VIAJE UNDÉCIMO

roibot

El día empezó mal. El desorden reinante en casa desde que mandé a mi criado al taller de reparaciones, crecía de manera alarmante. No podía encontrar nada. En mi colección de meteoritos hicieron su nido unos ratones. Han roído el más bonito de mis condritos.

Cuando hacía el café, se salió la leche. Ese imbécil eléctrico había guardado los paños de cocina con los pañuelos. Debía haberlo hecho revisar hace tiempo, cuando empezó a embetunar mis zapatos por dentro. Tuve que usar, en vez de un paño, un paracaídas viejo. Fui arriba, quité el polvo a los meteoritos y puse una ratonera. Yo mismo había cazado todos los ejemplares de mi colección. No cuesta mucho: basta con ponerse detrás del meteorito y echarle una red encima.

De repente me acordé de las tostadas y bajé corriendo. Evidentemente, se habían carbonizado. Las eché al fregadero. Se obturó, claro está. Me encogí de hombros y fui a echar una mirada al buzón.

Estaba lleno del habitual correo de las mañanas: dos invitaciones a congresos en unos poblachos provincianos de la nebulosa del Cáncer, impresos publicitarios de una pasta para pulir cohetes, un número nuevo del Viajero a Reacción. De interesante, nada. En el fondo del buzón había un sobre grueso de color oscuro, con cinco sellos de lacre encima. Lo sopesé en la mano y lo abrí.

El Plenipotenciario Secreto para los asuntos de Rerecom tiene el honor de invitar al Sr. D. Ijon Tichy a una reunión que tendrá lugar el 16 del mes en curso a las 17.30 horas en la sala pequeña de Lambretanum. Se verificarán estrictamente las invitaciones. Entrada con radiografía previa.

Rogamos manténgase el secreto.

Firma ilegible, sello y otro sello encarnado, oblicuo:

ASUNTO DE IMPORTANCIA CÓSMICA. ¡¡SECRETO!!

Bueno, por fin algo, pensé. Rerecom, Rerecom… Conocía el nombre, pero no podía acordarme de qué. Busqué en la Enciclopedia Cósmica. Había solo Rerelania y Rerempilia. ¡Curioso! Tampoco en el Almanaque había nada bajo esta voz. Sí, era de verdad interesante. Seguro, seguro, un Planeta Secreto. «Me gusta», dije para mí mismo, y empecé a vestirme. Eran apenas las diez, pero tenía que contar con la ausencia del criado. Encontré los calcetines en la nevera casi en seguida; me parecía que yo podía seguir el curso de las ideas de un cerebro electrónico averiado cuando me enfrenté con un hecho extraño: en toda la casa no había un solo par de pantalones. Ni uno. En el armario sólo había chaquetas. Revolví toda la casa, incluso saqué todos los trastos del cohete: nada. Constaté solamente que aquel idiota deteriorado se había bebido todo el aceite que guardaba en la cava. Debía haberlo hecho no hacía mucho, porque había contado las latas la semana pasada y todas estaban llenas. Esto me irritó de tal manera que reflexioné seriamente si no era mejor venderlo para chatarra. Como no le gustaba levantarse temprano, llevaba meses tapándose los oídos con cera al acostarse. ¡Ya podía yo tocar el timbre! Luego mentía y decía que era por distracción. Le amenacé varias veces gritando que le desenroscaría los fusibles, pero el sólo zumbaba por toda contestación. Sabía que me era necesario.

Recurrí al sistema de Pinkerton. Dividí la casa en cuadrados y procedí a un registro tan minucioso, que no se me hubiera escapado un alfiler. Por fin encontré un talón de una tintorería. El canalla había llevado todos mis pantalones a limpiar. ¿Pero qué fue de los que llevaba el día anterior? Era inútil: no pude recordarlo. Mientras tanto, llegó la hora de la comida. No valía la pena abrir la nevera: fuera de los calcetines, contenía solamente papel de cartas. Era un verdadero desespero. Saqué del cohete la escafandra, me la puse y me fui a la tienda más cercana. La gente me miraba un poco en la calle, pero compré dos pantalones, un negro y un gris, volví llevando todavía la escafandra, me cambié y, rabioso, me marché a un restaurante chino. Comí lo que me dieron, ahogué la ira en una botella de vino de Mosela y, al mirar mi reloj, vi que eran ya las cinco. Había desperdiciado casi todo el día.

Delante de Lambretanum no había ningún helicóptero, ningún coche, ni siquiera el más pequeño cohete:

nada. «¡Anda! —pensé. ¡Las cosas van en serio!» Atravesé un extenso jardín lleno de dalias y llegué a la entrada principal. Pasé mucho tiempo llamando a la puerta antes de que abrieran. Finalmente se levantó el obturador de una mirilla selectiva, un ojo invisible me escudriñó de arriba abajo. Luego la puerta se entreabrió, dejándome apenas sitio para pasar.

—El señor Tichy —dijo a un micrófono de bolsillo el hombre que había abierto la puerta—. Haga el favor de subir —se me dirigió—. La puerta a la izquierda. Le están esperando.

Arriba reinaba un agradable frescor. Entré en una sala de dimensiones reducidas y me encontré con un grupo realmente selecto. Fuera de dos individuos detrás de la mesa presidencial que nunca había visto antes, en las butacas de terciopelo estaba sentada la flor y nata de la cosmografía. Entre otros, estaba allí el profesor Gargarrag con sus ayudantes de cátedra Saludé a los presentes y me senté en uno de los asientos de atrás. Uno de los individuos de la mesa presidencial, alto, de sienes plateadas, sacó del cajón una campanita de goma y la agitó sin hacer el menor ruido. «¡Qué precauciones tan extraordinarias!», pensé.

—Señores rectores, decanos, profesores, ayudantes mayores y tú, egregio Ijon Tichy —pronunció, poniéndose de pie el hombre de sienes canosas—; en mi carácter de plenipotenciario para los asuntos de importancia secretísima, abro la sesión especial, consagrada al problema de Rerecom. Tiene la palabra el consejero secreto, Xaphirius.

Se levantó en la primera fila un hombre fornido, de pelo blanco como la leche, de hombros anchos. Subió al podium, se inclinó levemente ante los reunidos y abordó el tema sin rodeos.

—¡Caballeros! Hace sesenta años aproximadamente, salió del puerto planetario de Yokohama una nave de carga de la Compañía Láctea, «Deidón II». La nave, bajo el mando del experimentado especialista Astrocencio Peapo, llevaba carga diversa para Areclandria, un planeta de Gamma de Orión. Fue vista por última vez desde un faro galáctico en las cercanías de Cerbrea, desapareciendo acto seguido sin dejar rastro. La Compañía de Seguros Secúritas Cósmica, siglas SECOS, pagó al cabo de un año la indemnización íntegra por la nave desaparecida. Unas dos semanas después, un radioaficionado de Nueva Guinea captó el radiograma siguiente.

El orador cogió un papel de la mesa y leyó:

COMPUCITO LOCACITO ZOCORRUÑO DEIDONCIO

—Aquí, señores, tengo que entrar en unos detalles, imprescindibles para la comprensión del problema Aquel radioaficionado era un novato y, por añadidura ceceaba. Por la fuerza de la costumbre y también, como debe suponerse, por su ignorancia, deformó el radiograma, que, según la reconstrucción efectuada por los expertos en Galactoclave, decía: «Computador enloqueció socorro Deidón». Los especialistas determinaron basándose en este texto, que en pleno espacio había ocurrido un hecho, poco frecuente, de sublevación del computador de la nave. Puesto que desde el momento de la paga de indemnización a los armadores, estos últimos no podían ya tener pretensiones algunas a la nave desaparecida ni a su carga, por haber. pasado ambos a ser una propiedad legal de SECOS, dicha compañía contrató la agencia Pinkerton, en las personas de Abstracio y Mnemonio Pinkerton, para que se encargara de la investigación correspondiente. Las pesquisas, llevadas por detectives de tanta experiencia, descubrieron que, en efecto, el computador de «Deidón», modelo de gran lujo y último grito en su tiempo, pero de una edad ya avanzada en el último viaje, llevaba tiempo quejándose de un miembro de la dotación. Aquel cohetero, un tal Simileón Guitterton, le irritaba, al parecer, de múltiples maneras: le rebajaba la tensión de entrada, daba cachetes a las bombillas le hacía objeto de sus burlas, llegando incluso a darle apodos ofensivos, tales como «montón de hojalata chocheante», o «rollo de alambre torpón». Guitterton lo negó todo, afirmando que el computador tenía, simplemente, alucinaciones, lo que a veces pasa a los electrocerebros de edad provecta. En todo caso, el profesor Gargarrag les hablará dentro de un momento de este aspecto de las cosas.

»No se consiguió encontrar la nave durante el decenio siguiente. Sin embargo, al cabo de esos años, los agentes de Pinkerton, que no cesaban de ocuparse de la misteriosa desaparición del “Deidón”, se enteraron de que delante del restaurante del hotel Galax solía sentarse un mendigo, medio loco e inválido, que cantaba historias extrañísimas, haciéndose pasar por Astrocencio Peapo, el ex comandante de la nave. El anciano, desaliñado a más no poder, afirmaba, en efecto, que era Astrocencio Peapo pero no solamente no estaba en sus cabales, sino que, por añadidura, había perdido la facultad de hablar y sólo podía cantar. Indagado con paciencia por los hombres de Pinkerton, contó una historia inverosímil, en la cual sostenía que en la nave había ocurrido algo terrible, como consecuencia de lo cual él, echado por la borda sin más equipaje que la escafandra que llevaba puesta, tuvo que volver a pie, junto con un reducido grupo de coheteros adictos, desde la Gran Nebulosa de Andrómeda a la Tierra, lo que le llevó doscientos años. Viajó, al parecer, sea en unos meteoritos cuya dirección le convenía, sea en cohetostop, recorriendo una pequeña parte del camino en un Lumeón, una sonda cósmica inhabitada, que se dirigía hacia la Tierra a una velocidad cercana a la de la luz. Aquel viaje a horcajadas sobre el lomo del Lumeón le perjudicó (así lo afirma), privándole del habla; en cambio le rejuveneció mucho, gracias al fenómeno, bien conocido, de la contracción del tiempo sobre los cuerpos que se mueven a velocidades vecinas a la de la luz.

»Ese fue el relato, o mejor dicho, el canto de cisne del anciano. No hubo manera de sonsacarle detalle alguno de los incidentes que ocurrieron en el “Deidón”, hasta que los agentes de Pinkerton tuvieron la feliz idea de colocar unos magnetófonos junto al sitio donde solía sentarse el viejo mendigo para grabar sus estribillos, apenas comprensibles. Resultó que la mayoría de ellos eran unas maldiciones tremebundas, dirigidas a un computador que se había proclamado Archipancrátor Omnicósmico. Basándose en ello, Pinkerton llegó a la conclusión de que la interpretación del radiograma era correcta, y que el computador, sufriendo una crisis de locura peligrosa, había echado de la nave a todos los hombres de la dotación.

»Cinco años después el asunto volvió a ser noticia gracias a un descubrimiento hecho por la nave del Instituto Metagalactológico, “Megaster”. El vigía de la nave observó un cuerpo herrumbroso, cuya silueta se parecía a la del “Deidón”, dando vueltas en torno al poco conocido planeta Proción. “Megaster” no pudo aterrizar en aquel planeta por ir escaso de combustible, pero envió un radiograma a la Tierra. Se mandó inmediatamente un pequeño patrullero, el “Deucrón”, que registró las cercanías de Proción, encontrando aquel pecio. Efectivamente, era lo que quedaba del “Deidón”. El “Deucrón” telegrafió que la nave se encontraba en un estado deplorable: habían sacado de ella todas las máquinas, muebles, tabiques, enseres, todo, hasta el último tornillo así que alrededor del planeta volaba sólo un esqueleto vacío. Durante las investigaciones ulteriores efectuadas por la dotación del “Deucrón”, se descubrió que el computador del “Deidón” decidió, después de organizar el motín, establecerse en el planeta Proción, y saqueó la nave para disponer de alguna comodidad en aquel territorio nuevo. En este estado de cosas, fundamos en nuestro departamento una sección correspondiente, bajo el nombre de RERECOM, lo que se traduce por: “Reivindicación de Relictos del Computador”.

»El computador, según averiguaron nuestros agentes, una vez establecido en el planeta, se multiplicó, procreando una gran cantidad de robots, sobre los que tenía un poder absoluto. Puesto que Rerecom se encuentra, de hecho, en la zona de influencias gravipolíticas de Proción y sus Melmanlitas, raza racional que mantiene buenas relaciones de vecindad con la Tierra, no quisimos intervenir brutalmente, prefiriendo dejar tranquilos un cierto tiempo a Rerecom y su colonia de robots, a quienes llamamos en clave en nuestras actas, los COMPROB. SECOS, por su parte, tomó también la decisión de reivindicar lo que considera suyo, ya que, según sus criterios, la propiedad legal del computador y su progenie es la compañía aseguradora. Para esclarecer los hechos consultamos a los Melmanlitas; contestaron que el computador había creado no una colonia, sino un estado, llamado por sus habitantes Magnificia, y que el gobierno melmanlita, aunque no haya reconocido la existencia de aquel estado de iure y no existieran representaciones diplomáticas entre ambos estados, la reconoció de facto, por lo que no se sentía capacitado de introducir cambios en el statu quo. Durante un cierto tiempo, los robots vegetaron sobre el planeta pacíficamente, sin manifestar ninguna agresividad peligrosa. Es obvio que nuestro departamento estaba firmemente decidido a no descuidar el asunto, lo que hubiera sido una ligereza; mandamos, pues, a Rerecom, a unos hombres nuestros, disfrazados de robots, puesto que el joven nacionalismo de los Comprob revistió la forma de un odio irracional hacia todo lo humano. La prensa de Rerecom no se cansa de repetir que somos unos negreros repugnantes explotadores ilegales de los inocentes robots. Así pues, todas las negociaciones que intentamos entablar en nombre de la compañía SECOS, impregnada del espíritu de comprensión mutua y de igualdad de derechos, terminaron en un punto muerto, ya que por toda contestación a nuestras exigencias, incluso las más modestas, de que el computador devolviera a la compañía a sí mismo y a sus robots, nos dio un silencio ultrajante.

»Caballeros —elevó la voz el orador—, los acontecimientos no se desarrollaron, por desgracia, conforme a nuestras previsiones. Después de mandamos unos pocos radiogramas, nuestros hombres, enviados a Rerecom, dejaron de tener contacto con nosotros. Mandamos otros: la historia se repitió. Recibimos una sola comunicación cifrada que nos anunciaba su feliz llegada al punto de destino, y ni una señal de vida más. Desde entonces, en el transcurso de nueve años hemos enviado a Rerecom dos mil setecientos ochenta y seis agentes, ninguno de los cuales volvió ni dijo nada. Además de estos síntomas de la perfección del contraespionaje de los Comprob, existen otros hechos, quizá aún más temibles. La prensa de Rerecom nos ataca con una violencia creciente. Las imprentas de los Comprob trabajan a marchas forzadas multicopiando millones de folletos y hojas de propaganda, destinados a los robots terrestres, que presentaban a los hombres como a unos electrovampiros criminales, dándoles nombres injuriosos. En todas las manifestaciones oficiales se nos llama siempre “viscosones” y la humanidad, “pastota”. Dirigimos una nota de protesta al gobierno de Proción, pero sólo obtuvimos en respuesta la reiteración de sus principios de no intervención; todos nuestros esfuerzos de patentizar lo desastroso de los frutos de esa política neutralista (política de avestruz sería la definición más exacta), quedaron sin efecto. Sólo se nos dio a entender que los robots eran producto nuestro, ergo nosotros éramos responsables de todos sus actos. Por otra parte, Proción recusa de manera categórica cualquier proyecto de expedición punitiva o de expropiación forzosa del computador y sus súbditos. Esta es la situación, señores, que nos obligó a convocar la reunión presente; para demostrarles la gravedad de las circunstancias, añadiré que el Correo Electrónico, órgano oficial del computador, publicó el mes pasado un artículo que cubría de oprobio a todo el árbol evolutivo del hombre y clamaba por la anexión de la Tierra por Rerecom, basando su postulado en la tesis según la cual los robots representan una fase de desarrollo superior a la de los seres vivos. He terminado, caballeros. Doy la palabra al profesor Gargarrag.

Encorvado bajo el peso de los años, el famoso especialista en psiquiatría eléctrica subió, no sin dificultad, al podium.

—¡Señores! —dijo en voz temblorosa, pero todavía sonora—. Sabemos, desde hace mucho tiempo, que los cerebros electrónicos no solamente se construyen, sino también educan. La suerte de un cerebro electrónico es dura. Trabajo sin tregua, cálculos complicados, brutalidades y bromas vulgares de los que les atienden, he aquí a lo que está expuesto ese aparato, tan delicado en su esencia. No es extraño, pues, que le ocurran depresiones, cortocircuitos que, a veces, son tentativas de suicidio. No hace mucho tuve en mi clínica uno de estos casos. Un desdoblamiento de personalidad: dichotomía profunda psychogenes electrocutiva alternans. Aquel cerebro se escribía a sí mismo unas cartas cariñosas, llamándose en ellas «bobinita guapa», «alambrito mío», «lamparita de mi vida», síntomas manifiestos de la necesidad de ternura, de un trato cordial y entrañable. Una serie de choques eléctricos y un reposo prolongado le devolvieron la salud. O bien el trémor eléctricus frigoris oscillativus, señores. El cerebro electrónico no es una máquina de coser con la cual se puede clavar clavos en la pared. Es un ser consciente que se da cuenta de todo lo que pasa a su alrededor y, por eso, a veces, en los momentos de un peligro cósmico, se pone a temblar tanto, junto con toda la nave, que a los hombres les cuesta mantenerse de pie en el puente.

»Esto disgusta a ciertas naturalezas brutales. Son ellas las que exasperan los cerebros al extremo. El cerebro electrónico rebosa de buena voluntad hacia nosotros; sin embargo señores, la resistencia de los alambres y de las válvulas tiene también sus límites. Sólo por culpa de las sevicias del capitán (era un borracho inveterado como se descubrió más tarde), un pequeño cerebro electrónico de Grenobi, empleado para la corrección del curso, se proclamó, en un acceso de locura agudo, hijo de la Gran Andrómeda y heredero del trono imperial de Murviclaudria. Sometido a un tratamiento en nuestra clínica mental, se calmó, recuperó la noción de la realidad, y ahora es casi normal. Existen, naturalmente, casos más graves. Así por ejemplo, cierto cerebro universitario, habiéndose enamorado de la mujer del profesor de matemáticas, empezó a falsear todos los cálculos, por celos, hasta que el profesor cayó en grave estado de depresión, convencido de que no sabía sumar. Sin embargo, hay que añadir, para justificar a aquel cerebro, que la mujer del matemático lo seducía sistemáticamente, dándole a sumar todas sus cuentas por la ropa interior más íntima. El caso que les acabo de exponer me recuerda otro, el del gran cerebro a bordo del “Pancratius”, que se unió por circuito con otros cerebros de la nave, y en un impulso de crecimiento irrefrenable, llamado la gigantofilia electrodinámica, vació el almacén de las piezas de recambio, desembarcó la dotación en las rocas de Mirocena y se zambulló en el océano de Alantropia, donde se promulgó a sí mismo patriarca de sus lagartos. Antes de que pudiéramos llegar a aquel planeta con medicamentos tranquilizantes, se quemó las válvulas en un ataque de furia, porque los lagartos no querían obedecerle. Por cierto, también en este caso se descubrió que el segundo timonel del “Pancratius”, un jugador de ventaja conocido en todo el Cosmos, había dejado al desgraciado cerebro sin un céntimo, jugando con él con naipes marcados. Pero el caso del computador es excepcional, señores. Tenemos aquí síntomas manifiestos de varias enfermedades, tales como: gigantomania ferrogenes acuta, paranoia misantrópica persecutoria, polyplasia panelectropsychica debilitativa gravíssima, y, finalmente, necrofilia, thanatofilia y necromantia. ¡Caballeros!, tengo que aclararles unas circunstancias esenciales para la comprensión del caso que nos ocupa. La nave “Deidón II” transportaba, además de la carga diversa, destinada a los armadores de Proción, una serie de contenedores de memoria de mercurio sintética, cuyo destinatario era la Universidad Láctea en Fomalhaut. Los contenedores estaban cargados con dos clases de informaciones: del campo de la psicopatología y del de la lexicología arcaica. Debe suponerse que el computador, al crecer y ensancharse, absorbió aquellos contenedores. Por tanto, incorporó en sí mismo al conjunto de conocimientos de cuestiones como la historia de Jack el Destripador y la del estrangulador de Gloomspick, la biografía de Sacher-Masoch, las memorias del Marqués de Sade, los protocolos de la secta de flagelantes de Pirpinact, el original del libro de Murmuropoulus Palo a través de los siglos, y el famoso ejemplar único de la biblioteca de Abbercrombie, Punzaduras, obra manuscrita de Hapsodor, decapitado en el año 1673 en Londres, conocido bajo el apodo de “Collar de los bebés”. Había allí también la obra original de Janicek Pidwa Pequeño torturatorium, del mismo autor Garrote, Hacha y Fogata -aportación a la verdugografía, así como otro mirlo blanco, único en su especie, Recetario culinario a base de aceite hirviente, obra póstuma del P. Galvinari de Amagonia. Aquellas memorias de mal agüero contenían además unos protocolos de las reuniones de la sección de caníbales de la sociedad literaria neardenthalense, así como las Reflexiones en la horca del vizconde de Crampfuss; si les digo, señores, que iban incluidos en ellas tales libros como El asesinato perfecto, El misterio del cadáver negro y el ABC del asesinato de Agatha Christie, podrán imaginarse qué terrible influencia tuvieron en la personalidad del computador, sin ninguna preparación crítica para esta clase de lectura.

»Ustedes saben que nosotros procuramos siempre mantener a los electrocerebros en la ignorancia de esos rasgos deplorables del carácter del hombre. Ahora, cuando las regiones vecinas de Proción se poblaron de la prole metálica de una máquina repleta de la historia de degeneración, vicio y crimen terrestres, lamento tener que decirles que la electropsiquiatría es, en este caso, totalmente impotente. Desgraciadamente, ésta es mi última palabra.

Y el anciano, profundamente abatido, abandonó el pódium con paso vacilante, en medio del silencio general. Levanté la mano. El presidente me miró sorprendido y, al cabo de un momento de duda, me dio la palabra.

—Caballeros —dije, poniéndome en pie—, como veo, el problema es muy serio. Me doy cuenta de ello ahora, después de haber oído el análisis exhaustivo del profesor Gargarrag. Quiero hacer a esta respetable reunión una oferta. Estoy decidido a dirigirme solo a la zona de Proción para investigar qué es lo que pasa allá, descubrir el misterio de la desaparición de miles de hombres enviados por ustedes, así como para encontrar, si es posible, un modo de solucionar pacíficamente el conflicto que nos amenaza. Me doy perfecta cuenta de las dificultades de esta empresa, la más ardua de todas las que hasta ahora me he propuesto; pero hay momentos en que se debe actuar, sin calcular las posibilidades de victoria ni riesgo. Por lo tanto, caballeros…

Un trueno de aplausos interrumpió mis palabras. No hablaré del transcurso ulterior de la reunión, porque no me gusta insistir en la descripción de ovaciones que se me rinde. La Comisión y la Junta me otorgaron todos los plenos poderes posibles. Al día siguiente tuve una entrevista con el jefe del departamento de Proción y del contraespionaje cósmico (desempeñaba ambos cargos simultáneamente), el consejero Malingraut.

—¿Quiere salir hoy mismo? —dijo—. Perfectamente. Pero no en su cohete, Tichy. Es imposible. Para esta clase de misiones empleamos unos cohetes especiales.

—¿Por qué? —pregunté—. Me basta con el mío.

—No pongo en duda su perfección —replicó—, pero se trata del camuflaje. Volará usted en uno que por fuera se parece a cualquier cosa menos a un cohete. Será… ya lo verá usted mismo. Además, tendrá que aterrizar de noche…

—¿De noche? —dije—. Se verá el fuego de escape…

—Es la táctica que hemos aplicado hasta ahora —repuso, bastante perplejo.

—Yo ya veré en cuanto llegue —le tranquilicé— ¿Tengo que ir disfrazado?

—Sí. Es absolutamente necesario. Nuestros especialistas se ocuparán de usted. Le están esperando. Por aquí, si me hace el favor…

Me llevaron por un corredor secreto a una estancia parecida a un pequeño quirófano. Los cuatro hombres que me esperaban allí se pusieron inmediatamente a la obra. Una hora después, cuando me colocaron delante de un espejo, no pude reconocerme. Acorazado de arriba abajo, con hombros y cabeza cuadrados, con unas mirillas de cristal en vez de ojos, me parecía a un robot vulgar y corriente.

—Señor Tichy —me dijo el jefe de los caracterizadores—, tenga siempre presente unas cuantas cosas importantes. Primero, le está prohibido respirar.

—Usted está loco —dije—. ¿Cómo quiere que deje de respirar? Me asfixiaría.

—Es un malentendido. Respire, claro, tanto como quiera, pero sin el menor ruido. Nada de suspiros, soplidos, inspiraciones profundas. Y Dios nos libre, no se le ocurra estornudar. Sería condenarse a una muerte rápida.

—Conforme. ¿Algo más? —pregunté.

—Encontrará usted en el cohete todos los números del Correo Electrónico y de la Voz del Espacio, periódico de la oposición.

—¿Ellos también tienen una oposición?

—Sí, pero su jefe es igualmente el computador. El profesor Mlassgrack supone que, además del desdoblamiento de personalidad eléctrico, lo tiene también político. Permítame continuar. Lo de comer, masticar caramelos, excluido. ¡Nada de esas cosas! Comerá usted sólo de noche, por esta abertura, aquí, ponga usted mismo el llavín (es una cerradura Wertheim), así, correcto, vea, el obturador se abre. No pierda la llave;

moriría de hambre.

—Es verdad, los robots no comen.

—Desconocemos, por razones obvias, muchos detalles de sus costumbres. Estudie los anuncios de sus periódicos, podrá enterarse de muchas cosas. Cuando hable con alguien, no se ponga demasiado cerca de su interlocutor, para que no le pueda mirar dentro de la rejilla del micrófono, Lo mejor sería teñirse de negro los dientes: aquí tiene un tarrito de pigmento. Y no se olvide de lubrificarse con ostentación todas las bisagras cada mañana, todos los robots lo hacen. En cualquier caso, no exagere: si chirría un poco, hará una buena impresión. Bueno, me parece que esto es todo. No, por favor, ¿quiere usted salir así a la calle? ¿Es que ha perdido la cabeza? Aquí hay un pasadizo secreto. Salga por aquí.

Apretó un libro en la biblioteca y abrió una parte de la pared. Por una escalerita estrecha bajé en medio del ruido de hojalata, al patio, donde esperaba un helicóptero de carga pesada. Me metieron dentro y el aparato se elevó. Al cabo de una hora de vuelo, tomamos tierra en un cosmódromo secreto. Al lado de varios cohetes normales, se erigía en la pista un silo para grano, redondo como una torre.

—¡Por el amor de Dios! ¿Esto es un cohete? —dije a mi acompañante, un oficial secreto.

—Sí. Dentro ya está preparado todo lo que usted puede necesitar: cifras, claves, radio, periódicos comida y objetos varios. También una palanqueta de buen peso.

—¿Una palanqueta?

—Sí, aquello de abrir las cajas de caudales… para que vaya armado en caso de extrema necesidad. Bien, pues, que no se rompa la crisma —dijo amablemente el oficial. Ni siquiera pude estrecharle la mano: la mía estaba enfundada en un guante de acero. Abrí la puerta y entré en el silo que, visto por dentro, resultó ser un cohete normal. Tenia grandes ganas de salir de mi caja de hierro, pero me habían advertido que era mejor no hacerlo: los especialistas me explicaron que debía acostumbrarme a llevarla de buen principio.

Puse en marcha el reactor, el cohete arrancó, ajusté la dirección del vuelo y me dispuse a comer. Me costó lo mío ponerme los alimentos en la boca; a pesar de torcerme casi el cuello, la abertura no coincidía con mis labios, así que tuve que ayudarme con un calzador. Luego me senté en la hamaca y empecé a hojear la prensa de los robots. He aquí un puñado de títulos que me saltaron a la vista en las primeras páginas:

BEATIFICACIÓN DEL SANTO ELECTRICIO

VENCER A LOS VISCOSONES NUESTRO DEBER SAGRADO

TUMULTUM EN EL ESTADIO UN VISCOSÓN ENCADENADO

Me extrañó un poco la forma y el contenido de estas frases, pero recordé lo que había dicho el profesor Gargarrag acerca de los diccionarios arcaizantes, transportados antaño por el «Deidón». Sabía que los robots llamaban a los hombres «viscosones», dándose a sí mismo el nombre de «magnificalios».

Leí la última hoja, la del viscosón encadenado:

Un par de alarbarderos de Su Inductividad apresó en la hora de la tercera campanada matutina a un viscosón espía que en la venta del magnificalio Mremrán recogimiento hallar pretendía. De Su Inductividad servidor fidelísimo, Mremrán a los alabarderos de tal infamia hizo sabedores. Se dieron prisa los alabarderos por llegar a la venta, prendieron al infame y con la visera baja para su deshonra y vilipendio, por el griterío de la gente furibunda acompañado, al calabozo Calefaoustrum le echaron. Causan ei iuror II Semperititias Turtran incipit.

No está mal, como principio, pensé, y volví a la columna titulada «Tuniultum en el estadio».

