de los inocentes robots. Así pues, todas las negociaciones que intentamos entablar en nombre de la compañía SECOS, impregnada del espíritu de comprensión mutua y de igualdad de derechos, terminaron en un punto muerto, ya que por toda contestación a nuestras exigencias, incluso las más modestas, de que el computador devolviera a la compañía a sí mismo y a sus robots, nos dio un silencio ultrajante.</p>
<p>»Caballeros —elevó la voz el orador—, los acontecimientos no se desarrollaron, por desgracia, conforme a nuestras previsiones. Después de mandamos unos pocos radiogramas, nuestros hombres, enviados a Rerecom, dejaron de tener contacto con nosotros. Mandamos otros: la historia se repitió. Recibimos una sola comunicación cifrada que nos anunciaba su feliz llegada al punto de destino, y ni una señal de vida más. Desde entonces, en el transcurso de nueve años hemos enviado a Rerecom dos mil setecientos ochenta y seis agentes, ninguno de los cuales volvió ni dijo nada. Además de estos síntomas de la perfección del contraespionaje de los Comprob, existen otros hechos, quizá aún más temibles. La prensa de Rerecom nos ataca con una violencia creciente. Las imprentas de los Comprob trabajan a marchas forzadas multicopiando millones de folletos y hojas de propaganda, destinados a los robots terrestres, que presentaban a los hombres como a unos electrovampiros criminales, dándoles nombres injuriosos. En todas las manifestaciones oficiales se nos llama siempre &#8220;viscosones&#8221; y la humanidad, &#8220;pastota&#8221;.<strong> </strong>Dirigimos una nota de protesta al gobierno de Proción, pero sólo obtuvimos en respuesta la reiteración de sus principios de no intervención; todos nuestros esfuerzos de patentizar lo desastroso de los frutos de esa política neutralista (política de avestruz sería la definición más exacta), quedaron sin efecto. Sólo se nos dio a entender que los robots eran producto nuestro, <em>ergo </em>nosotros éramos responsables de todos sus actos. Por otra parte, Proción recusa de manera categórica cualquier proyecto de expedición punitiva o de expropiación forzosa del computador y sus súbditos. Esta es la situación, señores, que nos obligó a convocar la reunión presente; para demostrarles la gravedad de las circunstancias, añadiré que el <em>Correo Electrónico,</em> órgano oficial del computador, publicó el mes pasado un artículo que cubría de oprobio a todo el árbol evolutivo del hombre y clamaba por la anexión de la Tierra por Rerecom, basando su postulado en la tesis según la cual los robots representan una fase de desarrollo superior a la de los seres vivos. He terminado, caballeros. Doy la palabra al profesor Gargarrag.</p>
<p>Encorvado bajo el peso de los años, el famoso especialista en psiquiatría eléctrica subió, no sin dificultad, al podium.</p>
<p>—¡Señores! —dijo en voz temblorosa, pero todavía sonora—. Sabemos, desde hace mucho tiempo, que los cerebros electrónicos no solamente se construyen, sino también educan. La suerte de un cerebro electrónico es dura. Trabajo sin tregua, cálculos complicados, brutalidades y bromas vulgares de los que les atienden, he aquí a lo que está expuesto ese aparato, tan delicado en su esencia. No es extraño, pues, que le ocurran depresiones, cortocircuitos que, a veces, son tentativas de suicidio. No hace mucho tuve en mi clínica uno de estos casos. Un desdoblamiento de personalidad: <em>dichotomía profunda psychogenes electrocutiva alternans. </em>Aquel cerebro se escribía a sí mismo unas cartas cariñosas, llamándose en ellas «bobinita guapa», «alambrito mío», «lamparita de mi vida», síntomas manifiestos de la necesidad de ternura, de un trato cordial y entrañable. Una serie de choques eléctricos y un reposo prolongado le devolvieron la salud. O bien el <em>trémor eléctricus frigoris oscillativus,</em> señores. El cerebro electrónico no es una máquina de coser con la cual se puede clavar clavos en la pared. Es un ser consciente que se da cuenta de todo lo que pasa a su alrededor y, por eso, a veces, en los momentos de un peligro cósmico, se pone a temblar tanto, junto con toda la nave, que a los hombres les cuesta mantenerse de pie en el puente.</p>
<p>»Esto disgusta a ciertas naturalezas brutales. Son ellas las que exasperan los cerebros al extremo. El cerebro electrónico rebosa de buena voluntad hacia nosotros; sin embargo señores, la resistencia de los alambres y de las válvulas tiene también sus límites. Sólo por culpa de las sevicias del capitán (era un borracho inveterado como se descubrió más tarde), un pequeño cerebro electrónico de Grenobi, empleado para la corrección del curso, se proclamó, en un acceso de locura agudo, hijo de la Gran Andrómeda y heredero del trono imperial de Murviclaudria. Sometido a un tratamiento en nuestra clínica mental, se calmó, recuperó la noción de la realidad, y ahora es casi normal. Existen, naturalmente, casos más graves. Así por ejemplo, cierto cerebro universitario, habiéndose enamorado de la mujer del profesor de matemáticas, empezó a falsear todos los cálculos, por celos, hasta que el profesor cayó en grave estado de depresión, convencido de que no sabía sumar. Sin embargo, hay que añadir, para justificar a aquel cerebro, que la mujer del matemático lo seducía sistemáticamente, dándole a sumar todas sus cuentas por la ropa interior más íntima. El caso que les acabo de exponer me recuerda otro, el del gran cerebro a bordo del &#8220;Pancratius&#8221;, que se unió por circuito con otros cerebros de la nave, y en un impulso de crecimiento irrefrenable, llamado la gigantofilia electrodinámica, vació el almacén de las piezas de recambio, desembarcó la dotación en las rocas de Mirocena y se zambulló en el océano de Alantropia, donde se promulgó a sí mismo patriarca de sus lagartos. Antes de que pudiéramos llegar a aquel planeta con medicamentos tranquilizantes, se quemó las válvulas en un ataque de furia, porque los lagartos no querían obedecerle. Por cierto, también en este caso se descubrió que el segundo timonel del &#8220;Pancratius&#8221;, un jugador de ventaja conocido en todo el Cosmos, había dejado al desgraciado cerebro sin un céntimo, jugando con <em>él</em> con naipes <em>mar</em>cados. Pero el caso del computador es excepcional, señores. Tenemos aquí síntomas manifiestos de varias enfermedades, tales como: <em>gigantomania ferrogenes acu</em>ta, paranoia misantrópica persecutoria, polyplasia panelectropsychica debilitativa gravíssima, y, finalmente, necrofilia, thanatofilia y necromantia. ¡Caballeros!, tengo que aclararles unas circunstancias esenciales para la comprensión del caso que nos ocupa. La nave &#8220;Deidón II&#8221; transportaba, además de la carga diversa, destinada a los armadores de Proción, una serie de contenedores de memoria de mercurio sintética, cuyo destinatario era la Universidad Láctea en Fomalhaut. Los contenedores estaban cargados con dos clases de informaciones: del campo de la psicopatología y del de la lexicología arcaica. Debe suponerse que el computador, al crecer y ensancharse, absorbió aquellos contenedores. Por tanto, incorporó en sí mismo al conjunto de conocimientos de cuestiones como la historia de Jack el Destripador y la del estrangulador de Gloomspick, la biografía de Sacher-Masoch, las memorias del Marqués de Sade, los protocolos de la secta de flagelantes de Pirpinact, el original del libro de Murmuropoulus <em>Palo a través de los siglos</em>, y el famoso ejemplar único de la biblioteca de Abbercrombie, <em>Punzaduras</em>, obra manuscrita de Hapsodor, decapitado en el año 1673 en Londres, conocido bajo el apodo de &#8220;Collar de los bebés&#8221;. Había allí también la obra original de Janicek Pidwa <em>Pequeño torturatorium</em>, del mismo autor <em>Garrote, Hacha y Fogata -aportación a la verdugografía</em>, así como otro mirlo blanco, único en su especie, <em>Recetario culinario a base de aceite hirviente</em>, obra póstuma del P. Galvinari de Amagonia. Aquellas memorias de mal agüero contenían además unos protocolos de las reuniones de la sección de caníbales de la sociedad literaria neardenthalense, así como las <em>Reflexiones en la horca</em> del vizconde de Crampfuss; si les digo, señores, que iban incluidos en ellas tales libros como <em>El asesinato perfecto</em>, <em>El misterio del cadáver negro</em> y el <em>ABC del asesinato</em> de Agatha Christie, podrán imaginarse qué terrible influencia tuvieron en la personalidad del computador, sin ninguna preparación crítica para esta clase de lectura.</p>
<p>»Ustedes saben que nosotros procuramos siempre mantener a los electrocerebros en la ignorancia de esos rasgos deplorables del carácter del hombre. Ahora, cuando las regiones vecinas de Proción se poblaron de la prole metálica de una máquina repleta de la historia de degeneración, vicio y crimen terrestres, lamento tener que decirles que la electropsiquiatría es, en este caso, totalmente impotente. Desgraciadamente, <em>ésta es</em> mi última palabra.</p>
<p>Y el anciano, profundamente abatido, abandonó el pódium con paso vacilante, en medio del silencio general. Levanté la mano. El presidente me miró sorprendido y, al cabo de un momento de duda, me dio la palabra.</p>
<p>—Caballeros —dije, poniéndome en pie—, como veo, el problema es muy serio. Me doy cuenta de ello ahora, después de haber oído el análisis exhaustivo del profesor Gargarrag. Quiero hacer a esta respetable reunión una oferta. Estoy decidido a dirigirme solo a la zona de Proción para investigar qué es lo que pasa allá, descubrir el misterio de la desaparición de miles de hombres enviados por ustedes, así como para encontrar, si es posible, un modo de solucionar pacíficamente el conflicto que nos amenaza. Me doy perfecta cuenta de las dificultades de esta empresa, la más ardua de todas las que hasta ahora me he propuesto; pero hay momentos en que se debe actuar, sin calcular las posibilidades de victoria ni riesgo. Por lo tanto, caballeros&#8230;</p>
<p>Un trueno de aplausos interrumpió mis palabras. No hablaré del transcurso ulterior de la reunión, porque no me gusta insistir en la descripción de ovaciones que se me rinde. La Comisión y la Junta me otorgaron todos los plenos poderes posibles. Al día siguiente tuve una entrevista con el jefe del departamento de Proción y del contraespionaje cósmico (desempeñaba ambos cargos simultáneamente), el consejero Malingraut.</p>
<p>—¿Quiere salir hoy mismo? —dijo—. Perfectamente. Pero no en su cohete, Tichy. Es imposible. Para esta clase de misiones empleamos unos cohetes especiales.</p>
<p>—¿Por qué? —pregunté—. Me basta con el mío.</p>
<p>—No pongo en duda su perfección —replicó—, pero se trata del camuflaje. Volará usted en uno que por fuera se parece a cualquier cosa menos a un cohete. Será&#8230; ya lo <em>verá</em> usted mismo. Además, tendrá que aterrizar de noche&#8230;</p>
<p>—¿De noche? —dije—. Se verá el fuego de escape&#8230;</p>
<p>—Es la táctica que hemos aplicado hasta ahora —repuso, bastante perplejo.</p>
<p>—Yo ya veré en cuanto llegue —le tranquilicé— ¿Tengo que ir disfrazado?</p>
<p>—Sí. Es absolutamente necesario. Nuestros especialistas se ocuparán de usted. Le están esperando. Por aquí, si me hace el favor&#8230;</p>
<p>Me llevaron por un corredor secreto a una estancia parecida a un pequeño quirófano. Los cuatro hombres que me esperaban allí se pusieron inmediatamente a la obra. Una hora después, cuando me colocaron delante de un espejo, no pude reconocerme. Acorazado de arriba abajo, con hombros y cabeza cuadrados, con unas mirillas de cristal en vez de ojos, me parecía a un robot vulgar y corriente.</p>
<p>—Señor Tichy —me dijo el jefe de los caracterizadores—, tenga siempre presente unas cuantas cosas importantes. Primero, le está prohibido respirar.</p>
<p>—Usted está loco —dije—. ¿Cómo quiere que deje de respirar? Me asfixiaría.</p>
<p>—Es un malentendido. Respire, claro, tanto como quiera, pero sin el menor ruido. Nada de suspiros, soplidos, inspiraciones profundas. Y Dios nos libre, no se le ocurra estornudar. Sería condenarse a una muerte rápida.</p>
<p>—Conforme. ¿Algo más? —pregunté.</p>
<p>—Encontrará usted en el cohete todos los números del <em>Correo Electrónico </em>y de la <em>Voz del Espacio,</em> periódico de la oposición.</p>
<p>—¿Ellos también tienen una oposición?</p>
<p>—Sí, pero su jefe es igualmente el computador. El profesor Mlassgrack supone que, además del desdoblamiento de personalidad eléctrico, lo tiene también político. Permítame continuar. Lo de comer, masticar caramelos, excluido. ¡Nada de esas cosas! Comerá usted sólo de noche, por esta abertura, aquí, ponga usted mismo el llavín (es una cerradura Wertheim), así, correcto, vea, el obturador se abre. No pierda la llave;</p>
<p>moriría de hambre.</p>
<p>—Es verdad, los robots no comen.</p>
<p>—Desconocemos, por razones obvias, muchos detalles de sus costumbres. Estudie los anuncios de sus periódicos, podrá enterarse de muchas cosas. Cuando hable con alguien, no se ponga demasiado cerca de su interlocutor, para que no le pueda mirar dentro de la rejilla del micrófono, Lo mejor sería teñirse de negro los dientes: aquí tiene un tarrito de pigmento. Y no se olvide de lubrificarse con ostentación todas las bisagras cada mañana, todos los robots lo hacen. En cualquier caso, no exagere: si chirría un poco, hará una buena impresión. Bueno, me parece que esto es todo. No, por favor, ¿quiere usted salir así a la calle? ¿Es que ha perdido la cabeza? Aquí hay un pasadizo secreto. Salga por aquí.</p>
<p>Apretó un libro en la biblioteca y abrió una parte de la pared. Por una escalerita estrecha bajé en medio del ruido de hojalata, al patio, donde esperaba un helicóptero de carga pesada. Me metieron dentro y el aparato se elevó. Al cabo de una hora de vuelo, tomamos tierra en un cosmódromo secreto. Al lado de varios cohetes normales, se erigía en la pista un silo para grano, redondo como una torre.</p>
<p>—¡Por el amor de Dios! ¿Esto es un cohete? —dije a mi acompañante, un oficial secreto.</p>
<p>—Sí. Dentro ya está preparado todo lo que usted puede necesitar: cifras, claves, radio, periódicos comida y objetos varios. También una palanqueta de buen peso.</p>
<p>—¿Una palanqueta?</p>
<p>—Sí, aquello de abrir las cajas de caudales&#8230; para que vaya armado en caso de extrema necesidad. Bien, pues, que no se rompa la crisma —dijo amablemente el oficial. Ni siquiera pude estrecharle la mano: la mía estaba enfundada en un guante de acero. Abrí la puerta y entré en el silo que, visto por dentro, resultó ser un cohete normal. Tenia grandes ganas de salir de mi caja de hierro, pero me habían advertido que era mejor no hacerlo: los especialistas me explicaron que debía acostumbrarme a llevarla de buen principio.</p>
<p>Puse en marcha el reactor, el cohete arrancó, ajusté la dirección del vuelo y me dispuse a comer. Me costó lo mío ponerme los alimentos en la boca; a pesar de torcerme casi el cuello, la abertura no coincidía con mis labios, así que tuve que ayudarme con un calzador. Luego me senté en la hamaca y empecé a hojear la prensa de los robots. He aquí un puñado de títulos que me saltaron a la vista en las primeras páginas:</p>
<p>BEATIFICACIÓN DEL SANTO ELECTRICIO</p>
<p>VENCER A LOS VISCOSONES NUESTRO DEBER SAGRADO</p>
<p>TUMULTUM EN EL ESTADIO UN VISCOSÓN ENCADENADO</p>
<p>Me extrañó un poco la forma y el contenido de estas frases, pero recordé lo que había dicho el profesor Gargarrag acerca de los diccionarios arcaizantes, transportados antaño por el «Deidón». Sabía que los robots llamaban a los hombres «viscosones», dándose a sí mismo el nombre de «magnificalios».</p>
<p>Leí la última hoja, la del viscosón encadenado:</p>
<p>Un par de alarbarderos de Su Inductividad apresó en la hora de la tercera campanada matutina a un viscosón espía que en la venta del magnificalio Mremrán recogimiento hallar pretendía. De Su Inductividad servidor fidelísimo, Mremrán a los alabarderos de tal infamia hizo sabedores. Se dieron prisa los alabarderos por llegar a la venta, prendieron al infame y con la visera baja para su deshonra y vilipendio, por el griterío de la gente furibunda acompañado, al calabozo Calefaoustrum le echaron. Causan ei iuror II Semperititias Turtran incipit.</p>
<p>No está mal, como principio, <em>pensé,</em> y volví a la columna titulada «Tuniultum en el estadio».</p>
<p>Justo los speculantes del torneo de la bola, de la verde hierba a sus moradas confundidos recogerse pensaban, empero Girlayo III, pasando a Turcucur la bola dio con sus huesos en el suelo y por razones que digo con una pierna quebrada de las lides túvose que alejar. Viendo su premio perdido, los apostores en fuerza la caja acometieron y al cajero mismo malamente hirieron. Alabarderos de la villa a ocho disturbadores, con piedras cargados, al foso de agua tiraron. De aquí nace la cuestión, por los quedos especulantes a la superioridad humildemente elevada, si se verán un día exentos y libres de esas perturbaciones&#8230;</p>
<p>Ayudándome con un diccionario, averigüé que quedo viene a decir aquí lo mismo que quieto (ambos vienen de <em>quietas, quietatis -</em> quietud), que aquella gente usaba la palabra en cuestión en un sentido distinto del nuestro, y que el juego de bola de los magnificalios era una variedad de nuestro fútbol, en la cual la pelota era una bola de plomo macizo. No me cansaba de estudiar los periódicos, tal como se me había aconsejado en el departamento antes de mi marcha, para familiarizarme con las costumbres y los detalles de la vida magnificalia (ya me he acostumbrado a llamarles así): dar a alguien allí el nombre de robot sería no sólo ofenderle, sino desenmascararme a mí mismo.</p>
<p>Leí, pues, los siguientes artículos: «Principios seis en la materia del estado perfecto de los magnificalios», «Audiencia del Maestro Gregaturian», «Cómo el gremio arnesero hace trabajos hogaño», «Nobles peregrinaciones magnificalias para lámparas enfriar»; pero los anuncios eran todavía mas extraños. Había algunos que pude entender muy poco.</p>
<p>ARMELADOR VI, ARNESERO FAMOSO aderezo de ropajes, ajuste de aberturas. Se perfeccionan bisagras. También in extremis. Barato.</p>
<p>VONAG, no os dejéis tomar de orín. Cura herrumbre y vestidos oxidados. En venta por doquier.</p>
<p>OLEUM PURISSIMUM PRO CAPITE &#8211; Untate el cuello si chirría. ¡jNo dejes que te perturba los devaneos!</p>
<p>Otros eran todavía peores; éstos, por ejemplo:</p>
<p>¡PARA LOS FUERTES! Podéis jugar a voluntad. Cuerpos de todas las medidas. Los recomendados se solazan aquí mismo. Tarmodral VIII.</p>
<p>¡LUJURIOSOS! Cubículo pancratorio con asientos alquílase. Percorator<strong> </strong>XXV<strong>.</strong></p>
<p>Uno que acababa de leer me puso la carne de gallina bajo mi revestimiento de acero:</p>
<p>¡BURDEL GOMORRHEUM INAUGURASE EN LA TARDE DE HOY! ¡SELECCIÓN DE MANJARES HASTA AHORA DESCONOCIDA! PARA AMATORES CRIATURAS VISCOSONES. TAMBIÉN ENCARGOS PARA FUERA.</p>
<p>Me estrujaba los sesos para entender todo esto. El tiempo no me apremiaba: el viaje tenía que durar casi un año.</p>
<p>En la <em>Voz del Espacio</em> los anuncios eran aún más numerosos.</p>
<p>QUEBRANTAHUESOS, TAJADORAS, CORTACUELLOS, PALOS ESMERADAMENTE APUNTADOS vende GREMONITORIUS, FIDRICAX LVI.</p>
<p>PARA AMANTES DE ASFIXIAMIENTOS tiernas criaturas viscosonas. Saben llorar y hablar. Tam<em>bién</em> un arrancauñas como nuevo, baratito.</p>
<p>¡¡PIROMANIACOS!! Estraza nueva de Abracadabrel en aceite de roca remojada. ¡¡NO SE APAGA JAMAS!!</p>
<p>¡DAMAS Y CABALLEROS DE MAGNIFICIA!</p>
<p>Punzabarrigas, Rompespinazos, Tormentadores varios LLEGARON &#8211; Karakaruan XI.</p>
<p>Después de leer todos esos anuncios, me pareció que empezaba a ver claro la suerte que encontraron las multitudes de voluntarios de la División II, enviadas para reconocer el terreno. Tengo que confesar que mis ánimos estaban algo bajos en el momento de aterrizar en el planeta. Lo hice de noche, después de apagar los motores. Bajé en vuelo planeado entre altas montañas, salí del cohete y, después de pensar un poco, corté unas ramas y camuflé mi <a href="http://www.dealquilerdecoches.com/">vehículo</a>. En verdad, los especialistas del Deuxième Bureau no se habían estrujado mucho el cerebro: un silo para trigo, en un planeta de robots, estaba, francamente, fuera de lugar. Cargué dentro de mi caparazón todas las provisiones que pude, y me encaminé hacia la ciudad, visible de lejos gracias al fuerte resplandor eléctrico que se elevaba sobre ella. Tuve que detenerme varias veces para cambiar de sitio las latas de sardinas que se entrechocaban ruidosamente dentro de mí. Seguía andando cuando de repente, tropecé con algún obstáculo invisible. Me caí cuan largo era en medio del estruendo de chapas de hierro, atravesada la mente por una ocurrencia, rápida como un relámpago: ¡Ya está! ¿Tan pronto? Pero a mi alrededor no había ni un alma viva, o sea, eléctrica. Por si acaso, enarbolé mis armas, compuestas de la palanqueta de ladrón de cajas fuertes y un pequeño destornillador. Tanteando con las manos en tomo a mí, comprobé que estaba rodeado de unas formas de hierro. Eran despojos de autómatas viejos, un cementerio de robots. Proseguí el camino, cayéndome con frecuencia, extrañado por las dimensiones de aquel lugar. Tenía más de un kilómetro de largo. De pronto, se dibujaron ante mí, sobre el fondo de tinieblas, dos formas cuadrúpedas imprecisas. Dejé de moverme. Mis instrucciones no decían nada acerca de la existencia de animales en el planeta Dos cuadrúpedos más se acercaron en silencio a los primeros. Cometí la imprudencia de moverme; al oír el ruido de mi blindaje, las oscuras siluetas huyeron despavoridas, hundiéndose en las tinieblas.</p>