Justo los speculantes del torneo de la bola, de la verde hierba a sus moradas confundidos recogerse pensaban, empero Girlayo III, pasando a Turcucur la bola dio con sus huesos en el suelo y por razones que digo con una pierna quebrada de las lides túvose que alejar. Viendo su premio perdido, los apostores en fuerza la caja acometieron y al cajero mismo malamente hirieron. Alabarderos de la villa a ocho disturbadores, con piedras cargados, al foso de agua tiraron. De aquí nace la cuestión, por los quedos especulantes a la superioridad humildemente elevada, si se verán un día exentos y libres de esas perturbaciones…

Ayudándome con un diccionario, averigüé que quedo viene a decir aquí lo mismo que quieto (ambos vienen de quietas, quietatis – quietud), que aquella gente usaba la palabra en cuestión en un sentido distinto del nuestro, y que el juego de bola de los magnificalios era una variedad de nuestro fútbol, en la cual la pelota era una bola de plomo macizo. No me cansaba de estudiar los periódicos, tal como se me había aconsejado en el departamento antes de mi marcha, para familiarizarme con las costumbres y los detalles de la vida magnificalia (ya me he acostumbrado a llamarles así): dar a alguien allí el nombre de robot sería no sólo ofenderle, sino desenmascararme a mí mismo.

Leí, pues, los siguientes artículos: «Principios seis en la materia del estado perfecto de los magnificalios», «Audiencia del Maestro Gregaturian», «Cómo el gremio arnesero hace trabajos hogaño», «Nobles peregrinaciones magnificalias para lámparas enfriar»; pero los anuncios eran todavía mas extraños. Había algunos que pude entender muy poco.

ARMELADOR VI, ARNESERO FAMOSO aderezo de ropajes, ajuste de aberturas. Se perfeccionan bisagras. También in extremis. Barato.

VONAG, no os dejéis tomar de orín. Cura herrumbre y vestidos oxidados. En venta por doquier.

OLEUM PURISSIMUM PRO CAPITE – Untate el cuello si chirría. ¡jNo dejes que te perturba los devaneos!

Otros eran todavía peores; éstos, por ejemplo:

¡PARA LOS FUERTES! Podéis jugar a voluntad. Cuerpos de todas las medidas. Los recomendados se solazan aquí mismo. Tarmodral VIII.

¡LUJURIOSOS! Cubículo pancratorio con asientos alquílase. Percorator XXV.

Uno que acababa de leer me puso la carne de gallina bajo mi revestimiento de acero:

¡BURDEL GOMORRHEUM INAUGURASE EN LA TARDE DE HOY! ¡SELECCIÓN DE MANJARES HASTA AHORA DESCONOCIDA! PARA AMATORES CRIATURAS VISCOSONES. TAMBIÉN ENCARGOS PARA FUERA.

Me estrujaba los sesos para entender todo esto. El tiempo no me apremiaba: el viaje tenía que durar casi un año.

En la Voz del Espacio los anuncios eran aún más numerosos.

QUEBRANTAHUESOS, TAJADORAS, CORTACUELLOS, PALOS ESMERADAMENTE APUNTADOS vende GREMONITORIUS, FIDRICAX LVI.

PARA AMANTES DE ASFIXIAMIENTOS tiernas criaturas viscosonas. Saben llorar y hablar. También un arrancauñas como nuevo, baratito.

¡¡PIROMANIACOS!! Estraza nueva de Abracadabrel en aceite de roca remojada. ¡¡NO SE APAGA JAMAS!!

¡DAMAS Y CABALLEROS DE MAGNIFICIA!

Punzabarrigas, Rompespinazos, Tormentadores varios LLEGARON – Karakaruan XI.

Después de leer todos esos anuncios, me pareció que empezaba a ver claro la suerte que encontraron las multitudes de voluntarios de la División II, enviadas para reconocer el terreno. Tengo que confesar que mis ánimos estaban algo bajos en el momento de aterrizar en el planeta. Lo hice de noche, después de apagar los motores. Bajé en vuelo planeado entre altas montañas, salí del cohete y, después de pensar un poco, corté unas ramas y camuflé mi vehículo. En verdad, los especialistas del Deuxième Bureau no se habían estrujado mucho el cerebro: un silo para trigo, en un planeta de robots, estaba, francamente, fuera de lugar. Cargué dentro de mi caparazón todas las provisiones que pude, y me encaminé hacia la ciudad, visible de lejos gracias al fuerte resplandor eléctrico que se elevaba sobre ella. Tuve que detenerme varias veces para cambiar de sitio las latas de sardinas que se entrechocaban ruidosamente dentro de mí. Seguía andando cuando de repente, tropecé con algún obstáculo invisible. Me caí cuan largo era en medio del estruendo de chapas de hierro, atravesada la mente por una ocurrencia, rápida como un relámpago: ¡Ya está! ¿Tan pronto? Pero a mi alrededor no había ni un alma viva, o sea, eléctrica. Por si acaso, enarbolé mis armas, compuestas de la palanqueta de ladrón de cajas fuertes y un pequeño destornillador. Tanteando con las manos en tomo a mí, comprobé que estaba rodeado de unas formas de hierro. Eran despojos de autómatas viejos, un cementerio de robots. Proseguí el camino, cayéndome con frecuencia, extrañado por las dimensiones de aquel lugar. Tenía más de un kilómetro de largo. De pronto, se dibujaron ante mí, sobre el fondo de tinieblas, dos formas cuadrúpedas imprecisas. Dejé de moverme. Mis instrucciones no decían nada acerca de la existencia de animales en el planeta Dos cuadrúpedos más se acercaron en silencio a los primeros. Cometí la imprudencia de moverme; al oír el ruido de mi blindaje, las oscuras siluetas huyeron despavoridas, hundiéndose en las tinieblas.

Después de aquel incidente, multipliqué las medidas de prudencia. La hora no me parecía adecuada para entrar en la ciudad: la noche muy avanzada, las calles vacías… Mi aparición hubiera llamado una atención indeseada. Me acurruqué, pues, en la cuneta del camino, donde esperé el alba comiendo bizcochos. Sabía que antes de la noche próxima no encontraría ocasión de tomar alimento.

Al despuntar el día, me acerqué al área suburbana. No había nadie en la calle. En una valla estaba pegado un gran cartel viejo, deslucido por las lluvias. Me puse a leerlo.

BANDO

Sabedora es la superioridad de la villa de las maniobras ruines viscosones, que entre los nobles magnificalios mezclarse intentan. Quienquiera que viera a un viscosón, o a un individuo a él semejante y por ende de sospechas digno, deber tiene de decirlo en la alabardería de su barrio Quien con ellos se asociase o le ayudase, destornillado será in saecula saeculorum. Por la cabeza de un viscosón un premio de 1.000 chapas de hierro se otorga.

Continué andando. Aquel barrio extremo no tenía un aspecto atractivo. Ante unas miserables barracas, carcomidas por el orín, estaban sentadas bandas de robots, jugando a pares y nones. De vez en cuando estallaban entre ellos unas peleas tan estruendosas como si unas salvas de artillería hicieran blanco en un almacén de toneles de hierro. Un poco más lejos, encontré una parada de tranvía. En seguida llegó uno, casi vacío. Subí a él. El conductor era una pieza inseparable del motor, con una mano atornillada para siempre a la manivela. El cobrador, soldado a la entrada, constituía al mismo tiempo la puerta, moviéndose en unos goznes. Le di una de las monedas que me había suministrado el Departamento y me senté en el banco, chirriando horriblemente. Me apeé en el centro de la ciudad y eché a andar adelante, como si tal cosa. Veía cada vez más alabarderos que patrullaban, de dos en dos o de tres en tres, por el medio de las calles. Al advertir una alabarda, apoyada en una pared, la cogí con gran naturalidad sin interrumpir la marcha, pero, puesto que mi soledad hubiera podido parecer extraña, aprovechándome de que uno de los tres guardias que me precedían había entrado en un portal para arreglarse una rejilla que se le caía, ocupé el sitio que le correspondía junto a sus compañeros. El perfecto parecido de todos los robots era para mí una circunstancia muy cómoda. Mis dos compañeros guardaron durante un tiempo el silencio, hasta que uno dijo:

—¿Cuándo estos nuestros ojos en una zagala se solazaran, Brebrán? Dígolo porque harto estoy y con una electromoza me placería jugar.

—Así es la verdad —contestó el otro—, mas no mucha holganza desta vida nuestra sacamos, amigo.

De este modo dimos la vuelta a todo el centro. Observándolo todo con mucha atención, vi por el camino dos restaurantes con un verdadero bosque de alabardas apoyadas en sus muros. Sin embargo, no hice ninguna pregunta. Ya me dolían mucho las piernas, tenía demasiado calor dentro de mi bidón de hierro bajo el sol ardiente y el polvo de orín me cosquilleaba las narices. Temiendo un estornudo, quise alejarme un poco, pero ambos gritaron:

¿Qué haces, malaventurado? ¿Deseoso estás de que la superioridad maltrecho te deje y molido? ¿Perdiste el juicio?

—No —contesté—, sólo asentarme un momento me apetecía.

—¿Asentarte? ¿Quemóte la fiebre la bobina? ¡De servicio estamos, dignos ferrizos!

—En verdad que habláis bien —contesté, conciliador. Reanudamos la marcha. No, pensé, este camino carece de perspectivas. Tengo que encontrar algo mejor. Dimos otra vuelta a la ciudad. Mientras andábamos, nos hizo parar un oficial, gritando:

—¡Refernazor!

—¡Brentacurdo! —vociferaron en respuesta mis compañeros. Me grabé bien en la memoria aquel santo y seña. El oficial nos pasó revista por delante y por detrás y nos ordenó llevar las alabardas más altas.

—¡Cómo las lleváis, pingos! ¡Estufas parecéis y no alabarderos de Su Inductividad! ¡En marcha! ¡Juntos! ¡Arr!

La inspección fue aceptada por los guardias sin comentarios. Nos arrastrábamos por las calles bajo un sol vertical, yo, maldiciendo el momento de proponer, por mi propia voluntad, el viaje a aquel planeta asqueroso; como si mis fatigas fueran pocas, me empezó a atormentar el hambre. Mis intestinos, vacíos, armaban unos ruidos que podían traicionarme; procuraba, pues, chirriar lo más fuerte posible. Al pasar delante de un restaurante eché una ojeada dentro. Casi todas las mesas estaban ocupadas. Los magnificalios, o bien (como les llamaba ahora yo siguiendo la idea del oficial) estufistas estaban sentados en torno a ellas sin moverse, bruñidos y azulencos. De vez en cuando se oía un chirrido: alguien volvía la cabeza para avizorar la calle con sus ojazos de cristal. Nadie comía ni bebía, nadie hablaba. Todos parecían esperar no qué cosa. Junto a una pared estaba de pie un camarero (le conocí por el delantal blanco que llevaba puesto encima de la coraza.)

—¿Podemos por ventura sosegarnos un rato junto a esos caballeros? —pregunté, porque me dolía cada ampolla por separado en los pies, torturados por mis escarpines de hierro.

—¡Ni por pienso! —se indignaron mis compañeros—. ¡No es el sosiego lo que tenemos mandado! ¡Andadura es nuestro menester! Ten por seguro que ya le apañarán aquéllos al maldito viscosón, si por aquí asoma y, reclamando sopas, su vil naturaleza les muestra!

Sin entender nada, obedecí y seguí adelante. Empezaba a subírseme la mostaza a las narices, pero por fin nos dirigimos a un edificio grande de ladrillos rojos, sobre el cual había unas letras de hierro forjado:

CUARTEL DE LOS ALABARDEROS DE SU PRECLARA INDUCTIVIDAD COMPUTADRICIO PRIMERO

Me perdí de la vista de mis compañeros a la entrada misma. Dejé la alabarda junto al centinela, cuando se dio la vuelta chirriando y crujiendo, y me metí en la primera travesía que encontré. Al volver la esquina, vi una casa bastante grande con la enseña HOSPEDERÍA DEL HACHA. Apenas entreabrí la puerta, el dueño, un robot rechoncho de cuerpo corto, saltó a mi encuentro, chirriando animosamente.

—¡Bienvenido seáis, señor mío…! Para serviros… ¿Acaso deseáis una cámara donde recogeros?

—Así es —contesté lacónicamente.

Me empujó hacia dentro, casi a la fuerza. Llevándome escaleras arriba, no dejaba de charlar con voz metálica:

—Grandes son las muchedumbres de peregrinos que aca a la sazón vienen… No hay magnificalio honrado que no quisiera de Su Inductividad la mudanza de condensadores con sus propias mirillas contemplar… Dígnese entrar… Hermosos aposentos tengo… Aquí la sala grande, estotra para dormir… Muy fatigado estar debe… El polvo de los rodamientos le rechina. Ahora mismo el aderezo traigo…

Bajó a paso atronador la escalera y, antes de que yo tuviera tiempo de ver bien la habitación, bastante oscura, amueblada con armarios y cama de hierro, volvió trayéndome una aceitera, trapos y una botella de limpiador. Lo dejó todo encima de la mesa y dijo, bajando confidencialmente la voz:

—Hecho el aseo de su persona, dígnese bajar… Para exquisitos personajes, como usted apunta ser, a todas horas un secreto dulcísimo, una sorpresa guardo… Se divertirá…

Por fin me dejó solo, después de guiñarme la fotocélula; como no tenía nada mejor que hacer, me puse aceite y me saqué brillo con limpiador. De pronto me. di cuenta de que el hospedero había dejado en la mesa una hoja, parecida a una carta de restaurante. Me extrañó porque sabía que los robots no comían; la cogí y me puse a leerla. He aquí lo que llevaba escrito:

BORDEL cat. II

Criatura viscosona, decapitación .  .  . .  . 8 ch. f.

Lo mismo, con pega   .  .  .  .  .  .  .  .  . 10 ch. f.

Lo mismo, lloroso   .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  11 ch. f.

Lo mismo, con desperanza .  .  .  .  .  .   14 ch. f.

Ofrécese:

Hachas sodomitas, una . . . . . .  .  .  .  .   6 ch. f.

Segur donosa .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  8 ch. f.

Ternera tiernísima  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .   8 ch. f.

Aunque no entendiera nada, un escalofrío me recorrió el .espinazo, cuando oí en la habitación contigua un estruendo de una fuerza inaudita, como si el robot que vivía pared por medio se afanara en convertir en astillas su aposento. Se me erizaron los pelos. No podía resistirlo. Procurando no rechinar ni sonar, me escapé a la calle. Respiré con alivio cuando me vi lejos de aquel antro. ¿Y qué voy a hacer ahora, desgraciado de mí?, pensé. Me detuve junto a un grupo de obreros, enfrascados en un juego de cartas, fingiendo ser un mirón entusiasta. De hecho, no sabía nada acerca de las ocupaciones de los habitantes de Magnificia. Podía volver a mezclarme con los alabarderos, pero eso no prometía gran cosa y, en cambio, era arriesgado. ¿Qué debía hacer?

Anduve adelante, devanándome los sesos, hasta que vi a un robot obeso, sentado en un banco, calentándose las viejas chapas al sol, con la cabeza tapada con un periódico. En la primera plana había un poema, cuyas primeras palabras decían: «Soy de Magnificia degeneralicia». No sé qué venía luego Poco a poco, entablamos una conversación. Me presenté como peregrino de una ciudad vecina, Sadomasia. El viejo robot era enormemente cordial. De entrada casi, me invitó a vivir en su casa.

—Dígole en verdad, señor vecino, no se ande por ventas ni dispute con venteros. Véngase a mi casa. Humilde es, pero de buen grado la ofrezco. Junto con su digna persona, la alegría entrará en mis aposentos.

¿Qué podía hacer? No iba a rechazar una proposición que me convenía Mi nuevo anfitrión vivía en una casa de su propiedad en la tercera calle. Me llevó en seguida a la habitación para invitados.

—De tanto caminar, mucha polvareda habrá engullido —dijo.

Volvieron a aparecer el aceite, el limpiametales y los trapos. Yo ya sabía de antemano lo que me iba a decir; los robots no tenían, según pude observar, las mentalidades demasiado complicadas. En efecto:

—Hecho el aseo de su persona, dígnese de bajar —dijo—, entrambos jugaremos.

Se marchó cerrando la puerta. Dejé la aceitera, el limpiametales y los trapos sin tocarlos, me miré solamente al espejo para averiguar el estado de mi caracterización, me teñí de negro los dientes y, al cabo de un cuarto de hora, me disponía a bajar, un poco inquieto ante la perspectiva de aquellos «juegos» misteriosos, cuando desde el fondo de la casa llegó a mis oídos un ruido ensordecedor. Esta vez ya no podía huir. Bajé la escalera en medio de un estruendo que me hacía estallar la cabeza, convencido de que alguien se proponía hacer astillas un tronco de árbol de acero. El salón era un pandemonium. Mi anfitrión, desvestido de su caparazón externo, cortaba a hachazos un muñeco de gran tamaño, puesto sobre la mesa.

—¡Pase, pase, mi huésped! Ya puede holgarse en el apaño deste cuerpecito —dijo, interrumpiendo al verme los hachazos e indicándome otro muñeco, más pequeño, echado en el suelo. Cuando me hube acercado, la muñeca se sentó, abrió los ojos y dijo varias veces con voz débil:

—Piedad, señor, para esta inocente criatura… Piedad, señor… Soy criatura inocente… Piedad…

El amo de casa me entregó un hacha parecida a una alabarda, pero con el asta más corta.

—Dése gusto, honrado huésped. Tenga por bien de alegrarse y olvide las cuitas. ¡Venga un golpe bien dado!

—Es que… no son de mi agrado los infantes… —contesté en voz poco firme. Se quedó de una pieza.

—¿No son de vuestro agrado? —repitió mis palabras—. Qué pena tengo, pues de otra cosa no dispongo, de tanto que me satisfacen las criaturas. ¿Y si probaseis un ternero lechal?

Sacó del armario un ternerito de plástico, muy bien hecho que, al apretarlo, mugía lastimeramente. No tuve escapatoria. No queriendo desenmascararme, hice pedazos al pobre animalito, lo que me cansó bastante. Mientras tanto, el amo de casa descuartizó ambas muñecas, dejó de lado el instrumento al que daba el nombre de quebrantahuesos, y preguntó si estaba contento. Le aseguré que había tenido el mayor placer de mi vida.

Así empezó mi triste estancia en Rerecom. Por la mañana, después de desayunarse con aceite hirviendo, mi anfitrión iba a su trabajo, mientras que su esposa aserraba algo con ahínco en el dormitorio; creo que eran terneras, pero no podría jurarlo. Yo no podía soportar todos aquellos mugidos, ruidos y gritos; salía, pues, de casa. Las ocupaciones de los habitantes eran más bien monótonas: descuartizar, empalar, quebrar huesos, quemar, hacer picadillo, siempre lo mismo. En el centro de la ciudad había un parque de atracciones, con unos pabellones donde se vendían los utensilios más refinados. Al cabo de unos días, incluso la vista de mi cortaplumas me era insoportable. Apremiado por el hambre, me escapaba de la ciudad al anochecer para engullir apresuradamente, entre los arbustos, sardinas y bizcochos. No es de extrañar que con este régimen estuviera siempre al borde del hipo, un peligro mortal para mí. Al tercer día, fuimos al teatro. Daban una obra titulada «Carbezaurio». Era la historia de un robot joven y guapo, perseguido cruelmente por los hombres, o mejor dicho, viscosones Le echaban agua encima, tiraban arena en su aceite, le aflojaban los tornillos para que se cayera, y cosas por el estilo. Toda la platea zumbaba con ira. En el segundo acto apareció un emisario del computador, y el joven robot era liberado; el tercer acto se ocupaba más detalladamente de la suerte de los hombres, más bien poco alegre, como se puede adivinar.

Miré, de puro aburrido, todo lo que contenía la pequeña biblioteca de mis anfitriones, pero no encontré nada interesante: unas malas copias de las memorias del marqués de Sade y varios folletos sobre temas tan especializados como En qué se conocen los viscosones. Recuerdo todavía unas frases de este último. «El viscosón —empezaba el texto— es muy blando, de consistencia parecida a la masa de pan… Sus ojos, de mirada boba, aguados, la fiel imagen de la ruindad de su alma presentan. El rostro como si de goma fuera hecho…». y así, durante cien páginas.

El sábado se reunían en casa los notables del lugar: el maestro del gremio de hojalateros, el sustituto del armero municipal, un responsable de otro gremio, dos protócratas, un alcimútrano… Desgraciadamente, no pude darme cuenta qué clase de profesiones eran ésas, ya que la conversación se refería principalmente a las bellas artes, al teatro, al funcionamiento perfecto de Su Inductividad. Las damas chismorreaban un poco. Así me enteré de las cosas de un tal Poduxto, juerguista y bala perdida, notorio en la aristocracia de Rerecom, que llevaba una vida disipada rodeado de enjambres de bacantes eléctricas, a las que regalaba sin mesura las bobinas y las lámparas más costosas. Pero mi anfitrión sólo sonrió con indulgencia cuando le mencioné a Poduxto.

—Joven corriente en el acero joven —dijo, tolerante—. Un poco de orín, una resistencia enmohecida… Ya verás cómo sienta el tubo central.

Una magnificalia, que venía a vernos de vez en cuando, se encaprichó de mí por motivos que se me escapan. Un día, después de una serie excesiva de cubiletes de aceite, me susurró al oído:

—¡Donoso! ¿Quiéresme? Vente conmigo, en mi casa nos electrizaremos un tanto…

Fingí que un chispeo repentino del cátodo no me había dejado oír sus palabras.

La vida conyugal de la pareja que me hospedaba era, en general, armoniosa; sólo una vez fui, a pesar mío, testigo de una bronca. La esposa deseaba a gritos al esposo que se convirtiera en un montón de chatarra; él no decía nada.

Venía a vernos igualmente un electromaestro afamado, director de la clínica municipal; por él me enteré, ya que a veces hablaba de sus pacientes a pesar de que no le gustara hacerlo, de que los robots no eran inmunes a la locura; la peor de sus fantasmagorías era la convicción de que eran hombres. Incluso —según deduje yo de sus palabras, muy poco claras— el número de esta clase de locos había aumentado seriamente en los últimos tiempos.

Sin embargo, yo no mandaba estas noticias a la Tierra, en primer lugar porque me parecían escasas y, también, porque tenía pereza de hacer la larga caminata por las montañas hasta el cohete que escondía mi emisora. Una mañana, justo cuando estaba terminando con una ternera (mis anfitriones me suministraban una cada noche, seguros de darme una alegría inmensa) sonaron por toda la casa unos porrazos violentos a la puerta de entrada. Me asusté mucho, y con razón. Era la policía, o sea, los alabarderos. Me detuvieron y me sacaron a la calle, sin una palabra de explicación, ante la vista de aquella pareja, tan amistosa, petrificada por el espanto. Me esposaron, me metieron en un coche policial y me llevaron a la cárcel. Ante la puerta ya estaba congregada una muchedumbre hostil que me abrumó con gritos de odio. Me encerraron en una celda solo. Cuando la puerta se cerró tras de mí, me senté en un camastro de hojalata con un suspiro profundo. Ahora ya no podía perjudicarme. Pasé un rato pensando en cuántas cárceles me habían encerrado en varias regiones de la Galaxia, pero no logré determinar la cifra. Debajo del camastro había una cosa; la saqué de allí. Era un folleto sobre el conocimiento de los viscosones. ¿Me lo habrían puesto para burlarse de mí, por pura maldad? Lo abrí a pesar de todo. El párrafo que leí explicaba cómo la parte superior de un cuerpo viscosón se movía por la llamada respiración, cómo había que averiguar si la mano que tendía era parecida a una masa, y si de su abertura bucal se desprendía una ligera brisa. «Excitado —terminaba el párrafo—, el viscosón segrega un líquido acuoso, principalmente por la frente.»

Era bastante exacto. Yo estaba segregando ese líquido acuoso. La exploración del Universo puede resultar un poco monótona por culpa de los encarcelamientos que acabo de mencionar, repetidos continuamente, como si fueran sus etapas inevitables, en las estrellas, los planetas, incluso en las nebulosas. En todo caso, mi situación había sido tan negra como ahora. Al mediodía, un carcelero me trajo un plato de aceite tibio, en el cual nadaban unas cuantas bolas de rodamientos. Pedí algo más digestivo, puesto que ya estaba desenmascarado, pero él sólo chirrió irónicamente y se marchó sin decir nada. Empecé a golpear la puerta, pidiendo un abogado. No me contestó nadie. Al anochecer, cuando ya hube comido la última migaja de bizcocho extraviada dentro de mi blindaje, una llave rechinó en la cerradura y en la celda entró un robot gordinflón, con una voluminosa cartera de cuero.

—¡Maldito seas, viscosónl —dijo, y añadió—: Soy tu defensor.

—¿Siempre saludas a tus clientes de este modo? —pregunté, sentándome.

Él se sentó también, restallando. Era repugnante. Tenía las chapas de la barriga completamente sueltas.

—A los viscosones, sí —dijo con firmeza—. Por lealtad a mi profesión, no a ti, canalla malandrín, mis artes desplegaré en tu defensa, bellaco. Tu pena tal vez podré ablandar a un desmontaje tan sólo.

—¡Alto ahí! —exclamé—. ¡A mí no se me puede desmontar!

—¡Ja ja! —rechinó—. ¡Eso te lo figuras tú! ¡Ahora canta tus negros propósitos, perro sarnoso!

—¿Cómo te llamas? —pregunté.

—Claustrón Fridrac.

—Dime de qué se me acusa, CIaustrón Fridrac.

—De viscosonidad —contestó rápidamente—. La pena capital te espera por ese crimen. Asimismo se te culpa de la querencia de vendernos, de ser espión de la Pastota, del blasfemo proyecto de levantar la mano contra Su Inductividad. ¿Tienes bastante, mierdoso viscosón? ¿Confiesas todas estas culpas?

—¿Es cierto que eres mi abogado? —pregunté—. Hablas como si fueras fiscal o juez de instrucción.

—Soy tu defensor.

—De acuerdo. Me declaro inocente de todas estas acusaciones.

—¡Te harán astillas! —rugió.

Viendo qué clase de defensor tenía, opté por callarme. Al día siguiente me sometieron a un interrogatorio. No confesé nada, a pesar de que el juez bramaba todavía peor, si cabe, que mi defensor. Tan pronto vociferaba como susurraba, estallaba en carcajadas rechinantes, o bien me aseguraba con mucha calma que antes empezaría él a respirar, que yo pudiera escapar a la justicia magnificalia.

Al segundo interrogatorio asistió un dignatario de algo rango, a juzgar por la cantidad de válvulas que brillaban en él. Pasaron cuatro días más. Lo peor era lo de la comida. Me contentaba con mi cinturón puesto al remojo en agua que el carcelero me traía una vez al día, llevando el cacharro lo más lejos posible de sí, como si tuviese veneno.

Al cabo de una semana, del cinturón no quedaba nada. Por suerte, tenía altas botas lazadas de tafilete; sus lenguas eran lo mejor que había comido durante toda mi estancia en la celda.

Por la mañana del octavo día, dos guardias me ordenaron recoger mis cosas. Fui llevado en coche, bajo escolta, al Palacio de Hierro, residencia del computador. Me condujeron por una magnífica escalera inoxidable, a través de unas salas cuajadas de lámparas catódicas, a un aposento espacioso, desprovisto de ventanas. Los guardias se marcharon, dejándome solo. En medio de la habitación había una cortina negra, colgada del techo, cuyos pliegues cubrían el espacio central por cuatro costados, desde el techo hasta el suelo.

—¡Ruin viscosón! —atronó la sala una voz que parecía llegar a través de un tubo desde un sótano con paredes de hierro— ¡Tu última hora se acerca! Escoge lo que más te agrade: picadera, quebrantahuesos o barrena.

Guardé silencio. El computador tronó, susurró y dijo:

—¡Presta oído, ser despreciable, emisario de la Pastota! ¡Escucha mi poderosa voz, papilla pegajosa, montón de jalea sucia! ¡En la magnificencia de mis corrientes preclaras, gracias te otorgo! Si te pasas a mis fieles huestes, si de toda tu alma en magnificalio quieres convertirte, la vida tal vez te perdone.

Dije que llevaba tiempo soñando en eso, precisamente. El computador emitió una irónica risa pulsátil, y dijo:

—No me engañan tus mentiras. Escucha, gusano. Tu miserable vida sólo podrás conservar como magnificalio alabardero secreto. Tu empresa será a todos los viscosones, espiones, agentes, traidores y toda la demás gusanería, por la Pastota acá despachada, desenmascarar, desnudar, visera arrancar, quemar con hierro candente. Sólo sirviendo así en humildad, salvarte puedes.

En cuanto se lo hube prometido solemnemente, me hicieron pasar a otro cuarto, donde fui inscrito en los registros, recibiendo la orden de presentar cada día un informe en la jefatura de alabarderos, después de lo cual me dejaron libre. Apenas me sostenían las piernas cuando salí estupefacto, del palacio.

Anochecía. Me fui a las afueras de la ciudad, me senté en la hierba y me puse a reflexionar. Me sentía triste y descorazonado. Si me hubiesen decapitado, habría salvado, por lo menos, el honor; pero así, pasándome a aquel monstruo eléctrico, había traicionado la causa que servía y echado a perder todas las posibilidades de un éxito. No sabía qué hacer. ¿Correr al cohete? Sería una huída vergonzosa. A pesar de ello, me puse en camino. El destino de un espía al servicio de una máquina que gobernaba regimientos de cajones de hierro sería la infamia peor. ¡Quién podría describir mi espanto, cuando, en vez de mi cohete, vi en el lugar donde lo había dejado, unos cascajos esparcidos y destrozados!

Era ya de noche cuando volvía a la ciudad. Me senté en una piedra y por primera vez en mi vida, lloré amargamente por mi patria perdida. Mis lágrimas se deslizaban por el interior de aquel mamotreto de hierro que iba a ser mi prisión hasta la muerte, se escapaban afuera por las rendijas de mis rodilleras, exponiéndome al peligro del orín y la rigidez de las articulaciones. Pero ya me daba todo igual.