<p>Después de aquel incidente, multipliqué las medidas de prudencia. La hora no me parecía adecuada para entrar en la ciudad: la noche muy avanzada, las calles vacías&#8230; Mi aparición hubiera llamado una atención indeseada. Me acurruqué, pues, en la cuneta del camino, donde esperé el alba comiendo bizcochos. Sabía que antes de la noche próxima no encontraría ocasión de tomar alimento.</p>
<p>Al despuntar el día, me acerqué al área suburbana. No había nadie en la calle. En una valla estaba pegado un gran cartel viejo, deslucido por las lluvias. Me puse a leerlo.</p>
<p align="center">BANDO</p>
<p>Sabedora es la superioridad de la villa de las maniobras ruines viscosones, que entre los nobles magnificalios mezclarse intentan. Quienquiera que viera a un viscosón, o a un individuo a él semejante y por ende de sospechas digno, deber tiene de decirlo en la alabardería de su barrio Quien con ellos se asociase o le ayudase, destornillado será in saecula saeculorum. Por la cabeza de un viscosón un premio de 1.000 chapas de hierro se otorga.</p>
<p>Continué andando. Aquel barrio extremo no tenía un aspecto atractivo. Ante unas miserables barracas, carcomidas por el orín, estaban sentadas bandas de robots, jugando a pares y nones. De vez en cuando estallaban entre ellos unas peleas tan estruendosas como si unas salvas de artillería hicieran blanco en un alma<em>cén</em> de toneles de hierro. Un poco más lejos, encontré una parada de tranvía. En seguida llegó uno, casi vacío. Subí a él<em>.</em> El conductor era una pieza inseparable del motor, con una mano atornillada para siempre a la manivela. El cobrador, soldado a la entrada, constituía al mismo tiempo la puerta, moviéndose en unos goznes. Le di una de las monedas que me había suministrado el Departamento y me senté en el banco, chirriando horriblemente. Me <em>apeé</em> en el centro de la ciudad y eché a andar adelante, como si tal cosa. Veía cada vez más alabarderos que patrullaban, de dos en dos o de tres en tres, por el medio de las calles. Al advertir una alabarda, apoyada en una pared, la cogí con gran naturalidad sin interrumpir la marcha, pero, puesto que mi soledad hubiera podido parecer extraña, aprovechándome de que uno de los tres guardias que me precedían había entrado en un portal para arreglarse una rejilla que se le caía, ocupé el sitio que le correspondía junto a sus compañeros. El perfecto parecido de todos los robots era para mí una circunstancia muy cómoda. Mis dos compañeros guardaron durante un tiempo el silencio, hasta que uno dijo:</p>
<p>—¿Cuándo estos nuestros ojos en una zagala se solazaran, Brebrán? Dígolo porque harto estoy y con una electromoza me placería jugar.</p>
<p>—Así es la verdad —contestó el otro—, mas no mucha holganza desta vida nuestra sacamos, amigo.</p>
<p>De este modo dimos la vuelta a todo el centro. Observándolo todo con mucha atención, vi por el camino dos restaurantes con un verdadero bosque de alabardas apoyadas en sus muros. Sin embargo, no hice ninguna pregunta. Ya me dolían mucho las piernas, tenía demasiado calor dentro de mi bidón de hierro bajo el sol ardiente y el polvo de orín me cosquilleaba las narices. Temiendo un estornudo, quise alejarme un poco, pero ambos gritaron:</p>
<p><em>—</em>¿Qué haces, malaventurado? ¿Deseoso estás de que la superioridad maltrecho te deje y molido? ¿Perdiste el juicio?</p>
<p>—No —contesté—, sólo asentarme un momento me apetecía.</p>
<p>—¿Asentarte? ¿Quemóte la fiebre la bobina? ¡De servicio estamos, dignos ferrizos!</p>
<p>—En verdad que habláis bien —contesté, conciliador. Reanudamos la marcha. No, pensé, este camino carece de perspectivas. Tengo que encontrar algo mejor. Dimos otra vuelta a la ciudad. Mientras andábamos, nos hizo parar un oficial, gritando:</p>
<p>—¡Refernazor!</p>
<p>—¡Brentacurdo! —vociferaron en respuesta mis compañeros. Me grabé bien en la memoria aquel santo y seña. El oficial nos pasó revista por delante y por detrás y nos ordenó llevar las alabardas más altas.</p>
<p>—¡Cómo las lleváis, pingos! ¡Estufas parecéis y no alabarderos de Su Inductividad! ¡En marcha! ¡Juntos! ¡Arr!</p>
<p>La inspección fue aceptada por los guardias sin comentarios. Nos arrastrábamos por las calles bajo un sol vertical, yo, maldiciendo el momento de proponer, por mi propia voluntad, el viaje a aquel planeta asqueroso; como si mis fatigas fueran pocas, me empezó a atormentar el hambre. Mis intestinos, vacíos, armaban unos ruidos que podían traicionarme; procuraba, pues, chirriar lo más fuerte posible. Al pasar delante de un restaurante eché una ojeada dentro. Casi todas las mesas estaban ocupadas. Los magnificalios, o bien (como les llamaba ahora yo siguiendo la idea del oficial) estufistas estaban sentados en torno a ellas sin moverse, bruñidos y azulencos. De vez en cuando se oía un chirrido: alguien volvía la cabeza para avizorar la calle con sus ojazos de cristal. Nadie comía ni bebía, nadie hablaba. Todos parecían esperar no <em>sé</em> qué cosa. Junto a una pared estaba de pie un camarero (le conocí por el delantal blanco que llevaba puesto encima de la coraza.)</p>
<p>—¿Podemos por ventura sosegarnos un rato junto a esos caballeros? —pregunté, porque me dolía cada ampolla por separado en los pies, torturados por mis escarpines de hierro.</p>
<p>—¡Ni por pienso! —se indignaron mis compañeros—. ¡No es el sosiego lo que tenemos mandado! ¡Andadura es nuestro menester! Ten por seguro que ya le apañarán aquéllos al maldito viscosón, si por aquí asoma y, reclamando sopas, su vil naturaleza les muestra!</p>
<p>Sin entender nada, obedecí y seguí adelante. Empezaba a subírseme la mostaza a las narices, pero por fin nos dirigimos a un edificio grande de ladrillos rojos, sobre el cual había unas letras de hierro forjado:</p>
<p align="center">CUARTEL DE LOS ALABARDEROS DE SU PRECLARA INDUCTIVIDAD COMPUTADRICIO PRIMERO</p>
<p>Me perdí de la vista de mis compañeros a la entrada misma. Dejé la alabarda junto al centinela, cuando se dio la vuelta chirriando y crujiendo, y me metí en la primera travesía que encontré. Al volver la esquina, vi una casa bastante grande con la enseña HOSPEDERÍA DEL HACHA. Apenas entreabrí la puerta, el dueño, un robot rechoncho de cuerpo corto, saltó a mi encuentro, chirriando animosamente.</p>
<p>—¡Bienvenido seáis, señor mío&#8230;! Para serviros&#8230; ¿Acaso deseáis una cámara donde recogeros?</p>
<p>—Así es —contesté lacónicamente.</p>
<p>Me empujó hacia dentro, casi a la fuerza. Llevándome escaleras arriba, no dejaba de charlar con voz metálica:</p>
<p>—Grandes son las muchedumbres de peregrinos que aca a la sazón vienen&#8230; No hay magnificalio honrado que no quisiera de Su Inductividad la mudanza de condensadores con sus propias mirillas contemplar&#8230; Dígnese entrar&#8230; Hermosos aposentos tengo&#8230; Aquí la sala grande, estotra para dormir&#8230; Muy fatigado estar debe&#8230; El polvo de los rodamientos le rechina. Ahora mismo el aderezo traigo&#8230;</p>
<p>Bajó a paso atronador la escalera y, antes de que yo tuviera tiempo de ver bien la habitación, bastante oscura, amueblada con armarios y cama de hierro, volvió trayéndome una aceitera, trapos y una botella de limpiador. Lo dejó todo encima de la mesa y dijo, bajando confidencialmente la voz:</p>
<p>—Hecho el aseo de su persona, dígnese bajar&#8230; Para exquisitos personajes, como usted apunta ser, a todas horas un secreto dulcísimo, una sorpresa guardo&#8230; Se divertirá&#8230;</p>
<p>Por fin me dejó solo, después de guiñarme la fotocélula; como no tenía nada mejor que hacer, me puse aceite y me saqué brillo con limpiador. De pronto me. di cuenta de que el hospedero había dejado en la mesa una hoja, parecida a una carta de restaurante. Me extrañó porque sabía que los robots no comían; la cogí y me puse a leerla. He aquí lo que llevaba escrito:</p>
<p align="center">BORDEL cat. II</p>
<p align="left">Criatura viscosona, decapitación .  .  . .  . 8 ch. f.</p>
<p align="left">Lo mismo, con pega   .  .  .  .  .  .  .  .  . 10 ch. f.</p>
<p align="left">Lo mismo, lloroso   .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  11 ch. f.</p>
<p align="left">Lo mismo, con desperanza .  .  .  .  .  .   14 ch. f.</p>
<p align="center">Ofrécese:</p>
<p align="left">Hachas sodomitas, una . . . . . .  .  .  .  .   6 ch. f.</p>
<p align="left">Segur donosa .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  8 ch. f.</p>
<p align="left">Ternera tiernísima  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .   8 ch. f.</p>
<p>Aunque no entendiera nada, un escalofrío me recorrió el .espinazo, cuando oí en la habitación contigua un estruendo de una fuerza inaudita, como si el robot que vivía pared por medio se afanara en convertir en astillas su aposento. Se me erizaron los pelos. No podía resistirlo. Procurando no rechinar ni sonar, me escapé a la calle. Respiré con alivio cuando me vi lejos de aquel antro. ¿Y qué voy a hacer ahora, desgraciado de mí?, pensé.<strong> </strong>Me detuve junto a un grupo de obreros, enfrascados en un juego de cartas, fingiendo ser un mirón entusiasta. De hecho, no sabía nada acerca de las ocupaciones de los habitantes de Magnificia. Podía volver a mezclarme con los alabarderos, pero<strong> </strong>eso no prometía gran cosa y, en cambio, era arriesgado. ¿Qué debía hacer?</p>
<p>Anduve adelante, devanándome los sesos, hasta que vi a un robot obeso, sentado en un banco, calentándose las viejas chapas al sol, con la cabeza tapada con un periódico. En la primera plana había un poema, cuyas primeras palabras decían: «Soy de Magnificia degeneralicia». No sé qué venía luego Poco a poco, entablamos una conversación. Me presenté como peregrino de una ciudad vecina, Sadomasia. El viejo robot era enormemente cordial. De entrada casi, me invitó a vivir en su casa.</p>
<p>—Dígole en verdad, señor vecino, no se ande por ventas ni dispute con venteros. Véngase a mi casa. Humilde es, pero de buen grado la ofrezco. Junto con su digna persona, la alegría entrará en mis aposentos.</p>
<p>¿Qué podía hacer? No iba a rechazar una proposición que me convenía Mi nuevo anfitrión vivía en una casa de su propiedad en la tercera calle. Me llevó en seguida a la habitación para invitados.</p>
<p>—De tanto caminar, mucha polvareda habrá engullido —dijo.</p>
<p>Volvieron a aparecer el aceite, el limpiametales y los trapos. Yo ya sabía de antemano lo que me iba a decir; los robots no tenían, según pude observar, las mentalidades demasiado complicadas. En efecto:</p>
<p>—Hecho el aseo de su persona, dígnese de bajar —dijo—, entrambos jugaremos.</p>
<p>Se marchó cerrando la puerta. Dejé la aceitera, el limpiametales y los trapos sin tocarlos, me miré solamente al espejo para averiguar el estado de mi caracterización, me teñí de negro los dientes y, al cabo de un cuarto de hora, me disponía a bajar, un poco inquieto ante la perspectiva de aquellos «juegos» misteriosos, cuando desde el fondo de la casa llegó a mis oídos un ruido ensordecedor. Esta vez ya no podía huir. Bajé la escalera en medio de un estruendo que me hacía estallar la cabeza, convencido de que alguien se proponía hacer astillas un tronco de árbol de acero. El salón era un pandemonium. Mi anfitrión, desvestido de su caparazón externo, cortaba a hachazos un muñeco de gran tamaño, puesto sobre la mesa.</p>
<p>—¡Pase, pase, mi huésped! Ya puede holgarse en el apaño deste cuerpecito —dijo, interrumpiendo al verme los hachazos e indicándome otro muñeco, más pequeño, echado en el suelo. Cuando me hube acercado, la muñeca se sentó, abrió los ojos y dijo varias veces con voz débil:</p>
<p>—Piedad, señor, para esta inocente criatura&#8230; Piedad, señor&#8230; Soy criatura inocente&#8230; Piedad&#8230;</p>
<p>El amo de casa me entregó un hacha parecida a una alabarda, pero con el asta más corta.</p>
<p>—Dése gusto, honrado huésped. Tenga por bien de alegrarse y olvide las cuitas. ¡Venga un golpe bien dado!</p>
<p>—Es que&#8230; no son de mi agrado los infantes&#8230; —contesté en voz poco firme. Se quedó de una pieza.</p>
<p>—¿No son de vuestro agrado? —repitió mis palabras—. Qué pena tengo, pues de otra cosa no dispongo, de tanto que me satisfacen las criaturas. ¿Y si probaseis un ternero lechal?</p>
<p>Sacó del armario un ternerito de plástico, muy bien hecho que, al apretarlo, mugía lastimeramente. No tuve escapatoria. No queriendo desenmascararme, hice pedazos al pobre animalito, lo que me cansó bastante. Mientras tanto, el amo de casa descuartizó ambas muñecas, dejó de lado el instrumento al que daba el nombre de quebrantahuesos, y preguntó si estaba contento. Le aseguré que había tenido el mayor placer de mi vida.</p>
<p>Así empezó mi triste estancia en Rerecom. Por la mañana, después de desayunarse con aceite hirviendo, mi anfitrión iba a su trabajo, mientras que su esposa aserraba algo con ahínco en el dormitorio; creo que eran terneras, pero no podría jurarlo. Yo no podía soportar todos aquellos mugidos, ruidos y gritos; salía, pues, de casa. Las ocupaciones de los habitantes eran más bien monótonas: descuartizar, empalar, quebrar huesos, quemar, hacer picadillo, siempre lo mismo. En el centro de la ciudad había un parque de atracciones, con unos pabellones donde se vendían los utensilios más refinados. Al cabo de unos días, incluso la vista de mi cortaplumas me era insoportable. Apremiado por el hambre, me escapaba de la ciudad al anochecer para engullir apresuradamente, entre los arbustos, sardinas y bizcochos. No es de extrañar que con este régimen estuviera siempre al borde del hipo, un peligro mortal para mí. Al tercer día, fuimos al teatro. Daban una obra titulada «Carbezaurio». Era la historia de un robot joven y guapo, perseguido cruelmente por los hombres, o mejor dicho, viscosones Le echaban agua encima, tiraban arena en su aceite, le aflojaban los tornillos para que se cayera, y cosas por el estilo. Toda la platea zumbaba con ira. En el segundo acto apareció un emisario del computador, y el joven robot era liberado; el tercer acto se ocupaba más detalladamente de la suerte de los hombres, más bien poco alegre, como se puede adivinar.</p>
<p>Miré, de puro aburrido, todo lo que contenía la pequeña biblioteca de mis anfitriones, pero no encontré nada interesante: unas malas copias de las memorias del marqués de Sade y varios folletos sobre temas tan especializados como <em>En qué se conocen los viscosones.</em> Recuerdo todavía unas frases de este último. «El viscosón —empezaba el texto— es muy blando, de consistencia parecida a la masa de pan&#8230; Sus ojos, de mirada boba, aguados, la fiel imagen de la ruindad de su alma presentan. El rostro como si de goma fuera hecho&#8230;». y así, durante cien páginas.</p>
<p>El sábado se reunían en casa los notables del lugar: el maestro del gremio de hojalateros, el sustituto del armero municipal, un responsable de otro gremio, dos protócratas, un alcimútrano&#8230; Desgraciadamente, no pude darme cuenta qué clase de profesiones eran <em>ésas, </em>ya que la conversación se refería principalmente a las bellas artes, al teatro, al funcionamiento perfecto de Su Inductividad. Las damas chismorreaban un poco. Así me enteré de las cosas de un tal Poduxto, juerguista y bala perdida, notorio en la aristocracia de Rerecom, que llevaba una vida disipada rodeado de enjambres de bacantes eléctricas, a las que regalaba sin mesura las bobinas y las lámparas más costosas. Pero mi anfitrión sólo sonrió con indulgencia cuando le mencioné a Poduxto.</p>
<p>—Joven corriente en el acero joven —dijo, tolerante—. Un poco de orín, una resistencia enmohecida&#8230; Ya verás cómo sienta el tubo central.</p>
<p>Una magnificalia, que venía a vernos de vez en cuando, se encaprichó de mí por motivos que se me escapan. Un día, después de una serie excesiva de cubiletes de aceite, me susurró al oído:</p>
<p>—¡Donoso! ¿Quiéresme? Vente conmigo, en mi casa nos electrizaremos un tanto&#8230;</p>
<p>Fingí que un chispeo repentino del cátodo no me había dejado oír sus palabras.</p>
<p>La vida conyugal de la pareja que me hospedaba era, en general, armoniosa; sólo una vez fui, a pesar mío, testigo de una bronca. La esposa deseaba a gritos al esposo que se convirtiera en un montón de chatarra; él<em> </em>no decía nada.</p>
<p>Venía a vernos igualmente un electromaestro afamado, director de la clínica municipal; por él me ente<em>ré,</em> ya que a veces hablaba de sus pacientes a pesar de que no le gustara hacerlo, de que los robots no eran inmunes a la locura; la peor de sus fantasmagorías era la convicción de que eran hombres. Incluso —según deduje yo de sus palabras, muy poco claras— el número de esta clase de locos había aumentado seriamente en los últimos tiempos.</p>
<p>Sin embargo, yo no mandaba estas noticias a la Tierra, en primer lugar porque me parecían escasas y, también, porque tenía pereza de hacer la larga caminata por las montañas hasta el cohete que escondía mi emisora. Una mañana<em>, </em>justo cuando estaba terminando con una ternera (mis anfitriones me suministraban una cada noche, seguros de darme una alegría inmensa) sonaron por toda la casa unos porrazos violentos a la puerta de entrada. Me asusté mucho, y con razón. Era la policía, o sea, los alabarderos.<strong> </strong>Me detuvieron y me sacaron a la calle, sin una palabra de explicación, ante la vista de aquella pareja, tan amistosa, petrificada por el espanto. Me esposaron, me metieron en un<strong> </strong>coche policial y me llevaron a la cárcel. Ante la puerta ya estaba congregada una muchedumbre hostil que me abrumó con gritos de odio. Me encerraron en una celda solo. Cuando la puerta se cerró tras de mí, me senté en un camastro de hojalata con un suspiro profundo. Ahora ya no podía perjudicarme. Pasé un rato pensando en cuántas cárceles me habían encerrado en varias regiones de la Galaxia, pero no logré determinar la cifra. Debajo del camastro había una cosa; la saqué de allí. Era un folleto sobre el conocimiento de los viscosones. ¿Me lo habrían puesto para burlarse de mí, por pura maldad? Lo abrí a pesar de todo. El párrafo que leí explicaba cómo la parte superior de un cuerpo viscosón se movía por la llamada respiración, cómo había que averiguar si la mano que tendía era parecida a una masa, y si de su abertura bucal se desprendía una ligera brisa. «Excitado —terminaba el párrafo—, el viscosón segrega un líquido acuoso, principalmente por la frente.»</p>
<p>Era bastante exacto. Yo estaba segregando ese líquido acuoso. La exploración del Universo puede resultar un poco monótona por culpa de los encarcelamientos que acabo de mencionar, repetidos continuamente, como si fueran sus etapas inevitables, en las estrellas, los planetas, incluso en las nebulosas. En todo caso, mi situación había sido tan negra como ahora. Al mediodía, un carcelero me trajo un plato de aceite tibio, en el cual nadaban unas cuantas bolas de rodamientos. Pedí<em> </em>algo más digestivo, puesto que ya estaba desenmascarado, pero él sólo chirrió irónicamente y se marchó sin decir nada. Empecé a golpear la puerta, pidiendo un abogado. No me contestó nadie. Al anochecer, cuando ya hube comido la última migaja de bizcocho extraviada dentro de mi blindaje, una llave rechinó en la cerradura y en la celda entró un robot gordinflón, con una voluminosa cartera de cuero.</p>
<p>—¡Maldito seas, viscosónl —dijo, y añadió—: Soy tu defensor.</p>
<p>—¿Siempre saludas a tus clientes de este modo? —pregunté, sentándome.</p>
<p>Él se sentó también, restallando. Era repugnante. Tenía las chapas de la barriga completamente sueltas.</p>
<p>—A los viscosones, sí —dijo con firmeza—. Por lealtad a mi profesión, no a ti, canalla malandrín, mis artes desplegaré en tu defensa, bellaco. Tu pena tal vez podré ablandar a un desmontaje tan sólo.</p>
<p>—¡Alto ahí! —exclamé—. ¡A mí no se me puede desmontar!</p>
<p>—¡Ja ja! —rechinó—. ¡Eso te lo figuras tú! ¡Ahora canta tus negros propósitos, perro sarnoso!</p>
<p>—¿Cómo<em> te</em> llamas? —pregunté.</p>
<p>—Claustrón Fridrac.</p>
<p>—Dime de <em>qué</em> se me acusa, CIaustrón Fridrac.</p>
<p>—De viscosonidad —contestó rápidamente—. La pena capital te espera por ese crimen. Asimismo se te culpa de la querencia de vendernos, de ser espión de la Pastota, del blasfemo proyecto de levantar la mano contra Su Inductividad. ¿Tienes bastante, mierdoso viscosón? ¿Confiesas todas estas culpas?</p>
<p>—¿Es cierto que eres mi abogado? —pregunté—. Hablas como si fueras fiscal o juez de instrucción.</p>
<p>—Soy tu defensor.</p>
<p>—De acuerdo. Me declaro inocente de todas estas acusaciones.</p>
<p>—¡Te harán astillas! —rugió.</p>
<p>Viendo qué clase de defensor tenía, opté por callarme. Al día siguiente me sometieron a un interrogatorio. No confesé nada, a pesar de que el juez bramaba todavía peor, si cabe, que mi defensor. Tan pronto vociferaba como susurraba, estallaba en carcajadas rechinantes, o bien me aseguraba con mucha calma que antes empezaría él a respirar, que yo pudiera escapar a la justicia magnificalia.</p>
<p>Al segundo interrogatorio asistió un dignatario de algo rango, a juzgar por la cantidad de válvulas que brillaban en él<em>.</em> Pasaron cuatro días más. Lo peor era lo de la comida. Me contentaba con mi cinturón puesto al remojo en agua que el carcelero me traía una vez al día, llevando el cacharro lo más lejos posible de sí, como si tuviese veneno.</p>
<p>Al cabo de una semana, del cinturón no quedaba nada. Por suerte, tenía altas botas lazadas de tafilete; sus lenguas eran lo mejor que había comido durante toda mi estancia en la celda.</p>