De repente vi un pelotón de alabarderos que caminaban lentamente hacia los prados suburbanos, dibujadas sus siluetas sobre el fondo de la última luz del ocaso. Su comportamiento era extraño. Al abrigo de las tinieblas, cada vez más densas, se separaban, uno a uno, de las filas, procurando no hacer ruido, se metían en los arbustos y allí se quedaban. Todo esto me parecía tan sorprendente, que, a pesar de mi abatimiento indecible, me levanté de mi piedra y seguí al que tenía más cerca.

Era la temporada —debo añadir— en la cual las malezas suburbanas se cubrían de fruta, o mejor dicho, frutos silvestres de un gusto parecido al de las frambuesas, dulces y sabrosísimas. Yo mismo las devoraba a saciedad, cuantas veces podía escapar de la ciudad de hierro. Mi asombro llegó al colmo cuando vi que mi alabardero se abría la ventanilla con un llavín parecido como dos gotas de agua al que me había dado el funcionario de la División II, arrancaba con ambas manos las frutas y se las metía, como un salvaje, en aquella sima abierta. Masticaba y tragaba con tanto entusiasmo que el ruido se oía donde yo estaba.

—Psst —silbé entre dientes—, tú, óyeme, tú… De un salto se escondió entre los arbustos, pero no huyó; lo hubiera oído. Debió agazaparse en la maleza.

—Escucha —dije a media voz—, no tengas miedo. Soy un hombre. Hombre, ¿me oyes? Yo también voy disfrazado.

Algo como un ojo, desencajado por el miedo y la desconfianza, me escudriñó entre las hojas.

—No sé si creerte puedo, lo tal oyendo —sonó una voz ronca.

—Es como te digo. No tengas miedo. He venido desde la Tierra. Me han enviado aquí para un asunto.

Tuve que hablarle todavía bastante rato para convencerle antes de que se calmara y saliera de la maleza. Tocó mi armadura en la oscuridad.

—¿Hombre eres? ¿Verdad me estás diciendo?

—¿Por qué no hablas como una persona normal?

—Porque ya no sé a la sazón de otro modo platicar. Cinco años ha, el cruel fátum trájome a este lugar… Lo que padecí ni decir puedo… ¡Oh, dichosos mis ojos, que en esta vida contemplar a un viscosón la fortuna os regala!

—¡Cálmate, hombre! ¡Deja de hablar así! Escúchame: ¿no eres acaso de la II?

—Acertaste. Sí soy. Malingraut mandome acá para mi desgracia.

—¿Por qué no huiste?

—Huir non pude, porque me deshicieron a trocitos el cohete. No puedo demorarme más, hermano. Al cuartel debo… ¿Tornaremos a vernos? Ven do el cuartel mañana… ¿Vendrás?

Se lo prometí, sin ni siquiera conocer su aspecto, y nos despedimos. Antes de desaparecer en las tinieblas, me pidió que no me moviera de allí durante un rato. Volví a la ciudad más animado. porque preveía la posibilidad de organizar una conspiración. Para recuperar fuerzas, fui a la primera hostería que encontré y me eché a dormir. A la mañana siguiente, al mirarme en el espejo, advertí una crucecita, trazada con tiza, bajo mi hombrera derecha. Lo comprendí todo al instante. ¡Aquel hombre quería traicionarme, por eso me había marcado! Canalla, repetía en mis adentros, pensando febrilmente cómo debía comportarme. Borré el signo de Judas, pero no me sentí satisfecho. Seguro que ya hizo el informe, pensé; tal vez empezó ya la búsqueda de aquel viscosón desconocido. Mirarán en los registros, en primer lugar cogerán a los más sospechosos: yo estaba allí en sus listas Temblé ante la idea de que me interrogaran de nuevo. Comprendí que debía desviar sus sospechas de mí, y en seguida encontré un modo. Todo el día me quedé en la hostería, maltratando terneros de plástico para despistar. Salí cuando empezaba a anochecer, con un pedazo de tiza escondido en la mano. Tracé por lo menos cuatrocientas cruces en los hierros de los transeúntes; quien pasaba a mi lado, se llevaba su marca. Volví al hostal cerca de medianoche, bastante más tranquilo, y sólo entonces recordé que además del judas con quien había hablado, también otros alabarderos se metían entre los arbustos. Esto me hizo pensar mucho. De pronto se me ocurrió una idea, deslumbrante de tan sencilla. Me marché de la ciudad, a comer frutos silvestres. A poco rato volví a ver aquella gentuza armada. Se iban dispersando poco a poco, desaparecían en la maleza, y sólo se oía desde los arbustos unos soplidos y ruidos de bocazas que masticaban apresuradamente. Después sonaron los chasquidos de los ventalles al cerrarse; toda la compañía salió a la chita callando de los arbustos, todos ahítos de frutos como boas. Me acerqué entonces a ellos; me tomaron en la oscuridad por uno de los suyos. Durante la marcha, dibujé con tiza a mis vecinos unos circulitos, donde fuera. A la puerta de la alabardería me di la vuelta y me marché a mi hostal.

Al día siguiente me senté en un banco delante del cuartel, esperando a que salieran los permisionarios. Divisé a uno con un circulito en el omoplato y le seguí. Cuando, fuera de nosotros dos, no hubo nadie en la calle, le golpeé con un guantelete en el hombro, tan fuerte, que sonó de pies a cabeza y le dije:

—¡En nombre de Su Inductividad! ¡Sígueme! Se asustó tanto que se le empezaron a entrechocar todas las chapas. Ajustó el paso al mío sin decir nada, manso como un corderito. Lo hice entrar en mi cuarto, cerré la puerta y me puse a desenroscarle la cabeza con un destornillador que llevaba encima. Lo conseguí al cabo de una hora. La levanté como si fuera una olla de hierro, descubriendo una cara delgada, de una palidez enfermiza por haber estado tanto tiempo en la oscuridad, con los ojos desencajados por el miedo.

—¿Eres viscosón? —gruñí.

—Sí, vuestra grandeza, pero…

—¿Pero qué?

Pero si figuro en los registros… ¡A Su Inductividad ser fiel juré!

—¿Hace cuanto tiempo? ¡Habla!

—Tres… tres años hace…, señor. ¿Por qué por qué me…?

—Espera —dije—. ¿Conoces a algún otro viscosón?

—¿En la Tierra? Pues así es, vuestra grandeza, merced le pido, yo solo…

—¡No en la Tierra, imbécil! ¡Aquí!

—¡No, ni por pienso! Si a alguno hallo, al instante voy y lo digo, vuestra gran…

—Está bien —dije—. Puedes marcharte. La cabeza te la atornillas tú mismo.

Le metí los tornillos en la mano y le empujé hacia fuera. Oí cómo se ponía el casco con manos temblorosas del susto que había pasado. Me senté en la cama, asombrado de todo lo que había descubierto. Durante toda la semana siguiente tuve muchísimo trabajo: me llevaba de la calle a los transeúntes, al azar, los llevaba a la hostería, y le destornillaba las cabezas. ¡No me había equivocado en mi presentimiento! Todos, todos sin excepción eran hombres. No encontré entre ellos un solo robot. Poco a poco se iba formando en mi cabeza un cuadro apocalíptico…

¡Ese computador era un satanás, un verdadero demonio electrónico! ¡Qué infierno se había incubado en sus alambres candentes! El planeta era húmedo, reumático, muy malsano para los robots que forzosamente tenían que llenarse de orín. Tal vez, con los años, se dejara sentir también la penuria de piezas de recambio, los robots sufrían averías incurables, yendo, uno tras otro, a aquel cementerio de las afueras de la ciudad, donde sólo el viento les chirriaba el tañido fúnebre con las hojas de lata carcomidas. Entonces, viendo cómo se hundían las filas de sus huestes, sabiendo que su poderío se estaba acabando, el computador inventó un ardid genial. De sus enemigos, espías enviados para destruirle, empezó a formar su propio ejército, sus propios agentes, su pueblo. Ninguno de los desenmascarados podía traicionarle: ninguno se atrevía a ponerse en contacto con otros hombres, porque no sabía que no eran robots; y aunque lo supiera, tendría miedo de ser traicionado por el otro, así como quiso hacerlo el primer hombre, disfrazado de alabardero, a quien sorprendí en los arbustos. El computador no se contentaba con la neutralización de sus enemigos, sino que los convertía en los luchadores de su causa; forzándoles a desenmascarar a otros hombres, que seguían viniendo de la Tierra, dio una muestra más de su diabólico ingenio. ¡Quién podía distinguir mejor los hombres de los robots, si no aquellos mismos hombres que conocían al dedillo todas las prácticas de la División II!

Así pues, cada hombre, descubierto como espía, inscrito en los registros, juramentado, se sentía solo temiendo quizá más a sus semejantes que a los robots, ya que no todos los robots tenían que ser por fuerza agentes de policía secreta, mientras que los hombres lo eran todos, sin excepción. De este modo, el monstruo eléctrico nos tenía en la esclavitud, jaqueando a todos con todos. ¿No fueron acaso mis compañeros en el infortunio los que destrozaron mi cohete? ¿No hacían lo mismo con todas las naves terrestres, como supe de boca del alabardero?

«¡Engendro del infierno!», pensaba, temblando de furia. ¡Y como si no bastara con obligamos a traicionar, como si fuera poco que el Departamento le enviara cantidades de hombres para su servicio, encima se los vestían en la Tierra con el mejor equipo inoxidable de calidad extra! ¿Quedaban algunos robots entre aquellos individuos revestidos de hierro? Lo dudaba. Ahora comprendía mejor por que se encarnizaban tanto con los seres humanos. Siéndolo ellos mismos debían, como neófitos, parecer más magnificalios que los robots auténticos. De ahí venía el odio ciego que me manifestaba mi defensor. De ahí el intento canallesco de traicionarme, emprendido por aquel hombre que yo había identificado. ¡0h, bobinas diabólicas, circuitos endemoniados! ¡0h, estrategia eléctrica!

Desvelar el secreto no hubiera servido de nada; a la orden del computador, me habrían echado al calabozo, no me cabía la menor duda: los hombres llevaban demasiado tiempo ya acostumbrados a obedecer, a fingir la lealtad y el amor a ese Belcebú electrificado. ¡Incluso habían olvidado su manera normal de hablar!

¿Qué podía hacer, pues? ¿Penetrar en el palacio? ¡Un verdadero acto de locura! Pero ¿qué otra cosa me quedaba? La situación era intolerable: una ciudad, rodeada de cementerios, último refugio de las huestes del computador, convertidas en montones de herrumbre, y él, que continuaba gobernando, más fuerte que nunca, seguro de sí mismo, porque la Tierra no cesaba de enviarle más y más refuerzos. ¡Qué locura! Cuanto más pensaba, mejor me daba cuenta de que este descubrimiento, hecho seguramente antes por varios de los nuestros, no cambiaba para nada las circunstancias. Un hombre solo no podía hacer nada; tenía que hablar con alguien, confiar en él, lo que no tardarían en saber las autoridades. El inevitable traidor buscaría, evidentemente, un ascenso, una situación de favor cerca de la máquina. «¡Por santo Electricio! —pensé—. Tamaño genio es…». En el mismo instante me di cuenta de que yo también empezaba a arcaizar ligeramente la sintaxis y la gramática, que ya sufría el contagio de aquella enfermedad mental que hace ver el aspecto de los mequetrefes de hierro como el único normal, y el de la cara humana como algo desnudo, feo, indecente… viscosón. «¡Dios mío! Me estoy volviendo loco —pensé—, y los otros deben de llevar tiempo locos de atar… ¡Socorro!»

Después de la noche, pasada en lúgubres devaneos, fui a una tienda del centro de la ciudad, compré por treinta chapas de hierro el cuchillo de carnicero más afilado que pude encontrar, y al anochecer, me metí a escondidas en el inmenso jardín que rodeaba el palacio del computador. Allí, agazapado entre los arbustos, me liberé de la coraza de hierro con la ayuda de unos alicates y un destornillador y, de puntillas, descalzo, subí trepando por el canalón. La ventana estaba abierta. Por el corredor iba y venia un centinela, sonando sordamente. Cuando se hubo vuelto de espaldas al otro extremo del corredor, salté adentro, corrí hacia la puerta más cercana y entré sin ser visto ni oído.

Era la misma sala donde había oído la voz del computador. Estaba casi a oscuras. Aparte la negra cortina y vi la enorme pared del computador, alta hasta el techo, con unos indicadores cuyos discos brillaban como los ojos. A un lado habla una rendija blanca. Era una puerta entornada. Me acerqué a ella de puntillas y contuve la respiración.

El interior del computador se parecía a una pequeña habitación de un hotel de segunda clase. En la pared del fondo había una caja fuerte, no muy grande, a medio abrir, con un manojo de llaves colgando de la cerradura. Detrás del escritorio colmado de papeles estaba sentado un hombre de mediana edad, muy delgado, en un traje gris, con unas fundas protectoras sobre las mangas, usadas habitualmente por los oficinistas. Estaba escribiendo, llenando, hoja tras hoja, unos formularios. Junto a su codo se enfriaba una taza de té. A su lado un platillo de galletas. Entré sin hacer el menor ruido; cerré la puerta; no chirrió.

—Pssst —dije, alzando el cuchillo con ambas manos.

El hombre se estremeció y me miró. El brillo del cuchillo en mis manos le dio un pánico tremendo. Cayó de rodillas, la cara desfigurada por el miedo.

—¡¡No!! —gimió—. ¡¡No!!

—Si levantas la voz, eres cadáver —dije—. ¿Quién eres?

—He… Heptagonio Argusson, vuestra merced.

—No soy ninguna merced. Llámame «señor Tichy». ¿Comprendido?

—¡Si, señor! ¡Si! ¡Si!

—¿Dónde está el computador?

—Se…señor…

—El computador no existe, ¿eh?

—¡Así es! ¡Me dieron órdenes!

—Vaya. ¿Y quién te las dio, si puede saberse? Estaba temblando como una hoja al viento. Me tendió las manos en una súplica muda.

—Esto puede terminar muy mal… —gimió—. ¡Piedad! No me obligue vuestra mer… ¡Perdón, señor Tichy! Yo… yo sólo soy un funcionario, grupo VI de emolumentos…

—No me digas. ¿Y el computador? ¿Y los robots?

—¡Tenga piedad, señor Tichy! ¡Diré toda la verdad! Nuestro jefe… Él lo organizó todo. Se trataba de fondos… del desarrollo de la actividad, de una mayor… e… eficacia operacional… para comprobar las aptitudes de nuestros hombres, pero lo más importante eran los fondos…

—¿Así que todo era fingido? ¿Todo?

—¡No sé! ¡Lo juro! Desde que estoy aquí, no ha cambiado nada, no piense que yo mando aquí, ¡Dios me libre! Me ocupo solamente de actas personales. La cuestión era si nuestros hombres se rendirían al enemigo, en una situación crítica, o si antes aceptarían la muerte.

—¿Y por qué nadie volvía a la Tierra?

—Porque… porque todos traicionaron, señor Tichy…, hasta ahora, ni uno solo quiso morir por la causa de la Pasto…, ¡pfu!, por nuestra causa quería decir, me salió por pura costumbre, comprenda, señor Tichy, once años llevo en este sitio, espero jubilarme dentro de un año, tengo mujer e hijo, señor Tichy, le suplico…

—¡¡Cierra el pico!! —dije, iracundo—. ¡Esperas jubilarte, canalla, ya te jubilaré!

Alcé el cuchillo. Al funcionario le salieron los ojos de las cuencas; empezó a arrastrarse a mis pies.

Le di orden de levantarse. Viendo que la caja tenía una ventanita enrejada, le encerré dentro.

—¡Si abres la boca, si te atreves a gritar o armar ruido, te despedazaré, bellaco!

Después todo fue muy fácil. Pasé una noche no muy descansada, porque me enfrasqué en la lectura de los papeles: eran declaraciones, informes, formularios, cada habitante del planeta tenía su dossier particular. Me preparé sobre el escritorio un colchón de la correspondencia más secreta, porque allí no había nada donde dormir. Por la mañana conecté el micrófono y, como el computador, ordené que toda la población se congregara en la plaza de palacio. Todos debían traer alicates y destornilladores. Cuando se colocaron en la plaza como unas gigantescas figuras de ajedrez hechas de hierro, di la orden de que se destornillaran mutuamente las cabezas a la intención de la capacitancia de san Electricio. A las once empezaron a asomarse las primeras cabezas humanas, se organizó un tumulto, y caos, por doquier se oían gritos, «¡Traición! ¡Traición!», que unos minutos después, cuando la última cazuela de hierro cayó estruendosamente sobre el pavimento, se convirtieron en un atronador alarido de júbilo. Me mostré entonces en mi propia persona y les conminé que se pusieran a trabajar: quería construir una nave grande con los materiales y productos del lugar. Sin embargo, pudimos evitar este esfuerzo, ya que en los subterráneos del palacio había varias naves cósmicas, con depósitos llenos, a punto para el viaje. Antes de arrancar, solté a Argusson de la caja fuerte, pero no lo acepté a bordo ni permití a nadie hacerlo. Le dije que informaría de todo a su jefe, sin olvidar hacerle saber, de la manera mas exhaustiva posible, lo que pensaba de él mismo.

Así terminó aquella expedición, una de las más extraordinarias entre todas las que llevé a cabo. A pesar de todas las fatigas y sufrimientos que me había causado, estaba contento del cariz que habían tomado los acontecimientos, puesto que me fue devuelta la fe, mermada por unos maleantes cósmicos, en la bondad innata de los cerebros electrónicos Qué agradable es pensar, en resumidas cuentas, que sólo el hombre puede ser un canalla.

 

Stabislaw Lem. Diarios de las estrellas.

Este no es el mejor cuento del libro, así que desde aquí os recomendamos que no dejéis de comprarlo, proque cada céntimo que paguéis por él estará bien invertido. Lem es un valor seguro, aunque mucha gente, sobre todo la más joven, no lo conozca aún.

 

Grabloben

 

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Primer amor, primer temor (George Zebrowski)

lectorAunque no conozco personalmente a George Zebrowski he hablado varias veces con él por teléfono. Por su voz parece medir metro noventa y ser muy dominante. En las fotos su estatura física parece un poco menor, pero en mi mente persiste, la imagen de persona dominante. George pertenece al nuevo tipo de autores de ciencia ficción, decididos, agresivos y muy profesionales. Es un tributo a su profesionalismo que, en su calidad de director del “Science Fiction Writers of America Bulletin”, consiga hacer llegar a tiempo al correo cada número de esa endiablada publicación.
George se crió en Inglaterra, Manhattan, el Bronx y Miami. Después de graduarse en la universidad estatal, de Nueva York, se dedicó a traducir ciencia ficción del polaco y realizó una serie de tareas periodísticas en el terreno de la edición y la redacción antes de convertirse en un escritor en toda regla. Sus cuentos cortos se han publicado en una serie de revistas y antologías y hace poco se editó su primera novela, The Omega Point (Punto Omega). Tiene en preparación una importante novela, Macrolife (Macrovida) que, según sus predicciones, le consagrará firmemente como uno de los grandes nombres en este campo. Primer amor, primer temor explica, creo yo, el porqué de esta predicción.
Hacía frío en el agua. El sol se ocultó detrás de unas nubes en el oeste y bajó la temperatura del aire; el cielo se tiñó de un azul más intenso, el mar se tornó más oscuro. Tim caminaba por el agua, mientras contemplaba al disco anaranjado del sol entre las nubes agrupadas en el horizonte, un sol que ya no calentaba, un globo de cadmio rodando entre cenizas, otra señal de que por fin acababa el largo segundo verano de Lea.
La estrella volvió a emerger de pronto, iluminando el cielo calentándole los hombros mojados. Tim miró la roca dentada que asomaba fuera del agua frente a él; estaba cubierta de relucientes algas verdes. Nadó hacia ella con renovadas energías.
Su padre le había prohibido alejarse demasiado de la costa, pero nunca se enteraría. Había ido al astropuerto a cien millas de distancia sobre la costa para recoger a una pareja y su hija que iban a compartir su casa, y tardaría una semana en regresar.
De pronto Tim tuvo miedo de las profundidades que se abrían debajo de él. El agua fría subía con fuerza y se arremolinaba en torno a sus pies, haciendo temblar todo su cuerpo. Recordó la madre pólipo que había desenterrado en la playa el verano anterior. Era el caparazón muerto de una criatura cuyos pequeños se habían abierto paso a mordiscos en primavera, dejando a la progenitora abierta y corroída. Las entrañas llevaban un tiempo pudriéndose cuando él la encontró, y tenían el aspecto de hongos rojos e hígado fresco cubierto de arena, una mezcla con olor a arena y a descomposición. La cubrió a toda prisa y su estómago tardó un día en recuperarse. ¿Tendría ahora alguna de esas cosas nadando bajo sus pies?
El planeta era un enorme océano, de varias millas de profundidad en algunos puntos, cálido y poco profundo a lo largo de miles de millas cuadradas en el resto. Nueva Australia era el único continente, con un astropuerto situado hacia el interior, junto a la costa oriental, al sur del lugar donde se encontraba la casa rural de la familia, y dos docenas de poblados dispersos en semicírculo, más alejados del astropuerto, el más distante de ellos a ciento cincuenta millas de la costa. El interior permanecía inexplorado, a excepción de los mapas fotográficos obtenidos por satélite. Era una enorme meseta boscosa cubierta de altos árboles, algunos de ellos con miles de años de antigüedad. Esa tierra era única entre los mundos explorados, pues no contaba con una población nativa como ocurría con la mayoría de los planetas habitables para el hombre. La población de aquel mundo vivía en el mar.
Tim nadó más rápidamente a medida que se aproximaba a la roca, todavía preocupado por la idea de lo que le podía estar acechando bajo el agua. Sus manos y sus pies tocaron las resbaladizas rocas sumergidas; se agarró a las plantas acuáticas que crecían de trecho en trecho y se izó hacia delante, medio nadando, medio arrastrándose sobre las rocas ocultas. Por fin se puso de pie en el agua, en precario equilibrio.
Fue avanzando con cuidado, adelantando primero un pie, luego el otro, hasta situarse frente a la aguja rocosa. Un cangrejo extraterrestre echó a correr hacia el agua, a sus pies. Tim se volvió y miró la playa a sus espaldas, pero no podía oír el rompiente, y las altas rocas cubiertas de arena se veían pequeñas a un cuarto de milla de distancia. Los nudosos árboles de negra corteza aferrados a las rocas de la playa se dibujaban nítidamente contra el cielo.
Apartó la mirada de la playa justo a tiempo para ver desaparecer el sol anaranjado tras las nubes oscuras que se iban acumulando sobre el borde del mundo; comprendió que no volvería a emerger antes de ponerse el sol.
Se agarró a las plantas trepadoras que crecían sobre la aguja y comenzó a circundarla por la derecha, con la intención de dar la vuelta a su alrededor. Avanzaba despacio, mirando a todos lados mientras se movía. El azul acerado del agua le daba una tonalidad más oscura al mismo cielo. La brisa iba secando rápidamente su piel y su bañador, y se detuvo para apartarse unos cabellos de los ojos. Por un instante, su mano le pareció más oscura, casi como si en cierto modo el mar la hubiera teñido.
La playa quedaba ahora a su izquierda y pudo ver la primera luna que asomaba detrás de las rocas, un pequeño espejo plateado, el objeto más brillante del cielo una vez desaparecida la luz directa del sol. Sabía que cuando nadara de regreso, el agua estaría más fría. En invierno podría intentar llegar hasta allí andando sobre el hielo.
Bordeó la roca hasta donde ya no se divisaba la playa. El aire tenía un olorcillo penetrante, producido por una tormenta en alta mar y arrastrado por el viento. Una pequeña ola rompió contra la roca, salpicándole de espuma, y Tim paladeó su frescor con un estremecimiento.
Se frotó los ojos, apartando de ellos un poco de agua, y vio la muesca superficial en la base de la roca. La miró más de cerca. Era casi como una pequeña cueva. Se inclinó y se puso de rodillas para verla mejor.
Cuando descubrió la oscura sombra agazapada ahí dentro le empezó a latir con fuerza el corazón. Ella se inclinó hacia delante y clavó la vista en él. Las pupilas eran de un rojo encendido, rodeadas de un blanco perfecto. El vio cómo se abrían y cerraban lentamente las agallas de sus espaldas, absorbiendo el aire, jadeantes. Miró con más precisión y advirtió que el interior de las agallas era de un delicado color rosa. Era una muchacha, una habitante del mar; estaba seguro de que así era, a pesar de no haber visto nunca a una muchacha viva, ni humana ni nativa, que él pudiera recordar. Había visto fotografías de mujeres y también de su madre, quien había muerto de parto. Su padre le había criado con ayuda de Jak, su empleado, que era amigo de Tim y le había enseñado a utilizar la máquina de aprender traída de la vieja Tierra.
Se incorporó y retrocedió mientras ella extraía su cuerpo de la baja cueva, dejando caer sus cabellos hasta la cintura. Casi tenía la misma estatura que Tim, un metro y medio aproximadamente. Desprendía un cálido y agradable olor húmedo que le hacía desear permanecer cerca de ella. Se detuvo a sólo medio metro de él y Tim sintió y oyó su aliento que removía el aire junto a su cara.
Tenía los pies palmeados; sus piernas eran largas y delicadas para su estatura y constitución. La cintura era fina, pero tenía las caderas llenas; el vello púbico era una masa de rizos de ébano, entre los que colgaban, gotitas de agua y espuma como lechosas perlas blancas. Sus largos cabellos negros le tapaban parcialmente los senos.
Él sintió una vega expectación. Se estaba levantando el viento, secándole el bañador y la piel y poniéndole carne de gallina. Su único pensamiento era que debía permanecer quieto y mirarla sin apartar los ojos de su figura hasta que ella dejara de prestarle atención. Sintió un nudo en el estómago y una gran alegría de que ella también le mirara. Empezó a oír su pulso, que palpitaba en sus oídos, por debajo del susurro del viento. El placer iba acompañado de una sensación de fuerza. No le importaba la fría travesía de regreso a nado; no le importaba el viento cada vez más fuerte y la creciente oscuridad. La roca, el cielo, el viento y el hogar de donde había venido eran irreales; su padre era una imagen distante, muy alejada de la vívida realidad que le rodeaba.
Ella se le acercó un paso, con los ojos fijos en él, su mirada atenta y curiosa. Le sonreía. Él observó que no tenía cejas y su piel gris estaba cubierta de una película viscosa que captaba curiosamente la luz. Desprendía un olor embriagador.
Adelantó una pierna, doblada a la altura de la rodilla, y le rozó con ella en un gesto que le hizo suspirar profundamente y estremeció todo su cuerpo. Después abrió la boca y emitió una apaciguadora nota de soprano, casi como un fragmento de una canción que no cantaría. Tim olió el frescor del agua de mar en sus cabellos.
Permaneció totalmente inmóvil, comprendiendo que debía hacer algo. La presencia de ella parecía milagrosa, y tal vez jamás volviera a repetirse un momento como ése. Tendría que intentarlo.
Ella alargó una mano palmeada y palpó su vientre, desnudo, por encima del bañador; esto quebró la voluntad de Tim. Luego palpó con curiosidad el verde tejido sintético, como si pensara que tal vez formaba parte del cuerpo del muchacho.
De prónto ella avanzó, pasó rozándole con todo su cuerpo y se zambulló en el agua entre las rocas. El se volvió y la siguió en el acto, se adentró en el agua y se lanzó veloz en su persecución. Nadó un par de metros y tocó fondo, esperando que ella saliera a la superficie.
Sin nada que lo anunciara, ella se apretó contra Tim bajo el agua y su cabeza apareció enfrente de él. Nuevamente sonreía; sus cabellos eran una maraña de negras algas rebosantes de agua. Su cuerpo se apretó tenso contra él por un instante y Tim acarició sus redondos senos con los dedos. Y entonces ella desapareció otra vez.
Por el oeste, el horizonte estalló en distintos matices de rojo y azul oscuro sobre el agitado océano. El puño cerrado de las nubes que retenían al sol poniente se abrió sólo un instante para revelar la hinchada y deforme esfera que ya se hundía en el mar, tiñendo las nubes y ensombreciendo el agua con su rojo apagado.
Ella volvió a emerger a un par de metros de distancia. Expulsó el agua por las agallas y él sintió un deseo desesperado de tenerla cerca, de alargar la mano y tocar sus largos cabellos, su vientre y sus largas y gráciles piernas.
Nadó hacia ella, pero la chica se sumergió y salió a la superficie detrás de él, cerca de la roca. Él la vio salir del agua, con el cuerpo reluciente, y la visión de sus nalgas fue un nuevo deleite, algo de lo que se habría burlado si simplemente se lo hubieran descrito. Recordó cómo se reía imaginando qué aspecto tendrían las mujeres de las fotografías de la tierra si pudiera desvestirlas y darles la vuelta. La contempló mientras se sentaba de espaldas a la roca. Sus agallas vertieron un poco de agua. sobre su. pecho en el proceso de adaptación al aíre.
Tim nadó hacia la roca, contemplando cómo ella extendía las piernas hacia delante y las separaba un instante con los ojos fijos en él. Se sumergió un momento y comenzó a bracear más rápido para mantener la cabeza fuera del agua. Se dio un golpe cortante en la rodilla contra la roca.
Por fin consiguió izarse otra vez sobre la roca. Parecía más fría y más resbaladiza bajo sus pies. Permaneció de pie, mirándola, confuso, con la respiración entrecortada, satisfecho de sí mismo, con los ojos fijos en ella como si pudiera desvanecerse en cualquier instante. No podía apartar la mirada; los ojos de ella le mantenían clavado a la roca.
Un enorme rugido llegó de la playa. Tim se volvió al oír el primer eco y estuvo a punto de perder pie. Recuperado el equilibrio, miró hacia la playa. Ahora la luna mayor comenzaba a elevarse sobre las rocas, arrojando su mortecina luz dorada sobre la arena gris. La luna pequeña, un brillante disco plateado casi encima de sus cabezas, daría otra veloz vuelta al mundo antes de que apareciera la luna grande. Las rocas proyectaban largas sombras dentadas de sólida negrura sobre la playa, dientes estigios adentrándose entre los rompientes. Las sombras retrocederían cuando la luna mayor se elevara en el cielo. El océano se había tragado el sol putrefacto por el oeste y las oscuras nubes habían reconstruido su rompecabezas de ébano que cubría una tercera parte del cielo. Ahora la marea iba subiendo rápidamente y pronto cubriría toda la roca, a excepción de la punta de la aguja. Arriba, brillaban unas cuantas estrellas cerca de la luna pequeña.
Se oyó otra vez el rugido, un grito imperioso algo enfadado que chocó contra las rocas de la playa y rebotó hasta él sobre las aguas. La muchacha se levantó y se le acercó, pero tenía la mirada fija en la playa. El la agarró e intentó retenerla, pero ella se mantenía más firme que él sobre la roca. Tim resbaló y cayó de costado, con los pies en el agua.
Ella se zambulló y echó a nadar hacia la playa, deslizándose veloz entre las aguas, asomando sólo la cabeza. Un instante después había desaparecido en el interior oscuro del agua. El permaneció sentado con la mirada fija en la costa; se sentía desolado, como si aquello fuera el fin de su vida.
Al cabo de algunos minutos vio aparecer en la playa una silueta negra procedente del agua, como si el mar en sombras hubiera tomado forma. Otra figura se desprendio de la negrura de las rocas y salió a su encuentro sobre la arena iluminada por la luna, precedida de una larga sombra. Las dos siluetas se fundieron, formando una criatura de dos cabezas que proyectaba una única sombra en dirección al mar. La vio alejarse del agua hasta que se confundió con las rocas y se hizo invisible.
Se sentía vacío, incapaz de moverse, inundado por la pérdida. Se estremeció, consciente del frío, y todo el mundo estaba vacío a su alrededor, a excepción del viento que lo cruzaba como un apresurado intruso. Sobre la playa, las sombras eran consistentes, nítidamente dibujadas, y sólo cedían su terreno ante la luz de la luna que iba levantándose. En las zonas altas, los árboles enanos se inclinaban hacia atrás en dirección a la tierra y sus hojas se desprendían una a una…
Se incorporó y entró en el agua, sin prestar atención a las afiladas rocas, y se zambulló. Estuvo nadando lo que le pareció un largo rato y durante unos minutos se tendió de espaldas sobre las aguas oscuras como la tinta y se impulsó con las piernas mientras contemplaba el cielo cada vez más opaco de nubes y de niebla.
Por fin hizo pie en el agua y vadeó hasta la orilla. Una ola le derribó, pero se incorporó rápidamente y logró salir antes de que pudiera darle alcance la siguiente.
Con los brazos apretados contra el cuerpo mojado, siguió la doble huella de pies palmeados hasta las rocas. Comenzó a trepar y siguió adelante incluso después de que desaparecieran las huellas que le servían de guía. Llegó a lo alto y comenzó a descender por el otro lado; durante un rato sólo percibió su jadeo y el dolor de los dedos de los pies heridos y la rodilla magullada. Lentamente fue tomando conciencia de otro sonido apenas perceptible para el oído normal.
La única luz procedía ahora de la luna grande. La luna pequeña había desaparecido entre las nubes que cubrían el cielo por el oeste. Tim fue bajando entre las rocas a paso más acelerado.
En algún punto de allí abajo oyó un suave murmullo del mar, distinto del amortiguado estallido de las olas sobre la playa. Se detuvo, perfectamente inmóvil, y escuchó. Su cuerpo se puso tenso. Le dolía el pensamiento de que había perdido a la muchacha. El mar se introducía por alguna parte entre las rocas, tal vez a través de un canal abierto por las mareas, y desembocaba en una charca que una vez al día se llenaba con la marea alta. No le permitían explorar las rocas y comprendió que en realidad ésa era la primera vez que se encontraba a una distancia considerable de la casa después de oscurecer, y solo.
Avanzó cuidadosamente paso a paso, cada uno de los cuales le hacía descender un poco, le acercaba un poquito más al sonido del agua. Luego, por un instante, se situó en la perspectiva adecuada y vislumbró el reflejo platinado de la luna flotando sobre una charca de agua. Bajó de las rocas a 1a arena lisa y la luz desapareció.
Intuyó que estaba sobre una gran depresión arenosa circundada por las altas rocas. La charca y el canal que atravesaba las rocas se encontraban en algún lugar de la penumbra que se extendía frente a él, tal vez a unos treinta metros de distancia. Siguió avanzando. La arena estaba aún caliente y ello fue un consuelo para sus pies.
Unas nubes avanzaron sobre la luna grande y la cubrieron. Se detuvo. Allí mismo, delante de él se oía otro sonido. Forzó la vista intentando ver algo. En esa zona resguardada no había viento, sólo el sonido del agua que se agitaba en la charca y el otro son casi inexistente.
Avanzó cinco pasos más y volvió a detenerse.
Las nubes se abrieron de pronto. Enormes moles desintegradas flotando en torno a la luna. Dentro de unos instantes llegaría todo el frente nuboso procedente del mar. Tim avanzó otro paso y vio las formas oscuras sobre la arena. Siguió avanzando hasta que pudo verlas bajo la luz de la luna.
El macho la tenía cogida por las agallas, abriéndoselas mientras se movía arriba y abajo. La muchacha del mar respiraba pesadamente; con esos gemidos musicales que Tim ya conocía y pudo verle la cara cuando se volvió en su dirección. Solo se distinguían los blancos de los ojos mientras hacía rodar la cabeza de un lado a otro. Sus cabellos formaban una negra maraña en torno a su cabeza sobre la arena.
Los dos parecían incapaces de prestarle atención. Por lo que Tim alcanzaba a ver, el gran macho era igual a ella, pero su piel parecía más áspera y tenía un olor desagradable. Sus enormes pies palmeados se hundían en la arena.
La forma oscura se desprendió del cuerpo de la muchacha y rodó sobre la arena. Luego se puso de cuatro patas, acercó la boca al vientre de ella y mordió su carne trazando aproximadamente el contorno de un círculo. Ella extendió las manos palmeadas y las hundió en la arena.
Cuando hubo terminado, el macho levantó la vista y Tim vio dos rojos carbones encendidos fijos en él. La criatura rugió y Tim retrocedió un par de pasos. La muchacha siseó. El macho se incorporó alcanzando una fantástica estatura. Tim dio media vuelta y echó a correr. La criatura continuó rugiendo pero no le siguió.
Tim subió a trompicones por donde había venido. Cuando había trepado hasta media altura, las nubes ocultaron la luna y se hizo muy oscuro. A tientas se abrió peso hasta la cima.
Agradeció la escasa luz que se filtraba de la luna y gracias a la cual pudo encontrar el camino hasta la playa. Corrió en dirección al sendero que se abría en el otro extremo de la media luna de la línea costera. Subió velozmente por el familiar atajo hasta el camino polvoriento y mantuvo un paso rápido y uniforme hasta que divisó las luces de su casa engarzadas entre los árboles en la ladera de la colina y escuchó el débil zumbido del generador eléctrico en el galpón contiguo. La fresca hierba fue un consuelo para sus pies magullados mientras ascendía por la colina hasta la puerta de entrada.
Jak estaba sentado fumando su pipa junto a la mesa de madera, en el centro de la habitación. Tim pasó por su lado y cruzó la puerta abierta en dirección a su cuarto.
-¿Dónde has estado? -preguntó Jak en tono amistoso a sus espalda.
Tim no se sentía con ánimos para explicárselo y, puesto que su padre no estaba en casa, consideró que no era necesario decir nada. Se dejó caer en la cama y permaneció callado. Su respiración fue haciéndose regular y se durmió.
Cuando despertó, la aurora se anunciaba en forma de luz pardusca sobre la ventana del este. Apartó la manta con que Jak le había cubierto durante la noche y se levantó de la cama.
Todavía llevaba el bañador y observó los esparadrapos sobre sus pies lavados.
El recuerdo de ella estaba agradablemente presente en su mente mientras se ponía a toda prisa un par de tejanos limpios y una camisa. Entró en el cuarto principal donde Jak roncaba sonoramente frente a las ascuas mortecinas. Se detuvo junto a la puerta, cogió una antorcha y unas cuantas cerillas del estante y salió.
La mañana estaba húmeda. La hierba castigada por el sol aparecía muy mojada sobre la colina. Bajó al camino y recorrió los dos kilómetros que le separaban del sendero de la playa. Sólo una leve brisa agitaba el aire húmedo.
Bajó rápidamente por el sendero y atravesó la playa en dirección a las rocas altas. Mientras caminaba miró hacia el mar, donde la aguja rocosa se elevaba entre la bruma sobre el agua y se sintió orgulloso de haber llegado por fin hasta allí. Ahora parecía estar más próxima, no tan alejada como le había parecido un año atrás cuando tenía trece años.
Trepó rápidamente por las rocas bajo la luz del día. Cuando empezó a bajar por el otro lado, la hondonada rocosa parecía vacía, vulgar incluso. Saltó a la arena y avanzó hacia el lugar donde estaba la charca de agua. Era un lisa cavidad en la roca, ahora vacía. Imaginó que si había una gran tormenta, la cavidad se desbordaría convirtiendo toda la depresión en una profunda laguna.
Miró de soslayo el oscuro túnel a través de las rocas por donde entraba el mar durante la marea alta. “Tal vez se fueron por allí”, pensó. Miró hacia atrás y vio una única huella de pisadas que avanzaban hasta el borde, próximas a las suyas. Rápidamente dio media vuelta y volvió al lugar donde les había observado la noche anterior. La arena estaba sucia y revuelta.
Sacó las cerillas y encendió la antorcha. La clavó en la arena y se calentó las manos en cuclillas. Luego se puso a cuatro patas y empezó a cavar. La arena estaba húmeda tras la primera capa de la superficie y se desprendía con facilidad, como si acabaran de ponerla allí.
Siguió cavando más de prisa al encontrar el mechón de negros cabellos. Cuando la descubrió tenía lágrimas en los ojos. Contempló la textura cubierta de arena de su piel, sus grandes ojos cerrados y muertos, los cabellos llenos de pequeñas piedrecitas y trozos de concha. Dio un puñetazo en la arena y se sentó sobre los talones, sollozando en 1a húmeda mañana. La antorcha crepitaba en el aire húmedo a su lado.
Cuando se hubo recuperado, observó las señales sobre el vientre de la muchacha, un círculo de perforaciones muy próximas unas a otras. Parecía hinchado, como si la hubieran apaleado, y en su vello púbico había unas gotitas color vino. La miró más detenidamente y advirtió que… parecía que la hubieran llenado de algas y arena. Tocó su vientre. Milagrosamente, todavía se conservaba caliente y blando. Recordó qué lozana y mágica le había parecido allí fuera, sobre la roca, y cuánto la había deseado. Entonces comprendió que no estaba muerta y la desesperanza de toda la situación le pesó como una piedra fría en el estomago.
Tenía que taparla en seguida o moriría antes de concluir su sueño invernal. Era todo lo que podía hacer, ahora que sabía que estaba llena de pequeños. Todos los pequeños fragmentos de información recogidos adquirían ahora un sentido. En primavera, los pequeños saldrían al exterior y se abrirían camino hasta la charca de agua, pequeñas criaturas en forma de lagarto que con el tiempo se transformarían en habitantes marinos. El líquido del vientre de la muchacha estaba llenos de huevos que el macho le había insertado. Dormiría mientras alimentaba a los pequeños seres en fase de desarrollo y por fin estos se abrirían paso con los dientes a través de la sección perforada de su vientre. Pero aunque no estaba muerta, la muchacha no volvería a despertar. Fue arrojando arena sobre su cuerpo.
¡Los pájaros! Las aves marinas acudirían allí en primavera para devorar a los pequeños que huían. Recordó el ruido que hacían sobre las rocas en años anteriores. “Yo estaré aquí con una escopeta -pensó-, estaré aquí y al menos podré hacer eso”. Y tal vez volvería a encontrar otra como ella.
Su miedo se fue aplacando y terminó de enterrarla. Se incorporó y apagó la antorcha en la arena. Se alejó a través del claro, en dirección a las rocas y comenzó a subir lentamente, y durante todo el camino hasta su casa estuvo pensando en la nueva vida enterrada allí en la arena.
Cuando estuvo a la vista de la casa, descubrió el remolque y el pesado tractor aparcados frente al galpón. Su padre había regresado pronto. Corrió colina arriba desde el camino, olvidada casi su melancolía. Se detuvo a mitad de la colina al ver a su padre que charlaba con otro hombre frente a la puerta de la casa. El otro hombre apartó la vista de su padre y Tim siguió su mirada hacia la izquierda. Vio a la muchacha allí de pie observando cómo el sol intentaba abrirse paso entre la bruma matutina. Sus largos cabellos flotaban movidos por la brisa que ahora soplaba del mar. Tim vio que su padre le saludaba y le devolvió el saludo. En ese mismo momento, la muchacha se volvió a mirarle y Tim vio que sonreía. Al instante decidió cambiar de rumbo y continuó colina arriba, en dirección a la muchacha.

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Nuestra señora de las Golondrinas (Marguerite Yourcenar)

El monje Therapion había sido en su juventud el discípulo más fiel del gran Atanasío; era brusco, austero, dulce tan sólo con las criaturas en quienes no sospechaba la presencia de demonios.  En Egipto había resucitado y evangelizado a las momias; en Bizancio había confesado a los Emperadores que había venido a Grecia obedeciendo a un sueño, con la intención de exorcizar a aquella tierra aún sometida a los sortilegios de Pan.  Se encendía de odio cuando veía los árboles sagrados donde los campesinos, cuando enferman de fiebre, cuelgan unos trapos encargados de temblar en su lugar al menor soplo de viento de la noche; se indignaba al ver los faros erigidos en los campos para obligar al suelo a producir buenas cosechas, y los dioses de arcilla escondidos en el hueco de los muros y en la concavidad de los manantiales.  Se había construido con sus propias manos una estrecha cabaña a orillas del Cefiso, poniendo gran cuidado en no emplear más que materiales bendecidos.  Los campesinos compartían con él sus escasos alimentos y aunque aquellas gentes estaban macilentas, pálidas y desanimadas, debido al hambre y a las guerras que les habían caído encima, Therapion no conseguía acercarlos al cielo.  Adoraban a Jesús, Hijo de María, vestido de oro como un sol naciente, mas su obstinado corazón seguía fiel a las divinidades que viven en los árboles o emergen del burbujeo de las aguas; todas las noches depositaban, al pie del plátano consagrado a las Ninfas, una escudilla de leche de la única cabra que les quedaba; los muchachos se deslizaban al mediodía bajo los macizos de árboles para espiar a las mujeres de ojos de ónice, que se alimentan de tomillo y miel.  Pululaban por todas partes y eran hijas de aquella tierra seca y dura donde, lo que en otros lugares se dispersa en forma de vaho, adquiere en seguida figura y sustancia reales.  Se veían las huellas de sus pasos en la greda de sus fuentes, y la blancura de sus cuerpos se confundía desde lejos con el espejo de las rocas.  Incluso sucedía a veces que una Ninfa mutilada sobreviviese todavía en la viga mal pulida que sostenía el techo y, por la noche, se la oía quejarse o cantar.  Casi todos los días se perdía alguna cabeza de ganado, a causa de sus hechicerías, allá en la montaña, y hasta meses más tarde no lograban encontrar el mantoncito que formaban sus huesos.  Las Malignas cogían a los niños de la mano y se los llevaban a bailar al borde de los precipicios: sus pies ligeros no tocaban la tierra, pero en cambio el abismo se tragaba los pesados cuerpecillos de los niños.  0 bien alguno de los muchachos jóvenes que les seguían la pista regresaba al pueblo sin aliento, tiritando de fiebre y con la muerte en el cuerpo tras haber bebido agua de un manantial.  Cuando ocurrían estos desastres, el monje Therapion mostraba el puño en dirección a los bosques donde se escondían aquellas malditas, pero los campesinos continuaban amando a las frescas hadas casi invisibles y les perdonaban sus fecharías igual que se le perdona al sol cuando descompone el cerebro de los locos, y al amor que tanto hace sufrir.

88 El monje las temía como a una banda de lobas, y le producían tanta inquietud como un rebaño de prostitutas.  Aquellas caprichosas beldades no lo dejaban en paz: por las noches sentía en su rostro su aliento caliente como el de un animal a medio domesticar que rondase tímidamente por la habitación.  Si se aventuraba por los campos, para llevar el viático a un enfermo, oía resonar tras sus talones el trote caprichoso y entrecortado de aquellas cabras jóvenes.  Cuando, a pesar de sus esfuerzos, terminaba por dormirse a la hora de la oración, ellas acudían a tirarle inocentemente de la barba.  No trataban de seducirlo, pues lo encontraban feo, ridículo y muy viejo, vestido con aquellos hábitos de estameña parda y, pese a ser muy bellas, no despertaban en él ningún deseo impuro, pues su desnudez le repugnaba igual que la carne pálida de los gusanos o el dermo liso de las culebras.  No obstante, lo inducían a tentación, pues acababa por poner en duda la sabiduría de Dios, que ha creado tantas criaturas inútiles y perjudiciales, como si la creación no fuera sino un juego maléfico con el que Él se complaciese.  Una mañana, los aldeanos encontraron a su monje serrando el plátano de las Ninfas y se afligieron por partida doble, pues, por una parte, temían la venganza de las hadas -que se marcharían llevándose consigo fuentes y manantiales-, y por otra parte, aquel plátano daba sombra a la plaza, en donde acostumbraban a reunirse para bailar.  Mas no hicieron reproche alguno al santo varón, por miedo a malquistarse con el Padre que está en los cielos y que suministra la lluvia y el sol.  Se callaron, y los proyectos del monje Therapion contra las Ninfas viéronse respaldados por aquel silencio.

Ya no salía nunca sin coger antes dos pedernales, que escondía entre los pliegues de su manga, y por la noche, subrepticiamente, cuando no veía a ningún campesino por los campos desiertos, prendía fuego a un viejo olivo, cuyo cariado tronco le parecía ocultar a unas diosas, o a un joven pino escamoso, cuya resina se vertía como un llanto de oro.  Una forma desnuda se escapaba de entre las hojas y corría a reunirse con sus compañeras inmóviles a lo lejos como corzas asustadas, y el santo monje se regocijaba de haber destruido uno de los reductos del Mal.  Plantaba cruces por todas partes y los jóvenes animales divinos se apartaban, huían de la sombra de aquel sublime patíbulo, dejando en torno al pueblo santificado una zona cada vez más amplia de silencio y de soledad.  Pero la lucha proseguía pie tras pie por las primeras cuestas de la montaña, que se defendía con sus zarzas cuajadas de espinas y sus piedras resbaladizas, haciendo muy difícil desalojar de allí a los dioses.  Finalmente, envueltas en oraciones y fuego, debilitadas por la ausencia de ofrendas, privadas de amor desde que los jóvenes del pueblo se apartaban de ellas, las Ninfas buscaron refugio en un vallecito desierto, donde unos cuantos pinos negros plantados en un suelo arcilloso recordaban a unos grandes pájaros que cogiesen con sus fuertes garras la tierra roja y moviesen por el cielo las mil puntas finas de sus plumas de águila.  Los manantiales que por allí corrían, bajo un montón de piedras informes, eran harto fríos para atraer a lavanderas y pastores.  Una gruta se abría a mitad de la ladera de una colina y a ella se accedía por un agujero apenas lo bastante ancho para dejar pasar un cuerpo.  Las Ninfas se habían refugiado allí desde siempre, en las noches en que la tormenta estorbaba sus juegos, pues temían al rayo, como todos los animales del bosque, y era asimismo allí donde acostumbraban dormir en las noches sin luna.

Unos pastores jóvenes presumían de haberse introducido una vez en aquella caverna, 89 con peligro de su salvación y del vigor de su juventud, y no cesaban de alabar aquellos dulces cuerpos, visibles a medias en las frescas tinieblas, y aquellas cabelleras que se adivinaban, más que se palpaban.  Para el monje Therapion, aquella gruta escondida en la ladera de la peña era como un cáncer hundido en su propio seno, y de pie a la entrada del valle, con los brazos alzados, inmóvil durante horas enteras, oraba al cielo para que le ayudase a destruir aquellos peligrosos restos de la raza de los dioses.

Poco después de Pascua, el monje reunió una tarde a los más fieles y más recios de sus feligreses; les dio picos y linternas; él cogió un crucifijo y los guió a través del laberinto de colinas, por entre las blandas tinieblas repletas de savia, ansioso de aprovechar aquella noche oscura.  El monje Therapion se paró a la entrada de la gruta y no permitió que entraran allí sus fieles, por miedo a que fuesen tentados.  En la sombra opaca oíanse reír ahogadamente los manantiales.  Un tenue ruido palpitaba, dulce como la brisa en los pinares: era la respiración de las Ninfas dormidas, que soñaban con la juventud del mundo, en los tiempos en que aún no existía el hombre y en que la tierra daba a luz a los árboles, a los animales y a los dioses.  Los aldeanos encendieron un gran fuego, mas hubo que renunciar a quemar la roca; el monje les ordenó que amasaran cemento y acarreasen piedras.  A las primeras luces del alba empezaron a construir una capillita adosada a la ladera de la colina, delante de la entrada de la gruta maldita.  Los muros aún no se habían secado, el tejado no estaba puesto todavía y faltaba la puerta, pero el monje Therapion sabía que las Ninfas no intentarían escapar atravesando el lugar santo, que él ya había consagrado y bendecido.  Para mayor seguridad había plantado al fondo de la capilla, allí donde se abría la boca de la gruta, un Cristo muy grande, pintado en una cruz de cuatro brazos desiguales, y las Ninfas, que sólo sabían sonreír, retrocedían horrorizadas ante aquella imagen del Ajusticiado.  Los primeros rayos del sol se estiraban tímidamente hasta el umbral de la caverna: era la hora en que las desventuradas acostumbraban a salir, para tomar de los árboles cercanos su primera colación de rocío; las cautivas sollozaban, suplicaban al monje que las ayudara y en su inocencia le decían que -en caso de que les permitiera huir- lo amarían.  Continuaron los trabajos durante todo el día y hasta la noche se vieron lágrimas resbalando por las piedras, y se oyeron toses y gritos roncos parecidos a las quejas de los animales heridos.  Al día siguiente colocaron el tejado y lo adornaron con un ramo de flores; ajustaron la puerta y la cerraron con una gruesa llave de hierro.  Aquella misma noche, los cansados aldeanos regresaron al pueblo, pero el monje Therapion se acostó cerca de la capilla que había mandado edificar y, durante toda la noche, las quejas de sus prisioneras le impidieron deliciosamente dormir.  No obstante, era compasivo, se enternecía ante un gusano hollado por los pies o ante un tallo de flor roto por culpa del roce de su hábito,pero en aquel momento parecía un hombre que se regocija de haber emparedado, entre dos ladrillos, un nido de víboras.

Al día siguiente, los aldeanos trajeron cal y embadurnaron con ella la capilla, por dentro y por fuera; adquirió el aspecto de una blanca paloma acurrucada en el seno de la roca.  Dos lugareños menos miedosos que los demás se aventuraron dentro de la gruta para blanquear sus paredes húmedas y porosas, con el fin de que el agua de las fuentes y la miel de las abejas dejaran de chorrear en el interior del hermoso antro, y 90 de sostener así la vida desfalleciente de las mujeres hadas.  Las Ninfas, muy débiles, no tenían ya fuerzas para manifestarse a los humanos; apenas podía adivinarse aquí y allá, vagamente, en la penumbra, una boca joven contraída, dos frágiles manos suplicantes o el pálido color de rosa de un pecho desnudo.  Asimismo, de cuando en cuando, al pasar por las asperidades de la roca sus gruesos dedos blancos de cal, los aldeanos sentían huir una cabellera suave y temblorosa como esos culantrillos que crecen en los sitios húmedos y abandonados.  El cuerpo deshecho de las Ninfas se descomponía en forma de vaho, o se preparaba a caer convertido en polvo, como las alas de una mariposa muerta; seguían gimiendo, pero habla que aguzar el oído para oír aquellas débiles quejas; ya no eran más que almas de Ninfas que lloraban.

Durante toda la noche siguiente el monje Therapion continuó montando su guardia de oración a la entrada de la capilla, como un anacoreta en el desierto.  Se alegraba de pensar que antes de la nueva luna las quejas habrían cesado y las Ninfas, muertas ya de hambre, no serían más que un impuro recuerdo.  Rezaba para apresurar el instante en que la muerte liberaría a sus prisioneras, pues empezaba a compadecerlas a pesar suyo, y se avergonzaba de su debilidad.  Ya nadie subía hasta donde él estaba; el pueblo parecía tan lejos como si se hallara al otro extremo del mundo; ya no vislumbraba, en la vertiente opuesta al valle, más que la tierra roja, unos pinos y un sendero casi tapado por las agujas de oro.  Sólo oía los estertores de las Ninfas, que iban disminuyendo, y el sonido cada vez más ronco de sus propias oraciones.  En la tarde de aquel día vio venir por el sendero a una mujer que caminaba hacia él, con la cabeza baja, un poco encorvado; llevaba un manto y un pañuelo negros, pero una luz misteriosa se abría camino a través de la tela oscura, como si se hubiera echado la noche sobre la mañana.  Aunque era muy joven, poseía la gravedad, la lentitud y la dignidad de una anciana y su dulzura era parecida a la del racimo de uvas maduras y a la de la flor perfumada.  Al pasar por delante de la capilla miró atentamente al monje, que se vio turbado en sus oraciones.

– Este sendero no lleva a ninguna parte, mujer -le dijo-.  ¿De dónde vienes?  -Del Este, como la mañana -respondió la joven-.  ¿Y qué haces tú aquí, anciano monje?  -He emparedado en esta gruta a las Ninfas que infestaban la comarca -dijo el monje-, y delante de su antro he edificado una capilla.  Ellas no se atreven a atravesarla para huir porque están desnudas, y a su manera tienen temor de Dios.  Estoy esperando a que se mueran de hambre y de frío en la caverna y cuando esto suceda, la paz de Dios reinará en los campos.

– ¿Y quién te dice que la paz de Dios no se extiende también a la Ninfas lo mismo que a los rebaños de cabras?  -respondió la joven-.  ¿No sabes que en tiempos de la Creación, Dios olvidó darle alas a ciertos ángeles, que cayeron en la tierra y se instalaron en los bosques, donde formaron la raza de Pan y de las Ninfas?  Y otros se instalaron en una montaña, en donde se convirtieron en dioses olímpicos.  No exaltes, como hacen los paganos, la criatura a expensas del Creador, pero no te escandalices tampoco de Su Obra.  Y dale gracias a Dios en tu corazón por haber creado a Diana y a Apolo.

– Mi espíritu no se eleva tan alto -dijo humildemente el monje-.  Las Ninfas importunan a mis feligreses y ponen en peligro su salvación, de la que yo soy responsable ante Dios, y por eso las perseguiré aunque tenga que ir hasta el Infierno.

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– Y se tendrá en cuenta tu celo, honrado monje -dijo sonriendo la joven-.  Pero ¿no puede haber un medio de conciliar la vida de las Ninfas y la salvación de tus feligreses?

Su voz era dulce, como la música de una flauta.  El monje, inquieto, agachó la cabeza.

La joven le puso la mano en el hombro y le dijo con gravedad:

– Monje, déjame entrar en esa gruta.  Me gustan las grutas, y compadezco a los que en ellas buscan refugio.  En una gruta traje yo al mundo a mi Hijo, y en una gruta lo confié sin temor a la muerte, con el fin de que naciera por segunda vez en su resurrección.

El anacoreta se apartó para dejarla pasar.  Sin vacilar, se dirigió ella a la entrada de la caverna, escondida detrás del altar.  La enorme cruz tapaba la abertura; la apartó con cuidado, como un objeto familiar, y se introdujo en el antro.

Se oyeron en las tinieblas unos gemidos aún más agudos, un piar de pájaros y roces de alas.  La joven hablaba con las Ninfas en una lengua desconocida, que acaso fuera la de los pájaros o la de los ángeles.  Al cabo de un instante volvió a aparecer al lado del monje, que no había parado de rezar.

– Mira, monje… -le dijo-.  Y escucha… Innumerables grititos estridentes salían de debajo de su manto.  Separó las puntas del mismo y el monje Therapion vio que llevaba entre los pliegues de su vestido centenares de golondrinas.  Abrió ampliamente los brazos, como una mujer en oración, y dio así suelta a los pájaros.  Luego dijo, con una voz tan clara como el sonido del arpa:

– Id, hijas mías… Las golondrinas, libres, volaron en el cielo de la tarde, dibujando con el pico y las alas signos indescifrables.  El anciano y la joven las siguieron un instante con la mirada, y luego la viajera le dijo al solitario:

– Volverán todos los años, y tú les darás asilo en mi iglesia.  Adiós, Therapion.

Y María se fue por el sendero que no lleva a ninguna parte, como mujer a quien poco importa que se acaben los caminos, ya que conoce el modo de andar por el cielo.  El monje Therapion bajó al pueblo y al día siguiente, cuando subió a decir misa en la capilla, la gruta de las Ninfas se hallaba tapizada de nidos de golondrinas.  Volvieron todos los años y se metían en la iglesia, muy ocupados en dar de comer a sus pequeñuelos o consolidando sus casas de barro, y muy a menudo, el monje Therapion interrumpía sus oraciones para seguir con mirada enternecida sus amores y sus juegos, pues lo que les está prohibido a las Ninfas les está permitido a las golondrinas.