<p>Por la mañana del octavo día, dos guardias me ordenaron recoger mis cosas. Fui llevado en coche, bajo escolta, al Palacio de Hierro, residencia del computador. Me condujeron por una magnífica escalera inoxidable, a través de unas salas cuajadas de lámparas catódicas, a un aposento espacioso, desprovisto de ventanas. Los guardias se marcharon, dejándome solo. En medio de la habitación había una cortina negra, colgada del techo, cuyos pliegues cubrían el espacio central por cuatro costados, desde el techo hasta el suelo.</p>
<p>—¡Ruin viscosón! —atronó la sala una voz que parecía llegar a través de un tubo desde un sótano con paredes de hierro— ¡Tu última hora se acerca! Escoge lo que más te agrade: picadera, quebrantahuesos o barrena.</p>
<p>Guardé silencio. El computador tronó, susurró y dijo:</p>
<p>—¡Presta oído, ser despreciable, emisario de la Pastota! ¡Escucha mi poderosa voz, papilla pegajosa, montón de jalea sucia! ¡En la magnificencia de mis corrientes preclaras, gracias te otorgo! Si te pasas a mis fieles huestes, si de toda tu alma en magnificalio quieres convertirte, la vida tal vez te perdone.</p>
<p>Dije que llevaba tiempo soñando en eso, precisamente. El computador emitió una irónica risa pulsátil, y dijo:</p>
<p>—No me engañan tus mentiras. Escucha, gusano. Tu miserable vida sólo podrás conservar como magnificalio alabardero secreto. Tu empresa será a todos los viscosones, espiones, agentes, traidores y toda la demás gusanería, por la Pastota acá despachada, desenmascarar, desnudar, visera arrancar, quemar con hierro candente. Sólo sirviendo así en humildad, salvarte puedes.</p>
<p>En cuanto se lo hube prometido solemnemente, me hicieron pasar a otro cuarto, donde fui inscrito en los registros, recibiendo la orden de presentar cada día un informe en la jefatura de alabarderos, después de lo cual me dejaron libre. Apenas me sostenían las piernas cuando salí estupefacto, del palacio.</p>
<p>Anochecía. Me fui a las afueras de la ciudad, me senté en la hierba y me puse a reflexionar. Me sentía triste y descorazonado. Si me hubiesen decapitado, habría salvado, por lo menos, el honor; pero así, pasándome a aquel monstruo eléctrico, había traicionado la causa que servía y echado a perder todas las posibilidades de un éxito. No sabía qué hacer. ¿Correr al cohete? Sería una huída vergonzosa. A pesar de ello, me puse en camino. El destino de un espía al servicio de una máquina que gobernaba regimientos de cajones de hierro sería la infamia peor. ¡Quién podría describir mi espanto, cuando, en vez de mi cohete, vi en el lugar donde lo había dejado, unos cascajos esparcidos y destrozados!</p>
<p>Era ya de noche cuando volvía a la ciudad. Me senté<em> </em>en una piedra y por primera vez en mi vida, lloré amargamente por mi patria perdida. Mis lágrimas se deslizaban por el interior de aquel mamotreto de hierro que iba a ser mi prisión hasta la muerte, se escapaban afuera por las rendijas de mis rodilleras, exponiéndome al peligro del orín y la rigidez de las articulaciones. Pero ya me daba todo igual.</p>
<p>De repente vi un pelotón de alabarderos que caminaban lentamente hacia los prados suburbanos, dibujadas sus siluetas sobre el fondo de la última luz del ocaso. Su comportamiento era extraño. Al abrigo de las tinieblas, cada vez más densas, se separaban, uno a uno, de las filas, procurando no hacer ruido, se metían en los arbustos y allí se quedaban. Todo esto me parecía tan sorprendente, que, a pesar de mi abatimiento indecible, me levanté de mi piedra y seguí al que tenía más cerca.</p>
<p>Era la temporada —debo añadir— en la cual las malezas suburbanas se cubrían de fruta, o mejor dicho, frutos silvestres de un gusto parecido al de las frambuesas, dulces y sabrosísimas. Yo mismo las devoraba a saciedad, cuantas veces podía escapar de la ciudad de hierro. Mi asombro llegó al colmo cuando vi que mi alabardero se abría la ventanilla con un llavín parecido como dos gotas de agua al que me había dado el funcionario de la División II, arrancaba con ambas manos las frutas y se las metía, como un salvaje, en aquella sima abierta. Masticaba y tragaba con tanto entusiasmo que el ruido se oía donde yo estaba.</p>
<p>—Psst —silbé entre dientes—, tú, óyeme, tú&#8230; De un salto se escondió entre los arbustos, pero no huyó; lo hubiera oído. Debió agazaparse en la maleza.</p>
<p>—Escucha —dije a media voz—, no tengas miedo. Soy un hombre. Hombre, ¿me oyes? Yo también voy disfrazado.</p>
<p>Algo como un ojo, desencajado por el miedo y la desconfianza, me escudriñó entre las hojas.</p>
<p>—No sé<em> </em>si creerte puedo, lo tal oyendo —sonó una voz ronca.</p>
<p>—Es como te digo. No tengas miedo. He venido desde la Tierra. Me han enviado aquí para un asunto.</p>
<p>Tuve que hablarle todavía bastante rato para convencerle antes de que se calmara y saliera de la maleza. Tocó mi armadura en la oscuridad.</p>
<p>—¿Hombre eres? ¿Verdad me estás diciendo?</p>
<p>—¿Por<em> </em>qué no hablas como una persona normal?</p>
<p>—Porque ya no sé<em> </em>a la sazón de otro modo platicar. Cinco años ha, el cruel <em>fátum</em> trájome a este lugar&#8230; Lo que padecí ni decir puedo&#8230; ¡Oh, dichosos mis ojos, que en esta vida contemplar a un viscosón la fortuna os regala!</p>
<p>—¡Cálmate, hombre! ¡Deja de hablar así! Escúchame: ¿no eres acaso de la II?</p>
<p>—Acertaste. Sí soy. Malingraut mandome acá para mi desgracia.</p>
<p>—¿Por qué no huiste?</p>
<p>—Huir non pude, porque me deshicieron a trocitos el cohete. No puedo demorarme más, hermano. Al cuartel debo&#8230; ¿Tornaremos a vernos? Ven do el cuartel mañana&#8230; ¿Vendrás?</p>
<p>Se lo prometí, sin ni siquiera conocer su aspecto, y nos despedimos. Antes de desaparecer en las tinieblas, me pidió que no me moviera de allí durante un rato. Volví a la ciudad más animado. porque preveía la posibilidad de organizar una conspiración. Para recuperar fuerzas, fui a la primera hostería que encontré y me eché a dormir. A la mañana siguiente, al mirarme en el espejo, advertí una crucecita, trazada con tiza, bajo mi hombrera derecha. Lo comprendí todo al instante. ¡Aquel hombre quería traicionarme, por eso me había marcado! Canalla, repetía en mis adentros, pensando febrilmente cómo debía comportarme. Borré el signo de Judas, pero no me sentí satisfecho. Seguro que ya hizo el informe, pensé; tal vez empezó ya la búsqueda de aquel viscosón desconocido. Mirarán en los registros, en primer lugar cogerán a los más sospechosos: yo estaba allí en sus listas Temblé ante la idea de que me interrogaran de nuevo. Comprendí que debía desviar sus sospechas de mí<em>,</em> y en seguida encontré un modo. Todo el día me quedé<em> </em>en la hostería, maltratando terneros de plástico para despistar. Salí cuando empezaba a anochecer, con un pedazo de tiza escondido en la mano. Tracé por lo menos cuatrocientas cruces en los hierros de los transeúntes; quien pasaba a mi lado, se llevaba su marca. Volví al hostal cerca de medianoche, bastante más tranquilo, y sólo entonces recordé que además del judas con quien había hablado, también otros alabarderos se metían entre los arbustos. Esto me hizo pensar mucho. De pronto se me ocurrió una idea, deslumbrante de tan sencilla. Me marché de la ciudad, a comer frutos silvestres. A poco rato volví a ver aquella gentuza armada. Se iban dispersando poco a poco, desaparecían en la maleza, y sólo se oía desde los arbustos unos soplidos y ruidos de bocazas que masticaban apresuradamente. Después sonaron los chasquidos de los ventalles al cerrarse; toda la compañía salió a la chita callando de los arbustos, todos ahítos de frutos como boas.<strong> </strong>Me acerqué entonces a ellos; me tomaron en la oscuridad por uno de los suyos. Durante la marcha, dibujé con tiza a mis vecinos unos circulitos, donde fuera. A la puerta de la alabardería me di la vuelta y me marché a mi hostal.</p>
<p>Al día siguiente me senté en un banco delante del cuartel, esperando a que salieran los permisionarios. Divisé a uno con un circulito en el omoplato y le seguí. Cuando, fuera de nosotros dos, no hubo nadie en la calle, le golpeé con un guantelete en el hombro, tan fuerte, que sonó de pies a cabeza y le dije:</p>
<p>—¡En nombre de Su Inductividad! ¡Sígueme! Se asustó tanto que se le empezaron a entrechocar todas las chapas. Ajustó el paso al mío sin decir nada, manso como un corderito. Lo hice entrar en mi cuarto, cerré la puerta y me puse a desenroscarle la cabeza con un destornillador que llevaba encima. Lo conseguí al cabo de una hora. La levanté como si fuera una olla de hierro, descubriendo una cara delgada, de una palidez enfermiza por haber estado tanto tiempo en la oscuridad, con los ojos desencajados por el miedo.</p>
<p>—¿Eres viscosón? —gruñí.</p>
<p>—Sí, vuestra grandeza, pero&#8230;</p>
<p>—¿Pero qué<em>?</em></p>
<p><em>—</em>Pero si figuro en los registros&#8230; ¡A Su Inductividad ser fiel juré!</p>
<p>—¿Hace cuanto tiempo? ¡Habla!</p>
<p>—Tres&#8230; tres años hace&#8230;, señor. ¿Por qué<em>&#8230;</em> por qué<em> </em>me&#8230;?</p>
<p>—Espera —dije—. ¿Conoces a algún otro viscosón?</p>
<p>—¿En la Tierra? Pues así es, vuestra grandeza, merced le pido, yo solo&#8230;</p>
<p>—¡No en la Tierra, imbécil! ¡Aquí!</p>
<p>—¡No, ni por pienso! Si a alguno hallo, al instante voy y lo digo, vuestra gran&#8230;</p>
<p>—Está bien —dije—. Puedes marcharte. La cabeza te la atornillas tú mismo.</p>
<p>Le metí los tornillos en la mano y le empujé hacia fuera. Oí cómo se ponía el casco con manos temblorosas del susto que había pasado. Me senté en la cama, asombrado de todo lo que había descubierto. Durante toda la semana siguiente tuve muchísimo trabajo: me llevaba de la calle a los transeúntes, al azar, los llevaba a la hostería, y le destornillaba las cabezas. ¡No me había equivocado en mi presentimiento! Todos, todos sin excepción eran hombres. No encontré entre ellos un solo robot. Poco a poco se iba formando en mi cabeza un cuadro apocalíptico&#8230;</p>
<p>¡Ese computador era un satanás, un verdadero demonio electrónico! ¡Qué infierno se había incubado en sus alambres candentes! El planeta era húmedo, reumático, muy malsano para los robots que forzosamente tenían que llenarse de orín. Tal vez, con los años, se dejara sentir también la penuria de piezas de recambio, los robots sufrían averías incurables, yendo, uno tras otro, a aquel cementerio de las afueras de la ciudad, donde sólo el viento les chirriaba el tañido fúnebre con las hojas de lata carcomidas. Entonces, viendo cómo se hundían las filas de sus huestes, sabiendo que su poderío se estaba acabando, el computador inventó un ardid genial. De sus enemigos, espías enviados para destruirle, empezó a formar su propio ejército, sus propios agentes, su pueblo. Ninguno de los desenmascarados podía traicionarle: ninguno se atrevía a ponerse en contacto con otros hombres, porque no sabía que no eran robots; y aunque lo supiera, tendría miedo de ser traicionado por el otro, así como quiso hacerlo el primer hombre, disfrazado de alabardero, a quien sorprendí en los arbustos. El computador no se contentaba con la neutralización de sus enemigos, sino que los convertía en los luchadores de su causa; forzándoles a desenmascarar a otros hombres, que seguían viniendo de la Tierra, dio una muestra más de su diabólico ingenio. ¡Quién podía distinguir mejor los hombres de los robots, si no aquellos mismos hombres que conocían al dedillo todas las prácticas de la División II!</p>
<p>Así pues, cada hombre, descubierto como espía, inscrito en los registros, juramentado, se sentía solo temiendo quizá más a sus semejantes que a los robots, ya que no todos los robots tenían que ser por fuerza agentes de policía secreta, mientras que los hombres lo eran todos, sin excepción. De este modo, el monstruo eléctrico nos tenía en la esclavitud, jaqueando a todos con todos. ¿No fueron acaso mis compañeros en el infortunio los que destrozaron mi cohete? ¿No hacían lo mismo con todas las naves terrestres, como supe de boca del alabardero?</p>
<p>«¡Engendro del infierno!», pensaba, temblando de furia. ¡Y como si no bastara con obligamos a traicionar, como si fuera poco que el Departamento le enviara cantidades de hombres para su servicio, encima se los vestían en la Tierra con el mejor equipo inoxidable de calidad extra! ¿Quedaban algunos robots entre aquellos individuos revestidos de hierro? Lo dudaba. Ahora comprendía mejor por que se encarnizaban tanto con los seres humanos. Siéndolo ellos mismos debían, como neófitos, parecer más magnificalios que los robots auténticos. De ahí venía el odio ciego que me manifestaba mi defensor. De ahí el intento canallesco de traicionarme, emprendido por aquel hombre que yo había identificado. ¡0h, bobinas diabólicas, circuitos endemoniados! ¡0h, estrategia eléctrica!</p>
<p>Desvelar el secreto no hubiera servido de nada; a la orden del computador, me habrían echado al calabozo, no me cabía la menor duda: los hombres llevaban demasiado tiempo<strong> </strong>ya acostumbrados a obedecer, a fingir la lealtad y el amor a ese Belcebú electrificado. ¡Incluso habían olvidado su manera normal de hablar!</p>
<p>¿Qué podía hacer, pues? ¿Penetrar en el palacio? ¡Un verdadero acto de locura! Pero ¿qué otra cosa me quedaba? La situación era intolerable: una ciudad, rodeada de cementerios, último refugio de las huestes del computador, convertidas en montones de herrumbre, y él, que continuaba gobernando, más fuerte que nunca, seguro de sí mismo, porque la Tierra no cesaba de enviarle más y más refuerzos. ¡Qué locura! Cuanto más pensaba, mejor me daba cuenta de que este descubrimiento, hecho seguramente antes por varios de los nuestros, no cambiaba para nada las circunstancias. Un hombre solo no podía hacer nada; tenía que hablar con alguien, confiar en él, lo que no tardarían en saber las autoridades. El inevitable traidor buscaría, evidentemente, un ascenso, una situación de favor cerca de la máquina. «¡Por santo Electricio! —pensé—. Tamaño genio es&#8230;». En el mismo instante me di cuenta de que yo también empezaba a arcaizar ligeramente la sintaxis y la gramática, que ya sufría el contagio de aquella enfermedad mental que hace ver el aspecto de los mequetrefes de hierro como el único normal, y el de la cara humana como algo desnudo, feo, indecente&#8230; viscosón. «¡Dios mío! Me estoy volviendo loco —pensé—, y los otros deben de llevar tiempo locos de atar&#8230; ¡Socorro!»</p>
<p>Después de la noche, pasada en lúgubres devaneos, fui a una tienda del centro de la ciudad, compré por treinta chapas de hierro el cuchillo de carnicero más afilado que pude encontrar, y al anochecer, me metí a escondidas en el inmenso jardín que rodeaba el palacio del computador. Allí, agazapado entre los arbustos, me liberé de la coraza de hierro con la ayuda de unos alicates y un destornillador y, de puntillas, descalzo, subí trepando por el canalón. La ventana estaba abierta. Por el corredor iba y venia un centinela, sonando sordamente. Cuando se hubo vuelto de espaldas al otro<strong> </strong>extremo del corredor, salté adentro, corrí hacia la puerta más cercana y entré sin ser visto ni oído.</p>
<p>Era la misma sala donde había oído la voz del computador. Estaba casi a oscuras. Aparte la negra cortina y vi la enorme pared del computador, alta hasta el techo, con unos indicadores cuyos discos brillaban como los ojos. A un lado habla una rendija blanca. Era una puerta entornada. Me acerqué a ella de puntillas y contuve la respiración.</p>
<p>El interior del computador se parecía a una pequeña habitación de un hotel de segunda clase. En la pared del fondo había una caja fuerte, no muy grande, a medio abrir, con un manojo de llaves colgando de la cerradura. Detrás del escritorio colmado de papeles estaba sentado un hombre de mediana edad, muy delgado, en un traje gris, con unas fundas protectoras sobre las mangas, usadas habitualmente por los oficinistas. Estaba escribiendo, llenando, hoja tras hoja, unos formularios. Junto a su codo se enfriaba una taza de té. A su lado un platillo de galletas. Entré sin hacer el menor ruido; cerré la puerta; no chirrió.</p>
<p>—Pssst —dije, alzando el cuchillo con ambas manos.</p>
<p>El hombre se estremeció y me miró. El brillo del cuchillo en mis manos le dio un pánico tremendo. Cayó de rodillas, la cara desfigurada por el miedo.</p>
<p>—¡¡No!! —gimió—. ¡¡No!!</p>
<p>—Si levantas la voz, eres cadáver —dije—. ¿Quién eres?</p>
<p>—He&#8230; Heptagonio Argusson, vuestra merced.</p>
<p>—No soy ninguna merced. Llámame «señor Tichy». <em>¿</em>Comprendido?</p>
<p>—¡Si, señor! ¡Si! ¡Si!</p>
<p>—¿Dónde está el computador?</p>
<p>—Se&#8230;señor&#8230;</p>
<p>—El computador no existe, ¿eh?</p>
<p>—¡Así es! ¡Me dieron órdenes!</p>
<p>—Vaya. ¿Y quién te las dio, si puede saberse? Estaba temblando como una hoja al viento. Me tendió las manos en una súplica muda.</p>
<p>—Esto puede terminar muy mal&#8230; —gimió—. ¡Piedad! No me obligue vuestra mer&#8230; ¡Perdón, señor Tichy! Yo&#8230; yo sólo soy un funcionario, grupo VI de emolumentos&#8230;</p>
<p>—No me digas. ¿Y el computador? ¿Y los robots?</p>
<p>—¡Tenga piedad, señor Tichy! ¡Diré toda la verdad! Nuestro jefe&#8230; Él lo organizó todo. Se trataba de fondos&#8230; del desarrollo de la actividad, de una mayor&#8230; e&#8230; eficacia operacional&#8230; para comprobar las aptitudes de nuestros hombres, pero lo más importante eran los fondos&#8230;</p>
<p>—¿Así que todo era fingido? ¿Todo?</p>
<p>—¡No sé! ¡Lo juro! Desde que estoy aquí, no ha cambiado nada, no piense que yo mando aquí, ¡Dios me libre! Me ocupo solamente de actas personales. La cuestión era si nuestros hombres se rendirían al enemigo, en una situación crítica, o si antes aceptarían la muerte.</p>
<p>—¿Y por qué nadie volvía a la Tierra?</p>
<p>—Porque&#8230; porque todos traicionaron, señor Tichy&#8230;, hasta ahora, ni uno solo quiso morir por la causa de la Pasto&#8230;, ¡pfu!, por nuestra causa quería decir, me salió por pura costumbre, comprenda, señor Tichy, once años llevo en este sitio, espero jubilarme dentro de un año, tengo mujer e hijo, señor Tichy, le suplico&#8230;</p>
<p>—¡¡Cierra el pico!! —dije, iracundo—. ¡Esperas jubilarte, canalla, ya te jubilaré!</p>
<p>Alcé el cuchillo. Al funcionario le salieron los ojos de las cuencas; empezó a arrastrarse a mis pies.</p>
<p>Le di orden de levantarse. Viendo que la caja tenía una ventanita enrejada, le encerré dentro.</p>
<p>—¡Si abres la boca, si te atreves a gritar o armar ruido, te despedazaré, bellaco!</p>
<p>Después todo fue muy fácil. Pasé una noche no muy descansada, porque me enfrasqué en la lectura de los papeles: eran declaraciones, informes, formularios, cada habitante del planeta tenía su <em>dossier</em> particular. Me preparé sobre el escritorio un colchón de la correspondencia más secreta, porque allí no había nada donde dormir. Por la mañana conecté el micrófono y, como el computador, ordené que toda la población se congregara en la plaza de palacio. Todos debían traer alicates y destornilladores. Cuando se colocaron en la plaza como unas gigantescas figuras de ajedrez hechas de hierro, di la orden de que se destornillaran mutuamente las cabezas a la intención de la capacitancia de san Electricio. A las once empezaron a asomarse las primeras cabezas humanas, se organizó un tumulto, y caos, por doquier se oían gritos, «¡Traición! ¡Traición!», que unos minutos después, cuando la última cazuela de hierro cayó estruendosamente sobre el pavimento, se convirtieron en un atronador alarido de júbilo. Me mostré entonces en mi propia persona y les conminé que se pusieran a trabajar: quería construir una nave grande con los materiales y productos del lugar. Sin embargo, pudimos evitar este esfuerzo, ya que en los subterráneos del palacio había varias naves cósmicas, con depósitos llenos, a punto para el viaje. Antes de arrancar, solté<em> </em>a Argusson de la caja fuerte, pero no lo acepté a bordo ni permití a nadie hacerlo. Le dije que informaría de todo a su jefe, sin olvidar hacerle saber, de la manera mas exhaustiva posible, lo que pensaba de él mismo.</p>
<p>Así terminó aquella expedición, una de las más extraordinarias entre todas las que llevé a cabo. A pesar de todas las fatigas y sufrimientos que me había causado, estaba contento del cariz que habían tomado los acontecimientos, puesto que me fue devuelta la fe, mermada por unos maleantes cósmicos, en la bondad innata de los cerebros electrónicos Qué agradable es pensar, en resumidas cuentas, que sólo el hombre puede ser un canalla.</p>
<p> </p>
<p>Stabislaw Lem. Diarios de las estrellas.</p>
<p>Este no es el mejor cuento del libro, así que desde aquí os recomendamos que no dejéis de comprarlo, proque cada céntimo que paguéis por él estará bien invertido. Lem es un valor seguro, aunque mucha gente, sobre todo la más joven, no lo conozca aún.</p>
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		<title>Sufragio universal (Isaac Asimov)</title>
		<link>http://www.cuentoscrueles.com/crueldades/sufragio-universal-isaac-asimov/</link>
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		<pubDate>Fri, 08 Apr 2011 12:18:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Control Mental]]></category>
		<category><![CDATA[Crueldades]]></category>
		<category><![CDATA[Isaac Asimov]]></category>
		<category><![CDATA[Acta Hawkins Smith]]></category>
		<category><![CDATA[Estados Unidos]]></category>
		<category><![CDATA[Matthew Hortenweiler]]></category>
		<category><![CDATA[Norman Muller]]></category>
		<category><![CDATA[Pero Sarah]]></category>

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		<description><![CDATA[ Linda, que tenía diez años, era el único miembro de la familia que parecía disfrutar al levantarse.
Norman Muller podía oírla ahora a través de su propio coma drogado y malsano. Finalmente había logrado dormirse una hora antes, pero con un sueño más semejante al agotamiento que al verdadero sueño.
La pequeña estaba ahora al lado de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="center"> Linda, que tenía diez años, era el único miembro de la familia que parecía disfrutar al levantarse.</p>
<p>Norman Muller podía oírla ahora a través de su propio coma drogado y malsano. Finalmente había logrado dormirse una hora antes, pero con un sueño más semejante al agotamiento que al verdadero sueño.</p>
<p>La pequeña estaba ahora al lado de su cama, sacudiéndole.</p>
<p>-¡Papaíto! ¡Papaíto, despierta! ¡Despierta!</p>
<p>-Está bien, Linda -dijo.</p>
<p>-¡Pero papaíto, hay más policías por ahí que nunca! ¡Con coches y todo!</p>
<p>Norman Muller cedió. Se incorporó con la vista nublada, ayudándose con los codos. Nacía el día. Fuera, el amanecer se abría paso desganadamente, como germen de un miserable gris&#8230;, tan miserablemente gris como él se sentía. Oyó la voz de Sarah, su mujer, que se ajetreaba en la cocina preparando el desayuno. Su suegro, Matthew, carraspeaba con estrépito en el cuarto de baño. Sin duda, el agente Handley estaba listo y esperándole.</p>
<p>Había llegado el día.</p>
<p>¡El día de las elecciones!</p>
<p> </p>
<p>Para empezar, había sido un año igual a cualquier otro. Acaso un poco peor, puesto que se trataba de un año presidencial, pero no peor en definitiva que otros años presidenciales.</p>
<p>Los políticos hablaban del electorado y del vasto cerebro electrónico que tenían a su servicio. La prensa analizaba la situación mediante ordenadores industriales (el New York Times y el Post-Dispatch de San Luis poseían cada uno el suyo propio) y aparecían repletos de pequeños indicios sobre lo que iban a ser los días venideros. Comentadores y articulistas ponían de relieve la situación crucial, en feliz contradicción mutua.</p>
<p>La primera sospecha de que las cosas no ocurrirían como en años anteriores se puso de manifiesto cuando Sarah Muller dijo a su marido en la noche del 4 de octubre (un mes antes del día de las elecciones):</p>
<p>-Cantwell Johnson afirma que Indiana será decisivo este año. Y ya es el cuarto en decirlo. Piénsalo, esta vez se trata de nuestro estado.</p>
<p>Matthew Hortenweiler asomó su mofletudo rostro por detrás del periódico que estaba leyendo, posó una dura mirada en su hija y gruñó:</p>
<p>-A esos tipos les pagan por decir mentiras. No les escuches.</p>
<p>-Pero ya son cuatro, padre -insistió Sarah con mansedumbre-. Y todos dicen que Indiana.</p>
<p>-Indiana es un estado clave, Matthew -apoyó Norman, tan mansamente como su mujer-, a causa del Acta Hawkins-Smith y todo ese embrollo de Indianápolis. Es&#8230;</p>
<p>El arrugado rostro de Matthew se contrajo de manera alarmante. Carraspeó:</p>
<p>-Nadie habla de Bloomington o del condado de Monroe, ¿no es eso?</p>
<p>-Pues&#8230; -empezó Norman.</p>
<p>Linda, cuya carita de puntiaguda barbilla había estado girando de uno a otro interlocutor, le interrumpió vivamente:</p>
<p>-¿Vas a votar este año, papi?</p>
<p>Norman sonrió con afabilidad y respondió:</p>
<p>-No creo, cariño.</p>
<p>Mas ello acontecía en la creciente excitación del mes de octubre de un año de elecciones presidenciales, y Sarah había llevado una vida tranquila, animada por sueños respecto a sus familiares. Dijo con anhelante vehemencia:</p>
<p>-¿No sería magnífico?</p>
<p>-¿Que yo votase?</p>
<p>Norman Muller lucía un pequeño bigote rubio, que le había prestado un aire elegante a los juveniles ojos de Sarah, pero que, al ir encaneciendo poco a poco, había derivado en una simple falta de distinción. Su frente estaba surcada por líneas profundas, nacidas de la inseguridad, y en general su alma de empleado nunca se había sentido seducida por el pensamiento de haber nacido grande o de alcanzar la grandeza en ninguna circunstancia. Tenía mujer, un trabajo y una hija. Y excepto en momentos extraordinarios de júbilo o depresión, se inclinaba a considerar su situación como un inadecuado pacto concertado con la vida.</p>
<p>Así pues, se sentía un tanto embarazado y bastante intranquilo ante la dirección que tomaban los pensamientos de su mujer.</p>
<p>-Realmente, querida -dijo-, hay doscientos millones de seres en el país, y en lances como éste creo que no deberíamos desperdiciar nuestro tiempo haciendo cábalas sobre el particular.</p>
<p>-Mira, Norman -respondió su mujer-, no son doscientos millones, lo sabes muy bien. En primer lugar, sólo son elegibles los varones entre los veinte y los sesenta años, por lo cual la probabilidad se reduce a uno por cincuenta millones. Por otra parte, si realmente es Indiana&#8230;</p>
<p>-Entonces será poco más o menos de uno por millón y cuarto. No apostarías a un caballo de carreras contra esa ventaja, ¿no es así? Anda, vamos a cenar.</p>
<p>Matthew murmuró tras su periódico:</p>
<p>-¡Malditas estupideces!</p>
<p>Linda volvió a preguntar:</p>
<p>-¿Vas a votar este año, papi?</p>
<p>Norman meneó la cabeza y todos se dirigieron al comedor.</p>
<p> </p>
<p>Hacia el 20 de octubre, la excitación de Sarah había aumentado considerablemente. A la hora del café, anunció que la señora Schultz, que tenía un primo secretario de un miembro de la asamblea, le había contado que «todo el papel» estaba por Indiana.</p>
<p>-Dijo que el presidente Villers pronunciaría incluso un discurso en Indianápolis.</p>
<p>Norman Muller, que había soportado un día de mucho trajín en el almacén, descartó las palabras de su mujer con un fruncimiento de cejas.</p>
<p>-Si Villier pronuncia un discurso en Indiana -dijo Matthew Hortenweiler, crónicamente insatisfecho de Washington-, eso significa que piensa que Multivac conquistará Arizona. El cabeza de bellota ése no tendría redaños para ir más allá.</p>
<p>Sarah, que ignoraba a su padre siempre que le resultaba decentemente posible, se lamentó:</p>
<p>-No sé por qué no anuncian el estado tan pronto como pueden, y luego el condado, etcétera. De esa manera, la gente que fuese quedando eliminada descansaría tranquila.</p>
<p>-Si hicieran algo por el estilo -opinó Norman-, los políticos seguirían como buitres los anuncios. Y cuando la cosa se redujera a un municipio, habría un congresista o dos en cada esquina.</p>
<p>Matthew entornó los ojos y se frotó con rabia su cabello ralo y gris.</p>
<p>-Son buitres de todos modos. Escuchad&#8230;</p>
<p>-Vamos, padre&#8230; -murmuró Sarah.</p>
<p>La voz de Matthew se alzó sin tropiezos sobre su protesta:</p>
<p>-Mirad, yo andaba por allí cuando entronizaron a Multivac. Él terminaría con los partidismos políticos, dijeron. No más dinero electoral despilfarrado en las campañas. No habría otro don nadie introducido a presión y a bombo y platillo de publicidad en el Congreso o la Casa Blanca. ¿Y qué sucede? Pues que hay más campaña que nunca, sólo que ahora la hacen en secreto. Envían tipos a Indiana a causa del Acta Hawkins-Smith y otros a California para el caso de que la situación de Joe Hammer se convierta en crucial. Lo que yo digo es que se han de eliminar todas esas insensateces. ¡Hay que volver al bueno y viejo&#8230;!</p>
<p>Linda preguntó de súbito:</p>
<p>-¿No quieres que papi vote este año, abuelito?</p>
<p>Matthew miró a la chiquilla.</p>
<p>-No lo entenderías. -Se volvió a Norman y Sarah-. En un tiempo, yo voté también. Me dirigía sin rodeos a la urna, depositaba mi papeleta y votaba. Nada más que eso. Me limitaba a decirme: ese tipo es mi hombre y voto por él. Así debería ser.</p>
<p>Linda dijo, llena de excitación:</p>
<p>-¿Votaste, abuelo? ¿Lo hiciste de verdad?</p>
<p>Sarah se inclinó hacia ella con presteza, tratando de paliar lo que muy bien podía convertirse en una historia incongruente, trascendiendo al vecindario.</p>
<p>-No es eso, Linda. El abuelito no quiso decir realmente votar. Todo el mundo hacía esa especie de votación cuando tu abuelo era niño, y también él, pero no se trataba realmente de votar.</p>
<p>Matthew rugió:</p>
<p>-No sucedió cuando era niño. Tenía ya veintidós años, y voté por Langley. Fue una auténtica votación. Quizá mi voto no contase mucho, pero era tan bueno como el de cualquiera. Como el de cualquiera -recalcó-. Y sin ningún Multivac para&#8230;</p>
<p>Norman intervino entonces:</p>
<p>-Está bien, Linda, ya es hora de acostarte. Y deja de hacer preguntas sobre las votaciones. Cuando seas mayorcita, lo comprenderás todo.</p>
<p>La besó con antiséptica amabilidad, y ella se puso en marcha, renuente, bajo la tutela materna, con la promesa de ver el visor desde la cama hasta las nueve y cuarto, si se prestaba primero al ritual del baño.</p>
<p> </p>
<p>-Abuelito -dijo Linda.</p>
<p>Y se quedó ante él con la mandíbula caída y las manos a la espalda, hasta que el periódico del viejo se aparté y asomaron las espesas cejas y unos ojos anidados entre finas arrugas. Era el viernes 31 de octubre.</p>
<p> </p>
<p>Linda se aproximó y posó ambos antebrazos sobre una de las rodillas del viejo, de manera que éste tuvo que dejar a un lado el periódico.</p>
<p>-Abuelito -volvió a la carga la pequeña-, ¿de verdad que votaste alguna vez?</p>
<p>-Ya me oíste decir que sí, ¿no es cierto? ¿No irás a creer que cuento bolas?</p>
<p>-Nooo&#8230; Pero mamá dice que todo el mundo votaba entonces.</p>
<p>-Pues claro que lo hacían.</p>
<p>-¿Cómo podían hacerlo? ¿Cómo podía votar todo el mundo?</p>
<p>Matthew miró gravemente a su nieta y luego la alzó, sentándola sobre sus rodillas. Por último, moderando el tono de su voz, dijo:</p>
<p>-Mira, Linda, hasta hace unos cuarenta años, todo el mundo votaba. Pongamos que deseábamos decidir quién había de ser el nuevo presidente de los Estados Unidos&#8230; Demócratas y republicanos nombraban a su respectivo candidato, y cada uno decía cuál de los dos quería. Una vez pasado el día de las elecciones, se hacía el recuento de votos de las personas que deseaban al candidato demórata y las que deseaban al republicano. Y el que había recibido más votos se llevaba la palma. ¿Lo ves?</p>
<p>Linda asintió.</p>
<p>-¿Cómo sabía la gente por quién votar? -preguntó-. ¿Se lo decía Multivac?</p>
<p>Las cejas de Matthew se fruncieron, y adoptó un aspecto severo.</p>
<p>-Se basaban tan sólo en su propio criterio, pequeña.</p>
<p>La niña se apartó un tanto del viejo, y éste volvió a bajar la voz:</p>
<p>-No estoy enojado contigo, Linda. Pero mira, a veces llevaba toda la noche contar&#8230;, sí, hacer el recuento de lo que opinaban unos y otros, a quién habían votado. Todo el mundo se impacientaba. Por ello se inventaron máquinas especiales, capaces de comparar los primeros votos con los de los mismos lugares en años anteriores. De esta manera, la máquina preveía cómo se presentaba la votación en su conjunto y quién sería elegido. ¿Lo entiendes?</p>
<p>-Como Multivac -asintió ella.</p>
<p>-Los primeros ordenadores eran mucho más pequeños que Multivac. Pero las máquinas fueron aumentando de tamaño y, al mismo tiempo, iban siendo capaces de indicar cómo iría la elección a partir de menos y menos votos. Por fin, construyeron Multivac, que puede preverlo a partir de un solo votante.</p>
<p>Linda sonrió al llegar a la parte familiar de la historia y exclamó:</p>
<p>-¡Qué bonito!</p>
<p>Matthew frunció de nuevo el entrecejo.</p>
<p>-No, no tiene nada de bonito. No quiero que una máquina decida lo que yo hubiera votado sólo porque un chunguista de Milwaukee dice que está en contra de que se suban las tarifas. A mí tal vez me hubiese dado por votar a ciegas sólo por gusto. O acaso me hubiese negado a votar en absoluto. Y tal vez&#8230;</p>
<p>Pero Linda se había escurrido de sus rodillas y se batía en retirada.</p>
<p>En la puerta tropezó con su madre, quien llevaba aún puesto el abrigo. Ni siquiera había tenido tiempo de quitarse el sombrero.</p>
<p>-Apártate un poco, Linda -ordenó, jadeante aún-. No me cierres el paso.</p>
<p>Al ver a Matthew, dijo, mientras se quitaba el sombrero y se alisaba el pelo:</p>
<p>-Vengo de casa de Agatha.</p>
<p>Matthew miró a su hija con aire desaprobador y, desdeñando la información, se limitó a gruñir y recoger el periódico.</p>
<p>Sarah se desabrochó el abrigo y continuó:</p>
<p>-¿A que no sabes lo que me ha dicho?</p>
<p>Matthew alisó el periódico con un crujido, para proseguir la lectura interrumpida por su nieta.</p>
<p>-Ni lo sé ni me importa.</p>
<p>-¡Vamos, padre&#8230;!</p>
<p>Pero Sarah no tenía tiempo para enfadarse. Necesitaba comunicar a alguien las noticias, y Matthew era el único receptor a mano a quien confiarlas.</p>
<p>-Joe, el marido de Agatha, es policía, ya sabes, y dice que anoche llegó a Bloomington todo un cargamento de agentes de la secreta.</p>
<p>-No creo que anden tras de mí.</p>
<p>-¿Es que no te das cuenta, padre? Agentes de la secreta&#8230; Y casi ha llegado el momento de las elecciones. ¡ En Bloomington!</p>
<p>-Acaso anden en busca de algún ladrón de bancos.</p>
<p>-No ha habido un robo en ningún banco de la ciudad hace muchos años&#8230; ¡Padre, eres imposible!</p>
<p>Y Sarah abandonó la habitación.</p>
<p> </p>
<p>Tampoco Norman Muller recibió las noticias con mayor excitación, al menos perceptible.</p>
<p>-Bueno, Sarah, ¿y cómo sabía Joe, el marido de Agatha, que se trataba de agentes de la secreta? -preguntó con calma-. No creo que anduviesen por ahí con los carnets pegados en la frente.</p>
<p>Pero a la tarde siguiente, cuando ya noviembre tenía un día, Sarah anunció triunfalmente:</p>
<p>-Todo Bloomington espera que sea alguien de la localidad el votante. Así lo publica el News, y también lo dijeron por la radio.</p>
<p>Norman se agitó desasosegado. No podía negarlo, y su corazón desfallecía. Si Bloomington iba a ser alcanzado por el rayo de Multíyac, ello supondría periodistas, espectaculares transmisiones por video, turistas y toda clase de&#8230;, de perturbaciones. Norman apreciaba la tranquila rutina de su vida, y la distante y alborotada agitación de los políticos se estaba aproximando de un modo que resultaba incómodo.</p>
<p>-Un simple rumor -rechazó-. Nada más.</p>
<p>-Pues espera y verás. No tienes más que esperar.</p>
<p>Según se desarrollaron las cosas, el compás de espera fue extraordinariamente corto. El timbre de la puerta, sonó con insistencia. Cuando Norman Muller la abrió, se vio frente a un hombre de elevada estatura y rostro grave.</p>
<p>-¿Qué desea? -preguntó Norman.</p>
<p> </p>
<p>-¿Es usted Norman Muller?</p>
<p>-Sí.</p>
<p>Su voz sonó singularmente opaca. No resultaba difícil averiguar, por el porte del desconocido, que representaba a la autoridad. Y la naturaleza de su súbita visita era tan manifiesta como inimaginable le pareciese hasta unos momentos antes.</p>
<p>El hombre mostró su documentación, penetró en la casa, cerró la puerta tras de sí y dijo con acento oficial:</p>
<p>-Señor Nonman Muller, en nombre del presidente de los Estados Unidos, tengo el honor de informarle que ha sido usted elegido para representar al electorado norteamericano el martes día 4 de noviembre del año 2008.</p>
<p> </p>
<p>Con gran dificultad, Norman Muller logró caminar sin ayuda hasta su butaca, en la cual se sentó con el rostro pálido y casi sin sentido, mientras Sarah traía agua, le frotaba asustada las manos y le cuchicheaba apretando los dientes:</p>
<p>-No vayas a desmayarte ahora, Norman. Elegirán a otro&#8230;</p>
<p>Cuando por fin logró recuperar el uso de la palabra, Norman murmuró a su vez:</p>
<p>-Lo siento, señor.</p>
<p>-¡Bah! No tiene importancia -le tranquilizó el visitante. Todo rastro de formalidad oficial parecía haberse desvanecido tras la notificación, dejando sólo un hombre abierto y más bien amistoso-. Es la sexta vez que me corresponde comunicarlo al interesado y he visto toda clase de reacciones. Ninguna de ellas se ajustó a la que vieron en el video. Saben a lo que me refiero, ¿verdad? Un aire de consagración y entrega y un personaje que dice: «Será para mí un gran privilegio servir a mi país&#8230;» Toda esa serie de cosas&#8230;</p>
<p>El agente rió para alentarles. La risa con que Sarah le acompañó tuvo un acento de aguda histeria. El agente prosiguió:</p>
<p>-Permaneceré con ustedes durante algún tiempo. Mi nombre es Phil Handley. Les agradeceré que me llamen Phil. Señor Muller, no podrá abandonar la casa hasta el día de las elecciones. Usted, señora, informará al almacén de que su marido está enfermo. Puede salir a hacer la compra, pero habrá de despacharla con la mayor brevedad posible. Y desde luego, guardará una absoluta reserva sobre el particular. ¿De acuerdo, señora Muller?</p>
<p>-Sí, señor. Ni una palabra -confirmó Sarah, con un vigoroso asentimiento de cabeza.</p>
<p>-Perfecto, señora Muller. -Handley adopté un tono muy grave al añadir-: Tenga en cuenta que esto no es un juego. Por lo tanto, salga sólo en caso de que le sea absolutamente preciso y, cuando lo haga, la seguirán. Lo siento, pero estamos obligados a actuar así.</p>
<p>-¿Seguirme?</p>
<p>-Nadie lo advertirá&#8230; No se preocupe. Y será sólo durante un par de días, hasta que se haga el anuncio formal a la nación. En cuanto a su hija&#8230;</p>
<p>-Está en la cama -se apresuró a decir Sarah.</p>
<p>-Bien. Se le dirá que soy un pariente o amigo de la familia. Si descubre la verdad, habrá de permanecer encerrada en casa. Y en todo caso, su padre será mejor que no salga.</p>
<p>-No le gustará nada -dudó Sarah.</p>
<p>-No queda más remedio. Y ahora, puesto que nadie más vive con ustedes&#8230;</p>
<p>-Al parecer, está muy bien informado sobre nosotros -murmuró Norman.</p>
<p>-Bastante -convino Handley-. De todos modos, éstas son por el momento mis instrucciones. Intentaré, por mi parte, cooperar en la medida de lo posible y no causarles molestias. El gobierno pagará mi mantenimiento, así que no supondré ningún gasto para ustedes. Cada noche, seré relevado por alguien que se instalará en esta habitación. No habrá problemas de acomodo para dormir. Y ahora, señor Muller&#8230;</p>
<p>-¿Sí, señor?</p>
<p>-Llámeme Phil -repitió el agente-. Estos dos días preliminares antes del anuncio formal servirán para que se acostumbre a ver su posición. Preferimos que se enfrente a Multivac en un estado mental lo más normal posible. Descanse tranquilo e intente tomarse todo esto como si se tratase de su trabajo diario. ¿De acuerdo?</p>
<p>-De acuerdo -respondió Norman. De pronto, denegó violentamente con la cabeza-. ¡Pero yo no deseo esa responsabilidad! ¿Por qué yo?</p>
<p>-Muy bien, vayamos al grano. Multivac sopesa toda clase de factores conocidos, billones de ellos. Pero existe un factor desconocido, y creo que seguirá siéndolo por mucho tiempo. Dicho factor es el módulo de reacción de la mente humana. Todos los norteamericanos están sometidos a la presión moldeadora de lo que los otros norteamericanos hacen y dicen, de las cosas que a él se le hacen y de las que él hace a los demás. Cualquier norteamericano puede ser llevado ante Multivac para determinar la tendencia de todas las demás mentes del país. En un momento dado, algunos norteamericanos resultan mejores que otros a tal fin. Eso depende de los acontecimientos del año. Multivac le seleccionó a usted como al más representativo del actual. No el más despejado, ni el más fuerte, ni el más dichoso, sino el más representativo. Y no vamos a dudar de Multivac, ¿no es así?</p>
<p>-¿Y no podría equivocanse? -preguntó Norman.</p>
<p>Sarah, que escuchaba impaciente, le interrumpió:</p>
<p>-No le haga caso, señor. Está nervioso&#8230; En realidad, es muy instruido y ha seguido siempre las cuestiones políticas de cerca.</p>
<p>-Multivac toma las decisiones, señora Muller -respondió Handley-. Y él eligió a su esposo.</p>
<p>-¿Pero seguro que lo sabe todo? -insistió Norman tercamente-. ¿No podría haber cometido un error?</p>
<p>-Pues sí. No hay motivo para no ser franco. En 1993, el votante seleccionado murió de un ataque dos horas antes del instante fijado para notificarle su elección. Multivac no predijo aquello. Le era imposible. Un votante puede ser mentalmente inestable, moralmente improcedente, incluso desleal. Multivac no puede conocerlo todo sobre todos, si no se le proporcionan los datos. Por eso, siempre se seleccionan algunos candidatos más. No creo que tengamos que recurrir a ninguno de ellos en esta ocasión. Usted está en buen estado de salud, señor Muller, y ha sido investigado a fondo. Sirve.</p>
<p>Norman ocultó el rostro entre las manos y se quedó inmóvil.</p>
<p>-Mañana por la mañana se encontrará perfectamente bien -intervino Sarah-. Tiene que acostumbrarse a la idea, eso es todo.</p>
<p>-Desde luego -asintió Handley.</p>
<p> </p>
<p>En la intimidad del dormitorio, Sarah Muller se expresó de distinta y más enérgica manera. El estribillo de su perorata era el siguiente:</p>
<p>-Compórtate como es debido, Norman. Parece como si intentaras lanzar por la borda la suerte de tu vida.</p>
<p>Norman musitó desesperado:</p>
<p>-Me atemoriza, Sarah. Todo este asunto&#8230;</p>
<p>-¿Y pon qué, santo Dios? ¿Qué otra cosa has de hacer más que responden a una o dos preguntas?</p>
<p>-Demasiada responsabilidad. Me abruma.</p>
<p>-¿Qué responsabilidad? No existe ninguna. Multivac te seleccionó, ¿no? Pues a él le corresponde la responsabilidad. Todo el mundo lo sabe.</p>
<p>Nonman se incorporó, quedando sentado en la cama, en súbito arranque de rebeldía y angustia.</p>
<p>-Se supone que todo el mundo lo sabe. Pero no lo saben. Ellos&#8230;</p>
<p>-Baja la voz -siseó Sanah en tono glacial-. Van a oírte hasta en la ciudad.</p>
<p>-No me oirán -replicó Norman, pero bajó en efecto la voz hasta convertirla en un cuchicheo-. Cuando se habla de la Administración Ridgely de 1988, ¿dice alguien que ganó con promesas fantásticas y demagogia racista? ¡Qué va! Se habla del «maldito voto MacComben», como si Humphrey MacComben fuese el único responsable por las respuestas que dio a Multivac. Yo mismo he caído en eso&#8230; En cambio, ahora pienso que el pobre tipo no era sino un pequeño granjero que nunca pidió que le eligieran. ¿Por qué echarle la culpa? Y ya ves, ahora su nombre está maldito&#8230;</p>
<p>-Te portas como un niño -le reprochó Sarah.</p>
<p>-No, me porto como una persona sensible. Te lo digo, Sarah, no aceptaré. No pueden obligarme a votar contra mi voluntad. Diré que estoy enfermo. Diré&#8230;.</p>
<p>Pero Sarah ya tenía bastante.</p>
<p>-Ahora, escúchame -masculló con fría cólera-. No eres tú el único afectado. Ya sabes lo que supone ser el Votante del Año. Y de un año presidencial para colmo. Significa publicidad, y fama, y</p>
<p>posiblemente montones de dinero&#8230;</p>
<p>-Y luego volver a la oficina.</p>
<p>-No volverás. Y si vuelves, te nombrarán jefe de departamento por lo menos&#8230;, siempre que tengas un poco de seso. Y lo tendrás, porque yo te diré lo que has de hacer. Si juegas bien las cartas, controlarás esa clase de publicidad y obligarás a los Almacenes Kennell a un contrato en firme, a una cláusula concediéndote un salario progresivo y a que te aseguren una pensión decente.</p>
<p>-Pero ése no es exactamente el objetivo de un votante, Sarah.</p>
<p>-Pues será el tuyo. Si no te crees obligado a hacer nada ni por ti ni por mí, y conste que no pido nada para mí, piensa en Linda. Se lo debes.</p>
<p>Norman exhaló un gemido.</p>
<p>-Bien, ¿estás de acuerdo? -le atosigó Sarah.</p>
<p>-Sí, querida -murmuró Norman.</p>
<p> </p>
<p>El 3 de noviembre se publicó el anuncio oficial. A partir de entonces, Norman no se encontraba ya en situación de retirarse, aun en el caso de reunir el valor necesario para intentarlo.</p>
<p>Sellaron su casa, y agentes del servicio secreto hicieron su aparición en el exterior, bloqueando todo acceso.</p>
<p>Al principio, sonó sin cesan el teléfono, pero fue Phillip Handley quien respondió a todas las llamadas, con una amable sonrisa de excusa. Al fin, la central pasó todas las llamadas al puesto de policía.</p>
<p>Nonman pensó que de ese modo se ahornaba no sólo las alborozadas (y envidiosas) felicitaciones de los amigos, sino también la pesada insistencia de los vendedores que husmeaban una perspectiva y la artera afabilidad de los políticos de toda la nación&#8230; Quizás hasta las amenazas de muerte de los inevitables descontentos.</p>
<p>Se prohibió que entrasen periódicos en la casa, a fin de mantenerle al margen de cualquier presión, y se desconectó amable pero firmemente la televisión, a pesar de las indignadas protestas de Linda.</p>
<p>Matthew gruñía y se metía en su habitación; Linda, pasada la primera racha de excitación, hacía pucheros y lloriqueaba porque no le permitían salir de casa; Sarah dividía su tiempo entre la preparación de las comidas para el presente y el establecimiento de planes para el futuro, en tanto que la depresión de Norman seguía alimentándose a sí misma.</p>
<p>Y la mañana del martes 4 de noviembre del año 2008 llegó por fin. Era el día de las elecciones.</p>
<p> </p>
<p>El desayuno se sirvió temprano, pero sólo comió Norman Muller, y aun él de manera mecánica. Ni la ducha ni el afeitado lograron devolverle a la realidad, ni desvanecen su convicción de que estaba tan sucio por fuera como sucio se sentía por dentro.</p>
<p>La voz amistosa de Handley hizo cuanto pudo para infundir cierta normalidad en el gris y hosco amanecer. La predicción meteorológica había señalado un día nuboso, con perspectivas de lluvia antes del mediodía.</p>
<p>-Mantendremos la casa aislada hasta el regreso del señor Muller. Después, dejaremos de estar colgados de su cuello.</p>
<p>El agente del servicio secreto vestía ahora su uniforme completo, incluidas las armas en sus pistoleras, abundantemente tachonadas de cobre.</p>
<p>-No nos ha causado molestia alguna, señor Handley -dijo Sarah con bobalicona sonrisa.</p>
<p>Norman se echó al coleto dos tazas de café bien cargado, se secó los labios con una servilleta, se levantó y dijo con aire decidido:</p>
<p>-Estoy dispuesto&#8230;</p>
<p>Handley se levantó a su vez.</p>
<p>-Muy bien, señor. Y gracias, señora Muller, por su amable hospitalidad.</p>
<p> </p>
<p>El coche blindado atravesó con un ronquido las calles vacías. Siempre lo estaban aquel día, a aquella hora determinada.</p>
<p>Handley dio una explicación al respecto:</p>
<p>-Desvían siempre el tráfico desde el atentado que por poco impide la elección de Leverett en el 92. Habían puesto bombas.</p>
<p>Cuando el coche se detuvo, Norman fue ayudado a descender por el siempre cortés Handley. Se encontraba en un pasaje subterráneo, junto a cuyas paredes se alineaban soldados en posición de firmes.</p>
<p>Le condujeron a una estancia brillantemente iluminada. Tres hombres uniformados de blanco le saludaron sonrientes.</p>
<p>-¡Peno esto es un hospital! -exclamó Norman.</p>
<p>-No tiene importancia alguna -replicó al instante Handley-. Se debe sólo a que el hospital dispone de las comodidades necesarias&#8230;</p>
<p>-Bien, ¿y qué he de hacer yo?</p>
<p>Handley inclinó la cabeza, y uno de los tres hombres vestidos de blanco se adelantó.</p>
<p>-Yo me encargaré de él a partir de ahora, agente.</p>
<p>Handley saludó con desenvoltura y abandonó la habitación.</p>
<p>El hombre de blanco dijo:</p>
<p>-¿No quiere sentarse, señor Muller? Yo soy John Paulson, calculador jefe. Le presento a Samson Levine y Peten Dorogobuzh, mis ayudantes.</p>