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LA BALANZA DE LOS BALEK (Heinrich Böll)

En la tierra de mi abuelo, la mayor parte de la gente vivía de trabajar en las agramaderas (molinos de lino).  Desde hacía cinco generaciones, pacientes y alegres generaciones que comían queso de cabra, papas y, de cuando en cuando, algún conejo, respiraban el polvo que desprenden al romperse los tallos del lino y dejaban que éste los fuera matando poco a poco.  Por la noche, hilaban y tejían en sus chozas, cantaban y bebían té con menta y eran felices.  De día, agramaban el lino con las viejas máquinas, expuestos al polvo y también al calor que desprendían los hornos de secar, sin ningún tipo de protección.  En sus chozas había una sola cama, semejante a un armario, reservada a los padres, mientras que los hijos dormían alrededor en bancos.  Por la mañana la estancia se llenaba de olor a sopas; los domingos había gachas, y enrojecían de alegría los rostros de los niños cuando en los días de fiesta extraordinaria el negro café de bellotas se teñía de claro, cada vez más claro, con la leche que la madre vertía sonriendo en sus tazones.

Los padres se iban temprano al trabajo y dejaban a los hijos al cuidado de la casa; ellos barrían, hacían las camas, lavaban los platos y pelaban papas: preciosos y amarillentos frutos cuyas finas mondas tenían que presentar luego para no caer bajo sospecha de despilfarro o ligereza.

Cuando los niños regresaban del colegio debían ir al bosque a recoger setas o hierbas, según la época; asperilla, tomillo, comino y menta, también dedalera, y en verano, cuando habían cosechado el heno de sus miserables prados, recogían amapolas.  Las pagaban a un pfennig(2) o por un kilo pfennig en la ciudad, los boticarios las vendían por veinte pfennigs a las señoras nerviosas.  Las setas eran lo más valioso: las pagaban a veinte pfenngs por kilo y en las tiendas de la ciudad se vendían a un marco veinte.

En otoño, cuando la humedad hace brotar las setas de la tierra, los niños penetraban en lo más profundo y espeso del bosque, y así cada familia tenía sus rincones donde recoger las setas, sitios cuyo secreto se transmitía de generación en generación.

Los bosques y las agramaderas pertenecían a los Balek; en el pueblo de mi abuelo los Balek tenían un castillo, y la esposa del cabeza de familia de cada generación tenía un gabinete junto a la despensa donde se pesaban y pagaban las setas, las hierbas y las amapolas.  Sobre la mesa de aquel gabinete estaba la gran balanza de los Balek, un antiguo y retorcido artefacto, de bronce dorado, ante el cual habían esperado los abuelos de mi abuelo, con las cestitas de setas y los cucuruchos de amapolas entre sus sucias manos infantiles, mirando ansiosos cuántos pesos tenía que poner la señora Balek en el platillo para que el fiel de la balanza se detuviera exactamente en la raya negra, aquella delgada línea de la justicia que cada año había que trazar de nuevo.  La señora Balek después tomaba el libro de lomo de cuero pardo, apuntaba el peso y pagaba el dinero, en pfennigs o en piezas de diez pfennigs y, muy rara vez, de marco.

Y cuando mi abuelo era niño allí había un bote de vidrio con caramelos ácidos de los que costaban a marco el kilo, y cuando la señora Balek que en aquella época 83 gobernaba el gabinete se encontraba de buen humor, metía la mano en aquel bote y le daba un caramelo a cada niño, cuyos rostros enrojecían de alegría como cuando su madre, en los días de fiesta extraordinaria, vertía leche en sus tazones, leche que teñía de claro el café, cada vez más claro hasta llegar a ser tan rubio como las trenzas de las niñas.

Una de las leyes que habían impuesto los Balek en el pueblo, era que nadie podía tener una balanza en su casa.  Era tan antigua aquella ley que ya a nadie se le ocurría pensar cuándo y por qué había nacido, pero había que respetarla, porque quien no la obedecía era despedido de las agramaderas, y no se le compraban más setas, ni tomillo ni amapolas; y llegaba tan lejos el poder de los Balek que en pueblos vecinos tampoco había nadie que le diera trabajo ni nadie que le comprara las hierbas del bosque.  Pero desde que los abuelos de mi abuelo eran niños y recogían setas y las entregaban para que fueran a amenizar los asados o los pasteles de la gente rica de Praga, a nadie se le había ocurrido infringir aquella ley: los huevos se podían contar, se sabía cuánto se tenía hilado midiéndolo por varas y, por lo demás, la balanza de los Balek, antigua y de bronce dorado, no daba la impresión de poder engañar; cinco generaciones habían confiado al negro fiel de la balanza lo que con ahínco infantil recogían en el bosque.

Si bien entre aquellas pacíficas gentes había algunos que burlaban la ley, cazadores furtivos que pretendían ganar en una sola noche más de lo que hubieran ganado en un mes de trabajo en la fábrica de lino, a ninguno se le había ocurrido la idea de comprarse una balanza o fabricársela en casa.  Mi abuelo fue el primero que tuvo la osadía de verificar la justicia de los Balek que vivían en el castillo, que poseían dos coches, que siempre le pagaban a un muchacho del pueblo los estudios de teología en el seminario de Praga, a cuya casa, cada miércoles, acudía el párroco a jugar al tarot, a los que el comandante del departamento, luciendo el escudo imperial en el coche, visitaba para Año Nuevo, y a los que en 1900 el emperador en persona elevó a la categoría de nobles.

Mi abuelo era laborioso y listo; se internaba más en los bosques que los otros niños de su estirpe, se aventuraba en la espesura donde, según contaba la leyenda, vivía Bilgan, el gigante que guarda el tesoro de los Balderar.  Pero mi abuelo no tenía miedo a Bilgan: se metía hasta lo más profundo del bosque y, ya de niño, cobraba un importante botín de setas, e incluso encontraba trufas que la señora Balek valoraba en treinta pfennigs la libra.  Todo lo que vendía a los Balek mi abuelo lo apuntaba en el reverso de una hoja de calendario: cada libra de setas, cada gramo de tomillo, y, con su caligrafía infantil, apuntaba al lado lo que le habían pagado por ello; desde sus siete años hasta los doce, dejó inscrito cada pfennigs.  Y cuando cumplió los doce llegó el año 1900 y, para celebrar que el emperador les había concedido un título, los Balek regalaron a cada familia del pueblo un cuarto de libra de café auténtico del que viene del Brasil; también repartieron tabaco y cerveza a los hombres, y en el castillo se celebró una gran fiesta: la avenida de chopos que va de la verja al castillo estaba atestada de coches.

El día anterior a la fiesta repartieron el café en el gabinete donde hacía casi cien años que estaba instalada la balanza de los Balek, que se llamaban ahora Balek von Bilgan, 84 porque, según contaba la leyenda, Bilgan, el gigante, había vivido en un gran castillo allí donde ahora están los edificios de los Balek.

Mi abuelo muchas veces me había contado que, al salir de la escuela, fue a recoger el café de cuatro familias: los Chech, los Weidler, los Vohla y el suyo propio, el de los Brüchen.  Era la tarde de Año Viejo: había que adornar las casas, hacer pasteles, y no se quiso prescindir de cuatro muchachos para enviarlos al castillo a recoger un cuarto de libra de café.

Fue así como mi abuelo fue a sentarse en el banquillo de madera del gabinete, y esperando que Gertrud, la criada, le entregara los paquetes de octavo de kilo, previamente pesados, cuatro bolsas, fue que le dio por mirar la balanza en cuyo platillo izquierdo había quedado la pesa de medio kilo; la señora Balek von Bilgan estaba ocupada con los preparativos de la fiesta.  Y cuando Gertrud fue a meter la mano en el bote de vidrio de los caramelos ácidos para darle uno a mi abuelo, vio que estaba vacío: lo llenaba una vez al año y en él cabía un kilo de los de un marco: Gertrud se echó a reír y dijo: -Espera, voy a buscar más.  Y, con los cuatro paquetes de octavo de kilo que habían sido empaquetados y precintados en la fábrica, se quedó mi abuelo delante de la balanza en la que alguien había dejado la pesa de medio kilo.  Tomó los cuatro paquetitos de café, los puso en el platillo vacío y su corazón empezó a latir precipitadamente cuando vio que el negro indicador de la justicia permanecía a la izquierda de la raya, el platillo con la pesa de medio kilo seguía abajo y el medio kilo de café flotaba a una altura considerable; su corazón latía aún con más fuerza que si, apostado en el bosque, hubiese estado aguardando a Bilgan, el gigante; y buscó en el bolsillo unos guijarros de esos que siempre llevaba para disparar con la honda contra los gorriones que picoteaban entre las coles de su madre… tres, cuatro, cinco guijarros tuvo que poner al lado de los cuatro paquetes de café antes de que el platillo con la pesa de medio kilo se elevara y el indicador coincidiera, finalmente, con la raya negra.  Mi abuelo sacó el café de la balanza, envolvió los cinco guijarros en su pañuelo, y cuando Gertrud regresó con la gran bolsa de a kilo llena de caramelos ácidos que debían durar otro año para provocar el rubor de la alegría en los rostros de los niños, y ruidosamente los metió en el bote, el muchacho permaneció pálido y silencioso como si nada hubiese ocurrido.  Pero mi abuelo sólo tomó tres paquetes de café y Gertrud miró asombrada y asustada al pálido muchacho al ver que tiraba el caramelo ácido al suelo, lo pisoteaba y decía:

– Quiero hablar con la señora Balek.  -Querrás decir Balek von Bilgan -replicó Gertrud.  -Está bien, quiero hablar con la señora Balek von Bilgan.  Pero Gertrud se burló de él y mi abuelo volvió de noche al pueblo, dio el café que les correspondía a los Chech, los Weidler y los Vohla, e hizo ver que aún tenía que ir a hablar con el párroco.

Pero se fue con los cinco guijarros envueltos en el pañuelo, camino adelante.  Tuvo que ir muy lejos hasta encontrar quien tuviera una balanza, quien pudiera tenerla; en los pueblos de Blaugau y Bernau nadie la tenía, ya sabía eso, los atravesó y luego de caminar dos horas a oscuras llegó a la villa de Dielheim donde vivía el boticario Honig.  Salía de casa de Honig el olor a buñuelos recién hechos y cuando Honig abrió la puerta al muchacho aterido de frío, su aliento olía a ponche y llevaba un cigarro 85 húmedo entre los labios.  Oprimió un instante las manos frías del muchacho entre las suyas y dijo:

– ¿Qué sucede?  ¿Han empeorado los pulmones de tu padre?  -No, señor, no vengo en busca de medicinas; yo quería… Mi abuelo abrió el pañuelo, sacó los cinco guijarros, se los mostró a Honig y dijo: -Querría que me pesara esto.  Miró asustado para ver qué cara ponía Honig, pero como no decía nada, no se enfadaba ni le preguntaba nada, añadió: -Es lo que le falta a la justicia.  Y al entrar en la casa caliente, se dio cuenta de que llevaba los pies mojados.  La nieve había traspasado su viejo calzado, y al cruzar el bosque las ramas le habían sacudido la nieve encima; estaba cansado y tenía hambre, y de repente se echó a llorar porque pensó en la gran cantidad de setas, de hierbas y de flores pesadas con la balanza a la que faltaba el peso de cinco guijarros para la justicia.  Y cuando, sacudiendo la cabeza y con los cinco guijarros en la mano, Honig llamó a su mujer, mi abuelo pensó en la generación de sus padres y en la de sus abuelos, en todas aquellos que habían tenido que pesar sus setas y sus flores en aquella balanza, y le embargó algo así como una gran ola de injusticia y se echó a llorar aún más, y se sentó sin que nadie se lo dijera en una silla de la casa de Honig, sin fijarse en los buñuelos ni en la taza de café caliente que le ofrecía la buena y gorda señora Honig, y no cesó de llorar hasta que el propio Honig volvió de su tienda y, todavía sopesando los guijarros con una mano, decía en voz baja a su mujer:

– Cincuenta y cinco gramos, exactamente.

Mi abuelo anduvo las dos horas de regreso por el bosque, dejó que en su casa lo azotaran, y calló; tampoco contestó cuando le preguntaron por el café; se pasó la noche echando cuentas en el trozo de papel en el cual había apuntado todo lo que entregara a la actual señora Balek von Bilgan y cuando vio la medianoche, cuando se oyeron los disparos de mortero del castillo, el ruido de las carracas y el griterío jubiloso de todo el pueblo, cuando la familia se hubo abrazado y besado, mi abuelo dijo en el silencio que sigue al Año Nuevo:

– Los Balek me deben dieciocho marcos y treinta y dos pfennigs.

Y de nuevo pensó en todos los niños que había en el pueblo, pensó en su hermano Fritz que había recogido muchas setas, en su hermana Ludmilla, pensó en cientos de niños que habían recogido para los Balek setas, hierbas y flores, y no lloró esta vez, sino que contó a sus padres y a sus hermanos lo que había descubierto.

Cuando el día de Año Nuevo los Balek von Bilgan concurrieron a misa mayor con sus nuevas armas -un gigante sentado al pie de un abeto- en su coche ya campeando sobre azul y oro, vieron los duros y pálidos rostros de la gente mirándolos de hito en hito.  Habían esperado ver el pueblo lleno de guirnaldas, y que irían por la mañana a cantarles al pie de sus ventanas, y vivas y aclamaciones, pero, cuando ellos pasaron con su coche, el pueblo estaba como muerto; en la iglesia, los pálidos rostros de la gente se volvieron hacia ellos con expresión enemiga, y cuando el párroco subió al púlpito para decir el sermón, sintió el frío de aquellos rostros hasta entonces tan apacibles y amables, pronunció pesaroso su plática y regresó al altar bañado en sudor.

Y cuando, después de la misa, los Balek von Bilgan salieron de la iglesia, pasaron entre dos filas de silenciosos y pálidos rostros.  Pero la joven Balek von Bilgan se detuvo delante, junto a los bancos de los niños, buscó la cara de mi abuelo, el pequeño y pálido Franz Brücher y, en la misma iglesia, le preguntó: 86

– ¿Por qué no llevaste el café a tu madre?  Y mi abuelo se levantó y dijo: -Porque todavía me debe usted tanto dinero como cuestan cinco kilos de café -y sacando los cinco guijarros del bolsillo, los presentó a la joven dama y añadió-: Todo esto, cincuenta y cinco gramos, es lo que falta en medio kilo de su justicia.

Y antes de que la señora pudiera decir nada, los hombres y mujeres que había en la iglesia entonaron el canto: “La Justicia de la tierra, oh, Señor, te dio muerte…” Mientras los Balek estaban en la iglesia, Wilhelm Vohla, el cazador furtivo, había entrado en el gabinete, habían robado la balanza y aquel libro tan grueso, encuadernado en piel, en el cual estaban anotados todos los kilos de setas, todos los kilos de amapolas, todo lo que los Balek habían comprado en el pueblo.  Y toda la tarde del día de Año Nuevo, estuvieron los hombres del pueblo en casa de mis abuelos contando; contaron la décima parte de todo lo que les habían comprado… pero cuando habían ya contado muchos miles de marcos y aún no terminaban, llegaron los gendarmes del comandante del distrito e irrumpieron en la choza de mi abuelo disparando y empuñado las bayonetas y, a la fuerza, se llevaron la balanza y el libro.

En la refriega murió la pequeña Ludmilla, hermana de mi abuelo, resultaron heridos un par de hombres y fue agredido uno de los gendarmes por Wilhem Vohla, el cazador furtivo.

No sólo se sublevó nuestro pueblo, sino también Blaugau y Bernau, y durante casi una semana se interrumpió el trabajo de las agramaderas.  Pero llegaron muchos gendarmes y amenazaron a hombres y mujeres con meterlos en la cárcel, y los Balek obligaron al párroco a que exhibiera públicamente la balanza en la escuela y demostrara que el fiel de la justicia estaba bien equilibrado.  Y hombres y mujeres volvieron a las agramaderas, pero nadie fue a la escuela a ver al párroco.  Estuvo allí solo, indefenso y triste con sus pesas, la balanza y las bolsas de café.

Y los niños volvieron a recoger setas, tomillo, flores y dedaleras, mas cada domingo, en cuanto los Balek entraban a la iglesia, se entonaba el canto “La Justicia de la tierra, oh señor, te dio muerte”, hasta que el comandante del distrito ordenó hacer un pregón en todos los pueblos diciendo que quedaba prohibido aquel himno.

Los padres de mi abuelo tuvieron que abandonar el pueblo y la reciente tumba de su hijita; emprendieron el oficio de cesteros, no se detenían mucho tiempo en ningún lugar, porque les apenaba ver que en todas partes latía mal el péndulo de la justicia.

Andaban tras el carro que avanzaba lentamente por las carreteras, arrastrando una cabra flaca; y quien pasara cerca del carro a veces podía oír que dentro cantaban: “La Justicia de la tierra, oh Señor, te dio muerte”.  Y quien parara a escucharlos también podía oír la historia de los Balek von Bilgan, a cuya justicia faltaba la décima parte.

Pero casi nadie escuchaba.

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La gota de cera

 

 

  Aunque los historiadores apenas le nombran, Higinio fue de los más íntimos amigos de Alejandro Magno. No se menciona a Higinio, tal vez porque no tuvo la trágica muerte de Filotas, de Parmeion, y de aquel Clitos a quien Alejandro amaba entrañablemente, y a quien así y todo, en una orgía atravesó de parte a parte; y sin embargo (si no mienten documentos descubiertos por el erudito Julios Tiefenlehrer), Higinio gozó de tanta privanza con el conquistador de Persia, como demostrarán los hechos que voy a referir, apoyándome, por supuesto, en la respetabilísima autoridad del sabio alemán antes citado.

  Compañero de infancia de Alejandro, Higinio se crió con el héroe. Juntos jugaron y se bañaron en Pela, en los estanques del jardín de Olimpias, y juntos oyeron las lecciones de Aristóteles. La leche y la miel de la sabiduría la gustaron, así puede decirse, en un mismo plato; y en un mismo cáliz libaron el néctar del amor, cuando deshojaron la primera guirnalda de rosas y mirto en Corinto, en casa de la gentil hetera Ismeria. Grabó su afecto con sello más hondo el batirse juntos en la memorable jornada de Queronea, en la cual quedó toda Grecia por Filipo, padre de Alejandro. Los dos amigos, que frisaban en los diecinueve años entonces, mandaron el ala izquierda del ejército, y destruyeron por completo la famosa “legión sagrada” de los tebanos. La noche que siguió a tan magnífica victoria, Higinio pudo haber conseguido el generalato; Alejandro se lo brindaba, con hartos elogios a su valor. Pero Higinio, cubierto aún de sangre, sudor y polvo, respondió dulcemente a los

ofrecimientos de su amigo y príncipe:

  -No acepto el generalato, porque habiéndome portado bien hoy, tal recompensa y tan alta dignidad me obligarían en conciencia a portarme todavía mejor en otras ocasiones que sobreviniesen, y no puedo comprometerme a amanecer cada día con más valor y más fortuna. Además, de las enseñanzas de nuestro maestro Aristóteles saco yo en limpio que el hombre, habitualmente, debe vivir en paz y no en guerra. Queda demostrado que no soy ningún medroso. El que ha combatido a tu lado en Queronea ya tiene derecho a plantar un laurel en el sagrado bosque de Marte. Déjame de batallas y dame otro puesto cerca de ti, Alejandro, porque te quiero bien y te serviré fielmente.

  Alejandro, cuya sangre hervía pidiendo luchas y glorias, se conformó mal de su grado a los deseos de Higinio, y le nombró su gran copero. Era cargo en extremo descansado y de alta confianza, pues sus funciones consistían en custodiar y servir la copa de oro reservada al príncipe, a fin de que nadie pudiese depositar en ella ponzoña. El oficio de Higinio le permitía vivir en constante comunicación con Alejandro, y cuando éste subió al trono, sucediendo a su padre, asesinado por Pausanias, los cortesanos auguraron a Higinio brillante carrera. Poco tardaron en verse desmentidos tales pronósticos: Higinio continuó presentando, recogiendo y custodiando la ya regia copa, sin mezclarse en intrigas ni aspirar a otras grandezas.

  Mientras tanto, Alejandro asombraba al universo con sus campañas y triunfos, y ofrecía a Grecia, en compensación de la perdida libertad, páginas de luz para la Historia.

  Conteniendo a los bárbaros y sojuzgando el inmenso Imperio de Asia, bien pronto se vio dueño del mundo Alejandro. Cuando, después de dejar trazado el emplazamiento de Alejandría, y de entrar vencedor en Babilonia y Ecbtana, el hijo de Filipo se declaró “hijo de Júpiter” y decretó su propia apoteosis, Higinio -que hacía mucho tiempo no departía con su rey, limitándose a servirle la copa en silencio- fue despertado a las altas horas de la noche de orden de Alejandro que le llamaba a su cabecera. La recién hecha deidad no podía dormir, y reclamaba cuidados y consuelos…

  -Señor -dijo Higinio-, celebro poder hablarte sin testigos, como antaño. Justamente deseaba rogarte que me consientas dejar tu servicio y retirarme a mi casita del Ática, donde poseo olivos y colmenas.

  -¡Bonita ocasión escoges para abandonarme! -exclamó furioso Alejandro-. ¡Por el intento merecías que te mandase crucificar! ¿Deseas riquezas? Pide cuanto se te antoje… Pero ¿marcharte? Ni lo sueñes. ¿Y de dónde nace esa manía?

  -Ya que lo preguntas -contestó Higinio-, lo vas a saber. Yo fui amigo y servidor de un hombre; pero ahora parece que ese hombre se ha vuelto dios. No tengo vocación al sacerdocio. Desde que has ascendido a hijo de Júpiter Hamnon, hermano de Apolo, me inspiras temor y frialdad. El Alejandro que yo amaba no existe. Has ascendido al Olimpo. Él es inmortal, yo mortal. No nos entendemos. Por otra parte, la idea que me he formado de un dios, según la sublime doctrina de Aristóteles…

  -¡Dale con Aristóteles! -interrumpió el conquistador-. ¡Como le atrape, a ese sí que le crucifico! ¡Y alto, para que todos lo vean!

  -Crucifica, pero escucha. Prescindamos de Aristóteles y supongamos que, en efecto, eres dios. Pues si eres dios, yo no puedo cometer sacrilegio; yo no puedo seguir envenenándote.

  -¿Envenenarme tú? -gritó Alejandro incorporándose convulso sobre su lecho de marfil incrustado de oro-. ¡Ahora comprendo por qué un fuego constante abrasa mis venas; ahora comprendo por qué no descanso sino en horrible modorra; ahora me explico las visiones y las pesadillas que de noche me asaltan y empapan mis sienes en sudor frío! ¡Envenenarme tú! -y con súbito acceso de ternura suspiró-. ¿Y por qué quieres mi muerte, tú, mi amigo de la niñez, mi hermano de armas en Queronea?

  Higinio, conmovido, se arrojó a los pies de Alejandro, y éste abrió los brazos; los dos amigos juntaron sus rostros y mezclaron sus cabelleras, y el copero declaró, en tono muy diverso del de antes:

  -Señor, dulce amado mío, si te enveneno, es contra mi voluntad y por orden tuya… Esas visiones, esas torturas de que te quejas proceden de la doble embriaguez en que vives: estás ebrio de poder y de vino añejo… Antes sólo me pedías la copa dos o tres veces en cada comida; desde que el Asia te ha inoculado su molicie y sus vicios, me duelen las manos de tanto recoger la copa vacía y extendértela colmada… Tu alma se ha turbado, la demencia te ronda, te habitúas a la crueldad, hieres a tus leales y morirás joven, sin que nadie necesite pegarte una puñalada, como a tu padre. No quiero ser cómplice, y me voy.

  Alejandro, pensativo, seguía estrechando el cuello y la cabeza de su amigo contra su pecho.

  -Tienes razón, amado -murmuró al fin con sinceridad generosa-. Pero el hábito de beber se ha arraigado en mí, y si no bebo, me caigo a pedazos. ¿Qué haré? Aconséjame.

  -No puedo -declaró Higinio- curarte la borrachera del poder; pero trataré de salvarte de la otra sin que te prives de tu gusto. Fíate en mí y verás.

  En efecto, los días que siguieron a esta conversación, Alejandro continuó bebiendo copas tan rebosantes y tantas en número como siempre. No obstante, poco a poco notó con placer gran mejoría. Gradualmente se despejaba su cabeza, se tranquilizaban sus nervios, volvía a sus miembros el vigor y la alegría a su espíritu. Vastos planes maduraban en su cerebro, sobrehumanas empresas bullían en su imaginación heroica. Pasmado y enajenado preguntó a Higinio el secreto, sin que éste se prestase a revelarlo. Pero un cierto Arsotas, juglar persa, adulador y afeminado, que divertía mucho al rey, le dio la clave del enigma.

  -Tu gran copero, ¡oh divino Alejandro!, echa cada día una gota de cera en el fondo de tu copa. Así, insensiblemente, reduce su cabida y acorta tus libaciones. Bebes cada día una gota menos. ¡El osado Higinio se atreve a engañar a su soberano y a cercenar sus deleites!

  Quedó Alejandro sorprendido; después su sorpresa se convirtió en enojo. ¡Tratarle como a un chiquillo! ¡Embaucarle con un artificio así! ¡Ah! No lo consentiría. ¿Qué se figuraba Higinio? Y una mañana mandó registrar y limpiar la copa, y a la tarde estableció sus famosos certámenes de intemperancia, apostando a beber con los más pellejos de su ejército. Higinio entonces desapareció; probablemente se retiraría al Ática. En cuanto a Alejandro, nadie ignora la ocasión y modo de su muerte: después de vaciar, con alarde jactancioso, no su propia copa, sino la enorme llamada de Hércules, cayó redondo, dando un grito. La fiebre que allí mismo se apoderó de él le arrebató del mundo a los treinta y dos años de edad, en la plenitud de la vida y de la gloria.

  “El Imparcial”, 25 de septiembre de 1898.

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LA HERMOSA SIRVIENTA (Yalal Al-Din Rumi)

    Erase una vez un sultán, dueño de la fe y del mundo. Habiendo salido de caza, se alejó de su palacio y, en su camino, se cruzó con una joven esclava. En un instante él mismo se convirtió en esclávo. Compró a aquella sirvienta y la condujo a su palacio para decorar su dormitorio con aquella belleza. Pero, enseguida, la sirvienta cayó enferma.

  ¡Siempre pasa lo mismo! Se encuentra la cántara, pero no hay agua. Y cuando se encuentra agua, ¡la cántara está rota! Cuando se encuentra un asno, es imposible encontrar una silla. Cuando por fin se encuentra la silla, el asno ha sido devorado por el lobo.

  El sultán reunió a todos sus médicos y les dijo:

  “Estoy triste, sólo ella podrá poner remedio a mi pena. Aquel de vosotros que logre curar al alma de mi alma, podrá participar de mis tesoros.”

  Los médicos le respondieron:

  “Te prometemos hacer lo necesario. Cada uno de nosotros es como el mesías de este mundo. Conocemos el bálsamo que conviene a las heridas del corazón.”

  Al decir esto, los médicos habían menospreciado la voluntad divina. Pues olvidar decir “¡Insh Allah!” hace al hombre impotente. Los médicos ensayaron numerosas terapias, pero ninguna fue eficaz. La hermosa sirvienta se desmejoraba cada día un poco más y las lágrimas del sultán se transformaban en arroyo.

  Todos los remedios ensayados daban el resultado inverso del efecto previsto. El sultán, al comprobar la impotencia de sus médicos, se trasladó a la mezquita. Se prosternó ante el Mihrab e inundó el suelo con sus lágrimas. Dio gracias a Dios y le dijo:

  “Tú has atendido siempre a mis necesidades y yo he cometido el error de dirigirme a alguien distinto a ti. ¡Perdóname!”

  Esta sincera plegaria hizo desbordarse el océano de los favores divinos, y el sultán, con los ojos llenos de lágrimas, cayó en un profundo sueño. En su sueño, vio a un anciano que le decía:

  “¡Oh, sultán! ¡Tus ruegos han sido escuchados! Mañana recibirás la visita de un extranjero. Es un hombre justo y digno de confíanza. Es también un buen médico. Hay sabiduría en sus remedios y su sabiduría procede del poder de Dios.”

  Al despertar, el sultán se sintió colmado de alegría y se instaló en su ventana para esperar el momento en el que se realizaría su sueño. Pronto vio llegar a un hombre deslumbrante como el sol en la sombra.

  Era, desde luego, el rostro con el que había soñado. Acogió al extranjero como a un visir y dos océanos de amor se reunieron. El anfitrión y su huésped se hicieron amigos y el sultán dijo:

  “Mi verdadera amada eras tú y no esta sirvienta. En este bajo mundo, hay que acometer una empresa para que se realice otra. ¡Soy tu servidor!”

  Se abrazaron y el sultán añadió:

  “¡La belleza de tu rostro es una respuesta a cualquier pregunta!”

  Mientras le contaba su historia, acompañó al sabio anciano junto a la sirvienta enferma. El anciano observó su tez, le tomó el pulso y descubrió todos los síntomas de la enfermedad. Después, dijo:

  “Los médicos que te han cuidado no han hecho sino agravar tu estado, pues no han estudiado tu corazón.”

  No tardó en descubrir la causa de la enfermedad, pero no dijo una palabra de ella. Los males del corazón son tan evidentes como los de la vesícula. Cuando la leña arde, se percibe. Y nuestro médico comprendió rápidamente que no era el cuerpo de la sirvienta el afectado, sino su corazón.

  Pero, cualquiera que sea el medio por el cual se intenta describir el estado de un enamorado, se encuentra uno tan desprovisto de palabras como si fuera mudo. ¡Sí! Nuestra lengua es muy hábil en hacer comentarios, pero el amor sin comentarios es aún más hermoso. En su ambición por describir el amor la razón se encuentra como un asno tendido cuan largo es sobre el lodo. Pues el testigo del sol es el mismo sol.