<p>Norman estrechó envaradamente las manos de todos. Paulson era hombre de mediana estatura, con un rostro de perenne sonrisa, y un evidente tupé. Usaba gafas de montura de plástico, de modelo anticuado. Mientras hablaba, encendió un cigarrillo. Norman rehusó el que le fue ofrecido.</p>
<p>-En primer lugar, señor Muller -dijo Paulson-, deseo que sepa que no tenemos prisa alguna. En caso necesario, permanecerá con nosotros todo el día, para que se acostumbre al ambiente y descarte la idea de que se trata de algo insólito, para que olvide su aspecto&#8230; clínico. Creo que sabe a qué me refiero.</p>
<p>-Sí, desde luego -contestó Norman-. Pero me gustaría que todo hubiese terminado ya.</p>
<p>-Comprendo sus sentimientos. Sin embargo, deseamos exponerle con exactitud el procedimiento. En primer lugar, Multivac no está aquí.</p>
<p>-¿Que no está?</p>
<p>Aun en medio de su abatimiento, había deseado ver a Multivac, del que se decía que medía más de kilómetro y medio de largo, que tenía una altura equivalente a tres pisos y que cincuenta técnicos recorrían sin cesar los corredores interiores de su estructura. Una de las maravillas del mundo.</p>
<p>Paulson sonrió.</p>
<p>-En efecto, no es portátil -confirmó-. De hecho, se encuentra emplazado en un subterráneo, y pocos son los que conocen el lugar preciso. Muy lógico, ¿verdad?, ya que supone nuestro supremo recurso natural. Créame, las elecciones no constituyen su única función.</p>
<p>Norman pensó que el hombre de blanco se mostraba deliberadamente parlanchín, pero de todos modos se sentía intrigado.</p>
<p>-Me gustaría verlo&#8230;</p>
<p>-No lo dudo. Mas para ello se necesita una orden presidencial, refrendada luego por el departamento de seguridad. Sin embargo, nos mantenemos en conexión con Multivac por transmisión de ondas. Cuanto él diga puede ser interpretado aquí, y cuanto nosotros digamos le será transmitido. Así que, en cierto sentido, nos hallamos en su presencia.</p>
<p>Nonman miró a su alrededor. Las máquinas y aparatos que había en la estancia carecían de significado para él.</p>
<p>-Penmítame que se lo explique, señor Muller -prosiguió Paulson-. Multivac posee ya la mayoría de la información necesaria para decidir todas las elecciones, nacionales, provinciales y locales. Unicamente necesita comprobar ciertas imponderables actitudes mentales y, para ello, recurriremos a usted. No podemos predecir qué preguntas formulará, aunque cabe en lo posible que no tengan mucho sentido para usted&#8230;, ni siquiera para nosotros en realidad. Tal vez le pregunte qué opina sobre la recogida de basuras en su ciudad o si considera preferibles los incineradores centrales. O bien, si tiene usted un médico de cabecera o acude a la seguridad social&#8230; ¿Comprende?</p>
<p>-Sí, señor.</p>
<p>-Pues bien, pregunte lo que pregunte, usted responderá como mejor le plazca. Y si cree que ha de extenderse un poco en su explicación, hágalo. Puede hablar durante una hora si lo juzga necesario.</p>
<p>-Sí, señor.</p>
<p>-Una cosa más. Hemos de emplear algunos sencillos aparatos que registrarán automáticamente su presión sanguínea, las pulsaciones, la conductividad de la piel y las ondas cerebrales mientras habla. La maquinaria le parecerá formidable, pero es totalmente indolora&#8230; Ni siquiera la notará.</p>
<p>Los otros dos técnicos se atareaban ya con relucientes y pulidos aparatos, de ruedas engrasadas.</p>
<p>-¿Desean comprobar si estoy mintiendo o no? -preguntó Norman.</p>
<p>-De ningún modo, señor Muller. No se trata en absoluto de detección de mentiras, sino de una simple medida de la intensidad emotiva. Pon ejemplo, si la máquina le pregunta su opinión sobre la escuela de su pequeña, quizá conteste usted: «A mi entender, está atestada». Mas ésas son sólo palabras. Por la manera en que reaccionen su cerebro, corazón, hormonas y glándulas sudoríparas, Multivac juzgará con exactitud con qué intensidad se interesa usted pon la cuestión. Descubrirá sus sentimientos, los traducirá mejor que usted mismo.</p>
<p>-Jamás oí cosa igual -manifestó Norman.</p>
<p>-Estoy seguro de que no. La mayoría de los detalles de Multiyac son secretos celosamente guardados. Cuando se marche, se le pedirá que firme un documento jurando que jamás revelará la naturaleza de las preguntas que se le formularon, como tampoco sus respuestas, ni lo que se hizo o cómo se hizo. Cuanto menos se conozca a Multivac, menos oportunidades habrá de presiones exteriores sobre los hombres que trabajan a su servicio o se sirven de él para su trabajo. -Sonrió melancólico-. Nuestra vida resulta bastante dura&#8230;</p>
<p>-Lo comprendo.</p>
<p>-Y ahora, ¿desearía comen o beber algo?</p>
<p>-No, gracias. Nada por el momento.</p>
<p>-¿Alguna otra pregunta que formulan?</p>
<p>Norman meneó la cabeza en gesto negativo.</p>
<p>-En ese caso, usted nos dirá cuando se halla dispuesto.</p>
<p>-Ya lo estoy.</p>
<p>-¿Seguro?</p>
<p>-Por completo.</p>
<p>Paulson asintió. Alzó una mano en dirección a sus ayudantes, quienes se adelantaron con su aterrador instrumental. Muller sintió que su respiración se aceleraba mientras les veía aproximarse.</p>
<p> </p>
<p>La prueba duró casi tres horas, con una breve interrupción para tomar café y una embarazosa sesión con un orinal. Durante todo ese tiempo, Norman Muller permaneció encajonado entre la maquinaria. Al final, tenía los huesos molidos.</p>
<p>Pensé sardónicamente que le sería muy fácil mantener su promesa de no revelar nada de lo que había acontecido. Las preguntas ya se habían reducido a una especie de vagarosa bruma en su mente.</p>
<p>Había pensado que Multivac hablaría con voz sepulcral y sobrehumana, resonante y llena de ecos. Ahora concluyó que aquella idea se la había sugerido la excesiva espectacularidad de la televisión. La verdad le decepcioné en extremo. Las preguntas aparecían perforadas sobre una cinta metálica, que una segunda máquina convertía en palabras. Paulson leía a Norman estas palabras, en las que se contenía la pregunta, y luego dejaba que las leyese pon sí mismo.</p>
<p>Las respuestas de Norman se inscribían en una máquina registradora, repitiéndolas para que las confirmara. Se anotaban entonces las enmiendas y observaciones suplementarias, todo lo cual se transmitía a Multivac.</p>
<p>La única pregunta que Norman recordaba de momento era una incongruente bagatela:</p>
<p>-¿Qué opina usted del precio de los huevos?</p>
<p>Ahora todo había terminado. Los operadores retiraron suavemente los electrodos conectados a diversas partes de su cuerpo, desligaron la banda pulsadora de su brazo y apartaron la maquinaria a un lado.</p>
<p>Norman se puso en pie, respiró profundamente, se estremeció y dijo:</p>
<p>-¿Ya está todo? ¿Se acabo?</p>
<p>-No, no del todo -respondió Paulson, sonriendo animoso-. Hemos de pedirle que se quede durante otra hora.</p>
<p>-¿Y pon qué? -preguntó Norman con cierta acritud.</p>
<p>-Es el tiempo preciso para que Multivac incluya sus nuevos datos entre los trillones de que ya dispone. Sepa usted que existen miles de alternativas, algo sumamente complejo&#8230; Puede suceder que se produzca algún raro debate aquí o allá, que algún interventor en Phoenix, Arizona, o bien alguna asamblea en Wilkesboro, Carolina del Norte, formulen alguna duda. En tal caso, Multivac precisará hacerle una o dos preguntas decisivas.</p>
<p>-No -se negó Norman-. No quiero pasan de nuevo por eso.</p>
<p>-Probablemente no sucederá -trató de tranquilizarle Paulson-. Raras veces ocurre&#8230; De todos modos, habrá de quedarse pon si acaso. -Cierto tonillo acerado, un tenue matiz, asomó a su voz-. No tiene opción, ya lo sabe. Debe quedarse.</p>
<p>Norman se sentó con aire fatigado, encogiéndose de hombros.</p>
<p>-No podemos dejarle leer el periódico -añadió Paulson-, pero si quiere una novela policíaca, o jugar al ajedrez&#8230;, cualquier cosa en fin que esté en nuestra mano proporcionarle para que se entretenga, dígalo sin reparos.</p>
<p>-No deseo nada, gracias. Esperaré.</p>
<p>Paulson y sus ayudantes se retiraron a una pequeña habitación, contigua a la estancia en que Norman había sido interrogado. Y éste se dejó caer en un butacón tapizado de plástico, cerrando los ojos.</p>
<p>Tendría que aguardar a que transcurriese aquella hora lo mejor posible.</p>
<p> </p>
<p>Bien retrepado en su asiento, poco a poco fue cediendo su tensión. Su respiración se hizo menos entrecortada y, al entrelazar las manos, no advirtió ya ningún temblor en sus dedos.</p>
<p>Tal vez no hubiese ya más preguntas. Tal vez hubiese acabado de modo definitivo.</p>
<p>Y si todo había terminado, ahora vendrían los desfiles de antorchas y las invitaciones para hablar en toda clase de solemnidades. ¡El votante del Año!</p>
<p>El, Norman Muller, un vulgar empleado de un almacén de Bloomington, Indiana, un hombre que no había nacido grande ni había realizado jamás acto alguno de grandeza, se hallaría en la extraordinaria situación de impulsar a otro a la grandeza.</p>
<p>Los historiadores hablarían con serenidad de la Elección Muller del año 2008. Ese sería su nombre, la Elección Muller.</p>
<p>La publicidad, el puesto mejor, el chorro de dinero que tanto interesaba a Sarah, ocupaban sólo un rincón de su mente. Todo ello sería bienvenido, desde luego. No lo rechazada. Pero, por el momento, era otra cosa lo que comenzaba a preocuparle.</p>
<p>Se agitaba en él un latente patriotismo. Al fin y al cabo, representaba a todo el electorado. Era el punto focal de todos ellos. En su propia persona, y durante aquel día, se encarnaba todo Estados Unidos&#8230;</p>
<p>Se abrió la puerta, despertando su atención y despabilándole por completo. Durante unos instantes, sintió que se le encogía el estómago. ¡Que no le hicieran más preguntas!</p>
<p>Pero Paulson sonreía.</p>
<p>-Hemos terminado, señor Muller.</p>
<p>-¿No más preguntas, señor?</p>
<p>-No hay ninguna necesidad. Todo ha quedado completamente claro. Será usted escoltado hasta su casa y volverá a ser un ciudadano particular&#8230;, en la medida en que el público lo permita.</p>
<p>-Gracias, muchas gracias. -Norman se sonrojó-. Me preguntaba&#8230; ¿Quién ha sido elegido?</p>
<p>Paulson meneó la cabeza.</p>
<p>-Tendrá que esperar al anuncio oficial. El reglamento se muestra muy severo al respecto. No podemos decírselo ni siquiera a usted. Supongo que lo comprende&#8230;</p>
<p>-Desde luego.</p>
<p>Nonman parecía embarazado.</p>
<p>-El servicio secreto tendrá dispuestos los papeles necesarios para que los firme usted.</p>
<p>-Sí.</p>
<p>De pronto, Nonman se sintió orgulloso, lleno de energía. Ufano y arrogante. En este mundo imperfecto, el pueblo soberano de la primera y mayor Democracia Electrónica habla ejercido una vez más, a través de Norman Muller (a través de él), su libre derecho al sufragio universal.</p>
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		<title>El emigrante</title>
		<link>http://www.cuentoscrueles.com/crueldades/el-emigrante/</link>
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		<pubDate>Tue, 02 Nov 2010 07:13:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crueldades]]></category>

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		<description><![CDATA[ 
 -¿Olvida usted algo? -¡Ojalá!
 
 
Luis Felipe G. Lomelí
]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="margin: 0cm 0cm 0pt 72pt;" align="center"> </p>
<p style="text-align: left; margin: 0cm 0cm 0pt 72pt;"> <span style="font-size: medium;">-¿Olvida usted algo? -¡Ojalá!</span></p>
<p style="text-align: left; margin: 0cm 0cm 0pt 72pt;"> </p>
<p style="text-align: left; margin: 0cm 0cm 0pt 72pt;"> </p>
<p style="text-align: left; margin: 0cm 0cm 0pt 72pt;"><span style="font-size: medium;">Luis Felipe G. Lomelí</span></p>
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		<title>La Rana que quería ser una rana auténtica</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Jun 2010 06:54:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Augusto Monterrosso]]></category>
		<category><![CDATA[Crueldades]]></category>
		<category><![CDATA[Humor negro]]></category>
		<category><![CDATA[La Rana]]></category>

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		<description><![CDATA[
Había una vez una Rana que quería ser una Rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello.
Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad.
Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h3><a name="rana"></a></h3>
<p>Había una vez una Rana que quería ser una Rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello.</p>
<p>Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad.</p>
<p>Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.</p>
<p>Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una Rana auténtica.</p>
<p>Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían.</p>
<p>Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una Rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena Rana, que parecía Pollo.</p>
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		<title>La Oveja negra</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Mar 2010 06:49:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Augusto Monterrosso]]></category>
		<category><![CDATA[Crueldades]]></category>
		<category><![CDATA[Humor negro]]></category>
		<category><![CDATA[Malas intenciones]]></category>
		<category><![CDATA[Malas obras]]></category>
		<category><![CDATA[Putadas y jugarretas]]></category>

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		<description><![CDATA[
En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra.
Fue fusilada.
Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.
Así, en los sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a name="oveja"></a></p>
<p>En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra.</p>
<p>Fue fusilada.</p>
<p>Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.</p>
<p>Así, en los sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.</p>
<p>Augusto Monterrosso</p>
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		<title>EL BURRO Y LA FLAUTA</title>
		<link>http://www.cuentoscrueles.com/crueldades/el-burro-y-la-flauta/</link>
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		<pubDate>Tue, 16 Feb 2010 06:50:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Augusto Monterrosso]]></category>
		<category><![CDATA[Crueldades]]></category>
		<category><![CDATA[Humor negro]]></category>

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		<description><![CDATA[
Tirada en el campo estaba desde hacía tiempo una Flauta que ya nadie tocaba, hasta que un día un Burro que paseaba por ahí resopló fuerte sobre ella haciéndola producir el sonido más dulce de su vida, es decir, de la vida del Burro y de la Flauta.
Incapaces de comprender lo que había pasado, pues [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h3><a name="burro"></a></h3>
<p>Tirada en el campo estaba desde hacía tiempo una Flauta que ya nadie tocaba, hasta que un día un Burro que paseaba por ahí resopló fuerte sobre ella haciéndola producir el sonido más dulce de su vida, es decir, de la vida del Burro y de la Flauta.</p>
<p>Incapaces de comprender lo que había pasado, pues la racionalidad no era su fuerte y ambos creían en la racionalidad, se separaron presurosos, avergonzados de lo mejor que el uno y el otro habían hecho durante su triste existencia.</p>
<p> </p>
<p>Augusto Monterrosso</p>
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		<title>Las almas de los tontos</title>
		<link>http://www.cuentoscrueles.com/javier-perez/las-almas-de-los-tontos/</link>
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		<pubDate>Thu, 11 Feb 2010 18:45:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crueldades]]></category>
		<category><![CDATA[Humor negro]]></category>
		<category><![CDATA[Javier Pérez]]></category>
		<category><![CDATA[El Presidente]]></category>
		<category><![CDATA[Premio Tierra]]></category>
		<category><![CDATA[Reyes Magos]]></category>
		<category><![CDATA[Si Benjamin]]></category>
		<category><![CDATA[Sir Benjamin]]></category>
		<category><![CDATA[Sir Benjamin Malory]]></category>

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		<description><![CDATA[  
  Como un pastor despidiendo afablemente a los fieles a la puerta de su templo, Sir Benjamin Malory estrecha la mano de los miembros de la Society for Researching of Unexplaineden el jardín del sólido edificio que sirve de sede a la Sociedad, una de las más reputadas, ya que no de las más antiguas, del [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="center"><strong> </strong> </p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;"><span style="color: #cc0033;">  <img class="alignleft size-medium wp-image-116" style="margin: 12px; border: black 4px solid;" title="espectro" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/espectro-238x300.jpg" alt="espectro" width="238" height="300" /></span>Como un pastor despidiendo afablemente a los fieles a la puerta de su templo, Sir Benjamin Malory estrecha la mano de los miembros de la Society for Researching of Unexplaineden el jardín del sólido edificio que sirve de sede a la Sociedad, una de las más reputadas, ya que no de las más antiguas, del Edimburgo elegante. Absolutamente decidido a no ofrecer ninguna explicación sobre lo ocurrido, acaba de presentar su dimisión como presidente, e incluso ha solicitado la baja como miembro.</span></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><span style="color: #993300;"><strong>    Sólo una hora antes maldecía el infausto momento en que se ocurrió invitar a aquel condenado Dr. Shore, geólogo y psiquiatra, a la sociedad paracientífica que dos semanas atrás le brindara el honor de la presidencia. No había sido una imprudencia, ni siquiera una decisión poco meditada: los muchos y celebrados experimentos del doctor en el campo de la detección de presencias paranormales parecieron un inmejorable aval para elegirlo como primer conferenciante dentro del ciclo programado. De hecho, todos los miembros de la Sociedad que vivían a menos de cien millas acudieron puntualmente para ocupar su sitio en el salón. A la hora de inicio de la conferencia sólo quedaba media docena de sillas vacías, tantas como cartas de disculpa dirigidas a Si Benjamin felicitándole por su criterio y aclarando que la inasistencia se debía a otras razones, y nunca a desinterés por el acto programado.</strong><strong> </strong></span></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;"><span style="color: #993300;">    Cuando el doctor Shore se presentó en la sala fue recibido por una cerrada ovación que dio paso enseguida a un silencio casi ritual, somo si el eminente especialista en fenómenos paranormales se dispusiera a conjurar un espectro sobre la tarima en vez de a exponer sus conocimientos</span> sobre los procedimientos técnicos.</span></strong><strong> </strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Los primeros treinta minutos, destinados a explicar la metodología de sus experimentos, resultaron verdaderamente sustanciales, brillantes hasta el punto de obligar a la concurrencia —poco dada a reconocerse lega en tales materias— a tomar notas sobre la marcha del torrente de novedades que desde el estrado se exponía. Concluida la detallada descripción de los procedimientos, pasó acto seguido a enumerar los hallazgos a que estos habían dado lugar, deteniéndose muy especialmente en las magníficas fotografías de hectoplasmas que se habían ido acumulando en su laboratorio. Tres de ellas fueron arrancadas ansiosamente de mano en mano por los asistentes, que no pudieron evitar romper el casi sacro silencio mantenido hasta ese momento. </span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Si la conferencia hubiera concluido en ese punto, Sir Benjamin Malory hubiera podido seguir dedicando su tiempo a la gratificante desocupación de presidir la Sociedad, y con todos los parabienes además, pero el Dr. Shore pasó a continuación a precisar, aún más minuciosamente si cabe, las técnicas con que los mediums profesionales falsificaban tales pruebas. No menos de una docena de ellos estaban presentes, pero ninguno quiso ser el primero en darse por aludido mientras desfilaba ante el público una veintena de fraudes, trucos de magia, prestidigitación, manipulación de placas fotográficas y cuantas añagazas pasaron alguna vez por mente humana: los fuegos fatuos fueron acumulaciones de fósforo, la maldición de Tutankhamon envenenamiento por esporas de un hongo venenoso y hasta la resurrección de Jesucristo se convirtió allí en un simple acto de profanación de sepulcros. El irrefrenable doctor había conseguido en sólo quince minutos poner en su contra a los mediums, los investigadores de la magia egipcia y hasta a los cristianos en general, pero  el malestar se tornó ya en estupor cuando, tras recoger las fotografías que con tanto agrado acababa de contemplar su auditorio, pasó a describir los métodos que él mismo había empleado para conseguir aquellas falsificaciones. Y lo dijo así, textualmente.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    El altercado que contemplaron los adustos salones de la Royal Society diez años antes con motivo de la poco diplomática teoría de William Walham fue una tibia protesta comparado con el que allí se formó. Acaso los caballeros de la Royal conservaran cierta compostura en aquellos momentos por débito a su linaje y posición, también porque vivían casi todos de otra cosa (rentas, principalmente), pero la abigarrada colección de tahures, quiromantes, mediums, egiptólogos, hipnotistas, astrólogos, espiritistas, hechiceros, adivinos, telépatas, exorcistas, curanderos y levitantes, se tomó mucho peor que fuera tan directa e impúdicamente vituperada su medio de subsistencia. No se pararon tales personajes en apelativos cultos: fue mencionada allí la madre del doctor, la compleja identificación de su padre, sus gustos sexuales, el consentido adulterio de su esposa y su extraordinario parecido con  no pocas especies animales de poco recomendable aspecto y cualidades.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    El Presidente, Mr. Malory, más por sentirse en su deber que por desacuerdo con lo escuchado de labios de sus administrados, trató de poner orden, pero sólo lo consiguió cuando los insultaros comenzaros a ser repetitivos. Al fin, tras arduos esfuerzos, logró imponer su  voz sobre el griterío, y la severidad judicial de sus palabras decretó al fin una pizca de orden en aquel injurioso maremágnum.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    —Abandonar la conducta que dos mil años de civilización nos han enseñado como la más apropiada entre personas sensatas no va ayudar en absoluto a demostrar lo veraz de nuestras posturas. Guarden, por tanto, silencio, y escuchemos lo que el doctor tenga que decirnos.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    —Gracias— empezó el doctor, que se había mantenido absolutamente indiferente al escándalo de la platea—. Quería decir hace un momento que mis investigaciones no han hallado más que fraudes porque no es posible otra cosa en el campo que nos ocupa. No sabemos qué hacer con los muertos y como nuestra conciencia no nos permite abandonar a los seres queridos en el cementerio y dejar que allí se pudran tranquilamente, inventamos mil historias distintas con que resucitarlos a medias. Y los resucitamos, eso sí, con poderes extraordinarios, con conocimiento e inteligencia superlativas, de lo que resulta que la muerte da más de lo que quita, pues hasta el fantasma del más imbécil puede responder a las difíciles inquisiciones de un espiritista avezado. Pero no es así, señores; se impone la seriedad: los muertos pueden ir al cielo o al infierno, según los creyentes, o a ninguna parte, según los ateos, pero de ninguna manera es admisible pensar que se quedan por aquí, flotando en el vacío, apareciéndose estúpidamente sin mensaje alguno que comunicar. Reconozco, cierto es, que a lo largo de la historia son tantos los casos en que se informa de su presencia que sólo ese motivo es suficiente para dar crédito a su existencia, pero si por un momento se deciden a razonar, convendrán conmigo en que tan perenne es su presencia en la historia como las causas que a mi parecer originan la alucinación que les da vida: el miedo a la muerte y el ansia de justificar lo injustificable.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Nuevos murmullos, atajados sin piedad por la presidencia.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    —Cuando se es una persona importante, un rey digamos, resulta doloroso reconocer que el día en que nos abrace la tierra se acabará nuestra influencia, nuestro poder y nuestro dominio sobre las decisiones ajenas. Los que en tal coyuntura no se conforman con escribir testamentos, que es la forma en que habitualmente tratan los muertos de seguir imponiéndose a los vivos, suelen ser los más propensos a ver las almas de quienes les antecedieron, o a creer a quienes dicen haberlas visto; y si el rey lo cree mejor será a sus súbditos hacer otro tanto. Nace así un mito que de puro conocido llega a ser indiscutible: la literatura no hace más que darme la razón, y ustedes que lo niegan, mejor harían en leer a Shakespeare en vez de esos burdos folletones que tan ajados descansan ahora en la biblioteca de esta sociedad.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">        Regreso de los gritos, sofocados sin necesidad de intervención alguna al margen de quienes querían seguir escuchando, así fuera por curiosidad, el resto del razonamiento.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    —Si, por contra, una persona ni ha sido rey, siquiera en su casa, ni ha hecho nada en la vida, ni encuentra posibilidad alguna de hacerlo, parece lógico que el deseo de prolongar la existencia, y no en mundo superior alguno, sino al lado de parientes, conocidos y enemigos, le impulse a creer que es posible vagar por las casas, los campanarios o los cruces de caminos. De ese modo no es extraño que esas gentes, que de pura abundancia son legión, suelan creer lo que otras más imaginativas les cuenten acerca de lo visto u oído en tal o cual abandonado paraje. Porque convendrán conmigo en que los fantasmas jamás son vistos por muchedumbres.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Dos docenas de discursos brotaron entre el público, tratando de contradecir al orador, pero Sir Benjamin quería acabar con aquello cuanto antes y con un gesto ordenó silencio. Con menos partsimonia de la habitual, secó el sudor que coronaba su frente e indicó al doctor que podía continuar. </span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    —Pero hay otras muchas causas que producen las apariciones que hoy nos interesan. Una de los más interesantes partos de un fantasma es el del que sabe algo que no debe saber o quiere decir algo que no debe decir, y se libera de las crueles ataduras del sigilo o la prudencia atribuyendo sus palabras al oráculo de un muerto. ¡Bravo por su osadía!, pero si bien está creerlo en público para evitar otras investigaciones, siempre enfadosas, no han puesto aún los lingüistas nombre a la superlativa estupidez que constituye seguir creyéndolo en privado. Tal sería seguir defendiendo la existencia de Papá Nöel o los Reyes Magos después de que los niños se hayan acostado.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Los gritos que siguieron a esta aseveración tardaron en ser silenciados algo más que los anteriores. </span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    —Por último, porque observo que poco tiempo más podré dirigirme a ustedes, está el aburrimiento. La gente se aburre, terrible, espantosamente se aburre, y en tales sofocos de fastidio está dispuesta a buscar lo que sea, cualquier superchería capaz convencerles de que la vida que llevan es algo distinto de la porquería que en realidad es. Los fantasmas cumplen la doble misión de prometerles una prolongación más allá de la fosa y entretenerles mientras viven, ¿qué más se puede pedir?</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Y para que no digan que no dejo una puerta abierta a la posibilidad, porque posible lo es todo, quiero terminar diciendo que si alguien tuviera una existencia posterior a la muerte sería alguien con una gran obra inconclusa, y los hombres con grandes obras son gente de talento o de coraje, gente muy ocupada que ni se dejaría convocar por mediums ni fotografiar por espantajos como ustedes, de lo que resulta que el famoso Más Allá del que esta Sociedad se ocupa está habitado por las almas de los tontos muertos que se dedican a dejarse interrogar y retratar por los tontos vivos. Muchas gracias.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Como nadie recordaba otros distintos, los insultos del principio se repitieron de nuevo, aunque diez veces magnificados en volumen.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="justify"><strong><span style="color: #993300;">    Viendo que allí no tenía nada más que hacer ni que decir, el doctor Shore se puso tranquilamente su abrigo, dio la mano a su anfitrión, se calzó los guantes y atravesando la pared, se fue.</span></strong><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="left"><strong><span style="color: #cc0033;">Premio Tierra de Monegros 2005</span></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="left"><strong></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="left"><strong><span style="color: #cc0033;"><a href="http://www.javier-perez-es">www.javier-perez-es</a></span></strong></p>
<p style="MARGIN-LEFT: 5px; MARGIN-RIGHT: 3px" align="left"><strong><span style="color: #cc0033;"><a href="http://www.columnasdeprensa.com">www.columnasdeprensa.com</a> </span></strong></p>
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		<title>EL ECLIPSE</title>
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		<pubDate>Sat, 23 Jan 2010 06:53:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Augusto Monterrosso]]></category>
		<category><![CDATA[Crueldades]]></category>
		<category><![CDATA[Humor negro]]></category>
		<category><![CDATA[Bartolom Arrazola]]></category>
		<category><![CDATA[Carlos Quinto]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala]]></category>
		<category><![CDATA[Los Abrojos]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuando Fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido acepto que ya nada podría salvarlos. La selva poderosa de Guatemala lo había opresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando Fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido acepto que ya nada podría salvarlos. La selva poderosa de Guatemala lo había opresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de Los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.</p>
<p>Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de si mismo.</p>
<p>Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intento algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.</p>
<p>Entonces floreció en el una idea que tuvo por digna de su talento y de si cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles.</p>
<p>Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo mas intimo, valerse de ese conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.</p>
<p>-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.</p>
<p>Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y espero confiado, no sin cierto desdén.</p>
<p>Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.</p>
<p>Augusto Monterrosso</p>
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		<title>El capote</title>
		<link>http://www.cuentoscrueles.com/crueldades/el-capote/</link>
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		<pubDate>Wed, 13 Jan 2010 06:02:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crueldades]]></category>
		<category><![CDATA[Nicolai Gogol]]></category>
		<category><![CDATA[Putadas y jugarretas]]></category>
		<category><![CDATA[Situaciones crueles]]></category>
		<category><![CDATA[Tortura psicológica]]></category>
		<category><![CDATA[Akakiy Akakievich]]></category>
		<category><![CDATA[Carolina Ivanovna]]></category>
		<category><![CDATA[Dejadme Por]]></category>
		<category><![CDATA[San Petersburgo]]></category>

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		<description><![CDATA[En el departamento ministerial de **F; pero creo que será preferible no nombrarlo, porque no hay gente más susceptible que los empleados de esta clase de departamentos, los oficiales, los cancilleres&#8230;, en una palabra: todos los funcionarios que componen la burocracia. Y ahora, dicho esto, muy bien pudiera suceder que cualquier ciudadano honorable se sintiera [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-47" style="margin: 12px;" title="san-petersburgo" src="http://www.cuentoscrueles.com/wp-content/uploads/san-petersburgo.jpg" alt="san-petersburgo" width="287" height="199" />En el departamento ministerial de **F; pero creo que será preferible no nombrarlo, porque no hay gente más susceptible que los empleados de esta clase de departamentos, los oficiales, los cancilleres&#8230;, en una palabra: todos los funcionarios que componen la burocracia. Y ahora, dicho esto, muy bien pudiera suceder que cualquier ciudadano honorable se sintiera ofendido al suponer que en su persona se hacía una afrenta a toda la sociedad de que forma parte. Se dice que hace poco un capitán de Policía-no recuerdo en qué ciudad-presentó un informe, en el que manifestaba claramente que se burlaban los decretos imperiales y que incluso el honorable título de capitán de Policía se llegaba a pronunciar con desprecio. Y en prueba de ello mandaba un informe voluminoso de cierta novela romántica, en la que, a cada diez páginas, aparecía un capitán de Policía, y a veces, y esto es lo grave, en completo estado de embriaguez. Y por eso, para evitar toda clase de disgustos, llamaremos sencillamente <em>un departamento</em> al departamento de que hablemos aquí.</p>
<p>Pues bien: en cierto departamento ministerial trabajaba un funcionario, de quien apenas si se puede decir que tenía algo de particular. Era bajo de estatura, algo picado de viruelas, un tanto pelirrojo y también algo corto de vista, con una pequeña calvicie en la frente, las mejillas llenas de arrugas y el rostro pálido, como el de las personas que padecen de almorranas&#8230; ¡Qué se le va a hacer! La culpa la tenía el clima petersburgués.<br />
En cuanto al grado-ya que entre nosotros es la primera cosa que sale a colación-, nuestro hombre era lo que llaman un eterno consejero titular, de los que, como es sabido, se han mofado y chanceado diversos escritores que tienen la laudable costumbre de atacar a los que no pueden defenderse. El apellido del funcionario en cuestión era Bachmachkin, y ya por el mismo se ve claramente que deriva de la palabra zapato; pero cómo, cuándo y de qué forma, nadie lo sabe. El padre, el abuelo y hasta el cuñado de nuestro funcionario y todos los Bachmachkin llevaron siempre botas, a las que mandaban poner suelas solo tres veces al año. Nuestro hombre se llamaba Akakiy Akakievich. Quizá al lector le parezca este nombre un tanto raro y rebuscado, pero puedo asegurarle que no lo buscaron adrede, sino que las circunstancias mismas hicieron imposible darle otro, pues el hecho ocurrió como sigue:<br />
Akakiy Akakievich nació, si mal no se recuerda, en la noche del veintidós al veintitrés de marzo. Su difunta madre, buena mujer y esposa también de otro funcionario, dispuso todo lo necesario, como era natural, para que el niño fuera bautizado. La madre guardaba aún cama, la cual estaba situada enfrente de la puerta, y a la derecha se hallaban el padrino, Iván Ivanovich Erochkin, hombre excelente, jefe de oficina en el Senado, y la madrina, Arina Semenovna Belobriuchkova, esposa de un oficial de la Policía y mujer de virtudes extraordinarias.<br />
Dieron a elegir a la parturienta entre tres nombres: Mokkia, Sossia y el del mártir Josdasat. «No -dijo para sí la enferma-. ¡Vaya unos nombres! ¡ No! » Para complacerla, pasaron la hoja del almanaque, en la que se leían otros tres nombres, Trifiliy, Dula y Varajasiy.<br />
-¡Pero todo esto parece un verdadero castigo! -exclamó la madre-. ¡Qué nombres! ¡Jamás he oído cosa semejante! Si por lo menos fuese Varadat o Varuj; pero ¡Trifiliy o Varajasiy!<br />
Volvieron otra hoja del almanaque y se encontraron los nombres de Pavsikajiy y Vajticiy.<br />
-Bueno; ya veo-dijo la anciana madre-que este ha de ser su destino. Pues bien: entonces, será mejora que se llame como su padre. Akakiy se llama el padre; que el hijo se llame también Akakiy.<br />
Y así se formó el nombre de Akakiy Akakievich. E1 niño fue bautizado. Durante el acto sacramental lloró e hizo tales muecas, cual si presintiera que había de ser consejero titular. Y así fue como sucedieron las cosas. Hemos citado estos hechos con objeto de que el lector se convenza de que todo tenía que suceder así y que habría sido imposible darle otro nombre.<br />
Cuándo y en qué época entró en el departamento ministerial y quién le colocó allí, nadie podría decirlo. Cuantos directores y jefes pasaron le habían visto siempre en el mismo sitio, en idéntica postura, con la misma categoría de copista; de modo que se podía creer que había nacido así en este mundo, completamente formado con uniforme y la serie de calvas sobre la frente.<br />
En el departamento nadie le demostraba el menor respeto. Los ordenanzas no sólo no se movían de su sitio cuando él pasaba, sino que ni siquiera le miraban, como si se tratara sólo de una mosca que pasara volando por la sala de espera. Sus superiores le trataban con cierta frialdad despótica. Los ayudantes del jefe de oficina le ponían los montones de papeles debajo de las narices, sin decirle siquiera: «Copie esto», o «Aquí tiene un asunto bonito e interesante», o algo por el estilo. como corresponde a empleados con buenos modales. Y él los cogía, mirando tan sólo a los papeles, sin fijarse en quién los ponía delante de él, ni si tenía derecho a ello. Los tomaba y se ponía en el acto a copiarlos.<br />
Los empleados jóvenes se mofaban y chanceaban de él con todo el ingenio de que es capaz un cancillerista-si es que al referirse a ellos se puede hablar de ingenio-, contando en su presencia toda clase de historias inventadas sobre él y su patrona, una anciana de setenta años. Decían que ésta le pegaba y preguntaban cuándo iba a casarse con ella y le tiraban sobre la cabeza papelitos, diciéndole que se trataba de copos de nieve. Pero a todo esto, Akakiy Akakievich no replicaba nada, como si se encontrara allí solo. Ni siquiera ejercía influencia en su ocupación, y a pesar de que le daban la lata de esta manera, no cometía ni un solo error en su escritura. Solo cuando la broma resultaba demasiado insoportable, cuando le daban algún golpe en el brazo, impidiéndole seguir trabajando, pronunciaba estas palabras:<br />
-¡ Dejadme! ¿Por qué me ofendéis?<br />
Había algo extraño en estas palabras y en el tono de voz con que las pronunciaba. En ellas aparecía algo que inclinaba a la compasión. Y así sucedió en cierta ocasión: un joven que acababa de conseguir empleo en la oficina y que, siguiendo el ejemplo de los demás, iba a burlarse de Akakiy, se quedó cortado, cual si le hubieran dado una puñalada en el corazón, y desde entonces pareció que todo había cambiado ante él y lo vio todo bajo otro aspecto. Una fuerza sobrenatural le impulsó a separarse de sus compañeros, a quienes había tomado por personas educadas y como es debido. Y aun mucho más tarde, en los momentos de mayor regocijo, se le aparecía la figura de aquel diminuto empleado con la calva sobre la frente, y oía sus palabras insinuantes<br />
« ¡Dejadme! ¿Por qué me ofendéis?» Y simultáneamente con estas palabras resonaban otras: «¡Soy tu hermano!» El pobre infeliz se tapaba la cara con las manos, y más de una vez, en el curso de su vida, se estremeció al ver cuánta inhumanidad hay en el hombre y cuánta dureza y grosería encubren los modales de una supuesta educación, selecta y esmerada. Y, ¡Dios mío!, hasta en las personas que pasaban por nobles y honradas&#8230;<br />
Difícilmente se encontraría un hombre que viviera cumpliendo tan celosamente con sus deberes&#8230; y, ¡es poco decir!, que trabajara con tanta afición y esmero. Allí, copiando documentos, se abría ante él un mundo más pintoresco y placentero. En su cara se reflejaba el gozo que experimentaba. Algunas letras eran sus favoritas, y cuando daba con ellas estaba como fuera de sí: sonreía, parpadeaba y se ayudaba con los labios, de manera que resultaba hasta posible leer en su rostro cada letra que trazaba su pluma.<br />
Si le hubieran dado una recompensa a su celo tal vez, con gran asombro por su parte, hubiera conseguido ser ya consejero de Estado. Pero, como decían sus compañeros bromistas, en vez de una condecoración de ojal, tenía hemorroides en los riñones. Por otra parte, no se puede afirmar que no se le hiciera ningún caso. En cierta ocasión, un director, hombre bondadoso, deseando recompensarle por sus largos servicios, ordenó que le diesen un trabajo de mayor importancia que el suyo, que consistía en copiar simples documentos. Se le encargó que redactara, a base de un expediente, un informe que había de ser elevado a otro departamento. Su trabajo consistía sólo en cambiar el título y sustituir el pronombre de primera persona por el de tercera. Esto le dio tanto trabajo, que, todo sudoroso, no hacía más que pasarse la mano por la frente, hasta que por fin acabó por exclamar:<br />
-No; será mejor que me dé a copiar algo, como hacía antes.<br />
Y desde entonces le dejaron para siempre de copista.<br />
Fuera de estas copias, parecía que en el mundo no existía nada para él. Nunca pensaba en su traje. Su uniforme no era verde, sino que había adquirido un color de harina que tiraba a rojizo. Llevaba un cuello estrecho y bajo, y, a pesar de que tenía el cuello corto, éste sobresalía mucho y parecía exageradamente largo, como el de los gatos de yeso que mueven la cabeza y que llevan colgando, por docenas, los artesanos.<br />
Y siempre se le quedaba algo pegado al traje, bien un poco de heno, o bien un hilo. Además. tenía la mala suerte, la desgracia, de que al pasar siempre por debajo de las ventanas lo hacía en el preciso momento en que arrojaban basuras a la calle. Y por eso, en todo momento, llevaba en el sombrero alguna cáscara de melón o de sandía o cosa parecida. Ni una sola vez en la vida prestó atención a lo que ocurría diariamente en las calles, cosa que no dejaba de advertir su colega, el joven funcionario, a quien, aguzando de modo especial su mirada, penetrante y atrevida, no se le escapaba nada de cuanto pasara por la acera de enfrente, ora fuese alguna persona que llevase los pantalones de trabillas, pero un poco gastados ora otra cosa cualquiera, todo lo cual hacía asomar siempre a su rostro una sonrisa maliciosa.<br />
Pero Akakiy Akakievich, adonde quiera que mirase, siempre veía los renglones regulares de su letra limpia y correcta. Y sólo cuando se le ponía sobre el hombro el hocico de algún caballo, y éste le soplaba en la mejilla con todo vigor, se daba cuenta de que no estaba en medio de una línea, sino en medio de la calle.<br />
Al llegar a su casa se sentaba en seguida a la mesa, tomaba rápidamente la sopa de schi (1), y después comía un pedazo de carne de vaca con cebollas, sin reparar en su sabor. Era capaz de comerlo con moscas y con todo aquello que Dios añadía por aquel entonces. Cuando notaba que el estómago empezaba a llenársele, se levantaba de la mesa, cogía un tintero pequeño y empezaba a copiar los papeles que había llevado a casa. Cuando no tenía trabajo, hacía alguna copia para él, por mero placer, sobre todo si se trataba de algún documento especial, no por la belleza del estilo, sino porque fuese dirigido a alguna persona nueva de relativa importancia.<br />
Cuando el cielo gris de Petersburgo oscurece e totalmente y toda la población de empleados se ha saciado cenando de acuerdo con sus sueldos y gustos particulares; cuando todo el mundo descansa, procurando olvidarse del rasgar de las plumas en las oficinas, de los vaivenes, de las ocupaciones propias y ajenas y de todas las molestias que se toman voluntariamente los hombres inquietos y a menudo sin necesidad; cuando los empleados gastan el resto del tiempo divirtiéndose unos, los más animados, asistiendo a algún teatro, otros saliendo a la calle, para observar ciertos sombreritos y las modas últimas, quiénes acudiendo a alguna reunión en donde se prodiguen cumplidos a lindas muchachas o a alguna en especial, que se considera como estrella en este limitado círculo de empleados, y quiénes, los más numerosos, yendo simplemente a casa de un compañero, que vive en un cuarto o tercer piso compuesto de dos pequeñas habitaciones y un vestíbulo o cocina, con objetos modernos, que denotan casi siempre afectación, una lámpara o cualquier otra cosa adquirida a costa de muchos sacrificios, renunciamientos y privaciones a cenas o recreos. En una palabra: a la hora en que todos los empleados se dispersan por las pequeñas viviendas de sus amigos para jugar al whist y tomar algún que otro vaso de té con pan tostado de lo más barato y fumar una larga pipa, tragando grandes bocanadas de humo y, mientras se distribuían las cartas, contar historias escandalosas del gran mundo a lo que un ruso no puede renunciar nunca, sea cual sea su condición, y cuando no había nada que referir, repetir la vieja anécdota acerca del comandante a quien vinieron a decir que habían cortado la cola del caballo de la estatua de Pedro el Grande, de Falconet&#8230;; en suma, a la hora en que todos procuraban divertirse de alguna forma, Akakiy Akakievich no se entregaba a diversión alguna.<br />
Nadie podía afirmar haberle visto siquiera una sola vez en alguna reunión. Después de haber copiado a gusto, se iba a dormir, sonriendo y pensando de antemano en el día siguiente. ¿Qué le iba a traer Dios para copiar mañana?<br />
Y así transcurría la vida de este hombre apacible, que, cobrando un sueldo de cuatrocientos rublos al año, sabía sentirse contento con su destino. Tal vez hubiera llegado a muy viejo, a no ser por las desgracias que sobrevienen en el curso de la vida, y esto no sólo a los consejeros de Estado, sino también a los privados e incluso a aquellos que no dan consejos a nadie ni de nadie los aceptan.<br />
Existe en Petersburgo un enemigo terrible de todos aquellos que no reciben más de cuatrocientos rublos anuales de sueldo. Este enemigo no es otro que nuestras heladas nórdicas, aunque, por lo demás, se dice que son muy sanas. Pasadas las ocho, la hora en que van a la oficina los diferentes empleados del Estado, el frío punzante e intenso ataca de tal forma los narices sin elección de ninguna especie, que los pobres empleados no saben cómo resguardarse. A estas horas, cuando a los más altos dignatarios les duele la cabeza de frío y las lágrimas les saltan de los ojos, los pobres empleados, los consejeros titulares, se encuentran a veces indefensos. Su única salvación consiste en cruzar lo más rápidamente posible las cinco o seis calles, envueltos en sus ligeros capotes, y luego detenerse en la conserjería, pateando enérgicamente, hasta que se deshielan todos los talentos y capacidades de oficinistas que se helaron en el camino.<br />
Desde hacía algún tiempo, Akakiy Akakievich sentía un dolor fuerte y punzante en la espalda y en el hombro, a pesar de que procuraba medir lo más rápidamente posible la distancia habitual de su casa al departamento. Se le ocurrió al fin pensar si no tendría la culpa de ello su capote. Lo examinó minuciosamente en casa y comprobó que precisamente en la espalda y en los hombros la tela clareaba, pues el paño estaba tan gastado, que podía verse a través de él. Y el forro se deshacía de tanto uso.<br />
Conviene saber que el capote de Akakiy Akakievich también era blanco de las burlas de los funcionarios. Hasta le habían quitado el nombre noble de capote y le llamaban bata. En efecto, este capote había ido tomando una forma muy curiosa; el cuello disminuía cada año más y más, porque servía para remendar el resto. Los remiendos no denotaban la mano hábil de un sastre, ni mucho menos, y ofrecían un aspecto tosco y antiestético. Viendo en qué estado se encontraba su capote, Akakiy Akakievich decidió llevarlo a Petrovich, un sastre que vivía en un cuarto piso interior, y que, a pesar de ser bizco y picado de viruelas, revelaba bastante habilidad en remendar pantalones y fraques de funcionarios y de otros caballeros, claro está, cuando se encontraba tranquilo y sereno y no tramaba en su cabeza alguna otra empresa.<br />
Es verdad que no haría falta hablar de este sastre; mas como es costumbre en cada narración esbozar fielmente el carácter de cada personaje, no queda otro remedio que presentar aquí a Petrovich,<br />
Al principio, cuando aún era siervo y hacía de criado, se llamaba Gregorio a secas. Tomó el nombre de Petrovich al conseguir la libertad, y al mismo tiempo empezó a emborracharse los días de fiesta, al principio solamente los grandes y luego continuó haciéndolo, indistintamente, en todas las fiestas de la Iglesia, dondequiera que encontrase alguna cruz en el calendario. Por ese lado permanecía fiel a las costumbres de sus abuelos, y riñendo con su mujer, la llamaba impía y alemana.<br />
Ya que hemos mencionado a su mujer, convendría decir algunas palabras acerca de ella. Desgraciadamente, no se sabía nada de la misma, a no ser que era esposa de Petrovich y que se cubría la cabeza con un gorrito y no con un pañuelo. Al parecer, no podía enorgullecerse de su belleza; a lo sumo, algún que otro soldado de la guardia es muy posible que si se cruzase con ella por la calle le echase alguna mirada debajo del gorro, acompañada de un extraño movimiento de la boca y de los bigotes con un curioso sonido inarticulado .<br />
Subiendo la escalera que conducía al piso del sastre, que, por cierto, estaba empapada de agua sucia y de desperdicios, desprendiendo un olor a aguardiente que hacía daño al olfato y que, como es sabido, es una característica de todos los pisos interiores de las casas petersburguesas; subiendo la escalera, pues, Akakiy Akakievich reflexionaba sobre el precio que iba a cobrarle Petrovich, y resolvió no darle más de dos rublos.<br />
La puerta estaba abierta, porque la mujer de Petrovich, que en aquel preciso momento freía pescado, había hecho tal humareda en la cocina, que ni siquiera se podían ver las cucarachas. Akakiy Akakievich atravesó la cocina sin ser visto por la mujer y llegó a la habitación, donde se encontraba Petrovich sentado en una ancha mesa de madera con las piernas cruzadas, como un bajá, y descalzo, según costumbre de los sastres cuando están trabajando. Lo primero que llamaba la atención era el dedo grande, bien conocido de Akakiy Akakievich por la uña destrozada, pero fuerte y firme, como la concha de una tortuga. Llevaba al cuello una madeja de seda y de hilo y tenía sobre las rodillas una prenda de vestir destrozada. Desde hacía tres minutos hacía lo imposible por enhebrar una aguja, sin conseguirlo. y por eso echaba pestes contra la oscuridad y luego contra el hilo, murmurando entre dientes:<br />
-¡Te vas a decidir a pasar, bribona! ¡Me estás haciendo perder la paciencia, granuja!<br />
Akakiy Akakievich estaba disgustado por haber llegado en aquel preciso momento en que Petrovich se hallaba encolerizado. Prefería darle un encargo cuando el sastre estuviese algo menos batallador, más tranquilo, pues, como decía su esposa, ese demonio tuerto se apaciguaba con el aguardiente ingerido. En semejante estado, Petrovich solía mostrarse muy complaciente y rebajaba de buena gana, más aún, daba las gracias y hasta se inclinaba respetuosamente ante el cliente. Es verdad que luego venía la mujer llorando y decía que su marido estaba borracho y por eso había aceptado el trabajo a bajo precio. Entonces se le añadían diez kopeks más, y el asunto quedaba resuelto. Pero aquel día Petrovich parecía no estar borracho y por eso se mostraba terco, poco hablador y dispuesto a pedir precios exorbitantes.<br />
Akakiy Akakievich se dio cuenta de todo esto y quiso, como quien dice, tomar las de Villadiego; pero ya no era posible. Petrovich clavó en él su ojo torcido y Akakiy Akakievich dijo sin querer:<br />
-¡Buenos días, Petrovich!<br />
-¡Muy buenos los tenga usted también!-respondió Petrovich, mirando de soslayo las manos de Akakiy Akakievich para ver qué clase de botín traía éste.<br />
-Vengo a verte, Petrovich, pues yo&#8230;<br />
Conviene saber que Akakiy Akakievich se expresaba siempre por medio de preposiciones, adverbios y partículas gramaticales que no tienen ningún significado. Si el asunto en cuestión era muy delicado, tenía la costumbre de no terminar la frase, de modo que a menudo empezaba por las palabras: «Es verdad, justamente eso&#8230;», y después no seguía nada y él mismo se olvidaba, pensando que lo había dicho todo.<br />
-¿Qué quiere, pues?-le preguntó Petrovich, inspeccionando en aquel instante con su único ojo todo el uniforme, el cuello, las mangas, la espalda, los faldones y los ojales, que conocía muy bien, ya que era su propio trabajo.<br />
Esta es la costumbre de todos los sastres y es lo primero que hizo Petrovich.<br />
-Verás, Petrovich&#8230;; yo quisiera que&#8230; este capote..; mira el paño&#8230;; ¿ves?, por todas partes está fuerte&#8230;, sólo que está un poco cubierto de polvo. parece gastado; pero en realidad está nuevo, sólo una parte está un tanto&#8230;, un poquito en la espalda y también algo gastado en el hombro y un poco en el otro hombro&#8230; Mira, eso es todo&#8230; No es mucho trabajo&#8230;<br />