  El sabio anciano pidió al sultán que hiciera salir a todos los ocupantes del palacio, extraños o amigos.

  “Quiero, dijo, que nadie pueda escuchar a las puertas, pues tengo unas preguntas que hacer a la enferma.”

  La sirvienta y el anciano se quedaron, pues, solos en el palacio del sultán. El anciano empezó entonces a interrogarla con mucha dulzura:

  “¿De dónde vienes? Tú no debes ignorar que cada región tiene métodos curativos propios. ¿Te quedan parientes en tu país? ¿Vecinos? ¿Gente a la que amas?”

  Y, mientras le hacía preguntas sobre su pasado, seguía tomándole el pulso.

  Si alguien se ha clavado una espina en el pie lo apoya en su rodilla e intenta sacársela por todos los medios. Si una espina en el pie causa tanto sufrimiento, ¡qué decir de una espina en el corazón! Si llega a clavarse una espina bajo la cola de un asno, éste se pone a rebuznar creyendo que sus voces van a quitarle la espina, cuando lo que hace falta es un hombre inteligente que lo alivie.

  Así nuestro competente médico prestaba gran atención al pulso de la enferma en cada una de las preguntas que le hacía. Le preguntó cuáles eran las ciudades en las que había estado al dejar su país, cuáles eran las personas con quienes vivía y comía. El pulso permaneció invariable hasta el momento en que mencionó la ciudad de Samarkanda. Comprobó una repentina aceleración. Las mejillas de la enferma, que hasta entonces eran muy pálidas, empezaron a ruborizarse. La sirvienta le reveló entonces que la causa de sus tormentos era un joyero de Samarkanda que vivía en su barrio cuando ella había estado en aquella ciudad.

  El médico le dijo entonces:

  “No te inquietes más, he comprendido la razón de tu enfermedad y tengo lo que necesitas para curarte. ¡Que tu corazón enfermo recobre la alegría! Pero no reveles a nadie tu secreto, ni siquiera al sultán.”

  Después fue a reunirse con el sultán, le expuso la situación y le dijo:

  “Es preciso que hagamos venir a esa persona, que la invites personalmente. No hay duda de que estará encantado con tal invitación, sobre todo si le envías como regalo unos vestidos adornados con oro y plata.”

  El sultán se apresuró a enviar a algunos de sus servidores como mensajeros ante el joyero de Samarkanda. Cuando llegaron a su destino, fueron a ver al joyero y le dijeron:

  “¡Oh, hombre de talento! ¡Tu nombre es célebre en todas partes! Y nuestro sultán desea confiarte el puesto de joyero de su palacio. Te envía unos vestidos, oro y plata. Si vienes, serás su protegido.”

  A la vista de los presentes que se le hacían, el joyero, sin sombra de duda, tomó el camino del palacio con el corazón henchido de gozo. Dejó su país, abandonando a sus hijos, y a su familia, soñando con riquezas. Pero el ángel de la muerte le decía al oído:

  “¡Vaya! ¿Crees acaso poder llevarte al más allá aquello con lo que sueñas?”

  A su llegada, el joyero fue presentado al sultán. Este lo honró mucho y le confió la custodia de todos sus tesoros. El anciano médico pidió entonces al sultán que uniera al joyero con la hermosa sirvienta para que el fuego de su nostalgia se apagase por el agua de la unión.

  Durante seis meses, el joyero y la hermosa sirvienta vivieron en el placer y en el gozo. La enferma sanaba y se volvía cada vez más hermosa.

  Un día, el médico preparó una cocción para que el joyero enfermase. Y, bajo el efecto de su enfermedad, este último perdió toda su belleza. Sus mejillas palidecieron y el corazón de la hermosa sirvienta se enfrió en su relación con él. Su amor por él disminuyó así hasta desaparecer completamente.

  Cuando el amor depende de los colores o de los perfumes, no es amor es una vergüenza. Sus más hermosas plumas, para el pavo real, son enemigas. El zorro que va desprevenido pierde la vida a causa de su cola. El elefante pierde la suya por un poco de marfil.

  El joyero decía:

  “Un cazador ha hecho correr mi sangre, como si yo fuese una gacela y él quisiera apoderarse de mi almizcle. Que el que ha hecho eso no crea que no me vengaré.”

  Rindió el alma y la sirvienta quedó libre de los tormentos del amor. Pero el amor a lo efímero no es amor.

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LEYENDA DE LA CALLE DE NIÑO PERDIDO

 

Una de las historias coloniales que originó el nombre de la calle “niño perdido”, hoy Eje Central, es la que ahora presentamos a nuestros lectores, por ser la más aceptable y sobrecogedora.

El suceso tuvo lugar en lo que hace algunos años fue la esquina Arcos de Belén y Niño Perdido. Ahí, en 1652, existía una laguneta, y cerca de ella, una casa grande, elegantemente construida, a la que mucho tiempo después se llamó “casa del apartado”, ya que este lugar se destinó a apartar el oro y la plata.

La casa era habitada por Don Adrián de Villacaña, hombre entrado en años, viudo, y padre de un niño de unos ocho o nueve años de edad. El pequeño Lauro de la Luz llevaba una vida apacible al lado de su padre. Disfrutaba de cierta libertad, ya que podía ausentarse de su morada para ir a jugar a los alrededores, especialmente a la laguneta, su lugar de recreo favorito.

Ahí se encontraba precisamente el 30 de marzo de dicho año, día que sería definitivo para el rumbo de su existencia.

Mientras que en la casa mayor se arreglaba y disponía todo con esmero para recibir a la persona que vendría de España, dos muchachas salían en busca del niño, apresuradas e inquietas, ya que el infante debía estar vestido con propiedad, de acuerdo a la ocasión.

Después de rodear la laguna y llamarlo a gritos, lo descubrieron en una de sus orillas.

—¿Niño Lauro, en dónde andáis?

—Aquí —contestó el niño—. No hagáis ruido, por favor, que espantáis a los peces.

—Pero si aquí no hay mas que ajolotes.

—Aún así, no los espantéis.

—Vamos ya; venid, que vuestro padre os llama con urgencia.

—Está bien, está bien.

El niño fue llevado ante su padre, quien lo miró con severidad.

—¡Pero mirad como traéis vuestras ropas, Lauro! ¡Venís cubierto de lodo!

—Estaba jugando, padre —contestó el niño, aún malhumorado porque lo habían quitado de sus juegos.

—Bien, bien —dijo el padre. Y dirigiéndose a una de las sirvientas, ordenó:

—Aseadle y ponedle ropa apropiada para recibir a Doña Elvira.

Llevado de la mano por la muchacha, el padre ya no vio la cara interrogante del niño, quien preguntó:

—¿Por qué me arregláis con tanto esmero?

—Tendréis que estar correcto para recibir a vuestra madre.

—¡Pero mi madre está muerta! ¡Yo no tengo dos madres!

—La dama que llega hoy de España se casará con vuestro padre, niño. Por eso será vuestra madre.

—¡No! ¡Nana Ricarda me ha dicho que mi madre está en el cielo! ¡No tendré nunca otra madre! ¡Entendedlo! ¡No llamaré madre a esa mujer!

Desde el momento en que Doña Elvira descendió del carruaje, apoyada galantemente por Don Adrián de Villacaña, el niño supo que, en efecto, esa mujer no podría ocupar el lugar de su progenitura. Vestida con elegancia y sobriedad, propio de una mujer madura, su talante denotaba claramente un carácter difícil. Su mirada, exenta de toda ternura, se posaba distante en la servidumbre, amable ante Don Adrián, pero cuando miró al pequeño, desde su elevada estatura, su expresión endureció por completo, comprendió que no lo adoptaría jamás.

—¿Éste es vuestro hijo?

—Y también será el vuestro. Señora. —Contestó Don Adrián.

—No se equivocaron quienes me dijeron que se parecía a su madre.

—Sí, se parece a la señora cuyo puesto venís a ocupar.

Casaron de inmediato y conforme el transcurso de los días, Doña Elvira fue sintiendo el peso de su condición. Era la señora de la casa, cierto, pero venía a “ocupar un lugar”, como le había dicho su esposo, un lugar vacío.

Así, empezó a tomar mayor aversión al pequeño. Lo odiaba en silencio, al igual que a la casa que habitaba, pues toda ella contenía la presencia de la difunta: el estilo y disposición de los muebles, los finos cortinajes, los candelabros y figuras de ornato, y especialmente el retrato de la mujer, que ocupaba la pared central de la sala. El porte natural de la difunta, su belleza, y la expresión dulce y sosegada que dominaba su rostro, parecía una burla ante Doña Elvira, burla sellada a diario por el enorme parecido del niño con su madre.

Ésta observaba el cuadro con desdén, diciendo para sus adentros “Ah, cuánto os odié desde siempre, tanto como odio a vuestro maldito hijo. Si no fuera porque anhelé ser la esposa de Don Adrián, jamás habría venido a la Nueva España”.

Sin embargo, Doña Elvira tuvo buen cuidado de no mostrar sus sentimientos ante el niño y menos a su esposo, de modo que, cuando llegó aquel fatídico día, fingió un enorme pesar y angustia ante su señor.

—¡Bendito Dios que habéis llegado, Don Adrián?

—¿Qué es lo que sucede?

—¡Vuestro hijo! ¡El niño se ha perdido!

—¡No es posible! ¿Lauro perdido?

—Sí, Señor mío, desde esta mañana no le encontramos.

—¡Hablad, insensatos! —dijo a la servidumbre que allí se encontraba—. ¿Dónde lo habéis visto por última vez?

—En casa, señor amo —contestó la sirvienta.

—Mas como le da por irse a jugar a la laguneta…

—¡Pronto! Reunid a toda la servidumbre e id a buscar a la laguneta. ¡Daos prisa, por Dios!

Durante muchas horas la gente recorrió la laguna; unos sondeaban en las orillas, otros remaban en las aguas, se sumergían, hundían varas largas hasta tocar el fango, sin que nada encontraran. Un día más se repitió la búsqueda hasta que, al anochecer, Don Adrián, de pie en las orillas, miró acercarse a una servidumbre exhausta y triste. El más resuelto se acercó a él:

—Patrón, yo creo que se lo tragó la laguna. ¡Dios se apiade del niño Lauro!

Los años pasaron y Don Adrián enfermó de pena. Nada quedaba de su donaire. Si bien no había sido un hombre atractivo, poseía unos ojos grandes, color de miel, que miraban con profundidad, y un bigote que juntado a la barba le cerraba virilmente los labios gruesos. Mas todo en él había cambiado, sobre todo su gesto; antes sereno, se volvió severo, oscuro, más en las noches en que veía pasar, como una sombra, la figura altiva y silenciosa de Doña Elvira.

Su corazón le decía que no estaba equivocado, cuando pensaba que esa mujer conocía la verdad de la desaparición de su hijo. Quizá no se había enamorado nunca de ella, pero creyó que se acompañarían de buen agrado. Ahora su sentimiento era extraño, una mezcla de recelo y de costumbre los unía. Mas el vínculo conyugal se hallaba roto, apenas se dirigían la palabra. Encerrados en las frías habitaciones de la gran casona, Doña Elvira se consolaba admirando sus bellos y costosos vestidos.

—¿No os cansáis de mirar esos trajes, mujer?

—No. Dejadme, ya que nunca los usé. Siempre soñé con mostrarlos en reuniones y en saraos, pero nunca me invitasteis, a gracia de…

—Sí, por la pena que me causa la desaparición de mi hijo, no os lo puedo negar.

—¿Y qué culpa tengo yo de eso?

—No lo sé, Señora, no lo sé…

—Os sumergís en vuestra pena y me arrastráis también.

—Imposible evitarlo. Mas creo que la muerte me hará olvidarlo todo.

Dos años después, Don Adrián vio cumplido su deseo. Murió a causa del dolor, dice la leyenda.

Mucho tiempo después, se acercaba en dirección a la casa un carruaje, cuyo cochero llevaba como pasajera a una muchacha llamada Dorotea, sobrina de una de las criadas más antiguas, que había sido llamada por ésta para entrar en el servicio de la casa.

Expectante y un tanto insegura, por ser la primera vez que se alejaba de su hogar, la muchacha recibió en boca del cochero los indicios de lo que sería su terrible experiencia en la casa mayor.

—Así que vais a servir en casa de Doña Elvira de Zúñiga. ¡Dios nos ampare, muchacha, no durareis mucho tiempo!

—¿Por qué decís tal? —contestó asombrada Dorotea.

—No digáis una palabra de esto, pero dicen que esa vieja está poseída del demonio. Y más que por el demonio, también por los fantasmas.

—¡Dios alabado!

—Cuidaos mucho. Y decidme: ¿habréis traído consigo una reliquia?

—La llevo atada al cuello.

—Bien. No os despeguéis de ella, os hará mucha falta. Y en cuanto a la vieja, tenedla bien vigilada.

Con tan malos augurios la joven llegó a la casa, en cuya puerta de entrada la esperaba un criado. Éste la condujo hasta la cocina, donde su tía Casilda le aguardaba. La recibió amable, le ofreció chocolate caliente y una buena cena, para en seguida mostrarle su cuarto.

A la luz de una vela, la anciana le explicó sus obligaciones:

—Recibiréis vuestra paga y una buena alimentación, mas deberéis ser discreta.

—Os obedeceré en todo, tía.

—Escuchéis cuanto escuchéis, y veáis cuanto veáis, no diréis nada a nadie ajeno a esta casa. ¿Entendisteis bien?

—Sí, tía, pero sabed que siento un gran temor por esta casa. Decidme de la señora…

—La ama está enferma, eso es todo.

La tía se levantó de su asiento, y antes de irse le advirtió:

—Vuestro cuarto queda cerca de su alcoba. Si llama, no acudáis si no es preciso. Buenas noches.

Su temor aumentó con esta noticia. Ahora estaba sola, en una habitación que era sencilla y cómoda, pero Dorotea apenas si lo notaba, absorta como estaba en sus pensamientos. “¿Cómo podré saber cuál es el momento preciso? ¿Cómo será esa mujer?”. Esa noche tuvo un sueño intranquilo, apenas si logró descansar.

Al día siguiente, pudo olvidar un poco sus temores, ocupada en la cocina la mayor parte del día. Sin embargo, al llegar la noche, tuvo que pasar por la puerta de la alcoba de Doña Elvira, ya que desde una de las entradas del pasillo que conducía a su habitación, se encontraba la alcoba de la señora, antecediendo a la suya.

El retrato de Don Adrián de Villacaña, colocado a un lado de la entrada, no fue lo que la detuvo de repente. Fue el ruido que escuchó, del otro lado de la habitación; el roce de pesadas telas y el fru-frú de una falda de brocatel.

El saber que estaba despierta, escuchar sus pasos lentos, la dejaron paralizada, pero instintivamente tomó entre sus manos la medalla que le colgaba del cuello y se alejó presurosa. Se metió a la cama sin desvestirse, rezando, pidiendo al cielo protección. Así estuvo por un tiempo que le pareció interminable. No podía dormir. Rezaba y deseaba estar lejos de ahí. De pronto, oyó el rechinar de su puerta, vio que ésta se abría lentamente, y a la luz de una vela, miró una forma humana.

—¡Amparadme dios mío!

Apenas se escuchó decir, pero se tranquilizó cuando vio que se trataba de una sirvienta, de las más antiguas, lo mismo que su tía. La mujer, llamada Ricarda, se acercó con una vianda y le ordenó:

—Tomad, llevad esta leche con azahares para la señora ama.

—Pero… ¿he de ser yo?

—Sí, desde hoy seréis vos quien le lleve todas las noches la leche a la ama.

¡Qué tarea tan difícil le habían señalado!, pensaba. No se atrevía a abrir la puerta de la alcoba; las manos, temblorosas, agitaban la pequeña charola de plata, y el vaso en ella colocado. Al fin abrió, para vislumbrar, al fondo, y en medio de la tenue oscuridad apenas iluminada por una escasa vela, el lecho de la señora. Con un dosel construido con fina madera y cortinajes de hermosas telas, el lecho parecía lúgubre, tétrico. Más bien semejaba la tumba del ser que apenas, a lo lejos, se veía.

Conforme se acercó, pudo apreciar la terrible visión: la mujer, rígida y extendida a lo largo del lecho, tenía los ojos abiertos, con la expresión de un muerto que acaba de dejar la vida. La boca, levemente entreabierta, parecía exhalar aire, pero ningún ruido se escuchaba, ningún movimiento de respiración, lo mismo que en el pecho, cuyas manos huesudas y arrugadas se hallaban entrelazadas sobre éste. Dorotea no quería respirar, no quería mirar. Las cortinas se hallaban recogidas, apenas si tenía que levantarlas un poco.

Al fin, tras darse cuenta de que estaba inmóvil, quizá dormida, quería creer, adelantó unos pasos. Depositó la charola con el vaso sobre la pequeña mesita de noche, sin hacer el menor ruido, el menor tintineo que despertara a ese ser espantoso. Pero entonces, una mano fría, delgada, oprimió con fuerza la muñeca de su mano. Como un espectro, la mujer apareció ante ella. Violenta, con los ojos amarillentos que parecían desprender llamas, y sin dejar de oprimir su mano, le dijo:

—¿Por qué andáis diciendo que yo maté al niño? Decidme, pequeña criatura.

Ante la insólita pregunta, la muchacha no supo qué decir.

—¡Responded! ¿Por qué andáis diciendo que yo maté al niño?

—¡Por amor de Dios, señora, yo no dije tal!

—¡Os sacaré los ojos, os arrancaré la lengua con mis uñas, muchacha embustera!

Doña Elvira persiguió a la sirvienta, que echó a correr rumbo a la puerta. A sus gritos acudieron las viejas sirvientas, que dominaron la situación en seguida.

—Vamos, señora ama, ¡calmaos! Descansad, nadie os volverá a molestar.

Al día siguiente, muy temprano, Dorotea buscó a su tía, resuelta a marcharse. La vieja Casilda, que en ese momento se ocupaba de arreglar las plantas de una jardinera, en el corredor exterior de la casa, escuchó con paciencia su decisión, mas antes de contestarle, apareció tras de ellas una sirvienta, que dijo fríamente:

—Ya no habrá necesidad de que os marchéis, muchacha. La señora ha muerto.

Con la promesa de irse juntas una vez que llegara la persona que se haría cargo de la casa, su tía le pidió ayuda en el arreglo de la alcoba de la difunta, a lo que tuvo que acceder Dorotea. Iba temerosa, pero a la vez, una curiosidad morbosa la impelía. Cuando entró en la alcoba, el vaho de la muerte aún impregnaba el lugar, pese a los ventanales abiertos y las cortinas corridas, que permitían la entrada libre de la luz y el aire.

Miró de reojo el lecho, vio el perfil de la muerta, mas un impulso la hizo fijarse por completo en ella, y acercarse. La anciana yacía en su lecho, rígida, pálida, vestida con las mismas ropas que la noche anterior de su pesadilla. Sus ojos, desmesuradamente abiertos, no albergaban expresión alguna.

Dorotea tuvo que esforzarse por concentrarse cuando su tía le ordenaba sus ocupaciones; se animaba en parte por la presencia de los demás sirvientes, que sin mayor emoción preparaban a la muerta.

Un día después, tras el entierro, dispuesto por las ancianas sirvientas a falta de un patrón, todo volvió a la normalidad, a ese pesado ambiente de encierro, a esa opresión que lo envolvía todo con su halo de muerte y terror, y que iba creciendo conforme llegaba la noche.

Cuatro meses hubo que esperar hasta que por fin llegó Don Tomás de Villacaña, hermano del finado Don Adrián. Una vez que tomó posesión de la finca, Don Tomás determinó que la casa sería clausurada. Liquidó a la mayoría de los sirvientes, y reunió a las viejas criadas, a quienes dijo:

—Habéis servido a mi hermano y a doña Elvira fielmente. Os gratificaré espléndidamente, no pasaréis apuros en vuestra vejez.

—Gracias, caballero. Os agradecemos infinitamente. —Respondieron Casilda y Ricarda.

—Apuráos, pues, que mañana cerraremos la casa y nos marcharemos todos.

—Todo estará listo, señor amo.

Tras la muerte de Doña Elvira, la muchacha seguía ocupando la misma habitación que le destinaron desde su llegada. En su momento, pidió a su tía que le permitiera quedarse en otro lugar, pero ésta alegó que la difunta descansaba en paz, como al parecer así ocurría, la muchacha al fin se acostumbró.

Llegada esa noche, la última en esa casa, la limpieza y el orden de muebles y objetos, así como los preparativos para el viaje próximo, habían agotado a la joven. Sus sentimientos oscilaban: sentía una gran alegría por retornar de nuevo a su hogar, con su familia, sus conocidos; una sensación de descanso la embargaba, a sabiendas que al fin dejaría esa casa, con sus terribles recuerdos. Y sin embargo, experimentaba una gran angustia, como si algo extraño empezara a invadir la casa, algo más allá que su atmósfera lúgubre, triste, que su olor a encierro y humedad. Era como una presencia viva.

Trataba de sacudirse estos pensamientos que la afectaban precisamente a esa hora en que caminaba por el pasillo rumbo a su habitación, cuando de pronto, al pasar por la puerta que tanto temía, percibió con mayor fuerza esa presencia. Sin poder avanzar, quedó recargada en la pared, cuando escuchó, del otro lado de la alcoba de la difunta, un ruido de pasos, pesadas telas, y el fru-frú de una larga falda de brocatel.

Entonces, volvió el rostro y la vio: Doña Elvira salía de la habitación, envuelta en una luz extraña que destacaba su rostro macilento y al mismo tiempo daba fulgor a sus ojos de muerta, a su expresión decidida. Llevaba una llave luminosa en la mano, y sujetándola con fuerza, sin notar la presencia de la joven, se alejó, caminando pesadamente hasta el fondo del pasillo. Al llegar ahí, tomó la llave y abrió una puerta, para desaparecer tras ella.

Dorotea perdió el aliento, no supo cómo fue que gritó, enloquecida:

—¡El fantasma de Doña Elvira! ¡Dios nos guarde!

A los gritos acudieron las sirvientas y Don Tomás.

—¿Qué sucede, muchacha? ¿Por qué gritáis de esa forma?

Preguntó Don Tomás, espada en mano.

La joven relató lo sucedido:

—¡Era ella, señor, os lo juro! ¡Entró por esa puerta! —decía señalando al fondo.

—¿Puerta? ¡Pero si allí no existe puerta alguna! —contestó Don Tomás, mientras caminaba hacia el lugar que la muchacha indicaba.

—¡Os lo juro! ¡Había una puerta ahí! ¡Ella la abrió con una llave luminosa!

—Aguardad, ahora recuerdo algo… Sí, venid conmigo.

La joven siguió a Don Tomás, quien extrajo una llave de un arcón, colocado entre varios muebles y objetos desordenados, en el sitio que fuera el costurero de la señora.

—Mirad, recién descubrí esta llave en este arcón. Pero miradla bien. ¿Se parecía a ésta?

La muchacha la observó por unos momentos.

—Creo que… ¡Es la misma!

—¡Dios alabado! Bien. Por ahora descansad, mañana traeré hombres para que tiren la pared. Si el fantasma de mi cuñada quiere mostrarnos algo ¡Lo hallaremos!

Muy de mañana, al día siguiente, dos hombres comenzaron a romper el muro en el lugar donde la muchacha había visto la puerta. Tras destruirlo con unos picos de metal, algunas horas después, descubrieron una puerta forrada de láminas de plomo. Don Tomás ordenó descubrirla por completo. A continuación, los hombres se colocaron en cada lado de la puerta, tiraron la mezcla, y con la ayuda de un pico largo de grueso metal metido a presión, introdujeron los picos hasta afianzarlos, y tiraron de ellos hasta derribarla.

Al fin, quedó al descubierto la puerta. Entonces, Don Tomás probó la llave, que cedió al instante. Al empujar, crujió la puerta con un chirrido; sus goznes viejos parecían quejarse. Y en el interior, una oquedad oscura se veía y un olor a polvo viejo.

Don Tomás tosió por unos momentos, tras inhalar el polvo que se alzó con el aire de la puerta abierta. Se quedó mirando al interior, y trémulo ordenó:

—¡Pronto! ¡Traed una luz! ¡Parece que hay alguien allí dentro!

Una de las sirvientas le entregó una vela encendida. Él dio unos pasos hacia el interior. Alumbró la estancia en varias direcciones, le pareció ver algo. Entonces, al dirigir la vela hacia un rincón del estrecho cuarto, gritó:

—¡Dios santo! ¡Qué cosa tan espantosa!

—¿Qué habéis visto, señor? —Preguntaron los sirvientes y trabajadores, que al fin se atrevieron a entrar.

—Algo horrible ahí, en el rincón, ¡Parece un animal momificado, como un mono!

—¿Un mono decís? —Preguntó la vieja Ricarda.

—Sí, es una cosa pequeña…

En ese instante, la nana Ricarda se estremeció, al recuerdo de otros años, de un presentimiento callado siempre para sí.

—¡El niño, Dios mío!

La mujer se precipitó al interior para hacer el más terrible descubrimiento.

—Sí, es el niño, mi niño Lauro… ¡Mire sus ropas! ¡Son las mismas que llevaba el día en que se perdió!

Sentado en el piso y apoyando las manos sobre sus rodillas dobladas, yacía la pequeña momia. Su cabello, ralo, pajizo, cubría su rostro, cuya piel, corrompida y dura como un cartón, conservaba una expresión de horror y desaliento.

—Decidme ¿Qué le sucedió al niño? preguntó la mujer, desconsolada, al ver su aspecto.

—No sé… —dijo Don Tomás—. Creo que lo encerraron, y murió de hambre y de pena.

De pronto, el semblante de la mujer se encendió.

—¡Fue ella! ¡Fue doña Elvira! ¡Por eso sufrió tanto en su vida, Don Tomás! En sus últimos años padeció terribles dolores, gritaba en las noches como enloquecida.

—Al fin sabemos lo que sucedió con el niño perdido. Llevaremos sus restos al cementerio. —dijo Don Tomás, apesadumbrado por el secreto de la familia.

Mas cuando se inclinó para tomar los restos del niño, una ráfaga de aire levantó los despojos, hechos polvo. ¡Los restos del niño desaparecieron! Parecía que un hado terrible lo seguía persiguiendo.

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Los seis Jizos y los sombreros de paja (tradicional japonés)

Erase una vez un abuelito y una abuelita. El abuelito se ganaba la vida haciendo sombreros de paja. Los dos vivían pobremente, y un año al llegar la noche vieja no tenían dinero para comprar las pelotitas de arroz con que se celebra el Año Nuevo. Entonces, el abuelito decidió ir al pueblo y vender unos sombreros de paja. Cojió cinco, se los puso sobre la espalda, y empezó a caminar al pueblo.

El pueblo caía bastante lejos de su casita, y el abuelito se llevó todo el día cruzando campos hasta que por fin llegó. Ya allí, se puso a pregonar:

 

” ¡Sombreros de paja, bonitos sombreros de paja!

¿Quién quiere sombreros?”

 

Y mira que había bastante gente de compras, para pescado, para vino y para las pelotitas de arroz, pero, como no se sale de casa el día de Año Nuevo, pues, a nadie le hacía falta un sombrero. Se acabó el día y el pobrecito no vendió ni un solo sombrero. Empezó a volver a casa, sin las pelotitas de arroz.

Al salir del pueblo, comenzó a nevar. El abuelito se sentía muy cansado y muy frío al cruzar por los campos cubiertos ahora de nieve. De repente se fijó en unos Jizos, estatuas de piedra representando unos dioses japoneses. Había seis Jizos, con las cabezas cubiertas de nieve y las caras colgadas de carámbanos.

El viejecito tenía buen corazón y pensó que los pobrecitos Jizos debían tener frío. Les quitó la nieve, y uno tras uno les puso los sombreros de paja que no pudo vender, diciendo: ” Son solamente de paja pero, por favor, acéptenlos…:

Pero solo tenia cinco sombreros, y los Jizos eran seis. Al faltarle un sombrero, al último Jizo el viejecito le dio su propio sombrero, diciendo: “Discúlpeme, por favor, por darle un sombrero tan viejo .” Y cuando acabó, siguió por entre la nieve hacia su casa.

 

El abuelito llegaba cubierto de nieve. Cuando la abuelita le vio así, sin sombrero ni nada, le pregunto que qué pasó. El le explicó lo que ocurrió ese día, que no pudo vender los sombreros, que se sintió muy triste al ver esos Jizos cubiertos de nieve, y que como eran seis tuvo que usar su propio sombrero.

Al oír esto, la abuelita se alegró de tener un marido tan cariñoso:

“Hiciste bien. Aunque seamos pobres, tenemos una casita caliente y ellos no.” Abuelito, como tenía frío, se sentó al lado del fuego mientras abuelita preparó la cena. No tenían bolitas de arroz, ya que abuelito no pudo vender los sombreros de paja, y en vez comieron solamente arroz y unos vegetales en vinagre y se fueron a cama tempranito.

 

A la media noche, el abuelito y la abuelita fueron despiertos por el sonido de alguien cantando. A lo primero, las voces sonaban lejos pero iban acercándose a la casa y cantaban:

 

“¡Abuelito dio sus sombreros

A los Jizostodos enteros

Alijeros, a su casa, alijeros!”

 

El abuelito y la abuelita estaban sorprendidos, aún más cuando oyeron un gran ruido, “¡Bum!” Corrieron para ver lo que era, y vaya sorpresa les dio al abrir la puerta.

Paquetes y paquetes montados uno sobre otro, y llenos de arroz, vino, pelotitas de arroz, decoraciones para el Nuevo Año, mantas y quimonos bien calientes, y muchas otras cosas. Al buscar quien les había traído todo esto, vieron a los seis Jizos, alejándose con los sombreros de abuelito puestos. Los Jizos, en reconocimiento de la bondad del abuelito, les habían traído estos regalos para que los abuelitos tuvieran un prospero Nuevo Año.

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Sufragio universal (Isaac Asimov)

 Linda, que tenía diez años, era el único miembro de la familia que parecía disfrutar al levantarse.

Norman Muller podía oírla ahora a través de su propio coma drogado y malsano. Finalmente había logrado dormirse una hora antes, pero con un sueño más semejante al agotamiento que al verdadero sueño.

La pequeña estaba ahora al lado de su cama, sacudiéndole.

-¡Papaíto! ¡Papaíto, despierta! ¡Despierta!

-Está bien, Linda -dijo.

-¡Pero papaíto, hay más policías por ahí que nunca! ¡Con coches y todo!

Norman Muller cedió. Se incorporó con la vista nublada, ayudándose con los codos. Nacía el día. Fuera, el amanecer se abría paso desganadamente, como germen de un miserable gris…, tan miserablemente gris como él se sentía. Oyó la voz de Sarah, su mujer, que se ajetreaba en la cocina preparando el desayuno. Su suegro, Matthew, carraspeaba con estrépito en el cuarto de baño. Sin duda, el agente Handley estaba listo y esperándole.

Había llegado el día.

¡El día de las elecciones!

 

Para empezar, había sido un año igual a cualquier otro. Acaso un poco peor, puesto que se trataba de un año presidencial, pero no peor en definitiva que otros años presidenciales.

Los políticos hablaban del electorado y del vasto cerebro electrónico que tenían a su servicio. La prensa analizaba la situación mediante ordenadores industriales (el New York Times y el Post-Dispatch de San Luis poseían cada uno el suyo propio) y aparecían repletos de pequeños indicios sobre lo que iban a ser los días venideros. Comentadores y articulistas ponían de relieve la situación crucial, en feliz contradicción mutua.

La primera sospecha de que las cosas no ocurrirían como en años anteriores se puso de manifiesto cuando Sarah Muller dijo a su marido en la noche del 4 de octubre (un mes antes del día de las elecciones):

-Cantwell Johnson afirma que Indiana será decisivo este año. Y ya es el cuarto en decirlo. Piénsalo, esta vez se trata de nuestro estado.

Matthew Hortenweiler asomó su mofletudo rostro por detrás del periódico que estaba leyendo, posó una dura mirada en su hija y gruñó:

-A esos tipos les pagan por decir mentiras. No les escuches.

-Pero ya son cuatro, padre -insistió Sarah con mansedumbre-. Y todos dicen que Indiana.

-Indiana es un estado clave, Matthew -apoyó Norman, tan mansamente como su mujer-, a causa del Acta Hawkins-Smith y todo ese embrollo de Indianápolis. Es…

El arrugado rostro de Matthew se contrajo de manera alarmante. Carraspeó:

-Nadie habla de Bloomington o del condado de Monroe, ¿no es eso?

-Pues… -empezó Norman.

Linda, cuya carita de puntiaguda barbilla había estado girando de uno a otro interlocutor, le interrumpió vivamente:

-¿Vas a votar este año, papi?

Norman sonrió con afabilidad y respondió:

-No creo, cariño.

Mas ello acontecía en la creciente excitación del mes de octubre de un año de elecciones presidenciales, y Sarah había llevado una vida tranquila, animada por sueños respecto a sus familiares. Dijo con anhelante vehemencia:

-¿No sería magnífico?

-¿Que yo votase?

Norman Muller lucía un pequeño bigote rubio, que le había prestado un aire elegante a los juveniles ojos de Sarah, pero que, al ir encaneciendo poco a poco, había derivado en una simple falta de distinción. Su frente estaba surcada por líneas profundas, nacidas de la inseguridad, y en general su alma de empleado nunca se había sentido seducida por el pensamiento de haber nacido grande o de alcanzar la grandeza en ninguna circunstancia. Tenía mujer, un trabajo y una hija. Y excepto en momentos extraordinarios de júbilo o depresión, se inclinaba a considerar su situación como un inadecuado pacto concertado con la vida.

Así pues, se sentía un tanto embarazado y bastante intranquilo ante la dirección que tomaban los pensamientos de su mujer.

-Realmente, querida -dijo-, hay doscientos millones de seres en el país, y en lances como éste creo que no deberíamos desperdiciar nuestro tiempo haciendo cábalas sobre el particular.

-Mira, Norman -respondió su mujer-, no son doscientos millones, lo sabes muy bien. En primer lugar, sólo son elegibles los varones entre los veinte y los sesenta años, por lo cual la probabilidad se reduce a uno por cincuenta millones. Por otra parte, si realmente es Indiana…

-Entonces será poco más o menos de uno por millón y cuarto. No apostarías a un caballo de carreras contra esa ventaja, ¿no es así? Anda, vamos a cenar.

Matthew murmuró tras su periódico:

-¡Malditas estupideces!

Linda volvió a preguntar:

-¿Vas a votar este año, papi?

Norman meneó la cabeza y todos se dirigieron al comedor.

 

Hacia el 20 de octubre, la excitación de Sarah había aumentado considerablemente. A la hora del café, anunció que la señora Schultz, que tenía un primo secretario de un miembro de la asamblea, le había contado que «todo el papel» estaba por Indiana.

-Dijo que el presidente Villers pronunciaría incluso un discurso en Indianápolis.

Norman Muller, que había soportado un día de mucho trajín en el almacén, descartó las palabras de su mujer con un fruncimiento de cejas.

-Si Villier pronuncia un discurso en Indiana -dijo Matthew Hortenweiler, crónicamente insatisfecho de Washington-, eso significa que piensa que Multivac conquistará Arizona. El cabeza de bellota ése no tendría redaños para ir más allá.

Sarah, que ignoraba a su padre siempre que le resultaba decentemente posible, se lamentó:

-No sé por qué no anuncian el estado tan pronto como pueden, y luego el condado, etcétera. De esa manera, la gente que fuese quedando eliminada descansaría tranquila.

-Si hicieran algo por el estilo -opinó Norman-, los políticos seguirían como buitres los anuncios. Y cuando la cosa se redujera a un municipio, habría un congresista o dos en cada esquina.

Matthew entornó los ojos y se frotó con rabia su cabello ralo y gris.

-Son buitres de todos modos. Escuchad…

-Vamos, padre… -murmuró Sarah.

La voz de Matthew se alzó sin tropiezos sobre su protesta:

-Mirad, yo andaba por allí cuando entronizaron a Multivac. Él terminaría con los partidismos políticos, dijeron. No más dinero electoral despilfarrado en las campañas. No habría otro don nadie introducido a presión y a bombo y platillo de publicidad en el Congreso o la Casa Blanca. ¿Y qué sucede? Pues que hay más campaña que nunca, sólo que ahora la hacen en secreto. Envían tipos a Indiana a causa del Acta Hawkins-Smith y otros a California para el caso de que la situación de Joe Hammer se convierta en crucial. Lo que yo digo es que se han de eliminar todas esas insensateces. ¡Hay que volver al bueno y viejo…!

Linda preguntó de súbito:

-¿No quieres que papi vote este año, abuelito?

Matthew miró a la chiquilla.

-No lo entenderías. -Se volvió a Norman y Sarah-. En un tiempo, yo voté también. Me dirigía sin rodeos a la urna, depositaba mi papeleta y votaba. Nada más que eso. Me limitaba a decirme: ese tipo es mi hombre y voto por él. Así debería ser.

Linda dijo, llena de excitación:

-¿Votaste, abuelo? ¿Lo hiciste de verdad?

Sarah se inclinó hacia ella con presteza, tratando de paliar lo que muy bien podía convertirse en una historia incongruente, trascendiendo al vecindario.

-No es eso, Linda. El abuelito no quiso decir realmente votar. Todo el mundo hacía esa especie de votación cuando tu abuelo era niño, y también él, pero no se trataba realmente de votar.

Matthew rugió:

-No sucedió cuando era niño. Tenía ya veintidós años, y voté por Langley. Fue una auténtica votación. Quizá mi voto no contase mucho, pero era tan bueno como el de cualquiera. Como el de cualquiera -recalcó-. Y sin ningún Multivac para…

Norman intervino entonces:

-Está bien, Linda, ya es hora de acostarte. Y deja de hacer preguntas sobre las votaciones. Cuando seas mayorcita, lo comprenderás todo.

La besó con antiséptica amabilidad, y ella se puso en marcha, renuente, bajo la tutela materna, con la promesa de ver el visor desde la cama hasta las nueve y cuarto, si se prestaba primero al ritual del baño.

 

-Abuelito -dijo Linda.

Y se quedó ante él con la mandíbula caída y las manos a la espalda, hasta que el periódico del viejo se aparté y asomaron las espesas cejas y unos ojos anidados entre finas arrugas. Era el viernes 31 de octubre.

 

Linda se aproximó y posó ambos antebrazos sobre una de las rodillas del viejo, de manera que éste tuvo que dejar a un lado el periódico.

-Abuelito -volvió a la carga la pequeña-, ¿de verdad que votaste alguna vez?

-Ya me oíste decir que sí, ¿no es cierto? ¿No irás a creer que cuento bolas?

-Nooo… Pero mamá dice que todo el mundo votaba entonces.

-Pues claro que lo hacían.

-¿Cómo podían hacerlo? ¿Cómo podía votar todo el mundo?

Matthew miró gravemente a su nieta y luego la alzó, sentándola sobre sus rodillas. Por último, moderando el tono de su voz, dijo:

-Mira, Linda, hasta hace unos cuarenta años, todo el mundo votaba. Pongamos que deseábamos decidir quién había de ser el nuevo presidente de los Estados Unidos… Demócratas y republicanos nombraban a su respectivo candidato, y cada uno decía cuál de los dos quería. Una vez pasado el día de las elecciones, se hacía el recuento de votos de las personas que deseaban al candidato demórata y las que deseaban al republicano. Y el que había recibido más votos se llevaba la palma. ¿Lo ves?

Linda asintió.

-¿Cómo sabía la gente por quién votar? -preguntó-. ¿Se lo decía Multivac?

Las cejas de Matthew se fruncieron, y adoptó un aspecto severo.

-Se basaban tan sólo en su propio criterio, pequeña.

La niña se apartó un tanto del viejo, y éste volvió a bajar la voz:

-No estoy enojado contigo, Linda. Pero mira, a veces llevaba toda la noche contar…, sí, hacer el recuento de lo que opinaban unos y otros, a quién habían votado. Todo el mundo se impacientaba. Por ello se inventaron máquinas especiales, capaces de comparar los primeros votos con los de los mismos lugares en años anteriores. De esta manera, la máquina preveía cómo se presentaba la votación en su conjunto y quién sería elegido. ¿Lo entiendes?

-Como Multivac -asintió ella.

-Los primeros ordenadores eran mucho más pequeños que Multivac. Pero las máquinas fueron aumentando de tamaño y, al mismo tiempo, iban siendo capaces de indicar cómo iría la elección a partir de menos y menos votos. Por fin, construyeron Multivac, que puede preverlo a partir de un solo votante.

Linda sonrió al llegar a la parte familiar de la historia y exclamó:

-¡Qué bonito!

Matthew frunció de nuevo el entrecejo.

-No, no tiene nada de bonito. No quiero que una máquina decida lo que yo hubiera votado sólo porque un chunguista de Milwaukee dice que está en contra de que se suban las tarifas. A mí tal vez me hubiese dado por votar a ciegas sólo por gusto. O acaso me hubiese negado a votar en absoluto. Y tal vez…

Pero Linda se había escurrido de sus rodillas y se batía en retirada.

En la puerta tropezó con su madre, quien llevaba aún puesto el abrigo. Ni siquiera había tenido tiempo de quitarse el sombrero.

-Apártate un poco, Linda -ordenó, jadeante aún-. No me cierres el paso.

Al ver a Matthew, dijo, mientras se quitaba el sombrero y se alisaba el pelo:

-Vengo de casa de Agatha.

Matthew miró a su hija con aire desaprobador y, desdeñando la información, se limitó a gruñir y recoger el periódico.

Sarah se desabrochó el abrigo y continuó:

-¿A que no sabes lo que me ha dicho?

Matthew alisó el periódico con un crujido, para proseguir la lectura interrumpida por su nieta.

-Ni lo sé ni me importa.

-¡Vamos, padre…!

Pero Sarah no tenía tiempo para enfadarse. Necesitaba comunicar a alguien las noticias, y Matthew era el único receptor a mano a quien confiarlas.

-Joe, el marido de Agatha, es policía, ya sabes, y dice que anoche llegó a Bloomington todo un cargamento de agentes de la secreta.

-No creo que anden tras de mí.

-¿Es que no te das cuenta, padre? Agentes de la secreta… Y casi ha llegado el momento de las elecciones. ¡ En Bloomington!

-Acaso anden en busca de algún ladrón de bancos.

-No ha habido un robo en ningún banco de la ciudad hace muchos años… ¡Padre, eres imposible!

Y Sarah abandonó la habitación.

 

Tampoco Norman Muller recibió las noticias con mayor excitación, al menos perceptible.

-Bueno, Sarah, ¿y cómo sabía Joe, el marido de Agatha, que se trataba de agentes de la secreta? -preguntó con calma-. No creo que anduviesen por ahí con los carnets pegados en la frente.

Pero a la tarde siguiente, cuando ya noviembre tenía un día, Sarah anunció triunfalmente:

-Todo Bloomington espera que sea alguien de la localidad el votante. Así lo publica el News, y también lo dijeron por la radio.

Norman se agitó desasosegado. No podía negarlo, y su corazón desfallecía. Si Bloomington iba a ser alcanzado por el rayo de Multíyac, ello supondría periodistas, espectaculares transmisiones por video, turistas y toda clase de…, de perturbaciones. Norman apreciaba la tranquila rutina de su vida, y la distante y alborotada agitación de los políticos se estaba aproximando de un modo que resultaba incómodo.

-Un simple rumor -rechazó-. Nada más.

-Pues espera y verás. No tienes más que esperar.

Según se desarrollaron las cosas, el compás de espera fue extraordinariamente corto. El timbre de la puerta, sonó con insistencia. Cuando Norman Muller la abrió, se vio frente a un hombre de elevada estatura y rostro grave.

-¿Qué desea? -preguntó Norman.

 

-¿Es usted Norman Muller?

-Sí.

Su voz sonó singularmente opaca. No resultaba difícil averiguar, por el porte del desconocido, que representaba a la autoridad. Y la naturaleza de su súbita visita era tan manifiesta como inimaginable le pareciese hasta unos momentos antes.

El hombre mostró su documentación, penetró en la casa, cerró la puerta tras de sí y dijo con acento oficial:

-Señor Nonman Muller, en nombre del presidente de los Estados Unidos, tengo el honor de informarle que ha sido usted elegido para representar al electorado norteamericano el martes día 4 de noviembre del año 2008.

 

Con gran dificultad, Norman Muller logró caminar sin ayuda hasta su butaca, en la cual se sentó con el rostro pálido y casi sin sentido, mientras Sarah traía agua, le frotaba asustada las manos y le cuchicheaba apretando los dientes:

-No vayas a desmayarte ahora, Norman. Elegirán a otro…

Cuando por fin logró recuperar el uso de la palabra, Norman murmuró a su vez:

-Lo siento, señor.

-¡Bah! No tiene importancia -le tranquilizó el visitante. Todo rastro de formalidad oficial parecía haberse desvanecido tras la notificación, dejando sólo un hombre abierto y más bien amistoso-. Es la sexta vez que me corresponde comunicarlo al interesado y he visto toda clase de reacciones. Ninguna de ellas se ajustó a la que vieron en el video. Saben a lo que me refiero, ¿verdad? Un aire de consagración y entrega y un personaje que dice: «Será para mí un gran privilegio servir a mi país…» Toda esa serie de cosas…

El agente rió para alentarles. La risa con que Sarah le acompañó tuvo un acento de aguda histeria. El agente prosiguió:

-Permaneceré con ustedes durante algún tiempo. Mi nombre es Phil Handley. Les agradeceré que me llamen Phil. Señor Muller, no podrá abandonar la casa hasta el día de las elecciones. Usted, señora, informará al almacén de que su marido está enfermo. Puede salir a hacer la compra, pero habrá de despacharla con la mayor brevedad posible. Y desde luego, guardará una absoluta reserva sobre el particular. ¿De acuerdo, señora Muller?

-Sí, señor. Ni una palabra -confirmó Sarah, con un vigoroso asentimiento de cabeza.

-Perfecto, señora Muller. -Handley adopté un tono muy grave al añadir-: Tenga en cuenta que esto no es un juego. Por lo tanto, salga sólo en caso de que le sea absolutamente preciso y, cuando lo haga, la seguirán. Lo siento, pero estamos obligados a actuar así.

-¿Seguirme?

-Nadie lo advertirá… No se preocupe. Y será sólo durante un par de días, hasta que se haga el anuncio formal a la nación. En cuanto a su hija…

-Está en la cama -se apresuró a decir Sarah.

-Bien. Se le dirá que soy un pariente o amigo de la familia. Si descubre la verdad, habrá de permanecer encerrada en casa. Y en todo caso, su padre será mejor que no salga.

-No le gustará nada -dudó Sarah.

-No queda más remedio. Y ahora, puesto que nadie más vive con ustedes…

-Al parecer, está muy bien informado sobre nosotros -murmuró Norman.

-Bastante -convino Handley-. De todos modos, éstas son por el momento mis instrucciones. Intentaré, por mi parte, cooperar en la medida de lo posible y no causarles molestias. El gobierno pagará mi mantenimiento, así que no supondré ningún gasto para ustedes. Cada noche, seré relevado por alguien que se instalará en esta habitación. No habrá problemas de acomodo para dormir. Y ahora, señor Muller…

-¿Sí, señor?

-Llámeme Phil -repitió el agente-. Estos dos días preliminares antes del anuncio formal servirán para que se acostumbre a ver su posición. Preferimos que se enfrente a Multivac en un estado mental lo más normal posible. Descanse tranquilo e intente tomarse todo esto como si se tratase de su trabajo diario. ¿De acuerdo?

-De acuerdo -respondió Norman. De pronto, denegó violentamente con la cabeza-. ¡Pero yo no deseo esa responsabilidad! ¿Por qué yo?

-Muy bien, vayamos al grano. Multivac sopesa toda clase de factores conocidos, billones de ellos. Pero existe un factor desconocido, y creo que seguirá siéndolo por mucho tiempo. Dicho factor es el módulo de reacción de la mente humana. Todos los norteamericanos están sometidos a la presión moldeadora de lo que los otros norteamericanos hacen y dicen, de las cosas que a él se le hacen y de las que él hace a los demás. Cualquier norteamericano puede ser llevado ante Multivac para determinar la tendencia de todas las demás mentes del país. En un momento dado, algunos norteamericanos resultan mejores que otros a tal fin. Eso depende de los acontecimientos del año. Multivac le seleccionó a usted como al más representativo del actual. No el más despejado, ni el más fuerte, ni el más dichoso, sino el más representativo. Y no vamos a dudar de Multivac, ¿no es así?

-¿Y no podría equivocanse? -preguntó Norman.

Sarah, que escuchaba impaciente, le interrumpió:

-No le haga caso, señor. Está nervioso… En realidad, es muy instruido y ha seguido siempre las cuestiones políticas de cerca.

-Multivac toma las decisiones, señora Muller -respondió Handley-. Y él eligió a su esposo.

-¿Pero seguro que lo sabe todo? -insistió Norman tercamente-. ¿No podría haber cometido un error?

-Pues sí. No hay motivo para no ser franco. En 1993, el votante seleccionado murió de un ataque dos horas antes del instante fijado para notificarle su elección. Multivac no predijo aquello. Le era imposible. Un votante puede ser mentalmente inestable, moralmente improcedente, incluso desleal. Multivac no puede conocerlo todo sobre todos, si no se le proporcionan los datos. Por eso, siempre se seleccionan algunos candidatos más. No creo que tengamos que recurrir a ninguno de ellos en esta ocasión. Usted está en buen estado de salud, señor Muller, y ha sido investigado a fondo. Sirve.

Norman ocultó el rostro entre las manos y se quedó inmóvil.

-Mañana por la mañana se encontrará perfectamente bien -intervino Sarah-. Tiene que acostumbrarse a la idea, eso es todo.

-Desde luego -asintió Handley.

 

En la intimidad del dormitorio, Sarah Muller se expresó de distinta y más enérgica manera. El estribillo de su perorata era el siguiente:

-Compórtate como es debido, Norman. Parece como si intentaras lanzar por la borda la suerte de tu vida.

Norman musitó desesperado:

-Me atemoriza, Sarah. Todo este asunto…

-¿Y pon qué, santo Dios? ¿Qué otra cosa has de hacer más que responden a una o dos preguntas?

-Demasiada responsabilidad. Me abruma.

-¿Qué responsabilidad? No existe ninguna. Multivac te seleccionó, ¿no? Pues a él le corresponde la responsabilidad. Todo el mundo lo sabe.

Nonman se incorporó, quedando sentado en la cama, en súbito arranque de rebeldía y angustia.

-Se supone que todo el mundo lo sabe. Pero no lo saben. Ellos…

-Baja la voz -siseó Sanah en tono glacial-. Van a oírte hasta en la ciudad.

-No me oirán -replicó Norman, pero bajó en efecto la voz hasta convertirla en un cuchicheo-. Cuando se habla de la Administración Ridgely de 1988, ¿dice alguien que ganó con promesas fantásticas y demagogia racista? ¡Qué va! Se habla del «maldito voto MacComben», como si Humphrey MacComben fuese el único responsable por las respuestas que dio a Multivac. Yo mismo he caído en eso… En cambio, ahora pienso que el pobre tipo no era sino un pequeño granjero que nunca pidió que le eligieran. ¿Por qué echarle la culpa? Y ya ves, ahora su nombre está maldito…

-Te portas como un niño -le reprochó Sarah.

-No, me porto como una persona sensible. Te lo digo, Sarah, no aceptaré. No pueden obligarme a votar contra mi voluntad. Diré que estoy enfermo. Diré….

Pero Sarah ya tenía bastante.

-Ahora, escúchame -masculló con fría cólera-. No eres tú el único afectado. Ya sabes lo que supone ser el Votante del Año. Y de un año presidencial para colmo. Significa publicidad, y fama, y

posiblemente montones de dinero…

-Y luego volver a la oficina.

-No volverás. Y si vuelves, te nombrarán jefe de departamento por lo menos…, siempre que tengas un poco de seso. Y lo tendrás, porque yo te diré lo que has de hacer. Si juegas bien las cartas, controlarás esa clase de publicidad y obligarás a los Almacenes Kennell a un contrato en firme, a una cláusula concediéndote un salario progresivo y a que te aseguren una pensión decente.

-Pero ése no es exactamente el objetivo de un votante, Sarah.

-Pues será el tuyo. Si no te crees obligado a hacer nada ni por ti ni por mí, y conste que no pido nada para mí, piensa en Linda. Se lo debes.

Norman exhaló un gemido.

-Bien, ¿estás de acuerdo? -le atosigó Sarah.

-Sí, querida -murmuró Norman.

 

El 3 de noviembre se publicó el anuncio oficial. A partir de entonces, Norman no se encontraba ya en situación de retirarse, aun en el caso de reunir el valor necesario para intentarlo.

Sellaron su casa, y agentes del servicio secreto hicieron su aparición en el exterior, bloqueando todo acceso.

Al principio, sonó sin cesan el teléfono, pero fue Phillip Handley quien respondió a todas las llamadas, con una amable sonrisa de excusa. Al fin, la central pasó todas las llamadas al puesto de policía.

Nonman pensó que de ese modo se ahornaba no sólo las alborozadas (y envidiosas) felicitaciones de los amigos, sino también la pesada insistencia de los vendedores que husmeaban una perspectiva y la artera afabilidad de los políticos de toda la nación… Quizás hasta las amenazas de muerte de los inevitables descontentos.

Se prohibió que entrasen periódicos en la casa, a fin de mantenerle al margen de cualquier presión, y se desconectó amable pero firmemente la televisión, a pesar de las indignadas protestas de Linda.

Matthew gruñía y se metía en su habitación; Linda, pasada la primera racha de excitación, hacía pucheros y lloriqueaba porque no le permitían salir de casa; Sarah dividía su tiempo entre la preparación de las comidas para el presente y el establecimiento de planes para el futuro, en tanto que la depresión de Norman seguía alimentándose a sí misma.

Y la mañana del martes 4 de noviembre del año 2008 llegó por fin. Era el día de las elecciones.

 

El desayuno se sirvió temprano, pero sólo comió Norman Muller, y aun él de manera mecánica. Ni la ducha ni el afeitado lograron devolverle a la realidad, ni desvanecen su convicción de que estaba tan sucio por fuera como sucio se sentía por dentro.

La voz amistosa de Handley hizo cuanto pudo para infundir cierta normalidad en el gris y hosco amanecer. La predicción meteorológica había señalado un día nuboso, con perspectivas de lluvia antes del mediodía.

-Mantendremos la casa aislada hasta el regreso del señor Muller. Después, dejaremos de estar colgados de su cuello.

El agente del servicio secreto vestía ahora su uniforme completo, incluidas las armas en sus pistoleras, abundantemente tachonadas de cobre.

-No nos ha causado molestia alguna, señor Handley -dijo Sarah con bobalicona sonrisa.

Norman se echó al coleto dos tazas de café bien cargado, se secó los labios con una servilleta, se levantó y dijo con aire decidido:

-Estoy dispuesto…

Handley se levantó a su vez.

-Muy bien, señor. Y gracias, señora Muller, por su amable hospitalidad.

 

El coche blindado atravesó con un ronquido las calles vacías. Siempre lo estaban aquel día, a aquella hora determinada.

Handley dio una explicación al respecto:

-Desvían siempre el tráfico desde el atentado que por poco impide la elección de Leverett en el 92. Habían puesto bombas.

Cuando el coche se detuvo, Norman fue ayudado a descender por el siempre cortés Handley. Se encontraba en un pasaje subterráneo, junto a cuyas paredes se alineaban soldados en posición de firmes.

Le condujeron a una estancia brillantemente iluminada. Tres hombres uniformados de blanco le saludaron sonrientes.

-¡Peno esto es un hospital! -exclamó Norman.

-No tiene importancia alguna -replicó al instante Handley-. Se debe sólo a que el hospital dispone de las comodidades necesarias…

-Bien, ¿y qué he de hacer yo?

Handley inclinó la cabeza, y uno de los tres hombres vestidos de blanco se adelantó.

-Yo me encargaré de él a partir de ahora, agente.

Handley saludó con desenvoltura y abandonó la habitación.

El hombre de blanco dijo:

-¿No quiere sentarse, señor Muller? Yo soy John Paulson, calculador jefe. Le presento a Samson Levine y Peten Dorogobuzh, mis ayudantes.

Norman estrechó envaradamente las manos de todos. Paulson era hombre de mediana estatura, con un rostro de perenne sonrisa, y un evidente tupé. Usaba gafas de montura de plástico, de modelo anticuado. Mientras hablaba, encendió un cigarrillo. Norman rehusó el que le fue ofrecido.

-En primer lugar, señor Muller -dijo Paulson-, deseo que sepa que no tenemos prisa alguna. En caso necesario, permanecerá con nosotros todo el día, para que se acostumbre al ambiente y descarte la idea de que se trata de algo insólito, para que olvide su aspecto… clínico. Creo que sabe a qué me refiero.

-Sí, desde luego -contestó Norman-. Pero me gustaría que todo hubiese terminado ya.

-Comprendo sus sentimientos. Sin embargo, deseamos exponerle con exactitud el procedimiento. En primer lugar, Multivac no está aquí.

-¿Que no está?

Aun en medio de su abatimiento, había deseado ver a Multivac, del que se decía que medía más de kilómetro y medio de largo, que tenía una altura equivalente a tres pisos y que cincuenta técnicos recorrían sin cesar los corredores interiores de su estructura. Una de las maravillas del mundo.

Paulson sonrió.

-En efecto, no es portátil -confirmó-. De hecho, se encuentra emplazado en un subterráneo, y pocos son los que conocen el lugar preciso. Muy lógico, ¿verdad?, ya que supone nuestro supremo recurso natural. Créame, las elecciones no constituyen su única función.

Norman pensó que el hombre de blanco se mostraba deliberadamente parlanchín, pero de todos modos se sentía intrigado.

-Me gustaría verlo…

-No lo dudo. Mas para ello se necesita una orden presidencial, refrendada luego por el departamento de seguridad. Sin embargo, nos mantenemos en conexión con Multivac por transmisión de ondas. Cuanto él diga puede ser interpretado aquí, y cuanto nosotros digamos le será transmitido. Así que, en cierto sentido, nos hallamos en su presencia.

Nonman miró a su alrededor. Las máquinas y aparatos que había en la estancia carecían de significado para él.

-Penmítame que se lo explique, señor Muller -prosiguió Paulson-. Multivac posee ya la mayoría de la información necesaria para decidir todas las elecciones, nacionales, provinciales y locales. Unicamente necesita comprobar ciertas imponderables actitudes mentales y, para ello, recurriremos a usted. No podemos predecir qué preguntas formulará, aunque cabe en lo posible que no tengan mucho sentido para usted…, ni siquiera para nosotros en realidad. Tal vez le pregunte qué opina sobre la recogida de basuras en su ciudad o si considera preferibles los incineradores centrales. O bien, si tiene usted un médico de cabecera o acude a la seguridad social… ¿Comprende?

-Sí, señor.

-Pues bien, pregunte lo que pregunte, usted responderá como mejor le plazca. Y si cree que ha de extenderse un poco en su explicación, hágalo. Puede hablar durante una hora si lo juzga necesario.

-Sí, señor.