Petrovich tomó el capote, lo extendió sobre la mesa y lo examinó detenidamente. Después meneó la cabeza y extendió la mano hacia la ventana para coger su tabaquera redonda con el retrato de un general, cuyo nombre no se podía precisar, puesto que la parte donde antes se viera la cara estaba perforada por el dedo y tapada ahora con un pedazo rectangular de papel. Después de tomar una pulgada de rapé, Petrovich puso el capote al trasluz y volvió a menear la cabeza. Luego lo puso al revés con el forro hacia afuera, y de nuevo meneó la cabeza; volvió a levantar la tapa de la tabaquera adornada con el retrato del general y arreglada con aquel pedazo de papel, e introduciendo el rapé en la nariz, cerró la tabaquera y se la guardó, diciendo por fin:<br />
-Aquí no se puede arreglar nada. Es una prenda gastada.<br />
Al oír estas palabras, el corazón se le oprimió al pobre Akakiy Akakievich.<br />
-¿Por qué no es posible, Petrovich?-preguntó con voz suplicante de niño-. Sólo esto de los hombros está estropeado y tú tendrás seguramente algún pedazo&#8230;<br />
-Sí, en cuanto a los pedazos se podrían encontrar-dijo Petrovich-; sólo que no se pueden poner, pues el paño está completamente podrido y se deshará en cuanto se toque con la aguja.<br />
-Pues que se deshaga, tú no tiene más que ponerle un remiendo.<br />
-No puedo poner el remiendo en ningún sitio, no hay dónde fijarlo, además, sería un remiendo demasiado grande. Esto ya no es paño; un golpe de viento basta para arrancarlo.<br />
-Bueno, pues refuérzalo&#8230;; como no&#8230;, efectivamente, eso es&#8230;<br />
-No-dijo Petrovich con firmeza-; no se puede hacer nada. Es un asunto muy malo. Será mejor que se haga con él unas onuchkas para cuando llegue el invierno y empiece a hacer frío, porque las medias no abrigan nada, no son más que un invento de los alemanes para hacer dinero -Petrovich aprovechaba gustoso la ocasión para meterse con los alemanes-<br />
. En cuanto al capote, tendrá que hacerse otro nuevo.<br />
Al oír la palabra nuevo, Akakiy Akakievich sintió que se le nublaba la vista y le pareció que todo lo que había en la habitación empezaba a dar vueltas. Lo único que pudo ver claramente era el semblante del general tapado con el papel en la tabaquera de Petrovich.<br />
-¡Cómo uno nuevo!-murmuró como en sueño-. Si no tengo dinero para ello.<br />
-Sí; uno nuevo-repitió Petrovich con brutal tranquilidad.<br />
-&#8230;Y de ser nuevo&#8230;, ¿cuánto sería&#8230;?<br />
-¿Que cuánto costaría?<br />
-Sí.<br />
-Pues unos ciento cincuenta rublos-contestó Petrovich, y al decir esto apretó los labios.<br />
Era muy amigo de los efectos fuertes y le gustaba dejar pasmado al cliente y luego mirar de soslayo para ver qué cara de susto ponía al oír tales palabras.<br />
-¡Ciento cincuenta rublos por el capote !-exclamó el pobre Akakiy Akakievich.<br />
Quizá por primera vez se le escapaba semejante grito, ya que siempre se distinguía por su voz muy suave.<br />
-Sí-dijo Petrovich-. Y además, ¡qué capote! Si se le pone un cuello de marta y se le forra el capuchón con seda, entonces vendrá a costar hasta doscientos rublos.<br />
-¡Por Dios, Petrovich!-le dijo Akakiy Akakievich con voz suplicante, sin escuchar, es decir, esforzándose en no prestar atención a todas sus palabras y efectos-. Arréglalo como sea para que sirva todavía algún tiempo.<br />
-¡No! Eso sería tirar el trabajo y el dinero&#8230; -repuso Petrovich.<br />
Y tras aquellas palabras, Akakiy Akakievich quedó completamente abatido y se marchó. Mientras tanto, Petrovich permaneció aun largo rato en pie, con los labios expresivamente apretados, sin comenzar su trabajo, satisfecho de haber sabido mantener su propia dignidad y de no haber faltado a su oficio.<br />
Cuando Akakiy Akakievich salió a la calle se hallaba como en un sueño.<br />
« ¡Qué cosa!-decía para sí-. Jamas hubiera pensado que iba a terminar así . . . ¡Vaya !-exclamó después de unos minutos de silencio-. ¡He aquí al extremo que hemos llegado! La verdad es que yo nunca podía suponer que llegara a esto&#8230; -y después de otro largo silencio, terminó diciendo-: ¡Pues así es! ¡Esto sí que es inesperado!&#8230;<br />
¡Qué situación ! &#8230;»<br />
Dicho esto, en vez de volver a su casa se fue, sin darse cuenta, en dirección contraria. En el camino tropezó con un deshollinador, que, rozándole el hombro, se lo manchó de negro; del techo de una casa en construcción le cayó una respetable cantidad de cal; pero él no se daba cuenta de nada. Sólo cuando se dio de cara con un guardia, que habiendo colocado la alabarda junto a él echaba rapé de la tabaquera en su palma callosa, se dio cuenta porqué el guardia le grito:<br />
-¿Por qué te metes debajo de mis narices? ¿Acaso no tienes la acera?<br />
Esto le hizo mirar en torno suyo y volver a casa. Solamente entonces empezó a reconcentrar sus pensamientos, y vio claramente la situación en que se hallaba y comenzó a monologar consigo mismo, no en forma incoherente, sino con lógica y franqueza, como si hablase con un amigo inteligente a quien se puede confiar lo más íntimo de su corazón<br />
-No-decía Akakiy Akakievich-; ahora no se puede hablar con Petrovich, pues está algo&#8230;; su mujer debe de haberle proporcionado una buena paliza. Será mejor que vaya a verle un domingo por la mañana; después de la noche del sábado estará medio dormido, bizqueando, y deseará beber para reanimarse algo, y como su mujer no le habrá dado dinero, yo le daré una moneda de diez kopeks y él se volverá más tratable y arreglará el capote&#8230;<br />
Y esta fue la resolución que tomó Akakiy Akakievich. Y procurando animarse, esperó hasta el domingo. Cuando vio salir a la mujer de Petrovich, fue directamente a su casa. En efecto, Petrovich, después de la borrachera de la víspera, estaba más bizco que nunca, tenía la cabeza inclinada y estaba medio dormido; pero con todo eso, en cuanto se enteró de lo que se trataba, exclamo como si le impulsara el propio demonio<br />
-¡No puede ser! ¡Haga el favor de mandarme hacer otro capote!<br />
Y entonces fue cuando Akakiy Akakievich le metió en la mano la moneda de diez kopeks.<br />
-Gracias señor; ahora podré reanimarme un poco bebiendo a su salud-dijo Petrovich-. En cuanto al capote, no debe pensar más en él, no sirve para nada. Yo le haré uno estupendo.., se lo garantizo.<br />
Akakiy Akakievich volvió a insistir sobre el arreglo; pero Petrovich no le quiso escuchar y<br />
-Le haré uno nuevo, magnífico&#8230; Puede contar conmigo; lo haré lo mejor que pueda. Incluso podrá abrochar el cuello con corchetes de plata, según la última moda.<br />
Sólo entonces vio Akakiy Akakievich que no podía pasarse sin un nuevo capote y perdió el ánimo por completo.<br />
Pero ¿cómo y con qué dinero iba a hacérselo? Claro, podía contar con un aguinaldo que le darían en las próximas fiestas. Pero este dinero lo había distribuido ya desde hace tiempo con un fin determinado. Era preciso encargar unos pantalones nuevos y pagar al zapatero una vieja deuda por las nuevas punteras en un par de botas viejas, y, además, necesitaba encargarse tres camisas y dos prendas de ropa de esas que se considera poco decoroso nombrarlas por su propio nombre. Todo el dinero estaba distribuido de antemano, y aunque el director se mostrara magnánimo y concediese un aguinaldo de cuarenta y cinco a cincuenta rublos, sería solo una pequeñez en comparación con el capital necesario para el capote, era una gota de agua en el océano. Aunque, claro, sabía que a Petrovich le daba a veces no sé qué locura y entonces pedía precios tan exorbitantes, que incluso su mujer no podía contenerse y exclamaba:<br />
-¡Te has vuelto loco, grandísimo tonto! Unas veces trabajas casi gratis y ahora tienes la desfachatez de pedir un precio que tú mismo no vales.<br />
Por otra parte, Akakiy Akakievich sabía que Petrovich consentiría en hacerle el capote por ochenta rublos. Pero, de todas maneras, ¿dónde hallar esos ochenta rublos ? La mitad quizá podría conseguirla, y tal vez un poco más. Pero ¿y la otra mitad?&#8230;<br />
Pero antes el lector ha de enterarse de dónde provenía la primera mitad. Akakiy Akakievich tenia la costumbre de echar un kopek siempre que gastaba un rublo, en un pequeño cajón, cerrándolo con llave, cajón que tenía una ranura ancha para hacer pasar el dinero. Al cabo de cada medio año hacía el recuento de esta pequeña cantidad de monedas de cobre y las cambiaba por otras de plata. Practicaba este sistema desde hacía mucho tiempo y de esta manera, al cabo de unos años, ahorró una suma superior a cuarenta rublos. Así, pues, tenía en su poder la mitad, pero ¿y la otra mitad? ¿Dónde conseguir los cuarenta rublos restantes?<br />
Akakiy Akakievich pensaba, pensaba, y finalmente llegó a la conclusión de que era preciso reducir los gastos ordinarios por lo menos durante un año, o sea dejar de tomar té todas las noches, no encender la vela por la noche, y si tenía que copiar algo, ir a la habitación de la patrona para trabajar a la luz de su vela. También sería preciso al andar por la calle pisar lo más suavemente posible las piedras y baldosas e incluso hasta ir casi de puntillas para no gastar demasiado rápidamente las suelas, dar a lavar la ropa a la lavandera también lo menos posible. Y para que no se gastara, quitársela al volver a casa y ponerse sólo la bata, que estaba muy vieja, pero que, afortunadamente, no había sido demasiado maltratada por el tiempo.<br />
Hemos de confesar que al principio le costó bastante adaptarse a estas privaciones, pero después se acostumbró y todo fue muy bien. Incluso hasta llegó a dejar de cenar; pero, en cambio, se alimentaba espiritualmente con la eterna idea de su futuro capote. Desde aquel momento diríase que su vida había cobrado mayor plenitud; como si se hubiera casado o como si otro ser estuviera siempre en su presencia, como si ya no fuera solo, sino que una querida compañera hubiera accedido gustosa a caminar con él por el sendero de la vida. Y esta compañera no era otra, sino&#8230; el famoso capote, guateado con un forro fuerte e intacto. Se volvió más animado y de carácter más enérgico, como un hombre que se ha propuesto un fin determinado. La duda e irresolución desaparecieron en la expresión de su rostro, y en sus acciones también todos aquellos rasgos de vacilación e indecisión. Hasta a veces en sus ojos brillaba algo así como una llama, y los pensamientos más audaces y temerarios surgían en su mente: «¿Y si se encargase un cuello de marta?» Con estas reflexiones por poco se vuelve distraído. Una vez estuvo a punto de hacer una falta, de modo que exclamó «¡Ay!», y se persignó. Por lo menos una vez al mes iba a casa de Petrovich para hablar del capote y consultarle sobre dónde sería mejor comprar el paño, y de qué color y de qué precio, y siempre volvía a casa algo preocupado, pero contento al pensar que al fin iba a llegar el día en que, después de comprado todo, el capote estaría listo. El asunto fue más de prisa de lo que había esperado y supuesto. Contra toda suposición, el director le dio un aguinaldo, no de cuarenta o cuarenta y ocho rublos, sino de sesenta rublos. Quizá presintió que Akakiy Akakievich necesitaba un capote o quizá fue solamente por casualidad; el caso es que Akakiy Akakievich se enriqueció de repente con veinte rublos más. Esta circunstancia aceleró el asunto. Después de otros dos o tres meses de pequeños ayunos consiguió reunir los ochenta rublos. Su corazón, por lo general tan apacible, empezó a latir precipitadamente. Y ese mismo día fue a las tiendas en compañía de Petrovich. Compraron un paño muy bueno-¡y no es de extrañar!-; desde hacía más de seis meses pensaban en ello y no dejaban pasar un mes sin ir a las tiendas para cerciorarse de los precios. Y así es que el mismo Petrovich no dejó de reconocer que era un paño inmejorable. Eligieron un forro de calidad tan resistente y fuerte, que según Petrovich era mejor que la seda y le aventajaba en elegancia y brillo No compraron marta. porque, en efecto, era muy cara; pero, en cambio, escogieron la más hermosa piel de gato que había en toda la tienda y que de lejos fácilmente se podía tomar por marta.<br />
Petrovich tardó unas dos semanas en hacer el capote, pues era preciso pespuntear mucho; a no ser por eso lo hubiera terminado antes. Por su trabajo cobró doce rublos, menos ya no podía ser. Todo estaba cosido con seda y a dobles costuras, que el sastre repasaba con sus propios dientes estampando en ellas variados arabescos.<br />
Por fin, Petrovich le trajo el capote. Esto sucedió&#8230;, es difícil precisar el día; pero de seguro que fue el más solemne en la vida de Akakiy Akakievich. Se lo trajo por la mañana, precisamente un poco antes de irse él a la oficina. No habría podido llegar en un momento más oportuno, pues ya el frío empezaba a dejarse sentir con intensidad y amenazaba con volverse aún más punzante. Petrovich apareció con el capote como conviene a todo buen sastre. Su cara reflejaba una expresión de dignidad que Akakiy Akakievich jamás le había visto. Parecía estar plenamente convencido de haber realizado una gran obra y se le había revelado con toda claridad el abismo de diferencia que existe entre los sastres que sólo hacen arreglos y ponen forros y aquellos que confeccionan prendas nuevas de vestir.<br />
Sacó el capote, que traía envuelto en un pañuelo recién planchado; sólo después volvió a doblarlo y se lo guardó en el bolsillo para su uso particular. Una vez descubierto el capote, lo examinó con orgullo, y cogiéndolo con ambas manos lo echó con suma habilidad sobre los hombros de Akakiy Akakievich. Luego, lo arregló, estirándolo un poco hacia abajo. Se lo ajustó perfectamente, pero sin abrocharlo. Akakiy Akakievich, como hombre de edad madura, quiso también probar las mangas. Petrovich le ayudó a hacerlo, y he aquí que aun así el capote le sentaba estupendamente. En una palabra: estaba hecho a la perfección. Petrovich aprovechó la ocasión para decirle que si se lo había hecho a tan bajo precio era sólo porque vivía en un piso pequeño, sin placa, en una calle lateral y porque conocía a Akakiy Akakievich desde hacía tantos años. Un sastre de la perspectiva Nevski sólo por el trabajo le habría cobrado setenta y cinco rublos Akakiy Akakievich no tenía ganas de tratar de ello con Petrovich. temeroso de las sumas fabulosas de las que el sastre solía hacer alarde. Le pagó, le dio las gracias y salió con su nuevo capote camino de la oficina.<br />
Petrovich salió detrás de él y, parándose en plena calle, le siguió largo rato con la mirada, absorto en la contemplación del capote. Después, a propósito. pasó corriendo por una callejuela tortuosa y vino a dar a la misma calle para mirar otra vez el capote del otro lado, es decir, cara a cara. Mientras tanto, Akakiy Akakievich seguía caminando con aire de fiesta. A cada momento sentía que llevaba un capote nuevo en los hombros y hasta llegó a sonreírse varias veces de íntima satisfacción. En efecto, tenía dos ventajas: primero, porque el capote abrigaba mucho, y segundo, porque era elegante. El camino se le hizo cortísimo, ni siquiera se fijó en él y de repente se encontró en la oficina. Dejó el capote en la conserjería y volvió a mirarlo por todos los lados, rogando al conserje que tuviera especial cuidado con él.<br />
No se sabe cómo, pero al momento, en la oficina, todos se enteraron de que Akakiy Akakievich tenía un capote nuevo y que el famoso batín había dejado de existir. En el acto todos salieron a la conserjería para ver el nuevo capote de Akakiy Akakievich. Empezaron a felicitarle cordialmente de tal modo, que no pudo por menos de sonreírse: pero luego acabó por sentirse algo avergonzado. Pero cuando todos se acercaron a él diciendo que tenía que celebrar el estreno del capote por medio de un remojón y que, por lo menos, debía darles una fiesta, el pobre Akakiy Akakievich se turbó por completo y no supo qué responder ni cómo defenderse. Sólo pasados unos minutos y poniéndose todo colorado intentó asegurarles, en su simplicidad, que no era un capote nuevo, sino uno viejo.<br />
Por fin, uno de los funcionarios, ayudante del Jefe de oficina, queriendo demostrar sin duda alguna que no era orgulloso y sabía tratar con sus inferiores, dijo:<br />
-Está bien, señores; yo daré la fiesta en lugar de Akakiy Akakievich y les convido a tomar el té esta noche en mi casa. Precisamente hoy es mi cumpleaños.<br />
Los funcionarios, como hay que suponer, felicitaron al ayudante del jefe de oficina y aceptaron muy gustosos la invitación. Akakiy Akakievich quiso disculparse, pero todos le interrumpieron diciendo que era una descortesía, que debería darle vergüenza y que no podía de ninguna manera rehusar la invitación.<br />
Aparte de eso, Akakiy Akakievich después se alegró al pensar que de este modo tendría ocasión de lucir su nuevo capote también por la noche.<br />
Se puede decir que todo aquel día fue para él una fiesta grande y solemne.<br />
Volvió a casa en un estado de ánimo de lo más feliz, se quitó el capote y lo colgó cuidadosamente en una percha que había en la pared, deleitándose una vez más al contemplar el paño y el forro y, a propósito, fue a buscar el viejo capote, que estaba a punto de deshacerse, para compararlo. Lo miró y hasta se echó a reír. Y aun después, mientras comía, no pudo por menos de sonreírse al pensar en el estado en que se hallaba el capote. Comió alegremente y luego contrariamente a lo acostumbrado, no copió ningún documento. Por el contrario, se tendió en la cama, cual verdadero sibarita, hasta el oscurecer. Después, sin más demora, se vistió, se puso el capote y salió a la calle.<br />
Desgraciadamente, no pudo recordar de momento dónde vivía el funcionario anfitrión; la memoria empezó a flaquearle, y todo cuanto había en Petersburgo, sus calles y sus casas se mezclaron de tal suerte en su cabeza, que resultaba difícil sacar de aquel caos algo más o menos ordenado. Sea como fuera, lo seguro es que el funcionario vivía en la parte más elegante de la ciudad, o sea lejos de la casa de Akakiy Akakievich. Al principio tuvo que caminar por calles solitarias escasamente alumbradas pero a medida que iba acercándose a la casa del funcionario, las calles se veían más animadas y mejor alumbradas. Los transeúntes se hicieron más numerosos y también las señoras estaban ataviadas elegantemente. Los hombres llevaban cuellos de castor y ya no se veían tanto los veñkas (2) con sus trineos de madera con rejas guarnecidas de clavos dorados; en cambio, pasaban con frecuencia elegantes trineos barnizados, provistos de pieles de oso y conducidos por cocheros tocados con gorras de terciopelo color frambuesa, o se veían deslizarse, chirriando sobre la nieve, carrozas con los pescantes sumamente adornados.<br />
Para Akakiy Akakievich todo esto resultaba completamente nuevo; hacía varios años que no había salido de noche por la calle.<br />
Todo curioso, se detuvo delante del escaparate de una tienda, ante un cuadro que representaba a una hermosa mujer que se estaba quitando el zapato, por lo que lucía una pierna escultural: a su espalda, un hombre con patillas y perilla, a estilo español, asomaba la cabeza por la puerta. Akakiy Akakievich meneó la cabeza sonriéndose y prosiguió su camino. ¿Por qué sonreiría? Tal vez porque se encontraba con algo totalmente desconocido, para lo que, sin embargo, muy bien pudiéramos asegurar que cada uno de nosotros posee un sexto sentido. Quizá también pensara lo que la mayoría de los funcionarios habrían pensado decir: «¡Ah, estos franceses! ¡No hay otra cosa que decir! Cuando se proponen una cosa, así ha de ser&#8230;» También puede ser que ni siquiera pensara esto, pues es imposible penetrar en el alma de un hombre y averiguar todo cuanto piensa.<br />
Por fin, llegó a la casa donde vivía el ayudante del jefe de oficina. Este llevaba un gran tren de vida; en la escalera había un farol encendido, y él ocupaba un cuarto en el segundo piso. Al entrar en el recibimiento, Akakiy Akakievich vio en el suelo toda una fila de chanclos. En medio de ellos, en el centro de la habitación, hervía a borbotones el agua de un samovar esparciendo columnas de vapor. En las paredes colgaban capotes y capas, muchas de las cuales tenían cuellos de castor y vueltas de terciopelo. En la habitación contigua se oían voces confusas, que de repente se tornaron claras y sonoras al abrirse la puerta para dar paso a un lacayo que llevaba una bandeja con vasos vacíos, un tarro de nata y una cesta de bizcochos. Por lo visto los funcionarios debían de estar reunidos desde hacía mucho tiempo y va habían tomado el primer vaso de té. Akakiy Akakievich colgó él mismo su capote y entró en la habitación. Ante sus ojos desfilaron al mismo tiempo las velas, los funcionarios, las pipas y mesas de juego mientras que el rumor de las conversaciones que se oían por doquier y el ruido de las sillas sorprendían sus oídos<br />
Se detuvo en el centro de la habitación todo confuso, reflexionando sobre lo que tenía que hacer. Pero ya le habían visto sus colegas; le saludaron con calurosas exclamaciones y todos fueron en el acto al recibimiento para admirar nuevamente su capote. Akakiy Akakievich se quedó un tanto desconcertado; pero como era una persona sincera y leal no pudo por menos de alegrarse al ver cómo todos ensalzaban su capote.<br />
Después, como hay que suponer, le dejaron a él y al capote y volvieron a las mesas de whist. Todo ello, el ruido, las conversaciones y la muchedumbre&#8230; le pareció un milagro. No sabía cómo comportarse ni qué hacer con sus manos, pies y toda su figura; por fin, acabó sentándose junto a los que jugaban: miraba tan pronto las cartas como los rostros de los presentes; pero al poco rato empezó a bostezar y a aburrirse, tanto más cuanto que había pasado la hora en la que acostumbraba acostarse.<br />
Intentó despedirse del dueño de la casa; pero no le dejaron marcharse, alegando que tenía que beber una copa de champaña para celebrar el estreno del capote. Una hora después servían la cena: ensaladilla, ternera asada fría, empanadas, pasteles y champaña. A Akakiy Akakievich le hicieron tomar dos copas, con lo cual todo cuanto había en la habitación se le apareció bajo un aspecto mucho más risueño. Sin embargo, no consiguió olvidar que era media noche pasada y que era hora de volver a casa. Al fin, y para que al dueño de la casa no se le ocurriera retenerle otro rato, salió de la habitación sin ser visto y buscó su capote en el recibimiento, encontrándolo, con gran dolor, tirado en el suelo. Lo sacudió, le quitó las pelusas, se lo puso y, por último, bajó las escaleras,<br />
Las calles estaban todavía alumbradas. Algunas tiendas de comestibles, eternos clubs de las servidumbres y otra gente, estaban aún abiertas; las demás estaban ya cerradas, pero la luz que se filtraba por entre las rendijas atestiguaba claramente que los parroquianos aún permanecían allí. Eran éstos sirvientes y criados que seguían con sus chismorreos, dejando a sus amos en la absoluta ignorancia de dónde se encontraban.<br />
Akakiy Akakievich caminaba en un estado de ánimo de lo más alegre. Hasta corrió, sin saber por qué, detrás de una dama que pasó con la velocidad de un rayo, moviendo todas las partes del cuerpo. Pero se detuvo en el acto y prosiguió su camino lentamente, admirándose él mismo de aquel arranque tan inesperado que había tenido.<br />
Pronto se extendieron ante él las calles desiertas, siendo notables de día por lo poco animadas y cuanto más de noche. Ahora parecían todavía mucho más silenciosas y solitarias. Escaseaban los faroles, ya que por lo visto se destinaba poco aceite para el alumbrado; a lo largo de la calle, en que se veían casas de madera y verjas, no había un alma. Tan sólo la nieve centelleaba tristemente en las calles, y las cabañas bajas, con sus postigos cerrados, parecían destacarse aún más sombrías y negras. Akakiy Akakievich se acercaba a un punto donde la calle desembocaba en una plaza muy grande, en la que apenas si se podían ver las cosas del otro extremo y daba la sensación de un inmenso y desolado desierto.<br />
A lo lejos, Dios sabe dónde, se vislumbraba la luz de una garita que parecía hallarse al fin del mundo. Al llegar allí, la alegría de Akakiy Akakievich se desvaneció por completo. Entró en la plaza no sin temor, como si presintiera algún peligro. Miró hacia atrás y en torno suyo: diríase que alrededor se extendía un inmenso océano. «¡No! ¡Será mejor que no mire!», pensó para sí, y siguió caminando con los ojos cerrados. Cuando los abrió para ver cuánto le quedaba aún para llegar al extremo opuesto de la plaza, se encontró casi ante sus propias narices con unos hombres bigotudos, pero no tuvo tiempo de averiguar más acerca de aquellas gentes. Se le nublaron los ojos y el corazón empezó a latirle precipitadamente.<br />
-¡Pero si este capote es mío!-dijo uno de ellos con voz de trueno, cogiéndole por el cuello.<br />
Akakiy Akakievich quiso gritar pidiendo auxilio, pero el otro le tapó la boca con el pañuelo, que era del tamaño de la cabeza de un empleado, diciéndole: «¡Ay de ti si gritas!»<br />
Akakiy Akakievich sólo se dio cuenta de cómo le quitaban el capote y le daban un golpe con la rodilla que le hizo caer de espaldas en la nieve, en donde quedó tendido sin sentido.<br />
Al poco rato volvió en sí y se levantó, pero ya no había nadie. Sintió que hacía mucho frío y que le faltaba el capote. Empezó a gritar, pero su voz no parecía llegar hasta el extremo de la plaza. Desesperado, sin dejar de gritar, echó a correr a través de la plaza directamente a la garita, junto a la cual había un guarda, que, apoyado en la alabarda, miraba con curiosidad, tratando de averiguar qué clase de hombre se le acercaba dando gritos.<br />
Al llegar cerca de él, Akakiy Akakievich le gritó todo jadeante que no hacía más que dormir y que no vigilaba, ni se daba cuenta de como robaban a la gente. El guarda le contestó que él no había visto nada: sólo había observado cómo dos individuos le habían parado en medio de la plaza, pero creyó que eran amigos suyos. Añadió que haría mejor, en vez de enfurecerse en vano, en ir a ver a la mañana siguiente al inspector de policía, y que éste averiguaría sin duda alguna quién le había robado el capote.<br />
Akakiy Akakievich volvió a casa en un estado terrible. Los cabellos que aún le quedaban en pequeña cantidad sobre las sienes y la nuca estaban completamente desordenados. Tenía uno de los<br />
costados, el pecho y los pantalones, cubiertos de nieve. Su vieja patrona, al oír cómo alguien golpeaba fuertemente en la puerta, saltó fuera de la cama, calzándose solo una zapatilla, y fue corriendo a abrir la puerta, cubriéndose pudorosamente con una mano el pecho, sobre el cual no llevaba más que una camisa. Pero al ver a Akakiy Akakievich retrocedió de espanto. Cuando él le contó lo que le había sucedido ella alzó los brazos al cielo y dijo que debía dirigirse directamente al Comisario del distrito y no al inspector, porque éste no hacía más que prometerle muchas cosas y dar largas al asunto. Lo mejor era ir al momento al Comisario del distrito, a quien ella conocía, porque Ana, la finlandesa que tuvo antes de cocinera, servía ahora de niñera en su casa, y que ella misma le veía a menudo, cuando pasaba delante de la casa. Además, todos los domingos, en la iglesia pudo observar que rezaba y al mismo tiempo miraba alegremente a todos, y todo en él denotaba que era un hombre de bien.<br />