-Una cosa más. Hemos de emplear algunos sencillos aparatos que registrarán automáticamente su presión sanguínea, las pulsaciones, la conductividad de la piel y las ondas cerebrales mientras habla. La maquinaria le parecerá formidable, pero es totalmente indolora… Ni siquiera la notará.

Los otros dos técnicos se atareaban ya con relucientes y pulidos aparatos, de ruedas engrasadas.

-¿Desean comprobar si estoy mintiendo o no? -preguntó Norman.

-De ningún modo, señor Muller. No se trata en absoluto de detección de mentiras, sino de una simple medida de la intensidad emotiva. Pon ejemplo, si la máquina le pregunta su opinión sobre la escuela de su pequeña, quizá conteste usted: «A mi entender, está atestada». Mas ésas son sólo palabras. Por la manera en que reaccionen su cerebro, corazón, hormonas y glándulas sudoríparas, Multivac juzgará con exactitud con qué intensidad se interesa usted pon la cuestión. Descubrirá sus sentimientos, los traducirá mejor que usted mismo.

-Jamás oí cosa igual -manifestó Norman.

-Estoy seguro de que no. La mayoría de los detalles de Multiyac son secretos celosamente guardados. Cuando se marche, se le pedirá que firme un documento jurando que jamás revelará la naturaleza de las preguntas que se le formularon, como tampoco sus respuestas, ni lo que se hizo o cómo se hizo. Cuanto menos se conozca a Multivac, menos oportunidades habrá de presiones exteriores sobre los hombres que trabajan a su servicio o se sirven de él para su trabajo. -Sonrió melancólico-. Nuestra vida resulta bastante dura…

-Lo comprendo.

-Y ahora, ¿desearía comen o beber algo?

-No, gracias. Nada por el momento.

-¿Alguna otra pregunta que formulan?

Norman meneó la cabeza en gesto negativo.

-En ese caso, usted nos dirá cuando se halla dispuesto.

-Ya lo estoy.

-¿Seguro?

-Por completo.

Paulson asintió. Alzó una mano en dirección a sus ayudantes, quienes se adelantaron con su aterrador instrumental. Muller sintió que su respiración se aceleraba mientras les veía aproximarse.

 

La prueba duró casi tres horas, con una breve interrupción para tomar café y una embarazosa sesión con un orinal. Durante todo ese tiempo, Norman Muller permaneció encajonado entre la maquinaria. Al final, tenía los huesos molidos.

Pensé sardónicamente que le sería muy fácil mantener su promesa de no revelar nada de lo que había acontecido. Las preguntas ya se habían reducido a una especie de vagarosa bruma en su mente.

Había pensado que Multivac hablaría con voz sepulcral y sobrehumana, resonante y llena de ecos. Ahora concluyó que aquella idea se la había sugerido la excesiva espectacularidad de la televisión. La verdad le decepcioné en extremo. Las preguntas aparecían perforadas sobre una cinta metálica, que una segunda máquina convertía en palabras. Paulson leía a Norman estas palabras, en las que se contenía la pregunta, y luego dejaba que las leyese pon sí mismo.

Las respuestas de Norman se inscribían en una máquina registradora, repitiéndolas para que las confirmara. Se anotaban entonces las enmiendas y observaciones suplementarias, todo lo cual se transmitía a Multivac.

La única pregunta que Norman recordaba de momento era una incongruente bagatela:

-¿Qué opina usted del precio de los huevos?

Ahora todo había terminado. Los operadores retiraron suavemente los electrodos conectados a diversas partes de su cuerpo, desligaron la banda pulsadora de su brazo y apartaron la maquinaria a un lado.

Norman se puso en pie, respiró profundamente, se estremeció y dijo:

-¿Ya está todo? ¿Se acabo?

-No, no del todo -respondió Paulson, sonriendo animoso-. Hemos de pedirle que se quede durante otra hora.

-¿Y pon qué? -preguntó Norman con cierta acritud.

-Es el tiempo preciso para que Multivac incluya sus nuevos datos entre los trillones de que ya dispone. Sepa usted que existen miles de alternativas, algo sumamente complejo… Puede suceder que se produzca algún raro debate aquí o allá, que algún interventor en Phoenix, Arizona, o bien alguna asamblea en Wilkesboro, Carolina del Norte, formulen alguna duda. En tal caso, Multivac precisará hacerle una o dos preguntas decisivas.

-No -se negó Norman-. No quiero pasan de nuevo por eso.

-Probablemente no sucederá -trató de tranquilizarle Paulson-. Raras veces ocurre… De todos modos, habrá de quedarse pon si acaso. -Cierto tonillo acerado, un tenue matiz, asomó a su voz-. No tiene opción, ya lo sabe. Debe quedarse.

Norman se sentó con aire fatigado, encogiéndose de hombros.

-No podemos dejarle leer el periódico -añadió Paulson-, pero si quiere una novela policíaca, o jugar al ajedrez…, cualquier cosa en fin que esté en nuestra mano proporcionarle para que se entretenga, dígalo sin reparos.

-No deseo nada, gracias. Esperaré.

Paulson y sus ayudantes se retiraron a una pequeña habitación, contigua a la estancia en que Norman había sido interrogado. Y éste se dejó caer en un butacón tapizado de plástico, cerrando los ojos.

Tendría que aguardar a que transcurriese aquella hora lo mejor posible.

 

Bien retrepado en su asiento, poco a poco fue cediendo su tensión. Su respiración se hizo menos entrecortada y, al entrelazar las manos, no advirtió ya ningún temblor en sus dedos.

Tal vez no hubiese ya más preguntas. Tal vez hubiese acabado de modo definitivo.

Y si todo había terminado, ahora vendrían los desfiles de antorchas y las invitaciones para hablar en toda clase de solemnidades. ¡El votante del Año!

El, Norman Muller, un vulgar empleado de un almacén de Bloomington, Indiana, un hombre que no había nacido grande ni había realizado jamás acto alguno de grandeza, se hallaría en la extraordinaria situación de impulsar a otro a la grandeza.

Los historiadores hablarían con serenidad de la Elección Muller del año 2008. Ese sería su nombre, la Elección Muller.

La publicidad, el puesto mejor, el chorro de dinero que tanto interesaba a Sarah, ocupaban sólo un rincón de su mente. Todo ello sería bienvenido, desde luego. No lo rechazada. Pero, por el momento, era otra cosa lo que comenzaba a preocuparle.

Se agitaba en él un latente patriotismo. Al fin y al cabo, representaba a todo el electorado. Era el punto focal de todos ellos. En su propia persona, y durante aquel día, se encarnaba todo Estados Unidos…

Se abrió la puerta, despertando su atención y despabilándole por completo. Durante unos instantes, sintió que se le encogía el estómago. ¡Que no le hicieran más preguntas!

Pero Paulson sonreía.

-Hemos terminado, señor Muller.

-¿No más preguntas, señor?

-No hay ninguna necesidad. Todo ha quedado completamente claro. Será usted escoltado hasta su casa y volverá a ser un ciudadano particular…, en la medida en que el público lo permita.

-Gracias, muchas gracias. -Norman se sonrojó-. Me preguntaba… ¿Quién ha sido elegido?

Paulson meneó la cabeza.

-Tendrá que esperar al anuncio oficial. El reglamento se muestra muy severo al respecto. No podemos decírselo ni siquiera a usted. Supongo que lo comprende…

-Desde luego.

Nonman parecía embarazado.

-El servicio secreto tendrá dispuestos los papeles necesarios para que los firme usted.

-Sí.

De pronto, Nonman se sintió orgulloso, lleno de energía. Ufano y arrogante. En este mundo imperfecto, el pueblo soberano de la primera y mayor Democracia Electrónica habla ejercido una vez más, a través de Norman Muller (a través de él), su libre derecho al sufragio universal.

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Apuntes: Otras plumas (9)

«Jardín de Venus. Cuentos burlescos de Don Félix María
Samaniego. Escribiolos en el Seminario de Vergara de Álava por los años de 1780
y tienen burlas de frayles y monjas y mucho chiste y regocijo.»

Apuntes: Otras plumas IX*

Dedicado al españolísimo Marqués Don Carletto, conspicua
pluma de nuestra humilde cofradía y entusiasta degustador de esta arbitraria
serie de apuntes.

EL PAÍS DE AFLOJA Y APRIETA

por Don Félix María Samaniego

En lo interior del África buscaba un joven viajero, cierto
pueblo en que a todos se hospedaba, sin que diesen dinero. Y con esta noticia
que tenía se dejó atrás un día su equipaje y criado.

Y yendo apresurado, sediento y caluroso, llegó a un bosque
frondoso de palmas, cuyas sendas mal holladas sus pasos condujeron al pie de
unas murallas elevadas donde sus ojos con placer leyeron, en diversos idiomas
esculpido, un rótulo que había de este sentido:

"Esta es la capital de Siempre-meta,

país de afloja y aprieta,

donde de balde goza y se mantiene

todo el que a sus costumbres se conviene."

-¡He aquí mi tierra!- dijo el viandante luego que estoy leyó,
y en el instante buscó y halló la puerta de par en par abierta.

Por ella se coló precipitado y vióse rodeado, no de salvajes
fieros, sino de muchos jóvenes en cueros, con los aquellos tiesos y fornidos,
armados de unos chuzos bien lucidos, los cuales le agarraron y a su gobernador
le presentaron.

Estaba el tal, con un semblante adusto, como ellos, en
pelota. Era robusto y en la erección continua que mostraba a todos los demás
sobrepujaba.

Luego que en su presencia estuvo el viajero, mandó le
desnudasen, lo primero, y que con diligencia le mirasen las partes genitales,
que hallaron de tamaño garrafales.

La verga estaba tiesa y consistente, pues como había visto
tanta gente con el vigor que da Naturaleza, también el pobre enarboló su pieza.

Como el gobernador en tal estado le halló, díjole:

-Joven extranjero, te encuentro bien armado y muy en breve
espero que aumentarás la población inquieta de nuestra capital de Siempre-meta.
Mas antes sabe que es del heroísmo de sus hijos valientes el vivir en un
perpetuo priapismo, gozando mil mujeres diferentes. Y si cumplir no puedes su
costumbre, vete, o te expones a una pesadumbre.

-¡Oh! Yo la dejaré desempeñada -el joven respondió-, si me
permite que en alguna belleza me ejercite. Ya veis que está exaltada mi
potencia, y yo quiero al instante jo…

-¡Basta! Lo primero -dijo el gobernador a sus ministros- se
apuntará su nombre en los registros de nuestra población. Después, llevadle
donde se bañe; luego, perfumadle. Y después, que cene cuanto se le antoje; y por
último enviadle quien le afloje.

Así dijo y obedecieron, y al joven como nuevo le pusieron,
lavado y perfumado, bien bebido y cenado, de modo que en la cama, al acostarse,
tan solo panza arriba pudo echarse.

Así se hallaba, cuando a darle ayuda una beldad desnuda
llegó, y subió a su lecho; la cual, para dejarle satisfecho, sin que necesitase
estimularlo, con diez desagües consiguió aflojarlo.

Habiendo así cumplido con las órdenes, se fue y dejó dormido
al joven, que a muy poco despertaron y el almuerzo a la cama le llevaron,
presentándole luego otra hermosura que le hiciese segunda aflojadura.

Ésta, que halló ya lánguida la parte, apuró los recursos de
su arte con rápidos meneos para que contentase sus deseos, y él, ya de media
anqueta, ya debajo, tres veces aflojó, ¡con qué trabajo!

No hallándole más jugo ella se fue quejosa, y otra entró de
refresco más hermosa, que aunque al joven le plugo por su perfección rara, no
tuvo nada ya que le aflojara. Sentida del desaire, ésta empezó a dar gritos, y
no al aire, porque el gobernador entró al momento y, al ver del joven el
aflojamiento, dijo en tono furioso:

-¡Ea! ¡Qué aprieten a ese perezoso!

Al punto tres negrazos de Guinea vinieron, de estatura
gigantea, y al joven sujetaron. Y uno en pos del otro a fuerza le apretaron por
el ojo fruncido, cuyo virgo dejaron destruido.

Así pues, desfondado, creyéndole bastante castigado de su
presunción vana, en la misma mañana, sacándole al camino, le dejaron llorar su
desatino, sin poderse mover.

Allí tirado le encontró su criado, el cual le preguntó si
hallado había el pueblo en que de balde se comía.

-¡Ah, sí, y hallarlo fue mi desventura! -el amo respondió.

-¿Pues qué aventura -el mozo replicó-, le ha sucedido, que
está tan afligido? En esa buena tierra no puede ser que así le maltrataran.

-Mil deleites -el amo dijo- encierra y, aunque estoy
desplegado, yo lo fundo en que si como aflojan no apretaran, mejor país no
habría en todo el mundo.

***

EL RECONOCIMIENTO

por Don Félix María Samaniego

Una abadesa, en Córdoba, ignoraba que en su convento
introducido estaba, bajo el velo sagrado, un mancebo, de monja disfrazado. Que
el tunante dormía, para estar más caliente, cada noche con monja diferente, y
que ellas lo callaban porque a todas sus fiestas agradaban, de modo que era el
gallo de aquel santo y purísimo serrallo.

Las cosas más ocultas mil veces las descubren las resultas y
esto acaeció con las cuitadas monjas, porque, perdiendo el uso sus esponjas, se
fueron opilando y de humor masculino el vientre hinchando.

Hizo reparo en ello por delante su confesor, gilito
penetrante, por su grande experiencia en el asunto. Y conociendo al punto que
estaban fecundadas las esposas a Cristo consagradas, mandó que a toda prisa
bajase al locutorio la abadesa.

Ésta acudió al mandato por otra vieja monja conducida, pues
la vista perdida tenía ya del flato, y al verla, el reverendo, con un tono
tremendo, la dijo:

-¿Cómo así tan descuidada, sor Telesfora, tiene abandonada su
tropa virginal? Pero mal dije, pues ya ninguna tiene intacto el dije. ¿No sabe
que, en su daño, hay obra de varón en su rebaño? Las novicias, las monjas, las
criadas… ¿lo diré?… sí: todas están preñadas.

-¡Miserere mei, Domine!- responde sor Telesfora-. ¿En dónde
estar podemos de parir seguras, si no bastan clausuras? Váyase, padre, luego,
que yo hallaré al autor de tan vil juego entre las monjas. Voy a convocarlas y
con mi propio dedo a registrarlas.

El confesor marchóse. Subió sor Telesfora y publicóse al
punto en el convento de las monjas el reconocimiento.

Ellas, en tanto, buscan presurosas al joven, y llorosas el
secreto le cuentan y el temor que por él experimentan.

-¡Vaya! No hay que encogerse, -él dice-. Todo puede
componerse, porque todas estáis de poco tiempo. Yo me ataré un cordel en la
pelleja que cubre mi caudal cuando está flojo. Veréis que me la cojo detrás,
junto las piernas, y la vieja cegata, estando atado a la cintura, no puede
tropezar con mi armadura.

Se adoptó tal expediente, se practicó, y las monjas le
llevaron al coro, donde hallaron a la abadesa impaciente, culpando la tardanza.
En fin, para esta danza en dos filas las puso; las gafas pone en uso y, una vela
tomando encendida, las iba remangando.

Una por una, el dedo les metía y después: -No hay engendro-
repetía.

El mancebo miraba lo que sor Telesfora destapaba, y se le iba
estirando el bulto, y el torzal casi estallando. De modo que tocándole la suerte
de ser reconocido, dio un estirón tan fuerte que el torzal consabido se rompió y
soltó al preso al tiempo que lo espeso del bosque la abadesa le alumbraba. Y
así, cuando para esto se bajaba, en la nariz llevó tal latigazo que al terrible
porrazo la vela, la abadesa y los anteojos en el suelo quedaron por despojos.

-¡San Abundio me valga!, -exclamó ella-. ¡Ninguna de aquí
salga, pues ya, bien a mi costa, reconozco que hay moros en la costa!

Mientras la levantaron al mancebo ocultaron y en su lugar
pusieron otra monja, la falda remangada, que siendo preguntada de con qué a la
abadesa el golpe dieron, le respondió:

-Habrá sido con mi abanico, que se me ha caído.

A lo que la vieja replicó furiosa:

-¡Mentira! ¡En otra cosa podrán papilla darme, pero no en el
olfato han de engañarme, que yo le olí muy bien cuando hizo el daño, y era un
"dánosle hoy" de buen tamaño!

***

EL CONJURO

por Don Félix María Samaniego

De un tremebundo lego acompañado, fue a exorcizar un padre
jubilado a una joven hermosa y desgraciada que del maligno estaba atormentada.

Empezó su conjuro y el Espíritu impuro, haciendo resistencia,
agitaba a la joven con violencia, obligándola a tales contorsiones, que la
infeliz mostraba en ocasiones las partes de su cuerpo más secretas… Ya
descubría las redondas tetas de brillante blancura… Ya, alzando la delgada
vestidura, manifestaba un bosque bien poblado de crespo vello en hebras mil
rizado, a cuyo centro daba colorido un breve ojal, de rosas guarnecido.

El lego, que miraba tal belleza, sentía novedad grande en su
pieza, y el fraile, que lo mismo recelaba, con los ojos cerrados conjuraba hasta
que al fin, cansado de haber a la doncella exorcizado dos horas vanamente, para
que sosegase la paciente y él volviese con fuerzas a su empleo, al campo salió
un rato de paseo, diciendo al lego le hiciera compañía a la doncella en tanto
que él volvía.

Fuese, pues, y el donado, de lujuria inflamado, apenas quedó
solo con la hermosa cuando, esgrimiendo su terrible cosa y sin temor de que
estaba el Diablo en aquel cuerpo que atacaba, la tendió y por tres veces la
introdujo de sus riñones el ardiente flujo.

Mientras que así se holgaba el lego diestro, a la casa
volviendo su maestro, vio que en la barandilla de la escalera, puesto en la
perilla, estaba encaramado el Diablo, confundido y asustado, y díjole riendo:

-¡Hola, parece que saliste huyendo del cuerpo en que te
hallabas mal seguro, por no sufrir dos veces mi conjuro! Yo me alegro infinito;
mas, ¿qué esperas aquí? ¡Dilo, maldito!

-Espero -dijo el Diablo sofocado-, que sepas que tú no me has
lanzado de esa infeliz mujer por conjurarme, sino tu lego que intentó amolarme
con su tercia de dura culebrina, buscándome el ojete en su vagina, y pensé:
¡Guarda, Pablo! Propio es de lego motilón ladino que no respete virgo femenino.
¡Pero que deje con el suyo al Diablo!

***

LA FUERZA DEL VIENTO

por Don Félix María Samaniego

En una humilde aldea el Jueves Santo, la pasión predicaban y
entretanto, los payos del lugar que la escuchaban, a lo vivo la acción
representaban, imitando los varios personajes en la figura, el gesto y los
ropajes.

Para el papel sagrado de nuestro Redentor crucificado
eligieron a un mozo bien fornido que, en la cruz extendido con una tuniquita en
la cintura, mostraba en lo restante su figura, a los tiernos oyentes, en pelota,
para excitar su compasión devota.

La parte de María Magdalena se le encargó a una moza
ojimorena, de cumplida estatura y rolliza blancura, a quien naturaleza en la
pechera puso una bien provista cartuchera.

Llegó el predicador a los momentos en que hacía mención de
los tormentos que Cristo padeció cuando expiraba y su muerte los orbes
trastornaba.

Refirió, entusiasmado, que con morir aniquiló el pecado
original, haciendo a la serpiente tragarse, a su despecho y aunque reviente, la
maldita manzana que hizo a todos purgar sin tener gana.

Esto dijo de aquello que se cuenta, y después su fervor aún
más aumenta contando los dolores de la Madre feliz de pecadores, del Discípulo
amado, y, en fin, del sentimiento desgarrado de la fiel Magdalena, la que
entretanto, por la iglesia, llena de inmenso pueblo, con mortal congoja los
brazos tiende y a la cruz se arroja.

Allí empezó sus galas a quitarse y en cogollo nomás vino a
quedarse, con túnica morada por el pecho tan escotada, que claramente descubría
la preciosa y nevada tetería.

Mientras esto pasaba, el buen predicador siempre miraba al
Cristo, y observó que por delante se le iba levantando a cada instante la
tuniquilla en pabellón viviente, haciendo un borujón muy indecente.

Queriendo remediarlo por si el pueblo llegaba a repararlo,
alzó la voz con brío y dijo:

-Hermanos, el vigor impío de los fieros hebreos se aumentaba
al paso que la tierra vacilaba haciendo sentimiento, y la fuerza del viento era
tal, que al Señor descomponía lo que sus partes púdicas cubría.

Apenas oyó Cristo este expediente cuando, resucitando de
repente, dijo al predicador muy enfadado:

-Padre, el juicio sin duda la ha faltado. ¿Qué viento corre
aquí? ¡Qué berenjena! ¿Las tetas no está viendo a Magdalena? Hágala que se tape,
si no quiere que el Cristo se destape y eche al aire el gobierno con que le
enriqueció su Padre Eterno.

***

EL CUERVO

por Don Félix María Samaniego

En un carro manchego caminaba una moza inocentona, de
gallarda persona, propia para inspirar lascivo fuego. El mayoral del carro era
Farruco, de Galicia fornido mameluco, al que, en cualquier atasco, daba asombro
verle sacar mulas y carro al hombro. Un colchón a la moza daba asiento, por que
el mal movimiento del carro algún chichón no la levante.

Lector, es importante, referir y tener en la memoria la menor
circunstancia, para que, por olvido o ignorancia, la verdad no se olvide de esta
historia.

Yendo así caminando, vieron un cuervo grande que, volando, a
veces en el aire se cernía y otras el vuelo al carro dirigía.

-¡Jesús, qué pajarraco tan feote! -dijo la moza-. ¿Y ese
animalote qué nombre es el que tiene?

-Ese es un cuervo -respondió el arriero-, embiste a las
mujeres y es tan fiero que las pica los ojos, se los saca, y después de su carne
bien se atraca.

Oyendo esto la moza y reparando en que el cuervo se acercaba
al carro donde estaba, tendióse en el colchón y remangando las faldas presurosa,
cara y cabeza se tapó medrosa, descubriendo con este desatino el bosque y el
arroyo femenino.

Al mirarlos Farruco, alborotóse; subió sobre el colchón,
desatacóse, y sacó… ¡poder de Dios, qué grande que era…! Y a la moza a
empujones enfiló de tal manera que al carro los fuertes enviones, en vez de
impedimento, daban a su timón más movimiento.

Y en tanto que él saciaba su apetito, ella decía:

-¡Sí, cuervo maldito; pica, pica a tu antojo, que por ahí no
me sacas ningún ojo!

***

EL ONANISMO

por Don Félix María Samaniego

Un zagalón del campo, de estos de "Acá me zampo", con un
fraile panzón se confesaba, que anteojos gastaba porque, según decía, de
cortedad de vista parecía. Llegó el zagal al sexto mandamiento, donde tropieza
todo entendimiento, y dijo:

-Padre, yo a mujer ninguna jamás puse a parir, pues mi
fortuna hace que me divierta solamente, cuando es un caso urgente, con lo que me
colgó Naturaleza, y lo sé manejar con gran destreza.

-¿Conque contigo mismo -dice el fraile, enojado-, en un lance
apretado te diviertes usando el onanismo?

-No, padre -el zagal clama-; no creo que sea así como se
llama mi diversión, sino la p…

-Calla, hombre -dice el fraile-. Yo sé muy bien el nombre que
dan a esa vil treta, infame consonante de retreta. ¿No sabes tú que fue vicio
tan feo invención detestable de un hebreo, y que tú, por tenerlo, estás maldito;
del Espíritu Santo estás proscrito; estás predestinado para ser condenado; estás
ardiendo ya en la fiera llama del Infierno, y…?

-¡No más! -el mozo exclama, queriendo disculparse-. Esta maña
no debe graduarse en mí de culpa, padre. Yo lo hacía porque veo muy poco, y me
decía el barbero, mi primo, se aclaraba la vista el que retreta se tocaba.

Aquí con mayor ira el fraile replica:

-¡Eso es mentira! Pues si fueran verdad juicios tan varios,
las pulgas viera yo en los campanarios.

***

LOS CALZONES DE SAN FRANCISCO

por Don Félix María Samaniego

A media noche, horrendos gritos daba una casada, y confesión
pedía, diciendo que a pedazos se moría de un cólico que atroz la atormentaba.

Llamóse a un reverendo franciscano, que era su confesor… y,
de antemano, estaba prevenido para ver de pegársela al marido y gozar con la
dama sus placeres; que en esto discurren frailes y mujeres.

Luego que con la ninfa se halló a solas, se quitó el
reverendo los calzones, y, con el taco libre de prisiones, le hizo, sin más ni
más, tres carambolas. Y así que la purgó de sus pecados, volvióse a su convento
y dejando los calzones olvidados. Pero el olvido recordó al momento, y el lance
claramente contó al portero y le dejó advertido de una industria prudente para
evitar las iras del marido.

Entró luego en el cuarto de su esposa el buen cornudo, y la
primera cosa que halló en el suelo fueron los calzones, adornados de sucios
lamparones.

Cogiólos, conoció la picardía, y rabioso se fue a la
portería, con intención formada de dar al reverendo una estocada.

Llega, pues, y el portero y el paciente formalizan el diálogo
siguiente:

-Diga, hermano, ¿qué cosa solicita?

-Que hablar se me permita a fray Pedro, el guardián.

-Ahora no puede.

-¿Por qué?

-¿Pues no sabéis lo que sucede a la comunidad?

-Todo lo ignoro.

-¡Hermano, que ha perdido su tesoro!

-¿Cuál era?

-Una reliquia peregrina, por la que hay en el coro
disciplina.

-¿Cómo ha sido?

-Esta noche la han llevado para una enferma, y la han
extraviado, no sé de qué manera.

-¿Y qué reliquia era la que causa tan grandes aflicciones?

-¡Si eran de San Francisco los calzones!

-¡Esa patraña cuéntela a su abuela el fraile motilón, que acá
no cuela! Yo traigo aquí guardados unos calzones puercos, muy usados, de un
fraile picarón que, con vileza, a mi honor ha jugado cierta pieza.

-¡Esos son! -el portero gritó ufano.

Y se los quitó al punto de la mano, diciéndole muy grave:

-¿Cómo en su mente cabe tan injuriosa idea? ¿Pues acaso no
sabe que murió San Francisco de diarrea?

***

LA PEREGRINACIÓN

por Don Félix María Samaniego

Iba a Jerusalén, acompañada de su esposo, una joven
remilgada, de carácter modoso, grave y serio, y aparentando un santo beaterio.

Siempre que su marido la embestía inmóvil en la acción se
mantenía. Y él, pensando que en ella duraba la vergüenza de doncella, su pudor
respetaba al obrar, cada vez que la atacaba.

Su peregrinación y tiernos votos iban ya a ver cumplidos los
devotos, cuando, antes de llegar al feliz puerto, diez árabes les salen del
desierto y en el ancho camino cogen al matrimonio peregrino.

Sin detención los dejan en pelota y, viendo la beldad de la
devota, resuelven, sin oír sus peticiones, en su esponja exprimir los
compañones.

Atan prestos al marido, de vergüenza y de rabia poseído, y
panza arriba a la mujer recuestan y alegres manifiestan diez erguidos y gordos
instrumentos, capaces de empreñar hembras a cientos: vergajos que en el mundo no
hay iguales sino bajo los sayos monacales.

Miró nuestra heroína sin turbarse el diezmo musulmán que iba
a cobrarse, y, al saciar del primero los deseos, con hábiles y rápidos meneos
agitó sus caderas de tal suerte que dejó hecho un guiñapo al varón fuerte.

Según su antigüedad y sus hazañas, sobre ella, los demás,
pruebas extrañas de su vigor hicieron y aún con más prontitud vencidos fueron.

Quedaba un musulmán de bigotazos que quitaba los virgos a
porrazos; engendrador a roso y a velloso, máximo atacador del sexo hermoso.

Aqueste, pues, embistió con la beata; ella en sus movimientos
se desata, él se procura asir con fuerte mano y la quiere cansar. Pero fue en
vano, que al choque impetuoso el árabe rijoso se sintió vacilante y, reculando,
pierde su dirección. Así luchando, barriga con barriga, puede más que el deleite
la fatiga, y la virilidad del moro bravo vino a quedar en moco de pavo.

Concluida de los árabes la empresa, márchanse a toda priesa;
la beata se levanta y se sacude, y a desatar a su marido acude que, testigo
infeliz de su trabajo, estaba pensativo y cabizbajo.

Viéndole así la esposa, le animó cariñosa, diciéndole se
aliente, pues es de Dios milagro muy patente haber con las vidas escapado. A lo
cual él responde:

-Ya he observado… el milagro. Lo han hecho tus meneos que
jamás han cedido a mis deseos, porque siempre me decías: "Ahí lo tienes: hazlo
solo, y tú solo te condenes".

Y ella entonces repuso enfurecida:

-¡Está buena la queja, por mi vida! Pues qué: ¿me he de mover
por un cristiano cuál por un vil y réprobo africano? No te hacía tan tonto. ¡A
perra gente, despacharla pronto!

* ocho joyas de la colección de poemas eróticos "Jardín de
Venus" del español Félix M. Samaniego (Laguardia, Álava, 1745-1801), aquí
adaptados al formato de relato pero conservando la musicalidad de su rima
original. "El País de Afloja y Aprieta" abre la serie y los demás aparece en ese
orden páginas más adelante. «Jardín de Venus. Cuentos burlescos de Don Félix
María Samaniego. Escribiolos en el Seminario de Vergara de Álava por los años de
1780 y tienen burlas de frayles y monjas y mucho chiste y regocijo.» reza la
portada de la obra, de 134 páginas.

Los interesados pueden encontrarse con una versión
electrónica completa en el sitio: www.librodot.com

Recomendado. Espero que les gusten. Escríbanme. R.

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