Después de oír semejante consejo se fue, todo triste, a su habitación. Cómo pasó la noche&#8230;, sólo se lo imaginarían quienes tengan la capacidad suficiente de ponerse en la situación de otro.<br />
A la mañana siguiente, muy temprano, fue a ver al Comisario del distrito, pero le dijeron que aún dormía. Volvió a las diez y aún seguía durmiendo. Fue a las once, pero el Comisario había salido. Se presentó a la hora de la comida, pero los escribientes que estaban en la antesala no quisieron dejarle pasar e insistieron en saber qué deseaba, por qué venía y qué había sucedido. De modo que, en vista de los entorpecimientos, Akakiy Akakievich quiso, por primera vez en su vida, mostrarse enérgico, y dijo, en tono que no admitía réplicas, que tenía que hablar personalmente con el Comisario, que venía del Departamento del Ministerio para un asunto oficial y que, por tanto, debían dejarle pasar, y si no lo hacían, se quejaría de ello y les saldría cara la cosa. Los escribientes no se atrevieron a replicar y uno de ellos fue a anunciarle al Comisario.<br />
Éste interpretó de un modo muy extraño el relato sobre el robo del capote. En vez de interesarse por el punto esencial empezó a preguntar a Akakiy Akakievich por qué volvía a casa a tan altas horas de la noche y si no habría estado en una casa sospechosa. De tal suerte, que el pobre Akakiy Akakievich se quedó todo confuso. Se fue sin saber si el asunto estaba bien encomendado. En todo el día no fue a la oficina (hecho sin precedente en su vida). Al día siguiente se presentó todo pálido y vestido con su viejo capote, que tenía el aspecto aún más lamentable. El relato del robo del capote-aparte de que no faltaron algunos funcionarios que aprovecharon la ocasión para burlarse-conmovió a muchos. Decidieron en seguida abrir una suscripción en beneficio suyo, pero el resultado fue muy exiguo, debido a que los funcionarios habían tenido que gastar mucho dinero en la suscripción para el retrato del director y para un libro que compraron a indicación del jefe de sección, que era amigo del autor. Así, pues, sólo consiguieron reunir una suma insignificante. Uno de ellos, movido por la compasión y deseos de darle por lo menos un buen consejo, le dijo que no se dirigiera al Comisario, pues suponiendo aún que deseara granjearse las simpatías de su superior y encontrar el capote, este permanecería en manos de la Policía hasta que lograse probar que era su legítimo propietario. Lo mejor sería, pues, que se dirigiera a una «alta personalidad», cuya mediación podría dar un rumbo favorable al asunto. Como no quedaba otro remedio. Akakiy Akakievich se decidió a acudir a la «alta personalidad».<br />
¿Quién era aquella «alta personalidad» y qué cargo desempeñaba? Eso es lo que nadie sabría decir. Conviene saber que dicha «alta personalidad» había llegado a ser tan sólo esto desde hacía algún tiempo, por lo que hasta entonces era por completo desconocido. Además su posición tampoco ahora se consideraba como muy importante en comparación con otras de mayor categoría. Pero siempre habrá personas que consideran como muy importante lo que los demás califican de insignificante. Además, recurriría a todos los medios para realzar su importancia. Decretó que los empleados subalternos le esperasen en la escalera hasta que llegase él y que nadie se presentara directamente a él sino que las cosas se realizaran con un orden de lo más riguroso. El registrador tenía que presentar la solicitud de audiencia al secretario del Gobierno, quien a su vez la transmitía al consejero titular o a quien se encontrase de categoría superior. Y de esta forma llegaba el asunto a sus manos. Así, en nuestra santa Rusia, todo está contagiado de la manía de imitar y cada cual se afana en imitar a su superior. Hasta cuentan que cierto consejero titular, cuando le ascendieron a director de una cancillería pequeña, en seguida se hizo separar su cuarto por medio de un tabique de lo que él llamaba «sala de reuniones». A la puerta de dicha sala colocó a unos conserjes con cuellos rojos y galones que siempre tenían la mano puesta sobre el picaporte para abrir la puerta a los visitantes, aunque en la «sala de reuniones» apenas si cabía un escritorio de tamaño regular.<br />
El modo de recibir y las costumbres de la «alta personalidad» eran majestuosos e imponentes, pero un tanto complicados. La base principal de su sistema era la severidad. «Severidad, severidad, y&#8230; severidad», solía decir, y al repetir por tercera vez esta palabra dirigía una mirada significativa a la persona con quien estaba hablando aunque no hubiera ningún motivo para ello, pues los diez emplea los que formaban todo el mecanismo gubernamental, ya sin eso estaban constantemente atemorizados. Al verle de lejos, interrumpían ya el trabajo y esperaban en actitud militar a que pasase el jefe. Su conversación con los subalternos era siempre severa y consistía sólo en las siguientes frases: «¿Cómo se atreve? ¿Sabe usted con quién habla ? ¿Se da usted cuenta? ¿Sabe a quién tiene delante?»<br />
Por lo demás, en el fondo era un hombre bondadoso, servicial y se comportaba bien con sus compañeros, sólo que el grado de general (3) le había hecho perder la cabeza. Desde el día en que le ascendieron a general se hallaba todo confundido, andaba descarriado y no sabía cómo comportarse. Si trataba con personas de su misma categoría se mostraba muy correcto y formal y en muchos aspectos hasta inteligente. Pero en cuanto asistía a alguna reunión donde el anfitrión era tan sólo de un grado inferior al suyo, entonces parecía hallarse completamente descentrado. Permanecía callado y su situación era digna de compasión, tanto más cuanto él mismo se daba cuenta de que hubiera podido pasar el tiempo de una manera mucho más agradable. En sus ojos se leía a menudo el ardiente deseo de tomar parte en alguna conversación interesante o de juntarse a otro grupo, pero se retenía al pensar que aquello podía parecer excesivo por su parte o demasiado familiar, y que con ello rebajaría su dignidad. Y por eso permanecía eternamente solo en la misma actitud silenciosa, emitiendo de cuando en cuando un sonido monótono, con lo cual llegó a pasar por un hombre de lo más aburrido.<br />
Tal era la «alta personalidad» a quien acudió Akakiy Akakievich, y el momento que eligió para ello no podía ser más inoportuno para él; sin embargo, resultó muy oportuno para la «alta personalidad». Ésta se hallaba en su gabinete conversando muy alegremente con su antiguo amigo de la infancia, a quien no veía desde hacía muchos años, cuando le anunciaron que deseaba hablarle un tal Bachmachkin.<br />
-¿Quién es?-preguntó bruscamente.<br />
-Un empleado.<br />
-¡Ah! ¡Que espere! Ahora no tengo tiempo -dijo la alta personalidad. Es preciso decir que la alta personalidad mentía con descaro; tenía tiempo; los dos amigos ya habían terminado de hablar sobre todos los temas posibles, y la conversación había quedado interrumpida ya más de una vez por largas pausas, durante las cuales se propinaban cariñosas palmaditas, diciendo:<br />
-Así es, Iván Abramovich.<br />
-En efecto, Esteban Varlamovich.<br />
Sin embargo, cuando recibió el aviso de que tenía visita, mandó que esperase el funcionario, para demostrar a su amigo, que hacía mucho que estaba retirado y vivía en una casa de campo, cuánto tiempo hacía esperar a los empleados en la antesala. Por fin. después de haber hablado cuanto quisieron o, mejor dicho, de haber callado lo suficiente, acabaron de fumar sus cigarros cómodamente recostados en unos mullidos butacones, y entonces su excelencia pareció acordarse de repente de que alguien le esperaba, y dijo al secretario, que se hallaba en pie, junto a la puerta, con unos papeles para su informe:<br />
-Creo que me está esperando un empleado. Dígale que puede pasar.<br />
Al ver el aspecto humilde y el viejo uniforme de Akakiy Akakievich, se volvió hacia él con brusquedad y le dijo:<br />
-¿ Qué desea ?<br />
Pero todo esto con voz áspera y dura, que sin duda alguna había ensayado delante del espejo, a solas en su habitación, una semana antes que le nombraran para el nuevo cargo.<br />
Akakiy Akakievich, que ya de antemano se sentía todo tímido, se azoró por completo. Sin embargo, trató de explicar como pudo o mejor dicho, con toda la fluidez de que era capaz su lengua, que tenía un capote nuevo y que se lo habían robado de un modo inhumano, añadiendo, claro está, más particularidades y más palabras innecesarias. Rogaba a su excelencia que intercediera por escrito&#8230; o así&#8230;. como quisiera&#8230;. con el jefe de la Policía u otra persona para que buscasen el capote y se lo restituyesen. Al general le pareció, sin embargo, que aquel era un procedimiento demasiado familiar, y por eso dijo bruscamente:<br />
-Pero, ¡señor!, ¿no conoce usted el reglamento? ¿Cómo es que se presenta así? ¿Acaso ignora cómo se procede en estos asuntos? Primero debería usted haber hecho una instancia en la cancillería, que habría sido remitida al jefe del departamento, el cual la transmitiría al secretario y éste me la hubiera presentado a mí.<br />
-Pero, excelencia&#8230;-dijo Akakiy Akakievich recurriendo a la poca serenidad que aún quedaba en él y sintiendo que sudaba de una manera horrible-. Yo, excelencia, me he atrevido a molestarle con este asunto porque los secretarios&#8230;, los secretarios&#8230; son gente de poca confianza..<br />
-¡Cómo! ¿Qué? ¿Qué dice usted?.-exclamó la «alta personalidad»-. ¿Cómo se atreve a decir semejante cosa? ¿De dónde ha sacado usted esas ideas? ¡Qué audacia tienen los jóvenes con sus superiores y con las autoridades!<br />
Era evidente que la «alta personalidad» no había reparado en que Akakiy Akakievich había pasado de los cincuenta años. de suerte que la palabra « joven» sólo podía aplicársele relativamente, es decir, en comparación con un septuagenario.<br />
-¿Sabe usted con quién habla? ¿Se da cuenta de quién tiene delante? ¿Se da usted cuenta, se da usted cuenta? ¡Le pregunto yo a usted!<br />
Y dio una fuerte patada en el suelo y su voz se tornó tan cortante, que aun otro que no fuera Akakiy Akakievich se habría asustado también.<br />
Akakiy Akakievich se quedó helado, se tambaleó, un estremecimiento le recorrió todo el cuerpo, y apenas si se pudo tener en pie. De no ser porque un guardia acudió a sostenerle, se hubiera desplomado. Le sacaron fuera casi desmayado.<br />
Pero aquella «alta personalidad», satisfecha del efecto que causaron sus palabras, y que habían superado en mucho sus esperanzas, no cabía en sí de contento, al pensar que una palabra suya causaba tal impresión, que podía hacer perder el sentido a uno. Miró de reojo a su amigo, para ver lo que opinaba de todo aquello, y pudo comprobar, no sin gran placer, que su amigo se hallaba en una situación indefinible, muy próxima al terror.<br />
Cómo bajó las escaleras Akakiy Akakievich y cómo salió a la calle, esto son cosas que ni el mismo podía recordar, pues apenas si sentía las manos y los pies. En su vida le habían tratado con tanta grosería, y precisamente un general y además un extraño. Caminaba en medio de la nevasca que bramaba en las calles, con la boca abierta, haciendo caso omiso de las aceras. El viento, como de costumbre en San Petersburgo, soplaba sobre él de todos los lados, es decir, de los cuatro puntos cardinales y desde todas las callejuelas. En un instante se resfrío la garganta y contrajo una angina. Llegó a casa sin poder proferir ni una sola palabra: tenía el cuerpo todo hinchado y se metió en la cama. ¡Tal es el efecto que puede producir a veces una reprimenda!<br />
Al día siguiente amaneció con una fiebre muy alta. Gracias a la generosa ayuda del clima petersburgués, el curso de la enfermedad fue más rápido de lo que hubiera podido esperarse, y cuando llegó el médico y le cogió el pulso, únicamente pudo prescribirle fomentos, solo con el fin de que el enfermo no muriera sin el benéfico auxilio de la medicina. Y sin más ni más, le declaró en el acto que le quedaban sólo un día y medio de vida. Luego se volvió hacia la patrona, diciendo:<br />
-Y usted, madrecita, no pierda el tiempo: encargue en seguida un ataúd de madera de pino, pues uno de roble sería demasiado caro para él.<br />
Ignoramos si Akakiy Akakievich oyó estas palabras pronunciadas acerca de su muerte, y en el caso de que las oyera, si llegaron a conmoverle profundamente y le hicieron quejarse de su Destino, ya que todo el tiempo permanecía en el delirio de la fiebre.<br />
Visiones extrañas a cuál más curiosas se le aparecían sin cesar. Veía a Petrovich y le encargaba que le hiciese un capote con alguna trampa para los ladrones, que siempre creía tener debajo de la cama, y a cada instante llamaba a la patrona y le suplicaba que sacara un ladrón que se había escondido debajo de la manta; luego preguntaba por qué el capote viejo estaba colgado delante de él, cuando tenía uno nuevo. Otras veces creía estar delante del general, escuchando sus insultos y diciendo: «Perdón, excelencia.» Por último se puso a maldecir y profería palabras tan terribles, que la vieja patrona se persignó, ya que jamás en la vida le había oído decir nada semejante; además, estas palabras siguieron inmediatamente al título de excelencia. Después só1o murmuraba frases sin sentido, de manera que era imposible comprender nada. Sólo se podía deducir realmente que aquellas palabras e ideas incoherentes se referían siempre a la misma cosa: el capote. Finalmente, el pobre Akakiy Akakievich exhaló el último suspiro.<br />
Ni la habitación ni sus cosas fueron selladas por la sencilla razón de que no tenía herederos y que sólo dejaba un pequeño paquete con plumas de ganso, un cuaderno de papel blanco oficial, tres pares de calcetines, dos o tres botones desprendidos de un pantalón y el capote que ya conoce el lector. ¡Dios sabe para quién quedó todo esto!<br />
Reconozco que el autor de esta narración no se interesó por el particular. Se llevaron a Akakiy Akakievich y lo enterraron; San Petersburgo se quedó sin él como si jamás hubiera existido.<br />
Así desapareció un ser humano que nunca tuvo quién le amparara, a quien nadie había querido y que jamás interesó a nadie. Ni siquiera llamó la atención del naturalista, quien no desprecia de poner en el alfiler una mosca común y examinarla en el microscopio. Fue un ser que sufrió con paciencia las burlas de sus colegas de oficina y que bajó a la tumba sin haber realizado ningún acto extraordinario; sin embargo, divisó, aunque sólo fuera al fin de su vida, el espíritu de la luz en forma de capote, el cual reanimó por un momento su miserable existencia, y sobre quien cayó la desgracia, como también cae a veces sobre los privilegiados de la tierra&#8230;<br />
Pocos días después de su muerte mandaron a un ordenanza de la oficina con orden de que Akakiy Akakievich se presentase inmediatamente, porque el jefe lo exigía. Pero el ordenanza tuvo que volver sin haber conseguido su propósito y declaró que Akakiy Akakievich ya no podía presentarse. Le preguntaron:<br />
-¿Y por qué?<br />
-¡Pues porque no! Ha muerto; hace cuatro días que lo enterraron.<br />
Y de este modo se enteraron en la oficina de la muerte de Akakiy Akakievich. Al día siguiente su sitio se hallaba ya ocupado por un nuevo empleado. Era mucho más alto y no trazaba las letras tan derechas al copiar los documentos, sino mucho más torcidas y contrahechas. Pero ¿quién iba a imaginarse que con ello termina la historia de Akakiy Akakievich, ya que estaba destinado a vivir ruidosamente aún muchos días después de muerto como recompensa a su vida que pasó inadvertido? Y, sin embargo, así sucedió, y nuestro sencillo relato va a tener de repente un final fantástico e inesperado.<br />
En San Petersburgo se esparció el rumor de que en el puente de Kalenik, y a poca distancia de él, se aparecía de noche un fantasma con figura de empleado que buscaba un capote robado y que con tal pretexto arrancaba a todos los hombres, sin distinción de rango ni profesión, sus capotes, forrados con pieles de gato, de castor, de zorro, de oso, o simplemente guateados: en una palabra : todas las pieles auténticas o de imitación que el hombre ha inventado para protegerse.<br />
Uno de los empleados del Ministerio vio con sus propios ojos al fantasma y reconoció en él a Akakiy Akakievich. Se llevó un susto tal, que huyó a todo correr, y por eso no pudo observar bien al espectro. Sólo vio que aquel le amenazaba desde lejos con el dedo. En todas partes había quejas de que las espaldas y los hombros de los consejeros, y no sólo de consejeros titulares, sino también de los áulicos, quedaban expuestos a fuertes resfriados al ser despojados de sus capotes.<br />
Se comprende que la Policía tomara sus medidas para capturar de la forma que fuese al fantasma, vivo o muerto, y castigarlo duramente, para escarmiento de otros, y por poco lo logró. Precisamente una noche un guarda en una sección de la calleja Kiriuchkin casi tuvo la suerte de coger al fantasma en el lugar del hecho, al ir aquél a quitar el capote de paño corriente a un músico retirado que en otros tiempos había tocado la flauta. El guarda, que lo tenía cogido por el cuello, gritó para que vinieran a ayudarle dos compañeros, y les entrego al detenido, mientras él introducía sólo por un momento la mano en la bota en busca de su tabaquera para reanimar un poco su nariz, que se le había quedado helada ya seis veces. Pero el rapé debía de ser de tal calidad que ni siquiera un muerto podía aguantarlo. Apenas el guarda hubo aspirado un puñado de tabaco por la fosa nasal izquierda, tapándose la derecha, cuando el fantasma estornudó con tal violencia, que empezó a salpicar por todos lados. Mientras se frotaba los ojos con los puños, desapareció el difunto sin dejar rastros, de modo que ellos no supieron si lo habían tenido realmente en sus manos.<br />
Desde entonces los guardas cogieron un miedo tal a los fantasmas, que ni siquiera se atrevían a detener a una persona viva, y se limitaban solo a gritarle desde lejos: «¡Oye, tú! ¡Vete por tu camino!» El espectro del empleado empezó a esparcirse también más allá del puente de Kalenik, sembrando un miedo horrible entre la gente tímida.<br />
Pero hemos abandonado por completo a la «alta personalidad», quien, a decir verdad, fue el culpable del giro fantástico que tomó nuestra historia, por lo demás muy verídica. Pero hagamos justicia a la verdad y confesemos que la «alta personalidad» sintió algo así como lástima, poco después de haber salido el pobre Akakiy Akakievich completamente deshecho. La compasión no era para él realmente ajena: su corazón era capaz de nobles sentimientos, aunque a menudo su alta posición le impidiera expresarlos. Apenas marchó de su gabinete el amigo que había venido de fuera, se quedó pensando en el pobre Akakiy Akakievich. Desde entonces se le presentaba todos los días, pálido e incapaz de resistir la reprimenda de que él le había hecho objeto. El pensar en él le inquietó tanto, que pasada una semana se decidió incluso a enviar un empleado a su casa para preguntar por su salud y averiguar si se podía hacer algo por él. Al enterarse de que Akakiy Akakievich había muerto de fiebre repentina, se quedó aterrado, escuchó los reproches de su conciencia y todo el día estuvo de mal humor. Para distraerse un poco y olvidar la impresión desagradable, fue por la noche a casa de un amigo, donde encontró bastante gente y, lo que es mejor, personas de su mismo rango, de modo que en nada podía sentirse atado. Esto ejerció una influencia admirable en su estado de ánimo. Se tornó vivaz, amable, tomó parte en las conversaciones de un modo agradable; en un palabra: pasó muy bien la velada. Durante la cena tomó unas dos copas de champaña, que, como se sabe, es un medio excelente para comunicar alegría. El champaña despertó en él deseos de hacer algo fuera de lo corriente, así es que resolvió no volver directamente a casa, sino ir a ver a Carolina Ivanovna, dama de origen alemán al parecer, con quien mantenía relaciones de íntima amistad. Es preciso que digamos que la «alta personalidad» ya no era un hombre joven. Era marido sin tacha buen padre de familia, y sus dos hijos, uno de los cuales trabajaba ya en una cancillería, y una linda hija de dieciséis años, con la nariz un poco encorvada sin dejar de ser bonita, venían todas las mañanas a besarle la mano, diciendo: «Bonjour, papa.» Su esposa, que era joven aún y no sin encantos, le alargaba la mano para que él se la besara, y luego, volviéndola hacia fuera tomaba la de él y se la besaba a su vez. Pero la «alta personalidad», aunque estaba plenamente satisfecho con las ternuras y el cariño de su familia, juzgaba conveniente tener una amiga en otra parte de la ciudad y mantener relaciones amistosas con ella. Esta amiga no era más joven ni más hermosa que su esposa; pero tales problemas existen en el mundo y no es asunto nuestro juzgarlos.<br />
Así, pues, la «alta personalidad» bajó las escaleras, subió al trineo y ordenó al cochero:<br />
-¡A casa de Carolina Ivanovna!<br />
Envolviéndose en su magnífico y abrigado capote permaneció en este estado, el más agradable para un ruso, en que no se piensa en nada y entre tanto se agitan por sí solas las ideas en la cabeza, a cual más gratas, sin molestarse en perseguirlas en buscarlas. Lleno de contento, rememoró los momentos felices de aquella velada y todas sus palabras que habían hecho reír a carcajadas a aquel grupo, alguna de las cuales repitió a media voz. Le parecieron tan chistosas como antes, y por eso no es de extrañar que se riera con todas sus ganas.<br />
De cuando en cuando le molestaba en sus pensamientos un viento fortísimo que se levantó de pronto Dios sabe dónde, y le daba en pleno rostro, arrojándole además montones de nieve. Y como si ello fuera poco, desplegaba el cuello del capote como una vela, o de repente se lo lanzaba con fuerza sobrehumana en la cabeza, ocasionándole toda clase de molestias, lo que le obligaba a realizar continuos esfuerzos para librarse de él.<br />
De repente sintió como si alguien le agarrara fuertemente por el cuello; volvió la cabeza y vio a un hombre de pequeña estatura, con un uniforme viejo muy gastado, y no sin espanto reconoció en él a Akakiy Akakievich. E1 rostro del funcionario estaba pálido como la nieve, y su mirada era totalmente la de un difunto. Pero el terror de la «alta personalidad» llegó a su paroxismo cuando vio que la boca del muerto se contraía convulsivamente exhalando un olor de tumba y le dirigía las siguientes palabras:<br />
-¡Ah! ¡Por fin te tengo!&#8230; ¡Por fin te he cogido por el cuello! ¡Quiero tu capote! No quisiste preocuparte por el mío y hasta me insultaste. ¡Pues bien: dame ahora el tuyo!<br />
La pobre «alta personalidad» por poco se muere. Aunque era firme de carácter en la cancillería y en general para con los subalternos, y a pesar de que al ver su aspecto viril y su gallarda figura, no se podía por menos de exclamar: «¡Vaya un carácter!», nuestro hombre, lo mismo que mucha gente de figura gigantesca, se asustó tanto, que no sin razón temió que le diese un ataque. Él mismo se quitó rápidamente el capote y gritó al cochero, con una voz que parecía la de un extraño:<br />
-¡A casa, a toda prisa!<br />
El cochero, al oír esta voz que se dirigía a él generalmente en momentos decisivos, y que solía ser acompañado de algo más efectivo, encogió la cabeza entre los hombros para mayor seguridad, agitó el látigo y lanzó los caballos a toda velocidad. A los seis minutos escasos la «alta personalidad» ya estaba delante del portal de su casa.<br />
Pálido, asustado y sin capote había vuelto a su casa, en vez de haber ido a la de Carolina Ivanovna. A duras penas consiguió llegar hasta su habitación y pasó una noche tan intranquila, que a la mañana siguiente, a la hora del té, le dijo su hija:<br />
-¡Qué pálido estás, papá!<br />
Pero papá guardaba silencio y a nadie dijo una palabra de lo que le había sucedido, ni en dónde había estado, ni adónde se había dirigido en coche. Sin embargo, este episodio le impresionó fuertemente, y ya rara vez decía a los subalternos: «¿Se da usted cuenta de quién tiene delante?» Y si así sucedía, nunca era sin haber oído antes de lo que se trataba. Pero lo más curioso es que a partir de aquel día ya no se apareció el fantasma del difunto empleado. Por lo visto, el capote del general le había venido justo a la medida. De todas formas, no se oyó hablar más de capotes arrancados de los hombros de los transeúntes.</p>
<p>Sin embargo, hubo unas personas exaltadas e inquietas que no quisieron tranquilizarse y contaban que el espectro del difunto empleado seguía apareciéndose en los barrios apartados de la ciudad. Y, en efecto, un guardia del barrio de Kolomna vio con sus propios ojos asomarse el fantasma por detrás de su casa. Pero como era algo débil desde su nacimiento-en cierta ocasión un cerdo ordinario, ya completamente desarrollado, que se había escapado de una casa particular, le derribó, provocando así las risas de los cocheros que le rodeaban y a quienes pidió después, como compensación por la burla de que fue objeto, unos centavos para tabaco-, como decimos, pues, era muy débil y no se atrevió a detenerlo. Se contentó con seguirlo en la oscuridad hasta que aquel volvió de repente la cabeza y le preguntó:<br />
-¿Qué deseas?-y le enseñó un puño de esos que no se dan entre las personas vivas.<br />
-Nada-replicó el guardia, y no tardó en dar media vuelta.</p>
<p>El fantasma era, no obstante, mucho más alto tenía bigotes inmensos. A grandes pasos se dirigió al puente Obuko, desapareciendo en las tinieblas de la noche.</p>
<p> </p>
<p>Nicolai Gogol</p>
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		<title>Los filisteos</title>
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		<pubDate>Wed, 25 Nov 2009 06:47:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aristides el Justo</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Crueldades]]></category>
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		<description><![CDATA[&#8220;Hubo una vez un animal que quiso discutir con Sansón a las patadas. No se imaginan cómo le fue. Pero ya ven cómo le fue después a Sansón con Dalila aliada a los filisteos.
Si quieres triunfar contra Sansón, únete a los filisteos.
Si quieres triunfar sobre Dalila, únete a los filisteos.
Únete siempre a los filisteos&#8221;.
AUGUSTO MONTERROSSO
]]></description>
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Si quieres triunfar contra Sansón, únete a los filisteos.<br />
Si quieres triunfar sobre Dalila, únete a los filisteos.<br />
Únete siempre a los filisteos&#8221;.<br />
AUGUSTO MONTERROSSO</span></p>
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